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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Con un pie adormecido: encuentro con los sistemas de salud]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[ <p align="right"><font size="2" face="verdana"><b>ART&Iacute;CULO ESPECIAL</b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="4" face="verdana"><b><a name="tx"></a>Con un pie adormecido. Encuentro    con los sistemas de salud<a href="#nt"><SUP>*</SUP></a> </b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="2" face="Verdana"><b>Michael R Reich </b></font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p align="right"><font size="2" face="Verdana"><I>En 1998, Michael R. Reich, profesor    de la Escuela de Salud P&uacute;blica de la Universidad de Harvard y director    del Centro de Estudios sobre Poblaci&oacute;n y Desarrollo de esa misma universidad,    sufri&oacute; un grave accidente de tr&aacute;nsito en Rep&uacute;blica Dominicana.    En este art&iacute;culo nos cuenta la historia de ese accidente y su recuperaci&oacute;n,    as&iacute; como la forma en que ambas experiencias cambiaron su visi&oacute;n    sobre muchos temas de la salud p&uacute;blica.</I></font></p>     <p>&nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="Verdana">En las &uacute;ltimas dos d&eacute;cadas como    profesor de la Escuela de Salud P&uacute;blica de Harvard he dedicado mucho    tiempo a pensar en los sistemas de salud de los pa&iacute;ses en v&iacute;as    de desarrollo, en el papel que juega el poder en la medicina y en la asignaci&oacute;n    de recursos escasos a la atenci&oacute;n m&eacute;dica de alto costo. En ocasiones    las cosas que estudiamos de manera profesional surgen de pronto desde su realidad    virtual sin que lo hayamos pedido, brotan desde su cercana distancia e invaden    nuestras vidas. Nunca pens&eacute; que tendr&iacute;a la oportunidad de reflexionar    sobre temas de pol&iacute;ticas de salud a partir de una experiencia personal.    Pero as&iacute; sucedi&oacute;. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> El 23 de junio de 1998, en una autopista del    interior de Rep&uacute;blica Dominicana (RD), un autob&uacute;s interurbano    se cruz&oacute; de carril y choc&oacute; de frente con el Toyota Tercel rentado    que iba yo manejando. Nuestras vacaciones familiares se convirtieron en una    sangrienta pesadilla. Mi hijo de ocho a&ntilde;os, Gabriel, sali&oacute; ileso.    Mi esposa, B&aacute;rbara, sufri&oacute; una fractura de clav&iacute;cula y    sus pies descalzos se le llenaron de vidrios. Yo casi fallec&iacute;, con el    lado izquierdo de mi cuerpo rasgado, golpeado y roto. Todos ten&iacute;amos    puestos los cinturones de seguridad, de otro modo ninguno de nosotros hubiera    sobrevivido. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> La escena del accidente fue un caos total: el    Toyota aplastado qued&oacute; varado en medio de la carretera; hab&iacute;a    sangre escurriendo de mi cabeza y brazo; se junt&oacute; un mont&oacute;n de    gente de los autos y pueblos cercanos; largas filas de veh&iacute;culos se formaron    en ambas direcciones. Mi esposa me abrazaba, susurrando en mi o&iacute;do para    mantenerme del lado de la vida, mientras el chofer del autob&uacute;s met&iacute;a    reversa para escapar lo m&aacute;s pronto posible. Estas im&aacute;genes provienen    de los recuerdos de mi esposa, contados una y otra vez durante los &uacute;ltimos    cuatro a&ntilde;os, para finalmente llenar los vac&iacute;os de mi memoria.    </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Algunos lugare&ntilde;os separaron a B&aacute;rbara    de mi cuerpo maltrecho y ensangrentado al tiempo que encadenaban camiones para    arrancar la puerta del coche y sacarme de ah&iacute;. Pero no hab&iacute;a ninguna    ayuda m&eacute;dica, ninguna ambulancia, ning&uacute;n equipo de urgencias,    no hab&iacute;a nadie que hiciera algo para detener el sangrado, nadie que se    ofreciera a llamar para pedir ayuda. Mi esposa estaba enloquecida. Con las manos    ensangrentadas, agarr&oacute; las elegantes solapas del traje de un hombre de    negocios para exigirle un tel&eacute;fono celular. S&oacute;lo hab&iacute;a    miradas vac&iacute;as como respuesta. M&aacute;s tarde se preguntaba a qui&eacute;n    hubiera llamado si hubiese logrado ponerle las manos encima a un tel&eacute;fono    y por qu&eacute; nadie se hab&iacute;a ofrecido a ayudar. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Fue entonces que llegaron tres soldados de la    Fuerza A&eacute;rea de Estados Unidos y tomaron la situaci&oacute;n en sus manos.    Dos de ellos eran ciudadanos estadounidenses originarios de la Rep&uacute;blica    Dominicana que se hab&iacute;an enrolado en la Fuerza A&eacute;rea en donde    se hab&iacute;an convertido en param&eacute;dicos. Su auto estaba parado en    la larga fila del embotellamiento y se acercaron cuando escucharon que una mujer    estadounidense cubierta en sangre gritaba en medio de la carretera. Sab&iacute;an    exactamente qu&eacute; hacer y c&oacute;mo. Pidieron prestada una agujeta de    los zapatos de mi hijo para hacer un torniquete alrededor del brazo y despu&eacute;s    me llevaron de inmediato hasta un hospital en una ciudad cercana. Esos actos    me salvaron la vida. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Los padres de uno de los soldados se encargaron    de mi esposa y mi hijo durante esa noche, d&aacute;ndoles seguridad, tranquilidad    y apoyo. Tambi&eacute;n una ducha fr&iacute;a a la ma&ntilde;ana siguiente para    que B&aacute;rbara limpiara mi sangre de su cabello. Unos meses despu&eacute;s    le escribimos al Secretario de la Fuerza A&eacute;rea de Estados Unidos para    recomendar a los soldados por "el cumplimiento de acciones que iban m&aacute;s    all&aacute; de su deber". Cada uno de ellos recibi&oacute; una medalla.    </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Mientras mis &aacute;ngeles-soldados me transportaban    desde la escena del accidente, se preguntaban a d&oacute;nde llevarme. Finalmente    se decidieron por un hospital que se encontraba a 25 millas de ah&iacute;, en    la ciudad donde viv&iacute;an, Santiago. Los hospitales p&uacute;blicos y de    la seguridad social en RD no son conocidos por la alta calidad de sus servicios.    De hecho, mis propios estudios sobre los fracasos en los intentos por reformar    el sistema de salud de RD descubrieron m&uacute;ltiples problemas, tanto de    los servicios p&uacute;blicos como de los privados. El personal del hospital    de Santiago en el que fui atendido estaba formado por m&eacute;dicos que ense&ntilde;aban    en la escuela privada de medicina de la ciudad. Seg&uacute;n mi esposa, ella    misma una experimentada enfermera especializada en cuidados paliativos, el hospital    se ve&iacute;a limpio y profesional; otra buena decisi&oacute;n de los soldados.    </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Sin embargo, se necesit&oacute; de una fuerte    presi&oacute;n -la amenaza a gritos de mi esposa de que entrar&iacute;a en el    campo est&eacute;ril de la sala de operaciones- para convencer al cirujano de    que siguiera sus dos exigencias: ninguna transfusi&oacute;n sangu&iacute;nea    y nada de anestesia general. M&aacute;s tarde averiguamos que los cirujanos    hicieron un buen trabajo en la sala de operaciones. El "alfiler" que    colocaron en mi codo (en realidad un tornillo de cinco cent&iacute;metros) san&oacute;    muy bien y no necesit&oacute; de ninguna reparaci&oacute;n quir&uacute;rgica,    aunque mi ortopedista de Boston emiti&oacute; un despectivo "Ya no hacemos    las cosas de ese modo"cuando vio las radiograf&iacute;as por vez primera,    una semana despu&eacute;s del accidente. Hoy d&iacute;a, completamente sano,    mi brazo perdi&oacute; unos cuantos grados de extensi&oacute;n, pero nadie lo    nota. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Los cirujanos tambi&eacute;n cosieron mi cara    y cuero cabelludo y colocaron correctamente mi cadera dislocada estabiliz&aacute;ndola    con un clavo Steinman que insertaron en la pierna. Hicieron todo esto sin provocar    ninguna infecci&oacute;n o efecto secundario. Tal vez no actuaban bajo los est&aacute;ndares    t&eacute;cnicos de una Meca m&eacute;dica (como alg&uacute;n hospital universitario    de Boston), pero la atenci&oacute;n fue clara, efectiva y personal. Cuando me    despert&eacute; al d&iacute;a siguiente de la operaci&oacute;n en el cuarto    que serv&iacute;a de unidad post-operatoria, me percat&eacute; de que la persona    que dorm&iacute;a en la cama contigua era la enfermera. Al principio no pod&iacute;a    hablar, as&iacute; que silb&eacute; y ella me dio agua para beber. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> El impulso inmediato de B&aacute;rbara fue tratar    de sacarnos de RD para ir a casa lo m&aacute;s pronto posible. Hizo los arreglos    necesarios para rentar un Lear-jet para evacuaci&oacute;n m&eacute;dica y volar    a Miami m&aacute;s tarde ese mismo d&iacute;a, el mi&eacute;rcoles, un d&iacute;a    despu&eacute;s del accidente. Mientras se preparaba para pagar la cuenta del    hospital se enfrent&oacute; con una sorpresa: el hospital ped&iacute;a que se    hiciera el pago total en efectivo. Pero amablemente puso a su disposici&oacute;n    un guardia armado que la acompa&ntilde;ar&iacute;a al &uacute;nico banco de    la ciudad en el que podr&iacute;a hacer retiros de nuestro banco en Boston usando    nuestra tarjeta bancaria. La cuenta total por la operaci&oacute;n y todos los    servicios ascendi&oacute; a $2 300 d&oacute;lares: una ganga, diez veces menos    de lo que nos hubieran costado los mismos procedimientos en un hospital de Estados    Unidos. </font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="Verdana"> Un sistema mixto p&uacute;blico/privado puede    producir atenci&oacute;n m&eacute;dica de buena calidad en pa&iacute;ses pobres    -si puedes pagar por ella-. A trav&eacute;s del hospital que escogieron mis    soldados-&aacute;ngeles, la intervenci&oacute;n de mi esposa-enfermera y las    conexiones m&eacute;dicas de las familias dominicanas de los soldados, recibimos    buena atenci&oacute;n en RD: atenci&oacute;n m&eacute;dica y quir&uacute;rgica    para m&iacute;, apoyo personal para mi esposa e hijo, y asistencia profesional    a trav&eacute;s de la burocracia m&eacute;dica. Tuvimos una suerte incre&iacute;ble    y estaremos eternamente agradecidos. Miami fue otro mundo. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Para empezar, d&eacute;jenme decir que nuestra    organizaci&oacute;n de conservaci&oacute;n de la salud (<I>Health Maintenance    Organization</I> -HMO-) nos brind&oacute; un apoyo total luego de nuestro percance.    Aprobaron inmediatamente nuestra petici&oacute;n de evacuaci&oacute;n m&eacute;dica    desde RD (despu&eacute;s de que mi esposa hizo m&uacute;ltiples llamadas telef&oacute;nicas    al consultorio de mi m&eacute;dico general). Me sometieron a un largo periodo    de terapia f&iacute;sica y aceptaron nuestra petici&oacute;n de segundas opiniones    en cuestiones cr&iacute;ticas. Esta "activa respuesta", sin embargo,    dependi&oacute; en gran medida de la aguda experiencia de mi esposa en el manejo    de la burocracia de los seguros del sistema m&eacute;dico de Estados Unidos,    as&iacute; como de su persistencia. Sin sus esfuerzos, yo hubiera seguido un    camino m&eacute;dico diferente. Incluso contando con ellos, tuve algunos problemas    importantes. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> La atenci&oacute;n gerenciada (<I>managed care</I>)    puede producir desastres sociales para las familias. Miami fue un desastre social    para la m&iacute;a. Despu&eacute;s de haber estado de acuerdo con sacarnos de    RD, nuestra HMO escogi&oacute; un hospital en Miami. Para m&iacute; sigue siendo    un misterio el modo en que fue elegido. Pero lo que s&iacute; entendimos es    que existe un pr&oacute;spero negocio m&eacute;dico que consiste en traer a    casa a estadounidenses enfermos o heridos desde las islas del Caribe. Los pacientes    son b&aacute;sicamente turistas que se lastiman durante sus vacaciones: por    lo general ataques card&iacute;acos, ca&iacute;das, crisis diab&eacute;ticas    y accidentes automovil&iacute;sticos. Las compa&ntilde;&iacute;as de evacuaci&oacute;n    m&eacute;dica vuelan de ida y vuelta todos los d&iacute;as, usando a Miami como    estaci&oacute;n de tratamiento. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> El hospital de Miami no estaba en absoluto preparado    para una familia. A B&aacute;rbara y Gabriel los hospedaron en un Howard Johnson's    muy mal localizado, sin transporte p&uacute;blico, que no contaba con instrucciones    sobre c&oacute;mo llegar hasta ah&iacute; y sin servicios de apoyo social. El    personal del hospital se adher&iacute;a r&iacute;gidamente a viejas reglas impidiendo    que mi hijo accediera a mi cuarto en la unidad de cuidados intensivos. Aunque    parezca incre&iacute;ble, el hospital no ten&iacute;a acceso a una cafeter&iacute;a    para las comidas de mi familia. Y la lista no acaba ah&iacute;. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Mientras tanto, el hospital me trataba como    una alcanc&iacute;a. Con un cheque en blanco de mi HMO, metieron cada parte    de mi cuerpo que cupo dentro del <I>scanner </I>de tomograf&iacute;a axial computarizada    para echarle un vistazo. Todos los jefes de departamento se dieron una vuelta    para visitarme. Es cierto que realizaron algunos servicios &uacute;tiles, como    meter una sonda pleural en mi colapsado pulm&oacute;n izquierdo y recolocar    el clavo de mi pierna para poderla jalar y reducir la presi&oacute;n en mi cadera    fracturada. Pero la cuenta del hospital, pagada casi por completo por mi HMO,    lleg&oacute; a $22 000 d&oacute;lares en s&oacute;lo dos d&iacute;as -y ni siquiera    pas&eacute; por la sala de operaciones. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Miami represent&oacute; el punto bajo de nuestra    odisea post-accidente. La tensi&oacute;n en Miami fue horrible, mucho m&aacute;s    traum&aacute;tica que en Santiago. Con una habilidad agresiva, el hospital propon&iacute;a    sus servicios de atenci&oacute;n facturables al m&aacute;s alto precio, mientras    que los servicios m&aacute;s suaves se quedaban de lado. Mi esposa decidi&oacute;    que necesit&aacute;bamos regresar a Boston lo m&aacute;s pronto posible. El    viernes firmamos la salida y volvimos a subirnos en un Lear-jet para volar hacia    el norte. Llegamos a Boston tarde esa misma noche: por fin en casa, aunque no    totalmente intacto. Cre&iacute;mos que est&aacute;bamos de vuelta en nuestro    elemento, en donde conoc&iacute;amos el sistema y tendr&iacute;amos algo de    control. Pero no fue as&iacute;. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> La atenci&oacute;n de la salud es un proceso    de negociaci&oacute;n en el cual el paciente tiene menos poder que los otros    jugadores. De vuelta en Boston, redescubrimos la pol&iacute;tica de la atenci&oacute;n    a la salud. Como paciente, me convert&iacute; en cautivo de los dem&aacute;s    para que me movieran a trav&eacute;s de las diferentes instalaciones m&eacute;dicas:    cuartos de hospital, salas de operaci&oacute;n, cl&iacute;nicas de rehabilitaci&oacute;n.    Las decisiones se toman en una caja negra, bien oculta a la vista del paciente.    Ocasionalmente, puede uno ponerle las manos encima y sacudirla, obteniendo informaci&oacute;n    valiosa y modelando la decisi&oacute;n seg&uacute;n sus preferencias. Pero eso    requiere de un gran esfuerzo y mucha fuerza. Las estrategias personales y los    aliados entre el personal son esenciales. Y que el cielo te ayude si el m&eacute;dico    que te asignaron es incompetente. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Nadie me advirti&oacute; del dolor que me esperaba    luego de la cirug&iacute;a. La morfina escondi&oacute; el dolor de las incisiones    y la colocaci&oacute;n de ocho tornillos y una placa para fijar el pedazo de    cadera que se me rompi&oacute; en el choque. Pero no hizo nada por el dolor    de un vientre hinchado, abotagado como efecto secundario de las medicinas contra    el dolor e impedido en su funcionamiento. Los narc&oacute;ticos fueron excelentes    para suprimir el dolor primario producido por el choque. Pero sin la atenci&oacute;n    adecuada para los intestinos, los medicamentos provocaron su propio desajuste    de segundo orden: un dolor espantoso debido a m&aacute;s de una semana de ausencia    de movimiento de mis entra&ntilde;as. (En el hospital de Miami me hab&iacute;an    administrado los narc&oacute;ticos fuertes para el dolor primario, pero no los    laxantes que deb&iacute;an haberlos acompa&ntilde;ado, a pesar de las peticiones    expresas de mi esposa, otra omisi&oacute;n m&aacute;s.) </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> A pesar de que era paciente en uno de los m&aacute;s    importantes hospitales universitarios (el que empleaba a B&aacute;rbara), de    todos modos tuvimos problemas. No fue f&aacute;cil encontrar a alguien que nos    ayudara en el hospital. Pasaron varios d&iacute;as luego de la operaci&oacute;n    antes de que el cirujano residente nos presentara con la enfermera de control    del dolor, quien empez&oacute; a encargarse de mi tratamiento, tratando de desinflamar    mi vientre y calmar el dolor de abdomen. Mientras tanto, le correspondi&oacute;    a mi esposa intervenir con parte de su conocimiento en manejo del dolor. Me    dio a tomar aceite de oliva, un truco de su especialidad como enfermera destinado    a engrasar el intestino para facilitar la salida de las heces. Con su est&iacute;mulo    y su consejo, la enfermera de control del dolor ajust&oacute; mis medicamentos    y, para el jueves, por fin pude dormir por la noche. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> La siguiente negociaci&oacute;n fue cambiarme    a un hospital de rehabilitaci&oacute;n. Mi esposa decidi&oacute; a d&oacute;nde    deb&iacute;a ir, con base en su experiencia de a&ntilde;os en el &aacute;rea.    Pero la pregunta era cu&aacute;ndo. El fin de semana del 4 de julio no era el    mejor momento para estar en el hospital: es &eacute;poca de vacaciones del personal    de apoyo y fecha en la que los nuevos internos llegan a los hospitales universitarios.    ¿Estar&iacute;a yo mejor en una c&oacute;moda cama de un hospital universitario    sin fisioterapeutas a lo largo de un fin de semana de fiesta? ¿O deb&iacute;a    mudarme a un hospital de rehabilitaci&oacute;n en donde podr&iacute;a empezar    la fisioterapia de inmediato? Nuestra amigable enfermera de control del dolor    propuso un movimiento r&aacute;pido para empezar con la fisioterapia: "Mientras    m&aacute;s pronto empiece, mejor va a estar." </font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="Verdana"> B&aacute;rbara quer&iacute;a tener unos cuantos    d&iacute;as m&aacute;s de relativa calma y estabilidad en el cuarto privado    del hospital universitario. Aqu&iacute; las negociaciones se deslizaron hacia    la familia. Yo quer&iacute;a mudarme; ella accedi&oacute;, no muy contenta.    El s&aacute;bado me llevaron en ambulancia al hospital de rehabilitaci&oacute;n    en Cambridge. Nuestro m&aacute;s grande conflicto con el sistema de atenci&oacute;n    a la salud tuvo lugar en ese hospital. El personal de enfermer&iacute;a fue    comprensivo y me dio todo su apoyo durante mis batallas nocturnas con el dolor.    Los fisioterapeutas y los terapeutas ocupacionales eran justo lo que yo necesitaba.    Pero sentimos que el m&eacute;dico era terco e incomprensivo. Me presion&oacute;    para que me sometiera a terapia de habla desde el primer d&iacute;a, tal vez    porque se especializaba en des&oacute;rdenes cerebrales relacionados con traumatismos.    Despu&eacute;s de que me rehus&eacute; a hacer las pruebas para problemas del    habla, pareci&oacute; vengarse. Cuando le pedimos un cambio en los medicamentos    contra el dolor para evitar una sobredosis de paracetamol, redujo la prescripci&oacute;n    de narc&oacute;ticos por abajo del nivel terap&eacute;utico. El dolor en mi    pierna era tremendo y sus instrucciones lo empeoraron. Frecuentemente me despertaba    en medio de la noche con un dolor horrible y contando los minutos hasta la siguiente    dosis permitida. Buscamos todos los caminos alrededor y por encima de &eacute;l,    contactando amigos que conoc&iacute;an al director del hospital, buscando a    otros m&eacute;dicos del personal, consultando al jefe del departamento, presionando    a las enfermeras para que me ayudaran. Dos semanas despu&eacute;s, justo antes    de ser dado de alta, cambi&eacute; de m&eacute;dico y tuve una pl&aacute;tica    inteligente con mi nuevo doctor. Por fin dimos un profundo suspiro de alivio.    </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Luego de tres semanas fui dado de alta del hospital    de rehabilitaci&oacute;n. Una vez m&aacute;s, necesit&aacute;bamos preparar    el coctel para controlar el dolor. Mi nuevo m&eacute;dico me apoyaba, pero fue    mi esposa quien sugiri&oacute; los medicamentos que hab&iacute;a que probar.    A trav&eacute;s de ensayo y error llegamos a un conjunto de medicamentos razonablemente    eficaz para atender la combinaci&oacute;n de dolores de huesos, m&uacute;sculos    y nervios que se presentaron despu&eacute;s del accidente y las cirug&iacute;as.    </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> La rehabilitaci&oacute;n significa empezar de    nuevo a partir de casi nada. En los d&iacute;as que siguieron a la cirug&iacute;a,    de inmediato me percat&eacute; de lo que significa la discapacidad y cu&aacute;n    debilitado estaba. La primera vez que trat&eacute; de sentarme erguido en la    cama necesit&eacute; de 20 minutos de lucha con ayuda de dos fisioterapeutas.    Ponerme de pie era imposible. Sentarme en el borde de la cama, con las piernas    colgadas a un lado, me dejaba exhausto. Sentarme en una silla eran palabras    mayores. El accidente no s&oacute;lo me rompi&oacute; los huesos y me desgarr&oacute;    la piel, tambi&eacute;n destruy&oacute; mi capacidad para funcionar. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Ten&iacute;a que reaprender todo, avanzando    gradualmente en el aprendizaje de las tareas relacionadas con las diferentes    edades. Como si hubiera vuelto a nacer, ten&iacute;a que volver a aprender las    cosas m&aacute;s simples de la vida: masticar y tragar alimentos f&aacute;ciles    de deglutir; comer sentado en la cama; ajustar mi conducto digestivo para que    recibiera y expulsara en un horario regular; quitarme y ponerme los pantalones    de la pijama sin inclinarme; moverme de la cama hasta el c&oacute;modo; pasar    de la cama a la silla de ruedas mientras me vigilaban; pararme agarrado a una    caminadora. Las cosas m&aacute;s simples de la vida -las cosas que hab&iacute;a    hecho antes sin pensar- se hab&iacute;an vuelto casi imposibles. Poco a poco,    con pr&aacute;ctica diaria, fisioterapia continua y persistencia, volv&iacute;    a aprender las tareas m&aacute;s b&aacute;sicas de la existencia. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> La experiencia de la discapacidad me dio una    nueva perspectiva de la vida. Si bien me sent&iacute;a afortunado de seguir    vivo, aunque no pudiera levantarme y caminar, los dem&aacute;s me ve&iacute;an    como terriblemente desafortunado. A principios de agosto, en cuanto logr&eacute;    tener un poco de movilidad en silla de ruedas, volv&iacute; a mi oficina en    la Escuela de Salud P&uacute;blica para trabajar en un seminario. Ve&iacute;a    a mis colegas desde un nuevo punto de vista, para ser m&aacute;s exacto, desde    el nivel del ombligo. Y ellos me miraban y se preguntaban si volver&iacute;a    a caminar. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Para mi sorpresa, no hab&iacute;a ni un solo    ba&ntilde;o accesible en silla de ruedas en todo el edificio de 14 pisos. Para    ir al ba&ntilde;o ten&iacute;a que desplazarme hasta el quinto piso de un edificio    contiguo o de plano usar una bacinica en mi oficina. Mi esposa se quej&oacute;    con el decano y, gracias a eso, adaptaron un ba&ntilde;o para que yo pudiera    tener acceso en el piso inmediatamente superior. Parec&iacute;a ir&oacute;nico    que, entre todos los lugares posibles, la Escuela de Salud P&uacute;blica de    Harvard no contara con accesos para sillas de ruedas. Para mi esposa, se trataba    de un problema que s&oacute;lo pod&iacute;a resolverse mediante una acci&oacute;n    directa. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Cuanto lleg&oacute; el mes de septiembre, recib&iacute;    a los nuevos estudiantes de mi departamento apoy&aacute;ndome en una caminadora.    Mi mente estaba obnubilada por los cuatro tipos de medicamentos contra el dolor    que segu&iacute;a tomando cada ocho horas. Sent&iacute;a mis frases tropezadas    y sin conexi&oacute;n; ya no flu&iacute;an tan f&aacute;cilmente como antes.    ¿Mi mente hab&iacute;a sido afectada de alguna manera? ¿Acaso las    medicinas estaban haciendo que mi cerebro funcionara con lentitud? B&aacute;rbara    sugiri&oacute; que ser&iacute;a una buena experiencia para los estudiantes de    la Escuela de Salud P&uacute;blica tomar clases con un profesor que usara silla    de ruedas. Estuve de acuerdo, pero hubiera preferido que ese profesor fuera    otra persona. Retras&eacute; mi curso de &eacute;tica hasta noviembre. Pero    incluso entonces di clases apoyado en muletas de aluminio y tomando medicinas    contra el dolor. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> La recuperaci&oacute;n es un proceso y las apariencias    son enga&ntilde;osas. En los primeros d&iacute;as de enero dej&eacute; de lado    las muletas, empec&eacute; a trastabillar con un bast&oacute;n y fui a patinar    en hielo con Gabriel. Apenas pod&iacute;a caminar, pero quer&iacute;a entrar    a la pista de hielo -como una prueba de mi recuperaci&oacute;n-. ¿Qu&eacute;    tanto podr&iacute;a hacer? Con la bendici&oacute;n de mi ortopedista ("¿Patinar    en hielo? No veo por qu&eacute; no.") me amarr&eacute; las agujetas de    mis viejos patines de hockey y me lanc&eacute; al hielo, empezando con las manos    sobre los hombros de mi cu&ntilde;ado durante la primera vuelta. Me dol&iacute;a    y casi no ten&iacute;a apoyo en mi pierna izquierda, pero el placer de deslizarme    en el hielo me dio una enorme satisfacci&oacute;n. Nuevamente vivo. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> En alg&uacute;n momento de febrero, lleno de    dudas, dej&eacute; el bast&oacute;n. Como que me gustaban mi apariencia y la    sensaci&oacute;n -y la seguridad- de contar con un palo en el cual apoyarme.    Pero era hora de dejarlo y empezar a caminar por m&iacute; mismo, fortalecer    mis m&uacute;sculos sin ayuda externa. Casi de inmediato la gente empez&oacute;    a felicitarme por mi "completa" recuperaci&oacute;n. Y yo les explicaba    que no estaba "completamente" recuperado, que, de hecho, cada paso    me dol&iacute;a cuando mi pie izquierdo tocaba el suelo. Lo que desde el exterior    parec&iacute;a una recuperaci&oacute;n, estaba lejos de serlo en el interior.    Algunas personas pensaban que me ve&iacute;a mejor que antes del accidente -sub&iacute;    cinco kilos a causa del estilo de vida obligadamente sedentario. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> A mediados de abril, gracias al est&iacute;mulo    de mi fisioterapeuta, trat&eacute; de caminar la distancia de poco m&aacute;s    de una milla hasta mi trabajo. Fue demasiado y demasiado pronto. La segunda    vez que camin&eacute; de vuelta a casa, el dolor en mi pie izquierdo fue tan    intenso que apenas pude caminar la &uacute;ltima cuadra. Apretando los dientes,    reprimiendo los quejidos, coje&eacute; todo desequilibrado para avanzar los    &uacute;ltimos cien pasos. La desesperaci&oacute;n y la desilusi&oacute;n fueron    intensas. Caminar al trabajo y de regreso era la meta que yo mismo me hab&iacute;a    impuesto como medida de recuperaci&oacute;n -la vuelta a la "normalidad"-.    ¿Ser&iacute;a capaz de hacerlo alg&uacute;n d&iacute;a? </font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="Verdana"> Con el paso del tiempo me fui acercando. Mi    nuevo cirujano ortop&eacute;dico me recomend&oacute; que me entrenara a caminar    lentamente una milla, aumentando la distancia poco a poco. Y eso me ayud&oacute;.    Reduje las medicinas para el dolor de cuatro tipos a uno solo y empec&eacute;    a sentir que tal vez podr&iacute;a llegar a dejar ese soporte farmac&eacute;utico.    Necesitaba un experimento -unos cuantos d&iacute;as sin ese apoyo- para estar    seguro. Pero todav&iacute;a me dol&iacute;an los nervios de mi pie izquierdo    y a&uacute;n necesitaba 30 minutos diarios de fisioterapia para fortalecer mis    m&uacute;sculos. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> El primer aniversario del accidente, el 23 de    junio de 1999, fue agridulce. El choque fue la combinaci&oacute;n de una extra&ntilde;a    mezcla de destinos: incre&iacute;blemente desafortunado el que sucediera, incre&iacute;blemente    afortunado el que todos sobrevivi&eacute;ramos y el que yo me recuperara casi    por completo. Todos los que me daban atenci&oacute;n m&eacute;dica -cirujano    ortopedista, neur&oacute;logo, m&eacute;dico general, fisioterapeuta- estaban    de acuerdo en un punto: me hab&iacute;a recuperado mucho mejor de lo que ellos    esperaban. Incluso mi esposa admit&iacute;a que yo hab&iacute;a sido "mucho    mejor paciente" de lo que ella hab&iacute;a anticipado. Eso significaba    que casi no me quejaba del dolor (o de cualquier otra cosa, en realidad), y    que hab&iacute;a seguido las instrucciones de mis terapeutas y m&eacute;dicos    a lo largo del verano de recuperaci&oacute;n. Al llegar la primavera, al parecer    me hab&iacute;a recuperado lo suficiente para volver a mi conducta masculina    normal (quejarme, no obedecer instrucciones, trabajar demasiado). Al final del    a&ntilde;o, 18 meses despu&eacute;s del accidente, dej&eacute; el &uacute;ltimo    de mis medicamentos para el dolor y caminaba ya la milla hasta el trabajo s&oacute;lo    con un leve dolor, aunque todav&iacute;a sent&iacute;a el pie izquierdo medio    adormecido. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> En el nuevo ambiente de la atenci&oacute;n gerenciada,    buena parte de la "gerencia" o el manejo han pasado hacia el paciente    y la familia. En ese contexto, yo tuve suerte. Mi esposa es una experta en tratar    con m&eacute;dicos, compa&ntilde;&iacute;as de seguros, dolor y medicamentos    para el dolor, intestinos y atenci&oacute;n en casa. Y ella hizo todo esto a    pesar de que tambi&eacute;n sufr&iacute;a a causa de su clav&iacute;cula rota,    que le lastimaba cada vez que levantaba algo (como subir o bajar mi silla de    ruedas de nuestra camioneta). Tuvimos suerte de contar con los recursos de ambos    para dirigir mis cuidados: la experiencia y conocimientos de mi esposa, nuestros    contactos con m&eacute;dicos y nuestra experiencia lidiando con la burocracia.    Sin embargo, hubo momentos en los que el sistema nos ahog&oacute;. </font></p>     <p><font size="2" face="Verdana"> Nos preguntamos, ¿c&oacute;mo negocian    los otros pacientes con los m&eacute;dicos, con los hospitales, las terapias,    el traslado a casa? Supimos que algunos se las arreglan bien y otros no. Un    amigo describi&oacute; el dolor que todav&iacute;a siente, a&ntilde;os despu&eacute;s    de que un miembro de su familia hospitalizado se suicid&oacute;. Luego de o&iacute;r    acerca de nuestras luchas en el hospital de rehabilitaci&oacute;n, le explic&oacute;    a B&aacute;rbara: "Nosotros no fuimos capaces de manejar el sistema."    </font></p>     <p> <font size="2" face="Verdana">¿Me cambi&oacute; de manera fundamental    esta experiencia cercana a la muerte? ¿Soy un mejor padre, esposo, investigador    o profesor? Es dif&iacute;cil decirlo. Tal vez mi enfrentamiento cara a cara    con mi mortalidad -justo antes de cumplir los 50 a&ntilde;os- me record&oacute;    que es necesario valorar cada momento de la vida, aceptar los retrasos en mi    vida con menos compulsi&oacute;n y comprender mejor lo que es vivir con una    discapacidad. Pero sobre todo me ha mostrado la importancia de los accidentes    de tr&aacute;nsito en los pa&iacute;ses en desarrollo, un olvidado problema    de salud p&uacute;blica. Desde el choque, he convertido este tema en una prioridad    de mis investigaciones y ahora estoy organizando, con mi colega Vinand Nantulya,    una iniciativa internacional en el Centro de Estudios sobre Poblaci&oacute;n    y Desarrollo para impulsar una agenda global sobre seguridad en el tr&aacute;nsito    en carreteras. El choque y todo lo que le sigui&oacute; me permitieron tener    un intenso periodo de reflexi&oacute;n, me ofrecieron el privilegio de rehacerme;    mientras que a&uacute;n veo con claridad las partes de m&iacute; mismo. Conforme    voy reconstruyendo mi vida, todav&iacute;a llevo conmigo el recuerdo constante    del accidente, en mis cicatrices externas e internas, y en mi pie adormecido.    </font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p align="right"><font size="2" face="Verdana">Traducci&oacute;n: V&iacute;ctor    M Becerril. </font></p>     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     <p><font size="2" face="Verdana"><a name="nt"></a><a href="#tx">*</a> Publicado    originalmente en <I>Harvard Public Health Review</I>. Se reproduce con autorizaci&oacute;n.    Disponible en: <a href="http://www.hsph.harvard.edu/review/review_summer-02/reich.html" target="_blank">http://www.hsph.harvard.edu/review/review_summer-02/reich.html</a></font></p>     ]]></body>
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