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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[IV. La antropología a 50 años del descubrimiento de la estructura helicoidal del DNA]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[ <p align="justify"><font size="4" face="Verdana">Actividades acad&eacute;micas</font></p>     <p><font size="4" face="Verdana">DNA Medio Siglo.</font></p>     <p align="center"><font size="4" face="Verdana"><b>    <br> </b></font><font size="2" face="Verdana"><b><font size="4">IV.   La antropolog&iacute;a a 50 a&ntilde;os del descubrimiento    <br> de la estructura helicoidal del DNA</font></b></font></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center"><b><font size="2" face="Verdana">Carlos Viesca T*</font></b></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="justify"><b><font size="2" face="Verdana">*</font></b><font size="2" face="Verdana">Departamento de Historia y Filosof&iacute;a de la Medicina Facultad de Medicina. UNAM. SIN, Nivel III.</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Hace 50 a&ntilde;os, euf&oacute;rico por lo que para &eacute;l -y despu&eacute;s para toda la humanidad- significaba el descubrimiento de que la estructura helicoidal del modelo propuesto por &eacute;l y James Watson para el DNA, Francis Crick dec&iacute;a a sus amigos reunidos en un pub, <i>   The Eagle </i> , cercano al laboratorio en el que trabajaban, que su hallazgo les proporcionaba ni m&aacute;s ni menos que "el secreto de la vida". <sup>1</sup> Y ten&iacute;a raz&oacute;n. En los a&ntilde;os consecutivos se ir&iacute;a dilucidando el sentido de esa aparente fanfarronada para convertirla en el &aacute;brete s&eacute;samo de la ciencia biol&oacute;gica.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">En efecto, es a partir de la definici&oacute;n de la estructura del DNA como una doble h&eacute;lice en la que est&aacute;n dispuestos los pares de bases que constituyen el material gen&eacute;tico de todo ser vivo, que comienza una nueva etapa en la historia de la ciencia. Sus implicaciones para la antropolog&iacute;a son el tema del presente trabajo. </font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana"><i>De la antropolog&iacute;a a la biolog&iacute;a.    <br> &iquest;Un nuevo reduccionismo? </i></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">De alg&uacute;n tiempo atr&aacute;s se sab&iacute;a que el DNA era el componente propio de los cromosomas. Tambi&eacute;n se ven&iacute;a planteando la existencia, confirmada m&aacute;s tarde, de que los cromosomas pod&iacute;an dividirse en unidades funcionales que se relacionan con funciones o estructuras espec&iacute;ficas a las que se denomin&oacute; genes. Era, pues, l&oacute;gico pensar que, conociendo la estructura del DNA, se podr&iacute;a estudiar la herencia con mucho mayor detalle y m&aacute;s precisi&oacute;n. Sin embargo, las expectativas quedaron cortas. Pasando de la ontogenia a la filogenia, es decir, de la constituci&oacute;n hereditaria de un individuo a las posibilidades de herencia en la especie, el registro de los genes y su expresi&oacute;n abrieron la perspectiva de conocer los parentescos existentes entre diversos seres humanos, pero tambi&eacute;n la de establecer relaciones del mismo tipo entre razas y grupos. Evidentemente el estudio del DNA contenido en y constitutivo del material gen&eacute;tico de los seres humanos marcaba un nuevo rumbo para las ciencias del hombre. En lo sucesivo, las bases cient&iacute;ficas de la antropolog&iacute;a estar&iacute;an fundadas en desarrollos de la biolog&iacute;a molecular y, en sus puntos m&aacute;s cruciales, estar&iacute;an dados por lecturas posibles del DNA. </font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">A&uacute;n m&aacute;s, a poco de descubierta la estructura del DNA y confirmado su papel en la composici&oacute;n del material gen&eacute;tico de todos los seres vivos, se comenz&oacute; a investigar en t&eacute;rminos de biolog&iacute;a molecular secuencias de amino&aacute;cidos espec&iacute;ficos ubicados en algunos de los genes, as&iacute; como las de prote&iacute;nas funcionalmente importantes y con estructuras relativamente sencillas y, por lo tanto, accesibles. La hip&oacute;tesis central, era que los cambios, producto del proceso de evoluci&oacute;n, se manifiestan a nivel de los genes y se pueden estudiar a trav&eacute;s de las prote&iacute;nas, de modo que el &iacute;ndice de separaci&oacute;n de dos especies es directamente proporcional al n&uacute;mero de amino&aacute;cidos diferentes que tiene una de &eacute;stas. De tal manera, cromosomas y genes se van diluyendo para dar paso al concepto de secuencias de amino&aacute;cidos y las semejanzas van privando en relaci&oacute;n con las diferencias, dado que son num&eacute;ricamente mucho m&aacute;s.</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana"><i>El fin del creacionismo </i></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">El estar seguros de que existe un substrato qu&iacute;mico de la herencia que es el DNA, el que sea &eacute;ste el componente de los genes y de la mal llamada "basura gen&eacute;tica", (ni m&aacute;s ni menos que un porcentaje no lejano de 80% de nuestro genoma, que al fin y al cabo cuenta la historia de la especie y la deja inscrita en cada una de nuestras c&eacute;lulas), el que en fragmentos de ese genoma se puedan reconocer otros fragmentos y, a veces, hasta genomas pr&aacute;cticamente &iacute;ntegros de otras especies que han convivido estrechamente con nuestros antepasados por tiempos inmensamente largos, ha dejado claramente asentadas las huellas del proceso evolutivo de la especie humana. Las consecuencias te&oacute;ricas de esto se reducen a un punto central: la creaci&oacute;n renovada de diferentes grupos de seres vivos no resiste la evidencia biol&oacute;gica y las largas series de argumentos que se han aducido para afirmar que el hombre fue creado en un estado de perfecci&oacute;n y ha involucionado -consecuencia del pecado o de la mera desgracia- hasta llegar a nuestra imperfecci&oacute;n actual, no pueden ya ser tomadas en cuenta seriamente. <sup>2</sup> La evidencia del DNA marca una l&iacute;nea evolutiva que si bien tiene un gran n&uacute;mero de ramales, marca sin lugar a dudas un origen &uacute;nico.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana"><i>La evoluci&oacute;n de la humanidad: de la paleontolog&iacute;a a la gen&eacute;tica</i></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Una de las grandes ramas de la antropolog&iacute;a es la antropolog&iacute;a f&iacute;sica, la cual se ha encargado desde la segunda mitad del siglo XIX de buscar restos humanos prehist&oacute;ricos y de establecer sus relaciones con el hombre moderno, ese que se ha autodenominado <i>   Homo sapiens sapiens, </i>      por si un solo <i>   sapiens </i> fuera poco. Pero tambi&eacute;n dicha disciplina hab&iacute;a tenido que zanjar una abrupta cuesti&oacute;n al tomar partido por la inclusi&oacute;n del hombre en la naturaleza, dejando de lado la hip&oacute;tesis jam&aacute;s probada de un origen, no digamos sobrenatural, pero s&iacute;, por lo menos, separado del de todos los dem&aacute;s integrantes de este cosmos; como quiera que sea, este ser creado por Dios en el sexto d&iacute;a de su empresa, de acuerdo al relato b&iacute;blico, hab&iacute;a ido paulatinamente dejando de ser la criatura distinguida con la imagen y semejanza de su creador, para resignarse a ser parte del orden natural. No en balde ya Darwin hab&iacute;a completado la labor emprendida por Cop&eacute;rnico tres siglos antes, al desplazar a la tierra del centro del universo, cuando, como corolario de su visi&oacute;n general sobre la selecci&oacute;n natural y la evoluci&oacute;n de las especies tuvo que definir sus opiniones sobre la proveniencia de los humanos y afirmar que ven&iacute;an de otras especies, m&aacute;s viejas que ellos pero no menos naturales, que se hab&iacute;an ido modificando en el curso de un largo tiempo. Tan largo que hab&iacute;a sido inconcebible hasta que se inici&oacute; el c&aacute;lculo cient&iacute;fico de cu&aacute;nto tiempo hab&iacute;a "vivido" la tierra y se pudo hablar de &eacute;pocas geol&oacute;gicas y de la inserci&oacute;n de los seres vivos -humanos incluidos- en ellas y ya no de un discurso geneal&oacute;gico que fijaba en unos cuatro mil a&ntilde;os el devenir de la humanidad. <sup>3</sup>   Ya antes de los grandes textos, como el propio <i>   Sistema Naturae </i>      de Linneo o <i>   Man's Place in Nature </i> de Thomas Huxley, publicados de 1735 a 1766, el primero, y en 1863 el otro, que se preocuparon por establecer el lugar del hombre en la naturaleza e iniciar con ello la naturalizaci&oacute;n de la naciente antropolog&iacute;a, otros autores hab&iacute;an dado cuenta de la semejanza del hombre con otras especies animales. As&iacute;, Belson en 1555 hab&iacute;a ya se&ntilde;alado la similitud entre ciertos huesos humanos y los correspondientes de las aves, y siglo y medio m&aacute;s tarde, en 1699, Tyson anot&oacute; 48 caracteres que eran compartidos por el hombre y los chimpanc&eacute;s y que alejaban a ambos primates de los monos. <sup>4</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Sin embargo, esta pertenencia del hombre a la naturaleza fue enmarcada en una divisi&oacute;n entre los aspectos funcionales caracter&iacute;sticos de los seres humanos, cuyo estudio metodol&oacute;gicamente correspond&iacute;a al campo de la fisiolog&iacute;a, entendida como biolog&iacute;a humana, y aquellos rasgos f&iacute;sicos con los que la antropolog&iacute;a construy&oacute; su propio m&eacute;todo para definir razas humanas, variables grupales e individuales y explorar una posible genealog&iacute;a a partir de la recuperaci&oacute;n de restos &oacute;seos. Este m&eacute;todo fue paleontol&oacute;gico. Evidentemente dio frutos, puesto que se pudieron establecer series que, con huecos, van hasta el proc&oacute;nsul africano y los australopitecos y pudieron proponer fechas, de acuerdo con las cuales estos &uacute;ltimos habr&iacute;an aparecido hace unos 3.5 millones de a&ntilde;os y los primeros hace unos 20. <sup>5</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Otro de los puntos clave ha sido el del momento de separaci&oacute;n del hombre y los grandes p&oacute;ngidos, una vez que se determin&oacute; que la relaci&oacute;n entre ellos no era de descendencia sino de colateralidad. En este sentido la citogen&eacute;tica ha permitido la demostraci&oacute;n de afinidades muy importantes entre la especie humana y los otros grandes antropoides, mientras que todos ellos difieren en mayor medida de los otros miembros de la superfamilia que filogen&eacute;ticamente se ha catalogado como hominoidea. <sup>6</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Se ha reconocido, por ejemplo, que una diferencia que ha sido considerada como fundamental entre los humanos y los chimpanc&eacute;s y los gorilas, que es la dotaci&oacute;n de 46 cromosomas en los primeros por 48 de las otras dos especies, se debe a la fusi&oacute;n de los cromosomas 12 y 13 del chimpanc&eacute; y 11 y 12 del gorila y el orangut&aacute;n resultante en nuestro cromosoma 2 de gran tama&ntilde;o. <sup>7</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Posteriores trabajos, como los de Jauch y cols. Publicados en 1992, han destacado las homolog&iacute;as entre los cromosomas humanos y los del chimpanc&eacute;, el gorila, el orangut&aacute;n y los gibones, marcando las crecientes diferencias que se aprecian entre ellos, existiendo gran similitud en los cuatro primeros y divergencias notables con estos &uacute;ltimos. <sup>8</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">En estudios realizados a principios de los a&ntilde;os setenta, Marie Claire King y Allan Wilson comenzaron a combinar m&eacute;todos de estudio de DNA, particularmente la de "hibridaci&oacute;n del DNA", y establecieron que las diferencias probables del genoma humano y el del chimpanc&eacute; no ir&iacute;an m&aacute;s all&aacute; de 1%. <sup>9</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Sin embargo, estos abordajes desde la biolog&iacute;a molecular ya ten&iacute;an para entonces una historia, no muy larga, pero abundante en hechos de inter&eacute;s. En efecto, desde inicios de la d&eacute;cada de los sesenta Linus Pauling y Emile Zuckerkandl hab&iacute;an emprendido el estudio de algunas prote&iacute;nas comparando las secuencias de sus amino&aacute;cidos en diferentes especies, definiendo que entre m&aacute;s pr&oacute;ximas eran &eacute;stas en la cadena evolutiva m&aacute;s similares ser&iacute;an las secuencias correspondientes. Entre las prote&iacute;nas que eligieron para su estudio a causa de sus accesibles dimensiones se cuenta la hemoglobina. Los hallazgos no dejan de ser sorprendentes: analizando una de sus cadenas proteicas con una longitud total de 141 amino&aacute;cidos, encontraron que s&oacute;lo uno de ellos era diferente entre la hemoglobina humana y la del chimpanc&eacute; y 18 entre la primera y la del caballo. <sup>10</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">No deben olvidarse las dificultades t&eacute;cnicas a las que se enfrentaban estos pioneros para secuenciar prote&iacute;nas, de modo que no extra&ntilde;a en nada el que se hayan buscado otras alternativas, como lo son los estudios inmunol&oacute;gicos, particularmente las reacciones ante prote&iacute;nas extra&ntilde;as. <sup>11</sup></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana">En este sentido son los trabajos de Allan Wilson y de Vince Sarich los m&aacute;s estimulantes. Estudiando la alb&uacute;mina exponi&eacute;ndola a reacciones anticuerpo antialb&uacute;mina humana, determinaron que la relaci&oacute;n entre una especie y otra era de 95% entre gorilas y chimpanc&eacute;s y los seres humanos, de 85% para los orangutanes, 82% para los gibones, 60% para el mono ara&ntilde;a, 35% para el lemur y 25% para el perro. <sup>12</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">La separaci&oacute;n evolutiva entre el hombre y el perro, "su mejor amigo", es de 75% y, por lo tanto, de muchos millones de a&ntilde;os. Pero la fecha que interesaba a nuestros autores no era esa, sino la de la separaci&oacute;n de los humanos del tronco com&uacute;n de los p&oacute;ngidos y para ello tomaron como medida de referencia una cifra de 30 millones de a&ntilde;os, que era la que daban los estudios de los f&oacute;siles para la separaci&oacute;n de los monos del viejo y del nuevo mundo. Haciendo coincidir en esta cifra la evoluci&oacute;n paleontol&oacute;gica y la evoluci&oacute;n molecular, comenzaron la b&uacute;squeda y concluyeron que el momento de separaci&oacute;n entre la especie humana y los grandes monos hab&iacute;a ocurrido hace unos cinco millones de a&ntilde;os. Esto sucedi&oacute; en 1967. La afirmaci&oacute;n provoc&oacute; un esc&aacute;ndalo inmediato entre antrop&oacute;logos y paleont&oacute;logos, quienes hab&iacute;an hecho un estimado de unos 25 millones de a&ntilde;os y declararon no confiable al m&eacute;todo gen&eacute;tico reci&eacute;n ensayado. No obstante, el tiempo y las nuevas t&eacute;cnicas han dado la raz&oacute;n, hasta ahora, a Wilson y Sarich. <sup>13</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Como resultado tenemos que aceptar que nuestra cercan&iacute;a con los grandes monos es mucho mayor de lo que se hab&iacute;a sostenido y que nuestro parentesco es m&aacute;s cercano, tomando como &iacute;ndice de cercan&iacute;a el tiempo transcurrido desde el momento en que, a causa de mutaciones, nuestras especies se separaron. Es as&iacute; que el chimpanc&eacute; resulta m&aacute;s cercano a los humanos, con una diferencia de s&oacute;lo 1%, que de los gorilas, de los que le separa 3 %. La consideraci&oacute;n de estos datos obliga a reflexionar acerca del desfase existente entre una evoluci&oacute;n gen&eacute;tica de escasa cuant&iacute;a y otra, anat&oacute;mica y conductual, con marcadas diferencias y mucho m&aacute;s r&aacute;pida. Svante P&auml;&auml;bo, un eminente cient&iacute;fico sueco que trabaj&oacute; en la Universidad de Munich y hab&iacute;a realizado interesant&iacute;simos estudios sobre DNA antiguos, entre los que se inclu&iacute;an los procedentes de momias egipcias y hasta de los restos de hombres de Neanderthal -acerca de lo cual hablar&eacute; posteriormente-, tom&oacute; el reto en sus manos y enfoc&oacute; su atenci&oacute;n a dilucidar el origen de estas tan significativas diferencias. Hace poco m&aacute;s de dos a&ntilde;os, en 2002, P&auml;&auml;bo y su equipo de trabajo localizaron un gen al que denominaron FOXP2 el cual est&aacute; relacionado con el lenguaje y ha sido apodado en los medios de comunicaci&oacute;n masiva como "el gen de la gram&aacute;tica". Lo extraordinario es que de sus 715 amino&aacute;cidos s&oacute;lo dos difieren de los del gorila y el chimpanc&eacute; y en todos los dem&aacute;s mam&iacute;feros estudiados son id&eacute;nticos. <sup>14</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Por otra parte, las mutaciones en este gen coinciden con alteraciones del lenguaje. En fin, lo que se aprecia es que la configuraci&oacute;n del gen, sus dos amino&aacute;cidos diferentes, son de nuevo cu&ntilde;o y se&ntilde;alan una v&iacute;a de separaci&oacute;n entre la especie humana y sus m&aacute;s cercanos parientes. Gran diferencia, el lenguaje articulado con todas sus sofisticaciones, para una m&iacute;nima diferencia gen&eacute;tica, dos de 715 amino&aacute;cidos, hacen pensar que la gran separaci&oacute;n que existe actualmente entre humanos y antropoides, corresponde, como expresa James Watson, m&aacute;s a genes que se expresan en funci&oacute;n de alg&uacute;n mecanismo a&uacute;n no precisado, que en diferencias en la estructura gen&eacute;tica o en el genoma, "los humanos -dice- somos simplemente grandes monos con unos pocos interruptores (switches) gen&eacute;ticos &uacute;nicos y especiales". <sup>15</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Al respecto puede a&ntilde;adirse que otros experimentos de P&auml;&auml;bo acerca de la expresi&oacute;n de genes en los leucocitos, el h&iacute;gado y el cerebro, han mostrado gran similitud en los dos primeros, mientras que el cerebro humano se denota muy diferente a los del chimpanc&eacute; y el macaco, a pesar de que las diferencias en los genes involucrados no son mayores.</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana"><i>El camino hacia el homo sapiens y el enigma del hombre de Neanderthal</i></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Hasta este momento he rese&ntilde;ado el impacto que han tenido los estudios sobre el DNA en la comprensi&oacute;n del proceso evolutivo que ha llevado a la humanidad a separarse de los otros p&oacute;ngidos. Resta por considerar cu&aacute;les han sido los hitos de su evoluci&oacute;n como tal hasta desembocar en el <i>   Homo sapiens.</i></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Los   &uacute;ltimos a&ntilde;os del siglo XIX fueron tiempos clave en el descubrimiento de restos humanos, de huesos, que permitieron esbozar una historia de la especie en t&eacute;rminos paleontol&oacute;gicos. El entusiasmo desencadenado por el hallazgo del <i>   pithecanthropus erectus </i> por Dubois en 1890 inici&oacute; una marea de exploraciones coronadas muchas de ellas con hallazgos importantes. <sup>16</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Al fin de cuentas, una serie de hombres primitivos se fue eslabonando en un intento de establecer una cadena en la que no faltara el eslab&oacute;n perdido tan preciado como desconocido para los darwinistas de las primeras generaciones. El hallazgo del primer australopiteco por Raymond Dart en 1924 y de otros m&aacute;s por Luis Leakey despu&eacute;s de la Segunda Guerra Mundial llevaron a tres millones de a&ntilde;os atr&aacute;s la presencia de prehumanos en &Aacute;frica. Por otra parte, el descubrimiento en 1876 de los primeros restos del hombre de Neanderthal, dieron las primeras bases para pensar en una evoluci&oacute;n lineal que condujera hasta nosotros, y m&aacute;s tarde hicieron suponer que hab&iacute;a un ancestro directo del hombre de Cro Magnon y, por lo tanto, del hombre moderno. <sup>17</sup></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Despues fueron apareciendo evidencias de que hab&iacute;a habido un periodo de coexistencia entre neanderthaleses y hombres de Cro Magnon y no faltaron los huesos con huellas de raspado de la carne que permiten suponer banquetes canib&aacute;licos. El dilema inherente a la consideraci&oacute;n del hombre de Neanderthal como ancestro o como otra rama terminal del &aacute;rbol de los hom&iacute;nidos comenz&oacute; a resolverse cuando en 1997 Svante P&auml;&auml;bo encarg&oacute; a uno de sus m&aacute;s brillantes alumnos, Mathias Krings, de llevar a cabo un intento de secuenciaci&oacute;n de DNA procedente del hueso del primer Neanderthal encontrado. <sup>18</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Obtener el material fue comparado en su momento a la posibilidad de cortar un pedacito de la Mona Lisa para ser estudiado. La t&eacute;cnica utilizada ahora fue la de la reacci&oacute;n en cadena a la polimerasa (PCR). Asimismo se decidi&oacute; buscar el DNA mitocondrial, constando de un asa con unos 16 mil pares de bases, en el entendido de que en estas viej&iacute;simas c&eacute;lulas era m&aacute;s f&aacute;cil encontrar algo del material restante de 500 a 1000 mitocondrias, que de un solo n&uacute;cleo. Tras de que Mark Soteneking llev&oacute; a cabo estudios paralelos en su laboratorio en Pennsilvania y de que las 379 bases secuenciadas por ambos resultaron ser id&eacute;nticas, prueba de lo correcto de la t&eacute;cnica y de que los resultados no proven&iacute;an de contaminaci&oacute;n, se procedi&oacute; a compararlas con secuencias de hombres modernos, con el resultado sorprendente de que solamente hab&iacute;a un 5% de diferencias entre ellos y el hombre de Neanderthal, mismas que revelaban un parentesco cercano pero no una descendencia directa. Ambos proven&iacute;an del <i>   Homo erectus. </i> Al fin de cuentas, la biolog&iacute;a molecular nos ha ense&ntilde;ado que el <i>   Homo Neanderthalensis </i> apareci&oacute; en &Aacute;frica haceunos 700 mil a&ntilde;os y de all&iacute; emigr&oacute; a Europa, en donde subsisti&oacute; hasta hace unos 29 mil a&ntilde;os, &eacute;poca en la que se extingui&oacute;; siendo as&iacute;, convivi&oacute; con el <i>   Homo Sapien </i> s por lo menos 10 mil a&ntilde;os.</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana"><i>El DNA y la dispersi&oacute;n del Homo Sapiens</i></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">En lo relacionado con la m&aacute;s remota prehistoria de la humanidad todos los caminos llevan al &Aacute;frica Central. All&iacute; fue la tierra de los antepasados comunes de todos los p&oacute;ngidos, as&iacute; como la de los proc&oacute;nsules y los australopit&eacute;cidos que se fueron separando evolutivamente de los antepasados de gorilas y chimpanc&eacute;s. All&iacute; tambi&eacute;n fue la tierra de origen de los primeros <i>   Homo sapiens </i> , surgidos hace unos 170 mil a&ntilde;os.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Estudiando DNA mitocondrial procedente de placentas, A. Wilson y Rebecca Cann lograron obtener infinidad de muestras y en 1987 pudieron publicar un esbozo del &aacute;rbol evolutivo de la especie humana. <sup>19</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">T&eacute;cnicamente, la imposibilidad de recombinaci&oacute;n del DNA mitocondrial les ofreci&oacute; una gran ventaja: si se aprecia una mutaci&oacute;n en dos fragmentos procedentes de diferentes sujetos, la &uacute;nica conclusi&oacute;n posible es que provengan de un tronco com&uacute;n. Adem&aacute;s, recordemos que el DNA mitocondrial proviene exclusivamente de la madre, raz&oacute;n por lo que lo &uacute;nico que se puede explorar a trav&eacute;s de &eacute;l es la herencia materna y, a trav&eacute;s de ella, las ancestras; por eso se pudo seguir las huellas de "Eva", la abuela com&uacute;n a toda la humanidad. Calculando un &iacute;ndice de mutaciones se puede, entonces, calcular la antig&uuml;edad de un &aacute;rbol familiar, es este caso el de la especie del homo sapiens, que result&oacute; remontarse a solamente 150 mil a&ntilde;os atr&aacute;s. Eva, pues, naci&oacute; en el &Aacute;frica Central y de ella provenimos todos los humanos, por m&aacute;s distantes que algunos de ellos nos parezcan.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Hace 130 mil a&ntilde;os, el <i>   Homo sapiens </i> se hab&iacute;a extendido por toda el &Aacute;frica Central; hace 70 mil a&ntilde;os alcanzaba Australia, hace entre 39 mil y 50 mil a&ntilde;os Europa, en donde se encontr&oacute; a los &uacute;ltimos neanderthaleses, y entre 12 y 15, mil a&ntilde;os lleg&oacute; al continente Americano. No deja de ser impactante considerar que solamente se han detectado hasta ahora siete grupos definidos a partir de su DNA mitocondrial , y parece dif&iacute;cil que aparezcan m&aacute;s dada la cantidad de personas y la diversidad de las poblaciones analizadas, porque esto quiere decir que toda la humanidad desciende de siete mujeres y que la Eva primigenia existi&oacute; una o dos generaciones antes de ellas; no es menos notable que toda la poblaci&oacute;n de Europa tenga un solo DNA mitocondrial com&uacute;n, mientras que en Am&eacute;rica es m&aacute;s variable, indicando que en las primeras migraciones, si bien pasaron solamente dos hombres detectados a trav&eacute;s del DNA cromos&oacute;mico del cromosoma y, hab&iacute;a varias mujeres y su procedencia no era la misma. <sup>20</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Queda en pie otro problema, grave por las consecuencias que implica: es el de las razas humanas y su proximidad o lejan&iacute;a evolutiva. En el &aacute;rbol familiar de la especie humana basado en el DNA mitocondrial, el cual fue tambi&eacute;n establecido por Rebecca Cann, se delimitan perfectamente bien las siete grandes familias, cinco de ellas exclusivamente africanas. Nuestros parientes m&aacute;s distantes, siempre por v&iacute;a materna, no hay que olvidarlo, son los san, grupo de bosquimanos de Bostwana, y los pigmeos, mientras que los hausa y los ibo de Nigeria, los chinos, los hind&uacute;es y los coreanos, guardan la misma distancia evolutiva que los franceses, ingleses, alemanos u holandeses, con respecto a la Eva primigenia.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Como bien se puede observar, el estudio del DNA mitocondrial, por razones diversas, dio la pauta para explorar la historia evolutiva del hombre de Neanderthal y la genealog&iacute;a femenina de la especie humana.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Pero, &iquest;c&oacute;mo podemos saber si todo este ac&uacute;mulo de conocimiento cient&iacute;fico es verdadero? &iquest;no ser&aacute; un conocimiento derivado de hip&oacute;tesis circulares que se demuestran a s&iacute; mismas? Afortunadamente, tenemos una respuesta: los datos obtenidos a partir del DNA mitocondrial, es decir transmitido matrilinealmente, concuerdan con aquellos que derivan del estudio del DNA cromos&oacute;mico del cromosoma, o sea estrictamente patrilineares. Luca Cavalli Sforza, continuando una serie de interesant&iacute;simos estudios acerca de la transmisi&oacute;n de la cultura a trav&eacute;s de los genes, lleg&oacute; a preguntarse acerca de las v&iacute;as por las que se transmit&iacute;a el lenguaje, lenguaje no en t&eacute;rminos de articulaci&oacute;n sino de idioma, de unidades ling&uuml;&iacute;sticas. <sup>21</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Muy recientemente, en el a&ntilde;o 2000, Peter Underhill, uno de los colaboradores de Cavalli - Sforza, logr&oacute; estructurar un mapa evolutivo de la humanidad con base en el cromosoma y, el cual tampoco recombina. Los resultados son notablemente similares: un origen africano, 150 mil a&ntilde;os de antig&uuml;edad y una dispersi&oacute;n, preludio de la torre de Babel, con los mismos tiempos que se observan en la migraci&oacute;n de las madres de familia ancestrales. <sup>22</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">La coincidencia de mutaciones de importancia registradas simult&aacute;neamente en el DNA cromos&oacute;mico y en el mitocondrial, conducen a cambios radicales en la especie en cuesti&oacute;n y es a lo que se ha denominado "cuello de botella gen&eacute;tico", es decir confluencia de cambios: uno de estos "cuellos de botella" debi&oacute; ocurrir en el &Aacute;frica Central y deriv&oacute; en la aparici&oacute;n del Homo sapiens.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">A 50 a&ntilde;os, los frutos que el estudio del DNA ha rendido en Antropolog&iacute;a no son nada despreciables: gracias a &eacute;l se ha logrado conocer los caminos de Eva y de Ad&aacute;n, y, m&aacute;s all&aacute; de ellos, de los remot&iacute;simos antepasados que se cuentan desde aquel memorable d&iacute;a en que, cinco millones de a&ntilde;os hace, nos separamos de los otros grandes monos.</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana"><b>Referencias</b></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">1. <b>   Watson J. </b> DNA, the secret of life, London; William Heinemann: 2003. p. XII.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3875758&pid=S0016-3813200400020003000001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">2. Destaca entre estas obras la inmensa y tendenciosa recopilaci                                                  &oacute;n de datos paleontol&oacute;gicos reunida por M. Crremo y R. Thompson, en The hidden history of the human race, California, Bhaktivedanta Book Publishing, Inc.; 1996.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3875759&pid=S0016-3813200400020003000002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">3. <b>   Dobzhansky T. </b> Darwin versus Copernicus. In: Rothblatt B, editor. Changing perspective on Man. Chicago IL, USA: Chicago Unjiversity Press; 1968.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3875760&pid=S0016-3813200400020003000003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">4. <b>   Dobzhansky T. </b> Evolution and man's self image. In: Goodall V, editor, The quest for Man. London. Phaidon; 1975. p. 195.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3875761&pid=S0016-3813200400020003000004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">5. <b>   Napier J. </b> The talented primate. In: Goodall V, editor, The quest for Man. p. 79-103.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3875762&pid=S0016-3813200400020003000005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">6. <b>   Marks J. </b> Genetic relationships among the apes and humans,Current Opin Genet Devel 1992;2:883-889.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3875763&pid=S0016-3813200400020003000006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">7. <b>   Salamanca F. </b> Los cromnosomas de los humanos y de los primates. En Mu&ntilde;oz J, Serrano C, comps.Primates, evoluci&oacute;n e identidad humana, M&eacute;xico: Instituto Mexicano de Psiquiatr&iacute;a; 1999. p. 61-72.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3875764&pid=S0016-3813200400020003000007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">8. <b>   Jauch A, Weinberg J. Stanyon R, Arnold N, Tofannelli S, Ishida, T, Cremer T. </b> Reconstruction of genomic rearrangements in great apes and gibbons by chromosome painting, Proc Natl Acad Sci USA 1992, 89:8511-8615.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3875765&pid=S0016-3813200400020003000008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> Salamanca F, Los cromosomas en los humanos..., p. 64-66.</font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">9. <b>   King MC, Wilson AC. </b> Evolution at two levels in humans and chimpanzees, Science, 1975:188(4184);107-116.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3875767&pid=S0016-3813200400020003000009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">10. <b>   Watson J. </b> DNA, the secret of life, ed.cit. p. 233. Goodman, M, Tashian ER, Tashian JH editors. Molecular anthropology: genes and proteins in the evolutionary ascent of primate. New York: Plenum Press; 1976.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3875768&pid=S0016-3813200400020003000010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">11. <b>   Millones M. </b> En la senda del hombre. En: Mu&ntilde;oz J, Serrano C, comps. Primates, evoluci&oacute;n e identidad humana, ed. cit. p. 54-56.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3875769&pid=S0016-3813200400020003000011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">12. <b>   Sarich V. </b> Imm unological evidence on primates. En: Jones S, Martin R, Pilbean D. editors. Cambridge Encyclopedia of human evolution. Cambridge, Cambridge University Press; 1994, p. 305.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3875770&pid=S0016-3813200400020003000012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">13. <b>   Watson J. </b> Op. Cit. p. 234-235.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">14. <b>   Watson J. </b> DNA. The secret of life, ed. Cit. p. 257.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3875772&pid=S0016-3813200400020003000013&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">15. <b> Ib&iacute;d. </b> p. 258.</font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">16. <b>   Hrdlicka A. </b> The skeletal remains of amcient Man. Washington. D.C. USA: Smithsonian Institutions; 1930.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3875774&pid=S0016-3813200400020003000014&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">17. <b>   Simons EL. </b> The early relatives of man. Sci Am 1974;211:50-67.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3875775&pid=S0016-3813200400020003000015&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">18. <b>   Kahn P. Gibson A. </b> DNA from an extinct human, Science, 1997;277:176-178.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3875776&pid=S0016-3813200400020003000016&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">19. <b>   Cann RL. </b> In search of Eve. Proc NY Acad Sci USA 1987;30:45-52.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3875777&pid=S0016-3813200400020003000017&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">20. <b>   Watson J. </b> DNA, the secret of life, ed.cit. pp. 246 y ss.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3875778&pid=S0016-3813200400020003000018&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">21. <b>   Cavalli-Sforza L. </b> Chi siamo. La storia della diversit&aacute; umana, Milano, Arnoldo Dadori; 1993. Particularmente los cap&iacute;tulos 7 y 8. Cavalli Sforza, L., G&eacute;nes, peuples " langues, Par&iacute;s, Francia: Editions Odile Jacob; 1996.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3875779&pid=S0016-3813200400020003000019&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">22. <b>   Watson J. </b> DNA. The secret of life, ed. Cit. p. 240-243.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=3875780&pid=S0016-3813200400020003000020&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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