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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><i><b>El imaginario de Luis M&aacute;rquez</b></i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>por Fausto Ram&iacute;rez</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><i><b>Alquimia</b></i><b>, a&ntilde;o 4, n&uacute;m. 10, septiembre&#45;diciembre de 2000</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Fiel a sus tareas de conservaci&oacute;n y rescate de los acervos que tiene bajo su custodia, el Instituto de Investigaciones Est&eacute;ticas (Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico) ha llevado a cabo, en el transcurso de los &uacute;ltimos dos a&ntilde;os, un par de empresas por dem&aacute;s interesantes relacionadas con el acervo fotogr&aacute;fico de Luis M&aacute;rquez Romay, depositado en las b&oacute;vedas de su Archivo Fotogr&aacute;fico Manuel Toussaint.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">La primera de ellas fue la exposici&oacute;n organizada por Louise Noelle y Lourdes Cruz, formada por una selecci&oacute;n de las fotos que de la ciudad de M&eacute;xico y su arquitectura fue haciendo M&aacute;rquez a lo largo de los a&ntilde;os. La exposici&oacute;n, titulada <i>Una ciudad imaginaria. Arquitectura mexicana de los siglos</i> <i>XIX</i> <i>y</i> <i>XX</i> <i>en fotograf&iacute;as de Luis M&aacute;rquez</i>, se present&oacute; en diciembre de 1999 y tuvo por sede el as&iacute; llamado Museo de Arquitectura, sito en el Palacio de Bellas Artes. Se public&oacute; un bello cat&aacute;logo, y es a &eacute;ste al que quiero hacer primero una breve referencia. Marcada por el signo de la nostalgia por una ciudad ordenada y armoniosa, la de mediados del siglo XX, todav&iacute;a no devorada por el crecimiento an&aacute;rquico y desmesurado que habr&iacute;a de padecer en los decenios posteriores, la selecci&oacute;n &nbsp;que las curadoras nos ofrecen est&aacute; constituida por un conjunto de im&aacute;genes de edificios de pulcra geometr&iacute;a, en calles extra&ntilde;amente deshabitadas, o apenas transitadas acaso por contados peatones y veh&iacute;culos. En este despoblamiento urbano, M&aacute;rquez se nos antoja el heredero tard&iacute;o de una tradici&oacute;n t&iacute;picamente simbolista, fundada en M&eacute;xico a principios del siglo XX en los &oacute;leos de Germ&aacute;n Gedovius y sus disc&iacute;pulos y que se confirma en los cuadros tempranos pintados en Europa por Diego Rivera y por Roberto Montenegro, o en los de Francisco Goitia durante su estancia barcelonesa. Varios otros ejemplos pict&oacute;ricos podr&iacute;an aducirse para corroborar lo dicho. Pero lo importante aqu&iacute; es se&ntilde;alar las posibles ra&iacute;ces del imaginario de Luis M&aacute;rquez en algunas de las propuestas iconogr&aacute;ficas de los modernistas. Y esto sin olvidar que la fotograf&iacute;a arquitect&oacute;nica de aquellos mismos a&ntilde;os se caracterizaba igualmente por la ausencia, absoluta o casi, de presencias humanas vivas: pienso, por supuesto, en las bien conocidas visiones fotogr&aacute;ficas de Guillermo Kahlo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ahora el Instituto de Investigaciones Est&eacute;ticas, en coordinaci&oacute;n con el Sistema Nacional de Fototecas del Instituto Nacional de Antropolog&iacute;a e Historia, ha vuelto a hurgar en el rico acervo de los negativos de M&aacute;rquez para proponernos otra versi&oacute;n de su labor fotogr&aacute;fica. El resultado es el n&uacute;mero 10 de la revista <i>Alquimia</i>, cuya presentaci&oacute;n nos re&uacute;ne esta noche. Por invitaci&oacute;n del editor de la revista, Jos&eacute; Antonio Rodr&iacute;guez, fungi&oacute; de editor invitado Ernesto Pe&ntilde;aloza, encargado de la colecci&oacute;n M&aacute;rquez, junto con Adriana Rold&aacute;n. El prop&oacute;sito de los editores era el de ofrecer, en lo posible, facetas variadas del "imaginario" de M&aacute;rquez, que acaso vinieran a romper con el calificativo de "folklorista" proverbialmente asociado a su figura. Un calificativo que, hay que decirlo, el propio fot&oacute;grafo se gan&oacute; a pulso. Basta pensar en la inmensa colecci&oacute;n de trajes regionales, unos aut&eacute;nticos y otros deformados o fabricados a la medida de sus deseos, que con una obsesi&oacute;n casi mani&aacute;tica fue acumulando a lo largo de varias d&eacute;cadas. O bien, en los dos libros que re&uacute;nen sendas selecciones de sus trabajos fotogr&aacute;ficos con el objeto de "documentar" usos y tradiciones del "pueblo" mexicano. Me refiero, por supuesto, a <i>Folklore mexicano</i>, de 1950, y a <i>El M&eacute;xico de</i> <i>Luis M&aacute;rquez</i>, de 1978.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En un texto ejemplar, dentro de la brevedad exigida por los editores, Laura Gonz&aacute;lez cuestiona la falsa noci&oacute;n de la "transparencia" de la cl&aacute;sica foto marqueciana, que ha llevado a su calificaci&oacute;n proverbial como "uno de los artistas reveladores de la realidad nacional". M&aacute;rquez no "revela" sin m&aacute;s unas supuestas "esencias nacionales" con su talento esc&eacute;nico y fotogr&aacute;fico: construye un imaginario propio, conforme a ciertos presupuestos ideol&oacute;gicos, mediante el cual comunicaba su versi&oacute;n muy personal del M&eacute;xico de la posrevoluci&oacute;n a un p&uacute;blico igualmente &aacute;vido de nutrirse de una imagen heroica y reverenciable.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Jos&eacute; Antonio Rodr&iacute;guez lo expresa muy bien en su texto introductorio:</font></p>  	    <blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&Eacute;l fue un creador que pon&iacute;a los signos en juego, no importando qu&eacute; tanto se complementaban o se rechazaban entre s&iacute;. Es m&aacute;s, si no hab&iacute;a una concordancia entre &eacute;stos no importaba porque en esencia lo que Luis M&aacute;rquez quer&iacute;a ofrecer era su propia versi&oacute;n de los hechos, o sea, sus obsesiones, esto es, su propio imaginario Y s&iacute;, lo mismo en una puesta en escena &#91;...&#93; que en la puesta en cuadro &#91;...&#93;, &eacute;l ir&iacute;a creando su concepci&oacute;n de lo que M&eacute;xico deb&iacute;a ser, su ideal escenogr&aacute;fico, ficticio, sobre la naci&oacute;n (p. 4).</font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Nunca se subrayar&aacute; lo suficiente, a mi modo de ver, la relaci&oacute;n familiar de M&aacute;rquez con el teatro y su ambici&oacute;n perennemente frustrada de convertirse en cineasta. De alguna manera, esto queda se&ntilde;alado en los textos de Deborah Dorotinsky, Francisco Montellano y Aurelio de los Reyes, incluidos en la revista. Es evidente, en M&aacute;rquez, una urgencia por la comunicaci&oacute;n narrativa y dram&aacute;tica, una obsesi&oacute;n por la "puesta en escena" que le llevaba a convertir casi todo paisaje en "locaci&oacute;n", para poblarlo de "actores" que escenificaban, con sus poses muy bien meditadas, un cuadro est&aacute;tico de gran intensidad dram&aacute;tica o de densa carga metaf&oacute;rica. Todos los recursos fotogr&aacute;ficos estaban al servicio de semejante concepci&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Lo que yo quiero hacer aqu&iacute; esta noche es poner a la consideraci&oacute;n de ustedes otro elemento formativo en la est&eacute;tica visual de M&aacute;rquez, que vino a complementar sus propensiones histri&oacute;nicas. Tengo para m&iacute; que su visi&oacute;n de M&eacute;xico arraiga profundamente en la que los modernistas pusieron en boga en el periodo de entresiglos. Si se ha repetido hasta el cansancio que las canciones de Agust&iacute;n Lara representan una divulgaci&oacute;n de la po&eacute;tica modernista para satisfacer las demandas expresivas y sentimentales de la cultura de masas; si el magn&iacute;fico sentido ornamental del dise&ntilde;o que posey&oacute; Ernesto Garc&iacute;a Cabral le permiti&oacute; convertirse en uno de los m&aacute;s populares artistas gr&aacute;ficos hasta m&aacute;s all&aacute; del medio siglo XX, &iquest;por qu&eacute; no plantear la hip&oacute;tesis de que el indiscutible protagonismo de M&aacute;rquez en el campo de la fotograf&iacute;a "nacionalista", que tanta repercusi&oacute;n tuvo durante aquellas mismas d&eacute;cadas, tiene mucho que ver con la persistencia, en su obra, de los presupuestos est&eacute;ticos simbolistas y decorativos que el modernismo puso en circulaci&oacute;n al inicio del siglo XX?</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La estilizaci&oacute;n casi danc&iacute;stica de las posturas que hace adoptar a sus modelos, por ejemplo, no s&oacute;lo tiene que ver con el &eacute;nfasis m&iacute;mico del cine mudo (en cuya &eacute;poca de apogeo M&aacute;rquez inici&oacute; sus tareas como fot&oacute;grafo) sino, mucho tambi&eacute;n, con las poses estudiadas y exquisitas, rayanas en el amaneramiento, que los pintores modernistas exig&iacute;an de sus modelos. Basta pensar en Saturnino Herr&aacute;n, por ejemplo, y en las acciones tensas o l&aacute;nguidas, con ecos miguelangelescos, que adjudic&oacute; a sus figuras. Tambi&eacute;n Herr&aacute;n supo gozarse en la belleza del cuerpo humano desnudo, ya femenino (como lo hicieron los escultores de entresiglos y otros pintores), ya masculino (con una muy particular sensualidad, como tambi&eacute;n lo hizo &Aacute;ngel Z&aacute;rraga y, por supuesto, M&aacute;rquez). La gracia adolescente y una cierta fragilidad andr&oacute;gina se hallan tanto en Herr&aacute;n como en la famosa serie de desnudos masculinos que M&aacute;rquez ejecut&oacute;, y que Jos&eacute; Antonio Rodr&iacute;guez dio a conocer parcialmente en la revista <i>Luna C&oacute;rnea</i> ("M&aacute;rquez: Un universo id&iacute;lico", en <i>Luna C&oacute;rnea</i>, enero&#45;abril de 1997, n&uacute;m. 11). <i>Alquimia</i> incluye algunas im&aacute;genes, sobre todo unos espl&eacute;ndidos desnudos femeninos, entre los cuales hallo algunos afines a los que de Nahui Ollin tom&oacute; Antonio Gardu&ntilde;o (un artista, no lo olvidemos, que coincidi&oacute; en las aulas de la Escuela Nacional de Bellas Artes con Herr&aacute;n, igual que Alberto Gardu&ntilde;o). Y, por cierto, en la relectura de M&aacute;rquez que en <i>Alquimia</i> se hace, echo de menos un estudio puntual de sus tareas inaugurales como fot&oacute;grafo profesional en los a&ntilde;os 20, y sus posibles relaciones con otros practicantes de algunas formas de "pictorialismo" en M&eacute;xico.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Alquimia</i> publica un desnudo femenino, de inspiraci&oacute;n casi caligr&aacute;fica, donde la mujer con el cuerpo en tensi&oacute;n extrema sostiene con ambas manos una calavera (p. 4). Aqu&iacute; la semejanza con Ruelas es evidente, y evoca una de las siniestras letras capitulares que ornaban las planas de la <i>Revista Moderna</i>. Por lo dem&aacute;s, la asociaci&oacute;n mujer&#45;eros&#45;muerte es uno de los t&oacute;picos m&aacute;s socorridos del pasado entresiglos art&iacute;stico.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Entre las im&aacute;genes m&aacute;s sorprendentes que ahora se publican, est&aacute; la de la p&aacute;gina 18, &nbsp;dentro del fascinante art&iacute;culo en que Itala Schmelz rescata la participaci&oacute;n de M&aacute;rquez en la Exposici&oacute;n Mundial de Nueva York, en 1939&#45;1940. La usual prestancia de la modelo vestida de tehuana que M&aacute;rquez pase&oacute; por las instalaciones feriales parece competir aqu&iacute; con la ferocidad de un le&oacute;n decorativo, de antiguo linaje babil&oacute;nico, configur&aacute;ndose as&iacute; una asociaci&oacute;n mujer&#45;fiera de larga tradici&oacute;n simbolista: esta <i>femme fatale</i> del tr&oacute;pico, ca&iacute;da como por ensalmo en Queens, se nos antoja una versi&oacute;n actualizada de las esfinges y mujeres leopardos y tigresas que pululan en los cuadros, dibujos y grabados del fin de siglo. La deliberada mezcolanza de lo antiguo y lo moderno, de la fuerza de las tradiciones vern&aacute;culas y los poderes de la invenci&oacute;n tecnol&oacute;gica, que impregna como un <i>leitmotif</i> &eacute;sta y las dem&aacute;s fotos hechas por M&aacute;rquez en la feria neoyorquina remite, en alguna medida, a la noci&oacute;n an&aacute;loga del maridaje entre el norte y el sur continentales que Diego Rivera pintar&iacute;a unos meses despu&eacute;s en las instalaciones de otra gran feria mundial estadounidense, la de San Francisco en 1940 (The Golden Gate International Exposition), en un fresco titulado <i>La uni&oacute;n panamericana</i>. Pese a la aparente contradicci&oacute;n, conciencia de modernidad y nacionalismo no representaban polos antag&oacute;nicos sino fen&oacute;menos complementarios en el proceso de construcci&oacute;n del Estado, del que nuestro fot&oacute;grafo ofrece su propia interpretaci&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Y esto nos lleva a uno de los nexos m&aacute;s significativos que encuentro entre la visi&oacute;n nacionalista de M&aacute;rquez y el modernismo. Conviene recordar aquellos "cuadros de arreglo" tan gustados en las primeras dos d&eacute;cadas del siglo XX, con ejemplos memorables pintados por Herr&aacute;n y por Gedovius: estudios de figuras rodeadas de elementos artesanales y/o arquitect&oacute;nicos en que nuestros pintores pretend&iacute;an cifrar una supuesta "alma nacional", muy relacionada con la idea del mestizaje entonces en gran circulaci&oacute;n. Cuando M&aacute;rquez hace posar a un o una modelo de apariencia "criolla" o mestiza, o de fuertes rasgos ind&iacute;genas, que sostiene en las manos una batea, una olla de barro, un sombrero de palma o un guaje, nos parece que est&aacute; recreando, con los recursos fotogr&aacute;ficos, una composici&oacute;n de evidente intenci&oacute;n metaf&oacute;rica, an&aacute;loga a la de sus predecesores acad&eacute;micos. O bien, cuando procede a la "petrificaci&oacute;n" de los ind&iacute;genas, como califica en su art&iacute;culo Deborah Dorotinsky a ese gusto por entremezclar lo etnol&oacute;gico con la arqueolog&iacute;a y retratar a aqu&eacute;llos contra un fondo de pir&aacute;mides (pp. 9&#45;10), M&aacute;rquez no s&oacute;lo adapta procedimientos fotogr&aacute;ficos puestos en circulaci&oacute;n por Charnay o por Gamio: tambi&eacute;n invoca lo que tan bien supieron hacer Jorge Enciso y, sobre todo, Saturnino Herr&aacute;n al yuxtaponer sus sinuosas figuras de adolescentes indios contra el fondo p&eacute;treo de alguna c&eacute;lebre escultura. Es cierto, a veces se percibe en M&aacute;rquez un relativo grado de abstracci&oacute;n, una simplificaci&oacute;n extrema de la "puesta en cuadro" que, aunada al uso de enaltecedores &aacute;ngulos en contrapicado, ubican estas piezas de modo inconfundible en la d&eacute;cada de los 20. Pero el prop&oacute;sito expresivo&#45;ideol&oacute;gico subyacente, traducido en t&eacute;rminos est&eacute;ticos, remite sin duda a los paradigmas del modernismo. Acaso podr&iacute;a hablarse de un epimodernismo adaptado a la cultura de masas de la posrevoluci&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En suma, el esfuerzo colectivo de repensar a M&aacute;rquez que estuvo detr&aacute;s de este n&uacute;mero de <i>Alquimia</i> representa un paso importante en el necesario proceso de desmitificaci&oacute;n de su figura y de su obra, y pone en evidencia la "opacidad" m&aacute;s que la "transparencia" sem&aacute;ntica de aquel universo. Por otra parte, el cat&aacute;logo de la exposici&oacute;n <i>Una ciudad imaginaria</i> y algunas de las reproducciones fotogr&aacute;ficas incluidas en <i>Alquimia</i> nos demuestran la variedad del imaginario del artista. Como todo acervo extenso de negativos, s&oacute;lo Dios sabe las sorpresas que el de Luis M&aacute;rquez nos pueda deparar en lo futuro.</font></p>      ]]></body>
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