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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[El poder del coleccionismo de arte: Alvar Carrillo Gil]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;a de libro</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"> <b><i>El poder del coleccionismo de arte: Alvar Carrillo Gil</i></b><i></i></font></p>     <p align="center">&nbsp;</p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Renato Gonz&aacute;lez Mello</b></font></p>     <p align="center">&nbsp;</p>       <p align="center">&nbsp;</p>          	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>IIE&#45;UNAM, M&eacute;xico</i> <a href="mailto:mello@servidor.unam.mx">mello@servidor.unam.mx</a></font></p>          <p align="center">&nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="center"><img src="/img/revistas/inter/v2n3/a15f1.jpg"></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En <i>El poder del coleccionismo: Alvar Carrillo Gil,</i> Ana Gardu&ntilde;o hace la historia social de una colecci&oacute;n de arte y, junto a ello, un retrato bastante complejo de un coleccionista, cuya biograf&iacute;a puede ubicarse s&oacute;lidamente en el M&eacute;xico de los a&ntilde;os cuarenta y cincuenta del siglo pasado, cuando fue funcionario p&uacute;blico y empresario. Alvar Carrillo Gil no fue (salvo, quiz&aacute;, durante una breve temporada como m&eacute;dico rural) un activista; s&iacute; en cambio, un hombre del r&eacute;gimen. Sus alternativas fueron semejantes a las de otros personajes que aparecen en el libro de Gardu&ntilde;o, como Miguel Salas Anzures, primero maestro rural cardenista, y m&aacute;s adelante funcionario modernista en el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). Carrillo Gil contribuy&oacute; a la articulaci&oacute;n de una identidad en torno de la modernidad de la est&eacute;tica mexicana y de su transformaci&oacute;n. El arte moderno era parte del acervo ret&oacute;rico del r&eacute;gimen posrevolucionario desde los a&ntilde;os veinte, pero Carrillo Gil le a&ntilde;adi&oacute; la riqueza de sus reflexiones y una colecci&oacute;n de obras de caballete y gr&aacute;fica que permitieron tener una historia del arte mexicano con un acervo coherente y distinto, no opuesto a los acervos estatales.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Esa diferencia puede entenderse en la flexibilidad con la que el m&eacute;dico y empresario reformulaba la narrativa central de su acopio, incorporando primero a Jos&eacute; Clemente Orozco, luego a David Alfaro Siqueiros, pero tambi&eacute;n a Rufino Tamayo, Jos&eacute; Luis Cuevas y Gunther Gerzso. Artistas sal&iacute;an y entraban de su colecci&oacute;n, articulando cada vez en forma distinta una visi&oacute;n hist&oacute;rica que nunca acab&oacute; de fijarse del todo, porque para su due&ntilde;o era una extensi&oacute;n de sus propias dudas y cambios de perspectiva.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El personaje me parece emblem&aacute;tico tambi&eacute;n en la manera muy inteligente que utiliz&oacute; para proponer sus intervenciones en un espacio p&uacute;blico que, en los a&ntilde;os cincuenta y sesenta, ten&iacute;a pocas fisuras para la expresi&oacute;n de disidencias y alternativas. En su libro, Gardu&ntilde;o lo examina &#45;en ocasiones muy exigente con &eacute;l, aunque siempre en un tono bastante respetuoso&#45; como un actor social t&iacute;pico de su tiempo y, a la vez, completamente singular. Lo ve como un personaje un tanto ensimismado en su proyecto. No consecuenta &#45;como pr&aacute;cticamente no lo ha hecho nadie&#45; sus ambiciones como pintor; a la postre, y al compararlo con otros coleccionistas, la evaluaci&oacute;n es bastante positiva. Gardu&ntilde;o no analiza la pintura incluida en la colecci&oacute;n; su problema no son los cuadros, sino las personas. Sin incurrir en la fantas&iacute;a del historiador como juez, hace un esfuerzo por considerar equilibradamente la biograf&iacute;a del coleccionista; se&ntilde;ala, con mucha intuici&oacute;n, que no todas las exhibiciones de arte mexicano en cuya organizaci&oacute;n particip&oacute; fueron realmente curadas por &eacute;l, aunque se apresura a aclarar que casi siempre realiz&oacute; gestiones de alto nivel con las instituciones y con otros coleccionistas para que los proyectos pudieran finalmente llevarse a efecto. Su examen de los avatares de la relaci&oacute;n con Siqueiros, Tamayo y Cuevas mantiene el inter&eacute;s, a veces, de una comedia de enredos, que en otros pasajes se convierte en drama psicol&oacute;gico. Por ejemplo, donde narra su bomb&aacute;stica ruptura con Rufino Tamayo. Lo m&aacute;s bonito de este cap&iacute;tulo es la referencia de que, tras repudiar al amigo, Carrillo Gil se tomara su tiempo para deshacerse de sus cuadros. Qu&eacute; pena que lo haya hecho. Trato de imaginar c&oacute;mo hubiera sido la historiograf&iacute;a del arte mexicano durante el &uacute;ltimo medio siglo, si la colecci&oacute;n Carrillo Gil hubiera conservado un importante lote de obras de Tamayo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El cap&iacute;tulo final, dedicado a examinar las relaciones del coleccionista con el Estado mexicano, se mantiene tenso entre el azoro por las ambiciones del coleccionista y un asombro, igualmente importante, por que sus ambiciones se vieran cumplidas con frecuencia. Aunque reconoce algunas de las cr&iacute;ticas de In&eacute;s Amor y otros contempor&aacute;neos, terminan por parecerle parciales: lo son porque la b&uacute;squeda de notoriedad p&uacute;blica, indudable, no se contrapone con el inter&eacute;s genuino y denso por el arte mexicano. En &uacute;ltimo t&eacute;rmino, y a semejanza de la famosa galerista, Alvar Carrillo Gil aspir&oacute; a realizar funciones p&uacute;blicas desde la esfera privada. No concibi&oacute; el &aacute;mbito de su labor como un sistema fundamentalmente opuesto al de los intereses p&uacute;blicos y, en particular, no pretendi&oacute; distinguirse ideol&oacute;gicamente del nacionalismo oficial.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En este sentido, los momentos de mayor tensi&oacute;n del estudio parecen pasajes de alguna novela de Sergio Pitol o de Luis Spota. Gardu&ntilde;o despoja a los personajes de sus presunciones mediante un recurso bastante sencillo: narra meticulosamente sus actos, enumera a los asistentes a las inauguraciones como si fuera cronista de sociales, se fija en el peque&ntilde;o desaire y el halago trivial, interpreta los gestos menores de la burocracia, cita y refiere la correspondencia ocasional de los grandes personajes (como Octavio Paz) y concluye haciendo un retrato de costumbres que espanta un poco, no por el coleccionista y sus cuadros, sino por el medio social en el que se desarrollaron. Es el retrato de una elite pol&iacute;tica y cultural apoyada declaradamente en las instituciones del gobierno nacionalista. S&iacute;, pero las relaciones personales se conservaban intensamente como una de las fuentes de la vida social, pol&iacute;tica y cultural. Y as&iacute;, Octavio Paz, recibiendo unos <i>collages,</i> cuyo autor era el coleccionista, le responde con esta carta: "Lo envidio (en el peor sentido de la palabra). Le debo, le debemos todos, una gran alegr&iacute;a. Ten&iacute;a (y tengo) gran afecto por el hombre y profunda estimaci&oacute;n por el artista: hoy esa estimaci&oacute;n se ha transformado en admiraci&oacute;n".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El recado es un poco raro, y quiz&aacute; lo interesante es que actualiza la incomodidad con ese tipo de gestos, acaso menores, que Paz conserv&oacute; hasta el final y por artistas cuyo estatus no se disputa: la incomodidad es la misma cuando se dirige as&iacute; a Manuel Felgu&eacute;rez o a Jos&eacute; Luis Cuevas. Ese alarde p&uacute;blico del "t&uacute;" (o el "usted") y el "yo" es un gesto f&oacute;sil de los a&ntilde;os cuarenta; digamos: como si de pronto hubiera cobrado vida una pel&iacute;cula de Fernando Soler. Esta especie de <i>Manual de Carre&ntilde;o,</i> ya fuera de lugar, no es exclusivo de Paz y simplemente se&ntilde;ala los l&iacute;mites de un discurso que se conceb&iacute;a completamente impersonal, revolucionario&#45;institucional, desarrollo&#45;estabilizador y con mucha&#45;marcha&#45;hacia&#45;el&#45;mar, pero en el que tambi&eacute;n hab&iacute;a recaditos y abrazos con palmadita.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">M&aacute;s importante y menos anecd&oacute;tico, resultan las rupturas pol&iacute;ticas e intelectuales que se codificaban en ese sistema. Desde luego, uno podr&iacute;a pensar que el sistema cultural en el que participaban ambos, Paz y Carrillo Gil, no era una fiesta de buenos modales, y aqu&iacute; est&aacute; la significaci&oacute;n de los personajes.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Porque Paz, m&aacute;s que nadie, denunci&oacute; al sistema l&uacute;cidamente: lo denunci&oacute; como un leviat&aacute;n autoritario y cerrado. Las pol&eacute;micas de Alvar Carrillo Gil son anteriores a ese ejercicio paradigm&aacute;tico, y se formularon en una &eacute;poca en que la tolerancia del Estado era mucho menor. Carrillo Gil inicia o interviene en distintas pol&eacute;micas sobre asuntos art&iacute;sticos y pol&iacute;ticos. En sus participaciones no hay un deslinde del sistema en su conjunto, pero s&iacute; un ejercicio cr&iacute;tico. La mara&ntilde;a de consideraciones personales no debe borrar el panorama: lo que Gardu&ntilde;o se&ntilde;ala es el desfase entre el auge del nacionalismo en las artes pl&aacute;sticas, en la primera mitad del siglo pasado, y, en la segunda, el de sus coleccionistas. Espl&eacute;ndido desfase. M&aacute;s que una paradoja, es uno de los procesos importantes del siglo XX mexicano. Al mediar los a&ntilde;os cuarenta, la violencia ha terminado y cualquier pretensi&oacute;n de hero&iacute;smo ha quedado atr&aacute;s. Numerosos funcionarios, intelectuales y bur&oacute;cratas han sido, en su juventud, maestros rurales, activistas o militantes; algunos pueden recordar hechos de armas. Ya no, pero ahora se esmeran &#45;con bastante &eacute;xito&#45; en reciclar la memoria del pasado inmediato (el ensayo de Alfonso Reyes se publica en 1947).</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por eso llaman tanto la atenci&oacute;n los debates, y por eso son muy valiosos: rompen el autoritarismo de las relaciones personales (de ah&iacute; que sean iracundos). Las pol&eacute;micas en las que interviene Carrillo Gil no son con los enemigos del gobierno; digamos, no se pelea con un obispo, con la derecha cat&oacute;lica o con alg&uacute;n tipo de disidencia comunista. Son disputas sobre la memoria com&uacute;n, entre hombres maduros que ri&ntilde;en sobre el significado de lo ocurrido tres o cuatro d&eacute;cadas atr&aacute;s. Carrillo Gil no se enfrenta al Estado directamente si puede evitarlo &#45;salvo cuando la polic&iacute;a invade su casa para arrestar a David Alfaro Siqueiros&#45;.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Su pretensi&oacute;n es corregir las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas o sumarse a ellas; no puede concebirse fuera de los m&aacute;rgenes de la hegemon&iacute;a del Estado. La suya no es una pol&iacute;tica de las alternativas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Comparado con otros coleccionistas de la &eacute;poca, como Marte R. G&oacute;mez y Dolores Olmedo, destaca por su conciencia de una historia de las artes pl&aacute;sticas aut&oacute;noma y universal. Creo que aqu&iacute; es donde est&aacute; su singularidad como coleccionista y hombre p&uacute;blico, como polemista e intelectual: Carrillo Gil se sab&iacute;a parte de la historia pol&iacute;tica moderna de M&eacute;xico, pero tambi&eacute;n conceb&iacute;a un relato distinto y que impon&iacute;a sus propias reglas. Su propia pr&aacute;ctica de la abstracci&oacute;n pict&oacute;rica y sus frecuentes art&iacute;culos de divulgaci&oacute;n dan cuenta de este matiz de gran importancia; ambicionaba escribir en uno y otro libros: el de historia universal y el de historia de M&eacute;xico. Adem&aacute;s de permitirle dialogar con los frecuentes proyectos diplom&aacute;ticos del Estado, este objetivo doble le permiti&oacute; formular nuevas alternativas dentro del sistema y no fuera del mismo. Todo se organiza gracias a esa mirada (del coleccionista) que me atrevo a calificar de introspectiva: una casa&#45;bodega que funge, adem&aacute;s, como espacio para recibir a los visitantes y aficionados, con un complejo sistema de jardines dise&ntilde;ado por Luis Barrag&aacute;n; un par de cat&aacute;logos, muy tempranamente editados, sobre la colecci&oacute;n de obras de Orozco; un museo cuyo modelo es el Guggenheim, como un inmenso pan&oacute;ptico que privilegia la visi&oacute;n desde el interior hacia el interior; un jard&iacute;n de &aacute;rboles <i>bonsai</i> y una pr&aacute;ctica pict&oacute;rica que se conciben como parte del mismo proyecto intelectual, de tal manera que la colecci&oacute;n y el museo terminan por ser la exhibici&oacute;n de una personalidad que se divide hacia el infinito dentro de sus propios confines.</font></p> 	    <p align="justify">&nbsp;    </p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Informaci&oacute;n sobre el autor</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Renato Gonz&aacute;lez Mello.</b> Licenciado en Historia y doctor en Historia del Arte (ambos, por la FFyL&#45;UNAM, M&eacute;xico). De 1989 a 1991 fue curador de la colecci&oacute;n del Museo Carrillo Gil en la Ciudad de M&eacute;xico. Investigador, profesor y actual director del IIE&#45;UNAM, ha sido curador de diversas exposiciones de arte moderno en M&eacute;xico y en el extranjero. De 2008 a 2010 fue coordinador de Posgrado en Historia del Arte (UNAM).</font></p>      ]]></body>
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