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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Reflexiones</font></p>         <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Frontera sur de M&eacute;xico, de camino al Norte</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Josema de Miguel Le&oacute;n*</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="left"><font face="verdana" size="2">* <i>Periodista</i>, <a href="mailto:josemademiguel@hotmail.com">josemademiguel@hotmail.com</a>.</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Miles de centroamericanos indocumentados intentan llegar cada a&ntilde;o a Arriaga. De all&iacute; parte "la bestia", el tren de carga que los cruzar&aacute; por M&eacute;xico hacia el sue&ntilde;o americano. Para llegar, los migrantes han de superar primero la pesadilla de la frontera sur. &Eacute;stas son algunas de sus historias.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>En balsa por Tec&uacute;n Um&aacute;n</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El r&iacute;o Suchiate separa M&eacute;xico de Guatemala. Un puente une los dos puestos migratorios de la frontera oficial. Es el paso para los que llegan con papeles y pasaporte. A veinte metros del puente, de la polic&iacute;a y la migraci&oacute;n, est&aacute;n los <i>balseros.</i> Dos llantas de cami&oacute;n, unidas por troncos de madera, constituyen el chasis de una rudimentaria embarcaci&oacute;n. Sacos de arena afinados en la orilla del Suchiate hacen las veces de embarcadero.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">All&iacute;, una se&ntilde;ora sirve el arroz con frijol y tortas de papa. A&uacute;n est&aacute; preparando el caldo de pollo, es temprano.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pese a ello, han pasado ya la mayor&iacute;a de los migrantes. "Se van al amanecer", dice el padre Ademar Barilli, un cura brasile&ntilde;o que lleva el albergue del migrante de Tec&uacute;n Um&aacute;n. Por all&iacute; han pasado m&aacute;s de cuarenta mil migrantes, catorce mil de los cuales han denunciado violaciones de derechos humanos. "Al albergue s&oacute;lo se acercan los que no tienen nada. Muchos pasan tres o cuatro veces. Los repatrian hasta la frontera con su pa&iacute;s y de volada vuelven a subir, cada vez en peor estado. Ayer deportaron a cuatro autobuses".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Cuando la se&ntilde;ora sirve el arroz con frijol, el ambiente denso de la desesperaci&oacute;n se puede notar en la orilla del embarcadero del Suchiate.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los que s&oacute;lo cargan una mochilita se quitan los tejanos y las botas, y cruzan el r&iacute;o a nado. Con las manos levantadas cargan sus pertenencias. Otros, los que tienen algo de dinero, pagan cinco quetzales para que los crucen los balseros. Llevan seis migrantes por viaje. Cuando llegan a la orilla mexicana, los balseros cargan las barcazas con cajas de refrescos o detergente y se regresan a la orilla de la temida Tec&uacute;n Um&aacute;n, donde <i>los bicicleteros</i> esperan el contrabando.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">"Por negocios de m&aacute;s alto nivel como mujeres, menores o migrantes, mejor no preguntar, y si lo hacen tengan mucho cuidado. Es muy peligroso. Aqu&iacute; estamos todos amenazados de muerte", se despide el padre Ademar.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Esta regi&oacute;n del Soconusco est&aacute; considerada, junto con Brasil y Tailandia, un punto negro de la trata de blancas. Casi todas son migrantes y centroamericanas.</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Una sopa caliente en Tapachula</b></font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En el albergue de Bel&eacute;n, que lleva el padre Flor Mar&iacute;a Rigoni, en Tapachula, todos cuentan sus aventuras del viaje. "A m&iacute; me han deportado cinco veces &#45;dice el Pel&oacute;n&#45;. &Eacute;sta es la ultima vez que lo intento. Quiero trabajar all&iacute; y regresar con <i>feria</i> a Nicaragua". No han comido. Su amigo, el del bigote, pide unas galletas, un cigarrillo. Do&ntilde;a Licha calienta agua en la cocina para darles una sopa Maruchan.</font></p>      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El albergue es un centro de informaci&oacute;n. Mapas de la rep&uacute;blica mexicana: a Houston, 2930 km; a Chicago, 3678; a Los &Aacute;ngeles, 4025, dice un cartel. Hay tr&iacute;pticos con los derechos de los migrantes, casi ninguno los mira. Saben que, aunque tengan derechos, en M&eacute;xico nadie los respeta. Son indocumentados, ilegales.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El cartel del lado es m&aacute;s pr&aacute;ctico: un mapa con los albergues de migrantes que hay por el camino. Centros donde alg&uacute;n cura, como el padre Flor, da refugio. Tec&uacute;n Um&aacute;n, Tapachula, Arriaga, Ixtepec. &Eacute;sa es la ruta sur.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los albergues se marcan en el mapa con una cama azul; con cruces, los lugares de muertes frecuentes de migrantes (el desierto en Arizona acumula cruces negras); con un mu&ntilde;equito sin pierna se marcan las zonas de accidentes, como Ixtepec, donde tantos sufren amputaciones al caerse del tren; billetes verdes se&ntilde;alan las zonas donde sufren extorsiones de "la migra".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Despu&eacute;s de calentar el cuerpo con la sopa, el Pel&oacute;n y su amigo &uacute;nicamente quieren darse una ducha y lavar sus pantalones: "Que me presten unos <i>shorts,</i> quiero quitarme estos tejanos. Con este calor y el viaje, los llevo pegados". Ma&ntilde;ana salen para Arriaga, por tren, y de ah&iacute; a Veracruz, pero hoy necesitan dormir.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Llegan al albergue del padre Flor dos muchachos con camisa blanca limpia y un malet&iacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">"&Eacute;sos son turistas" dice entre risas el Pel&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">"&iquest;D&oacute;nde nos apuntamos para dormir?", pregunta uno de los chicos de camisa blanca. Tiene cara de colegial, casi de turista, pero no, tambi&eacute;n es migrante, es salvadore&ntilde;o. &Eacute;sta es su primera vez. Conserva toda la inocencia en la cara, de familia de clase media. Y es que de El Salvador no s&oacute;lo salen por pobreza, sino por la inseguridad y violencia de los Maras.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tambi&eacute;n sorben la sopa como si no hubiesen comido nada en d&iacute;as. Est&aacute;n cansados, pero sonrientes.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Olga ya no sonr&iacute;e, ya no le brillan los ojos. "No es lo mismo el viaje con dinero que sin dinero. No me acostumbro a pedir, me da verg&uuml;enza". Hace dos d&iacute;as la repatriaron por segunda vez. En sus dos intentos le robaron lo que no hab&iacute;a gastado. La primera vez fueron sus paisanos con los que viajaba y la segunda, la polic&iacute;a. Este tercer intento era diferente, ahora iba sin nada de dinero.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">"Tanto que sufre una en el camino" suspira Olga mientras mira el "Tanto que sufre vac&iacute;o. Tiene dos hijas, una de diecisiete y otra de siete a&ntilde;os, a quienes dej&oacute; una en el camino con su madre en Honduras. A su hermana la secuestraron los Zetas cuando tambi&eacute;n sub&iacute;a al <i>gabacho.</i> La retuvieron hasta que su familia pag&oacute; cuatro mil d&oacute;lares. Su cu&ntilde;ado, que vive all&aacute;, aport&oacute; la mayor&iacute;a. Su mam&aacute; tuvo que empe&ntilde;ar su casita de Honduras. Despu&eacute;s de esa experiencia, su mam&aacute; le pidi&oacute; que no fuera. Su hermana tampoco quer&iacute;a que empezara el camino.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En la cocina del albergue, la se&ntilde;ora Licha tambi&eacute;n da sopa Maruchan caliente a dos ni&ntilde;os migrantes. Su mam&aacute; espera otro hermanito, tiene ocho meses de embarazo. Al padre de estos ni&ntilde;os le pegaron cinco balazos en ciudad de Guatemala, cuando intentaba defenderlos: "Me quer&iacute;an robar a mis hijos", dice. No sabe si podr&aacute; recuperar la movilidad en el brazo, lo tienen que operar, pero no tienen dinero. La pierna va mejor, la bala s&oacute;lo lo roz&oacute;. Se recupera en el albergue mientras espera a que su mujer d&eacute; a luz. Una asociaci&oacute;n ha conseguido que los ni&ntilde;os, a&uacute;n indocumentados, puedan ir a la escuela en Tapachula.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Los ni&ntilde;os se acaban la sopa, se ponen la mochila que les han donado y esperan la Combi en la puerta del albergue. Con mirada t&iacute;mida de ni&ntilde;os asustados, escuchan las historias de los migrantes, incluso la propia y los cinco balazos que le dieron a su padre.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Llega la Combi. Los ni&ntilde;os se van a la escuela. El Pel&oacute;n se afeita. Olga contin&uacute;a sentada mirando el vac&iacute;o. Los chicos de la camiseta impoluta se anotan para conseguir una litera. Otros dos se despiden, salen para Arriaga. La se&ntilde;ora Licha recoge los envases de la sopa Maruchan, cierra la cocina del albergue con llave y se va.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Los malotes del camino</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Son las 10:30 a.m. del domingo. En el albergue de Bel&eacute;n, empieza la misa: "Abel, un inmigrante, muri&oacute; ayer en manos de otro inmigrante, de una pedrada". El padre Flor Mar&iacute;a Rigoni cierra los ojos y recapacita: "De una muerte salimos todos derrumbados. &iquest;Hasta cu&aacute;ndo Ca&iacute;n seguir&aacute; matando a Abel? Oremos, dando gracias a Dios". Empieza la misa el padre Flor.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Luis es la mano derecha del padre desde hace m&aacute;s de un a&ntilde;o. Es un antiguo militar; veinte a&ntilde;os de servicio le permiten dar orden y mando para poder llevar el d&iacute;a a d&iacute;a del albergue. "Hace unas semanas, tuvimos a seis cargos medio altos de los Maras aqu&iacute;. Se pusieron a cobrar peaje a todo el que pasaba por la calle. Si no les pagaban, amenazaban o golpeaban. Los migrantes me avisaron. Tuve que plantarles cara. Aqu&iacute; pasa gente buena, mala y canallas".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Saca del caj&oacute;n una carpeta. Son fotos de migrantes fichados que han pasado por el albergue: <i>polleros</i> (los que por una cantidad hacen de gu&iacute;a), <i>mareros</i> (pandilleros sobre todo de la M18, M13 o Salvatrucha), <i>los Zetas</i> (antiguos militares de elite mexicanos, muchos entrenados por Estados Unidos. Se dedican a negocios de drogas o secuestros. Son los m&aacute;s crueles) y <i>enganchadoras</i> (mujeres que se ganan la confianza de los migrantes y luego los entregan a los polleros).</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">"A veces no te puedes fiar de las historias que cuentan. Mira ayer: de una pedrada lo mat&oacute;, y hab&iacute;a m&aacute;s gente en el r&iacute;o, estaban <i>pisteando</i> (tomando bebidas alcoh&oacute;licas). Tambi&eacute;n estaba su mujer, embarazada. Nadie ha querido decir nada ni su mujer, que se ha ido hoy mismo por miedo", comenta Luis.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El migrante muerto llevaba tatuada, en todo el pecho el s&iacute;mbolo de pertenencia a la Mara M13. Dicen que quer&iacute;a cobrar peaje por ba&ntilde;arse en el r&iacute;o y que la pedrada fue por algo relacionado con la mariguana.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Los amputados de los trenes</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La familia de Dani ha venido desde Quetzaltenango, Guatemala, a verlo. No sab&iacute;an nada de &eacute;l desde que sali&oacute; hacia el <i>gabacho.</i> No lo hab&iacute;an visto amputado. Su madre, ataviada con el huipil t&iacute;pico de su comunidad, no pudo evitar llorar cuando lo vio caminar con muletas hacia ella. "&iquest;C&oacute;mo va a recoger le&ntilde;a as&iacute;?", dijo en lengua quich&eacute;. Su familia es muy pobre, viv&iacute;a de vender la le&ntilde;a que recog&iacute;an de la monta&ntilde;a. Tambi&eacute;n su t&iacute;a llor&oacute;, y su hermana y su suegra. Su mujer no pudo venir: acababa de dar a luz a su segundo hijo. Dani se puso contento con la noticia. Hac&iacute;a doce d&iacute;as que hab&iacute;a perdido la pierna izquierda al caerse del vag&oacute;n del tren, huyendo del operativo de "la migra". Al albergue lo trajeron miembros del Grupo Beta, lo recogieron en las v&iacute;as. &Eacute;l no se acuerda de nada.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tampoco Mary se acuerda de lo que pas&oacute; aquella tarde cuando sal&iacute;a del trabajo que hab&iacute;a encontrado para pagarse su viaje: vend&iacute;a pollos en la frontera. Pero las huellas de aquella tarde se le han quedado grabadas en la cabeza. La tiene destrozada de la paliza. Un agujero en medio de la frente, que supura, y veinte puntos en el cogote. La encontraron moribunda y casi desangrada. Es hondure&ntilde;a.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">"S&oacute;lo quiero volver a casa de mi mam&aacute;", llora Mary mientras se tapa con el pelo sus cicatrices. "Con el cabello tan largo que ten&iacute;a, hasta aqu&iacute; me llegaba, casi a la cintura. Negro era. Y ahora me van a ver as&iacute;", dice y vuelve a llorar. "&iquest;Qui&eacute;n me ha hecho esto? Si yo nunca le he hecho da&ntilde;o a nadie". Mary a&uacute;n no sabe que est&aacute; embarazada de sus violadores. "&iquest;C&oacute;mo hago para que me baje la regla? &iquest;Qu&eacute; me hicieron?", murmura.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ricardo, el panadero del albergue, le da un pan caliente a Mary para que se calme. Otro a Luis, que va en silla de ruedas, y diez m&aacute;s a la familia de Dani, que no ha comido nada en todo el d&iacute;a. Los extorsionaron en la frontera cruzando Tec&uacute;n Um&aacute;n cuando ven&iacute;an a ver a su hijo amputado al albergue. Fueron los mismos de "la migra".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Ricardo regresa a la panader&iacute;a. Tiene los panes en el horno. Hace cuatrocientas donas diarias, de chocolate y crema, y trescientos panes dulces. Con la venta de &eacute;stos ayuda a mantener este albergue del Buen Pastor que do&ntilde;a Olga abri&oacute; en 1990 en Tapachula. Sus instalaciones son muy precarias, no reciben ninguna ayuda p&uacute;blica. Viven de la limosna y de los panes de Ricardo. Aun as&iacute;, han conseguido pr&oacute;tesis para miles de migrantes, y eso que cada una cuesta cerca de cuarenta mil pesos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Dani est&aacute; esperando la suya. Su familia se despide de &eacute;l, regresan a Quezaltenango. Todos se arrodillan en c&iacute;rculo, menos Dani, quien, en su silla de ruedas, inclina la cabeza en se&ntilde;al de respeto. Rezan juntos y dan gracias a su dios, porque, despu&eacute;s de todo, Dani est&aacute; vivo y ellos est&aacute;n juntos.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Los putos de las calles</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">"&iquest;Has visto qu&eacute; guapo est&aacute; Jonathan con su nueva pr&oacute;tesis?", dijo la Gorda, feliz mientras Jonathan caminaba con sus muletas por la plaza. Se hab&iacute;an conocido semanas antes, en las calles de Tapachula, donde trabajan.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La Gorda ven&iacute;a de San Pedro Sula, como su paisana la Flaca, que era de Tegucigalpa. Era la segunda vez que sub&iacute;an. "Esta vez, primero Dios, voy a North Carolina", dice la Flaca. Jonathan por fin llega con un <i>six</i> de Tecate, las rosas y las muletas "Me quedan cuatro rosas por vender y luego nos vamos a la disco".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tambi&eacute;n es la segunda vez que Jonathan sube al Gringo. La primera se qued&oacute; dormido arriba del tren. Es uno de los muchos que cay&oacute;. "Tuve mala suerte, me qued&eacute; sin pierna, pero hoy estreno pr&oacute;tesis y ahora voy a intentarlo de nuevo, dice Jonathan con una sonrisa.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">De camino al <i>gabacho,</i> con su amigo Guanaco vende rosas a las parejas de enamorados del parque de Tapachula. Guanaco adem&aacute;s hace tatuajes; su cuerpo es un cat&aacute;logo de tatuajes que le dan pinta de marero. Estuvo en la c&aacute;rcel de El Amate tres a&ntilde;os. "Pero yo no me prostituyo", dice.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Jonathan s&iacute;, dice que es puto y que cobra quinientos pesos por trabajo. "Aqu&iacute; mismo en la Plaza. Paro un coche y &iexcl;v&aacute;monos! A m&iacute; no me gustan las mujeres, pero a veces para alguna con su carro y se lo hago por dinero". Jonathan tiene diecisiete a&ntilde;os y vive en las calles desde que a los diez se fue de su casa. "Esta vez voy a subir en autob&uacute;s, ahora tengo credencial mexicana que me dieron por el accidente. No subo de indocumentado escondido en los trenes. Quiero llegar con la otra pierna".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Jonathan ha estado cuatro meses en el albergue del Buen Pastor, donde lo llevaron tras encontrarlo desangr&aacute;ndose en las v&iacute;as. "Me sal&iacute; del albergue porque a m&iacute; me gusta ir a la m&iacute;a; trabajo de noche y all&iacute; no me dejaban. &iexcl;Vamos a la disco!, a estrenar mi pr&oacute;tesis", insiste Jonathan con cara de p&iacute;caro: "Tengo que buscar clientes, hoy a&uacute;n no he trabajado. De las rosas no se gana mucho y en una semana tenemos que empezar el viaje".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hay un coche de polic&iacute;a en la puerta de la disco. Adentro, el 90 por ciento son centroamericanos indocumentados.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Por fin sale el tren en Arriaga</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Viernes en la tarde, una estaci&oacute;n de trenes de carga, decr&eacute;pita, de un pueblo perdido en mitad de una ruta de &eacute;xodo humano, Arriaga. Llega el tren. Un tren al que se le conoce como <i>La Bestia.</i> Son cuatro vagones oxidados y una vieja locomotora que servir&aacute;n de transporte para m&aacute;s de doscientos indocumentados en su viaje al <i>gabacho.</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Despu&eacute;s de cruzar Nicaragua, Honduras, Guatemala, de sobrevivir a la frontera sur de Tec&uacute;n Um&aacute;n, de asearse en Tapachula, algunos de los que emprendieron el viaje han llegado a Arriaga. Ma&ntilde;ana a las 6 de la ma&ntilde;ana est&aacute; previsto que salga el tren.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A algunos les falta alg&uacute;n miembro que fue amputado. Ya son veteranos del tren. Otros se emborrachan; es su primera vez "y nunca sabes c&oacute;mo te va a ir, pero con la ayuda de Dios... &iquest;verdad?", dice uno mientras se tambalea cerca de las v&iacute;as.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tambi&eacute;n los cientos de migrantes escondidos en las casas de los polleros que abundan en Arriaga se preparan.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">"Entonces, &iquest;ma&ntilde;ana a qu&eacute; hora sale el tren?, para que yo avise a mi gente?", le pregunta un hombre gordo al encargado del ferrocarril. Es un pollero y el encargado trabaja para ellos. "A las 5:30, diles que vengan".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">"La mayor&iacute;a de los indocumentados viaja con un pollero hasta el Norte." Dice el padre Heyman V&aacute;zquez, que lleva el albergue de Arriaga. Entre 3 000 y 7 000 d&oacute;lares cobra un pollero por llevar a un indocumentado centroamericano. "Los que vienen a los albergues son los m&aacute;s pobres".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Y entre los m&aacute;s vulnerables est&aacute;n las mujeres. Dunia es hondure&ntilde;a. Ma&ntilde;ana tambi&eacute;n se subir&aacute; al tren. Lleva una pr&oacute;tesis en la pierna izquierda. "No tengo miedo, s&eacute; que ma&ntilde;ana podr&eacute; subir a ese tren", dice sonriente.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La Casa del migrante del padre Heyman est&aacute; alborotada. Ya ha llegado la noticia de que <i>La Bestia</i> sale ma&ntilde;ana. Ah&iacute; est&aacute;n alrededor de sesenta inmigrantes. Acababan de cenar cuando se enteraron. Ahora nadie puede dormir. Algunos repasan los mapas del camino que cuelgan de la pared del albergue. Otros descansan mientras miran en el televisor una pel&iacute;cula en ingl&eacute;s. Un grupo de j&oacute;venes juega a las cartas, conversa, r&iacute;e. Federico, el guatemalteco, no se ir&aacute; ma&ntilde;ana, espera una pr&oacute;tesis. Tampoco la se&ntilde;ora de El Salvador se ir&aacute;: "No, yo ya voy de vuelta a casa, me regreso. Si no tienes a nadie que te ayude, es muy dif&iacute;cil". Otros, que s&iacute; ir&aacute;n, ponen el despertador o rezan.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Cuatro j&oacute;venes hondure&ntilde;os parten a pasar la noche junto a las v&iacute;as. "A m&iacute; no se me escapa ese tren", dice uno de ellos. El albergue abrir&aacute; sus puertas a las 5. A los cuatro hondure&ntilde;os no les importa.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">No son los &uacute;nicos. Es una noche ajetreada en la oscura estaci&oacute;n de carga. A las cuatro de la ma&ntilde;ana comienzan a aparecer sombras m&aacute;s negras que la noche. Son grupos de migrantes en busca de un lugar en un tren sin pasajes. A las 5:30 ya est&aacute;n casi todos los que van. Algunos no se mueven del sitio por miedo o por no perder su puesto, aunque el tren no saldr&aacute; sino hasta el cuarto para las siete.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Otros, en cambio, bajan y se acercan por un caf&eacute; que reparte, en una camioneta junto a las v&iacute;as, el c&oacute;nsul de Guatemala en Arriaga.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">"Muchos de los que van en ese tren son chapines. A treinta mil deportaron el a&ntilde;o pasado s&oacute;lo de Guatemala, imag&iacute;nate los que pasan. Intentamos ayudarlos, aunque sea con un caf&eacute;. Tambi&eacute;n con agua para el camino", dice Estuardo, el c&oacute;nsul guatemalteco. "Ahora en Chiapas parece que el gobierno est&aacute; haciendo algo por proteger a los migrantes de paso, pero Oaxaca ya es otra cosa. All&iacute; se dan la mayor&iacute;a de los accidentes, por los operativos de la migra o los asaltos de los Zetas. Los migrantes se avientan del tren, huyendo", dice mientras sirve caf&eacute;.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Amanece en Arriaga. El viento del Norte sopla fuerte.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Son las 6:45. Sale el tren.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Un grupo de diez migrantes llega corriendo, se quedaron dormidos. Demasiado tarde, tendr&aacute;n que esperar al menos tres d&iacute;as m&aacute;s para que salga el pr&oacute;ximo, aunque nunca se sabe su horario. Los cuatro chicos hondure&ntilde;os que se fueron a dormir a las v&iacute;as, s&iacute; est&aacute;n en el tren. Tienen sonrisas gigantescas en sus caras. Uno hace la se&ntilde;al de victoria con los dedos y grita: "Nos vemos en Houston".</font></p>      ]]></body>
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