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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Identidades musicales híbridas en tres puertos afrocaribeños]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Identidades musicales h&iacute;bridas en tres puertos afrocaribe&ntilde;os</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Hybrid Musical Identities in Three Afrocaribbean Ports</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Mario Trujillo Bolio</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Freddy &Aacute;vila Dom&iacute;nguez, Ricardo P&eacute;rez Montfort y Christian Rinaudo, 2011 <i>Circulaciones culturales. Lo afrocaribe&ntilde;o entre Cartagena, Veracruz y La Habana</i> Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropolog&iacute;a Social, M&eacute;xico, 323 pp.</b></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropolog&iacute;a Social&#45;Distrito Federal, M&eacute;xico</i> <a href="mailto:trubolio@ciesas.edu.mx">trubolio@ciesas.edu.mx</a></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><img src="/img/revistas/desacatos/n42/a15p1.jpg"></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Este libro, coordinado por Freddy &Aacute;vila, Ricardo P&eacute;rez Montfort y Christian Rinaudo, tiene como objetivo mostrar al lector 11 trabajos que indagan sobre los variados aspectos culturales que parten o est&aacute;n identificados con los afrocaribe&ntilde;os &#151;los "negros", tambi&eacute;n llamados "afrodescendientes"&#151; en el entorno del Alto y Bajo Caribe. Los factores estudiados son claros, pues se busc&oacute; diferenciar los s&iacute;mbolos y los objetos asociados a la cultura negra en sus din&aacute;micas pol&iacute;tico&#45;identitarias en las ciudades de Cartagena, Colombia, Veracruz, M&eacute;xico, y La Habana, Cuba. &Eacute;stos coinciden en tener en su historia la presencia del fuerte colonialismo hisp&aacute;nico, haber sido puerta de entrada para los esclavos africanos y contar con la fortuna de que est&eacute; latente desde hace m&aacute;s de cuatro siglos una cultura afrocaribe&ntilde;a determinada en estas urbes portuarias. Las distintas colaboraciones permiten al lector comprender la especificidad cultural de las tres ciudades estudiadas a partir de procesos que pueden estar inmersos en la "globalizaci&oacute;n", la "transnacionalizaci&oacute;n" y la "criollizaci&oacute;n". Sin embargo, tambi&eacute;n para enriquecer el an&aacute;lisis, es sugerente el p&aacute;rrafo que incorporan los autores de la "Introducci&oacute;n" cuando se remiten a lo escrito por el novelista cubano Antonio Ben&iacute;tez Rojo, en el sentido de que "el Caribe es y ser&aacute; un oc&eacute;ano cultural sin fronteras &#91;...&#93; en el cual se mezclan articuladamente lo m&aacute;gico y lo cient&iacute;fico, lo metaf&iacute;sico con lo epistemol&oacute;gico, lo mitol&oacute;gico con lo historiogr&aacute;fico" (p. 13). Los ensayos analizan la noci&oacute;n de "circulaciones culturales" con sus dos posibles significantes: la llamada "circulaci&oacute;n desde abajo", que comprende a artistas, intelectuales o militantes, con relaciones translocales familiares,  los que est&aacute;n y viven con la "circulaci&oacute;n desde arriba", en la promoci&oacute;n y difusi&oacute;n a gran escala de producciones mercantiles llevadas a cabo por la industria cultural y el turismo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El apartado I, "La construcci&oacute;n de lo 'afro' en las pol&iacute;ticas culturales", inicia con el texto de Christian Rinaudo, titulado "Lo 'afro', lo popular y lo caribe&ntilde;o en las pol&iacute;ticas culturales de Cartagena y Veracruz". Es un an&aacute;lisis del programa del Ministerio de Cultura de Colombia con sus componentes y acciones como un plan de las pol&iacute;ticas culturales contempor&aacute;neas en un supuesto rescate de la identidad nacional. No dice que los antecedentes est&aacute;n en la "constricci&oacute;n de la ideolog&iacute;a nacionalista del 'blanqueamiento' as&iacute; como de dar una visi&oacute;n rom&aacute;ntica de las poblaciones negras e ind&iacute;genas" (pp. 41 y 59). El autor hace una advertencia en el sentido de que una de las claves para comprender c&oacute;mo se plantearon los objetivos de inscripci&oacute;n cultural de la Cartagena coste&ntilde;a en el espacio caribe&ntilde;o durante el siglo XX reside en la pertinencia y las reformulaciones de movilizaciones colectivas frente a la elite local (p. 40). Se&ntilde;ala que este proceso que transcurre entre las d&eacute;cadas de 1940 y 1950, que cataloga como "el renacimiento de una versi&oacute;n cultural vertida hacia el Caribe", estuvo conformado por distintos g&eacute;neros musicales: el danz&oacute;n, el son, la guaracha, la rumba, el mambo, el chachach&aacute;, y m&aacute;s tarde: el porro, la cumbia, el vallenato y el fandango. Subraya que varios de ellos fueron mediatizados por la industria disquera, el cine y la radio. Empero, distingue que hubo otra ola de movilizaciones antielitistas con actores de la vida literaria y art&iacute;stica local que constituyeron un n&uacute;cleo renovador de la actividad cultural y literaria con la creaci&oacute;n de fundaciones: el Giman&iacute; Cultural, el Cabildo de Negros de Getseman&iacute; y el Instituto de Cultura de Cartagena en 2000 &#151;transformado en el Instituto del Patrimonio y Cultura de Cartagena en 2003&#151;, lo mismo que a trav&eacute;s de la revitalizaci&oacute;n de las Fiestas de Independencia.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En relaci&oacute;n con M&eacute;xico, se remite a la creaci&oacute;n del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en 1988 y despu&eacute;s la del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Menciona la pol&iacute;tica de descentralizaci&oacute;n cultural a nivel federal. Retoma el caso del Instituto Veracruzano de Cultura, que a su parecer desde su creaci&oacute;n en 1987 tuvo una verdadera din&aacute;mica de reflexi&oacute;n y programas que romp&iacute;an con la visi&oacute;n centralista de la cultura, como la rutina del son comercial de la radio de los a&ntilde;os cuarenta y del clich&eacute; "jarocho": vestido de blanco y bailando la bamba para darle presentaci&oacute;n al "folclore nacional". A cambio, dice Rinaudo, emergi&oacute; un grupo que retom&oacute; su relaci&oacute;n hist&oacute;rica con lo "negro" constituido "por m&uacute;sicos, historiadores y antrop&oacute;logos, en su mayor&iacute;a originarios de la regi&oacute;n", que buscaron y sacaron del olvido a viejos jornaleros rurales que nunca se profesionalizaron, pero que eran reconocidos en los antiguos fandangos. Este grupo se dio a la tarea de programar encuentros entre jaraneros, talleres y cursos de m&uacute;sica y zapateado en Casas de Cultura del Sotavento; despu&eacute;s a la de renovar conjuntos jarochos y a difundir un "movimiento jaranero" (pp. 50&#45;51). Para el autor, las consecuencias de lo anterior no son nada promisorias, pues no queda de ese movimiento m&aacute;s que la visi&oacute;n inicial de un regreso a la tradici&oacute;n campesina del Caribe afroandaluz que, en efecto, contribuy&oacute; a fomentar un nuevo estilo cultural y art&iacute;stico, pero que ahora es algo distinto a la realidad de anta&ntilde;o.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Lo mismo sucedi&oacute; con la revalorizaci&oacute;n del danz&oacute;n y del son montuno. Algunos promotores culturales buscaron m&uacute;sicos y grupos de la vieja &eacute;poca, como Son del Clave de Oro, Moscovita y sus Guajiros, Quinteto Mocambo y otros, a lo que se agregar&iacute;a el acervo creado en las d&eacute;cadas de 1980 y 1990 por los festivales Internacional Afrocaribe&ntilde;o en Veracruz, el Internacional Agust&iacute;n Lara, el del Son Montuno, y la constituci&oacute;n del Centro de Estudios del Caribe. Ubica dos tendencias en este proceso: su surgimiento en el terreno de la investigaci&oacute;n acad&eacute;mica, dedicada a estudiar la herencia cultural "afro" en el mundo latinoamericano, y la diversidad de las influencias y la creatividad cultural y social de las sociedades regionales que a pesar de que no se identifican como "negras" s&iacute; reconocen sus influencias africanas. El balance de esto no es positivo para Rinaudo, pues en la actualidad prevalece la concepci&oacute;n de la cultura "como un instrumento del <i>marketing tur&iacute;stico</i> y m&aacute;s a&uacute;n en una pol&iacute;tica cultural dirigida no al pueblo sino al <i>elector</i> que se le da grandes espect&aacute;culos de entretenimiento gratuitos y pintados con los colores del hoy partido en el poder" (p. 57).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El segundo ensayo: "Entre el espect&aacute;culo y la agencia. Signos afrodescendientes y pol&iacute;ticas p&uacute;blicas en Cartagena", de Mauricio Pardo Rojas, es un l&uacute;cido an&aacute;lisis hist&oacute;rico que transita del siglo XVII al XX en la b&uacute;squeda en Colombia de la ra&iacute;z cultural del grupo afrodescendiente y de la circulaci&oacute;n de signos afro. Estudia c&oacute;mo ya desde el siglo XVII los "bundes" bailes y cantos de los esclavizados africanos, en los que participaban indios, mestizos, mulatos y zambos, fueron vedados por las autoridades virreinales de Cartagena s&oacute;lo porque se dedicaban a tocar, bailar, cantar y beber hasta el amanecer. Nos relata c&oacute;mo se desarroll&oacute; en el siglo XVIII la hibridaci&oacute;n cultural de diferentes grupos raciales y en particular en la ritualidad p&uacute;blica festiva &#151;D&iacute;a de Reyes, de San Sebasti&aacute;n, de la Virgen de la Candelaria, de San Blas, o de los Esclavos, los d&iacute;as de carnaval a principios de la Cuaresma, Navidad y Fin de A&ntilde;o&#151;, as&iacute; como "la continuaci&oacute;n de las fiestas por los cabildos de las naciones africanas despu&eacute;s de desfilar en comparsas en las calles de Cartagena y escuchar misa en el cerro de la Popa" (pp. 71&#45;72). Finalmente la poblaci&oacute;n negra terminaba en espacios p&uacute;blicos compartidos y celebraba al aire libre y al son de los tambores. Pardo Rojas refiere que a principios del siglo XIX la poblaci&oacute;n negra ocup&oacute; las posiciones econ&oacute;micas y sociales m&aacute;s bajas y que estaba confinada a las peores situaciones de pobreza y marginalidad en los arrabales del oriente de Cartagena. En tiempos de las alianzas de liberales y conservadores las pr&aacute;cticas festivas de los afrodescendientes fueron reprimidas, ya que "dejaron de ser vistas por la clase dominante con cierta condescendencia y pasaron a ser consideradas signos de barbarie y atraso". Los desfiles de comparsas con m&uacute;sica de tambores de los barrios s&oacute;lo aparecieron en las festividades p&uacute;blicas de manera marginal en los desfiles patrioteros oficiales. No obstante, en los desfiles de la poblaci&oacute;n afrodescendiente y en las fiestas de diciembre estuvieron presentes los "fandangos con cantadoras que improvisaban coplas al ritmo de tambores" (p. 74).</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><a href="/img/revistas/desacatos/n42/a15jornada.jpg" target="_blank">Jornada electoral, 2012.</a></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El autor indica que a principios del siglo XX la m&uacute;sica cubana ingres&oacute; a Cartagena en las clases medias y altas "vestida de orquesta y de baile de sal&oacute;n" y en la d&eacute;cada de 1920 se hizo sentir a trav&eacute;s de partituras, cilindros y fon&oacute;grafos con una diversidad de ritmos, como el danz&oacute;n, el porro, el son, el chang&uuml;&iacute; y los picos. Los negros colombianos aprendieron de los obreros cubanos y formaron sextetos para tocar sones y chang&uuml;&iacute;es que no tardaron en extenderse a los barrios citadinos de negros. Pero los formatos orquestales internacionales condujeron a que las m&uacute;sicas afrodescendientes cartageneras y coste&ntilde;as de tambores vern&aacute;culos originales fuesen reemplazadas por la bater&iacute;a y la percusi&oacute;n cubana de bong&oacute;s, tumbadoras y timbales. La conclusi&oacute;n de Pardo Rojas es que en la d&eacute;cada de 1930 "las m&uacute;sicas afrodescendientes cartaginesas y coste&ntilde;as fueron vertidas a formatos cosmopolitas, en los que 'lo negro' quedaba como una referencia anecd&oacute;tica ex&oacute;tica" (p. 77). Lo interesante de este estudio hist&oacute;rico de larga duraci&oacute;n es que desentra&ntilde;a el radicalismo folcl&oacute;rico y el realismo social mulato en la segunda d&eacute;cada del siglo XX, as&iacute; como la banalidad medi&aacute;tica y el mercantilismo que sofocan las fiestas populares que a&uacute;n tienen contenidos musicales afrodescendientes. Una muestra de ello fue el movimiento cultural de la d&eacute;cada de 1980 en Getseman&iacute;, barrio legendario de Cartagena y de movimientos sociales que han concentrado su trabajo en el fortalecimiento cultural y lo ling&uuml;&iacute;stico del palenque. Pardo Rojas afirma que en pleno siglo XXI la presencia de los afrodescendientes en las ciudades, en el litoral, en las islas y en los barrios no deja de recrear las pr&aacute;cticas culturales en su lenguaje, en sus formas sociales, en sus fandangos o cumbias, en sus porros, en su salsa, en su champeta.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Lorraine Karnoouh colabor&oacute; con el art&iacute;culo "Lo 'afro' en el imaginario nacional cubano y el contrapunteo caribe&ntilde;o entre La Habana y Santiago de Cuba". Menciona que en Cuba la noci&oacute;n de lo "afro" y su uso como categor&iacute;a de identidad social pueden entenderse dentro de la propia formaci&oacute;n sociohist&oacute;rica de la comunidad social cubana protagonizada por los esclavos, los obreros negros y los mulatos. En este contexto, el ideal del mestizaje positivo y el cuestionamiento a la legalidad segregacionista tienen que ver con el discurso de la elite criolla habanera en t&eacute;rminos de "patria", m&aacute;s adelante con su reclamo final de la "independencia" y despu&eacute;s con una ficticia unidad nacional en la que se imbrican blancos, negros, mulatos, esclavos liberados y terratenientes. Empero, la autora asegura que en la construcci&oacute;n del Estado&#45;naci&oacute;n cubano estuvo presente la exclusi&oacute;n del "negro" y que s&oacute;lo la alteridad negra se incorpora a la identidad cubana siempre y cuando se mantenga el sentido paternalista, en el que no deja de predominar una jerarquizaci&oacute;n entre la alta cultura y el folclore. En la d&eacute;cada de 1930 prevalece en la isla el auge del afrocubanismo con la figura de Nicol&aacute;s Guill&eacute;n y la revalorizaci&oacute;n del car&aacute;cter mulato de la identidad cubana. Una empresa pionera en el tema es la Sociedad de Estudios Afrocubanos. Con la Revoluci&oacute;n de 1959 se intent&oacute; "poner fin a todo vestigio de discriminaci&oacute;n racial" y dar "soluci&oacute;n definitiva del problema negro". Sin embargo, en pleno proceso revolucionario "se sigui&oacute; llevando a la pol&iacute;tica cultural una propuesta unificadora con enfoque folclorista, heredada de la Rep&uacute;blica y su legados", l&eacute;ase Conjunto Folcl&oacute;rico Nacional y Museo de Guanabacoa, y la m&uacute;sica y las danzas religiosas se rescataron en sus dimensiones est&eacute;tica y art&iacute;stica. Karnoouh se&ntilde;ala que se moviliz&oacute; lo "afro" como argumento pol&iacute;tico en el &aacute;mbito del internacionalismo. Por otro lado, la autora ve el simb&oacute;lico caribe&ntilde;o desde la met&aacute;fora del contrapunto, sobre todo en dos ciudades cubanas: La Habana &#151;centro pol&iacute;tico&#45;administrativo y sus instituciones: Conjunto Folcl&oacute;rico Nacional, la Casa de &Aacute;frica, el Centro Cultural Africano Fernando Ortiz&#151; y Santiago de Cuba, donde surgi&oacute; el imaginario cubano, es decir, "lo cubano", as&iacute; como los intercambios de los santiagueros con los franceses e ingleses &#151;con migraciones de haitianos y jamaiquinos&#151; en el Caribe y la ciudad "afro", al igual que con los mitos fundacionales de la naci&oacute;n cubana mestiza. De ah&iacute; que esta ciudad haya sido la sede del Festival de las Artes Esc&eacute;nicas de Origen Caribe&ntilde;o en 1981, conocido como Festival Caribe en 1983. No hay que hacer a un lado el significado del Carnaval de Santiago, con sus desfiles, su conga y comparsas. Hay un aspecto que vale la pena retomar: en el contrapunto se juega la contradicci&oacute;n fundamental de la relaci&oacute;n con lo "afro" de Cuba, considerado todav&iacute;a, a pesar de todo, como un elemento de alteridad, pero tambi&eacute;n como s&iacute;mbolo de la autenticidad, de lo propio, de lo cubano (p. 108).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El apartado II, "Mercantilizaci&oacute;n y puesta en escena", inicia con el texto de Ricardo P&eacute;rez Montfort: "Postales de las Antillas. Estereotipos y negros en la imagen comercial del Caribe, 1900&#45;1950". De entrada, el historiador de la cultura hace notar que en muchas postales "las referencias visuales e imaginarias de quienes la promovieron y comercializaron se limitaron a s&oacute;lo cinco aspectos: el paisaje, la sensualidad de las mujeres mulatas y negras, la infraestructura portuaria y hotelera y sus ritmos musicales de clara influencia africana" (p. 115). El autor se ubica entre el fin del siglo XIX y todo el XX para estudiar "algunas vertientes y perspectivas extranjeras que contribuyeron a armar y difundir una idea estereotipada del Caribe, algunas veces infestada de racismo y otras de simple ignorancia pero todo para utilizar a las postales como un v&iacute;nculo del simple comercio y la transacci&oacute;n" (p. 118). Al venir los tormentosos aires nacionalistas y a fin de diferenciar las especificidades locales para que los discursos exaltaran el orgullo regionalista, P&eacute;rez Montfort destaca que inclusive comenzaron a emerger los t&eacute;rminos subregionales, como "lo cubano", "lo santiague&ntilde;o", "lo jarocho", "lo barranquillero" o "lo cartaginero". No obstante, cuestiona que en los discursos estatales de corte popular&#45;oficial de los a&ntilde;os cuarenta y cincuenta se advierta un desconocimiento de la historia compartida, precisamente, en tres vertientes de sus ra&iacute;ces civilizatorias: la ind&iacute;gena, la hispana y la africana. Pese a lo anterior, encuentra las claras semejanzas "que pod&iacute;an evidenciar los or&iacute;genes culturales comunes en el &aacute;rea caribe&ntilde;a y los ricos ejemplos pueden ser en el fandango y sus manifestaciones festiva y popular con m&uacute;sica, danza y l&iacute;rica" (p. 126).</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><a href="/img/revistas/desacatos/n42/a15san.jpg" target="_blank">San Crist&oacute;bal de Las Casas, Chiapas, 2012.</a></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El trabajo presenta otra tesis de la que se dice que "muchos creadores de los estereotipos caribe&ntilde;os tendieron a unificar y, a la vez, a diferenciar, gran cantidad de variantes en materia de expresi&oacute;n cultural popular que por dem&aacute;s recurren a su simplificaci&oacute;n precisamente por vender un concepto, una trayectoria, una imagen" (p. 127). Esto ha resultado as&iacute; en gran medida por el auge que ha tenido el Caribe como destino tur&iacute;stico, con sus estereotipos banales de expresi&oacute;n cultural popular y en donde se re&uacute;nen la experiencia vacacional, los intereses de comerciantes y los empresarios locales y extranjeros. La postal por s&iacute; misma y en "su mensaje breve y su imagen de impacto permiti&oacute; comunicar una visi&oacute;n compactada del mundo caribe&ntilde;o", que adem&aacute;s "ayud&oacute; a reducirlo y a construir su dimensi&oacute;n esterot&iacute;pica en pinturas, fotograf&iacute;as y grabados de un mundo caribe&ntilde;o idealizado", y lo mismo ocurri&oacute; en el caso de la litograf&iacute;a y el grabado, como lo mostraron los cubanos V&iacute;ctor Patricio de Landaluze y Miguel de Villa en el libro <i>Tipos y costumbres de la Isla de Cuba,</i> aparecido en 1881. A decir de P&eacute;rez Montfort, la fotograf&iacute;a que ya aparece en 1840 en Cuba, M&eacute;xico y Colombia capt&oacute; las geograf&iacute;as ex&oacute;ticas y tropicales, pero su acci&oacute;n misma no dej&oacute; de tener una versi&oacute;n parcial de la realidad y una funci&oacute;n comercial. Resalta en este sentido lo realizado por artistas y fot&oacute;grafos extranjeros y locales que ofrec&iacute;an materiales visuales dirigidos a una estimulaci&oacute;n de imaginarios. Son varios los ejemplos: en Cartagena de Indias las llamadas "palenqueras" exaltando su vestimenta florida, en Veracruz los "jarochos" que cantan y bailan sus sones con sus guayaberas blancas y las mujeres con sus trajes de fiesta pretendiendo mostrar un cuadro t&iacute;pico del folclore local.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El art&iacute;culo de Peter Wade, intitulado "La mercantilizaci&oacute;n de la m&uacute;sica 'negra' en Colombia en el siglo XX", es un balance sobre lo que ha sido la mercantilizaci&oacute;n y el consumo de la m&uacute;sica y artistas negros. Se refiere a la trascendencia que tuvieron en el siglo pasado los productos culturales de corte popular vendidos en infinidad de ciudades, como las de Am&eacute;rica Latina, as&iacute; como la difusi&oacute;n masiva de supuestas "rumbas" en cintas cinematogr&aacute;ficas producidas en los estudios de Hollywood. Aunado a lo anterior, el estudio profundiza en el impacto que tuvo en la cultura la industria disquera y la comercializaci&oacute;n temprana de la m&uacute;sica en Colombia. Detalla lo que fue el fen&oacute;meno llamado "afro", que se convirti&oacute; en una empresa impulsada por el mercado transnacional o globalizante a trav&eacute;s de la febril actividad de la disquera RCA Victor y Brunswick de buscar talentos. Respecto de Colombia se remite al caso de Jorge A&ntilde;ez, que grab&oacute; bambucos en Nueva York, pero tambi&eacute;n boleros y rancheras. Este proceso es catalogado por el autor como un eclecticismo musical y un oportunismo comercial por parte de los arreglistas que representaban los intereses de las disqueras. Advierte lo que fue la emergencia de la cumbia, el porro y otros estilos coste&ntilde;os &#151;de evocaciones negras&#151; que tuvieron auge en las d&eacute;cadas de 1940 y 1950, y que Cartagena y Barranquilla fueron los centros de mayor esplendor de la m&uacute;sica coste&ntilde;a. Tambi&eacute;n se retoma el papel jugado por disqueras nacionales como Fuentes, Tropical y Atlantic. Wade nos ofrece una visi&oacute;n sobre la importancia de las radiodifusoras colombianas en la difusi&oacute;n de la m&uacute;sica coste&ntilde;a. Me parece que deber&iacute;a profundizar m&aacute;s sobre este aspecto en investigaciones posteriores, pues para esos a&ntilde;os la radio fue, m&aacute;s que el cine, el medio principal, no s&oacute;lo para promover y vender las producciones discogr&aacute;ficas, sino para fomentar un producto cultural para las mismas clases subalternas. A la pregunta de &iquest;qu&eacute; tan negra era la m&uacute;sica coste&ntilde;a colombiana comercial?, Wade trata de responder que esa m&uacute;sica negra se convirti&oacute; en vanguardista al simbolizar la tradici&oacute;n y autenticidad de la cultura colombiana, y porque a su vez "simbolizaba la excitaci&oacute;n y las libertades sexuales".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El sexto art&iacute;culo del libro corresponde a Nahayeilli Ju&aacute;rez, que estudia "Lo 'afro' en las industrias de la m&uacute;sica y el cine: el caso afrocubano en M&eacute;xico". Bien dice la autora que la circularidad de lo "afro" y lo afrocubano en las ciudades de M&eacute;xico y Veracruz no es comprensible en el siglo XX si no se toman en cuenta los medios de comunicaci&oacute;n y las empresas musicales transnacionales. Ju&aacute;rez afirma que se grabaron 319 danzones en acetatos de las disqueras Columbia y RCA Victor, y que el son cubano, la guaracha y la conga fueron introducidos por la producci&oacute;n de discos de la industria de la m&uacute;sica &#151;que obtuvo ganancias millonarias&#151;, bien aceptados en la capital mexicana y, desde luego, como m&uacute;sica de fondo de las comparsas de carnavales de Veracruz. Es cierto, todo esto ya se ubica en una &eacute;poca caracterizada por una fuerte interinfluencia musical y de la industria del espect&aacute;culo presente en la radio del hogar, en el cabaret con orquestas, en los teatros con presentaciones de rumberas y en los salones de baile con m&uacute;sicos que amenizaban en vivo a los que acud&iacute;an distintos sectores de la sociedades capitalina y porte&ntilde;a. Habr&iacute;a que a&ntilde;adir el gran influjo posterior de las primeras radiodifusoras como la XEW, que promov&iacute;a a m&uacute;sicos y cantantes afrocubanos con el bolero, el son y el mambo. La lista no deja de ser larga: D&aacute;maso P&eacute;rez Prado, Miguelito Vald&eacute;s, Ignacio Villa "Bola de Nieve" y Rita Montaner. Lo que asevera la autora resulta sugerente en el sentido de que la rumba se incorpor&oacute; a los repertorios musicales de las obras de teatro y en el marco escenogr&aacute;fico fueron representados personajes como el negro y la mulata. Es importante advertirlo, pues estos estereotipos fueron adaptados de manera m&aacute;s sofisticada a la gran industria cinematogr&aacute;fica mexicana de la d&eacute;cada de 1940. Ju&aacute;rez retoma en el melodrama promovido por la industria cinematogr&aacute;fica mexicana las tres vertientes de origen cubano con sus distintos ritmos, que Carlos Monsiv&aacute;is defini&oacute; de manera magistral: el populismo de barriada, el g&eacute;nero de las cabareteras y el g&eacute;nero del amor familiar. Despu&eacute;s de hacer un notable repaso de los melodramas de cabareteras protagonizados por las rumberas cubanas en cintas como <i>Venus de</i> <i>fuego, Mulata, Pervertida, Delirio tropical, V&iacute;ctimas del pecado</i> o <i>Qu&eacute; bravas son las coste&ntilde;as,</i> la autora logra diferenciar los estereotipos m&aacute;s representativos de las mulatas y negras en la "&eacute;poca de oro" del cine mexicano (pp. 171&#45;173).</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Freddy &Aacute;vila desarrolla el art&iacute;culo "Lo 'afro' en el discurso tur&iacute;stico de Cartagena: subexposici&oacute;n y sobreexposici&oacute;n". Al observar a Cartagena de Indias a trav&eacute;s de gu&iacute;as tur&iacute;sticas, folletos, cat&aacute;logos, libros ilustrados y p&aacute;ginas web, con antecedentes y fuentes te&oacute;ricas para respaldar su investigaci&oacute;n, &Aacute;vila nos ofrece algunas conclusiones de sus pesquisas. A partir de la utilizaci&oacute;n de la met&aacute;fora "subexposici&oacute;n y sobreexposici&oacute;n" nos dice que lo "afro" para el discurso y pr&aacute;ctica tur&iacute;sticos es s&oacute;lo algo que vende, una mercanc&iacute;a, que tambi&eacute;n se comercializa la ciudad de mar como Primer Centro Tur&iacute;stico de la Rep&uacute;blica, como un Patrimonio Hist&oacute;rico y Cultural de la Humanidad, un Distrito Cultural, sede del <i>IV Congreso Internacional de la Lengua Espa&ntilde;ola,</i> del Festival Internacional del Cine de Cartagena de Indias, el Hay Festival de Cartagena y otras lindezas, como el Concurso Nacional de Belleza. &Aacute;vila plantea que en la definici&oacute;n de "turismo cultural" no encuentra necesariamente respaldo en que Cartagena haya sido declarada Patrimonio Hist&oacute;rico, sino porque no est&aacute; representado el bagaje cultural de la poblaci&oacute;n negra que aparece en el discurso tur&iacute;stico local, en cuanto a ofertar tur&iacute;sticamente barrios como San Diego y Getseman&iacute;, "este &uacute;ltimo de inter&eacute;s hist&oacute;rico, pues ah&iacute; fue donde se gest&oacute; la Independencia de Cartagena, lidereada por muchos negros y mulatos que viv&iacute;an en el lugar" (p. 203). El discurso tur&iacute;stico no incluye la condici&oacute;n de los negros segregados por habitar extramuros de la muralla. Asimismo, destaca que las llamadas "palenqueras" con el oficio de comerciantes &#151;mujeres que llevan una palangana con frutas en el recorrido de calles&#151; es un s&iacute;mbolo sobreexpuesto en el discurso tur&iacute;stico, pues pierde contenido como resultado de la fijaci&oacute;n proyectada sobre su cuerpo negro. En sus conclusiones, el autor advierte que los elementos culturales "afro" en su nueva condici&oacute;n sobreexpuesta no hacen sino confirmar su instrumentalizaci&oacute;n y la l&oacute;gica mercantilista que anima a los diferentes agentes que operan el sector tur&iacute;stico. La reflexi&oacute;n sobre el lugar de lo "afro" debe hacerse sobre principios de participaci&oacute;n democr&aacute;tica y de responsabilidad social en el terreno mismo de la planificaci&oacute;n de las pol&iacute;ticas p&uacute;blicas.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En cuanto al apartado III, "Los actores de la circulaci&oacute;n cultural", Stefania Capone presenta su trabajo "Conexiones 'diasp&oacute;ricas': redes art&iacute;sticas y construcci&oacute;n de un patrimonio cultural 'afro'". De entrada, anota que el debate acerca de los procesos de institucionalizaci&oacute;n y patrimonializaci&oacute;n de elementos culturales tiene que prescindir de un an&aacute;lisis de la circulaci&oacute;n de ideas en las que est&eacute;n impl&iacute;citos los intercambios y las influencias mutuas entre &Aacute;frica y la llamada "di&aacute;spora negra". As&iacute;, ubica su objeto de estudio en la circulaci&oacute;n de intelectuales y artistas negros entre Estados Unidos, el Caribe, Brasil y &Aacute;frica.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Realiza un recuento de movimientos art&iacute;sticos a partir del Harlem Renaissance con sus presentaciones en el <i>Apollo Theatre</i> y el <i>Cotton Club,</i> as&iacute; como de la significativa influencia alcanzada en la renovaci&oacute;n de las artes negras con base en la herencia afroestadounidense sobre los militantes del nacionalismo cultural de las d&eacute;cadas de 1960 y 1970 (pp. 218&#45;219). Respecto de la actividad danc&iacute;stica, Capone se centra en lo que ella denomina "patriarcas de la danza art&iacute;stica negra": Katherine Dunham y Pearl Primus. Si bien, la actividad de Dunham para la autora "ejerci&oacute; la influencia m&aacute;s profunda sobre la historia de la danza negra" e inaugur&oacute; la metamorfosis que &eacute;sta ha sufrido al entrar en contacto con las culturas que los africanos hab&iacute;an encontrado en Estados Unidos. En tanto, de Primus resalta su contribuci&oacute;n al establecer los par&aacute;metros para la realizaci&oacute;n de las danzas nacionales africanas al estandarizarlas desde sus propias investigaciones dentro de la "di&aacute;spora negra". Otro aporte de este trabajo es el recuento de la trayectoria de Abdias do Nascimiento &#151;actor y dramaturgo brasile&ntilde;o, militante pol&iacute;tico de la causa afrobrasile&ntilde;a desde el Frente Negro Brasile&ntilde;o y a partir de su labor en el Congreso Afrocampineiro, fundador del Teatro Negro y el Teatro Experimental do Negro en S&atilde;o Paulo&#151; como uno de los constructores de un patrimonio cultural "afro". Mont&oacute; y actu&oacute; en obras con base en una dramaturgia negra, con personajes negros centrales, no como actores relegados a papeles c&oacute;micos subalternos. Una contribuci&oacute;n especialmente interesante de Stefania Capone es aquella que enfoca el sentido de que la construcci&oacute;n de la tradici&oacute;n de la coreograf&iacute;a negra resulta de las intensas interacciones entre informantes, intelectuales y artistas, quienes circulan e intercambian sus teor&iacute;as de un continente a otro. Su planteamiento final es muy sugerente: la danza, como expresi&oacute;n del ritmo org&aacute;nico ancestral, llega, entonces, a ser el <i>locus</i> principal de la memoria y de la cultura africanas.</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><a href="/img/revistas/desacatos/n42/a15protestas.jpg" target="_blank">Protestas antipe&ntilde;a, 2012.</a></font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Bernardo Garc&iacute;a D&iacute;az titul&oacute; su ensayo: "El puerto de Veracruz, cabeza de playa de la m&uacute;sica cubana". En &eacute;l hace un raudo recuento hist&oacute;rico de las ra&iacute;ces del cubanismo en el principal puerto novohispano:</font></p>  	    <blockquote> 		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">el chuchumb&eacute; se extiende por las calles de Veracruz en 1776 como un baile que har&iacute;a furor entre negros, mulatos, soldados, marinos y, en definitiva, el pueblo llano. Se dice que se bailaba con meneos, zarandeos, manoseos y abrazos hasta dar vientre con vientre &#91;...&#93; sus versos, que se burlan de los religiosos y de la muerte y se regocijan en ligar la sexualidad con cosas santas (p. 247).</font></p> 	</blockquote>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Perfila lo que para &eacute;l es una singular impronta afrocubana, que ning&uacute;n otro puerto de M&eacute;xico tendr&iacute;a. Sus tesis son: 1) Veracruz admiti&oacute; a los "secuestrados" de &Aacute;frica y muchos de ellos llegaron para quedarse en este puerto; 2) la presencia de la poblaci&oacute;n afrodescendiente persistir&aacute; despu&eacute;s del final de tiempos coloniales y la marca mulata se prolongar&aacute; claramente al menos hasta la primera mitad del siglo XX. Un tema interesante en el trabajo de Garc&iacute;a D&iacute;az es ubicar el flujo migratorio entre Cuba y Veracruz para conocer la rica vida cultural asociativa. Se&ntilde;ala que ha tenido un lugar especial el danz&oacute;n y que en 1881, un a&ntilde;o despu&eacute;s de la fecha de su aparici&oacute;n, "ya sonaba en la Plaza de Armas de Veracruz, tocado por la banda municipal, el danz&oacute;n denominado <i>Malaca"</i> (p. 250). Hay que encontrar la transculturaci&oacute;n a trav&eacute;s del mar en los artesanos emigrados, fabricantes de puros, apasionados en tocar instrumentos musicales, como el contrabajo, los timbales, el viol&iacute;n y el clarinete, e incluso conformar grupos orquestales.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A inicios del siglo XX en los bailes que se hicieran en el Centro Recreativo de Obreros, las orquestas de Severiano Pacheco y "Albertico" G&oacute;mez estuvieron constituidas por 12 maestros artesanos que no s&oacute;lo tocaban danzones cubanos, sino tambi&eacute;n de factura jarocha.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al leer a Bernardo Garc&iacute;a D&iacute;az se comprende mejor el significado del cubanismo en la cultura mexicana actual. Indica que proviene de mediados de la segunda mitad del siglo XX con el legendario grupo Acerina y su Danzonera y sus presentaciones en el Sal&oacute;n M&eacute;xico. Lo mismo puede decirse en relaci&oacute;n con el son y sus representaciones en cuartetos, sextetos y septetos, como el Tr&iacute;o Matamoros, la Estudiantina Sonora Matancera y el Sexteto Bolo&ntilde;a, que en M&eacute;xico fueron escuchados en discos de la RCA Victor y en las radiodifusoras del puerto de Veracruz: la XEV, "Eco de Sotavento", y la XETF, "La Voz de Veracruz". Sin tapujos, el autor asevera que Veracruz se convirti&oacute; en la patria de la m&uacute;sica cubana por excelencia y en la cabeza de playa para proyectarla al resto del pa&iacute;s. Sus ejemplos son completamente ver&iacute;dicos en la trascendencia que tuvieron grupos y artistas, como Son Clave de Oro, Manuel Peregino con su Tr&iacute;o Caribe, despu&eacute;s el Tr&iacute;o Peregrino, To&ntilde;a "la Negra", Mario Ruiz Armengol, Pedro Dom&iacute;nguez Moscovita y "G&uuml;icho" Iturriaga. Bernardo Garc&iacute;a D&iacute;az dedica un &uacute;ltimo apartado a la "&eacute;poca de oro" de la m&uacute;sica cubana en Veracruz. En la d&eacute;cada de 1950 se vive en el puerto lo que define como "verdadera fiebre de m&uacute;sica afrocubana". Son los tiempos de los conjuntos que tuvieron trompetas, cantantes, congas y bong&oacute;s, un tres y un bajo, como fueron Tropical de Veracruz, Tropical Copacabana, Anacaona, Cienfuegos Caribe y Siboney. Adem&aacute;s, hubo espacio para danzoneras como la de Los Chinos Ram&iacute;rez, Alma de Sotavento y la Villaverde, entre otras; para el bolero cubano con distintos tr&iacute;os veracruzanos y de corte antillano, "el Negro" Peregrino, hermanos Cantarell; tambi&eacute;n para las sonoras, como la Veracruz, Sotarrivas; para el mambo, con la presencia de D&aacute;maso P&eacute;rez Prado y Memo Salamanca; para las grandes orquestas cubanas en el puerto, como la de Benny Mor&eacute;. Garc&iacute;a D&iacute;az concluye con lo realizado en los &uacute;ltimos 20 a&ntilde;os. Le entusiasma el relevo generacional con grupos de soneros nativos y de son montuno, y advierte que est&aacute;n presentes y son almas mexicano&#45;caribe&ntilde;as que deambulan todav&iacute;a por la costa veracruzana exclamando en sus interpretaciones musicales que "no muera el son".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El pen&uacute;ltimo art&iacute;culo del libro es de Kali Argyriadis y lleva por t&iacute;tulo "De instructores, asesores y promotores: redes de artistas cubano&#45;veracruzanos y relocalizaci&oacute;n de repertorio afrocubano". La autora logra diferenciar lo que actualmente es la circulaci&oacute;n de artistas veracruzanos con una tradici&oacute;n cultural afromestiza, cuyo repertorio musical y coreogr&aacute;fico es testimonio de las distintas etapas de transnacionalizaci&oacute;n de la m&uacute;sica cubana que se forj&oacute; en la isla, en Nueva York, el puerto jaracho y la ciudad de M&eacute;xico. Nos advierte de esa nueva generaci&oacute;n de m&uacute;sicos de Veracruz y de Xalapa y de los promotores culturales cubanos que se imbrican en las interesantes redes rituales &#151;con la santer&iacute;a como pr&aacute;ctica religiosa presente el D&iacute;a de Brujos en Catemaco en la regi&oacute;n de los Tuxtlas&#151; y las pr&aacute;cticas art&iacute;sticas de profesores cubanos en la Escuela de Arte de La Habana y su interacci&oacute;n cultural con nuevos significados locales, como el ejemplo con an&aacute;lisis etnogr&aacute;ficos y culturales. El &uacute;ltimo art&iacute;culo del libro es de &Eacute;dgar J. Guti&eacute;rrez Sierra: "Los cabildos de negros en Cartagena de Indias". Es un aporte enriquecedor, pues encuentra las ra&iacute;ces de la cultura afro&#45;descendiente precisamente en la detenida indagaci&oacute;n hist&oacute;rica en el entorno de lo que fueron los cabildos negros en Cartagena de Indias y sus pr&aacute;cticas de resistencia con su mundo religioso, sus tradiciones danc&iacute;sticas y ceremonias. Asimismo, incluye la reconstrucci&oacute;n hist&oacute;rica, la presencia social, pol&iacute;tica y sobre todo cultural del cabildo de negros como imaginario social en las fiestas de la Virgen de la Candelaria y en los carnavales de Semana Santa. No por nada su enfoque se centra en el barrio popular de Getseman&iacute;, cuna de intelectuales, folcloristas, poetas y core&oacute;grafos con ascendencia africana que hoy en d&iacute;a tiene el poder de convocar a varios grupos afrocaribe&ntilde;os de Cartagena y de otras regiones coste&ntilde;as de Colombia.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Informaci&oacute;n sobre el autor</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>Mario Trujillo Bolio</b> es profesor&#45;investigador titular del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropolog&iacute;a Social (CIESAS), unidad Distrito Federal, y doctor en historia por El Colegio de M&eacute;xico. Durante 30 a&ntilde;os ha impartido cursos y dirigido tesis de licenciatura y posgrado en la Facultad de Ciencias Pol&iacute;ticas y Sociales de la Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico (UNAM), el CIESAS, la Universidad Aut&oacute;noma Metropolitana&#45;Iztapalapa y la Universidad de C&aacute;diz, Espa&ntilde;a. Ha publicado seis libros de autor&iacute;a &uacute;nica, 20 art&iacute;culos en revistas de circulaci&oacute;n internacional con temas relacionados con la historia social y econ&oacute;mica de M&eacute;xico en los siglos XVIII y XIX. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores desde hace m&aacute;s de 25 a&ntilde;os y su labor acad&eacute;mica ha sido reconocida en M&eacute;xico. Ha sido tambi&eacute;n director de <i>Desacatos. Revista de Antropolog&iacute;a Social.</i></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[ ]]></body>
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