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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as bibliogr&aacute;ficas</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>ENEMIES, <i>A History of the FBI. Tim Weiner</i></b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Mario Melgar Adalid*</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Nueva York, Random House, 2012, 537 pp.</b></font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>*Investigador en el Instituto de Investigaciones Jur&iacute;dicas de la Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico.</i></font></p> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tim Weiner es ganador del Premio Pulitzer por sus reportajes y ensayos sobre cuestiones de seguridad nacional e inteligencia secreta de Estados Unidos. En este su cuarto libro da cuenta de la historia del Federal Bureau of Investigation (FBI). Plantea el dilema entre la necesidad de una sociedad que requiere seguridad y el cumplimiento de los anhelos libertarios del pueblo. La historia del FBI es la de una organizaci&oacute;n del Estado que ha servido a la causa de la seguridad nacional, pero en su af&aacute;n por preservar el orden ha violado eventualmente las normas constitucionales. Esto en un pa&iacute;s en que el eje del Estado de derecho es el respeto a la Constituci&oacute;n y su interpretaci&oacute;n por parte de la Suprema Corte provoca un inevitable debate.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La investigaci&oacute;n est&aacute; sustentada en documentos y afirmaciones de personas citadas, sin acudir a las fuentes an&oacute;nimas o a citas ciegas. En su desarrollo Tim Weiner revis&oacute; m&aacute;s de 70 mil p&aacute;ginas de documentos recientemente desclasificados que incluyen los famosos expedientes de inteligencia de J. Edgar Hoover, as&iacute; como m&aacute;s de doscientas citas de historia oral obtenidas por los agentes que trabajaron con Hoover durante y despu&eacute;s de su gesti&oacute;n que dur&oacute; cuarenta y ocho a&ntilde;os al frente del servicio inteligencia federal.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El libro es en alguna medida la biograf&iacute;a pol&iacute;tica de Hoover, el controvertido director del FBI, mito y leyenda cuya fama lleg&oacute; hasta grandes producciones cinematogr&aacute;ficas o la imposici&oacute;n de su nombre al edificio que alberga el cuartel el FBI en la ciudad de Washington DC.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hoover es el fundador de la FBI. &Eacute;l es responsable de su dise&ntilde;o original, de su concepci&oacute;n, alcances, facultades legales y extra legales. La visi&oacute;n de quienes lo consideran un genio visionario de la necesidad de preservar la seguridad nacional a costa de todo, por un lado, quienes por el contrario, lo estiman un traidor de los valores que jur&oacute; defender durante su funci&oacute;n p&uacute;blica, hasta quienes se refieren a Hoover como un monstruo en su vida privada, no aciertan completamente. Todos tienen algo de raz&oacute;n. Este libro da nuevas luces sobre la vida y obra de Hoover. Llev&oacute; adelante tareas que en ese tiempo parecer&iacute;an imposible de realizar: lleg&oacute; a espiar directamente a los l&iacute;deres de los pa&iacute;ses m&aacute;s poderosos del mundo durante los a&ntilde;os de la Guerra Fr&iacute;a, concretamente de la Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica y de China. Detuvo un golpe de estado, contra un l&iacute;der electo en la Rep&uacute;blica Dominicana (Joaqu&iacute;n Balaguer) y de manera sutil socav&oacute; el poder de varios presidentes de los Estados Unidos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Las tareas de espionaje de Hoover ocuparon un amplio espectro del siglo XX estadounidense. El FBI, en palabras del autor, nunca respondi&oacute; estrictamente al juramento presidencial de preservar, proteger y defender la Constituci&oacute;n de los Estados Unidos ( "I do solemnly swear (or affirm) that I will faithfully execute the office of president of the United States, and will to the best of my ability, preserve, protect and defend the Constitution of the United States"). Por el contrario los presidentes ordenaron a Hoover perseguir y espiar por igual a pacifistas y a terroristas. Entre sus objetivos estuvieron dirigentes de movimientos sociales de gran alcance, desde los l&iacute;deres y m&aacute;rtires de derechos civiles hasta los caballeros del Ku Klux Kan. Una famosa frase del presidente Franklin D. Roosevelt, cuando era Procurador General, explica la carta libre otorgada al FBI en &eacute;pocas turbulentas: "La Constituci&oacute;n nunca ha molestado seriamente a ning&uacute;n presidente en tiempos de guerra".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Otro presidente Roosevelt, Teodoro, fue el creador del FBI. El mismo declar&oacute; que cre&iacute;a en el poder y que su "presidencia tuvo m&aacute;s poder que cualquier otra oficina en cualquier rep&uacute;blica o monarqu&iacute;a de los tiempos modernos". Roosevelt lleg&oacute; a ocupar el cargo por el asesinato a cargo de un anarquista del presidente William McKinley en 1901. En aquellos d&iacute;as los anarquistas se hab&iacute;an acreditado los asesinatos del presidente franc&eacute;s Marie Fran&ccedil;ois Sadi Carnot en 1894, del Primer Ministro Espa&ntilde;ol, Antonio Canovas del Castillo en 1897, de la emperatriz Isabel de Austria y Reina de Hungr&iacute;a en 1898 y de Humberto I de Saboya, Rey de Italia en 1900. Al asumir el cargo Roosevelt declar&oacute; en su Informe al Congreso que la anarqu&iacute;a es un crimen contra la humanidad. Hizo un llamado para prohibir a los revolucionarios y subversivos vivir en los Estados Unidos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El presidente encomend&oacute; a un curioso personaje Charles J. Bonaparte, el Procurador General y sobrino nieto de Napole&oacute;n I de Francia y nieto del rey de Westfalia que integrara un servicio de investigaciones en el Departamento de Justicia, a cargo del procurador general, que solamente deber&iacute;a reportar al mismo funcionarios. Bonaparte deb&iacute;a solicitar al Congreso los medios financieros y administrativos necesarios para la encomienda presidencial, lo que hizo diligentemente. La C&aacute;mara de Representantes extendi&oacute; una negativa ante el temor de que el presidente intentara crear una polic&iacute;a secreta, lo que hab&iacute;a sido pr&aacute;ctica com&uacute;n de presidentes anteriores. Bonaparte no atendi&oacute; la negativa de la C&aacute;mara Legislativa y no obstante violar la ley cumpli&oacute; con la encomienda presidencial con lo que dio origen al FBI.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En esos d&iacute;as Mark Twain declar&oacute; con relaci&oacute;n a la creaci&oacute;n de la nueva oficina que el presidente Teodoro Roosevelt "estaba listo para patear la Constituci&oacute;n hasta el patio trasero cada vez que se interpusiera en su camino". Bonaparte jur&oacute; ante el Senado que la Oficina creada no ser&iacute;a la de una polic&iacute;a secreta. Estaba integrada por 34 agentes especiales.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A los veinticuatro a&ntilde;os en 1919, J. Edgar Hoover se convirti&oacute; en el jefe de una divisi&oacute;n del Departamento de Justicia denominada la "Divisi&oacute;n Radical". Los Estados Unidos hab&iacute;an resultado vencedores en la Primera Guerra Mundial y ahora enfrentar&iacute;an a los que considerar&iacute;an los enemigos en casa. La funci&oacute;n del FBI durante la guerra estuvo a cargo de Hoover. Antes de la declaraci&oacute;n de hostilidades, el Departamento de Justicia ten&iacute;a a la mano la relaci&oacute;n de 1,400 alemanes sospechosos que viv&iacute;an en los Estados Unidos. El d&iacute;a de la Declaraci&oacute;n de Guerra 98 personas fueron detenidas y hechas prisioneras y 1,172 declaradas como amenazas a la seguridad nacional y sujetas a arresto en cualquier momento. Las primeras acciones de espionaje dom&eacute;stico se hicieron con base en la Ley de Espionaje de 1917, cercando a los radicales, grabando sus conversaciones y abriendo su correspondencia privada. Entre otras de sus disposiciones esa ley establec&iacute;a que la posesi&oacute;n de informaci&oacute;n que pudiera da&ntilde;ar a Am&eacute;rica (sic) se castigar&iacute;a con la pena de muerte. Solamente a manera de ejemplo, el libro relata que bajo esta Ley, Rose Pastor Stokes, un inmigrante ruso casado con una socialista estadounidense y millonaria fue sentenciado a diez a&ntilde;os de prisi&oacute;n por decir "Ning&uacute;n gobierno que est&eacute; a favor de los que obtienen utilidades puede estar tambi&eacute;n a favor del pueblo". Los abusos y detenciones ocurridos en los Estados Unidos, durante la Primera Guerra Mundial, son indescriptibles tanto por su n&uacute;mero como por las violaciones a los derechos m&aacute;s elementales. Despu&eacute;s de perseguir a los alemanes se inici&oacute; la persecuci&oacute;n de comunistas. Se hablaba ya de la Guerra contra el Comunismo. Mientras tanto, con el pretexto de la seguridad nacional, Hoover iba incrementando su poder con la aquiescencia de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">En 1919 la violencia pol&iacute;tica alcanz&oacute; niveles insospechados. Una serie de bombazos en distintas ciudades de los Estados Unidos y una particular en la capital, reivindicadas por un grupo denominado "The Anarchist Fighters", gener&oacute; la sospecha de que los comunistas estaban detr&aacute;s de los operativos terroristas. La misma semana de las explosiones se proclam&oacute; el <i>Comitern,</i> el movimiento comunista internacional. Un terrorista se inmol&oacute; al explotar un artefacto en la entrada de casa del Procurador General Mitchell A. Palmer. Al d&iacute;a siguiente una delegaci&oacute;n de senadores y representantes al Congreso acudi&oacute; a visitar la casa en ruinas para pedirle a Palmer que ejerciera todo el poder posible. Palmer refiere en el libro que los congresistas le dijeron: "Solicita lo que quieras y lo tendr&aacute;s". De inmediato los agentes del FBI irrumpieron en la oficina que ten&iacute;a una representaci&oacute;n sovi&eacute;tica en Nueva York en busca de evidencias que ligaran a los extranjeros con los atentados. No encontraron ninguna, pero se hab&iacute;a fijado ya la v&iacute;a de actuaci&oacute;n de la oficina federal de investigaci&oacute;n.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Unas semanas adelante Palmer confiri&oacute; a J. Edgar Hoover la tarea de aplastar la conspiraci&oacute;n comunista en contra de los Estados Unidos. Hoover dispon&iacute;a entonces bajo su mando de sesenta y un agentes del FBI y de treinta y cinco informantes encubiertos. Sus tareas iniciales fueron integrar los que ser&iacute;an famosos expedientes del FBI. La informaci&oacute;n que contendr&iacute;an provendr&iacute;a de la inteligencia militar, del Departamento de Estado y del Servicio Secreto. Se iniciaron las revisiones clandestinas de oficinas diplom&aacute;ticas, embajadas y consulados para obtener claves o c&oacute;digos secretos. En semanas ten&iacute;a preparados casos en contra de decenas de miles de pol&iacute;tico sospechosos. Bastaba que estadounidenses o extranjeros estuvieran en una manifestaci&oacute;n cerca de alguno de los agentes encubiertos o bien se suscribieran a alg&uacute;n peri&oacute;dico de los 222 considerados como radicales publicados en lengua diferente al ingl&eacute;s en los Estados Unidos para ser incluido en la lista de sospechosos de Hoover. Con estas listas Hoover inici&oacute; lo que entonces era un primitivo sistema de inteligencia, que habr&iacute;a de convertirse en uno de los m&aacute;s sofisticados en el mundo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La primera redada en contra del terrorismo ocurri&oacute; en 1920. Hoover hab&iacute;a divulgado informaci&oacute;n de que exist&iacute;a una conspiraci&oacute;n internacional. Declar&oacute; que los comunistas hab&iacute;an organizado c&eacute;lulas secretas en M&eacute;xico, que &eacute;stas hab&iacute;an hecho acopio de armas alemanas y japonesas con la intenci&oacute;n de cruzar la frontera y esparcir las semillas de una revoluci&oacute;n entre los negros del sur de los Estados Unidos. La actividad de Hoover en contra de supuestos terroristas, comunistas, anarquistas o supuestamente enemigos p&uacute;blicos no pas&oacute; desapercibida para la sociedad estadounidense. En un caso espec&iacute;fico, el enemigo m&aacute;s connotado en aquellos d&iacute;as era F&eacute;lix Franfurter, quien ser&iacute;a uno de los jueces asociados de la Suprema Corte encabez&oacute; un grupo denominado "National Popular Government League". Esta organizaci&oacute;n public&oacute; un informe a la opini&oacute;n p&uacute;blica suscrito por directores de escuelas de derecho y abogados prominentes que acusaban al gobierno y concretamente a Palmer y a Hoover de tortura y privaciones ilegales de la libertad. Estimaban que se hab&iacute;a dado un asalto a los principios de las libertades constitucionales.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El libro narra el periodo entre la primera y la segunda guerras mundiales en que Hoover fue acrecentando su poder. Ante la inexistencia de la CIA, el FBI realiz&oacute; las tareas de espionaje y contraespionaje de todo aquello que pareciera sospechoso. Uno de los episodios m&aacute;s conocidos en la historia del siglo XX estadounidense es el de Sacco y Vanzetti, sobre el cual se ha escrito tanto y hasta se han hecho producciones cinematogr&aacute;ficas. Hoover se ocup&oacute; de investigar a los grupos que se opon&iacute;an a la ejecuci&oacute;n de los anarquistas italianos. Los grupos liberales siempre sostuvieron que se trat&oacute; de un montaje para eliminarlos, entre &eacute;stos sobresal&iacute;a la figura de quien ser&iacute;a un destacado juez asociado, F&eacute;lix Frankfurter. Hoover estaba convencido que Sacco y Vanzetti eran responsables de los bombazos terroristas que dejaron un ba&ntilde;o de sangre en Wall Street, aun cuando nunca pudo probarlo, el caso permanecer&iacute;a abierto para siempre.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A&ntilde;os m&aacute;s adelante, el presidente Franklin D. Roosevelt gir&oacute; su primera instrucci&oacute;n a Hoover. El 8 de mayo de 1934 le encarg&oacute; una cuidadosa investigaci&oacute;n sobre la amenaza del fascismo. Roosevelt quer&iacute;a una investigaci&oacute;n de Hitler y sus agentes en todos los frentes, a partir de la amenaza que el l&iacute;der del nacional socialismo representaba para los aliados estadounidenses en Europa. Es claro que Hoover no ten&iacute;a un inter&eacute;s por espiar a los nazis como su inter&eacute;s por perseguir a los comunistas. Encontr&oacute; la manera de no incumplir las &oacute;rdenes del presidente, espiar a los alemanes sin descuidar a los comunistas. Por esos d&iacute;as se puso de moda lo que ser&iacute;a una pr&aacute;ctica com&uacute;n m&aacute;s adelante: la grabaci&oacute;n de conversaciones telef&oacute;nicas o en vivo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En 1936 hubo una investigaci&oacute;n sobre supuestas filtraciones sobre las decisiones de la Suprema Corte. El FBI grab&oacute; conversaciones de un secretario de estudio y cuenta de la Suprema Corte. El <i>Chief Justice</i> Charles Evans Hughes sospechaba que Hoover hubiera colocado cables y micr&oacute;fonos para grabar la Sala de Sesiones <i>(conference room),</i> el sitio donde los jueces asociados se re&uacute;nen para decidir los asuntos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Estados Unidos hab&iacute;a ingresado a la Segunda Guerra Mundial, Hoover que no ten&iacute;a tiempo para consideraciones sentimentales sobre el respeto a las libertades ciudadanas y firm&oacute; una "orden personal y confidencial" a los agentes del FBI con el encabezado "Seguridad Interior". Los conminaba a preparar una lista de personas, fueran ciudadanos estadounidenses o extranjeros, que deber&iacute;an estar presos en el nombre de la seguridad nacional. Hoover pensaba en los comunistas, socialistas, fascistas, simpatizantes de Hitler, y de Jap&oacute;n y cualquier otro que tuviera la etiqueta de ser un enemigo pol&iacute;tico. Quer&iacute;a los nombres de los enemigos del Estado. La operaci&oacute;n se denomin&oacute; "Custodial Detention Program". Ten&iacute;a en mente adem&aacute;s grabar las conversaciones sin limitaci&oacute;n alguna. No obstante como refiere el autor del libro, la Suprema Corte determin&oacute; modificar una jurisprudencia anterior y estableci&oacute; que las grabaciones del gobierno resultaban ilegales con base en la Ley sobre Comunicaciones de 1934 <i>(Communications Act).</i></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">A pesar de la decisi&oacute;n en la causa United States <i>vs.</i> Nardone Hoover congreg&oacute; a los agentes y les comunic&oacute; que nada hab&iacute;a cambiado. Les dijo textualmente: "Se aplicar&iacute;an las mismas reglas anteriores, ninguna grabaciones de conversaciones telef&oacute;nicas sin mi consentimiento". La Corte no qued&oacute; conforme con el desacat&oacute; y en una nueva resoluci&oacute;n conocida como <i>Nardone II,</i> estableci&oacute; que las grabaciones resultaban inconsistentes con las est&aacute;ndares &eacute;ticos y resultaban destructores de las libertades personales. Un cambio en la Oficina del Procurador General, la cabeza burocr&aacute;tica del FBI, determin&oacute; que el nuevo Procurador General Robert Jackson, que hab&iacute;a sido la cabeza de la fiscal&iacute;a en los procesos de Nuremberg de los criminales de guerra nazis, declarara que el Departamento de Justicia hab&iacute;a dejado atr&aacute;s y abandonado la pr&aacute;ctica de hacer grabaciones. Se inici&oacute; entonces una sorda lucha entre Jackson y Hoover. &Eacute;ste trat&oacute; por todos los medios de revertir la decisi&oacute;n de la Suprema Corte y a la postre lo logr&oacute;. Despu&eacute;s de convencer al presidente de los Estados Unidos de la necesidad de utilizar grabaciones para preservar la seguridad nacional, el presidente Roosevelt se&ntilde;al&oacute; que la decisi&oacute;n de la Suprema Corte era firme, aun cuando estaba intentada para tiempos de paz y no para la situaci&oacute;n extraordinaria que viv&iacute;a el pa&iacute;s. Roosevelt lleg&oacute; a escribir: "Estoy convencido que la Suprema Corte nunca intent&oacute; que su resoluci&oacute;n se aplicara en materias tan graves que ata&ntilde;en a la defensa de la naci&oacute;n".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tim Weiner se ocupa de varios episodios de conflicto entre la necesidad de preservar las libertades y la consigna por espiar a sospechosos corriendo el riesgo de violar derechos fundamentales. En 1972, un d&iacute;a despu&eacute;s de que explot&oacute; el conflicto por Watergate, la Suprema Corte tom&oacute; la decisi&oacute;n de prohibir las grabaciones de ciudadanos estadounidenses. Uno de los anarquistas ubicado en la lista de los 10 m&aacute;s buscados por el FBI, Pun Plamondon, denominado el ministro de defensa de los White Panters, un grupo cuya plataforma se sustentaba en drogas, sexo y rock and roll, hab&iacute;a sido acusado de poner una bomba en la estaci&oacute;n de reclutamiento de la CIA, cerca de la Universidad de Michigan en Ann Arbor. Sus abogados sospechaban con raz&oacute;n que sus conversaciones hab&iacute;an sido intervenidas. El juez federal le hab&iacute;a otorgado la posibilidad de defenderse y conocer la evidencia que deber&iacute;a mostrar el gobierno. El Departamento de Justicia de la administraci&oacute;n de Nixon se neg&oacute; a cumplir con la orden judicial. Los abogados del presidente manifestaron que el comandante en jefe tiene el inalienable derecho de intervenir conversaciones a discreci&oacute;n. El gobierno perdi&oacute; esta instancia pues el tribunal federal de apelaci&oacute;n estableci&oacute; que aun el presidente debe obedecer lo preceptuado por la Cuarta Enmienda. La Suprema Corte nunca hab&iacute;a autorizado intervenciones clandestinas dentro de los Estados Unidos. La mayor parte de las intervenciones que se hab&iacute;an dado por parte del FBI se hab&iacute;an hecho desafiando los criterios jurisprudenciales de la Suprema Corte. Algunas de ellas con el conocimiento de los procuradores generales y de presidentes, pero desde 1939 bajo las indicaciones de Hoover o de sus subordinados. El asunto lleg&oacute; a la Suprema Corte y es interesante conocer las argumentaciones de los abogados del presidente tratando de justificar el poder presidencial para ordenar intervenciones sin autorizaciones judiciales y la respuesta de los jueces asociados de la Corte, negando el supuesto derecho. La Suprema Corte lleg&oacute; a establecer en este caso que el gobierno tiene la facultad de intervenir a poderes extranjeros o sus agentes sin necesidad de &oacute;rdenes judiciales. Cuando la Suprema Corte resolvi&oacute; la incapacidad del gobierno para intervenir llamadas telef&oacute;nicas de ciudadanos estadounidenses, el FBI ten&iacute;a en proceso la intervenci&oacute;n de al menos seis de los grupos denominados Weather Undergorund y la entonces famosas Black Panthers.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El libro refiere entre muchas cuestiones la p&eacute;sima relaci&oacute;n entre Robert Kennedy y J. Edgar Hoover. El primero fue su jefe como Procurador General y nunca logr&oacute; someter, a pesar de la jerarqu&iacute;a, al escurridizo director del FBI. Un episodio dram&aacute;tico es la narraci&oacute;n de la &uacute;ltima conversaci&oacute;n entre Hoover y el hermano del presidente Kennedy, ocurrida con motivo del asesinato de &eacute;ste. El 22 de noviembre de 1963, Hoover llam&oacute; telef&oacute;nicamente a Robert Kennedy para avisarle que su hermano hab&iacute;a sido baleado. "Tengo algunas noticias para usted". El autor Weiner reflexiona que no le dijo "malas noticias" &#151;como sin duda eran&#151; sino simplemente noticias. A los cuarenta y cinco minutos Hoover volvi&oacute; a llamarle para avisar que su hermano hab&iacute;a muerto. M&aacute;s all&aacute; de esta an&eacute;cdota hab&iacute;a un trasfondo que el libro devela.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">La Comisi&oacute;n encargada de investigar el asesinato del presidente, la Comisi&oacute;n Warren, encabezada por quien hab&iacute;a sido Earl Warren, el legendario <i>Chief Justice</i> de la Suprema Corte, concluy&oacute; que Lee Harvey Oswald fue el asesino. Hoover no pod&iacute;a hablar de una conspiraci&oacute;n. Hoover no confiaba en Warren con quien hab&iacute;a tenido desencuentros durante la gesti&oacute;n de &eacute;ste como cabeza del Poder Judicial Federal. Hoover sigui&oacute; de cerca los trabajos de la Comisi&oacute;n, gracias a los informes confidenciales que le suministraba uno de sus integrantes, nada menos que el Diputado al Congreso Gerald Ford, quien habr&iacute;a de convertirse m&aacute;s adelante en presidente de Estados Unidos. Corr&iacute;an rumores que afectaban la credibilidad de Hoover, pero tambi&eacute;n informaci&oacute;n de fuentes acreditadas. El senador James Eastland, presidente del Comit&eacute; Judicial emiti&oacute; advertencias de que funcionarios de la CIA y del Departamento de Estado hac&iacute;an cargos de que Oswald era informante del FBI y que agentes del servicio secreto pretend&iacute;an inculpar al FBI. Por su parte Kennedy y el propio presidente Lyndon B. Johnson tem&iacute;an que se tratara de una conspiraci&oacute;n comunista para matar al presidente Kennedy. Hacer p&uacute;blica esta preocupaci&oacute;n era algo impensable pues ninguno de los dos &#151;seg&uacute;n Tim Weiner&#151; estaba en la capacidad de cuestionar la autoridad de Hoover. Ni Hoover, ni Allen Dulles, el director de la CIA entre 1953 y 1961, hab&iacute;an mencionado una sola palabra de los planes estadounidenses para matar a Fidel Castro. Si los comunistas hubieran preparado en revancha un plan para asesinarlo y si los Estados Unidos encontraban la evidencia de lo anterior, ser&iacute;a tanto como disparar el primer tiro de una nueva guerra mundial.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hoover admiti&oacute; que el FBI a su cargo, ten&iacute;a la culpa debido a su "gruesa incompetencia". No haber tenido noticias de las actividades de Oswald antes del asesinato, no haberse dado cuenta de que Oswald hab&iacute;a sido un <i>marine</i> que hab&iacute;a desertado de la Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica. La oficina del FBI en Dallas sab&iacute;a que repart&iacute;a volantes en favor de Fidel Castro, que adem&aacute;s ten&iacute;a un trabajo en el edificio de libros de texto de la escuela de Texas, ubicado en la ruta que seguir&iacute;a el presidente Kennedy y su comitiva. Hoover se enter&oacute; despu&eacute;s del asesinato que Oswald no estaba en la lista de personas que representaban un peligro para la seguridad por "su entrenamiento, su tendencia a la violencia y participaci&oacute;n en actividades subversivas". Hoover lleg&oacute; a aceptar que el hecho "deber&iacute;a ser una lecci&oacute;n para todos nosotros". Castig&oacute; disciplinariamente a ciertos agentes por negligencia. En esto pas&oacute; por alto la advertencia de Cartha Elota, quien despu&eacute;s ser&iacute;a director del FBI, de que cualquier reprimenda oficial o comunicaciones de censura podr&iacute;a significar la admisi&oacute;n de que eran responsables de negligencia que hubiera llevado al asesinato del presidente. El autor remata este pasaje al se&ntilde;alar que Hoover se hubiera condenado al infierno si hubiera permitido que el pueblo de los Estados Unidos pensara lo anterior.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En la parte final de libro se analiza la crisis que tuvo que sortear el FBI para contrarrestar los ataques generalizados por su incapacidad para haber prevenido los ataques del 11 de septiembre que conmocionaron al mundo y modificaron el sentimiento de seguridad y tranquilidad interior de la sociedad estadounidense. En los m&aacute;s altos niveles del gobierno se consider&oacute; el desmantelamiento de la Oficina y la creaci&oacute;n de un nuevo servicios de inteligencia. Thomas Kean el presidente de la Comisi&oacute;n Nacional sobre Ataques Terroristas en los Estados Unidos, conocida como la Comisi&oacute;n 9/11 declar&oacute; refiri&eacute;ndose al FBI: "Ustedes tienen el record de una oficina que fall&oacute;, fall&oacute; y fall&oacute; una y otra vez m&aacute;s".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La parte m&aacute;s dram&aacute;tica del desastre de inteligencia ocurri&oacute; cuando el FBI, a las tres horas del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, sab&iacute;a que algunos de los pasajeros eran miembros de la organizaci&oacute;n al&#45;Qaeda. La pregunta que no pod&iacute;an responder es: "&iquest;C&oacute;mo demonios de hab&iacute;an podido subir a los aviones?". Tardaron dos a&ntilde;os en responderla.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Se hab&iacute;a iniciado la m&aacute;s grande investigaci&oacute;n en los historia de la humanidad: cuatro mil agentes especiales buscaban pistas en los Estados Unidos, veinte agregados legales trabajaban con oficinas de procuraci&oacute;n de justicia en el extranjero, tres veces al d&iacute;a se llevaban a cabo conferencias telef&oacute;nicas entre cincuenta oficiales de campo, cientos de &oacute;rdenes judiciales y al menos treinta autorizaciones judiciales para llevar a cabo investigaciones emitidas por la Foreign Intelligence Surveillance Court. El FBI trataba de reconstruir la escena global del crimen y reagruparse para el siguiente ataque. El Congreso de los Estados Unidos otorg&oacute; al presidente la facultad para utilizar "toda la fuerza necesaria y apropiada" en contra de los terroristas. La fuerza apropiada era, entre otras, precisamente el FBI. Se trataba de darle una carta blanca al presidente en su guerra contra el terrorismo.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Weiner narra la visita del presidente Bush al cuartel general del FBI en Washington DC. El presidente acudi&oacute; a las oficinas del FBI para develar la lista de los 22 nombres de los terroristas m&aacute;s buscados. "Agarren a los malvados" orden&oacute; a los agentes reunidos en el Edificio Hoover. "Nuestra guerra es contra el mal". Refiere que en la ausencia de Hoover quien ocupar&iacute;a su lugar para restaurar el poder de la inteligencia secreta de los Estados Unidos ser&iacute;a el vicepresidente Dick Cheney. Cheney hab&iacute;a sido el secretario de Defensa durante la gesti&oacute;n del presidente George H. W. Bush y Chief of Staff de la Casa Blanca durante la presidencia de Gerarld Ford. Los ataques, refiere el autor, lo convirtieron en el comandante de la seguridad nacional de Estados Unidos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El FBI arrest&oacute; a m&aacute;s de 1,200 personas en el plazo de ocho semanas a partir de los ataques. La mayor&iacute;a eran extranjeros y musulmanes. A ninguno se le comprob&oacute; ser miembro de al&#45;Qaeda, Hubo abusos, golpes y tortura como lo manifestar&iacute;a despu&eacute;s el inspector general del Departamento de Justicia. Centenares fueron hechos prisioneros bajo la pol&iacute;tica impuesta por el FBI de detenerlos hasta que se aclarara el asunto. Lo m&aacute;s grave es que el director del FBI estuvo al margen de las indicaciones del Procurador General Ashcroft. Regresaron los tiempos en que Robert Kennedy met&iacute;a a la c&aacute;rcel a alg&uacute;n miembro del crimen organizado por escupir en la calle. Adicionalmente la llamada Ley Patri&oacute;tica en vigor permiti&oacute; la captura de direcciones de correos electr&oacute;nicos, la escuchas de tel&eacute;fonos celulares, la apertura de correos de voz, de n&uacute;meros de tarjetas de cr&eacute;dito o de cuentas bancarias. La descripci&oacute;n de las t&aacute;cticas ilegales para hacerse de informaci&oacute;n revelan que los criterios legales sobre los l&iacute;mites del Estado quedar&iacute;an olvidados en tanto se enfrentaba una amenaza a la seguridad nacional. No obstante, surgi&oacute; una confrontaci&oacute;n abierta entre la CIA y el FBI debido a las formas de actuaci&oacute;n. El director del FBI Mueller decidi&oacute; apegarse a las reglas y estableci&oacute; una pol&iacute;tica de no violencia, no brutalidad no intimidaci&oacute;n. La CIA por su parte inicio pr&aacute;cticas de acopio de informaci&oacute;n violatorias de las normas globalmente aceptadas en interrogatorios o encarcelamientos.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Algunos de los agentes el FBI acudieron a las instalaciones militares en Afganist&aacute;n, algunos otros acudieron a la base estadounidense en la Bah&iacute;a de Guant&aacute;namo en la Isla de Cuba. Otros agentes participaron en misiones de captura o exterminio de sospechosos de pertenecer a al&#45;Qaeda. En estas tareas y particularmente en los interrogatorios de sospechosos surgieron tensiones por el modus operandi de ambas oficinas. Las narraciones del conflicto entre CIA y FBI muestran la evidencia de las pr&aacute;cticas de tortura que despu&eacute;s se har&iacute;an p&uacute;blicas por filtraciones a la prensa. Una frase del libro explica este drama de los agentes de inteligencia y la disyuntiva entre perseguir a los sospechosos a toda costa o cumplir con los principios legales y morales que son inherentes a la funci&oacute;n p&uacute;blica. Mueller, el director del FBI, durante la fase cr&iacute;tica de la lucha contra el terrorismo declar&oacute;: "No ten&iacute;amos un sistema de administraci&oacute;n en funciones que permitiera saber si segu&iacute;amos lo previsto por las leyes". Lleg&oacute; a aceptar que hab&iacute;an hecho un mal uso de la <i>Patriotic Act</i> para obtener datos de inteligencia.</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">En las &uacute;ltimas p&aacute;ginas del libro se rese&ntilde;a el discurso del presidente Obama respecto de la relaci&oacute;n entre las tareas de inteligencia y la preservaci&oacute;n y reforzamiento del Estado de derecho. En el centenario de la fundaci&oacute;n del FBI el presidente de Estados Unidos mencion&oacute; que en 1908 hab&iacute;a 34 agentes que reportaban al Procurador General del gobierno del presidente Teodoro Roosevelt. Ahora, se&ntilde;al&oacute; Obama en abril de 2009 hay m&aacute;s de 30,000 hombres y mujeres que trabajan para el FBI. Esa es la dimensi&oacute;n del cambio, agreg&oacute;. "Gracias a Dios por el cambio" enfatiz&oacute; lo que provoc&oacute; la algarab&iacute;a de la audiencia. No obstante, continu&oacute;, hay algo que no ha cambiado y eso es el Estado de derecho, que es el fundamento sobre el cual se construy&oacute; Am&eacute;rica (sic). "Este es el prop&oacute;sito que siempre ha guiado nuestro poder&iacute;o. Y esa es la raz&oacute;n por la cual debemos siempre rechazar por falso el dilema entre seguridad y nuestros ideales".</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Esas palabras son en realidad lo que est&aacute; atr&aacute;s de <i>Enemies a History of the FBI</i> de Tim Weiner. Si una sociedad altamente desarrollada puede preservar los principios constitucionales y morales antes que garantizar la seguridad de sus integrantes. En Estados Unidos ha sido el dilema entre ganar la guerra contra el terrorismo a costa de sacrificar los derechos y garant&iacute;as que consagra la Constituci&oacute;n y las leyes.</font></p>     ]]></body>
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