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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Notas</font></p>     <p align="center">&nbsp;</p> 	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Derecho y dolor *</b></font></p> 	    <p align="center">&nbsp;</p> 	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"> <b>Luigi Ferrajoli** </b></font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>* Traducci&oacute;n de Miguel Carbonell. </i></font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>** Universidad de Roma III, Italia.</i></font></p> 	    <p align="justify">&nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Recepci&oacute;n: 1/06/2006.    <br> Aprobaci&oacute;n: 7/5/2007.</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b>1.</b> <i>Dolor inflingido y dolor sufrido.</i> En un ensayo de hace unos a&ntilde;os Salvatore Natoli propuso repensar el derecho sobre la base de sus nexos &#45;en cuanto cura y en cuanto sanci&oacute;n&#45; con el dolor.<sup><a href="#nota">1</a></sup> Me parece muy fecunda y estimulante, en particular, la distinci&oacute;n sugerida por &eacute;l de las dos figuras del <i>dolor sufrido</i> y del <i>dolor inflingido</i> &#45;uno natural, el otro producto de los hombres&#45; correspondientes a los dos males en cuya eliminaci&oacute;n o reducci&oacute;n reconoce Natoli la raz&oacute;n o justificaci&oacute;n del derecho.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"> Estas dos figuras del dolor ofrecen una adecuada clave de lectura de las formas o de las l&iacute;neas de desarrollo del moderno Estado constitucional de derecho. Podemos afirmar, de hecho, que todos los derechos fundamentales son configurables como derechos a la exclusi&oacute;n o a la reducci&oacute;n del dolor. Precisamente, los <i>derechos de libertad,</i> junto con el derecho a la vida y a la integridad personal &#45;consistentes todos en expectativas negativas o en inmunidades de lesi&oacute;n&#45; son interpretables como derechos dirigidos a prevenir el dolor inflingido, o sea el mal provocado por los hombres, a trav&eacute;s del derecho penal y la regulaci&oacute;n y minimizaci&oacute;n de la reacci&oacute;n punitiva al delito. Por otro lado, todos los <i>derechos sociales</i> &#45;a la subsistencia y a la supervivencia&#45; pueden ser concebidos como expectativas positivas, o sea a prestaciones p&uacute;blicas dirigidas a reducir el dolor sufrido, en un sentido amplio natural, como las enfermedades, la indigencia, la ignorancia, la falta de medios de subsistencia. </font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Creo que toda la historia del derecho moderno puede ser le&iacute;da como la historia del desarrollo, en formas siempre m&aacute;s complejas y articuladas, de la estructura institucional de la esfera p&uacute;blica como sistema de respuestas a estos dos tipos de dolor o de males distinguidos por Natoli. Ciertamente el derecho moderno, el del <i>Estado liberal de derecho,</i> nace en el terreno del derecho penal, como Estado y derecho m&iacute;nimos dirigidos a organizar, en tutela de los derechos de libertad y de inmunidad, dos tipos de respuestas al <i>dolor inflingido,</i> correspondientes a los dos objetivos justificatorios del derecho penal en los cuales he identificado el paradigma del derecho penal <i>m&iacute;nimo:</i><sup><a href="#nota">2</a></sup> la minimizaci&oacute;n del dolor inflingido a los individuos en las relaciones entre ellos, a trav&eacute;s de la prohibici&oacute;n y sanci&oacute;n como delitos de las ofensas producidas a los derechos de los dem&aacute;s; y la minimizaci&oacute;n del dolor inflingido por el Estado bajo la forma de penas, a trav&eacute;s de los l&iacute;mites a las mismas impuestos por los derechos de libertad sobre todo a su potestad de prohibir, es decir de configurar como delitos el ejercicio de libertades fundamentales o comportamientos inofensivos, y en segundo lugar a su potestad de castigar, a trav&eacute;s de l&iacute;mites impuestos por las garant&iacute;as procesales.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"> Pero el derecho contempor&aacute;neo se ha desarrollado en el &uacute;ltimo siglo, adem&aacute;s, en las formas del <i>Estado social de derecho,</i> como Estado y derecho m&aacute;ximos dirigido a organizar, en tutela de los derechos sociales, un sistema de respuestas al <i>dolor sufrido</i> y por as&iacute; llamarlo "natural": a las enfermedades a trav&eacute;s del derecho a la salud, a la ignorancia a trav&eacute;s del derecho al estudio, a la indigencia a trav&eacute;s de los derechos a la asistencia y a la previsi&oacute;n. El paradigma del Estado de derecho es siempre el mismo: el desarrollo de una esfera p&uacute;blica, que tutele el conjunto de derechos fundamentales estipulados en esos pactos fundadores de la convivencia social que son las constituciones, como objetivo o raz&oacute;n de ser del derecho y del Estado.</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"> Por esto &#45;por las analog&iacute;as estructurales, a&uacute;n en la diversidad de contenidos, entre las t&eacute;cnicas de garant&iacute;a contra el mal inflingido y contra el mal sufrido&#45; es importante el an&aacute;lisis del modelo liberal del Estado de derecho tal como se ha venido formando, en el plano te&oacute;rico y filos&oacute;fico y en el institucional, sobre el terreno del derecho penal. Lo que he llamado "derecho penal m&iacute;nimo" no es otra cosa m&aacute;s que el sistema de normas id&oacute;neas para garantizar esta doble minimizaci&oacute;n de la violencia y del dolor inflingido: del dolor inflingido por los delitos y del inflingido por las penas. El derecho penal se justifica si y solo si previene y minimiza, a trav&eacute;s de sus normas primarias o sustanciales, las ofensas y los sufrimientos inflingidos por los delitos y, a trav&eacute;s de sus normas secundarias o procesales, las ofensas y sufrimientos inflingidos por las reacciones punitivas a los delitos. Pero no se ha sostenido, de hecho, que realice estas finalidades de prevenci&oacute;n y de minimizaci&oacute;n del dolor que lo justifican. La historia de los procesos y de las penas &#45;pensemos en lo que han sido la inquisici&oacute;n, los suplicios, las picotas, las torturas judiciales&#45; ha sido mucho m&aacute;s cruel e infamante para la humanidad que toda la historia de los delitos.</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"> Son por tanto <i>ideol&oacute;gicas</i> todas las teor&iacute;as de justificaci&oacute;n <i>a priori</i> como las que justifican el derecho penal en cuanto tal, en abstracto, con el objetivo de la prevenci&oacute;n de los delitos, de la defensa social o de la reeducaci&oacute;n del reo, m&aacute;s all&aacute; de la concreta afirmaci&oacute;n de su efectiva realizaci&oacute;n. Lo cierto es que una justificaci&oacute;n consistente puede ser solamente <i>a posteriori,</i> contingente, sectorial, o sea atendiendo a la efectiva reducci&oacute;n de la violencia o del dolor conseguida, respecto a la ausencia de derecho o de derechos, no ya del derecho penal en cuanto tal, sino por este o el otro derecho penal, o mejor por esta o aquella concreta norma o instituci&oacute;n penal o procesal.</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"> Este modelo de justificaci&oacute;n del derecho penal puede ser extendido a todo el derecho moderno. Es en esto que reside el impulso espec&iacute;fico del iluminismo jur&iacute;dico: el haber sometido al derecho, reflejado en la forma paradigm&aacute;tica del derecho penal, a la carga de justificaci&oacute;n. El derecho, todo el derecho, siendo un "artificio" construido por los hombres &#45;como derecho "positivo" y no ya "natural"&#45; se justifica racionalmente si y solo si se realiza la minimizaci&oacute;n del dolor.</font>	</p> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"> 2. <i>Iusnaturalismo, iuspositivismo, iusconstitucionalismo</i>. Es esta especificidad del derecho moderno la que se ignora por las tesis iusnaturalistas de quienes todav&iacute;a hoy &#45;pienso, por ejemplo, en Emanuele Severino&#45;, identifican como el rasgo caracter&iacute;stico del derecho propio de "la tradici&oacute;n occidental" el ser un reflejo del orden natural, o sea de un "ordenamiento inmutable develado por la episteme".<sup><a href="#nota">3</a></sup></font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Esto no se puede sostener para el caso del derecho de la edad moderna. Fue verdad hasta el proceso de positivaci&oacute;n y secularizaci&oacute;n del derecho sucedido con el nacimiento del Estado moderno. Solamente hasta entonces, en la edad premoderna, el derecho no pod&iacute;a justificarse m&aacute;s que como reflejo, seg&uacute;n la concepci&oacute;n aristot&eacute;lica, de un orden superior ontol&oacute;gico de tipo racional, divino o natural. Todo el derecho premoderno, desde el derecho romano hasta el derecho com&uacute;n de la edad media era un derecho jurisprudencial, doctrinario, que se legitimaba directamente sobre la base de sus contenidos, es decir de su intr&iacute;nseca racionalidad correspondiente a una supuesta ontolog&iacute;a de los valores.</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"> Por esto, en el modelo premoderno, la validez de las normas jur&iacute;dicas se identificaba con su justicia y el iusnaturalismo no pod&iacute;a dejar de ser, entonces, la filosof&iacute;a del derecho dominante: porque en ausencia de un sistema unitario y formalizado de fuentes positivas, el criterio de identificaci&oacute;n de la existencia misma de las normas era inmediatamente el de su justicia sustancial. Una tesis de B&aacute;rtolo prevalec&iacute;a sobre una tesis de Baldo no ya por su mayor autoridad, sino por su mayor importancia. En este sentido, en la c&eacute;lebre contraposici&oacute;n expresada por Hobbes en su <i>Di&aacute;logo entre un fil&oacute;sofo y un estudioso del derecho com&uacute;n en Inglaterra,</i> ten&iacute;a raz&oacute;n el jurista al afirmar que <i>ventas non auctoritas facit legem:</i> era la verdad, o sea la intr&iacute;nseca racionalidad o justicia, la que en un derecho inmediatamente jurisprudencial, como lo era el derecho com&uacute;n pre&#45;moderno, fundamentaba la validez de las normas; el principio opuesto proclamado por Hobbes <i>&#45;auctoritas non veritas facit legem&#45;</i> expresaba, con aparente paradoja, una instancia axiol&oacute;gica de <i>deber ser,</i> o sea de racionalidad y de justicia, que se llegar&aacute; a realizar con el positivismo jur&iacute;dico gracias a la afirmaci&oacute;n del monopolio estatal de la producci&oacute;n jur&iacute;dica.<sup><a href="#nota">4</a></sup></font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"> Ese principio hobbesiano, que puede parecer un principio autoritario, equivale al principio de legalidad, como norma de reconocimiento del derecho existente y a la vez como primer e insustituible l&iacute;mite a la arbitrariedad, garant&iacute;a de igualdad, de libertad y de certeza, fundamento en suma de toda posible garant&iacute;a. Tal principio representa la base del Estado de derecho, o sea de un sistema pol&iacute;tico en el que todos los poderes est&aacute;n sujetos no ya a la subjetiva y arbitraria valoraci&oacute;n de la justicia, sino a la ley y limitados por ella.</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"> Por otro lado, el principio de legalidad, justamente por su car&aacute;cter de norma de reconocimiento puramente formal, que identifica el derecho &uacute;nicamente sobre la base de su forma de producci&oacute;n y no tambi&eacute;n por sus contenidos, presenta una irreductible ambivalencia: como condici&oacute;n ciertamente necesaria, pero a la vez ciertamente insuficiente para asegurar el papel garantista del derecho. Esta f&oacute;rmula nos dice que el derecho no incorpora en cuanto tal la verdad o la justicia: que nada garantiza <i>a priori</i> que su forma sea llenada de contenidos justos ni que no sea peor que la naturaleza y no produzca m&aacute;s dolores de cuantos evite. Pero nos dice, sin embargo, que el derecho es no solamente un producto del poder, sino tambi&eacute;n su &uacute;nica fuente y forma de regulaci&oacute;n. Nos dice adem&aacute;s que todo el derecho es hecho por los hombres y es tal y como los hombres lo piensan, lo proyectan, lo producen, lo interpretan y lo aplican: por tanto depende de ellos, o sea de la legislaci&oacute;n, de la ciencia jur&iacute;dica y de la pol&iacute;tica, las cuales tienen la entera responsabilidad de estipular en forma legal y positiva esos principios de justicia que son los derechos fundamentales y la elaboraci&oacute;n de las relativas garant&iacute;as para su efectividad.</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"> Por lo dem&aacute;s, no por casualidad los llamados "derechos naturales", primero teorizados y luego formulados en las primeras Declaraciones de derechos y en las primeras cartas constitucionales, nacieron simult&aacute;neamente al positivismo jur&iacute;dico, como cl&aacute;usulas del contrato social en el que tienen su origen el Estado y el derecho positivo. Su verdadero inventor fue justamente Thomas Hobbes, que teoriz&oacute; la garant&iacute;a del derecho a la vida &#45;como derecho igual e indisponible, modelo paradigm&aacute;tico de todos los futuros derechos fundamentales, estructuralmente distintos del derecho de propiedad y de los dem&aacute;s derechos patrimoniales por su naturaleza desigual y disponible&#45; como raz&oacute;n de ser del contrato social y de ese "gran Leviathan", como escribi&oacute;, "que llaman Estado, que no es m&aacute;s que un hombre artificial, aunque de mayor estatura y fuerza que el hombre natural, para la protecci&oacute;n y defensa del cual fue concebido".<sup><a href="#nota">5</a></sup> En este sentido, la idea hobbesiana del contrato social est&aacute; en el origen de la moderna democracia constitucional: no solo en el sentido de que la legitimidad del poder no emana de arriba, de Dios o de la naturaleza, sino de abajo, o sea del consenso de los contratantes, sino tambi&eacute;n en el sentido de que ese contrato no es un acuerdo vac&iacute;o, sino un pacto de convivencia cuyas cl&aacute;usulas son justamente los derechos fundamentales: antes que nada, en el esquema hobbesiano, el derecho a la vida que justifica incluso la fuga en la batalla o la evasi&oacute;n de la c&aacute;rcel: luego, en el modelo lockeano, los derechos de libertad y los derechos civiles de propiedad; m&aacute;s adelante, en la experiencia constitucional que comienza con la Declaraci&oacute;n de 1789 y sigue en las constituciones r&iacute;gidas de nuestra pos&#45;guerra, los derechos pol&iacute;ticos, los derechos de los trabajadores y los derechos sociales, todos los cuales, junto con el derecho a la vida y a la integridad personal, pueden muy bien concebirse, sobre la base de la propuesta de Natoli, como otras tantas negaciones del sufrimiento y del dolor. </font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Agrego que no solamente en el plano axiol&oacute;gico, propio de la filosof&iacute;a pol&iacute;tica, sino tambi&eacute;n en el fenomenol&oacute;gico, de la historia y de la sociolog&iacute;a jur&iacute;dica, podemos identificar en el sufrimiento y en el dolor el fundamento y el origen de los derechos humanos. Ninguno de estos derechos ha ca&iacute;do nunca desde arriba, como graciosa concesi&oacute;n. Ninguno de ellos ha sido nunca el producto de simples teorizaciones de escritorio. Todos &#45;desde la libertad de conciencia hasta la libertad personal, desde los derechos sociales hasta los derechos de los trabajadores&#45; han sido el fruto de luchas y revoluciones alimentadas por el dolor, es decir por opresiones, discriminaciones y privaciones precedentemente concebidas como "normales" o "naturales", que en un cierto punto se vuelven intolerables. Todos se han impuesto como leyes del m&aacute;s d&eacute;bil contra la ley del m&aacute;s fuerte que reg&iacute;a y regir&iacute;a en su ausencia. Todav&iacute;a m&aacute;s. Este papel de "leyes del m&aacute;s d&eacute;bil" vale, en el plano axiol&oacute;gico, para todo el derecho, que est&aacute; siempre en contra de la realidad o, si se quiere, de la naturaleza, es decir contra lo que acontecer&iacute;a en su ausencia: que no ser&iacute;a la sociedad pacificada que imaginaron muchos ut&oacute;picos abolicionistas, sino la sociedad salvaje, fundada precisamente en la ley sin frenos del m&aacute;s fuerte. Fue precisamente esta hip&oacute;tesis, por as&iacute; decirlo, el experimento mental propuesto por Hobbes, que entonces configur&oacute; el Estado y el derecho positivo como convenciones, es decir como productos artificiales de la raz&oacute;n, dirigidos a poner fin al estado de guerra propio de la sociedad de la naturaleza y a garantizar a todos y cada uno contra la violencia del m&aacute;s fuerte. </font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero ese experimento &#45;no mental sino tr&aacute;gicamente real&#45; ha sido realizado en este siglo por la humanidad, con la cat&aacute;strofe de los totalitarismos y de las guerras mundiales. Descubrimos entonces que ni siquiera la mayor&iacute;a, que consinti&oacute; la toma del poder por el fascismo y el nazismo, ni siquiera el consenso de masas utilizado por los reg&iacute;menes totalitarios, garantizan la calidad de los poderes p&uacute;blicos; que tambi&eacute;n la regla de la mayor&iacute;a, sino est&aacute; sometida a una ley superior, puede siempre degenerar, convertirse en la ley del m&aacute;s fuerte y legitimar guerras, destrucciones, violaciones de la vida y de la dignidad de las personas y supresiones de las minor&iacute;as. Es sobre la base de estas terribles experiencias &#45;los "sufrimientos indecibles de la humanidad" (una vez m&aacute;s, el dolor) que, como dice el pre&aacute;mbulo de la Carta de la ONU, han sido inflingidos a la humanidad por el "flagelo de la guerra" y por las violaciones de los derechos humanos&#45; que al d&iacute;a siguiente de la Segunda Guerra Mundial fue refundado el constitucionalismo a trav&eacute;s de su expansi&oacute;n hacia el derecho internacional y por medio de la rigidez impresa a las constituciones estatales. De esta manera se ha puesto fin tanto a la soberan&iacute;a externa como a la soberan&iacute;a interna: es decir una segunda revoluci&oacute;n, una segunda mutaci&oacute;n de paradigma del derecho, no menos importante que el producido con el nacimiento del Estado moderno y del positivismo jur&iacute;dico.</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"> Gracias al constitucionalismo r&iacute;gido, de hecho, la mayor&iacute;a, y por tanto la democracia pol&iacute;tica, dejan de ser soberanas y omnipotentes y encuentran l&iacute;mites y v&iacute;nculos de derecho positivo en la forma r&iacute;gida con que todos los derechos fundamentales &#45;de los derechos de libertad a los derechos sociales&#45; son estipulados y puestos a resguardo de su arbitrio. Pero se trata de una mutaci&oacute;n que se produce al interior del paradigma iuspositivista, no ya como su debilitamiento sino como su complemento: ya que equivale a la sujeci&oacute;n a la ley, o sea a la constituci&oacute;n que no es menos ley positiva que las leyes ordinarias, no solo de la forma sino tambi&eacute;n del contenido de las leyes mismas, y por ello a la positivaci&oacute;n no solamente de su ser sino tambi&eacute;n de su deber ser, no solo de sus condiciones de existencia y validez formales sino tambi&eacute;n de sus condiciones de validez sustanciales, es decir de las opciones decididas por el legislador constituyente que el legislador ordinario est&aacute; obligado a respetar.</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"> 3. <i>La crisis actual del paradigma constitucional.</i> Hoy en d&iacute;a tambi&eacute;n el paradigma del Estado constitucional de derecho que nos fue heredado por la tradici&oacute;n occidental ha entrado en crisis. Han cambiado las coordenadas estatales que conforman su presupuesto. Se ha reducido la soberan&iacute;a externa de los Estados nacionales, tanto en el plano jur&iacute;dico por su sujeci&oacute;n a la Carta de la ONU y a las grandes convenciones internacionales de derechos humanos, como en el plano de los hechos por su generalizado car&aacute;cter de "soberan&iacute;a limitada", primero por las dos grandes potencias y hoy por la super&#45;potencia americana. Pero sobre todo se ha reducido, en todos los ordenamientos, el monopolio estatal de la producci&oacute;n jur&iacute;dica, y en consecuencia se ha resquebrajado la unidad del sistema de las fuentes, sustituida actualmente por una pluralidad de fuentes, ya no solamente nacionales sino supra&#45;nacionales.</font></p> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"> Bajo este aspecto podemos hablar, a prop&oacute;sito del pluralismo de los ordenamientos, por su no clara coordinaci&oacute;n y por la incerteza generada por la sobreposici&oacute;n de las fuentes, de una regresi&oacute;n al derecho premoderno. Sin embargo esta transformaci&oacute;n del derecho y de la esfera p&uacute;blica, esta desterritorializaci&oacute;n y des&#45;nacionalizaci&oacute;n, no necesariamente comporta, como muchos lo sostienen, una crisis regresiva o peor a&uacute;n una disoluci&oacute;n. Por el contrario, bien podr&iacute;an ser el preludio de una efectiva universalizaci&oacute;n. Derribando un argumento com&uacute;nmente opuesto a esta perspectiva, puede de hecho afirmarse que es el fruto de una indebida <i>domestic analogy</i><sup><a href="#nota">6</a></sup> la idea de que el &uacute;nico constitucionalismo posible sea el estatal. No hay ning&uacute;n nexo necesario entre esfera p&uacute;blica y Estado, entre constituci&oacute;n y base social nacional. Esto lo prueba el hecho de que, con todos los l&iacute;mites inevitables ligados a su complejidad, est&aacute; avanzando el proceso constituyente en Europa y no est&aacute; lejana la perspectiva de la realizaci&oacute;n, a trav&eacute;s de las oportunas reformas institucionales y sobre todo de la aprobaci&oacute;n de una Constituci&oacute;n digna de este nombre, de una esfera p&uacute;blica europea.</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"> Lo que es cierto es que en ausencia de una esfera p&uacute;blica internacional que est&eacute; a la altura de los nuevos poderes extra y supra&#45;estatales, de nuevo el dolor &#45;las guerras, la pobreza end&eacute;mica, los millones de muertos cada a&ntilde;o por la falta de alimentaci&oacute;n b&aacute;sica y de f&aacute;rmacos esenciales&#45; ha vuelto a ser el signo dram&aacute;tico del vac&iacute;o de derecho y de su papel garantista. Ciertamente, luego de la ruptura de la legalidad internacional producida por las recientes guerras globales, las perspectivas sobre el futuro del derecho internacional no son muy estimulantes. Sin embargo la Carta de la ONU, la Declaraci&oacute;n universal de derechos humanos y las dem&aacute;s convenciones y cartas de derechos que abundan en el derecho internacional dise&ntilde;an ya hoy los lineamientos de una esfera p&uacute;blica planetaria. El hecho de que estas cartas y los derechos y principios en ella establecidos sean manifiestamente inefectivos por falta de garant&iacute;as id&oacute;neas no significa que no sean vinculantes, sino solo que en el ordenamiento internacional existen vistosas lagunas &#45;lagunas, justamente, de garant&iacute;as&#45; o sea incumplimientos que es tarea de la cultura jur&iacute;dica denunciar y obligaci&oacute;n de la pol&iacute;tica reparar. Significa, en concreto, si tomamos en serio el derecho internacional, que existe el deber, incluso antes que el poder, de promover un funcionamiento serio de la Corte Penal Internacional sobre los cr&iacute;menes contra la humanidad; de orientar las pol&iacute;ticas de las instituciones financieras internacionales, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, a la ayuda y al desarrollo econ&oacute;mico de los pa&iacute;ses pobres en vez de al estrangulamiento, con el pretendido pago de la deuda externa y de sus intereses usureros, de sus econom&iacute;as y de sus sistemas de bienestar estatales; en fin, de identificar y sancionar, como lo establece el art&iacute;culo 5 inciso d) del Estatuto de la Corte Penal Internacional, todas las guerras de agresi&oacute;n como cr&iacute;menes internacionales.</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"> Este es el desaf&iacute;o que la crisis actual de los Estados nacionales y de su soberan&iacute;a lanza hoy al derecho y a la pol&iacute;tica. Es un desaf&iacute;o que genera una espec&iacute;fica responsabilidad civil e intelectual para la cultura jur&iacute;dica y politol&oacute;gica, que no puede seguir en la resignada y desencantada contemplaci&oacute;n de lo existente, como si el derecho y la pol&iacute;tica fueran fen&oacute;menos naturales y no, por el contrario, obra de los hombres y antes que nada de las grandes potencias. Siempre, por lo dem&aacute;s, la cultura jur&iacute;dica ha concurrido a proyectar y a edificar el derecho y las instituciones, incluso cuando se ha presentado como saber t&eacute;cnico y cient&iacute;fico y ha intentado ocultar, naturalizando su objeto de estudio, su dimensi&oacute;n pragm&aacute;tica y pol&iacute;tica. Hoy el papel cr&iacute;tico y proyectual de la ciencia jur&iacute;dica es todav&iacute;a m&aacute;s ineludible que en el pasado, ya que est&aacute; escrito en ese embri&oacute;n de constituci&oacute;n del mundo formado por las cartas internacionales sobre la paz y los derechos humanos. Est&aacute; en juego el futuro de miles de millones de seres humanos, e incluso la credibilidad y supervivencia misma, contra el surgimiento de nuevas guerras, violencias y terrorismos, de nuestras ricas pero fr&aacute;giles democracias. </font></p> 	    <p align="justify">&nbsp;</p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><b><a name="nota"></a>Notas</b></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>1</sup> S. Natoli, "Dal potere caritatevole al Welfare State" en Varios autores, <i>Nuove frontiere del diritto</i> (edici&oacute;n de Pietro Barcellona), Bari, Dedalo, 2001, pp. 129&#45;145.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4767655&pid=S1405-0218200700020000800001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p> 	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>2</sup> Remito a <i>Derecho y raz&oacute;n. Teor&iacute;a del garantismo penal,</i> 6<sup>a</sup> edici&oacute;n, Madrid, Trotta, 2004,    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4767657&pid=S1405-0218200700020000800002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --> cap&iacute;tulo VI. Formul&eacute; por primera vez este paradigma en una ponencia titulada "Derecho penal m&iacute;nimo" presentada en un coloquio organizado por Roberto Bergalli en Barcelona, del 5 al 8 de junio de 1985, en pol&eacute;mica con las tesis prevalentemente abolicionistas sostenidas por los dem&aacute;s ponentes. El texto fue publicado por el propio Bergalli en el n&uacute;mero 0 de la revista <i>Poder y</i> <i>control,</i> 1986, pp. 25&#45;48.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4767658&pid=S1405-0218200700020000800003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>3</sup> E. Severino, "T&eacute;chne&#45;nomos: l'inevitabile subordinazione del diritto alla tecnica" en Varios autores, <i>Nuove frontiere,</i> cit., pp. 15&#45;24. </font></p> 	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"> <sup>4</sup> T. Hobbes, <i>A dialogue between a philosopher and a student of the common laws of England</i> (1681) en <i>The english works,</i> edici&oacute;n de W. Molesworth (1839&#45;1845), reimpreso por Scientia Verlag, Aalen, 1965, vol. VI, p. 5: "It is not wisdom,    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4767661&pid=S1405-0218200700020000800004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --> but authority that makes a law"; poco antes Hobbes recordaba la tesis de sir Edward Coke seg&uacute;n la cual "nihil quod est contra rationem est licitum, es decir, no es ley lo que es contrario a la raz&oacute;n" y "el derecho com&uacute;n mismo no es m&aacute;s que la raz&oacute;n". La f&oacute;rmula cl&aacute;sica referida en el texto est&aacute; en T. Hobbes, <i>Leviathan, sive de materia, forma e potestate civitatis ecclesiasticae et civilis,</i> traducci&oacute;n latina en <i>Leviatano,</i> edici&oacute;n de Raffaella Santi, Mil&aacute;n, Bompiani, cap. XXVI, 21, p. 448: "Doctrinae quidem verae ese possunt;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4767662&pid=S1405-0218200700020000800005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> sed authoritas no veritas facit legem".</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>5</sup><i> Leviatano,</i> cit., introducci&oacute;n, 1, p. 15.</font></p> 	    <!-- ref --><p align="justify"><font face="verdana" size="2"><sup>6</sup> Ve&aacute;nse, para la refutaci&oacute;n de la hip&oacute;tesis de un constitucionalismo global con el argumento de la <i>domestic analogy,</i> H. Bull, <i>The anarchical society,</i> Macmillan, Londres, 1977, pp. 46&#45;51;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4767665&pid=S1405-0218200700020000800006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --> H. Sugarami, <i>The domestic analogy and the world order proposals,</i> Cambridge University Press, Cambridge, 1989;    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4767666&pid=S1405-0218200700020000800007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --> D. Zolo, <i>Cosmopolis. La prospettiva del governo mondiale,</i> Feltrinelli, Mil&aacute;n, 1995,    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4767667&pid=S1405-0218200700020000800008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --> cap&iacute;tulo IV, en particular p&aacute;ginas 128&#45;132; id., <i>Globalizzazione. Una mappa dei problemi,</i> Laterza, Roma&#45;Bari, 2004, p. 71.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=4767668&pid=S1405-0218200700020000800009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     ]]></body>
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