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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as bibliogr&aacute;ficas</font></p> 	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p> 	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Yamand&uacute; Acosta, <i>Pensamiento uruguayo. Estudios latinoamericanos de historia de las ideas y filosof&iacute;a de la pr&aacute;ctica</i></b></font></p> 	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p> 	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Carlos Pereda</b></font></p> 	    <p align="center"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p> 	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>Nordan, Montevideo, 2010, 254 pp.</b></font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>Instituto de Investigaciones Filos&oacute;ficas Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico</i> <a href="mailto:jcarlos@servidor.unam.mx">jcarlos@servidor.unam.mx</a></font></p> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tres condiciones fecundas, tres condiciones que hacen enormemente atractivos y a la vez otorgan un valor adicional a los trabajos de una historia intelectual son: que se trate de una <i>historia interna,</i> que estemos ante una <i>metodolog&iacute;a multiperspectivista</i> y que en el correr de la discusi&oacute;n se introduzca alguna <i>apertura hacia el futuro,</i> sea epist&eacute;mica, sea pr&aacute;ctica, o mejor todav&iacute;a, combinaciones de ambas, que de alguna manera motiven, si no es que gu&iacute;en, el indagar de tal historia. Entre los muchos logros de este excelente libro de Yamand&uacute; Acosta, que analiza y discute casi siglo y medio de pensamiento uruguayo &#8212;de Jos&eacute; Pedro Varela (1845&#150;1879) a Jos&eacute; Luis Rebellato (1946&#150;1999)&#8212;, est&aacute; el de cumplir ejemplarmente con estas tres condiciones. En lo que sigue intento respaldar mi juicio, a la vez que aclaro un poco en qu&eacute; consisten dichas condiciones.</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por <i>historia intelectual interna</i> entiendo aquella que expl&iacute;citamente procura aprender de los materiales que elucida. De esta manera, en una historia intelectual interna se quieren hacer productivos algunos de los conceptos y formas de abordar un problema que se encuentra en las ideas examinadas. (Por decirlo as&iacute;, las normas de importancia interna con que opera el historiador buscan recoger al menos parte de las normas de importancia impl&iacute;citas presentes en su objeto de estudio.) Por el contrario, una historia intelectual externa ser&aacute; aquella cuyas teor&iacute;as y conceptos son por completo ajenos a lo que se analiza: el historiador reporta, informa, pero no aprende nada de la materia con que trabaja. (Se pasea por ella como un turista distra&iacute;do que toma fotos, pero ya sabe todo lo que hay que saber.) Felizmente, Yamand&uacute; Acosta expone, elabora y discute una muestra decisiva de pensadores uruguayos a partir de una perspectiva de reflexi&oacute;n conformada en gran medida a partir de algunos conceptos y teor&iacute;as que esos mismos pensadores han elaborado, o que han elaborado otros pensadores latinoamericanos.</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Como un ejemplo de historia intelectual interna abundo un poco sobre c&oacute;mo, desde finales del siglo XIX hasta finales del siglo XX, algunos de los pensadores uruguayos que estudia Acosta conciben las relaciones entre Am&eacute;rica Latina y los Estados Unidos. Propongo tres fases b&aacute;sicas de tales encuentros y desencuentros. (Sospecho que tambi&eacute;n encontramos estas tres fases en muchos otros pa&iacute;ses de Am&eacute;rica Latina y, en general, en muchas otras partes del mundo.) Como claro indicador de una primera fase encontramos el discurso liberal de Varela, quien reforma la escuela primaria uruguaya a partir del lema "por una escuela laica, gratuita y obligatoria". Acosta abordar&aacute; el discurso juvenil de Varela retomando algunos conceptos de la perspectiva de Arturo Andr&eacute;s Roig y de Estela Fern&aacute;ndez buscando, as&iacute;, los "n&uacute;cleos ut&oacute;picos" del pensamiento vareliano, sus anticipaciones de futuro. Como Sarmiento en Argentina, Varela considera que los Estados Unidos &#8212;como se&ntilde;ala Acosta&#8212; "ten&iacute;an un car&aacute;cter paradigm&aacute;tico &#91;...&#93;, el americanismo republicano del futuro configuraba el relevo de la monarqu&iacute;a que asociada a Europa, representaba el pasado" (p. 15). Para estos fil&oacute;sofos e intelectuales latinoamericanos de la segunda mitad del siglo xix no hay todav&iacute;a una diferencia que importe subrayar entre la Am&eacute;rica latina y la Am&eacute;rica sajona. Estados Unidos marca el rumbo a seguir de toda Am&eacute;rica. As&iacute;, Varela, con lirismo juvenil exclama: "&iexcl;La monarqu&iacute;a caer&aacute; ante la rep&uacute;blica; la Europa desaparecer&aacute; ante la Am&eacute;rica! Vendr&aacute; un d&iacute;a no muy lejano, un d&iacute;a solemne, &#91;...&#93; en el que el principio republicano, como hasta hoy la monarqu&iacute;a, ser&aacute; el que dirija a la humanidad" (p. 17). Un vago indicador de una segunda fase de las relaciones entre las dos Am&eacute;ricas &#8212;aunque todav&iacute;a en extremo ambiguo&#8212; la encontramos en un <i>best&#150;seller,</i> el <i>Ariel</i> de Rod&oacute;. Pero me demoro en un rodeo. Quiz&aacute; pocos ensayos latinoamericanos han gozado de una recepci&oacute;n tan inmensa; en efecto, a lo largo de Am&eacute;rica Latina, en diferentes &eacute;pocas y pa&iacute;ses, del M&eacute;xico de Alfonso Reyes a la Cuba de Fern&aacute;ndez Retamar, el <i>Ariel</i> fue primero alabado y luego atacado con igual pasi&oacute;n. Por eso, no es desmesurado calificarlo, como hace Acosta, de "un <i>comienzo</i> de la filosof&iacute;a latinoamericana" (p. 44). Pero no s&oacute;lo se trata de un comienzo pol&eacute;mico. Desde la perspectiva que da la primera d&eacute;cada del siglo xxi, en gran medida ya acallada la pol&eacute;mica entre arielistas y antiarielistas (o, si se prefiere, entre las orientaciones pr&aacute;cticas y te&oacute;ricas que podemos reconstruir a partir de las figuras simb&oacute;licas de Ariel y de Calib&aacute;n), no me desagrada postular con Acosta que tambi&eacute;n el <i>Ariel</i> puede usarse como un <i>recomienzo</i> del pensar si se rescata &#8212;y uso la palabra "rescate" en su sentido m&aacute;s literal&#8212; la funci&oacute;n ut&oacute;pica del <i>arielismo:</i></font></p> 	    <blockquote> 	      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Frente a la pol&iacute;tica menuda de bander&iacute;as y personalismos, por la que democracia y rep&uacute;blica resultaban ser palabras que en "Am&eacute;rica la nuestra" daban cobijo a formas objetivas de autocracia, el desplazamiento del poder <i>desde la raz&oacute;n de la fuerza</i> a <i>la fuerza de la raz&oacute;n y la inteligencia,</i> parece, as&iacute; planteado, una m&aacute;s que aceptable alternativa. (p. 55)</font></p> </blockquote> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">O tambi&eacute;n, esa pr&aacute;ctica de recomenzar puede consistir, como insiste Acosta, en que "tal vez 'el m&oacute;vil alto y desinteresado en la acci&oacute;n' que <i>Ariel</i> simboliza en el mensaje de Rod&oacute; puede ser hoy recuperado en un <i>recomienzo</i> en el que el sujeto que se constituye lo hace superando el dualismo de lo espiritual y lo material" (p. 57). Pero esbocemos c&oacute;mo suelen plantearse en esta fase las relaciones interamericanas. Al respecto es bien sintom&aacute;tica una conocida afirmaci&oacute;n de Rod&oacute;: "a los americanos los admiro pero no los amo". Rod&oacute; no los "ama" porque considera que la visi&oacute;n del mundo norteamericana se encuentra dominada, como indica en el <i>Ariel,</i> por una "concepci&oacute;n utilitaria como idea del destino humano, y la igualdad en lo mediocre, como norma de la proporci&oacute;n social". Pero si el <i>Ariel</i> es todav&iacute;a un indicador ambiguo de esta segunda fase, la llamada posici&oacute;n "tercerista" &#8212;"ni con los Estados Unidos ni con la Uni&oacute;n Sovi&eacute;tica"&#8212; que a partir de la Segunda Guerra Mundial represent&oacute; una parte importante del c&eacute;lebre semanario <i>Marcha,</i> es ya una versi&oacute;n clara de esta segunda fase. Acosta estudia con minucia (pp. 165&#150;193) las vicisitudes del tercerismo (como neutralismo, como antiimperialismo, como nacionalismo...), tomando en cuenta, entre otras figuras, tanto al soci&oacute;logo Aldo Solari como, sobre todo, al fil&oacute;sofo Arturo Ardao (1912&#150;2003). Tal vez el v&iacute;nculo indirecto que sugiero entre el <i>Ariel</i> y la posici&oacute;n tercerista parezca forzado. Sospecho que en varios sentidos no lo es si se toma en cuenta el papel decisivo que desempe&ntilde;&oacute; Ardao en <i>Marcha.</i> Sin embargo, probablemente para no pocos de sus defensores, esta segunda fase acaba en los primeros a&ntilde;os de la revoluci&oacute;n cubana. Como consecuencia, una tercera fase de las relaciones entre las Am&eacute;ricas, notoriamente antinorteamericana, la encontramos en la posici&oacute;n militantemente antiimperialista representada en este libro tanto por Luc&iacute;a Sala (1925&#150;2006) como por la &eacute;tica de la liberaci&oacute;n de Jos&eacute; Luis Rebellato (1946&#150;1999). As&iacute;, en las ant&iacute;podas de Jos&eacute; Pedro Varela, los Estados Unidos ya no representan ninguna fuente de orientaci&oacute;n para estos pensadores. En este momento, sin embargo, en relaci&oacute;n con la historia intelectual que Acosta nos presenta, me interesa volver a subrayar su cuidado y razonado internismo: c&oacute;mo Acosta de caso en caso intenta aprender de cada uno de los autores que estudia (y, en general, de la historia intelectual de Am&eacute;rica Latina).</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero me demoro ya en la segunda condici&oacute;n fecunda de una historia intelectual, la <i>metodolog&iacute;a multiperspectivista:</i> cierta capacidad de atender a un pensador (o a un escritor...) desde varias perspectivas. En el caso de la filosof&iacute;a se trata de considerar a un pensador, por ejemplo, tanto como representante de una &eacute;poca social &#8212;un protagonista intelectual de una &eacute;poca y de una sociedad&#8212; como intentando reconstruir la validez de su pensamiento para los lectores no s&oacute;lo de esa &eacute;poca, sino tambi&eacute;n de hoy, e incluso apostando por su validez en el futuro. (Al respecto, Acosta no deja de recordarnos la distinci&oacute;n de Mario Sambarino entre vigencia y validez de un pensador o de un escritor.) Un ejemplo magn&iacute;fico del multiperspectivismo de Acosta lo exhiben sus diversos y muy sugestivos abordajes de Carlos Vaz Ferreira (1872&#150;1958). A diferencia de Rod&oacute;, fuera del Uruguay y fuera de unos pocos, poqu&iacute;simos lectores, Vaz Ferreira es un desconocido y, sin embargo, es un pensador riguroso, profundo y actual (sospecho que mucho m&aacute;s riguroso, profundo y actual que el discutido Rod&oacute;). Ante todo, Acosta sit&uacute;a a Vaz Ferreira en el contexto social de su &eacute;poca en el cap&iacute;tulo "Hegemon&iacute;a batllista y &eacute;tica intelectual. La formulaci&oacute;n del nuevo paradigma ideol&oacute;gico: Carlos Vaz Ferreira, Domingo Arena, Emilio Frugoni" (pp. 59&#150;90). Sin embargo, ya desde este momento Acosta indica que si se atiende</font></p> 	    <blockquote> 	      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">la &eacute;tica intelectual de Frugoni desde su posici&oacute;n de f&eacute; socialista y la de Arena y Vaz Ferreira desde su adscripci&oacute;n liberal, ni se puede captar lo matizado de su respectivo pensamiento, ni menos a&uacute;n percibirse la posibilidad de su articulaci&oacute;n en un paradigma ideol&oacute;gico que pueda ser se&ntilde;alado razonablemente como eje normativo de la construcci&oacute;n de una eticidad posibilitadora de la hegemon&iacute;a batllista. (p. 90)</font></p> </blockquote> 	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Precisamente, para "captar lo matizado del pensamiento" de quien es sin duda el fil&oacute;sofo m&aacute;s importante del siglo XX uruguayo &#8212;tal vez uno de los m&aacute;s interesantes hoy todav&iacute;a de Am&eacute;rica Latina&#8212;, Acosta le dedica tres largos cap&iacute;tulos: "El filosofar latinoamericano de Carlos Vaz Ferreira y su visi&oacute;n de la historia", "La radicalidad del pensar en Carlos Vaz Ferreira" y "El pensar radical de Carlos Vaz Ferreira y el discernimiento de los problemas sociales" (pp. 91142). Acosta comienza por acentuar la importancia que le dio Vaz Ferreira a la pr&aacute;ctica misma de pensar por encima de cualquiera de sus resultados &#8212;por encima, pues, de cualquier pensamiento&#8212;, una pr&aacute;ctica que directamente se vincula con otras actividades mentales, pues</font></p> 	    <blockquote> 	      <p align="justify"><font face="verdana" size="2">este modo de pensar se articula de un modo, ni exterior ni artificial, con un modo de sentir y con un modo de actuar. Un filosofar as&iacute; entendido, un filosofar omnicomprensivo de la existencia de quien lo ejerce, en el que la <i>raz&oacute;n</i> se hace <i>razonable</i> porque se contiene dentro de sus l&iacute;mites al ser acotada por el sentimiento y la acci&oacute;n, hace de quien filosofa, dicho sin pretensiones, un fil&oacute;sofo. (p. 92)</font></p> </blockquote> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Muy adecuadamente, Acosta elige como ejemplo la conocida distinci&oacute;n &#8212;cuyo empleo m&aacute;s provechoso, creo, es entenderla como una distinci&oacute;n pol&eacute;mica, m&aacute;s que como una tipolog&iacute;a de modos de pensar&#8212; que Vaz Ferreira introduce en la <i>L&oacute;gica viva</i> entre <i>pensar por ideas a tener en cuenta</i> y <i>pensar por sistemas.</i> Tal vez en el concepto de <i>pensar por ideas a tener en cuenta</i> haya un eco de lo que Vaz Ferreira admir&oacute; (y aprendi&oacute;) del pragmatismo, en particular, del modo de pensar de William James. De esta manera, respecto de las ideas (como de las personas) no importa su genealog&iacute;a, su <i>pedigree,</i> sino qu&eacute; nos permiten comprender, cu&aacute;nta verdad y valor podemos recoger a partir de ellas, aunque provengan de las teor&iacute;as y orientaciones m&aacute;s dispares. Indica Acosta: "Como no hay un sistema que salvar, la realidad no tiene por qu&eacute; ser sacrificada en aras de tal salvaci&oacute;n. Las ideas percibidas como inadecuadas se sustituyen por las que presentan mayor idoneidad para el conocimiento" (p. 95). Por el contrario, quien <i>piensa por sistemas,</i> por ejemplo, quien piensa o pseudopiensa a partir de cualquier palabra&#150;ismo (positivismo, empirismo, kantismo, marxismo, deconstruccionismo. .., o lo que sea) suele preocuparse m&aacute;s por ser fiel a ciertos rieles de pensamiento &#8212;obsesionado por no apartarse de ellos&#8212; que a los problemas mismos que intenta resolver. En Am&eacute;rica Latina, para peor, este pensar por sistemas se confunde con cierto <i>fervor sucursalero</i> que hace estragos. Por eso, para Vaz Ferreira, se trata en sentido estricto de un modo de no pensar o, tal vez, de cuasipensar: de dejarse llevar por ciertas orientaciones y pensamientos &#8212;y, a veces, incluso, por la mera repetici&oacute;n de algunas palabras&#8212; para concluir lo que de todos modos ya estaba previsto en el sistema que hab&iacute;a que concluir o, m&aacute;s simplemente, lo que ordena concluir la Casa Central del Pensamiento de la cual se ha instalado una sucursal. De esta manera, no hay posibilidad ni de comienzo ni de recomienzo en el pensar: no hay posibilidad de lo nuevo. El punto de llegada ya est&aacute; presupuesto en el punto de partida. Adem&aacute;s, como apunta Acosta, la consecuencia social de este modo de cuasipensar es conocida: al adherirse a un sistema, la persona, como se&ntilde;ala Acosta, "se considera representante del mismo en el debate" (p. 94). As&iacute;, ya no hay m&aacute;s discusiones reales, discusiones para aprender, discusiones en las que se sabe mirar y escuchar, sino intercambios entre representantes de franquicias de pensamientos bien empaquetados y bien etiquetados. (Pero los buenos pensamientos nunca vienen empaquetados ni etiquetados.)</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Precisamente este vicio de abrir franquicias de pensamiento y no tanto pensar es com&uacute;n en las tradiciones marginales y, como recuerda Acosta, Vaz Ferreira supo detectarlo muy bien entre nosotros en su trabajo "Sobre interferencias de ideales, en general, y caso especial, la imitaci&oacute;n en Sudam&eacute;rica". (En relaci&oacute;n con este inter&eacute;s de Vaz Ferreira por detectar y corregir algunos de nuestros vicios te&oacute;ricos m&aacute;s arraigados como el fervor sucursalero, Acosta alude al "filosofar de Vaz Ferreira como filosofar latinoamericano". No s&eacute; si lo entiendo bien, pero por supuesto Vaz Ferreira pens&oacute; y escribi&oacute; una filosof&iacute;a sin color local, rehuyendo tambi&eacute;n ese otro vicio tan nuestro, el <i>entusiasmo nacionalista.</i> Vaz Ferreira fue un latinoamericano o, m&aacute;s precisamente, un uruguayo hondamente comprometido con sus circunstancias, en el mismo sentido en que, en situaciones extremadamente diferentes, lo fueron Hume o Kant. Pero lo que pueda haber de v&aacute;lido en las filosof&iacute;as de estos maestros trasciende sus lugares tanto de nacimiento como de domicilio.)</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero vayamos ya a la tercera condici&oacute;n que se postul&oacute; como muy fecunda para una historia intelectual: su capacidad de <i>introducir alguna apertura para el futuro.</i> Una preocupaci&oacute;n de Acosta que recorre todo el libro es la utop&iacute;a. Sin embargo, retomando ideas de Roig y de Estela Fern&aacute;ndez, muy razonablemente Acosta no deja de distinguir entre la utop&iacute;a como g&eacute;nero y la utop&iacute;a como funci&oacute;n, como n&uacute;cleo ut&oacute;pico. Sin embargo, a menudo la distinci&oacute;n se vuelve resbaladiza. Por eso, pensando por sistemas y no por ideas a tener en cuenta, a veces se comienza por defender una funci&oacute;n ut&oacute;pica &#8212;nada m&aacute;s y nada menos que otro mundo es posible&#8212; y tarde o temprano se le acaba dando un contenido fijo, preciso y general a ese mundo que, as&iacute;, deja de ser <i>otro.</i> (Por eso, en <i>Los aprendizajes del exilio,</i> yo prefiero &#8212;&iquest;m&aacute;s modestamente?&#8212; hacer referencia m&aacute;s que a utop&iacute;as o n&uacute;cleos ut&oacute;picos, a situaciones del tipo "estar en el umbral": a pr&aacute;cticas de recomenzar, a culturas n&oacute;madas.)</font></p> 	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Lo que m&aacute;s importa: vale la pena leer este informado y riguroso libro de Yamand&uacute; Acosta, entre varias razones, para recordar que, aun en las situaciones m&aacute;s desesperantes, una tradici&oacute;n tan lejana de las Casas Centrales del Pensamiento &#8212;o, al menos, de lo que se presume como tales&#8212; supo no desesperar: supo &#8212;para decirlo con Vaz Ferreira&#8212; permanecer fiel al <i>signo moral de la inquietud humana.</i></font></p>      ]]></body>
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