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</front><body><![CDATA[  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Rese&ntilde;as</font></p>  		    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="4"><i><b>E</b></i><b><i>l antiguo Occidente &nbsp;de M&eacute;xico. Arte y arqueolog&iacute;a &nbsp;de un pasado desconocido</i> (Richard F. Townsend, editor general; Carlos Eduardo Guti&eacute;rrez Arce, editor en espa&ntilde;ol)</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>por Beatriz de la Fuente</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>M&eacute;xico, The Art Institute of Chicago&#45;Secretar&iacute;a de Cultura Gobierno de Jalisco&#45;Tequila Sauza, 2000</b></font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>  	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Recientemente, el d&iacute;a 24 de enero de 2001, fue presentado en el Instituto Cultural Caba&ntilde;as de Guadalajara la versi&oacute;n en espa&ntilde;ol de <i>El antiguo Occidente de M&eacute;xico</i>, gracias a los esfuerzos del director de Patrimonio Cultural de la Secretar&iacute;a de Cultura del Gobierno de Jalisco, ingeniero Carlos Guti&eacute;rrez, quien funge como editor. Se trata de un libro que viene a llenar un vac&iacute;o por a&ntilde;os sentido, en lo que concierne al conocimiento del arte y de los pueblos que habitaron en el occidente del pa&iacute;s, en tiempos anteriores a la llegada de los espa&ntilde;oles. Es un esfuerzo conjunto que destaca por las colaboraciones se&ntilde;eras de sus participantes: los m&aacute;s destacados especialistas en este campo. La publicaci&oacute;n original del libro que me ocupa se hizo de manera simult&aacute;nea a la exposici&oacute;n <i>Ancient West Mexico: Art of the Unknown Past</i>, organizada por The Art Institute of Chicago, y presentada en el Regenstein Hall y en Los Angeles County Museum of Art, entre septiembre de 1998 y marzo de 1999. Participaron m&uacute;ltiples instituciones oficiales y coleccionistas particulares en la elaboraci&oacute;n de los ensayos para el libro y en la exhibici&oacute;n de objetos. La mayor&iacute;a de las obras escult&oacute;ricas procedentes de las tumbas de tiro de esta regi&oacute;n de Mesoam&eacute;rica, espl&eacute;ndidamente fotografiadas en el libro, forma parte de colecciones estadounidenses. Entre los trabajos precursores de esta naci&oacute;n vecina, que conviene recordar por su esfuerzo y entusiasmo en el inter&eacute;s cient&iacute;fico y en el impulso por difundir una cultura poco conocida, cabe mencionar el trabajo pionero del cat&aacute;logo <i>Sculpture of Ancient West Mexico. Nayarit, Jalisco, Colima. The Proctor Stafford Collection</i>, de los autores Michael Kan, Clement Meighan y H. B. Nicholson, en 1970.</font></p>  	    ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Por parte nuestra, en el Palacio de Bellas Artes de la ciudad de M&eacute;xico tuvo lugar en 1946 la primera magna exposici&oacute;n del arte prehisp&aacute;nico del Occidente. Entonces, casi el total de las obras expuestas hab&iacute;a sido coleccionado por Diego Rivera. La coordinaci&oacute;n del suceso estuvo a cargo del conocido poeta y aficionado a la arqueolog&iacute;a Carlos Pellicer. El cat&aacute;logo de la muestra cont&oacute; con los ensayos de distinguidos pioneros en los estudios mesoamericanos como Salvador Toscano, Paul Kirchhoff y Daniel Rub&iacute;n de la Borbolla. Es as&iacute; como principalmente desde la d&eacute;cada de los cuarenta la investigaci&oacute;n de diversas disciplinas, como la antropolog&iacute;a, arqueolog&iacute;a, etnolog&iacute;a e historia del arte, ha abordado de manera particular el tema del oeste prehisp&aacute;nico. Uno de los principales exponentes de tales tendencias ha sido el investigador Hasso von Winning al cual reconozco, en lo personal, su dedicaci&oacute;n y sabidur&iacute;a en estos terrenos. Entre las acciones recientes que se han desarrollado en el pa&iacute;s, en particular en el estado de Jalisco, est&aacute; la muestra <i>El antiguo Occidente de M&eacute;xico</i>, que tuvo lugar en meses pasados en las galer&iacute;as del Instituto Caba&ntilde;as. Cont&oacute; con las piezas de coleccionistas locales. La publicaci&oacute;n en espa&ntilde;ol y en M&eacute;xico de la obra que ahora nos ocupa es uno m&aacute;s de los intereses por difundir y fomentar la investigaci&oacute;n sobre un tema que convoca a la identidad de todos los mexicanos, aunque su espacio particular se circunscriba a la regi&oacute;n occidental. Este breve recuento que brinca de lo pasado a lo actual refiere los di&aacute;logos que se establecen a lo largo del tiempo, en diversos espacios e instituciones y entre las diferentes &aacute;reas de estudio de los investigadores de ahora y de antes. Comunicaci&oacute;n que apreciamos claramente en los ensayos que constituyen <i>El antiguo Occidente de M&eacute;xico</i>. Estudios pluridisciplinarios con un enfoque hist&oacute;rico que incorpora los &uacute;ltimos descubrimientos en la zona. Era necesaria la <i>opera</i> actualizada: reconocer la excelente calidad de la pl&aacute;stica requer&iacute;a &#150;para transmitirla&#150; de voces creativas consecuentes y originales. De tal suerte que las esculturas de barro que acompa&ntilde;aban a los muertos en las tumbas de tiro no s&oacute;lo revelan la elevada creatividad de los antiguos pobladores del Occidente: ahora es posible conocer algunos de los espacios arquitect&oacute;nicos por los que transitaban en la superficie; observar <i>in situ</i> restos de los personajes enterrados y apreciar su parafernalia y contexto funerario; advertir, tambi&eacute;n, la manera como los vivos desarrollaban su vida cotidiana; continuar estudiando los rasgos fundamentales que compartieron con otras culturas mesoamericanas y, asimismo, acercarnos de modo contundente a algunos de los tempranos v&iacute;nculos de larga distancia que establecieron. Aspectos todos que nos manifiestan la compleja historia y desarrollo de las culturas de esta regi&oacute;n, pero que al mismo tiempo nos se&ntilde;alan un camino de estudio incipiente y promisorio. Es cierto que las obras con artisticidad comunican visualmente cantidades abrumadoras de informaci&oacute;n, pero tambi&eacute;n es verdad que los conocedores deben comunicar su sabidur&iacute;a y emociones con el prop&oacute;sito fundamental de extender la visi&oacute;n del mundo para aquellos no ilustrados. Este doble aspecto se cumple justamente en la exposici&oacute;n y en el libro que rese&ntilde;amos. Su labor de difusi&oacute;n para ni&ntilde;os y adultos es reconocida. A continuaci&oacute;n referir&eacute; algunas de las inc&oacute;gnitas y de las revelaciones planteadas por quienes escribieron los textos de <i>El antiguo Occidente de M&eacute;xico</i>, y glosar&eacute; algunas aportaciones de los mismos, que en su diversidad abordan una materia com&uacute;n. Para ello seguir&eacute; el orden enunciado en el &iacute;ndice del volumen. Dentro de una completa visi&oacute;n global, Richard Townsend presenta en la introducci&oacute;n la historia y la identidad de la cultura de las tumbas de tiro a trav&eacute;s de su arquitectura y escultura. Comienza desde los primeros contactos de los viajeros del siglo XIX hasta el descubrimiento reciente de los complejos arquitect&oacute;nicos de superficie. Su panorama historiogr&aacute;fico posibilita el acercamiento, de modo puntual, a los intereses que ha despertado a lo largo del tiempo el Occidente prehisp&aacute;nico. De manera particular, Townsend se ocupa de distinguir los variados estilos art&iacute;sticos de la escultura y de la cer&aacute;mica. Al respecto, en <i>El antiguo Occidente de M&eacute;xico</i> se dan otros nombres diferentes a los que tradicionalmente se han usado. He de destacar el novedoso enfoque geogr&aacute;fico, a&uacute;n poco conocido, de tales asignaciones, como por ejemplo el nombre de Ameca&#45;Etzatl&aacute;n para las del estilo conocido como Ameca Gris y TalaTonal&aacute; para las del <i>Sheep Face</i> o Cara de Borrego. Por su parte, Phil C. Weigand y Christopher S. Beekman relatan el desarrollo hist&oacute;rico de la tradici&oacute;n Teuchitl&aacute;n, por medio de las indagaciones arqueol&oacute;gicas en la regi&oacute;n lacustre del centro norte de Jalisco. La exploraci&oacute;n, iniciada por Weigand desde hace m&aacute;s de tres d&eacute;cadas, permite conocer los complejos arquitect&oacute;nicos circulares y conc&eacute;ntricos asociados a las construcciones funerarias. Posibilita tambi&eacute;n la identificaci&oacute;n de los asentamientos de antiguos pobladores y los medios para subsistir. En el ensayo de estos autores se muestra tanto la historia de los descubrimientos, como los tempranos antecedentes de la cultura, y diversos aspectos de su evoluci&oacute;n y colapso. A la contextualizaci&oacute;n de la tumba hallada intacta en Huitzilapa, en Jalisco, en 1993, se dedica otro de los ensayos del libro. A partir del entorno arquitect&oacute;nico de la superficie, Lorenza L&oacute;pez y Jorge Ramos, sus descubridores, enmarcan temporal y culturalmente la cripta dentro de la tradici&oacute;n Teuchitl&aacute;n. Conjuntando tales evidencias con las caracter&iacute;sticas particulares de la tumba, la naturaleza de las diversas ofrendas encontradas y con el ajuar de los difuntos, los autores abordan la jerarquizaci&oacute;n social en el Occidente precolombino. De igual modo, la interpretaci&oacute;n de estos aspectos por parte de los arque&oacute;logos L&oacute;pez y Ramos identifica una profunda reverencia por los ancestros, la creencia en la vida despu&eacute;s de la muerte y variados s&iacute;mbolos de fertilidad. El texto de Robert B. Pickering y Mar&iacute;a Teresa Cabrero contin&uacute;a el estudio de la h    oy famosa tumba de Huitzilapa. De inter&eacute;s relevante son los resultados del an&aacute;lisis de los restos &oacute;seos, ya que les permiten confirmar el uso reiterado de algunas tumbas, y la vinculaci&oacute;n de las actividades de las personas enterradas con las figuraciones en barro. Los autores, uno antrop&oacute;logo f&iacute;sico y la otra arque&oacute;loga, conjuntan sus conocimientos y exploraciones en otras &aacute;reas del Occidente, para dar a conocer aspectos varios de las pr&aacute;cticas mortuorias de la regi&oacute;n. En "Comida para los muertos: el arte de los banquetes en el Occidente", Kristi Butterwick se ocupa de conjuntos de figuras representados sobre plataformas y asociados a edificios; obras encontradas principalmente en Nayarit. Considera tales escenas como banquetes rituales, con fines sociopol&iacute;ticos. Por la indumentaria, los atributos y las actividades de las figuras, deduce que se trata de la estratificaci&oacute;n de la sociedad. La autora interpreta la igualdad de representaciones de hombres y mujeres, como una sociedad conjunta de tipo dual. Establece analog&iacute;as etnogr&aacute;ficas con los huicholes e infiere que se trata de la conmemoraci&oacute;n de los ancestros. En un segundo ensayo, Townsend explora la representaci&oacute;n en el arte cer&aacute;mico del antiguo Occidente del sistema de creencias b&aacute;sico de Mesoam&eacute;rica. Trascendiendo la ausencia de los atributos religiosos conocidos para otras culturas, el autor encuentra en los objetos simbolismos comunes. Reconoce en las figuras individuales a los gobernantes guerreros, las diosas de la tierra y a las parejas primordiales de la creaci&oacute;n. En los conjuntos de figuras y en los modelos de edificios advierte el desarrollo de los rituales en torno a estos seres, y observa en la configuraci&oacute;n arquitect&oacute;nica de los centros ceremoniales una organizaci&oacute;n cosmol&oacute;gica. De igual modo, Townsend aborda incipientemente el papel que los muertos, sus moradas y ofrendas tuvieron para los vivos. Los complejos arquitect&oacute;nicos de la tradici&oacute;n Teuchitl&aacute;n son los considerados por Christopher L. Witmore. Para su estudio se sustenta en la homogeneidad de los principios cosmol&oacute;gicos de Mesoam&eacute;rica y en las similitudes con la iconograf&iacute;a religiosa de etnias actuales, como los huicholes. Este arque&oacute;logo interpreta los edificios circulares y conc&eacute;ntricos de la tradici&oacute;n mencionada en forma de cosmogramas. Recurriendo a diversas representaciones, Witmore supone en los complejos de Teuchitl&aacute;n la celebraci&oacute;n de ritos que aseguraban la continuidad vital. Tambi&eacute;n sugiere que los edificios estaban dispuestos para hacer observaciones solares y mediciones del tiempo. La mayor antig&uuml;edad en Mesoam&eacute;rica de la representaci&oacute;n de jugadores de pelota, hasta ahora conocida, pertenece a Occidente. As&iacute; lo dice Jane Stevenson Day al hablar en su ensayo de las figuras de El Ope&ntilde;o en particular y del juego de pelota en general. La autora aborda las evidencias arqueol&oacute;gicas de canchas de juego en esta regi&oacute;n, as&iacute; como los modelos cer&aacute;micos y las esculturas individuales de los practicantes de esta trascendente actividad ritual. Su asociaci&oacute;n con otros edificios, los aspectos formales de las canchas y la parafernalia de los jugadores con extensi&oacute;n y hondura. Los resultados del estudio le sirven para descartar el viejo concepto acerca de la marginalidad del Occidente en el concepto mesoamericano. As&iacute;, la serie de elementos vinculados con el juego exhiben relaciones panmesoamericanas y la comuni&oacute;n de tradiciones. Peter T. Furst trata en t&eacute;rminos cham&aacute;nicos la interpretaci&oacute;n de las im&aacute;genes representadas en el arte del Occidente prehisp&aacute;nico. Apoyado de manera principal sobre los huicholes actuales, Furst concibe los objetos que ostentan algunas figuras, como atributos propios de quienes curaban y serv&iacute;an de intermediarios entre el mundo terrenal y el divino y espiritual. De igual modo, a trav&eacute;s de las actividades que las figuras parecen realizar, este autor encuentra el "Simbolismo cham&aacute;nico, trasformaci&oacute;n y deidades en el arte funerario del Occidente". Por su parte, Mark Miller Graham rebate el anterior modelo cham&aacute;nico de interpretaci&oacute;n y encuentra en las esculturas del Occidente, seg&uacute;n sus propias palabras, m&aacute;s bien signos que s&iacute;mbolos. Se propone aplicar el m&eacute;todo de estudio iconogr&aacute;fico para entender las im&aacute;genes de manera contextual y a trav&eacute;s de referencias. Su <i>corpus</i> de obras b&aacute;sico son esculturas colimenses de hombres con protuberancias c&oacute;nicas en la cabeza. Siguiendo, seg&uacute;n el autor, el m&eacute;todo antes dicho, se&ntilde;ala que las obras art&iacute;sticas son resultado de la ideolog&iacute;a sociopol&iacute;tica que se viv&iacute;a en el Occidente. De igual modo, establece un amplio margen de comparaci&oacute;n con las im&aacute;genes de diversas culturas mesoamericanas. Otto Sch&ouml;ndube se ocupa de esculturas de Colima, su meta es proporcionar evidencia de la relaci&oacute;n pr&aacute;ctica entre los habitantes del &aacute;rea con su medio ambiente. A trav&eacute;s de las figuras de cargadores y las representaciones de los m&aacute;s diversos animales y vegetales, Sch&ouml;ndube refiere las actividades agr&iacute;colas, de caza y recolecci&oacute;n llevadas a cabo. Se sirve tanto de escritos novohispanos, como de sus hallazgos arqueol&oacute;gicos, para hablar de la riqueza y diversidad de fauna, vegetaci&oacute;n y recursos minerales del antiguo Occidente. En otro orden de ideas, Francisco Valdez indaga acerca de los contactos interregionales que existieron entre los pobladores del &aacute;rea que nos ocupa, y que dieron lugar a las m&uacute;ltiples variantes estil&iacute;sticas. Su enfoque es arqueol&oacute;gico y se centra en la cuenca de Sayula, sitio importante en la producci&oacute;n de sal, y territorio considerado como el m&aacute;s d&eacute;bil eslab&oacute;n de la cadena cultural entre Jalisco y Colima. Valdez presenta un profundo estudio ambiental de la zona de Sayula. En conjunci&oacute;n con los restos arqueol&oacute;gicos, deduce el modo de vida de sus habitantes, su organizaci&oacute;n social, actividades productivas y fases temporales de su desarrollo. Expone sus modelos alternativos sobre la econom&iacute;a global del Occidente para el periodo de las tumbas de tiro y en particular con la posici&oacute;n pol&iacute;tica central de Teuchitl&aacute;n. La continuidad cultural de las sociedades de las tumbas de tiro de los periodos Formativo y Cl&aacute;sico con los tarascos de Michoac&aacute;n durante el Poscl&aacute;sico es uno de los aspectos que revela el estudio de la indumentaria. &Eacute;ste es el punto de partida     que lleva a Patricia Rieff Anawalt a plantear con abundantes y s&oacute;lidas evidencias los tempranos contactos por v&iacute;a mar&iacute;tima y a larga distancia entre los habitantes del Occidente con Sudam&eacute;rica. Los rasgos comunes entre estas dos &aacute;reas han sido considerados en estudios previos; ahora, Anawalt aborda con certeza aspectos de vestuario, fauna, formas cer&aacute;micas y caracoles de uso ritual para postular el origen sudamericano de rasgos caracter&iacute;sticos del Occidente mexicano. Desde los primeros tiempos del poblamiento en Occidente, hasta el llamado periodo Cl&aacute;sico, Joseph Mountjoy ofrece una visi&oacute;n general y comparativa con las sociedades de otras regiones de Am&eacute;rica. En esta ocasi&oacute;n, el texto extiende la informaci&oacute;n sobre otras culturas diferentes a la de las tumbas de tiro. En tanto, de modo especial, discute el nivel de organizaci&oacute;n sociopol&iacute;tica de la tradici&oacute;n Teuchitl&aacute;n, y anota que la investigaci&oacute;n arqueol&oacute;gica es a la fecha insuficiente. Una perspectiva contempor&aacute;nea del arte prehisp&aacute;nico funerario es presentada por Barbara Braun. Su enfoque se dirige al impacto causado por la escultura cer&aacute;mica antigua de Jalisco, Colima y Nayarit, en famosos pintores y escultores modernos. La autora contextualiza la representaci&oacute;n pl&aacute;stica de las antiguas esculturas de la zona y explora su posible diversidad de usos.</font></p>     	    <p align="justify"><font face="verdana" size="2">He glosado, hasta ahora, lo dicho por los autores de este libro de excepci&oacute;n, el cual colabora, extiende y promueve con fundamento el arte y la arqueolog&iacute;a del antiguo Occidente ind&iacute;gena. Se trata de una obra que marca un hito en el ascenso del conocimiento de tan rica &#150;dir&iacute;a yo fascinante&#150; regi&oacute;n habitada por los abuelos de esas latitudes. Al mirar en las reproducciones del libro que comento las obras maestras de Colima, Jalisco, Nayarit y Zacatecas, ahora guardadas en museos locales y en muchos otros del extranjero, me ilumin&oacute; sobremanera la esencia biof&iacute;lica que a todas integra. No hay expresi&oacute;n en Mesoam&eacute;rica mayormente vinculada a la alegr&iacute;a vital del barro modelado como la que se advierte en los objetos de esta regi&oacute;n.<br clear="all" style='page&#45;break&#45;before:always;'></font></p>      ]]></body>
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