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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Una ruta hacia la ciencia, la preparación de un científico]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[ <p align="justify"><font face="verdana" size="4">Revisi&oacute;n de libros</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="4"><b>Una ruta hacia la ciencia, la preparaci&oacute;n de un cient&iacute;fico*</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="3"><b>A Route Toward Science, The Preparation of a Scientist</b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2"><b>Hugo Ar&eacute;chiga&#150;Urtuzu&aacute;stegui**<img src="/img/revistas/gmm/v140n1/a21s1.jpg"></b></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">*&nbsp;<i>Premio de la Academia Nacional de Medicina a la mejor obra cient&iacute;fica 2003.</i></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><i>*&nbsp;Divisi&oacute;n de Estudios de Posgrado e Investigaci&oacute;n, Facultad de Medicina, Universidad Nacional Aut&oacute;noma de M&eacute;xico. </i></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2"><img src="/img/revistas/gmm/v140n1/a21s1.jpg">Acaecido el d&iacute;a 15 de septiembre del 2003 en Estambul, Turqu&iacute;a.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&nbsp;</font></p>     <p align="center"><font face="verdana" size="2"><img src="/img/revistas/gmm/v140n1/a21f1.jpg"></font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Debo empezar por reconocer las muchas coincidencias que tengo con el autor de este libro. Hemos colaborado en labores editoriales, en proyectos docentes y en la autor&iacute;a de libros, y hemos discutido ampliamente sobre temas cient&iacute;ficos, sosteniendo por lo com&uacute;n opiniones similares. De manera especial, reconozco su inquietud por impulsar el inter&eacute;s por la ciencia entre nuestros j&oacute;venes, mantenido en una larga trayectoria cient&iacute;fica y docente. Por ello cuando me anunci&oacute; su prop&oacute;sito de escribir este libro, no tuve ninguna duda de la oportunidad de su proyecto ni de su capacidad para realizarlo. Empezar&eacute; por destacar la oportunidad y a lo largo de estos comentarios quedar&aacute; clara la capacidad del autor.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">El propio Ben&iacute;tez se pregunta &iexcl;para qu&eacute; un nuevo libro sobre este tema?. Ya en la magn&iacute;fica bibliograf&iacute;a que presenta, est&aacute; claro que el asunto ha sido abordado con gran propiedad por l&iacute;deres conspicuos de la comunidad cient&iacute;fica internacional, a lo largo de m&aacute;s de un siglo. &iexcl;Por qu&eacute; ahora y en un pa&iacute;s como M&eacute;xico?. En primer lugar, el joven mexicano del siglo XXI, es diferente al de la Espa&ntilde;a decimon&oacute;nica de Santiago Ram&oacute;n y Cajal, o al de la Inglaterra de Peter Medawar, hace un cuarto de siglo, y muy distintos son tambi&eacute;n los retos que debe enfrentar. Cajal ofrece sus consejos a un joven idealista, al que alienta a realizar una vocaci&oacute;n de investigador solitario, responsable s&oacute;lo ante su conciencia y orienta su elocuente argumentaci&oacute;n a fortalecer la voluntad de trabajo y de superaci&oacute;n en un ambiente altamente disipativo. Medawar por su parte, se dirige a futuros l&iacute;deres en el campo de la ciencia, en una sociedad industrializada, en la que no se cuestiona el papel del conocimiento como motor de la sociedad.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero si bien son grandes las diferencias del M&eacute;xico de este siglo, con los pa&iacute;ses desarrollados en el siglo pasado o la Espa&ntilde;a del antepasado, hay tambi&eacute;n aspectos comunes. Desde luego, las cualidades propias del cient&iacute;fico y los rasgos definitorios de la ciencia son hoy y aqu&iacute; los mismos que entonces en Europa, y Ben&iacute;tez trata con gran claridad este tema. El motor de la ciencia sigue siendo la fascinaci&oacute;n por lo desconocido, pero la praxis cient&iacute;fica es actualmente menos rom&aacute;ntica que anta&ntilde;o, y mucho m&aacute;s profesional. Adem&aacute;s, la investigaci&oacute;n resulta cada vez m&aacute;s costosa, y por ello el cient&iacute;fico debe desarrollar habilidades especiales para allegarse los recursos necesarios. El discurso adquiere matices diferentes en cada sociedad. En M&eacute;xico, se trata fundamentalmente del apoyo gubernamental, siempre insuficiente pero todav&iacute;a predominante, ya que la sociedad mexicana a&uacute;n no acaba de comprender a la ciencia, que es el   reci&eacute;n llegado a nuestra cultura. Se aquilata la importancia de la tecnolog&iacute;a, y a&uacute;n la de la ciencia que la subyace, pero en algunos sectores a&uacute;n resuena con tonos aprobatorios la vieja frase de Unamuno, "que inventen ellos", aludiendo a los pa&iacute;ses ya industrializados. A&uacute;n estamos lejos de generar una visi&oacute;n del mundo basada en la ciencia, y hay poco inter&eacute;s en asumir el costo de producirla. Nos encontramos en un lento tr&aacute;nsito de la visi&oacute;n m&aacute;gica del mundo, heredada de antiguas culturas, a la actual visi&oacute;n racional, fundada en el conocimiento cient&iacute;fico. La propia imagen que la sociedad tiene del cient&iacute;fico, a&uacute;n oscila entre la visi&oacute;n promet&eacute;ica del tit&aacute;n generoso, que arranca sus secretos a la naturaleza para entregarlos a la humanidad necesitada y la del doctor Frankenstein, incapaz de controlar los impulsos destructivos de su criatura. Reci&eacute;n empieza a aceptarse al cient&iacute;fico profesional, creativo pero disciplinado, experto en su &aacute;rea de trabajo, pero no necesariamente m&aacute;s culto o m&aacute;s sabio que otros miembros de la sociedad; centrado en su trabajo, pero no por ello enajenado ni exc&eacute;ntrico; objetivo y preciso, pero no por ello fr&iacute;o o inhumano; inteligente pero no necesariamente genial; cr&iacute;tico pero constructivo. Si bien la ciencia, como cualquier otra actividad creativa, requiere de una gran dosis de dedicaci&oacute;n y de especializaci&oacute;n, tampoco es incompatible con una vida activa en el entorno familiar, institucional o social. Muchos cient&iacute;ficos son adem&aacute;s excelentes maestros y valiosos miembros de las comunidades en que se desenvuelven.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Al faltar una visi&oacute;n social del papel de la ciencia entre nosotros, carecemos de los grandes programas de filantrop&iacute;a operantes en otros pa&iacute;ses, y las empresas mexicanas a&uacute;n no generan espacios atractivos para la investigaci&oacute;n cient&iacute;fica, y a&uacute;n en c&iacute;rculos gubernamentales, es necesario insistir de continuo para que no se reduzca la inversi&oacute;n econ&oacute;mica necesaria para mantener el aparato productor de conocimiento, ya de suyo modesto. Todos estos son retos formidables para el investigador en un pa&iacute;s como M&eacute;xico, que se a&ntilde;aden al de hacer ciencia.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Dada la escasez de cient&iacute;ficos en M&eacute;xico, y a pesar de programas de acercamiento con ellos, como el" <i>Verano de la Investigaci&oacute;n Cient&iacute;fica' </i>que desde hace m&aacute;s de un decenio viene ofreciendo la Academia Mexicana de Ciencias, es poco probable que el joven lector de este libro haya tenido la oportunidad de conocer a un cient&iacute;fico durante sus cursos escolares. Por ello no est&aacute; de sobra destacar los muchos rasgos comunes que tiene el cient&iacute;fico con otros profesionales del conocimiento. La diferenciaci&oacute;n vocacional y la formaci&oacute;n del <i>etos </i>propio de la ciencia vendr&aacute;n como consecuencia del trabajo sostenido e intenso. Ya Cajal sosten&iacute;a que el genio no es otra cosa que la atenci&oacute;n intensiva y prolongada a la soluci&oacute;n de problemas, y es bien conocida la expresi&oacute;n de Edison sobre que la creaci&oacute;n cient&iacute;fica es 5% de inspiraci&oacute;n y 95% de perspiraci&oacute;n.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&iexcl;Es posible sostenerse con los ingresos econ&oacute;micos de un cient&iacute;fico?. Esta ha sido una duda leg&iacute;tima y poderosa, que ha arredrado a m&aacute;s de un candidato a cient&iacute;fico. La antigua noci&oacute;n del sabio que seg&uacute;n Calder&oacute;n de la Barca, <i>s&oacute;lo se sustentaba de las hierbas que cog&iacute;a, </i>hace tiempo que fue erradicada por la profesionalizaci&oacute;n misma de la ciencia, pero a&uacute;n subsiste en la imaginaci&oacute;n popular y no es raro que brote la angustia en el seno familiar ante la perspectiva de que el hijo con un futuro profesional promisorio, exprese su intenci&oacute;n de dedicarse a la ciencia. Pero ya no hay raz&oacute;n para tal alarma, como afirma Ben&iacute;tez, "la investigaci&oacute;n cient&iacute;fica es ya una profesi&oacute;n reconocida", y efectivamente, el papel del cient&iacute;fico en la escala laboral es ya el equivalente al de un profesionista altamente calificado.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero como mencion&eacute; p&aacute;rrafos atr&aacute;s, ello no significa que se aquilate cabalmente la importancia del cient&iacute;fico. La sociedad mexicana entiende la necesidad de profesionistas y quiz&aacute; la de artistas, pero no la de cient&iacute;ficos. En este libro, Ben&iacute;tez explica el papel del cient&iacute;fico en t&eacute;rminos generales, v&aacute;lidos para cualquier pa&iacute;s, pero a&uacute;n sigue patente la pregunta, &iexcl;hacen falta en M&eacute;xico ciencia y cient&iacute;ficos?. En pa&iacute;ses como el nuestro, en los que no existe la fuerte demanda industrial o social de un sistema de generaci&oacute;n de conocimiento, en los que la fuente de riqueza, m&aacute;s que el ingenio ha sido el trabajo mal remunerado, el cient&iacute;fico tiene como principales destinatarios de su trabajo a los miembros de su propia comunidad acad&eacute;mica o institucional, es decir a sus colegas o alumnos, y ello no le procura jugosos ingresos. Quiz&aacute; por eso, la incidencia defraudes en nuestra comunidad cient&iacute;fica es menor que en los pa&iacute;ses m&aacute;s desarrollados, donde est&aacute; alcanzando proporciones tan alarmantes que impuls&oacute; a Ben&iacute;tez a dedicar todo un cap&iacute;tulo al tema.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">La mayor aplicaci&oacute;n de la ciencia entre nosotros est&aacute; en la contribuci&oacute;n a formar una sociedad abierta a la importancia del conocimiento; es decir, el espacio de acci&oacute;n est&aacute; en las instituciones educativas, pero su mira ya tiene tambi&eacute;n otros rumbos y los frutos de la ciencia sirven a la sociedad entera. Tanto los gobiernos, como los empresarios y los diversos sectores de la sociedad, deben ser los destinatarios del mensaje del cient&iacute;fico, que habr&aacute; de persuadirlos de que la mejor esperanza de alcanzar un desarrollo satisfactorio est&aacute; en apoyarse en el conocimiento. A&uacute;n hay mucho trabajo que realizar en este camino, y hay quienes no consideran que los beneficios de producir conocimiento compensen los costos que ello acarrea. Quiz&aacute; la respuesta m&aacute;s elocuente a la pregunta de &iexcl;c&oacute;mo se justifica el costo de la ciencia en un pa&iacute;s pobre?, est&aacute; en otra pregunta &iexcl;cu&aacute;l es el costo de no tener ciencia?. No hay duda de que ning&uacute;n pa&iacute;s rico tiene una ciencia pobre, y ning&uacute;n pa&iacute;s pobre tiene una ciencia desarrollada. En una &eacute;poca se consider&oacute; que ello s&oacute;lo indicaba que los pa&iacute;ses pr&oacute;speros son los &uacute;nicos que pueden aplicar excedentes de su riqueza a actividades como la investigaci&oacute;n cient&iacute;fica. Pero al paso del tiempo tambi&eacute;n se ha demostrado que el conocimiento genera riqueza; no es fortuito que en los pa&iacute;ses m&aacute;s industrializados, las empresas privadas inviertan m&aacute;s en investigaci&oacute;n y desarrollo que los propios gobiernos. Desde luego, no lo hacen por af&aacute;n filantr&oacute;pico, sino por la convicci&oacute;n de que la competencia en el mundo empresarial gratifica a quien logra incorporar el mayor valor agregado a sus productos, y es el conocimiento la fuente m&aacute;s importante de ese valor. As&iacute;, las naciones o las empresas que no producen conocimiento est&aacute;n condenadas a la pobreza y a la dependencia en el mundo global e interdependiente de hoy.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Hacen falta muchos cient&iacute;ficos comprometidos en la tarea de transformar a la sociedad mexicana, de consumidora pasiva de conocimientos generados en otras latitudes en activa productora y asimiladora de conocimiento. En la aspiraci&oacute;n, hoy ya universal de transitar hacia una sociedad del conocimiento, M&eacute;xico necesita multiplicar sus cuadros cient&iacute;ficos, aprovechar lo mejor del conocimiento para enriquecer la calidad de las decisiones en las diversas &aacute;reas de su desarrollo, y la de sus productos en todos los &oacute;rdenes del quehacer social.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Pero esta leg&iacute;tima y necesaria aspiraci&oacute;n enfrenta formidables obst&aacute;culos. Uno de ellos est&aacute; en la propia actitud de los futuros cient&iacute;ficos. Si la sociedad a&uacute;n tiene una imagen distorsionada del cient&iacute;fico, esa es la misma que suele tener el propio joven aspirante a convertirse en cient&iacute;fico. Sus dudas existenciales son as&iacute; m&aacute;s profundas que las de sus hom&oacute;logos en pa&iacute;ses m&aacute;s desarrollados. Por otra parte, tampoco hay consenso en lo que significa ser un cient&iacute;fico y el propio Ben&iacute;tez cita la opini&oacute;n de Arturo Rosenblueth a prop&oacute;sito de que m&aacute;s que cient&iacute;ficos, con una imagen integral de la ciencia, hay individuos interesados y hasta apasionados y capaces de ejercer en un campo especializado este "arte de lo soluble", como calificara Medawara la ciencia, as&iacute;, un buen matem&aacute;tico, puede tener poco en com&uacute;n intelectualmente, con un buen bi&oacute;logo o economista, de la misma manera en que un poeta o un pintor pueden tenero no una concepci&oacute;n del arte en t&eacute;rminos generales, y en ambos casos, el inter&eacute;s por los aspectos generales de la ciencia o del arte pueden no ser del inter&eacute;s de cient&iacute;ficos o artistas. Se atribuye nada menos que a Richard Feynman, uno de los grandes de la f&iacute;sica de todos los tiempos, el afirmar que la filosof&iacute;a de la ciencia es tan &uacute;til al cient&iacute;fico, como la ornitolog&iacute;a al canto del p&aacute;jaro, y se acepta que el m&eacute;todo para hacer ciencia es el que m&aacute;s apropiado resulte para resolver un problema en particular. De hecho, &eacute;sta es la postura de Ben&iacute;tez, cuando, en solidaridad con Popper, niega la existencia del m&eacute;todo cient&iacute;fico y afirma que quienes han escrito sobre este tema, simplemente han recapitulado sobre los pasos que siguieron para resolver un problema, sin que necesariamente hubieran planeado seguirlos. Sin embargo, reconoce que la creaci&oacute;n cient&iacute;fica culmina en la confrontaci&oacute;n del nuevo conocimiento, con la realidad externa que describe. Ello distingue al conocimiento cient&iacute;fico de otros productos del intelecto y lleva impl&iacute;cita la existencia de un m&eacute;todo propio para generar y validar el conocimiento cient&iacute;fico. As&iacute;, Ben&iacute;tez lo incluye en la excelente caracterizaci&oacute;n que ofrece de la ciencia, a prop&oacute;sito de la definici&oacute;n misma de &eacute;sta, reconoci&eacute;ndola como dotada de "procedimientos comprobables objetivos", que constituyen lo que suele aceptarse como "el m&eacute;todo cient&iacute;fico".</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Comparto con el autor su preocupaci&oacute;n por las confusiones tan comunes de los productos de la ciencia con los de elaboraciones pseudocient&iacute;ficas, que se infiltran en el edificio de la racionalidad, introduciendo elementos m&aacute;gicos y supersticiones que confunden a la sociedad y a los que el joven cient&iacute;fico debe evitar. Ser cient&iacute;fico es mucho m&aacute;s que dominar un procedimiento para obtener conocimiento comprobable. Implica tambi&eacute;n poseer una visi&oacute;n del mundo fundada en la ciencia y en la raz&oacute;n. El asunto no es trivial, el debate que se est&aacute; dando estos d&iacute;as en EEUU sobre la compatibilidad de ser cient&iacute;fico mientras se es tambi&eacute;n creacionista, ilustra las dificultades de establecer apropiadamente los l&iacute;mites de la ciencia.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Coincido con el poco aprecio que muestra Ben&iacute;tez por el valor de los cursos sobre metodolog&iacute;a de la investigaci&oacute;n cient&iacute;fica, cuando se les ofrece como sustitutos del adiestramiento formal en proyectos de investigaci&oacute;n, consider&aacute;ndose que basta tomar un taller de investigaci&oacute;n para obtener la preparaci&oacute;n como cient&iacute;fico. Sin embargo, tambi&eacute;n hay que reconocer que el adiestramiento tutelar del cient&iacute;fico descuida a menudo aspectos formales sobre el quehacer investigativo y esa carencia crea la demanda para estos cursos y talleres.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">&iexcl;C&oacute;mo debe organizarse la preparaci&oacute;n de un cient&iacute;fico?. Desde luego, hay consenso universal en aceptar que el cient&iacute;fico se forma en la realizaci&oacute;n de un proyecto definido de investigaci&oacute;n, al lado de un tutor con la experiencia necesaria. Pero hasta ah&iacute; llega el consenso. El instrumento escolar que garantiza la formaci&oacute;n del cient&iacute;fico suele ser el programa de doctorado en ciencias y la estructura de los programas doctorales var&iacute;a ampliamente. Instituciones hay que exigen gran n&uacute;mero de cursos formales, otras s&oacute;lo la preparaci&oacute;n de una tesis, y algunas han sustituido a la propia tesis por la publicaci&oacute;n de art&iacute;culos de investigaci&oacute;n en revistas acreditadas. Los argumentos para defender las diversas estructuras de los programas doctorales son muy variados; quienes se oponen a los cursos formales destacan la distracci&oacute;n que producen en detrimento de la concentraci&oacute;n del estudiante en su trabajo de investigaci&oacute;n. Quienes los defienden, subrayan la necesidad de darle al cient&iacute;fico una base m&aacute;s s&oacute;lida y un panorama m&aacute;s amplio que el que pueda proporcionarle el mero trabajo pr&aacute;ctico al lado del tutor. Desde luego, en un pa&iacute;s como el nuestro, con diferenciaci&oacute;n social apenas incipiente, como ya revisamos, el cient&iacute;fico, adem&aacute;s de experto en un campo del conocimiento, debe ser activo difusor de la ciencia y efectivo expositor de su importancia social, lo cual destaca claramente Ben&iacute;tez. Debe contribuir&aacute; generar la imagen que la sociedad debe tener de la ciencia y de sus potencialidades. Si a&uacute;n en pa&iacute;ses con mayor tradici&oacute;n cient&iacute;fica subsiste la marginaci&oacute;n de la ciencia en los espacios reservados a la vida cultural, no sorprende que entre nosotros ese foso que describi&oacute; C.P. Snow hace casi medio siglo entre los cient&iacute;ficos y los humanistas, sea mucho m&aacute;s profundo. Desde luego, cada instituci&oacute;n educativa debe encontrar el equilibrio adecuado en sus programas para preparar el tipo de cient&iacute;fico que resulte m&aacute;s necesario para impulsar la ciencia en la instituci&oacute;n y en la sociedad.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Tambi&eacute;n comparto con Ben&iacute;tez su preocupaci&oacute;n por la fascinaci&oacute;n que ejercen las t&eacute;cnicas novedosas sobre los j&oacute;venes, con el riesgo de que mas que en el cultivo del esp&iacute;ritu cient&iacute;fico, ocupen el tiempo en el adiestramiento en el manejo de un equipo costoso o de una t&eacute;cnica novedosa, que al poco tiempo ser&aacute;n obsoletos; ello adem&aacute;s, en cierta forma, es reflejo de una corriente com&uacute;n que tiende a equiparar la calidad de la investigaci&oacute;n con la complejidad del equipo empleado para hacerla. Desde luego, la altura de un cient&iacute;fico est&aacute; dada por la de los problemas que lo ocupan, y bien se dan casos de contribuciones fundamentales realizadas con medios modestos, pero tampoco olvidemos que la precisi&oacute;n para resolver estos problemas depende de los m&eacute;todos empleados para ese prop&oacute;sito. El investigador interesado en grandes problemas, sin m&eacute;todos apropiados para abordarlos, ser&aacute; tan est&eacute;ril, como intrascendente es el que s&oacute;lo se ocupe de los peque&ntilde;os problemas accesibles a m&eacute;todos imprecisos. El triunfo est&aacute; reservado para quienes logran armonizar la m&aacute;xima altura cient&iacute;fica del problema que habr&aacute;n de resolver, con los medios m&aacute;s precisos accesibles para lograrlo, y que no siempre son los m&aacute;s costosos. A&uacute;n cuando antiguo, conserva vigencia el ejemplo de Cajal. Ning&uacute;n hist&oacute;logo de su tiempo se plante&oacute; una tarea tan ambiciosa como la de caracterizar las funciones del sistema nervioso en t&eacute;rminos de la estructura de las unidades que lo constituyen, pero ninguno dispuso de t&eacute;cnicas tan finas, precisas y r&aacute;pidas como las que cre&oacute; Cajal, a muy bajo costo econ&oacute;mico. Desde luego, para el investigador que realiza su trabajo con escasos medios, un aprendizaje fundamental es el de resolver problemas con el m&iacute;nimo de infraestructura y en un ambiente poco propicio. En los pa&iacute;ses poco desarrollados, todo investigador es un sobreviviente, capaz de realizar una obra entre limitaciones de toda &iacute;ndole. Sin embargo, tampoco debe exagerarse la magnitud de las limitaciones. En M&eacute;xico, como bien se asienta en el libro, ya hay instituciones bien organizadas y dotadas de lo necesario para estar a la vanguardia, tanto en lo intelectual como en lo metodol&oacute;gico.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Es particularmente grato el cap&iacute;tulo dedicado a la comunicaci&oacute;n de la ciencia, que bien refleja la maestr&iacute;a del autor en ese tema, tan importante para el cient&iacute;fico actual, que adem&aacute;s de un efectivo productor de conocimiento, debe ser un activo expositor de los resultados de su labor. Debe saber competir exitosamente en el complejo espacio de las publicaciones cient&iacute;ficas. Ya qued&oacute; atr&aacute;s el reconocimiento al cient&iacute;fico in&eacute;dito, que con excesiva autocr&iacute;tica se rehusaba a publicar sus resultados en tanto no lograra formular una contribuci&oacute;n fundamental. Hoy aceptamos que el gran edificio de la ciencia se construye con los peque&ntilde;os bloques de numerosas contribuciones individuales.</font></p>     <p align="justify"><font face="verdana" size="2">Un m&eacute;rito adicional de este libro es su tono generalmente optimista hacia la ciencia. Es com&uacute;n que el cient&iacute;fico en un pa&iacute;s de escaso desarrollo, maneje un doble discurso, con un entusiasmo desbordante cuando describe su quehacer personal y los temas de su inter&eacute;s en el mundo del conocimiento, es entonces un catequista formidable, capaz de contagiar su vocaci&oacute;n a los j&oacute;venes que lo escuchen. Pero cuando trata del entorno social de la ciencia, su discurso se hace pesimista, la magnitud de los obst&aacute;culos que se le oponen crece desmesuradamente y su visi&oacute;n del futuro llega a cobrar tonos apocal&iacute;pticos, capaces de desalentar a cualquier joven interesado en dedicarse a la ciencia. La imagen de la ciencia que proyecta Ben&iacute;tez, es serena y justa, como una empresa abierta a todos, y sin obst&aacute;culos infranqueables; en la que cada quien podr&aacute; encontrar su lugar. Tampoco toma partido entre la ciencia pura y la aplicada y termina consider&aacute;ndolas como espacios complementarios, que comparten estructuras conceptuales pero difieren en la orientaci&oacute;n de proyectos y de resultados. Una est&aacute; comprometida solamente con la generaci&oacute;n de conocimiento, la otra con la de bienestar. La tesis central es que la ciencia es una sola y que es com&uacute;n que quien se inici&oacute; en ella motivado por resolver alg&uacute;n problema de orden pr&aacute;ctico, termine haciendo contribuciones conceptuales, y quien se inici&oacute; en aspectos te&oacute;ricos llegue a realizar desarrollos tecnol&oacute;gicos de utilidad social o comercial. De hecho, en los pa&iacute;ses m&aacute;s industrializados, la distancia entre la generaci&oacute;n de un conocimiento y su aplicaci&oacute;n comercial es cada vez m&aacute;s corta y el mismo investigador da a conocer sus resultados en revistas de corte acad&eacute;mico, y solicita patentes para explotar comercialmente sus productos. Por ello, no llama la atenci&oacute;n la ausencia de menci&oacute;n en el libro, de los conflictos entre cient&iacute;ficos y tecn&oacute;logos en los espacios universitarios, o los de cient&iacute;ficos con los soci&oacute;logos de las ciencias, generadores de las <i>guerras de las ciencias, </i>que tanta notoriedad han alcanzado en tiempos recientes, sobre todo en comunidades anglosajonas. Las coincidencias entre estos grupos est&aacute;n ya superando a sus diferencias.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="verdana" size="2">Espero que este libro, breve y elocuente, logre estimular vocaciones latentes y encauzar mejor las ya definidas. La dedicaci&oacute;n a la ciencia es presentada como una opci&oacute;n viable, accesible y recomendable. De hecho, ello refleja la opini&oacute;n generalizada entre los miembros de la comunidad cient&iacute;fica, que a&uacute;n en sociedades poco propicias para el quehacer cient&iacute;fico, ante la pregunta de si volver&iacute;an a escoger el camino de la ciencia, de tener nuevamente la opci&oacute;n, en resonante mayor&iacute;a suelen responder en t&eacute;rminos afirmativos. Y que bien que sea as&iacute;. M&eacute;xico necesita de cient&iacute;ficos. No estamos preparando tantos como los que requerimos para nuestro desarrollo, ni nos es dable importarlos, como hacen pa&iacute;ses con mayores recursos. Entre nosotros se pierden por millares las vocaciones de j&oacute;venes que pudieron devenir en cient&iacute;ficos creativos, pero que por desconocimiento, en la etapa apropiada de su formaci&oacute;n, sobre lo que es la ciencia y lo que significa dedicarse a ella, tomaron otros rumbos, en profesiones en las que quiz&aacute; no lograr&aacute;n las satisfacciones que pudieron haber recibido del quehacer cient&iacute;fico. Por ello es tan plausible el prop&oacute;sito del autor de este libro, que aspira a darle al joven los "asideros s&oacute;lidos para evitar las claudicaciones propias de la inexperiencia". Esperemos que logre ese noble fin.</font></p>      ]]></body>
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