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Revista de historia de América

versión On-line ISSN 2663-371X

Rev. hist. Am.  no.166 Cuidad de México sep./dic. 2023  Epub 27-Feb-2024

https://doi.org/10.35424/rha.166.2023.4624 

Artículos

Variaciones sobre la metáfora del “Continente Enfermo”. El caso de César Zumeta: “El hierro fortifica. Armémonos”

Variations on the metaphor of the “Sick Continent”. The case of César Zumeta: “Iron fortifies. Let us arm ourselves”

*Universidad Autónoma Metropolitana-Cuajimalpa, Ciudad de México, México. Correo electrónico: agranados@cua.uam.mx.


Resumen

Este trabajo involucra dos niveles de estudio. En el primero de ellos se tipifica analíticamente lo que el escritor venezolano César Zumeta representó en términos de un “escritor politizado” y de un “intelectual polivalente”. Estas dos categorías involucran la siguiente pregunta ¿Qué fue un intelectual latinoamericano durante el cambio del siglo XIX al XX? A partir de tipificar a Zumeta dentro de ciertas figuras del intelectual, paralelamente se dan algunas puntadas críticas al problema de las generaciones con el fin de posicionar a Zumeta dentro de la generación latinoamericana del 900. En el segundo nivel de estudio, se aborda el opúsculo de Zumeta titulado El Continente Enfermo, con el fin de contextualizar este escrito dentro de una serie de ensayos escritos por intelectuales latinoamericanos que, a la vuelta del siglo XIX al XX, reflexionaron, escribieron y compartieron un horizonte de expectativas nada positivo para los países de la región. De allí que hubieran acuñado la metáfora del “continente enfermo”. Sin embargo, no fue ésta una noción unívoca, todo lo contrario, como lo muestra la reflexión que sobre las “enfermedades” del continente realizó Zumeta.

Palabras clave: intelectual; el problema de las generaciones; horizonte de expectativas; continente enfermo; imperialismo

Abstract

This work involves two levels of study. In the first of them is typed analytically what the writer Venezuelan Caesar Zumeta represented in terms of a "politicized writer" and a “polyvalent intellectual”. These two categories involve the following question: What was a Latin American intellectual during the change from the nineteenth to the twentieth century? From typifying Zumeta within certain figures of the intellectual, some critical points are made in parallel to the problem of generations in order to position Zumeta within the Latin American generation of the 900s. The second part of the paper deals with Zumeta's booklet entitled El Continente Enfermo (The Sick Continent), in order to contextualize this writing within a series of essays written by Latin American intellectuals who, at the turn of the nineteenth to the twentieth century, reflected, wrote, and shared a horizon of expectations that were not at all positive for the countries of the region. Hence, they had coined the metaphor of the "sick continent". However, this was not a univocal notion, quite the contrary, as shown by Zumeta's reflection on the "diseases" of the continent.

Key words: intellectual; the problem of generations; Horizon of expectations; sick continent; imperialism

1. Introducción

En la historia de la formación de América Latina como unidad continental lo identitario resulta ser una de las aristas más importantes para que, de cara al siglo XX, efectivamente el continente adquiriera significado pleno en torno a esta denominación. La formación de esta identidad continental con base en el nombre América Latina inició en París hacia la década de 1960, bajo la tutela y el empuje de algunos exiliados latinoamericanos.1 Para que tal identidad y nombre se posicionaran como tales, el toponímico, algunos hablan del concepto “América Latina”, tuvo que abrirse espacio y ganar legitimidad en relación con otros proyectos identitarios referidos a la misma región: Hispanoamérica, Iberoamérica, Panamérica e Indoamérica, por ejemplo. Por otra parte, para que este nombre se posicionara en el discurso político, social y económico, su circulación en impresos de toda clase (libros, folletos, prensa, debates, informes diplomáticos, etc.) fue de imperiosa necesidad. En estos impresos y debates el género ensayístico realizó una contribución notable.

Durante la vuelta del siglo XIX al XX fue fundamental la participación de una pléyade de intelectuales, que a través de “su pluma”, pensaron en las potencialidades, pero también en las dificultades de la región, en un contexto internacional en el que, al menos desde 1870, el imperialismo y el reparto de ricos y extensos territorios por fuera de los países centrales movilizó capitales, hombres, maquinaria y sentidos debates en torno al imperialismo y el antiimperialismo. En cuanto a las dificultades para alcanzar el progreso y la civilización debidas, teniendo como espejo a Europa y a los Estados Unidos, un sector de la intelectualidad latinoamericana del cambio de siglo, con fuerte ascendencia positivista, a través de una serie de ensayos y libros se dedicó a diagnosticar, estudiar, analizar y ofrecer “remedios a las enfermedades” socioculturales, políticas y económicas que padecía el continente, a casi un siglo de su independencia de la monarquía española. Es lo que en la literatura sociológica e historiográfica continental se ha dado en llamar “la metáfora del continente enfermo”.

Uno de los integrantes de esta generación de intelectuales que abundaron en la metáfora del continente enfermo fue el venezolano César Zumeta -más adelante se proporciona la lista completa de otros ensayistas que escribieron sobre el asunto-. Se los suele ubicar en la llamada generación latinoamericana del 900 cuya cabeza visible fue José Enrique Rodó y su “arielismo”. Pero el grupo de intelectuales del 900 latinoamericano que escribió sobre las “enfermedades” del continente se bifurcaron del humanismo y espiritualismo del Ariel de Rodó. Una parte de la producción ensayística de carácter sociológico de este grupo de intelectuales, se abocó a realizar una especie de introspección a propósito de los problemas regionales. La conclusión a la cual llegaron buena parte de ellos tuvo que ver con que las causas de tales “enfermedades” continentales había que encontrarlas en el negativo carácter y costumbres de la población indígena, de los afrodescendientes, de los marginados y sectores populares. Evidentemente, dada su formación dentro de los preceptos del positivismo, el racialismo, el racismo y el desprecio por estas poblaciones marginadas acompañó sus análisis y diagnósticos.

Sin embargo, como casos excepcionales, el brasileño Manoel Bomfim y el venezolano César Zumeta, coincidieron en que los males de la región no devenían del carácter de la población marginada, sino de la incapacidad de gobernanza de las élites. Zumeta argumentó además que las causas de las “enfermedades” del continente venían de las condiciones que las naciones imperialistas (Estados Unidos, Inglaterra, Alemania y Francia, entre otras) habían impuesto a los países pertenecientes a la zona tropical del continente. Justamente la hipótesis que le da norte a este trabajo plantea que el discurso en torno a la metáfora del “continente enfermo”, tanto en el diagnóstico, como en la cura, no fue lineal, ni unívoco. Todo lo contrario. Por ejemplo, en relación con el diagnóstico, como en la cura, Zumeta se apartó del racialismo y del racismo que acompañó a sus “pares” regeneracionistas de la población marginada, para centrar su atención en la denuncia del imperialismo y la inmovilidad de las élites latinoamericanas mostrada frente a los padecimientos de la región. También, como parte de esta hipótesis, en un espíritu bolivariano de unidad y defensa del territorio, Zumeta sugirió que era a través del armamentismo como podrían encontrarse las soluciones al “continente enfermo”.

En complemento a la hipótesis señalada en el párrafo anterior, en este trabajo también está presente la preocupación de ubicar a César Zumeta como un intelectual de su época. Definir al intelectual latinoamericano del cambio de siglo XIX al XX reviste cierta complejidad en la medida que el panorama de tal circunstancia, la del intelectual, apunta hacia variables que hasta cierto punto hacen difícil aprehenderlo en una sola tipificación. La propuesta que se ha encontrado es ubicar a Zumeta dentro de dos perfiles de intelectual muy socorridos por la época en estudio: la del “escritor politizado” y la del “intelectual polivalente”.

Reflexionar sobre el intelectual latinoamericano de vuelta del siglo XIX al XX, así como analizar la discursiva en torno a la metáfora “del continente enfermo” que algunos de estos intelectuales estudiaron y debatieron en su momento, es incidir sobre una historia intelectual latinoamericana a partir de dos grandes asuntos: el problema del intelectual latinoamericano durante el período en estudio con el fin de pensarlo en sus distintas tipificaciones y funciones socio/culturales; y el análisis del discurso que implica, entre otros asuntos, preguntarse por “la marcha de las ideas”, por cómo éstas evolucionan, se contorsionan y dan como resultado diferentes interpretaciones de acuerdo con ciertos intereses y contextos en los cuales ciertas ideas son recibidas y percibidas de diferente manera. En este sentido, sin duda alguna, la discursiva en torno al “continente enfermo” abrevó en buena parte del pensamiento sociológico positivista europeo del último tercio del siglo XIX. Pensamiento sociológico y positivista que a su vez fue alimentado por teorías racialistas, racistas y fue impregnado de “darwinismo social”, de la psicología social, la criminología, la etnología, la historia y la biología.2

2. César Zumeta: una tipificación del intelectual latinoamericano

El perfil del intelectual hispanoamericano que interactuó durante el último cuarto del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX en el campo de la política, la cultura y, en general, en el ámbito social, es una cuestión sobre la cual más o menos los investigadores están de acuerdo. Se trata de un actor social que simultáneamente ejerce diferentes funciones o tareas dentro del amplio y diverso mundo de la cultura: escritor, periodista, poeta, ensayista, crítico literario, político, diplomático, maestro, mediador cultural, editor, fundador/ director de revistas y periódicos, entre otras actividades. No obstante este visible acuerdo sobre el carácter variopinto del intelectual durante el periodo antes señalado, se pueden derivar tipificaciones de este actor social que, tienden a agrupar, en una sola actividad, el trabajo del intelectual. Paralelamente, plantea problemas historiográficos a propósito de estas tipificaciones.

A continuación, muy sintéticamente, se establecen algunas de estas caracterizaciones del intelectual hispanoamericano. Estas tipificaciones consideran, no solamente el cambio del siglo XIX al XX, periodo en el que el venezolano César Zumeta ejerció sus funciones de intelectual, sino también algunas notas de estas clasificaciones del intelectual, presentes hacia el inicio del siglo XIX y la segunda mitad de esta centuria. Cabe aclarar que estas tipificaciones no son fijas, ni estáticas. Sólo dan una idea general del actuar de los hombres de letras durante el largo siglo XIX. Algunos de estos perfiles o tipificaciones del intelectual se superponen, sus actividades se mezclan o el perfil puede variar de país a país. En cualquier caso, el actuar y perfil de estos hombres de letras será más fácil de aprehender y definir, según el Estado nacional y su desarrollo capitalista, así como el mayor o menor grado de organicidad y estructuración de los respectivos campo intelectual y cultural.

En el contexto de las Independencias y las posindependencias hispanoamericanas fue el “letrado patriota”3 la figura predominante en el emergente campo intelectual de la región. Como se sabe, el “letrado patriota” fue uno de los actores sociales que desde el pensamiento, las letras y la praxis, impulsó y empujó los procesos de independencia y primeros ensayos de organización política de los nacientes Estados nacionales. Otra manera de concebir al hombre de letras durante la coyuntura de las Independencias y de las posindependencias hispanoamericanas es referida por Julio Ramos, quien habla de “los intelectuales patricios”. Para Ramos, estos actores sociales tuvieron en su pluma el encargo de “la formalización de la ley” que debía dar sustento legal a los nuevos Estados nacionales. De acuerdo con Ramos, ésta “había sido una de las tareas claves de los intelectuales patricios, dominados, como han señalado Claudio Véliz y especialmente Ángel Rama, por el modelo renacentista del letrado”.4 En la segunda mitad del siglo XIX el campo intelectual tiende a ser copado por la categoría que agrupó a los polígrafos.5 Especialmente, esta categoría se refiere a los individuos comprometidos con establecer el canon de una identidad nacional, en gran medida, definida e impulsada a través de la formación de una literatura y una historia nacionales. En relación con esta última afirmación, Tomás Pérez Vejo señala:

Literatos, historiadores, periodistas, profesores, funcionarios de las nuevas burocracias estatales y, en general, todo un difuso grupo de “especialistas” del trabajo intelectual, formarán el caldo de cultivo idóneo para el nacimiento y desarrollo de una identidad colectiva de tipo nacional.6

En ese “difuso grupo de especialistas”, Pérez Vejo agrega las tareas del pintor (la pintura de historia académica), del grabador, del músico y del escultor.

El crítico literario Rafael Gutiérrez Girardot argumenta que en el caso hispanoamericano, a falta de una tradición, de un referente en el pasado, que en el caso europeo lo fue el filósofo, especialmente el de la Ilustración, el intelectual hispanoamericano encontró en la figura del escritor, con cierto grado de profesionalización, a ese referente histórico que justamente, como tal, como escritor, empieza a reconfigurarse y profesionalizarse durante el último cuarto del siglo XIX.7 El punto que quiere resaltar Gutiérrez Girardot es, de acuerdo con su hipótesis, que en Hispanoamérica “la primera acepción de “intelectual” propiamente dicha es la del “escritor politizado”.8 Cabe aclarar que por “intelectual”, Gutiérrez Girardot se refiere al sujeto sustantivado, aquel que de acuerdo con la tradición historiográfica francesa emerge en el contexto del caso Dreyfus, con Emile Zola a la cabeza.9 En el caso hispanoamericano, de acuerdo con Gutiérrez Girardot, el intelectual encarnado por Zola, correspondería al “escritor politizado”. Cabe señalar que la tesis del “escritor politizado” tiene cierta tradición entre los críticos literarios latinoamericanos. Ahí están las investigaciones de Ángel Rama y Julio Ramos a quienes se puede sumar al colombianista Malcolm Deas.10

Como se muestra más adelante en esta investigación, César Zumeta correspondería a un tipo de intelectual que perfectamente embona en la dinámica y funciones del escritor politizado. Sin embargo, en el contexto de la vuelta del siglo XIX al XX hispanoamericano, el investigador se encuentra con el problema metodológico de no poder precisar al intelectual, al menos desde la perspectiva de sus funciones, tareas y oficios. Así, el “escritor politizado” agrupa toda una serie de tareas entre las cuales destaca, sí la del escritor, que apunta a lo político y al poder (aunque cada vez menos, en tanto la escritura se profesionaliza dando paso a la figura del escritor propiamente dicho, el que escribe literatura), pero que dado su oficio, asume otras funciones: diplomático, periodista, editor, mediador cultural, maestro, etc. Es lo que Julio Ramos, en su ya aludido estudio, llama “Fragmentación de la República de las Letras”. O, como otros autores lo han señalado y el mismo Ramos lo ha confirmado: en el trasfondo de esta “fragmentación de la República de las Letras”, se encuentra una “división del trabajo intelectual”, “considerándola”, afirma Julio Ramos, “como uno de los procesos distintivos de las sociedades finiseculares”.11

Otra manera de ver el estatus del intelectual hispanoamericano durante el período en estudio es la propuesta que en torno a este actor social han concebido Carlos Marichal y Alexandra Pita. Marichal y Pita centran su atención en la figura del “intelectual diplomático”, que especialmente centra sus actividades en el ejercicio de la diplomacia. Marichal y Pita plantean que más allá de la “proyección y el prestigio cultural” que ciertos intelectuales/ diplomáticos han otorgado a sus respectivos países al asumir cargos diplomáticos, lo importante a destacar para el análisis de la historia intelectual latinoamericana es ver a estos intelectuales/diplomáticos dentro de la trama de la historia de las relaciones internacionales. Efectivamente, frente a una clásica visión sobre ciertos intelectuales en labores diplomáticas que exalta su “prestigio cultural” y su calidad de representantes de la “alta cultura” nacional, Marichal y Pita dimensionan el ámbito de la “historia cultural de las relaciones internacionales” como uno de los importantes ejes de análisis sobre el intelectual/diplomático. Dadas sus diversas ocupaciones (políticos, escritores, coleccionistas de antigüedades, publicistas, directores de periódicos, revistas y colecciones editoriales, entre otras actividades), nuestros autores los califican de “intelectuales polivalentes”.12 Para Marichal y Pita, la noción de diplomacia cultural:

implica entenderla no sólo en función de la expresión de ciertos valores nacionales y culturales dentro y fuera del país, sino también otorgar peso a la información, los contactos personales, los programas culturales y todo aquello intangible que requiera de una pluralidad de herramientas para persuadir, captar y convencer. Implica considerar juicios, valores y normas de un gran número de actores sociales encabezados por el Estado y prestar una atención especial a los diplomáticos como actores principales.13

El presente estudio plantea que César Zumeta (Caracas, Venezuela; 19 de marzo de 1863-París, Francia, 28 de agosto de 1955) tipifica, en la realidad hispanoamericana de su época, a un intelectual devenido de los modelos presentados con anterioridad: El del “escritor politizado” y el “intelectual diplomático”. El “escritor politizado”, al menos en la figura de Zumeta, alude a dos significantes. En primer lugar, al sujeto/escritor que por su oficio con la “pluma”, justamente la del escritor, llega a ocupar posiciones importantes dentro del organigrama de un gobierno. Zumeta, por ejemplo, fue senador de la república, ministro del interior, representante diplomático de Venezuela ante los gobiernos de Italia y Francia, así como delegado venezolano en la Sociedad de Naciones, de la cual también fue su presidente en 1930. Paralelo al desarrollo de sus tareas como político, César Zumeta escribía ensayos de carácter social, político y económico; aunque se daba espacio para otros géneros literarios, como la lírica. Así, uno de sus más reconocidos amigos, el también venezolano Santiago Key Ayala se refería a Zumeta en los siguientes términos: “De cuantos prosadores forman hoy la primera línea de nuestros talentos nacionales, César Zumeta considerado como estilista es el primero”.14 El también venezolano Rafael Ángel Insausti, estudioso y editor de la obra de Zumeta, lo retrata, al menos en su perfil literario de la siguiente manera:

Hombre de letras, Zumeta conoció varias literaturas, antiguas y modernas. De la literatura, como expresión del sentimiento estético, derivó pronto a la problemática social y política de su país y de su tiempo. No por ello, ni por la urgencia del escribir, desmerece jamás la forma del concepto. Conceptista a la moderna, también es un moderno culterano, sin que el “modernismo” escolar de la época le haya dejado herencia de oropeles. A tiempo le aleccionaron Gracián y Quevedo en ceñir la palabra a la idea.15

Otro de sus compatriotas, Eloy G. González lo ha catalogado como “Alteza Serenísima de las Letras americanas”. En Escrituras y Lectura (1899), Zumeta “reunió algunas de sus más hermosas y formidables páginas”.16 No obstante, al decir de uno de sus críticos, Santiago Key Ayala, “en libro, ha hablado Zumeta veces muy contadas”: Primeras páginas, Caracas, La Opinión Nacional, 1892. Su segundo libro en vida fue Escrituras y Lecturas, New York, Unr & Cía., 1899, con prólogo del colombiano José María Vargas Vila, uno de sus amigos más próximo. Luego, el grueso de su obra ha sido póstuma, por ejemplo, Notas Críticas, Caracas, Cuadernos Literarios de la “Asociación de Escritores Venezolanos, 1951; Las potencias y la intervención en Hispanoamérica, Caracas, Ediciones de la Presidencia de la República, 1963, selección y notas de Rafael Ángel Insausti; El Continente Enfermo, Caracas, Presidencia de la República de Venezuela, Ediciones conmemorativas del Sesquicentenario de la Independencia, 1960. Al parecer, hubo cierta “leyenda de la parquedad de la obra de Zumeta [desmentida] oportunamente por Alberto Zérega Fombona, [originada] de no haber recogido en libro sino algunos de sus primeros trabajos”.17 Su obra póstuma, demuestra lo contrario.

El segundo significante que se vislumbra en Zumeta como “escritor politizado”, alude al sujeto/escritor estudioso y analista de su sociedad en diferentes planos y espacios de conexión a nivel internacional. Por ejemplo, el corredor New York-Venezuela-Hispanoamérica o el eje París-Venezuela- Hispanoamérica. Rafael Ángel Insausti afirma que Zumeta fue “un cronista de sucesos internacionales”.18 Justamente, uno de sus libros póstumos, titulado Las potencias y la intervención en Hispanoamérica, Caracas, 1963, reúne textos del Zumeta internacionalista. Cabe señalar que esta compilación fue seleccionada, anotada e introducida por Insausti. La ensayística de Zumeta de carácter político y con visión internacional hace pensar que en Zumeta encontramos a un intelectual que, de alguna manera, incidió sobre una emergente y reducida opinión pública venezolana, con audiencia también reducida, en la selecta república de las letras hispanoamericana de su época. Aún más, Zumeta se convirtió en uno de los líderes de ciertos intereses programáticos de carácter continental hispanoamericano, como la denuncia y el combate al imperialismo norteamericano y europeo, particularmente el alemán y el inglés que habían atentado contra los intereses venezolanos; también, como otros intelectuales latinoamericanos, Zumeta asumió el liderazgo de la necesidad de la unión latinoamericana,19 frente a las amenazas llegadas del exterior. Paralelamente, Zumeta se erige como salvaguarda de valores políticos que, como la democracia, también era amenazada por gobiernos autoritarios, llamados y denunciados por la época en estudio como “cesarismo”, de los cuales, Venezuela, por ejemplo, hacía parte. Zumeta, a nivel americano, fue uno de los intelectuales que abanderó la causa del antiimperialismo. En complemento a la causa antiimperialista, denunció prolijamente el imperialismo en sus escritos aparecidos en diferentes materialidades impresas (libros, folletos, prensa, revistas, documentos). Uno de estos impresos fue su opúsculo El Continente Enfermo, un pequeño tratado, a la vez panfleto, en torno a la penetración imperialista norteamericana y europea en América Latina.

3. La denuncia del imperialismo en El Continente Enfermo

En El Continente Enfermo (1899)20 Zumeta especialmente hace una dura denuncia del imperialismo norteamericano y europeo sobre América Latina. Esta denuncia, de cierta tradición en el continente durante la vuelta del siglo XIX al XX, se dio en el contexto de lo que Zumeta llama las “jornadas de Manila y Santiago”. Esto es, el famoso “desastre español en América” de 1898 que finiquitó la presencia territorial del imperio español en América. Frente a esta coyuntura, la guerra Hispano-Cubana-Norteamericana, Zumeta vio claramente que: “El criterio democrático americano ha sido sustituido con el criterio monárquico europeo; y el resto de la América queda a la merced de las fuerzas complejas y múltiples que pone en juego el nuevo orden de cosas”.21 Ese nuevo orden de cosas no fue otro que el imperialismo norteamericano sobre América Latina, específicamente sobre lo que por la época en estudio aparecía en la literatura sociológica como la franja tropical del continente americano. Citando al sociólogo y filósofo anglo-irlandes Kidd,22 Zumeta asumió la definición que este autor dio del imperialismo:

Lo que se disputaban las naciones, era la posesión de la tierra habitable por la raza blanca. Se inicia ahora otra gran rivalidad, la de heredar los trópicos, no en el sentido de poseerlos, porque ya los pueblos más civilizados de la tierra han dejado atrás ese criterio, sino en el de dominar esas regiones, según determinado plan.23

Paralelo a la denuncia de la penetración norteamericana en América Latina, Zumeta, en su opúsculo, como muchos latinoamericanos contemporáneos a su momento histórico, emprendió la defensa del continente, de su independencia y en favor del antiimperialismo. Además, Zumeta realizó un diagnóstico sobre las dificultades históricas, políticas y socioeconómicas que arrastraba Hispanoamérica, para lo cual apeló, como el mexicano Francisco Bulnes y otros más, a la metáfora del “Continente Enfermo”.

De acuerdo con el sociólogo alemán Karl Mannheim, los intelectuales, como finalmente todos los individuos, tienen una “posición generacional” a la cual se accede natural y biológicamente cuando se nace. Pero para el abordaje crítico de una generación o “posición generacional”, Mannheim agrega “la conexión generacional” que es la que permite,

estar incluido en una posición generacional, para soportar pasivamente los frenos y las oportunidades de esa posición, pero también para poder utilizarlos activamente, tiene uno que haber nacido en el mismo ámbito histórico-social -en la misma comunidad de vida histórica- y dentro del mismo periodo. Sin embargo, la conexión generacional es algo más que esa mera presencia circunscrita en una determinada unidad histórico-social. Para que se pueda hablar de una conexión generacional tiene que darse alguna otra vinculación concreta. Para abreviar, podría especificarse esa adhesión como una participación en el destino común de esa unidad histórico-social.24

Se introducen estos referentes al análisis crítico de las generaciones establecida por Mannheim, con el fin de hacer notar que fue a través de la discursiva de la metáfora médica del “Continente enfermo”, cómo algunos miembros de la generación latinoamericana del 900 coincidieron en torno a un horizonte de expectativas compartido; esto es, concordaron alrededor del destino común de esa unidad histórico-social de principios del siglo XX llamada Latinoamérica. Lo singular a destacar en este vínculo o conector es que los intelectuales cuya ensayística apuntó a la metáfora del “Continente enfermo”, señalaron diferentes diagnósticos de las causas de la “enfermedad”, así como distintos “remedios” para sanarla.

Carlos Marichal, en un interesante estudio de la generación latinoamericana del 900, que es a la que perteneció César Zumeta, ha realizado un análisis de la conexión generacional que unificó a cierta intelectualidad en torno a la metáfora médica del Continente enfermo.25 En su estudio, Marichal identifica al menos dos grandes motivos que permitieron que una serie de intelectuales participaran, como argumenta Mannheim, en el destino común de esa unidad histórica y social latinoamericana de fines del siglo XIX y principios del XX: los idealistas (Rodó y los Arielistas) y los social darwinistas, entre ellos César Zumeta, Francisco Bulnes (mexicano), Carlos Octavio Bunge (argentino), Salvador Mendieta (salvadoreño), Alcides Arguedas (boliviano), Manoel Bomfim (brasileño). Todos ellos, de acuerdo con Marichal, proclives a la lectura de temas relacionados con la sociología, la psicología social, la criminología, la etnología, la historia y la biología:

no consideraban que existían motivos para ser optimistas sobre el futuro de sus respectivos países o acerca del destino de la región, en su conjunto. Al contrario, sacaron la conclusión de que las perspectivas para la modernización eran oscuras, debido en buena medida a herencias biológicas, histórico/culturales y de psicología colectiva que atravesaban sus sociedades pero caracterizaban de manera negativa, en especial a las clases populares. Por otra parte, su pesimismo era acentuado por el hecho de que apenas observaban elementos claros de una posible regeneración, sino que al contrario insistían, más bien, en ciertas tendencias a la degeneración racial o social, particularmente entre las clases más pobres de sus respectivas sociedades, y en especial entre indígenas y negros. En cambio, tenían mayor confianza en las capacidades culturales de las elites y sectores que podían ser calificados como blancos o de ascendencia europea, lo que reflejaba su profundo racismo.26

Como interprete de los problemas nacionales y continentales de su época, Zumeta se inscribe en aquella generación de hispanoamericanos, la generación del 900, que muy desde el positivismo adoptó ciertas corrientes social darwinistas27 mediante las cuales interpretaron los “males” de las sociedades hispanoamericanas. Uno de los diagnósticos más socorridos de los males del continente en la transición del siglo XIX al XX fue el que acudió a la metáfora del Continente enfermo.

El texto de Marichal sobre “El lado oscuro de la generación del 900” tiene la virtud de realizar un comparativo entre la ensayística que algunos intelectuales latinoamericanos realizaron en torno a la metáfora del Continente enfermo. De esta comparación se desprende que en tales ensayos hubo elementos comunes. Como por ejemplo, el desprecio, traducido en racismo, hacia los sectores populares de aquellas sociedades latinoamericanas de vuelta del siglo XIX al XX, especialmente indígenas, afrodescendientes, marginados y gente del pueblo: perezosos, proclives al alcohol, inadaptados e incapacitados para la modernidad y la civilización. Aunque, de acuerdo con Marichal, como ya se señaló, en el caso del brasilero Manoel Bomfim, la metáfora médica recayó en la incapacidad de las élites para gobernar. También, de acuerdo con Marichal, el diagnóstico de las enfermedades del continente tenía que ver con herencias biológicas y de alimentación (el consumo del maíz y del pulque) por ejemplo, a los cuales se agregaban motivos histórico-culturales y de psicología social. La degeneración racial en aquellos sectores populares y marginados socialmente fue un elemento más o menos común entre los autores de la metáfora médica.

El caso de César Zumeta es un tanto singular en relación con los integrantes de su generación de intelectuales que forjó la ensayística de la metáfora del Continente enfermo. Como ya se señaló en este trabajo, uno de los ejes transversales al ensayo-folleto de Zumeta fue su denuncia del imperialismo norteamericano y europeo sobre América Latina. Para tal fin, Zumeta realiza un esbozo de la economía política del imperialismo de la época, mediante el cual se impuso una división del trabajo internacional entre países centrales productores de bienes industrializados y los países que con sus recursos naturales debían sostener aquella producción industrial. En este sentido, Zumeta sentenció que “las necesidades del progreso moderno les imponen a los grandes estados industriales, como condición de mantenimiento de su poderío, el deber de activar la producción de las materias primas de que sus industrias se alimentan, y el de estimular, al propio tiempo, el comercio de sus productos”. Y remataba su denuncia imperialista en el siguiente tenor:

Repartido ya el resto del mundo, los ojos ávidos se vuelven hacia la posesión de la América afligida […] y la diplomacia europea solicitará necesariamente la anulación o modificación de la doctrina Monroe, y el arreglo con los Estados Unidos de un modus vivendi adaptable a la política de la Casa Blanca. Esas negociaciones con su arreo de partijas territoriales versarán sobre el dominio de la América tropical, de sus canales marítimos, sus grandes vías fluviales, y las selvas cuasi vírgenes de sus hoyas hidrográficas.

Zumeta, en una tesitura que da testimonio del desigual derecho internacional de la época, argumentó que frente al voraz imperialismo de las grandes potencias de su época, nada valía el derecho “cuando se trata de cuestiones de hecho”. Para Zumeta, el imperialismo empujado por aquellas potencias “cuyas fuerzas se equilibran” tenía un sustento no del derecho, sino del “derecho que no prescribe que es el de la fuerza”. Y afirmaba que la doctrina imperialista que imperaba “en su día” podía ser enunciado de la siguiente manera:

Los pueblos que no saben o no pueden explotar las riquezas de su suelo, y poblar las soledades que el acaso geográfico, o el político, encerró dentro de sus fronteras, menoscaban en esa medida la labor universal, y es altamente moralizador que los más aptos y laboriosos ocupen lo que la incuria mantiene ocioso. Los bosques son del leñador, los caminos de quien los cultiva; los ríos de quien los canaliza y navega. Es la brega inmemorial de los pueblos y las razas que representan las más avanzadas formas del progreso, contra los pueblos y las razas que representan los infinitos matices del estancamiento y la barbarie.28

Por la época en estudio la discursiva imperialista en pro y en contra del imperialismo circulaba profusamente a nivel mundial.29 Lord Salisbury, por ejemplo, articuló una discursiva en torno a lo que llamó las “naciones agonizantes” (latinas) y el derecho que sobre sus posesiones tenían las “naciones vivas” (sajonas y germanas). En la anterior cita de Zumeta, como él señaló, en la discursiva que imperaba en la época, se encuentra una narrativa en favor del imperialismo que se articulaba perfectamente con los postulados de Lord Salisbury; esto es, “los pueblos y razas del progreso, contra los pueblos y las razas del estancamiento y la barbarie”. Este carácter cultural y racialista flotaba en las disputas imperialistas por el reparto de la América Latina. Efectivamente, el 4 de mayo de 1898, tres días después del combate naval de Cavite, más conocido en la historia de los Estados Unidos como la batalla de la Bahía de Manila, que enfrentó a las fuerzas de España y de los Estados Unidos, un año después de que Zumeta publicara su Continente Enfermo, Robert Gascoyne-Cecil (iii marqués de Salisbury, destacado político de origen británico), planteó una división de las naciones del mundo en dos grupos: el living nations y las dying nations. Presidida por una especie de darwinismo político, la teoría del living y del dying nations, deja ver una “euforia de germanos y anglosajones”, propia del período en estudio, en la que se combinaban “nociones cientificistas procedentes del evolucionismo con la percepción satisfecha del propio poderío” en favor de germanos y anglosajones y, en detrimento del mundo latino.30

En una discursiva que coincidía con la que años más tarde formuló el brasileño Manoel Bomfim en su Los males de América Latina (1905), Zumeta argumentó en su ensayo que la responsabilidad de los males del Continente recaía sobre las clases dirigentes y políticas, sobre los partidos políticos y sobre la prensa de la región, por no haber atendido “el deber primordial [de] acordarse entre sí las repúblicas de América, en el sentido de obtener una definitiva interpretación y promulgación de la doctrina Monroe, a fin de incorporarla a nuestro derecho público y hacerla perder su carácter exclusivamente norteamericano”. El carácter de nuestra política interna y externa, argumentaba Zumeta, “ha sido la imprevisión”. En la base de la reinterpretación que Zumeta realizó de la doctrina Monroe, subyace un planteamiento bolivariano/martiano y de otros líderes hispanoamericanos que tenía que ver con la unidad continental: “Desoídas fueron las voces que se alzaron aconsejando el agrupamiento de estos pueblos en una o varias confederaciones para la común defensa de su soberanía y resguardo de su integridad territorial”, argumentó. Pero por otra parte, para Zumeta los males del continente también tenían que ver con el manejo que se había dado a los recursos naturales de la región. Es decir, en Zumeta la estrategia política y económica de las clases dirigentes de la región había sido fallida:

En más de uno de nuestros países, el bosque y la maleza han recobrado tierra que les fue arrebatada por el hacha y la roza durante la Colonia: faltas de cultura intensiva han permanecido relativamente improductivas nuestras zonas agrícolas y criadoras; inexplotadas están las selvas y el subsuelo opulento; entregada a un cultivo único y dando de mano a otro pingües y prometedores (plantas textiles, caña, algodón, añil, tabaco, caucho, trigo) hemos logrado que hasta el orden público dependa, en veces, de las fluctuaciones en el mercado de un fruto; por el afán de contratos con especuladores extranjeros hemos estimulado las más voraces formas del peculado, y por el monopolio hemos ahogado, en la cuna, las industrias; nos hemos hecho tributarios de banqueros y contratistas londinenses pagando cincuenta, ciento, y más, por lo que malamente vale uno; […] fluctuando entre la anarquía y la dictadura hemos hecho precarias las garantías individuales, y la propiedad, y la vida, y, en consecuencia , la gran corriente migratoria mediterránea, adaptable y asimilable a nuestra zona y nuestra raza, ha fluido al norte y al sur, y esquiva nuestras costas.

Enfáticamente Zumeta señaló en su ensayo los males del continente en clave de lo político, económico y financiero. En relación con el mundo de las finanzas, por ejemplo, argumentó que las reclamaciones internacionales a los gobiernos de la región por parte de las “living nations” y, los empréstitos, habían “paseado por el continente el espectro de la bancarrota, y nos han impuesto dolorosas derogaciones de derecho”. Y agregaba otros elementos de “enfermedad” a la estructura política-económica que atravesaban el imaginario político de las dirigencias de la región: postergación de las potencialidades del continente, incremento “vergonzante del comercio, de la producción y de la población; y un aumento de la deuda pública”.

A su “pliego de cargos”, así lo llamó, de los síntomas enfermizos del continente, de carácter político, económico y financiero, Zumeta sumó una crítica al determinismo climático según el cual, eran las áreas por fuera de la zona tórrida (la zona intertropical) las que eran las más aptas para la civilización y el desarrollo político y económico. En este sentido planteó que:

Cualesquiera que sean las razas pobladores, en la zona tórrida no imperará sino una civilización lentamente progresiva: cualquiera que fuese el esfuerzo hecho por asimilarla a la de las zonas templadas, fracasaría a la postre, vencido por algo inmanente e inexorable que nos obliga a mantenernos dentro del cuadro que el medio nos demarca; y que únicamente nos exige a propender a vivir en el decoro de la paz y el trabajo, a hacernos fuertes dentro de nuestra propia casa, y a ligarnos todos contra el invasor extraño.31

En cuanto a los remedios que debían aplicarse a las “enfermedades” continentales, Zumeta también realizó una lectura muy diferente a los “tratamientos” que ofrecieron sus “pares”. La cura, en el decir de Zumeta debía plantearse en los siguientes términos: la unión continental frente al enemigo.

4. A manera de cierre: “Ligarnos todos contra el invasor extraño”

Después de señalar los síntomas de “las enfermedades” que padecía el continente, Zumeta, en la última parte de su opúsculo, inspirado en el ideal bolivariano de la unidad, se dio a la tarea de retomar ese postulado:

[…] si nuestras repúblicas están pobres de caudal, de población y de orden y los que codician su imperio están pletóricos de sangre y de tesoro, si la conquista está a la orden del día y la ocasión de intentarla a costa nuestra es propicia, justo es pensar que ante semejante perspectiva los gobiernos y los pueblos de América deben apercibirse a la defensa

Lo singular en Zumeta es que al legado de la unidad latinoamericana, tantas veces argumentada por los líderes de las independencias hispanoamericanas, Bolívar, el primero de ellos, Zumeta sumó, contempló y sugirió la defensa del territorio vía las armas. Para ello recomendó sacar ventaja del clima, del valor del soldado, del armamento moderno, de implementar modernas escuadras marinas y de la formación de “la milicia nacional”. Para esto último estableció un programa que iba en el sentido de profesionalizar los ejércitos de la región y paralelamente “establecer sociedades de tiro en cada parroquia”, crear academias militares y establecer tácticas de defensa del territorio y de las costas de los países pertenecientes a la región. Para el logro de todo ello insistía en la necesidad de establecer “un plan común de defensa entre los varios grupos geográficos del Centro y del Sur”. En suma, Zumeta puntualizó su estrategia en los siguientes términos: “El deber inmediato es armarnos”.

Zumeta también apeló al sentimiento de la “raza latina”, “alianza fuerte y generosa de todos los hijos de la loba contra todos los hijos del leopardo”. Citando a Simón Bolívar, ya no en su ideario político, sino en su legado militar, Zumeta cerró su ensayo El Continente Enfermo en el siguiente tenor:

Tras prolongada tregua se ha reabierto la era aquella, prevista por el libertador, “de una contienda general de los imperios contra la libertad”. Acállese ante el peligro común la discordia civil, y preparémonos, a los setenta y cinco años de Ayacucho, a lo que Bolívar estuvo preparado al día siguiente de la victoria, “a una brillante guerra muy prolongada, muy ardua, muy importante”. Los fuertes conspiran contra nuestra independencia y el continente está enfermo de debilidad. El hierro fortifica. Armémonos.32

El mundo de las ideas es complejo. Una de las razones de esta complejidad es la capacidad que tienen las ideas para dejarse interpretar de acuerdo con determinadas temporalidades, contextos, circulaciones y recepciones. A estos vectores analíticos de las ideas, la historia intelectual (la Nueva Historia Intelectual), agrega la perspectiva de las materialidades por donde circulan las ideas, el mundo de los impresos. Es evidente que el pensamiento latinoamericano en torno a la metáfora del Continente enfermo fue diverso. El caso de César Zumeta y su opúsculo El Continente Enfermo, es interesante en la medida que muestra una variación de esta discursiva de inspiración médicobiológico- sociológico. En Zumeta, la responsabilidad de las “enfermedades” del continente es de las élites, de los partidos políticos y de la prensa. No de los sectores populares, como lo establecieron otros autores contemporáneos a Zumeta. También es muy singular en Zumeta la “cura” a las enfermedades. Es, según explícita estrategia esbozada por Zumeta, la defensa, armarse frente al enemigo europeo y norteamericano.

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1 Son varios los estudiosos que han analizado el proceso por medio del cual la región se constituyó identitaria y geopolíticamente en torno al nombre América Latina. El que inició esta línea de investigación fue el filósofo e historiador Arturo Ardao. Luego ha venido una zaga historiográfica en torno a este tema. A continuación se mencionan dos autores que siguieron los pasos de Ardao, pero hay algunos más. Marichal, “La historia latinoamericana: ¿Quo vadis? Reflexiones sobre el concepto de América Latina desde la perspectiva de las relaciones internacionales”; Marichal, “Reflexiones sobre el concepto de América Latina”. Y Altamirano, La invención de Nuestra América. Obsesiones, narrativas y debates sobre la identidad de América Latina.

2Esta línea de investigación, al menos en relación con la metáfora del “continente enfermo”, ha sido muy bien establecida por Marichal en su artículo, “El lado oscuro de la generación del 900 en América Latina: Darwinismo social, psicología colectiva y la metáfora médica”. En este texto, Marichal estudia la recepción de este tipo de discurso entre algunos intelectuales latinoamericanos de inicios del siglo XX. Marichal ha establecido que si bien los intelectuales latinoamericanos que escribieron sobre la metáfora del “continente enfermo”, reflejan un difuso pero poderoso darwinismo social, es conveniente tener en cuenta que esta categoría también requiere ser matizada y discutida”, p. 37. Además, Marichal establece muy bien qué tradiciones de pensamiento en torno a ese difuso “darwinismo social” leyeron los intelectuales latinoamericanos interesados en establecer las enfermedades del continente americano. En complemento a esta perspectiva estudiada por Marichal, la orientación que se adopta en el presente trabajo no es tanto hacer un análisis de la recepción de este tipo de ideas social-darwinistas, sino revisar críticamente una variante, la de Zumeta, en torno a la metáfora del “continente enfermo”. La expresión “la marcha de las ideas”, se toma del título que el historiador francés François Dosse da a uno de sus libros más conocidos: La marcha de las ideas. Historia de los intelectuales, historia intelectual.

3Sobre esta categoría véase el estudio de Myers, “El letrado patriota: los hombres de letras hispanoamericanos en el colapso del imperio español en América”. También es muy útil la investigación de Loaiza, “La república de los Ilustrados”.

4Ramos, Desencuentros de la modernidad en América Latina. Literatura y política en el siglo XIX, p. 9.

5Para el caso de esta noción, particularmente referida a México, véase el estudio de Luna, “Mexicanizar la cultura, una empresa civilizatoria, 1830-1860”, p. 69 y ss. También es muy útil el libro de Illades, Nación, sociedad y utopía en el romanticismo mexicano.

6 Pérez Vejo, “La construcción de las naciones como problema historiográfico: el caso del mundo hispánico”, p. 294.

7 Gutiérrez Girardot, “El intelectual: historia y política”, p. 57 y ss.

8Ibid., p. 64.

9Para esta tradición historiográfica francesa, entre otras investigaciones, véanse los estudios de Dosse, La marcha de las ideas, capítulo 2; Ory y Sirinelli, Los intelectuales en Francia. Del caso Dreyfus a nuestros días, capítulo 2.

10 Rama, La ciudad letrada, capítulo IV, “La ciudad modernizada”, p. 61 y ss. Ramos, Desencuentros de la modernidad en América Latina. Literatura y política en el siglo XIX, capítulo II, “Saber decir: lengua y política en Andrés Bello”, p. 35 y ss. Deas, Del poder y la gramática. Y otros ensayos sobre Historia, Política y Literatura colombianas. De este último estudio especialmente véase el texto “Miguel Antonio Caro y amigos: gramática y poder en Colombia”, p. 25 y ss.

11 Ramos, Desencuentros de la modernidad en América Latina. Literatura y política en el siglo XIX, capítulo iii, “Fragmentación de la República de las Letras”, p. 50 y ss. En relación con una “división del trabajo intelectual”, Ramos encuentra que esta percepción divisional del trabajo de los intelectuales ya está presente en las interpretaciones de Pedro Henríquez Ureña, Ángel Rama, Rafael Gutiérrez Girardot, José Emilio Pacheco, Noé Jitrik y otros, p. 11.

12 Marichal y Pita, “Algunas reflexiones sobre la historia de los intelectuales/diplomáticos latinoamericanos en los siglos XIX y XX. Introducción al dossier intelectuales y diplomáticos en América Latina”, p. 99.

13 Marichal y Pita, Ibid., p. 100.

14Zumeta César, Notas críticas. Con dos comentarios separados por tiempo y distancia de Santiago Key Ayala, p. 3. De estas Notas Críticas de Zumeta, Key señaló que en ellas el lector podía apreciar “variadas muestras de la crítica literaria, estética, filosófica política, sociológica” de su amigo, Ibid., p. 15. Santiago Key Ayala fue un escritor e internacionalista venezolano. Al igual que Zumeta, fue delegado ante la Asamblea de la Sociedad de Naciones, el Tribunal de La Haya y la Conferencia Panamericana en La Habana, en representación del gobierno venezolano. Fue miembro de la Academia de la Lengua y de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela.

15 Insausti, “Introducción” al libro de César Zumeta, Las potencias y la intervención en Hispanoamérica, p. 39.

16Zumeta César, Notas críticas. Con dos comentarios separados por tiempo y distancia de Santiago Key Ayala, p. 10.

17Insausti, “Introducción” al libro de César Zumeta, Las potencias y la intervención en Hispanoamérica, p. 15.

18Ibid.

19La necesidad de la unión latinoamericana ventilada durante las primeras décadas del siglo XX fue uno de los grandes proyectos de los intelectuales latinoamericanos de ese momento. El caso argentino ha sido estudiado por Pita, La Unión Latino Americana y el Boletín Renovación. Redes intelectuales y revistas culturales en la década de 1920.

20En la obra de César Zumeta y, en relación con este título, debe aclararse que, en primera instancia, El Continente Enfermo hace referencia al folleto que con este nombre Zumeta publicó en New York en marzo de 1899, sin pie de imprenta. La versión que se ha utilizado para el presente trabajo es la reproducción que de ese folleto realizó la Coordinación de Humanidades y su Centro de Estudios Latinoamericanos de la unam, bajo el mismo título y en su colección “Latinoamérica. Cuadernos de Cultura Latinoamericana”, que corresponde al número 50, edición de 1979. Por cierto, es esta una edición un tanto descuidada por sus muchas erratas. En segunda instancia, El Continente Enfermo en la obra de Zumeta, refiere a un libro póstumo que reunió el folleto publicado por Zumeta en New York en 1899, al cual se sumaron otros textos de su autoría. La referencia bibliográfica de esta colección de textos de Zumeta es como sigue: El Continente Enfermo, Caracas, 1961, Colección “Rescate”. Este libro de Zumeta con diferentes ensayos firmados por él, aparecidos en revistas y periódicos, inicialmente conformó, en sus primeras 343 páginas, el tomo segundo de La Doctrina Positivista, volumen 14, de la Colección “Pensamiento Político Venezolano del siglo XIX”, dirigida por Ramón J. Velásquez; volumen éste preparado por Pedro Grases y Manuel Pérez Vila, con notas de Tomás Lander, Caracas, Presidencia de la República de Venezuela, Ediciones Conmemorativas del Sesquicentenario de la Independencia, 1960. Recientemente, dentro de una nueva colección de libros titulada “Colección Bicentenario Carabobo”, que celebró los 200 años de la Batalla de Carabobo, se realizó una nueva edición de El Continente Enfermo, Caracas, Fundación Imprenta de la Cultura, 2022. En una nota al final de esta edición se afirma lo siguiente: “Reunidos bajo un título que anuncia la principal inquietud de su autor, los más de 60 textos que aquí se presentan vuelven una y otra vez sobre temas a los que su autor nunca renunció: la apremiante necesidad de la “América ibérica” de unirse y hacerse fuerte, la mirada crítica del legado espiritual hispánico, la preocupación por la educación, la vocación bolivariana y la alerta ante el imperialismo sobre cuyas apetencias no albergaba dudas”.

21Zumeta, “El continente enfermo”, p. 5.

22Se trata de Benjamin Kidd (1858-1916), quien tras escribir una serie de artículos solicitados por The Times, fueron luego reunidos y publicados bajo el título The Control of the Tropics, New York, The Mac Millan Co, 1898.

23Zumeta, “El continente enfermo”, p. 7.

24 Mannheim, “El problema de las generaciones”, p. 221. Cursivas en el original.

25Marichal, “El lado oscuro de la Generación del 900 en América Latina: darwinismo social, psicología colectiva y la metáfora médica”. En este trabajo Marichal realiza una comparación a propósito de las hipótesis que en torno a la metáfora del “Continente enfermo” realizaron autores como Manoel Bomfim (parasitismo degenerativo de las clases altas en Brasil), Alcides Arguedas (geografía andina de razas), Carlos Octavio Bunge (Psicología social hispanoamericana), Francisco Bulnes (las razas del trigo, maíz y arroz). En complemento a este estudio, véase el artículo de Marichal en este número de la Revista de Historia de América, cuyo análisis se centra en el libro de Francisco Bulnes, El porvenir de las naciones hispanoamericanas ante las recientes conquistas de Europa y los Estados Unidos (1899).

26Ibid., p. 36. Aunque Marichal aclara que en autores como el brasileño Manoel Bomfim, el discurso sobre la metáfora del Continente enfermo obedecía a la degeneración de la dominante raza blanca.

27El asunto de la teoría social-darwinista y su recepción en Hispanoamérica y, en general, en Occidente, es un asunto muy complejo. De acuerdo con Marichal, quien cita a Peter Bowler, Biology and Social Thought, 1850-1914 (1993), “las bases biológicas de muchos de los textos que luego se han calificado como social darwinistas, contenían muy poco de Darwin y, al contrario, mucha más influencia de otras escuelas científicas de tipo biológico o sociológico”. De allí que Marichal se dé a la tarea de identificar las diversas fuentes y escuelas de pensamiento que sirvieron de base a los textos de varios intelectuales en torno a la metáfora del Continente enfermo. En el caso del mexicano Francisco Bulnes, por ejemplo, Marichal concluye que “resulta manifiesta la influencia del pensamiento biológico Lamarckiano. También ocurre algo similar con los demás intelectuales que revisamos, los cuales bebieron con especial avidez en fuentes francesas de reflexión sociobiológico y de psicología social”. Marichal, “El lado oscuro de la Generación del 900 en América Latina: darwinismo social, psicología colectiva y la metáfora médica”, p. 37.

28Las últimas citas en Zumeta, El Continente Enfermo, pp. 6 y 7.

29Un ejemplo de esta discursiva imperialista en favor y en contra, al menos para el caso latinoamericano, es la compilación realizada por Pita y Marichal, Pensar el Antiimperialismo. Ensayos de historia intelectual latinoamericana, 1900-1930, en la que se estudian autores y textos que abordaron esta temática durante el primer tercio del siglo XX. La contribución de Marichal a este libro colectivo sugiere la importancia de los medios impresos a través de los cuales circuló esta ensayística en torno a los impulsores y a los detractores del imperialismo. Esta circulación de las ideas imperialistas, como las de sus opositores, los antiimperialistas, tienen que ver con el mundo de la edición de libro y de las revistas. Marichal, por ejemplo, identifica las revistas que publicaban artículos sobre el imperialismo/antiimperialismo en relación con Latinoamérica. Igualmente destaca en este mundo del impreso y la edición, grupos de la izquierda norteamericana muy vinculados con temas latinoamericanos que, como los latinoamericanos desde este lado del río Bravo, además de reflexionar y estudiar el antimperialismo, también denunciaron la expansión de su país hacia el sur. El mismo opúsculo de Zumeta cita constantemente una literatura europea que desde el otro lado del Atlántico empujaba el brioso imperialismo de la época. Marichal, “Comentarios sobre un temprano clásico de la izquierda norteamericana: Dollar Diplomacy: A Study in American Imperialism (1925), de Scott Nearing y Joseph Freeman”

30 Granados, Debates sobre España. El Hispanoamericanismo en México a fines del siglo XIX, citando a José María Jover Zambrano, p. 33.

31Las anteriores citas en Zumeta, El Continente Enfermo, pp. 8-10. Las cursivas en la última cita son nuestras.

32Las últimas citas en Zumeta, El Continente Enfermo, pp. 13-15. Cursivas en el original.

Recibido: 01 de Agosto de 2023; Revisado: 25 de Agosto de 2023; Aprobado: 30 de Agosto de 2023

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