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Letras históricas

versión On-line ISSN 2448-8372versión impresa ISSN 2007-1140

Let. hist.  no.20 Guadalajara mar. 2019

http://dx.doi.org/10.31836/lh.20.7138 

Entramados

La Geografía en las publicaciones Universidad. Mensual de Cultura Popular y Universidad de México, 1930-1936

The Geography in the publications Universidad. Mensual de Cultura Popular and Universidad de México, 1930-1936

Rodrigo Antonio Vega y Ortega Báez1 

1Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, México. Facultad de Filosofía y Letras, Circuito Interior s/n, C.P. 04510, Ciudad Universitaria, Ciudad de México, México

Resumen:

El objetivo del artículo es comprender la participación de los practicantes de la Geografía en Universidad de México y Universidad. Mensual de Cultura Popular en el periodo 1930-1936, después de la conquista de la autonomía de la Universidad Nacional. La metodología se basa en los estudios sociales de la ciencia que permiten relacionar a la historia de la Geografía con el desarrollo universitario. Entre los resultados destacan las estrategias de difusión geográfica y su relación con la dinámica científica decimonónica, para examinar las rupturas y continuidades temáticas en el siglo XX; los vínculos entre la Geografía y las Ciencias Sociales, y la participación de distintos practicantes de esta ciencia.

Palabras claves: Geografía; Prensa; Universidad; Ciencia; Cultura

Abstract

The objective of the article is to understand the participation of the practitioners of Geography in Universidad de México y Universidad. Mensual de Cultura Popular, in the period 1930-1936, after the conquest its autonomy the National University. The methodology is based on the Social Studies of Science that allow to relate the History of Geography with University development. Among the results, the strategies of geographic diffusion and their relationship with Nineteenth-Century scientific dynamics to examine the thematic ruptures and continuities stand out in Twentieth-Century; the links between Geography and Social Sciences; and the participation of different practitioners of this science.

Keywords: Geography; Press; University; Science; Culture

Introducción2

En diciembre de 1930, Julio Jiménez Rueda (1896-1960),3 director de Universidad de México, expresó que el primer número de la revista era resultado del llamado académico promovido “por conducto de los directores de las facultades y escuelas universitarias” hacia los profesores y estudiantes “para que colaboraran en sus páginas” (“Director”, 1930, p. 1). El proyecto editorial tuvo como uno de sus objetivos “ser un exponente de lo que es nuestra primera institución de cultura del país” y dar voz a todos los que formaban parte del cuerpo universitario mediante la publicación de sus trabajos, por lo que sería una revista de estudio académico, “no un magazine literario, ni un escaparate lírico de buenas intenciones, la investigación, el análisis de los problemas sociales, el estudio de cuestiones científicas, siempre tendrían cabida en sus páginas. La Universidad realiza con ello su mejor obra de cultura fuera de las aulas”, así que la colaboración de profesores y alumnos resultaba indispensable. Entre 1930 y 1934 la revista agrupó a intelectuales del país, algunos de ellos universitarios, quienes mostraron resultados de investigación en varias disciplinas, como la Geografía.

La historia de la Universidad Nacional en la primera mitad del siglo XX ha sido abordada en investigaciones que se han centrado en su fundación en 1910, la problemática enfrentada durante el proceso revolucionario, la relación con el Estado, la generación de leyes orgánicas, las ideologías políticas en la educación universitaria, las organizaciones estudiantiles, el surgimiento de nuevas dependencias universitarias, la trayectoria de los rectores y la problemática interna en relación con los distintos gobiernos.4 No obstante, en la historiografía ha recibido menos atención el aspecto científico de la Universidad.5

En cuanto a la historiografía de la prensa, la Geografía como disciplina científica se encuentra escasamente representada en las investigaciones posteriores a 1910, a pesar de que con el paso del tiempo se constituyeron varios espacios académicos como el Instituto Panamericano de Geografía y Estadística o el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, las comisiones de cartografía militar, las instituciones geográficas en los estados y la permanencia de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Esto se abordará más adelante.

En un sentido similar, la historiografía de la Geografía mexicana del siglo XX pocas veces ha examinado más allá de los procesos de profesionalización e institucionalización universitarias, pues la cantidad y diversidad de las investigaciones históricas en este periodo es menor si se compara con el siglo XIX.6 Los temas generales sobre el siglo XX recaen en la definición epistémica de la Geografía en la revolución y la posrevolución, su papel en la investigación territorial posterior a 1917 y la conformación de nuevos espacios profesionales.7

En este panorama, el objetivo de la investigación es comprender las vías en que los practicantes8 de la Geografía se expresaron en las revistas Universidad de México (1930-1934) y Universidad. Mensual de Cultura Popular (1936-1938)9 como parte de las disciplinas científicas desarrolladas en la Universidad y de interés de un público conformado por los universitarios y lectores que gustaban de esta ciencia. También se ahondará en las estrategias de difusión de la Geografía y su relación con la dinámica científica decimonónica para examinar las rupturas y continuidades temáticas en la primera mitad del siglo XX.10

La metodología de la investigación retoma algunos aspectos de los estudios sociales de la ciencia que permiten relacionar la historia de la Geografía con el desarrollo institucional de la educación, ya que las vías en que se ha difundido el cuerpo teórico-práctico de una disciplina o una profesión cambia en el tiempo a partir de los intereses del gremio docente, los estudiantes y los grupos sociales relacionados con el saber científico, todo ello plasmado en distintos medios, como la prensa (Acevedo, 2007, p. 64 ). La fuente histórica se compone de siete escritos geográficos publicados en ambas revistas, divididos en dos temas: las expresiones físicas del territorio y las expresiones humanas vinculadas con las ciencias sociales.

La metodología reconoce que “durante el siglo XX, los científicos generaron una preeminencia intelectual en la cultura de cada país, y sus trabajos ganaron nuevos espacios entre todo tipo de públicos alfabetizados”, gracias a la prensa y la radio (LaFollette, 2008, p. 3 ). En el caso de México, las revistas culturales surgidas en la posrevolución tendieron lazos con los lectores tradicionales de las clases media y alta, pero también con los sectores populares, o al menos ésa fue la aspiración de sus patrocinadores, por ejemplo la Universidad. Precisamente en esa institución tuvieron cabida los “nuevos intelectuales aparecidos con la Revolución” que se relacionaron en algún momento con las diversas facciones políticas (Garciadiego, 2015, p. 63 ). Algunos de ellos fueron practicantes de la Geografía.11 Además, la metodología reconoce que los practicantes de la Geografía presentes en las revistas están relacionados con sus expresiones físicas y de auxiliares de las Ciencias Sociales.12

La relevancia de la investigación radica en el análisis de dos revistas universitarias de interés para la historia de la ciencia, de la prensa y de la Universidad que han pasado inadvertidas en la historiografía y que revelan los temas desarrollados por algunos practicantes de la Geografía en la década de 1930. Esto abona a conformar una representación más amplia del devenir de esta ciencia en el siglo XX. Una revisión cuantitativa de los contenidos científicos en ambas revistas muestra que la Medicina cuenta con 38 textos, la Biología con 29, la Geología con 21, la Geografía con 7 y otras ciencias (Química, Astronomía, Matemáticas y Física) suman 11.13

En las revistas universitarias en distintas ocasiones los intelectuales publicaron textos, como “los Siete Sabios”: Alfonso Caso (1896-1970), Manuel Gómez Morín (1897-1972), Vicente Lombardo Toledano (1894-1968) y Antonio Castro Leal (1896-1981), entre otros (Garciadiego, 2015, p. 65 ). Este grupo nació en las aulas de la Universidad y se integró a ella posteriormente en la docencia y la administración, al igual que había sucedido con los miembros del Ateneo de la Juventud.

La revista Universidad de México se fundó durante el rectorado de Ignacio García Téllez, en noviembre de 1930, bajo la dirección de Jiménez Rueda. “El fin principal que se perseguía con esta revista era el servir como órgano que difundiera las actividades internas de la institución, además de contribuir al propósito de extensión universitaria” con las secciones de Artículos, Informes oficiales, Universitarias, Notas del país, Notas del extranjero y Libros (Torres, 1995, p. 63 ). La revista se editaba en el Departamento de Intercambio, que “con ayuda del Servicio Editorial era el encargado de recoger el material, corregir pruebas y organizar su publicación, además de distribuirla en el extranjero” (Torres, 1995, p. 64). El último número se publicó en agosto de 1934.

La segunda publicación, Universidad. Mensual de Cultura Popular, sustituyó a la anterior en febrero de 1936 al fundarse el Departamento de Acción Social, que incluyó la extensión académica. “El rector Luis Chico Goerne designó al licenciado Salvador Azuela14 a cargo de este Departamento”. Entre sus funciones estuvo la edición mensual de Universidad. Mensual de Cultura Popular (Torres, 1995, p. 85 ). Dejó de imprimirse en junio de 1938.

Panorama histórico de la Universidad, 1910-1940

Como es sabido, la Universidad Nacional se fundó en 1910 como dependencia de la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, meses antes del principio de la Revolución. Después de convulsos años que impactaron la institución, en 1920 se dio comienzo al proceso de pacificación del país, que también incidió en la Universidad. El presidente Álvaro Obregón decretó la fundación en 1921 de la Secretaría de Educación Pública, de la cual fue integrante la Universidad hasta 1929, cuando logró su autonomía institucional. En la década de 1920, “los gobiernos revolucionarios de Obregón y Plutarco Elías Calles buscaron incorporar la Universidad Nacional a sus proyectos educativos. La Universidad a su vez trató de convencer a los respectivos gobiernos de la importancia de la educación superior”, como elemento transformador del país, sobre todo con las profesiones científicas de Medicina, Odontología, Enfermería y Obstetricia, Química y las ingenierías (Marsiske, 2009, p. 209 ).

En 1925 las dependencias universitarias eran las escuelas nacionales Preparatoria, de Jurisprudencia, Medicina, Química y Farmacia, Odontología, Ingeniería, Normal Superior, de Bellas Artes y Administración Pública, la Facultad de Filosofía y Letras y de Graduados, el Conservatorio Nacional de Música y la Escuela de Verano (Marsiske, 2009, p. 212 ). En 1929 se incluyeron entre sus dependencias la Dirección de Estudios Biológicos, el Observatorio Astronómico, el Instituto Geológico y el Museo de Arqueología e Historia (Gómez Rey, 2012, p. 116 ). Cabe señalar que en la Facultad se cursaba el posgrado en Ciencias Geográficas e Históricas.

Las revistas Universidad de México y Universidad. Mensual de Cultura Popular surgieron después del triunfo del proceso autonomista de 1929, pues la institución requería de un órgano impreso que diera a conocer entre un amplio público sus actividades científicas (Astronomía, Química, Geología, Física, Biología, Geografía, Medicina, entre otras). Ambas publicaciones detallaron las actividades de los rectores en la década de 1930. Éstos fueron Ignacio García Téllez (julio de 1929 a septiembre de 1932), Roberto Medellín Ostos (septiembre de 1932 a octubre de 1933), Manuel Gómez Morín (octubre de 1933 a octubre de 1934), Fernando Ocaranza Carmona (noviembre de 1934 a septiembre de 1935), Luis Chico Goerne (septiembre de 1935 a junio de 1936) y Gustavo Baz Prada (junio de 1936 a diciembre de 1940). Todos debieron renunciar a la Rectoría por distintas razones políticas (Ramírez, 1996, p. 747 ).

Esa década fue de gran agitación ideológica en la Universidad, pues hubo diferentes enfrentamientos intelectuales acerca de la orientación pedagógica que debería privar en las aulas en relación con el Estado posrevolucionario, en especial durante la presidencia de Lázaro Cárdenas (1934-1940).

En la historiografía se ha estudiado la polémica entre Antonio Caso (1883-1946) y Vicente Lombardo Toledano (1894-1968) que evidencia “la divergencia de posiciones ante el sentido de la Universidad frente a la sociedad y ante el propio saber. Sin embargo, no se trata aún de reflexiones sistemáticas sino de discusiones coyunturales marcadas por contenidos políticos e ideológicos” (Casanova, 1997, p. 132). Ambos intelectuales participaron como autores en las revistas universitarias.

También en la década de 1930 la Universidad enfrentó “un marcado déficit económico, una cierta animadversión por parte del gobierno federal y una presencia sumamente débil en la sociedad” (Domínguez, 1997, p. 138). No obstante, se fundaron varias dependencias, por ejemplo en 1935 la Escuela Nacional de Economía y la Imprenta Universitaria, en 1936 Radio Universidad, en 1937 la Sinfónica Universitaria y en 1938 la Facultad de Ciencias. En este contexto, los rectores emplearon ambas publicaciones para dar a conocer las actividades universitarias entre un gran público, sobre todo las clases media y alta urbanas que nutrían sus aulas, para así legitimar sus funciones educativas.

De acuerdo con Raúl Domínguez, en 1933 la Universidad tenía “matriculados poco más de 9 000 alumnos en todos sus planteles, incluida la Escuela Nacional Preparatoria, con un crecimiento relativo de su población del orden de 13% respecto de la inscripción de 1929”, que en relación con la población total del país representaba “apenas a 0.05% del total, cifra insignificante en términos absolutos, más aún si se considera que de tal cantidad sólo una porción reducida alcanza la titulación” (Domínguez, 1997, p. 136). Ese mismo año se promulgó la Ley Orgánica que estableció “la autonomía, desentendiéndose el poder público de todo tipo de apoyo, incluido el pecuniario [...] que habría de reportarle a la Universidad una situación de fuerte insolvencia” (Domínguez, 1997, p. 136). Esta ley fue consecuencia de la crisis promovida por la polémica sobre la educación socialista, la cual se exacerbó “a raíz del Congreso Universitario que, convocado por el rector Roberto Medellín e impulsado por Lombardo Toledano, aprobó que las universidades del país debían adoptar la filosofía del materialismo histórico como eje orientador de sus tareas” (Ramírez, 2006, p. 397).

Bajo el gobierno de Cárdenas se agravó la situación por la disputa entre la libertad de cátedra y la orientación socialista de la educación. Por ello, el presidente decretó la creación del Instituto Politécnico Nacional, que abrió sus puertas en 1937 como una alternativa educativa al supuesto elitismo universitario. Un año después se inauguró la Universidad Obrera. Ambas “fueron las alternativas de educación superior que institucionalizó el gobierno cardenista para formar cuadros técnicos y ofrecer oportunidades de ascenso a las personas de menores recursos” (Garciadiego, 2006, p. 391 ). Esto porque se consideraba que la Universidad no respondía a las políticas de su gobierno.

El rector García Téllez procuró afianzar la autonomía mediante la extensión universitaria a través de instancias que atrajeran “la participación de la comunidad en la solución de los problemas nacionales, difundiendo la ciencia y propiciando manifestaciones de carácter intelectual” para atenuar las críticas acerca de que los universitarios “no compartían los postulados de la revolución ni aplicaban sus conocimientos en beneficio del pueblo” (Garciadiego, 2006, p. 374 ). Las revistas universitarias fueron parte del intento por ganarse a la opinión pública a través de la divulgación del conocimiento en la sociedad.

En 1940, durante el primer año del gobierno de Manuel Ávila Camacho (1897-1955), “la Universidad inició un nuevo ciclo de vida, al dejar atrás sus años de conflicto y tirantez. Con el gobierno avilacamachista y su propuesta de unidad nacional, la Universidad logró reconciliarse con el gobierno” (Garciadiego, 2006, p. 392 ). Ese año, la institución “atendió a más de 17 mil alumnos, 12 mil de los cuales cursaron estudios superiores, con una tasa de crecimiento de 210% respecto de 1929, superior a la tasa de crecimiento demográfico nacional, que en el mismo lapso fue de 125%” (Domínguez, 1997, p. 138 ).

Como se ha señalado, después de la conquista de la autonomía universitaria, varios funcionarios consideraron importante publicar una revista que mostrara las actividades académicas y su relación con la sociedad. Las “Palabras Iniciales” de Universidad de México recordaban al lector la lucha autonomista de 1929. La redacción insistió en que a partir de entonces la Universidad Nacional se encontraba comprometida con el “ideal democrático revolucionario” para contribuir al “progreso” nacional en cuanto a “la conservación y el desarrollo de la cultura mexicana, participando en el estudio de los problemas que afectan a nuestro país, así como acercarse al pueblo por el cumplimiento eficaz de sus funciones generales y mediante la obra de extensión educativa” (Redacción, 1930, p. 3). Precisamente Universidad de México sería una ventana a los estudios sobre la cultura nacional en distintas expresiones, incluyendo la científica, además de abordar problemáticas de interés social y como medio de divulgación de diversos temas, todo ello dirigido a un público heterogéneo compuesto desde el lector elitista hasta el de tipo popular. Al menos era el anhelo de los intelectuales. Precisamente en términos de “la cultura mexicana” los practicantes de la Geografía encontraron cabida en las expresiones académicas.

Desde el porfiriato la actividad científica era valorada como el camino certero para el progreso nacional, por lo que no resultó extraño que el presidente Emilio Portes Gil anunciara que la Universidad gozaría del presupuesto necesario para fundar institutos que “puedan tener funciones de investigación científica”, con los cuales solucionar los problemas nacionales (Redacción, 1930, p. 4). La tendencia de la investigación científica bajo el amparo de las dependencias, algunas de ellas unidas a la Universidad desde 1910, se mantuvo con los gobiernos revolucionarios. Esto se concretó para la Geografía en 1935, como se verá adelante.

En 1932, el rector Ignacio García Téllez publicó un recuento de su gestión. Sobre la revista, el rector expresó que

la difusión de las obras de texto que relacionan la cátedra con la vida del país se complementa con la selecta publicación de los boletines de los institutos, que a la originalidad de sus estudios, resultado de la observación del medio, se aúna la experiencia de sus laboratorios y la aplicación de los últimos descubrimientos científicos. Completa esta divulgación la revista de la Universidad, que en su afán de crear la unidad intelectual mexicana se ha extendido a casi todos los establecimientos superiores de cultura de la República, no invocando una autoridad administrativa de que carece, ni medios económicos de que no dispone, sino estimulando una corriente de solidaridad y de entendimiento hacia la consecución de medios que tienden a la homogeneidad de los planes de estudios y métodos de enseñanza en todos los planteles de educación superior del país (García Téllez, 1932, p. 212 ).

Las palabras de García Téllez se inscribieron en la confianza que la prensa gozaba como el medio idóneo para la difusión de la ciencia universitaria, tanto por la diversidad del público al que se anhelaba llegar como por su fácil propagación en el país. Esto muestra la continuidad de la tendencia decimonónica, e incluso dieciochesca, por comunicar los resultados científicos por el medio impreso. En cuanto a la revista universitaria, el rector auguró que sería bien acogida por la comunidad intelectual debido a los tópicos abordados y el renombre de varios de los universitarios. También se aprecia la importancia de mantener la discusión pública de temas de la ciencia a través del órgano universitario que aspiraba convertirse en una tribuna académica del mayor alcance posible entre los lectores.

Panorama de la Geografía mexicana, 1910-1940

La Geografía fue una de las ciencias de mayor dinamismo en el siglo xix mexicano por la necesidad del nuevo país de reconocer el territorio desde los parámetros científicos.15 En esa centuria, la Geografía vivió un proceso de profesionalización dentro del Colegio de Minería y un proceso de especialización con la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. También en el último tercio del siglo se incorporó esta disciplina a los estudios de primeras letras y a los preparatorios. Además, se relacionó como ciencia auxiliar de la Historia Natural, la Medicina, la Astronomía y la Geología, así como de la Antropología, la Historia, la Arqueología, la Economía, la Sociología e incluso la Literatura.

La Geografía al final del siglo XIX se encontraba dividida epistemológicamente en dos áreas: la Física, orientada hacia la evolución geológica del planeta y por tanto cercana a las Ciencias de la Tierra, y la Humana, basada en preceptos del historicismo y el romanticismo, con orientación a las Ciencias Sociales. Ambas áreas se mantuvieron en la siguiente centuria y se integraron a la Universidad mediante sus practicantes. Por ello, las dos áreas de la Geografía se encuentran presentes en ambas revistas.

La dinámica académica decimonónica se mantuvo después de la fundación de la Universidad, pues en 1912 se fundó la cátedra de Geografía Histórica (Antigua y Moderna) en la Escuela Nacional de Altos Estudios. “Un año más tarde se abrieron nuevas áreas, y fue así que se estableció la cátedra de Geografía Física y Geología de México, dentro del área de Ciencias Físicas y Químicas” (Moncada y Gómez Rey, 2011, p. 227 ). En los primeros años de la Universidad, las dos áreas de la Geografía se incorporaron a distintos campos académicos.

Después de 1912, la Geografía se mantuvo dentro de la Universidad en algunas cátedras impartidas en la Facultad de Filosofía y Letras en las áreas de Ciencias Históricas, Ciencias Físicas y Ciencias Biológicas. “En este plan los cursos de Geografía continuaron siendo los habituales, de carácter general como conocimiento básico para las disciplinas vecinas” (Gómez Rey, 2009, p. 83 ). Ese año se aprobaron las maestrías en Ciencias Exactas, Ciencias Históricas, Ciencias Físicas y Ciencias Biológicas, y los doctorados en Ciencias Exactas y Ciencias Biológicas (Gómez Rey, 2012, p. 124). En todos estos grados la Geografía se incorporó en algunas cátedras.

En 1932 nació el Departamento de Geografía en la Facultad al ofrecer una licenciatura centrada en la formación de profesores especializados; posteriormente “los estudios de Geografía adquirieron un carácter científico más profundo. Peros sólo en 1939 se planteó la cuestión de desarrollar, además de la docencia, la investigación” (Chías, Cruz y Malcon, 1994, p. 77 ). Un año después se aprobó el grado en Ciencias Geográficas. “Con ello apareció el primer plan de estudios de Geografía con 13 materias” en total (Gómez Rey, 2009, p. 85 ). El 6 de diciembre de ese año, el ingeniero José Luis Osorio Mondragón fue designado Jefe de Grupo de Ciencias Geográficas. Por primera vez los practicantes de la Geografía tuvieron a su alcance la posibilidad de inscribirse en los estudios especializados.

En 1935 se creó el Instituto de Geografía, dentro del entramado de dependencias de investigación entre las que figuraban los institutos de Geología, Biología, Química, Física, Matemáticas, Filosofía, Historia y Ciencias Sociales y el Observatorio Astronómico. El primer director del instituto fue el ingeniero Osorio Mondragón. El personal se compuso de los ingenieros Jesús Galindo y Villa, Joaquín Gallo y Federico Mullerried, y los profesores Enrique Schulz, Rita López de Llergo, Elodia Terrés, Gabino Palma y Salvador Massip (Osorio Mondragón, 1940, pp. 3-12). Entre las actividades científicas iniciales destacaron las exploraciones que promovieron Mullerried en la Huasteca potosina (1934), Osorio Mondragón en el valle de Puebla (1934), Luis González Treviño en el sistema fluvial Lerma-Chapala (1939), entre otras (Osorio Mondragón, 1940, pp. 3-12). Algunos de éstos publicaron escritos en Universidad de México y Universidad. Mensual de Cultura Popular.

El Instituto de Geografía fue el primer espacio de este tipo en la historia científica del país. Los profesores fundadores se dedicaban a aspectos de Geografía Física, Geología, Cosmografía, Astronomía y Mineralogía, provenientes “de diferentes dependencias universitarias, tales como la Escuela Nacional Preparatoria, las facultades de Filosofía y Letras, Economía, Comercio y Extensión” (Gómez Rey, 2009, p. 106 ). Esto deja ver cómo la Geografía se encontraba posicionada desde décadas atrás dentro de la Universidad, aunque carecía de una dependencia propia. Algunos geógrafos universitarios destacados en la década de 1930 fueron los ingenieros Pedro C. Sánchez, Ricardo Toscano Barragán, Basilio Romo, Teodoro Flores Reyes, José G. Aguilera, los licenciados Jorge A. Vivó, Luis Lanz Margalli, Ramón Alcorta Guerrero, el arquitecto Luis R. Ruiz, y los mencionados Gallo, Schulz, Osorio Mondragón, Galindo y Villa, López de Llergo, Mullerried y Massip.16

En 1937 dieron principio los cursos para optar por el grado de Maestría en Geografía, y en 1939 se fundó el Doctorado en Ciencias Geográficas. Esto en el marco de las discusiones epistémicas al interior del Departamento de la Facultad de Filosofía y Letras que propiciaron que a finales de 1938 se trasladara a la Facultad de Ciencias. En 1940 se aprobó la Licenciatura en Geografía, cursada en cuatro años, para robustecer al Departamento (Gómez Rey, 2012, p. 154 ). “Poco tiempo después retornó a la Facultad de Filosofía y Letras (1941), donde actualmente permanecen como Colegio” (Gómez Rey, 2009, p. 79). Esto supuso un cambio epistémico en la profesionalización geográfica, ya que la Ingeniería geográfica dio paso a la Licenciatura en Geografía, con una amplia propuesta teórico-práctica al incluir una perspectiva socioeconómica.

Además de en la Universidad, la Geografía mexicana se desarrolló en varios espacios académicos y gubernamentales. Uno de ellos, de vocación internacional, fue el Instituto Panamericano de Geografía e Historia, fundado en 1928 en la ciudad de México y uno de cuyos miembros fundadores fue Pedro C. Sánchez.

En la década de 1930 convivieron varias instancias geográficas gubernamentales, como la Dirección de Geografía, Meteorología e Hidrología (1927-1946), la Comisión Cartográfica Militar (1917-1965) y la Comisión Geográfico Militar (1938-1946), en que se desplegó la “visión territorial del Estado cardenista, que hace énfasis en la escala local geoeconómica del ejido y la propiedad comunal” (García Rojas, 2009, p. 216 ). En cuanto a las secretarías federales, destacan la de Agricultura y Fomento, que agrupaba a las direcciones de Estudios Geográficos y Climatológicos y de Estudios Biológicos, y el Servicio Sismológico Nacional; la Secretaría de Industria, Comercio y Trabajo, vinculada con el Instituto Geológico, y la Secretaría de Educación Pública con la Dirección de Arqueología, además de las actividades de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y el Instituto Panamericano de Geografía e Historia (Gómez Rey, 2012, p. 117 ). También las secretarías de Recursos Hidráulicos, de Comunicaciones y Obras Públicas y de la Defensa Nacional dieron cabida a la Geografía.17 El Estado “tuvo una visión territorial que desplegó un discurso lógico fincado en el campo, que constituyó parte importante de su soporte ideológico y tarea obligatoria y permanente a cargo del Poder Ejecutivo” (García Rojas, 2009, p. 210).

En este panorama, la década de 1930 representó un periodo de gran vitalidad para los practicantes de la Geografía en sus distintas vertientes (física, social, económica, histórica, climatológica, biológica y cartográfica).

La Geografía física y el territorio

El primer grupo de escritos geográficos en Universidad de México y Universidad. Mensual de Cultura Popular se orientó hacia las características físicas, hidrográficas, climatológicas y cartográficas del territorio y se conformó por estudios académicos de la autoría de algunos profesores universitarios.

En 1931 el arquitecto Luis R. Ruiz18 disertó sobre los usos de la fotografía en la Topografía, para que el lector reconociera “los verdaderos e inapreciables servicios que puede prestar como instrumento topográfico auxiliar” (Ruiz, 1931, p. 193). Este tema había sido abordado durante el porfiriato,19 pero no cualquier individuo podía comprar una cámara fotográfica para emplearla en sus labores geográficas, aunque en la década de 1930 ya habían disminuido de tamaño como para transportarse con mayor facilidad que años antes.

Ruiz consideraba que la fotografía auxiliaba al topógrafo en los cálculos geométricos de los levantamientos topográficos para determinar medidas de ángulos, distancias y alturas relativas, elementos útiles para fijar los puntos en el plano. “Las primeras medidas que pueden obtenerse de una fotografía son las angulares y para ello entendemos que no se ha descentrado el objetivo y la fotografía se presenta en su tamaño completo, de modo que en ella se conocen el centro O de la misma” y los ejes horizontal y vertical, tanto en las fotografías tomadas con la cámara a plomo como con la cámara inclinada (Ruiz, 1931, p. 194). El topógrafo requería conocer las técnicas fotográficas para aprovechar al máximo el aparato y obtener imágenes de la mejor calidad para los estudios científicos, sobre todo en el contexto de la reforma agraria, que requería de la mayor cantidad posible de especialistas.

Ruiz señalaba que era necesario usar la cámara enfocada a infinito siempre para mantener la distancia focal fija, “y este punto de tiraje del fuelle debe marcarse con una precisión suma. De este modo conoceremos los elementos que entran en el cálculo de los ángulos, y por lo tanto, la cámara se habrá convertido en un aparato auxiliar de precisión muy eficaz” en gran número de casos en el accidentado territorio nacional (Ruiz, 1931, p. 198). Ruiz expone que sucedía con frecuencia que las fotografías, a pesar de ser difusas por la escasa pericia del fotógrafo, serían útiles en “levantamientos bastante aproximados en paisajismo, arquitectura y arqueología de un inmenso valor documental” (Ruiz, 1931, p. 201). La utilidad de la fotografía para los geógrafos era indiscutible, según el texto de Ruiz, al mostrar distintos ejemplos en que se empleaba para investigaciones científicas que requerían de la “objetividad” y la “precisión” de un aparato supuestamente ajeno a la subjetividad humana. Una aspiración positiva vigente en la década de 1930.

En 1933 Alfredo Ibarra Jr.20 publicó su experiencia geográfica en el Sumidero, Chiapas, que incluía algunas imágenes fotográficas. El autor era un literato chiapaneco que también se desempeñaba como profesor de Geografía en la Universidad de Chiapas. Ibarra señalaba que Tuxtla Gutiérrez mostraba al visitante un aspecto agradable, aunque se sentía “un calor sofocante” por el clima caliente y seco que “no permite llevar mucha ropa”, y al fondo de la ciudad se encontraba “recortada la figura de la cordillera del Hueitepec, en donde está el Sumidero” (Ibarra Jr., 1933, p. 222). En esa época, el cañón del Sumidero era poco conocido, pues no se había efectuado una exploración científica para conocer su amplitud, diversidad biológica y características geológicas e hidrográficas. Ibarra platicó con algunos tuxtlecos sobre el cañón y concluyó que los habitantes “saben que es lo mejor que hay en los 70 000 kilómetros cuadrados que tiene el estado, saben que es un enorme cañón que cruza el río de Chiapa, pero nadie se preocupa por él” (Ibarra Jr., 1933, p. 222). Este accidente geográfico era parte de la identidad cultural de los tuxtlecos, pero no desde la perspectiva científica sino de la territorial, al reconocer su importancia sentimental como parte del paisaje. De ahí la necesidad de un conocimiento académico.

Ibarra incluye una pregunta formulada a un tuxtleco: “¿Qué tanto tarda uno en entrar al Sumidero?”, cuya respuesta fue: “Entrar es difícil -contesta-, pero salir es imposible. Esta contestación me aclara la causa del abandono en que tienen esta joya geográfica. Siendo peligroso, la gente tiene buen cuidado en observar de lejos”, pues la fauna salvaje se componía de cocodrilos y serpientes que ahuyentaban la curiosidad humana.

El texto de Ibarra da cuenta de una exploración guiada por el profesor Marcos Becerra, el doctor Samuel León (médico del grupo), Alberto Chanona y Mario Balboa (guías locales). Para Ibarra, la cordillera del Huitepec corre frente a Tuxtla de SE a NW y el río Grijalva la divide casi en el sentido de su longitud. Según las mediciones de la comisión científica a la que Ibarra acompañó, el cañón medía alrededor de 15 kilómetros “y es digno de ser visitado por todo el que se interese en conocer el país y que sepa apreciar los paisajes magníficos” (Ibarra Jr., 1933, p. 223 ). Desde el siglo anterior, la Geografía estuvo unida al sentimiento nacionalista en cuanto a que la población reconociera los principales accidentes del territorio y se generara un sentimiento de orgullo patrio por ellos, tanto a escala local o regional, como el caso de volcanes, playas, cañones o cascadas, como en el plano nacional. Por ello no es casualidad que un literato y profesor de Geografía se sumara a la expedición científica, pues su tarea sería representar artística y científicamente el cañón para promover un sentimiento de identidad en torno al territorio, distinto del sentimiento de temor que representaba lo desconocido.

El profesor dejó constancia de las investigaciones geológicas que se llevaron a cabo y del campamento que se estableció junto a un lugar llamado Piedra Parada, “donde el río hace un recodo y el paisaje se domina tanto río abajo cuanto más arriba. De hacer a pie el camino a Piedra Parada, se tienen que andar cinco horas ascendiendo continuamente y admirando las variaciones de un paisaje a veces maravilloso” (Ibarra Jr., 1933, p. 223 ). La Piedra Parada era una roca de más de cinco metros de altura, “con buena inclinación, que nos favorece del sol, de la lluvia y de la niebla que humedece la ropa durante la noche” (Ibarra Jr., 1933, p. 223). Es posible que el texto de Ibarra haya sido el primero en describir de manera general el cañón a un público heterogéneo, no sólo compuesto por la comunidad científica, sino por todo tipo de lectores que a través de la revista universitaria se adentraría en tal localidad. Alfredo Ibarra Jr. escribe que la primera impresión recibida por el espectador

al llegar al borde del cañón es inolvidable. La tupida vegetación impide ver a dos metros de distancia, y cuando menos lo esperamos, estamos a un paso del borde del precipicio. Allá abajo, a una profundidad vertiginosa, corren las aguas del río Chiapa. El cauce es pedregoso y de una inclinación muy pronunciada a juzgar por la rapidez con que corren las aguas. La corriente da de lleno contra grandes piedras que cambian continuamente el curso, y se levanta una nube de espuma blanca seguida de un ruido ensordecedor. Tenemos que hablar a gritos para oírnos [...] Nos hemos acercado con grandes precauciones y observamos la corriente bordeada por un verde zacate. El que no se siente atarantado, domina con dificultad el secreto impulso que le ordena con firmeza dar un salto hacia el vacío [...] Las cámaras fotográficas han funcionado muchas veces en nuestro afán de asegurar valiosos documentos, pero las fotografías no sirven. Unas las ha echado a perder la humedad, otras son víctimas de la niebla que guarda celosa los paisajes. Sin embargo, varias veces he hecho excursiones a Piedra Parada en compañía de mis alumnos de la clase de Geografía Física y hemos logrado hacer buenas observaciones, a pesar de carecer de aparatos. Además, exploramos en práctica, por encargo de la Escuela de Educación Física de México (Ibarra Jr., 1933, p. 224 ).

La habilidad descriptiva de Ibarra se complementa con su experiencia docente al retratar tanto la exuberancia del cañón como los sentimientos que producía en el visitante. Esto recuerda a la geografía historicista de perfil romántico, en la cual las sensaciones eran una vía de conocimiento académico cercana al nacionalismo. También se aprecia la vía positiva de la Geografía al expresar la importancia de los instrumentos en la educación científica; a pesar de su carencia, se hace mención a su función, al igual que el papel de la fotografía para retratar “objetivamente” el paisaje. La participación de los estudiantes en los reconocimientos geográficos gozó de una larga tradición en México, pues se consideraba que era la manera adecuada para alentar a las nuevas generaciones en la exploración científica.

El geógrafo describió el cañón a lo largo de 15 kilómetros. Un ejemplo de ello es la descripción sobre una parte de la pared del lado derecho, río abajo, en la cual, “examinándola detenidamente con unos anteojos de campaña, se descubre una cueva que a la simple vista se percibe como un punto negro”, la cual fue fotografiada (Ibarra Jr., 1933, p. 228 ). “El trabajo no era una cosa sencilla. Había que valerse de un hoyo como a setenta centímetros del borde del río, en el que se podía afianzar un solo pie, sacar más de medio cuerpo y extender los brazos para librar los obstáculos que de esta manera no se podían evitar” (Ibarra Jr., 1933, p. 228). La narración de los peligros que presentaba la exploración geográfica también fue recurrente desde la centuria anterior, para acentuar el carácter valeroso de los practicantes de la Geografía, quienes se arriesgaban en distintas ocasiones en aras de la ciencia. Este acto también aporta un toque dramático propio de la geografía historicista con orientación romántica para alcanzar los propósitos académicos.

Para Ibarra, el cañón del Sumidero “podría ser un magnífico lugar de recreo y un importante centro de turismo, si se acondicionara un hotel o posada en Piedra Parada”, se construyera una carretera que lo uniera con la gruta de Montecristo y un sendero bordeando el cañón, todo ello sería “interesantísimo y además muy productivo por la extraordinaria belleza que encierra”; incluso se podría acondicionar un punto de observación al final del cañón (Ibarra Jr., 1933, p. 230 ). El profesor concluye su texto señalando que valía la pena destinar “tiempo y dinero para admirar tan soberbia obra de la naturaleza, de la que se enorgullecen los chiapanecos” (Ibarra Jr., 1933, p. 230). Los recursos territoriales en la primera mitad del siglo XX fueron un amplio tema de debate geográfico acerca de si podrían ser rubros económicos locales, no sólo desde el punto de vista de la generación de energía, sino también desde el turismo, que emergía como una actividad económica reservada a las elites, pero que generaba riqueza a partir de la visita de accidentes geográficos, balnearios, centros de esquí, casinos, marinas y rutas de senderismo en varias partes del mundo. Esto estaba a tono con la consolidación de la Geografía económica, que legitimó la visión utilitaria del territorio que surgió al final del siglo XIX.

Por último, el ingeniero Trinidad Paredes21 publicó “Hidrología subterránea de Ramos Arizpe y del valle de Santa Cruz” (1936) . Al principio del artículo se indica que este pequeño poblado se encuentra a 15 kilómetros al norte de Saltillo, en un valle alargado de norte a sur y limitado al oriente por serranías elevadas, parte de la Sierra Madre Oriental. “Por el norte, está la sierrita de Santa María, por el poniente, Cerro Colorado y el Cerro Grande con sus contrafuertes secundarios. Al sur poniente está la Sierra de Guajardo, y al sur los cerros cercanos a Saltillo, interponiéndose entre las dos poblaciones los cerritos” que forman La Joya. La zona es accidentada y de clima semidesértico (Paredes, 1936, p. 21). La región carece de agua, ya que los recursos hídricos son “las lluvias y algunos pequeños arroyos, pues el principal no se aprovecha, las aguas subterráneas que son de dos especies: superficiales y profundas”, como los ojos de agua de Guanajuato, la Casita Blanca, el Ranchito y el Plan de Guanajuato (Paredes, 1936, p. 21). El agua provenía de los escurrimientos de los flancos occidentales de la Sierra Madre depositada en el valle, que “al llegar al conglomerado calizo permeable, lo penetran y circulan por entre ese conglomerado y el lecho de pizarras y de margas de relativa impermeabilidad, hasta que afloran en puntos determinados” (Paredes, 1936, p. 21). La explicación hidrográfica tomó en cuenta los aspectos orográficos, geológicos y edafológicos para comprender la dinámica del agua en la región y determinar cómo emplearla en la economía. Es un tipo de estudio practicado en las dependencias universitarias con el propósito de aquilatar los recursos ambientales.

Sobre el valle de Santa Cruz, Paredes señala que se ubica al NW de Ramos Arizpe, conformado por una cuenca alargada de norte a sur de 50 kilómetros, limitada por serranías de Este a Oeste. Para el ingeniero, el valle es una “cubeta en que los estratos” de las diferentes sierras que la limitan se inclinan hacia el centro del valle, estratos de naturaleza heterogénea, “que aunque no podemos considerarlos como un medio claramente permeable, sí podemos creer que las aguas de las lluvias y de los arroyos los penetran en parte, especialmente en la cuencas de los ríos Patos y Saltillo, en donde por grandes extensiones corren las aguas exteriores y subterráneas superficiales” tendiendo a seguir un camino hacia el centro de la cuenca (Paredes, 1936, p. 22). La determinación de la dinámica hidrográfica es parte del interés de Paredes por el reconocimiento geográfico de la localidad. Éste es un ejemplo de los temas en boga en la década de 1930 en cuanto al desarrollo de estudios locales y regionales que se interesaban en conocer los recursos territoriales útiles para la economía y el aumento demográfico después de la Revolución.

Los practicantes de la Geografía física estuvieron relacionados con la educación y provenían de distintos ámbitos profesionales, como ingenieros, arquitectos y profesores normalistas. También se observa que este tipo de practicantes de manera habitual emprendían exploraciones y operaban instrumentos y aparatos especializados en sus investigaciones.

La Geografía humana y las Ciencias Sociales

Los conocimientos geográficos fueron recurrentes en las investigaciones sociales dentro y fuera de la Universidad como se esbozó en páginas anteriores. Tanto para la Historia, como la Arqueología, la Antropología y la Economía, la Geografía aportó referentes teóricos y metodológicos que auxiliaban las interpretaciones disciplinares. En este sentido, varios científicos sociales emplearon la Geografía humana para apuntalar sus investigaciones.

Uno de los primeros textos en este tenor se debió al historiador Enrique Juan Palacios (1881-1953)22 y se intituló “Iztlán” (1931), como resultado de la comisión presidencial que recibió para examinar dicha localidad, en compañía del profesor normalista Enrique Arreguín y el abogado Francisco Villalón. El reconocimiento científico tenía como propósito examinar unos restos antropológicos “de gran antigüedad, tal vez referibles al cuaternario o etapas anteriores, bien que hasta ahora hombre de esos periodos no se ha hallado en México con certidumbre” (Palacios, 1931, p. 297). Este poblado se ubica a veinticinco kilómetros al noreste de Zamora, Michoacán, en el extremo oriental del lago de Chapala, en un valle formado por el río Duero. El valle goza de gran cantidad de aguas freáticas todo el año y se halla “parcialmente ocupado ahora por ciénagas y lagunetas, en que pulula una variada fauna entre la que sobresale la garza de las variedades blanca y morena”, por lo que presumiblemente su nombre antiguo hacía referencia a la mítica Aztlán (Palacios, 1931, p. 298). En la localidad también se apreciaba “un activo vulcanismo, el cual se manifiesta en las enormes cantidades de basalto en fragmentos diseminados dondequiera, que es el material de que se forman las cercas y vallados de las propiedades agrícolas”, incluso en los campos había pequeños conos de volcanes extintos que Palacios no tuvo ocasión de visitar, “pero, juzgando por la gráfica descripción de la gente del campo, que habla de oquedades, a manera de socavón de mina, paréceme que la naturaleza del aparato no deja lugar a dudas” (Palacios, 1931, p. 298). El objetivo principal de la comisión científica era de carácter antropológico; no obstante, se requería de un estudio geográfico que complementara los hallazgos óseos para comprender el territorio que habitaron esos antiguos seres humanos. Esta descripción recurrió a la Geografía física y al reconocimiento in situ de la localidad, por lo que es de notar que el historiador desarrolló una práctica geográfica para complementar su investigación.

Palacios supuso que en tiempos remotos el límite del lago de Chapala llegaba a las inmediaciones de Iztlán por el tipo de rocas y sedimentos en el pueblo. El geógrafo asumió que de siglos atrás, “las aguas se han retirado lentamente” (Palacios, 1931, p. 298). La apreciación de Palacios correspondía a los estudios de Geografía histórica que resultaban necesarios para comprender el ambiente cuaternario (aspectos físicos) en que pudieron vivir aquellos seres humanos bajo los preceptos físicos y mineralógicos.

Al llegar al pueblo, los tres expedicionarios examinaron los supuestos fósiles, ubicados doscientos metros al oriente de las últimas casas. Los resultados indicaron que no eran restos óseos “sino sólo impresiones de osamentas” similares a una columna vertebral humana de gran antigüedad (Palacios, 1931, p. 298 ). Palacios supuso que hubo un asentamiento prehistórico en Iztlán por la amplia disponibilidad de fértiles campos y “manantiales termales inmediatos. Su extensión corresponde precisamente a la zona de los pozos de agua caliente”. (Palacios, 1931, p. 304). Los aspectos geográficos en el estudio histórico aportaban elementos científicos para explicar el origen de los restos óseos, que también proveían datos a los futuros estudios en Antropología física, una situación que era común en la Geografía de la época. De nuevo, esta ciencia auxilió a otras disciplinas en términos metodológicos.

Joaquín Ramírez Cabañas, también en 1931, dio a conocer “Don Alonso de la Mota y su descripción de la Nueva Galicia”, un texto geográfico de autoría de un criollo nacido en la ciudad de México en 1546. El documento colonial hacía referencia a la información reunida en la Descripción geográfica de la Nueva Galicia proveniente “de observación directa [...] de los españoles que iban ocupando territorios ganados a los indios rumbo al norte” (Ramírez Cabañas, 1931, p. 280). Para el historicismo, la Geografía era una ciencia auxiliar en las investigaciones del pasado colonial, pues gracias a ella era posible reconocer la dinámica demográfica, bélica y política del primer siglo novohispano. Cualquier investigador del pasado requería del conocimiento geográfico para la interpretación de fuentes documentales, un aspecto metodológico que posiblemente se practicaba en la Facultad de Filosofía y Letras.

Para Ramírez Cabañas, el relato de Mota era como una cartografía escrita, que narraba las comarcas de apariencia “fantástica a primera vista” desde las playas de Sinaloa hasta las costas del Golfo de México, atravesando el Nuevo Reino de León, “y de norte a sur, por un derrotero que quizá se alarga con exceso y audacia, de Colima a las estepas de Chihuahua” (Ramírez Cabañas, 1931, p. 280). Más que el análisis de la fuente histórica, Ramírez Cabañas acentuaba la utilidad de las descripciones geográficas para el reconocimiento paisajístico, de caminos y poblaciones, así como de las distancias en el siglo XVI; una perspectiva semejante a la Geografía histórica empleada por Palacios.

La descripción geográfica, para Ramírez Cabañas, goza de un “indiscutible y extraordinario interés desde todos los puntos de vista en que se la examine” por los detalles territoriales, “ya en la descripción de los pequeños poblados que sitúa sobre su itinerario, ya en las escrupulosas estadísticas que nos ofrece sobre la población, frutos de la tierra, reales de minas, molinos de beneficio y tráfico de mercaderías” y el desarrollo de la colonización. El valor académico de la Descripción geográfica de la Nueva Galicia se debe a las noticias “utilísimas para nosotros, porque nos permiten ir discerniendo poco a poco el complicado mosaico de la ubicación geográfica de nuestros pueblos aborígenes” (Ramírez Cabañas, 1931, p. 281). En la revista universitaria la investigación geográfica se mantuvo cerca de la Historia, y las Ciencias Sociales en general, como sucedía en las dependencias universitarias, pues la Geografía era un soporte teórico y metodológico para todo tipo de estudios académicos. Una lectura a la que estaban habituados los científicos sociales.

Otro trabajo que incluye elementos geográficos es “Paseos coloniales: Coixtlahuaca” (1931),23 de Manuel Toussaint (1890-1955),24 publicado en Universidad de México. El historiador describe su periplo por el norte de Oaxaca para estudiar la arquitectura colonial. En la narración se lee que Toussaint divisó desde una loma al pueblo de Coixtlahuaca, “extendido como en un anfiteatro. Allí está la gran iglesia con su pequeño campanario y su capilla abierta al costado; inmediata la gran plaza, por el lado del norte, con su palacio municipal en alto; para llegar hay que subir una escalera que queda al cabo del portal que cierra la plaza”, o la escalinata cerca del reloj (Toussaint, 1931, p. 183). La geografía urbana acompañó varias temáticas de la revista, como las históricas, antropológicas, arquitectónicas, arqueológicas y muchas otras; de esa manera los lectores reconocieron algunas de las regiones más apartadas del país. Una situación de ciencia auxiliar de las investigaciones humanísticas que fomentaba la Universidad.

También en 1931 el abogado Vicente Lombardo Toledano publicó un artículo sobre la geografía de las lenguas de la Sierra de Puebla como un recurso científico para su propuesta pedagógica orientada a la renovación de la enseñanza primaria en cada región lingüística. Para ello, en 1925 Lombardo Toledano había elaborado una carta etnográfica de México que se encontraba incompleta por la ausencia de algunos datos. El abogado consideró que la cartografía auxiliaría al profesor

que tiene que enseñar, simultáneamente, a niños o adultos de diversas razas -caso frecuente en el país- en la consideración elemental e importante de que el idioma no es un simple vehículo de comunicación entre los hombres. Toda lengua revela el concepto de la vida que tienen quienes la han forjado y la emplean. Por lo tanto, sin el conocimiento exacto del modo íntimo de pensar de los núcleos de población autóctona de nuestro país, y sin un intercambio, entre ellos y nosotros, de nuestros juicios y propósitos, la obra unificadora racial y social de México, tarea suprema del Estado, seguirá desarrollándose, como hasta hoy, de un modo lento y difícil (Lombardo Toledano, 1931, p. 14 ).

La propuesta de Lombardo Toledano para reformar el sistema pedagógico implementado en la educación primaria se basó en la amplia población rural de origen indígena que desde el siglo anterior se consideraba ajena a la vida política, social y cultural del país por el analfabetismo y el escaso número de indígenas que hablaban español. Para resolver este problema, también desde del siglo XIX, los geógrafos elaboraron cartas etnográficas y lingüísticas, como Manuel Orozco y Berra, Nicolás León y Victor-Adolphe Malte-Brun, todas consultadas por Lombardo Toledano.25 El autor proponía una cartografía completa en ambos temas que sería un instrumento científico para la política educativa de la Secretaría de Educación Pública. En el futuro, conociendo con exactitud la distribución de las lenguas indígenas, se podría plantear la unificación lingüística de la población para conformar un solo tipo de ciudadano en todo el país. Es un ejemplo de la ciencia al servicio de la solución de problemáticas nacionales que tanto interesaba promover en la revista.

Lombardo Toledano se refiere al esbozo de la carta lingüística de la sierra poblana de 1925 elaborada a partir de datos de Orozco y Berra para fijar la nueva distribución de las lenguas indígenas. La comparación de las dos cartas revelaba las transformaciones “que han sufrido en su alojamiento los diversos grupos étnicos de la región” (Lombardo Toledano, 1931, p. 15). La carta de 1925 se construyó recorriendo las zonas lingüísticas señaladas por Orozco y Berra, “haciendo las anotaciones correspondientes en el mapa y recogiendo más de cien vocabularios compuestos de las mismas palabras. Los vocabularios me revelaron una cosa importante: que el náhuatl de la Sierra no es el mismo en el norte que en el sur” (Lombardo Toledano, 1931, p. 15). Éste fue un aspecto inadvertido por los geógrafos decimonónicos que en la década de 1930 serviría para el diseño de políticas educativas tendientes a resolver la ausencia de unidad social en el país. De nuevo la Geografía se encuentra vinculada a los estudios sociales y manteniendo la tradición decimonónica de la cartografía lingüística, pero bajo los intereses posrevolucionarios.

Los científicos sociales practicaron la Geografía a manera de una ciencia que reforzaba sus investigaciones. Varias de éstas eran de carácter social y político, ya fuera desde la Antropología, la Historia o la educación. Esta dinámica es similar a los vínculos de la Geografía humana con las cátedras de Ciencias Sociales de la Facultad de Filosofía y Letras.

Consideraciones finales

La historia de la Geografía universitaria es aún un tema en ciernes, a pesar de su importancia explicativa en los procesos de profesionalización, institucionalización y especialización desarrollados en el siglo XX. Las investigaciones sobre el tema universitario muestran la diversidad de fuentes históricas y las numerosas aristas que faltan por explorar en relación con esta ciencia en sus áreas física y humana.

En el caso de la fuente hemerográfica de las revistas Universidad de México y Universidad. Mensual de Cultura Popular, éstas se nutrieron de las expresiones geográficas tradicionales heredadas del siglo XIX, ya fuera bajo el positivismo o el historicismo, en cuanto a sus relaciones con las Ciencias Sociales y el reconocimiento físico del territorio. Esto muestra la vigencia de las corrientes científicas más allá de los procesos sociopolíticos vividos después de 1910 en México y en la Universidad. Un tema pendiente es el análisis de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, para determinar si esa tendencia se mantuvo presente en la agrupación disciplinar más longeva del país.

Universidad de México y Universidad. Mensual de Cultura Popular fueron, en la década de 1930, la voz intelectual de la Universidad en las distintas disciplinas que en ésta se cultivaban, como era el caso de la Geografía. Los escritos geográficos manifestaban algunas de las dinámicas teóricas y metodológicas del siglo XIX, pero también se orientaban a dar solución a las interrogantes posrevolucionarias, por ejemplo el replanteamiento de la identidad nacional, la exploración territorial, el aprovechamiento de los recursos ambientales, entre otras.

El reconocimiento de los tipos de practicantes de la Geografía deja ver cómo actuaban en la década de 1930 con distintos propósitos y cómo las revistas universitarias incluyeron los dos tipos de expresiones. En casi todos los casos, los escritos geográficos se vincularon con las preocupaciones políticas, sociales, culturales y económicas del México posrevolucionario.

Queda pendiente el análisis del público de estos escritos geográficos, ya que se puede suponer que pertenecía a los estratos medios vinculados con la Universidad, como profesores, funcionarios, estudiantes y egresados, así como otro profesionistas e intelectuales. Sin embargo, hay que considerar que las revistas universitarias aspiraron a atraer a un público amplio y heterogéneo, aunque de momento sea difuso caracterizarlo. Lo mismo sucede con la circulación de las revistas fuera de la capital del país.

Las dos revistas analizadas apuntan la importancia de la conformación de un espacio común para la presentación y discusión de las expresiones geográficas cultivadas en el país y el extranjero ante la ausencia de una revista especializada en la disciplina dentro de la Universidad. A pesar de que la Geografía se había cultivado por más de medio siglo como Ingeniería geográfica, careció de un medio académico propio en las primeras décadas de vida universitaria, por lo que se mantuvo ligada a las Ciencias Sociales.

La investigación sobre las vías en que la Geografía se expresó en las publicaciones universitarias aún es un tema que requiere de mayores esfuerzos para comprender su papel educativo, disciplinar e institucional, pues desde 1910 ha estado presente en sus aulas y en la segunda mitad del siglo xx se fortaleció en distintas dependencias. En este sentido, otras fuentes, como la archivística y la bibliográfica, complementarían a la fuente hemerográfica.

También queda pendiente efectuar una reflexión crítica sobre la producción de obras geográficas de cada uno de los autores analizados para contextualizar el tipo de conocimiento científico desplegado en ambas revistas universitarias, un tema que rebasa esta investigación, pero que resulta necesario explorar en la historia de la ciencia mexicana.

Otra cuestión de interés se refiere a la ausencia de los geógrafos profesionales en las dos revistas. Es posible que publicaran sus investigaciones en publicaciones especializadas del mundo, que estuvieran volcados a la docencia y la función pública, que prefirieran el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística o que publicaran folletos y libros.

Por último, cabe señalar que en ambas revistas se encuentran los señalados temas biológicos, químicos, geológicos, médicos, entre otros, que carecen de una investigación profunda en el marco de la historia de la ciencia universitaria y que responden a la dinámica disciplinar que las comunidades científicas desarrollaron en las dependencias.

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2Esta investigación forma parte del proyecto PAPIIT IA-401518: “Historia de las relaciones entre la prensa y las ciencias naturales, médicas y geográficas de México (1836-1940)”, Dirección General de Asuntos del Personal Académico-UNAM/Facultad de Filosofía y Letras-UNAM. También es parte del Seminario PIFFYL (2015-001): “Historiografía sobre las relaciones entre ciencia y prensa en la historia de México”, Facultad de Filosofía y Letras-UNAM.

3Fue abogado y dramaturgo universitario. Se desempeñó como director de la Escuela Nacional de Arte Teatral y de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad.

4Gran parte de dichas investigaciones han sido abordadas en el IISUE-UNAM por María de Lourdes Alvarado, Hugo Casanova, Jorge Bartolucci, Renate Marsiske, Moisés Ornelas y Raúl Domínguez. También resaltan Gloria Villegas, Javier Garciadiego, Georgina Torres, Celia Ramírez y Álvaro Matute.

5Los principales historiadores en este rubro son Patricia Gómez Rey, Raúl Domínguez, Jorge Bartolucci, María de la Paz Ramos y Ana Rosa Barahona.

6Sobre el siglo XX destaca la compilación de fuentes Lecturas Geográficas Mexicanas. Siglo XX (Mendoza, 2009).

7La historia de la Geografía mexicana ha sido desarrollada por Patricia Gómez Rey, Luz Fernanda Azuela, Claudia Morales, Hugo Pichardo, Irma Escamilla, Héctor Mendoza, Irma García Rojas, Carlos Téllez, Luis Chías, Anuar Malcon, Javier Castañeda, Salvador Reyes y Luz María Tamayo.

8En la medida de lo posible se incluyeron datos biográficos de cada uno de los autores presentes en ambas revistas. De algunos no fue posible obtener información.

9Si bien esta revista no se publicó hasta 1938, la Geografía sólo está representada en 1936.

10Sobre la Geografía decimonónica véase Azuela, 2003, pp. 153-166. Cabe señalar que entre 1843 y 1910 se impartió la carrera de Ingeniería Geográfica en el Colegio de Minería, con sus distintos nombres, y la Licenciatura en Geografía se funda en la Universidad en 1939.

11El término “practicante” se refiere a un individuo que desarrolla una actividad científica, ya sea profesional o aficionado, cuyos resultados se dan a conocer en distintos medios de difusión o divulgación (Pimentel, 2010, p. 420).

12Las Ciencias Sociales son consideradas en la Universidad como Geografía, Antropología e Historia (Gómez Rey, 2012).

13Los artículos de Geografía no tuvieron una frecuencia estable en ambas revistas. Su presencia es casuística y es de suponer que se incluyeron cada vez que se enviaba alguno a la redacción. Los temas fueron tradicionales, lo que refleja que ambas revistas se encontraban dentro de la práctica científica de la época, por lo que se insertaron en los resultados clásicos de la comunidad de geógrafos.

14Destacó como abogado. Egresó de la Universidad Nacional. Se le reconoce como miembro de la generación de 1929. Fue director de la Facultad de Filosofía y Letras y fundador de la Orquesta Sinfónica de la Universidad.

15La Geografía decimonónica se caracterizó por la descripción del territorio, la tendencia a la cuantificación de sus métodos bajo el positivismo, la generación de teorías y leyes sobre la superficie terrestre, la elaboración de representaciones cartográficas, la medición de los recursos ambientales y la comprensión de la relación territorio-sociedad.

16Las principales investigaciones sobre estos geógrafos han sido presentadas por Patricia Gómez Rey a partir de la historia institucional, razón por la cual no se abordan de manera directa en este artículo. Sin embargo, aún queda pendiente profundizar en la obra de cada uno de ellos, los resultados de investigación que presentaron en distintas publicaciones, así como su papel docente y como funcionarios públicos.

17En la historia de la ciencia mexicana se carece de un análisis pormenorizado de cada secretaría.

18Ruiz fue un arquitecto egresado de la Escuela Nacional de Bellas Artes. Desde 1942 impartió clases en la Licenciatura en Geografía de la Facultad de Filosofía y Letras.

19Véase Valeria Isabel Figueroa Fuentes, “Fotografía desde la ciencia. Las técnicas y aplicaciones fotográficas en la prensa científica (1871-1914)”. Informe Académico por Artículo Académico de Licenciatura en Historia. Facultad de Filosofía y Letras-UNAM. 2016.

20Literato y profesor normalista que compiló varias narraciones populares. Su libro más conocido es Cuentos y leyendas indígenas de México (1941).

21 Ingeniero de minas que desarrolló investigaciones geográficas, geológicas y petrolíferas. Fue miembro de la Sociedad Geológica de México, la Sociedad Científica Antonio Alzate y la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. En la década de 1930 fue profesor universitario.

22Destacado arqueólogo e historiador. Fue profesor de la Escuela Nacional Preparatoria en la Cátedra de Literatura Española desde 1906. De 1925 a 1928 fue profesor de Historia Mexicana en la Escuela Nacional de Altos Estudios y de Arqueología Maya de 1934 a 1945 en la Escuela Nacional de Antropología e Historia.

23Ese año publicó un texto semejante titulado Tasco. Su historia, sus monumentos, características actuales y posibilidades turísticas, México, Cultura.

24Toussaint fue un destacado historiador del arte mexicano. Fundó el Laboratorio de Arte de la Universidad Nacional en 1934. Realizó estudios en la Escuela Nacional Preparatoria, la Escuela Nacional de Altos Estudios y la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad. De 1944 a 1954 encabezó la Dirección de Monumentos Coloniales de la República del INAH.

25Se refiere a Orozco y Berra, Geografía de las lenguas y carta etnográfica de México: precedidas de un ensayo de clasificación de las mismas lenguas y de apuntes para las inmigraciones de las tribus (1864); León “Las lenguas indígenas de México en el siglo XIX. Nota bibliográfica y crítica” (1905) y Malte-Brun Tableau de la distribution ethnographique des nations et des langues au Mexique (1877).

Recibido: 02 de Marzo de 2018; Aprobado: 18 de Julio de 2018

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