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Nueva revista de filología hispánica

versión On-line ISSN 2448-6558versión impresa ISSN 0185-0121

Nueva rev. filol. hisp. vol.66 no.1 Ciudad de México ene./jun. 2018

http://dx.doi.org/10.24201/nrfh.v66i1.3406 

Reseñas

Blanca Estela Treviño García (coord.), Aproximaciones a la escritura autobiográfica. De la vida de los otros a la vida de los nuestros.

Alejandro Arteaga Martínez* 

* Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Correo electrónico: alejandro.arteaga@uacm.edu.mx.

Treviño García, Blanca Estela. Aproximaciones a la escritura autobiográfica. De la vida de los otros a la vida de los nuestros. Bonilla Artigas-Universidad Nacional Autónoma de México, México: 2016. 438p. Pública Crítica, 8,

La equivalencia nominal entre autor, narrador y personaje supone un problema teórico que, desde la segunda mitad del siglo pasado, ha suscitado discusiones teóricas cuya intención general -me atrevo a simplificar- ha sido diferenciar la narración veraz de la verosímil o decididamente ficticia. Se ha recorrido un extenso camino desde el ensayo fundacional sobre el problema de la autobiografía de Georges Gusdorf, luego los trabajos de Philippe Lejeune y Paul Ricoeur, o las reflexiones de George May, hasta las investigaciones en lengua española de Ángel Loureiro, Manuel Alberca, Anna Caballé o Ana Casas, entre muchos otros estudiosos del tema que aparecen reunidos en volúmenes coordinados por algunos de los anteriormente citados. Aunque Francia dominó el área de estudio y hoy incluso pareciera agotado el tema ahí, no es menos cierto que las aproximaciones a la autobiografía y, en general, a las llamadas escrituras del yo, en el mundo hispánico han descubierto ricas vetas de trabajo e investigación.

Se suma ahora al prolífico camino referido Aproximaciones a la escritura autobiográfica, volumen coordinado por Blanca Estela Treviño. Es éste un libro loable por presentar algunos tratamientos del tema de las escrituras del yo en torno a la literatura mexicana. Dividido el libro en tres secciones, en la primera se ofrece un conjunto de siete reflexiones teóricas sobre el problema autobiográfico; en la segunda, se agrupan quince ensayos de diversa extensión y profundidad, casi todos centrados en autores literarios mexicanos; y en la tercera, sendos especialistas reflexionan sobre los escritos autobiográficos de Efraín Huerta, Octavio Paz, José Revueltas y José Emilio Pacheco.

En la primera sección, los trabajos de Anna Caballé y Claudio Maíz dialogan entre sí. Maíz explora en “La escritura del Yo: continuidad o discontinuidad de un discurso moderno”, la transición del yo humanista a uno fáustico moderno que es producto, además, de la cultura de masas y de una subjetividad masificada. Este yo moderno vulgar cumple una peculiar función social: se iguala a la subjetividad de cuantos lo leen, y así las nuevas autobiografías derrumban la diferencia entre la alta cultura y la cultura de masas de manera definitiva. Una inquietud semejante sobre la naturaleza del yo está en “La autobiografía en el siglo XXI: entre el yo y el Yo” de Caballé. La autora se pregunta qué lugar queda hoy para la autobiografía y qué efectos tiene sobre ésta la sobreexposición del yo. Una interesante propuesta para redefinir la autobiografía hoy proviene de la neurociencia: la continuidad del yo en el tiempo está relacionada con el cuerpo. Esta vinculación de la psique con el cuerpo tendría una consecuencia en el entendimiento moderno de la autobiografía: ésta “puede cumplir una función autorreguladora, homeostática: la preservación o restauración de la estabilidad emocional, y por tanto corporal, en el individuo en momentos de crisis o de fractura” (p. 34). Caballé acota la consecuencia del argumento neurocientífico: la autobiografía no es catarsis; por el contrario, “podría decirse que así cierran el círculo sobre el que se funda la cultura, en términos neurocientíficos: de la existencia a la conciencia, de la conciencia a la creatividad” (p. 40).

Ana Bundgård, Greta Rivara y Mónica Quijano caracterizan respectivamente la confesión, el testimonio y la biografía como escrituras del yo. Bundgård, por un lado, define la confesión como la respuesta a un “¿Qué he hecho?”, respuesta polimorfa y capaz de insertarse en otros géneros como el ensayo. A esta pregunta habrían respondido María Zambrano y Rosa Chacel en sendos ensayos sobre el género confesional: en el caso de Chacel, la confesión es motivada por el eros, como su poesía; y en el de Zambrano, por la culpa, lo que explicaría buena parte de su trabajo filosófico. Rivara, por otro lado, aborda la doble recepción del testimonio: relato de la experiencia del yo y, por lo tanto, relato autobiográfico; pero al ser relato de hechos históricos, el testimonio también es historia. De modo que, con apoyo de Ricoeur, Rivara define el testimonio como un discurso entre ficcional e histórico; ficcional porque hay un narrador que busca “aclarar el mundo interior del yo que narra y también de la tercera persona, de una alteridad… Es compartir algo de la experiencia vivida pero tornarla, a su vez, patrimonio de una comunidad” (p. 129). Finalmente, Quijano considera como elemento característico de la biografía ciertos recursos estilísticos, como el narrador en tercera persona, la sintaxis conjetural e inferencial y tiempos verbales inferenciales que procuran dar el efecto de verdad que logra la autobiografía mediante el pacto de creencia en la veracidad de lo dicho.

De diferente profundidad y extensión, pero interesados en una lectura similar de las categorías de Ricoeur sobre la identidad y el yo, son los trabajos de Hugo del Castillo y de Luz Aurora Pimentel. Del Castillo glosa los conceptos clave del filósofo francés para el problema de la autobiografía: en la prefiguración, el sujeto reorganiza el pasado que enunciará y, por tanto, construye una mitología personal; durante la enunciación de esos datos o configuración, la memoria puede traicionar la verdad de lo vivido, y por esto es que habría que renombrar esta etapa como de desfiguración; en la refiguración, el texto, carente de cualquier poder persuasivo respecto a su veracidad, se ofrece al lector, quien cree o no en la verdad afirmada desde la autobiografía. Pimentel, por su parte, considera cuatro aspectos nodales de la escritura autobiográfica: autobiografía y autorretrato; el yo y el otro; memoria y olvido; y verdad y ficción. Pimentel considera que la prosopopeya es un recurso clave de la autobiografía, pero que tiene matizaciones: la prosopagnosia o los recursos del sujeto para lograr objetividad; la prosopoplastia o la justificación del sujeto ante el otro; y la prosopoclastia o el miedo a la propia imagen (p. 58). La prosopopeya es, pues, el modo de presentación del sujeto ante el otro y, en este segundo aspecto, el yo configura un narrador y un narratario gracias a los recursos de la lengua común. En tercer lugar, Pimentel urge a reconocer la diferencia entre imaginación y recuerdo, porque el segundo es búsqueda consciente susceptible de manipulación y falsificación. Distinguir entre recordar e imaginar permite avanzar al cuarto aspecto de la propuesta de Pimentel, para quien ya no resulta suficiente “el pacto de veridicción… como no lo es la identidad entre autor, narrador y personaje” (p. 68), porque, en la prefiguración, memoria e imaginación se rozan a tal punto que sólo el estilo permite descubrir el yo auténtico de la escritura autobiográfica. El frágil vínculo refigurativo entre autobiógrafo y lector, facilita que éste “será capaz de concebir ese mundo comunicado como la verdad de toda ficción; o bien, podrá atender solamente al pacto autobiográfico de veridicción y erigirse en juez, incluso en detective” (p. 76), conclusión semejante a la que llega Del Castillo.

La segunda parte del libro reúne estudios sobre cartas, memorias y un diario; en algunos casos, se explora la identidad dispersa en otro tipo de fuentes documentales o en la propia obra literaria. Los cinco trabajos que abordan el género epistolar dan cuenta de una variada relación entre el texto y el yo como sujeto de enunciación. Margo Glantz, por ejemplo, señala coincidencias narrativas entre las cartas de sor Juana Inés de la Cruz y la confesión de la monja Inés de la Cruz, fundadora del convento carmelita de san José: el tema de la educación, de la autoridad que protege, los oficios dentro de la orden, la enfermedad y los problemas de obediencia son coincidentes porque, según Glantz, los escritos de estas monjas siguen el modelo hagiográfico. Gustavo Jiménez, por su parte, explora cómo Nervo promueve una imagen visual suya, otra poética y una más de hombre de acción. Esta evolución de la identidad se observa mejor en algunos intercambios específicos, como el que mantuvo con María Valdés. Sobre el asunto de la imagen configurada desde el texto epistolar trata también Vicente Quirarte al hablar sobre Gilberto Owen y señalar cómo éste configura su imagen en la correspondencia amorosa y en el poema Sinbad el varado, que se propone leer como experiencia del desamor de su autor.

Adolfo Castañón presenta, en cambio, parte de su introducción al epistolario entre Henríquez Ureña y Reyes, que anuncia como en prensa. Castañón describe extensamente este proyecto editorial que coordina y concluye con que la correspondencia entre Henríquez Ureña y Reyes expone tanto las vidas de los autores, como la red cultural alrededor de ellos. De similar relación con el tema epistolar es el texto de Dulce María Adame, quien estudia el proceso de inserción de la carta en los diarios mexicanos decimonónicos. Las cartas, dice Adame, fueron primero correspondencia ficticia que dejaría lugar a la de lectores reales. Algunas cartas, agrega, revelaban la intimidad de políticos y, otras, rasgos autobiográficos de quienes las escribían.

Sobre las memorias como género, Pablo Mora afirma que las de Juan de Dios Peza son heterogéneas y, por ello, semejantes a un álbum. Mora sugiere estudiar el conjunto de estas piezas para perfilar la profunda conciencia histórica de Peza a lo largo de la formación de esos textos, porque además de la identidad del autor, se perfila el mundo en que vivió. Asimismo, Alberto Vital y Alejandro Sacbé exponen cómo discernir los hechos reales de los ficticios en las Memorias de Victoriano Salado Álvarez, aplicando a algunos fragmentos los conceptos de acciones iterativas, típicas de los testimonios, y de acciones únicas, propias de la ficción con los resultados esperados.

Horacio Molano, por un lado, y Carlos Alberto Gutiérrez, por otro, estudian dos obras memorísticas con interesantes observaciones. Molano analiza las memorias de Enrique González Martínez El hombre del búho y el Misterio de una vocación, de 1944 y 1951, respectivamente. González Martínez, devenido en burócrata al servicio de los gobiernos de Porfirio Díaz y Victoriano Huerta en ciertos momentos de su vida, quizá escribió estos dos textos para “esclarecer su conducta [política] ante el levantamiento revolucionario” (p. 280). Entre los libros hay una relación progresiva y cronológica que demuestra Molano: González se recuerda en el ámbito familiar, luego en el ámbito social (la escuela, la producción de su obra) y finalmente en el nacional, exhibiendo el desarrollo de su vena literaria y de su conciencia política. Carlos Alberto Gutiérrez se ocupa de Memorias de España 1937 de Elena Garro, texto que reúne publicaciones dispersas desde 1979. Gutiérrez propone distinguir en las Memorias de Garro dos manifestaciones del yo: uno afincado en el pasado de la memoria reconstruida y otro que evalúa al primero desde el presente vivencial. Este segundo yo, Gutiérrez lo asocia con la ipseidad propuesta por Ricoeur para explicar la identidad cambiante del sujeto que reflexiona sobre su devenir temporal.

Otro conjunto de trabajos de la segunda sección del libro rastrea las huellas del yo en obras disímiles para expresar la cuestión autobiográfica en general. Por ejemplo, Miguel Ángel Castro estudia las crónicas de Urbina para reunir las reflexiones del autor sobre “sus emociones, pensamientos y experiencias” (p. 233), bajo la premisa de que hay una identidad entre el narrador de varias crónicas y Urbina. De igual manera, Roberto García propone que el centenar de textos reunidos en Los cuadernos de Juan Rulfo “nos descubren una intimidad elemental e inquietante” (p. 363), que se complementa con la imagen proyectada por Rulfo en sus Cartas a Clara y con declaraciones, entrevistas y otras presentaciones públicas del citado narrador, para formar la imagen de un Rulfo que es “una suerte de antihéroe incomprendido y escéptico” (p. 370).

El trabajo de Nicholas Cifuentes y Susana Quintanilla y el de Sara Poot también siguen las huellas autobiográficas de Martín Luis Guzmán y Juan José Arreola en sus obras. Cifuentes y Quintanilla recuerdan que las entregas que conformarían El águila y la serpiente se recibieron inicialmente como testimonios veraces de la Revolución mexicana. Sin embargo, Guzmán presentaría luego este material como una novela, lo que dio un giro completo a la primera lectura testimonial de las entregas. Otro caso semejante sobre la recepción final de la obra literaria lo estudia Poot en el Bestiario y en Memoria y olvido de Arreola, porque éste dictó las primeras versiones de aquellos trabajos a José Emilio Pacheco y a Fernando del Paso, quienes editarían el material verbal para hacerlo producto impreso. De modo que Arreola, en dicho proceso de dictado, dice Poot, “confesó bajo su propia sombra la luz de sus fantasmas” (p. 358).

Mención aparte merece el trabajo de Elisa Acosta, “María Martínez de Nisser: la legitimación de la guerra a través de la palabra”, por tratarse del único artículo en el libro en que se estudia el diario como género y a una escritora colombiana decimonónica. En su diario, María Martínez deja constancia de su participación en la Guerra de los Supremos, conflicto colombiano del siglo XIX. El diario es una respuesta al conflicto bélico y, en cuanto tal, la autora “busca narrar unos acontecimientos, no la intimidad de los sentimientos” (p. 187). Acosta señala que el diario de María Martínez es además un discurso ético, porque la autora mide los hechos de la guerra en relación con Dios, la patria, la familia y el partido cuya legalidad defiende. Asimismo, desde el diario se aprecia la figura de María Martínez como modelo de valor y compromiso con la causa para otras mujeres y hombres en el conflicto, por lo que se puede afirmar que la autora construye una identidad propia. Y no menos importante, dice Acosta, es que desde el diario se construye al otro como un sujeto iletrado e ilegal, a diferencia de la propia María Martínez que sabe escribir y expresar la legalidad de su lucha. El diario de Martínez se publicó poco después de escribirse y se acompañó con otros textos políticos, lo que ocasiona un último problema que aborda también Acosta: el diario se saca de su intimidad para exponerse, y en este contexto público reclama que se lea como memorias de guerra.

La tercera parte de Aproximaciones a la escritura autobiográfica está conformada por estudios sobre Huerta, Paz, Revueltas y Pacheco, como mencioné al principio. Es la sección más breve del libro y, a mi juicio, continúa con la labor de análisis de la segunda parte. Aurora Díez-Canedo presenta algunas notas sobre la relación epistolar entre Octavio Paz y Joaquín Díez-Canedo con motivo de la edición de Salamandra; correspondencia que, si bien breve, permite observar la conformación del poemario. Israel Ramírez, tras subrayar la necesidad metodológica de distinguir entre la voz poética y el poeta autor, señala la presencia autobiográfica de Huerta en algunos poemas, corroborada por la perspectiva que, en otros documentos, el poeta tenía sobre su pasado. Eugenia Revueltas considera que la vida nutre la obra del autor y de esta manera es como lee ciertas cartas de José Revueltas frente a algunas de sus obras literarias; en aquéllas, se encuentran temas que aparecen en la narrativa de Revueltas, sin que exista siempre la identidad entre autor, narrador y personaje.

Finalmente, Rafael Olea Franco estudia un pequeño texto de José Emilio Pacheco que recupera una conferencia-testimonio que dio sobre sí en Bellas Artes (de 1965 esta última; de 1966 el texto). Para Olea Franco, Pacheco construye en ese documento una imagen de sí que lo vincula con la literatura; además, ofrece una relación de las lecturas que lo han marcado como escritor, es decir, presenta una autobiografía intelectual. En esta autobiografía, según Olea Franco, Pacheco “de forma implícita está enunciando una concepción que iguala la vida con la literatura (o viceversa), en la cual, estoy seguro, contribuyó notablemente la más fuerte de sus influencias de la primera época: Borges” (p. 419).

Termino estos párrafos sobre Aproximaciones a la escritura autobiográfica lamentando dos cosas. En primer lugar, el poco cuidado en la homogénea citación y bibliografía, así como la presencia de varios deslices en la puntuación y la acentuación a lo largo del libro, que son evidentes. En segundo lugar, la lasitud con que algunos artículos, pocos en realidad, presentan sus resultados o la distancia que parece haber en ellos respecto al tema del libro. Ejemplos de este segundo asunto son, a mi juicio, la poco argumentada lectura de Sinbad el varado de Owen como muestra autobiográfica de su desenamoramiento; incluso extraña que Quirarte no utilice la edición de este poema que preparó Antonio Cajero en Perseo vencido (El Colegio de San Luis, 2010). También parece un trabajo alejado del tema del libro el de Fernando Curiel sobre las memorias de Rodolfo Reyes, pues su texto es más bien una descripción desenfadada de la obra que no analiza la cuestión autobiográfica o memorística, salvo por apenas someros comentarios concentrados en una página. Y habría que señalar el singular hecho de que Castañón presente aquí la reproducción parcial de la futura introducción a la correspondencia Henríquez Ureña-Reyes.

Pese a esos dos detalles, confío en haber destacado cómo Aproximaciones a la escritura autobiográfica resulta un útil panorama sobre la cuestión de las escrituras del yo, pues se entrevé en sus ensayos la veta que sigue siendo la literatura mexicana de los siglos XIX y XX. Se observa que Ricoeur y Lejeune aún orientan una significativa porción de los marcos teóricos, ciertamente, pero también que otros ejercicios críticos y el uso de otros marcos (como la clínica, en el caso de Caballé) se aplican a estos géneros del yo con resultados propositivos. En general, los investigadores reunidos en Aproximaciones se muestran interesados en señalar las redes culturales que se tejen entre autores estudiados y la relación entre contexto y vida. Con estos dos intereses, se hace evidente que la autobiografía como objeto de estudio en todas sus manifestaciones exige construir puentes entre el ámbito de la literatura y otras disciplinas como la historia y la sociología, por citar otras áreas del saber humano, con las cuales se enriquecerá la lectura y se ampliará la comprensión de lo que representan y significan las cartas, las memorias y otras formas de escrituras del yo en la producción literaria mexicana.

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