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Nueva revista de filología hispánica

versión On-line ISSN 2448-6558versión impresa ISSN 0185-0121

Nueva rev. filol. hisp. vol.66 no.1 Ciudad de México ene./jun. 2018

http://dx.doi.org/10.24201/nrfh.v66i1.3403 

Reseñas

Juan Antonio Frago, “Don Quijote”. Lengua y sociedad

David Arbesú* 

* University of South Florida. Correo electrónico: arbesu@gmail.com.

Frago, Juan Antonio. “Don Quijote”. Lengua y sociedad. Arco/Libros-La Muralla, Madrid: 2015. 188p.

Juan Antonio Frago es un reconocido especialista en dialectología e historia de la lengua que cuenta con una dilatada trayectoria profesional y numerosas publicaciones en el campo de la lingüística y la lengua española, entre las que se podrían destacar la Historia de las hablas andaluzas (Arco Libros, 1993), la Historia del español de América (Gredos, 1999), Textos y normas (Gredos, 2002) o El español de América en la Independencia (Taurus, 2010). Como hace una década en El Quijote apócrifo y Pasamonte (Gredos, 2005), en el presente estudio Frago vuelve la mirada una vez más a las dos partes de esa gran obra maestra de la literatura universal que es El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605, 1615), pero no para agregar un volumen más a la ya dilatada lista de estudios literarios sobre el opus magnum cervantino, sino para examinar la obra bajo el prisma de la lingüística y conectarla, como el mismo título afirma, con la sociedad y con la lengua en la que fue concebida.

Los presupuestos teóricos del libro parten de la base de que, en general, la lengua del Siglo de Oro está mucho menos estudiada de lo que en un principio pudiera pensarse. Según Frago, no existe “una descripción de conjunto verdaderamente exhaustiva y necesariamente comparativa, en perspectiva sociocultural, diatópica y diacrónica, para época tan importante de la historia del español” (p. 10). Más específicamente, Frago considera que el Quijote no es (ni fue) únicamente la obra cumbre de la literatura española, sino también el texto más sobresaliente y modélico del español clásico, con lo que el autor se pregunta acertadamente por qué los estudios literarios sobre este texto superan con creces a los lingüísticos. En efecto, según se desprende de la bibliografía del libro, con excepción de una serie de artículos de contenido más delimitado, únicamente se han encargado de analizar los aspectos lingüísticos del Quijote un puñado de estudios, como los clásicos Vocabulario de Cervantes (1962) de Carlos Fernández Conde y La lengua del Quijote (1971) de Ángel Rosenblat, o los ya más recientes “La lengua del Quijote” de Juan Gutiérrez Cuadrado y “Las voces del Quijote” de Fernando Lázaro Carreter, ambos incluidos en la edición del texto preparada por Francisco Rico en 1998 y 2004, respectivamente, y que Frago ha utilizado (en impreso y CD-ROM) para analizar el texto y cuantificar las voces.

El libro está dividido en siete capítulos organizados, a su vez, en diferentes apartados según su temática. El primer capítulo, “Entre nombres de persona anda el juego”, comienza con una reflexión sobre la identidad del autor del Quijote apócrifo, tema que el estudioso ya había tratado en 2005, y se concentra en el análisis de los aragonesismos presentes en el texto. Aprovechando la afirmación del propio Cervantes en la Segunda parte del Quijote, según la cual “éstos eran los verdaderos don Quijote y Sancho, y no los que describía su autor aragonés” (II, 59; cursivas mías), Frago examina los dialectalismos del texto para concluir que Alonso Fernández de Avellaneda fue, en efecto, Ginés de Pasamonte. El resto del capítulo se mantiene dentro de los límites de la onomástica con el análisis de las variantes en los nombres de algunos personajes como, por ejemplo, Sancho y Teresa Panza o, más notablemente, las diferencias en el nombre del protagonista (Quijote, Quesada, Quijada, Quijano, Quijana). Para Frago, estas variantes se presentan a causa de que en la época “todavía no se hallaba reglamentada… la atribución del nombre al individuo, sobre todo en lo que a determinación y continuidad del apellido se refiere” (p. 21). Por último, este primer capítulo se detiene a reflexionar sobre otras varias técnicas utilizadas por Cervantes para construir los nombres de sus protagonistas, como la adjetivación en nombres propios de hombres y mujeres o la creación de nombres a partir de apodos, apelativos y otras voces dotadas de sentido.

El análisis de los nombres de persona en el capítulo 1 se ve complementado por un estudio toponímico en el capítulo 2, “De los nombres de lugar”. Al igual que en el capítulo anterior, el propósito aquí es revisar las técnicas utilizadas por el autor del Quijote para improvisar los topónimos de la obra, que -como es sabido- casi siempre van preñados de significado. Para este propósito, Frago analiza una gran variedad de referencias toponímicas en la obra, desde el famoso comienzo de la Primera parte -“En un lugar de la Mancha…”- hasta el itinerario seguido por don Quijote y Sancho en la Segunda, prestando especial atención a lugares como el Toboso, la ínsula Barataria, Tembleque o Tirteafuera. Como bien indica el autor de este volumen, la onomástica tiene en el Quijote “un sitio de privilegio” (p. 37), hecho que ningún avezado lector de la obra podrá negar. Tanto los nombres de persona como los de lugar responden a menudo a juegos de palabras cargados de significado que toca desentrañar, y que en no pocas ocasiones dan buena prueba del genio cervantino.

En este sentido, no es de extrañar que Frago haya dedicado dos capítulos al análisis lingüístico de los nombres en el Quijote (de hecho se podrían hacer cientos de estudios sobre el tema), y sus conclusiones al respecto son de gran ayuda a la hora de adentrarse en las técnicas de escritura de Cervantes. Sin embargo, habría que puntualizar que algunas de las características de estos nombres no responden necesariamente a modelos lingüísticos, sino literarios. Es el caso, por ejemplo, de las ya mencionadas variantes en el nombre del protagonista y otros personajes, que, si bien pudieran explicarse, como indica Frago, por el hecho de que la atribución del nombre al individuo no se hallaba perfectamente reglamentada en la época, también pudieran deberse a la imitación (o, más bien, deconstrucción) consciente de los libros de caballerías y otros modelos literarios del Sigo de Oro. De igual manera, el haber omitido el nombre del “lugar de la Mancha” de donde era originario don Quijote pudiera llevar la intención, sí, de intrigar al lector “con el misterio del origen del protagonista” (p. 39), pero también porque jugar con el lugar de nacimiento del héroe -al igual que hiciera por ejemplo el anónimo autor de La vida de Lazarillo de Tormes- pudiera responder, como el mismo autor admite, a que Cervantes se deja llevar “por modelos literarios familiares para él” (p. 42). Si bien estamos plenamente de acuerdo con Frago en que la perspectiva lingüística ayuda a comprender mejor aspectos literarios de la novela (axioma fundamental del presente estudio), también es cierto que, en ocasiones, el hecho literario ayuda a esclarecer cuestiones lingüísticas, con lo que no debería dejarse de lado por completo.

En el capítulo 3, “Humanismo filológico en el Quijote”, encontramos un interesante análisis de la erudición cervantina en materia de lenguaje, sobre todo en lo que respecta al espíritu humanístico de la época y la formación escolar de su tiempo. Si bien Cervantes fue considerado siempre un “ingenio lego” por no haber alcanzado grado universitario alguno, sabemos que aprendió gramática latina en Madrid, y su solidez intelectual -dice el autor- está fuera de cualquier duda. Así, en la obra cervantina se observan las huellas del pensamiento y del quehacer humanísticos, traducidas en una preocupación del autor por el lenguaje y el estilo que Frago analiza acertadamente en contraposición con otros autores de la época, como Gonzalo García de Santamaría, Mateo Alemán o Juan de Valdés. En este capítulo, pues, Frago se ocupa de estudiar las distintas “muestras formularias” que aparecen en el Quijote, el interés de Cervantes por el buen uso de la lengua hablada y escrita en cuanto a la modulación del estilo y la norma, o -en especial- las diversas críticas a la excesiva erudición gramatical y latinizante que aparecen a lo largo de toda la obra.

En el capítulo 4, “La expresión lingüística y el número”, se analiza la importancia de las secuencias numéricas en el estilo de Cervantes y otros autores del Siglo de Oro, como Sebastián de Covarrubias, Francisco de Quevedo, Prudencio de Sandoval, Francisco Delicado o Diego Durán. Así, según Frago, mientras que en el Quijote apócrifo y en la Vida de Pasamonte se manifiesta una clara preferencia del autor por el número siete y sus compuestos, tanto en la Primera como en la Segunda parte del Quijote cervantino se recurre inequívocamente al tres. Para probar sus afirmaciones, Frago aduce numerosos ejemplos en los que se hace referencia a un determinado número y alude además al hecho de que los números habían adquirido un cierto simbolismo que los escritores del Siglo de Oro heredaron de la Antigüedad. En principio, todo hay que decirlo, es algo difícil comprender el sentido de este análisis, puesto que no se explica nunca cuál pudiera ser el simbolismo oculto tras las frecuentes alusiones a tal o cual número o por qué son importantes para la trama del Quijote. Sin embargo, más adelante se dejan atrás las simples referencias a un determinado número para analizar cómo las secuencias numéricas afectan la técnica narrativa y el estilo de la obra, de lo que se concluye que el tres es “el número fundamental para el autor del Quijote” (p. 91) y que “el empleo de tríadas léxicas está bien atestiguado en la prosa del siglo XVI” (p. 95). Este apartado no está exento de reparos, puesto que si bien Frago se alarga en la importancia de las tríadas en la obra cervantina, también indica que Cervantes tiene una acusadísima tendencia a la enumeración léxica con secuencias seguidas de dobletes, y que además se encuentran en su obra numerosos ejemplos de enumeraciones léxicas de cuatro, cinco, seis y ocho términos. Sin embargo, dejando al margen estas cuestiones, el capítulo sí logra explicar un hecho fundamental, el concerniente a la preferencia de Cervantes por las tríadas lingüísticas, que llega a afectar no sólo la técnica y la organización estilística del Quijote, sino también, en ocasiones, su coherencia narrativa.

Los capítulos 5 y 6, “¿Cómo habla Sancho?” y “Cervantes ante la lengua. Diversidad dialectal y social del español”, se ocupan de analizar la manera en la que los autores del Siglo de Oro utilizaron su conocimiento de diversos regionalismos lingüísticos para caracterizar a sus personajes. Para ello, Frago comienza con un extenso análisis de la particular caracterización de Sancho Panza, sin duda el mejor ejemplo de personaje rústico en el Quijote, para pasar más adelante a examinar otras obras cervantinas como Rinconete y Cortadillo, La Gitanilla o Pedro de Urdemalas, además de traer a colación textos como las Coplas de Mingo Revulgo o el corpus dramático de Juan del Encina o Torres Naharro. En su conjunto, el análisis de estas obras permite observar claramente cómo estos escritores sacaron provecho de la diversidad sociocultural y los particularismos regionales con los que estaban familiarizados. En el caso de Cervantes, Frago reflexiona sobre qué personajes del Quijote se caracterizan como rústicos y cómo se lleva a cabo dicha caracterización, para concluir que “donde Cervantes verdaderamente aplica el tamiz sociológico, que tan de su gusto era, es en la contraposición, necesariamente extrema para aquel entonces, de modelos lingüísticos por clases socioculturales” (p. 138). Además, Frago concluye algo importante: que en el caso particular de Sancho existen enormes diferencias entre la Primera y Segunda parte del Quijote, ya que sólo en la continuación de 1615 adquiere Sancho (y su lenguaje) una complejidad que no está presente en la Primera parte, lo cual responde claramente a un meditado cambio de estrategia de Cervantes.

Por último, el capítulo 7, “El uso y la norma”, se ocupa de examinar las variantes ortográficas y estilísticas del Quijote en relación con los tratados gramaticales de la época (Nebrija, Covarrubias, Correas, Valdés). Se repasan aquí entonces los diferentes planteamientos teóricos y las reflexiones críticas de los distintos autores del Siglo de Oro frente a la “correcta utilización” del castellano, para concluir que la lengua de Cervantes presenta rasgos de indudable conservadurismo e “inequívoca preferencia normativa” (p. 171), aunque esta preferencia no se refleje siempre en el texto del Quijote. Para este propósito, Frago analiza variantes ortográficas como las que se dan en las vocales átonas de algunas palabras (escrebir, escribir) o en los grupos consonánticos cultos (fruto, fructo); variantes gramaticales, como el empleo de ciertas estructuras sintácticas; o variantes estilísticas, como, por ejemplo, la utilización de los pronombres de segunda persona. Aquí es importante señalar que el autor es consciente del papel que impresores y correctores desempeñaron en la modificación del original cervantino, aspecto éste que no todos los críticos tienen en cuenta cuando en ocasiones achacan erratas del cajista al autor de la obra.

En definitiva, nos encontramos ante un interesante libro que será de gran utilidad para todos los interesados en los aspectos lingüísticos del Quijote, el estilo de Cervantes y, más extensamente, el español de los siglos XVI y XVII. Impecablemente editado, sin erratas aparentes, el volumen se cierra con una bibliografía y una lista de los textos y diccionarios utilizados para facilitar su consulta.

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