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Estudios de Asia y África

versão On-line ISSN 2448-654Xversão impressa ISSN 0185-0164

Estud. Asia Áfr. vol.52 no.3 Ciudad de México Set./Dez. 2017

http://dx.doi.org/10.24201/eaa.v52i3.2305 

Reseñas

John A. Marston, La antropología de las fronteras de Tailandia como espacios de flujo

Maricela Reyes López* 

*Universidad de Colima

A. Marston, John. La antropología de las fronteras de Tailandia como espacios de flujo. México: El Colegio de México, 2016. 319p.

Mediante la investigación de campo, los autores analizan y evalúan situaciones particulares que enfrentaron y enfrentan quienes cruzan la frontera de Tailandia desde sus lugares de origen. Las fuentes primarias se alimentan de la observación, la investigación y las entrevistas a protagonistas reales: jefes de aldea, mujeres, niños y religiosos, que aportan un valioso testimonio del contexto social, político y económico que les tocó vivir desde la década de 1960 al principio del nuevo milenio.

Tailandia tiene una amplia diversidad cultural y, de acuerdo con los autores de La antropología de las fronteras de Tailandia como espacios de flujo, cultiva una identidad inclusiva, por lo que muchos grupos en este país se reconocen como tailandeses. Sin embargo, hay etnias que luchan porque les reconozcan su doble identidad; por ejemplo, tailandeses que desean ser reconocidos como karen o hmong, grupos de pertenencia original. En el libro se confronta el tema del flujo fronterizo con diferentes realidades y relaciones de los grupos étnicos de Tailandia, Camboya y Birmania, todos del Sureste de Asia.

Lindsay French, en el primer capítulo, invita a completar el título de su investigación: “De la política a la economía en la frontera entre Tailandia y Camboya: entre más cambia…”.

French destaca que en los espacios de flujo se halla el diagnóstico de lo que sucede entre dos estados fronterizos. Uno se encuentra desde buena voluntad, relaciones étnicas cordiales, apoyo humanitario y participación de organismos, hasta cruce ilegal de fronteras, contrabando y explotación de recursos naturales. Se refiere a los tailandeses de Tailandia y a los khmer de Camboya, pero su diagnóstico es útil para interpretar lo que sucede en otros espacios del mismo Sureste de Asia, como Tailandia y Birmania con la etnia karen, o Tailandia y Malasia.

Las aportaciones de French que complementan el pensamiento tradicional de la relación entre tailandeses y khmer son dos. Una es que los intereses políticos y económicos borran las diferencias culturales históricas, como sucedió cuando los vietnamitas derrocaron al Khmer Rouge en 1979 y muchos camboyanos cruzaron la frontera tailandesa y resistieron con apoyo de sus vecinos. De hecho, eran llamados los khmer de la frontera o aliados políticos. La segunda aportación advierte que, además de los intereses compartidos, la cultura y la identidad que fundamentan la relación entre los dos grupos étnicos, debe tomarse en cuenta la forma en que son vistos los camboyanos en relación con el Estado tailandés. Es decir, se puede hablar de los khmer de dentro (que viven en territorio tailandés) y de los khmer de fuera.

La autora hace un recorrido histórico con base en la nacionalidad y la etnicidad, y empieza por la referencia del profesor Tambiah que aclara que el gentilicio tailandés surgió al principio de la construcción de la nación, en el siglo XIX, con las reformas administrativas que aplicó el rey Chulalongkorn. Antes, la tierra tailandesa no existía propiamente. Lo que había era una agrupación etnolingüística que incluía como pueblo tailandés a laosianos, shan, lu, phu y siameses, considerados descendientes del pueblo tai. En contraste, en Camboya sólo hay un grupo étnico: el khmer, por lo que su población es homogénea, con 85% de khmer; sin embargo, los pobladores informaron a French que entre tailandeses y khmer hay similitudes culturales y se entienden entre sí.

Las diferencias culturales entre tailandeses y khmer se borraron ante los beneficios económicos obtenidos gracias al comercio de productos tailandeses en Camboya, Laos y Vietnam, en los años en que estos países reconfiguraban sus estados, y también a la explotación de los recursos naturales.

El capítulo de Ferguson, “Ponle a tu religión música de rock”, tiene un título sugerente que describe episodios de la vida cotidiana en la comunidad apátrida shan de la aldea Wan Kan Hai. No hay referencias bibliográficas o información en Internet sobre este punto geográfico, con excepción de lo conocido sobre el estado de Shan, que lucha por su autonomía de Birmania (Myanmar). En esta aldea, Ferguson convivió con mujeres que pertenecían a la insurgencia de Shan y tuvo oportunidad de convivir con las familias por algunos años.

El atractivo del capítulo es que mezcla, pero también distingue, la manifestación cultural de una estrella de rock nacionalista, el músico shan Sai Moo, de principios de la década de 1980, en el contexto de la ordenación de unos jóvenes novicios. Sai Moo compuso y grabó canciones sobre la lucha por la independencia del estado de Shan, entre ellas Nang Harn (Mujer valiente), sobre las mujeres soldado del SURA (Shan United Revolutionary Army). Sus canciones son populares hasta el día de hoy, conocidas entre los soldados del Ejército del Estado Shan y sus afiliados.

La situación de Wan Kan Hai es compleja porque, hasta la fecha, está bajo la autoridad del ejército del Estado tailandés e incorporada burocráticamente a Tailandia. En esta situación, Ferguson logra demostrar que, aun marginados económica y políticamente, los sentimientos nacionalistas shan se difunden al ritmo de rock en una comunicación con todos los integrantes de la aldea.

Por otra parte, la autora describe el ritual del noviciado que se practica allí (Poy Sang Long), que dura seis días, y el proceso de ordenación de principio a fin, desde la preparación de los niños, algunos detalles del patrocinio (sobres con dinero), hasta la participación de miembros de la policía y del ejército tailandés cuando los invitan a posar para la foto. Este escenario se combina con las manifestaciones culturales que van entretejidas, la vida cotidiana y las canciones de rock que motivan el nacionalismo shan, y que, según la autora, no se contradicen con la práctica budista shan.

El tercer capítulo, “Extender la frontera”, de Alexander Horstmann, refiere cómo al tratar de extender la misión etnopolítica y evangélica de ciertos grupos fronterizos, la frontera no se constituye como un límite. La guerra de Birmania y la violación de los derechos humanos en este país han sido ampliamente documentadas, pero no la actividad de los voluntarios de diversas etnias y de los extranjeros. En la frontera entre Tailandia y Birmania viven refugiados karen, el grupo minoritario que resistió, mediante la lucha armada, la dominación del gobierno de Rangoon. En 1947, en el Acuerdo de Panglong entre el gobierno de Rangoon y los representantes de las minorías étnicas, se acordó construir la Unión Federal de Birmania. Organizados en la Unión de los Karen, los pertenecientes a este grupo rechazaron el acuerdo y, hasta la fecha, reclaman su autonomía.

En un contexto religioso y político, el autor explica que la “aspiración religiosa del liderazgo cristiano karen se ha politizado”, y que en el contexto de la guerra civil son las redes cristianas de misioneros las que ayudan a reproducir la identidad nacional karen de los que viven en la línea fronteriza entre Tailandia y Birmania.

La conexión entre la actividad de los misioneros, el nacionalismo y los refugiados constituye lo que llama el proyecto etnopolítico y evangélico. De hecho, hay grupos karen de diferentes religiones (cristianos, budistas y animistas) y comunidades karen en varias partes del mundo (refugiados reubicados en Estados Unidos, Canadá, Escandinavia y Holanda, la mayoría bautistas). Hay muchos grupos internacionales de voluntarios, pero también voluntarios karen que van y vienen de Tailandia a Birmania, no sólo en misión evangélica, sino también para recibir asesoría paramilitar para adentrarse en zonas de guerra.

El autor contribuye al entendimiento de la labor de las organizaciones no gubernamentales, de los consorcios bautistas y de la Iglesia bautista en la educación de los refugiados karen. Hay una organizada acción que vincula religión, educación y nacionalismo; como ejemplo está el Campamento de Maela para refugiados karen, en Tailandia, que fue visitado por Aung Suu Kyi, quien relató que las autoridades tailandesas le platicaron de los problemas relacionados con los campos de refugiados: violación de leyes forestales, uso ilegal de drogas, elaboración casera de licores y control de enfermedades (malaria, tuberculosis, dengue y cólera), entre otros. Los refugiados no sólo son receptores de ayuda humanitaria, sino que trabajan en la construcción de una mejor vida productiva para sus hermanos.

El cuarto capítulo, “Narraciones sobre la legitimidad, narraciones sobre la capacidad de actuar”, de Suchada Thaweesit, explica la forma de apatridia que muchos laosianos entrevistados han sufrido. En sus testimonios manifiestan no saber de dónde son: “No soy humano completo porque no tengo derecho a trabajar, no tengo derecho a ganar dinero”, le comentaron.

El gobierno de Tailandia ha otorgado la nacionalidad a muchos refugiados, pero también ha deportado a otros tantos. De acuerdo con la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), hay unos 500 000 apátridas que viven en Tailandia. Las autoridades establecieron un marco legal para acceder a la nacionalidad a través de la Estrategia Nacional de 2005 en Administración de Estatus Legal y del Derecho de las Personas, y también promulgaron cambios legislativos en 2008 que facilitan el trámite a algunos grupos que residen desde hace tiempo en Tailandia. El proceso legal para obtener la ciudadanía es largo. Por su parte, la ACNUR, en 2009, pidió al gobierno de Laos permitir el acceso a los repatriados provenientes de Tailandia. La autora especifica que hay laosianos apátridas que lo han sido por largo tiempo y que han trabajado arduamente para ganar la confianza de los pobladores y las autoridades del suelo en que viven.

En el capítulo “La ciudadanía en disputa”, Laungaramsri nos habla del sistema de identidad basado en tarjetas de colores, que así como ha sido positivo para conocer sobre la identidad étnica, puede resultar negativo si la clasificación no es clara en las categorías de ciudadanías y tipos de migrantes. La nacionalidad tailandesa se identifica con tres elementos: el idioma tailandés, el budismo y la lealtad al rey. ¿Qué pasa con quienes no son tailandeses, pero viven en territorio tailandés? Obtener una tarjeta de identidad, sea cual sea el grupo étnico al que pertenecen los “de afuera”, les da derechos elementales a educación y servicios de salud, por lo que resulta útil la credencial que explicita las condiciones de estatus. Distinguieron nacionalidades de migrantes que vivieron en Tailandia entre los años sesenta y ochenta y los clasificaron: refugiados vietnamitas, exsoldados del Kuo Ming Tang, inmigrantes de raza tailandesa, inmigrantes ilegales de Camboya de raza tailandesa, inmigrantes chinos de diversos grupos, etcétera, lo que les otorgó algunos derechos y mejores oportunidades de desarrollo, pero también creó confusiones, al grado de que miembros de una misma familia tenían tarjetas con diferentes estatus de ciudadanía.

En “El turismo religioso transfronterizo”, que escribe Jovan Maud, no sólo se destacan las bondades que deja el turismo que visita los templos religiosos, también se refiere que “los turistas introducen a la práctica religiosa elementos ‘extraños’ no ortodoxos que pudieran desafiar el carácter nacional de las instituciones religiosas”, y destaca el papel del Estado como formador de las interacciones religiosas transfronterizas y promotor del turismo religioso en el sur de Tailandia. El capítulo de Maud indaga cómo es el turismo religioso y lo que buscan las personas que acuden a los templos: quizá buscan especialistas, médiums, expertos, pero también hacerse tatuajes de símbolos sagrados o hablar con los monjes budistas theravada. Hay turistas de todas las religiones por el simple hecho de que Tailandia es considerado un “país poderosamente místico desde donde puede pedirse por la realización de los sueños”, como respondió uno de los entrevistados.

El último capítulo, de Smutkupt y Kitiarsa, “La hipergamia transfronteriza y la gestión del poder con perspectiva de género”, da cuenta de las características de los matrimonios mixtos: maridos farang (extranjeros) y esposas Isan (tailandesas de Isan).

Una de las primeras imágenes que tiene uno como visitante en Tailandia, por lo menos en la capital, son las parejas formadas por tailandesas con extranjeros. Ellas jóvenes y ellos más maduros. Las autoras, sin proponérselo, dejan claro que no todo eso es cierto; es posible que algunas mujeres sean asiáticas y que no todos los varones sean estadounidenses; hay también europeos y de otras regiones del mundo. Asimismo, observan que es errónea la idea generalizada de que los extranjeros “se llevan” a las tailandesas, pues casi siempre los matrimonios son consensuados entre la pareja. Los entrevistados fueron belgas, ingleses, austriacos, suizos, alemanes y estadounidenses. La percepción del motivo por el que se casan igualmente es inexacta, pues se cree que sólo lo hacen las tailandesas pobres para tener mejores niveles de vida, y que si tienen hijos, mejor será su futuro. Sin embargo, en el caso específico de las mujeres Isan, que tienen menos medios que los hombres y niveles de estudio más bajos, hacen una especie de contrato y no rompen los lazos con sus parientes ni con su cultura. Vale la pena revisar los estudios de caso matrimoniales.

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