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Historia mexicana

versión On-line ISSN 2448-6531versión impresa ISSN 0185-0172

Hist. mex. vol.72 no.2 Ciudad de México oct./dic. 2022  Epub 14-Sep-2022

https://doi.org/10.24201/hm.v72i2.4149 

Reseñas

Sobre Roberto R. Narváez, Criptografía diplomática política y militar en México (1813-1926)

Gabriel Martínez Carmona1 

1El Colegio de Michoacán

R. Narváez, Roberto. Criptografía diplomática política y militar en México (1813-1926). México: Secretaría de Relaciones Exteriores, Dirección General del Acervo Histórico Diplomático, 2019. 495p. ISBN: 978-607-446-152-7.


La importancia de la confidencialidad parece algo muy reciente, sobre todo debido a las redes sociales, la protección de datos personales y los escándalos que han dado la vuelta al mundo por la filtración de información clasificada del gobierno de Estados Unidos. Pero el tema es mucho más antiguo, por lo que no debe sorprender la importancia del cifrado de mensajes en las tres áreas que aborda el autor si se considera, por ejemplo, lo convulso del siglo XIX mexicano.

Estamos ante una recopilación de trabajos que pueden catalogarse como fundamentalmente técnicos, sin que esto represente una adjetivación negativa. Los capítulos que componen la obra fueron publicados previamente en libros y revistas especializadas entre 2007 y 2015 (cinco de ellos en esta misma revista) y modificados para su presentación como libro. A lo largo de 495 páginas, Roberto R. Narváez analiza distintos tipos de criptosistemas utilizados en la diplomacia, la política y los informes militares en México a lo largo de más de un siglo. Vale la pena resaltar que 70% de los documentos utilizados corresponden a comunicaciones diplomáticas, lo que explica que el libro vea la luz con el sello de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

El libro se divide en once capítulos ordenados de manera cronológica, tres apéndices, un glosario de términos y un catálogo de criptosistemas clásicos. La introducción es una especie de híbrido entre justificación sobre la relevancia de la recopilación y una conclusión acerca de lo que el autor pretende probar con los casos presentados. Esta singularidad se manifiesta también en el cuerpo de los capítulos, que pese a estar definidos cronológicamente tienen altibajos, lo que resulta razonable si se considera lo amplio de la muestra documental con que el autor trabaja y que le sirve para afirmar que en México existe una sólida tradición criptológica en la historia de las comunicaciones diplomáticas, militares y políticas.

A diferencia del criptoanálisis, que se reduce a “romper” un criptograma o, en otras palabras, a descifrar un mensaje oculto sin necesariamente tener o comprender el criptosistema que lo produjo, el autor utiliza el método del criptoanálisis histórico, cuyos intereses van más allá del desciframiento de mensajes y busca analizar el contexto en que éste fue emitido, la formación del emisor y del receptor del mismo, para así comprender más acerca de los criptosistemas utilizados.

El conjunto de capítulos inicia con una especie de antecedente novohispano, donde el autor utiliza el ejemplo de Francisco Monterde García Icazbalceta, quien desencriptó fragmentos de dos cartas de Hernán Cortés, para darle peso al argumento de la tradición criptográfica existente en el país. Los capítulos II al VI están centrados en las comunicaciones diplomáticas del siglo XIX, a partir de las comunicaciones entre Lucas Alamán y José Mariano Michelena en 1824, cuando el último se encontraba en Europa buscando el reconocimiento de la independencia, y llega hasta las comunicaciones diplomáticas del porfiriato, cuando el telégrafo llegó para contribuir a la emisión de mensajes en clave. Llama la atención el ejemplo estudiado de las comunicaciones de los representantes de Estados Unidos en México y la tradición del uso del “código Monroe”, llamado así en honor de James Monroe, pese a no ser éste el inventor. También resulta relevante el caso de Nicholas Trist, el enviado estadounidense para negociar la paz durante la guerra de 1846-1848, quien terminó por diseñar su código al no recibir un criptosistema para comunicarse. De acuerdo al autor, Trist sabía de la materia gracias a su parentesco con Thomas Jefferson, quien era un experto en el tema.

Parte del capítulo VI en adelante se ocupan del siglo XX, hasta el año 1926. Aquí la información es mucho más nutrida y permite al autor desarrollar de mejor forma su criptoanálisis histórico. Los apartados sobre la criptografía magonista y cómo ésta fue clave para su captura es particularmente interesante, lo mismo que los mensajes cifrados de Madero, Carranza y sus correligionarios. Tanto en el siglo XIX como en el XX abunda la documentación analizada de los representantes mexicanos en Washington y en ciudades importantes para México como Nueva Orleans.

El autor pone en práctica sus habilidades para el criptoanálisis en tres documentos que forman parte del apéndice del libro. Allí, propone posibles descifrados a los mensajes de Hernán Cortés, José Mariano Michelena y José Anastasio Torrens. Un útil glosario, así como un catálogo de los criptosistemas clásicos más utilizados en los documentos expuestos cierran la obra.

El libro contiene un número importante de imágenes de los documentos y distintos criptosistemas enviados, que son de gran ayuda para los especialistas, así como para quienes se acerquen por primera vez al tema. Sin embargo, no se puede dejar de señalar que la imagen 17, p. 137, no corresponde con lo que se señala en el texto, y las pp. 370-371, 374-375, 378 y 382-383 faltan en la versión impresa que fue utilizada para esta reseña. De igual forma, resulta complicado justificar la extensión del libro. Los capítulos no tienen una explicación, temática o cronológica, que haga manifiestos sus cortes. Por ejemplo, los capítulos VII y VIII tienen el mismo título “Criptografía durante el movimiento maderista y la presidencia de Francisco I. Madero,

1910-1913” y se dividen en primera y segunda parte, sin que haya razón para ello. Si el origen de ambos capítulos es distinto, el autor debió hacer el esfuerzo para hacerlos empatar en uno solo, que habría redondeado de mejor forma el libro y sería más útil al lector.

Narváez entabla una discusión con la obra de Herbet Yardley (cap. IX), quien sostenía en 1931 que la criptografía mexicana era poco sofisticada, y a lo largo del libro se encarga de probar que existe una larga tradición en la utilización de métodos y estrategias criptológicas. Sin embargo, la ausencia de conclusiones al final, justificada en la introducción como algo relacionado con la extensión de la obra, deja la sensación de que el esfuerzo de años de trabajo no ha dado resultados que el autor pueda explícitamente manifestar al lector.

Criptografía diplomática, política y militar en México (1813-1926) no deja de ser una obra que abre la discusión e invita a especialistas y no especialistas en la materia a entrar a un universo de mensajes codificados que se encuentra a la espera de ser estudiado.

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