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Historia mexicana

versión On-line ISSN 2448-6531versión impresa ISSN 0185-0172

Hist. mex. vol.69 no.1 Ciudad de México jul./sep. 2019

http://dx.doi.org/10.24201/hm.v69i1.3675 

Reseñas

José María Naharro-Calderón, Entre alambradas y exilios. Sangrías de ‘las Españas’ y terapias de Vichy

David Jorge* 

* Universidad del Mar-Huatulco

Naharro-Calderón, José María. Entre alambradas y exilios. Sangrías de ‘las Españas’ y terapias de Vichy. Madrid: Biblioteca Nueva, 2017. 476p. ISBN: ISBN 978-84-16938-47-6.

Existe un amplio consenso en situar el inicio de la época actual a partir del 11 de septiembre de 2001. Aquel día se inició un nuevo capítulo en el desarrollo histórico contemporáneo a escala global. O bien, para ciertos mesías refugiados bajo el paraguas académico de la Ivy League, se reiniciaba sorprendentemente la historia, luego de haber cacareado el supuesto fin de la misma tras una también supuesta victoria hegemónica definitiva. Tal victoria sería la estadounidense -con sus valores y modus vivendi- sobre aquel modelo surgido hace ahora exactamente un siglo de las cenizas de la Rusia de los zares. Pero la hegemonía y el soft power del American way of life tuvieron una vida de lo más breve que hayan conocido las trayectorias imperiales.

El cambio de siglo representó asimismo un parteaguas en la trayectoria nacional de no pocos países. En el caso de México, el PAN relevó a un hegemónico PRI, de longevidad extraordinaria a escala de partidos políticos tras haber permanecido en el poder durante más de siete décadas (en sus sucesivas singladuras del PNR callista, PRM cardenista y PRI camaleónico -ora con un proyecto de Estado y un sentido nacional soberano bajo el brazo, ora alineado con el vecino del norte bajo la inquebrantable fe neoliberal-). Los cambios que dicho relevo en Los Pinos representó para México, tras unas razonables expectativas, resultaron decepcionantes, más allá de un barniz democrático limitado (con fronteras bien definidas -desde el norte del río Bravo- y controladas -por las élites nacionales- entre la derecha y un centro ampliamente desideologizado y desentendido del pasado reciente del país). Desde entonces, la fractura entre autoridades y sociedad civil no ha dejado de aumentar, en tanto que México sigue buscándose a sí mismo y su lugar en el mundo sin otro aparente rumbo que el de una desigualdad extrema creciente, con su consecuencia en forma de violencia, impunidad e inseguridad. Y, desde inicios de presente 2017, lidiando con una vecindad todavía más inquietante si cabe tras la llegada de Donald J. Trump a la Casa Blanca.

En el caso español, el cambio de siglo trajo consigo una etapa histórica bien definida. El espejismo de los Treinta Gloriosos (p. 27), iniciado con las primeras elecciones democráticas en más de 40 años (1977), empezaba entonces a evidenciarse. Llegaría a su fin con el comienzo de la crisis económica (2007). Pero fue el año 2000 cuando la victoria electoral con mayoría absoluta por parte del Partido Popular impregnó de mesianismo al presidente Aznar y a un equipo de gobierno que no se caracterizó por su pericia o sensibilidad. Dentro de la impunidad con la que el jefe del Ejecutivo se consideró investido por la gracia de las urnas, se optó por impulsar, a través de unos medios de comunicación alentados desde el poder, un revisionismo de la historia más polarizadora del país. Una polarización que aquel gobierno se encargó de intensificar y diversificar entre impasibles “pequeños hilitos con aspecto de plastilina” (Prestige), cadáveres de “patriotas” -ya inservibles en tanto que muertos- mezclados de prisa y corriendo (Yak-42), impopulares y sordas aventuras civilizadoras (guerra de Irak) y, derivado de lo anterior, patéticos intentos goebbelianos para paliar el inesperado temor de derrota surgido en la víspera de las elecciones de 2004 (11-M). Miedos surgidos como consecuencia del mesianismo acomplejado y vasallo a partes iguales, personificado en un presidente Aznar que pretendió situar a España a la imposible altura de glorias añejas.

En respuesta al mencionado desafío revisionista comenzaron a surgir diferentes movimientos y sucesivas asociaciones para la construcción (más que recuperación) de una suerte de memoria colectiva del lado de los perdedores de la guerra de España y represaliados durante la dictadura franquista (de la que la exhumación de fosas comunes, la conservación y usos de monumentos y los nombres del callejero patrio pasaron a constituirse como símbolos de propuestas y polémicas en torno a una imposible memoria colectiva, de unas tensiones que no es que vengan a reabrir heridas, sino que evidencian que éstas jamás estuvieron cerradas). España llegó entonces a su particular “era del testigo” (Annette Wieviorka), inaugurada a escala mundial tras el proceso a Eichmann en Jerusalén (1961). Con ella llegaba también la era del exilio-business y de la tensión dialéctica entre inframemorias, intramemorias y supramemorias. Una movilización ideológica y sentimental tensionada con el contexto general de enervación en que se enmarcó. Combinación que implicó el salto a la mayoría de edad político-ideológica de una generación de españoles ya nacida y educada en democracia, tras unos “felices años noventa” en los que la ilusión europea, primero, y las nuevas tecnologías, después, no parecían invitar al recuerdo de las luchas pasadas.

Éste es el punto de partida, o uno de los puntos de partida -alternativos a la par que entremezclados-, del trabajo del profesor Naharro-Calderón. Estamos ante una obra a lo largo de la cual se suceden ensayos autónomos con un eje común, adaptados y articulados de forma tal que refuerzan el carácter coherente y compacto del relato. Un relato libre, sin ataduras, rico y desenfadado a la par que abiertamente crítico, que por momentos da la impresión de ser una especie de enmienda a la totalidad de los debates recientes sobre el pasado español. Una perspectiva crítica razonada de la que no escapa la forma de abordar la cuestión memorialística. Las deficiencias (evidenciadas y denunciadas) en este sentido no pueden sino hacernos preguntar con qué relato debemos continuar nuestra gestión interpretativa del pasado. Si acordamos la fragilidad de la memoria como fuente de rigor histórico por sí misma (es decir, sin mayor contraste a través de evidencia documental de la época), resulta por lo tanto razonable que deban modificarse o, cuando menos, matizarse los patrones de elaboración de tales narrativas del pasado.

Entre alambradas y exilios evidencia un amplio y sólido bagaje (pertinentemente actualizado) tanto literario como histórico e historiográfico, a la par que un notable esfuerzo por combinar erudición y divulgación (cuasi eterno debate en el mundo de los hispanistas integrados en departamentos de Romance Languages o similares dentro del mundo académico estadounidense). Subsiste alguna que otra sobrecarga repetitiva en aras de la precisión lingüística (reiteración de expresiones como “las Españas”, “islamista e islamizada”, etc.). Pero, más allá de las necesidades del campo de estudios literarios y culturales, Naharro-Calderón demuestra rigor y una puesta al día en materia de historia política. Combina, pues, la intertextualidad literaria con su pertinente inserción en el análisis político.

El relato pone el foco en las raíces históricas del complejo presente. Se recorren líneas de continuidad por medio de matices explicativos, parte de corrientes subyacentes que nos conducen hasta los problemas de nuestros días, por más que éstos se nos muestren -por infinidad de factores, relacionados muchos de ellos con prácticas globales y formas de transmisión y consumo de la información- como parte aislada del pasado.

Identidad, memoria, necesidad de explicar y de explicarse. Relatos y retratos psicológicos. El “universo concentracionario”, de Jorge Semprún a Max Aub (a quien se dedica un profundo trabajo de introspección, a caballo entre lo literario y lo psicológico, por la vía del análisis de las técnicas de expresión, para explicar y explicarse, a modo de anestesia ante los horrores del recuerdo), con sus causas históricas y efectos literarios. Todo ello nutre una obra atractiva, original y heterogénea, de diálogo con el presente mediante ecos del pasado.

Exilio y campos, de Madrid a México, de Vichy a Mauthausen, de la frontera pirenaica en 1939 a los refugiados del Mediterráneo en 2017. Lugares de la memoria y del conflicto individual y colectivo. Deshumanización y necesidad de rehumanizar. La dialéctica entre arraigo y desarraigo. La certeza de pertenencia frente a las dudas e inseguridades identitarias. La conclusión de que, tras exiliarse, todo lugar pasa a ser extraño. Recuérdese la máxima de Edward Said: “El exilio es algo curiosamente cautivador sobre lo que pensar, pero terrible de experimentar. Es la grieta imposible de cicatrizar impuesta entre un ser humano y su lugar natal, entre el yo y su verdadero hogar; nunca se puede superar su esencial tristeza”. Los derrotados republicanos, tras el fin de la Guerra en España -y su continuación, en muchos casos, en suelo francés contra el mismo enemigo-, nunca se recompusieron de su desgajo identitario. Muchos sobrevivieron, pero, como se preguntaría Semprún: “¿Al precio de qué angustia, de qué desgarro interno? Eso habría que preguntárselo a todos, ellos y ellas. A los que siguen vivos, claro está. No estoy seguro que contestaran. Yo, en cualquier caso, no diré nada”. Figuras, como los mencionados Aub y Semprún, “que pasaron por la deshumanización del sistema concentracionario y buscaron escrituras crítico-éticas de lucidez desterrada” (p. 28). Porque, como escribió María Zambrano:

La derrota es creadora en la historia como el fracaso individual lo es en el pensamiento, en el arte más perenne. ¿Qué sería de la historia si de ella se extrajesen las derrotas? […] Pues esta sonrisa piadosa e irónica, nacida de la mirada que ve el conjunto de los asuntos humanos, es el tesoro que aportan los cargamentos vencidos de la historia. La mirada que descubre en la cumbre de la fortuna, la desgracia; y en el abismo de la derrota, la victoria y el triunfo. Porque la vida pasa y el arte queda.

El libro analiza de manera crítica las políticas de la memoria no sólo en España, sino también en Francia. Un caso sobre el que se pone el dedo en la llaga, desnudando los eufemismos tipo “campos de interna- miento” (p. 89), que (¿cómo podía ser de otra manera?) parecen entes que nada tuvieron que ver con sus falsos primos-hermanos “de concentración”, ni mucho menos con aquellos “de exterminio”, propios de nazis… no de pro-nazis made in Vichy, ni de caballeros del supuesto talante de Daladier o Pétain.

Una parte esencial del trabajo se basa en los relatos de superación a través de lo que Naharro-Calderón identifica como “supramemoria desmemoriada”. Se dedica el autor a la deconstrucción de narrativas como las de Javier Cercas, desde su inaugural aportación al género con Soldados de Salamina y su ilusión por la reconciliación de “las Españas” por medio de un relato superador por la vía de la necesidad humanizadora, pero que no deja de contribuir a la falacia de la equidistancia, hasta El impostor, con la figura de Marco y sus conflictivas implicaciones, y que según el autor “puede explicar el deseo de Cercas de psicoanalizar ideológicamente a través de Marco su conciencia traicionada por el desasosiego tercerista de lo que podía representar Soldados de Salamina” (p. 305). Ésta es asimismo la línea de Andrés Trapiello. Naharro-Calderón los describe como ejemplos del kitsch memorialístico de nuestros tiempos, de la apuesta por un falaz buenísmo reconciliador por superación; tuerto en el mejor de los casos, falaz casi siempre. No se libran tampoco de los aguijones ni Santos Juliá, en el terreno de la historia política, ni Jordi Gracia, con sus estudios entre historia y literatura comprensivos hacia el llamado “exilio interior”.

El “combate por la memoria” dado por hispanistas del campo de los estudios literarios culturales memorialísticos (Naharro-Calderón, Faber) se une así al “combate por la historia” (Viñas, Reig Tapia, Hernández Sánchez). Tanto los relatos de la equidistancia como los usos y abusos presentistas en torno al pasado son evidenciados una y otra vez por el autor, desde la ahistórica apropiación de la figura de Andreu Nin por el nacionalismo catalán hasta engendros recientes como el del novelista -metido a historiador o a lo que haga falta- Arturo Pérez-Reverte. Un inigualable ejemplo de la tendencia patria a los argumentos de autoridad, quizá porque los argumentos entorpecen los relatos novelados que dejan al lector con buen sabor de boca y lo animan a seguir abriendo el libro en su camino hacia best seller.

La falacia de la equidistancia construida en torno a los dos bandos contendientes en la Guerra de España ha ido permeando el mundo académico durante los últimos años, construyendo una creciente hegemonía apoyada en medios de comunicación interesados -nuevamente el presentismo- en establecer las políticas de hoy haciendo uso de falacias ahistóricas. Estamos, pues, ante un nuevo combate por la Historia -en tanto disciplina de las ciencias sociales-: el que plantea la necesidad de reconstrucción científica en busca de la verdad, frente a la crecientemente imperante representación utilitaria del pasado en busca de usos y abusos con fines que resulten útiles a la hora de construir relatos hegemónicos, constructores y definitorios de la actualidad.

Contra el presentismo, de este trabajo se desprende una perspectiva del presente, enriquecida y complejizada con lecciones del pasado. Una tarea no precisamente sencilla, y en la que Naharro-Calderón se afana presentándonos una obra sostenible en un terreno de resbalones extremadamente fáciles. Sugerente y estimuladora, sintetizadora a la par que exhaustiva, sin caer en extensiones meramente reafirmadoras de argumentos.

El autor, en legítimo diálogo consigo mismo, se permite licencias tales como la formulación de preguntas en forma de especie de prosa poética (parte final del capítulo 10), lo que dinamiza más la lectura. Encontrar errores fácticos resulta un arduo trabajo. Entre los mismos, cabría remarcar que Chamberlain no fue EL responsable de la no intervención (p. 206), puesto que tal política se adoptó previamente a su designación como premier, durante el gobierno Baldwin, con Anthony Eden como responsable del Foreign Office y un appeasement in crescendo desde la llegada al poder del Partido Conservador en 1931, y el caso inaugural de impunidad en Manchuria. O el error al mezclar al SERE con la JARE (p. 233), dos organismos diferenciados y en abierta rivalidad por el control del exilio republicano. Los peligros de llevar las reflexiones al presente resultan evidentes, pero cabe señalar que la obra está asentada sobre pilares bastante firmes, aunque ello no sea suficiente para evitar algún desmentido, como el de que el atentado yihadista del 17 de agosto de 2017 en las Ramblas barcelonesas eche por tierra la celebración de que, tras la experiencia del 11-M de 2004, España se hubiera mantenido inmaculada ante la ofensiva del ISIS en Europa (p. 43).

El trabajo de Naharro-Calderón constituye todo un incentivo para continuar, de forma enriquecida, debates que han estado omnipresentes en la academia (tanto española como hispanista), pero a menudo también en el conjunto de la sociedad, durante los tres últimos lustros. La salida a la superficie del debate público desde la torre de marfil académica plantea el reto de compatibilizar el rigor científico con la función social que albergan las narrativas del pasado, pese a la extendida democratización del debate en torno a aquellos aspectos vinculados a una supuesta construcción memorialística que, bajo fines presentistas, acostumbra despreciar el rigor histórico. La representación va ganando claramente terreno frente a la reconstrucción, en lo que representa una peligrosa deriva para el avance en el conocimiento del pasado. Estamos, pues, ante un reto consistente en la necesidad de, sin dejar de lado un abordaje didáctico y divulgador, huya al mismo tiempo de argumentos de autoridad reduccionistas de realidades complejas.

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