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Historia mexicana

versión On-line ISSN 2448-6531versión impresa ISSN 0185-0172

Hist. mex. vol.69 no.1 Ciudad de México jul./sep. 2019

http://dx.doi.org/10.24201/hm.v69i1.3666 

Reseñas

Susan Schroeder, Tlacaelel Remembered: Mastermind of the Aztec Empire

Sylvie Peperstraete* 

* Université Libre de Bruxelles

Schroeder, Susan. Tlacaelel Remembered: Mastermind of the Aztec Empire. Norman: University of Oklahoma Press, 2016. 218p. ISBN: ISBN 978-080-615-434-3.

El cihuacoatl Tlacaélel es uno de los personajes más misteriosos de la historia mexica. Al leer las obras de fray Diego Durán y Hernando Alvarado Tezozómoc, tenemos la impresión de que desempeñó el papel principal en la historia del imperio azteca, ya que estas crónicas le dedican más páginas que a ningún otro personaje. También son muy elogiosos hacia Tlacaélel ciertos pasajes de los escritos de Chimalpahin. Según estas fuentes, el cihuacoatl se encontraría en el origen de todas las conquistas y reformas importantes de los mexicas tenochcas, desde el reinado de Itzcóatl (1428-1440) hasta el de Ahuítzotl (1486-1502). Fue gracias a él que México pudo vencer a los tepanecas de Azcapotzalco; es este mismo cihuacoatl quien hizo hincapié en el culto de Huitzilopochtli y a quien se le atribuye la invención de la llamada “guerra florida”. Así pues, se trataría de un personaje clave para la historia mexica: la encarnación del poder detrás del trono durante cinco reinados.

Sin embargo, según otras fuentes, el papel de Tlacaélel habría sido considerablemente más modesto -por ejemplo, el historiador texcocano Fernando de Alva Ixtlilxóchitl lo menciona una sola vez- o, incluso, habría sido inexistente -fray Bernardino de Sahagún lo omite completamente-. Además, ciertas fuentes asignan a otros las hazañas de Tlacaélel. Así, en su Historia chichimeca (1965, t. II, pp. 145-146), Alva Ixtlilxóchitl las atribuye a los héroes texcocanos: fueron ellos quienes organizaron la rebelión contra Azcapotzalco y los mexicas sólo se comprometieron porque Nezahualcóyotl les había pedido participar como aliados. Y en otro pasaje, atribuye la invención de la guerra florida al mismo Nezahualcóyotl (Alva Ixtlilxóchitl, 1965, t. II, pp. 206-207). Todo esto, así como la inverosimilitud de algunas de las hazañas atribuidas a Tlacaélel, llevaron a muchos autores, desde el principio del siglo XVII, a cuestionar su papel y, a veces, su propia existencia (fray Juan de Torquemada).

Desde entonces, Tlacaélel ha sido objeto de muy pocos estudios, sobre todo teniendo en cuenta su supuesta importancia. Acogemos pues favorablemente el libro que Susan Schroeder acaba de dedicarle a este personaje finalmente bastante desconocido.

La obra de Schroeder es corta ya que, excepto las notas y la bibliografía, cuenta con un poco menos de 150 páginas. Su estructura es convencional: después del primer capítulo (pp. 21-48), dedicado a las diferentes fuentes disponibles, los datos sobre la vida de Tlacaélel son ordenados y discutidos cronológicamente. Así, el capítulo 2 (pp. 49-75) trata de la época de los inicios del imperio azteca, el 3 (pp. 76-121) de su apogeo y, finalmente, el 4 (pp. 122-146) se refiere a la sucesión del cihuacoatl y a sus descendientes hasta la época novohispana.

La primera parte enumera y analiza las fuentes sobre Tlacaélel. También habla brevemente del oficio de cihuacoatl1 y de la diosa telúrica del mismo nombre. Estos últimos aspectos son evidentemente indisociables de nuestro personaje, ya que es sobre todo por medio de su función que las fuentes lo evocan y que, en el plano simbólico, la homonimia con la diosa Cihuacóatl no tiene nada de coincidencia -el tlatoani, como representante del Sol, estaba flanqueado por el cihuacoatl que fungía como representante de la Tierra, evocando el pensamiento dualista mesoamericano-. No obstante, es el hombre quien está en el centro de interés en el presente libro, pasando a menudo la dimensión simbólica de su función a un segundo plano en los capítulos que siguen.

El tratamiento del escaso material iconográfico disponible (pp. 40-42) es muy apreciable porque, a menudo, los investigadores o no lo tienen en cuenta o lo interpretan mal. Así, Schroeder subraya, con razón, que una imagen del Códice Durán (MS 26-11 de la Biblioteca Nacional de España, fol. 140v.), a veces presentada como figurando la preparación del cuerpo de Tlacaélel para sus exequias, representa en realidad la ejecución del dirigente de Coyoacan, Tzotzoma, cuya descripción puede leerse en el capítulo de la obra de Durán que acompaña la pintura. Al final, no disponemos más que de algunas pinturas que, por añadidura, como lo confirman los glifos que las acompañan, representan el cargo de cihuacoatl y no al hombre (fol. 70r. del Códice Durán, pl. 26 del Códice Huichapan), lo que no debe sorprendernos porque, en las imágenes del México antiguo, es la función antes que todo lo que adquiere significado; no había “retrato” en el sentido en que lo entendemos actualmente. Schroeder (p. 42) se asombra del hecho de que el cihuacoatl no figure en ninguna imagen de nuestro corpus de representaciones de los tlatoque mexicas, ni siquiera en el Códice Durán, pero cabe remarcar que, dado que la iconografía prehispánica suele representar a los tlatoque, y no a los cihuacoatl, esta ausencia no tiene nada de extraordinario.2 Y si ninguna representación cierta de Tlacaélel sobrevivió hasta nuestros días, algunas imágenes debieron existir en la época colonial, ya que en un pasaje de la Crónica mexicáyotl (“La manta, el atavío que el Cihuacoatl Tlacaeleltzin se ataba, caía larga hacia el medio, blanca por arriba y negra por abajo”),3 se describe claramente una imagen que el cronista tiene ante los ojos.

Otra cualidad de esta primera parte del libro es la puesta en evidencia de la importancia de la obra de Chimalpahin, de la que la autora es especialista, y que a menudo se pasa por alto porque una proporción significativa de los escritos del cronista chalca sólo fue publicada recientemente. Como vamos a exponerlo, es en esta puesta en evidencia y en el análisis que sigue donde, en realidad, reside la principal aportación del trabajo de Schroeder.

En cambio, lamentamos la eliminación casi total del asunto de la llamada Crónica X, esta versión de la historia mexica tenochca que, para cierto número de investigadores, fue puesta por escrito en un documento perdido en la actualidad, y la que Durán, Tezozómoc y, para los datos sobre México-Tenochtitlan, Chimalpahin,4 aprovecharon en sus obras respectivas. Ahora bien, son estos tres autores quienes nos proporcionaron los relatos más detallados y los que más exaltan las hazañas de Tlacaélel, de modo que, en definitiva, nuestras principales fuentes sobre este personaje proceden de una misma tradición histórica, la de la Crónica X. Esta cuestión crucial, que Schroeder evoca a propósito en el primer párrafo de su introducción (pp. 3-4), es por desgracia dejada de lado, como si se tratara de una problemática secundaria: sólo le dedica las páginas 44-47.

Por cierto, el objetivo del libro no es presentar un estudio de filiación textual. Sin embargo, hubiera sido necesario considerar el hecho de que nuestras “múltiples” fuentes sobre Tlacaélel pertenecen en realidad, al menos las principales, a una tradición común, más bien que tratarlas por separado, como documentos totalmente independientes unos de otros.

Por añadidura, estas pocas páginas dedicadas a la Crónica X no hacen justicia ni a la complejidad de la cuestión ni al tratamiento que ha recibió hasta este día. Contrariamente a lo que afirma la autora (p. 45), el hecho de estudiar la relación que diferentes textos tienen entre ellos, y con un hipotético documento más antiguo y perdido en la actualidad, no disminuye en nada su valor intrínseco. No se trata de emitir un juicio de valor sino de hacer un trabajo de crítica histórica. Esto no impide analizar también estos textos en sí mismos, teniendo en cuenta sus contextos respectivos de producción y discutiendo los datos adicionales y únicos que se encuentran en cada autor.5

En la segunda parte del libro, que presenta cronológicamente los datos sobre la vida de Tlacaélel y de sus descendientes, se aprecian en particular los conocimientos especializados de la autora sobre la obra de Chimalpahin. Schroeder destaca y analiza, en la obra del historiador chalca, pasajes poco conocidos que conciernen al cihuacoatl y su familia, sobre todo los datos relacionados con sus descendientes hasta la época novohispana. Algunos de ellos vivieron en Acatlán, cerca de la iglesia de San Antonio Abad en Xoloco, y posiblemente fueron conocidos personalmente por Chimalpahin (p. 3). Pero, sobre todo, la primera esposa de Tlacaélel, Maquiztzin, con la cual tuvo cinco hijos, incluyendo al que le sucedió como cihuacoatl, y que pertenecía al linaje de los dirigentes de Chalco (pp. 94-96). Además, algunos descendientes de Tlacaélel contrajeron alianzas matrimoniales con miembros de la nobleza de Chalco (uno de los hijos del cihuacoatl, Tlilpotonqui, se casó con Xiuhtoztzin, y su nieta Quetzalpetlatzin se casó con don Tomás de San Martín Quetzalmazatzin), mientras que Miccacalcatl, hijo de Tlilpotonqui y Xiuhtoztzin, nieto pues de Tlacaélel, reinó en Chalco (pp. 125-131). Puesto que los anales chalcas, bien conocidos por Chimalpahin, conservaron sus nombres, disponemos de datos sobre Tlacaélel independientes de la tradición de la Crónica X. Hay, pues, que añadir esto a los datos sobre el cihuacoatl que Chimalpahin obtuvo en sus fuentes mexicas.

Sin embargo, la cuestión del proceso de escritura de la historia indígena y, en particular, su relación con el sistema de pensamiento simbólico, es apenas evocada (sobre todo a principios de la obra, véanse, por ejemplo, las pp. 21, 34), mientras que es un asunto crucial cuando se trata de evaluar, no la existencia misma de Tlacaélel -por- que el cihuacoatl es conocido por varias fuentes independientes y por sus descendientes en la época novohispana-, sino los hechos que le atribuyen. Las hazañas de Tlacaélel, tal como las narran Durán, Tezozómoc y ciertas fuentes mexicas de Chimalpahin, son, de hecho, a menudo increíbles: el cihuacoatl habría participado en todas las batallas importantes, siendo, en cada ocasión, el principal autor de la victoria; habría sido la causa de todas las reformas; habría rechazado la corona dos veces y, en fin, según Tezozómoc, habría vivido 120 años. En realidad, la tradición que siguieron estos autores recurre abundantemente a los esquemas simbólicos indígenas. Presenta a Tlacaélel como el sol ascendente que figura al imperio azteca en sus inicios, y el pasaje de Chimalpahin6 que informa del nacimiento del cihuacoatl, debe interpretarse desde este punto de vista. Artífice de la victoria contra los tepanecas que simboliza el principio de la ascensión del imperio azteca, Tlacaélel nació “al amanecer, a la salida del sol”; por esta razón Ixtlilxóchitl7 recurre al mismo simbolismo para relatar la historia de Texcoco, cuando afirma que Nezahualcóyotl nació mientras el sol salía.

En definitiva, el libro de Schroeder se revela como un retrato de Tlacaélel y de sus descendientes por medio de las obras de Durán, Tezozómoc y, sobre todo, Chimalpahin, más bien que un estudio crítico exhaustivo sobre el personaje y los hechos históricos que se le atribuyen. Es un bonito relato de los éxitos mexicas tenochcas, tales como la tradición indígena los cuenta, y que destaca la importancia de los escritos de Chimalpahin, habitualmente poco tomados en consideración en las investigaciones sobre Tlacaélel. Sin embargo, ciertamente no cerrará el debate de los historiadores a propósito del célebre cihuacoatl.

1 Esta “serpiente (coatl) femenina (cihuatl)” era un alto funcionario que presidía el consejo real, era juez supremo para las materias criminal y militar, tenía cargas sacerdotales y de administración interna, y compartía los poderes ejecutivos y militares con el tlatoani. Miguel Acosta Saignes, “Los teopixque: organización sacerdotal entre los mexica”, en Revista Mexicana de Estudios Antropológicos, 8 (1946), pp. 183-184.

2Sylvie Peperstraete, “El cihuacoatl Tlacaélel: su papel en el imperio azteca y su iconografía”, en Guilhem Olivier (ed.), Símbolos de poder en Mesoamérica, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2008, pp. 375-391.

3Fernando Alvarado Tezozómoc, Crónica mexicayotl, edición y traducción de Adrián León, México, Imprenta Universitaria, 1949, p. 129.

4Particularmente la introducción de la Historia o Crónica Mexicana y Dirigentes de Tenochtitlan, Tlacopan y Texcoco, así como ciertos pasajes de las tercera y séptima Relaciones. Chimalpahin es un autor raramente tomado en consideración en las discusiones sobre la Crónica X, no sólo porque la publicación de una parte de su obra es reciente, sino también, y sobre todo, porque la presentación de sus textos en forma de anales que compilan numerosas fuentes es muy diferente de la de la obra de Diego Durán, Historia de las Indias de Nueva España e islas de Tierra Firme, 2 vols., edición de Rosa Camelo y José Rubén Romero Galván, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1995, y la de Hernando Alvarado Tezozómoc, Crónica mexicana, edición de Gonzalo Díaz Migoyo y Germán Vázquez Chamorro, Madrid, Dastin, 2001, lo que hace el trabajo de comparación más complejo. Domingo Francisco de San Antón Muñón, Chimalpahin Cuauhtlehuanitzin, Códice Chimalpahin, 2 vols., edición y traducción de Arthur J. O. Anderson y Susan Schroeder, Norman, University of Oklahoma Press, 1997.

5Véase, por ejemplo, José Rubén Romero Galván, Los privilegios perdidos. Hernando Alvarado Tezozómoc, su tiempo, su nobleza y su Crónica mexicana, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2003.; Sylvie Peperstraete, La “Cftronique X”. Reconstitution et analyse d’une source perdue fondamentale sur la civilisation aztèque, Oxford, Archaeopress, 2007, cap. 4; Gabriel Kenrick Kruell, “La Crónica X: Nuevas perspectivas a partir del problema historiográfico de la Crónica mexicáyotl y su cotejo con la Crónica mexicana”, tesis de maestría en historia, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2011, y “La historiografía de Hernando de Alvarado Tezozómoc y Domingo Francisco de San Antón Muñón Chimalpáin Cuauhtlehuanitzin a la luz de un estudio filológico y una edición crítica de la Crónica mexicáyotl”, tesis de doctorado en historia, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2015.

6Domingo Francisco de San Antón Muñón Chimalpahin Cuauhtlehuanitzin, Las ocho relaciones y el Memorial de Colhuacan, 2 vols., edición y traducción de Rafael Tena, México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Cien de México), 1998, t. II, p. 53.

7Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Obras históricas, 2 vols., edición de Alfredo Chavero, México, Editora Nacional, 1965, t. II, p. 82.

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