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Historia mexicana

versión On-line ISSN 2448-6531versión impresa ISSN 0185-0172

Hist. mex. vol.68 no.3 Ciudad de México ene./mar. 2019

http://dx.doi.org/10.24201/hm.v68i3.3619 

Reseñas

Sobre Justo Beramendi, Historia mínima de Galicia

Javier Dosil* 

*Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

Beramendi, Justo. Historia mínima de Galicia. México: El Colegio de México, 2016. 278p. ISBN: 978-607-628-080-5.

En una ocasión le preguntaron a un campesino si se sentía orgulloso de ser gallego. No se lo pensó dos veces: “Sí, porque gallego puede ser cualquiera”. La anécdota la cuenta Manuel Rivas en alguno de sus artículos, pero cualquiera podría corroborarla fácilmente sobre terreno y en nuestros días. Ahora, improbable lector, póngase usted a “historizar” esta respuesta, a indagar en el entramado histórico social que va gestando a lo largo de los siglos tan ambigua formulación. ¿Es posible vérselas como historiador ante la “retranca” gallega, esa ironía sin violencia que enmascara con el desenmascaramiento, que revierte la relación entre el investigador y el objeto de estudio (“¿por qué lo preguntas?”) y que, como en un haiku japonés, detiene el tiempo y a la vez lo condensa y lo disipa, hasta dar la impresión de que la historia está siempre presente, pero de manera intangible, como un fantasma o una bruma? Tarea poco menos que imposible, y sin embargo no hay pocas historias de Galicia, y algunas incluso apuestan por la mínima extensión, como la que reseñamos, para que puedan ser digeridas de un tirón y con buen provecho.

Las historias mínimas, dicho sea de paso, constituyen un género aparte. No admiten las notas críticas ni los minuciosos detalles, aplaudidos en las obras académicas de cierta envergadura; pero tampoco permiten replegarse en un discurso plenamente consensuado, como los libros de texto. Algo nuevo deben aportar, quizá una impresión de conjunto, pero sin descuidar la objetividad (o sería un ensayo) y con un estilo resuelto (no como las enciclopedias). La sugerencia que daba G. K. Chesterton a los jóvenes que se adentraban en la escritura puede ser útil para las historias mínimas: nunca traten a sus lectores como ignorantes, pero tampoco olviden que lo son. Pues bien, Justo Beramendi , catedrático emérito de historia contemporánea de la Universidad de Santiago de Compostela, es fiel a estas pautas: va al grano y logra ofrecer una síntesis tan convincente como sugestiva, tan cabal como original en su género.

Para dar un hilo conductor plantea desde el principio una interrogante que no es ni intrascendente ni inocente: ¿presenta la historia de Galicia rasgos bien diferenciados que nos permitan reconocerla en sí misma y no como un capítulo más (convencional o anómalo, breve o extenso) de la historia de España o, ya puestos, de Portugal? No es intrascendente porque la “renovación” historiográfica llegó a Galicia de la mano de ciertos intelectuales regionalistas que desde mediados del siglo XIX voltearon hacia el pasado precisamente para encontrar la idiosincrasia de la cultura galaica (el ejemplo más destacado es sin duda Manuel Murguía). Y no es inocente por el actual (y polémico) debate en España sobre los nacionalismos, en el que los historiadores tienen mucho que aportar, aunque a veces se dejen llevar por la pasión. La respuesta de Beramendi es rotundamente afirmativa -al menos desde el siglo XII se puede hablar de una “singularidad etnocultural indiscutible” (p. 241), no siempre con felices consecuencias- pero no se deja seducir por las tesis folcloristas y desmiente muchos de los mitos que por repetidos han llegado a asumirse como verdades históricas, incluso entre especialistas.

El libro está organizado en ocho capítulos. En el primero, “Los orígenes: entre la realidad y el mito”, aborda 300 000 años de historia, desde los primeros registros de homínidos (Homo erectus) en el noroeste peninsular hasta la integración plena de los ingredientes romanos en la cultura castrexa, en el siglo IV. Insiste en que la romanización fue gradual, lenta, y que por lo general respetó las formas de organización y las tradiciones de los nativos. Roma consiguió medio millar de minas muy productivas, engrosar su ejército con un buen número de “guerreros” galaicos y cobrar un impuesto por el uso de las tierras. A cambio, mejoró notablemente las obras públicas (caminos, puentes, fuentes, etc.) y las técnicas agrícolas. Tras cinco siglos de convivencia, nos hallamos ante una Gallaecia social y culturalmente mestiza en la que se habla el latín.

El capítulo segundo (“De Gallaecia a Galicia”) abarca toda la Edad Media. Repasa someramente las incursiones germánicas y vikingas, en un territorio que tras la caída del imperio romano se hizo más rural y, en la economía y la técnica, más pobre. El “descubrimiento” del apóstol Santiago, en el siglo IX, fortaleció la economía y el poder del clero, elevó el número de artesanos y permitió el florecimiento del arte románico. Paradójicamente, este auge económico y cultural (que tendrá su momento de apogeo en el siglo XIV, con la poesía lírica galaicoportuguesa) coincidió con el declive político de la nobleza gallega, que gradualmente fue perdiendo presencia en la Corte. La pobreza en el mundo rural forzó a los campesinos a ceder sus tierras a monasterios, cabildos y nobles, y a trabajarlas bajo el sistema de foros (un tipo de renta), que se mantendría hasta bien entrado el siglo XX. Esta situación cercana a la esclavitud provocó varias revoluciones populares en el siglo XV, las guerras irmandiñas, de gran simbolismo pero que tuvieron muy pocas implicaciones sociales.

Los dos capítulos siguientes, “El reino domado” y “Borbones y reformas”, abarcan tres siglos, del XVI al XVIII, que en la historiografía cultural gallega suelen conocerse como “os séculos escuros”. La monarquía establece un rígido dominio sobre la nobleza y acaba con la independencia de los monasterios gallegos. En consecuencia, el castellano pasa a ser la lengua de la administración y de las clases pudientes, y el gallego -que persiste en el pueblo llano- se percibe con desprecio. La baja nobleza cobra relevancia al presentarse como intermediaria entre el dominio eclesiástico y los campesinos. Es la Galicia de los pazos, tan bien retratada por Emilia Pardo Bazán. Curiosamente, hay un repunte de la economía y de la demografía, sobre todo en el siglo XVII, gracias a la llegada del maíz de ultramar, la salazón de pescado y la producción vinícola. Un siglo después, unos pocos ilustrados (como José Cornide o Martín Sarmiento) alzan la voz para criticar el régimen feudal imperante, el deterioro de la cultura gallega y la explotación de los recursos por foráneos, y se crean varias instituciones de cuño progresista, como la Real Academia de Agricultura, la Real Sociedad de Amigos del País y el Real Consulado de A Coruña.

El quinto capítulo, “Liberalismo, atraso y rexurdimento”, se refiere al siglo XIX, al que bien podría aplicarse aquella soflama de Samuel Beckett: “Todo de antes. Nada más jamás. Jamás probar. Jamás fracasar. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”. La rebelión popular contra la invasión francesa dejó como poso un liberalismo que, si bien apenas repercutió en la política gallega, dejó abierto un cauce por el que irían penetrando las ideas progresistas, sobre todo en las ciudades. La Iglesia perdió su poder económico con la desamortización (1836), pero las tierras no fueron a parar a los campesinos, sino a una hidalguía que mantuvo el viejo sistema foral y que descuidó casi por completo -craso error- la industria moderna. Pero el inconformismo y las nuevas ideas estaban presentes (a mediados de siglo surge el galleguismo, una corriente por entonces más cultural que política) y se hicieron notar durante el Sexenio Democrático (1868-1874) mediante un inédito republicanismo que logró que los campesinos pudieran acceder a la propiedad plena de la tierra (Ley de Redención Foral) y que apostó, aunque sin efectos, por la constitución de un Estado gallego. Con la Restauración regresó el caciquismo (el mal endémico de Galicia) y el estancamiento económico forzó a uno de cada cinco gallegos a buscar su suerte en América.

El capítulo VI, “Los progresos truncados”, abarca las tres primeras décadas del nuevo siglo, un periodo intenso, complejo y de significativas transformaciones político sociales que el autor repasa con extraordinaria claridad. Destaca, por una parte, el agrarismo, un movimiento social muy heterogéneo, independiente de partidos y sindicatos, que defiende e impulsa la reforma agraria; por otra, la emergencia de un nacionalismo muy dividido ideológicamente, que sigue con mucha atención los pasos de los nacionalismos catalán y vasco y que, si bien se proyecta principalmente en el mundo de la cultura, con el tiempo logra aterrizar con alguna firmeza en la política por medio del Partido Galeguista (creado en 1931). Este partido se integró al Frente Popular para concurrir a las elecciones de 1936. La coalición salió victoriosa y cumplió su promesa de someter a referéndum la aprobación del proyecto del Estatuto de Autonomía de Galicia: ganó el sí por abrumadora mayoría. Pero la sublevación militar que tuvo lugar tres semanas más tarde frustró su entrada en vigor.

¿Qué vino después? “Longa noite de pedra”, escribió el poeta Celso Emilio Ferreiro. La frase da título al capítulo siguiente, que revisa las cuatro décadas de franquismo y los años de transición. En pocas palabras: represión política, precariedad económica y desprecio absoluto por la lengua y la cultura gallegas. En los años sesenta se produce un tímido arranque económico, así como una activación en la clandestinidad de los grupos de oposición y del nacionalismo gallego (se crean la Unión do Povo Galego, de corte marxista leninista, y el Partido Socialista Galego, más afín a la socialdemocracia europea). En 1975 murió Franco y tres años después se aprobó la nueva Constitución, de la que nació el Estado de las autonomías, que reconoció a Galicia entre las “nacionalidades históricas”. El proyecto de autonomía para Galicia fue elaborado bajo la batuta del partido de centro-derecha en el poder (los nacionalistas habían quedado fuera del Congreso en las elecciones generales de 1977 y 1979); apostó por una autonomía muy limitada y fue refrendado con escaso entusiasmo, por la vía del referéndum, en diciembre de 1980.

El último capítulo, “La Galicia autónoma”, está dedicado a la realidad gallega de las últimas cuatro décadas. Inicia con las primeras elecciones autonómicas y la constitución del Parlamento gallego (1981), un hito histórico. Ofrece un interesante análisis de la política gallega hasta nuestros días, que por lo general ha tenido como principales protagonistas a partidos conservadores; tiene razón el autor al observar que “paradójicamente, la autonomía gallega iba a ser construida y administrada por la fuerza política más reticente hasta entonces a la descentralización del Estado” (p. 220). ¿Será la irrupción reciente de la singular coalición En Marea (formada por Podemos, Esquerda Unida y la nacionalista Anova) un indicador de que algo está cambiando? En las últimas páginas, el autor pone sobre la mesa algunos de los principales problemas y logros de la Galicia actual. Entre los primeros: una alarmante decadencia demográfica (pierde unos 40 habitantes al día), altas tasas de desempleo y el escaso uso de la lengua gallega entre los jóvenes. Entre los segundos: una mejoría en el bienestar medio de la población, un buen equilibrio entre los sectores primario y terciario, y una sana diversificación del ámbito industrial y empresarial. Nos brinda casi al final una frase a la gallega que, sin renunciar a la precisión, dejará al lector pensativo: “En cualquier caso, y pese a sus obvias limitaciones, la identidad nacional gallega está ahí, aunque de momento permanezca bloqueada en su desarrollo” (p. 245).

En definitiva, se trata de una obra dirigida a un público general, que los especialistas podrán leer con provecho, bien escrita y rigurosamente documentada, que publicada en México sin duda ayudará a difundir en este país una historia que, por migraciones y exilios sucesivos, transita también por sus plazas. “Os escuros soños de Clío”, escribió hace tiempo Carlos Casares, hoy reconocido por el Día das Letras Galegas. Pues eso: los oscuros sueños…

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