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Historia mexicana

versión On-line ISSN 2448-6531versión impresa ISSN 0185-0172

Hist. mex. vol.67 no.2 Ciudad de México oct./dic. 2017

http://dx.doi.org/10.24201/hm.v67i2.3466 

Artículos

Dossier: Ciencia, exploración y representación en América Latina.

Rafael Sagredo Baeza* 

* Pontificia Universidad Católica de Chile.

A partir de los presupuestos de la historia de la ciencia, perspectiva cultivada por todos los participantes en este dossier, los trabajos que forman parte de él ofrecen también ejemplos de historia cultural de la ciencia y de historia cultural, tal vez algunas de las perspectivas historiográficas más vitales de las últimas décadas.

Los textos que se presentan son fruto de los intereses e investigaciones que forman parte de la trayectoria académica de sus autores, quienes han aportado al conocimiento de la historia iberoamericana, hispanoamericana y americana desde la historia de la ciencia, la historia social de la ciencia, la historia del arte, de la geografía y de la cartografía, entre otras de sus preocupaciones. Como conjunto constituyen ejemplos y manifestaciones de la evolución historiográfica y metodológica que ha hecho posible pasar de la identificación, estudio y descripción del quehacer de los científicos, naturalistas y artistas en América, hacia la interpretación de su quehacer como mediadores generadores de representaciones de una realidad natural y social, la americana, fruto de intereses, contextos y situaciones que dan cuenta de la época en que se producen. También revelan la interacción entre los viajeros y las sociedades que visitan, lo cual, junto con lo anterior, focaliza la atención en las prácticas de los científicos, así como en las características de sus producciones y el uso que de ellas se hizo.

Tal vez pueda datarse en la década de 1990, a propósito de la conmemoración del V Centenario, la eclosión de trabajos en el ámbito iberoamericano sobre el quehacer de los científicos y viajeros en América. Un tema hasta entonces escasamente atendido por la historiografía y que entonces adquiere visibilidad, entre otras razones, por la heterogeneidad y atractiva presentación gráfica de las obras que dieron cuenta de las expediciones científicas ilustradas organizadas por los europeos a lo largo del siglo XVIII.

Una opción estimulante si se considera que los protagonistas eran científicos, navegantes, aventureros y naturalistas, todos exploradores, figuras de una época, que se resume en el reinado de Carlos III, de esplendor para España, alejada de 1492 y de las polémicas a propósito de si debía celebrarse un descubrimiento o conmemorarse un encuentro entre culturas.

Las aventuras, peripecias, descubrimientos, hazañas y tragedias de los marinos, viajeros y naturalistas; sus registros y relatos, resultaron un material no sólo inédito y visualmente atractivo sino, sobre todo, fuente de una historia que desbordaba la de la ciencia y se proyectaba hacia la sociedad y la cultura en la que ésta se generaba.

Profusamente ilustradas, en ediciones a todo color, aparecieron cientos de publicaciones con reproducciones de los relatos, ilustraciones, cartografía y otra serie de vestigios y testimonios generados esencialmente por los naturalistas, viajeros y expedicionarios que, comisionados por los imperios europeos, recorrieron América y sus costas. Fue entonces, tal vez, cuando comenzó a identificarse cada una de las expediciones científicas que tuvieron a América como objeto de su atención. Todo en medio de un ambiente intelectual e historiográfico que favoreció los estudios culturales y con ellos la necesidad de otorgar significado a las acciones, tareas y ocupaciones de los protagonistas de las exploraciones. Desde entonces hemos transitado además de los “ojos imperiales” a los estudios que progresivamente han relevado y evidenciado el aporte local, americano, al trabajo de los naturalistas y exploradores europeos; cada vez más, apreciados como intérpretes y voceros de los intereses y preocupaciones de sus anfitriones, sin que por ello dejaran de reflejar en sus representaciones los valores de la sociedad a la que pertenecían.

La necesidad de recurrir a nuevas preguntas, ampliar los registros, diversificar las miradas, integrar más actores como sujetos de la historia, aplicar nuevas metodologías, técnicas y perspectivas para comprender más cabalmente el quehacer de los científicos ilustrados en América, no sólo hizo posible pasar de la descripción a la interpretación; también proyectar la historia de la ciencia imperial hacia el siglo XIX americano, aunque ahora como ciencia nacional, y en relación con las necesidades de los estados republicanos. Entre ellas estuvo la urgencia de dar viabilidad económica a los nuevos estados e “imaginar” comunidades nacionales, lo cual los estimuló también a comisionar científicos que recorrieran y estudiaran sus territorios y sociedades. Hombres de ciencia, exploradores, naturalistas, hidrógrafos, artistas viajeros, entre otros, ahora urgidos a medir, censar, describir y estudiar espacios y regiones acotadas, nacionales, para identificar recursos y posibilidades económicas. Pero también aptos para fundar o significar realidades políticas por medio de representaciones culturales, artísticas y científicas, incluso valorando el llamado “saber popular” o “conocimiento vulgar”. Todas contribuciones, además, al saber universal, una ciencia-mundo que Humboldt fue capaz de recoger y reflejar en su Cosmos. Una descripción física del mundo, verdadero compendio del conocimiento acumulado sobra la todavía entonces llamada historia natural.

En un lapso de aproximadamente 50 años, los estudios señalados como historia de la ciencia referidos a América evolucionaron de forma notoria. Inicialmente se centraron preferentemente en la descripción del quehacer de los viajeros europeos que hicieron del continente americano objeto de sus exploraciones y producciones, casi siempre apreciados como personalidades o figuras singulares; pero gradualmente fueron mudando hacia la comprensión de sus empresas y comisiones en función de procesos históricos más amplios, como la Ilustración, alguna fase de la globalización, la expansión del capitalismo, el avance del imperialismo, la formación de los estados y naciones y la organización republicana luego de la independencia o, más recientemente, la circulación mundial del conocimiento y las formas de su generación, entre los principales contextos en que se han analizado.

Una evolución que, por la naturaleza de los intereses de los estudiosos que hicieron de los científicos y viajeros el medio para analizar fenómenos históricos de amplio alcance, transformó sus exploraciones en manifestaciones y expresiones de culturas, estados nacionales o tradiciones y prácticas científicas e intelectuales de una época, cuando no la culminación del desenvolvimiento de una noción materializada en un individuo y su obra, como lo refleja el caso de Darwin. Contextualizando sus empresas, valorando ahora el escenario social en el que se desenvolvieron, visibilizando sus prácticas, presupuestos teóricos, métodos e instrumentos en relación con los paisajes en los que se aplicaron y, por lo tanto, señalando las transformaciones, adaptaciones y correcciones que experimentaron al entrar en contacto con la realidad local. Evolucionando de este modo de la crónica a la explicación, de Europa a América, del sujeto a la sociedad, de la naturaleza al paisaje, de la descripción de la realidad a la representación de ella, de la historia tradicional de la ciencia a la historia cultural y social de la ciencia. Es decir, aquella atenta a identificar los factores políticos, sociales, económicos, culturales e institucionales que la hacen posible, pero también preocupada por las transformaciones económicas y sociales que ella estimula.

Entre las preocupaciones esenciales de la historia de la ciencia, sea en su vertiente cultural o social, algunas se orientan a la identificación de las manifestaciones intelectuales de la producción del saber; a las relaciones entre científicos y a las formas, prácticas, rutas y etapas de circulación del conocimiento; al estudio de la recepción y adaptación de ideas, teorías, prácticas, métodos, instrumentos científicos y, en general, del saber sobre algún hecho o fenómeno natural; a su influencia en la modernización de las sociedades, en particular gracias a su papel como instrumento contra la ignorancia y la superstición, la ciencia como manifestación del triunfo de la razón, como estímulo del desarrollo industrial y tecnológico, como instrumento del Estado, como medio de ejercer la soberanía, como arma para controlar y dominar; la ciencia como reflejo de sociedades por medio del estudio de la creación, difusión y aplicación de saberes, incluidos los mecanismos de apropiación local de los valores y prácticas científicas; pero también comprendida como factor de identidad nacional; como esfuerzo social, institucional, antes que individual o particular; como elemento legitimador del poder y de la autoridad; como modelador de territorios, hechos, fenómenos y procesos de la naturaleza; y por todo lo anterior, como una elocuente herramienta para generar significados, representaciones del objeto sujeto del escrutinio del científico.

Es la ampliación de la esfera de acción de la alguna vez llamada historia de la ciencia, hoy convertida por la dilatación de sus preocupaciones en social y cultural; superando, por imperativos analíticos, entre otras razones, las polaridades centro/periferia; científico/hombre común; imperio/colonia; ciencia extranjera/ciencia local. Todo lo cual ha hecho posible hablar de transferencia y circulación del conocimiento, ampliar la esfera de los estudios propios de la llamada historia de la ciencia, dilatar el espacio de sus intereses pasando de lo propiamente natural, material, a la esfera de lo cultural y social, al de las representaciones que significan, valoran y transforman en símbolos, incluso metáforas de sociedades, lugares, especies y fenómenos de la naturaleza. Involucrando usos, protocolos, instrumentos, técnicas y rigor metodológico que, pese a todo, pueden terminar diluidos por los múltiples y heterogéneos significados y formas que un fenómeno del mundo natural, por sólido e inconmovible que aparezca, es capaz de generar entre los diferentes sujetos que lo observan y describen, en definitiva, representan. Pasando de este modo de lo concreto a lo abstracto. De la historia de la ciencia a secas, “cierta”, a la historia cultural y social de la ciencia, en la que los contextos, referencias, lecturas y significados son indispensables de identificar para hacer historia, pues cualquier “hecho científico” es un hecho cultural y por lo tanto social y, por todo lo anterior, objeto de múltiples interpretaciones. Ahora, más que el qué se hizo, importa saber y entender cómo, con qué, cuándo, con quién y para quién. Y así, y en último término, analizar el papel de la ciencia en la sociedad. Una sociedad siempre determinante en la generación del conocimiento científico, donde poder y conocimiento forman una dupla indispensable de atender.

En la actualidad observamos una historia de la ciencia atenta a los significados, de dominios difusos, en los cuales confluyen múltiples miradas, analítica; donde el quehacer y comportamiento de los científicos es esencial; en la que las formas de producción del saber interesan de manera particular; donde las prácticas son tan importantes como los resultados; valorando de este modo el viaje, la exploración, el trabajo en terreno de los científicos, y con él las sociedades en las cuales se desenvuelven como tales. Para la cual la noción de representación de lo científico adquiere una particular trascendencia en tanto resultado del quehacer historiográfico, atención que de este modo amplía notablemente las fuentes de su investigación, valorando diferentes formas y soportes narrativos, y sin olvidar los originales, pasando de los textuales a los monumentales, de los retóricos a los descriptivos, de los espontáneos a los sistemáticos, de los objetivos a los subjetivos; de la medición a la apreciación; valorando los instrumentos, pero también los sentidos; la exactitud y la sensibilidad; la descripción, pero sobre todo la representación que ilustra sobre características y valores sociales, institucionales y, cómo no, personales.

Las monografías que se reúnen en este dossier, todas analíticas, fundadas en hechos y fuentes identificables, delicadas y rigurosas en sus demostraciones, efectivas en sus metodologías, y prácticas en su afán por ilustrar los desafíos de la historiografía actual, ofrecen un panorama que va desde la visión general de la ciencia ilustrada en y sobre América, a casos particulares situados en México, los Andes y Brasil. A través de ellos se alude a las estrategias para comprender las expresiones culturales del pasado aborigen, a las múltiples formas que la ciencia atribuyó a la cordillera de los Andes, y a prácticas de apropiación del conocimiento sobre la geografía brasileña. Pasando de los métodos, instrumentos, y de la pretendida objetividad ilustrada a la sensibilidad humboldtiana, a la atribución de significados, a la aplicación de ideas para dar sentido a las manifestaciones culturales americanas; mostrando las prácticas y objetivos de los naturalistas y exploradores que cruzaron la cordillera andina y se adentraron en la Amazonia brasileña, develando sus representaciones de la naturaleza, ofreciendo un proceso que muestra una historia plena de significados y atributos. Todos indispensables para comprender procesos históricos que tienen su propia dinámica, independiente de los actores que los protagonizan, pero que también reflejan intereses y valores particulares, en los cuales el contexto geográfico, social, cultural y político de los espacios visitados, es decir, los intereses locales, también son considerados y con ellos las sociedades que acogen a los hombres de ciencia, algunas de las cuales pasan así de escenarios a sujetos de la historia de la ciencia.

La monografía de Miguel Ángel Puig-Samper sobre las expediciones ilustradas en América ofrece una visión fundada en la trascendencia de la ciencia instrumental en la exploración, descripción, reconocimiento y medición de América a lo largo del siglo XVIII. Expresión de lo que su autor llama empirismo razonado, donde los instrumentos científicos cumplen un papel fundamental, ofrece un fundado panorama general del quehacer científico imperial, europeo, metropolitano, en el reconocimiento de América. En particular, en lo relativo a las empresas con fines geográficos y cartográficos.

Explicando el sentido que se atribuye al uso del instrumental de precisión, muestra el proceso de objetivación científica al que se somete la realidad americana gracias al quehacer de comisiones imperiales cuyo origen está en Europa, en las academias científicas y en poderes como Francia, Portugal y, sobre todo, España. De este modo, no sólo se contextualizan y explican las numerosas comisiones que exploraron el litoral americano, sobre todo se ilustra el proceso histórico que trasladó a América la ciencia experimental, empírica, superando las formas de conocimiento erudito y libresco, reflejando además la evolución de los paradigmas tras la generación del saber.

Ofrece también una relación de las principales expediciones geográficas e hidrográficas organizadas por España para reconocer sus colonias, mostrando la estrecha relación entre poder y ciencia, política y conocimiento, entre la realidad natural explorada, medida y representada, y la cultura y prácticas políticas europeas que motivan las comisiones ultramarinas.

Utilizando ejemplos relevantes, agrupándolos en función de una explicación relacionada con la llamada “medida de América”, el texto ofrece una relación de comisiones de gran trascendencia. Entre ellas la destinada a medir el valor de un grado sobre el Ecuador para definir la polémica entre los newtonianos y los cartesianos; las de límites organizadas a mediados del siglo XVIII; las exploraciones al noroeste y América Meridional; la de Malaspina y, finalmente, la protagonizada por Humboldt, que significó pasar de la ciencia práctica al “empirismo razonado”, en el que la sensibilidad se une a la medición “objetiva”, que en el siglo XIX será tan útil a los estados nacionales en sus afanes de organización republicana y conformación de la nación.

El trabajo ofrece también ejemplos de las nuevas perspectivas que animan la práctica de la historia social de la ciencia, que tienen entre sus preocupaciones esenciales identificar cómo se producía el conocimiento científico, con qué métodos, técnicas y presupuestos teóricos, entre los cuales resulta vital un arsenal de instrumentos, los que debían ser utilizados de acuerdo con normas y prácticas establecidas. Gracias a enfoques como el descrito se puede evidenciar también cómo la ciencia estimuló la colaboración entre poderes, imperios, en competencia; cómo las disputas de límites fueron focos de conocimiento geográfico y científico, y cómo el saber fue sucesivamente aprovechado por los hombres de ciencia que se sucedieron en el reconocimiento de la naturaleza americana. El texto no sólo ofrece información y antecedentes sobre las expediciones ilustradas a América, algunas de ellas muy relevantes, pero prácticamente desconocidas; sobre todo, contiene una interpretación fundada en el proceso de objetivación, instrumentos mediante del conocimiento, todo lo cual dio lugar a una nueva cultura científica de gran impacto en América, como el quehacer de los naturalistas al servicio de los estados nacionales lo muestra en el siglo XIX.

En la frontera entre la historia de la cultura y de la ciencia, entre la del arte y la de las exploraciones, el trabajo de Pablo Diener explica los fundamentos de la representación que el artista-viajero, “el científico” y explorador J. F. Waldeck hizo de los vestigios, monumentos del México antiguo conocidos como restos de Palenque.

En su afán científico por identificar, pero sobre todo explicar, los restos arqueológicos de Palenque, Waldeck se sirve de presupuestos teóricos de gran actualidad en su época, como lo eran los relacionados con el difusionismo, construcción intelectual que, al igual que un botánico con la taxonomía de Linneo respecto de las especies vegetales, aplica sin reserva, en este caso, a las expresiones culturales que aprecia en Palenque.

Si los científicos que exploraron América sistemáticamente a partir del siglo XVIII aplicaron métodos, técnicas y concepciones teóricas preexistentes a la realidad natural americana, el texto sobre Waldeck y Palenque muestra y explica que en el caso de las manifestaciones culturales de los pueblos prehispánicos también se acudió a presupuestos teóricos de gran alcance para explicarlos y representarlos.

Autodenominado el “primer americanista”, Waldeck se ofrece como una figura curiosa por su trayectoria y variedad de intereses, pero no por ello menos reconocida por sus aportes una vez que se concentró en el estudio y representación de Palenque. Un sujeto versátil, con muchas habilidades, en una época que, sin embargo, transitaba hacia la creciente especialización del conocimiento y de las ciencias. Un hombre, según nos muestra el trabajo de Pablo Diener, que como muchos otros entonces y en América, debió recurrir a múltiples estrategias para dar viabilidad a sus intereses y así poder dar cuenta de la cultura americana y sus manifestaciones.

Calificado en este trabajo sobre todo como un artista viajero, como lo fue también Mauricio Rugendas, Waldeck representó artísticamente los monumentos de Palenque, más interesado en probar sus teorías sobre los vínculos transversales entre las diversas culturas de la humanidad, en asentar su concepción universal de la historia, el difusionismo, que en ser fiel a lo que incluyó en su registro. De ahí que “inventara”, más que “registrara”. Finalmente representando, más que documentando fielmente la realidad, en este caso arqueológica. Todo lo cual, y como el texto lo muestra, no impide reconocer su talento como artista.

Fundado en fuentes originales, muchas de ellas poco conocidas hasta ahora, como las provenientes de los archivos de París y Chicago, el artículo ofrece un contundente ejercicio de historia cultural de la ciencia en el que se explica por qué y cómo el científico, en este caso más artista que hombre de ciencia, aunque siempre viajero y consciente del valor de la observación in situ, realizó su trabajo y los resultados que obtuvo. Reflejando cómo el mundo de las ideas interfiere en el proceso de registro de la “realidad”, transformándolo, como por lo demás sabemos también ocurre con los estudios que se ocupan de la realidad natural.

El texto que presentamos sobre los Andes meridionales ofrece, a partir de la cartografía generada por los exploradores y naturalistas que lo cruzaron entre fines del siglo XVIII y mediados del XIX, las múltiples “formas” que puede adquirir un fenómeno natural. Incluso si este es tan sólido e inconmovible como se presenta una montaña a los ojos de un observador espontáneo o desprevenido. La evolución de las representaciones de la cordillera de los Andes la reflejan, según la época e intereses de los naturalistas que la estudian, sucesivamente como medio de comunicación, estructura geológica, frontera natural, territorio nacional y, finalmente, forma del relieve planetario, culminación de la circulación del saber sobre los Andes que Humboldt reúne en su Cosmos. Reflejo de la pluralidad de manifestaciones que la naturaleza andina ofrece, las sucesivas representaciones que de ella se han hecho, entre ellas las del joven geólogo que era Darwin cuando viajó por América del Sur, muestran el papel de los contextos sociales y particulares en las descripciones de la historia natural. Pero también la trascendencia de los intereses políticos y científicos a la hora de definir una realidad geográfica, como además lo ejemplifican los científicos ilustrados al servicio del Imperio español a fines de la centuria ilustrada y el naturalista francés que delineó Chile en la década de 1830.

El trabajo de Maria de Fatima Costa se ocupa de un tema particularmente relevante para la historia social de la ciencia, como es el de las formas de producción y difusión del conocimiento científico generado a partir de la realidad natural americana. Poniendo énfasis en una práctica común, que sin embargo no ha merecido la atención de los estudiosos, el texto aborda el problema de cómo el galo Francis de Castelnau, a mediados del siglo XIX, utilizó, apropiándoselo, el conocimiento resultado de la exploración que el ingeniero portugués Ricardo Franco de Almeida Serra había realizado al río Madeira a fines del siglo XVIII. Esgrimiendo como excusa que Almeida Serra no había publicado sus pesquisas y noticias sobre este río tributario del Amazonas, y que éstas se encontraban inéditas, procedió a difundirlas como propias, desatando una controversia que refleja las condiciones de la práctica científica en el siglo XIX.

Utilizando archivos y fuentes originales prácticamente desconocidos en el ámbito hispanoamericano, el texto aprovecha no sólo el material generado por la expedición encabezada por el ingeniero portugués y el elaborado por Castelnau a partir de él, sino también las reacciones que ambas empresas científicas generaron a mediados del siglo XIX. En particular, el reproche que se hace a Castelnau de atribuirse un descubrimiento ya existente y obviar por lo tanto la fuente original, entre ellos una cartografía cuya sola existencia dando cuenta de los cursos fluviales, demostraba que se trataba de ríos reconocidos en el siglo XVIII. Muestra a su vez que en este caso el mapa, y tal vez más que el texto, se transforma en una prueba esencial para la atribución de la primicia geográfica y científica.

Un mérito en discusión, esta vez no porque haya habido dos o más científicos tras un “descubrimiento”, como por lo demás ha ocurrido más de una vez en la ciencia, sino que más bien como consecuencia de la práctica de apropiarse del conocimiento colonial, imperial, pasado, y ofrecerlo como saber moderno y nacional. Otro de los asuntos importantes en la perspectiva de la historia cultural de la ciencia.

Para explicar y contextualizar su tema, el trabajo ofrece una relación breve pero ilustrativa de los afanes científicos de los portugueses en Brasil, sobre todo para fijar sus fronteras con el Imperio español. Identificando además los estímulos para la exploración de la Amazonia y del Pantanal brasileños; una razón que en el siglo XIX los estados, ahora nacionales, también esgrimirán para reconocer sus territorios y enfrentar controversias limítrofes, obligándose así a explorar hasta los espacios más recónditos objeto de sus soberanías. Transformando sus comisiones limítrofes en fuentes, laboratorios, productores de conocimiento, de saber pretendidamente científico, pero sobre todo en formas de representación de los estados y sociedades involucrados.

Al igual que en otros reconocidos casos, como el de la expedición Malaspina a fines de la centuria ilustrada, la empresa comandada por Ricardo Franco de Almeida Serra generó una documentación y conocimiento que permaneció ajeno al conocimiento público, todo lo cual dio pie para su “apropiación” posterior. Pero si en el caso de Malaspina y sus hombres, los ingleses, por ejemplo, más de una vez citaron su fuente original cuando ocuparon sus materiales, Castelnau, sencillamente, pretendió obviar el trámite, viéndose obligado a hacerlo por una “denuncia”.

Su propia empresa, como se explica en el texto de Maria de Fatima Costa, mostrando de paso otro de los estímulos para el reconocimiento científico de América, como lo es el interés galo en los recursos naturales y potencialidades del continente, no sólo señala el contexto en el que se organizó la expedición, sino que también ofrece un ejemplo del valor que se atribuía entonces a los mapas y a la cartografía en general, una forma narrativa por lo demás “olvidada”, en el sentido de poco considerada, entre quienes estudian las expediciones científicas. De ahí que resulte ponderable la importancia que se les atribuye en este texto. Además porque el mapa refleja la forma en que se viajaba en el interior del Brasil. Tal vez uno de los principales méritos del trabajo que contribuye con un ejemplo de historia de la ciencia por medio del caso brasileño, en general poco reconocido entre los hispanoamericanos.

Acorde con los parámetros actuales en la práctica de la historia social de la ciencia, el texto aborda los contextos de producción en que se genera el conocimiento, cómo y con qué se hace, las prácticas y los efectos del mismo. En este caso, mediante una polémica científica por la autoría de un descubrimiento, todo lo cual lo hace todavía más original, poniendo además en cuestión algunos de los presupuestos más corrientes respecto de las formas utilizadas luego de la independencia para apreciar y ver la naturaleza americana al valorar las miradas locales, en este caso, la de los científicos portugueses en Brasil. Pero también dando un ejemplo de las llamadas, por Elisabeth Badinter, “pasiones intelectuales”, esto es, las prácticas utilizadas por los hombres de ciencia en su búsqueda de reconocimiento, orientadas, entre otras cosas, por “el orgullo del descubrimiento”.

De este modo, con diferentes escalas de análisis, problemas, fuentes, protagonistas, conceptos y, en definitiva, también interpretaciones del quehacer de los que alguna vez representaron la realidad natural y social americana, buscamos que los textos de este dossier sean ejemplos de la vitalidad de una perspectiva historiográfica que tiene entre sus principales méritos transformar a América en protagonista de una historia que en la actualidad resulta un anteceden­ te esencial de la profundización democrática y social a la que dicen aspirar sus ciudadanos. La cual, entre otros factores, tiene en el crecimiento sustentable uno de sus valores esenciales, reconocimiento al que ha contribuido la historia de la ciencia, la que tiene como fuentes, entre otras, los “relatos” textuales e ilustrados que nos han legado los exploradores que han circulado por América, como los sujetos que convivieron con ellos, en la mayor parte de los cuales se encuentran descripciones, observaciones y advertencias sobre lo que hoy llamamos uso indiscriminado de la naturaleza y sus recursos.

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