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Historia mexicana

versión On-line ISSN 2448-6531versión impresa ISSN 0185-0172

Hist. mex. vol.67 no.2 Ciudad de México oct./dic. 2017

http://dx.doi.org/10.24201/hm.v67i2.3475 

Artículos

El dragado del cenote sagrado de Chichen Itzá 1904-c.1914

The Dredging of the Sacred Cenote of Chichén Itzá 1904-1914

Guillermo Palacios

Resumen:

Este artículo acompaña el proceso de “rescate” de un tesoro de valor incalculable, retirado del fondo del cenote sagrado de Chichén Itzá, con ayuda de una primitiva draga instalada en sus orillas por el entonces cónsul de los Estados Unidos de América en Progreso, Edward H. Thompson, financiada por fondos del Peabody Museum de Harvard University y recursos privados de coleccionistas del área de Boston. El “rescate” inició en 1904 y se prolongó hasta 1907, con reiteraciones episódicas hasta 1909, año de la dimisión de Thompson de su cargo consular y del inicio del desmadejamiento de las redes de complicidad que se habían venido tejiendo desde 1875 para permitir la exportación ilegal de centenas de piezas “mayas” hacia la universidad de Cambridge. El texto termina en 1914, cuando la violencia revolucionaria detiene accidentalmente la sangría.

Palabras clave: Chichén Itzá; cenote sagrado; siglo XX; mayas; Edward Thompson

Abstract:

This article analyzes the “restoration” of a treasure of incalculable value, taken from Chichén Itzá’s Sacred Cenote with the help of a primitive dredge installed along its edge by Edward H. Thompson, then the U.S. consul in Progreso, and financed by Harvard University’s Peabody Museum and private collectors from the Boston area. This “restoration” began in 1904 and continued up until 1907, with periodic resumptions up until 1909, the year in which Thompson resigned from his consular position, which marked the weakening of the network of complicity that he had been weaving since 1875 to allow him to illegally export hundreds of Maya pieces to the University of Cambridge. The article concludes in 1914, when the violence of the Mexican Revolution unintentionally put an end to the looting of Chichén Itzá.

Keywords: Chichén Itzá; Sacred Cenote; 20th Century; Mayas; Edward H. Thompson.

Este artículo es un relato del proceso de dragado del cenote sagrado de Chichén Itzá entre 1904 y una fecha incierta, situada hacia mediados de 1907, y sus derivaciones y consecuencias, que sólo se interrumpen en 1914. El dragado fue dirigido y ejecutado por el cónsul de Estados Unidos en Progreso, Edward H. Thompson, protegido por el funcionario del gobierno mexicano encargado de “conservar” las ruinas, y financiado por el Peabody Museum de Harvard University, principal receptor de miles de piezas extraídas de sus profundidades y retiradas ilegalmente del país, con la connivencia de otras autoridades mexicanas de diversos rangos y niveles. Como recordarán los lectores interesados, se trata de un hecho que culmina la carrera “arqueológica” del agente del Peabody Museum estadounidense en Yucatán en su doble papel de excavador y representante oficial de su país en la Península.

El texto continúa la narrativa de otros trabajos sobre el tema1, y la lleva hasta el momento en que los conflictos armados, que serán subsumidos bajo el tópico de “revolución mexicana”, aunados a los disturbios de toda naturaleza causados por la Gran Guerra, interrumpen por un largo periodo las aventuras arqueológicas estadounidenses en México, en particular en la llamada “área maya”. Al igual que en los trabajos citados, el interés del autor no está centrado en la actividad arqueológica propiamente dicha, sino en la recuperación general del proceso y en la exposición del entramado de las redes de poder (y sus contextos) que cobijan el dragado del cenote, cuyo agotamiento, a fines de la década de 1900, coincide, casi metafóricamente, con el agotamiento de las energías y los recursos de los Bostonians, el compacto grupo de financieros-coleccionistas-filántropos-académicos del área Boston-Cambridge, todos Harvard men, que iniciaron la exploración de diversos sitios relacionados como “mayas” en Yucatán, Campeche, Chiapas y áreas colindantes de América Central en la década de 1880.2

A lo largo de la década de 1900, el argumento “científico” monroiano que había sido usado desde el inicio de la ocupación de Yucatán por arqueólogos y seudoarqueólogos de Nueva Inglaterra, y, en menor medida, de otras regiones y nacionalidades, esto es, la oportunidad que el “área maya” representaba como motor y campo de pruebas para erigir sobre ella la arqueología y la antropología estadounidenses y sus instituciones académicas, fue pasando a un segundo plano, conforme el Peabody Museum, el pionero, se fue consolidando institucionalmente dentro de la Universidad de Harvard y organizaciones rivales comenzaron a hacerse presentes y disputar espacios (siempre educadamente, como partes de un mismo proyecto), algunas con mejores estructuras funcionales, otras con mayores recursos y, sobre todo, con espacios más amplios de desarrollo dentro de sus instituciones de los que el Peabody podía disponer en Harvard, donde otras disciplinas y ramas del conocimiento, que no la arqueología ni la antropología, llevaban la voz cantante.

Al mismo tiempo, el creciente enflaquecimiento -por los objetivos ya alcanzados- del argumento justificativo original, el institution-building, dejó al desnudo, a lo largo de la década de 1900, ya no los esfuerzos por equiparar la arqueología estadounidense a la europea -la obsesión de la década de 1890-, sino la intensa ambición coleccionista de los principales museos: el Peabody, el Field Columbian de Chicago, el Museo de Historia Natural de Nueva York, el de la Universidad de Pensilvania, el Smithsonian, etc. La coyuntura política fue sin duda propicia para esa expansión de las actividades arqueológicas estadounidenses en México, y en particular para la más audaz de todas -por decir lo menos-, el dragado del cenote sagrado de Chichén Itzá por el cónsul de Estados Unidos en Progreso, también, y sobre todo, empleado de los Bostonians. El amparo de la función consular de Thompson fue invocado sutilmente en un marco de relaciones mexicano-estadounidenses tan armónicas como pocas veces habían sido, y las exportaciones de los tesoros del cenote, realizadas por medio de ingeniosos “sistemas” ideados por el cónsul, se consideraron implícitamente como parte de esa política de good-neighbor avant-la-lettre. El silencio de las altas autoridades, tanto del estado de Yucatán como de la capital federal, puede encontrar en la salvaguarda de esas relaciones una posible explicación. Como telón de fondo, un país -México- pretensamente “moderno” pero carente de fuerza institucional y plagado de grietas en su sistema jurídico, con élites duchas en el arte de driblar leyes, reglamentos y normas, completaba el cuadro en el cual la sangría constante de “tesoros mexicanos” fue posible. Lo único que se pedía era discreción, evitar a toda costa el escándalo.

1904: el año del cenote o Are we all of us not very wicked?

Edward H. Thompson, cónsul de Estados Unidos en Yucatán, con sede en Progreso, afirmó que hacia 1902, antes de su viaje a Estados Unidos para participar en el 13º Congreso de Americanistas que se celebraba en octubre de ese año en Nueva York, ya tenía bien estudiado y definido el proyecto de dragar el cenote sagrado de Chichén Itzá. Estando en Boston, habría tomado clases de buceo con un capitán, Ephraim Nickerson, mandado construir una draga dotada de un orange-peel bucket, y adquirido todos los accesorios necesarios (cabrestantes, cables de acero, poleas, cuerdas, etc.). Según sus memorias, una vez con todo listo, presentó el proyecto a sus patronos, Stephen Salisbury III y Charles P. Bowditch, a quienes pidió que intercedieran para lograr que la American Antiquarian Society (AAS) yel Peabody Museum (PM) financiaran la aventura. La petición habría sido recibida con clara reluctancia por los riesgos que parecía significar y la consecuente responsabilidad con que ambos Bostonians y sus instituciones tendrían que arcar en caso de que algo saliera mal. Debemos inferir que los temores fueron vencidos pues los protectores del cónsul consiguieron recursos para iniciar la exploración del cenote.3 A mediados de octubre de 1903 los Bostonians ya habían entrado en contacto con Alexander Agassiz, su vecino del Museum of Comparative Zoology de Harvard, para que su institución financiara la recuperación de materiales botánicos del cenote, y comenzaron a buscar un joven botánico para enviarlo a trabajar con Thompson para garantizar resultados científicos que de otro modo no se obtendrían. Las expectativas eran animadoras: “Espero que el cenote resulte ser un valioso depósito de reliquias del pasado. Pareciera que debiera haber gran cantidad [de cosas] en ese fango [depositadas] a lo largo de los siglos de existencia del cenote”.4 Los equipos fueron embarcados en Boston para su traslado a Progreso y de allí a Dzitás, en un viaje penoso que duró varios meses y obligó a jornadas pesadísimas hasta instalarlos en su destino, el Sacred Well.5

En abril de 1904, al regresar a Mérida de una expedición a Tenosique, en la frontera de Tabasco con Guatemala, Alfred M. Tozzer, el joven arqueólogo de Harvard que desde 1901 detentaba la Travelling Fellowship in American Archaeology concedida por el American Institute of Archaeology (AIA) para trabajar en el “área maya”, se encontró con que Thompson había iniciado la exploración del cenote sagrado y recuperado ya piezas de gran valor.6 L. J. Cole, el novel botánico del Museum of Comparative Zoology de Harvard, que gracias a la intervención de Alexandre Agassiz se incorporara al frente arqueológico de Chichén Itzá, había estado trabajando desde enero de ese año en el lodo que comenzaban a extraer del cenote (“constantemente se hacen grandes hallazgos”) y se preparaba para volver a Cambridge. 7 Según sus apuntes, los trabajos preparatorios para el dragado del cenote comenzaron a mediados de febrero de 1904, en ausencia de Thompson, pero fue el 5 de marzo que habrían subido del fondo la primera cubeta con lodo. Hacia el 10 de marzo apenas habían encontrado un fémur y huesos de un dedo humano. De allí en adelante, partes del osario se llevaron a la superficie, junto con pedazos de cerámica y sahumadores.

Como todos los que pasaban por el frente arqueológico bostoniano en Yucatán, Cole también fue incorporado al “sistema” de contrabando montado por el cónsul, pero esta vez para transportar objetos recuperados por el fotógrafo-arqueólogo austroalemán Teoberto Maler, quien había quedado al cuidado de Tozzer: “una caja de huesos y algunas vasijas […]”. Pocos días después el propio Tozzer mandó desde Progreso dos cajas de “artefactos” por medio de un “contratista […] que los pasaría por la aduana sin contratiempos”, y algo más tarde pudo comprobar que el comportamiento de los guardias aduanales, tan temibles en ciertas ocasiones, dejaba mucho que desear en otras: en uno de sus últimos embarques en Progreso, Tozzer retiró de su equipaje los objetos más valiosos y los escondió en sus bolsillos: “Pero no abrieron nada, ni siquiera los baúles”.8 Aunque nada se comparaba con la excitación que la exploración del cenote sagrado producía en quienes participaban en el proyecto, un asunto que le restaba importancia a todo lo demás. Tozzer estaba particularmente entusiasmado con el descubrimiento de “masas de copal con las mismas formas que los lacandones elaboran actualmente […]”.9

Sin embargo, el entusiasmo del joven arqueólogo no se trasmitía con fluidez a los patrocinadores del proyecto. A pesar del aparente éxito de las primeras operaciones en el cenote, nubes de dudas ensombrecían los cielos bostonianos. Antes de los primeros hallazgos, como vimos, habían pasado semanas sin que nada de valor fuera extraído, al punto que los promotores del proyecto comenzaron, desde esos tempranos momentos, a dudar de su viabilidad. Durante las primeras semanas el único triunfo del cónsul, basado en el descubrimiento del osario que yacía en el fondo del cenote, fue haber comprobado the old tradition, referida por el obispo Diego de Landa en el siglo XVI, que afirmaba que el lugar era, en efecto, un espacio de sacrificios humanos.10 Pero en una o dos semanas, calculaba Thompson, ya se estarían alcanzando posiciones que rendirían resultados “tangibles” que compensarían los gastos realizados por los Bostonians.11 Sin embargo, a fines de marzo los costos de la operación, cuando apenas habían transcurrido dos meses de su inicio, superaban ya lo previsto y Thompson se declaraba sin fondos para continuar y enfrentaba grandes dificultades para contratar trabajadores. Por esos días el agente de los Bostonians se preguntaba si éstos querían continuar con los trabajos de exploración del cenote, que estaban para todos los efectos suspendidos a la espera de la solución de los patronos. Como un acicate, Thompson les aseguraba que “hasta ahora, apenas hemos entrado a la zona rica en materiales y especímenes”.12

Las cosas empezaron a cambiar a mediados de abril, con la mudanza de posición de la draga y el inicio de la extracción de piezas cada vez más impresionantes, encabezadas por un atlatl con el relieve de una figura ricamente ataviada; “su tocado o penacho se componía de un mosaico de finas piezas de obsidiana, algunas porciones de éstas aún ocupan su sitio; la astilla de una turquesa al centro del penacho me lleva a pensar que la piedra central era una turquesa. Este rostro está cubierto por una máscara de oro amartillado”. La máscara se había desprendido naturalmente y Thompson la había escondido tanto de los trabajadores como de la dibujante británica Adela Breton, que hizo una copia del atlatl desenmascarado.13 La importancia del hallazgo fue debidamente calibrada. A pesar de su aversión por Thompson, Tozzer lo celebró como “todo un avance, ya que Thompson requiere de todo el impulso que se le pueda dar”.14 Se trataba, después de todo, de la “primera pieza de oro [encontrada] en Yucatán”.15 Pero conforme comenzaban a emerger piezas de valor mercantil -y ya no sólo objetos de interés etnológico-, Tozzer empezó a ser asaltado por remordimientos y consideraciones éticas que se mezclaron con ambiciones veladamente científicas y con una creciente vocación para los misterios de una aventura al margen de la ley, llena de peligros:

Se han extraído tres cuencos de oro de un valor indecible, tanto intrínseca como científicamente, y se hace el mayor esfuerzo posible por mantener el hallazgo en secreto. Se mantiene a los hombres en los linderos del rancho, y se silencia al Inspector de Ruinas mexicano, de modo que confiamos en que se mantenga el tema en secreto hasta que se termine el trabajo. La idea de conjunto es en cierta medida cuestionable, y tengo ciertas dudas respecto al arreglo y disposiciones finales de los especímenes que salieron a la luz en este trabajo en torno al cenote. Si estos objetos de oro, únicos, se exhibieran alguna vez en algún museo como provenientes de Yucatán, temo que su valor fuera tan alto que generaría alguna complicación internacional, y que México haría un esfuerzo por rehacerse de ellos, así como del implemento de madera tallada [el atlatl con la máscara de oro]. El peligro desde esta perspectiva es tanto mayor, ya que quien lleva a cabo esta obra es el cónsul de los Estados Unidos y no un particular del mismo país. Se debe guardar la mayor reserva respecto a todo el trabajo en torno al cenote, a cualquier precio, hasta que todo termine por completo.16

Es sin duda paradójica la preocupación de Tozzer por la función oficial de Thompson, pues la necesidad de este tipo de cobertura para el mejor desempeño de sus labores arqueológicas había sido precisamente el argumento más fuerte de los Bostonians y sus aliados, tanto en 1885 como -sin tanto énfasis- en 1896, para lograr el nombramiento de Thompson. Esto es, el agente debía tener un amparo oficial para poder llevar a cabo trabajos que un “particular” estaría imposibilitado de realizar.17 Tal raciocinio había funcionado en la distante “área Boston-Cambridge”, pero visto de cerca resultaba que esa cobertura hacía más riesgoso y delicado el trabajo del agente. ¿Qué había cambiado, además del punto de mira? Por un lado, sin duda, la vigilancia de las autoridades mexicanas: por más penetradas que estuvieran en algunos niveles por prácticas de corrupción, amiguismo y formas variadas de clientelismo, ya no era la misma de las décadas de 1880 y 1890. La “manía maya” de los años noventa, que se había extendido a otras áreas arqueológicas del país, había forzado al Estado mexicano, tan deseoso de ser visto como un Estado moderno, a tomar providencias legales y a enunciar un discurso de protección de las antigüedades localizadas en su territorio, que complicaban en cierta medida las prácticas de saqueo y contrabando tan comunes y que se habían desarrollado tan impunemente en las décadas anteriores.18 De alguna manera, esa (obligada) toma de conciencia de las autoridades mexicanas también había repercutido en el marco conceptual del trabajo de algunos de los nuevos exploradores de las ruinas del país, lo que se sumaba a la creciente profesionalización de los investigadores extranjeros, que si bien continuaban apoyándose en la ecuación “mejor robados para ser cuidados” que “nacionalizados para ser destruidos”, tenían ya una noción de estar trabajando en el marco de un Estado que exigía, o por lo menos esperaba, un mínimo de compostura en sus labores. Tozzer en particular, como vimos, había colaborado con y seguiría apoyando en cierta medida los esquemas de contrabando de Thompson -no en vano estaban patrocinados por los mismos superiores académicos y financieros-, pero lo hacía con cuestionamientos un poco atormentados sobre la legitimidad -porque de la legalidad no se podía hablar- de esos modos.

Según lo dicho, todo indica que el dragado y el envío sistemático al Peabody Museum de objetos recuperados del fondo del cenote sagrado habían dado inicio, a mediados de abril de 1904, precedidos por los reportes de Thompson sobre los constantes descubrimientos producidos por cada movimiento de la draga. En los primeros días de ese mes, L. J. Cole regresaba a Cambridge con un baúl lleno de especímenes retirados del fondo del cenote.19 En la carta que anunciaba el embarque, el cónsul incluía por primera vez una inquietante (para este autor) información relativa a lo que parecían ser mejoramientos en su “sistema” de contrabando: “hice que el underground railroad funcionara bastante bien desde mi regreso […]”.20 A fines de ese mes, suponiendo que el baúl con su precioso contenido ya estuviera en las instalaciones del museo, volvía a referirse al intrigante elemento: “Mi underground railroad logró pasar los especímenes por la aduana, y personalmente vigilé que quedaran seguros a bordo del barco de vapor”.21

¿A qué se refería el cónsul con el término “underground railroad, cuya primera mención en la correspondencia que se ha conservado -en los casi 20 años de actividades de contrabando- parece ser de octubre de 1903”?22 Está claro que en el sentido literal se trataría de un “tren subterráneo”, lo que nos daría una insuperable imagen cinematográfica, digna de Indiana Jones: pequeños carros mineros pasando por un túnel cavado debajo de la aduana de Progreso, llenos de tesoros arqueológicos extraídos del cenote (como si, en nuestros aciagos días, fuera droga transportada por debajo de la frontera), para ser inmediatamente embarcados en los vapores de la Ward Line (también coludida desde siempre con esos esquemas) y transportados hasta el puerto de Nueva York y de allí a los anaqueles del Peabody Museum. Pero está también -no menos cinematográfica en su significado, sino en su concreción- la familiaridad de Thompson con el universo conceptual esclavista de los Estados Confederados del Sur, ya manifestada repetidamente por medio del empleo frecuente de términos, símbolos y actitudes pertenecientes a la constelación de la plantación sudista. En este sentido, el “underground railroad” del cónsul sería una metáfora perversa de las redes de rutas seguras para el traslado “hormiga” de esclavos del sur hacia los estados del norte para convertirlos en individuos libertos, redes que aquí serían empleadas en la “liberación” de las piezas arqueológicas de Chichén Itzá y de los otros sitios explorados.23 Es posible que la naturaleza, y sobre todo el tamaño y la cantidad de los objetos encontrados, hayan determinado nuevos esquemas de contrabando, el principal de ellos el underground railroad, que debe haber consistido, para mantener la metáfora, en el uso de muchos emisarios, cada uno cargando una porción de materiales, como era el caso de la familia James, ya mencionado, o de la propia familia Thompson.24 Al anunciar el funcionamiento de ese mecanismo, el cónsul había singularizado algunos de los objetos más importantes encontrados hasta ese momento: “El Sr. Tozzer lleva consigo un objeto que creo que lo complacerá aún más. Se trata de un disco de cobre de nueve pulgadas de diámetro, cubierta de figuras simbólicas y con algunos glifos […], que considero el mayor hallazgo a la fecha […]”.25

En los primeros días de mayo de 1904, Tozzer se preparaba para retornar a Cambridge, una vez que acababa de ser nombrado Instructor in Central American Archaeology en Harvard a partir de 1º de septiembre de 1905, pero había cambiado sus planes originales, que eran volver por tierra, “ya que no podría sacar cosa alguna del país”. En un principio pensaba volver por tren, pero eso significaba exponerse a la posibilidad de inspección de dos aduanas, la de Veracruz y la de la frontera, donde los Bostonians no tenían esquemas de tránsito ilegal.26 Para entonces, en una segunda virada de sus opiniones sobre el agente del Peabody Museum en Chichén Itzá, su admiración por lo que Thompson había extraído del cenote ya no tenía límites:

Hoy hemos intentado encontrar palabras para expresar nuestra admiración por los hallazgos del cenote. Son sencillamente abrumadores. No puedo empezar a darle una idea de la magnitud, de la importancia tanto intrínseca como científica de la colección. Hay platos de oro, cuencos de oro, estatuillas de oro y campanas de oro, todas tan brillantes y pulidas como el día en que se hicieron. Hay un cuenco de oro que pesa bastante más que una libra. Y en cuanto al jade, no tiene fin. Probablemente haya más piezas de esta piedra preciosa originadas en el cenote, de lo que tengan todos los museos del país en sus colecciones conjuntas […] Es el hallazgo del siglo, nada como esto ha salido de México jamás antes. Será famoso por todo el mundo, y temo al pensar en las complicaciones que pudieran darse. En su totalidad, la colección vale cientos de miles de dólares. No puedo expresar mi sensación al verla desplegada en las charolas, y todo para el Museo Peabody. Se mantiene en máximo secreto y jamás deberá aludir a esto en modo alguno, ya que no se puede saber por qué medios se podría dar a conocer antes del momento en que podamos mostrarlo al mundo. Estoy seguro de que el Gobierno de México tomará todas las medidas posibles para recuperarlo si alguna vez se exhibe, y bien podría tornarse en conflicto internacional, en la medida en que el Sr. Thompson es el cónsul de los Estados Unidos. Dudo que alguna vez se pueda exhibir bajo el nombre del Sr. Thompson, y mencionar la localidad de la que proviene. […] Mi responsabilidad será enorme, y me amilana la idea de ser portador de tales tesoros invaluables. Pero tendrá que hacerse y podemos organizar el traslado, creo, de modo que haya poco o ningún peligro al pasar por la aduana mexicana […] Le escribiré al profesor Putnam para que le informe al funcionario aduanal en Nueva York de mi arribo, para que no haya retraso ahí […]. Al ir a México, llevaré algunos de los jades a bordo del Crucero Ward, y luego el Sr. Thompson y yo transportaremos el oro, cuando vuelva en la misma embarcación. Los James nos ayudarán, y entre todos podemos trasladar una buena parte, pero no puedo llevar la colección completa conmigo, es descomunal.27

La colección de piezas de jade debería ir acondicionada en un “chaleco” que la señora James estaba confeccionando “para pasar la aduana”. Tozzer, que, como vimos, esperaba poder retirar una buena cantidad de piedras de esa manera, dejó Chichén el 1º de mayo convertido en un verdadero ingenio de contrabando: llevaba consigo una maleta llena de cajas de habanos y “todo el jade”, acondicionado en su chaleco. Éste no tendría otra utilidad que servir para el transporte del jade del consulado a Progreso, “pasar la aduana y abordar el vapor”. En caso de que un chaleco no fuera suficiente, otros miembros de la familia James también funcionarían como “mulas”: “Si no las podemos transportar todas en una prenda, David Goff, el sobrino de la Sra. James, utilizará otro, como el mío”.28 A la mañana siguiente él y William James se dedicaron a empacar todos los objetos de oro para que Thompson, en su calidad de cónsul, se encargara de llevarlos directamente al vapor: “El peso de la responsabilidad es sin duda enorme”.29 El 2 de mayo los sentimientos no habían mejorado: “Tengo miles de planes en cuanto a sacar los jades del país. Paso noches en vela pensando en esto”.3030 Pero sus temores resultaron, como en otras ocasiones, infundados. No hubo ningún incidente, ninguna inspección, y Tozzer consiguió abordar el vapor con todo su precioso cargamento, dejarlo en su camarote y volver a Progreso para las últimas despedidas. Al día siguiente Thompson subió a bordo y culminó la operación: “Transfirió todo el contenido de sus bolsillos a mi valija, donde las piezas están bajo llave”. Así, Tozzer dijo adiós a Yucatán, en un vapor que llevaba algunos personajes de la casta divina meridana (varios miembros de la familia Guerra): “Hay varias putas a bordo, dos de la Habana y aparentemente dos estadounidenses que se dedican a lo mismo”, y, como no podía faltar, “un buen pianista mexicano […]”.31 La frase final que cierra esa carta resume el estado de ánimo de quien hasta unos pocos años atrás había sido un inocente antropólogo, abierto a toda la indignación posible frente a las injusticias del mundo y la maldad de los seres humanos, convertido ahora en un experimentado contrabandista: “¿No somos todos unos malvados?”.32

La draga (y otras cosas) al descubierto: el cenote rinde

A mediados de mayo Tozzer ya estaba en Cambridge discutiendo con sus patronos, en particular con Putnam y Bowditch, su futuro inmediato mientras llegaba la hora de asumir su cargo de asistente en Harvard. El informe que había dado sobre la exploración del cenote, independientemente de la narración de los hallazgos, había preocupado e irritado al profesor Putnam, por los comentarios sobre la forma descuidada y poco profesional como Thompson lidiaba con los restos extraídos, y por sus repetidas ausencias que le impedían vigilar de primera mano el funcionamiento de la draga y sus productos.33 Bowditch, sin embargo, minimizó los problemas y le recordó a su colega que se trataba de una exploración absolutamente inédita, que exigía métodos inventados y construidos sobre la marcha. Lo importante era avanzar en los trabajos, “porque no podemos saber qué tan pronto pueda intervenir el gobierno mexicano”. En ese sentido, la inversión realizada hasta ese momento a Bowditch le parecía plenamente recompensada, sobre todo teniendo en consideración “las limitaciones del Sr. Thompson”.34 En ocasiones menos exigente y desconfiado que Putnam, no tuvo empacho en encomiar el éxito y enunciar una preocupación que ya estaba en la mente de todos los involucrados: “sólo espero que el gobierno no lo toque. Ojalá trajera esos especímenes de los que escribe de inmediato, antes de que se suscite la oportunidad de que los incauten”.35 Los temores de Bowditch estaban fundados en razones concretas, además de la propia audacia de las exploraciones en el cenote, que no estaban cubiertas por ninguna providencia legal. A principios de mayo un periódico de Mérida publicó un largo artículo sobre los trabajos de Thompson, que incluía la información explícita de la maquinaria instalada:

Nuestro particular amigo el inteligente arqueólogo don Eduardo H. Thompson, propietario de la hacienda vecina a las ruinas, ha instalado en el cenote un aparato semejante a una pequeña draga, el cual, con el auxilio de una grúa funciona admirablemente sondeando el fondo del agua y sacando a la orilla los sedimentos depositados en él […] el señor Thompson ha extraído varios objetos sumergidos allí quién sabe desde qué tiempo.

Sin embargo, aunque el autor del artículo, Antonio Mediz Bolio, sólo habló de objetos poco relevantes (un cráneo y varios huesos, bolas de copal, etc.), su testimonio era una inocente constancia -aunque no denuncia- de que la ley estaba siendo violada de manera sistemática con “las investigaciones que hoy practica concienzudamente el Sr. Thompson […]”. Después de referirse también a las pesquisas de L. J. Cole, quien se encontraba en Chichén cuando la visita del periodista, éste, después de afirmar que en las universidades de Estados Unidos se estaba descifrando el alfabeto maya, terminaba su texto con la siguiente advertencia, involuntariamente irónica a la luz de lo que pasaba en el cenote sagrado: “Ojalá que se redoble el celo por el cuidado de nuestros monumentos antiguos, orgullo nacional, y que tantos ignorantes estropean con desdeñosa indiferencia […] por enormes y sucios caracteres que escribió la mano alevosa de los turistas, sin considerar su crimen de lesa arte, de lesa historia y de leso patriotismo”.36 Para entonces, Putnam, ya con el apetito disparado por las maravillas que los conductores del underground railroad de Thompson habían entregado, se rindió, igual que Tozzer, al acierto de las exploraciones acuáticas del cónsul. Las consideró incluso, implícitamente superiores a las de Copán, sin dejar de expresar preocupaciones básicas respecto a dos factores principales: que Thompson mantuviera la exploración del Cenote hasta sus últimas consecuencias, y que el secreto fuera debidamente resguardado.37

La importancia atribuida por el curador del Peabody a los rescates del cenote sagrado estaba basada en la fascinación que provocaba su relación con sacrificios humanos y, desde luego, en las riquezas rituales asociadas con ellos, y eso era probablemente lo que singularizaba la exploración del lugar y la hacía sobresalir sobre las otras excavaciones llevadas a cabo por los agentes de los Bostonians desde la década de 1880. Así, durante todo el mes de abril y mayo, partes del osario depositado en el fondo del cenote viajaron hacia Cambridge en cajas de madera y baúles que también contenían fragmentos de antiquísimos textiles. El entusiasmo de Putnam era el mismo de Bowditch y de Salisbury, y los tres coincidían en la necesidad de guardar el mayor secreto posible. Pero la visita de Mediz Bolio -a quien Thompson identificaba como uno de los directores de la Revista de Mérida-, por más inofensiva que hubiera sido gracias a las artimañas del cónsul, no dejaba de ser una muestra palpable de que la exploración del cenote sagrado de Chichén Itzá era ya un secreto a voces. En ese contexto, el 20 de mayo de 1904 apareció una peligrosa nota en la prensa meridana referente a los trabajos del cónsul: “El C. Santiago Bolio, conservador de ruinas y monumentos arqueológicos, ha consignado al Juez de Distrito en el Estado, el hecho de haber instalado un señor Thompson en el cenote de Sacrificios en las ruinas Chichén Ytzá [sic], una máquina para sacar objetos del fondo”, que, sin embargo, a pesar de la gravedad de la denuncia, no tuvo, al parecer, ninguna consecuencia.38 Pero temeroso de que las tentativas de encubrimiento fueran más peligrosas que una cierta cuidadosa transparencia, Thompson optó por seleccionar lo que se debería mostrar para desmentir las fábulas sobre las supuestas (y reales) riquezas recuperadas y alejar la posibilidad de mayores inquisiciones y otros riesgos. Mediz Bolio había aparecido de sorpresa, precisamente en el momento en que la draga subía una cubeta con un incensario, y eso había determinado la nueva política de apertura “controlada” del cónsul: “por tanto hablé libremente, hasta cierto punto, con el editor. Le mostré algunos de los especímenes hasta cierto punto. / […]/ Ahora cualquiera puede venir cuando lo desee, y verá lo que yo quiera que vea, y nada más”. Incluso daba a entender que una ocasional demanda judicial del inefable Santiago Bolio, el inspector y conservador, como la anunciada por El Peninsular, era parte del plan para limpiar el proyecto del cenote sagrado o, por lo menos, podía aprovecharse para eso: “no sólo espero, sino que deseo dicha contingencia // si no es demasiado paradójico, pienso que mantendrá mi trabajo […]”. La otra preocupación de Putnam, referente a que Thompson no cejara hasta terminar el trabajo emprendido y evitara cualquier interferencia -léase sus actividades consulares-, fue descartada por él como algo que ya estaba en la pauta de su comportamiento: “Me temo que en verdad he abandonado // mis otros deberes, pero sólo será por un periodo breve, y luego puedo compensar al gobierno intensificando mis actividades”.39 Así, a fines de mayo de 1904, tanto el cónsul como sus patrocinadores pensaban que terminar la exploración del cenote sagrado de Chichén Itzá era cosa de pocos meses.40 Para entonces, Bolio ya se había visto obligado a avisar a la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes sobre la instalación de la draga -disfrazada de “maquinita”- y el inicio de su funcionamiento, presuroso de cuidarse las espaldas frente a rumores [¿Maler?] de sus relaciones impúdicas con el cónsul angloamericano:

[…] a mi regreso a esta ciudad […] tuve noticia por el guardián de las ruinas de Chichén Itzá, que el señor Eduardo Thompson y otro americano habían instalado en el Cenote de Sacrificios una maquinita que sirve para sacar cualquier objeto que se halle en el fondo de dicho cenote, y como no hace mucho, personas mal intencionadas habían dado a U. informaciones desfavorables a mí, con este motivo me he abstenido de intervenir en este asunto, y lo he consignado al C. Juez de Distrito para […] demostrar que en el cumplimiento de mi deber no tengo consideración para nadie.41

En el oficio al juez de distrito, en el que pedía al magistrado asumir las funciones de inspector y conservador que a él [Bolio] le correspondían, Bolio decía no haber querido usar la fuerza para detener al cónsul “Por temor a una complicación internacional”.42 El hecho de que el inspector haya preferido no intervenir directamente para afectar los intereses de su protector se puede interpretar de varias formas (además de la anterior). Por un lado, puede ser evidencia de que Maler estaba consiguiendo poco a poco corroer el tejido de la red de relaciones políticas que Thompson había establecido para su protección, sobre todo mediante denuncias dirigidas directamente a la Ciudad de México donde, como ya se dijo, el cónsul no tenía el blindaje del que gozaba en Mérida y alrededores.43 Por otro lado, el inspector y conservador parecía sentir cada vez más la soga al cuello, y en esa peligrosa instancia prefería abstenerse del juego aun a costa de dejar al cónsul en relativo desamparo. Digo relativo porque las relaciones de Thompson con el sistema judicial meridano ya se habían mostrado repetidas veces bien aceitadas e inclinadas a su favor. Puede haber sido un juego lampedusiano de escena para dejar todo como estaba. Resulta curioso que en el expediente enviado al juzgado Bolio no haya hecho más referencia al “guardián de las ruinas” -que habría sido un testigo a declarar-, sino que dijo haber obtenido la información sobre la draga gracias a “la prensa de la capital” (¿el artículo de abril de Mediz Bolio?), y esto meses después de su inauguración, pues argumentó haber visitado ruinas en el sur del estado. Por otro lado, la denuncia al tribunal no se basaba en que Thompson hubiera violado alguna ley sino que, decía Bolio, “la Secretaría de Justicia e Instrucción Pública, que es de la que dependo, no me ha comunicado haberle dado permiso a este Señor para la instalación de dicha máquina […]”. Tres meses después de la denuncia de Bolio, el juez de distrito se declaró incompetente para opinar sobre el asunto, y afirmó -no sin cierta ironía- que la única autoridad capaz de hacerlo era el magistrado de circuito, “y como en este Estado no existe esta autoridad”, el conservador tuvo que reasumir sus funciones: “me vi obligado a situarme en las Ruinas de Chichén Itzá y ordené al Señor Thompson la suspensión de esos trabajos, lo que se verificó inmediatamente”. Tal vez lo más importante de este episodio, aunque no haya tenido ninguna consecuencia en ese momento, fue el hecho de que Bolio haya dejado a la vista “la línea de mesura de los terrenos de la Federación del perímetro que ocupan las Ruinas para que en caso de alguna reclamación del Señor Thompson pueda justificársele con claridad que atravesó la línea de la Federación e invadió el Cenote de Sacrificios que se halla dentro”. Al lado de esa demostración de autoridad, el conservador de nuevo minimizaba los hallazgos del cenote: “restos humanos y algunas piedras sueltas que encontré a la orilla […]”.44

Los trabajos que Bolio dice haber suspendido “inmediatamente” no lo fueron de manera permanente, ni mucho menos. A partir de junio de ese mismo 1904 los embarques al Peabody Museum se aceleraron y varios baúles llenos de objetos fueron enviados por el cónsul, siempre cuidadoso de estar presente a la hora de pasar por la aduana y de subirlos a bordo de los vapores de la Ward Line.45 Evidentemente ese incremento mostraba que los depósitos del fondo del cenote no eran las pequeñas cantidades que los Bostonians y su agente habían previsto en un principio y que el horizonte de los trabajos se ampliaba de manera considerable. Putnam, enfermo de ansiedad con los hallazgos y con la pesadilla de intervención del gobierno, pedía una y otra vez a Thompson que no descuidara la exploración, que no permitiera que nada se atravesara en su camino, y que prometiera no dar por terminadas sus labores “en tanto no saliera a la luz todo lo existente en el cenote”.46 El cónsul, desde luego, se manifestó enteramente dispuesto a llegar hasta el fin, dependiendo “de las partes que suministran los fondos” y garantizando, con su peculiar bravata, que nada “fuera de una fuerza definitivamente armada o de una seria enfermedad que me afligiera, me apartaría de seguir hasta el fin, siempre que coincida con la inclinación de las ‘autoridades’”. Sólo que los tiempos (y los fondos) que había calculado en abril para concluir la exploración del cenote ya no serían los mismos:

No tenía idea, cuando comencé (e incluso hasta muy recientemente), de que el trabajo tomaría tanto tiempo o, mejor dicho, de que las obras serían de tal magnitud. Había supuesto y calculado que una zona muy pequeña, en torno a la fachada del templo, sostendría todo lo que pudo haberse arrojado al Cenote. Después, las excavaciones que hice revelaron la verdadera plataforma desde la que se lanzaron las ofrendas, y tal hecho hizo que la zona probable [de existencia de piezas] fuera mucho mayor que la que me parecía posible […] / Hasta donde veo, ahora, el trabajo puede tomar tres o cuatro meses más, y resulta difícil predecir qué extraños hallazgos puedan resultar [de las extracciones]. Como van las cosas, no pasa una semana, difícilmente un día, sin que encontremos algo extraño o desconocido para mí, algo que me llena de un ávido deseo de continuar con los trabajos a toda costa […].47

Hacia septiembre de 1904 las partes involucradas parecían haber llegado a un acuerdo sobre la continuación de la exploración del cenote por un año más, a partir del 1º de enero de 1905, si bien en un ritmo menos intenso, que le permitiera al cónsul arqueólogo cumplir con algunas de sus principales obligaciones oficiales. No obstante, en los meses restantes de 1904 los trabajos se intensificarían para completar “el trabajo restante más urgente e importante, que es el dragado de la zona más cercana a la orilla”. Una vez alcanzada esa meta, las cosas podrían tomarse con más calma, pues los trabajos restantes, ahora que no temo interferencia gubernamental, decía Thompson, gran amigo de la familia del nuevo gobernador, Olegario Molina, “[hacían que] pueden continuar cuando mejor convenga”.48 El nuevo modus operandi -con el respaldo político incluido- resultó tan animador que Bowditch comenzó a acariciar la idea de drenar el cenote mediante la construcción de compartimientos estancos que permitieran secar el fondo y proceder entonces a trabajar sobre tierra firme. Salisbury, entusiasmado con la idea, se dispuso a consultar con su amigo David Casares el proyecto.49 Pero Thompson mostró las dificultades técnicas de vaciar un enorme receptáculo que estaba siendo alimentado constantemente por corrientes que filtraban agua por millares de “pequeños veneros” conforme a las características estacionales, y, además, se mostró escéptico sobre los resultados de ese procedimiento, que seguramente no superarían lo que su “método” estaba logrando -y que constituían un claro peligro para su control de la operación. Y para reforzar la idea informaba haber recuperado “más cuentas de jade que nunca antes en el mismo espacio temporal” y otros valiosos objetos, entre los que sobresalía un atlatl de gran perfección.50 Era, de hecho, el trabajo de su vida:

Considero que este trabajo del cenote es el suceso que corona mi vida aquí. Todo lo que he hecho, todo lo que he aprendido, y aquello por lo que he trabajado aquí, parece haberse orientado hacia este fin particular. He empeñado toda mi energía en la meta de que estas obras logren conquistar un final exitoso, y todo parece indicar que así será. Creo haber tenido éxito (gracias a la leal cooperación de Santiago Bolio) en mantener a raya cualquier riesgo serio de interferencia, y ahora he mantenido el trabajo con una rutina tal, que se desarrolla fluidamente y sin fricción.51

Pero los rescates del cenote estaban creando una paranoia creciente, producida por la ilegalidad de la empresa: “Guardo el oro y los jades en una caja fuerte bajo mi cama, encadenada a ésta. Nadie puede entrar a mi alcoba en momento alguno sin que suene una alarma”.52 Por esos días una carta del cónsul, del 17 de diciembre, con detalles comprometedores del dragado del cenote, de los objetos obtenidos y de los esquemas de corrupción empleados por el dueño de la hacienda Chichén para mantener en secreto sus trabajos, había llegado a su destinatario, Putnam, con claras señales de haber sido abierta, lo que había encendido la alarma entre los Bostonians. Bowditch pensó en un primer momento que podía haber sido abierta por funcionarios del gobierno mexicano, aunque lo tranquilizaba lo burdo del resello, por lo que atribuía la violación al propio Thompson: “No creo que las autoridades gubernamentales hubieran dejado tal desastre. Si la hubieran abierto ellos, sin duda habría sido de manera mucho más pulcra. Al mismo tiempo, creo que debemos advertir a Thompson que escriba lo menos posible sobre el tema”.53 La carta en sí no era muy diferente de otras que Thompson había enviado con informes de lo encontrado en las aguas del cenote. Relacionaba, sí, el hallazgo de numerosos fragmentos de oro y de algunas piezas completas, como discos hechos de ese metal, así como jades sueltos o incrustados en incensarios y sahumadores, y un par de copas de oro que habían dejado maravillado a su descubridor. Lo que sí era inédito en la misiva eran, desde luego, las señales de que la carta pudo haber sido abierta por manos extrañas, y la descripción de los “métodos” del cónsul agente de los Bostonians para mantener a los trabajadores silenciados y al inspector y conservador de las ruinas, Santiago Bolio, quieto:

Necesitaba renovar el cable antes de emprender el trabajo, y era aún más necesario que todas las personas que conocieran los hallazgos se abstuvieran de proferir una sola sílaba respecto a los increíbles sucesos. Me guie por lo que supuse era el mejor medio de recurrir a su silencio por interés, mediante el soborno, hecho de tal modo que el gasto final será, en realidad, insignificante. / […] / Le dije a Santiago Bolio que […] le prestaría el dinero que necesitaba, sin intereses, pero tomando como depósito, no obstante, su salario mensual o los recibos de sus pagos […] al igual que lo hacía el prestamista. Así, garanticé su silencio y es parte de mi plan para mantener las cosas tranquilas. Luego le dije a los trabajadores que les pagaría no uno, sino dos meses por adelantado para sus gastos, pero que solo los deben gastar por las noches y durante los días de Navidad y de Año Nuevo, ya que no podrían tener otras vacaciones. Y, además, bajo ninguna circunstancia podrían salir de la plantación para ir de visita a las ciudades o a algún otro punto, hasta que yo les diera permiso.54

Las operaciones de la draga continuaron durante todo el primer semestre de 1905. Para entonces el cónsul, además de la gran cantidad de objetos de todo tipo que había enviado a Cambridge, había obtenido -y conservaba en su poder- una cantidad considerable de especímenes de gran variedad, metales, textiles, piedras semipreciosas, incensarios, copal, cerámicas, maderas, armas y pequeñas esculturas, y una colección de campanas de cobre que no tenía rival, incluyendo la existente en el siempre temible Smithsonian: “Excede por mucho a la que tiene el Museo Nacional, así como cualquiera de los museos del Estado mexicano que yo haya examinado”. Había también incrementado su underground railroad con el empleo de su familia como portadores de objetos contrabandeados, además de Tozzer y de amigos de confianza que viajaban a Nueva York o Boston, y con el descubrimiento de que los envíos de objetos por correo certificado dirigidos a su familia en Estados Unidos llegaban sin problema. Tenía un equipo de trabajadores de absoluta confianza y métodos más que probados para hacer desaparecer “cada uno de los hallazgos interesantes de modo tal que raya en lo mágico”, a la vista de cualquier intruso, y había limitado al mínimo sus actividades consulares.55 En abril de 1905, Tozzer estaba por regresar a Chichén Itzá y Thompson ya le tenía preparado un encargo para llevar al Peabody: “[…] los especímenes [de oro] más valiosos y la mayor cantidad posible de los perfectos especímenes de jade”.56 Con noticias de tanta riqueza, Salisbury se preocupaba de que Thompson corriera una suerte parecida a la de Le Plongeon y “su” Chac Mool, y fuera sorprendido por una tropa del gobierno que le confiscara todo lo que conservaba en su poder.57 La respuesta de Thompson a este tipo de advertencias siempre era la misma: a diferencia de otros excavadores, él trabajaba en absoluto silencio, administrando el secretismo para no excitar excesiva curiosidad; sus hombres no abrían la boca por su propio interés y, sobre todo, el cónsul tenía informantes y espías en la capital del estado: “tengo amigos en Mérida ubicados de tal modo que ninguna orden en mi contra podría ejecutarse sin que tuviera noticias con suficiente antelación como para cubrirme y proteger mis ‘intereses’ ”.58 Para no hablar del intrépido inspector y conservador de las ruinas, Santiago Bolio, quien mientras Thompson acumulaba y remitía a Cambridge cantidades crecientes de piezas de alto valor potencial, se lucía ante sus superiores diciendo estar acompañando las exploraciones del cenote, durante las cuales “no permití al Señor Thompson tomar nada de estos objetos”, prueba de lo cual era su modestísimo envío de “cuatro pequeños incensarios de barro con el incienso dentro […] y cinco cascabeles de cobre […]”.59 La tranquilidad con la que se realizaba el trabajo y los extraordinarios rescates que se hacían constantemente del fondo del Cenote le permitieron a Thompson, lleno de confianza, comenzar a planear las próximas fases de la aventura una vez que lo que él llamaba “Chichén subacuático” se hubiera agotado. Se trataba ahora del “Chichén subterráneo”, una fase en la que el cónsul esperaba descubrir manuscritos enterrados en el subsuelo de las ruinas.60 Mientras tanto, la estrategia de informar de hallazgos sin importancia para desviar la atención del cenote se perfeccionaba cada vez más. Así, en julio de 1905 Santiago Bolio confirmó a la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes que Thompson seguía haciendo exploraciones en el “Cenote de Sacrificios” de Chichén Itzá, “con una maquinita que le servía para extraer objetos del fondo”, aunque los descubrimientos que reportó no deben haber incendiado la imaginación de sus superiores: “varios objetos de barro rotos en su mayor parte, bolas de incienso, unos pequeños cascabeles de cobre, y gran cantidad de restos humanos”. Ninguna mención del jade, oro, objetos trabajados de madera, esculturas, etc. Según su relato, Bolio habría impedido que Thompson se apropiara de esos objetos, los habría lavado y puesto en condiciones de remitirlos a México.61

Salisbury muere y Justo Sierra visita Chichén

Stephen Salisbury III murió en Worcester el 16 de noviembre de 1905,62 menos de un mes después de más de un retorno de Thompson a Yucatán, y su muerte -al parecer inesperada pues no hay ninguna mención de cualquier padecimiento en su correspondencia de los días anteriores al deceso- provocó, naturalmente, un fuerte sismo en el proyecto Chichén Itzá. Como se recordará, el presidente perpetuo de la AAS había tenido un papel fundamental como financiador paralelo de los trabajos de Thompson, a quien lo unía un afecto paternal. Por eso, mientras el testamento no fuera abierto y se supieran los planes que había dejado respecto a su protegido, y, en general, para el trabajo del Peabody Museum en América Central, el resto de los promotores y ejecutores del proyecto estuvieron en ascuas, temerosos de que algunos miembros de la familia que no habían sido favorecidos impugnaran el legado. Tanto Bowditch como Putnam, los dos remanecientes del núcleo original de los Bostonians, esperaban sin embargo por lo menos obtener “lo que prometió para el trabajo en Centroamérica”.63 La última intervención de Salisbury en el proyecto del cenote sagrado había sido autorizar junto con Bowditch la compra e instalación de los equipos necesarios para la siguiente fase del trabajo en el cenote, la exploración subacuática a cargo de Thompson y de sus dos buzos asistentes, “la pandilla submarina”. En septiembre de 1905, el cónsul había firmado un contrato con Bowditch que incluía recursos para la compra de los aparatos necesarios para una operación segura.64

Tres meses después el cónsul ya estaba con los equipos listos mientras mejoraba los mecanismos de la draga. Sin embargo, una situación excepcional se anunciaba para el futuro inmediato. Olegario Molina había sido reelegido para el cargo de gobernador y había invitado al presidente Porfirio Díaz a visitar Mérida para asistir a su toma de posesión en febrero de 1906. Ante esa emergencia, Thompson canceló todos los trabajos en Chichén Itzá, pues tenía informaciones de que parte de la comitiva del presidente, incluyendo su secretario de Instrucción Pública, Justo Sierra Méndez, Alfredo Chavero, ya director del Museo Nacional, y Leopoldo Batres, planeaban visitar las ruinas y su hacienda, y era posible que el propio presidente quisiera también conocerlas. A pesar de lo potencialmente delicado de la situación, Thompson no se amilanaba: “No tenga temor alguno del resultado de la visita. Es de lo más inoportuno para nosotros en todo sentido, pero no he vivido aquí todo este tiempo, combatiendo este tipo de influencias, en balde. Estaré en mi terreno y dirigiré las cosas tal como lo desee. Pero las obras deben suspenderse en lo que respecta al cenote, hasta que la visita concluya y no haya moros en la costa”. Una vez que la emergencia hubiera pasado, Thompson pensaba comenzar la exploración subacuática del cenote.65

El 22 de enero de 1906 (¿?) un grupo de 27 políticos federales con su corte de ayudantes visitó Chichén Itzá, encabezados por Justo Sierra, a quien acompañaban Leopoldo Batres (identificado por Thompson como “su secretario”), Rafael Zayas y Santiago K. Sierra (señalado ahora como director del Museo Nacional). Por si fuera poco, Teoberto Maler consiguió que Batres lo llevara en la comitiva. Thompson preparó una recepción digna de un dueño de plantación:

[…] Puse en orden la comida, la bebida y los sitios para dormir en la casa principal, y ahí esperé la arremetida con calma. Se presentó. Alrededor del medio día, de pronto aparecieron nueve volantes por la plantación, y llegó la gente a raudales. Estaba listo con mi mayordomo y ayudantes, principalmente el cocinero y meseros, para recibirlos. […] Los acogí a lo largo de tres días y dos noches -veintisiete personas en mi mesa, doce en la mesa de la servidumbre y los choferes, y treinta mulas que cuidar en los corrales. Lo pasaron bien. Me encargué de que así fuera, y se cumplió. Partieron al tercer día.

Según la versión de Thompson, Sierra salió feliz de Chichén, lleno de elogios y agradecimientos por la recepción, mismos que le repitió al gobernador Molina. No obstante, como era previsible, Maler trató de predisponer a Batres contra el cónsul y llevar al ministro a ver las excavaciones hechas en la tumba del Gran Sacerdote y otros lugares. La enemistad, ya cimentada por la rivalidad dentro del círculo de los Bostonians, se fortaleció con la visita: “Sé que Maler es su amigo y protegido, pero al mismo tiempo no puedo evitar expresar mis sentimientos diciendo que se trata de un sujeto solapado y envidioso, así como de un granuja calculador”. Tan evidentes habían sido las intrigas del rival que, siempre según la narrativa de Thompson, el propio Justo Sierra le había dicho que no se preocupara pues nada de lo que Maler dijera mellaría la estimación que sentía por él. Por otro lado, las maniobras del austriacoalemán habían tenido al final un efecto positivo en la visita, “ya que dirigió tanto la atención de Sierra y de Batres en torno a las obras del montículo, que las del cenote se consideraron apenas como experimento interesante a ser elogiado”.66 No sin razón, el cónsul afirmó haber salido “victorioso” de la visita de parte del gabinete presidencial a Chichén Itzá, pues días después -en su papel de representante de Estados Unidos en la región- había incluso acompañado al gobernador Molina a despedir a don Porfirio en Progreso.67 Restaurada la normalidad provinciana, Putnam recibió de Thompson un relato actualizado de su interminable pendencia con Maler:

Ahora que todo ha terminado, y tengo motivo para sentirme tan satisfecho con los resultados, no estoy de humor para condenar a nadie, pero si Maler alguna vez en el futuro intentara socavar mi trabajo con sus taimados modos de baja calaña, no tendré tanta paciencia. Se excedió esta ocasión; sin embargo, su empeño se volvió en su contra, con la consecuencia de que ahora no tiene oportunidad de lastimarme ante las autoridades. Sus venenosas intenciones en Chichén quedaron tan al descubierto que repugnaron al Ministro, Justo Sierra, y, mientras estuvieron en Uxmal, donde no fui, intentó plantear otras insinuaciones en mi contra. El Sr. Sierra y Audamauro Molina lo acallaron, y lo hicieron de modo tal, que éste no ha aparecido en público desde entonces. Presumió ante ciertas personas de que la visita del Ministro Sierra sería el suceso que daría por terminada mi carrera científica en México, y la de Santiago Bolio como Inspector de Ruinas. […] La visita tuvo lugar, el grupo entero vino a Chichén, tal como Maler anunció, y cómo planeé que sería, vieron todo, esto es, casi todo, y lo pasaron bien. Yo me encargué de que así fuera […] Me costó un total de mil dólares en moneda mexicana, pero valió la pena multiplicado por más, para mí y para los trabajos. […] El resultado de la visita no fue exactamente el que Maler predijo y por el que se empeñó. En lugar de que mi carrera terminara, ahora estoy en situación de llevar a cabo las obras de manera mucho más abierta y bajo mejores condiciones que nunca antes. Santiago Bolio aún es Inspector de Ruinas, y su jurisdicción no solo se incrementó, sino que incluso su salario se duplicó. Ahora bien, dejemos a Maler de lado, y permítaseme hablar de otros temas, más agradables.68

Como si todo eso no bastara, en septiembre de 1906, Thompson recibió un golpe que debe haberle cimbrado el entendimiento: el día 3 de ese mes Santiago Bolio murió de manera patética en el vagón de tercera clase del tren que lo llevaba, gravemente enfermo, de Dzitás a Mérida, y los Bostonians supusieron correctamente que la desaparición del amigo de Thompson tendría serias consecuencias sobre el trabajo en Chichén.69 Aunque no en el cortísimo plazo: a sólo diez días escasos del acontecimiento, Thompson, que se encontraba en Cambridge, Mass., en su acostumbrado periodo vacacional y que seguramente ignoraba la muerte de su amigo y protegido, se ocupó de recibir un cargamento enviado por él mismo al Peabody Museum, compuesto, entre otras cosas, de “cuarenta piezas sueltas de discos de oro de diversos tamaños[,] dos máscaras de oro puro amartillado, la mayor parte de una gran máscara de oro de más de ocho pulgadas de diámetro […] Un anillo de oro. Un ornamento tipo escarapela, también de oro puro […] Un ídolo o amuleto, de oro macizo, de tres pulgadas. Cuatro campanas de oro […]”, etcétera.70

Poco tiempo después del retorno de Thompson a Yucatán, Andrés Solís Cámara, hijo de Vicente Solís, el rico propietario de la hacienda Xkanchakan, en cuyos terrenos estaban las ruinas de Mayapan y que había sido visitada por Justo Sierra, asumió el cargo de conservador de monumentos, y como parte de su bautizo de fuego hizo una visita a una Chichén Itzá que ya llevaba casi diez años de ser “propiedad de la Nación”, esto es, formalmente sustraída a la esfera privada.71 El nuevo funcionario produjo un desalentador informe que mostraba la absoluta inutilidad de las leyes promulgadas diez años atrás:

He encontrado las inscripciones y pinturas golpeadas, destruidas y manchadas debido a dos causas que me permito exponer: la primera es la libertad en que se encuentra todo individuo de pasear libremente [por] las ruinas sin necesidad de permiso ni consentimiento de ninguna autoridad; la segunda es la detestable costumbre existente de que todo visitante se crea autorizado para escribir su nombre en las paredes manchando las inscripciones y pinturas y aun para llevarse como recuerdo fragmentos de ellas. […] Sería conveniente […] disponer que no puedan visitarse estos monumentos sin un permiso gratuito de esta oficina dado por escrito y mandar fijar en todos los referidos edificios carteles impresos en que se haga saber a los visitantes […] que está prohibido, bajo las penas que señala la ley, el manchar o deteriorar cualquier parte de las mencionadas.72

Para entonces, el uso del motor de la draga estaba comenzado a tener serios efectos colaterales que al final llevaron a la suspensión de los trabajos. La trepidación causada por las máquinas y las reverberaciones provocadas por las subidas de las pesadísimas canastas habían llegado al punto de afectar la solidez de las paredes del cenote, compuestas por estratos de roca separadas por gruesas capas de una fina arcilla (kut), y provocar el desmoronamiento de ese material (una “sustancia parecida a la harina”), precisamente a espaldas de la plataforma que servía de base para los trabajos del equipo de Thompson y donde se erigía el templo del cual se presumía se arrojaban humanos, animales y objetos al Cenote de los Sacrificios: “Por último y con gran desazón, me vi obligado, por prudencia, a dar por terminado el trabajo antes de que el proyecto en su conjunto se arruinara […] me deprimí muchísimo durante un lapso considerable, porque esto significaba el abandono total y absoluto del proyecto de buceo, plan que anhelaba poner en práctica en el momento adecuado”. Las buenas eran que los hallazgos continuaban siendo excepcionales, si bien no había habido oportunidad de enviar más baúles por la llegada de un nuevo jefe de la aduana de Progreso, ante el cual el cónsul aún no se sentía seguro.73 Por otro lado, el sucesor de Bolio en el cargo de inspector y conservador de las ruinas, Andrés Solís Cámara, parecía tener menos compromisos con el cónsul de lo que había tenido el anterior titular, pues en noviembre de 1906, escasos 15 días después de su informe sobre el deterioro general de las ruinas de Chichén Itzá, encontró la draga y lo reportó a la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes:

El C. Americano Eduard H. Thompson propietario de la finca denominada Chichén tiene instalada una grúa en el cenote conocido bajo el nombre del Lago Sagrado […]. La referida grúa sirve al mencionado señor Thompson para extraer del lago el referido fango con el fin de hallar en ese fango antigüedades. / Como me hallo desprovisto por completo de todo género de datos respecto a este asunto e ignoro si el lago y la grúa son o no propiedad de la Federación, tengo el honor de comunicarlo a esa Superioridad para que se sirva resolver sobre el particular y comunicarme sus respetables órdenes.

La respuesta fue sorprendentemente tibia. Para continuar sus exploraciones Thompson debería recabar el permiso correspondiente de la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, mismo que le sería concedido conforme a las leyes vigentes (las de 1896-1897), pero mientras tanto podía continuar con el dragado del cenote “bajo la inspección del C. Conservador de Monumentos y, en todo caso, en el concepto de que los objetos fruto de dicha exploración, como son de propiedad nacional deben quedarse en el Museo Nacional”.74 En Boston, Bowditch comenzaba a notar que los nuevos hallazgos eran simplemente más de lo mismo y que el cenote ya no estaba produciendo novedades dignas de nota.75

El cenote se seca y los Bostonians se van

Cercado o no de sospechas cada vez más apremiantes, protegido o no por la investidura consular de Thompson, de cualquier manera, el trabajo en el cenote estaba condenado, por lo menos en lo que al Peabody Museum se refería. Es probable que el conjunto de problemas, coronados por la muerte de Salisbury y la consecuente desaparición de sus siempre generosos recursos, hayan determinado nuevas dificultades para el financiamiento bostoniano al cónsul y señalizado un punto final. Tiempos tormentosos se aproximaban. Las instrucciones de Cambridge indicaban que hacia abril de 1907 la aventura debía llegar a su fin. Es posible que las dificultades técnicas de la operación finalmente hayan sobrepasado las capacidades inventivas de Thompson, y no es difícil imaginar que las constantes intrigas de Maler hubieran por fin hecho mella en Putnam y Bowditch. A fines de 1906 e inicios de 1907 también hubo una notable disminución en los hallazgos, por más que Thompson cambiara una y otra vez la posición de la draga. En febrero de 1907, tres años después de iniciado, el dragado habría sido finalmente suspendido, con leves esperanzas de retomarlo más adelante: “Abandonaré el trabajo del cenote y lo que aún pueda contener con pesar, pero ahora creo que probablemente sea la mejor opción. Quizá más tarde pueda aún encontrar los medios para retornar a él […]. Aparentemente, o hemos sacado todo lo que había, o lo que queda está fuera de mi alcance, cuando menos por ahora”. La que parecía ser la inminente salida de Thompson, o, mejor, del Peabody Museum, se balanceaba con la aparición de un nuevo actor: “Entiendo que el Sr. Sylvanus Morley me visitará muy pronto. Pondré todo mi empeño en que su visita a Yucatán sea exitosa. Sus esfuerzos muestran que tiene ‘agallas’ y perseverancia, y a futuro podría tratarse de alguien que haga un buen trabajo”.76 Sin embargo, en marzo de 1907, tan sólo un mes después de haber jurado que abandonaba el cenote, Thompson pidió por segunda vez en su carrera (aparentemente sin avisar a los Bostonians) autorización oficial para sus exploraciones, esta vez directamente a Justo Sierra, secretario de Justicia e Instrucción Pública. Como un gesto al nuevo conservador de las ruinas, intrigado por el régimen de propiedad de la “maquinita” y del propio cenote, el cónsul solicitaba reiniciar los trabajos de la draga después de una breve interrupción, y ofrecía a cambio ceder el equipo (que técnicamente le pertenecía al museo de Harvard) al gobierno federal después de junio de 1907 (y no de abril, como había sido la determinación bostoniana para el fin de la exploración del cenote):

Que habiéndose descompuesto algunas piezas importantes de la grúa que me servía en los trabajos de draga en el cenote de Chichén Itzá […] pensé suspender las operaciones indefinidamente; pero como he conseguido últimamente la reparación de dicha grúa por un costo relativamente bajo, estoy por seguir mis investigaciones científicas previo permiso de Ud. Pasado el mes de junio, me será grato poner a su disposición el antedicho apa[rato] para los fines que Ud. crea conveniente. / En virtud de lo anteriormente expuesto, a Usted respetuosamente pido se sirva aceptar mi oferta y me extienda el permiso de referencia.77

Hay que notar que desde fines de 1906, Bowditch estaba llegando a la conclusión de que la caja de pandora arqueológica que ellos habían abierto 20 años atrás estaba a punto de tragárselos, y que las fuerzas de sus instituciones, el Peabody Museum, el American Institute of Archaeology y quién sabe si las del propio American Museum of Natural History, eran insuficientes (o estaban demasiado esparcidas) para enfrentar los crecientes desafíos logísticos y financieros planteados por los constantes descubrimientos realizados por sus agentes en los sitios precolombinos de Mesoamérica. Nuevas fuerzas, más estructuradas y, sobre todo, mejor financiadas, debían llamarse a colaborar y, tal vez, a sustituir a los pioneros. Los intereses y la competencia en el campo arqueológico se multiplicaban cada año, como lo demostraba la reciente iniciativa de Franz Boas -tan próximo a Putnam- de formalizar los emprendimientos arqueológicos internacionales en México por medio de la creación de una escuela multinacional y multiuniversitaria, la idea embrión de la International School of American Archaeology and Ethnology.78 En ese nuevo contexto, las energías y los recursos de los mecenas bostonianos -y la muerte de Salisbury parece haber marcado un momento más que simbólico de ruptura- ya no eran capaces de acompañar el ritmo y el volumen de capital necesario para continuar lo que ellos habían comenzado, casi amorosamente, décadas atrás. Su función estaba llegando al fin. La alternativa era buscar un sustituto, y la opción, por lo menos para tenerla presente en un futuro no muy lejano, fue un nuevo aliado, la Carnegie Institution de Washington, con su brillante joven arqueólogo Sylvanus G. Morley a la cabeza. No hay cómo evitar cierta sorpresa al constatar el sentimiento de propiedad sobre la exploración arqueológica del “área maya” que los Bostonians habían adquirido a lo largo de sus 30 años de presencia en la región, pues, decían, sería necesario hacer una serie de ajustes en el entramado de las instituciones originales “en caso de que // decidamos solicitar a los integrantes del Consejo del Carnegie que tomen posesión de la arqueología y etnología americanas”.79 Para hacer más complejo el entorno, Bowditch pensaba que había que acostumbrarse a la idea de que el “establecimiento de una escuela arqueológica en México, también está[ba] en discusión”,80 amenazaba con crear un marco institucional y un ambiente científico de una formalidad tal que a su lado la aventura bostoniana corría el riesgo de parecer un juego iniciático, una nota al pie de página en la historia de la arqueología estadounidense en Yucatán.

Mientras tanto Putnam comenzaba a buscar investigadores que pudieran continuar el trabajo, en particular en lo que a la lectura de los códices “mayas” se refería, en tanto no se llegara a una decisión sobre pedir o no la intervención de la Carnegie Institution de Washington para que tomara la estafeta del Peabody Museum en la exploración arqueológica yucateca. Y, naturalmente, el nombre que apareció fue el de Morley, quien estaba ya con viaje marcado y anunciado a Yucatán, contagiado por el entusiasmo de Tozzer, uno de sus instructores, por los jeroglíficos. Morley, entonces con 23 años, sería el primer beneficiado de un proyecto para fundar un programa de “becas de investigación” en el Peabody, que en el mediano plazo permitiera formar un grupo de especialistas dedicados a resolver los problemas planteados por las “antigüedades mexicanas”, las “mayas” en primer lugar. Si el proyecto de la beca del museo no progresaba, siempre habría que encontrar el sustituto de Tozzer como “asociado” del American Institute of Archaeology. Para Putnam, Morley era, sin duda, el mejor candidato:

Ahora bien, se trata justo del tipo de persona que puede colaborar. Es listo y está lleno de entusiasmo por este campo en particular […] Si pudiéramos ofrecer a Morley una beca de investigación en arqueología centroamericana y mexicana, a su vuelta de México se garantizaría sin duda que orientara su obra en esta dirección de por vida, y con sus habilidades naturales y su capacitación, está plenamente justificado esperar que sus investigaciones produjeran resultados importantes.81

Pero aparte de esas elucubraciones que apuntaban hacia la salida de los Bostonians originales del frente arqueológico peninsular, en el campo yucateco los problemas se acumulaban. Las relaciones entre Thompson y sus patronos entraban en una espiral de aspereza creciente y aparecía una peligrosa faceta relacionada ahora con la oficina consular y con el poco manejable Departamento de Estado. Desde inicios de 1907 se habían dado una serie de desentendimientos entre Thompson y Bowditch, cada vez más impaciente con lo que le parecían evasivas del cónsul,82 y ahora cierto de que la muerte de Bolio creaba peligros inminentes; una preocupación que había trasmitido a Thompson, aconsejándole depurar sus métodos antiguos y ceñirse cada vez más a las reglas establecidas por el gobierno mexicano. La respuesta del cónsul confirmaba lo acertado de la advertencia:

Los viejos métodos que hasta ahora habían orientado mi voluntad y cumplido con las tareas que me impuse, pese a la legislación y pese a casi todo, a excepción de mi propia creencia respecto a qué era lo mejor y lo que no debía hacerse, ya no están disponibles o no se pueden sostener durante mucho tiempo más y, para mantener el trabajo en marcha, será necesario que, tarde o temprano, lleguemos a algún acuerdo “internacional”, tal como afirma en su misiva. / Puedo dominar las condiciones y las cosas aquí durante algún lapso más, quizá por tiempo indefinido, pero, bajo las circunstancias, creo que sería sensato acogerse al “orden legal y de las cuestiones estipuladas”, y hacerlo de manera voluntaria y en buenos términos mientras aún podamos. […] Así, cuando termine el trabajo del cenote, podemos inmediatamente emprender los esfuerzos en aquellas líneas en las que esté especialmente interesado, o en las que desee. Parecerá bastante raro poder dedicarse a una obra que no requiera de bardas, ni de centinelas, y sin necesidad de mantener ocultamiento alguno, a excepción de la usual reserva científica.

Thompson se decía seguro de que, independientemente de la decisión de los Bostonians, podría pedirle al secretario de Instrucción Púbica y Bellas Artes, Justo Sierra, permiso para hacer lo que quisiera en Chichén Itzá, y que el permiso sería concedido sin la menor reserva. Pero aquí entraban los problemas de trabajar en el marco de la ley. Obtener el permiso no era la cuestión, sino que “una vez que solicite la autorización, estaré atado por honor a cumplir con las reglas del juego, y usted tendrá que hacerse de otras influencias en México que nos permitan quedarnos con una parte de los hallazgos, cuando se encuentren”. O sea, mientras se mantuviera fuera de la ley, en la ilegalidad, estaba claro que no tenía que darle cuentas a nadie ni sentirse moralmente obligado, decía Thompson en una desviación completamente tortuosa -y tal vez involuntariamente cínica- del concepto de legalidad: “Hasta ahora, sin haber hecho promesas a la autoridad, no incumplo mi palabra o, en mi fuero personal, no incumplo obligación moral alguna al no darles nada de aquello de que nos hicimos. Puedo estar moralmente equivocado en este sentido, pero no lo creo y, por tanto, me importa un bledo”.83

La crisis de 1907: un consulado apetitoso

En marzo de 1907 Thompson supo que estaba en marcha una operación para sustituirlo en el cargo por deficiencias en el manejo de los asuntos consulares, según la versión del Departamento de Estado, o, según su propia versión, como resultado de la violenta competencia que el auge del henequén había instalado entre las compañías exportadoras con sede en Mérida y Progreso. La famélica presa que había sido el Consulado de Mérida en la década de 1880, y la mejor presentada de 1897, se había convertido ahora en un espacio absolutamente estratégico en la lucha por la supremacía comercial exportadora. El propio Thompson estimaba el valor del comercio que pasaba por el Consulado rumbo a Estados Unidos en “15 millones de dólares en moneda mexicana”.84 Los alegatos contra él se basaban en su casi permanente ausencia del consulado y el consecuente descuido de sus tareas oficiales. Pero el cónsul aseguraba que en realidad se trataba de una campaña orquestada por poderosos intereses mercantiles para poner en su lugar a un agente de Ferrocarriles Centrales Unidos de Yucatán (FCUY), propiedad del clan Escalante Peón.85 El candidato era un funcionario estadounidense de los propios FCUY, más afinado con los intereses de las exportadoras de Mérida y Progreso que peleaban el control del mercado exportador con la casa Molina y Cía., propiedad del que fuera gobernador de Yucatán hasta mayo de 1907 (y a partir de esa fecha secretario de Fomento en el gabinete de Porfirio Díaz), y que era en esos años aliado de la poderosísima International Harvester Co. (IHC), a cuya sombra subsistía, casi como una concesión, la Henry W. Peabody Co.86

Thompson reconoció la debilidad de su posición y admitió la posibilidad de perder el empleo, una vez que el consulado se había convertido en un encarnizado campo de batalla de la guerra del henequén. El joven Morley, entusiasta e inteligente, sirvió como testigo involuntario de la crisis.87 Precisamente en esos aciagos días Putnam estaba nuevamente fuera de combate, tomándose un descanso en South Carolina, mientras Bowditch pasaba el invierno en California. Se formó entonces en Cambridge un comité de crisis que, en ausencia del curador del Peabody, intervino ante el secretario asistente de Estado, Robert Bacon, para tratar de aplazar la decisión de remover a Thompson hasta que hubiera suficientes informaciones sobre los cargos que se le hacían y se estudiaran las posibilidades de defenderlo y mantenerlo en el puesto. A diferencia de otras ocasiones, la función científica del todavía cónsul estaba formulada de manera muy puntual: “El Sr. Thompson se ha ocupado de llevar a cabo trabajo arqueológico en Yucatán para el Museo Peabody, durante unos 20 años. Actualmente está en medio de un importante esfuerzo científico en las ruinas de Chichén Itzá, donde se localiza su hacienda”. Lejos estaban las pomposas declaraciones sobre la tremenda importancia del trabajo del cónsul para la ciencia angloamericana de las campañas anteriores.88 La situación se agravaba por la ausencia de los patronos senior del proyecto. Con ambos distantes, las responsabilidades recayeron sobre los jóvenes Tozzer, tan sólo un instructor en Central American Archaeology, y Dixon, un assistant profesor en Etnología del Peabody Museum. A ellos respondió Robert Bacon, asistente del secretario de Estado en un tono que mostraba los cambios por los que atravesaba en esos momentos la estructura del servicio exterior estadounidense y sus aires de modernización: sí, el pedido de espera sería llevado en consideración, pero el “caso Thompson” tendría que ser juzgado “dependiendo, por supuesto, de su eficiencia como funcionario consular […] a partir de la evaluación habitual”.89 Se le informaba a Thompson que Bowditch ya había recibido la noticia y enviado un telegrama al Departamento de Estado pidiendo una prórroga en la decisión y, con cierto tono de mea culpa, “afirmaba que entendía que se permitía el trabajo arqueológico si no interfería con los deberes consulares”. Esto es, se procesaba una inversión completa de las prioridades de los años anteriores, cuando eran los deberes consulares los que no debían interferir con las labores arqueológicas.

A fines de marzo, un testigo local y anónimo de la crisis [¿Morley?, ¿W. James?] próximo a Thompson, quien, como sabemos, tenía estrechos vínculos de amistad y negocios con el grupo Molina, estableció otra versión que minimizaba la de las deficiencias administrativas del cónsul, a partir de una premisa central: “Los Escalante son dueños de los ferrocarriles [,] de los muelles [,] y de la empresa Ward Line S. S. Co., y desean adueñarse del consulado estadounidense”. Don Nicolás Escalante, naturalizado estadounidense, se habría encontrado con Daniel H. Thompson, ministro de Estados Unidos en México, y se habría quejado del comportamiento del cónsul en Progreso. Como resultado, en el siguiente vapor arribó al puerto un inspector del Departamento de Estado, el cónsul general Murphy, que fue inmediatamente rodeado por empleados estadounidenses de los Escalante, de quienes escuchó un rosario de quejas contra Thompson. Las reclamaciones se extendieron durante un banquete ofrecido a Mr. Murphy, al cual fueron también invitados el propio cónsul Thompson y su amigo W. James. De acuerdo con el anónimo autor de la confidencia, el plan de sustituir al cónsul en Progreso por un personero de los Escalante lo habría echado por tierra la intervención de Mr. James, que habría cantado la jugada y llevado a Murphy a conocer al exgobernador Molina, ahora miembro del gabinete del presidente Díaz y muy amigo de Thompson. Pero era necesario alertar a “the Peabody people” para que estuvieran atentos al complot.90 La nueva versión, que secundaba lo dicho originalmente por Thompson sobre la disputa entre las exportadoras meridanas, fue rápidamente asumida como propia y esgrimida ante las autoridades del Departamento de Estado por el comité de emergencia del Peabody Museum:

Hemos recibido, de una fuente plenamente confiable, cierta información respecto a las condiciones en Yucatán. Nuestro informante asevera que los cargos referidos en contra del Cónsul Thompson emanan del deseo de la importante empresa de los Escalante por hacerse del Consulado para uno de sus dependientes, y así hacerse de ventajas comerciales respecto a la empresa rival de Molina. […] Una estancia de cuatro inviernos en Yucatán nos ha dado la oportunidad de entender la intensa rivalidad entre las dos grandes casas de Escalante y de Molina, la primera de las cuales va en pos de la destitución del Cónsul Thompson.91

La respuesta de Bacon fue inmediata y llegó fundamentada en un nuevo e irrebatible argumento funcional, que enfatizaba el hecho de que el agente del Peabody Museum llevaba ya más de 10 años en el puesto, lo que contrariaba frontalmente la política adoptada por el gobierno de no permitir la estancia de oficiales consulares en un mismo puesto por más de unos cuantos años. Por eso, “por ningún motivo puede mantenérsele en Progreso más allá de un par de meses, momento para el cual se espera, por el interés de la ciencia, que hayan concluido sus investigaciones arqueológicas”. De cualquier manera, la calidad y naturaleza de dichas investigaciones eran cuestiones secundarias, pues se reiteraba que Thompson era, antes que nada, un funcionario del servicio exterior estadounidense y debía ser evaluado “a partir de su récord como funcionario consular […]”.92 El cónsul general plenipotenciario Murphy había hecho un reporte muy negativo sobre el estado del consulado en Progreso. En el curso de la entrevista con él, Thompson había admitido que su pasión por la arqueología y su carácter de representante del Peabody había interferido seriamente en sus funciones oficiales. Aun así, Murphy recomendó que se le retuviera por un corto periodo para darle tiempo a que terminara sus trabajos arqueológicos.93

Putnam se había reincorporado a sus funciones en Harvard a mediados de mayo y fue cabalmente informado del problema en el frente yucateco, con la advertencia de que el asunto estaba finiquitado pues el Departamento había sido claro respecto a que la asignación de Thompson debía terminar en cuestión de semanas, a lo mucho, meses. La nota agregaba un entrecomillado enigmático: “Esto coloca el tema Thompson justo donde querríamos tenerlo”.94 No ha sido posible localizar el texto del telegrama que Bowditch envió al Departamento de Estado, ni el de una extensa carta que remitió a Thompson con fecha 24 de abril de 1907, en la cual, según todo indica (por la respuesta del cónsul), el patrono del Peabody Museum hacía una serie de propuestas no sólo en torno al fin del proyecto Cenote Sagrado de Chichén Itzá, sino a una reversión completa en la historia de su exploración, según el entendimiento de Thompson. Hay indicios de que Bowditch había conseguido, o estaba en el proceso de conseguir -o pensaba hacerlo-, una extensión del periodo de Thompson como cónsul, o tal vez la propia derogación del trámite para removerlo, en unas condiciones terminales:

En vista de que ha mantenido correspondencia con el Departamento de Estado sobre el tema de mi remoción, probablemente juzgará necesario entregar a las autoridades mexicanas una parte, quizá el total, de los especímenes obtenidos en el cenote. / En otras palabras, mediante el acto de interceder por mí ante el Departamento de Estado se vuelve usted responsable de mí, al grado en que queda moralmente obligado a devolver a las autoridades mexicanas el producto // del trabajo del cenote. […] Me niego a creer que, porque se ha puesto de mi lado en este asunto, como medida estratégica estrictamente comercial, nosotros, usted, el Museo y yo mismo, estemos obligados a entregar los objetos que extraje de un cenote ubicado en mi propiedad, a personas no aptas siquiera para manejarlas, mucho menos para que queden en su posesión, ni siquiera por un momento.

Así, la propuesta de Bowditch presumía que el contacto entre éste y el Departamento de Estado había resultado en la sugerencia (¿del propio Bowditch?) de que se entregara a las “autoridades mexicanas” el producto del cenote. Si esta especulación se mantiene, podríamos concluir entonces que el Departamento de Estado no sólo estaba al tanto de las exploraciones en el cenote, sino que había tenido algún tipo de comunicación con las “autoridades mexicanas” en torno al asunto -y que probablemente eran éstas las que lo habían alertado sobre la cuestión. Thompson insistía en que su trabajo en el Sacred Well no tenía nada que ver, primero, con sus funciones consulares, y, segundo, con las maniobras para quitarlo del puesto, y que éstas simplemente se originaban en la lucha que se desarrollaba en el eje Mérida-Progreso entre las grandes casas exportadoras de henequén: “La queja en mi contra fue simplemente una jugada, parte de una gran lucha comercial; un duelo sin cuartel entre dos de las mayores compañías de esta parte de México. No tiene significado alguno respecto a mi trabajo científico, ni relación con éste. Entonces, no existe ninguna razón para que las obras del cenote jueguen un papel como factor de esta cuestión”.95

No obstante los truenos y relámpagos de la tormenta oficial, por razones desconocidas -que pueden haber estado relacionadas con la intervención de Bowditch, al lado del extraño silencio de Putnam, que no se manifestó a lo largo de la emergencia-, la crisis pasó; Thompson pidió y obtuvo una nueva “licencia” que le permitió embarcar para Massachusetts a fines de julio de 1907.96 Esta vez su periodo de vacaciones iniciaba dejando atrás -o pareciendo haber dejado atrás- la fantástica empresa del dragado del cenote sagrado de Chichén Itzá, pues el todavía cónsul había afirmado categóricamente:

[…] el trabajo del cenote ya se ha completado. Es un trabajo consumado; además, consumado con éxito. Nadie puede negarlo y ahora nadie podría deshacer lo que se ha logrado. Ninguna orden oficial puede ahora disminuir la obra al frenar el dragado, al igual que tampoco puede provocar que devolvamos los especímenes al cenote y destruyamos mis notas para el informe […] // […] El 10 de julio seré el primero en decir que se debe suspender el trabajo en el cenote. Durante algún tiempo ha producido sólo cosas de poco interés, más allá del hecho interesante de que probablemente ahora ya hayamos obtenido todas las piezas interesantes que podíamos obtener y necesitar para el realce de nuestra colección.97

En esa aparente calma, a inicios de 1909 el consulado estadounidense en Progreso se preparaba para atender a un número creciente de firmas exportadoras angloamericanas interesadas en la nueva estabilidad financiera de la península, y estaba comenzando a tener que lidiar con nuevos fenómenos y hacer frente a requerimientos inéditos: “Ahora que el negocio del turismo toma forma en Yucatán, en ocasiones nos vemos literalmente asediados por turistas estadounidenses, y parece que debemos tomar algunas medidas ante esta contingencia”.98 Una observación que Thompson iba a tratar de llevar hasta sus últimas consecuencias, con la construcción de un complejo hotelero en Chichén Itzá en los años venideros, seguramente con vistas a aprovechar la creciente visibilidad del “área maya” en Estados Unidos. Poco antes, en diciembre de 1908, el gobierno de Porfirio Díaz había otorgado una concesión al American Institute of Archaeology para “emprender investigaciones arqueológicas en los estados de Chiapas, Tabasco, Campeche y Yucatán, durante un periodo de cinco años contados desde el 1º de enero próximo”.99

El cónsul des-consulado: la dimisión de Thompson

Hacia abril de 1909, a pesar de todas las declaraciones en contra, Thompson, aún cónsul, seguía extrayendo piezas del cenote y hablaba de un “arreglo” hecho con un my friend. Se trataba de un nuevo financiador de las exploraciones en el cenote (pues el costeo de sus patronos originales había cesado, a lo que parece, en el paso de 1906 a 1907) a quien, años después, Thompson identificaría como otro ciudadano de Boston, Walter Austin.100 Sin embargo, al parecer, el cenote sólo producía ahora ganancias residuales y las inmersiones de la draga ya no resultaban en hallazgos comparables a los de los años anteriores. Por esa razón, Thompson se preparaba para hacer su primera zambullida en las oscuras aguas del cenote, acompañado de sus buzos griegos, especialistas en la pesca de esponjas en las aguas del Golfo de México.101 En los últimos días de la aventura iniciada seis años antes, el cónsul realizó su mayor sueño:

He llevado a cabo la última de las hazañas que tanto he soñado con lograr. He caminado por el fondo y sobre los bancos de lodo de la base del cenote. He pasado la mayor parte de tres días en el lodo helado y las aguas más negras, a setenta pies por debajo de la superficie de aguas cálidas del Cenote Sagrado. Todo lo que esperaba hacer, o soñaba con lograr hacer, desde las proezas originales en el cenote, se han cumplido ahora, y ya sólo me queda ver cuánto puedo sacar de ahí antes de que las circunstancias frenen mi trabajo.102

Apenas a tiempo. Tan sólo unos días después del inicio de sus aventuras submarinas, Thompson supo que se había designado un nuevo cónsul para Progreso.103 Inmediatamente, una nueva campaña se puso en marcha para mantenerlo en el puesto, con un pedido de intervención del influyente senador republicano Henry Cabot Lodge, a fellow Bostonian, a quien se expusieron ante todo los méritos de Thompson como cónsul, con una mención en passant a las actividades exploratorias que habría realizado “en aquellos momentos que pudo dedicarle a esto”. Los nombres de Salisbury y Hoar y el apoyo que ambos le habían prestado a Thompson a lo largo de su carrera fueron incluidos en la misiva.104 Cabot Lodge prometió intervenir y advirtió que no creía en la remoción sino tal vez en un cambio de puesto, aunque ayudaría a tratar de mantenerlo en Progreso.105 Mas el desenlace era ya inevitable. Por esos mismos días de junio de 1909, sin que ninguno de los partidarios del agente del Peabody Museum en Yucatán lo advirtiera, y mientras Thompson, inocente e irónicamente, pedía otra licencia para ausentarse de su oficina,106 el Departamento de Estado confirmó su remoción y el nombramiento de un nuevo cónsul que tomaría posesión en agosto de ese año. Las razones del relevo, al contrario de lo que había afirmado Thompson, llegaban justificadas en la falta de equilibrio en el desempeño de sus dos funciones principales en Yucatán y mostraban que el pragmatismo funcional del Departamento de Estado se había finalmente impuesto a los beneficios que el Peabody Museum había estado obteniendo en la región.107

Perdido el consulado, Thompson anunció su intención de “profesionalizar” su experiencia como conferencista y, con la ayuda de Putnam, localizar alguna agencia en Massachusetts que le consiguiera presentaciones remuneradas. Los temas estarían desde luego ligados a su trabajo en Chichén Itzá, con absoluta exclusión de la exploración del cenote.108 Pero el ya excónsul, que se encontraba ahora bajo contrato con el American Museum of Natural History (AMNH), no sólo no se había deshecho de los equipos del cenote, como lo había prometido meses atrás, sino que estaba “al parecer utilizando nuestra draga y aparatos para su propio esfuerzo privado. Esto puede explicar por qué no los ha vendido para [liquidar] nuestras cuentas”.109 Ese “trabajo privado”, que se realizaba con apoyo financiero del nuevo amigo de Thompson, Walter Austin, se materializó en una propuesta que el excónsul envió a Boston, sugiriendo la fusión de las “dos colecciones”: la del museo y la suya (“Austin-Thompson”), bajo un único comando y dirección, de manera a “limpiar” los hallazgos del cenote -es decir, una especie de “lavado” del contrabando arqueológico- y permitir su exhibición pública. Eso requería la presencia de Thompson en la Ciudad de México para negociar con las autoridades competentes. Con esa autorización el museo podría exhibir los que ya tenía en su posesión y Thompson podría volver a Chichén Itzá “a terminar el trabajo de manera abierta y franca […]”.110 Austin, a diferencia de los antiguos Bostonians, era de esa nueva cepa de hombres de negocios con dedicación exclusiva cuyo único interés era lucrar, y lo hacía con esa nueva veta comercial en que se habían convertido los objetos arqueológicos. Thompson le había asegurado que el cenote contenía aún un rico tesoro que era posible extraer en una única temporada y luego vender los resultados al Peabody Museum, que pagaría 6 000 dólares por la colección, a ser divididos en partes iguales entre el socio trabajador y el capitalista. Austin aseguraría más tarde que era sobre esas bases, y como “asunto enteramente comercial”, que él había entrado en el proyecto de la colección.111

Al mismo tiempo, Bowditch mandó realizar una inspección de la hacienda Chichén para evaluar las posibilidades de construir allí, al fin, la ansiada “estación científica” de los sueños de Thompson. E. L. Hewett, director de la School of American Archaeology en Santa Fe, N. M. (poco tiempo después rebautizada School of American Research, SAR), fue activado por Bowditch y Putnam para hacer una visita a la propiedad del excónsul en diciembre de 1909. Parecía ser la salvación financiera de Thompson y cierta garantía de su continuidad como arqueólogo en activo: “Será un fin apropiado para mi // vieja plantación”.112 Hewett se declaró plenamente satisfecho con su inspección de Chichén y prometió buenas noticias en poco tiempo.113

Pero, fuera como resultado de la visita de Hewett (de la que no se encontró registro en los archivos consultados), fuera por otras razones, el proyecto Cenote Sagrado de Chichén Itzá renació a mediados de noviembre de 1909 -cinco meses después de la pérdida del consulado- gracias a un nuevo contrato firmado entre Bowditch y Thompson (contratos anuales entre ambos personajes se habían sucedido desde la muerte de Salisbury en 1905, pero en formatos simples que sólo mencionaban la tarea que uno tendría que cumplir con la inversión del otro). En él se estipulaba que Thompson -que parece haber sido el autor de la idea del arreglo- dedicaría tiempo completo a partir del 1º de septiembre de 1910 para dirigir exploraciones subacuáticas del cenote, y que enviaría al Peabody Museum todos los objetos de metal, piedra y madera que se encontraran, mientras que el destino de otros materiales dependería de consultas con Putnam. Los hallazgos llevados al Peabody Museum serían divididos en partes iguales, siendo que una mitad se quedaría con Bowditch, para resarcirlo de su inversión, y la otra sería comprada por el Peabody Museum por un valor que sería estimado por Putnam y cuyo resultado monetario le sería entregado a Thompson. De este monto, el excónsul debía pagarle a Bowditch lo que éste había entregado -en calidad de “adelanto”- para el mantenimiento de su familia en Estados Unidos, convirtiéndose en una obligación de entregas parciales de hallazgos arqueológicos hasta que la cantidad completa estuviera cubierta.114

El fin de las prerrogativas consulares de Thompson a mediados de 1909 coincidió, sin grandes sorpresas, con nuevos ataques a sus actividades arqueológicas ilegales y a las largas caravanas de contrabando que había encabezado. En los primeros meses de 1910, el azote del excónsul Teoberto Maler había visitado sorpresivamente Chichén Itzá en compañía del hijo de Leopoldo Batres, Salvador, y de W. James. Antes de saber de la llegada de su némesis, el excónsul ya presentía que los días de tranquilidad para sus actividades estaban llegando al fin: “Hasta ahora no he enfrentado obstáculos especiales ni en el trabajo ni en ningún otro frente, pero, sin duda, aparecerán a su debido tiempo, y a su debido tiempo sin duda sabré cómo superarlos”. La visita de Maler y compañía, que se prolongó por tres interminables días, inquietó naturalmente a Thompson, temeroso de que de tanto escudriñar las ruinas su desafecto acabara descubriendo algo que pudiera poner en peligro la continuidad de los trabajos. Terminado el periodo, el grupo se retiró sin que se hubieran registrado mayores incidentes, y el excónsul le reiteró a Bowditch la convicción de que Maler era un hombre extremadamente peligroso.115 En poco tiempo, “el pequeño demonio”, como lo llamaba Thompson, volvería a atacar, y lo haría no en Mérida, donde el excónsul tenía aún fuerzas para combatirlo, sino en la Ciudad de México, donde al parecer el fotógrafo arqueólogo austroalemán había hecho una nueva serie de graves denuncias sobre el saqueo de Chichén Itzá y de su cenote, además de denunciar los constantes embarques de piezas propiedad de la nación hacia los anaqueles del Peabody Museum. Las presiones del enemigo habían hecho que el excónsul se sintiera por primera vez en peligro de ser enviado a prisión:

Maler, con sus inculpaciones directas e insinuaciones aún más venenosas, ha sido capaz de mantener a las autoridades en la Ciudad de México en un constante estado de agitación respecto a mí. […] Maler sin duda ha logrado ocasionarme un dispendio económico y de ansiedad, debido a lo cual me encantaría vengarme; pero no ha podido amainar un ápice el éxito final, y ese hecho me retribuye ampliamente todo aquello que he debido pasar y, cuando se toma en cuenta que toda esta temporada he vivido bajo la sombra de una prisión mexicana, quizá pueda imaginar un poco cómo lo he pasado.116

Mientras tanto, a las agruras provocadas por el austro-alemán en la humanidad de Thompson, se sumaba el hecho de que Hewett no daba noticias, lo que hizo suponer al excónsul que el proyecto Chichén “estación científica” había sido una vez más abandonado. El que sí comenzaba a aparecer, y no en buenas apariencias, era Morley, de quien se decía que estaba tratando de comenzar un trabajo en Tikal de manera a ganarle la carrera a Bowditch, que preparaba una expedición a ese sitio: “Me parece que se trata de un emprendimiento despreciable, de poca monta. Es una pena que existan tantas muestras de ese tipo de ánimo en los círculos arqueológicos. Pero me parece peor aún en Morley, que tanto le debe”.117 En agosto de 1910 Thompson ya estaba en su propiedad de Nueva Inglaterra, en West Falmouth, alardeando de haber conseguido pasar por las diferentes aduanas nuevas aportaciones al tesoro que ya se encontraba en el Peabody Museum, y de haber superado con éxito nuevas embestidas de Maler. A pesar de los aparentes signos de agotamiento del Cenote, el excónsul pensaba que la temporada 1909-1910 había sido posiblemente la más exitosa de todas por la cantidad y calidad de las piezas recuperadas y transportadas a Harvard.118 Las buenas noticias se completaban con informaciones del propio Morley, quien afirmaba que Hewett estaba a punto de retomar el proyecto Chichén por parte del American Institute of Archaeology, dispuesto “a llevar la propuesta de Chichén a la práctica, en serio”.119

En julio de 1910 el excónsul ya había dado los pasos iniciales para poner en práctica su nueva experiencia en el fenómeno que iba a revolucionar Yucatán en poco tiempo: el turismo. En agosto de ese año, el Diario Oficial del Estado anunció que Thompson había solicitado “autorización para construir una línea telefónica que comunique su finca ‘Chichén Itzá’ con el pueblo de Dzitás”, autorización que fue concedida un mes después, el 19 de agosto. El proyecto, que era a todas luces la primera etapa para un emprendimiento mayor, debía estar concluido dentro del término de un año.120 Por esos días Thompson obtuvo también del Congreso del estado exención de impuestos municipales y estatales para la construcción de un hotel y para la operación de “hasta veinte carruajes destinados al servicio público” -además de otras facilidades en el terreno laboral-, teniendo como centro de irradiación la hacienda Chichén.121 A fines de agosto la Comisión de Hacienda del Congreso del Estado comenzó a analizar un memorial en el que el excónsul mostraba el crecimiento de su proyecto original y pedía “varias franquicias por el hotel, cantina, tienda y restaurant que establecerá en su finca ‘Chichén Itzá’ ”. La comisión, “considerando que redundará en favor de los intereses del país, el acrecentamiento de la iniciativa corriente de turistas extranjeros que a él vienen con el principal objeto de conocer nuestros monumentos arqueológicos, opina que es deber del Poder Público, favorecer esa corriente”.122

El jaque-mate de Maler

Lo peor estaba por venir y entonces el excónsul podría confirmar su convicción sobre la peligrosidad de su principal adversario. El 16 de julio de 1910, la Revista de Mérida había publicado las solicitudes de Thompson al Congreso estatal para la instalación de su complejo hotelero. Poco después, en 1911, sin fecha precisa, comenzó a circular un libelo mecanoescrito de 45 fojas firmado por “Adonai, Ángel Rebelde”, que no era otro que el terrible Teoberto Maler, como se pudo comprobar después.123 El uso del pseudónimo debió haberse justificado por la gravedad de las denuncias, muchas de ellas adornadas con sardónicos comentarios del autor y uso de apodos insultantes, adjetivos agresivos y denuestos, y por los despiadados y repetidos ataques contra el Peabody y ”los carniceros de Chicago”, sin salvar a Putnam ni a Bowditch, “quienes, desde lugar seguro, dirigen el saqueo de Chichén por viles secuaces […] uniendo sus instintos de insaciable rapiña con los sentimientos de odio y envidia contra otros exploradores por sus grandiosos descubrimientos […]”.124 El grueso de las denuncias sobre las actividades predatorias del excónsul y de sus “secuaces” provenían de las observaciones que Maler había hecho en la visita de 1906, en la comitiva del ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, Justo Sierra, y en la que decía haber constatado el desastre que Thompson había producido en Chichén Itzá con sus actividades. Las destrucciones, mutilaciones y desmanes practicados por el agente del Peabody (incluyendo el libre pastar de su ganado entre las ruinas y dentro de los propios monumentos),125 decía nuestro autor, en un acceso innegable de autoestima, buscaban borrar el intenso trabajo que él mismo había realizado en Chichén Itzá en 1891 y 1893, pues la nueva visita había permitido comprobar la completa desorganización del sitio llevada a cabo por el entonces cónsul estadounidense. Una acción, decía el autor del panfleto, basada “en el odio implacable que el desequilibrado Thompson profesa a Teoberto Maler a causa de sus numerosos descubrimientos hechos en la Península de Yucatán y, sobre todo, por las magníficas fotografías y los planos arquitectónicos con que da a conocer al mundo científico los resultados de sus arriesgadas expediciones”.126 Los ataques incluían con detalle al cómplice de Thompson, el malogrado Santiago Bolio.127

Al parecer, la gota de agua que hizo derramar la indignación de Maler fue la noticia de la Revista de Mérida sobre las nuevas pretensiones de empresario turístico del excónsul, pues el libelo iniciaba manifestando extrañeza por el pedido y descartando la pretensión de que las ruinas de Chichén Itzá “cayesen en terrenos de la pequeña finca, abandonada, que ha adquirido por aquel rumbo, indudablemente con malas intenciones”.128 El argumento continuaba recordando que los monumentos que serían el centro de atracción de la empresa del excónsul eran “propiedad de la Nación y no del señor Thompson o hacendado alguno”, y que los terrenos que él reclamaba para sus plantíos eran en realidad ejidos del pueblo de Pisté. La envidiosa competencia arqueológica salía a relucir luego en las primeras líneas, en las que Maler, escondido tras su pseudónimo, se refería a sí mismo en altos tonos:

¡Mil millones de pesos se necesitarían en nuestra época -sin recursos mayores y sin gente- para levantar un Chichén-Itzá, en todo su esplendor…! ¿Y en cuánto le vendieron a Thompson -hará una veintena de años- aquella hacienda quemada y abandonada […] que unos inexpertos jóvenes habían adquirido de su pretendido dueño? ¡Algunos dicen que por dos o trescientos pesos…! / Siempre hemos tenido la venta de Chichén a Thompson como un // acto de la más grande inconveniencia y en extremo antipatriótico…! Por dos o trescientos pesos, y aunque fuesen dos o tres mil, no vende uno una Ciudad que constituye la gloria de la América antigua a un vil extranjero para explotarla y arruinarla. Y menos comete uno semejante disparate en momentos en que los grandiosos descubrimientos de Teoberto Maler y sus magníficas fotografías y planos por el mundo entero habían llamado la atención sobre la antigua civilización de la Península de Yucatán, y comenzaban a afluir miles de turistas de todos los países del Globo […].129

El verdadero propósito del libelo parecía buscar impedir una nueva y suprema afrenta -que Thompson aprovechara las ruinas de Chichén Itzá para construir un resort- cuestionando la legitimidad de la propiedad de la hacienda y elaborando un detallado recuento de la devastación cometida por el agente del Peabody Museum, cuyos antecedentes se trazaban hasta la década de 1880. Como lo había hecho con anterioridad, Maler atribuía el nombramiento de un inspector y conservador de las ruinas de Yucatán al “escándalo” provocado por las excavaciones de “atrevidos explotadores americanos encabezados por aquel Thompson” en Labná y Uxmal. A partir de allí, el documento se convertía en un devastador alegato de los daños irreparables hechos a las ruinas por las acciones del excónsul, en particular por sus operaciones dirigidas a sacar moldes de los monumentos “con densas capas de papel, estopa y engrudo de harina”,130 y otros procedimientos igualmente dañinos, muchos de ellos destinados, en la versión del autor del panfleto, a destruir intencionalmente vestigios pictóricos, diligentemente copiados de antemano por Bolio, para mantener el monopolio del saber sobre Chichén Itzá.131 Es decir, como ya lo había hecho en otras ocasiones, Maler acusaba a Thompson de haber modificado la escena del crimen en cada uno de los lugares en que había actuado. Al tiempo que reclamaba una y otra vez sobre las “mutilaciones” que Bowditch y Putnam habían practicado sobre “las magníficas publicaciones de Teoberto Maler”,132 y las igualaba con los destrozos practicados en las ruinas por los “‘fellows’ del Peabody Museum”, el documento narraba el hallazgo de la draga (“una patibularia maquinaria de fierro”) durante la visita de Sierra y Batres a Chichén Itzá; describía su funcionamiento y sus efectos: “Con tanta brutalidad trabajaba la máquina diabólica del Peabody Museum, que los más objetos, ya frágiles por sí, se despedazaban”, y se mofaba de las engañosas respuestas de Thompson sobre lo encontrado en el fondo del cenote (“sólo salieron pedazos de huesos y de trastes de barro”).133 Se refería también a la exploración subacuática, proporcionando informaciones que no constan de ninguna otra fuente, como la de que la tarea estuvo a cargo de “una cuadrilla de buzos noruegos” (y no griegos), “los patos-zambullidores”, que habrían sacado grandes cantidades de objetos de oro del fondo del cenote, valuados por “Americanos, venidos de Boston” en más de medio millón de pesos de la época.134 El documento terminaba donde había comenzado, discutiendo la validez de la propiedad del excónsul sobre Chichén, yurgiendo a que se examinara la legalidad del acta de la venta de la hacienda, que era probable que se hubiera realizado con base en “‘títulos’, indudablemente caducos y dudosos en todos sentidos, en posesión de los Sosa de Valladolid”. En todo caso, si la anulación judicial de la venta era improbable, Maler exigía que tanto las ruinas como la hacienda fueran rodeadas por “una fuerte cerca de alambre” que impidiera el contacto de unas con la otra y, en última instancia, poner preso a Thompson y confiscarle la hacienda, una vez que ni él ni la institución que lo empleaba irían a pagar los cuantiosos daños ocasionados al patrimonio yucateco.135

Thompson acusó el golpe a mediados de 1912, en un momento delicado pues las nuevas autoridades del estado, partidarias del movimiento revolucionario que había llevado a Francisco I. Madero al poder, no participaban de los esquemas del excónsul. Al contrario, enteradas de las denuncias hechas por “Adonai”, emitieron decretos que congelaban todo y cualquier trabajo en las ruinas yucatecas, lo que hizo que Thompson suspendiera sus excavaciones y asumiera un bajo perfil a la espera de restablecer sus influencias con el nuevo gobierno. Unos meses después, el incombustible excónsul le había dado la vuelta a la situación (o así decía): “Tengo el agrado de decir que pude contrarrestar la impresión que Maler dejó entre las autoridades en México, y que ahora estoy en mejores condiciones que antes, ya que cuento con una autorización por escrito para emprender prácticamente todo lo que me interese en la línea que ahora me ocupa”.136

La revolución cierra el capítulo

El 29 de julio de 1913, en uno más de sus viajes veraniegos a Nueva Inglaterra, Thompson le escribió una misiva a William J. Bryan, secretario de Estado, en la que se ofrecía de manera implícita para organizar un levantamiento maya contra el gobierno de México en el contexto del agravamiento de las tensiones entre ambos países (“el problema actual e inminente con México”) por causa del movimiento revolucionario mexicano:

Si hubiera una intervención en México, armada o de otro tipo, la gente del sur de México, Yucatán-Campeche, será probablemente un factor de relevancia, como lo son los yaquis de Sonora. Sé que alguna vez tuve influencia sobre estos pueblos como quizá ningún // otro hombre blanco haya tenido […] mi largo periodo de servicio como Cónsul estadounidense me ha curado de deseo alguno de tener un puesto permanente como funcionario. Soy, no obstante, antes que cualquier cosa, ciudadano estadounidense y, como tal, si se me convoca a dar servicios en cualquier puesto adecuado // dentro de mi esfera de influencia conocida, responderé con presteza y lealtad […].137

En efecto, en ese año de 1913 la Revolución llegaba a las tierras mayas afectando ranchos y haciendas de compañías estadounidenses madereras y chicleras, sobre todo en Campeche, en las proximidades de la frontera con Guatemala. El hotel para turistas que Thompson había construido para redondear sus negocios arqueológicos había funcionado apenas unos meses y en noviembre de 1913 se encontraba ya cerrado, “debido a las condiciones existentes”.138 A fines de 1914 la hacienda Chichén fue asaltada y saqueada por uno de los bandos ligados al torbellino revolucionario, obligando al excónsul a cancelar una temporada de conferencias en Estados Unidos programada para los meses de verano de 1915 y permanecer en sus tierras con el intuito de prevenir nuevos ataques a sus propiedades, lo que no impidió que ese año parte de sus plantíos fueran destruidos.139 La revolución cerraba así, definitivamente, el capítulo de los Bostonians en Yucatán y dejaba en suspenso, por lo pronto, la entrada en acción de la nueva potencia estadounidense en el “área maya”, la Carnegie Institution de Washington, que en 1914 haría una tímida e infructuosa aproximación al gobierno de Huerta para establecerse en Yucatán.

Siglas

AAS

American Antiquarian Society Archive, Salisbury Papers, Worcester, Mass., E. U.

AGN, SJIP

Archivo General de la Nación, fondo Secretaría de Justicia e Instrucción Pública, Ciudad de México, México.

AGN, SIPBA

Archivo General de la Nación, fondo Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes, Ciudad de México, México

AHINAH

Archivo Histórico Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1a. Serie de Papeles Sueltos, Ciudad de México, México.

AMNH

American Museum of Natural History, Nueva York, E. U.

CIW

Carnegie Institution of Washington, Carnegie Administrative Files, Edward H. E. U. Thompson Correspondence, 1911-1934, Washington, D. C., E. U.

CIW, CAF

Carnegie Institution of Washington, Carnegie Administration Files, Edward H. Thompson, Correspondence 1911-1934, Washington, D. C., E. U.

NARA

National Archives and Records Administration, Washington, D. C., E. U.

PMA

Peabody Museum Archives, Cambridge, Mass, E. U.

PMA, PMDR

Peabody Museum Archives, Peabody Museum Director’s Records, Cambridge, Mass, E. U.

PMA, FWPR

Peabody Museum Archives, Frederick W. Putnam Records, E. U.

POE de Yucatán

Diario Oficial, agosto-octubre de 1910.

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1Véase Palacios, “Los Bostonians” y “El cónsul Thompson”.

2Como se recordará, el núcleo de los Bostonians estaba formado por Stephen Salisbury III, presidente de la American Antiquarian Society; Charles P. Bowditch, un financiero apasionado por la escritura “maya”, y Frederick W. Putnam, curador en jefe del Peabody Museum de Harvard University. Para mayores detalles véase Palacios, “Los Bostonians”, pp. 119-125.

3H. W. Thompson, People of the Serpent, pp. 269-270. Burnhouse simplifica el esquema y afirma que el dragado del cenote fue financiado por dos de los Bostonians, Salisbuy y Bowditch, sin mencionar sus instituciones. Burnhouse, In Search of the Maya, p. 185. De hecho, todo indica que la mayor parte de los recursos que financiaron las aventuras de Thompson, como las de Teoberto Maler y otros, salieron de los bolsillos particulares de Salisbury y Bowditch.

4Putnam a Bowditch. Boston, 13 de octubre de 1903. PMA, C. P. Bowditch Correspondence 1904-1909, box 12, folder 140. Putnam añadía una extraña frase sobre la cual me extenderé más adelante: “Me da gusto que su underground railroad funcione nuevamente […]”. La traducción de todas las citas es de Lucía Raya.

5Willard, The Sacred Well, p. 104.

6Alfred M. Tozzer Diary 1903-1905, PM, Tozzer Library, Harvard University. Fl. 106 (en adelante Tozzer Diary). La entrada puede ser del 8 de abril pues Tozzer menciona la partida de Cole al día siguiente. Coggins, una autoridad en el dragado del cenote sagrado, data el inicio de los trabajos en el cenote el 5 de marzo de 1904. Coggins, “Dredging the Cenote”, p. 9. El propio Thompson, quien no menciona en su autobiografía la fecha exacta del inicio de las operaciones, sí da los primeros días de ese mes como el momento de arranque. Thompson, People of the Serpent, p. 171.

7En 1910 Cole publicó un artículo sobre sus experiencias profesionales en Yucatán, durante breves estancias en Progreso, Mérida e Izamal, “y casi dos meses en Chichén Itzá”. Véase Cole, “The caverns”. Una apreciación crítica de su experiencia en contraste con la narrativa de Thompson sobre los primeros hallazgos puede verse en Coggins, “Dredging the Cenote”, pp. 13, 16.

8Tozzer Diary, Mérida, entradas del 15 y 16 de abril; Chichén, entrada del 19 de abril; Progreso, entrada del 1º de mayo; Steamer Vigilancia, entrada del 2 de mayo, ff. 106-107, 110, 122-123.

9Alfred M. Tozzer, “Letters from the Field”. PMA, Tozzer Library, Harvard University (de ahora en adelante Tozzer “Letters”). Carta XXVIII, Chichén Itzá, 20 de abril de 1904.

10Thompson a Putnam. Progreso, 25 de marzo de 1904; Thompson a Putnam. Chichén, 30 de marzo de 1904. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 8.

11Thompson to Bowditch. Progreso, 12 de marzo de 1904. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 8.

12Thompson a Bowditch. Chichén, 30 de marzo de 1904. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 8.

13Thompson a Putnam. Chichén, 12 de abril de 1904. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 8. El subrayado corresponde a mayúsculas en el original. Sobre la Breton en Chichén, véase Palacios, “El cónsul Thompson”, pp. 225-232.

14Tozzer, “Letters”, Mérida, 17 de abril de 1904. Tozzer Diary 1903-1905. Sobre las difíciles relaciones entre Tozzer y el cónsul véase Palacios, “El Cónsul Thompson”, pp. 243-251.

15Tozzer Diary, fl. 106.

16Tozzer, “Letters”, Carta XXVIII. Chichén Itzá, 20 de abril de 1904.

17Véanse Palacios, “Los Bostonians”, pp. 150-151 y “El cónsul Thompson”, pp. 194-196.

18Sobre esas providencias legales, las leyes de 1896-1897, véase Palacios, Maquinaciones.

19Tozzer, angustiado con la posibilidad de que el gobierno mexicano echara a perder la operación, había anotado: “Por suerte uno de los baúles con los hallazgos ha abandonado el país a salvo, de modo que nos sentimos más tranquilos”. Tozzer, “Letters”, Carta XVIII, Chichén Itzá, 20 de abril de 1904.

20Thompson a Putnam. S.S. Monterrey, Off Progreso, s. f. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 8.

21Thompson a Bowditch. Chichén, 27 de abril de 1904. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 8.

22Putnam a Bowditch. Boston [¿octubre?] de 1903. PMA, C. P. Bowditch Correspondence, 1904-1909. En la carta, en la que Putnam se congratula (“I am glad his underground railroad is working again”), se mencionan fechas de septiembre de 1903.

23Sobre el sistema original véase, entre otros, Buckmaster, Let My People Go.

24Burnhouse confirma el método hormiga: “Thompson a menudo solicitaba a los científicos estadounidenses de visita en el país que llevaran consigo pequeños paquetes de artefactos al Museo Peabody, donde se almacenarían para estudios futuros y estarían a salvo de la mirada pública”. Burnhouse, In Search of the Maya, p. 186.

25Thompson a Bowditch. Chichén, 27 de abril de 1904. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 8. Sin embargo, para darle a la metáfora un poco de carnalidad, resulta que en 1926, durante las diligencias de la denuncia formal del gobierno mexicano contra Thompson por el saqueo del Cenote Sagrado, Juan Martínez Hernández, ex Inspector y Conservador de las Ruinas en Yucatán (1913), “dice cómo se extrajeron los objetos de forma clandestina en el ferrocarril express de los Ferrocarriles Unidos de Yucatán, declarándolos como fruta en cajas de madera […]”. Expediente 11/1926/Poder Judicial de la Federación/Juzgado I de Distrito/Ramo Penal/1926. Mérida, Yuc., en Casa de la Cultura Jurídica, SCJ, Mérida, Yuc., fj. 88anv. Hay otras declaraciones semejantes.

26Mérida, entrada del 17 de abril de 1904. Tozzer Diary 1903-1905, fl. 107; Tozzer, “Letters”. Carta XVIII, Chichén Itzá, 20 de abril de 1904.

27Mérida, entrada del 17 de abril de 1904; Tozzer Diary 1903-1905, Chichén Itzá, entrada del 20 de abril de 1904, fl. 110.

28Tozzer, “Letters”. Carta XVIII, Chichén Itzá, 20 de abril de 1904. Subrayado en el original.

29Dzitás. 1º de mayo de 1904. Tozzer Diary 1903-1905, fl. 121. No hay ninguna prueba concreta de que el estatuto oficial de cónsul haya sido determinante para garantizar la facilidad con la que piezas de gran valor —y en gran cantidad— hayan salido del país. Más bien, en toda la documentación al respecto campea la idea de un Thompson amigo de todos los funcionarios de la cadena que debería vigilar el contrabando, desde el mismísimo conservador de los monumentos hasta, casi siempre, los empleados de la aduana.

30Mérida, entrada del 2 de mayo de 1904. Tozzer Diary 1903-1905, fl.122.

31Steamer Monterrey. Entradas de 3 y 4 de mayo. Tozzer Diary 1903-1905, fls. 122-123.

32Tozzer. “Letters”. Carta XVIII, Chichén Itzá, 20 de abril de 1904. La carta abre con esa fecha, pero se extiende por varias páginas en las que se relatan acontecimientos que naturalmente son posteriores y llegan hasta inicios de mayo, sin que conste la fecha exacta de lo narrado. Browman y Williams, apoyados en M. McVicker (2005), deducen que la instrumentación de Tozzer como contrabandista al servicio de Thompson y de sus envíos a Harvard habría llevado al primero (¿arrepentido?) a convencer al Peabody Museum para suspender el apoyo a Thompson. Browman y Williams, Anthropology at Harvard, p. 121.

33Véase Coggins, “Dredging the Cenote”, pp. 12-13.

34Bowditch a Putnam. Boston, 17 de mayo de 1904. PMA, C. P. Bowditch Correspondence 1904-1909, box 13, folder 141. Ciertamente es notable la falta de referencias en la correspondencia de esos días al tesoro del cenote descrito por Tozzer en la carta XVIII. Thompson to Putnam. Progreso, 30 de mayo de 1904, 14 fls. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 8.

35Bowditch a Putnam. Boston, 1º de junio de 1904. PMA, C. P. Bowditch Correspondence 1904-1909, box 13, folder 141.

36Antonio Mediz Bolio, “Restos Humanos sacados del Cenote de los Sacrificios en Chichén”. Mérida, abril de 1904. Recorte de periódico sin referencia (probablemente la Revista de Mérida), enviado como anexo a Bowditch a Putnam. Boston, 19 de mayo de 1904. PMA, C. P. Bowditch Correspondence 1904-1909, box 13, folder 141.

37Putnam a Thompson. Cambridge, Mass., 16 de mayo de 1904. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 8.

38“Denuncia”, en El Peninsular, Mérida (20 mayo 1904). Hasta el momento no se ha podido localizar la acción de S. Bolio en el circuito judicial de Mérida.

39Thompson a Salisbury. Progreso, 29 de mayo de 1904. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 8. Subrayados en el original.

40Thompson a Putnam. Progreso, 30 de mayo de 1904, 14 fls. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 8.

41Bolio a Secretaría de Justicia e Instrucción Pública. Mérida, 17 de mayo de 1904. AGN, SJIP, c. 150, exp. 50.

42Bolio a Secretaría de Justicia e Instrucción Pública. Mérida, 17 de mayo de 1904. AGN, SIPBA, c. 150, exp. 50.

43Sobre la feroz animadversión que Teoberto Maler sentía por Thompson, véase Palacios, “El cónsul Thompson”, pp. 252-267.

44Bolio a Secretario de Justicia e Instrucción Pública. Mérida, 19 de septiembre de 1904. AGN, SIPBA, c. 150, exp. 50.

45Thompson a Bowditch. Chichén, 15 de junio de 1904; Thompson a Bowditch. Progreso, 1º de julio de 1904; Thompson a Miss Mead. Progreso, 8 de agosto de 1904; Thompson a Mead. Progreso, 13 de agosto de 1904. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 9. Este último cargamento incluía “implementos musicales” e iba consignado a la exportadora de henequén Henry W. Peabody, en Boston.

46Carta a la que le falta la primera página. Lo citado está en la foja 4. Putnam a Thompson [¿Cambridge?, ¿junio de 1904?]. PM, PMDR, FWPR, box 4, folder 9.

47Thompson a Bowditch. Progreso, 1º de julio de 1904. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 9.

48Thompson a Bowditch. Chichén, 2 de octubre de 1904. PMA, C. P. Bowditch Correspondence 1904-1909.

49Bowditch a Putnam. Boston, 28 de octubre de 1904. PMA, C. P. Bowditch Correspondence 1904-1909.

50Thompson a Bowditch. Chichén, 6 de noviembre de 1904. PMA, C. P. Bowditch Correspondence 1904-1909.

51Thompson a Salisbury. Progreso, 5 de noviembre de 1904. PMA, Letters E. H. T. to C. P. B., 1901, 1900-1903, box 1, folder 4.

52Thompson a Salisbury. Chen Ku, 1º de marzo de 1905. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 10. Anexa a la carta está una relación de dos hojas de objetos “que pueden ser de oro” y otra de piezas comprobadamente de ese metal: “oro puro y aleaciones de oro”. Subrayados en el original.

53Bowditch a Putnam. Boston, 27 de diciembre de 1904. PMA, C. P. Bowditch Correspondence 1904-1909.

54Thompson a Bowditch. Progreso, 17 de diciembre de 1904. PMA, C. P. Bowditch Correspondence 1904-1909. Bolio recibía de hecho un salario mensual de Thompson. Subrayados en el original. Sobre las relaciones entre ambos véase Palacios, “El cónsul Thompson”.

55Thompson a Putnam. Sacred Cenote, 8 de marzo de 1905. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 11.

56Thompson a Putnam. Brink of the Chen Ku. 10 de abril de 1905. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 10.

57Sobre Le Plongeon véase Desmond, “Augustus Le Plongeon”; Desmond y Messenger, A Dream of Maya; Palacios, “Los Bostonians”, passim.

58Thompson a Salisbury. Chen Ku. 11 de abril de 1905. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 10. Tanto en esta carta como en otra de la misma fecha que le escribe a Bowditch menciona la necesidad de encuentros cara a cara “for I have much to say that cannot now be written”.

59Bolio a SIPBA . Mérida, 14 de julio de 1905. AGN, SIPBA, c. 151, exp. 3.

60Thompson a Bowditch. Brink of the Sacred Cenote, 11 de abril de 1905. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 11.

61Bolio a secretario de SIPBA. Mérida, 14 de julio de 1905. AGN, SIPBA, c. 151, exp. 3.

62Véase Nathaniel Paine, “Memoir of Stephen Salisbury”, en Proceedings of the Massachusetts Historical Society, second series, vol. 20 (1906- 1907), pp. 412-419.

63Putnam a Bowditch. Boston, 9 de diciembre de 1905. PMA, C. P. Bowditch Correspondence 1904-1909, box 13, folder 142.

64Bowditch a Thompson. Boston, 20 de septiembre de 1905. Thompson recibiría 2 000 dólares por un año de trabajo (que en realidad se entregaban a su familia en Farmouth, Mass.); Salisbury a Bowditch. Worcester, 25 de septiembre de 1905. PMA, Letters E. H. T. to C. P. B 1905-1909, box 2, folder 11. De diciembre de 1904 a mayo de 1905 los Bostonians habían invertido 2 850 dólares en los trabajos del cenote además de los 2 000 dólares del salario de Thompson (1 999.99 dólares). Bowditch a Salisbury. Boston, 2 de noviembre de 1905; AAS, Salisbury papers, box 52, folder 4, Letters: Central America and C.P. Bowditch’s Estate claims.

65Thompson a Bowditch. Progreso, 15 de diciembre de 1905. PMA, PMDR, FWP, box 4, folder 11. Subrayado en el original.

66Thompson a Bowditch. Progreso, 5 de febrero de 1906. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 12. Sobre la visita de Justo Sierra a Yucatán y a sus sitios arqueológicos, incluido Chichén Itzá, véase Dumas, Justo Sierra, pp. 236-244. Hay una buena descripción de la visita en Coggins, “Dredging the Cenote”, p. 21. Una semblanza romántica del personaje puede consultarse en Mediz Bolio, “El iracundo sabio don Teoberto Maler”, incluido en su A la sombra de mi ceiba, pp. 193-196. Más recientemente, Ignacio Gutiérrez Ruvalcaba publicó un precioso estudio sobre Maler, llamado simplemente Teoberto Maler.

67Thompson había tenido que cumplir necesariamente a rigor sus funciones de representante oficial del poderoso vecino del norte en Yucatán, y había coordinado reuniones con la colonia angloamericana de Mérida para tomar parte en los homenajes al presidente. Thompson a H. D. Price, Ass. Secretary of State. Progreso, 27 de noviembre de 1905. NARA, Records of the Foreign Service Posts of the Department of State, Record Group 84, Merida and Progreso Consular Posts, vol. 8. Hay una simpática y sintética descripción de la vista de Díaz a Mérida y alrededores en Reed, La guerra de castas, pp. 241-242.

68Thompson a Putnam. Chichén, 10 de abril de 1906. PMA, PMDR, FWP, box 4, folder 12. Subrayado en el original. La recepción de las intrigas en Boston/Cambridge fue típicamente flemática: “[…] como su pelea no ha infligido daño alguno a ninguno de nosotros, creo que bien podemos ignorar el tema por completo aquí”. Bowditch a Putnam. Boston, 17 de mayo de 1906. PMA, C. P. Bowditch Correspondence 1904-1909, folder 143. Mediz Bolio, sin mayores referencias, afirma que “Don Justo y sus acompañantes [entre los que señalaba ‘el notable mayista don Juan Martínez Hernández y el sabio don Teoberto Maler’] vieron la draga en cuestión —que estaba ya fuera de servicio— y se enteraron de todos los trabajos // de Thompson, y ni en ese momento ni nunca después hicieron observación alguna”. Mediz Bolio, A la sombra, pp. 189-190. Burnhouse, tal vez apoyado en esa declaración, afirma que la falta de acción de Sierra y Batres ante las exploraciones de Thompson y la draga “solo pueden atribuirse a la indulgencia del régimen de Díaz para con los extranjeros en México”. Burnhouse, In Search of the Maya, p. 187.

69“Muerte violenta de D. Santiago Bolio”, La Revista de Mérida (3 sep. 1906); “La muerte de D. Santiago Bolio. Cómo fue traído el enfermo desde Dzitás”, La Revista de Mérida (6 sep. 1906). Maler, “Chichén”, fs. 28-29, incluye una fría descripción de la penosa agonía y muerte de Bolio. Véase también Sellen, “El último viaje”; Bowditch a Putnam. Boston, 20 de septiembre de 1906. PMA, C. P. Bowditch Correspondence 1904-1909, box 13, folder 143.

70Thompson a Bowditch. Cambridge, Mass., 12 de septiembre de 1906. PMA, Letters EHT a CBP 1905-1909, box 2, folder 11.

71Maler afirma que el nombramiento fue la manera de Justo Sierra de agradecer la hospitalidad de Solís cuando su visita a Yucatán. Maler, “Chichén”, fl. 30 AHINAH.

72Cámara Solís a SIPBA. Mérida, 15 de octubre de 1906. AGN, SIPBA, c. 171, exp. 4.

73Thompson a Bowditch. Chen Ku, 7 de marzo de 1906. PMA, PMDR, FWP, box 4, folder 12.

74Andrés Cámara Solís a secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes. Mérida, 7 de noviembre de 1906; subsecretario de Instrucción Pública y Bellas Artes a Cámara Solís. México, 28 de noviembre de 1906. AGN, SIPBA, c. 151, exp. 3.

75Bowditch a Putnam. Boston, 17 de mayo de 1906. PMA, C. P. Bowditch Correspondence, 1904-1909, box 13, folder 143.

76Thompson a Putnam. Sacred Cenote. 5 de febrero de 1907. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 13.

77Thompson a Justo Sierra. Mérida, 11 de marzo de 1907. AGN, SIPBA, c. 152, exp. 56.

78Sobre la International School of American Archaeology and Ethnology hay una abundante bibliografía, desde el clásico Godoy, “Franz Boas” hasta los recientes trabajos de M. Rutsch. En 1915, el propio Boas publicó un resumen de las actividades de la Escuela desde su fundación hasta 1914. Véase Boas, “Summary of the Work”. Véase también Swanton, “Anthropologic Miscellanea”, pp. 540-541.

79Bowditch a Putnam. Boston, 6 de diciembre de 1906. PMA, C. P. Bowditch Correspondence 1904-1909, box 13, folder 143.

80Bowditch a Putnam. Boston, 6 de diciembre de 1906. PMA, C. P. Bowditch Correspondence 1904-1909, box 13, folder 143.

81Putnam a Bowditch [Cambridge, Mass.] [diciembre de 1906]. Para enero de 1907 ambos Bostonians habían diseñado ya los fundamentos del plan que sería sometido a los Trustees de la CIW, temerosos de que el proyecto de la Escuela Internacional, que convocaba a las universidades de Berlín y París, pudiera complicar la entrada de la Carnegie. PMA, C. P. Bowditch Correspondence 1904-1909, box 13, folder 143

82En los primeros días de enero de ese año Bowditch se sorprendió con la idea de que Thompson, habiendo dado por terminados sus trabajos en el cenote, estaba a punto de abandonar toda y cualquier actividad exploratoria para dedicarse a vivir de conferencias. Bowditch a Putnam. 5 de enero de 1907. PMA, C. P. Bowditch Correspondence 1904-1909, box 13, folder 143.

83Thompson a Bowditch. Sacred Cenote, 24 de enero de 1907. PMA, C. P. Bowditch Correspondence 1904-1909, box 13, folder 144.

84A fines de ese año un cónsul inspector plenipotenciario, que reaparecerá más adelante, ratificaba la importancia del consulado: “Por la cantidad de exportaciones, esta es una de las oficinas más grandes de América del Norte. En cuanto a las importaciones, las cifras muestran que Yucatán es un mercado digno de atención”. G. Murphy, Consul at Large, a Secretary of State. Washington, 20 de diciembre de 1907; Thompson a Assistant Secretary of State, Progreso, 1º de noviembre de 1907, en NARA, Numerical and minor files of the Department of State 1906-19010, M862D, rollo 527.

85Los Ferrocarriles Centrales Unidos de Yucatán eran un emprendimiento propiedad de un grupo opuesto a la oligarquía de los Molina y sus asociados angloamericanos, encabezado por la familia Escalante. Precisamente en 1907 Ferrocarriles Centrales Unidos de Yucatán quebró siguiendo la bancarrrota de la casa Escalante, y el 1º de septiembre los molinistas tomaron control de la compañía. Wells y Joseph, Summer of Discontent, p.107.

86Thompson a Putnam. Sacred Cenote, 20 de marzo de 1907. PMA, PMDR, FWP, box 4, folder 13. Sobre la coyuntura exportadora de esos años véase Joseph, Revolución desde afuera, pp. 76-8, Kuntz, Las exportaciones mexicanas.

87Thompson a Putnam. Sacred Cenote. 20 de marzo de 1907. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 13.

88Roland B. Dixon y Alfred Tozzer a Robert Bacon, Ass. Secretary of State. Cambridge, 2 de marzo de 1907. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 13. Sobre la campaña de 1893 (fracasada) véase Palacios, “Los Bostonians”, pp. 174-177; sobre la de 1897, Palacios, “El cónsul Thompson”, pp. 194-196.

89Bacon a Dixon y Tozzer. Department of State, Washington, D.C., 27 de marzo de 1907. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 13.

90Carta sin firma, destinatario, lugar ni fecha. Anexa a [Mead] a Thompson. [Cambridge], 4 de abril de 1907. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folio 13. No se ha podido corroborar la afirmativa de que los Escalante eran propietarios de la Ward Lines.

91Dixon y Tozzer a Robert Bacon, Ass. Secr. State [Cambridge, Mass.], 8 de abril de 1907. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 13.

92Bacon a Dixon y Tozzer. Washington, 13 de abril de 1907. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 13.

93Murphy a Secretary of State. [Washington], 20 de diciembre de 1907. NARA, Dispatches from US Consuls in Merida and Progreso, 1906-1912, RG 59, MP862.

94Francis H. Mead a Putnam. Cambridge, Mass., 13 de mayo de 1907. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 13.

95Thompson a Bowditch. Progreso, 1º de mayo de 1907. NARA, Records of the Foreign Service Posts of the Department of State, Record Group 84, Merida and Progreso, Mexico, Consular Posts, vol. 8.

96En efecto, hay un agradecimiento a los “amigos del Museo” por haber intercedido para que no lo sacaran del consulado. Thompson a Bowditch. Progreso, 1º de mayo de 1907. NARA, Records of the Foreign Service Posts of the Department of State, Record Group 84, Merida and Progreso, Mexico, Consular Posts, vol. 8.

97Thompson a Bowditch. Chichén, 1º de julio de 1907. PMA, Letters E. H. T. a C. P. B. 1905-1909, box 2, folder 11. Al final de la carta Thompson informa que está por vender algunas de sus tierras para pagar los adelantos que Bowditch le ha hecho.

98Thompson a Ass. Secret of State. Progreso, 16 de marzo de 1909. NARA, Record Group 84, Merida and Progreso Consular Posts, vol. 13.

99Rutsch, Entre el campo y el gabinete, pp. 239-240.

100Thompson a Tozzer. Mérida, 24 de octubre de 1921. Citado en Coggins, “Dredging the Cenote”, p. 24.

101Thompson a Putnam. Chichén, 8 de abril de 1909. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 13.

102Thompson a Putnam. Progreso, 22 de mayo de 1909. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 13; mismo comunicado a Bowditch en Thompson a Bowditch. Mismo lugar y fecha. PMA, Letters E. H. T. a C. P. B. 1905-1909, box 2, folder 11. Las descripciones noveladas de las exploraciones submarinas pueden consultarse en Willard, The City of the Sacred Well, pp. 122-131, que las acompaña con una relación de los tesoros encontrados; también en Thompson, People of the Serpent, pp. 280-289.

103Thompson a Putnam. Telegrama. Mérida, 28 de mayo de 1909. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 13.

104Putnam a senador H. Cabot Lodge. Draft. Cambridge, Mass., 31 de mayo de 1909. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 13.

105Cabot Lodge a Putnam. Washington, D. C., 4 de junio de 1909; Putnam a Thompson. Cambridge, Mass., 4 de junio de 1909. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 13.

106Thompson a Assistant Secretary of State. Progreso, 2 de junio de 1909. NARA, Record Group 84, Merida and Progreso Consular Posts, vol. 18.

107Wilson, Acting Secretary, a Senator Henry Cabot Lodge. Washington, 4 de junio de 1909. Cabot Lodge a Putnam. Washington, 5 de junio de 1909. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 13.

108Thompson a Putnam. Sacred Cenote, 28 de junio de 1909. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 13.

109Bowditch a Putnam. Boston, 1º de junio de 1909. PMA, C. P. Bowditch Correspondence 1904-1909, box 13, folder 146. Sobre el vínculo con el AMNH véase Thompson a Woodward, Dzitás, s. f. [fecha de recepción en la CIW, 18 de diciembre de 1914], en CIW, CAF, Edward H. Thompson, Correspondence 1911-1934, box 4, folder 16.

110Thompson a Bowditch. Cambridge, 25 de octubre de 1909. PMA, Letters E. H. T. a C. P. B. 1910-1912, box 1, folder 6.

111Austin a Putnam. Boston, 8 de abril de 1911. PMA, Letters E. H. P. a C. P. B. 1910-1912 [1905-1946], box 1, folder 6. Subrayado en el original.

112Thompson a Bowditch. Cambridge, 5 de noviembre de 1909. PMA, Letters E. H. T. a C. P. B. 1910-1912, box 1, folder 6; Mark, Four Anthropologists, p. 50.

113Thompson a Bowditch. Chichén, 13 de enero de 1910. PMA, Letters E. H. T. a C. P. B. 1910-1912, box 1, folder 6. La misma carta existe, mecanoescrita, en PMA, C.P. Bowditch Correspondence 1910-1918, box 14, folder 147. Sobre Hewett y la SAR véase Chauvenet, Hewett and Friends.

114“This agreement made […]”. Boston, 15 de noviembre de 1909. PMA, Letters E.H.T. a C.P.B. 1910-1912, box 1, folder 6. Thompson a Bowditch. Cambridge, 10 de noviembre de 1909. PMA, Letters E.H.T. a C.P.B. 1910-1912, box 1, folder 6.

115Thompson a Bowditch. Chichén, 13 de enero de 1910. PMA, C. P. Bowditch Correspondence 1904-1909, box 14, folder 147.

116Thompson a Putnam. Citas [sic], Chichén, 23 de junio de 1910. PMA, PMDR, FWPR, box 4, folder 13. Papel timbrado con una reproducción del Castillo de Chichén Itzá.

117Thompson a Bowditch. Chichén, 3 de julio de 1910. PMA, Letters E.H.T. a C.P.B. 1910-1912 [1905-1946], box 1, folder 6. Sobre el rompimiento de Bowditch con Morley por causa de rivalidades en torno a la interpretación de inscripciones mayas, véase, entre otros Thompson, “1914: La Carnegie Institution”.

118La relación incluía “[…] más de 200 piezas de jades perfectos, incluyendo cuentas y pendientes. / Hay más de ochenta especímenes de cobre y cobre-oro trabajados […]. / Los objetos de oro sólido suman más de noventa, muchos de los cuales son enormes […]. Entre estos especímenes se encuentra una bola o gran pelotilla de terracota chapada en oro”, etc. Thompson a Bowditch. West Falmouth, 29 [?] de agosto de 1910. PMA, Letters E.H.T. a C.P.B. 1910-1912 [1905-1946], box 1, folder 6.

119Thompson a Bowditch. PMA, Letters E. H. T. a C. P. B. 1910-1912 [1905-1946], box 1, folder 6. Morley estuvo ligado a Hewett y a la SAR entre 1908 y 1914, cuando, con las puertas de Harvard y del Peabody cerradas por su conflicto con Bowditch, se transfirió a la Carnegie Institution of Washington. Weeks, The Carnegie Maya, p. 8.

120POE de Yucatán, Diario Oficial, 24 de agosto de 1910, p. 7; 7 de octubre de 1910, p. 2.

121POE de Yucatán, Diario Oficial, 21 de septiembre de 1910, p. 2.

122POE de Yucatán, Diario Oficial, 20 de octubre de 1910, p. 7.

123El mecanoescrito tiene por título, simplemente, “Chichén” y está firmado por “Adonai, Ángel Rebelde”. Los catalogadores del fondo donde se encuentra lo identificaron, para efectos de su archivamiento, como “Denuncia hecha contra Edward H. Thompson y Santiago Bolio por la destrucción y saqueo de las tumbas y ruinas mayas, en lugares como Labná, Uxmal, Xkichnol, Chacmultun, Chichén-Itzá, Mayapan y otros lugares. Adonai, Ángel Rebelde. Mérida, 1911”. AHINAH, 1a. Serie de Papeles Sueltos, leg. 1-B, doc. 2. Se trata de un original bastante maltratado en sus últimas tres páginas. Hay otro ejemplar, con una paginación diferente (63 pp.) y en perfecto estado, en la Tozzer Library del Peabody Museum, Harvard University, que parece ser una copia moderna del original de 1911, y que habría sido reproducida y circulada después del escándalo que llevó al proceso judicial contra Thompson (1926). En ella aparece el verdadero nombre de “Adonai” y lleva el siguiente título: “Apuntes históricos sobre la destrucción de las ruinas mayas de Yucatán, y los culpables de ella, escritos por Teoberto Maler. Mérida, Yucatán, México, 1928”. Sin embargo, el cotejo de ambos ejemplares mostró agregados en el documento de 1928 que no constan en el de 1911 (además de pequeñas correcciones sintácticas, actualizaciones ortográficas y la curiosa insistencia en grafiar el nombre del autor como ‘Maller’), razón por la cual se optó por usar la primera versión. El documento será citado como Maler, “Chichén”, remitiendo a la paginación (manuscrita y a lápiz) del ejemplar de 1911. Agradezco a mi colaboradora Natalya Leite el cuidadoso cotejo de las diversas versiones del manuscrito.

124Maler, “Chichén”, fl. 13. Es incierta la fecha en la que Maler deja de ser financiado en sus investigaciones por los Bostonians y por el Peabody Museum, aunque algunas fuentes indican el año de 1909 como el del término de la relación laboral, cuando Maler ya debía estar con 67 años. Para una biografía sintética, véanse Graham, “Exposing the Maya”; Gutiérrez Ruvalcaba, Teoberto Maler.

125Maler, “Chichén”, fl. 20.

126Maler, “Chichén”, fl. 10.

127Maler, “Chichén”, fl. 30.

128Maler, “Chichén”, fl. 1.

129Maler, “Chichén”, fls. 1-2.

130Maler, “Chichén”, fl. 4. El daño provocado por esa técnica de moldeo está confirmado en Coggins, “Dredging the Cenote”, p. 11.

131Maler, “Chichén”, fl. 8.

132Maler, “Chichén”, fl.23. Acusaciones semejantes en fls. 32, 33, 36, etcétera.

133El asunto de la draga está tratado entre los folios 22 y 28.

134En este pasaje está una de las principales diferencias entre los dos documentos mencionados. El de 1928 inserta un párrafo que no consta en el de 1911. Refiriéndose al “medio millón de pesos”, agrega: “de los cuales acaso sólo una décima parte (¡y gracias!) llegó a manos de Bowditch y Putnam, cuyos nombres, en cambio, quedaron inmortalizados con tanto disparate!… La mayor parte de las preciosidades, según los mismos turistas [?], fue vendida a los millonarios de Nueva York, a donde Thompson violentamente se había ido, antes que sus ‘amigos’ en Cambridge y Boston se las hubiesen quitado todas. Lo que, empero, no sabían ni sospechaban, era que en la misma hacienda Chichén una gran parte de los objetos de oro fue fundida apenas salida del Cenote y vendidas // muy en secreto, las barritas de oro a los plateros y dentistas del mismo Mérida, para engordar el Harem del afamado busca-tesoros!… / Tan deplorable destrucción de cosas tan interesantes que ningún ojo científico llegó a ver y nadie ha podido dibujar ni fotografiar, constituye una eterna vergüenza para aquellos yanqui apaches. En Yucatán no hay oro ni metal alguno; ¿de qué países, hechas por qué Naciones, en qué época han llegado las tales prendas a Tláloc? Estas preguntas ya nadie resolverá, gracias a Thompson y sus protectores, los cuales enteramente ofuscados por lo mucho o poco que habían recibido […]”. A partir de aquí el texto se empareja con el del documento de 1911. Maler, “Apuntes históricos”, fls. 42-43.

135Maler, “Chichén”, fls. 44-45.

136Thompson a Bowditch. Chichén, 15 de julio de 1912. PMA, Letters E.H.T a C.P.B. 1910-1912 [1905-1946], box 1, folder 6. Thompson a Bow ditch. Chichén, 4 de septiembre de 1912. PMA, Letters E.H.T. a C.P.B. 1910-1912 [1905-1946], box 1, folder 6.

137Thompson a William J. Bryan. A bordo del Monterrey, 29 de julio de 1913. NARA, General Records of the Department of State, 1763-2000, Applications and Recommendations for Appointment to the Consular and Diplomatic Service, Edward H. Thompson. Hay una corta respuesta agradeciendo su disposición, enviada a Thompson “por medio del Museo Peabody”. Private Secretary a Thompson. Care of Peabody Museum. Washington, 7 de agosto de 1913. Loc. cit.

138Report regarding Americans in the State of Yucatan, Mexico, Consular District of Progreso, Wilbur T. Gracey, consul. Brought up to date of November 4, 1913. NARA, Record Group 84, Merida and Progreso Consular Posts, vol. 13.

139Thompson a Woodward, Dzitás, s. f. [fecha de recepción en la CWI, 18 de diembre de 1914], en CIW, CAF, Edward H. Thompson, Correspondence 1911-1934, box 4, folder 16; Vogenitz [cónsul de Estados Unidos en Progreso] a. Weddell, American Consul General. Progreso, 14 de diciembre de 1926. NARA, Record Group 84, Merida and Progreso Consult Posts, vol. 13; Vogenitz, Vice Consul, a Alexander W. Weddell, American Consul General. Progreso, 14 de diciembre de 1926. NARA, Record Group 84, Merida and Progreso Consular Posts. Ese mismo año de 1914 el consulado estadounidense en Progreso fue víctima de un “ataque por muchedumbre”. Vogenitz a Weddell. Progreso, 14 de diciembre de 1926. NARA, Record Group 84, Merida and Progreso Consular Posts, vol. 13.

Recibido: 16 de Febrero de 2016; Aprobado: 19 de Julio de 2016

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