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Historia mexicana

versión On-line ISSN 2448-6531versión impresa ISSN 0185-0172

Hist. mex. vol.65 no.1 Ciudad de México jul./sep. 2015

 

Reseñas

Rafael Sagredo, Historia mínima de Chile

Francisco Zapata* 

* El Colegio de México. Correo electrónico: zapata@colmex.mx.

Sagredo, Rafael. Historia mínima de Chile. México: El Colegio de México, 2014. 297p. ISBN: 978-607-462-609-4.

Palabras clave: Sagredo; historia mínima; Chile

Keywords: Sagredo; minimum history; Chile

Parte de la nueva colección de El Colegio de México enfocada en la realización de historias mínimas de diversos asuntos, incluyendo la historia de varios países latinoamericanos, como Argentina y Perú (ya publicadas), esta Historia mínima de Chile, escrita por Rafael Sagredo, profesor de la Universidad Católica de Chile, representa un refrescante aporte al debate historiográfico que se ha fortalecido considerablemente en ese país después de 1998.1 En efecto, desde ese año, los historiadores han desarrollado un intenso trabajo de relectura de la historia de Chile, la que había sido deformada durante la dictadura pinochetista. En el Manifiesto se realiza un notable esfuerzo por restituir la veracidad de los hechos históricos en un momento en que los herederos del pinochetismo trabajaban en la relectura de esa historia de acuerdo a sus intereses.

Podemos pensar que esta historia mínima es una nueva manifestación del esfuerzo por dar cuenta en forma panorámica del devenir de ese lejano país del Cono Sur. En efecto, además de narrar los hechos fundamentales desde la época precolombina hasta la actualidad, se introducen algunos temas nuevos relacionados con la cultura, los aportes de algunos notables visitantes como Claudio Gay, Charles Darwin, La Pérouse, cuyas contribuciones al conocimiento de la geografía, la naturaleza y la gente de Chile no siempre forman parte de los textos clásicos, como los de Francisco Encina, Sergio Villalobos o Mario Góngora.

En cada capítulo, se hace referencia a aspectos que van más allá de un enfoque centrado en la evolución política, típica de la historia “oficial”, por ejemplo el desarrollo del sistema educacional, los graves problemas de salud pública que afectaron a la población, las percepciones que tenían los viajeros sobre las mujeres chilenas y otros aspectos de la vida económica y social que pueden alimentar los debates actuales. Ilustra su narrativa de los hechos con referencias a la música popular, al lugar del futbol en la vida cotidiana de los chilenos. En el último capítulo, se relatan los acontecimientos relacionados con lo que el autor denomina “Crisis y recuperación de la democracia”, que abarcan el periodo que se inicia en los años sesenta y setenta [gobiernos de Eduardo Frei Montalva (1964-1970) y Salvador Allende (1970-1973)], la dictadura militar de Augusto Pinochet (1973-1990) y concluye con un balan-ce sobre los gobiernos de la coalición Concertación de Partidos por la Democracia (1990-2010). En suma, no por ser mínima, esta historia de Chile cubre únicamente los temas fundamentales del devenir de dicho país en forma amena y documentada, también incluye una sistemática enumeración de referencias bibliográficas que están tematizadas y actualizadas y que serán muy útiles para quienes deseen profundizar en la historia de Chile.

Esta historia mínima se inicia con una síntesis de las características del desarrollo de ese país desde sus orígenes precolombinos hasta la actualidad. Los primeros capítulos describen lo que fuera la población originaria que habitaba en el territorio de lo que hoy es el desierto de Atacama, sujeta al imperio incaico por largos años. Enfatiza el aislamiento geográfico del territorio cuya localización entre el océano Pacífico y la cordillera de los Andes lo coloca en un espacio remoto que dará origen, según el autor, a una mentalidad marcada por una conciencia de estar al margen del mundo.

Nos informa acerca del turbulento proceso de conquista que enfrentó a Diego de Almagro y Pedro de Valdivia con los araucanos (hoy mapuches) cuya valentía hizo retroceder a los españoles. Durante más de un siglo (1535-1655), la sociedad colonial debió enfrentar la resistencia indígena, por lo que varios gobernadores de la capitanía general fueron militares. Solo a partir de 1655, argumenta Sagredo, el país pudo encontrar cierta tranquilidad. La colonia favoreció el proceso de mestizaje como resultado del impedimento de que las mujeres españolas ingresaran al país y del acercamiento de los colonizadores a las mujeres indígenas. De ahí que desde fines del siglo XVII y durante todo el XVIII, la población de Chile deviniera cada vez más heterogénea.

En un inciso titulado “La hospitalidad como compensación colectiva” (pp. 95-103), Sagredo realiza una digresión sobre las percepciones que tenían algunos visitantes extranjeros acerca de las mujeres con quienes tuvieron la oportunidad de encontrarse. Testimonios de personajes como Amadeo Frezier, George Vancouver o John Byron son citados para ilustrar una visión que seguramente causará escándalo en las mujeres chilenas de la actualidad. En efecto, según Frezier,

[…] los atractivos que la educación da a las españolas de estas latitudes son tanto o más perturbadores cuanto que generalmente van acompañadas de un hermoso porte, son bastante simpáticas, de ojos vivos y lenguaje jovial, gustan de la galantería libre, a la que responden con ingenio y a menudo con un matiz que huele un poco a libertinaje (p. 99).

Agrega Frezier:

[…] las proposiciones que un amante no osaría hacer en Francia sin merecer la indignación de una mujer honesta, muy lejos de escandalizarlas les causan placer, aun cuando estén muy lejos de consentir en ellas, persuadidas de que es la mayor muestra de amor que se les pueda dar, las agradecen como si fuese un honor que se les hace en vez de enfadarse como de una mala opinión que se tiene de su virtud (p. 100).

El autor explica

[…] esa liberalidad de las señoras en razón de que una sociedad tan constreñida como la chilena, que había hecho de la hospitalidad una actitud que marcaba su identidad y que reafirmaba la personalidad de los sujetos que la componían, había entregado esencialmente a las mujeres el papel de atender y agasajar a los viajeros, permitiéndoles conductas que solo durante la ocasional presencia de los viajeros se toleraban (p. 101).

El proceso que llevó a la independencia de España coincide temporalmente con aquellos que tuvieron lugar en Perú y en México. Estuvieron marcados por conflictos bélicos y ­sucesivos intentos de institucionalización por medio de constituciones. Según Sagredo, que reproduce aquí lo que parece ser un consenso­ en la historiografía chilena, ese proceso culminó con el establecimiento de una república autoritaria en la que Diego Portales, personaje reivindicado por los conservadores chilenos e ídolo del régimen dictatorial del general Pinochet, jugó un papel central. El autor identifica a Portales con la construcción de un orden político que se constituyó después de las guerras de independencia y que se prolongó por varias décadas en lo que pasó a denominarse la República Conservadora. Así, a partir de 1833, año de promulgación de la primera de las tres constituciones que ha tenido Chile (1833, 1925 y 1980), el país logró cierta estabilidad económica y política. Esa estabilidad permite contrastar el caso chileno con los de otros países en los que no se logró construir ese orden, que incluso sirvió para justificar la intervención militar en 1973, realizada en nombre de su restauración por parte de las fuerzas armadas y de “orden”.

En los capítulos “La capitalización básica” y “La expansión nacional” (pp. 142-179), el autor presenta un panorama que enfoca la transformación de la estructura económica del país durante la segunda mitad del siglo XIX. De un fuerte predominio del sector agrícola en la primera mitad del siglo se transita a la construcción de una economía en donde las exportaciones jugaron un papel central. De una economía centrada en la producción agrícola para el consumo interno, se transitó hacia el desarrollo de la minería del cobre de alta ley y de la extracción de carbón. Al mismo tiempo, la agricultura se convertía en un sector ligado a la demanda externa de productos alimenticios. Así, el cobre, el carbón y el trigo vincularon a la economía chilena con mercados externos como Inglaterra, Alemania y Estados Unidos. Por su parte, la industria estuvo estrechamente vinculada al sector minero. En paralelo, se expandió la red ferroviaria y se realizaron obras públicas en diversas regiones del país. En ese periodo, la economía chilena experimentó una expansión notable que se explica en gran parte por la intensificación de sus vínculos con los mercados externos.

Según el autor, esa época vio nacer al capitalismo y a la burguesía nacional. Aparecen aquí afirmaciones discutibles (pp. 161-162), como la que afirma que Chile “comenzó la explotación del cobre en gran escala” asociada a la “formación de un dinámico sector empresarial que dio origen a la burguesía nacional”, en circunstancias en que, el cobre explotado y exportado provenía de yacimientos que eran de altísima ley y no necesitaban de inversiones de “gran escala”. Fue solo al inicio del siglo XX, entre 1915 y 1920, cuando la minería del cobre en realidad fue explotada “en gran escala”. En efecto, Joanne Fox (1980) demostró el carácter incipiente de la minería del cobre hasta la llegada del capital estadounidense a principios del siglo XX.2 Por su parte, la denominada “burguesía” estaba circunscrita a empresarios poco numerosos, frecuentemente más identificados con la especulación que con la inversión productiva, por lo que es difícil afirmar que constituyeran una clase burguesa propiamente. Además, como el mismo autor lo afirma páginas adelante, muchos “empresarios” eran extranjeros, por lo que no cabe hablar de una “burguesía nacional” en esa época.

Para matizar lo que pudiera interpretarse en términos economicistas, Sagredo se refiere a la realidad social imperante en los incisos titulados “Chile, un vasto hospital” y “Las pestes y sus secuelas” (pp. 170-179). Se presentan datos escalofriantes sobre las enfermedades que afectaron al pueblo, como la viruela, la disentería, los males venéreos (sífilis), la tifoidea, la pulmonía. Informa que “según las estadísticas disponibles, en 1871 hubo un hijo ilegítimo por cada 2.8 nacimientos, proporción que en la ápoca, y por los facultativos, se consideraba altísima”. Agrega: “entre los niños expósitos o recién nacidos abandonados, la mortalidad alcanzó 56% entre 1849 y 1858. Más de 80% del total de los difuntos eran pobres absolutos” (p. 173). También se incluyen secciones sobre el estado sanitario de la población y sobre las pestes que la azotaron en 1870, 1885-1886 y 1889.3

El acontecimiento central de esos cincuenta años fue el triunfo de Chile en la Guerra del Pacífico (1879-1884), que lo enfrentó a Bolivia y Perú y que dio lugar a la conquista de los ricos territorios de las provincias de Tarapacá y Antofagasta, hasta ese momento peruana y boliviana respectivamente. Ambas provincias, situadas en el desierto de Atacama, dieron un impulso determinante a la economía chilena pues en ellas se encontraba el salitre (nitrato de sodio). En efecto, la apropiación de la economía salitrera, en gran medida propiedad de capitales chilenos, permitió sanear las finanzas públicas, financiar la construcción de una red ferroviaria de gran magnitud, crear instituciones bancarias, fortalecer la burocracia pública y crear un sistema de educación pública, entre otros proyectos.

El mérito de esa estrategia de desarrollo puede imputarse al gobierno del presidente José Manuel Balmaceda (1886-1891), cuya proyección se encarna en un nacionalismo económico que fue reivindicado casi un siglo después por el presidente Salvador Allende cuando, el 11 de julio de 1971, logró la nacionalización de las minas de cobre explotadas por el capital extranjero En esos años y al mismo tiempo que el país diversificaba su economía, se manifestaron fuertes tensiones políticas que provocaron la guerra civil de 1891 y el suicidio del presidente Balmaceda. La tensión mencionada entre expansión económica y conflicto político se profundizará en los años iniciales del siglo XX, cuando surgirá el movimiento obrero en las minas de salitre abriendo una coyuntura que se resolverá solo al ser electo presidente Arturo Alessandri en 1920.

En los capítulos “La sociedad liberal” y “La crisis del régimen liberal” se describen una serie de logros que trascienden el ámbito económico y muestran que los grupos dominantes implementaron estrategias que buscaron legitimarlos. Por ejemplo, se extendió el sufragio (1874), las mujeres accedieron a los estudios universitarios (1877) y se dictaron leyes del matrimonio civil, del registro civil y de cementerios laicos que contribuyeron a separar a la Iglesia del Estado.

Además, lo afirmado en relación con la cobertura del sistema educacional debe ser subrayado. En efecto, en el texto se reconoce el mérito de los liberales en la expansión del número de escuelas y de estudiantes, sobre todo en el nivel primario. Se constata, que

[…] en 1854 había solo 186 escuelas primarias públicas, que atendían a menos de 10 mil alumnos y 20 establecimientos públicos de enseñanza secundaria con apenas 2 mil estudiantes mientras que en 1902 había ya 1 700 escuelas primarias con unos 120 mil matriculados y 40 liceos públicos secundarios con unos 9 mil alumnos, se podrá apreciar la persistencia del esfuerzo educacional del país[…] (p. 221);

la duplicación de los recursos fiscales entregados a la educación primaria entre 1854 y 1902, que nuevamente se doblaron entre 1900 y 1910 y 1920 y 1930, explica la expansión de un sistema que a partir de 1920 experimentó cambios todavía más profundos al introducirse reformas luego de casi un siglo de educación pública nacional (p. 221).

Las consideraciones realizadas en las páginas 245-246 reafirman esta perspectiva al informarnos sobre la notable expansión que experimentó la matrícula escolar entre 1970 y 1973: “17.4% en solo tres años y un crecimiento promedio anual de 6.54%, el más alto registrado hasta entonces. Mientras esto ocurría, todo el sistema educacional, considerando la población hasta los 24 años de edad, amplió su cobertura de 47% en 1970 a 54.5 % en 1973”. En 1973, la cobertura de la educación primaria llegaba a 91.3% de la población en edad escolar, entre 7 y 14 años de edad. Los datos sobre la evolución del sistema educacional presentados por Sagredo adquieren gran actualidad en el contexto del debate que tiene lugar hoy en Chile, en el que la cuestión del “lucro” en la educación y la descalificación del modelo educacional implantado por la dictadura militar fueron la motivación de las movilizaciones estudiantiles en los años 2006 y 2011.

En las páginas finales el autor revaloriza la importancia de subrayar los méritos de la democracia en términos económicos pues, según él, “el desempeño económico de los gobiernos de Chile en los últimos 50 años (1960-2010) demuestra que ha sido durante los periodos democráticos cuando la economía ha tenido un mayor rendimiento”. Dicha constatación adquiere mayor relevancia si consideramos que, según datos del Banco Mundial, el pib chileno entre 1990 y 2012, se sextuplicó. Sin embargo, a pesar de que el “milagro chileno” del periodo 1990-2012 refleja un intenso proceso de acumulación de capital, esta evolución no encuentra reflejo en la economía personal y familiar: según los datos del Banco Mundial, Chile es hoy uno de los países con mayor desigualdad en el mundo, con un índice de Gini de 50.8 mientras que los deciles 9 y 10 concentran más de 54.5 % del total del ingreso nacional.

Además, en el ámbito político, la deuda del Estado con los que sufrieron la represión del régimen militar es reconocida por el autor al señalar que los gobiernos de la CPD buscaron hacer justicia sobre los numerosos casos de violación de los derechos humanos en que había incurrido la dictadura pinochetista. En efecto, la constitución de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación (1990) y de la Comisión Nacional sobre Prisiones Políticas y Tortura (2000) contribuyeron a nombrar a los 3 178 muertos y detenidos desaparecidos y a los 28 459 sujetos que fueron torturados por agentes del Estado.

En suma, la Historia mínima de Chile, de Rafael Sagredo, representa un notable esfuerzo de síntesis y de renovación de las temáticas que el historiador debe abordar para proporcionar una visión completa del devenir temporal de una sociedad.

1Veáse G. Salazar y S. Grez (comps.), Manifiesto de historiadores, Santiago de Chile, 25 de enero de 1999 (firmado por gran parte de la comunidad de historiadores chilenos), LOM Ediciones, 1999.

2Veáse Joanne Fox Pzeworski, The Decline of the Copper Industry in Chile and the Entrance of North American Capital, 1870-1916, Nueva York, Arno Press, 1980.

3Se afirma que una explicación de las pestes era la ausencia de vacunación, lo cual debería corregirse: en efecto, la cronología del desarrollo de vacunas indica que hasta 1800 únicamente existió la del combate a la viruela (1796). Solo a fines del siglo XIX se dispuso de vacunas contra la diarrea (1879), el ántrax (1881), la rabia (1882), el tétanos y la difteria (1890), la tuberculosis (1927), la fiebre amarilla (1937), la gripe (1945), la poliomielitis (1952) y su versión oral (1962). Por lo tanto, la vulnerabilidad a las enfermedades contagiosas se pudo controlar solo en el siglo XX.

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