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Estudios sociológicos

versión On-line ISSN 2448-6442versión impresa ISSN 0185-4186

Estud. sociol vol.41 no.122 Ciudad de México may./ago. 2023  Epub 13-Oct-2023

https://doi.org/10.24201/es.2022v40n119.2294 

Artículos

Dinámicas de reclutamiento: el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad1

Dynamics of Recruitment: The Peace with Justice and Dignity Movement

Johan Gordillo-García1 
http://orcid.org/0000-0001-9752-2021

1School of Social and Political Science, The University of Edinburgh Edimburgo, Escocia, Reino Unido, johangordillogarcia@gmail.com


Resumen

El gobierno de Felipe Calderón en México es reconocido por la crisis de violencia que desató la “guerra” contra el crimen organizado y por la sistemática criminalización de las víctimas. Encabezado por el poeta Javier Sicilia, padre de un joven asesinado, en 2011 comenzó a articularse el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD), un actor colectivo de trascendencia nacional e internacional que enfrentó el discurso oficial para exigir detener la “guerra”. Mediante entrevistas a profundidad, este trabajo se enfoca en comprender las dinámicas de reclutamiento en el MPJD. Si bien la teoría destaca el papel de las redes en el reclutamiento al activismo, los hallazgos cuestionan su papel entre personas no politizadas.

Palabras clave: movimientos sociales; víctimas de la violencia; reclutamiento; movilización social; México

Abstract

The government of Felipe Calderón in Mexico is remembered for the crisis of violence unleashed by the “war” against organized crime and the systematic criminalization of victims. Led by the poet Javier Sicilia -the father of a young man who was murdered- the Movement for Peace with Justice and Dignity emerged in 2011, becoming a collective actor of national and international significance that opposed the official discourse, calling for an end to the “war”. Through in-depth interviews, this article focuses on understanding the dynamics of recruitment into the MPJD. Although the theory highlights the role of networks in recruiting activists, the findings question their role among non-politicized people.

Keywords: social movements; victims of violence; recruitment; social mobilization; Mexico

Al tomar protesta como presidente de México, Felipe Calderón anunció que comenzaría una batalla -que al poco tiempo denominó “guerra” (Calderón, 2007)- para enfrentar a los grupos del crimen organizado con las fuerzas armadas.2 Los resultados fueron devastadores para el país.3 Según fuentes oficiales (INEGI, 2021; CNB, 2021), entre 2007 y 2012 se cometieron más de 121,000 asesinatos y desaparecieron más de 28,200 personas. En el siguiente gobierno encabezado por Enrique Peña, se alcanzaron respectivamente más de 156,000 y 46,400 de esos crímenes. En lo que va de la administración de Andrés Manuel López Obrador, la tendencia se ha mantenido con más de 73,200 asesinatos entre 2019 y 2020, y casi 20,900 desapariciones en el mismo periodo.

Desde 2006, algunos grupos de activistas organizaron protestas para denunciar los efectos de lo que denominaron militarización (Silva-Londoño, 2017) y varios familiares de víctimas comenzaron a orga­nizarse para exigir justicia (Sánchez et al., 2018). No obstante, el alcance de estas iniciativas no llegó al ámbito nacional. Por su parte, el gobierno de Calderón mantuvo una narrativa que presentaba a los supuestos criminales como individuos que no merecían la protección de las leyes (Madrazo Lajous, 2016) y que, mediante la negación de la responsabilidad gubernamental en las múltiples violaciones a los derechos humanos (Treviño-Rangel, 2018), excluía a las víctimas de la arena política y las reducía a daños colaterales. En ese contexto, el 28 de marzo de 2011, Juan Francisco Sicilia -Juanelo, hijo de 24 años del poeta Javier Sicilia- y seis de sus amistades fueron asesinados en Morelos. A las pocas horas, un grupo de personas cercanas al poeta, quien se encontraba fuera del país, se reunió afuera del Palacio de Gobierno del estado y montó una ofrenda como protesta contra la violencia y para impedir la criminalización del joven. En cuestión de días, incontables familiares de víctimas, activistas y organizaciones se sumaron, y las protestas se extendieron a prácticamente todas las regiones del país, con lo que se conformó el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD), un actor colectivo que fracturó la narrativa oficial sobre la violencia.

Diversos trabajos reconocen que el MPJD es un actor fundamental entre los movimientos sociales contemporáneos en México (Cadena-Roa, 2019; López Leyva, 2019) que, en un universo más amplio, puede ubicarse en el campo de la política contenciosa liderada por familiares de víctimas en contextos de violencia armada. Así, es posible analizar el MPJD como un caso crítico de estudio (Snow, & Trom, 2002) que brinda la oportunidad de evaluar empíricamente principios teóricos para ampliar nuestra comprensión de varios procesos sociales. En ese sentido, el MPJD ha sido estudiado desde perspectivas que abarcan la relevancia del perfil de Javier Sicilia (Tirado, 2019a), las dimensiones emocionales de sus discursos (Reyna Ruiz, 2016), el uso de símbolos y rituales en las movilizaciones (Tirado, 2019b) y su influencia legislativa (Gordillo-García, 2020), entre otras. No obstante, sigue pendiente un análisis empírico de los factores que influyeron en el reclutamiento en el MPJD a partir de las semblanzas de sus participantes. Este artículo contribuye a llenar ese vacío. Si bien el activismo es un proceso y no un momento (Fillieule, & Neveu, 2019), por motivos analíticos me limitaré a explicar la participación inicial, también conceptualizada en la literatura como reclutamiento (McAdam, 1986; Nepstad, & Smith, 2001).

Mi argumento consta de tres partes. Primero, sostengo que el caso del grupo organizador se explica por un habitus radical (Crossley, 2002) que sus integrantes habían desarrollado y por las redes proclives a la movilización en las que estaban inmersos. Segundo, el caso de los familiares de víctimas se puede comprender por un sistema de significados compartidos construido después de sufrir un crimen violento y por la difusión de información en los medios de comunicación masiva. Tercero, episodios de shock moral (Jasper, 1997) basados en el dolor que proviene de la pérdida violenta de un ser amado y en la indignación que resulta de la empatía mediaron las condiciones de vida de ambos grupos para concretar su involucramiento en las movilizaciones.

En la siguiente sección presento una descripción general del contexto político en el que se formó el MPJD y algunas de sus principales acciones. Luego, discuto un marco teórico en torno a las formas de reclutamiento en un movimiento social. Posteriormente presento y analizo las semblanzas de 14 personas que han participado en el MPJD para sustentar empíricamente mi argumento. Finalmente, comparto las conclusiones de este trabajo.

Contexto

El discurso del gobierno de Calderón presentaba a los presuntos criminales como entes inhumanos y enemigos del país que representaban una amenaza para la soberanía (Madrazo Lajous, 2016). Así, mientras los integrantes de las fuerzas armadas recibían constantes homenajes, las violaciones a los derechos humanos y los asesinatos en enfrentamientos eran motivo incluso de celebración entre las autoridades. Como ejemplo, puede recordarse cuando un general del ejército sugirió que las recomendaciones de las comisiones de derechos humanos debían dirigirse a los criminales y declaró, después de un enfrentamiento con víctimas mortales, que había “14 delincuentes menos” en las calles (La Jornada, 2008). Paralelamente, el gobierno criminalizaba a las víctimas de la violencia sin realizar investigaciones sobre los motivos de los crímenes. En ese sentido, el presidente solía argumentar que nueve de cada 10 personas asesinadas en el país eran delincuentes (La Jornada, 2010). Calderón respaldaba tal idea con una base de datos creada por su gobierno, misma que fue constantemente criticada por sus diferencias metodológicas con otras fuentes oficiales; varios trabajos muestran, además, que esta base criminalizaba abiertamente a las víctimas porque sólo 4% del total de asesinatos contabilizados tenían una investigación abierta por delincuencia organizada (Atuesta et al., 2016).

En ese contexto de criminalización ocurrió el asesinato del hijo de Javier Sicilia. Luego de tres días de protestas en el Palacio de Gobierno de Morelos encabezadas por el círculo cercano del poeta, éste ofreció una conferencia de prensa en la que exigió un alto inmediato a la violencia. Al poco tiempo, él mismo publicó un ahora famoso artículo titulado Estamos hasta la madre en el que convocó a la sociedad a participar en movilizaciones para expresar un grito de indignación y visibilizar los rostros de las víctimas (Sicilia, 2011). El MPJD organizó una protesta masiva en Morelos el 6 de abril de 2011 y luego realizó una movilización de cuatro días denominada Marcha por la Paz. Asimismo, el MPJD hizo tres caravanas: la Caravana del Consuelo, la Caravana al Sur y la Caravan for Peace en Estados Unidos. En el ámbito institucional, el MPJD sostuvo dos diálogos públicos con Calderón y uno con integrantes del Congreso de la Unión. Luego, en abril de 2012, el MPJD obtuvo la aprobación de la Ley General de Víctimas, pero Calderón usó sus poderes presidenciales para detener la promulgación oficial, por lo que no se implementó sino hasta 2013.

Durante la presidencia de Peña, la agenda nacional se centró en la búsqueda de personas desaparecidas y se formaron decenas de colectivos de búsqueda con los que el MPJD ha colaborado de varias formas. En 2018, López Obrador ganó las elecciones presidenciales y prometió implementar programas de justicia transicional, pero, una vez en el cargo, abandonó la agenda que las organizaciones de víctimas y de profesionales le presentaron. La tendencia de la violencia siguió y el MPJD realizó en enero de 2020 una nueva movilización de cuatro días para exigir al presidente cumplir sus promesas.

Enfoque teórico

Las muertes violentas suelen incentivar la movilización social porque la respuesta colectiva involucra emociones intensas que unen a personas con poco en común salvo el dolor (Tarrow, 2011 [1998]). Sin embargo, sentir empatía no implica que las personas estén automáticamente disponibles para el activismo (McAdam, 1988). Por tanto, el estudio del reclutamiento en un movimiento social debe considerar la formación del potencial de movilización y la transformación de la voluntad en participación (B­eyerlein, & Hipp, 2006). El caso del MPJD permite un análisis profundo del reclutamiento porque contó no sólo con activistas organizados y politizados, sino también con desconocidos que estaban dispersos y carecían de experiencia política. Sin embargo, dadas sus contrastantes circunstancias de vida, sería equivocado ofrecer una explicación general para ambos grupos. Por tanto, mi análisis toma en cuenta tres enfoques diferentes, pero complementarios.

Primero, dos hallazgos generalizados sobre la biografía de activistas sugieren que quienes participan en movilizaciones generalmente tienen antecedentes de activismo y forman parte de redes políticamente activas (Crossley, & Diani, 2019). Basado en Bourdieu (1977), quien definió el habitus como un sistema de disposiciones estructuradas y estructurantes que generan prácticas y representaciones, Crossley (2002) acuñó el término habitus radical para enmarcar un estilo particular de razonamiento y acción entre activistas. Según explica Crossley (2003), la participación continua en campañas de movimientos sociales genera con frecuencia una disposición hacia un activismo político más amplio; es decir, un habitus radical. Así, quienes han desarrollado este conjunto de disposiciones suelen socializar su experiencia mediante el involucramiento en nuevas luchas sociopolíticas (Crossley, 2002). Esta construcción también tiene un impacto en las relaciones personales puesto que implica la inmersión en redes que pueden reforzar y fomentar el potencial de participación (McAdam, 1986; Passy, 2003; Snow et al., 1980). Estas redes constituyen micro-contextos para la movilización, especialmente si sus miembros tienen una relación cercana (Opp, & Gern, 1993) porque una fuerte identificación con un grupo particular puede motivar la participación política (McAdam, & Paulsen, 1993; Passy, & Monsch, 2014).

¿Pero qué ocurre con quienes no tienen experiencia en el activismo y no forman parte de redes politizadas? Antes de participar, la gente suele sensibilizarse en torno a un tema de protesta (Klandermans, 1997); si bien las redes son un elemento usual en esta construcción, las personas también modifican sus mapas cognitivos mediante sus propias experiencias de vida y con la observación de eventos externos (Passy, & Monsch, 2014). Passy y Monsch (2014, p. 30) usan el término “auto-interacciones” (self-interactions) para conceptualizar las actividades que realizan los individuos, sus búsquedas de conocimiento y las lecturas personales de diversas situaciones que influyen y dan forma a sus herramientas cognitivas sin involucrar necesariamente interacciones sociales sino interacciones consigo mismos. Así, tanto las auto-interacciones como los eventos externos tienen efectos similares a los de las redes sociales en el mapa cognitivo de las personas (Passy, & Monsch, 2014). Además, varios estudios han evidenciado que los medios de comunicación juegan un papel importante en el reclutamiento de desconocidos porque pueden impulsar el conocimiento generalizado sobre ciertos problemas o eventos de protesta (Gamson, & Modigliani, 1989; Gitlin, 1980; Koopmans, & Olzak, 2004; Noakes, & Johnston, 2005; Myers, 2000). Esto es importante porque, después de sensibilizarse sobre ciertos temas, las personas pueden ser informadas sobre las oportunidades para movilizarse debido a los reportes de la prensa.

Finalmente, como explican Jasper y sus colaboradores (1997; Jasper, & Poulsen, 1995), hay sobresalientes episodios emocionales en la vida de las personas que pueden hacerles cuestionar su comprensión del mundo. El concepto de shock moral acuñado por Jasper hace referencia a un “paquete” de emociones en reacción a eventos o información -ya sea por experiencias personales o circunstancias externas- que despierta tal sentido de indignación que hace una persona propensa a movilizarse (2014, p. 38). Estos episodios pueden provocar que las personas cuestionen sus ideas y comprensión del mundo, con lo que aumenta su disposición a unirse a la protesta para buscar alguna forma de cambio (Jasper, & Owens, 2014).

Así, sostengo que el reclutamiento de los organizadores del MPJD puede comprenderse mediante el habitus radical que habían desarrollado y las redes en las que estaban inmersos. Simultáneamente, el caso de los familiares de víctimas puede explicarse por un sistema de significados compartido que habían desarrollado luego de sufrir un crimen extremadamente violento y por la difusión de información en los medios de comunicación masiva. Además, los shocks morales mediaron las condiciones biográficas tanto de organizadores como de familiares de víctimas para completar su involucramiento inicial, o reclutamiento, en el MPJD.

Métodos y consideraciones éticas

Este artículo es parte de una investigación más amplia (Gordillo-García, 2022) cuyo trabajo de campo consistió en la realización de entrevistas a profundidad a personas que han participado en las acciones del MPJD. El muestreo para entrevistas con participantes de movimientos sociales normalmente conlleva una selección deliberada en la que se busca a las personas por sus experiencias y no tanto porque sus perfiles representen una población más amplia (Blee, & Taylor, 2002). A partir de una estrategia de muestreo intencionado (Patton, 2015) seleccioné casos abundantes en información que podían ayudar a comprender las dinámicas de la política contenciosa liderada por familiares de víctimas de la violencia en México. Todas las entrevistas se grabaron con el consentimiento verbal de los participantes. Dada mi participación en varias movilizaciones y proyectos con familiares de víctimas, cierto grado de confianza previamente desarrollado tuvo un papel relevante en la obtención de este consentimiento. Sin embargo, varias de las personas entrevistadas manifestaron su interés en participar para que sus casos fueran expuestos a un público más amplio. Con base en ese interés por parte de las y los participantes, utilizo sus nombres reales.

Las consideraciones éticas de la investigación social están siempre contextualizadas en la posición de la persona investigadora y su relación con quienes participan en el estudio (Gillan, & Pickerill, 2012). Por esto, es fundamental realizar un ejercicio de reflexividad para reconocer cómo nuestras ideas influyen en nuestros trabajos porque al estudiar conflictos sociales, siempre se toma partido (Becker, 1967). Una de las consecuencias usuales de los movimientos sociales es la formación de personas dispuestas a dedicar sus vidas para transformar la sociedad (Neveu, 2019; Olivier, & Tamayo, 2017). Desde mi cercanía con el MPJD, considero que lo anterior ha ocurrido con incontables activistas y familiares de víctimas, quienes cuentan con mi admiración y respeto. Por tanto, los objetivos de este artículo no sólo apuntan a realizar una aportación a los estudios de los movimientos sociales; también busco solidarizarme con los familiares de las víctimas en su búsqueda de justicia, verdad y memoria.

En la siguiente sección presentaré y analizaré, con base en las entrevistas realizadas, las semblanzas de vida de 14 personas que se unieron al MPJD. Si bien presentar los perfiles de estos individuos puede ser bastante descriptivo, la familiarización con sus experiencias es esencial para lograr una comprensión profunda del caso, porque el análisis de actores contenciosos requiere conocer a las personas con quienes hacemos investigación (Jaster, & Young, 2019).

Grupo organizador: semblanzas

Javier Sicilia

Javier nació en 1956 y se formó en el catolicismo y la filosofía gandhiana de la no-violencia desde muy joven. Dado su interés por el pensamiento político y la poesía, estudió Literatura Francesa y, posteriormente, se desarrolló profesionalmente en la industria editorial. Mientras dirigía una revista universitaria en la década de 1980, publicó un número sobre la no-violencia -tema entonces poco discutido en México- que lo llevó a conocer a un grupo de activistas promotores del gandhismo, entre los que destaca Pietro Ameglio (presentado más adelante). Más tarde, inspirado en su experiencia en Francia en la Comunidad del Arca, una comuna de vida no-violenta, Javier decidió iniciar una en México. Si bien el proyecto terminó pronto por diversos motivos, su literatura y análisis político lo posicionaron como analista en varias revistas y diarios de circulación nacional. En 2001, Javier se involucró en la campaña por el Casino de la Selva en Morelos, donde conoció a otros activistas como Ignacio Suárez Huape4 y Magdiel Sánchez (presentado a continuación). Con el paso del tiempo, Javier empleó su trabajo literario y político para apoyar varios movimientos sociales. En marzo de 2011, el poeta visitó Filipinas por motivos de trabajo; tras recibir la noticia del asesinato de su hijo, regresó a México para su velorio y, al día siguiente, anunció una serie de acciones de protesta contra la violencia.

Pietro Ameglio

Pietro nació en Uruguay en 1957, y se trasladó a Italia, lugar de origen de sus progenitores, cuando cumplió 20 años. Ahí se involucró en campañas de solidaridad frente a la violencia política en Centroamérica. Luego se mudó a México y estudió Historia. Pietro considera que México lo reeducó porque, entre muchas otras experiencias, se acercó al gandhismo, comenzó a vivir y trabajar con personas sin hogar, y fundó múltiples organizaciones con enfoque comunitario. Además, a principios de la década de 1990 formó parte de los grupos de paz en zonas de conflicto armado, incluido Chiapas, donde colaboró ​​de muchas formas luego del levantamiento zapatista. Asimismo, Pietro se involucró en la campaña por el Casino de la Selva y realizó varias acciones de resistencia civil. Como académico, fue miembro fundador de un programa internacional con el que se buscaba, entre otras cosas, comprender las formas de la guerra y la violencia. Posteriormente, en el sexenio de Calderón, Pietro colaboró con diversas organizaciones del país para realizar acciones de no-violencia frente a la creciente violencia. Cuando se enteró del asesinato de Juanelo, él fue una de las personas que impulsó la colocación de la ofrenda como protesta y para evitar su criminalización.

Magdiel Sánchez

Magdiel nació en Morelos en 1984, y considera que desde muy joven se incorporó a la participación política en un contexto de formación alrededor de la teología de la liberación, las luchas sociales por la tierra e incluso por el impacto que tuvo el zapatismo en las comunidades locales. Casi simultáneamente, comenzó a estudiar Filosofía y se involucró en la campaña del Casino de la Selva, en la que conoció a Javier. Posteriormente, por ciertas relaciones personales -incluido Ignacio Suárez Huape-, participó en las campañas por la defensa del territorio en San Salvador Atenco. En los años siguientes, Magdiel coordinó el periódico El Pregón, con el que reunió a un grupo de personas interesadas en defender las luchas sociales del país. Gracias a los consejos editoriales que recibió para la publicación, Magdiel se volvió cercano a Javier. Durante el gobierno de Calderón, la violencia lo llevó a buscar experiencias de otros países para visibilizar y comprender lo que estaba pasando. Así, participó en la organización del capítulo mexicano del Tribunal Permanente de los Pueblos. Asimismo, continuó participando en campañas de defensa del territorio y, en 2010, fue uno de los principales organizadores de una caravana en el marco de una conferencia internacional sobre cambio climático en Cancún. Cuando recibió la noticia del asesinato, Magdiel se estremeció por la noticia, pero creyó que nada sucedería más allá de la tragedia. Sin embargo, de inmediato se unió a las acciones de protesta.

Denisse Buendía

Denisse nació en Morelos en 1979, y se formó en feminismo desde pequeña porque su abuela trabajaba con Betsie Hollants, una colaboradora de Iván Illich que fundó una de las primeras organizaciones feministas de la región durante los años de 1960. Luego de estudiar Ciencias de la Comunicación y tomar cursos en derechos sexuales y juveniles, Denisse participó en varios proyectos de apoyo a pacientes con sida y, posteriormente, se integró al comité contra los feminicidios en Morelos, una iniciativa independiente que ofrecía acompañamiento a los familiares de las mujeres asesinadas. Además, Denisse publicó varios de sus poemas, formó un colectivo de mujeres artistas y forjó amistad con Javier porque él solía tomar café en la cafetería que ella administraba. En 2011 recibió la noticia del asesinato de Juanelo y se unió inmediatamente al grupo que colocó la ofrenda.

Juan García

Juan, conocido como Juanfra, nació en Morelos en 1974, y creció en una familia humilde de nueve hijas e hijos. Mientras su padre trabajaba como obrero en una fábrica textil, su madre era artesana. Después de terminar el bachillerato, intentó estudiar diversas carreras universitarias, entre las que se encontraba Derecho, porque quería cambiar el sindicalismo, y Literatura, porque quería ser escritor. Aunque conocía su obra literaria y política, Juanfra conoció personalmente a Javier en un curso de escritura impartido por el poeta. Luego de dedicarse a la promoción cultural durante varios años, Juanfra comenzó a trabajar en el Congreso local de Morelos como asistente de una diputada del partido identificado con la izquierda. Allí conoció a Ignacio Suárez, quien se convirtió en un mentor para él, y lo vinculó a varias luchas sociales en el estado y otras regiones. En 2011 Juanfra recibió una llamada telefónica en la que le comunicaron que el hijo de Javier había sido asesinado, por lo que decidió unirse al grupo que protestaba.

Roberto Villanueva

Roberto nació en 1983, y creció en una familia católica. Debido a su cercanía a la iglesia, se involucró en grupos de ayuda social y planeó dedicarse al sacerdocio. Así, Roberto trabajó en misiones para promover el Evangelio y realizar acciones sociales en algunas comunidades. Tras abandonar la intención de ser sacerdote, inició la carrera de Filosofía, pero desertó por motivos personales. Sin embargo, considera que su paso por la universidad influyó en su politización. Luego de unos años de dedicarse al negocio familiar y seguir colaborando con la iglesia, regresó a la universidad para estudiar Derechos humanos y gestión de paz, carrera en la que fue alumno de Pietro. Aunque no conocía personalmente a Javier, Roberto había leído su análisis político y su obra literaria. Además, una amiga suya también era amiga de Juanelo, por lo que la acompañó a Cuernavaca un día después de que se montó la ofrenda.

Gerardo Gómez y Norma Garduño

Dado que Gerardo y Norma son pareja sentimental y han participado juntos en el MPJD, los presento juntos en este apartado. Gerardo creció en una familia con varias mujeres que trabajaban como maestras rurales y le enseñaron la importancia del trabajo comunitario. En su juventud, formó parte del Partido Comunista Mexicano y, cuando ingresó a estudiar Psicología, se involucró en el activismo estudiantil. Al finalizar, comenzó a trabajar como maestro en Morelos, donde desarrolló una amistad con un grupo de personas formadas en la teología de la liberación, entre ellas Ignacio Suárez. Posteriormente, con el levantamiento zapatista, colaboró ​​de diversas formas en la recolección y entrega de ayuda humanitaria en Chiapas. Gerardo se acercó después a la medicina tradicional, área a la que se dedicaba junto a la docencia.

Por su parte, Norma también creció en una familia en la que su madre era maestra rural y su padre era trabajador del sector energético. Como parte de una familia católica, considera que su proceso de politización fue influenciado en parte por la teología de la liberación. En su adolescencia, y bajo la influencia de su hermana, Norma se involucró en campañas de recolección de alimentos para enviar a Chiapas y conoció los procesos de las asambleas comunitarias. Mientras impartía clases de español, Norma se acercó a la medicina tradicional debido a una rara enfermedad que padecía su primera hija. Dado que ella y Gerardo trabajaban en la misma escuela, donde eran maestros de Juanelo, él la apoyó en la curación de la niña; posteriormente, iniciaron una relación sentimental. Ya como familia, ambos participaron durante varios años en múltiples campañas para defender el territorio de los pueblos originarios y la medicina tradicional. Cuando recibieron la noticia del asesinato de Juanelo, inmediatamente se sumaron a la colocación de la ofrenda.

Habitus radical y redes sociales

Como las semblanzas presentadas muestran, quienes iniciaron las protestas del MPJD se habían involucrado a lo largo de los años en diversas formas de participación sociopolítica que iban desde grupos religiosos, espacios de formación en derechos humanos y teoría política, campañas de activismo estudiantil e indígena, hasta organizaciones de apoyo a las luchas sociales locales e internacionales. Además, la mayoría de ellos había adoptado un estilo de vida particular que reflejaba su compromiso con las causas sociales; por ejemplo, algunos habían vivido en comunas radicales, mientras que otros habían relacionado sus familias, sus carreras académicas y también sus empleos con el activismo.

El concepto de habitus radical de Crossley (2002) sintetiza cómo las decisiones y acciones de las personas están influenciadas por sus respectivas historias y cómo, a la vez, sus decisiones y acciones tienen un impacto en su comprensión del mundo. Dado que el habitus implica una forma de conocimiento y valoraciones que delinean la razón práctica, su desarrollo influye en las decisiones que toman los activistas sobre su acción política (Crossley, 2002, 2003). La participación de las y los organizadores del MPJD en movilizaciones a lo largo de los años facilitó el desarrollo de un habitus radical que determinó su decisión de protestar como respuesta al crimen violento contra Juanelo porque valoraban la movilización y la política contenciosa como métodos legítimos y útiles para expresar públicamente demandas y agravios. Además, una parte del grupo tenía experiencia en organizarse contra la violencia. Por tanto, su disposición interiorizada a la política radical -basada en su involucramiento constante en tal campo- enmarcó su reacción ante el asesinato.

Aunque sin hacer referencia a la propuesta teórica de Crossley, Neveu (2019) sostiene que el “habitus militante” refleja la dedicación duradera de esfuerzos al involucramiento en la acción colectiva y las luchas sociales que, a la vez, estructura un conjunto de habilidades, marcos interpretativos y prácticas que apoyan la orientación hacia este campo de acción. A partir de su trabajo con activistas de la década de 1960 en Francia, Neveu (2019) afirma que la socialización primaria en el segmento social y de izquierda de la iglesia católica influyó en el desarrollo de un compromiso con el bien común y la ayuda a las personas en sufrimiento. Como se muestra en las semblanzas que presenté, la mayor parte del grupo organizador del MPJD estaba de una forma u otra relacionada con la teología de la liberación o con perspectivas ecuménicas sobre la práctica de la no-violencia; es decir, su socialización en espacios religiosos progresistas formaba parte de su habitus radical.

El habitus se comparte y se desarrolla en el mundo de la vida de las comunidades (Crossley, 2002), por lo que su componente estructural se vincula a las redes sociales en las que están inmersos los actores. Las redes personales son contextos relevantes para la organización de protestas debido a la facilidad con la que fluye la información en ellas y por las recompensas personales que la participación puede representar para sus miembros con base en la aprobación de sus colegas (Crossley, & Diani, 2019; Opp, & Gern, 1993). Además, el conjunto de lazos sociales de las personas activistas tiene tres dimensiones (Van Stekelenburg, & Klandermans, 2013): una estructural que indica la presencia o ausencia de determinadas relaciones que marcan quiénes están al alcance de alguien, una relacional que involucra el tipo de vínculos que se han construido mediante interacciones sociales, y una cognitiva que proporciona repre­sentaciones, inter­pretaciones y sistemas de significado compartidos. En ese sentido, los lazos sociales son microestructuras llenas de historias que configuran valores, identidades, preferencias y percepciones (Passy, 2003).

Así, las redes tienen una función de conexión estructural observable antes de que los individuos se movilicen (Passy, 2003). En el caso del MPJD, quienes organizaron las protestas no sólo habían desarrollado un habitus radical sino que también se relacionaban entre sí mediante la figura de Javier o su hijo, por lo que la tragedia tuvo cierto grado de cercanía. Esto es relevante porque un sentimiento de identificación con un grupo puede ser útil para explicar la participación política (McAdam, & Paulsen, 1993) y porque la movilización tiene más posibilidades de ocurrir en grupos con miembros más interconectados (Crossley, & Diani, 2019).

Además, los componentes relacionales y cognitivos de los lazos social­es (Van Stekelenburg, & Klandermans, 2013) permiten a los individuos reconstruir esquemas interpretativos que pueden fomentar la conciencia política respecto a un tema de protesta determinado. Quienes iniciaron las movilizaciones conocían el contexto violento del país y, en algunos casos, habían estado directamente involucrados en actividades para visibilizar la violencia; estas personas tenían entonces un interés previo en atender la crisis de violencia y evidenciar la ineficiencia gubernamental. Esto posibilita observar la función de las redes sociales como sistemas de significado. Dado que los miembros de este grupo eran cercanos tanto a las prácticas contenciosas cuanto a las luchas sociales, compartían evaluaciones en torno a cómo y por qué involucrarse en el activismo contra la violencia.

Familiares de víctimas

Araceli Rodríguez

Ara, como es conocida, nació en Ciudad de México en 1963 y, a pesar de sus deseos, no pudo estudiar la secundaria debido a problemas económicos. A los 26 años, tenía tres hijos, así que, tras separarse de su pareja, realizó varios trabajos simultáneos para sustentar a su familia. Después de un tiempo, comenzó a trabajar en un hotel, primero en labores de limpieza y luego como recepcionista. Luis, uno de sus hijos, trabajaba como elemento de la Policía Federal. En 2009 se le notificó su traslado a Michoacán, pero desapareció junto con otras seis personas mientras viajaba el 16 de noviembre. Las autoridades aseguraron a Ara que su hijo no respondía el teléfono porque seguramente estaba borracho y le advirtieron que abrirían una investigación en su contra por abandono de trabajo. Tras una semana sin conocer el paradero de Luis, la institución accedió a presentar una denuncia por la desaparición. A partir de ese momento, Ara narra que vivió momentos muy impactantes y dolorosos debido a la incompetencia e insensibilidad de las autoridades. Como ejemplo, en una ocasión le dijeron que el cuerpo de Luis había sido encontrado calcinado, lo que resultó falso luego de hacer pruebas de ADN. Además, la institución intentó cerrar el caso a partir de la declaración de un detenido que aseguró que Luis había sido asesinado. En 2011, Ara se enteró por televisión sobre las movilizaciones del MPJD e inmediatamente buscó acercarse. Sin haber participado antes en protestas, se sumó al cierre de la Marcha por la Paz. A las pocas semanas, Ignacio Suárez supo de su caso y la contactó para pedirle hablar en el primer diálogo con Calderón. Desde entonces, Ara participa en el MPJD.

Teresa Carmona

Tere nació en 1959, y reconoce que creció en una situación económica privilegiada que le permitió abandonar la educación formal y dedicarse a otras actividades desde muy joven. A los 20 años se instaló en Cancún con su pareja y tuvo tres hijos. Joaquín, el mayor, estudiaba Arquitectura en Ciudad de México hasta que fue asesinado el 7 de agosto de 2010. Tere recuerda las siguientes semanas como tiempos muy dolorosos y duros que la hacían no querer siquiera salir de su habitación. Ocho meses después, Javier convocó a la movilización del 6 de abril, y Tere participó en una marcha solidaria en Cancún cargando una fotografía de Joaquín. Una amiga le preguntó por qué llevaba la imagen si el joven ya estaba muerto. Tere comenta haberle respondido que era precisamente por eso que la portaba, porque alguien lo había asesinado y nadie le había dado explicaciones al respecto. Además, recuerda que quería ser solidaria con la familia Sicilia porque conocía lo que la madre y los hermanos estaban viviendo. Un par de semanas después, Tere viajó a Cuernavaca para unirse a la Marcha por la Paz y desde entonces participa en el MPJD.

María Coronado

Mary, como se le conoce, nació en 1969, y creció en una familia humild­e. A los 18 se casó con Mauricio Aguilar y tuvo dos hijos y una hija. Mientras trabajaba como contratista para hacer el control de calidad de varios productos, su esposo realizaba estudios de mercado. En 2011, él viajó a Veracruz, donde planeaba encontrarse con uno de sus hijos; sin embargo, fue desaparecido el 27 de mayo. Sin éxito, el hijo de Mary fue a estaciones de policía y hospitales para buscar a su padre. Después de dos días, ella presentó una denuncia, pero el personal de la fiscalía sugirió que Mauricio probablemente estaba involucrado en actividades crimi­nales y que éstas se relacionaban con la desaparición. Mary solía llamar a diario a la fiscalía, pero el caso nunca tenía avances, y cuando acudía a las oficinas, solían atenderla hasta ya entrada la noche. Mary vio en televisión que Javier convocaba a los familiares de víctimas a participar en una caravana, y ella quiso acercarse inmediatamente porque consideraba que el grupo la entendería puesto que vivían situaciones similares. En seguida asistió a una de las reuniones del MPJD y ahí se convenció de que trabajar colectivamente sería mucho más efectivo que enfrentar sola a las autoridades. Desde ese momento, Mary comenzó a participar de manera recurrente.

Teresa Vera

Teresa nació en 1944, y comenzó su politización desde muy joven porque su padre participó en las huelgas ferrocarrileras de 1959. Luego de obtener su título profesional, trabajó en Oaxaca durante 15 años. Posteriormente, se mudó a Ciudad de México y se involucró en la Asamblea de Barrios. Al jubilarse, regresó a vivir a Oaxaca con su esposo e hijo. El sábado 29 de abril de 2006, la hermana de Teresa, Minerva, salió a cortarse el cabello, pero desapareció en el camino. La familia comenzó a buscarla de inmediato, sin tener resultados. Teresa considera que, tras levantar la denuncia, las autoridades no hicieron el menor esfuerzo por buscar a su hermana y, cuando años después leyó el expediente, notó que el agente ni siquiera había incluido su fotografía. Además, el personal de la policía continuamente le solicitaba dinero para la búsqueda con el argumento de que no había presupuesto. Teresa fue de una oficina a otra, pero nunca hubo avances en el caso, así que decidió buscar a Minerva por su cuenta. Luego de recorrer Oaxaca y los estados vecinos, los resultados fueron nulos. Con el paso de los meses, Teresa destinó los recursos de su jubilación para ir a ciudades más lejanas, hasta recorrer casi todos los estados del país. Pasaron los años y no hubo indicio alguno sobre el paradero de Minerva. En 2011, Teresa escuchó en televisión y leyó en los periódicos sobre las convocatorias del MPJD, por lo que decidió participar en el cierre de la Marcha por la Paz. Luego de escuchar los testimonios ese día, comenzó a asistir a las reuniones del MPJD, y en 2012 participó en la Caravana por Estados Unidos.

Leticia Hidalgo

Letty, como es conocida, nació en 1962, estudió Comunicación y trabajó durante más de 30 años como docente en Nuevo León, donde tuvo dos hijos. Todos en su familia se dedicaban a estudiar o trabajar hasta el 11 de enero de 2011, cuando un grupo de hombres armados irrumpió en su casa y se llevó a Roy, su hijo mayor que tenía 18 años. Entre enero y junio, ella acudía sola o en compañía de su familia a las oficinas de gobierno para pedir que buscaran a Roy, un proceso que describe como tortuoso y frustrante porque las autoridades no le prestaron la atención que un crimen de esta magnitud merecía. En junio, Letty y su familia se enteraron por televisión sobre la convocatoria para participar en la manifestación local de la Caravana del Consuelo; decidieron asistir porque querían denunciar y contar lo que estaba pasando. Aunque no tenía experiencia en movilizaciones, Letty llegó al lugar de la protesta y compartió su testimonio en público por primera vez. Ahí le aconsejaron acercarse a una organización aliada local, con la que Letty comenzó a conocer a otros familiares de personas desaparecidas. Después de un tiempo fundó el colectivo Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Nuevo León, y dado que siguió en contacto con el MPJD, participó en 2012 en la Caravana por Estados Unidos.

Guadalupe Aguilar

Lupita, como se le conoce, nació en 1955 en Jalisco, estudió Enfermería y tuvo dos hijos y una hija. Pepe, uno de sus hijos, era dueño de una pequeña empresa de iluminación junto con su hermano. El 17 de noviembre de 2010, un grupo de personas robó el camión que utilizaban para transportar todo el equipo, y exactamente dos meses después, Pepe fue desaparecido. Lupita presentó la denuncia, pero no recibió la atención adecuada, por lo que durante meses buscó por su cuenta y obtuvo algunos hallazgos. Sin embargo, las autoridades descartaban todo lo que ella les presentaba. Además, en privado, el fiscal del estado sugirió que su hijo había desaparecido porque estaba vinculado a actividades criminales. En julio de 2011, Javier y otros activistas del MPJD visitaron Jalisco y participaron en una manifestación por la desaparición de una estudiante. Dado que el caso era similar al de su hijo, Lupita acudió a la protesta y se le invitó a tomar el micrófono. Ésa fue la primera vez que ella habló en público sobre la desaparición de Pepe. Durante la tarde se reunió con Javier, quien le sugirió organizarse junto con más familiares de personas desaparecidas. Según narra Lupita, ese día la marcó y decidió que debía luchar en colectivo; meses después -lapso en el que incluso Calderón le prometió ayuda para encontrar a su hijo- se unió durante unos días a la Caravana al Sur, y luego al recorrido en Estados Unidos. En 2013, Lupita fundó el colectivo Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Jalisco.

Significados compartidos y difusión mediática

Algunos cambios en el curso de vida de las personas tienen el potencial de afectar la decisión o la capacidad de participar en la política contenciosa porque modifican los problemas que los individuos interpretan como relevantes (Corrigall-Brown, 2012; Fillieule, 2010). Los familiares de víctimas que se involucraron en el MPJD habían sufrido un crimen de extrema violencia por el asesinato o la desaparición de un ser querido; además, experimentaron la negligencia y simulación de las autoridades. Ubicadas en diversas regiones del país, estas personas conocían las prácticas de los gobiernos que buscaban minimizar la importancia de los crímenes cometidos en el contexto de la llamada guerra contra el crimen organizado. Como señalaron en respectivas entrevistas, y con llanto en algunos casos, estas personas vivieron constantes episodios de dolor, frustración e impotencia. En otras palabras, la tragedia sufrida por el crimen no fue el único hecho que cambió su curso y condiciones de vida, sino que, dada su profunda inmersión en las dinámicas del ineficiente sistema de justicia mexicano, estaban conscientes de que los canales institucionales no funcionaban. Estos conocimientos y evaluaciones son cruciales para explicar su reclutamiento porque la familiaridad con un sistema de valores y creencias sirve como incentivo para motivar la participación (Bosi, 2007).

La acumulación de experiencias individuales en este grupo de personas fue una fuente de producción de significados comunes en torno a la violencia, la injusticia y la impunidad. Esto es fundamental porque las personas que no se conocen entre sí son susceptibles al involucramiento en campañas de movilización debido a estas imágenes, creencias y sentimientos que poseen individualmente (Jasper, & Poulsen, 1995). Los mapas cognitivos de los individuos pueden enriquecerse mediante “auto-interacciones” y eventos externos, con los que las personas pueden hacerse propensas a responder positivamente a las oportunidades de movilización (Passy, & Monsch, 2014). Como se muestra en las semblanzas que presenté, el conocimiento sobre la impunidad y el desdén en el sistema de justicia, así como las valoraciones sobre la falta de atención por parte de las autoridades, puede entenderse como el resultado de un proceso de auto-interacciones que hicieron a los familiares de víctimas especialmente proclives a atender los llamados a la protesta en temas relacionados con la violencia y la justicia.

Además, la mayoría de las personas de este grupo de familiares se enteró de las movilizaciones del MPJD gracias a los medios de comunicación masiva, los cuales jugaron un papel clave en la difusión de información sobre estos eventos. Varias investigaciones (Noakes, & Johnston, 2005; Soule, & Roggeband, 2019) señalan que los medios de comunicación tradicionales han sido útiles para sensibilizar al público sobre ciertos eventos de protesta, por lo que pueden representar una vía para el reclutamiento (Gamson, & Modigliani, 1989; Gitlin, 1980; Koopmans, & Olzak, 2004).

Aunque los medios funcionan según su propia dinámica organizativa y cíclica (Oliver, & Myers, 1999; Rafail et al., 2019), y a pesar de que la tecnología ha impactado al periodismo, hay evidencia de que el uso de tácticas disruptivas, la presencia de amplias coaliciones y la relevancia pública de quienes participan son algunos de los elementos que hacen que los movimientos sociales ganen mayor cobertura mediática (Rucht, 2013; Valentim, & Baumgarten, 2019). Al menos inicialmente, las movilizaciones del MPJD incluyeron eventos masivos de protesta en varias regiones del país, en los que se utilizaron tácticas novedosas en el contexto de la violencia, como las caravanas y la presentación pública de testimonios. Además, Javier, personaje central del MPJD, tenía una posición privile­giada en los campos mediático y artístico en México, así que, al momento del asesinato de su hijo, tenía acceso a los medios de comunicación y, dadas sus redes interpersonales, contaba con la solidaridad de artistas de diversos ámbitos con cierta presencia pública. Todo esto influyó en la amplia cobertura que los medios dieron al MPJD. Si bien la cobertura no es automáticamente un fenómeno positivo (Rosie, & Gorringe, 2009), debe reiterarse que los familiares de las víctimas señalaron que se enteraron de las movilizaciones mediante la prensa, lo que permite señalar que, en el caso del MPJD, los medios fueron fundamentales en las dinámicas de reclutamiento.

Mediación emocional de las condiciones biográficas

Producto de experiencias personales o eventos externos, un shock moral tiene fuertes componentes emocionales que vuelven personas proclives a la acción colectiva (Jasper, 1997; Jasper, & Poulsen, 1995). Sin embargo, éste no es un proceso mecánico con efectos idénticos sobre todos los individuos. El reclutamiento en movimientos sociales a partir de un shock moral se desarrolla porque las personas ya tienen conocimientos, sensibilidades y visiones del mundo que facilitan la identificación de un agravio (Jasper, 1997). Además, los valores socioculturales, intrínsecamente l­igados a la biografía y las experiencias personales, afectan la interpretación de la urgencia de actuar ante ciertos eventos (Nepstad, & Smith, 2001). En ese sentido, sostengo que el grupo de activistas y el de los familiares de víctimas involucrados en el MPJD tenía antecedentes biográficos que favorecían la disposición emocional para su reclutamiento. Mi argumento es que los familiares de víctimas habían sufrido un shock moral como resultado no sólo de un crimen violento contra sus seres queridos sino también de la criminalización, difamación y desprecio por parte de las autoridades. Por su parte, los organizadores vivieron un shock tras el asesinato de Juanelo, principalmente por la cercanía que tenían con su padre. Entonces, aunque por razones diferentes, las personas de estos dos grupos tenían antecedentes biográficos que mediaban su disposición emocional al involucramiento contencioso tras un crimen violento.

Una vez movilizadas, estas personas vivieron nuevas dinámicas emocionales que influyeron en su reclutamiento porque, así como las experiencias emocionales pueden llevar a las personas a la protesta, los movimientos pueden generar y redirigir emociones (Bayard de Volo, 2006; Kleres, & Wettergren, 2017). Así, varios miembros del grupo organizador compartieron el sentimiento de dolor no sólo por la tragedia de Javier sino por los casos de las personas que se sumaron a las movilizaciones. Esto, en sus propios términos, les hizo experimentar indignación y empatía. Aunque no tenían claro qué se podía hacer con las protestas, consideraron que su única opción era participar, que no se sentirían cómodos si no participaban. Además, entre el grupo de organizadores las personas coinciden que estar en las movilizaciones era emocionalmente difícil, pero también gratificante en el sentido de que estaban haciendo algo contra la violencia generalizada en el país.

La participación en las actividades de los movimientos tiende a ser satisfactoria para los individuos, en parte, porque brinda la oportunidad de articular y ampliar sensibilidades, convicciones y principios morales (Jasper, 1997). También, otros beneficios emocionales de participar se relacionan con la posibilidad de experimentar un sentido profundo de agencia vinculado al significado de las acciones propias (Wood, 2001). Entonces, además de valorar la protesta como método de expresión, el grupo organizador confió, al menos hasta cierto punto, en la efectividad de su agencia como parte de la acción colectiva, un elemento clave para entender la participación en otros contextos (Einwohner, 2002).

Compartir con otras personas algunas características asociadas con la maternidad y la experiencia de un crimen extremadamente violento contra una hija o hijo sienta una base emocional que facilita la movilización (Bayard de Volo, 2006). Aunque muchos de los familiares de las víctimas que han participado en el MPJD son hombres, esto ayuda a comprender las dimensiones emocionales del reclutamiento. En ese sentido, los familiares de víctimas comentaron sentirse vacíos y destrozados por el crimen cometido contra sus seres queridos. Algunas de estas personas señalaron que la impunidad y la falta de atención de las autoridades les hizo pensar que no les quedaba más remedio que atender la llamada del MPJD y participar. De igual manera, las entrevistas apuntan a que había una forma de esperanza en la movilización; aunque no se tenía claro qué esperar, varias personas pensaron que de alguna manera su involucramiento podría ayudar a frenar la difamación y la criminalización que fomentaban la impunidad en el país. Por tanto, compartir sus testimonios y el dolor que estaban experimentando era un fin en sí mismo. Esto reitera hallazgos previos sobre cómo involucrarse en acciones contenciosas puede despertar un sentido de agencia como un medio para recuperar la dignidad y ayuda a las personas a decidir quiénes quieren ser (Jaster, & Young, 2019; Wood, 2001). Así, las movilizaciones del MPJD brindaron a los familiares de las víctimas un espacio no sólo para presentar sus casos, sino para socializar su dolor y canalizar sus emociones hacia la participación.

Conclusión

En este artículo argumenté, en primer lugar, que el reclutamiento de los organizadores con el MPJD se explica por el habitus radical desarrollado a lo largo de sus vidas, así como por su inserción en redes propensas a la movilización; en segundo lugar, que el reclutamiento de los familiares de víctimas se entiende por el desarrollo de un sistema de significados compartido -basado en el cambio de las circunstancias de vida tras sufrir un crimen extremadamente violento y en enfrentar la desidia de las autoridades- así como por el papel de los medios de comunicación en la difusión de información relacionada con eventos de protesta, y, en tercer lugar, que los shocks morales y las emociones fuertes mediaron las condiciones biográficas de estos dos grupos para completar su reclutamiento en la política contenciosa que exige un alto a la violencia en México.

Más que idealizar el papel de las redes en los procesos de participación, los estudios de los movimientos sociales necesitan evaluar y especificar sus funciones (Passy, & Monsch, 2014) porque, en muchos casos, las personas involucradas carecen de conexiones personales con quienes se movilizaron en primer lugar. Por tanto, este análisis no sólo es relevante para la comprensión a profundidad de un actor colectivo de trascendencia nacional, sino que también permite refinar la teoría con base en evidencia empírica de un caso en el que las redes fueron fundamentales para reclutar sólo a un segmento de los participantes. Además, como señalé, algunas de las mujeres que tuvieron su primera experiencia de activismo con el MPJD posteriormente organizaron sus propios colectivos de búsqueda de personas desaparecidas, mismos que, al momento de escribir, son referentes internacionales en esta forma de participación sociopolítica. Entonces, el estudio del reclutamiento en el MPJD ofrece elementos empíricos y teóricos para analizar y comprender con mayor profundidad el proceso de formación de colectivos que se ha dado en años recientes en el país.

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Norma Garduño y Gerardo Gómez, 24 de abril de 2020, videoconferencia. [ Links ]

Roberto Villanueva, 16 de junio de 2020, videoconferencia. [ Links ]

Javier Sicilia, 27 de junio de 2020, videoconferencia. [ Links ]

1Esta investigación fue posible gracias a una beca para estudios doctorales en el extranjero del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT).

2Aunque hay un debate sobre el nombre que debe darse al conflicto armado en México, utilizo el término guerra, primero, porque fue utilizado varias veces por el presidente en cuestión y, segundo, porque es el utilizado por las familias de las víctimas.

3Para una revisión amplia de la literatura sobre la causalidad de la violencia, véase Zepeda Gil (2018).

4Ignacio Suárez Huape fue activista del MPJD también relacionado con otras de las personas que iniciaron las movilizaciones. Murió en un accidente automovilístico en 2015.

Recibido: 28 de Octubre de 2021; Aprobado: 11 de Febrero de 2022

Acerca del autor

Johan Gordillo-García es maestro en Ciencia Política por El Colegio de México y doctor en Sociología por The University of Edinburgh. Sus líneas de investigación se inscriben en la sociología política, con principal interés en los movimientos sociales, las diversas formas de política contenciosa y las teorías del poder. Entre sus artículos recientes se encuentra: 1. Gordillo-García, Johan (2020). Lenguaje de derechos y apertura de oportunidades legales para el cambio social: el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad y la Ley General de Víctimas. Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales.

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