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Estudios sociológicos

versión On-line ISSN 2448-6442versión impresa ISSN 0185-4186

Estud. sociol vol.38 no.112 Ciudad de México ene./abr. 2020  Epub 22-Mayo-2020

https://doi.org/10.24201/es.2020v38n112.1699 

Artículos

Cambios y permanencias en la atmósfera cultural trans femenina de la Ciudad de México

Changes and Permanence on the Trans Female Cultural Atmosphere of Mexico City

Ana Paulina Gutiérrez Martínez1 

1Centro de Estudios Sociológicos, El Colegio de México, Ciudad de México México, apgutierrez@colmex.mx


Resumen:

Este artículo expone algunos cambios y permanencias de elementos culturales y prácticas sociales en la atmósfera cultural trans femenina de la Ciudad de México y da cuenta de estos procesos a través de tres relatos de interlocutoras, reconstruidos a partir de los métodos etnográfico, documental y biográfico. Las narrativas permiten notar permanencias y transformaciones en dos campos: las formas de organización colectiva y el tipo de recursos para la comunicación y expresión de las identidades de género. Es posible distinguir dos etapas con usos diferenciados de los recursos culturales que las personas trans femeninas utilizan para configurar y expresar su identidad de género en algunas sociabilidades urbanas de la Ciudad de México.

Palabras clave: cultura; trans; Ciudad de México; sociabilidades urbanas; internet

Abstract:

In this paper I analyze some changes and permanences of cultural elements and social practices of the trans feminine cultural atmosphere of Mexico City. This text gives some light about these processes by three life stories reconstructed with documental, biographical and ethnographic methods. These narratives allow us to notice transformations and permanence in two important fields: the shapes of collective organization and the type of resources for communication and expression of gender identities. It is possible to distinguish two phases with differential uses of these cultural resources that trans feminine persons use to configure and express their gender identity in some urban sociabilities in Mexico City.

Keywords: culture; trans; Mexico City; urban sociabilities; internet

Este texto nace de dos preguntas de interés sociológico: ¿cuáles son los elementos culturales y las prácticas sociales que cambian y permanecen en las narrativas de las personas trans femeninas en la Ciudad de México? ¿De qué formas el activismo, las fiestas y las redes sociales en internet moldean las experiencias de algunas personas trans femeninas en la Ciudad de México? Estas preguntas generales me llevaron a plantear el objetivo del artículo: exponer algunos cambios y permanencias de lo que he nombrado “atmósfera cultural trans femenina” y los vínculos entre algunas experiencias identitarias de género y formas de habitar la Ciudad de México en el periodo de 1996 a 2013.

El campo disciplinar donde se sitúa este artículo es la frontera entre la antropología y la sociología, con algunas aproximaciones históricas. Priorizo en el texto las narrativas de algunas personas trans para relatar fragmentos de la historia de la Ciudad de México basados en las sociabilidades y dimensiones que para ellas son relevantes. Sigo la pista de estas metanarrativas a partir de tres dimensiones: el activismo, las fiestas y las redes sociales en internet.

El tema trans se ha investigado en diversas disciplinas, como la psicología social (Próchno, Nascimento y Romera 2009), la sociología y la antropología (Alves de Melo, 2002; Kulick, 1998; Lamas, 2009; Mejía, 2006; Miano Borruso, 2003; Moreno Sánchez y Pichardo Galán, 2006; Oliveira, 1997; Pérez, 2010, 2013; Planas, 2010; Pons, 2016; Prieur, 2008; Sandoval Rebollo, 2011; Serret, 2009; Torrentera, 2011; Valentine, 2007; Vendrell Ferré, 2009), la historia (Cano, 2009; Meyerowitz, 2002) y la sexología (Álvarez-Gayou y Mazin, 1979; Barrios y García, 2008; Cardoso, 2005; Stoller, 1968; 1976). La relevancia de algunas investigaciones consiste en que permiten problematizar el uso de las categorías identitarias de género. En Brasil, travesti agrupa diferentes formas de expresar lo que en este texto se nombra como persona trans femenina (Kullick, 1998; Oliveira, 1997; Próchno; Nascimento y Romera, 2009). En Estados Unidos, un término que suele utilizarse para englobar identidades trans es transgénero. Esta categoría se exportó a otros contextos, entre otras razones por la influencia de este país en el mundo globalizado. Este vocablo hace referencia a la diversidad de posibilidades de lo trans, y también a un tipo de identidad particular que no es ni travesti ni transexual, diferenciándose de la primera por la aparente permanencia de la identidad femenina, y de la segunda por la ausencia de transformaciones corporales definitivas (Stryker, 1998, 2008; Valentine, 2003, 2007).

Algunas investigaciones reflexionan sobre las sexualidades, la identidad y las categorías médicas, que se articulan con fenómenos más amplios, por ejemplo, el cuerpo y la migración intercontinental (Vartabedián, 2007), las relaciones de pareja, los encuentros sexuales y el trabajo sexual (Higgins y Coen, 2000; Pérez, 2013; Pelúcio, 2006), el nombre propio de las personas travestis (Maureira, 2009), la estética, las fiestas y la política como espacios para el despliegue identitario y las identificaciones de las personas trans (List, 2002; Pérez, 2010; Zambrini, 2010), así como los procesos de normalización de lo trans (Pons, 2016).

Otro grupo de autores ha estudiado las sociabilidades de la diversidad sexual en distintos contextos sociohistóricos: Cano (2009, 2014), Laguarda (2007, 2011), Simonetto (2016, 2017), Fuentes (2017), Rodríguez (2016) y Luna (2017). Este campo de estudio se centra en procesos sociales y culturales que complejizan la historia de las ciudades. Aquí propongo la Ciudad de México como una red de sociabilidades, en este caso trans femeninas, en la que se gestan procesos identitarios de género complejos que dan como resultado un tipo de atmósfera particular que se transforma a lo largo del tiempo.

Aproximación teórica

Para construir la categoría analítica atmósfera cultural trans utilicé y articulé los conceptos de género, trans y sociabilidad. El género hace referencia a un orden que jerarquiza a las personas, sus identidades y las relaciones sociales de acuerdo con la diferencia de los cuerpos en relación con la biología de la reproducción humana y las formas del deseo erótico. Dicho orden es binario y heteronormativo, es decir, su lógica se basa en la consideración de la matriz heterosexual como norma para las relaciones sociales y, por lo tanto, para la configuración de las identidades de las personas y sus prácticas. Este orden es performativo, lo que implica que tiene efecto mientras sucede y se incorpora de tal forma que los sujetos lo perciben como natural. El carácter performativo también permite la innovación del orden (Butler, 1998, 2007; Connell, 1987; Scott, 2008). Esta categoría analítica es indispensable para entender lo trans femenino y los cambios y permanencias en la atmósfera cultural a la cual me refiero.

El término trans suele usarse como sinónimo de transgénero o transexual, excluyendo a personas travestis por considerarlas hombres que se visten de mujer con fines lúdicos o eróticos y no como personas con identidades de género femeninas (Lamas, 2009, 2012). Utilizo la categoría personas trans femeninas para referirme a quienes nacieron con pene y testículos y fueron socializadas como varones, pero que se han identificado en algunos momentos de su vida o se identifican a sí mismas en la actualidad como mujeres o en femenino1 y desean ser vistas y tratadas de acuerdo con esa identidad. Pueden transitar durante su vida entre los polos del orden de género o establecerse de manera definitiva en alguno de ellos, ya sea de manera práctica o como una aspiración. La razón más significativa para elegir el término trans es que permite la inclusión de otras formas de definición de las personas que no son contempladas desde los campos sexológico, médico, psiquiátrico o activista, así como los tránsitos frecuentes entre estas tres categorías. Utilizo esta categoría para incluir las diversas expresiones, identidades e identificaciones, mas no para homogeneizarlas.

Mi complicidad teórica con Susan Stryker (1998, 2008, 2014), David Valentine (2003, 2007, 2014) y Gabriela Cano (2009) para entender lo trans femenino surge de la confluencia de sus propuestas analíticas en algunos puntos fundamentales y de la idea de que el género es un orden social, y por lo tanto contingente, y que la identidad de género más que construirse socialmente se configura con distintos elementos presentes en la vida de las personas. De esta manera, es mucho más flexible de lo que se ha venido planteando desde la medicina, la psiquiatría y la sexología, y desde algunas escuelas de las ciencias sociales, como el constructivismo social (Sabsay, 2010). Tanto la identidad de género como lo trans se entiende en este texto como una categoría situada en un contexto sociohistórico particular.

El concepto de sociabilidad lo utilizo para referirme al conjunto de relaciones y prácticas sociales que se desarrollan en determinados espacios urbanos, tanto físicos como digitales. De acuerdo con la antropóloga Josepa Cucó (2008), la sociabilidad es lo que da especificidad y sentido a la trama organizativa de cada sociedad concreta. Entre otras cosas, favorece la pervivencia de las formas culturales aceptadas y el surgimiento y consolidación de otras emergentes y nuevas. Esto sucede por medio de la expansión de las fronteras del espacio entendido como privado hacia el espacio público y la apropiación de éste, ya sea de manera temporal o cíclica, consolidando o trastocando con su actividad el orden establecido.

Las narrativas de las personas trans femeninas en este texto, que podrían considerarse en el ámbito de lo privado, hablan de la ciudad a partir de sus experiencias cotidianas. Esto permite observar y analizar las formas complejas en que se entrelazan las historias con procesos sociales más amplios enmarcados en megaciudades como la Ciudad de México. Fue prioritario en la investigación pensar la ciudad y a las personas que la habitan en contextos históricos complejos y dinámicos (Haraway, 1997). Los procesos sociales no pueden ser comprendidos y explicados si no se toma en cuenta el paso del tiempo y el cambio social. Las coordenadas de las experiencias que mis interlocutoras comparten son fundamentales para reconstruir historias y espacios de la Ciudad de México que no han sido considerados al menos de manera suficiente en el campo de estudio que nos interesa.

Métodos y técnicas

En la investigación de la que es fruto este texto se utilizaron tres métodos de investigación cualitativa: documental, etnográfico2 y biográfico, lo que me permitió, tras un largo trabajo de campo, obtener la información necesaria para dar respuesta a las preguntas planteadas. El método etnográfico me sirvió, entre otras cosas, para construir un rapport sólido con mis interlocutoras y después trabajar de manera personal con el método biográfico. A la par del trabajo de campo etnográfico y de las entrevistas, llevé a cabo una búsqueda documental en prensa y en Facebook que me permitió recuperar información sobre distintos eventos relacionados con la vida de las personas trans femeninas en la Ciudad de México. Las técnicas de investigación principales fueron búsqueda hemerográfica y en archivos de Facebook,3 observación participante, charlas informales y entrevistas biográficamente orientadas.

Durante los primeros meses de trabajo de campo, Facebook se volvió fundamental para mantener la comunicación con mis interlocutoras y para hacer nuevos contactos. Comencé a poner más atención en las interacciones en esta red social y en los recursos culturales que en ella circulaban, y decidí integrarla como otro espacio más para la observación participante. Esto se convirtió en un aspecto particular del uso del método y las técnicas. Fue un reto metodológico mantener el rigor y la distancia analítica en un medio de comunicación en constante transformación y del que no había bibliografía académica suficiente. Como parte del trabajo de campo diseñé estrategias que me permitieran seguir los principios de investigación etnográfica para aprovechar las interacciones de las que era testigo y participante activa. También para tomar en cuenta los tránsitos de las personas en relación con el género y con las sociabilidades urbanas de la Ciudad de México (Gutiérrez, 2016).

Para mostrar el vínculo entre las experiencias personales y los procesos sociales urbanos de los que hablo, resulta útil estructurar el texto a partir de tres relatos de personas trans femeninas sobre algunas de sus experiencias en la Ciudad de México. Esto no agota ni las experiencias ni las reflexiones sobre el género, lo trans y las sociabilidades de la diversidad sexual, pero permite acercarnos a la comprensión del sentido que dan algunas personas trans femeninas a su propia historia y a la ciudad.

Tres relatos sobre el mundo trans femenino4

Sakura es licenciada en Actuaría por la UNAM, tiene aproximadamente cuarenta años,5 vive con su familia nuclear en Iztacalco y es soltera. Se autodefine como travesti, se siente atraída eróticamente por mujeres y, eventualmente, por hombres. Cuestiona la categoría travesti heterosexual6 utilizada con frecuencia en el medio en el que ella se mueve. Está convencida de que al relacionarse con otras mujeres no debe hablarse de heterosexualidad.

Relata que en la década de 1980 y principios de 1990, cuando era más joven y empezaba a travestirse, todo era muy diferente para las personas trans femeninas en la Ciudad de México. Los taxis no se detenían en las calles para llevarlas a su destino, o si lo hacían, les cobraban una tarifa mayor a la establecida. Algunas veces a ella la bajaron del auto con insultos cuando se percataron de que no era una mujer biológica,7 o cuando no quería pagar la tarifa excesiva que le cobraban. Durante esas primeras salidas a la calle vestida de mujer, convivió con otras personas trans femeninas en lo que ella considera dos ambientes diferentes. En sus propias palabras, uno era muy duro. Un ambiente de chicas que se reunían en hoteles de muy baja categoría, sin puertas, donde no había ninguna privacidad. En estos lugares solía haber indigentes y personas violentas que peleaban a golpes por cualquier motivo. Recuerda que al terminar la convivencia se sentaba en un rincón del cuarto, abrazaba sus pertenencias y se recargaba en una pared para dormitar un rato mientras amanecía para volver a su casa.

El otro ambiente del que formaba parte en los inicios de su transición, a mediados de la década de 1980, se mantenía en secreto. Las personas trans femeninas que lograban entrar en contacto se reunían en espacios privados y clandestinos. Antes de conocer esta posibilidad, Sakura asistía a antros gays, pensando que ahí podía encontrar a otras personas travestis. Una noche, mientras bailaba en uno de estos bares, alguien le dijo: “Mira, llegaron unos travestis”. Ella esperaba ver mujeres en tacones y faldas, “como nosotras”, me dijo. Pero no, “eran unos señores normales, incluso ya un poco grandes”. Cuando se acercó a preguntarles si eran travestis y si conocían algún lugar de reunión, cortaron de tajo la conversación y se alejaron. Sin embargo, cuando se fueron del lugar, le dejaron una servilleta con un teléfono y una dirección anotados. Después de contactarlas por teléfono comenzó a comunicarse con ellas por medio de un chat en internet8 para acordar reuniones en hoteles de mejor categoría.

De acuerdo con el relato de Sakura, ése es el origen de las fiestas trans en la Ciudad de México. Años más tarde, en 1998, a raíz de esta organización de personas trans femeninas, se fundó Dualidad Genérica, grupo dedicado a organizar reuniones y fiestas que, para el año 2000, se convirtió en Travestis México (TeveMex). Las fiestas se tornaron más concurridas, frecuentes y divertidas. Se llevaban a cabo en cuartos de hoteles de mediana categoría, conocidos como de tres estrellas, en zonas céntricas de la ciudad, como la colonia Roma o la Zona Rosa. Las personas trans femeninas que participaban en las fiestas se sentían ya un poco más seguras. La red fue creciendo debido a que, para entonces, había dos grupos nuevos con bastante convocatoria que congregaban a personas trans femeninas: Crisálida y Eón,9 ambos fundados en 1996. Crisálida reunía a personas que se identificaban como travestis heterosexuales para hacer un tipo de terapia grupal de autoayuda, pero guiada por un psicólogo, en la que compartían experiencias que habían tenido a lo largo de su vida.

Por su parte, Eón era un grupo de personas trans femeninas cuyos objetivos consistían en compartir información sobre la categoría transgénero, que para mediados de la década de 1990 era poco conocida en México, y en reflexionar sobre las implicaciones que esta nueva forma de entender la identidad tenía en su vida cotidiana. Se reunían los sábados, cada 15 días, en el Parque Hundido, uno de los parques más conocidos de la Ciudad de México, ubicado en Extremadura Insurgentes, una colonia habitada mayormente por familias de clases medias y altas.

Sakura no se sentía a gusto en ninguno de estos dos grupos. Consideraba que Crisálida era demasiado normativo, con reglas estrictas como la prohibición de llegar y salir de las reuniones vestida de mujer. Eón, en cambio, le parecía demasiado desorganizado y no cubría la necesidad que tenía de convivencia lúdica con otras personas trans. Fue en TeveMex donde encontró personas con las que se sentía identificada y con quienes podía conversar y convivir en fiestas y reuniones. Para este momento, inicios de la década de 2000, la diversificación de los grupos fue permitiendo que la red de personas trans que poco a poco se ponía en contacto creciera, y que la oferta de agrupaciones, espacios y actividades cubriera las necesidades diferenciadas de las personas trans femeninas de la Ciudad de México.

El caso de Martha, otra de mis interlocutoras, licenciada en Ciencias por la UNAM, de 42 años y dedicada, entre otras cosas, al trabajo sexual, ilustra otras necesidades e intereses distintos a los de Sakura. Ella vive en la zona central de la ciudad, a dos cuadras de la calzada de Tlalpan, cerca del metro Viaducto. Tiene una hija de aproximadamente veinte años que vive con ella desde que se separó de su pareja. En los inicios de su transición, a mediados de 1990, Martha, al igual que Sakura, visitaba los bares y antros gays ubicados en la Zona Rosa, o algunos cines porno utilizados para encuentros homoeróticos, como el Río, el Nacional o el Tacuba, localizados en la zona central de la Ciudad de México.

Para ella no fue tan clara la identificación como mujer, sino que al principio se asumió como hombre homosexual. Fue con una de sus parejas cuando comenzó a visitar lo que ella llama el ambiente gay. Uno de esos días se enteró, por medio de una revista gratuita llamada Ser Gay, de un grupo de Neuróticos Anónimos Lésbico-Gay y lo frecuentó. Estableció amistades con algunos hombres gays en un espacio distinto a los destinados para encuentros eróticos. Después de un tiempo, cuando expresó su identificación con lo femenino y su deseo de vestirse de mujer, comenzó a sufrir discriminación. La mayoría de los asistentes opinaba que ser vestida10 no era una forma digna de expresión genérica. Martha se sintió rechazada y abandonó el grupo. Ahora utiliza la categoría identitaria de mujer y considera que el “apellido transexual” es una estrategia necesaria para posicionarse políticamente. Pero en términos identitarios se identifica como mujer y sostiene “que ha llegado a serlo, tal como lo afirma Simone de Beauvoir, por una vía distinta que las mujeres biológicas”.

Más adelante asistió a las fiestas organizadas por TeveMex y formó parte del grupo Eón a mediados de la década de 2000, donde se dio cuenta de que le gustaba el activismo por ser una herramienta para obtener información sobre los derechos “que les habían negado durante décadas”. Si bien su paso por Eón le permitió aproximarse al activismo, fue a partir de su relación con otras activistas independientes, en 2009 comenzó a trabajar con el tema del derecho a un trato digno para las personas trans en las instituciones públicas de salud. Dos años después de su incursión en el activismo, Martha fue diagnosticada con virus de inmunodeficiencia humana (VIH). Desarrolló muy rápido el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida) debido a que se negó a ser tratada como varón en las instituciones de salud. Fue hasta que obtuvo su nueva acta de nacimiento, acorde con su identidad de género, a finales de ese mismo año, cuando se dio de alta en la Clínica de Especialidades Condesa y comenzó a recibir el tratamiento para control. Esta condición de salud la ha llevado en los últimos años a tener que recurrir a distintas instituciones estatales para su atención, y con frecuencia ha sufrido malos tratos y discriminación por vivir con VIH y por su identidad de género. A partir de estas experiencias reorganizó su vida, incluidos el activismo y el trabajo sexual.

La transmisión del VIH en el caso de Martha se debió a una relación sexual sin condón con un cliente. Al inicio trabajaba en la calle, sobre la calzada de Tlalpan, una de las zonas de comercio sexual en la parte central de la Ciudad de México. Si bien trataba de que los clientes usaran siempre condón, había veces en que la forzaban a tener relaciones sexuales sin protección o le ofrecían el doble del pago por no utilizarlo. Ella tomaba el riesgo porque con frecuencia le faltaba dinero para pagar la renta, darle de comer a su hija o comprar algunos insumos de su educación. Después de ser diagnosticada, decidió cambiar la estrategia para trabajar con mayor seguridad, no sólo en el tema de salud, sino de la violencia de la que muchas personas trans femeninas son objeto. Desde principios de 2012 utiliza Facebook para anunciar servicios sexuales y hacer contacto con los clientes. Una vez concertada la cita, se encuentra con ellos en un hotel donde ya la conocen y están pendientes de que salga en buenas condiciones de la habitación al terminar el servicio sexual. Para Martha el internet es una herramienta que le permite establecer una mejor tarifa debido a que ofrece servicios complementarios, como masajes y bailes privados, que el cliente contrata junto con la actividad sexual. Establecer un precio más alto para los servicios sexuales que presta le permite disminuir las probabilidades de aceptar un encuentro sexual sin condón, e ir creando una cartera de clientes frecuentes con los que se siente en menor riesgo de sufrir una agresión.

El desarrollo de internet y de las tecnologías de la comunicación ha contribuido a la modificación de las relaciones sociales y la vida cotidiana de las personas trans femeninas de la Ciudad de México. El acceso a una computadora personal, a la tecnología digital, la telefonía móvil y el internet depende de las posibilidades económicas y la educación necesaria para usar dichas tecnologías. Sin embargo, algunas personas trans femeninas con recursos económicos limitados acceden a estos bienes por medio de créditos o regalos. Es frecuente que hagan uso de éstos en el trabajo o en cafés internet, donde es posible utilizar la computadora y la conexión a la red por aproximadamente 10 pesos mexicanos por hora de uso.

La historia de Catalina, otra de mis interlocutoras, permite observar cómo estos cambios influyen en las maneras de configurar las identidades de género y de relacionarse con otras personas trans dentro y fuera de internet. También nos acerca a las formas en que las personas trans femeninas de la Ciudad de México utilizan la fotografía y la tecnología digital para presentar socialmente su cuerpo y su identidad y para hacer archivos sobre sus transiciones.

Catalina tiene 40 años, es soltera, estudió ingeniería en la UNAM durante cuatro semestres y después se dedicó al negocio de bienes raíces. Vive sola en un apartamento en la Juárez, una colonia habitada principalmente por familias de clase media, muy cerca del Centro Histórico y de la Zona Rosa, un barrio conocido como una de las zonas de mayor aceptación de la diversidad sexual de la Ciudad de México.11 Se autodefine como trans “a secas” y cuestiona la categoría de mujer porque siente que, aunque tengan cosas en común, “las vidas de mujeres y trans son distintas”. Tampoco se siente identificada con las categorías travesti, transgénero o transexual, las siente “como camisa de fuerza” porque pareciera que “tienes que cumplir con el manual”.

Ella también asistió a algunas fiestas organizadas por TeveMex a principios de los 2000 cuando rondaba los 30 años. Es una usuaria muy activa de internet y en particular de Facebook. Fue a partir de las interacciones en este espacio y nuestra red de amigos compartida como iniciamos y continuamos una relación de amistad en Facebook, aunque también he convivido con ella en eventos fuera de la red en la Ciudad de México.

Utiliza Facebook para compartir con sus contactos los autorretratos con los que ha registrado tanto su transición de género como sus viajes por distintos lugares del mundo. Ha sido un medio y un recurso para expresar y compartir su identidad de género de una manera que considera segura y privada, sólo con las personas que decide incluir en su red de amigos de Facebook. Además, le ha permitido acercarse al deseo que tuvo desde muy joven de “sacar buenas fotos, las mejores”, y que antes del desarrollo y la masificación de la tecnología digital le resultaba muy complicado. Se metió a un curso de fotografía cuando estudiaba en la universidad, pero se desesperó al darse cuenta de que era “demasiado técnico”. Tampoco tuvo el dinero suficiente para comprar una cámara profesional para sus prácticas. Durante su adolescencia y primeros años de juventud en la década de 1990, se sacaba fotos con la cámara Kodak Instamatic de la familia cuando estaba a solas en su casa y se travestía, pero era un problema esconder los rollos y después las fotos impresas. Muchas veces sólo las veía por algunas horas y después se deshacía de ellas para evitar el riesgo de que sus padres la descubrieran.

No fue sino hasta que una de sus parejas le regaló su primera “camarita digital”, a mediados de la década de 2000, cuando empezó a lograr algunas imágenes que le gustaban. “Me sacaba muchas fotos, y como ya tenía la cámara, ahí si no me importaba borrarlas. Luego sacaba más.” El artefacto la acompañó a varios viajes, coleccionó autorretratos y perfeccionó la técnica para crearlos porque la mayoría del tiempo no tenía cerca a nadie que sacara sus fotos. “Siempre viajaba sola y no podía desaprovechar la oportunidad de sacarme fotos, vestida de niña, en lugares lindos. Con toda la libertad que no tenía cuando estaba en el Distrito Federal.”12

Con su cámara digital logró algunos “encuadres perfectos” por medio del autodisparador, su cuerpo aparecía rodeado del paisaje que quería compartir con sus amigos cercanos, a quienes mostró las fotos impresas cuando volvió del viaje. Años más tarde, Catalina subió sus fotografías digitales a Facebook y fue armando álbumes particulares con los títulos de sus viajes, para los que ahorraba más de la mitad de su ingreso, aunque, en sus palabras, a veces comiera sólo frijoles. Las etiquetas fueron formando su mapa personal:13 “Catalina ha estado en Barcelona, Madrid, Sevilla, Paris, Cuba, Cancún, Acapulco”, y muchos sitios más específicos de estas ciudades y de la Ciudad de México, donde radica desde que nació.

La mayoría de las fotos de esta colección de autorretratos de viajes han sido en algún momento su imagen de perfil. A esta categoría se han agregado nuevas fotografías en las que está retratada con amigos y mascotas, casi todas sacadas con la misma técnica de autorretrato que desarrolló desde 2008, pero que ya practicaba desde las primeras fotos frente al espejo de su cuarto o de los hoteles de la Ciudad de México. Otras son retratos en un sentido más clásico, es decir, que otra persona ha disparado la cámara para sacarle una foto a Catalina. Y un tercer tipo son fotografías que Catalina ha sacado de primeros planos de su cuerpo con su computadora y su teléfono celular. Estas últimas se conocen en el lenguaje de las redes sociales como selfies, y al decir de los propios usuarios y de la prensa en internet, han inundado los perfiles de Facebook y otras plataformas virtuales, dando un carácter “narcisista y superficial” a las “sociedades de estos tiempos”14 (Dictionaries, 2013; Espíndola, 2014; Rodríguez, y Hung, 2010; Tong, Van der Heide, Langwell et al., 2008; Villoro, 2014).

Sin embargo, para Catalina y otras interlocutoras, el registro fotográfico de las experiencias y su posterior publicación son el testimonio de la libertad que se han tomado de habitar el mundo como personas trans femeninas. Cada vez que Catalina volvía a la Ciudad de México, regresaba también a lo que llama la vida de hombre, que no disfrutaba y no le hacía del todo feliz, pero que le permitía tener un trabajo remunerado, costear sus viajes y, sobre todo, convivir con su familia, quienes no conocen la existencia de Catalina.

La atmósfera cultural trans femenina

La atmósfera cultural trans femenina es una categoría analítica que construí con base en las aproximaciones teóricas sobre el género, lo trans y las sociabilidades. Se refiere al conjunto de sociabilidades, normas, recursos culturales, modelos femeninos e instituciones que caracterizan, en un periodo determinado, las relaciones sociales de las que participan las personas trans femeninas de la Ciudad de México (Gutiérrez, 2015).

Esta atmósfera cultural trans femenina se desarrolla en la zona central de la Ciudad de México. Principalmente en colonias como la Roma, la Condesa, la Juárez, la Álamos y la calzada de Tlalpan en la zona más cercana al Centro Histórico, con algunos puntos más alejados, como la colonia Moctezuma en la delegación Venustiano Carranza.

Las identidades de las personas trans femeninas que habitan la Ciudad de México se distinguen por la articulación del género con otros órdenes sociales, como la clase, la edad, la profesión, las formas del deseo erótico y por la permanencia o fugacidad de las expresiones consideradas femeninas. Estas identidades trans femeninas son muy diversas y no homogéneas. Hay personas trans femeninas que se definen como travestis heterosexuales; otras, como transexuales lesbianas, mujeres bisexuales o simplemente mujeres o trans. Hay también estilos de vida muy variados que incluyen combinaciones relacionadas con esas otras formas de organización social: personas trans de todas edades, con todas las formas del deseo erótico posibles, maestras, economistas, contadoras, sociólogas, artistas, activistas, ingenieras, trabajadoras sexuales, madres y padres de familia (según sea la categoría de parentesco que elijan), con posturas políticas de izquierda, de derecha, de centro, católicas, ateas y budistas, con expresiones y gestos muy femeninos, con expresiones y gestos muy masculinos o con una mezcla de códigos de género que muchas veces resulta ilegible de acuerdo con los referentes dicotómicos más tradicionales (Gutiérrez, 2015).

Las narrativas de las tres personas a las que me refiero en párrafos anteriores nos permiten notar, en términos muy generales, las transformaciones en dos de los campos más relevantes en el mundo trans femenino de la Ciudad de México: las formas de organización colectiva y el tipo de recursos para la comunicación y expresión de las identidades de género, en particular la aparición del internet. Son justamente estas transformaciones las que permiten dividir para el análisis la atmósfera cultural trans en dos etapas.

La primera, a partir del surgimiento de los grupos activistas Crisálida y Eón en 1996, hasta 2006, cuando los grupos activistas trans comenzaron a trabajar con la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, académicos y otros activistas en la preparación de la propuesta para las reformas legislativas sobre cuestiones de identidad de género. Esta etapa se distingue por ser más lúdica y menos política que la segunda. Sin embargo, fue en esos años cuando algunas personas trans comenzaron a utilizar el término transgénero como categoría identitaria y también a organizar grupos de personas travestis que tendían hacia un activismo más político. La organización de grupos fue a partir de las fiestas, las salidas a discotecas y bares y las reuniones en algunos espacios que permitían el travestismo, como las fiestas en hoteles y las reuniones en el Centro Cultural de la Diversidad Sexual en la colonia Roma. Algunas de estas actividades culturales y políticas organizadas por estos grupos permitieron que, con el tiempo, se fueran generando espacios más organizados y seguros para las personas trans femeninas, y que ellas se fueran conociendo y conectando entre sí. La información de interés para personas trans femeninas en esta etapa circulaba por radio, correspondencia postal, de voz en voz, por las incipientes redes sociales de finales de la década de 1990 (correo electrónico, chats muy sencillos y, posteriormente, grupos de Yahoo). En los últimos años de esta etapa, el internet se hacía cada vez más accesible y su uso más frecuente. No había un marco jurídico que garantizara sus derechos identitarios y, por lo tanto, la clandestinidad era parte fundamental de las formas de convivencia y comunicación.

La segunda etapa abarca de 2006 a 2013; en ésta se mantienen los espacios lúdicos, como fiestas, bares, discotecas, casas de transformación y escenarios para cabaret. La oferta de locales comerciales para actividades lúdicas de personas trans se fue diversificando y dejó de estar, en la mayoría de los casos, en la clandestinidad. Algunas formas de organización se hicieron complejas y aparecieron otras sociabilidades importantes para el análisis de las relaciones sociales de las que forman parte las personas trans femeninas. Las asociaciones civiles empezaron a enfocarse en la demanda de respeto a los derechos humanos y en la atención médica especializada de las personas trans, ya no sólo enfocadas en el VIH y el sida, sino en los tratamientos de remplazo hormonal, las cirugías de reasignación sexual y los tratamientos psicológicos. Fue en esta etapa cuando se aprobaron varias reformas a las leyes locales del entonces Distrito Federal en materia de derechos sexuales y de identidad. Entre ellas, las relativas a la concordancia sexo genérica, en el 2008, que permiten el levantamiento de una nueva acta de nacimiento con el nombre y el género que la persona decide, sin que quede evidencia del nombre y el género anterior.15 Un año más tarde se inició el programa transgénero en la Clínica de Especialidades Condesa, que otorga de manera gratuita los tratamientos de remplazo hormonal. También comenzó a popularizarse el término trans como categoría identitaria entre algunas personas que antes se autonombraban o eran nombradas por otras personas como vestidas, travestis, transgénero y transexuales.

En esta etapa, el uso del internet y las redes sociales cobró fuerza y se agregó a los recursos culturales que las personas trans femeninas utilizaban para configurar y expresar su identidad de género. Esto fue posible en gran parte por el desarrollo acelerado de las comunicaciones y la tecnología digital y por su abaratamiento, lo que posibilitó el acceso masivo a dispositivos como celulares, computadoras y cámaras fotográficas de las personas trans femeninas y de muchas otras personas de clases medias y populares.

Las fiestas, el activismo y el internet

Como se observa en los relatos de Sakura, Martha y Catalina, la atmósfera cultural trans de la Ciudad de México se fue transformando con el tiempo. Los 17 años transcurridos en el periodo de análisis se distinguieron por el tipo de organización de las personas trans femeninas. Durante la primera etapa, de 1996 a 2006, como se ve en el relato de Sakura, la clandestinidad de los lugares donde se reunían y la inexistencia de un marco jurídico que garantizara los derechos de las personas trans, las hacía más vulnerables a las agresiones transfóbicas, en parte por el aislamiento en que algunas se mantenían durante sus primeras salidas vestidas de mujer. Esto fue cambiando conforme se fue fortaleciendo la red de personas trans femeninas que funcionaba sobre todo para la planeación de fiestas. Este tipo de organización, más lúdica que política, fue fundamental para que se ampliara esta red, con todo y las tensiones propias de cualquier asociación de personas. Ya no sólo visitaban de manera aislada discotecas y bares, sino que las personas trans femeninas organizaban sus propias fiestas, incluso con bandas de rock conformadas por algunas de ellas. También tuvieron acceso a otro tipo de información, distinta a la que habían tenido hasta ahora, primero a través de grupos activistas en los que participaban psicólogos, sexólogos, abogados y artistas, y después a través de internet.

Este tipo de organización derivó más adelante, en la segunda etapa, en una que puede considerarse más política, como sugiere el testimonio de Martha. La apropiación de la categoría transgénero por las personas trans que formaban el grupo Eón contribuyó al cuestionamiento de algunas categorías identitarias en uso, hasta ese momento naturalizadas, como la de travesti heterosexual o vestida. Las personas trans femeninas tenían ya otro punto de referencia para cuestionar dichas categorías, aunado al discurso médico que en este contexto reciben a través del campo de la sexología.

Así, a mediados de los años de 1990 y principios de los 2000, el discurso médico que plantea que la identidad de género está completamente formada a los tres años de edad y ya no cambia, tomó fuerza (Gutiérrez, 2015; Lamas, 2012; Meyerowitz, 2002; Pérez, 2010). Algunas personas trans femeninas que experimentaron sus transiciones en estos años se apropiaron de esta idea para explicar su identidad de género y configurar, con base en esa representación, su expresión identitaria y su propia narrativa autobiográfica. El modelo al que aspiraba la mayoría de las personas trans femeninas en esos años en la Ciudad de México era el de una persona que viviera de manera permanente con la identidad femenina y que por ello se distinguiera de la categoría de travesti. Poco a poco las tecnologías médicas y quirúrgicas se fueron desarrollando y con ello la categoría de transexualidad se sumó a las posibilidades y aspiraciones identitarias de las personas trans femeninas de la Ciudad de México.

La segunda etapa, de 2006 a 2013, se centró, sobre todo, en la demanda de derechos sexuales y de identidad, así como en la atención a los requerimientos de salud de personas transexuales y transgénero que aspiran a recibir un tratamiento de remplazo hormonal. Globalmente, el discurso propio de los derechos humanos y las modificaciones jurídicas para que se respeten en distintas latitudes enmarca las transformaciones locales y moldea algunas de las subjetividades de las personas trans femeninas. Estos cambios trajeron como consecuencia que los grupos activistas se organizaran a manera de asociaciones civiles, conformadas por dos o tres personas, centradas en la formación profesional como activistas y en la captación de recursos financieros para desarrollar proyectos de atención para la población trans femenina.

Fue también durante esta segunda etapa cuando el internet cobró relevancia como un medio masivo de comunicación e información que permitió a algunas personas trans femeninas de la Ciudad de México mantener contacto y fortalecer la comunicación local (Gutiérrez, 2015). Las ventajas del internet aparecen en las narrativas de las tres interlocutoras, que son más o menos de la misma edad y que han utilizado para su beneficio sobre todo Facebook: Sakura, para acceder a información sobre lo trans, comunicarse y acordar encuentros; Martha, para ejercer el trabajo sexual de manera más segura, y Catalina, para archivar y compartir los registros fotográficos de su transición y sus viajes en un medio que considera seguro y privado.

Facebook le ha permitido a algunas personas trans femeninas no sólo comunicarse y organizarse entre ellas, sino acceder a información proveniente de varios lugares del mundo, desde tutoriales de belleza hasta publicaciones sobre derechos sexuales y de identidad. Además, uno de los usos más frecuentes y valorados entre las personas trans femeninas usuarias de Facebook es la posibilidad de contar con un espacio seguro para expresar su identidad de género, para mostrarse en femenino. Varias de ellas, como Catalina, han usado Facebook como una plataforma para archivar y compartir sus autorretratos o selfies. Esto les ha permitido hacer un registro temporal de su proceso identitario, así como interactuar con otras personas trans femeninas por medio de los comentarios y los “me gusta” que reciben las fotografías. Además, las personas trans femeninas han utilizado la fotografía no sólo en “tiempos virtuales”, sino desde antes de la digitalización de ésta para expresar y poner en acción tanto los modelos femeninos como los discursos normativos que nutren el proceso de configuración de su identidad de género. El orden de género se encarna en las personas y éstas lo reproducen y expresan su deseo de vivirse y ser tratadas como mujeres, a través de las fotografías, antaño de estudio y ahora digitales, y en plataformas virtuales (Cano, 2009; Gutiérrez, 2015).

La performatividad del género, entendida como un ritual que consigue su efecto a través de la naturalización del cuerpo, también involucra otros órdenes sociales, como la clase y la profesión, que se encarnan y combinan por medio de los recursos utilizados para la feminización del cuerpo y de la identidad de género (Butler, 2007; Gutiérrez, 2015). Dicha performatividad está relacionada con los modelos identitarios, no sólo para ser o verse como mujer, sino para ser o verse como una persona con determinadas características de clase, de edad, de profesión y de expresión de las formas del deseo erótico, que si bien no es el factor principal en todas mis interlocutoras, aparece en la mayoría en algún momento o faceta de su vida. La performatividad de género de las personas trans femeninas se hace observable también en las fotografías de perfil y moldea las interacciones con otras personas de la red compartida.

Consideraciones finales

En el texto he tratado de dar respuesta a las dos preguntas que planteo al inicio: ¿cuáles son los elementos culturales y las prácticas sociales que cambian y permanecen en las narrativas de las personas trans femeninas en la Ciudad de México? ¿De qué forma el activismo, las fiestas y las redes sociales en internet moldean las experiencias de algunas personas trans femeninas en la Ciudad de México?

Después del recorrido por las narrativas de las tres interlocutoras y la reconstrucción de la atmósfera cultural trans femenina de la Ciudad de México, puedo sostener que las sociabilidades que conforman ambas etapas han estado jerarquizadas. En ellas se construyeron y transgredieron fronteras identitarias durante el desarrollo de las relaciones sociales que han conformado los procesos de identificación y diferenciación en los que han participado personas trans femeninas y personas con otras identidades de género (Shoshan, 2008; Yeh, 2009). Dichas relaciones sociales se han formado y desplegado en las fiestas, los grupos activistas y en las redes sociales en internet a lo largo de los 17 años de la atmósfera cultural trans femenina a la que remite este texto. La jerarquización de las relaciones sociales se ha organizado, reproducido y expresado a través del género, pero también de otros órdenes, como clase social, edad, profesión y formas del deseo erótico, que dieron y siguen dando formas particulares a las sociabilidades contenidas en ambas etapas de la atmósfera cultural trans femenina de la Ciudad de México.

Esa forma de organizar a las sociedades, de ordenarlas, puede observarse a través de las metanarrativas sobre la Ciudad de México, en particular sobre las distintas sociabilidades trans. La performatividad del género debe entenderse sociohistóricamente. La identidad de género se pondrá en acto de manera diferenciada dependiendo de la categoría que la persona trans utiliza para autodefinirse, del nivel de clandestinidad o apertura del contexto que habita o de los recursos económicos, sociales y culturales a los que tiene acceso en distintos momentos de su vida. Esto nos permite notar y reflexionar sobre la flexibilidad de las identidades de género y el uso estratégico que las personas han hecho y siguen haciendo de ellas.

En la primera etapa de la atmósfera cultural trans, la clandestinidad de ciertos espacios moldeó la performatividad del género de algunas personas trans femeninas. Es decir, el cuerpo se vivía, se organizaba y se mostraba de formas distintas. El ser hombre, el ser mujer, el ser travesti heterosexual, vestida, transgénero o trans, significa que la transgresión se vive y se entiende de manera situada. Antes de que hubiera un marco jurídico que protegiera los derechos de las personas a su identidad de género, en las décadas de 1980 y 1990, las personas trans femeninas se movían con mayor cautela en la ciudad. Era más frecuente que vivieran como varones y sólo en ciertos espacios clandestinos se travistieran. Las razias obligaban a las personas trans a esconder lo que muchas consideran “su parte femenina” y a acentuar los modos masculinos que les libraban de las agresiones policiacas.

En la actualidad, la necesidad de discreción de una persona que no vive de manera permanente con la identidad femenina, sino que la esconde en la mayoría de los espacios que habita, no es la misma que la de una persona que se asume como transexual. Las expresiones performáticas serán diferentes en uno y otro caso y las negociaciones respecto a dichas expresiones identitarias, los vínculos afectivos y el establecimiento de las relaciones sociales con otras personas e instituciones se definirán de acuerdo con cada uno de estos matices de su experiencia identitaria personal y colectiva en distintos momentos de su vida y en distintos momentos históricos.

Durante la segunda etapa de la atmósfera cultural trans femenina ha sucedido lo mismo. La experiencia de ser trans se ha ido definiendo y expresando de acuerdo con las transformaciones del contexto. El desarrollo tecnológico, tanto en el campo médico como en el campo de las comunicaciones, ha influido en las formas en que las personas trans femeninas configuran su identidad de género y la expresan. La forma en que algunas personas trans femeninas moldean sus cuerpos, ya sea con prótesis de tela u otros materiales o con recursos quirúrgicos, ha sido distinta dependiendo del desarrollo tecnológico y, sobre todo, de la accesibilidad al mismo.

Los modelos identitarios también son situados y se han ido transformando con el paso de los años, mediados por la tecnología, los discursos globales sobre lo trans y sobre otros aspectos sociales que les atañen, les gustan o les preocupan.16 Las tres personas trans femeninas a quienes me refiero en este texto, de edades similares, tienen modelos femeninos distintos: Uhura, el personaje femenino de Star Trek, la artista Yoko Ono o la escritora Ikram Antaki. Estos modelos femeninos están mediados por la clase social, la profesión de cada una de ellas y el deseo de habitar el mundo y actuar el género de determinada manera (Butler, 2007).

Las fotografías creadas y compartidas por las personas trans femeninas de la Ciudad de México en Facebook, de alguna manera representadas por el testimonio de Catalina, pero con diferencias significativas debido a su pertenencia de clase, profesión, formas del deseo erótico y edad, son un elemento que permite el análisis situado de la performatividad del género. A través de los materiales fotográficos compartidos en la red también se observa y analizan las formas en que los cambios y permanencias de la atmósfera cultural trans femenina de la Ciudad de México se encarnan y expresan en las personas y nos permiten acercarnos a la comprensión de cómo el género organiza la experiencia de las personas en el mundo social que habitan, y cómo esta organización por género se ha ido transformando en la Ciudad de México en los últimos 17 años.

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1 Algunas de mis interlocutoras no utilizan la categoría mujer para autoidentificarse, e incluso la cuestionan. Sin embargo, configuran su identidad con referentes culturales considerados femeninos, como el nombre propio, los arreglos corporales, el lenguaje, etcétera.

2La decisión de usar la primera persona para la redacción del texto tiene su origen y fundamento en los principios del método etnográfico y las discusiones epistemológicas sobre la objetividad, la producción del conocimiento y la reflexividad de quien investiga (Guber, 2004, 2011). Para ahondar en esta discusión véase (Sánchez Carretero, 2003).

3Agradezco a Alonso Hernández por compartir la información del Archivo y el Obituario LGBTTTI en Facebook.

4Se utilizan pseudónimos.

5La media de edad de las personas trans entrevistadas en esta investigación es de 41 años, la moda es de 45, el valor más bajo es de 29 años y el más alto de 61. Se puede decir que la mayoría está en sus cuarenta, lo que permite recuperar algunos recuerdos sobre los inicios de sus transiciones en la juventud situados en la atmósfera cultural trans de las décadas 1980, 1990 y 2000, y observar algunas transformaciones de dicha atmósfera a lo largo de estas tres décadas y de lo que va de la de 2010.

6Ésta es una categoría que se utiliza en campo, tanto entre personas trans como entre sexólogos y terapeutas que trabajan con personas trans. Hace referencia a personas que al nacer fueron designadas como hombres y han vivido como tales la mayor parte de su vida en casi todos los espacios sociales que habitan, pero se travisten de manera clandestina en espacios lúdicos o en su casa. Se sienten atraídas eróticamente hacia mujeres biológicas con las que forman pareja y a veces tienen hijos. Un elemento que las congrega en las terapias es el conflicto con sus parejas mujeres respecto al deseo y práctica del travestismo.

7La categoría mujer biológica la utilizan algunas de mis interlocutoras en el campo de estudio para referirse a las mujeres no trans, es decir, a aquellas que al nacer fueron asignadas como mujeres y así se han identificado a lo largo de su vida. En los últimos cinco años, el término cisgénero ha cobrado fuerza tanto en el activismo como en la academia y ha desplazado a otras categorías como mujer biológica o “mujer-mujer” utilizadas por personas trans femeninas de la red con la que llevé a cabo la investigación.

8Este chat se convirtió́ posteriormente en grupo en el portal de internet Yahoo y se fueron agregando más personas hasta que llegó a tener 300 miembros. Posteriormente, la mayoría de las personas trans femeninas que usaban este medio para comunicarse abrieron sus cuentas en Facebook y comenzaron a interactuar en esta red social de manera más independiente, es decir, sin pertenecer a un grupo determinado o al menos no a uno solo, lo cual, según algunas de mis interlocutoras, disminuyó la cohesión del grupo.

9El nombre del grupo alude a un noble francés, Charles Geneviève Louis Auguste André Timothée d’Éon de Beaumont, conocido como Chevalier d’Éon o Mademoiselle Beaumont, quien fue espía de Luis XV, y vivió los primeros 49 años de su vida como hombre y los últimos 33 como mujer (entrevista con Anxélica Risco, fundadora de Eón).

10Ésta es otra categoría identitaria que se utiliza entre las mujeres trans con quienes trabajé en la investigación. Tiene dos usos. Uno es despectivo, para referirse a personas trans femeninas consideradas de menor categoría porque no cumplen con las características performáticas necesarias para ser leídas como mujeres (Butler, 2007; Halberstam, 2011). El otro uso es de autoadscripción identitaria, es decir, algunas interlocutoras se nombran a sí mismas como “vestidas”, ya sea en un intento de reivindicación identitaria o como la única categoría que conocen para nombrar esa expresión genérica.

11En la década de 1960, en el marco de la contracultura, comenzaron a establecerse galerías de arte y librerías, lo que atrajo a artistas e intelectuales que se apropiaron de este espacio como punto de reunión y de expresión, sobre todo artística. A partir de este cambio se empieza a conformar la “atmósfera de libertad” que caracteriza a la Zona Rosa. De acuerdo con Zolov (2002) y Laguarda (2007, 2011), es durante las décadas de 1960 y 1970 cuando se convirtió en un lugar ideal para lucir la moda: un lugar que parecía recibir la modernidad y donde se podían respirar aires de libertad. Se volvió, entonces, punto de encuentro para los homosexuales que se reunían en lugares que funcionaban como espacios de tolerancia, como los restaurantes Sanborns, Toulouse y Carmel, donde los usuarios guardaban las apariencias de acuerdo con el orden establecido para conservar dichos lugares. En los años de 1970 proliferaron los bares para público homosexual, lo que coincidió, más o menos, con tiempos en que el concepto “gay” apareció en la escena como una categoría de identificación. En la actualidad es conocida por ser un polo de atracción para la “comunidad” LGBT que se reúne tanto en la glorieta de Insurgentes, una explanada donde se ubican las entradas al metro y metrobús, como en bares y restaurantes gay friendly, sobre todo en la calle de Amberes, conocida como la gay street de la Ciudad de México, que abarca, de norte a sur, desde Paseo de la Reforma hasta la calle de Hamburgo (Laguarda, 2011).

12Ahora Ciudad de México.

13Los mapas de Facebook son un componente más de la red social. Se van formando cuando el usuario etiqueta en alguna fotografía la ubicación del lugar en que fue producida. Esto hace que cada usuario tenga un registro de los lugares que visita (o dice que visita) y que estos sean visualizados en un mapa que forma parte de la cuenta de cada usuario y que puede o no hacer público.

14Para una discusión más profunda véase (Gutiérrez, 2016 y 2019).

15Al momento de la investigación, sólo las personas que se sometían al tratamiento de remplazo hormonal podían solicitar, por medio de un juicio, el levantamiento de una nueva acta de nacimiento por concordancia sexogenérica. Se exigían peritajes que avalaran la condición de disforia de género y su adecuado tratamiento. Este proceso implicaba un gasto económico muy fuerte para solventar los peritajes y el pago del abogado. En la última etapa de la investigación se llevaban a cabo reuniones entre activistas trans y legisladores con miras a reformar la ley para convertir lo que hasta ese momento había sido un juicio en un mero trámite administrativo. En noviembre de 2014 se aprobaron las reformas al Código Civil del Distrito Federal para lograr lo anterior, y el 5 de febrero de 2015 se publicó el “Decreto por el que se reforman y adicionan diversas disposiciones del Código Civil para el Distrito Federal y del Código de Procedimientos Civiles para el Distrito Federal” en la Gaceta Oficial del Distrito Federal, que entró en vigor el 7 de marzo del mismo año. Entre otras cosas, esta transformación legal abre posibilidades para las personas que quieren tramitar un acta nueva sin modificar su cuerpo por medio de tratamientos médicos.

16Algunas de las personas trans femeninas con quienes dialogué toman modelos identitarios de mujeres que admiran por su trabajo o sus posturas políticas en torno al feminismo, al medio ambiente, a la economía y otros aspectos con los cuales se identifican por su profesión, su origen, su clase social, su edad y su estilo de vida.

Recibido: 20 de Enero de 2018; Aprobado: 30 de Noviembre de 2018

Acerca de la autora

Ana Paulina Gutiérrez Martínez es doctora en Ciencia Social con especialidad en Sociología por El Colegio de México y licenciada en Antropología por la Universidad Autónoma de Querétaro. Actualmente se desempeña como investigadora en el Programa Interdisciplinario de Estudios de Género de El Colegio de México.

Sus principales temas de investigación tratan sobre identidades de género, sociabilidades urbanas, sexualidades y redes sociodigitales. Ha realizado distintas investigaciones sobre sociabilidades trans, experiencias de lactancia materna, narrativas autobiográficas, censura y Facebook.

Dos de sus trabajos más recientes son:

1. (2019). Cuerpo, censura y resistencia en Facebook. El caso de Girl Power. En Magaña, Luz del Carmen (coord.), Mecánicas del cuerpo pospornográfico, desnudo y censura en el arte. Rialta Ediciones.

2. (2016). Etnografía móvil: una posibilidad metodológica para el análisis de las identidades de género en Facebook. Revista Interdisciplinaria de Estudios de Géne

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