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Estudios sociológicos

versión On-line ISSN 2448-6442versión impresa ISSN 0185-4186

Estud. sociol vol.36 no.108 México sep./dic. 2018

http://dx.doi.org/10.24201/es.2018v36n108.1612 

Artículos

Manejo emocional y acción colectiva: las emociones en la arena de la lucha política

Emotion management and collective action: emotions in the arena of political struggle

Tommaso Gravante1 

Alice Poma2 

1CEIICH-UNAM, t.gravante@gmail.com

2IIS-UNAM, alicepoma@gmail.com

Resumen

El artículo analiza tres estrategias de manejo emocional empleadas en la acción colectiva. A partir de entrevistas en profundidad y grupos de discusión con un colectivo que defiende un bosque en México, se presenta el papel del manejo emocional para evitar el agotamiento. En el texto se examina cómo los miembros del grupo identifican diferentes tipos de miedo, asunto que ha encontrado mayor atención en los análisis de la acción colectiva en contextos represivos y el manejo de la impotencia y la desesperanza. El objetivo es contribuir a conocer la función del manejo emocional en los movimientos sociales y mostrar la importancia de las emociones en la arena de la lucha política.

Palabras clave: conflictos socioambientales; manejo emocional; represión política; prácticas

Abstract

The article provides an analysis of three emotion management strategies in collective action. From the analysis of in-depth interviews with a Mexican group that is defending a forest, we will present the role of emotion management to avoid activists’ burnout. This article will analyze the management of fears, which has found greater attention in the analysis of collective action in repressive contexts, but also how the subjects handle powerlessness and hopelessness. The aim of this paper is to contribute to understanding the role of emotion management in social movements, showing how emotions are central elements in the arena of political struggle.

Key words: socio-environmental conflicts; emotion management; political repression; political practices

Introducción

Arlie (Hochschild 1975, 1979, 1983) mostró que la evocación de determinadas emociones y las reglas que las gobiernan pueden convertirse en “objeto de lucha política” (Hochschild, 2008, p. 149).1 La investigación de la estadounidense fue pionera en proponer “una manera sociológica de reflexionar sobre la emoción” (Hochschild, 2008, p. 117) y, entre otras cosas, se caracteriza por proponer los conceptos de trabajo y manejo emocional,2 es decir, la capacidad de los sujetos de manejar sus emociones, y de reglas del sentir. Sin embargo, resultan todavía escasos los estudios que analizan el papel del manejo emocional en la acción colectiva (Flam, 2005; Gould, 2009; Groves, 1997; Jasper, 1997; Reger, 2004; Summers-Effler, 2010).

El manejo emocional ocurre cuando emerge una divergencia entre los sentimientos de uno mismo y las reglas del sentir o, en otras palabras, cuando percibimos un desequilibrio entre lo que estamos sintiendo y lo que deberíamos sentir. Este proceso se desarrolla también en los grupos y colectivos que protagonizan las protestas y los movimientos sociales.

Los actores sociales involucrados en la acción colectiva reelaboran continuamente lo que consideran apropiado o justo sentir. De esta manera, en lo colectivo, el trabajo emocional se convierte en herramienta política, tanto de autodefensa, cuando dichos actores tienen que manejar emociones que pueden perjudicar su lucha, como de ataque, cuando lo usan para desafiar el discurso o la ideología dominante, por ejemplo, al legitimar nuevas reglas del sentir.

El objetivo del artículo es mostrar la centralidad el trabajo emocional para el desarrollo de la acción colectiva. En particular, se enfocará en analizar tres estrategias de manejo emocional que son la respuesta al agotamiento -burnout-, el cual puede llevar al fin de la experiencia de lucha. Primero veremos cómo los sujetos sobrellevan el sentimiento de impotencia; luego, cómo los protagonistas no se dejan llevar por la desesperanza; y, por último, el manejo de diferentes tipos de miedos, entre ellos el miedo a la represión.

El caso de estudio es la experiencia de un colectivo urbano, el Comité Salvabosque (CS), que desde 2005 defiende el bosque del Nixticuil amenazado por la proliferación de fraccionamientos que están afectando la zona metropolitana de Guadalajara (ZMG), en México. La relevancia de este asunto reside en que se trata de un colectivo de vecinos autoorganizados que rechaza la colaboración con organizaciones gubernamentales y no gubernamentales en un contexto represivo.3 En su repertorio de protesta se encuentran la acción directa (la brigada para apagar incendios o reforestación de las áreas dañadas del bosque), actividades de sensibilización ambiental en el vecindado e instancias legales de denuncia. Sus actos se caracterizan por ser autogestionados a través de asambleas horizontales y autofinanciadas mediante quermeses y otras actividades colectivas.

Bajo estas premisas, el artículo se desarrolla en tres partes. En el primer apartado se detallan las herramientas teóricas utilizadas para el análisis, en particular la forma en que se ha analizado el trabajo emocional en la literatura que reflexiona sobre los movimientos sociales. En esta parte se establecen las similitudes y diferencias encontradas respecto a nuestro estudio de caso, así como la aportación de nuestra investigación. En un segundo apartado se describe la metodología empleada para la recolección de datos, enfocada en comprender cómo hacer surgir el trabajo emocional que hacen los activistas entrevistados. Por último, la parte analítica se compone de tres secciones que corresponden a tres estrategias de manejo emocional que emplea este colectivo para evitar el agotamiento.

El manejo emocional en el estudio de los movimientos sociales

A pesar de la amplísima difusión y aplicación de la propuesta de Hochschild (1975, 1979, 1983) en distintas dimensiones de la vida cotidiana (vida laboral, relaciones interpersonales, cuestiones de salud, etc.), su utilización en el campo de la protesta y los movimientos sociales no ha gozado de continuidad y sistematicidad, como lo evidencia también Jasper (2011), a pesar de las potencialidades que tiene.

El trabajo emocional se puede analizar desde múltiples niveles: desde el micro, que es donde reside la propuesta de Hochschild (1979, 1983), tanto en lo individual como en las interacciones interpersonales (Lively & Weed, 2014; Norgaard, 2006); en las estructuras de mesonivel, como las organizaciones de los movimientos sociales (OMS) (Reger, 2004; Gould, 2009; Smith & Erickson, 1997; Goodwin & Pfaff, 2001; Flam, 2005) o las comunidades y grupos de autoayuda (Taylor, 1999; Hercus, 1999; Wolkomir, 2001; Whittier, 2001); y, finalmente, las organizaciones de macronivel (Perry, 2002; Maney, Woehrle & Coy, 2009).

Si bien coincidimos con Taylor (1996, 1999, 2010) en que el trabajo en los grupos de autoayuda es político debido a que producen o proponen un cambio en la cultura emocional y las reglas del sentir, observable en los análisis de la experiencia de las madres que padecen depresión posparto (Taylor, 1996, 1999), de las feministas que sufren por las contradicciones entre su identidad y el entorno en el que viven (Hercus, 1999), o de los homosexuales cristianos que tienen que lidiar con los conflictos que emergen entre sus creencias religiosas y la aceptación de su homosexualidad (Wolkomir, 2001), el examen que presentamos se diferencia en que analiza el trabajo emocional como herramienta de lucha. A pesar de que observamos algunas coincidencias en las estrategias de manejo emocional que surgen de estos análisis, los grupos de autoayuda tienen características similares a un contexto terapéutico al que los sujetos acuden para enfrentar problemas individuales de manera colectiva y reenmarcar su condición personal como resultado de un contexto social. Asimismo, si bien los primeros grupos de autoayuda feministas, así como el método del Consciousness-Raising (C-R) (Reger, 2004), no eran tan estructurados en un principio, con el tiempo se convirtieron en herramientas educativas y estratégicas que, a la par de los manuales de las empresas que describe Hochschild en sus investigaciones, sirven a las organizaciones para manejar las emociones de los sujetos que acuden. Así se observa que tanto en las OMS, que son a la vez lugares de trabajo (Smith & Erickson, 1997), como en grupos de autoayuda (Wolkomir, 2001), la figura del líder del grupo es central en el manejo de las emociones, de la misma forma en que lo puede hacer un terapeuta. Aquí reside la primera diferencia respecto a la experiencia del colectivo analizado, en el que el trabajo emocional lo hacen los sujetos, individual y colectivamente, pero de manera horizontal y autoorganizada, sin que haya figuras de control del manejo de las emociones.

Por esta razón los trabajos que más nos han ayudado a desarrollar este análisis han sido los de Gould (2009), Goodwin y Pfaff (2001) y Flam (2005), centrados en el manejo emocional como herramientas para los grupos u organizaciones.

Otros estudios, como el de Reger (2004) o Maney, Woehrle y Coy (2009), que se ocupan del uso estratégico de las emociones y del trabajo emocional por parte de las OMS, nos permitieron comprender el manejo emocional de los sujetos hacia el exterior, aunque observamos que en nuestro caso de estudio el trabajo emocional es principalmente una herramienta interna en el colectivo. En cuanto al énfasis en el uso estratégico e intencional del manejo emocional, coincidimos con Gould (2009), quien evidencia cómo el trabajo puede ser estratégico e intencional cuando en el grupo se discute cómo hacer uso de esta herramienta para los fines de la organización, por ejemplo el uso de la rabia para Act Up. Sin embargo, como la autora lo expone, la mayoría de las veces el trabajo emocional no es ni estratégico ni premeditado, sino más bien parte de la actividad y práctica de los grupos. De la misma manera, concordamos con Goodwin y Pfaff (2001), quienes analizan el manejo del miedo en dos grupos de alto riesgo, cuando señalan que el manejo emocional puede ser un resultado inesperado de las interacciones sociales.

En nuestro examen empezamos a explorar el uso del manejo emocional como práctica -a nuestro entender, política- del colectivo analizado, a veces consciente, otras inconsciente, y estratégica sólo si se considera que se hace para superar dificultades o problemas individuales y colectivas, pero no como estrategia hacia el exterior.

Al estar centrados en comprender las dinámicas internas del colectivo, nos alejamos de los macroanálisis, aunque siempre teniendo en cuenta que la lucha de este colectivo se inserta en un contexto social, cultural y político en el que, como demostraron Maney, Woehrle y Coy (2009), no hay que desestimar el impacto de la dimensión emocional de la hegemonía ni el uso estratégico de las emociones por parte del Estado o de los partidos políticos, como también destaca Perry (2002).

Hochschild (1979) indica dos tipologías de trabajo emocional: la evocación y la supresión, las cuales se consiguen mediante diversas técnicas, como la actuación superficial y en profundidad, y las técnicas cognitiva, corporal y expresiva. En el estudio de los movimientos sociales las técnicas de manejo de las emociones que prevalecen son las cognitivas, que pueden emplearse tanto para evocar ciertas emociones, como para canalizarlas. De hecho, si uno de los objetivos principales de las OMS es evocar determinadas emociones que faciliten la acción colectiva o el reclutamiento de miembros, mucho del trabajo emocional realizado tanto por dichas organizaciones como en grupos de autoayuda es convertir las emociones sentidas por los sujetos en otras que puedan movilizar; por ejemplo, la vergüenza en orgullo, o el miedo y el dolor en rabia. En términos muy generales, podemos decir que se evocan aquellas emociones que en cada contexto alientan la movilización, al tiempo que se manejan y limitan las que desmovilizan.

No cabe duda de que entre las estrategias de trabajo emocional encontramos muchos ejemplos en la literatura, como: 1) el manejo de emociones desagradables, que en el caso analizado por Norgaard (2006) permite comprender la falta de participación; 2) el autocontrol, a través de la supresión de emociones y opiniones, o la autoafirmación, que se consigue expresando públicamente estas emociones u opiniones (Hercus, 1999), que la autora además relaciona con un desgaste emocional que también debe manejarse si se quiere evitar el agotamiento; 3) la expresión de emociones desviadas, es decir, que no respetan las reglas del sentir (Taylor, 1999), cuya expresión es sancionada socialmente, pero no en los grupos de autoayuda; y 4) la reapropiación de determinadas estrategias usadas contra los sujetos y que los sujetos reutilizan contra sus opositores, como emerge en el estudio de Jing (1999), que analiza la reapropiación de estrategias de trabajo emocional empleadas por el Partido Comunista Chino por parte de ciudadanos afectados por represas. Entre las técnicas de manejo emerge el compartir experiencias con el objetivo de reenmarcar la experiencia vivida, o redireccionar determinadas emociones hacia los enemigos, por ejemplo al transformar la vergüenza de estar luchando en vergüenza para quien no está luchando (Goodwin & Pfaff, 2001).

También hay otra estrategia de manejo emocional que surge en las luchas por la defensa del territorio y que Groves (1997) evidencia en su análisis sobre el movimiento animalista. Consiste en no expresar las emociones de los activistas en los discursos a los actores externos. La racionalidad como estrategia de trabajo emocional puede ser usada por los activistas para no ser estigmatizados como irracionales y también por las instituciones dominantes. En este último caso, como muestra Whittier (2001), esa técnica pretende evitar la capacidad movilizadora de las emociones, principalmente recurriendo a evidencias científicas, desacreditando las experiencias narradas por las personas, tachando de “histéricos” y ridiculizando a quienes utilizan un lenguaje emocional. Al argumentar la importancia de la dimensión emocional del discurso hegemónico, Maney, Woehrle y Coy (2009) revelan, además, cómo el tiempo y la energía que los movimientos dedican a ofrecer evidencias científicas y racionales para sostener sus argumentaciones quitan tiempo al trabajo emocional que podrían hacer y los vuelven más vulnerables.

En este sentido, coincidimos con Whittier (2001) en que los niveles individuales y colectivos de trabajo emocional no son netamente separables, ya que, como se expondrá, ambos niveles se autoalimentan mutuamente gracias al papel de las parejas, los amigos y otros activistas en el manejo de las emociones (Lively & Weed, 2014). Por otra parte, diferimos de Gould (2009, p. 213) cuando afirma que más que manejar emociones, los movimientos sociales intentan evocarlas.

El objetivo de este artículo es contribuir a la literatura aquí presentada mediante la revisión de algunas estrategias de trabajo emocional que los miembros del CS llevan a cabo de manera individual y colectiva. Sin embargo, en este grupo el uso estratégico de las emociones hacia el exterior no es tan notorio como en otros casos recogidos, y el manejo emocional no se percibe como tarea propia del movimiento, sino más bien como una necesidad para superar problemas como el agotamiento. Dicho lo anterior, nuestro propósito, entonces, será exponer que sobrellevar la impotencia, no dejarse ganar por la desesperanza y manejar los diferentes tipos de miedo son habilidades que llegan a ser parte de la práctica política del grupo.

Método

El análisis que presentamos se basa en el trabajo de campo que hicimos con el Comité Salvabosque (CS) desde abril de 2015 hasta abril de 2016. El CS es un colectivo autogestionado que surgió en 2005 para defender el bosque urbano del Nixticuil, amenazado principalmente por las inmobiliarias, la tala y los incendios dolosos con el único objetivo de urbanizar el área verde. El colectivo está compuesto por unos cuarenta vecinos de la colonia El Tigre II y zonas limítrofes, en el municipio de Zapopan, estado de Jalisco (México). La actividad de este colectivo consiste en la prevención de incendios,4 el cuidado de los árboles y un plan de reforestación con árboles criados en su propio vivero autogestionado. Además, organizan actividades culturales y sociales, entre ellas talleres de música, que incluyen el proyecto del Coro del Nixticuil y la grabación del disco Rap en resistencia; talleres de videodocumental, en los que han producido tanto videos de denuncia como cortometrajes;5 cursos autogestionados de yoga; talleres de arte y artesanía; caminatas para conocer el territorio; espacios de lecturas y cursos de verano para niños en el bosque; quermeses para recaudar dinero para financiar actividades y fiestas que, como veremos, tienen un papel importante en la vida del colectivo. Como otros grupos similares, el CS se ocupa, además, de denunciar las irregularidades que se cometan en el bosque, tanto a la opinión pública como a través de acciones legales.

Los datos surgen de ocho entrevistas en profundidad que fueron diseñadas para explorar la dimensión emocional de la experiencia de lucha de cuatro hombres (E3, E4, E5 y E8) y cuatro mujeres (E1, E2, E6 y E7) de distintas generaciones. Los datos recolectados se analizaron cualitativamente al comparar las estrategias emocionales desarrolladas por cada miembro y buscar si había diferencias. Aunque hemos observado que muchas prácticas que permiten manejar determinadas emociones, como las fiestas, los talleres de música o el trabajo en el bosque, han sido más bien espontáneas y no resultado de un debate colectivo, tanto la cercanía de los miembros que pueden convivir -cuando no vivir mucho tiempo juntos- como la empatía que los une, hicieron que estas estrategias se volvieran prácticas colectivas.

Los entrevistados son el núcleo central del CS, que garantiza presencia constante en defensa del bosque y conforma la brigada antiincendios. Se caracterizan por tener vínculos familiares: hermanas (E1 y E7; E2 y E6), parejas (E7 y E8; E1 y E3), madre e hijo (E6 y E8), y cuatro de los ocho entrevistados (E2, E6, E7, E8) conviven en la misma casa. La presencia de núcleos familiares en las luchas en defensa del territorio es muy común en México, y hace que las relaciones que se instauran con los demás elementos sean muy fuertes y permitan reproducir nuevas relaciones entre los miembros del colectivo. Zibechi, en tanto, afirma que

el papel de la familia en estos movimientos encarna nuevas relaciones sociales que abarcan cuatro aspectos: la relación público-privada, las nuevas formas que adquieren las nuevas familias, la creación de un espacio doméstico que no es ni público ni privado, sino algo nuevo que abarca ambos, y la producción y reproducción de la vida. (Zibechi, 2010, p. 139)

Por otro lado, los miembros provienen de distintas generaciones y tienen o cursan estudios superiores: E2 y E6, las mayores, son maestras jubiladas; E8 y E7, entre 30 y 40 años, estudiante de posgrado el primero y doctora en ciencias sociales la segunda; E1 y E3, entre 20 y 30 años, trabajadores; y finalmente, E4 y E5, con sus veintipocos años, están empezando la universidad.

E2, E6 y E8 son los miembros que están desde el principio de la resistencia, aunque no nacieron en la colonia, mientras que los demás se sumaron posteriormente: E7 desde el principio, en 2005; E1, E4, E5 desde 2007; y E3 desde 2010.

Además de las entrevistas que proporcionan el material biográfico analizado en el artículo, el proceso de investigación incluyó: etnografía digital (siguiendo el blog, la página de Facebook y el canal de YouTube del CS), seguimiento y contacto con el grupo desde 2015 hasta la fecha, visitas informales durante las cuales asistimos a la intervención de la brigada antiincendios, participación en actividades lúdicas y políticas, un grupo de discusión y dos talleres con los miembros del grupo, y un taller con otros colectivos (Poma & Gravante, 2015).

En el grupo propusimos una discusión colectiva aprovechando el décimo aniversario de la asociación (seis participantes), en la que tratamos principalmente los cambios que sus miembros han vivido en los primeros 10 años de su lucha; por su parte, el manejo emocional se abordó en dos talleres. En el primero participaron sólo los miembros del CS y se presentaron los conceptos de trabajo emocional y reglas del sentir utilizados en la investigación, para después discutirlos con los presentes; mientras que en el otro taller, con otros cinco colectivos sociales de la ZMG, se discutió cómo cada grupo evitaba el agotamiento, y en particular cómo enfrentaban el miedo.

En cuanto al uso de diferentes técnicas de investigación y los datos que nos proporcionan, podemos decir que mientras que en las entrevistas los miembros se sintieron libres de expresar sus emociones, en los momentos colectivos surgió una dificultad que ellos mismos reconocen. En relación con el manejo del miedo, por ejemplo, cada entrevistado contó su experiencia, reviviendo diferentes episodios en los que sintió miedo y explicó cómo lo manejó; en cambio, en los talleres colectivos se partió del supuesto de que los demás activistas ya habían vivido experiencias parecidas y se hacía referencia al miedo como algo que los unía y que los había fortalecido. Por ejemplo, en el taller que llevamos a cabo en octubre de 2015 con cinco colectivos de la ZMG, uno de los entrevistados dijo: “Todos los compañeros que estamos aquí nos conocemos desde hace años. ¿Por qué nos hemos encontrado? Pues por los miedos comunes que tenemos” (Poma & Gravante, 2015, p. 106).

De la misma manera y a propósito del agotamiento, lo que surgió en el taller en que participaron cinco colectivos fue más bien un diálogo entre los miembros de los grupos que, en el marco de la reunión, compartieron los resultados de su experiencia, mientras que en las entrevistas se intentó explorar el proceso que permitió llegar a este resultado. De cualquier manera, estos momentos también son relevantes en la construcción de estrategias comunes de trabajo emocional que se comparten y colectivizan. Como muestra, el siguiente testimonio:

¿Cómo le hacemos para no cansarnos? Es tan pesado, y a veces, como decía Enrique, son puras derrotas con un poco de consuelo, a veces es tan grande el enemigo, son tantos sus cómplices en el Estado que sientes que todo el tiempo te estás topando con paredes, y eso agota muchísimo. Y decimos nosotros que uno de los principales retos que tenemos, porque hemos visto que eso se ha traducido en que mucha gente del colectivo se vaya saliendo, o que otros poquitos nuevos se incorporen, y así no, creemos que no debemos dejar que nos gane la desesperanza. (Poma & Gravante, 2015, p. 106)

Finalmente, si las entrevistas en profundidad son la técnica más adecuada para explorar a fondo el sentir individual y los procesos socioculturales que acompañan la dimensión emocional de la acción colectiva, los momentos colectivos, como los grupos de discusión o los talleres, son útiles para triangular las informaciones que emergen en las entrevistas, hacer surgir las reglas del sentir del grupo y dialogar con los sujetos a propósito de los resultados.

Además de significar un retorno a los grupos con los que se discuten elementos emanados de las entrevistas y primeros resultados, los talleres representaron una vía para alimentar un proceso de reflexión alrededor del papel de la dimensión emocional en las experiencias de resistencia.

El manejo emocional como práctica política

El análisis que presentaremos no se propone abarcar la totalidad de trabajo emocional que los miembros del colectivo hacen a diario, sino algunas estrategias internas que emergieron en el trabajo exploratorio y que resultan centrales en su vida política. Del seguimiento al grupo y a las actividades individuales y colectivas con los miembros, afirmamos que el manejo emocional es necesario para la sobrevivencia del colectivo, porque, como dijeron algunas entrevistadas, primero “tuvimos que aprender a controlar estas emociones, porque si no, no éramos buenos combatientes” (E1); segundo, porque “en el colectivo las emociones se contagian y pueden hacer daño” (E7).

Si bien resulta evidente para los miembros del colectivo la necesidad de manejar las emociones, también observamos algunas emociones que prevalecen y que tienen más impacto en la vida del grupo. Entre las más intensas que dicen haber experimentado se encuentran: rabia y odio, impotencia, dolor, miedo, pero también desesperanza y agobio. Estas emociones son las que se sienten en experiencias como la tala de árboles por parte de las constructoras, o los incendios que la brigada del colectivo intenta apagar y que tienen que manejarse en la confrontación tanto con políticos y empresarios, como en la relación con vecinos de la colonia, familiares, o con los medios de comunicación.

En cuanto a las técnicas de trabajo emocional que hemos observado, la mayoría son cognitivas, es decir, los activistas intentan recodificar la situación; sin embargo, algunas son también corporales, pues hay un intento de contrarrestar la sensación física de la emoción (Hochschild, 1979, p. 562). Asimismo, las estrategias que hemos analizado necesitan actuación en profundidad, ya que se trata de evocar, canalizar o reprimir determinadas emociones, y no sólo de expresarlas a los demás, aunque, como emergió del trabajo de campo en los momentos colectivos, algunas personas, a fin de no afectar al grupo con emociones que pueden crear efectos negativos, acuden a la actuación superficial y a las técnicas expresivas de trabajo emocional.

A pesar de que el manejo emocional se debe hacer como parte de la disputa política, los resultados del trabajo de campo arrojaron que se hace prevalentemente a nivel individual, a veces en parejas o entre personas muy cercanas, y raramente en colectivo. Todos los entrevistados afirman que no dedican un espacio colectivo para hablar de lo que sienten o para decidir cómo manejar estas emociones, aunque reconocen que sería necesario y útil. Después de que empezamos a trabajar con el CS, lo cual coincidió con su décimo aniversario (mayo de 2015), los activistas organizaron algunas asambleas para hacer un balance de los 10 años, en las que incluyeron compartir cómo se habían sentido y cómo habían vivido cada momento. Al respecto, un entrevistado afirmó: “Como colectivo es algo que se está desarrollando apenas, el aprendizaje [de compartir sus emociones] […] Después de 10 años de organización nos dimos cuenta de que el sentir individual también cuenta” (E8).

Las reglas del sentir tanto hacia el exterior -suprimir la rabia para que los boletines de prensa sean publicados (E7)- como al interior -amar el bosque y sentir dolor por su posible desaparición- no se discuten ni construyen estratégicamente, sino más bien emergen cuando la expresión de algunas emociones produce problemas dentro y fuera del grupo.

Por esta razón, este caso se inserta en una visión del trabajo emocional más cercana al planteamiento de Hochschild que al uso estratégico e instrumental que surge de algunos análisis de los movimientos sociales que ven las emociones como oportunidades (Tarrow, 1994), en una concepción del actor “excesivamente cognitivo” (Benford, 1997). De hecho, las estrategias de manejo emocional analizadas se desarrollan para fortalecer el colectivo y enfrentar problemas o situaciones difíciles como la represión, mientras que las emociones en los discursos no se usan estratégicamente ni como maniobra política del grupo, por ejemplo para reclutar o canalizar determinadas emociones para generar acción colectiva, como sucede en otras organizaciones (Reger, 2004; Wolkomir, 2001; Hercus, 1999).

Las estrategias para sobrellevar la impotencia

Aunque en las narraciones de los activistas la impotencia está casi siempre presente, ha sido escasamente analizada por la literatura de los movimientos sociales al asociarla a la falta de participación. Norgaard (2006), por ejemplo, la incluye entre las emociones desagradables y molestas que los sujetos de su investigación sienten hacia el cambio climático y que influyen en la no participación. En nuestra investigación comprobamos que la impotencia no siempre se convierte en resignación y que los sujetos aprenden a sobrellevarla. Además, compartir el sentimiento de impotencia con los otros puede fortalecer la identidad colectiva entre los sin poder (Poma & Gravante, 2016), e incluso llegar a movilizar cuando se le asocia con otras emociones como la rabia, el dolor o la injusticia. Eso, por ejemplo, pasó entre las mujeres de la colonia El Tigre II que, enfrentándose por primera vez en mayo de 2005 a la tala de árboles, dieron vida al movimiento para defender el bosque del Nixticuil. Esa rabia y esa impotencia, una vez compartidas, generaron un sentimiento de solidaridad e impulsaron la movilización de otros vecinos, como leemos en las palabras de esta joven: “Lo que me contagió fue la rabia de las mujeres que sí estuvieron en ese momento y que detuvieron las máquinas. Esa rabia, ese enojo, porque las veía que se les subía la sangre de rabia y de impotencia” (E7).

El trabajo emocional para superar o sobrellevar la impotencia es central no sólo en la fase de movilización, durante la cual la unión y la organización se convierten en estrategias para combatir la impotencia, sino para acompañar toda la experiencia de protesta, como se aprecia en el siguiente testimonio:

Ha habido muchos momentos de impotencia […]. Sí, te sientes muy impotente muchas veces, sobre todo en los momentos que estás muy cansado […] y ellos vienen y con sus máquinas, con una facilidad tumban el trabajo o árboles que tienen cientos de años y con una facilidad los echan al suelo y los trituran [llora], sí, sientes impotencia, porque los gobiernos son sordos, y nosotros ya lo sabemos. (E6)

La impotencia de los sujetos durante los incendios o las talas podría llevarlos al agotamiento o al abandono si no hubieran aprendido a manejarla a través de acciones que generan o evocan emociones que contrarresten sus efectos. Entre las estrategias que los miembros del colectivo destacaron, encontramos: la unión del grupo, leer y conocer otras experiencias de resistencias y movimientos sociales, pensar lo que el colectivo ha logrado hasta el momento, pensar que sin ellos el bosque estaría aún más afectado y, sobre todo, la acción directa y el cuidado del bosque. Como dijo una entrevistada: “Cuando se hace algo, se está bien, aunque la sensación es que no sea suficiente” (E1).

Si la impotencia se asocia a la inmovilidad y al no poder hacer nada, la respuesta de los sujetos es hacer algo. El testimonio que sigue, en el que una entrevistada describe el momento en que se tuvo que enfrentar la impotencia de ver los árboles talados en febrero de 2015, permite comprender el trabajo emocional que los sujetos realizan:

Por cada árbol que ellos [las constructoras] tumban, nosotros sembramos 20, 30, 40 árboles. No hay resignación, vamos a seguir peleando. Aunque hay casas allí, seguimos peleando, para siempre […] No podemos hacer mucho más, pero sí podemos ser una piedra en el zapato. Nos encanta ser una piedra en uno de sus zapatos, la verdad. Esa rabia o esa forma de superar la impotencia también se traduce en que buscamos la forma de ampliar lo que podemos hacer en el bosque para defenderlo. A lo mejor no en esa zona ya, pero [podemos] fortalecer la defensa de otros espacios. Yo así lo supero, es decir, no creo que lo supero, porque te lo estoy contando y me duele, pero lo sobrellevo así. Me permite no sentarme a nada más lamentarme. Me exige pensar qué más se puede hacer. (E7)

La impotencia está asociada a la insatisfacción de no poder hacer lo suficiente para salvar el bosque, y por eso la reforestación que llevan a cabo es central, no sólo para el bosque, sino para el grupo, ya que permite contrarrestar la impotencia con la satisfacción de ver nuevos árboles crecer y compensar la destrucción del área boscosa. Como se evidencia en la declaración anterior, los sujetos aprenden a convivir con la impotencia, aceptándola y limitando sus efectos desmovilizadores y depresivos con acciones que evoquen otras emociones.

Por esa razón, toda práctica y proyecto que permita a los sujetos empoderarse sirve también para combatir la impotencia, y eso emerge claramente en las narraciones de los sujetos cuando comentan que haber aprendido muchas cosas, desde apagar un incendio hasta producir videos, música, presentar demandas legales o boletines de prensa, etc., los fortaleció. El autoaprendizaje es una estrategia que el CS utiliza para contrarrestar la impotencia, como se lee en el siguiente testimonio: “Imagínate la impotencia de ver esas llamas altas y tú con ese chorrito pequeño de agua […] Entonces, hicimos estos talleres para saber desde dónde atacar un incendio” (E1).

Para el CS la autogestión no es sólo la práctica que los caracteriza como colectivo, sino una estrategia para combatir, entre otras cosas, la impotencia. Aprender a apagar un incendio en lugar de esperar a las brigadas del Ayuntamiento, que no son suficientes para controlar el territorio, reforestar con los árboles de su vivero en lugar de depender de algún organismo que les otorgue plantas y envíe técnicos que se ocupen del bosque, además de denunciar y ocupar partes del bosque para evitar que lo destruyan, les permite enfrentar la impotencia y la frustración causadas por la inactividad de instituciones y vecinos, y la tristeza, la depresión y el dolor de ver el bosque desaparecer sin poder hacer nada para salvarlo.

La impotencia descrita en este párrafo es una emoción relacionada con la imposibilidad de hacer algo para evitar algún evento que puede provocar dolor, rabia, injusticia, indignación, ultraje. Uno de sus efectos es perder la esperanza en generar un cambio o, en el caso del CS, de defender el bosque, otro proceso que, como veremos, necesita de trabajo emocional por parte de los miembros del colectivo.

Las estrategias para no perder la esperanza

En el taller que organizamos con los cinco colectivos sociales de la ZMG, una de las portavoces del CS compartió con los demás: “Uno de los retos más importantes que vemos en el camino [es] no dejar que nos gane la desesperanza, y que vayamos dejando la lucha a medio camino, porque, como decimos, pues va para largo” (E7).

No perder la esperanza se convierte en un manejo emocional central para la sobrevivencia de los colectivos, pero ¿cómo se hace cuando se lleva más de una década luchando y el bosque sigue amenazado y sufriendo ataques que ponen en peligro su propia existencia?

La esperanza para el CS no surge con una apertura de parte de las instituciones a las demandas del grupo (Flam, 2005), o esperando un cambio desde arriba, sino con los cambios que se generan a partir de las prácticas cotidianas de los protagonistas y del ejemplo de otras experiencias similares.

Entre las prácticas cotidianas del CS que generan esperanza entre sus miembros destacan la reforestación, que les permite ver crecer los árboles que ellos mismos plantan y el trabajo comunitario de todos los fines de semana y sus efectos en el bosque. También, para algunos, la esperanza aparece al ver un cambio en la gente, tanto de los vecinos como de los jóvenes, hijos, sobrinos y nietos que componen el grupo y que garantizan una continuidad en la resistencia, como afirma el siguiente testimonio, hablando de la sobrina: “[Ella] es como el arbolito que sembramos en el bosque, que sabemos que no lo vamos a ver así de grande, pero que alguien más lo volverá a ver. [Ella] es la esperanza viva […] Tengo la esperanza de que le cuente a todo el mundo que había aquí gente, un bosque, etc. Esa chiquita armando una revolución, chiquita como la nuestra” (E7).

De hecho, la esperanza está vinculada a la idea de que lo que se ha hecho en el pasado y se está haciendo en el presente no sea inútil, y a la posibilidad, no a la certeza, como evidencia Jasper (1997), de que sus hijos o nietos consigan algún cambio o aprovechen algún logro. Como expresa un joven al hablar de su hija: “Eso es lo que me da el valor para seguir, tratar de ser el mejor ejemplo que ella pueda ver, y no nada más yo como persona, sino como colectivo […] para que ella siga de la misma manera, pero que busque su forma” (E3).

Entre las estrategias para no perder la esperanza encontramos también poner atención y celebrar la trayectoria y logros del colectivo que, en más de 10 años, ha cambiado y se ha fortalecido. Como dijo una entrevistada: “Tenemos una línea ya más firme que seguimos en el colectivo, ése es un cambio; otro es que hemos mejorado como brigadistas forestales […]; tenemos una mejor relación entre nosotros, nos conocemos más, nos queremos más; hemos crecido internamente” (E6).

Todos están de acuerdo en que ver al colectivo crecer, madurar y sobrevivir a los malos momentos y superar las dificultades es lo que les da esperanza, porque, como dijo otra entrevistada: “Estar bien conscientes de todo el proceso es lo que te da esperanza, porque tienes la convicción de que va para largo” (E1). Seguir existiendo y luchando como colectivo después de 10 años de resistencia es en sí una fuente de esperanza, como afirma la siguiente entrevistada:

Somos como una muestra muy chiquita de que es posible la organización comunitaria, de que es posible de poquito en poquito tener tu equipo para combatir incendios, autoenseñarte a apagar incendios. Todo el aprendizaje que hemos tenido en estos 10 años es muchísimo para que hayamos podido producir miles y miles de árboles […] A mí eso es algo que también me mantiene en pie, es una de las cosas que me gusta más de la lucha. (E7)

De esta forma, el presente apartado destaca que tanto la esperanza como la impotencia son estados de ánimo que, entre las diferentes tipologías de emociones, influyen en cómo los sujetos sienten e interpretan la experiencia de protesta (Jasper, 2006, 2011). En particular, la trasformación de la impotencia en resignación o pérdida de esperanza podría provocar agotamiento y hasta el abandono del colectivo, por eso el trabajo emocional de sus miembros para contrarrestar estas emociones se convierte en una herramienta que no se puede desatender en el análisis de las experiencias de protesta y de los movimientos sociales.

El manejo de los miedos

“Esto no tiene fin, esto no se va a acabar en un año, en tres años, en cinco, esto es para siempre, porque es una forma de vida que nosotros escogimos” (E6). Hacer de la resistencia una forma de vida significa aprender a convivir con el miedo, no sólo a la represión y a la pérdida de oportunidades de vida, como ya evidenciaron Flam (2005) y Goodwin y Pfaff (2001), sino también con el miedo al fracaso, que incluye la posibilidad de perder el bosque o la disgregación del colectivo.

El miedo a perder el bosque

Desde que nos acercamos al CS fue evidente que una de las emociones compartidas que une al colectivo es el apego al bosque. Además del amor al lugar, que entre otras cosas les proporciona felicidad, tranquilidad y seguridad, lo que también emergió fue la dificultad de hablar en el colectivo de la posibilidad de que un día el bosque no exista, y de la tensión que se creó cuando un nuevo miembro expresó esta posibilidad, como se ve en este testimonio: “En una de las asambleas él se atrevió a decir: ‘La realidad es que un día el bosque no va estar’. Y todos así: ‘Cállate, aquí no está permitido decir esto’. Todos nos sentimos superheridos” (E1).

En este caso, ambas partes se sintieron heridas y agredidas, el nuevo miembro recibió respuestas como: “‘¡Ah, qué negativo eres!’, y ‘Eso ni se piensa’” (E3), y ya que su afirmación provocó resentimiento, fue sancionado con el silencio y la indiferencia, elementos que nos muestran la existencia de una regla del sentir propia del grupo.

Al indagar más ese rechazo a hablar de la posibilidad de que el bosque pueda llegar a no existir en el futuro, se comprobó que el miedo a perder el bosque es una emoción con la que los miembros del colectivo conviven y que reconocen como motor de la resistencia, como se lee en el siguiente testimonio:

El miedo no lo superas. No creo que lo vaya a superar nunca porque no puedo concebir mi vida sin el bosque. Por esto no lo puedo superar […] Yo el miedo no lo he superado y creo que en parte está bien porque creo que el día que yo pierda el miedo a perder el bosque me va a dar igual si está o no está. De alguna manera considero el miedo importante. El temor de que un día no haya más árboles allí a mí me hace mover y pensar qué puedo hacer. Creo que mucho de ese miedo puede ser un motor importante. (E7)

El miedo a perder el bosque, que es también el miedo al fracaso de la lucha, se alimenta del amor al bosque, pero también de la impotencia y la desesperanza que, como vimos, caracteriza la experiencia de protesta, a tal grado incluso que la entrevistada antes citada continúa diciendo:

Yo creo que es un miedo que tenemos siempre, porque nos estamos peleando con un monstruo gigante que lo tiene todo, al mil por ciento en capacidades económicas y humanas para hacer lo que quieran hacer, a diferencia de nosotros que somos tan poquitos. Entonces, es como ver al gigante que se te viene encima cada vez que cada trozo de bosque está siendo urbanizado. Y te comes las uñas, te tiras los pelos y dices: “¿qué no hicimos bien?”. Pero a lo mejor hicimos todo bien, solamente que ellos son más poderosos que nosotros. Y esto tenemos que aceptarlo. Cuesta muchísimo trabajo, da mucho coraje, da mucha rabia. Yo personalmente, soy de las que me pongo a llorar, tal cual. (E7)

Los testimonios de esta joven muestran no sólo el origen de ese miedo, sino también la necesidad de aprender a aceptarlo para evitar el agotamiento personal y los conflictos con los miembros que no comparten esa emoción con la misma intensidad.

El trabajo emocional que el CS hizo, tanto individual como colectivamente, fue compensar el miedo al fracaso y a la pérdida del bosque con el orgullo y la esperanza en el colectivo, como ellos explican:

Y claro que esto ha cambiado […] creo que eso lo hemos aprendido todos al andar, de que poquito a poquito se está acabando el bosque, pero también la organización se hace más fuerte, a lo mejor no en número de miembros, pero sí en ideología, en propuestas, en cosas que hay que hacer, entonces, pues si hubiera una respuesta para eso, creo que sería seguir organizándonos, seguir como Comité Salvabosque aunque ya no hubiera bosque que salvar. (E3)

Como indican los análisis de Adams (2003) y Gould (2009), el fin de una experiencia produce muchas emociones, entre las que recordamos: depresión, desilusión, amargura, tristeza, nostalgia; sentimiento de pérdida por la disolución del grupo; incertidumbre de reconstruir una vida sin el grupo; sentimiento de inutilidad y falta de sentido, y soledad y abandono por la pérdida de la hermandad que proporciona el grupo. Para el CS, determinar que la pérdida del bosque no corresponde a la pérdida del colectivo ha sido un primer paso para enfrentar el miedo que caracteriza pensar en el fin de la experiencia y en el dolor que supondría ver el bosque desaparecer.

El miedo a la represión

“Lo que hacemos es juntarnos, reunirnos, platicar, compartir experiencias […] ¿Y por qué lo hacemos? Porque compartimos proyectos comunes y dentro de estos proyectos comunes está vencer estos miedos de lo que tú preguntabas” (Poma & Gravante, 2015, p. 107). El testimonio con el que abrimos este apartado muestra que, en primer término, manejar el miedo es uno de los retos de los grupos; y en segundo término, que parte de ese trabajo emocional se hace colectivamente. Compartir el miedo a la represión también influye en la identificación colectiva (Poma & Gravante, 2016), ya que, como también muestran Smith y Erickson (1997), el miedo a ser agredido junto con la rabia hacia los agresores producen solidaridad.

El miedo a la represión ha sido analizado por Goodwin y Pfaff (2001) y Flam (1998, 2005) en contextos represivos, en los que emergen tanto el miedo por represalias económicas como por la violencia que se puede sufrir, verbal y física; por ser detenido, asesinado o desaparecido. Los miembros del CS denuncian haber sufrido hostigamiento por parte de policías y del crimen organizado, puesto que han vigilado sus casas, los han grabado y amenazado en un clima de impunidad y colusión en el que la única defensa es la organización, como expresa el siguiente entrevistado: “En varias ocasiones hemos estado a merced de muchas cosas: policías, paramilitares corporativos, en los propios incendios, al punto de quemarnos. Y el terror está allí, más sabiendo que México es uno de los países donde más se asesina gente por la defensa del territorio cada año” (E8).

Entre las estrategias de superación del miedo, nuestra investigación coincide con Goodwin y Pfaff (2001), que destacaron: 1) la importancia de las relaciones y las redes dentro el grupo y con otros colectivos; 2) la identificación con un movimiento más amplio que en nuestro caso puede ser el zapatismo o las muchas experiencias en el país por la defensa del territorio; y 3) el entrenamiento formal, es decir, tomar medidas de seguridad, como cuidarse entre ellos y saber en cada momento dónde está cada uno y qué está haciendo. También observamos que el miedo no se siente tanto durante las acciones directas, en las que emergen el valor y la conciencia de que se está haciendo lo correcto, sino después, por las represalias en los días y semanas que siguen y casi siempre por los demás miembros más que por uno mismo.

Nuestra investigación también coincide con Goodwin y Pfaff (2001) y Flam (2005) acerca de que el miedo no se supera, sino que se conlleva, y se aprende a convivir con él, lo que según una de las entrevistadas significa:

envolverlo [el miedo] en esperanza, envolverlo en satisfacción, envolverlo en muchas capas de muchos sentimientos y dejarlo allí, y levantarte todos los días con la sonrisa en la boca y con la alegría en la mano para regalar. Porque nosotras no vamos a estar dispuestas a regalarles nuestra tranquilidad, aparte de lo mucho que nos ha robado ya este sistema neoliberal, todavía regalarle nuestras emociones, no estamos dispuestas, esto es nuestro y nos pertenece, y lo que ellos han creado, que es el miedo, lo envolvemos en muchas capas de emociones y está guardado, nada más. (E6)

Como evidencia Perry (2002), evocar miedo es una forma de control social, y crear un clima de miedo puede inhibir la acción colectiva (Goodwin & Pfaff, 2001; Flam, 2005; Maney, Woehrle & Coy, 2009), llevando a las personas a abandonar el movimiento social. En el CS saben que el miedo es un arma más que tienen sus enemigos contra ellos y están conscientes de que su manejo es necesario para seguir con su experiencia, ya que algunos miembros se alejaron por esta razón. En este contexto, el trabajo emocional se convierte una vez más en una herramienta política de la acción colectiva y consiste en

Afrontar las cosas con organización, con apoyo mutuo y con comunicación constante. Eso implica también hacerte de las herramientas necesarias para tratar por lo menos de inhibir el terror […] Y, bueno, hay otro tipo de cosas que también se han instalado como formas de tratar de superarlo y sobrellevarlo, por ejemplo, las fiestas. Si no hay fiestas, si no hay alegría, es todavía más difícil superar estas cosas. Creo que ésa ha sido nuestra experiencia en la defensa del bosque. (E8)

En el CS lo que emerge en las entrevistas -y que pudimos comprobar en la observación participante- es la importancia de los momentos festivos, en el que los elementos centrales son la comida y la bebida, el canto y el baile. En las fiestas “es donde la gente comparte, convive, se relaja, se reanima, se le olvida el miedo” (Poma & Gravante, 2015, p. 111). La evocación de la alegría se convierte en una de las estrategias para contrarrestar el miedo, porque, como dice una entrevistada: “La alegría nos da seguridad, porque no lo tomas tan en serio […] y nos da fuerza, la alegría es importante para todos, es por eso que los muchachos cantan, es por eso que tienen el coro, es por eso que componen, es por eso que todos bailan” (E6).

Saber contrarrestar los efectos de emociones como el miedo evocando alegría, aprendiendo a disfrutar y encontrando la felicidad en la experiencia de lucha es una estrategia de trabajo emocional que permite seguir adelante, como expresa una entrevistada: “Aprendes a disfrutar en el agobio, en la rabia, en la tensión. ¡No puede ser puro sufrimiento! Y esto en el colectivo lo tenemos muy en común, creo que todos disfrutamos, a lo mejor no todos disfrutamos la misma cosa, pero todos disfrutamos de esto que tenemos en colectivo y de lo que se está haciendo y yo disfruto mucho” (E7).

Hemos podido observar en el CS que las estrategias para superar el miedo a la represión son las más explícitas, porque el colectivo reconoce su uso estratégico por parte de sus enemigos, es decir, en la toma de conciencia de que “quieren que tengamos miedo” (E6). Además, los miedos que hemos analizado son sentidos por algo que podría suceder, y por eso resultan un miedo que, siguiendo la propuesta de Jasper (2006, 2011), definimos como moral, ya que tanto su existencia como su manejo dependen de profundos procesamientos cognitivos. Eso muestra que el manejo emocional es un proceso emocional-cognitivo que integra las actividades políticas y organizacionales del colectivo, ya que sin ese esfuerzo la continuidad de la resistencia sería puesta en peligro.

Conclusiones

El artículo muestra cómo el trabajo emocional se convierte en una práctica necesaria para evitar el agotamiento de los miembros y el consecuente abandono del colectivo.

Estas estrategias que emplean los miembros del colectivo para manejar sus miedos, la impotencia, y para “no dejarse llevar por la desesperanza” (E7), son prácticas políticas en tanto son parte del proceso de “formación y reproducción de una cultura emotiva antagónica” (Maney, Woehrle & Coy, 2009).

Las emociones pueden movilizar, pero también lo contrario, puesto que es el manejo y la interpretación de lo que los sujetos sienten lo que marca la diferencia. Conjuntamente con las demás actividades políticas y organizativas, el trabajo reflexivo, individual y colectivo sobre las emociones es clave para que la lucha no se desgaste. Enfrentar el miedo a la represión, la impotencia y la soledad, entre otras, es la única manera de seguir luchando y construyendo nuevos proyectos, a pesar de la represión.

Como afirma Taylor (2000), los movimientos sociales tienen su propia cultura emocional, que se contrapone a la hegemónica, y se va formando durante la experiencia de acción colectiva, como lo muestra la experiencia del CS, que confirma lo que ya demostró Hochschild: “No sólo la evocación de emociones, sino las leyes que las gobiernan, se convierten, en mayor o menor grado, en la arena de la lucha política” (1979, p. 568).

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1 Algunas de las citas directas están tomadas del compendio de escritos de Hochschild traducido al español. En cuanto a la traducción del concepto feeling rules, optamos por usar “reglas del sentir” en lugar de “reglas del sentimiento”, ya que nos parece más precisa.

2Siguiendo la propuesta de Hochschild (1975; 1979; 1983), utilizaremos “trabajo emocional” y “manejo emocional”, respectivamente, como traducciones de los conceptos emotion work y emotion management empleados por la autora como sinónimos, y no hacemos distinciones entre emociones y sentimientos (Hochschild, 1979, p. 551). Mientras que los términos emotion work o emotion management se refieren a la gestión de las emociones en un contexto privado en el que tienen un valor de uso, emotional labor, que la autora usa en el contexto laboral “para referirse a la gestión del sentimiento para crear una expresión facial y corporal públicamente observable” (Hochschild, 1983, p. 7), no se empleará en este artículo.

3Según la organización no gubernamental Global Witness, en México 33 activistas ambientales fueron asesinados entre 2010 y 2015, cuatro de ellos en 2015. El Centro Mexica-no de Derecho Ambiental (CEMDA) ha documentado 240 agresiones a activistas ambientales des-de 2010 a 2015, de las cuales 109 fueron entre mayo de 2014 y junio de 2015, y 63 agresiones en 2016 (Presbítero, Cerami & Romero 2015; Leyva Hernández et al., 2017).

4La brigada para apagar incendios, que desde 2005 a febrero de 2016 ha conseguido controlar 210 incendios en el bosque, está compuesta por voluntarios y es resultado de un proceso de autoformación. Además, cuenta con equipos profesionales que se han conseguido con el autofinanciamiento.

5En marzo de 2016 produjeron un cortometraje de 4:30 minutos titulado La guerra nos alcanzó, grabado y realizado por la gente de la comunidad.

Entrevistas citadas en el texto

E1, mujer del Comité Salvabosque, entrevistada el 6 de mayo de 2015, en el municipio de Zapopan (Jalisco), México.

E3, hombre del Comité Salvabosque, entrevistado el 11 de junio de 2015, en el municipio de Zapopan (Jalisco), México.

E6, mujer del Comité Salvabosque, entrevistada el 17 de junio de 2015, en el municipio de Zapopan (Jalisco), México.

E7, mujer del Comité Salvabosque, entrevistada el 17 de junio de 2015, en el municipio de Zapopan (Jalisco), México.

E8, hombre del Comité Salvabosque, entrevistado el 17 de mayo de 2015, en el municipio de Zapopan (Jalisco), México.

Recibido: 03 de Mayo de 2017; Aprobado: 18 de Octubre de 2017

Tommaso Gravante es doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Pablo de Olavide, España. Becario posdoctoral del CEIICH en la UNAM e investigador asociado al Laboratorio de Análisis de Organizaciones y Movimientos Sociales (la OMS). Sus líneas de investigación son emociones y protesta, experiencias autogestionadas de protesta, activismo alimentario y cambio social. Dos de sus recientes publicaciones son el artículo “Desaparición forzada y trauma cultural en México: el movimiento de Ayotzinapa”, Convergencia. Revista de Ciencias Sociales, núm. 77, 2018; y el libro Cuando la gente toma la palabra. Medios digitales y cambio social en la insurrección popular de Oaxaca, México, México, Ediciones CIESPAL, 2016. En 2018 fue ganador de la Seventh Worldwide Competition for Junior Sociologists of International Sociological Association, con la investigación: “Desaparición forzada y trauma cultural en México. La construcción de una nueva narrativa social a partir del Movimiento de Ayotzinapa”.

Alice Poma es doctora en Ciencias Sociales por la Universidad Pablo de Olavide y la Escuela de Estudios Hispanoamericanos, Sevilla, España. Es investigadora asociada de tiempo completo ‘C’ del Instituto de Investigaciones sociales de la UNAM. Sus principales líneas de investigación son emociones y protesta, conflictos socioambientales, cambio climático, metodología cualitativa. Dos de sus recientes publicaciones son, en coautoría con Tommaso Gravante, “Emociones, identidad colectiva y estrategias en los conflictos socioambientales”, Andamios. Revista de Investigación Social, núm. 36, vol. 15, 2018; y el libro Defendiendo territorio y dignidad. Emociones y cambio cultural en luchas contra represas en España y México, Campina Grande, Editora da Universidade Estadual da Paraíba, 2017.

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