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Estudios sociológicos

versión On-line ISSN 2448-6442versión impresa ISSN 0185-4186

Estud. sociol vol.36 no.107 México may./ago. 2018

https://doi.org/10.24201/es.2018v36n107.1543 

Artículos

Dineros, afectos y significaciones: prácticas económicas en torno a la vivienda entre jóvenes de la Ciudad de Buenos Aires

Money, affection and significations: economic practices on housing among young people in the City of Buenos Aires

Magdalena Felice* 

* Instituto de Investigaciones Gino Germani, Universidad de Buenos Aires magdalenafelice@gmail.com


Resumen

Este artículo explora las articulaciones entre economía, afectividad y subjetividad en las experiencias de acceso a una vivienda. Desde el enfoque de los estudios sociales de la economía, se analizan los modos en que un grupo de jóvenes de sectores me dios de la Ciudad de Buenos Aires consigue una vivienda para conformar un hogar propio. A partir de una investigación cualitativa-interpretativa, basada en entrevistas en profundidad, el artículo muestra las prácticas y transacciones económicas desple gadas por estos jóvenes, así como las significaciones que les atribuyen en el marco del proceso de autonomización que atraviesa la experiencia juvenil. El principal aporte es la construcción de una tipología de modos de acceder a la vivienda según los capitales movilizados y los intercambios económicos intervinientes, conformada por el “modo familiar don”, el “modo familiar monetizado”, el “modo asociativo” y el “modo individual”.

Palabras clave: jóvenes; prácticas económicas; vivienda; sectores medios; Buenos Aires

Abstract

This article explores the articulations among economy, affectivity and subjectivity in the experiences of access to housing. From the perspective of economic sociol ogy, the article analyzes forms in which young people of middle class in the City of Buenos Aires get a house to form their own home. From a qualitative-interpretative research based on interviews, the article shows the practical and economic transactions displayed by these young people and the meanings attributed to them in the context of the process of independence and autonomy. The main contribution is the construction of a typology of modes of access to housing according to the capital mobilized and the economic exchanges, formed by the “gift familiar mode”, the “monetized familiar mode”, the “associative mode” and the “individual mode”.

Key words: young people; housing; economic practices; middle class; Buenos Aires

Introducción

Como espacio del habitar doméstico, la vivienda constituye un espacio de vida y de relación con los más íntimos, un “lugar practicado” (De Certeau, Giard & Mayol, 1994) por sus moradores, quienes logran apropiárselo a través de sus usos y prácticas y hacer de él un lugar significativo: una casa. En este sentido, la vivienda no es una mera referencia espacial, ya que también involucra un conjunto de condiciones sociales de existencia que influyen en los individuos y en la configuración de su subjetividad. La casa puede ser pensada como una trama de relaciones sociales y universos de sentidos.

En las sociedades capitalistas, este espacio del habitar se establece como un objeto de consumo o producto para ser adquirido en el mercado; una mercancía que tiene valor de cambio y valor de uso.1 Bajo esta lógica, la casa se vacía del contenido -recuerdos, afectos y experiencias- que la singulariza y asume un carácter abstracto. Como integrante del mundo de los bienes, la vivienda es considerada el “bien durable” por excelencia: componente central del patrimonio de un individuo o familia, que “se espera que perdure tanto como su propietario e incluso que lo sobreviva en calidad de herencia transmisible” (Bourdieu, 2010, p. 35). Por ello, suele ser objeto de inversiones económicas y afectivas.

Conseguir una vivienda es una de las dificultades que afrontan los jóvenes de la Ciudad de Buenos Aires (CABA) al emprender la salida del hogar de origen y la construcción de un hogar propio. El aumento en el precio de los inmuebles, las restricciones de los créditos hipotecarios y el incremento del costo de los alquileres en un contexto de desregulación del mercado de la vivienda, son algunos de los factores que contribuyen a explicar esta proble mática (Baer & Kauw, 2016; Reporte Inmobiliario, 2013). A tales dificultades se suman las mayores limitaciones que enfrenta la población juvenil respecto de la adulta para insertarse en empleos formales, con acceso a la protección social (Ferraris & Martínez Salgado, 2015).

En estas coordenadas, el presente artículo se interroga por los modos en que un grupo de jóvenes de familias de sectores medios de la CABA accede a una nueva vivienda para conformar un hogar propio. En este sen tido, se analiza el acceso a una vivienda en una etapa determinada de la trayectoria vital atravesada por complejos procesos de autonomización respecto de la familia de origen (Mora Salas & De Oliveira, 2014). En particular, la ex periencia de estos jóvenes de sectores medios se caracteriza por la conjunción de la “moratoria vital” y la “moratoria social” (Margulis & Urresti, 2008). Con la primera categoría se alude a que los jóvenes, como consecuencia de su posición en la estructura temporal vital, disponen de un “crédito temporal” significativamente más extenso que el de las generaciones adultas, lo cual se traduce en una distancia mayor respecto de la muerte y en un número menor de compromisos asumidos. Con la segunda categoría se remite a que, a diferencia de sus pares de sectores populares, los jóvenes con mayores posibilidades económicas atraviesan un periodo más prolongado dedicado a la capacitación, la experimentación y la preparación para el futuro, en el que suelen postergar las responsabilidades tradicionalmente ligadas al “adulto normal” (estadísticamente típico), tales como el empleo y la familia propia (Urresti, 2011). Así, mientras la “moratoria vital” alude a la juventud en tanto experiencia temporal e histórica particular, la “moratoria social” refiere a un modo singular de ser joven, asociado a una pertenencia social determinada.

Los primeros contactos con el campo permitieron advertir que en los relatos no aparecía una connotación de la vivienda en términos de derecho, tal como lo analiza la perspectiva de los estudios urbanos; en cambio, hacían hincapié en su carácter mercantilizado, en los costos monetarios y las dificultades de alquilar o comprar. Además, destacaban el papel de la familia de origen y de los pares de generación. Esto condujo a buscar un nuevo enfoque. ¿Cómo desentrañar el universo de prácticas -definidas a priori como económicas- que despliegan estos jóvenes para conseguir una vivienda en el marco de la salida del hogar de origen y la construcción de uno propio?

La perspectiva de los estudios sociales de la economía, en particular sus corrientes etnográficas y culturales, se reveló como herramienta productiva en cuanto permite iluminar las articulaciones entre universos mercantiles y relaciones afectivas, así como explorar las prácticas económicas en contextos de confianza e intimidad. De acuerdo con este enfoque, aunque la ciencia económica se esfuerce por hacer de la economía un universo diferenciado y autónomo, en la vida de las personas el mundo económico y el afectivo se entrelazan todo el tiempo, franqueando esa supuesta separación de dos esferas totalmente opuestas: una región propia del mercado, la racionalidad instrumental y las relaciones impersonales, y otra por la que transcurrirían los sentimientos, la solidaridad y los lazos afectivos (Dufy & Weber, 2009; Zelizer, 2011). Al adentrarnos en el mundo de las prácticas concretas, los agentes sociales viven “vidas conectadas”, y la esfera económica y la afectiva constituyen “mundos imbricados” (Zelizer, 2009).

Los intercambios económicos se desarrollan tanto en un contexto de relaciones impersonales como en otro de relaciones íntimas caracterizadas por el afecto y la confianza. En este sentido, puede haber actividad económica sin que por ello sea una actividad mercantil. La distinción resulta posible si se pone el acento en las condiciones en que ocurre la transacción, esto es, si se trata de un intercambio afectivamente neutral o en el que intervienen relaciones personales, de amistad o familiares, igualitarias o jerárquicas (Weber, 2008). De acuerdo con esta perspectiva, no se puede hacer abstracción del contexto en el que determinado intercambio tiene lugar, pues tal contexto condiciona la forma y el contenido del intercambio (Wilkis, 2013; Zelizer, 2009).

En ocasiones el “precio”, lejos de ser neutral u objetivo, depende de las condiciones singulares de la transacción económica, es decir, “del momento dentro de la historia de las relaciones entre los participantes en que dicha transacción se produce” (Weber, 2008, p. 66). Mientras que en la transac ción mercantil el bien es evaluado independientemente de la relación entre las personas que lo intercambian, pues involucra una relación cerrada y afectivamente neutra, cuando el intercambio ocurre en un contexto afectivo, la contratransferencia está condicionada por las relaciones personales de solidaridad, reciprocidad o dominio (Weber, 2008).

Este modo de abordaje propone una mirada de los “procesos de rein terpretación, significación y marcación” de los intercambios económicos, a fin de captar el “trabajo relacional” que despliegan los agentes, es decir, sus esfuerzos para ordenar y clasificar las prácticas económicas para indicar sus límites y convenir acuerdos acerca de sus definiciones, ajustándolas a los contextos en que se inscriben (Zelizer, 2009). Por ejemplo, la mera presencia del dinero en un intercambio no determina su carácter mercantil. Como han demostrado diversos estudios, el dinero puede asumir múltiples significados de acuerdo con los procesos de “marcación” (Zelizer, 2011) de los agentes y de la naturaleza de la relación (Figueiro, 2013; Hornés & Krause, 2015; Müller, 2009; Villareal, 2008; Wilkis, 2015). Al circular en contextos afectivos, el dinero no constituye necesariamente un “ácido” que disuelve los lazos sociales (Zelizer, 2011), sino que “por medio de él, estas relaciones se recrean, se mantienen, se significan y, también, se disputan” (Wilkis, 2013, p. 25).2

Sobre la base de una investigación cualitativa-interpretativa con jóvenes de sectores medios de la CABA, este artículo propone una tipología de modos de acceder a la vivienda según los capitales movilizados y los in tercambios económicos intervinientes. De esta manera, construimos cuatro modos posibles: “modo familiar don”, “modo familiar monetizado”, “modo asociativo” y “modo individual”. Situada en una zona híbrida donde se cru zan el dinero, el mercado y la administración de lo íntimo, la vivienda opera como ventana estratégica para explorar las articulaciones entre economía, afectividad y subjetividad en un proceso en el que la obtención de un bien se articula con la construcción de autonomía respecto de la familia de origen. ¿Es lo mismo conseguir una vivienda mediante un regalo o una herencia familiar que a través del mercado? ¿Qué diferencias hay entre asociarse con los amigos o la pareja para alquilar y recibir ayuda monetaria de la familia de origen para vivir solo? ¿Qué significaciones le atribuyen los jóvenes a tales transacciones? ¿Cómo influye el tipo particular de condición juvenil en estos intercambios? El presente artículo se orienta a explorar estas cuestiones.

Estrategia metodológica

Aquí se recogen resultados de una investigación realizada en el marco de una tesis de maestría en Sociología Económica que analiza las experiencias de salida del hogar de origen, los modos de llegada a una nueva vivienda y los arreglos de convivencia entre jóvenes de sectores medios de la CABA.3 La principal técnica de recolección de datos consistió en la entrevista en profundidad. Para la selección de los sujetos, se definió a los jóvenes de sectores medios como aquellos que han alcanzado un nivel educativo igual o mayor al del colegio secundario completo, cuyos padres poseen empleos de media o alta calificación y que tienen un nivel educativo igual o superior al del colegio secundario completo.4 La literatura especializada utiliza el nivel educativo como variable proxy del nivel socioeconómico y distingue los “es tratos medios urbanos” por sus niveles medios y medios-altos de instrucción (Sautu, 2016). Por otra parte, en lugar de adoptar un criterio estrictamente etario, se tuvieron en cuenta los aportes sobre las características de la experiencia juvenil en sectores medios, como la prolongación de los estudios y la postergación de la formación de una familia (Urresti, 2011). Dentro de este marco, el tipo de muestra fue intencional, conformada a través de la técnica “bola de nieve”. La cantidad de informantes se estableció siguiendo el criterio de saturación de la información.

Finalmente, la muestra quedó conformada por 20 jóvenes -10 varones y 10 mujeres-, de entre 24 y 30 años. En términos generales, emprendieron la salida del hogar de origen entre 2009 y 2014. Se trataba de la primera experiencia de formación de un hogar propio. La mayoría había estudiado carreras universitarias; otros, artísticas; y algunos, terciarias; los más jóvenes aún la estaban cursando. Todos se desempeñaban en empleos afines a sus estudios; ninguno estaba casado ni tenía hijos, pero la mitad estaba en pareja. A su vez, tanto sus casas de origen como las actuales estaban emplazadas en barrios aledaños al centro con una adecuada infraestructura urbana y contaban con servicios sociales básicos. En relación con las características educativas y laborales de sus padres, advertimos algunas diferencias, por lo que divi dimos a los jóvenes en dos grupos: por un lado, con padres profesionales y propietarios (e incluso con más de una propiedad); y, por otro, con padres empleados o comerciantes, y propietarios o inquilinos.

De acuerdo con el carácter exploratorio del estudio, la información recabada se sistematizó con el fin de construir una tipología que permitiera reducir la complejidad de un campo poco conocido y describir de manera extensa el fenómeno. Luego se avanzó en forma analítica para superar el plano descriptivo, aunque no se ignoró que toda descripción contiene un primer nivel de interpretación. Para ello se apeló a herramientas de análisis prove nientes de la semiología y la sociología de la cultura, con el objetivo de acceder a un nivel interpretativo y explicativo que permitiera ahondar en los significados del caso (Geertz, 1987). Se realizó una lectura en profundidad de las entrevistas y se utilizó la codificación como técnica de categorización. Para tales fines, se construyó un manual de códigos que, en principio, tuvo en cuenta las dimensiones abordadas en la guía de entrevista (la forma de llegada a la vivienda y las valoraciones y significaciones en torno al espacio habitacional propio), que luego se completó y precisó sobre la base del trabajo de campo. Una vez codificadas las entrevistas, se analizaron temáticamente, siguiendo como criterio la comparación de respuestas entre los entrevistados (Taylor & Bogdan, 1986).

Para la construcción de la tipología sobre los modos de acceder a una vivienda, la perspectiva de los estudios sociales de la economía se reveló como herramienta fructífera que permitió desentrañar el universo de prácticas e intercambios involucrados. Según este enfoque, se abordó el acceso a una vivienda como dimensión integrada de la vida social, es decir, sin disociarlo del medio en el que está inmerso. Se sostiene que la obtención de una vivienda no puede ser comprendida desde un análisis que sólo considere la relación entre los medios y los fines, porque ese abordaje ocultaría el carácter social tanto del agente como de los medios y los fines. En este sentido, se entiende la llegada a una nueva vivienda como el efecto de un conjunto de prácticas desplegadas por los agentes como prácticas sociales en las que se entrecruzan distintos órdenes de la vida: económico, cultural, simbólico, afectivo.

Así pues, se consideraron tanto los capitales movilizados (económico, social y cultural) como los intercambios económicos efectuados. Respecto a los capitales, resultó clave el tipo económico y su distinción según sea patri monio -propiedades- o dinero; a su vez, se procuró identificar si provenía del joven, de la familia de origen o si era compartido con los amigos y la pareja. Distinguir entre la intervención de la familia de origen y los pares de generación se reveló central, ya que mientras la familia de origen constituye una relación intergeneracional -y, en ese sentido, vertical-, los amigos y la pareja son pares de generación -vínculos horizontales con quienes se comparte la temporalidad social-. En cuanto a las formas de intercambio, se procuró identificar si se trataba de intercambios económicos que ocurrían en universos mercantiles, en contextos de relaciones afectivas e íntimas o si involucraban su articulación, es decir, la combinación de contextos.

De esta manera, construimos cuatro modos posibles de acceder a una vivienda, a los que denominamos “modo familiar don”, “modo familiar monetizado”, “modo asociativo” y “modo individual”. Mientras los dos primeros se observaron sobre todo en jóvenes con padres profesionales y propietarios; los dos últimos se registraron especialmente en jóvenes con padres em pleados o comerciantes, propietarios o inquilinos. A continuación exploramos tales modalidades en el contexto de la CABA.

Modos de acceder a la vivienda

Los jóvenes de generaciones recientes viven su juventud en un momento histórico en que han empeorado de modo significativo las condiciones de acceso a una vivienda en la CABA para distintos sectores de la población (CEYS, 2014). Un hábito particular del mercado inmobiliario argentino que intensifica esta problemática es el empleo del dólar estadounidense como referente para cotizar los bienes inmobiliarios y las transacciones de compra-venta. Se recurrió a datos cuantitativos para caracterizar la agudización de este proceso durante los últimos 10 años y, en particular, entre 2009 y 2014, periodo en el que los jóvenes entrevistados se fueron de sus hogares de origen.

En relación con la posibilidad de concretar el “sueño de la casa propia”, la investigación de Baer y Kauw (2016) reveló que mientras que en 2009 se necesitaban 8.5 años de ingreso medio para comprar un departamento de dos ambientes a estrenar en un barrio de la CABA, en 2013 se requerían 11.9. Además, destacó la reducción de la oferta de créditos hipotecarios y las restricciones para su acceso: si en 2000 representaban 20.7%de las operaciones de compra-venta de inmuebles, en 2010, sólo fue 5.8%. El mercado de alquiler tampoco ofrece un panorama alentador. No sólo aumen taron los requisitos exigidos por los arrendadores, sino también los precios y costos de “entrada”, como la comisión inmobiliaria y el depósito. A modo de ejemplo, entre 2011 y 2013, el alquiler medio de un departamento usado de tres ambientes se incrementó entre 47 y 57%; esto insumía entre 30 y 50% de un sueldo promedio de la CABA (Reporte Inmobiliario, 2013). Si se considera que este argumento se extiende a las renovaciones de los contratos de alquiler, la situación de los inquilinos en la ciudad se agrava. En cuanto a la política habitacional, se registra que en 2007 el presupuesto destinado a vivienda respecto del presupuesto total disminuyó de 5.3 a 3.6%, y que en los años siguientes se mantuvo en 3.2% aproximadamente (Marcús, 2014).

Estos factores limitan la adquisición de una vivienda entre la población que no posee ahorro y depende del salario para comprar (Baer & Kauw, 2016), y torna cada vez más restrictivo y exigente el mercado de locaciones urbanas, sobre todo para quienes no tienen un empleo formal que brinde garantías al propietario. Cabe señalar que esta problemática ocurre en una ciudad donde hay 1 424 571 viviendas particulares, de las cuales 288 564 se encuentran vacías -ociosas-, lo que representa 20% del parque habitacional de la Ciudad (CEYS, 2014). En estas condiciones, la llegada a una vivienda resulta un proceso conflictivo. ¿Cómo resuelven los jóvenes entrevistados esta tensión entre querer irse de la casa de origen y las dificultades para conseguir una vivienda en la ciudad?

“Modo familiar don”

El “modo don” se refiere a jóvenes que obtienen la vivienda a través del patrimonio familiar, es decir, movilizando el capital económico de la familia de origen, en particular las propiedades. Se trata de intercambios económicos en familia en los que se transfiere una vivienda (en general, de padres a hijos y, en ocasiones, de abuelos a nietos). Recuperando los aportes de Weber (2008), y retomando una categoría propuesta por Mauss (2012 [1925]), denomino a esta forma de acceso “modo don”, ya que la vivienda pierde su carácter de mercancía al obtenerse en un contexto afectivo atravesado por relaciones de solidaridad, reciprocidad y dominio, que preexisten y se extienden más allá de la transferencia. Esto puede incluir distintas modali dades: el regalo, el préstamo y la herencia; en este artículo me concentro en las dos primeras.

El regalo constituye un acto respaldado por un trámite legal de donación y escrituración que inaugura al joven en su condición de propietario. En la vivienda regalada no hay una restricción temporal sobre la tenencia del bien, ni un costo monetario por su uso o adquisición, pues el bien le pertenece al joven. El regalo se presenta como una “transferencia simple” (Weber, 2008), un acto unilateral, “gratuito” y desinteresado (Bourdieu, 1997). Tal es el caso de Matías (24 años), a quienes sus padres le regalaron -a él y a su hermano- un departamento que compraron con el dinero heredado al fallecer la abuela. Según contaba, fue “como una inversión hacia nosotros”. Fuertemente asociado a estrategias de consolidación familiar y de la propia posición social, la vivienda regalada se revela como un modo de dejarles a los hijos una casa que les asegure el patrimonio, y que también les permita proyectar en el presente, por ejemplo, la salida de la casa de origen.

Así como han invertido en su educación, los padres de Matías realizaron una suerte de “inversión residencial” pensando en el bienestar de sus hijos. Pareciera que, cuando la herencia se demora (por el aumento de la esperanza de vida), la situación habitacional aparece como un asunto de familia en el presente. ¿Cómo asegurarles el porvenir a los hijos cuando el estudio y el trabajo parecen no alcanzar para concretar el “sueño de la casa propia” en la CABA? ¿Qué hacer para lograr una reproducción social ampliada? En este regalo se conjugan operaciones económicas y afectivas: la compra ha sido orientada por el afecto y, a la vez, mediante la compra -y el regalo- se refuerza el lazo que une a los padres con los hijos. Como señala Mauss (2012 [1925]), los regalos tienen una finalidad moral: sellan vínculos sociales, fundan relaciones y establecen lazos.

Ahora bien, la vivienda regalada también instaura una deuda, pues constituye -en verdad- un sistema de intercambio. La particularidad de este intercambio radica en el tiempo que media entre la transferencia y la contratransferencia (Bourdieu, 1997). En términos de Weber (2008), se trata de una “transferencia doble diferida”, ya que, si bien hay una contraprestación, ésta no ocurre -ni debe ocurrir- de manera instantánea. A Laura (28 años), por ejemplo, sus abuelos le compraron una vivienda para que se fuera a vivir sola. A diferencia de Matías, quien lo definía como un regalo, ella lo relataba como una “compra”, tal vez porque la vivienda regalada “no fue gratis”. Según señalaba, “llegar acá [al departamento] costó”, aunque su precio no fue en rigor económico. “Desde que empecé a hablar con mis abuelos hasta que se concretó, fue un poco idas y vueltas”. Según contaba, tanto ella como su padre tuvieron que “hacer un poco de lobby: ir a comer, ir más seguido a verlos, hablar un poco, llamarlos”. Para Laura, este regalo “siempre fue como un negocio […] ‘Bueno, vos querés esto, pero mirá que tenés que hacer esto otro’”. Para plantearlo en términos de Mauss (2012 [1925]), la principal dificultad que presenta la vivienda regalada en la historia de Laura es que se explicita aquello que debiera permanecer oculto: el regalo como sistema de intercambio. Aunque se presenten como desinteresados y generosos sobre la base de la espontaneidad, estos actos constituyen intercambios obligatorios e interesados que suponen una triple obligación: dar, recibir y devolver.

En el caso de la vivienda prestada, se trata de una transferencia, sin mediación de instituciones ni contratos, por la cual el propietario -en general, los padres- entrega el usufructo del bien, por un tiempo más o menos determinado, sin perder su propiedad. A diferencia del regalo, en este tipo de intercambio hay una temporalidad establecida, ya que el propietario espera -de forma más o menos explícita- su devolución. No obstante, hay que advertir que se trata de una suerte de temporalidad “a la carta”, ya que el tiempo de duración es flexible y se ajusta a las necesidades del joven. Como ocurre con el regalo, las características de la transacción están condicionadas por el contexto afectivo en el que ocurre.

En ciertas ocasiones, el préstamo se combina con el regalo del uso del espacio, ya que se habita de forma gratuita; por ello, algunos jóvenes definían la transacción como un “regalo incompleto”. Éste es el caso de Micaela (29 años): “[mi papá] no me lo regalaba, me lo daba para que yo viviera ahí. ‘Pagame los impuestos, quedate acá, viví’, me dijo”. En otras ocasiones, el préstamo puede involucrar el pago de un “alquiler simbólico”, por lo que estos jóvenes se consideran “inquilinos a medias”. ¿Por qué “alquiler simbólico”? Porque lo que se paga es un monto acordado y negociado -no sin tensio nes- entre el joven y sus padres, cuyo valor es menor al del mercado; y, a su vez, porque ese intercambio monetario cumple una función en el vínculo afectivo; no responde a una necesidad económica de los padres, sino que tiene una utilidad simbólica: expresa la independencia del joven.

Como ocurre con el regalo, el préstamo tampoco es gratuito. Al ingresar en esta lógica, se pasa a estar en deuda con los padres y, tal como señalaba Cecilia (27 años), ellos lo hacen sentir a través del control y el cuestiona miento sobre los usos del espacio habitacional. A través del pago de un alquiler, Pablo (27 años) encontró un modo de saldar esa deuda. Al pagar el alquiler, paga por el uso libre e incondicionado del espacio, es decir, por su autonomía. En lugar de dar explicaciones sobre sus actos a cambio de usar el espacio habitacional, da dinero. En este sentido, el joven realizó un “trabajo de marcación” (Zelizer, 2011) para hacer del préstamo de la vivienda un intercambio equitativo: “si vos me das y yo te doy, estamos en igualdad de condiciones”. Así, el dinero se vuelve un terreno de lucha por defender su independencia y, a la vez, colocarse en un rol diferente al de hijo. Al simular la lógica mercantil, el costo económico reemplaza el costo simbólico: que su padre tenga todavía “autoridad fuerte” sobre él.

Podríamos plantear que Pablo recurre al dinero o, más precisamente, al carácter objetivador y despersonalizador del dinero, advertido por Simmel (1977), para aceptar el trato con su padre sin ceder su libertad. A través del pago de un alquiler, Pablo pretende convertir esa relación personal y afectiva en una relación impersonal y objetiva; en términos de Simmel (1977), procura disolver en “funciones” -el arrendatario y el arrendador- las “persona lidades” involucradas. En este sentido, antes que corromper las relaciones sociales, el carácter objetivador y despersonalizador del dinero es lo que asegura que el vínculo entre padre e hijo se mantenga en armonía, pues para Pablo esta simulación mercantil es fundamental para asegurar su autonomía y libertad personal.

Ahora bien, al preguntarle cómo se estableció el monto del alquiler, Pablo revelaba que “es raro” porque no se trata de un “alquiler completo”: “es algo que yo puedo pagar, que no me ahoga y que tiene algo que ver con la realidad de lo que puede salir un dos ambientes en un barrio como éste, con las ex pensas incluidas”. En otras palabras, el precio del alquiler es resultado de un proceso de negociación en el que intervienen factores diversos: los ingresos del joven, sus proyectos (laborales, educativos o recreativos), la relación afectiva y el precio de mercado. Según contaba, “lo que arreglamos fue un número”, que en el contexto de relaciones afectivas implica negociar, buscar acuerdos y atravesar conflictos. En efecto, se evalúan cuestiones objetivas y subjetivas y, por tanto, lejos de ser neutral, el alquiler resulta un “precio amigo” (Dufy & Weber, 2009). Mientras el valor de mercado aproximado de un departamento como el de Pablo era, en 2013, de $2 200 -según datos provistos por Reporte Inmobiliario-, el valor acordado con su padre era de $1 400 (más expensas de $1 100). Tal vez por ello Pablo señalaba que “no es un alquiler de verdad”.

En suma, mientras el regalo supone la tenencia como propietario, el préstamo establece una situación particular que denominamos “ocupante pre ferencial”. Con esta expresión aludimos a aquel joven que habita una vi vienda prestada por su familia y asume tal responsabilidad con una serie de beneficios económicos: no paga alquiler ni abona un alquiler simbólico, no debe afrontar gastos de entrada al departamento, ni requiere contar con una garantía propietaria ni un recibo de sueldo, entre otros. Tanto en el caso del regalo como del préstamo, la vivienda no asume la forma de mercancía, ya que los jóvenes la obtienen sin haber recurrido al mercado; en este sentido, el “modo familiar don” revela formas no mercantiles de acceder a la vivienda en sectores medios.

“Modo familiar monetizado”

Bajo este modo, los jóvenes obtienen la vivienda mediante la combinación de dos instancias de intercambio: una, basada en relaciones familiares, en la que se adquieren recursos monetarios como préstamo o regalo; y otra, asentada en vínculos mercantiles, a través de la cual se obtiene una vivienda. Es decir, los jóvenes movilizan el capital económico de su familia de origen bajo la forma de dinero y lo articulan con su propio capital para concurrir al mercado y comprar o alquilar una vivienda. Sobre la base de las experiencias relatadas en las entrevistas, hemos distinguido dos subtipos: el “credipapis”5 y la “ayuda”.

El “credipapis”, tal como lo denominó una de las entrevistadas, cons tituye un financiamiento familiar por el cual se obtiene una vivienda en propiedad. La familia de origen opera como “banco” o prestamista al brindar el dinero que habilita la operación de compra. Tanto los padres como el joven despliegan un “trabajo relacional” sobre el dinero prestado, ya que las con diciones del préstamo, así como los modos y los plazos de su devolución, se negocian y se definen de acuerdo con el contenido afectivo del vínculo y la solidaridad que les es propia. En esta transacción no median ni instituciones ni contratos, es un “acuerdo de palabra” y el dinero prestado también recibe un “precio amigo”, pues el costo y los requisitos para obtener el “credipapis” son inferiores a los del mercado.

Éste es el caso de Vanesa (28 años), a quien la pareja de la madre (Ricardo) le prestó 50% del dinero requerido (en dólares) para comprar un departamento en la CABA. Hacía tiempo que Vanesa convivía con Ricardo, luego del fallecimiento de su padre cuando ella tenía 15 años. Para ella, Ri cardo “es de la familia”. Si bien contaba con un dinero ahorrado debido a la herencia, a Vanesa le faltaba la mitad del valor de la propiedad y sus condi ciones laborales le impedían acceder a un crédito hipotecario. Ricardo actuó entonces como “banco”. Según ella, el préstamo “se dio espontáneamente porque yo, justo, necesitaba la plata y él me la podía prestar”. Sin embargo, una lectura atenta no puede eludir aquello que advierte Bourdieu (1997) sobre “el espíritu de familia” como principio regulador de los intercambios familiares. En rigor, esa espontaneidad esconde un entramado de obligaciones que reglamentan este tipo de intercambios. A través del dinero, se refuerzan los vínculos afectivos; el dinero prestado cumple una función social, pues forma parte de esa labor material y simbólica por la cual se crea y recrea la unidad familiar (Wilkis, 2013).

El caso -fallido- de Daniela (29 años) muestra los condicionamientos bajo los cuales puede operar el “credipapis”, incluso si no tiene intereses monetarios. Su padre le propuso comprar un departamento que le financiaría en cuotas mensuales: “Yo, en vez de pagar un alquiler, se lo iba devolviendo a él por mes”. Sin embargo, Daniela confesaba que “todo este proyecto se cae en un momento, a raíz de algo que no tiene absolutamente nada que ver, sino que tiene que ver con una discusión que tuve con él”. Su padre se enteró de que ella estaba en pareja con una mujer y, según decía, “no podía aceptarlo; ahí dijo que no, porque él no quería ser partícipe de esas elecciones que no avalaba y que entonces no me iba a ayudar a irme ni a comprarme nada”. De alguna manera, el préstamo sin interés (económico) tenía intereses implícitos (simbólicos): condicionar la forma de vivir de la joven. Además, recibir ese dinero tenía para ella un costo emocional y afectivo, pues si bien ganaba una vivienda, perdía autonomía. Su testimonio muestra que la óptima articulación entre el contexto afectivo y el contexto impersonal del mercado no depende sólo de factores económicos sino también de cuestiones sociales.

En el caso de la “ayuda”, se trata del préstamo o regalo de un monto de dinero significativamente menor al “credipapis”, que se utiliza para costear los gastos implicados en la “entrada” a un departamento en alquiler. Aquí la familia de origen financia y también asegura la prestación de la garantía propietaria. Resulta posible pensar que la cantidad de dinero transferido condi ciona cómo estos jóvenes “marcan” y “significan” tal intercambio, ya que, sea como préstamo o regalo monetario, esta transacción es definida como una “ayuda”, una suerte de trampolín que les permite dar el salto a la nueva vivienda.

Como ocurre con las otras transacciones familiares, el modo en que se negocia, se acuerda, se marca el regalo o préstamo monetario, se revela central en la configuración subjetiva del joven. A Natalia (25 años), por ejemplo, le prestaron el dinero para pagar el monto inicial del departamento en alqui ler. Sin plazos establecidos, Natalia devolvía el dinero “medio en cuotas”, por mes y sin pagar interés. Según contaba, aunque sus padres nunca se lo pedirían, devolver el dinero tiene para ella un valor simbólico: expresa su capacidad de autosustentación. Recibir -y definir- el dinero familiar como un préstamo, y no como un regalo, es un modo de demostrarles a sus padres que ella “también puede”. En su relato, la joven confesaba que la cuestión de los regalos monetarios “es una pelea que sigo dando con mi mamá”, pues si para su madre ese dinero es un “mimo”, para ella constituye una suerte de “cordón umbilical”.

Como veíamos en el caso de Pablo y el “alquiler simbólico”, lejos de ser un objeto homogéneo y neutral, el dinero se convierte en un terreno de lucha por la independencia. Al trazar límites monetarios, diferenciar y marcar el dinero como “mío” y “tuyo”, Natalia construye su propia subjetividad. Mientras el dinero regalado representa para ella “una vida regalada”, el dinero ganado simboliza su trabajo y esfuerzo. A diferencia del dinero regalado, ese dinero “propio” y “merecido” le otorga libertad y autonomía respecto de sus padres. En este sentido, sólo el dinero ganado brinda esa posibilidad, señalada por Simmel (1977), de relacionarse libre y autónomamente con el mundo exterior.

Las investigaciones sobre trayectorias residenciales y estrategias habitacionales de familias de sectores medios de la CABA y su área metropolitana (Cosacov, 2017; Di Virgilio & Gil de Anso, 2012) han demostrado que en estos sectores la “ayuda familiar” es central en el acceso a la vivienda y la inscripción territorial de los hogares, tanto a través de la herencia como mediante los préstamos y los regalos monetarios. Ahora bien, al analizar las transferencias familiares como intercambios, se desentraña el tejido de prácticas y significaciones englobadas en la expresión “ayuda familiar”. De esta manera, resulta posible distinguir, desde la perspectiva de los actores, las formas que asume tal ayuda, e iluminar las negociaciones y las tensiones en la familia, así como los efectos de las transacciones económicas en la sub jetividad del joven.

“Modo asociativo”

En este modo, la vivienda se consigue a través de la asociación económica y residencial entre los pares de generación, en particular los amigos y la pareja, con quienes se comparte la temporalidad social y -por lo general- el sector social de pertenencia. Los jóvenes movilizan su capital económico individual (ese dinero ganado), pero en lugar de recurrir directamente al mercado, se asocian con otros jóvenes para “poner en común” el capital económico de cada uno. De esta manera, se conforma una suerte de capital económico colectivo que les permite alquilar. Por lo tanto, este modo se caracteriza por la combinación de una instancia asociativa -basada en relaciones afecti vas horizontales caracterizadas por la confianza y la intimidad- con una transacción mercantil.

Nicolás (28 años) relataba que con sus dos amigos optaron por “vivir juntos” porque los tres se querían ir a “vivir solos”: “Juani se quería mudar solo, Manu se quería mudar solo, yo… Y un verano, que fue, no sé, a los 24, empezamos a mirar casas”. Clara (25 años) explicaba que “había un tema de gastos, no me daba la guita [el dinero] para irme sola de ningún modo”. La dificultad no residía únicamente en conseguir una casa, sino también en equiparla y sostenerla en el tiempo, teniendo en cuenta los costos mensuales que implica alquilar. Al hacerlo en conjunto, se “amortizaban” los gastos y, si un mes alguno no podía pagar, se ayudarían, señalaba Manuel (26 años).

La particularidad de este modo es que se concibe como un proyecto colectivo o de pareja en el que se unifican las salidas del hogar de origen y se consigue la vivienda mediante una alianza juvenil. Los jóvenes comparten los gastos requeridos para iniciar un contrato de alquiler y asumen en común los gastos domésticos para vivir bajo un mismo techo. Como se ñalaba Tomás (24 años), el alquiler se torna colectivo: “Nos dividimos los gastos entre los tres”. La transacción se realizó a través de una inmobiliaria y cada integrante del grupo puso en común la suma de dinero solicitada. Si alguno “se bajaba”, el proyecto de mudanza “se caía”, indicaba Nicolás (28 años). Para aquellos que, como Agustín (28 años), no contaban con la garantía propietaria requerida por las inmobiliarias, asociarse también era la posibilidad de obtenerla.

Los costos involucrados fueron discutidos y calculados en grupo o en pareja sobre la base de las posibilidades económicas de cada uno. Nicolás contaba que, antes de mudarse, “nos juntábamos en la casa de alguno y veía mos cuánta plata se gastaba en el departamento: alquiler, expensas, si faltaban cosas de cocina, muebles, y sumábamos las compras del supermercado, las más grandes, que eran para el mes”. Paula y Clara recordaban que los consejos brindados por otros amigos también fueron fundamentales. En este sentido, sus decisiones en materia de vivienda, lejos de ser individuales, resultan de una deliberación colectiva basada en la experiencia generacional. Derivadas de cálculos que son en verdad sociales, antes que meramente económicos (Zelizer, 2011), sus experiencias habitacionales están enmarcadas en y constituidas por el entramado de relaciones sociales de las que forman parte.

Los testimonios evidencian que la mutua cooperación también atraviesa la administración del “dinero doméstico” (Zelizer, 2011). Mientras que en los intercambios familiares prima la lógica jerárquica, en los horizontales opera una instancia de apoyo mutuo bajo una lógica de la equivalencia: el gasto compartido y el “pozo común”. Tanto en la “casa de la amistad”, denominada así por uno de los entrevistados, como en la “casa de novios”, observamos una lógica comunitaria: el dinero doméstico resulta de la puesta en común de una fracción equitativa del dinero individual. En ese compartir gastos -y dineros- se crea y recrea la cohesión afectiva.

En la casa de la amistad, por ejemplo, el lazo amistoso avanza sobre el lazo familiar para formar, a su vez, un nuevo grupo de convivencia, una “familia ad hoc”, como la llamó uno de los entrevistados. Según sus relatos, estos jóvenes no forman hogares independientes dentro de una misma vi vienda. Tomás, por ejemplo, señalaba que en el hogar “no hay un jefe. Está bien dividido todo”. El testimonio de Manuel refuerza esta idea: “Nunca una decisión se toma individualmente, en la medida de lo posible nos esperamos a comer, hacemos actividades juntos… No somos tres personas que viven en una casa, digamos, somos como un grupo que vive en una casa”. En esta dinámica, los únicos gastos que prefieren “separar” son aquellos ocasionados cuando participan amigos o novios externos al hogar.

Mientras en los relatos de quienes viven con amigos no se plantean conflictos en torno a la conformación del “pozo común”, en los testimonios de quienes habitan en pareja aparecieron algunas tensiones que, sin quebrar el vínculo, desencadenan nuevas negociaciones y acuerdos. Lucas (27 años), por ejemplo, recordaba que durante los primeros meses de convivencia con su novia mantuvieron el arreglo que tenían cuando vivían separados: “Fue más mitad y mitad”. Luego, revisaron tal arreglo porque, según él, al ganar más que ella, terminaba por asumir muchos gastos extras.

Vamos a organizar de otra manera, dijimos […] ¿Por qué? Porque como ella… Te repito, ella gasta mucho… Entonces, pusimos 80% cada uno de su sueldo. Sea lo que sea, pusimos 80% de los dos en un pozo común. Entonces está ahí en un pozo común y después cada uno ahorra por separado. ¿Por qué? Porque ella todos los meses se compra algo, o sea, todo el tiempo se compra algo. “¿Vos te querés comprar algo?, cómpratelo vos con tu plata” […] Yo lo ahorro porque yo no siento la necesidad. (Lucas)

Al recibir su sueldo, Lucas y su novia marcan su dinero individual, ya sea “plata en común”, utilizada para gastos compartidos, ya sea “plata de cada uno”, destinada a “gastos personales”. Ahora bien, en la “casa de novios”, los límites entre lo propio y lo compartido resultan más borrosos y difusos que en la “casa de la amistad”, porque los proyectos comunes traspasan las fronteras domésticas. En este sentido, los consumos que son calificados como “comunes” son más amplios y los criterios de demarcación del “pozo común” resultan menos evidentes. Por ejemplo, si bien Lucas indicaba que el ahorro es personal, otros testimonios evidenciaban que puede devenir una tarea compartida cuando hay proyectos comunes a largo plazo, como “unas vacaciones” o la “adquisición de un auto” (Agustina, 27 años). Bajo estas coorde nadas, los modos de usar el “dinero personal” se transforman en un “asunto en común” con el que los sujetos deben lidiar. Como advierte Zelizer (2011, p. 95), los usos del “dinero doméstico” dependen de “interpretaciones com plejas y sutiles” de los vínculos entre los miembros del hogar.

En suma, el modo asociativo ilustra que los amigos y la pareja funcionan como capital al menos de dos maneras: ofrecen recursos (dinero, garantía propietaria, objetos de equipamiento, información, contactos, entre otros) y, a la vez, ellos mismos constituyen recursos para alcanzar el objetivo. En términos de Bourdieu (1997), estos vínculos operan como “capital social”, en la medida en que son recursos disponibles que, al invertirlos, ofrecen rendimiento; para tenerlos hubo que acumularlos, y para mantenerlos se despliegan estrategias. Por lo tanto, el arreglo residencial no es sólo la modalidad de convivencia, sino también la estrategia de acceso a una vivienda para abandonar el hogar de origen.

“Modo individual”

Aquí el protagonista es el yo: el joven moviliza su capital económico indi vidual para conseguir una vivienda en el mercado. Sin la intervención sig nificativa de la familia de origen ni la asociación con los amigos o la pareja, el joven compra o alquila una vivienda. Los componentes fundamentales de este tipo son el dinero ganado y el dinero ahorrado, así como la transacción mercantil. Este modo se presenta como el caso típico de una economía de mercado, ya que sólo involucra una relación cerrada y afectivamente neutra, donde la transferencia y la contratransferencia se superponen instantánea mente, agotando el sentido de la interacción. El bien se intercambia contra su equivalente monetario y las relaciones personales entre los participantes, así como sus características particulares, son “puestas entre paréntesis” (Weber, 2008).

Cabe advertir que, aunque el capital económico es individual, el acto de comprar o alquilar es social: la decisión no se toma de forma aislada, pues los consejos de amigos, las experiencias de otros jóvenes, en pocas palabras, el aprendizaje generacional, influyen en la forma de obtener la vivienda. Como veíamos en los modos anteriores, lejos de tratarse de individuos aislados que toman decisiones individuales en el vacío, estos jóvenes son agentes sociales cuyas opciones financieras están enmarcadas en, y consti tuidas por, el entramado de relaciones sociales de las que forman parte y las coordenadas espacio-temporales en las que habitan. En este sentido, con la categoría “modo individual” no desconocemos el carácter social de los actos económicos, sino que pretendemos enfatizar la fuerte impronta individual observada en estos casos, a diferencia de los anteriores.

Con excepción de Sebastián (27 años), que logró comprar una vivienda al contado a través de un particular recorrido vital que combinó esfuerzo laboral con esfuerzo financiero, el modo individual involucra a jóvenes que se vuelcan al alquiler luego de ver frustradas sus expectativas de comprar. Nos detenemos en estos últimos casos, ya que permiten ilustrar las dificul tades que atraviesan ciertos jóvenes de sectores medios para acceder a una propiedad mediante sus propios ingresos y a través de un crédito hipotecario, cuando no se cuenta con el “respaldo” de la familia de origen. Al explorar cómo estos jóvenes acceden a la vivienda nos adentramos en la historia de su(s) dinero(s). Cargados de expectativas y temores, cada billete les recuerda una historia de la que han sido protagonistas; ese dinero compone un relato de vida al expresar sus experiencias de trabajo y las renuncias a las que han accedido para “juntarlo”.

Aunque se fue de su casa de origen a los 26, hacía un año que Andrés “venía planificándolo”. Según contaba, a los 25 fue a ver un monoambiente para alquiler, pero “no me daba la guita. Llegaba muy justo a fin de mes si me mudaba. Entonces dije: ‘no, espero. Espero a hacer un colchón de guita [reserva] como para poder ingresar [al alquiler], pagarme todo y empezar’”. Al año siguiente, Andrés “tenía la plata”: lo habían ascendido en su trabajo, lo que incrementó el dinero ganado, y “ya había hecho un colchón”. Dado que la vivienda de sus padres figuraba como bien de familia, “puso en garantía” la casa de su abuela.

En verdad, antes de alquilar, Andrés había pensado en obtener un crédito hipotecario. “Apenas empecé a trabajar, era ahorrar para tratar de entrar a un crédito y comprarme una vivienda. Siempre esa era mi idea”. Aunque desde sus 23 años tenía un trabajo calificado y estable como empleado judicial en el Estado, no lo logró. El principal motivo era que no conseguía el 30% inicial requerido por el banco. Tampoco tenía alguien próximo que pudiera brindárselo, ya que, como relataba, “mis viejos no me daban nada. No están en una situación económica como para hacerlo”. En consecuencia, señalaba: “No me quedaba otra posibilidad que alquilar o seguir viviendo con mis padres”. Finalmente, alquiló.

Yo ahorraba muchísimo [viviendo] con mis viejos y dije: “Bueno, más o menos, si sigue así la situación de que uno tiene que poner 30% de la vivienda para mudarse, tendré que estar dos o tres años viviendo con mis viejos”, para poder sacar un crédito y comprarme una vivienda, y dije: “Dos años o tres no me aguanto, no me voy a aguantar”. Más allá de que yo con mis viejos me llevaba bárbaro, no tenía conflicto en el tema cotidiano, necesitaba mi espacio. Entonces dije: “Bueno, me voy a tener que alquilar algo”. Y no quería. Yo siempre fui de la idea de que el alquiler… no te digo que es tirar plata porque uno está invirtiendo en algo que es su independencia, en tener su espacio, es sano vivir solo, ¿no?, a una edad considerable, con lo cual no creo que sea tirarlo. (Andrés)

Su testimonio denota una elección que también apareció en otros relatos. La condición juvenil, esa “moratoria vital” que en sectores medios se conjuga con una “moratoria social”, influye en los cálculos desplegados en torno a la vivienda. En este momento de sus vidas y bajo las condiciones en que opera el mercado habitacional de la Ciudad, estos jóvenes revaloran el alquiler por tenerlos hubo que acumularlos, y para mantenerlos se despliegan estrategias. Por lo tanto, el arreglo residencial no es sólo la modalidad de convivencia, sino también la estrategia de acceso a una vivienda para abandonar el hogar de origen.

“Modo individual”

Aquí el protagonista es el yo: el joven moviliza su capital económico indi vidual para conseguir una vivienda en el mercado. Sin la intervención sig nificativa de la familia de origen ni la asociación con los amigos o la pareja, el joven compra o alquila una vivienda. Los componentes fundamentales de este tipo son el dinero ganado y el dinero ahorrado, así como la transacción mercantil. Este modo se presenta como el caso típico de una economía de mercado, ya que sólo involucra una relación cerrada y afectivamente neutra, donde la transferencia y la contratransferencia se superponen instantánea mente, agotando el sentido de la interacción. El bien se intercambia contra su equivalente monetario y las relaciones personales entre los participantes, así como sus características particulares, son “puestas entre paréntesis” (Weber, 2008).

Cabe advertir que, aunque el capital económico es individual, el acto de comprar o alquilar es social: la decisión no se toma de forma aislada, pues los consejos de amigos, las experiencias de otros jóvenes, en pocas palabras, el aprendizaje generacional, influyen en la forma de obtener la vivienda. Como veíamos en los modos anteriores, lejos de tratarse de individuos aislados que toman decisiones individuales en el vacío, estos jóvenes son agentes sociales cuyas opciones financieras están enmarcadas en, y consti tuidas por, el entramado de relaciones sociales de las que forman parte y las coordenadas espacio-temporales en las que habitan. En este sentido, con la categoría “modo individual” no desconocemos el carácter social de los actos económicos, sino que pretendemos enfatizar la fuerte impronta individual observada en estos casos, a diferencia de los anteriores.

Con excepción de Sebastián (27 años), que logró comprar una vivienda al contado a través de un particular recorrido vital que combinó esfuerzo laboral con esfuerzo financiero, el modo individual involucra a jóvenes que se vuelcan al alquiler luego de ver frustradas sus expectativas de comprar. Nos detenemos en estos últimos casos, ya que permiten ilustrar las dificul tades que atraviesan ciertos jóvenes de sectores medios para acceder a una propiedad mediante sus propios ingresos y a través de un crédito hipotecario, cuando no se cuenta con el “respaldo” de la familia de origen. Al explorar cómo estos jóvenes acceden a la vivienda nos adentramos en la historia de su(s) dinero(s). Cargados de expectativas y temores, cada billete les recuerda una historia de la que han sido protagonistas; ese dinero compone un relato de vida al expresar sus experiencias de trabajo y las renuncias a las que han accedido para “juntarlo”.

Aunque se fue de su casa de origen a los 26, hacía un año que Andrés “venía planificándolo”. Según contaba, a los 25 fue a ver un monoambiente para alquiler, pero “no me daba la guita. Llegaba muy justo a fin de mes si me mudaba. Entonces dije: ‘no, espero. Espero a hacer un colchón de guita [reserva] como para poder ingresar [al alquiler], pagarme todo y empezar’”. Al año siguiente, Andrés “tenía la plata”: lo habían ascendido en su trabajo, lo que incrementó el dinero ganado, y “ya había hecho un colchón”. Dado que la vivienda de sus padres figuraba como bien de familia, “puso en garantía” la casa de su abuela.

En verdad, antes de alquilar, Andrés había pensado en obtener un crédito hipotecario. “Apenas empecé a trabajar, era ahorrar para tratar de entrar a un crédito y comprarme una vivienda. Siempre esa era mi idea”. Aunque desde sus 23 años tenía un trabajo calificado y estable como empleado judicial en el Estado, no lo logró. El principal motivo era que no conseguía el 30% inicial requerido por el banco. Tampoco tenía alguien próximo que pudiera brindárselo, ya que, como relataba, “mis viejos no me daban nada. No están en una situación económica como para hacerlo”. En consecuencia, señalaba: “No me quedaba otra posibilidad que alquilar o seguir viviendo con mis padres”. Finalmente, alquiló.

Yo ahorraba muchísimo [viviendo] con mis viejos y dije: “Bueno, más o menos, si sigue así la situación de que uno tiene que poner 30% de la vivienda para mudarse, tendré que estar dos o tres años viviendo con mis viejos”, para poder sacar un crédito y comprarme una vivienda, y dije: “Dos años o tres no me aguanto, no me voy a aguantar”. Más allá de que yo con mis viejos me llevaba bárbaro, no tenía conflicto en el tema cotidiano, necesitaba mi espacio. Entonces dije: “Bueno, me voy a tener que alquilar algo”. Y no quería. Yo siempre fui de la idea de que el alquiler… no te digo que es tirar plata porque uno está invirtiendo en algo que es su independencia, en tener su espacio, es sano vivir solo, ¿no?, a una edad considerable, con lo cual no creo que sea tirarlo. (Andrés)

Su testimonio denota una elección que también apareció en otros relatos. La condición juvenil, esa “moratoria vital” que en sectores medios se conjuga con una “moratoria social”, influye en los cálculos desplegados en torno a la vivienda. En este momento de sus vidas y bajo las condiciones en que opera el mercado habitacional de la Ciudad, estos jóvenes revaloran el alquiler por su utilidad social antes que económica: alquilar es una forma de “invertir en vida”, una herramienta para la construcción de autonomía. Cuando la meta no se percibe como factible, el ahorro y el sacrificio implicado tienden a vivirse como un absurdo. Por ello, aunque la decisión de alquiler implica utilizar los ahorros disponibles o disminuir la capacidad de ahorro, esta práctica no es vivida como irracional.

Al igual que Andrés, Melina (30 años) también postergó la salida de su hogar de origen con el objetivo de “juntar” dinero para “sacar” un crédito y adquirir una casa. Según relataba, a diferencia de sus amigas que se fueron a los 25, ella no contaba “con ese respaldo de que si pasa algo saben que la vieja o los viejos le van a dar una mano […] Mi vieja no me podía pasar plata”. Si bien trabajaba en relación de dependencia, el dinero ganado no le alcanzaba para adquirir un crédito. Finalmente, Melina utilizó el dinero ahorrado para alquilar y su tía “le salió de garante” porque la propiedad de su madre estaba como bien de familia.

Las historias de Andrés y Melina muestran cómo, a pesar de tener em pleos estables e ingresos “altos” (como ellos mismos lo indicaban), el precio de las viviendas y las condiciones de los créditos hipotecarios no les permitie ron concretar el sueño de la casa propia en la ciudad. Si recordamos el relato de Vanesa, podemos notar que la diferencia entre ella y estos últimos jóvenes radica en que ella pudo contar con un “credipapis”, una ventaja provista por su pertenencia familiar. Como señala Kaztman (2000), la colaboración de las redes familiares en el acceso a la propiedad es una de las esferas donde opera el capital social como fuente de privilegios. En este sentido, este modo evidencia que el origen socioeconómico introduce diferencias entre jóvenes que, por sus estudios y ocupaciones, se pueden ubicar en un mismo estrato socioeconómico. Debido a este carácter fundamental de las trans misiones intergeneracionales en el acceso a la propiedad, los jóvenes que no cuentan con “respaldo” y que han vivido con sus familias en la ciudad encuentran limitaciones para conservar su “posición residencial” y, en ese sentido, perpetuar su “posición social” (Bourdieu, 1999).6 La ciudad se torna así cada vez más exclusiva.

Reflexiones finales

El proceso de salida del hogar de origen y llegada a una vivienda presenta una dimensión colaborativa en la que interviene el entorno afectivo del joven: la familia de origen, los amigos y la pareja. Lejos de ser un acto individual, involucra intercambios económicos en familia, asociaciones entre pares, universos mercantiles, aprendizajes generacionales y luchas simbólicas entre padres e hijos por el sentido asignado a las prácticas. Ahora bien, a diferencia de lo que la literatura especializada registra en sectores populares, en estos jóvenes de sectores medios encontramos una solidaridad basada en la inti midad que no presenta una inscripción territorial, no involucra relaciones de parentesco extensas o de vecindad, ni moviliza la autoconstrucción de vivienda. Con esto nos referimos a que, si bien participan sus vínculos afec tivos, en ningún caso esta dimensión colectiva involucra la autogestión en términos de producción social del hábitat. Más bien, las alianzas juveniles, en el caso del modo asociativo, constituyen una estrategia para participar del mercado de alquiler.

Cuando interviene la familia en la forma de acceder a una vivienda, la independencia no sólo está en juego con el hecho de irse del hogar de origen, sino también en los modos en que se acuerda, se negocia y se significa la intervención económica. El dinero regalado, el “credipapis”, la vivienda prestada o el regalo de una casa se vuelven un terreno de lucha por la autonomía, un campo de batalla que se revela central en la construcción subjetiva del joven. Según estos modos familiares, definir las condiciones de la transacción forma parte de la construcción de un espacio propio, porque los beneficios económicos obtenidos acarrean costos simbólicos; en estos intercambios se transmiten deseos personales, proyectos de vida y mandatos de los padres que no siempre reconocen las particularidades de la con dición juvenil -como experiencia temporal e histórica singular y como moratoria social.

A diferencia de estos apoyos verticales, las asociaciones y ayudas entre pares de generación -los amigos y la pareja- remiten a una solidaridad que denominamos “horizontal”, la cual media la transacción mercantil y atraviesa la administración de la casa. La alianza juvenil -económica y residencial- resuelve la encrucijada: el deseo de “irse a vivir solo” y la difi cultad de concretarlo de manera individual. El modo asociativo muestra la presencia de ayuda entre pares y da cuenta de la importancia de los amigos y la pareja en esta etapa en la que los jóvenes de sectores medios postergan ciertos compromisos familiares tradicionalmente asociados a la vida adulta. Sin hijos por criar ni padres por mantener, y con más o menos ingresos, estos hogares son lugares de encuentro y espacios de sociabilidad con los pares donde compartir la experiencia cotidiana.

Por último, el modo individual ilustra las dificultades de acceder a la propiedad a través de ingresos laborales cuando no se cuenta con el “respaldo” familiar. Mientras entre aquellos que pertenecen a familias profesiona les y propietarias la problemática habitacional se convierte en un asunto de familia y se resuelve mediante “inversiones residenciales” de los padres que operan a modo de inversiones afectivas; entre los jóvenes con padres empleados o comerciantes, propietarios o inquilinos, la vivienda se presenta como un bien de lujo, y su conquista como una odisea en la que sus propios recursos y los apoyos horizontales adquieren un papel significativo. Sin po der comprar, estos jóvenes se vuelcan al alquiler pero, como ellos mismos reconocen, al destinar sus ahorros a ese fin, las posibilidades futuras de ser propietario también se ven reducidas. En este sentido, ante la ausencia de una política de créditos hipotecarios que considere a los sectores medios y en un contexto de desregulación del mercado de alquiler, la “ayuda familiar” es un mecanismo de reproducción de desigualdades sociales, incluso dentro de un mismo sector social.

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1 Este carácter mercantil de la vivienda entra en contradicción con su sentido eminente mente social, es decir, con su carácter de derecho social básico y, por tanto, con la responsabi lidad del Estado en la satisfacción de las necesidades habitacionales de la población. Para una reflexión sobre el “derecho a la vivienda” y el “derecho a la ciudad” en América Latina, véase, por ejemplo, Ziccardi (2012).

2 Las nuevas interpretaciones sociológicas y antropológicas del dinero han cuestionado la concepción de Simmel (1977) al respecto, por asignarle exclusivamente un carácter objetivador, despersonalizador y corrosivo de las relaciones sociales.

3 La tesis forma parte de una investigación doctoral en curso más amplia, financiada por el Conicet, sobre las experiencias de salida del hogar de origen y la construcción de hogares en jóvenes de distintos estratos socioeconómicos del área Gran Buenos Aires.

4 Respecto del régimen de escolaridad, en la CABA se inicia el nivel primario a partir de los seis años de edad e incluye un total de siete grados. Luego de los 13 años comienza el ciclo denominado secundario, que cuenta con un total de cinco años. A partir de los 18 años comienza el ciclo superior (terciario) o universitario (Ferraris & Martínez Salgado, 2015).

5 La categoría nativa “credipapis” deriva de la conjunción entre “crédito” y el diminutivo de “padres”.

6 De acuerdo con Bourdieu (1999), la localización puede ser definida en términos de “posición residencial”, es decir, como el punto en el espacio físico donde un agente está situado en relación con las jerarquías urbanas. Esta “posición residencial” no es en absoluto indepen diente de la posición que los agentes ocupan en el espacio social. Como señala Bourdieu (1999, p. 120), “la posición de un agente en el espacio social se expresa en el lugar del espacio físico en el que está situado”.

Recibido: 22 de Octubre de 2016; Aprobado: 06 de Junio de 2017

Magdalena Felice es licenciada en Sociología por la Universidad de Buenos Aires (UBA), Argentina. Magíster en Sociología Económica por el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín (IDAES/UNSAM) y doctoranda en el Programa de Doctorado en Sociología de la misma universidad. Es becaria doctoral del Consejo Nacional de Investigacio nes Científicas y Técnicas (CONICET) en el Instituto de Investigaciones Gino Germani (IIGG), Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Sus áreas de interés son sociología, experiencias juveniles, transiciones a la vida adulta, acceso a la vivienda y desigualdades sociales. Algunas de sus recientes publicaciones son “Invertir en vida. Decisiones económicas y diferencias generacionales entorno a la vivienda en jóvenes de la ciudad de Buenos Aires, Argentina”, Antípoda, núm. 28, 2017, pp. 193-212; y, en coautoría con Lucía de Abrantes, “¿Ciudad sin jóvenes o jóvenes sin ciudad? Reflexiones sobre el derecho a la ciudad en jóvenes que habitan en ciudades intermedias”, Cuaderno Urbano, vol. 19, núm. 19, 2015, pp. 115-136.

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