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Estudios sociológicos

versión On-line ISSN 2448-6442versión impresa ISSN 0185-4186

Estud. sociol vol.35 no.103 México ene./abr. 2017

 

Reseñas

Vivian Lavín, Mujeres tras las rejas de Pinochet. Testimonio de tres ex presas políticas de la dictadura

Gilda Waldman M.* 

*Universidad Nacional Autónoma de México, gwaldman18@gmail.com

Lavín, Vivian. Mujeres tras las rejas de Pinochet. Testimonio de tres ex presas políticas de la dictadura. Toluca: Universidad Autónoma del Estado de México, 2015. 260p.


El golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 ha sido, ciertamente, el acontecimiento más importante y definitorio del siglo XX en Chile. Para quienes fueron sus víctimas, se trató de una ruptura institucional que hizo volar en, pedazos la historia pública del país fracturando asimismo el sistema simbólico-cultural que había dado sentido a la sociedad chilena e intentando borrar de la memoria colectiva los procesos constitucionales y las instituciones democráticas previas dejando una estela de muertos, detenidos-desaparecidos, exiliados, etc. Para sus partidarios, fue la única salvación posible para prevenir una guerra civil, derivada de la extrema polarización a la que habían llevado los gobiernos civiles y el caos del gobierno de la Unidad Popular, salvación que implicaba al mismo tiempo defender al país de amenazas internas y externas. Hoy, después de diecisiete años de dictadura y de veinticinco años de democracia, el legado del golpe militar permea sin duda todavía la vida de todas las generaciones que hoy habitan el país, y la sociedad chilena sigue fracturada por una diversidad de memorias contrapuestas y antagónicas que expresan el conflicto moral y político de una comunidad que no ha logrado reconciliarse consigo misma.

Chile carga, todavía, aun con un gran tema pendiente, que ni siquiera el regreso a la democracia ha resuelto de manera cabal: el de la violación de los derechos humanos durante el periodo dictatorial. Es innegable que la investigación histórica y sociológica ha documentado tanto las causas que llevaron al quiebre de la democracia como a la toma militar del poder y a la violación masiva de los derechos humanos. De igual modo, cabe destacar una enorme profusión de investigaciones periodísticas que han dado cuenta de las acciones represivas, a las que se pueden agregar testimonios o trabajos autobiográficos. Asimismo, el tema ha sido incorporado ampliamente en la creación artística: literatura, teatro, cine, artes plásticas, danza y música. Es cierto también que los gobiernos de la Concertación Democrática realizaron importantes y loables esfuerzos para esclarecer la naturaleza de los crímenes cometidos por el régimen militar, pero no puede dejar de reconocerse el carácter insuficiente y contradictorio de los mismos, pues, más allá de las acciones gubernamentales orientadas a fijar la memoria de las violaciones a los derechos humanos, razones de gobernabilidad política se tradujeron en “políticas de desmemoria” que han marcado el presente y restado sentido al pasado.

La memoria traumática del pasado quedó diluida y desdibujada, ciertamente sin desaparecer, pero desplazada a las iniciativas y acciones de numerosas organizaciones sociales que han propuesto políticas públicas en materia de memoria y derechos humanos, así como a diversas esferas del arte y la cultura o al ámbito privado, sin lograr revertir del todo la memoria hegemónica implantada por la dictadura. De igual modo, aun reconociendo que la sociedad chilena parece poco interesada en explorar las profundidades del reciente pasado dictatorial y que amplios sectores sociales insisten en dejar atrás el pasado y dar vuelta a la página, en otros sectores de la sociedad siguen vivos ciertos nudos de memoria. Tal es el caso, por ejemplo, no sólo de numerosas organizaciones de derechos humanos y de familiares de detenidos-desaparecidos que hasta el día de hoy continúan reclamando verdad y justicia, sino también de recientes investigaciones que profundizan en diversas aristas de lo que fue el funcionamiento de los aparatos represivos de la dictadura. Por ejemplo, lo que fue el exterminio de detenidos desaparecidos en el cuartel Simón Bolívar, con base en declaraciones de los propios victimarios (véase, por ejemplo, de Javier Rebolledo, La danza de los cuervos. El destino final de los detenidos desaparecidos, Ceibo, 2014) o la complicidad de la élite empresarial con el régimen militar (del mismo autor, A la sombra de los cuervos. Los cómplices civiles de la dictadura, Ceibo, 2015).

Es en esta tesitura que se publica recientemente en México el libro Mujeres tras las rejas de Pinochet. Testimonios de tres ex presas políticas de la dictadura (México, UAEM, 2015) —aparecido previamente en Chile— que recoge los testimonios de Elizabeth Rendic, Valentina Álvarez y Gina Cerda, tres mujeres lucharon de diversos modos contra la dictadura pagando por ello el precio de varios años de cárcel. A través de largas entrevistas realizadas por la periodista Vivian Lavín —quien también introduce su propia voz en el relato emanado de los testimonios ofreciendo una secuencia narrativa y contextualizadora de los mismos— estas tres mujeres dan cuenta de sus historias de vida: la experiencia del golpe militar (vivido en la infancia, adolescencia o primera juventud), el proceso de toma de conciencia social y la indignación frente a los abusos del régimen militar, el involucramiento político, la detención, la tortura y el posterior encarcelamiento, y finalmente, la vida ya en libertad. Estos testimonios se agregan a muchos otros que han dado cuenta de las experiencias políticas y carcelarias de numerosos presos políticos (sintetizadas, por ejemplo, en el Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación en 1991, o en el Informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura publicado en año 2005). Pero tiene un rasgo distintivo. No se trata sólo de la recuperación de lo que fue “otra” forma de memoria, la de la militancia revolucionaria, cuya aparición en el escenario público rompía con un tabú presente en la transición democrática: el de invisibilizar, neutralizar y desdibujar lo que fue la insurgencia armada durante el periodo dictatorial (un ejemplo al respecto es Chile: un largo septiembre, de Patricio Rivas; Las armas de ayer, de Max Marambio; Todos los días de la vida. Recuerdos de un militante del Mir chileno, de Emérico García Concha, o Being Luis, de Luis Muñoz), sino de recoger “otra” mirada de la represión política: la vivida por mujeres involucradas en movimientos político-militares (agregándose, en este sentido, a Mujeres en rojo y negro. Reconstrucción de la memoria de tres mujeres miristas. 1971-1990, de Tamara Vidaurrázaga, publicada en 2005).

Valentina Álvarez es hoy socióloga y sicóloga; Elizabeth Rendic es médica dermatóloga; Gina Cerda se dedica a la biodanza. Desvinculadas de actividades políticas y partidistas, a primera vista aparecen como mujeres que llevan vidas normales, como tantas otras mujeres chilenas, preocupadas por su profesión y sus familias. Pero años atrás, durante el régimen militar, sus rostros estaban presentes en los medios de comunicación catalogadas como “terroristas”, o como “peligrosas extremistas que buscaban desestabilizar el régimen institucional”. Las dos primeras, acusadas de atentados y homicidios. La tercera, procesada por haber auxiliado a fusileros que participaron en el atentado al General Augusto Pinochet en 1986. Procedentes de orígenes sociales distintos, vivieron el golpe militar de pequeñas, adolescentes o recién ingresadas en la Universidad; con formaciones políticas diversas, llegaron por distintos caminos a la lucha política: la indignación ante la injusticia y la pobreza, la preocupación social, el imperativo moral de luchar contra la dictadura. En el caso de Elizabeth Rendic, un profundo compromiso político la llevó a militar desde los últimos años de la década de los setenta hasta 1982 (cuando es detenida) en el Movimiento de izquierda Revolucionaria (MIR). En este mismo movimiento político militó Valentina durante la primera mitad de la década de los ochenta hasta 1986. Gina, a su vez, sin militar activamente, se involucró como “ayudista” en el Frente Patriótico Manuel Rodríguez a lo largo de 1986. Eran años difíciles. Si bien el MIR siguió activo en los primeros años de la década de los ochenta (periodo en que tuvieron lugar las protestas sociales en contra del régimen militar) a través de ataques a cuarteles militares y policiales, sabotajes a torres eléctricas, asaltos a bancos, asesinato de agentes de la dictadura, distribución de alimentos en poblaciones, etc., se encontraba muy debilitado: había sido diezmado en los primeros años de la represión, la Operación Retorno había sido un fracaso, estaba muy golpeado en su organización interna y se encontraba cerca de un punto de quiebre por las fracturas políticas que comenzaba a experimentar. Por su parte, el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, surgido de la radicalización teórica y política de un sector del Partido Comunista, si bien tenía cuadros operativos militarmente muy calificados y encontraba su base de apoyo en la que le ofrecía este partido, sufría las tensiones entre las opciones políticas y la militar al tiempo que después del fracaso del atentado contra el General Pinochet y la muerte de su dirigente Raul Pellegrin, fue totalmente desarticulado. Ambos movimientos enfrentaron una dura represión por parte del Estado, y la narrativa ideológica política del régimen copaba totalmente los espacios mediáticos. En ese complicado entorno, Valentina, Elizabeth y Gina combatieron y amaron, aunque el precio que tuvieron que pagar fue la detención, la incomunicación, la tortura y la cárcel, espacio donde sus vidas se cruzaron, y en el que compartieron, junto con otras presas políticas no sólo la limpieza escrupulosa del lugar de detención, la preparación de los alimentos, el trabajo artístico, las manualidades, la lectura, la música, el estudio, sino también la continuación de la lucha política y la amistad.

Ciertamente, la violencia política se centró particularmente en las mujeres. Sin desconocer la inscripción de la violencia en los cuerpos masculinos y femeninos militantes (sobre los cuales se aplicaron en ambos casos, tortura, asesinato, desaparición, etc.), sobre el cuerpo de las mujeres se infligieron castigos específicos sustentados en un ideario social y cultural que visualizaba a las “transgresoras” —sexualmente liberales y ajenas a los arquetipos de madre y esposa convencionales— como merecedoras de un severo disciplinamiento social que implicaba, entre otros elementos, regresarlas al ámbito de lo privado. La violencia de género podía manifestarse como violencia psicológica o, con mayor frecuencia, como violencia sexual. En contraposición con la degradación de la masculinidad ejercida sobre los cuerpos masculinos (que coincidía con la exaltación de las virtudes de masculinidad, poder y autoridad propias de quienes ejercían la función militar), en el cuerpo de las mujeres la violencia se inscribió como “ocupación” de un territorio enemigo. Desvinculadas hoy totalmente de todo compromiso político, Gina, Valentina y Elizabeth hablan desde un presente totalmente ajeno a la experiencia militante que marcó sus vidas. Su memoria, plasmada en las entrevistas con Viviana Lavín que nutren el libro, se despliega desde vivencias en las que el país que conocieron y amaron ya no existe. Son supervivientes de una catástrofe que han decidido relatar, que ofrecen su testimonio desde la pérdida de una experiencia vital que las marcó de por vida. La memoria congelada de los nombres, rostros y voces de los detenidos-desaparecidos o asesinados continúa siendo, para ellas, un vacío, una sombra oscura. Han pasado por un proceso de reconstrucción identitaria y de reconstitución del espesor de la subjetividad de quien fuera sometido a situaciones límite: la clandestinidad, la cárcel, la tortura, y el regreso a un país que ya no era el mismo. Han sobrevivido re-creando la trama experiencial de la identidad a través de dispositivos instalados en la interioridad más subterránea para someter con eficacia el avasallamiento que implicaron las instancias punitivas que podían condenar incluso a la muerte. Reconstruir su identidad implicó re-crear un campo de fuerzas de tal intensidad que le permitiera a su subjetividad entrar en relación consigo misma, renovando el contacto entre cuerpo y mente y haciendo contacto con su propia historia, recurriendo a la fuerza de la memoria, configurando de nueva cuenta una subjetividad que ha debido sobreponerse a la derrota y a los padecimientos, y sobreponiéndose a la desarticulación personal que significó el fin de la militancia.

Si el silencio fue para ellas una forma de supervivencia o un mecanismo de defensa pues no existían palabras para nombrar el dolor, los sufrimientos, las penas, las rabias, la impotencia o las culpas, hoy están dispuestos a recordar lo que en el pasado silenciaban, voluntaria o involuntariamente. Bucear en sus mundos subjetivos es, todavía hoy, un esfuerzo por horadar un hermetismo que invade el relato desde una memoria que habla desde las grietas, el dolor, la desmitificación, la fragilidad y la derrota. En resumen: desde el desgarramiento de una subjetividad que, sin embargo, se ha reconstruido. Mujeres tras las rejas de Pinochet. Testimonio de tres ex presas políticas de la dictadura, un libro esencial para continuar armando el rompecabezas de historia y memoria que constituye el pasado reciente chileno.

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