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Estudios sociológicos

versión On-line ISSN 2448-6442versión impresa ISSN 0185-4186

Estud. sociol vol.34 no.102 México sep./dic. 2016

 

Reseñas

Philip Abrams, Akhil Gupta y Timothy Mitchell, Antropología del Estado

Jaime Ortega Reyna* 

*CIALC-UNAM, jaime_ortega83@hotmail.com

Abrams, Philip; Gupta, Akhil; Mitchell, Timothy. Antropología del Estado. México: Fondo de Cultura Económica, 2015. 187p.


Gran acierto ha tenido el Fondo de Cultura Económica al traducir y publicar los tres ensayos que conforman el título Antropología del Estado. Textos situados en la frontera de la crisis que significó para el marxismo y las ciencias sociales lo indecible de la problemática estatal a mediados de los años setenta (en aquel intento de colocarse más allá del determinismo burdo que había dominado anteriormente), el conjunto de ensayos se colocan justamente en la frontera de aventurar nuevas y arriesgadas hipótesis para el estudio del Estado y la estatalidad.

Antropología del Estado recoge tres ensayos, cuyos autores sonPhilip Abrams, Akhil Gupta y Timothy Mitchell . Se trata de un conjunto de trabajos, particularmente el primero y el último, en un profundo diálogo en lo que refiere al orden teórico y conceptual sobre las “dificultades de estudiar al Estado”. En tanto que el ensayo de Gupta se presenta como un original acercamiento antropológico a dinámicas y formas de reproducir la estatalidad y el orden político en su conjunto, partiendo desde lo cotidiano.

Podríamos decir que los tres ensayos se encuentran en diálogo tanto con las tradiciones dominantes de la sociología y la ciencia política, pero también de manera crucial con el marxismo, corriente esta que desplegó una crítica radical de la estatalidad, a juicio de los autores, de manera insuficiente e inacabada. Es por ello que los ensayos buscan remendar las fallas del marxismo y las quizá aún más graves falencias de la sociología y la ciencia política, particularmente de corte anglosajón. Queremos en estas notas dejar algunas sugerencias de lo que un(a) posible lector(a) podrá encontrar en el acercamiento a la obra en cuestión.

El ensayo de Abrams es quizá el más sugerente para quien se encuentre revisando con interés las polémicas contemporáneas (de los años setenta hacia acá) sobre el Estado. Abrams parte de una revisión de las discusiones que se suscitaron en la Europa occidental a mediados de los años setenta, particularmente la famosa polémica entre Ralph Miliband y Nicos Poulantzas. El debate sucedido en el principal difusor de la “nueva izquierda”, como lo fue la ya legendaria New Left Review, dejó a más de uno, dice Abrams, con la desesperanza sobre los caminos que el marxismo recorría a propósito del Estado. La discusión con el marxismo, particularmente con Poulantzas, atraviesa el entramado del texto, tanto en sus argumentos, como en su propia motivación. El esfuerzo del politólogo griego organiza gran parte de las preocupaciones de Abrams y con ello se presenta una polémica mucho más útil que la que levantó Miliband. El autor reconoce en el marxista griego aportes suficientemente destacables en lo que respecta a los argumentos formales a propósito de la estatalidad. Abrams pone mucha atención en el carácter ilusorio e ideológico que tiene todo Estado, que reconoce como un aporte en la teorización marxista, punto clave del propio anudamiento de su perspectiva. Sin embargo, encuentra su limitación justamente en esa formalización que choca con una ambigüedad constitutiva del marxismo: ser teoría y ser al mismo tiempo intento de práctica política coherente y racional. Es esta tensión entre “saber” (pretensión de conocimiento, formalización teórica) y “verdad” (práctica política) lo que genera una ambigüedad: el marxismo tiene que empujar la lucha política a tal grado que desprende de manera irreductible las dimensiones económicas y las dimensiones políticas. Al alentar la lucha política, dice Abrams, los marxistas contribuyen al dar una consistencia real al Estado, si bien en su contribución teórica y formal justamente habrían ayudado a desmitificar ese carácter real, apostando siempre por la abstracción. Aunque señalada la ausencia de análisis del último libro de Poulantzas, Estado poder y socialismo, en el que algunas de esas tensiones apuntarían a resolverse, Abrams indica que en el argumento de los trabajos del politólogo griego ocurre que el “efecto” práctico de la concepción de la lucha política en el marxismo contribuye a que lo que en un principio era una función (la comunidad ilusoria), devenga agencia (de clases) que cristaliza en estructuras (las del poder político en su relación con las clases). En lugar de función que deviene agente y de ahí estructura (que es la lectura que él hace de Poulantzas), Abrams prefiere una concepción relacional del Estado, donde las funciones económicas, políticas e ideológicas deberían ser entendidas en un sentido global de unificación.

A partir de las notas críticas al marxismo, Abrams pasa a su propuesta: concebir al Estado ya no en su dimensión en tanto materialidad que puede ser ubicable en su aspecto cósico, sino en su dimensión como idea, esto es, como proyecto ideológico y como ejercicio permanente de búsqueda de legitimidad. Se busca legitimar un conjunto de hechos que deberían ser considerados verdaderamente inaceptables: “podríamos decir que el Estado es la falsa representación colectiva característica de las sociedades capitalistas. Al igual que otras falsas representaciones colectivas constituye un hecho social [...], pero no un hecho en la naturaleza” (p. 52).

La propuesta de Abrams encuentra aquí su centro: en el comienzo estudiar el origen de la dominación que busca legitimarse, haciendo vivible lo invivible. Lo que Abarms propone es claro: dejar el sistema-Estado (sistema político, instituciones, las formas de su materialidad) en pos del estudio de las formas de la subordinación social. En este comienzo el estudio tendría que partir de un conjunto doble: el sistema-Estado y la idea-Estado. Esto ayudaría a desmitificar el conjunto de relaciones de dominación que supone el Estado. De una manera tajante y por demás sugerente, escribe: “el Estado no es la realidad que está detrás de la máscara de la práctica política. Es, en sí mismo, la máscara que nos impide ver la práctica política tal como es” (p. 63).

El tercer artículo que completa el libro, cuyo autor es Timothy Mitchell , dialoga de manera directa con el texto de Abrams, pero busca dar pasos más allá. Justamente Mitchell parte de la distinción que establece Abrams entre Estado-sistema (dimensión institucional) y Estado-idea (ilusión cohesionadora u orden simbólico). Sin embargo, pronto dejará atrás dicha distinción para enfocarse en captar el recorrido de la tradición estadounidense del análisis del Estado. Su trayectoria lo lleva a revisar cómo es que el concepto fue sustituido por nociones ambiguas, como la de “sistema político”. Pero avanzada la Guerra Fría, los politólogos estadounidenses se vieron obligados a reintroducir la noción de Estado y de estatalidad. A juicio de este autor lo hicieron de la peor manera, pues iniciaron otra dualidad que ha costado superar: la del Estado en tanto concepto con respecto al Estado en su sentido empírico. Esta dualidad permitió a la ciencia política estadounidense -a su juicio comprometida con la expansión mundial de dicha potencia- construir una noción de Estado que se volvía una “maquinaria de intenciones”, en donde lo único que se expresaba era la formulación de planes, programas e ideas. El Estado se volvía exclusivamente un lugar de toma de decisiones, separado de la sociedad y más allá de las relaciones de fuerza. Se ponía entonces un nuevo dique: la imposible frontera entre sociedad y Estado, entendido en su sentido empírico: “producir y mantener la distinción entre Estado y sociedad es en sí un mecanismo que genera fuentes de poder”.

Finalmente queremos comentar el sugerente texto de Akhil Gupta , quien en “Fronteras borrosas: el discurso de la corrupción, la cultura de la política y el Estado imaginado”, examina las condiciones de posibilidad de hablar del Estado en la aldea de Alipur, en el norte de la India, donde realizó un trabajo de campo a mediados y finales de los años ochenta. Gupta examina las condiciones que permiten al Estado existir en esa pequeña aldea, y encuentra que el elemento movilizador de su aparente omnipresencia es justamente la existencia y extensión de la corrupción. Esto le sirve para trazar dos líneas de demarcación muy claras: la insuficiencia de la distinción entre sociedad civil y Estado, que ha atravesado la teoría política occidental, así como dejar de concebir la corrupción como un elemento disfuncional o anómalo de la vida política. En su trabajo de campo descubrió cómo burócratas, funcionarios y jóvenes campesinos tenían que significar la práctica de la corrupción más allá de lo económico, para ser interpelados como verdaderos sujetos de una cultura atravesada por la presencia de dicha práctica. La corrupción era un elemento que tenía que ser interpretado por los aldeanos, jóvenes campesinos en su mayoría, que enfrentaban por primera ocasión la omnipresencia estatal.

La acción de estos jóvenes en busca de recursos, de defensa de derechos o de protección les permite desplazar el “imperialismo de las categorías”: “Mientras que los teóricos de la modernización interpretan esto invariablemente como una prueba más del fracaso en el proyecto de que instituciones eficientes se arraiguen en un contexto tercermundista, se podría fácilmente dar la vuelta a la pregunta y examinar la adecuación teórica (y el carácter acusadamente moralista) de los conceptos a través de los cuales se describen tales acciones” (p. 99).

Para cerrar esta breve reseña hay que señalar la atinada escritura del prólogo, a cargo de Marco Palacios. En él se diseñan con claridad los grandes trazos que contiene la discusión, tanto en su dimensión teórica y conceptual, como en su destino. El enlace que hace Palacios de las discusiones de los tres textos con teorías y metodologías posteriores, como las del poscolonialismo, permite ubicar trabajos diversos en el tablero de los discursos críticos que se formularon más allá de los paradigmas de la Guerra Fría. Clara, concisa y certera, la entrada ubica los textos en sus propios contextos al tiempo que traza su dimensión crítica y política: la importancia de la comprensión del Estado se encuentra más allá de su propio discurso y de las categorías que obliga a pensar, es un asunto vital para las sociedades, los pueblos y las comunidades.

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