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Revista mexicana de opinión pública

versão On-line ISSN 2448-4911versão impressa ISSN 1870-7300

Rev. mex. opinión pública  no.26 México Jan./Jun. 2019

https://doi.org/10.22201/fcpys.24484911e.2019.26.67785 

Memoria de la opinión pública

El movimiento estudiantil y la opinión pública1

The Student Movement and Public Opinion

Juan Manuel Cañibe Rosas1 

1 Científico social y docente que se ha desempeñado tanto en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el Instituto Politécnico Nacional (IPN) como en la Universidad Iberomericana (UIA).


Se presentan aquí algunos resultados de una encuesta2 realizada entre varios sectores de la opinión pública de la Ciudad de México. Se trata de una investigación empírica y pretendemos encontrar el sentido explicativo a los datos obtenidos.

Queremos decir que la investigación empírica es solamente una de las formas posibles de obtener la información necesaria para estudiar un problema social. Probablemente tenga mucho de criticable. Sin embargo, puede ser útil si, además, se tienen elementos teóricos para explicar los datos.

Nuestro trabajo pretende, únicamente, ayudar a la explicación del conflicto estudiantil.

Como la encuesta fue hecha entre los meses de julio y septiembre de 1968, y como se entrevistaron solamente algunas personas de estratos seleccionados, los resultados son válidos, exclusivamente, para conocer la opinión de esas personas. No es posible generalizar. Las proposiciones que hacemos deben tomarse como hipótesis.

Después de los acontecimientos que vivió la Ciudad de México durante la segunda mitad del año de 1968, cabría plantear algunas preguntas respecto a la posible trascendencia de los hechos en que participaron varios grupos estudiantiles en una acción abierta contra el gobierno, en general, y contra las fuerzas del orden público, en particular. Una de esas preguntas podría ser: ¿cuál fue el impacto que causaron los acontecimientos entre la población global de la Ciudad de México?

Entre los propósitos específicos de la investigación se consideraron los siguientes: conocer el nivel de información que tiene la gente, conocer su actitud con respecto a los protagonistas de los hechos, obtener algunos elementos de juicio para explicar la conducta real y potencial de la gente en relación con los acontecimientos y, finalmente, tratar de explicar las posibles causas determinantes de las actitudes de los entrevistados. Todo ello dentro del marco de referencia de la realidad mexicana actual.

Seleccionamos seis tipos de personas a quienes se les consideró como representativas de algunas clases y estratos de la Ciudad de México: obreros de la industria de transformación, empleados de oficinas no gubernamentales, burócratas del gobierno, pequeños comerciantes, trabajadores agrícolas (de las zonas aledañas a la ciudad: Ixtapalapa y Xochimilco) y amas de casa.

Conviene aclarar el porqué se escogieron estos estratos. Algunas de las razones son las siguientes: los obreros de la industria son representativos de una clase social en cuyo nombre se fundamentan las ideologías que se autodefinen como revolucionarias. Por otra parte, el estudiantado, en su lucha, menciona con frecuencia los slogans relativos a la situación del proletariado, a la explotación del trabajo asalariado, a la enajenación de la clase obrera, etcétera. Interesaba, por tanto, conocer la opinión de los obreros para saber si aceptan o no la dirección que pretenden tomar los estudiantes respecto a las reivindicaciones del proletariado en general. Interesaba, además, conocer si existía identificación entre ambos grupos para los propósitos de una lucha conjunta.

Los empleados de "cuello blanco", tanto los burócratas del gobierno como los de oficinas privadas, representan a las nuevas clases medias, es decir, a un tipo especial de asalariados que son factor de la estabilidad y del orden en cualquier sistema sociopolítico, por el hecho de amortiguar el conflicto entre las dos clases extremas: obreros y capitalistas. Se toman en cuenta los dos tipos de burócratas porque creímos encontrar diferencias en sus opiniones. Queríamos saber si los empleados del gobierno eran o no solidarios de "su patrón" y queríamos comparar sus opiniones con las de aquellos que trabajan directamente para la iniciativa privada.

Los pequeños comerciantes fueron seleccionados porque representan a una de las clases más conservadoras de la sociedad y más amantes del orden. Desde luego, este supuesto es hipotético. Respecto al carácter conservador de esta clase social, podríamos explicar un posible pronunciamiento contra los estudiantes, en la medida en que con el movimiento alteraban la tranquilidad pública. Pero, por otro lado, suponíamos que los estudiantes, en su gran mayoría, como miembros integrantes de las clases medias en general, eran hijos de una buena cantidad de estos pequeños propietarios.

Respecto a las amas de casa hacíamos, más o menos, las mismas consideraciones. La mayor parte de ellas pertenece a las clases medias en general. Por el carácter conservador de estas clases y por el papel tradicional de la mujer en México, se podría explicar un posible pronunciamiento contra los alteradores del orden. Sin embargo, tratándose de un movimiento en que los participantes eran jóvenes, habría grandes posibilidades de que las amas de casa, como madres ele familia, en su gran mayoría, tuvieran algún hijo o pariente participante en el movimiento estudiantil. Por muy conservador que se pudiera ser y por muy poco enterado que se pudiera estar, existirán muchas probabilidades de simpatía hacia los estudiantes, sobre todo si existen nexos familiares con ellos.

En cuanto a los trabajadores agrícolas, la intención de tomarlos en nuestra encuesta se hizo por razones semejantes a las señaladas para los obreros, es decir, se trata de representantes de una clase social en cuyo nombre se basan muchos de los slogans de los grupos que se consideran a sí mismos revolucionarios, especialmente en la política mexicana, tanto de parte del gobierno, como de parte de los grupos opositores. Se trata, además, de la clase más numerosa en el país. En torno a ella el movimiento estudiantil asume una identificación de intereses. Se habla de la unidad del campesinado, el proletariado y el estudiantado. Esta unidad la proponen los grupos estudiantiles que se autodefinen como revolucionarios. Lo interesante de todo esto era conocer la opinión de algunos campesinos para confrontarla con la de los estudiantes, en este caso específico, para saber hasta dónde eran solidarios con el movimiento estudiantil.

Para propósitos del análisis, se consideran variables de identificación del entrevistado: sexo, edad, ocupación, estado civil, escolaridad y zona habitacional. Los fenómenos que se quieren explicar: información y actitud, se relacionan con cada una de las variables anteriores.

Una de las tareas más interesantes es la evaluación de la labor de las brigadas estudiantiles. Sin embargo, es difícil hacerlo con base exclusivamente en nuestros datos. Por otra parte, resulta difícil evaluar los resultados de dicha labor cuando la investigación se hace casi simultáneamente a la información. Probablemente si se realizara un estudio posterior se llegaría a una evaluación precisa.

Solamente intentamos plantear algunas hipótesis, con base en los datos respecto del grado de información sobre los acontecimientos y del grado de simpatía hacia el movimiento. La imposibilidad de saber, en este momento, si las brigadas de información lograron o no su propósito, limita las explicaciones sobre los mecanismos y los factores que determinan la formación de opiniones en épocas de crisis. La proposición de Lipset3 en el sentido de que la formación de la opinión, en tales circunstancias, se hace principalmente en función de valores adquiridos que predisponen, podría confrontarse, solamente, a partir de los dos tipos de datos señalados: información sobre los hechos (supuestamente adquirida por los medios de comunicación de masas) y actitudes de simpatía hacia los estudiantes. Conviene aclarar que la simpatía hacia dicho movimiento se conoce tanto a través de la opinión expresada respecto a la actuación de las fuerzas del orden, como de la actitud de apoyo o rechazo a los seis puntos del pliego petitorio, que fueron la bandera de lucha durante toda la primera etapa a la que nos hemos referido.

De acuerdo con los resultados de la encuesta, es posible señalar algunos hechos que podrían decepcionar a los que creen o creyeron que el movimiento estudiantil fue, ante todo, politizador de las masas. También es posible señalar que se trata de un movimiento que logró ganar prestigio popular, contrariamente a lo sucedido, quizá, en otros movimientos, y a pesar de lo que algunos pensaron o quisieron.

Respecto a la información, encontramos que resulta obvio decir que casi toda la población de la ciudad y aun del país, estuvo al tanto de lo ocurrido. Lo importante no sería saber si se enteraron o no, sino de qué se enteraron. Hicimos una tipología de las respuestas obtenidas a la pregunta: ¿qué sabe usted sobre lo que ha estado pasando entre los estudiantes desde hace varios días? La tipología respondía al sentido que tenían los hechos para cada entrevistado. Las categorías de respuestas son: desconocimiento total de los hechos, disturbios (entendido en el sentido de rompimiento del orden público), agresión a los estudiantes (que señalaba implícitamente cierta solidaridad con ellos), lucha por los derechos del pueblo, y finalmente, ideas imprecisas al responder que saben lo que dice la TV o la radio. Algunas cifras son las siguientes:

Cuadro 1 Grado de información sobre los acontecimientos 

Obreros

  • Sexo masculino: N=70

  • No sabe nada 16%

  • Ha habido disturbios, se ha alterado el orden 53%

  • Los estudiantes han sido agredidos 21%

  • Los estudiantes luchan por el pueblo 1.4%

  • Saben lo que dice la TV y/o la radio 9 %

Campesinos

  • Sexo masculino: N =30

  • No sabe nada 27%

  • Ha habido disturbios, se ha alterado el orden 46%

  • Los estudiantes han sido agredidos 20%

  • Los estudiantes luchan por el pueblo -

  • Saben lo que dice la TV y/o la radio 7%

Empleados privados

  • Sexo masculino: N=59

  • No sabe nada 10%

  • Ha habido disturbios, se ha alterado el orden 56%

  • Los estudiantes han sido agredidos 24%

  • Los estudiantes luchan por el pueblo -

  • Saben lo que dice la TV y/o la radio 10%

Empleados privados

  • Sexo femenino: N=30

  • No sabe nada -

  • Ha habido disturbios, se ha alterado el orden 47%

  • Los estudiantes han sido agredidos 37%

  • Los estudiantes luchan por el pueblo 3.3%

  • Saben lo que dice la TV y/o la radio 13.3%

Burócratas del gobierno

  • Sexo masculino: N=60

  • No sabe nada 7%

  • Ha habido disturbios, se ha alterado el orden 58%

  • Los estudiantes han sido agredidos 12%

  • Los estudiantes luchan por el pueblo 2%

  • Saben lo que dice la TV y/o la radio 21%

Burócratas del gobierno

  • Sexo femenino: n=20

  • No sabe nada 10%

  • Ha habido disturbios, se ha alterado el orden 40%

  • Los estudiantes han sido agredidos 30%

  • Los estudiantes luchan por el pueblo -

  • Saben lo que dice la TV y/o la radio 20%

Pequeños comerciantes

  • Sexo masculino: N=68

  • No sabe nada 9%

  • Ha habido disturbios, se ha alterado el orden 48%

  • Los estudiantes han sido agredidos 21%

  • Los estudiantes luchan por el pueblo 1%

  • Saben lo que dice la TV y/o la radio 21%

Pequeños comerciantes

  • Sexo femenino: N=25

  • No sabe nada 12%

  • Ha habido disturbios, se ha alterado el orden 72%

  • Los estudiantes han sido agredidos 12%

  • Los estudiantes luchan por el pueblo -

  • Saben lo que dice la TV y/o la radio 4%

Amas de casa

  • N=96

  • No sabe nada 8%

  • Ha habido disturbios, se ha alterado el orden 64%

  • Los estudiantes han sido agredidos 9%

  • Los estudiantes luchan por el pueblo 2%

  • Saben lo que dice la TV y/o la radio 17%

Lo primero que nos interesa analizar, de acuerdo con estas cifras, es la forma como la gente ha visto los eventos. Podría afirmarse que existe inquietud por la alteración del orden público. Ésta es la imagen que los entrevistados se han formado, en su mayor parte, respecto a las manifestaciones, mítines, secuestro de camiones, etcétera. Lo sensacionalista llama principalmente su atención; sin embargo, cabe la posibilidad de que el sensacionalismo esté asociado con la percepción de un peligro inminente que afecta a cada uno en lo personal. En casos semejantes, las normas de juicio utilizadas por los entrevistados para entender la situación no denotan relación directa con el fondo político que caracteriza a los acontecimientos. Es solamente la superficie exterior de aquéllos lo que se somete a las normas de juicio.

A pesar de que solamente queríamos conocer el grado de información sobre los acontecimientos, pudimos darnos cuenta de que las respuestas obtenidas implican, con mucha frecuencia, un pronunciamiento sobre esa información. Ya sea porque los medios de comunicación de masas han trasmitido determinada orientación, o porque la gente, ante la necesidad de interpretar los hechos, llega a confundir lo que supo con lo que siente o piensa respecto a lo que supo.

Esto puede ser un rasgo típico de aquellas situaciones en las que repentinamente ocurre un evento que trastorna, en mayor o menor medida, a toda la población. Aun en el caso de que exista determinada orientación en la difusión de las noticias, la gente hace uso de sus normas de juicio para entender o dar sentido a lo que se le dice.

Hadley A. Cantril,4 quien se preocupó por estudiar el fenómeno de la formación de opiniones en momentos críticos, analizó los resultados de una información experimental dada a la población norteamericana a fines de la década de los años treinta. Se trataba de la noticia radiofónica sobre una supuesta invasión de marcianos. Entre las conclusiones, señalaba que la sugestibilidad de los radioescuchas se daba, tanto en función de la facultad crítica para discernir, como de la manifestación defensiva del ego.

En el caso que analizamos se trata, naturalmente, de la información sobre una situación real y no imaginaria. Podría haber indicios, sin embargo, de que la interpretación del sentido de los hechos se hiciera, principalmente, en función del temor que asalta a la gente en las épocas de alteración de la tranquilidad pública. Esto significaría que la valoración sobre lo que pasaba se formó en relación con lo que se veía o se sabía por el periódico, la radio o la televisión, y que solamente sensibilizó emocionalmente a la gente.

Deben señalarse, sin embargo, las posibilidades de que dicho temor, a pesar de su carácter emotivo, se diera en función de intereses materiales: el asalariado tendría temor de perder el empleo, el comerciante de perder su negocio, la madre de familia de que a sus hijos pudiera sucederles algo, etcétera. La pista que tenemos para afirmar esto es la evidencia de que son menos frecuentes las respuestas que denotan una interpretación más politizada respecto de los acontecimientos.

No se percibe de manera franca un conocimiento preciso sobre las causas y la bandera de lucha del movimiento estudiantil; es decir, no se percibe que la gente considere dicho movimiento como un movimiento de tipo político. Las posibles explicaciones serían: o bien, el desconocimiento de lo que los estudiantes querían, en este caso, de los seis puntos del pliego petitorio, documento que fue la cristalización de las motivaciones para la lucha, o bien, la estimación de tales peticiones; es decir, la consideración de que lo importante no era el pliego petitorio, sino las manifestaciones, los mítines y la quema o la pinta de camiones; es decir, lo espectacular y sensacionalista.

En cualquiera de los dos casos mencionados es conveniente recalcar la evidencia de una marginalidad cognoscitiva en relación con el carácter político del movimiento. Es precisamente a este fenómeno al que menos se le presta atención. Se nota marginalidad en la gente respecto a un movimiento organizado que pretende incorporar al pueblo, a las masas, a la participación activa.

En otras manifestaciones estudiantiles y en los primeros días del último movimiento, los participantes gritaban entre sus slogans: "únete, pueblo" y "pueblo apático". La contemplación de la gente hacia los manifestantes tenía un carácter ambiguo. Por un lado, se mostraban interesados en presenciar la marcha de los estudiantes a lo largo de las calles de la ciudad. Podría decirse que hasta se notaba simpatía hacia ellos; pero, por otro lado, la concentración estudiantil no lograba incorporar a los espectadores. Se veía a los manifestantes como a un grupo diferente y esto quizá se notaba con mayor claridad entre los obreros y, en general, entre personas de los estratos inferiores de la sociedad.

La marginalidad pudo deberse a dos causas diferentes: la que respondía a una decisión propia de la gente y la que tenía su explicación en el desconocimiento de lo que sucedía. En el primer caso nos referimos a la subestimación del fondo político que daba origen al movimiento. Se trataría de una toma de posición personal en la que se aprecian algunos rasgos típicos de la despolitización, o mejor aún, de la apoliticidad de estos espectadores. No es posible, desde luego, hacer extensivos nuestros supuestos a todos los estratos y grupos de la sociedad metropolitana. Nuestras proposiciones se hacen a partir de lo declarado por algunas personas a las que, por determinadas características, hemos identificado como pertenecientes a los estratos mencionados. No es arriesgado decir, por otra parte, que la valoración de los acontecimientos se da en términos de morbosidad política, es decir, por un interés que solamente toma en cuenta lo exterior y lo sensacionalista.

El civismo dirigido, las decisiones tomadas a nombre de..., en suma: la adscripción y la compulsión pueden ocasionar dos formas de conducta anómica: la violenta o la apática. En este caso, han podido percibirse ambos fenómenos, solamente que referidos a dos tipos de actores sociales: los estudiantes y el "pueblo". La concepción que cada uno de ellos tiene de la política está de acuerdo con su manera de reaccionar ante el tutelaje establecido: o se manifiestan en términos de un radicalismo intransigente o en términos de menosprecio e indiferencia. En el segundo caso, correspondiente al pueblo en general, la imagen de la política no resulta atractiva. Se le toma como actividad indigna que sólo corresponde a individuos sin escrúpulos. El que se considere a sí mismo honrado y digno necesariamente debe desinteresarse de la política. Ésta es una forma muy tradicional de razonar y creemos que es la forma como se razona entre la mayor parte de la población de México.

Es en función de esta segunda forma de reaccionar ante los hechos políticos que aparecen los rasgos típicos de la morbosidad política. A los individuos que interpretan de esta manera los acontecimientos les daría lo mismo leer revistas amarillistas de nota roja o información amarillista de tipo político. Ambas contienen las noticias que ellos esperan. La mayor parte de los entrevistados se enteraron de que durante esos días hubo manifestaciones callejeras, mítines, enfrentamientos violentos, movilización de las fuerzas policiacas y del ejército, que se pintaron y se quemaron camiones, que hubo heridos y muertos. De esto y únicamente de esto comentaron. Para ellos el movimiento estudiantil fue, ante todo, violencia. Expresaban "interés" en hablar y enterarse de esos hechos con una mezcla de complacencia y de temor ante posibles consecuencias que los intimidaban. Se percibía su preocupación por la alteración del orden público en la medida en que dicha alteración podría poner en peligro lo que fuera de su interés o de su propiedad personal, algo con lo que se sintieran identificados.

Esa manera de concebir los acontecimientos es característica de una mentalidad tradicional de individuos marginalizados. De acuerdo con nuestros datos -y sin que pretendamos generalizar o afirmar de manera absoluta-, los estratos donde se perciben más claramente estos rasgos son, precisamente, los correspondientes a la población femenina de los pequeños comerciantes y de las amas de casa que, en general, pertenecen a las clases medias, pero que también tienen varios casos de mujeres de zonas proletarias.

No queremos extendernos mucho en la explicación del porqué las mujeres proletarias manifiestan igual disposición para "interesarse" en acontecimientos como el que nos ocupa estudiar. Las formulaciones teóricas generales respecto del carácter revolucionario del proletariado tienen que confrontarse con muchos factores que influyen en la determinación de tal fenómeno. Una sociedad como la nuestra no tiene todas las características para asegurar que el proletariado sea revolucionario per se, y menos aún para decir que las mujeres, esposas de obreros, también lo sean.

Tal vez sería conveniente agregar a nuestros supuestos otro más, en el sentido de que la predisposición a emplear determinadas normas de juicio depende, en gran medida, del tipo de información que se recibe habitualmente. Desde luego que tal supuesto debe tomar en cuenta el consumo de publicaciones de acuerdo con el nivel socioeconómico al que pertenezcan los entrevistados.

Si bien es cierto que lo sobresaliente es el conocimiento de los hechos que ponen en peligro la tranquilidad pública y que, por otra parte, difícilmente se perciben indicios de politicidad en los estratos estudiados, en cambio en todos ellos puede apreciarse solidaridad con los estudiantes.

Tal supuesto lo hacemos con base en las respuestas en que se afirma que los estudiantes han sido agredidos. Las consideraciones que se hagan sirven para reforzar el supuesto que expusimos anteriormente, en el sentido de que el impacto de los acontecimientos sensibilizó emocionalmente a la gente. De este modo, muchas personas piensan o, mejor dicho, sienten, que los estudiantes han sido víctimas de una agresión.

Parece confirmarse que siempre existirá solidaridad sentimental con los más débiles, independientemente de su causa o bandera de lucha. Pero la simpatía, en este caso, responde también, y en buena medida, a otro fenómeno concomitante: la reprobación al autoritarismo violento, a la imposición de la fuerza.

En el caso de la sociedad mexicana contemporánea es probable encontrar rasgos peculiares de autoritarismo, ausencia de consenso y débil integración a las normas sociales. Los factores y las consecuencias de su interrelación serían innumerables. Lo que nos interesa, sobre todo, es recalcar el supuesto de la inevitabilidad de la imposición autoritaria cuando no se ha logrado la integración a las reglas de comportamiento y cuando, en consecuencia, se desconocen los deberes y derechos en relación con lo que tales normas establecen. Pero el autoritarismo produce un doble carácter en la actitud de la gente; por un lado, se está en contra, se resiste, se obedece, pero no se cumple5 y, por otra parte, se exige paternalismo, en la medida en que no se es capaz de ajustarse a una conducta normativizada.

La marginalidad política de nuestros entrevistados denota estar fuera de las reglas del juego, lo que supone ejecutar o desempeñar su papel por adscripción o hacer resistencia y no desempeñarlo. Lo que supone, también, autoritarismo caracterizado por la exigencia de paternalismo. Algunas afirmaciones como ésta se fundamentan o se apoyan de manera muy general en las consideraciones habituales sobre el carácter providencialista de la sociedad mexicana.

Lo interesante, en nuestro trabajo, es señalar las posibles diferencias en el pronunciamiento contra el autoritarismo en una sociedad débilmente integrada a las normas y en la que, por tanto, existe marginalidad, y el repudio al autoritarismo en una sociedad que está fuertemente integrada a las normas y en la que existe participación. En el primer caso se está contra el uso de la fuerza, pero a favor del paternalismo. Una sociedad así lo espera todo de la autoridad y es ésta la única responsable de lo que está mal.

Los dos estratos en los que se percibe con mayor claridad la solidaridad con los estudiantes, no en términos de identidad con los intereses políticos, sino en términos de censura a la brutalidad de las fuerzas del orden, son las empleadas de oficinas privadas y de oficinas de gobierno. Esto parece normal, ya que, teóricamente, pueden considerarse como estratos más sensibles al fenómeno que hemos mencionado.

Lo que llama poderosamente la atención es el hecho de que, ni entre las mujeres pequeño-comerciantes ni entre las amas de casa, haya gran concentración de respuestas de este tipo. Creemos que, en ambos casos, cuentan los factores de tradicionalismo, conformismo y marginalismo para explicar el hecho. Nos atreveríamos a decirlo así porque al mismo tiempo que tienen una proporción muy baja de respuestas que denotan reconocimiento de la agresión a los estudiantes, tienen los más altos porcentajes de respuestas que denotan juicios de valor en el sentido de alteración de la tranquilidad pública.

Lo más sorprendente de todo esto son las respuestas de las amas de casa. Para encontrar explicaciones más amplias es conveniente señalar que una tercera parte de ellas, en la que se da el mayor porcentaje de respuestas sobre la agresión de estudiantes, pertenece a estratos proletarios. En caso de encontrar otras evidencias de apoliticidad, marginalidad y no identidad con la causa estudiantil, podría confrontarse la hipótesis de que la ideología revolucionaria del estudiantado no corresponde a la ideología del proletariado, sino a la de las clases medias en ascenso.

Una mayor evidencia respecto al carácter no popular del movimiento la indican las respuestas que se refieren al reconocimiento de que los estudiantes luchan por el pueblo. En todos los estratos el porcentaje de respuestas de este tipo es muy bajo. Interpretar este fenómeno obligaría a referirse, o bien a la hipótesis que señala el carácter no popular del movimiento estudiantil, concretamente por el hecho de no reflejar las demandas reivindicativas populares, o bien a la hipótesis que señala la incomunicación entre los grupos estudiantiles y otros grupos más amplios.

Podríamos inclinamos a reconocer que ambas hipótesis son susceptibles de ser confrontadas en investigaciones más refinadas. Sin embargo, queremos recalcar el hecho de que un grupo perteneciente a las clases medias difícilmente es aceptado como guía por las clases proletarias. Por esta razón los trabajadores, especialmente del campo, no consiguen concebir que los sucesos tengan que ver con sus intereses particulares.

La incomunicación entre las clases medias y los campesinos en general es mayor que entre aquéllas y los obreros de la industria. La única consideración para explicar el fenómeno es la de utilizar el factor proximidad física entre las clases medias y los obreros. Ningún campesino dijo que el movimiento estudiantil fuese una lucha por el pueblo y esto es muy significativo.

Con base en resultados semejantes, siempre y cuando sean suficientemente amplios y precisos, el gobierno podría confiar en el apoyo decidido de esta clase social, no obstante que los opositores fundamenten sus controversias y sus ataques diciendo contar con el apoyo del campesinado, que ya ha hecho conciencia de su situación.

Los resultados de una encuesta que utilizó solamente muy pocos casos no pueden, desde luego, generalizarse. Lo hemos advertido: únicamente pretendemos plantear algunos supuestos que nos permitan explicar las causas de tales respuestas. Por otra parte, la validez de los supuestos solamente se aceptaría para entender la actitud de las personas entrevistadas y para nadie más.

El conocimiento del papel que jugaron los medios de comunicación de masas resulta muy importante, sobre todo para entender el porqué de las respuestas. Para saber si la gente recibía las noticias únicamente por esos medios y si aquéllas contenían orientación para modelar la opinión pública. Los entrevistados, en su gran mayoría, recibieron la información por tales medios. Algunos, no obstante, la recibieron, también, por contacto directo con los estudiantes.

Lo interesante es que muchos, al declarar lo que sabían sobre los acontecimientos, no lograban precisarlo o consideraban más cómodo señalar que cuanto sabían era lo que la televisión, principalmente, trasmitía. Cierto que, proporcionalmente a los otros tipos de respuesta, no eran muchos los que explicitaban conocer lo que decía la TV. El hecho de manifestarlo así da lugar a interpretaciones que aluden, de manera particular, a fenómenos específicos sobre esas personas. Nosotros nos referimos al hecho porque tales respuestas se aíslan claramente de las demás y porque, de manera general, denotan conocimiento impreciso sobre los eventos.

Una mayor comprensión sobre el papel y la influencia de los medios de comunicación de masas podría partir del estudio de personas como éstas.

El desconocimiento total de lo que sucedió es motivo de mayor interés, ya que, por lo menos en algunos estratos, refleja un número considerable de casos en los que, con base en lo declarado, un conflicto tan serio como el que estudiamos pasó inadvertido.

Si queremos relacionar el contacto con los medios de comunicación de masas y el desconocimiento sobre los hechos, debemos notar que tales relaciones tienen mayores implicaciones en el estrato de campesinos que en cualquier otro. No obstante resultar evidente, conviene apuntar que es el más marginalizado. Lo importante, a nuestro juicio, es que, a pesar de la marginalidad y la apoliticidad, los campesinos son, en apariencia, los más solidarios con el régimen.

Algunos datos que permiten apoyar esta proposición es la calificación que los entrevistados dan al gobierno. La pregunta pretendía obtener información respecto a lo que la gente piensa sobre la actuación del gobierno. El pronunciamiento indicaba simplemente si estaba bien o mal. Es abundante el porcentaje de personas que censura dicha actuación. Esto podría parecer un lugar común. No obstante el carácter apolítico de la gente, se hacen comentarios críticos en torno a las autoridades.

Pero más que recalcar el hecho de que, casi en todos los estratos, se censura más que se aprueba la actuación del gobierno, interesaría reflexionar respecto a las diferencias perceptibles entre los entrevistados que aprueban dicha actuación. 6% de las empleadas de oficinas privadas piensan que el gobierno está haciendo bien las cosas; 73% piensa que las está haciendo mal; 10% de las empleadas del gobierno piensa que está actuando bien y 60% que está actuando mal (no mencionamos los casos en que no se obtuvo respuesta).

Los pequeño-comerciantes: 12% dijo que estaba actuando bien y 44% que estaba actuando mal. Los otros estratos respondieron así: amas de casa: 24% bien y 44% mal; pequeño-comerciantes de sexo masculino: 25% bien y 49% mal; obreros: 26% bien y 51% mal; empleados de oficinas privadas: 29% bien y 41% mal; empleados del gobierno de sexo masculino: 35% bien y 40% mal; y finalmente, campesinos: 43% dijo que el gobierno estaba actuando bien contra 27% que dijo que estaba actuando mal.

Se confirmaría, a partir de tales cifras, que la censura al Poder Público se da de manera asociada a lo que señalamos con insistencia: el carácter emocional de la imagen que despertaron los eventos. En todos los estratos, las mujeres se pronunciaron contra los procedimientos gubernamentales. Y quienes, por otra parte, aprobaron en mayor medida tales procedimientos fueron precisamente los campesinos.

Nos llama poderosamente la atención la información que aporta elementos para explicar la actitud y la conducta real y potencial de nuestros entrevistados. Lo más interesante es el caso de los campesinos, en función del supuesto de que el campesinado es el más solidario con el régimen, en comparación con los otros estratos estudiados, y del supuesto del alejamiento entre el estudiantado y las dos clases en cuyo nombre se nutren las banderas de lucha que se autodefinen como revolucionarias.

Una pregunta que permitiría conocer la confianza o desconfianza hacia el poder público es la formulada en los siguientes términos: ¿para qué sirve un gobierno? De las respuestas obtenidas, es factible proponer hipótesis que permitan explicar fenómenos tales como: paternalismo, providencialismo, autoritarismo, marginalismo, cinismo y nihilismo. Las cifras obtenidas son las siguientes:

Cuadro 2 Imagen sobre las funciones de un gobierno 

Obreros

  • Sexo masculino: N=70

  • Para gobernar 72%

  • Para ayudar y mejorar al pueblo 17%

  • Para nada o para abusar 10%

  • No sabe 1%

Campesinos

  • Sexo masculino: N =30

  • Para gobernar 67%

  • Para ayudar y mejorar al pueblo 30%

  • Para nada o para abusar -

  • No sabe 3%

Empleados privados

  • Sexo masculino: N=59

  • Para gobernar 66%

  • Para ayudar y mejorar al pueblo 22%

  • Para nada o para abusar 9%

  • No sabe 3%

Empleados privados

  • Sexo femenino: N=30

  • Para gobernar 50%

  • Para ayudar y mejorar al pueblo 30%

  • Para nada o para abusar 20%

  • No sabe -

Burócratas del gobierno

  • Sexo masculino: N=60

  • Para gobernar 20%

  • Para ayudar y mejorar al pueblo 77%

  • Para nada o para abusar 2%

  • No sabe 1%

Burócratas del gobierno

  • Sexo femenino: N=20

  • Para gobernar 60%

  • Para ayudar y mejorar al pueblo 20%

  • Para nada o para abusar 20%

  • No sabe -

Pequeños comerciantes

  • Sexo masculino: N=68

  • Para gobernar 74%

  • Para ayudar y mejorar al pueblo 13%

  • Para nada o para abusar 10%

  • No sabe 3%

Pequeños comerciantes

  • Sexo femenino: N=25

  • Para gobernar 56%

  • Para ayudar y mejorar al pueblo 20%

  • Para nada o para abusar 12%

  • No sabe 12%

Amas de casa

  • N=96

  • Para gobernar 70%

  • Para ayudar y mejorar al pueblo 21%

  • Para nada o para abusar 7%

  • No sabe 2%

Parecería clara la connotación autoritaria reconocida respecto de lo que debe ser y para lo que debe servir un gobierno. El único caso sobresaliente lo constituyen los burócratas de sexo masculino del gobierno, entre quienes, aparentemente, se nota una imagen más bien providencialista. En los otros casos, la mayor parte de las respuestas indican, de manera vaga, pero con una notable aceptación de las funciones de mando, el carácter autoritario providencialista de los entrevistados.

Si se juntan los dos tipos de respuestas: ayudar, mejorar al pueblo y gobernar, se precisan aún más los rasgos señalados. Por otro lado, conviene analizar las respuestas que indican cinismo o nihilismo. No son numerosas; sin embargo, llaman la atención los contrastes que se observan al comparar a las mujeres burócratas, tanto del gobierno como de oficinas privadas, con los otros estratos.

Los datos sugieren que entre las mujeres que trabajan existe mayor inconformidad en el trabajo o respecto al status que aquél les asigna. Posiblemente un análisis más detallado aportaría elementos útiles para explicar el fenómeno del status transicional de la mujer en una sociedad móvil. Concretamente, sería conveniente centrar el enfoque en dos variables: aspiraciones y recompensas que podrían asociarse con satisfacción y frustración. Tal parecería que la incongruencia entre aspiraciones y recompensas conduce necesariamente a la frustración. En nuestro caso particular, la incongruencia entre el deseo de movilidad y las oportunidades de promoción, al producir frustración, dada en términos de inconformidad, se traduce en mayor desintegración a las normas sociales.

Si anteriormente nos referimos a la débil integración de las normas sociales, tal supuesto sería aplicado con mayores probabilidades de confrontación al caso de las mujeres.

Nuestros datos revelan, si bien en porcentaje mínimo, la insatisfacción de las mujeres asalariadas de cuello blanco. Dicha insatisfacción se traduce en actitudes nihilistas respecto a la imagen que en ellas producen las funciones del gobierno. Estos rasgos reforzarían más aún la solidaridad sentimental con los opositores de la fuerza pública. En cambio, las amas de casa no tienen las mismas características. Una variable explicativa de las diferencias podría ser la dependencia. Sabemos que en todos los casos las amas de casa entrevistadas solamente se dedicaban a su hogar. Casi ninguna trabajaba fuera de él. En tales condiciones, es de suponer que la dependencia se asocia con la autoridad y que mientras más sujetas estén a la autoridad del jefe de la casa, sus actitudes respecto a la aceptación del orden se perciben con mayor claridad que entre mujeres que se encuentran en proceso de emancipación.

Las amas de casa reflejan mayor cohesión a los grupos de pertenencia y, en consecuencia, mayor integración a las normas. Las actitudes nihilistas son, por ello, menores.

En cuanto a la imagen que reflejan las funciones de quien representa la autoridad, debe entenderse como explicada por la situación respecto a dicha autoridad, es decir, para las personas dependientes y sujetas al orden, la función de quien tiene la autoridad es, antes que nada y, sobre todo, mandar.

A propósito de lo anterior, cabe también considerar que entre los hombres es menor la proporción de quienes tienen actitudes cínicas o nihilistas. Quizás ello se deba a una mayor integración y muy probablemente a una mayor congruencia entre aspiraciones y recompensas respecto al trabajo que desempeñan.

Como nuestro trabajo pretendía conocer la solidaridad y el antagonismo de los entrevistados en relación con los protagonistas de los eventos, conviene anotar que se percibe mayor solidaridad al régimen de parte de la población masculina, especialmente entre los burócratas y los campesinos. De estos últimos se nota, además, una mayor confianza en el gobierno. Es notable no encontrar entre ellos actitudes cínicas o nihilistas. Desde luego que los campesinos entrevistados no representan a todos los campesinos de México, ni siquiera a todos los del D. F., pero, de cualquier modo, deben tener significados relevantes sus opiniones sobre la imagen de lo que es y de las funciones que le corresponden a un gobierno. Podría argumentarse que muchos de los entrevistados confunden el deber ser con el ser real, pero si tal objeción se acepta, existirían aún mayores razones para considerar relevante que los campesinos no hayan concebido nunca que el gobierno sirva para nada o para abusar. Hay muchas bases para decirlo; la principal: entre mayor alejamiento de actividades no manuales, entre mayor alejamiento de la participación en el consumo, la educación y la toma de decisiones, las ideas se hacen en función de lo concreto y lo particular, difícilmente de lo abstracto y general. Esto significa que al preguntar a un campesino: ¿para qué sirve el gobierno?, éste responderá, seguramente, en función de este gobierno y en este momento. De tal modo que, aun en el caso de que los campesinos estuvieran inconformes con el régimen, tienen confianza en el orden establecido, quizá porque no tienen otra alternativa.

Una consideración que nos parece pertinente debe hacerse en torno a las implicaciones que tienen las actitudes que reflejan la imagen de la autoridad y, particularmente, del poder público. Tanto para propósitos de mantenimiento del equilibrio y desempeño de funciones, como para propósitos de una revolución, debe tomarse en cuenta la integración de los individuos a las normas.

Un gobierno solamente puede sostenerse si los individuos y los grupos de su sociedad se integran a las normas y desempeñan sus respectivos papeles (roles). Hemos mencionado la aceptación de los (roles) por adscripción y hemos mencionado la sustitución de las normas por la compulsión a la que llamamos autoritarismo. Un gobierno puede funcionar si cuenta con el desempeño de los (role)s por parte de los ciudadanos, sin adscripción y sin imposición de la fuerza. O puede funcionar apoyándose permanentemente en la fuerza pública para regular las funciones de los individuos y los grupos de una sociedad. Es obvio que el segundo caso es típico de una situación insegura.

Quienes, por otra parte, piensen realizar una revolución deben tomar en cuenta, también, lo dicho anteriormente, con el fin de evaluar la disposición de los individuos para desechar las normas bajo las cuales viven, concretamente, la autoridad bajo la cual están sujetos. De acuerdo con nuestros datos, notamos que tales condiciones no están dadas, especialmente entre las clases llamadas revolucionarias: los obreros y campesinos.

La opinión sobre el papel que debe tener el estudiante fue conocida mediante las respuestas a la pregunta: ¿usted cree que el estudiante debe solamente estudiar? ¿O debe estudiar, ayudar y defender al pueblo? Las cifras son:

Cuadro 3 Imagen sobre las funciones del estudiante 

Obreros

  • Sexo masculino: N=70

  • Solamente debe estudiar 14%

  • Debe estudiar, ayudar y defender al pueblo 86%

Campesinos

  • Sexo masculino: N=30

  • Solamente debe estudiar 17%

  • Debe estudiar, ayudar y defender al pueblo 83%

Empleados privados

  • Sexo masculino: N=59

  • Solamente debe estudiar 20%

  • Debe estudiar, ayudar y defender al pueblo 80%

Empleados privados

  • Sexo femenino: N=30

  • Solamente debe estudiar 7%

  • Debe estudiar, ayudar y defender al pueblo 93%

Burócratas del gobierno

  • Sexo masculino: N=60

  • Solamente debe estudiar 17%

  • Debe estudiar, ayudar y defender al pueblo 83%

Burócratas del gobierno

  • Sexo femenino: N=20

  • Solamente debe estudiar -

  • Debe estudiar, ayudar y defender al pueblo 100%

Pequeños comerciantes

  • Sexo masculino: N=68

  • Solamente debe estudiar 21%

  • Debe estudiar, ayudar y defender al pueblo 79%

Pequeños comerciantes

  • Sexo femenino: N=25

  • Solamente debe estudiar 20%

  • Debe estudiar, ayudar y defender al pueblo 80%

Amas de casa

  • N=96

  • Solamente debe estudiar 19%

  • Debe estudiar, ayudar y defender al pueblo 81%

Lo más notable es que toda la gente sabe que el estudiante tiene una tarea que realizar. La mayoría cree que, además de estudiar, debe ayudar y defender al pueblo. Conviene apuntar que nadie dijo no saber lo que el estudiante debe hacer. En cambio, hubo algunas personas que no supieron para qué sirve el gobierno.

Con la aparente tendencia homogénea en las respuestas, es pertinente reflexionar con el propósito de explicar la contradicción entre las cifras de estos cuadros y las relativas al grado de información sobre los acontecimientos, especialmente en lo que atañe al mínimo de respuestas que indicaban que los estudiantes luchaban por el pueblo. Creemos que ambas distribuciones apoyan dos supuestos: incomunicación entre el estudiantado y "el pueblo", y carácter no popular del movimiento estudiantil, de acuerdo con la interpretación de las respuestas obtenidas. La gente, en su mayoría, no creyó que dicho movimiento fuese de lucha por el pueblo. En cambio, sí cree que los estudiantes tienen una responsabilidad ante el pueblo. La más obvia: estudiar.

Llama la atención el que sean tan altos los porcentajes que indican la responsabilidad de ayudar y defender al pueblo. Habría dos explicaciones: o bien el estudiantado debe luchar por el pueblo, sólo que empleando otras tácticas en la acción, o bien, ayudar y defender al pueblo lo conciben como una labor asistencial gratuita. No es posible desentrañar la connotación de las cifras en este sentido; únicamente intentamos, como lo hemos dicho ya, proponer las hipótesis que sean empleadas en un estudio más riguroso. Sin embargo, creemos que los dos supuestos indicados están estrechamente asociados. El primero explicado por dos razones; la primera: que la mayor parte de la gente no hizo nada en favor del movimiento. 80% de los campesinos dijo no haber ayudado en nada a los estudiantes. En los otros estratos, el porcentaje de los que declararon no haber ayudado en nada fue pequeños­comerciantes mujeres: 78%; amas de casa y pequeño-comerciantes hombres: 75% cada uno; obreros: 74%.; empleados de oficinas privadas: 66%; empleados del gobierno: 60%; finalmente, empleadas de oficinas privadas y empleados del gobierno: 53% cada uno.

La otra razón es que se percibe la idea de que todos los movimientos deben ser pacíficos y que la defensa de las libertades civiles debe hacerse de ese modo.

El segundo supuesto se apoyaría en la consideración del carácter providencialista de la sociedad mexicana.

No quiero decir que el conflicto estudiantil no haya tenido nada que ver con la democratización. Simplemente digo que uno de los objetivos explícitos, aunque no planteado en el pliego petitorio: el de politizar al pueblo o a las masas, como insistentemente se señaló, no llegó a realizarse, por lo menos durante la etapa en la cual se hizo la encuesta. El estudiantado se encontraba en una isla y no llegó a movilizar más que a estudiantes o a personas que de algún modo tenían que ver con ellos: maestros, empleados y familiares. El movimiento planteó varios puntos; pero ninguno reflejaba otros intereses más que los del mismo movimiento.

La solidaridad de los obreros y campesinos solamente se obtiene cuando se postulan demandas en función de intereses concretos, particulares de los participantes y, sobre todo, cuando tales demandas tienen probabilidades de ser satisfechas. Con ello, mucho debería decirse respecto a la estrategia para la acción.

Es innegable que el movimiento despertó simpatía popular; pero eso fue solamente cuando el poder público empleó la fuerza. Además, la simpatía y la solidaridad populares no se dieron en función de la identidad de intereses políticos, sino en función del apoyo sentimental a los más débiles. Posiblemente la primera etapa de la toma de conciencia política sea la reprobación al uso de la fuerza y la solidaridad sentimental con los más débiles. Quizás a partir de ahí se inicie un proceso de verdadera politización, pero lo que puede advertirse, en este momento, en nada comprueba esto.

Por otra parte, nos interesa volver a lo escrito al principio respecto a los factores que determinan la formación de actitudes en épocas críticas. No se cuenta con evidencias absolutas, pero las proposiciones de Lipset y de Cantril parecen constatarse en nuestros resultados preliminares. Además de referirnos a los espectadores, que son los integrantes de los seis estratos estudiados, también convendría hacerlo respecto a los participantes en los eventos. Sería interesante plantear las interrogantes anotadas al principio de este artículo. Es muy posible que el conflicto haya politizado, más que sensibilizado, a muchos estudiantes. No obstante, habría probabilidades de confrontar las hipótesis que se emplearon para explicar las actitudes y el comportamiento de los espectadores. Daniel Cohn-Bendit señalaba el fenómeno de la participación asociado a la oportunidad de explayarse: La complejidad de la vida y de la supervivencia en las sociedades modernas y los problemas que éstas provocan relegan a segundo plano las aspiraciones profundas, que no llegan a expresarse más que durante los periodos de crisis y de ruptura total.6

¿Cuál fue la causa de la participación activa de los estudiantes? ¿Existía conciencia política? ¿Cuáles eran las normas de juicio que utilizaban para interpretar o dar sentido a los hechos?

¿Había consenso entre todos los participantes? Es factible, que, de haber realizado una encuesta entre los estudiantes en diversas etapas del conflicto, hubiésemos podido responder a estas interrogantes. Pensamos que la trayectoria de los acontecimientos dejó una huella tal que habría podido inhibir el proceso de politización. Creemos que el conocimiento de la marginalidad y de la incongruencia entre aspiraciones y recompensas ayudaría mucho a comprender las posibles frustraciones de los participantes en el movimiento.

La oportunidad de decir lo que en otras ocasiones no se puede decir y de hacer lo que solamente en ocasiones semejantes se puede hacer explicaría que muchos participantes se hayan radicalizado, así como explicaría, también, el porqué de la solidaridad de la gente de la ciudad con los estudiantes.

Referencias

Cohn-Bendit, Daniel, Le gauchisme. Remede a la maladie sénile du communisme, Editions du Seuil, París, Francia,1968. [ Links ]

Lipset, Seymour Martin (edit.), "Opinion Formation in a Crisis Situation ", The Language of Social Research, The Free Press of Glencoe Inc., Glencoe, Escocia, Reino Unido,1964. [ Links ]

Cantril, Hadley, "La invasión marciana: la falsa conciencia en acción", Historia y elementos de la sociología del conocimiento, Eudeba, Buenos Aires, Argentina, 1964. [ Links ]

1 Agradecemos a la Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales (RMCPYS) por permitir la publicación de este artículo, cuyo original aparece en la Revista Mexicana de Ciencia Política, año 16, núm. 59, enero-marzo, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales-Universidad Nacional Autónoma de México, Distrito Federal, 1970, pp. 1-21. La selección fue realizada por el Dr. Carlos Muñiz, coordinador del número; la transcripción, por Yara Iricea Silva López.

2Quiero agradecer la ayuda de muchos estudiantes que colaboraron en la encuesta, así como de la señora Geneva Chirinos Emmett, quien realizó la tabulación de los datos.

3Seymour Martin Lipset (edit.), "Opinion Formation in a Crisis Situation ", The Language of Social Research, The Free Press of Glencoe Inc., Glencoe, Escocia, Reino Unido,1964, p. 138.

4Hadley Cantril, "La invasión marciana: la falsa conciencia en acción", Historia y elementos de la sociología del conocimiento, Eudeba, Buenos Aires, Argentina, 1964, pp. 157-170.

5Frase muy conocida en México que tiene su origen durante la Época Colonial. En aquel tiempo la autoridad era infalible. La ley no podía contradecirse. Lo que el poderoso determinaba no podía ponerse en duda. No obstante, la ley no se cumplía. Se decía: “tal concepto es legal, debe obedecerse”. Pero la gente, sin contradecirlo, se concretaba a no cumplirlo.

6Daniel Cohn-Bendit, Le gauchisme. Remede a la maladie sénile du communisme, Editions du Seuil, París, Francia, 1968, p. 62.

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