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Cultura y representaciones sociales

versão On-line ISSN 2007-8110

Cultura representaciones soc vol.13 no.26 México Mar. 2019

http://dx.doi.org/10.28965.2018-26-19 

Reseña

Reseña del libro de Antonio García de León (2017), Misericordia. el destino trágico de una collera de apaches en la Nueva España

Blanca Solares Altamirano1 

1 CRIM-UNAM. Programa Estudios de lo Imaginario, CRIM-UNAM.

García de León, Antonio. 2017. Misericordia. el destino trágico de una collera de apaches en la Nueva España. México: Fondo de Cultura Económica, 215p.

Los primeros contactos entre apaches y españoles tuvieron lugar a finales del siglo XVI. En 1598 Juan de Oñate, peculiar personaje, explorador y colonizador novohispano, toma posesión de las tierras de Nuevo México y manda dividir sus poblaciones con objeto de combatir a sus múltiples tribus. Luego, fray Francisco de Zamora fue encargado de evangelizar a los pueblos nativos de cazadores, agricultores y recolectores trashumantes que vivían en el extremo norte de la Nueva España. También, Juan de Oñate mandó traer del centro de las provincias novohispanas a indígenas aztecas y otomíes cristianizados para, con su ejemplo, convencer a los insumisos guerreros nómadas de la inevitabilidad de su sometimiento. Pero los apaches no se dejaron convencer. La relación de los apaches con los mexicanos y españoles del Virreinato de la Nueva España fue cada vez más violenta. En el siglo xvii, pese a la prohibición de la Corona, era común que los españoles emprendieran combates para capturarlos como esclavos. Eran transportados como una yunta de bueyes, amarrados a un lazo corredizo puesto al pescuezo, en collera, con sus hijos y mujeres sueltos (21-22), para su mejor control y humillación. El intento de huida de un grupo de apaches en las inmediaciones de Jalapa, deportado al caribe insular a fines del siglo XVIII, en el otoño de 1796, es el suceso a través del cual Antonio García de León nos devela una de las fases de exterminio más infames de la historia. ¿Apaches deportados en Veracruz rumbo a Cuba? ¿Qué hacen aquí esos indios de Arizona, los mejores flecheros de la América septentrional, amigos del bisonte, cazadores seminómadas? La noticia, definitivamente estrafalaria, tiene sin embargo su razón: extraviar al enemigo, anular su integridad, someter a todos los rebeldes. Cuba era el destino de todos los vagos, indigentes y mal entretenidos que se cernían en el imperio.

El grupo de diecisiete guerreros que logra escapar emprende la huida a través del Altiplano siguiendo un recorrido hasta las inmediaciones de Michoacán, fugándose de montaña en montaña y buscando desesperadamente los senderos de un regreso imposible a su lugar de origen. Prófugos a fuerza de carrera (p. 145). Escapar o morir. El cautiverio es el infierno.

El libro que aquí presentamos resulta de indispensable lectura si se quiere tener una idea más cercana a la larga guerra de conquista y colonización española iniciada en 1519. Es un libro necesario ya que trata de una historia hasta ahora poco conocida, y la mayoría de las veces malversada, sobre los apaches que vivían diseminados en gran parte del sur del actual estado de Nuevo México, la región sudoriental de Arizona y el norte de los estados de Chihuahua y Sonora. Una de las más grandes masacres de apaches fue la del Campamento Grant, el 3 de abril de 1871, comandada por W. S. Oury y San Juan N. Elías, de Tucscon, comandando una partida de 148 mexicanos. Pero luego, en 1848, cuando Arizona y Nuevo México pasaron a formar parte del territorio norteamericano, las cosas para los apaches no hicieron sino empeorar (Sonnichsen, 1993: 25).

Este libro, con el detalle de la microhistoria, amplía la documentación sobre el macro-exterminio de la conquista y el desplazamiento de los propios abusos del conquistador sobre los indómitos apaches: rateros, gandules, “indios flecheros de fiero aspecto”, bárbaros, ladrones, sanguinarios y, por supuesto, demonios infieles. Hay que bautizar estas sombras que no hacen más que quitar el sueño. Aprisionarlos y darles muerte.

Vista la violencia con la que se marcó la vida trashumante de estas naciones cazadoras arrancadas de sus territorios y cotos de caza, sorprendidos al alba y exterminados, se vuelve a confirmar, como decía Walter Benjamin, que la historia se alza sobre una pila de cadáveres, lo cerca que la civilización marcha al lado del proyecto de expansión de un modelo de desarrollo basado en el exterminio de todo lo que se opone a su dominio autoritario. Al mismo tiempo, con sutil cuidado, nos devela las imágenes míticas que alimentan una resistencia que los aventaja sobre sus enemigos, “una religión sin ídolos ni jerarquías” (17).

Apaches: cazadores indómitos, poderosos guerreros, hijos del Gran Diluvio. En general -anota nuestro historiador y lingüista Antonio García de León- se dice que la palabra “apache” deriva del zuñi apachu, que significa “enemigo”. Aunque los tlaxcaltecas que colonizaron el norte asociaban a los apaches con el verbo náhuatl pachihui, que significa “acechar”, “seguir el rastro de una presa”. Se asocia, igualmente, con los hijos del Gran Diluvio; en náhuatl huey apachihuiliztli, “gran inundación”; de apachihui, “haber una inundación” (17).

Para este grupo de dieciocho guerreros apaches capturados en el norte, desterrados junto con sus mujeres, niños y ancianos, la línea de frontera de la vida estaba situada más allá: a la manera de un encadenamiento de destinos sin escapatoria posible pero con la recompensa de acompañar al sol en su viaje en el caso de morir en situación de guerra:

La trascendencia de ser más allá de la muerte aseguraba entre ellos el asumir un destino en el alto cielo, junto al sol o como estrellas del infinito nocturno. Así, la muerte era una victoria sobre el tiempo porque lo envolvía sobre sí mismo, porque al escapar del flujo lineal de la historia y del impacto de los cambios eludían la esclavitud y la mansedumbre. Y esta sola línea de fuga que se abría en el silencio de los espacios inagotables, les confería la fuerza del combate y la furia exaltada que tanto sorprendió a sus perseguidores (p. 16).

El relato de esta historia que Antonio García de León nos ofrece a través de un lenguaje que lucha por desprenderse de la norma académica, es digno de una novela de ficción. Sin embargo, aclara el autor mismo a nota bibliográfica: “Nada es invención mía”. Toda la información está documentada en el Archivo General de la Nación. Todo está pormenorizadamente documentado. De manera que no se trata de un relato novelado. Las declaraciones de los perseguidores, insiste, aparecen en informes, diarios y partes de guerra. La de los perseguidos se ha leído entre líneas, no se ha tenido que inventar nada, ni que recurrir a la poesía para intentar conmover. De manera que, sin duda, en nuestro medio académico, esta investigación es también una innovación. Sin perder el rigor de la documentación exhaustiva, abre una nueva manera de exponer sus resultados. Se trata, con los apaches, de “caminar en la noche”, con ellos “más silenciosos que la niebla”, de sentir su cansancio, el agobio, la zozobra de una persecución despiadada para la que la muerte es la única forma de abandonar una realidad cargada de injusticia. ¿Qué más da, entonces, trasponer el umbral para acceder a una condición de libertad eterna?

Los desmanes, las violaciones y el crimen son el trasfondo de esta cacería de apaches que durará más de tres siglos, enmarcada aquí por el resentimiento generalizado de los criollos. Un exterminio de apaches que tampoco estuvo exento de los motines indios -de la insolentada indiada-, decía Ignacio Díaz de la Vega, funcionario de Acambay, contra lo que él mismo reconocía como la actitud soberbia de los españoles (p. 173). En Tulancingo, las comunidades nahuas y otomíes se resistían, en la misma época, al pago de tributo rechazando la insolencia de los cobradores de gravamen. En Actopan, hubo oposición a los repartimientos de los trabajos en las minas y a ser enrolados por la fuerza. Las propias autoridades de San Juan de Río exigían del “mal gobierno” el derecho de autoridad sobre varias comunidades y pueblos. La desigualdad, el despotismo y la violencia -junto con las sequías, las malas cosechas y el alto precio del maíz-, fueron incluso percibidas por Humboldt, seis años antes del grito de Dolores. En medio de la negación a los trabajadores de sus derechos más elementales, los bajos salarios, las expropiaciones, la expulsión de la fuerza de trabajo, la carestía y las crisis agrícolas, no fue casual, subraya nuestro autor, que Miguel Hidalgo, un cura de pueblo de las montañas de Guanajuato, santificando el odio y llamando a la justicia, desde el pulpito haya podido juntar en pocos días un ejército de ochenta mil amotinados. Compleja maraña de descontentos que anuncia el inicio de la guerra de independencia de 1810.

La cacería humana de apaches, documentada por García de León, permite así entrever las miserias de una brutalidad que exacerba los enconos y a la que antecede un radical cuestionamiento del poder. Misericordia es el grito de los apaches huidos y más tarde confinados y abandonados en Reservas; el de las comunidades indias teniendo presente la brutal represión, en abril de 1757, de cerca de cuatro mil otomíes rebeldes protestando contra la imposición del trabajo comunal forzado, en las minas de Pachuca y Real del Monte (p. 97). Misericordia es, también, el grito que el autor hace exclamar al lector frente a una modernidad que, en paralelo, no deja de tomar nuevas víctimas: migrantes, desplazados por guerras de exterminio, despojo de tierras, desempleo, crimen organizado en torno a una codicia sin freno y el gran número de jóvenes desaparecidos que, como entonces, muestra los intereses más bajos de los protagonistas principales de una historia que no acaba de terminar. Misericordia.

Referencias

Sonnichsen C. L. (1993), Gerónimo. El final de las guerras apaches. Prólogo y traducción de Eduardo Jordá, Palma de Mallorca, José J. de Olañeta. [ Links ]

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