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Cultura y representaciones sociales

versión On-line ISSN 2007-8110

Cultura representaciones soc vol.13 no.26 México mar. 2019

http://dx.doi.org/10.28965/2019-26-12 

Artículo (Casos)

Entre el orgullo y la vergüenza. El espectro emocional en las biografías de varones que se inyectan drogas en Hermosillo, Sonora

Pride and shame. The emotional spectrum in biographies of male injecting drug users in Hermosillo, Sonora

Angélica María Ospina Escobar1 

1 UNAM. Programa de becas posdoctorales en la UNAM. Becaria del Instituto de Investigaciones Sociales, asesorada por la doctora Marina Ariza. Profesora investigadora del Programa de Política de Drogas, Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), Región Centro.

Resumen

A partir de nueve relatos biográficos de varones que se inyectan drogas de Hermosillo, Sonora, se analizan las fluctuaciones entre orgullo y vergüenza, como indicadores de la calidad de los vínculos sociales en diferentes momentos de sus trayectorias de uso de drogas. Las situaciones de carencia y violencia que enfrentaron los participantes durante su infancia generaron sentimientos de vergüenza e inadecuación. A lo largo de sus biografías los sujetos buscaron construir nuevos relatos de sí mismos para compensar las heridas al self generadas por esa vergüenza temprana. La pertenencia a grupos “desviados” y el uso de drogas fueron estrategias que les permitieron ganar estatus y poder. Sin embargo, con el afianzamiento de las trayectorias de uso de drogas, creció el costo emocional de portar el estigma de adicto y la desvinculación social. El análisis de la experiencia socioemocional de los participantes permite visibilizar los mecanismos a través de los cuales se internaliza el estigma de ser usuario de drogas y las estrategias que emplean los sujetos para administrarlo, así como los anclajes sociales que hacen posible transitar a dinámicas de uso de drogas menos riesgosas.

Palabras clave: Personas que se inyectan drogas; sociología de las emociones; orgullo; vergüenza; reducción de daños

Abstract

Based on biographical stories compiled in 2015 of injected drug users, an analysis is made of fluctuations between pride and shame as indicators of the quality of social ties at different moments in the trajectories of drug use among two groups of men. The condition of impoverishment and violence faced by the participants during their childhood generated feelings of shame and inadequacy. Throughout their biographies, the subjects seek to build new narratives of themselves in order to compensate the injuries generated by the early feeling of shame. Belonging to deviant groups and the use of drugs are strategies which allow them to gain status and power. However, with the consolidation of the trajectories of drug use, the emotional cost of carrying the stigma of the “addicted” and the social detachment were amplified. The analysis of the participants’ socio-emotional experience makes it possible to visualize the mechanisms through which the stigma of drug use is internalized, and the strategies used by the subjects to administer it, as well as the social anchors that make it possible to carry out less risky drug use dynamics.

Keywords: injecting drugs users; sociology of emotions; pride; shame; harm reduction

Introducción

Según la Encuesta Nacional de Consumo de drogas (Encodat, 2017), en México sólo el 0.6% de la población entre 12 y 65 años presenta posible dependencia a las drogas, de los cuales sólo una quinta parte (20.3%) ha acudido a tratamiento. Aunque la situación de uso problemático1 no es alarmante en México, es un fenómeno que ha ido aumentando en las últimas décadas según el reporte de la Encodat (2017) y que requiere ser problematizado sociológicamente para pensarlo en el marco complejo de los contextos en los que tiene lugar la conformación de trayectorias de uso de drogas.

De este modo, no es posible pensar el aumento de la prevalencia del uso problemático de drogas sin considerar el deterioro de las condiciones estructurales para la incorporación efectiva y digna de los y las jóvenes en la sociedad, el debilitamiento y el vaciamiento de sentido de los espacios institucionales (Reguillo, 2012) y la agudización de las condiciones de pobreza y exclusión social que enfrentan 62.8 millones de mexicanos (Coneval, 2017). Insistir en la responsabilidad individual como único mecanismo causal del uso problemático de drogas, conlleva a construir al sujeto-adicto-pobre como chivo expiatorio de los procesos de expansión de los mercados locales de drogas y del profundo desencanto e incertidumbre con los que los grupos sociales más vulnerabilizados enfrentan la precarización de sus vidas.

El llamado de este texto es a recuperar un análisis estructural del uso problemático de drogas, pensado ya no como un rasgo patológico del carácter del individuo, sino como resultado de una secuencia de experiencias sociales y emocionales que se sedimentan a lo largo de la biografía de las personas en contextos socioestructurales particulares, y en los cuales la desigualdad y la exclusión social juegan un papel fundamental en la construcción de la etiqueta del “adicto”, la cual marca de manera definitiva a los sujetos y configura redes causales que hacen del estigma una profecía autocumplida.

El análisis de los itinerarios socioemocionales que acompañan la conformación de trayectorias de uso problemático de droga, permite dar cuenta de cómo se encarnan los procesos de exclusión social desde muy temprano en las biografías individuales, y el papel que cumple el uso de drogas en la búsqueda de la restitución del self en una muestra particular de varones pobres residentes en Hermosillo, Sonora.

El artículo está organizado en cinco partes. En la primera, argumento el aporte de la sociología de las emociones en la comprensión de los procesos de conformación de carreras de desviación. En la segunda, describo la estrategia metodológica. En la tercera presento el análisis de las fluctuaciones entre el espectro emocional orgullo-vergüenza que acompañan la conformación de las trayectorias de uso de drogas. Concluyo con unas reflexiones sobre el aporte de la sociología de las emociones para el análisis socio-estructural del uso problemático de drogas y las alternativas de tratamiento.

Etiquetaje, desviación y emociones. La construcción del adicto

Siguiendo a Becker (2009), en este trabajo parto del supuesto de que la “adicción”, en tanto desviación, se construye a partir de la reacción social ante ciertas dinámicas de uso de drogas, realizadas por sujetos ubicados en lugares específicos de la estructura social. Así, el carácter trasgresor del uso de drogas reside en la interacción social y no en la práctica misma, pues es en la interacción donde al transgresor se le asigna una etiqueta que se transforma eventualmente en estigma.

El estigma, de acuerdo a Goffman (2006), es resultado de relaciones sociales en las que una característica del sujeto se convierte en un atributo desacreditable a través del ejercicio de poder de un grupo sobre otro (Link y Phelan, 2001). Por lo tanto, estudiar el proceso de internalización del estigma constituye una ventana para analizar los procesos que (re)producen desigualdad social, en este caso, en varones pobres que usan drogas.

La principal función de la etiqueta es desincentivar la realización de la práctica desviada mediante la construcción de una visión estereotipada del etiquetado, en este caso, las personas que usan drogas. A través de la construcción de estereotipos, la característica desviada adquiere un valor simbólico generalizado -en este caso ser “adicto”- por medio del cual se le atribuyen al sujeto otros rasgos indeseables, como ser delincuente, peligroso, moralmente deleznable, etc. (Becker, 2009). Estos rasgos indeseables asociados al uso de drogas facilitan la separación entre los “normales” y los etiquetados (Link y Phelan, 2001) y generan pérdida de estatus, convirtiendo a estos últimos en sujetos poco atractivos en el mercado de interacciones sociales, pues tienen menos capital para intercambiar (Link y Phelan, 2001).

Es así como el etiquetamiento, juntamente con la estereotipización, la segregación y la pérdida de estatus, se convierten en mecanismos que inhabilitan a las personas que usan drogas para lograr la plena aceptación social, y legitiman su exclusión de los medios normativos para sobrevivir y adquirir lo que necesitan y/o desean, generando una nueva condición de desigualdad en el acceso a oportunidades que se superpone con otras preexistentes (género, clase, etnia, etc.), profundizando la desventaja social (Link y Phelan, 2001).

Aunque la investigación sobre el estigma es prolífica (Link y Phelan, 2001), el componente socioemocional que acompaña su construcción social ha sido poco considerado.2 Su estudio, como argumentaré, facilita analizar los mecanismos a través de los cuales se naturalizan ciertas formas de exclusión social, así como conocer “cómo se sitúa el sujeto en el mundo estratificado en que vive, la manera cómo percibe su condición, la acepta o trasgrede” (Peláez González 2016: 252).

Las emociones como encarnación de las dimensiones de estatus y poder

El segundo supuesto que sustenta esta propuesta analítica es, -siguiendo a Kemper (1991, 2006, 2011, 2017) -, que el estatus3 y el poder4 son dimensiones de toda interacción social. En el nivel micro-social, cada interacción comunica respeto y estima o irrespeto entre los actores, suponiendo, por tanto, la consolidación, daño o mantenimiento de los vínculos (Bloch, 2002). En ese sentido, existe en toda persona una preocupación fundamental sobre la imagen que de sí tienen los otros significativos o grupos de referencia5 y, en consecuencia, hacemos todo lo posible para presentarnos ante ellos de la mejor manera (Goffman, 1971).

Desde la perspectiva socio-relacional de la sociología de las emociones, asegurar una mejor imagen ante los otros significativos supone generar una ganancia de estatus en la relación con ellos (Kemper, 2006, 2011). Pero esta ganancia de estatus, básica para la preservación del self,6 es negada de manera sistemática para los “desviados”.

A través de la estigmatización y la derogación de estatus, no sólo se legitima la inferioridad del “desviado”, sino que se confirma la superioridad moral de quienes no poseen el estigma (Goffman, 2006). Esta superioridad moral se sustenta, entre otros elementos, por el tipo de emociones que se generan en el marco de las interacciones entre “desviados” y “normales”. Entre los “normales”, su ganancia de estatus provoca emociones con la capacidad de realzar al self (orgullo), mientras que en los “desviados” el déficit de estatus provoca emociones que lo devalúan (vergüenza, culpa, autorreproche) (Ariza, 2017).

De este modo, el orgullo y la vergüenza operan como guardianes del orden moral y social en el que se inscriben los sujetos, y del statu quo desde el cual se prohíben ciertas estrategias de búsqueda de placer, como lo es el uso de drogas. El orgullo y la vergüenza se convierten en conciencia encarnada, al premiar o castigar respectivamente el actuar del sujeto en la interacción, configurándose como periscopio de los vínculos sociales y sedimentando las relaciones de asimetría (Barbalet, 2001).

El orgullo y la vergüenza, la encarnación del control social

Por su papel central en el monitoreo de los vínculos sociales, el orgullo y la vergüenza son consideradas, desde la perspectiva socio-estructural de la sociología de las emociones, como las emociones fundacionales del orden social (Scheff, 2000). Siguiendo a Cooley (1922:84) “lo que nos mueve al orgullo o la vergüenza no es el mero reflejo de nosotros mismos, sino un sentimiento imputado, el efecto imaginado de esta reflexión sobre la mente de otra persona”. Por ello, según Goffman (1971), en todo encuentro cotidiano la vergüenza o su anticipación están presentes y, en consecuencia, una interacción social no susceptible de provocarnos vergüenza u orgullo no constituye un vínculo social en sentido estricto (Scheff, 2000).

En las relaciones de solidaridad, cada participante le ofrece al otro un grado de deferencia apropiada según sus expectativas, lo que realza el self y promueve la sociabilidad a través de la reafirmación recíproca, creando un vínculo seguro (Scheff y Retzinger, 1991). En contraste, en un vínculo inseguro no hay ratificación ni entendimiento mutuo, por lo que ambos selves se sienten amenazados ante la ausencia o insuficiencia de muestras de deferencia esperadas.

Mientras el orgullo es la emoción que responde a vínculos seguros (solidaridad social); la vergüenza corresponde a vínculos amenazados (alienación). Al ser un indicador de que existe una amenaza al vínculo social, la vergüenza instituye de forma durable cambios estructurales en las estrategias relacionales e interpretativas de uno mismo hacia uno mismo y hacia otros, por ello es considerada LA emoción social por excelencia, en tanto permite inhibir y/o amplificar otras emociones según el contexto (Scheff, 1988). La posibilidad de reconocer o no la vergüenza y las estrategias de represión y transmutación que emprenden los sujetos conllevan a consecuencias diferenciales a nivel micro y macrosocial (op. cit).

Tipos de vergüenza y entrampe emocional

Cuando el sujeto logra reconocer abiertamente el sentimiento de vergüenza y el dolor que ello le produce, hablamos de una vergüenza abierta, que, al ser comunicada genera las condiciones para la restitución del vínculo social (Scheff, 1988). En contraste, cuando el sujeto no reconoce sentir vergüenza, se habla de vergüenza negada/evitada. Según Scheff, la vergüenza es negada cuando resulta estigmatizante y amenaza a la totalidad del self al cuestionar los elementos fundamentales de conformación de la identidad: el sentido del honor, del orgullo y del respeto (Lyndt, 1958, citada por Scheff, 2000), por lo que es necesario reprimirla. Sin embargo, reprimir la vergüenza no supone eliminarla, sino que continúa viva como una espiral recursiva de emociones de gran caudal energético que tiene consecuencias imprevisibles para el sostenimiento de los vínculos sociales (Scheff, 2000).

En las-personas-que-usan-drogas, el estigma que recae sobre esta práctica afecta su distribución de estatus/poder en las interacciones con otros no-usuarios, convirtiéndolas en no- merecedoras de respeto, estima o consideración, exponiéndolas a mayor frecuencia e intensidad, a situaciones de inadecuación, vergüenza y humillación, (Scheff, 1988). En nuestra hipótesis, esta pérdida continua de estatus fractura los vínculos sociales de los etiquetados como “adictos” y facilita la internalización del estigma. En ese proceso, los sujetos desplegarán estrategias para administrar ese estigma públicamente y en privado según los recursos con que cuenten.

En este texto, propongo que el análisis de los itinerarios socioemocionales que acompañan la conformación de trayectorias de uso de drogas permite comprender los procesos a través de los cuales se profundiza en estas carreras de desviación,7 y los mecanismos que posibilitan salir del consumo problemático.

Estrategia metodológica

La población del estudio son varones que se han inyectado drogas ilegales al menos una vez en el mes previo a la entrevista, residentes en Hermosillo, Sonora. Por las características de la población, podríamos decir que estamos usando un muestreo de casos críticos (Martínez, 2012) y como tal, constituyen los usuarios más estigmatizados y vulnerabilizados del universo diferenciado de usuarios de drogas ilegales en México. Esta selección de casos extremos permite reconstruir retrospectivamente los mecanismos emocionales a través de los cuales se sedimentó el proceso de desviación en estos sujetos particulares.

La selección de participantes se llevó a cabo a partir de un trabajo etnográfico realizado entre agosto y diciembre de 2015 en los espacios de mayor afluencia de población, gracias a un ejercicio previo de mapeo de lugares de encuentro de la población desarrollado entre 2010 y 2014.

El análisis empírico que aquí se desarrolla está sustentado en los relatos biográficos (Bertaux, 1983) de nueve varones que usan drogas inyectadas de Hermosillo, Sonora, entrevistados personalmente por la autora en lugares de encuentro de la población entre agosto y diciembre de 2015, en el marco de una investigación más amplia sobre contextos de riesgo al VIH (Ospina Escobar, 2016).

Utilicé una guía de entrevista semiestructurada basada en la frase “Cuéntame cómo ha sido tu historia con las drogas desde que empezaste hasta ahora”, con lo que buscaba suscitar un relato libre en torno a las biografías individuales que me permitiera reconstruir detalladamente las trayectorias de uso de drogas y su relación con otras trayectorias vitales. Todos los participantes firmaron un consentimiento informado. Cada entrevista fue audiograbada y los audios transcritos.

Siguiendo a Chase (2005), los relatos biográficos, más que hechos en sí, son interpretaciones actuales de experiencias pasadas, contadas en un contexto de tiempo y espacio específicos y mediadas por la relación entre quien cuenta la historia y quien la escucha. 8

Para analizar el registro socioemocional de las entrevistas, volví a escuchar los audios e incluí en las transcripciones indicadores vocales de la experiencia emocional, siguiendo las guías propuestas por Scheff y Retzinger (1991).

Para el análisis organicé los relatos cronológicamente, intentando con ello reconstruir las trayectorias de uso de drogas (Figura 1). Analíticamente me enfoco en tres momentos específicos de estas trayectorias: La experimentación, la habituación y el fondeo. La experimentación va desde que el sujeto siente una curiosidad vaga por las sustancias ilegales hasta cuando empieza a experimentar con ellas. El uso habitual es cuando el sujeto ha incorporado una serie de aprendizajes que le permiten usar drogas en su cotidianidad y significar su experiencia como placentera. El fondeo, es el momento en el que el sujeto pierde la capacidad de disfrutar el efecto placentero de las sustancias y recurre a ellas para calmar su dolor -sea este físico y/o emocional-.

Fuente: Elaboración propia

Figura 1 Trayectorias de uso de drogas reconstruidas 

Esta categorización es una sobre-simplificación con fines analíticos de las trayectorias de uso de drogas de los participantes, que no son lineales ni irreversibles. Sin descartar elementos netamente biográficos, al cambiar las experiencias en relación con las sustancias, cambian las actitudes, percepciones, emociones y disposiciones frente a ellas, lo que genera, a su vez, interrupciones, giros y reversibilidades en las trayectorias. Así, aunque el sujeto se encuentre en una condición de uso problemático actual, ello no significa que no pueda pasar, en otro momento, a un uso no-problemático y viceversa.

Aunque todos los participantes han adoptado dinámicas de uso problemático en algún momento de su trayectoria, y han pasado por la fase de fondeo,9 los clasifiqué según su condición al momento de la entrevista (problemático y no-problemático) con el propósito de examinar si había variaciones en sus itinerarios emocionales y para identificar mecanismos sociodemográficos, familiares y comunitarios, que pudieran favorecer el tránsito hacia el uso no-problemático.

La clasificación de los consumos de los sujetos en problemático y no-problemático, no está ajena a controversia y corresponde a la necesidad analítica de poder situar el papel que ocupa el uso de drogas en la cotidianidad de los participantes y la capacidad de agencia frente a las drogas que ellos reconocen en sí mismos. De este modo, por uso problemático entiendo aquellas dinámicas de consumo en las que los sujetos expresan que no pueden controlar su deseo de usar drogas y ello limita sus posibilidades de conseguir trabajo y tener apoyo social, en tanto la mayor parte de su tiempo está destinado a usar drogas, a conseguirlas y/o a reponerse de sus efectos. Por uso no-problemático, describo aquellas formas de uso en las que los sujetos pueden participar en otras actividades distintas al uso mismo de drogas, lo que favorece su vinculación social e institucional.

Para cada momento de la trayectoria identifiqué emociones emergentes; utilizando la clasificación de Turner y Stests (2006), seleccioné las emociones referidas a orgullo y vergüenza10 y las clasifiqué según su intensidad, a partir de un espectro que va del orgullo a la humillación como lo muestra la Figura 2.

Figura 2 Espectro emocional del orgullo a la humillación 

La propuesta analítica es de carácter microsociológico, con énfasis en la situación de interacción en la que emerge el espectro de emociones orgullo-humillación. Para el análisis del registro emocional, incorporé las dimensiones del contexto relacional del encuentro y del contexto biográfico en que emergieron (Figura 3). Dentro del contexto relacional, incluí como variables los dominios de la vida en que la interacción tiene lugar y la distribución de poder/estatus entre los actores. Para el contexto biográfico incluí las condiciones de vida y las dinámicas de uso de drogas asociadas al momento en que emerge la diada orgullo-vergüenza. La unidad de registro son las citas textuales de las entrevistas en las que emergen las emociones analizadas.

Figura 3 Dimensiones de análisis 

Resultados

Descripción de la muestra

En términos generales, los participantes de este estudio provienen de hogares pobres y, hasta el momento de la entrevista, permanecen en la misma posición social de sus padres, ocupándose principalmente en oficios manuales de baja calificación (Ver Cuadro 1). El máximo nivel de escolaridad alcanzado es secundaria completa que, aunque es más bajo que el nivel promedio en Sonora (10 años), corresponde al nivel promedio de escolaridad de la población mexicana (9 años), (INEGI, 2015).

Cuadro 1 Características sociodemográficas de los participantes. 

Uso problemático actual
Año de nacimiento Ocupación madre Ocupación padre Apoyo familia extensa Escolaridad Oficio
Pirata 1965 Vendedora Avon Policía No Ninguna Mezclador
Pinky 1980 Profesor Secretaria No Secundaria completa Ninguno
Aurelio 1983 Obrera Albañil No Primaria Incompleta Panadero
Vicente 1988 Mucama Policía No Secundaria completa Ninguno
Pelón 1992 Ama de casa Mecánico No Primaria Incompleta Mecánico
Uso no problemático actual
Año de nacimiento Ocupación madre Ocupación padre Apoyo familia extensa Escolaridad Oficio
Chapatín 1965 Servicio doméstico Padre desconocido Si Primaria Incompleta Tornero
B 1979 Vendedora informal Funcionario público Si Preparatoria incompleta Ninguno
Sr. X 1980 Cocinera Electricista Si Preparatoria incompleta Artesano
Rayas 1993 Servicio doméstico Jornalero Si Preparatoria completa Obrero en Maquila

Fuente: Elaboración propia

Para todos los participantes de este estudio, los datos muestran que la desventaja social juega un papel fundamental en el proceso a través del cual el uso de drogas se torna problemático. Sin embargo, encontramos que la condición de uso problemático (UP)/no-problemático (UNP) al momento de la entrevista, se relaciona con diferencias sociodemográficas, familiares y comunitarias que pudieron condicionar los procesos de vinculación/desvinculación social de los sujetos e influir en la conformación de sus carreras de desviación.

Los datos muestran que los participantes con UP, se caracterizan por provenir de hogares con mayor disrupción familiar, por haber tenido menos acceso a apoyos familiares, vivir en entornos sociales más precarizados y haber alcanzado menores niveles de escolaridad. Así mismo, estos sujetos vivieron en situación de calle en momentos tempranos de sus biografías y experimentaron con mayor frecuencia situaciones de encierro (cárcel e internamiento compulsivo) desde la adolescencia (ver Cuadro 2). En contraste, los participantes con UNP de drogas, contaron con apoyos de la familia extensa, lo que quizás les permitió compensar algunos de los problemas relacionales, emocionales y financieros de sus familias nucleares. Estos participantes alcanzaron mayores niveles de escolaridad, no habían vivido en calle, ni habían sido internados involuntariamente al momento de la entrevista. Aunque la mitad de estos participantes con UNP habían tenido experiencias en prisión, éstas tuvieron lugar después de los 20 años.

Cuadro 2 Edades a eventos seleccionados en las trayectorias de uso de drogas 

Uso problemático actual
Año de nacimiento Edad 1ª droga 1ª droga Edad 1ª inyección 1ª droga inyectada Edad 1ª vida calle Edad 1er fondeo Edad 1ª Prisión Edad 1er internamiento
Pirata 1965 8 Resistol 23 Speedball1 9 17 14 27
Pinky 1980 10 Marihuana 14 Cocaína 18 18 18 17
Aurelio 1983 12 Pastillas 22 Heroína 8 25 17 13
Vicente 1988 12 Marihuana 28 Cristal 22 22 15 NA
Pelón 1992 13 Cristal fumado 16 Heroína 13 16 13 15
Uso no problemático actual
Año de nacimiento Edad 1ª droga 1ª droga Edad 1ª inyección 1ª droga inyectada Edad 1ª vida calle Edad 1er fondeo Edad 1ª Prisión Edad 1er internamiento
Chapatín 1965 10 Resistol 21 Speedball NA 30 30 33
B 1979 15 Marihuana 22 Heroína NA 25 22 25
Sr. X 1980 13 Marihuana 15 Valium NA 27 NA 31
Rayas 1993 12 Marihuana 17 Heroína NA 18 NA NA

Fuente: Elaboración propia

1 Speedball es el nombre con el que se conoce la mezcla de heroína y cocaína.

Estas características son el marco estructural dentro del cual tiene lugar el registro socioemocional que acompaña las trayectorias de uso de drogas y marca rasgos distintos en las carreras de desviación de los participantes en términos de sus preferencias por ciertos grupos de referencia, sus experiencias con las drogas y sus formas de gestionar el estigma en los diferentes momentos de las trayectorias.

Descripción de las trayectorias de uso de drogas

Las trayectorias de uso de drogas que aquí analizo inician entre los 8 y los 15 años con la primera experimentación.11 En todos los participantes se pasa rápidamente del primer uso a la construcción del hábito, que se desarrolla durante la adolescencia, momento en el que experimentan con distintas drogas y se forman preferencias en términos del tipo de sustancias y sus contextos de uso, lo que, en conjunto, conforma estilos de vida en los que el uso de drogas adquiere centralidad.

El momento más álgido de la habituación es la transición al uso inyectado, que tiene lugar entre los 14 y 28 años,12 y que constituye un punto de quiebre en la trayectoria, en tanto agudiza la situación de dependencia a las sustancias. Otro giro en la trayectoria es el fondeo, cuando se experimenta una fuerte dependencia de las sustancias sin tener acceso a fuentes de ingreso que permitan sostenerla, lo que lleva a los participantes a enfrentar situaciones de máxima vulnerabilidad. Los participantes experimentaron su primer fondeo entre los 16 y los 27 años.13

Esta visión sucinta de las trayectorias de uso de drogas permite ubicar el análisis que aquí desarrollo en los años de juventud de los sujetos, siendo entre los 8 y los 28 años el periodo en que tienen lugar los eventos de interés. A continuación, desarrollo los itinerarios socioemocionales que acompañan la conformación de estas trayectorias, haciendo énfasis en el contraste entre los dos grupos de varones que conforman mi muestra.

Vergüenza y humillación: las heridas ocultas de la infancia

Antes de haber iniciado las trayectorias de uso de drogas, todos los participantes narraron haber vivido diferentes niveles de vergüenza durante la infancia, debido principalmente a la falta de bienes materiales, condición que los enfrentó a pérdida de estatus frente a sus pares. Sin embargo, los datos muestran que las estrategias a través de las cuales los participantes respondieron a esas situaciones iniciales de derogación de estatus fueron distintas en los dos grupos de participantes.

Aquellos con uso no-problemático de drogas (UNP), contaron con recursos sociales suficientes para cambiar de grupo de referencia, separándose de los escenarios y las personas que “los hacían sentir menos”. Ello supuso cambiar de escuela o abandonarla, traspasar las fronteras de la colonia para encontrar pares con quienes se sintieran más cómodos en la distribución de poder/estatus y/o irse a vivir con familiares que les garantizaran mejores niveles de vida.

Los participantes con UP no contaron con los recursos para cambiar de escenario de socialización. Adicionalmente, estos sujetos enfrentaron situaciones de violencia y una historia de uso problemático de drogas en alguno de sus padres. En nuestra hipótesis, estas condiciones familiares, sumadas a su condición de clase, intensificaron sus sentimientos de vergüenza y vulnerabilidad, generando experiencias de mayor vejación social.

Yo viví por mucho tiempo bien sacado de onda con mis padres, más que nada con mi papá, por el maltrato más que nada… Yo era un niño y… Él descargaba su loquera conmigo… Yo era muy tímido, vivía con miedo…

Aurelio, 32 años, UPA

De acuerdo con Lewis (citado por Scheff, 2000), los niños que crecen sin vínculos seguros tienen alta probabilidad de volverse adultos cuyos afectos son predominantemente evitados y se canalizan a través de un impulso hacia el poder. Entre los participantes de este estudio, los relatos de aquellos con UP dan cuenta de mayor ruptura de los vínculos sociales con no-usuarios y la presencia de vergüenza evitada/negada, en tanto muestran mayor dificultad para nombrar abiertamente sentimientos de falla o inadecuación; en esas situaciones prevalece el silencio, el diálogo entrecortado y/o la evitación de preguntas que les resultan dolorosas. En contraste, aparecen en sus relatos, con mayor frecuencia e intensidad, emociones de ira, así como mayor número de episodios de interacción donde recurrieron al uso de la violencia para reivindicarse frente a otros significativos a lo largo de sus biografías.

La falta de vínculos seguros en la primera infancia, aunado a las situaciones de carencias y abusos, se traducen, en nuestra hipótesis, en daños profundos al sentido del honor, del respeto y del orgullo del sujeto que son fundamentales para la conformación de la identidad. Bajo estas condiciones biográficas iniciales, los participantes con UP van forjando un registro emocional caracterizado por resentimiento, hostilidad y desconfianza que será persistente a lo largo de sus biografías.

En contraste, el mayor apoyo por parte de la familia extensa que relatan los participantes con UNP, y la ausencia de experiencias de violencia en sus hogares nucleares podrían haberse traducido en vínculos sociales más seguros y con ello, es posible pensar que las situaciones de carencia estuvieron amortiguadas por tales vínculos, accediendo a recursos o capitales14 a través de los cuales pudieron restituir su self vulnerado. A diferencia de los participantes con UP, el registro emocional de estos sujetos está marcado por la culpa y el auto-reproche. Mientras la hostilidad va dirigida a los otros, la culpa es una emoción autocrítica. Mientras el resentimiento señala un agravio recibido por un otro, la culpa deviene de la autoconciencia de estar violando una norma y de considerarse a sí mismo como moralmente inferior (Lewis, 1971). El carácter pernicioso de la culpa parte de la requisición de castigo, lo que se traduce en un sentimiento constante de tensión y ambivalencia frente al grupo de referencia y al uso de drogas. El resentimiento, en cambio, busca castigar al otro por el sufrimiento propio, configurándose como un escudo que permite a los sujetos apelar por la restitución de su dignidad (Amery, 2013).

En estas condiciones biográficas iniciales de construcción de un self vulnerable, instalado en la sensación de no pertenencia, surge durante la pubertad la admiración y el deseo de pertenencia a un grupo de pares “desviados”, que ofrece un espacio protector donde es posible construir un self alternativo. En los relatos analizados, la pertenencia a este grupo de referencia significa un quiebre en las biografías de todos los participantes, al marcar el inicio del uso de drogas.

Experimentación: El anhelo de estatus

Me fui acoplando y me fui desviando… me fui juntando con ellos porque yo los veía cholos y quería ser como ellos… veía que andaban con muchachas y esto y lo otro, en fiestas y decía ‘yo también quiero ir a la fiesta, también quiero andar con muchachas’... Veía que fumaban marihuana y se me hacía que eran chilos [divertidos, agradables]… “¡Qué suave!” -decía-…Y luego, eran más grandes que yo, “¡ahhh!, yo quiero ser como ellos” (…) veía que fumaban y veía que se soltaban riendo y los veía en la mera felicidad, “pues a ver a qué sabe eso” -dije yo- “¡qué tanta felicidad!” y al rato que le fumo, y al rato, yo también traía una risada por cualquier tontada y así fue pasando… Al otro día ya no más me levantaba, “¡ah!, quiero andar como en la noche, que de risa y risa”. Y así, así, fue.

C, 35 años, UNP

La búsqueda principal en la mayoría de los participantes es la pertenencia al grupo de referencia que admiran, no el uso de drogas. Estos grupos aparecen en los relatos como un espejo invertido para sus selves. Ante la inseguridad personal, estos pares se presentan como desafiantes; ante la indefensión de los narradores, éstos se muestran aguerridos y violentos; ante su soledad, el grupo es cohesionado y solidario; a las vivencias de miedo, sometimiento y carencia en los hogares de origen de los narradores, se antepone una imagen de alegría, estatus y poder en el grupo. A través de la pertenencia a estos grupos “desviados”, los sujetos obtienen el estatus anhelado y restituyen parcialmente sus selves de los agravios vividos en la infancia.

Sin embargo, la pertenencia es un proceso que se gana a través del apego a los valores, creencias, intereses y reglas del sentir del grupo15 (Hochschild, 1983). Con ello, los sujetos reafirman el estatus del grupo y, a modo de premio, éste les otorga estatus bajo la forma de membresía (Kemper, 2017).

El uso de ciertas drogas forma parte de los roles esperados en el grupo y una reacción favorable a ellas integra las reglas del sentir grupal. El apego a estas reglas permite a los narradores que, al momento de experimentar con una sustancia, signifiquen la experiencia como placentera, aun cuando no sepan cómo clasificarla o les resulte incluso displacentera,16 en cuyo caso continúan usándola para “no quedar mal”, esperando eventualmente “agarrarle el sabor”.

El apego a las reglas del sentir del grupo facilita también que la ambivalencia hacia el uso de las sustancias ilegalizadas quede parcialmente superada, pues la moralidad y creencias que ofrece el colectivo facilita la ruptura con los sentimientos, creencias y valores que promulgaban cuando eran no-usuarios. Ruptura que nunca es total, pues persisten en los participantes las creencias y valores de la sociedad convencional frente al carácter prohibido/inmoral del uso de drogas, generando tensión en sus prácticas e identidades, así como la necesidad de administrar esta ambivalencia frente al grupo de referencia y frente a los otros no-usuarios a través de los recursos diferenciales con los que cuenta cada quien.

Los relatos muestran que, a mayor necesidad de estatus, mayor apego a las reglas del sentir del grupo, lo que supone gerenciar aquellas emociones que van en contra de las proclamadas en el grupo. Entre los sujetos con UP, donde encontramos alusiones más frecuentes al resentimiento, se observa mayor apego a las reglas del sentir del grupo y en esa medida, menor ambivalencia inicial frente al uso de drogas. Entre los sujetos con UNP, quienes expresaron con mayor frecuencia culpa, la ambivalencia en cuanto al uso de drogas está mucho más presente en este momento de la trayectoria.

Particularmente, el sentimiento de orfandad y vulnerabilidad frente a la familia de origen es encubierto a través del personaje del “rudo”, mientras que el displacer y temor que les genera el uso de ciertas drogas es enmascarado mediante la figura del “loco”, aquel que está siempre dispuesto a probar nuevas sustancias, nuevas combinaciones, en altas dosis, “sin pensar” en sus consecuencias. El apego a los roles y las reglas del sentir del grupo favorece el tránsito acelerado de la experimentación a la habituación encontrado en las trayectorias de uso de drogas de estos sujetos, sin que se encuentren diferencias según el tipo de trayectoria en que he clasificado a los participantes.

Entonces fumamos [marihuana] y me acuerdo que si me puse bien así [blanquea los ojos] y cuando veníamos en el camino me dice este wey, -“¿qué tal si pasas por mi todos los días y todos los días vamos a fumar?”- y me asusté, porque… Chingasu… ¡Ya voy hacer un vicioso!, -dije-, -¿esto va hacer mi vida? ¿ser un vicioso?- Lo pensé mucho acá, en serio, y me daba miedo… Pero tampoco le quería decir que no, porque si le decía que no, iban a decir que qué marica y a lo mejor no me aceptaban en el grupo este, ¿si me entiendes?, entonces dije que sí, para que vieran que yo si jalaba y entonces sí, lo fui haciendo más constante, más constante...

Sr. X, 34 años, UNPA

La habituación. Agarrarle sabor a las drogas y la euforia de la pertenencia

La habituación corresponde al momento en el que la persona ha construido un patrón consistente de uso de drogas (Becker, 2016). Ello supone, entre otras cosas, la vivencia de experiencias socioemocionales a través de las cuales la persona ha “aprendido” el placer de usarlas, cuáles usar y en qué contextos.

Y ya consecuentemente con las pastillas, llegó la cocaína, porque había veces que estaba demasiado empastillado y me quería botar o me quedaba dormido y me decían “vente, para que te alivianes [le ofrecían cocaína]” y me gustó el mezclar drogas(…) le agarré sabor a la sensación que experimentaba con cada droga y luego las mezclaba y me gustó más…

Pinky, 34 años, UP

La habituación a las drogas se construye a medida que se afianza la pertenencia al grupo. Tener asegurada la membresía se traduce en un registro emocional de satisfacción, gratificación y orgullo en torno a las prácticas que son valoradas dentro del colectivo (drogarse, robar, participar en riñas, patinar, pintar, tatuar, etc.), emociones que realzan al self. Los narradores han dejado de ser marginales y vulnerables, para convertirse en famosos, populares, respetados y admirados dentro de su grupo de pares. Esta nueva posición social los llena de energía emocional17 (Collins, 2004), que no sólo marca el tono emocional de las interacciones en el grupo, sino que los impulsa a involucrarse en nuevas interacciones donde puedan confirmar y/o aumentar su estatus, entre ellas adoptar prácticas de uso de drogas más riesgosas,18 lo que, en el caso de los participantes de este estudio, propició su dependencia de las sustancias. Dependencia que no responde sólo a las características bioquímicas de las drogas y su interacción en el organismo, sino principalmente a las experiencias socioemocionales que experimentaron cuando usaron drogas en el contexto de socialización en el grupo, particularmente las de invulnerabilidad, seguridad personal, pertenencia y euforia (Collins, 2004).

En este momento de la trayectoria, aparecen dos estrategias diferenciadas de gestionar el estigma entre los narradores, según su condición de uso de drogas problemático y no-problemático, estrategias que se forjan en diálogo con el tipo de sociabilidades que se construyen al interior de los grupos de adscripción de los sujetos y con la calidad de los vínculos que se sostienen con quienes no pertenecen a dichos grupos y/o que son ajenas al hábito del uso de drogas.

Sometimiento y solidaridad. La relación con el grupo de referencia

Los narradores con UP, ingresaron a un grupo caracterizado por su involucramiento en actividades delictivas y el uso de la violencia. La pertenencia a estos grupos supuso, además de compartir el uso de drogas, exponerse a pruebas a través de las cuales manifestaron deferencia por el grupo y sus jerarquías, demostrando que eran dignos de la membresía por estar dispuestos a renunciar voluntariamente a su individualidad y estatus (Scheff, 2000; Kemper, 2001).

Como se trataba de exhibir arrojo, valentía, obediencia y lealtad al grupo, en muchas ocasiones estas pruebas consistieron en cometer delitos19 y terminaron en una experiencia de reclusión. En este contexto, la caída en prisión se convirtió en un ritual de ganancia de estatus20 al interior del grupo de referencia. En prisión siguieron reafirmando su pertenencia a través de interacciones donde continuaron renunciando a su individualidad, para fundirse en conformidad con el grupo (Scheff, 2000), asumiendo un cuerpo21 juntamente con un sistema de creencias y moralidad alternativas que les permitieron convertir el estigma de “adicto-pandillero/malandro” en emblema identitario y a través del cual aseguraban su sobrevivencia en ese contexto violento.

Esta afirmación del self desde el estigma se puede entender como una estrategia para minimizar los daños emocionales que éste infringe, pues la expectativa y el temor al rechazo por saberse portador del estigma lleva a estos sujetos a actuar de manera más defensiva frente a la sociedad convencional (Link y Phelan, 2001), bajo una máscara de “peligrosidad”. Adicionalmente, la renuncia a la individualidad que requiere el grupo favorece esta gerencia de la vergüenza del estigma mediante el emblema del transgresor; siguiendo a Simmel (2018: 72) “el grupo en el que el individuo ha desaparecido se caracteriza por la falta de vergüenza”, pues se requiere de la autonomía del yo para poder evaluar la mirada del otro como devaluadora del self. En este caso, la autonomía del yo ha sido cedida a cambio de recibir el estatus de la pertenencia al grupo, lo que permite a su vez despojarse de la ambivalencia frente al uso de drogas y el sentimiento de vergüenza que lo acompaña por saberse “desviado”. De acuerdo a Simmel (op. cit.),

... estar comprometido con el grupo niega las precondiciones del sentimiento de vergüenza: tanto la autonomía, la responsabilidad (das Befasstsein in eigener) y la esfera delimitadora de lo individual, como la imagen de las representaciones normalizadas.

Exhibir el uso colectivo de drogas tanto dentro como fuera del grupo, les redituó a los participantes con UP en poder y estatus al interior de su grupo de adscripción y les permitió ostentar hacia fuera del grupo el poder de su nuevo self, en un esfuerzo de restitución del self ultrajado de la infancia. Performando la teatralidad del “adicto” e “imponiendo el terror en la colonia”, se apropiaban del espacio público, erigiendo un grito desesperado contra la sensación de carencia, abandono y soledad en que se habían forjado sus infancias. El resentimiento encontró en las prácticas rituales del grupo formas de expresar el enojo hacia todo aquello que los había agraviado en su infancia (familiares, vecinos, pares más grandes, policías, etc).

Siempre fui bien descarado(…) Desde que empecé a ponerle [a usar drogas], me ponía enfrente de todos, me valía madres (…) Les quería dar en la madre… Más que nada a ellos [a los padres] por no haberme cuidado cuando era plebito [niño]. Aurelio, 34 años, UP

En los relatos, esta teatralidad del “adicto” se asoció a una experiencia de orgullo intensificado o hubris,22 desde el cual se vanagloriaban de sí mismos y su desviación social, desafiaban a la sociedad que los rechazaba y estigmatizaba, y reivindicaban su carácter contestatario, el apego a las reglas del sentir del grupo y el desdén hacia la sociedad convencional. El dolor que encubre el hubris es la herida temprana al sentido del honor y el respeto que genera saberse marginal y no contar con los recursos para cambiar esa situación.

Entre estos participantes con UP, esta forma particular de gestionar la vergüenza a través de la transmutación del estigma en emblema, configuró una espiral en la cual el exhibir la pertenencia al grupo significó mayor exposición a nuevas experiencias de vergüenza y humillación en sus encuentros con la sociedad convencional,23 que a su vez fortalecieron la necesidad de pertenencia, la cohesión interna del grupo y la identidad de sus miembros, alimentando el resentimiento hacia la sociedad convencional.

La humillación es una forma más intensa de vergüenza que emerge a raíz de lo que se considera un atentado contra la dignidad personal y en el contexto de una interacción en la que el humillado es inerme ante el ejercicio del poder del otro (Ariza, 2016: 288). Entre los participantes, la discriminación en el espacio público, los conflictos familiares, el acoso policial y las detenciones arbitrarias, son situaciones en las que los otros ejercieron el poder sobre ellos, lo que desembocó en ira intensa. Aunque la ira tiene el potencial de generar una restitución del self agraviado, las condiciones de asimetría que experimentaban estos sujetos no les posibilitó descargar esta emoción, convirtiéndose en una “ira impotente” (Scheff, 2003). Esta ira impotente, resultado de procesos de estrés persistentes en diferentes escenarios de socialización que amenazan al self, generó mayor aislamiento frente al mundo convencional, suprimiendo -al menos superficialmente- su anhelo de integración a ese mundo. Este aislamiento y la falta de diversificación de fuentes de estatus favorecieron que estos sujetos quedaran cada vez más a merced del grupo “desviado”, afianzando sus carreras de desviación como estrategia de restitución del daño infligido a su yo social.

El dolor del estigma y la discriminación infringidos por parte de la sociedad convencional, junto con la necesidad de sostener la máscara de invencible y el sentimiento de ira impotente, conllevó adicionalmente a la profundización del uso de drogas como tecnología de apoyo para el manejo emocional que demandaban estas situaciones.

Por su parte, en los relatos de los participantes con UNP no aparece la disposición a la violencia y/o la delincuencia a partir del uso de alguna droga. El uso de drogas les permitía “clavarse” en las actividades en las que destacaban (dibujar, tatuar, patinar, etc), “escaparse” de sus problemas cotidianos y disfrutar las dinámicas de socialización en el grupo en el que las diferencias sociales se borraban, obteniendo una sensación de pertenencia incondicional. En ese sentido, la principal emoción asociada por estos narradores al uso de drogas durante la habituación fue la gratificación que ofrece la pertenencia, el desenfado que genera el uso colectivo de las sustancias y el orgullo de destacarse por una habilidad particular o bienes simbólicos que son valorados por el grupo (principalmente acceso a música y/o vídeos). En este caso, la pertenencia no requirió renunciar a la individualidad, sino por el contrario, destacar los rasgos individuales que hacían a los narradores deseables en el grupo.

Me gustaba estar con los cholos porque era el único espacio donde nadie se fijaba en mi ropa o en lo que tengo. Se compartía lo que se tenía, una soda, un chicharrón, una baiza [fumada] de cigarro (…) Eran bien solidarios… Eso me hacía olvidar de los problemas y sentirme a gusto.

B, 34 años UNP

Lo contrastante entre los dos grupos de narradores son los contextos de uso de drogas y las dinámicas de socialización que ofrecen ambos grupos en torno de las cuales las experiencias socioemocionales de uso de drogas adquieren significados distintos, en unos ligados a la experiencia del poder, en otros ligados a la experiencia del placer; en ambos grupos el elemento fundamental que posibilita estas experiencias restitutivas del self es la pertenencia.

A diferencia de los narradores con UP, en aquellos con UNP la diferenciación del sí mismo que facilita el grupo por sus mecanismos de ascenso de estatus a través de la exhibición de los talentos personales, favorece la permanencia de la ambivalencia frente al uso de drogas y el sentimiento de vergüenza derivado de ello, pues, volviendo a Simmel (2018), la autonomía frente al grupo facilita el sentido de responsabilidad frente a sus actos y la evaluación constante del sujeto frente al grupo “desviado” y frente a otros grupos sociales con los que mantenían sus vínculos.

En respuesta a ello, entre los participantes con UNP el secreto se erigió como una estrategia de protección contra el estigma y la pérdida de estatus que traería consigo la revelación del uso de drogas frente a los no-usuarios. Este ocultamiento favoreció la diversificación de sus fuentes de estatus, evitando depender exclusivamente del grupo de referencia “desviado”. Siguiendo a Becker (2009), la decisión sobre exhibir, confesar u ocultar el uso de drogas, y ante quién, cómo, dónde y cuándo, radica en el número de contactos que unos y otros sostenían con la sociedad convencional y la centralidad que tiene el grupo de referencia como fuente de estatus para el narrador.

Disimulo y encubrimiento del uso de drogas

Se oculta lo que resulta inmoral y amenaza los vínculos sociales (Simmel, 2010). Algunos ocultaban el uso de drogas porque temían que sus vínculos con los no-usuarios resultaran afectados, y al mismo tiempo, ocultaban al interior del grupo de referencia su ambivalencia frente a las drogas, pues ello equivaldría a cuestionar los rituales de encuentro y cohesión y sus reglas del sentir, lo que pondría en peligro la anhelada membresía.

De acuerdo a Goffman (2006), el desacreditable nunca sabe cómo va a reaccionar la otra persona ante su estigma, lo que supone un manejo de la tensión que produce la interacción con el no-usuario y para ello los narradores con UNP evitaban ser vistos con otros que han sido etiquetados públicamente como “adictos/viciosos”, descartaban formas de portar el cuerpo asociadas a ellos, usaban drogas sólo dentro del grupo “desviado” y controlaban sus efectos frente a los no-usuarios. Con esto ratificaban la estructura normativa que los excluía, se veían a sí mismos bajo los ojos del otro, incorporando el estigma y la subordinación, por lo tanto, experimentaban vergüenza y culpa de usar drogas, y erigían un discurso público en contra de ellas.

Procuraba que no me vieran con los cholos para no levantar sospechas. Por eso nunca me tatué y… Siempre me vestí normal para que no me confundieran con ellos. Pero en tiempo de frio, atizábamos [fumaban marihuana] en un lugar cerrado y de tanto estar encerrado, se me impregnaba el olor en el suéter y empezaron a sospechar (…) Después, una de mis hermanas, me vio con unos que no debía andar ahí pintiando [escapado de clase] y ya me confrontaron… Ahí ya fue cuando todo el mundo me dio la espalda(…)

Rayas, 22 años, UNP

Siguiendo a Tomkins (1992), el avergonzado requiere un escondite porque se percibe en contradicción con el resto del mundo y con su consciencia. Ese escondite es el grupo de referencia. La culpa deviene de la elección voluntaria por realizar un comportamiento egoísta (usar drogas) que transgrede una norma moral. A diferencia de la vergüenza, la culpa no está referida a una falla total del self, sino a un comportamiento particular que exige reparación. Diverge de la humillación en que la culpa no deviene del ejercicio del poder externo, sino de la autoconciencia de estar violando una norma y de considerarse a sí mismo como moralmente inferior (Lewis, 1971).

Las estrategias de administración del estigma descritas -transmutación del estigma en emblema en los participantes con UP y de ocultamiento del uso de drogas en aquellos con UNP-, resultaron fallidas ante la eficacia de los mecanismos de control social que se erigen para sancionar al “desviado”. En un momento de sus biografías, un evento desafortunado (la muerte de alguien significativo, una ruptura amorosa, la caída en prisión de un protector, etc) propicia que los escudos socioemocionales a través de los cuales estos sujetos se protegen del estigma de usar drogas se fracturen y entonces terminan encarnando la figura del adicto, retornando con ello las experiencias de vergüenza y humillación, pero intensificadas ante la pérdida del rostro24 y la línea25 (Goffman, 1971) construidos en la sociabilidad al interior de los grupos de adscripción.

Fondear. Recaer en vergüenza

Fondear para mí es cuando ya estás batallando para todo, para conseguir el dinero, para comprarla, para inyectártela, para todo es batallar y ahí pasan tantas cosas que ni te imaginas (…) Entonces, te vas cansando que todo el mundo te humilla. Te sientes menos, acá... Sientes que andas bien mal y todo el mundo te dice que andas bien mal y eso más te deprime, o sea, ¡chale!, empiezas a pensar en la vida que llevas y te quieres morir.

Sr. X, 34 años, UNP

El fondeo es el momento de la trayectoria de uso de drogas cundo la máscara de orgullo y la euforia efímera que los narradores han construido durante los momentos previos se fractura, visibilizando el sufrimiento social que han cargado y acumulado a lo largo de sus vidas. Al exhibir su vulnerabilidad, los narradores rompieron con las reglas del sentir del grupo, dejando atrás el hombre fuerte, valiente, invencible, por lo que son despojados de poder y estatus dentro del grupo. Adicionalmente, durante el fondeo los participantes no contaron con los medios para pagar las deudas adquiridas con sus pares, con lo cual violan la ley de la reciprocidad del grupo, situación que contribuye a su expulsión.

Ahí ya tenía como 23 años y fue cuando fondié. Es la peor experiencia(…) Llegué al grado de estar esperando que me dieran, mendigando por unas gotas en un picadero, recogiendo algodones usados para sacar un poco de heroína que me curara la malilla [síndrome de abstinencia]...

Aurelio, 34 años, UP

La emoción generalizada en este momento de la trayectoria de uso de drogas es la vergüenza y su expresión extrema, la humillación. La vergüenza habla de su necesidad de vinculación social y de la profunda soledad que enfrentan en ese momento, donde no encuentran quién brinde soporte, contención y protección. La humillación, por su parte, advierte de los abusos y en algunos casos, la crueldad, a la que los someten los otros que se ubican en una situación de poder frente a ellos, la familia que los interna sin su consentimiento, los antiguos amigos que los excluyen, los vecinos que los discriminan y expulsan de espacios públicos, la fuerza pública que los detiene, extorsiona, golpea y encarcela.

Sin embargo, la humillación no logra transformarse en rabia, sino que se encadena al autorreproche y el autodesprecio, desproveyéndolos de cualquier capacidad de agencia y posibilidad de reivindicación de su dignidad como sujetos. En este momento de las trayectorias, la repetición del paradigma moral-estigmatizante en torno a la figura del “adicto” se encarna en el sentimiento de autorreproche y a través de ello, los sujetos se ratifican como “inadecuados”, merecedores de castigo por haber infringido un código moral socialmente compartido (Ariza, 2016:288) del no-uso de drogas.

En este punto, nuevamente es el diferencial de capitales lo que permite a unos sujetos, y no a otros, transitar del fondeo hacia dinámicas de consumo no-problemáticas. En el caso particular de la muestra de relatos que aquí analizo, los sujetos que lograron ese tránsito son aquellos que pudieron a lo largo de sus trayectorias mediar entre la sociedad convencional y el grupo de adscripción “desviado”, quienes contaron con capital social, económico y cultural para amortiguar el peso del estigma y lograron, a través de la búsqueda voluntaria de tratamiento -y particularmente del acceso a metadona-,26 construir una narrativa de sí mismos donde es posible gestionar el uso de drogas, recuperando su lugar de agencia.

Los relatos dejan ver que aquellos sujetos con menor acceso a capitales de todo tipo, tuvieron una experiencia emocional más intensa del fondeo, pues pareciera que es en este momento de la trayectoria de uso de drogas cuando se cristalizan los efectos acumulativos de otros eventos vividos previamente en las biografías, condensando las desventajas acumuladas. La humillación es una experiencia reiterada en estos sujetos que, al ser expulsados del grupo de adscripción, pierden por completo el único escudo emocional con el que sorteaban los pesos del estigma, el etiquetamiento y la exclusión. Por fuera del grupo, sumidos en su dependencia de las sustancias, sin medios financieros para comprarlas, sin un espacio social que les brinde los mínimos de resguardo a su integridad, quedan desnudos, a merced de la mirada recalcitrante del “normal” que los culpa de su desgracia. El único lugar desde el cual son reconocidos es, parafraseando a Reguillo (2012), repitiendo una narrativa precarizada de sí mismos, donde se despojan del orgullo construido en su grupo, disimulan el resentimiento frente al Orden social que los excluyó tempranamente y se asumen como culpables de algo inaprensible, su origen social, su desencanto frente a sus formas precarizadas de vida, su estrategia ilegítima de obtener placer.

Ya mi locura es puro sufrimiento, pura soledad, no tengo nada, no tengo cuentas de banco, no tengo carros, no tengo casa… Al principio fue un estilo de vida muy… que me sentía bien, me hacía sentir controlado, me hacía sentir aceptado(…) Ahora es pura soledad.

Pinky, 34 años, UP

Consideraciones finales

En este texto he querido mostrar cómo los participantes del estudio fueron deshonrados mucho antes de haber iniciado sus trayectorias de uso de drogas, debido, entre otras circunstancias, a su condición de clase. Su estatus fue constantemente derogado a lo largo de sus biografías y encontraron en grupos de referencia “desviados” un escenario de compensación, que se tornó más o menos importante según su nivel de vinculación con la sociedad convencional. Estos sujetos interiorizaron desde muy temprano el ideal del éxito individual, pero no contaron con los medios legítimos para obtenerlo (Merton, 1938). Así mismo, interiorizaron tempranamente la creencia del uso de drogas como una expresión de debilidad del carácter. Ser pobres y usuarios de drogas constituyó entonces para estos sujetos una doble falla de su self.

Las emociones que los participantes enuncian a lo largo de sus trayectorias de uso de drogas, hablan de su lucha por ganar dignidad y respeto en un contexto hostil marcado por la desigualdad, la exclusión social, la discriminación y la criminalización de los varones pobres usuarios de drogas en el marco de un sistema moral que defiende los ideales del éxito individual a través del esfuerzo y la renuncia al placer. El análisis del registro emocional muestra cómo la construcción del sujeto-adicto como culpable de su propio “mal” es un proceso que se encarna gradualmente a través de la estigmatización, lo cual no sólo fortalece los argumentos excluyentes frente al otro, sino que logra disminuir su humanidad y minar su capacidad de agencia.

Encontrar los anclajes emocionales en los que se construye el self de personas con uso-problemático-de-drogas es fundamental para diseñar estrategias efectivas de tratamiento que procuren la restitución de la dignidad y autonomía de los sujetos, aun cuando sigan usando drogas, pero bajo dinámicas que supongan menos riesgos para su salud física, mental y socioemocional.

El análisis socio-estructural de las emociones tiene mucho que aportar al campo del uso problemático de drogas y la reducción de daños, en tanto permite visibilizar cómo se encarnan los procesos de desigualdad y estigmatización, las estrategias a las que recurren los sujetos para administrar estas condiciones de exclusión y cómo, desde la intervención social, se pueden brindar nuevos recursos a los sujetos para prevenir y revertir estos procesos, más allá del encierro y la abstinencia.

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1 Usaré el concepto de uso problemático de drogas en lugar de “adicción”, en congruencia con el socio-constructivista desde el cual abordo el uso de drogas, donde el énfasis no está puesto en la sustancia, sino en el contexto de interacción donde se le asigna un significado a dicha práctica (Romaní, 2008). El uso de drogas es aquí definido como una práctica social en la cual se incorporan al organismo sustancias químicas con características farmacológicas, con la intención de alterar su funciona- miento (Romaní, 2008).

2 Scheff (1974) y Thoits (1985) han estudiado el componente socioemocional en la estigmatización de la enfermedad mental. La creencia de que el uso de drogas socava el control emocional y la toma de roles socialmente asignados al sujeto, por lo que las personas que usan drogas son consideradas “locas” y aún más, la clasificación del uso problemático de drogas como un problema de salud mental me permiten usar sus planteamientos para explicar la construcción del estigma hacia las personas con uso problemático de drogas.

3“Actos voluntarios de aprobación, deferencia, respeto, atención, apoyo, preocupación, simpatía y/o elogio. El otro a quien se le confiere estatus es sentido como alguien que lo merece o lo vale” (Kemper, 2017:6). Para Weber (1953) el estatus es un recurso social que hace parte de la posición de la persona en la estructura social sobre la base del prestigio y los estilos de vida, y es exteriorizado bajo la forma de reconocimiento de ciertas prerrogativas, o a través del uso de ciertos símbolos de poder.

4Consiste en el ejercicio de la coacción de un actor para obtener la cantidad o el tipo de deferencia que cree merecer por parte de otro(s) y que no fue otorgada de manera voluntaria (Kemper, 2017:7).

5Son aquellos individuos o colectividades con quienes un individuo compara la favorabilidad de sus resultados que conforman la interacción social que está teniendo lugar (Kemper, 2017).

6Retomo el concepto de self de Mead (1934) entendido como la consciencia y el relato de sí mismo, construido a partir de la capacidad reflexiva de la persona, donde mediante la interacción social, se internaliza la conciencia moral a través de las voces de los otros significativos.

7Por carreras de desviación entiendo un proceso mediante el cual se van sedimentando experiencias en las que las prácticas desviadas se tornan centrales, al tiempo que se construyen una moralidad, una racionalidad, unas creencias que las justifican (Matza y Sykes, 1961) y unas vivencias emocionales que las refuerzan.

8En mi caso, el ser mujer, colombiana, activista en reducción de daños y no-usuaria de drogas inyectadas, marcó un lugar particular de interacción con los participantes.

9El fondeo es una categoría que utilizan los mismos sujetos para denotar un momento en la trayectoria en el que están “tocando fondo” debido a su nivel de dependencia a las sustancias y las dificultades que enfrentan para conseguirlas.

10Es importante considerar que la experiencia emocional es dinámica y en ella aparecen interrelacionadas distintas emociones. Por su fuerza heurística, sólo me centro en aquellas que conforman el espectro orgullo-vergüenza.

11La edad promedio a la primera droga es los 12 años y esta edad es también el valor modal.

12La edad promedio a la primera inyección es los 20 años y la edad modal son los 22.

13La edad promedio al primer fondeo fue los 21 años y valor modal 22 años.

14Por capital Bourdieu (1997) entiende los recursos tanto materiales como simbólicos a los que los actores tienen acceso al interior de las relaciones sociales.

15Las reglas del sentir son normas que prescriben lo que uno debe sentir en diversas circunstancias y especifican cuáles son las emociones apropiadas o inapropiadas, su intensidad en cada situación particular y el rol a desempeñar en consecuencia (Hochschild, 1983). Adicionalmente están las reglas de expresión del sentir, que guían las muestras de emoción en la interacción. Entre los valores compartidos del grupo están ser proveedor, rebelde, “no rajarse”, estar dispuesto a usar la violencia. Entre las reglas del sentir están ser “recio”, no dejarse de nadie, no temerle a nada ni a nadie, ser decidido y estar dispuesto siempre a defender al grupo.

16Por ejemplo, durante la primera experimentación con marihuana los participantes describen haberse sentido mareados o demasiado “espaceados”. Para la primera vez que probaron cocaína describen una fuerte agitación corporal y en la primera experimentación con heroína la mayoría relata sentirse físicamente muy mal (vómito, sudoración extrema).

17“Sentimiento de confianza, euforia, fuerza, entusiasmo e iniciativa” en las interacciones sociales (Collins, 2004:49).

18Uso combinado de sustancias, aumento de las dosis y de la frecuencia de uso, así como la transición al uso inyectado.

19Entrar a robar a una casa, desvalijar un carro, participar en una pelea o asesinar a alguien.

20Entendido como mecanismo emocional de atención mutua que se erige como oportunidad única para el otorgamiento/reclamo de estatus al interior de un grupo de referencia (Kemper, 2011). Es un código de conducta y transmite información sobre las características del grupo (Collins, 2004).

21La pandilla se convierte en un solo cuerpo, sus miembros adquieren una corporalidad similar: Cabeza rapada, tatuajes alusivos a la santa muerte, la pandilla, San Judas o sus muertos; ropa similar, etc. Pero también, los miembros se mueven como una unidad en contra de sus rivales/enemigos.

22Este hubris se diferencia del orgullo “normal” que surge de una evaluación positiva global del self y no de una situación específica, por lo que no genera empatía con otros, sino un engrandecimiento del yo, a expensas de la devaluación de los otros (Lewis, 1971). Por ello, en lugar de promover cohesión social, produce aislamiento.

23Estos jóvenes son constantemente detenidos por la fuerza pública en su tránsito por las calles. En esas detenciones son tratados con desdén y violencia, obligados a quitarse playeras/camisas y zapatos, a poner todas sus pertenencias en el suelo, a explicar de dónde vienen y para dónde van. Todo esto frente a los ojos de sus vecinos, otros transeúntes y sus pares. En muchas ocasiones, por tener marcas de piquetes en sus brazos, se los llevan esposados en la parte de atrás de las camionetas oficiales, exponiéndolos como delincuentes, aun cuando no hayan cometido ningún delito.

24Referido al personaje que se construye en la interacción y que constituye una imagen idealizada de sí mismo.

25Referida al guión de la interacción, de acuerdo a las reglas del sentir y de la expresión que define el grupo.

26La metadona es un opiáceo sintético que se usa como tratamiento sustitutivo a la dependencia a la heroína, con el que se busca reducir tal dependencia favoreciendo la vinculación social y laboral de las personas con esta condición.

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