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Cultura y representaciones sociales

versión On-line ISSN 2007-8110

Cultura representaciones soc vol.12 no.24 México mar. 2018

http://dx.doi.org/10.28965/2018-024-11 

Artículo 2. Casos

Territorios segregados: representaciones y prácticas en barrios de vivienda social. El caso del barrio “Ciudad de los Cuartetos - 29 de mayo” (Córdoba, Argentina)

Segregated territories: representations and practices in social housing neighborhoods. The case of the neighborhood “Ciudad de los Cuartetos - May 29” (Córdoba, Argentina)

Ana Laura Elorza* 

* Lic. en Trabajo Social. Dra. en Ciencias Sociales (UNCuyo). Investigadora asistente CONICET en Instituto de Investigación de la Vivienda y Habitat (FAUD-UNC). Docente asistente en Lic. en Trabajo Social (UNC). Este artículo es una versión adaptada de una sección de la tesis de doctorado en Ciencias Sociales (UNCuyo- Argentina) Segregación residencial socioeconómica en la ciudad de Córdoba. Dinámica y efectos en las condiciones de vida de la población pobre segregada, con la dirección de Dra. Cecilia Marengo y la codirección de la Dra. Mercedes Lentini

Resumen:

En los últimos años, se identifican importantes avances en el estudio de los procesos de segregación socioterritorial en las ciudades de la región a partir de enfoques interpretativos, en los que adquieren importancia lo subjetivo y lo simbólico para la comprensión de este fenómeno. En este trabajo abordamos el análisis y la interpretación de las representaciones y las prácticas de los sujetos habitantes de un barrio construido por la política pública de vivienda social, con el fin de reconocer la manera en que experimentan cotidianamente el territorio barrial y la ciudad (la carga simbólica del lugar donde residen, el acceso desigual al espacio urbano, los tiempos y los medios para desplazarse, etcétera), como un proceso que les posibilita aprehender la posición que ocupan ellos y los distintos grupos sociales en el espacio social y urbano.

Palabras clave: segregación socioterritorial; representaciones; prácticas

Abstract:

In recent years, important advances have been identified in the study of the socio-territorial segregation processes in the region’s cities based on interpretative approaches, in which subjectivity and symbolism acquire importance in the understanding of this phenomenon. In this work we address the analysis and interpretation of the representations and practices of the inhabitants of a neighborhood built by social housing public policies in order to recognize the way in which they experience their neighborhood and the city (the symbolic burden of the place where they live, the unequal access to the urban space, the means and times of travel, etc.) as a process that enables them to grasp the position that they and the different social groups occupy in the social and urban space.

Keywords: socio-territorial segregation; representations; practices

Introducción

En las últimas décadas, el fenómeno de la segregación socioterritorial ha adquirido una renovada relevancia debido a la constatación de los impactos de la reestructuración del modelo de acumulación capitalista en las estructuras urbanas de las ciudades (Davis, 2006; Borja, 2007; etcétera). Si bien las ciudades latinoamericanas se caracterizaron, desde su conformación, por ser segregadas (Katzman, 2001, Sabatini, 2003), en las últimas décadas este fenómeno se ha transformado debido al crecimiento de las ciudades, a los cambios sociales traducidos en nuevas preferencias residenciales de los grupos de altos ingresos, al aumento de los precios de la tierra y a las dificultades de acceso a suelo urbano por parte de los grupos de menores ingresos (Marengo y Elorza, 2016; Elorza, 2016).

Este es el marco en el que se reposiciona el abordaje del tema de estudio desde las ciencias sociales, al dar cuenta de los procesos de configuración de las ciudades en las que la apropiación, la distribución y el acceso desigual de bienes y servicios urbanos, sociales y culturales -no solo a nivel material, sino también simbólico-, se da en función de los diferentes grupos sociales.

A inicios del siglo xxi, Sabatini (2003) identificó en América Latina una supremacía de los estudios sobre la medición de la segregación en la producción científica sobre esta temática, siendo escasos los trabajos que abordaban los procesos de construcción de subjetividades en torno a dichos territorios segregados. Sin embargo, en los últimos años se han producido avances que contribuyen a una reflexión interpretativa de la importancia de lo subjetivo y lo simbólico en la comprensión de este fenómeno (Saravi, 2008; Gissi y Soto, 2010; Kessler, 2012; Segura, 2012; Carman, Neiva y Segura, 2013; Sabatini et al., 2013). Estos trabajos se pueden vincular al interés por comprender los sentidos y las representaciones de los sujetos sobre el espacio, lo que Santillán Cornejo (2015) llama un “giro espacial” en el pensamiento social contemporáneo. En este sentido, Cravino (2013) plantea que el estudio de la experiencia y las prácticas urbanas, las representaciones y los imaginarios, así como las formas de uso y el consumo del espacio urbano, entre otras líneas de investigación, dan cuenta de que el espacio urbano es producto y deviene tanto de una realidad material como de los diferentes modos en los cuales esta realidad es experimentada y vivida por los sujetos.

Un eje de inicio para comprender la segregación socioterritorial ha sido la producción y reproducción de este fenómeno por medio de la construcción de nuevos territorios a través de la política pública de vivienda social. Estudios realizados en diferentes ciudades de la región identifican como tendencia que la localización de los proyectos de vivienda está cada vez más distante de áreas de centralidad. Esto acarrea profundos problemas para las familias residentes como el aumento de las distancias respecto de los lugares de servicio; la desestructuración de las redes sociales primarias y secundarias; las valoraciones negativas respecto al barrio debido a la inadecuada localización en los límites de la gran ciudad, y la construcción de territorios socialmente homogéneos, lo que reduce las posibilidades de interacción entre grupos sociales y dificulta la reproducción social de los sectores de bajos ingresos (Rodríguez y Sugranyes, 2005; Brain y Sabatini, 2006; Rodríguez Chumillas, 2006; PNUD, 2009; Cravino, del Río, Graham y Varela, 2012, Sabatini, Wormald y Rasse, 2013).

En la ciudad de Córdoba, Argentina -durante el período entre 2003 y 2010-, se desarrolló el programa “Mi Casa, Mi Vida”, el cual relocalizaba a la población de villas y asentamientos en nuevos barrios ubicados en áreas de la periferia de la ciudad. Esto generó profundos cambios en las prácticas cotidianas de la población y en la posibilidad de acceder a oportunidades vinculadas a la localización en áreas de centralidad: mayores costos de movilidad urbana y tiempos de traslado, adaptación de estrategias de reproducción social, pérdida de oportunidades de inserción laboral, ruptura de redes sociales, entre otras.; todos ellos aspectos centrales de la condición de vida de la población de bajos ingresos (Scarponetti y Ciuffolini, 2011; Marengo y Elorza, 2016). Sumado a lo anterior se encuentran la denominación de estos conjuntos como “barrios-ciudad” (por ejemplo, Ciudad de mis sueños, Ciudad Evita, etcétera); la disposición de su ingreso a través de arcos que significan una ruptura con el tejido urbano, y la localización de equipamientos sociales (centro de salud, escuela, comisaria, etcétera), a los que tiene acceso la población de dichos barrios. Todos ellos constituyen factores problemáticos útiles para reflexionar sobre el fenómeno de la segregación socioterritorial y sus vinculaciones con los procesos de desigualdad social.

En este sentido, en el presente artículo abordamos el análisis y la interpretación de las representaciones y prácticas de los sujetos habitantes de uno de estos barrios construidos por las políticas públicas habitacionales, con el fin de reconocer la manera en que experimentan cotidianamente el territorio barrial y la ciudad -por ejemplo, la carga simbólica del lugar donde residen, el acceso desigual al espacio urbano, los tiempos y los medios para desplazarse-, como un proceso que les posibilita aprehender la posición que ocupan ellos y los distintos grupos sociales en el espacio social y urbano (Segura, 2012).

Este trabajo se articula a través de distintas secciones. En primer lugar, presentamos una aproximación teórico-conceptual sobre los procesos de segregación socioterritorial y al territorio como objeto al que se le atribuyen representaciones y definición de prácticas y sentidos. En segundo lugar, se plantea el caso de estudio “Ciudad de los Cuartetos-29 de mayo”; se da cuenta de su proceso de configuración, así como de los rasgos particulares de este barrio en el marco de la política pública de vivienda social. En tercer lugar, analizamos las representaciones y prácticas de los vecinos entrevistados que construyen, en torno a la ciudad, a su barrio y a la vivienda. Por último, a modo de cierre, realizamos algunas reflexiones finales en las que se recupera el análisis que se realizó a partir del trabajo empírico, reconociendo su carácter exploratorio en el abordaje del objeto de estudio.

Segregación socioterritorial, representaciones y prácticas

Las ciudades son espacios atravesados por tensiones intrínsecas al proceso de urbanización y a la conformación de las mismas, ya que surgen por concentraciones geográficas y sociales de un producto excedente socialmente definido. Las formas de apropiación plantean, desde el inicio mismo de la ciudad, un acceso desigual para los diferentes grupos sociales. Las desigualdades, derivadas del modo de producción capitalista, se traducen en diferentes condiciones de acceso a lo urbano, observándose en muchos casos las ventajas de acceso de un grupo minoritario en detrimento de los demás (Elorza, 2016). Sin embargo, este proceso de desigual distribución espacial de bienes y servicios no es el único factor que influye para comprender la segregación; en la base del mismo hay también límites sociales, imaginarios y calificaciones sociales (Carman, Neiva Viera y Segura, 2013: 18).

Recuperando el planteo de Bourdieu (1999), podemos decir que el espacio social está inscripto en las estructuras espaciales a la vez que en las estructuras mentales, en los habitus de los agentes. Por lo tanto, las grandes oposiciones sociales objetivadas en el espacio físico (para nuestro caso de estudio podemos referir a las oposiciones barrio/villa, centro/periferia, etcétera) tienden a reproducirse, en los espíritus y en el lenguaje, en la forma de oposiciones constitutivas de un principio de visión y división. Es decir, en tanto categorías de percepción y evaluación o de estructuras mentales; en otros términos, en las representaciones sociales y en las prácticas desarrolladas por los agentes.

El territorio contribuye a formar el habitus y viceversa, a través de los usos sociales que se induce darle; ya que, como sistema de disposiciones para percibir, pensar, actuar, se configuran las “definiciones prácticas de lo posible y lo imposible, lo pensable y lo impensable, de lo que es para nosotros y lo que no es para nosotros” (Gutiérrez, 2005: 56).

Duhau y Giglia (2008), en su libro Las reglas del desorden, dan cuenta de que en la Ciudad de México coexisten distintas experiencias urbanas1 a partir del reconocimiento de que esta no es homogénea sino variable, de acuerdo con la particular ubicación de los sujetos en los diferentes contextos socioespaciales que en ella se registran. A modo de hipótesis, sostienen que existe un grado de correspondencia entre cada forma de producción del espacio urbano, su forma de organización, así como las prácticas de apropiación y uso del espacio, tanto en su dimensión local como metropolitana, usado e imaginado de diferentes formas.

La experiencia de habitar en la ciudad es distinta según el tipo de hábitat en el que se reside y a partir del cual se establecen relaciones con el resto del territorio metropolitano, y stas cambian a partir de las diferencias culturales, sociales o étnicas entre los sujetos, así como y de su ubicación socioespacial. Estas variaciones “reflejan el poder desigual de los actores en su relación con el espacio, y en particular en su capacidad para domesticarlo, es decir, para convertirlo en algo que tiene significado y uso para cada quien” (Duhau y Giglia, 2008: 21).

Así, los distintos territorios -barrios, countries, villas, asentamientos, barrios de vivienda social, etcétera - producidos por diferentes actores y prácticas, materializados en bienes con características y calidades diferentes, contribuyen a la configuración de las representaciones construidas en torno a los distintos tipos de hábitat y a sus residentes, como signos distintivos y de diferenciación social entre los grupos sociales. Lo dicho anteriormente vincula los procesos subjetivos y simbólicos con los de segregación socioterritorial, a partir de la construcción de prejuicios o niveles de prestigio de ciertas zonas o barrios de la ciudad. Estos actúan como una exclusión simbólica que afecta a los grupos con la exacerbación de procesos de construcción de imágenes urbanas, especialmente las de barrios exclusivos y barrios malos (Sabatini y Cáceres, 2004).

Como plantea Wacquant (2007), es importante conocer la experiencia subjetiva de los residentes que son asignados a las zonas etiquetadas como peligrosas, porque ese estigma territorial contribuye a explicar las distintas prácticas. Las estrategias sociosimbólicas desarrolladas por estos residentes...

... para hacer frente a la denigración espacial cubren un amplio abanico que va desde la sumisión hasta la resistencia y su adopción depende de la posición y trayectoria dentro del espacio físico y social. La estigmatización territorial no es una condición estática o un proceso neutral, sino una forma significativa y perjudicial de acción mediante la representación colectiva centrada en un lugar determinado (Wacquant, Slater y Borges Pereira, 2014: 220).

Las representaciones se constituyen en una fuerza activa de segregación que ejerce una exclusión material y simbólica de los habitantes de los barrios con mal prestigio y representan barreras reales a las posibilidades de acceso a servicios, bienes y recursos; al mismo tiempo, se constituyen en condicionante de los encuentros con los otros. En este sentido, nos interesa conocer las representaciones y las prácticas territoriales que construyen los habitantes de los barrios que son producto de la política pública de vivienda social, la cual implicó el traslado de las familias de las villas o asentamientos a nuevos complejos habitacionales. En ellos se reproduce una clonación de tipologías de las viviendas, el equipamiento social y los espacios verdes. El ingreso a los barrios-ciudad es a través de un arco de entrada, a modo de “cerrada popular”, lo cual hace explícita la generalización de ciertos modos de habitar, que sugieren una mayor diferenciación en la apropiación del espacio, así como nuevos paisajes y arquitecturas de la exclusión (Rodríguez Chumilla, 2006).

El estudio de caso: barrio “Ciudad de los Cuartetos-29 de mayo”

La ciudad de Córdoba, en Argentina2, se ha caracterizado desde sus inicios por la desigual apropiación del espacio según la condición socioeconómica de los grupos sociales. Si bien la mayoría de la población de bajos ingresos reside en las áreas periféricas, desde la década de los años cincuenta comenzaron a configurarse villas y asentamientos como una estrategia de producción de hábitat de familias sin posibilidades de acceder a tierra y vivienda por la vía del mercado formal. Su ubicación en áreas centrales e intermedias de la ciudad implicó mayores oportunidades para el desarrollo de actividades (laborales, educativas, culturales, etcétera) y de acceso a servicios y equipamientos sociales.

En el periodo 2003-2010, el gobierno de la provincia de Córdoba ejecutó una política habitacional con el objetivo de erradicar las villas3 que estuvieran en riesgo ambiental por estar localizadas en los márgenes del rio Suquía4 y canales de riego. El resultado de esta política ha sido la erradicación de setenta villas a treinta y nueve nuevos barrios, en su mayoría localizados en áreas periféricas de la ciudad, en especial en el sureste y noreste de la ciudad. Los nuevos conjuntos habitacionales responden a una misma tipología organizativa del territorio, con un “arco de entrada” al barrio, manzanas con viviendas uniformes (de 42 m2) y equipamiento social (escuelas, centro de salud, posta policial) idénticos para todos los casos y fueron denominados “barrios-ciudad” -por ejemplo, Ciudad de mis sueños, Ciudad Sol Naciente, Ciudad de los Cuartetos, entre otras-.

En trabajos anteriores se realizó una revisión de esta política y sus resultados. Su implementación permite inscribir un claro componente de diferenciación social y profundización del desigual acceso a la ciudad, y las oportunidades que ésta brinda, según la condición socioeconómica de los sujetos. Situaciones como la distancia en relación con los espacios de centralidad urbana; la imposibilidad de la población de afrontar gastos de transporte, así como la calidad deficiente de ese servicio; la baja mixtura social; el deterioro edilicio, y la reproducción de condiciones habitacionales deficientes, han contribuido a la profundización de los procesos de segregación socioterritorial y contribuyen al surgimiento de nuevos problemas, necesidades y demandas entre los habitantes de los barrios de vivienda social (Elorza, 2016).

El caso de estudio “Ciudad de los cuartetos-29 de mayo” es uno de los nuevos territorios construidos por esta política pública de vivienda social. Se encuentra localizado en la zona noreste de la ciudad, caracterizada por tener una mayor concentración de población en condiciones de pobreza. Está ubicado en un sector en el que las urbanizaciones residenciales se encuentran desarticuladas dentro de un contexto rural-industrial, lo cual representa problemas de compatibilidad de usos. Algunos ejemplos serían la realización de actividades rurales -con la aplicación de productos agroquímicos- en sectores en los que habita población y la zona de volcamiento de residuos. (Foto 1).

Fuente: Google Earth

Foto 1 "Ciudad de los Cuartetos - 29 de mayo" 

Este barrio se inauguró en noviembre del año 2004 y está conformado por 418 viviendas y el equipamiento comunitario que incluye escuelas, centro de salud, comisaria, comedor de ancianos, centro de cuidado infantil y espacios verdes. En respuesta a la tipología única planificada desde el programa, su entrada está demarcada por un arco en el que se expone su nombre (Foto 2). Un extenso espacio verde, sin equipamiento ni mantenimiento, divide su territorio. Esta separación física se vincula a dos momentos de la construcción y adjudicación de las viviendas, pero también a la identidad colectiva de sus habitantes. En un primer momento, el 29 de mayo de 2004, fueron relocalizadas las familias provenientes de Villa El Chateau, Villa Urquiza y La Salada, por lo cual los vecinos decidieron nombrar al barrio “29 de mayo”.5 Unos meses más tarde, se construyó el sector posterior, destinado a las familias de Parque Liceo 3a Sección, con lo que se finalizó la construcción del complejo habitacional y que el gobierno llamó “Ciudad de los Cuartetos”.6

Fuente: Elaboración propia

Foto 2 Arco de entrada al barrio 

Datos del censo de población nacional del año 2010 indican que en el barrio habitaban 2,204 personas; 1,089 hombres y 1,115 mujeres, con una mayoría de niños y adolescentes (de 0 a 14 años) que representaban el 41% de la población.

Las representaciones y las prácticas en un barrio-ciudad

Para conocer las representaciones de los sujetos que habitan este barrio -en tanto construcciones simbólicas del espacio que pueden materializarse en discursos, soportes gráficos (dibujo, fotografía, etcétera) y prácticas sociales- realizamos entrevistas a sus pobladores con el fin de recuperar distintas formas narrativas que hablaron sobre un lugar. Con ello se buscó evidencia de la manera en que el sujeto imagina -representa- dicho lugar (de Alba, 2009) y desarrolla prácticas en relación con el mismo. La técnica utilizada para recopilar el material discursivo de los residentes fue la entrevista semiestructurada. Los pobladores entrevistados se eligieron con base en una muestra intencional (por género, ocupación y edad) y se definió la cantidad de entrevistas en función del criterio de saturación.7

A partir del conjunto de relatos obtenidos, se pueden identificar diferentes formas de percepción, valoración y apropiación de los entrevistados sobre el barrio. En ellos se distinguen tres dimensiones territoriales que se encuentran integradas: la ciudad, el barrio y la vivienda.

Vivir en la periferia: “afuera” de la ciudad y “adentro” del barrio

La bibliografía consultada sostiene la existencia de una clara correspondencia entre la localización residencial de la población y la capacidad y la calidad del acceso a recursos que garanticen estándares de bienestar social. El énfasis está en que en la periferia de la ciudad -en los sectores donde reside mayoritariamente la población de bajos ingresos- la oportunidad de tener acceso a dichos recursos es notablemente inferior (Katzman, 2001; Sabatini, 2003). En el caso analizado, los residentes perciben el barrio como un espacio aislado al estar localizado en la periferia. Lo anterior, sumado a las características de su entorno rural-industrial, lo convierte en un espacio que se percibe como carente de oportunidades, en especial para los jóvenes. En palabras de una de las vecinas,

…el otro día un chico me decía que no había nada acá, miraba para allá todo campo, miraba para allá [mientras señala el otro lado] todo campo, me decía llorando, no acá no hay nada, nada para hacer… (Marta).

Las personas adultas que fueron entrevistadas y que aún recuerdan la experiencia de haber vivido en las villas, en un entorno urbano consolidado, dan cuenta de las mayores posibilidades que tenían de acceder a oportunidades laborales, sociales, comerciales y culturales,

…porque allá [refiriéndose a la villa Costa canal Parque Liceo] uno tenía como cualquier barrio, cualquier transporte que te llevaba a los barrios cercanos, acá no, si se te pasó el colectivo moriste, te tenés que ir caminando hasta la circunvalación,8 y también en cuanto a los almacenes, la verdulería, todo eso, acá hay algunos pero es como que la gente se abusa y le pone precios carísimos a las cosas […] (Rocío).

En esta comparación, los vecinos perciben claramente la desigual provisión, calidad y acceso a oportunidades en distintas áreas de la ciudad, que son cuestiones centrales en las prácticas tendientes a la reproducción social cotidiana de las familias. Sin embargo, la sensación de aislamiento no se debe únicamente a la localización periférica del barrio; la denominación “barrio-ciudad” refuerza lo anterior, sumada a su arquitectura, que irrumpe en una trama discontinua en la que no hay otros barrios cercanos.

En los relatos obtenidos durante las entrevistas aparece la representación de la división entre el barrio y la ciudad, expresada en términos opuestos de adentro y afuera (Segura, 2006), como expresa una vecina,

… cualquier circunstancia te obliga a salir del barrio a buscar algún tipo de cosa, que es lo que no hay en el barrio, para la escuela hay que ir afuera, para la salud hay que ir afuera…”, o un adolescente “mejor hubiera sido que nos dejaran en el Liceo [en referencia a una de las villas de la cual provienen], porque estamos tirados acá adentro, no tenés salida para ningún lado… (remarcado por mí).

Esta oposición adentro-afuera denota la percepción de las múltiples fronteras que configuran el territorio: geográfica (estar fuera de la avenida Circunvalación); material-arquitectónica (el arco de ingreso al barrio); simbólica (la denominación de barrio-ciudad), y social (derivada de la posición que ocupa este grupo en el espacio social).

Como plantea Segura (2006), dichas fronteras modelan la vida social de estas familias, la cual se estructura y depende, en gran medida, de la movilización de (escasos) recursos y la elaboración de variadas estrategias para atravesarlas con el fin de acceder a bienes y servicios que en el barrio son escasos o directamente inexistentes -como trabajo, salud, educación, recreación- y que son necesarios para la reproducción de las condiciones de vida.

Distancia de los espacios de centralidad y prácticas de desplazamiento

Segura (2012) sostiene que para reconocer los procesos de desigualdad social y urbana es fundamental analizar las prácticas de movilidad de los sujetos. Dichas prácticas son necesarias para obtener recursos y satisfactores para la reproducción cotidiana de las familias. Si bien los vecinos de este barrio residen en una de las áreas específicas de la ciudad, en la que la pobreza es homogénea, el barrio (desde una perspectiva espacial) se encuentra aislado del entorno urbano y presenta ciertas barreras para la movilidad. Al no ser un ámbito relativamente autosuficiente, sus habitantes no permanecen encerrados en él, sino que deben invertir mayores recursos económicos y tiempo para trasladarse hacia los lugares que les permiten obtener los bienes, recursos y servicios que necesitan.

Sin embargo, los atributos de la distancia no son únicamente cuantitativos. Además de la distancia física, hay que contemplar otros aspectos geográficos, como la modalidad de localización -abierta o cerrada, continua o discontinua, accesible o inaccesible- y las vías y los modos en que la distancia se suprime; es decir, las formas y los medios disponibles de desplazamiento (Segura, 2012).

Con estos atributos en mente es posible comprender que la distancia, la localización del barrio -fuera de la avenida Circunvalación-, así como su arquitectura -en donde el arco de ingreso es su única salida-, representan barreras para el desplazamiento de los habitantes. Hannerz (1986) ha identificado distintos dominios urbanos que implican la movilidad de las personas en la ciudad como el dominio doméstico, el aprovisionamiento, la recreación, la vecindad y el tránsito (citado por Segura, 2012). En el caso analizado, el aprovisionamiento prevalece como una de las principales razones para salir del barrio y, además, se encuentran diferencias en estas prácticas en relación con el género y la edad. En general, los hombres se desplazan para trabajar en otros espacios de la ciudad; la mayoría de ellos en sectores cuya mixtura social es mayor. Por su parte, las mujeres son las encargadas de la educación, la salud y el abastecimiento de bienes como alimentos, vestimenta, medicamentos, entre otros. Si bien muchas de las prácticas de desplazamiento son instrumentales -ir a hacer compras, hacer trámites, ir al médico, etcétera-, en otros casos representan estrategias de inversión en el capital cultural y social de los hijos para contrarrestar los efectos del aislamiento que implica quedarse en el barrio.

Estas salidas representan instancias de encuentro con los otros grupos sociales. Como menciona Saravi (2008), en su trabajo sobre la segregación en México, residir en zonas homogéneamente pobres no necesariamente descarta la posibilidad de encuentros con miembros de las otras clases privilegiadas, aunque dichos encuentros sean circunstanciales y muy poco densos.

Asimismo, estas prácticas se diferencian también según la edad de los residentes. Los adolescentes y jóvenes, en especial los varones, de estos sectores sociales son perseguidos por la policía cuando salen de sus barrios, como lo expresa uno de los adolescentes “…está la policía afuera del baldío [refiriéndose al campo lindante al barrio], si le decís que sos de ciudad de los cuartetos […] te agarran ahí nomás”; y una madre de un joven...

... no vieran como los maltratan los policías, el otro día estaba mi hijo en la plaza y los maltratan que se tienen que ir a la casa, que no pueden estar ahí, no pueden estar en ningún lado, ni en la plaza, ni en la vereda, a mi otro hijo venía de trabajar con ropa de trabajo y lo pararon y lo empezaron a revisar de punta a punta… es un desastre.

Este tipo de política de control hacia los jóvenes no es novedosa; se encuadra en la doctrina de la “tolerancia cero”, impulsada desde Nueva York y difundida a nivel mundial. Wacquant (2004) la define como un instrumento de legitimación de la gestión policial y judicial de la pobreza que molesta; es decir, la visible, la que provoca incidentes y desagrados en el espacio público y alimenta, por tanto, el sentimiento de inseguridad. En la provincia de Córdoba, este tipo de accionar de la policía se encuentra justificado por la aplicación del Código de Faltas9 que, a través de la figura del merodeo, controla y limita la libertad de circulación de jóvenes pobres de los barrios con mal prestigio, en términos de Sabatini y Cáceres (2004). Esto representa otra barrera para la movilidad de los jóvenes, lo que lleva a que muchos prefieran no salir del barrio.

Las expresiones de las personas entrevistadas dan cuenta de las dificultades que encuentran los jóvenes de los sectores de bajos ingresos para circular, no solo por la ciudad, sino también por su barrio. Esta barrera reduce sus perspectivas de accesibilidad a los recursos que brinda el espacio urbano. Al mismo tiempo, permite comprender cómo la asociación entre una representación social negativa -construida en torno a la etiqueta “joven, pobre y peligroso”- y la política policial represiva moldea, no solo las representación de su lugar en la ciudad, sino también las prácticas de confinamiento o encadenamiento (Bourdieu, 1999).

El estigma de habitar la “ciudad del tunga-tunga” 10

Wacquant (2007) plantea que los estigmas territoriales son fuente de desventajas y, al mismo tiempo, instrumentos de diferenciación social; sobre todo, son la expresión de una violencia simbólica que reproduce y consolida las relaciones de poder y las desigualdades de la estructura social. En el caso estudiado, el aislamiento del barrio del resto de la ciudad no solo es entendido por los entrevistados como una separación física, geográfica, sino también simbólica, atribuida al nombre del barrio. Marta, una militante con larga trayectoria en la villa Chateau y ahora en el barrio, nos comentó sobre el conflicto surgido por la denominación del mismo. Como resultado de un proceso participativo que desarrollaron los vecinos para elegir un nombre que lo representara, y por lo tanto a ellos mismos, se eligió “29 de mayo”, en honor a la fecha en que le fueron adjudicadas las viviendas. Sin embargo, un día, el gobernador José Manuel de la Sota11 se presentó en el barrio para inaugurarlo como “Ciudad de los Cuartetos”, lo cual generó descontento y reclamos por parte de los vecinos,

… un día veíamos que levantaban un cartel, ahí atrás de la escuela y ahí vimos Ciudad de los cuartetos, nos pusimos re locos, porque habíamos elegido el nombre y vino hasta el gobernador a inaugurar y le dijimos que era muy arbitrario, al nombre ya lo elegimos nosotros, y bueno, tanto quilombo que le hicimos que tuvieron que agregarle al cartel 29 de mayo, pero fue horrible […] más allá que nos gusta la música de cuarteto, es como que te discriminan, entendés, y más que se llama ciudad, ellos nos quieren lejos, quieren que hagamos todo acá.

Esta expresión evidencia un claro reconocimiento de la vecina acerca de la decisión política de sostener la diferenciación social en el territorio, al trasladar a la población villera a la periferia y producir los nuevos territorios de los barrios-ciudad, cuya arquitectura distintiva contribuye también a mantener las diferencias simbólicas.

Las relaciones sociales de la villa con otros sectores de la sociedad remiten a un proceso que se va redefiniendo a lo largo del tiempo (Peux 2003, citado por Bermúdez, 2009). En el caso analizado, se evidencia de qué manera, en estas redefiniciones, la política de vivienda ha desempeñado un papel central en la construcción de las representaciones sociales en torno a la figura del “habitante de un barrio-ciudad”. A partir de la relocalización de las villas y la configuración de los nuevos territorios de los barrios-ciudad, también se van re-configurando los estigmas construidos en torno al estereotipo de los villeros, que si bien ahora ya residen en un barrio, todavía son discriminados. Como señalan los entrevistados:

- J. […] cuando decís ciudad de los cuartetos te miran con una cara, pero bueno, yo digo 29 de mayo que nadie lo conoce, en cambio vos decís ciudad de los cuartetos, ciudad angelelli, ciudad de mis sueños, y es como que te marcan un poco[…]

A -Por qué crees que se produce eso?

-J. Y porque dicen que los barrios ciudades vienen de la villa, y entonces ahí te ponen, te marcan […] (Jesica)

En su trabajo, Saraví (2008) expone que el hecho de que estos estigmas territoriales generen la ilusión de estar escindidos de la estructura social es significativo, pues pareciera que se trata de una desigualdad naturalizada. En el trabajo de campo pudimos percibir que existe una clara apreciación de esta desigualdad por parte de los sujetos depositarios de dichos estigmas. Si bien los entrevistados no identifican las causas estructurales de esta diferenciación, son conscientes del hecho de ser estigmatizados debido a la evidente relación entre las representaciones sociales que se construyen en torno a ellos (los pobres, los villeros, etc.) y las prácticas desarrolladas por los otros, los que “viven mejor que ellos” , en palabras de Marcos.

En este sentido, el que los vecinos reconzcan la carga simbólica del nombre de su barrio, “Ciudad de los Cuartetos”, y sean conscientes del hecho de ser portadores de estigmas territoriales -que, en palabras de Saraví (2008), hacen presente, remarcan, establecen y afirman que no somos todos iguales- los conduce a desarrollar ciertas estrategias de ocultamiento de su lugar de residencia. Como nos explica Jesica, “yo digo que soy de 29 de mayo, que nadie lo conoce […]”. En otros casos, cambian el domicilio en el documento nacional de identidad reafirmando, en la práctica, la denominación elegida por los propios vecinos.

De esta manera, cuando es posible, buscan sortear el estigma que opera en su contra para la obtención de ciertos recursos ocultando su pertenencia territorial; por ejemplo, en el caso del empleo, en palabras de Gustavo, “… si sos de acá ya creen que vas a robar, ja, ja, ja…”; o de Gisela,

…si vos decís “Ciudad de los Cuartetos” como que te miran de a dónde viene esta […] a mi marido le pasó cuando quiso entrar a trabajar en un country, no lo tomaron […].

Sin embargo, como se vio en párrafos anteriores, en muchos casos el acceso a servicios (de transporte o de emergencias) es inminentemente territorial. El hecho de vivir en un barrio etiquetado como “zona peligrosa” o “zona prohibida” obstaculiza dicho acceso. Como plantea una de las vecinas,

[…] lo que pasa uno que no tiene un vehículo para salir, se te enferma un chico a la madrugada o tenés que salir por una urgencia, no podes salir de acá, los remis no quieren entrar, y depende que algún vecino te quiere hacer un favor, me entendés, es como que está muy distanciado […] (Gisela).

La casa, “mi” vida

Si bien la vivienda se considera un servicio de bienestar para las familias, en este apartado se presenta el sentido y significado que los vecinos del barrio construyen en torno a la misma, ya que representa un aspecto central en su vida cotidiana, como espacio de contención y reproducción social. Bourdieu (2001) plantea que la palabra con la que se designa a la vivienda y al conjunto de sus habitantes, la casa (maison), es indisociable del hogar (maisonnée), en tanto grupo social duradero, y del proyecto colectivo de perpetuarlo. Asimismo, su carga simbólica es muy importante, ya que se vincula con el posicionamiento social de los grupos; por ejemplo, en este caso, los pobladores pasaron de ser ocupantes en la villa a propietarios en el nuevo barrio.

En este sentido, recuperamos el planteo de Lindon (2005) sobre “el mito de la casa propia”.12 Los resultados de sus investigaciones en la periferia de México muestran que, aun en condiciones de pobreza y exclusión social, este ideal mantiene un fuerte arraigo en los imaginarios compartidos. Cuando este tipo de ideales se extiende y diferentes grupos se lo apropian, en ese proceso de apropiación se da una resignificación. Así, el ideal se redefine y toma contenidos específicos, aunque muchas veces suele mantener parte de los contenidos originales. El mito se construye en torno a la casa, que no es cualquier espacio. Se trata de un espacio íntimo de alto contenido simbólico, condensador de sentidos; pero también uno básico, que ubica al ser humano de una manera particular en el mundo.

En este sentido, los vecinos entrevistados dan cuenta del cambio que implicó la posibilidad de tener una nueva casa, en un barrio con servicios públicos:

[…] acá tenemos agua, en la villa no. Allá teníamos que acarrear, agua, o esperar que venga el camión, acá tenemos luz (…), yo donde vivía en la villa no era una así como esta casa, era una piecita chiquita… en cambio acá, una que ya es mi casa, los chicos tienen sus piezas, todo […] (María, remarcado por mí);

… me gusta, me gusta el barrio, porque tenés bien instalada la casa, es cómoda, es cómoda, tengo todo lo que una persona anhela, tenés todo bien instalado, tenés agua, en comparación a la villa estamos diez mil veces mejor hablando de la casa […] que es algo, es algo impagable, hay algunos que no lo valoran pero, si yo hubiera tenido que comprar una casa hecha, no sé, no me hubiera alcanzado la vida […] (Graciana).

En estas expresiones se puede identificar una alta estima hacia la casa propia. Lo anterior es consecuencia tanto de su capacidad para compensar las exclusiones sociales que viven, como de la seguridad que otorga a su propietario, lo cual también está relacionado con el sentido de “idea de progreso”. Todo ello se va conformando a partir de una comparación constante con la antigua casa de la villa y, en esa valoración, se recupera una memoria sobre la casa, en la que confluyen lo vivido actualmente con las otras casas. La seguridad que brinda a los pobladores el hecho de ser propietarios hace que en ella también se incluyan los proyectos futuros de sus habitantes, no solo su pasado y su presente, de acuerdo a las consideraciones de Lindon (2005).

En la medida de las posibilidades económicas y debido a las condiciones de hacinamiento en la que residían las familias, las principales modificaciones que realizaron los vecinos a las viviendas estuvieron dirigidas a ampliar las dimensiones con nuevos dormitorios. Una estrategia residencial fue la densificación del lote con la construcción de nuevas viviendas en los patios, destinadas a albergar a las familias de los jóvenes que no tenían acceso a terrenos propios.

Cabe destacar que la valoración de la casa que realizan los vecinos, que como hemos dicho es positiva, se encuentra fragmentada al territorio barrial, es decir, se valora la casa propia pero no el entorno. Las razones se deben a lo que mencionamos anteriormente: localización aislada, fuerte estigma del barrio, dificultades de acceso a servicios básicos, entre otras. En muchos casos, los vecinos preferirían que sus viviendas estuvieran en otros barrios, ya sea en los territorios en los que residían anteriormente o en nuevos barrios de vivienda social, con una mejor ubicación respecto a la ciudad, como el de Ciudad Juan Pablo Segundo;13

-A. ¿Te gusta vivir en este barrio?

-R. Y… sí, ja, ja, sí porque tenemos la casa acá, no nos quedó otra, si tuviera la oportunidad de irme a otro lado me voy.

-A. ¿A qué barrio te irías?

-R. Donde yo vivía antes, a Acosta.

-A. ¿Qué te gusta de allá?

-R. Y todo, que tenés todo cerca, no como acá… (Rocío)

[…] y si me dicen te doy una casa, para allá me voy, es lo mejor para mis hijos […](Daniela)

En las expresiones de las vecinas se puede apreciar una fuerte valoración sobre la casa propia. “La posesión de la casa se vive como muy meritoria y valorada por las particulares condiciones biográficas de las cuales parte el sujeto: las carencias” (Lindon, 2005: 4). Esto conduce a una forma de habitar que se reduce al micro-lugar; es decir, la casa es su lugar, pero ese sentido no se hace extensivo al entorno. El espacio barrial se concibe como negativo, con el cual no se puede construir una identidad basada en la pertenencia. El proceso de territorialidad, como apropiación por derecho -de hecho y afectivamente- se encuentra delimitado al espacio de la casa, sin que ese sentido se pueda transferir al espacio del barrio.

Lo anterior se relaciona con la modalidad de producción del territorio barrial y la relocalización de las familias en el mismo. La política de vivienda implementada desarrolló la construcción de proyectos idénticos -en lo referente a tipologías, diseño de espacios verdes y de equipamiento, etcétera- de los “barrios-ciudad”, sin reconocer los rasgos culturales e identitarios ni las necesidades habitacionales y de locación de los futuros pobladores. Por lo tanto, la participación de los vecinos en la producción de su territorio ha sido escasa; se ha limitado a la aceptación de ser trasladados, frente a la amenaza del desalojo de la villa y a las posibilidades de progreso que implica tener una casa propia. Esto aparece en las expresiones de los vecinos cuando expresan que “nos tiraron acá”, “nos trajeron y ahora estamos olvidados”, lo cual da cuenta de una compleja construcción de la subjetividad sobre la experiencia de habitar este territorio, que oscila entre la conformidad en relación con la casa y la sensación de encierro y abandono que genera estar en un lugar aislado de la ciudad.

En este sentido, la relación que los habitantes construyen con el territorio es difusa y está vinculada a la imposibilidad objetiva de acceder a otra vivienda. Los adultos entrevistados se piensan en un futuro en ese mismo lugar; sin embargo, imaginan la posibilidad de habitar otros espacios, otros barrios. En el caso de los adolescentes que crecieron en este barrio, si bien tampoco están a gusto -debido al fuerte estigma asociado al mismo y a la sensación de “encierro”- no se plantean la posibilidad de modificar su residencia. No logran imaginarse en otro lugar, con resignación plantean que “ya hace años” que viven allí. Como expresa Gustavo, ya estamos acostumbrados, acá estamos muy lejos de todo […] estamos tirados acá adentro, no tenés salida para ningún lado […]” A diferencia de los vecinos de mayor edad que han habitado antes otros espacios y experimentado las posibilidades que brindan otros territorios, los adolescentes solo saben lo que es vivir ahí, y eso imposibilita que puedan pensarse en otro lugar.

Más allá de estas diferencias en la construcción de las representaciones en torno al barrio, y retomando las ideas de Bourdieu (1999), identificar aquellos en los que quisieran residir -donde estaban las villas o en barrios de vivienda social- o la imposibilidad de pensarse en otro territorio permite apreciar la manera en que se inscribe el espacio social en las estructuras espaciales y en los habitus. Esto, a su vez, nos permite comprender la incorporación -a nivel subjetivo- del lugar que los pobres pueden y deben ocupar en la ciudad, el cual configura las representaciones de lo posible y lo imposible para este grupo social.

Reflexiones finales

Las representaciones sobre el territorio nos permiten comprender los significados que los sujetos construyen respecto a la ciudad y a su barrio. Dicha construcción se realiza en relación con la identidad social del sujeto, según la posición que ocupe en el espacio social y las condiciones objetivas del territorio analizado. Así, “Ciudad de los Cuartetos-29 de mayo”, es resultado de una política pública de vivienda social a través de la cual el Estado ha construido territorios homogéneos con una arquitectura diferenciada -por tipología, colores de las viviendas, espacios públicos y arcos de entrada con la denominación de “barrios-ciudad”- dirigida a los pobladores de las villas, se constituye en una marca simbólica que reproduce y profundiza la segregación socioterritorial.

Para los entrevistados, el territorio barrial es un lugar de encierro, de abandono, que se encuentra limitado, etcétera. Se trata de un adentro que imposibilita y dificulta el acceso a un conjunto de oportunidades vinculadas a la ciudad y la vida urbana. Esto no solo por la localización periférica y aislada del barrio, sino también por las otras fronteras -arquitectónicas, simbólicas y sociales- que los habitantes deben atravesar para acceder a bienes y servicios ausentes en él. Las condiciones de vida en el nuevo territorio han representado, por lo general, mejoras en la situación habitacional de las familias; sin embargo, el aislamiento ha implicado para los vecinos una importante inversión en tiempo y recursos económicos para movilizarse hacia los lugares donde pueden obtener esos bienes, recursos y servicios de los que el barrio carece.

Más allá de la localización periférica y desarticulada de la ciudad, otro aspecto central que dificulta el acceso a los servicios es el estigma territorial asociado al barrio, en el cual se identifica a este como “zona roja”. Los vecinos cargan -de manera consciente- con este estigma, el cual ha sido motivo de disputas, entre otras razones, por su denominación. Los habitantes lo llamaron “29 de mayo”, reconociendo con ello la marca simbólica negativa que representa la denominación “barrio-ciudad”. De esta manera, la política de vivienda ha incidido en la configuración de las representaciones sociales en torno a la figura del “habitante de un barrio-ciudad”. A partir de estos nuevos territorios, se han reconfigurado los estigmas construidos en torno al estereotipo de los villeros, que todavía son discriminados, aunque ya residen en un barrio.

En relación con la valoración que hacen los vecinos de su territorio, esta es negativa debido a las razones ya mencionadas: la localización aislada, un fuerte estigma del barrio, dificultades de acceso a servicios básicos, entre otras. En muchos casos, preferirían que sus viviendas estuvieran localizadas en otros barrios. Esto lleva a una forma de habitar que se reduce al micro-lugar de la casa, altamente estimado, lo cual impide la construcción de una identidad de pertenencia al mismo. El proceso de territorialidad, como apropiación por derecho -de hecho y afectivamente- se encuentra delimitado solo en la casa, sin que se puedan transferir estos sentidos al territorio. Así, las representaciones de los entrevistados sobre la experiencia de habitar este territorio oscilan entre la conformidad por tener la propiedad de la casa y la sensación de encierro y abandono que genera estar en un lugar aislado de la ciudad.

El abordaje que presentamos y los resultados obtenidos nos ayudan a comprender la importancia de la dimensión subjetiva en los procesos de segregación, ya que se convierte no solo en una fuente de desventajas, sino también en instrumentos de diferenciación y de sostenimiento de las desigualdades sociales.

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1Según los autores, el concepto de experiencia “implica la vinculación entre, por un lado, los horizontes de saberes y valores (las visiones del mundo) y por el otro, la dimensión de las prácticas sociales, ancladas en contexto situacionales” (Duhau y Giglia, 2008: 22).

2 La ciudad de Córdoba (capital de la provincia de Córdoba) es reconocida como la segunda ciudad con mayor cantidad de habitantes de Argentina, después de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y registra, según el Censo Nacional de 2010, 1’315,423 personas.

3 Hacemos referencia a asentamientos informales que se comenzaron a producir en Argentina, a partir de la década de 1940, debido a los procesos migratorios del campo a la ciudad, en el marco de la política económica de industrialización por la sustitución de importaciones. Término análogo a favelas, en Brasil; campamentos, en Chile, o colonias en México.

4 Se trata de un río que atraviesa la ciudad de Córdoba de norte a sur. A partir de los años sesenta, numerosas villas comenzaron a producirse en sus orillas, ya que son terrenos públicos del estado provincial, lo que representaba menor riesgo de desalojo.

5 Esta fecha es significativa para la ciudad y el país, ya que el 29 de mayo de 1969 se desarrolló una jornada de resistencia, a nivel nacional, encabezada por el movimiento obrero y estudiantil contra la dictadura militar gobernante, que fue reconocida como “el Cordobazo”. La pueblada debilitó al gobierno militar y fue uno de los factores que llevó a la renuncia de Juan Carlos Onganía al año siguiente, lo que dio paso a una salida electoral que terminó concretándose con las elecciones de 1973.

6 El cuarteto es un género de música popular oriundo de la ciudad de Córdoba que se caracteriza por un ritmo alegre y activo. Por lo general, es asociado casi exclusiva- mente a los sectores populares.

7Se realizaron quince entrevistas, ya que los nuevos contactos no aportaban aspectos hasta entonces no tratados y expresados por los entrevistados.

8Hace referencia a la avenida Circunvalación, que es un anillo de circulación rápida. Esta avenida fue pensada como un cinturón que preveía limitar el crecimiento de la ciudad. Sin embargo, nunca se terminó de construir y la expansión urbana supero sus límites.

9Es una ley provincial que permite a la Policía detener a un ciudadano mientras comete alguna contravención. El objetivo es prevenir delitos y castigar conductas que perjudican la vida cotidiana y así facilitar la convivencia. Sin embargo, se critica el hecho de que su aplicación sea arbitraria e inconstitucional. Desde hace diez años, el día 18 de noviembre se realiza la “Marcha de la Gorra”, organizada por el Colectivo de Jóvenes por Nuestros Derechos. En la última marcha, participaron aproximadamente diez mil personas bajo el lema “¿Cuánto más? El Estado es responsable”.

10Así denominó al barrio una de las vecinas durante la entrevista. El “tunga-tunga” hace referencia a la música de cuarteto.

11Gobernador de la provincia de Córdoba durante el periodo en el que se ejecutó la política pública de vivienda social a la que se hace referencia en el trabajo.

12 Lindon (2005: 6) trabaja desde la noción de mito como “una verdad construida dentro del mundo de la fantasía que goza de extraordinaria estima o valoración, que lleva una fuerte carga emotiva y que define una forma de vínculo con lo material y lo externo al sujeto”.

13Es un barrio construido por la misma política pública de vivienda social, con la diferencia que su localización, si bien es periférica, se encuentra inserto en el tejido urbano, con la colindancia de otros barrios.

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