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Cultura y representaciones sociales

versão On-line ISSN 2007-8110

Cultura representaciones soc vol.10 no.19 México Set. 2015

 

Artículos

 

Mensajes a la izquierda de ayer y a la de hoy

 

Messages to the old and new Left

 

Guy Bajoit*

 

* Profesor emérito de sociología de la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica.

 

Resumen

La izquierda de hoy tiene que enfrentar, a mi parecer, dos desafíos: saber sacar provecho de la herencia de la izquierda de ayer sin cometer los mismos errores, y saber adaptar sus luchas a las nuevas relaciones de clases en las sociedades actuales.

Palabras clave: Nueva izquierda, clases sociales, ecologismo, antiimperialismo, democracia.

 

Abstract

Nowadays the Left faces, from my point of view, two challenges: to be able to take the advantages of the heritage of the old Left without committing the same mistakes, and be able to adapt its struggles to the new class relationships in contemporary societies.

Key words: New Left, social classes, environmentalism, anti-imperialism, democracy.

 

Aprender las lecciones de la historia de la izquierda

El proyecto de la izquierda es una utopía

Ser de izquierda, hoy como ayer, es tener la profunda convicción de que todos los seres humanos tienen igual valor, y actuar en conformidad con esta convicción. Es, por ende, combatir toda forma de dominación en toda relación social. Esta convicción es una utopía, en el buen sentido de la palabra: un horizonte inalcanzable, pero altamente deseable, hacia el cual se puede avanzar, sabiendo que nunca se lo alcanzará y que siempre habrá que empezar de nuevo.

Se trata de una utopía, pues es tal la lógica de los intercambios sociales entre los humanos, tal como ellos son, que toda relación social tiende siempre a instaurar una desigualdad y, en consecuencia, una dominación entre los actores implicados. Dicho de otro modo: para que una relación social sea igualitaria, es necesario que el actor que puede ser dominante se niegue voluntariamente a serlo (caso bastante poco frecuente) y/o que aquel que está dominado se defienda con firmeza de ello (no es siempre el caso); si no, terminará por instaurarse entre ellos una relación de dominación. Esta constatación me parece suficientemente ejemplificada por las observaciones empíricas como para considerarla verdadera, tanto en el pasado como en el presente, en cualquier cultura, ya sea que los actores sean hombres o mujeres, blancos o negros, jóvenes o viejos, creyentes o no creyentes... ¡y aun cuando estén muy enamorados uno del otro! Dicho de otro modo, nada detiene la dominación social, salvo la acción solidaria de los mismos dominados. Esta constatación sigue siendo cierta, incluso cuando los actores relacionados son gente de izquierda. De hecho, el riesgo de ver entre ellos desigualdad y dominación no es tanto mayor, sino más artero. Puesto que son de izquierda, efectivamente nadie espera —ni siquiera ellos mismos— ver la lógica de las relaciones sociales ganando sobre sus buenas intenciones y gangrenando ahí su acción. Sin embargo, cuando una fuerza de izquierda toma el poder, resulta necesario ser más cuidadoso que nunca. Ser de izquierda es una utopía, hasta para la izquierda misma, tal como la historia no dejó de demostrárnoslo. Nadie es naturalmente portador de "virtudes revolucionarias": ninguna clase social, ningún partido, ningún líder. Olvidar esta lección es condenarse a sí mismo a luchar, a sufrir, a morir, por nada.

Justicia y democracia van de la mano

La izquierda de ayer cometió el error de subestimar el valor de la libertad (valga decir, de la democracia política) y de apostar todo sobre la igualdad (por ende, sobre la justicia social). No entendió entonces la complementariedad de estos dos valores, pues una y otra van de la mano. Si es cierto que la democracia solo tiene sentido en una sociedad justa (¿qué significa, en efecto, para los dominados?), lo contrario es también cierto: la justicia social solo puede ser garantizada por la democracia política. Efectivamente, fuera de todo constreñimiento a respetar la democracia, los dirigentes de la economía y del Estado, sean de derecha o de izquierda, escapan a todo control y se vuelven rápidamente dominantes (en virtud de la lógica de las relaciones sociales), al instaurar en su beneficio ciertas injusticias bajo la protección de unos Estados que serán, de ser necesario, totalitarios.

El régimen de la democracia política y social —que es también una bella utopía— constituye para los dominados la única garantía de que tendrán derecho a unirse, organizarse, expresar sus reivindicaciones, ejercer sus presiones y garantizar, de este modo, que los dominantes siempre serán controlados, criticados y, de ser necesario, reemplazados sin que puedan recurrir a la fuerza física represiva. La izquierda no tendría que olvidar nunca más esta dura lección de su propia historia.

Elegir la vía más eficaz

Ante una situación de privación, no todas sus víctimas participan necesariamente de los movimientos sociales que luchan contra ésta. Las más de las veces quedan pasivas y solo lucha una minoría. La construcción de una acción colectiva es, en efecto, un proceso lento y difícil. Primero hace falta que los "privados" se sientan "frustrados", luego que estén "movilizados", y al final, "organizados". Además, entre aquellos que llegarán a organizarse, no todos se comprometerán con el mismo movimiento, ya que a la vez pueden separarse en varias estrategias diferentes, según su grado de radicalismo. El ejemplo del movimiento obrero es particularmente significativo. Aparte de todos aquellos que soportaron la dominación burguesa sin cuestionarla, quienes se comprometieron en el movimiento se dividieron en cuatro tendencias. Unos prefirieron negociar con los patrones, esperando así mejorar su situación (sindicalismo participativo), otros quisieron imponerles sus reivindicaciones por la fuerza usando, entre otros medios, la huelga (sindicalismo reivindicativo), algunos eligieron crear sus propias empresas (autogestión, cooperativismo), y otros consideraron que la única solución era suprimir totalmente la propiedad privada (revolución). Estas cuatro tendencias se pelearon entre sí, dividiendo de este modo la fuerza del movimiento obrero y del socialismo. Ahora bien, estas vías no tuvieron la misma efectividad en la lucha contra las consecuencias nefastas del capitalismo. Una de ellas resultó ser más eficaz que las otras: el sindicalismo reivindicativo, relevado por partidos socialdemócratas pudo, al menos en algunos países europeos (sobre todo escandinavos), obligar a la burguesía a ser dirigente y mejorar de este modo las condiciones de los trabajadores y de la población en su conjunto. En cambio, en aquellos lugares donde la izquierda "hizo la revolución", instaurando la "dictadura del proletariado" (dictadura de los dirigentes del partido que pretendía representar sus intereses), se terminó olvidando por completo el interés general que ya nadie garantizaba. La izquierda tiene entonces que deshacerse absolutamente del estigma del reformismo. Con los humanos tales como somos, aquí y ahora, la vía reformista es desde lejos la más eficaz. Me parece que, una vez más, hay una lección que aprender de las luchas de la izquierda de ayer.

La sociedad sin clases es una ilusión

Siempre que una colectividad humana contenga una división compleja del trabajo, habrá necesariamente diversas categorías sociales cuya actividad no consista en producir riqueza económica. A partir de ahí, quienes están a cargo de producir esta riqueza tienen que producir más de la que ellos mismos consumen: es decir, tienen que producir un excedente económico. Así se constituye una clase productora, que llamaré aquí "clase P". Pero, tal como nos lo enseña la historia, no hay "clase P" sin una "clase G", es decir, sin una clase gestora: efectivamente, a partir del momento en el que hay riqueza producida, esta se convierte en objeto de una lucha para su apropiación y gestión. Hubo, a lo largo de la historia, varias maneras para lograr que una "clase P" fuera obligada a trabajar para producir un excedente económico, y varias maneras para que la "clase G" se apropiara y gestionara este excedente: el esclavismo, el feudalismo, el capitalismo, son algunos, entre muchos otros, de los ejemplos de "modos de producción". Si se acepta lo recién dicho, hay que deducir de ello cuatro conclusiones que la izquierda de ayer —en su mayoría por lo menos— no supo sacar.

a. La existencia de clases sociales es a la vez un mal necesario y un bien. Un mal necesario, porque en las sociedades con división del trabajo complejo, la única manera de producir un excedente es extraerlo de la fuerza de trabajo de una "clase P". Pero también un bien, porque la producción de tal excedente es, gracias a su redistribución, indispensable para mejorar las condiciones de vida del conjunto de la colectividad: sin excedente, aquella no podría sobrevivir sino en las condiciones de precaridad de una economía de supervivencia. De ahí que la afirmación que sostenía que las sociedades llamadas "comunistas" serían "sociedades sin clases" no es sino una racionalización ideológica que permite a los dirigentes del partido en el poder (la "clase G") negar la existencia de las clases sociales y reprimir, a menudo muy duramente, las reivindicaciones del movimiento social de su "clase P".

b. Lo que está en juego de manera esencial en las luchas de clases no es la manera de extraer el excedente de la fuerza de trabajo de una "clase P" (ya que de todas formas, hay que producir uno), sino el uso social que hace de este excedente la "clase G". Sea cual sea el modo de producción, dicha clase puede, en efecto, hacer un uso dominante, al malversar el excedente para satisfacer exclusivamente sus intereses particulares y dejar por completo de lado el interés general (explotar al máximo el trabajo de la "clase P" y reprimirla, no pagar impuestos y no redistribuir nada en políticas sociales y públicas). Pero también puede hacer un uso dirigente, poniendo el excedente al servicio del interés general y del bienestar de todos. No obstante, este tipo de uso se dará solo si la fuerza del movimiento social y la política de la "clase P" la obliguen a hacerlo.

c. Pretender suprimir la "clase G" es un objetivo necesariamente destinado a fracasar, tal como se ha podido comprobar en todas partes a lo largo de la historia. En cualquier caso, apenas podría ser reemplazada por otra. Lo importante es que la "clase P" tenga la fuerza de obligar a la "clase G" a ser dirigente, con independencia del "modo de producción" instaurado. Seamos más claros aún: en sí, un burgués capitalista no es ni mejor ni peor que un amo de esclavos, un señor feudal... o un dirigente de partido revolucionario gestionando una empresa estatal; la única manera de garantizar que se preocupará por el interés general, es obligándolo. Si no se siente obligado, se dejará llevar por la lógica de las relaciones sociales de clases y se volverá dominante (salvo que esté dotado de un sentido cívico excepcional, con el que, por supuesto, es preferible no contar demasiado). De ahí se sigue que la obsesión anticapitalista observable en la izquierda de hoy no sea más que una ilusión sobreviviente de la izquierda de ayer.

d. Para participar hoy en la construcción de una fuerza de izquierda, es indispensable hacer un análisis pertinente de las clases sociales en las sociedades contemporáneas. ¿Qué es hoy en día la "clase G"? ¿De qué modo extrae ésta un excedente económico de la "clase P"? ¿Cómo se lo apropia y lo gestiona? ¿Quién es la "clase P"? ¿Qué está esencialmente en juego en las luchas de clases actuales? ¿Cómo obligar a la "clase G" a preocuparse por el interés general? He aquí preguntas que Marx se hacía en medio del siglo xix. Sus respuestas fueron pertinentes durante décadas, pero ya no lo son hoy, porque en el transcurso de la última mitad del siglo pasado, mutaciones profundas trastocaron nuestras sociedades; tenemos entonces que plantearnos de nuevo estas mismas preguntas hoy.

Estas cuatro lecciones, a fin de cuentas, se resumen en una sola. Lo que llamamos sociedad es un tejido complejo de relaciones sociales. Pero en las relaciones sociales, los actores más pacíficos tienden a dejarse llevar, y los más agresivos a dominarlos. Estos últimos son entonces quienes controlan los desafíos económicos y políticos.

 

Adaptar las luchas de la izquierda a las relaciones de clases de hoy

Para construir un movimiento social fuerte y organizado es necesario analizar correctamente sus cuatro componentes: saber contra quién hay que luchar (¿quién es el adversario?), en nombre de qué hay que luchar (¿qué temas están en juego?), con qué solidaridad se puede contar (¿cuál es la identidad del movimiento?) y cómo hay que llevar adelante la lucha para ser eficaces (¿con qué métodos de lucha?). Ahora bien, las luchas de clases son siempre definidas por la idea que la gente de un lugar y de una época tienen de la "buena vida", es decir, por el modelo cultural reinante. Corresponde entonces preguntarse cuáles son los "bienes" que este modelo cultural designa como legítimos y deseables para nuestros contemporáneos.

Creer en los derechos de los individuos

La izquierda de ayer creía en su propia interpretación del modelo cultural racionalista de la primera Modernidad. Los obreros creían en el Progreso (dominio de la naturaleza por el trabajo, la ciencia y la técnica), en la Igualdad (traducción del Progreso técnico en Progreso social por la redistribución de las ganancias de la productividad del trabajo gracias al Estado de Bienestar) y en el Deber (cumplimiento disciplinado y riguroso de las normas de los roles sociales). Creían también, aunque en una medida menor, en la Razón (la sociedad gobernada por sí misma gracias a la democracia política y al respeto del contrato social) y en la Nación (apego a la Patria, cuyo territorio era el lugar de ejercicio del poder de un Estado soberano). Tales eran los principios que daban sentido a la vida y, de ser necesario, a la muerte. No es que este modelo de cultura haya desaparecido, sino que perdió su credibilidad desde hace más de medio siglo.

Otro modelo reina ahora sobre las conciencias: el de la segunda Modernidad, el modelo cultural subjetivista, con principios y tramas de sentido muy diferentes. El "bien supremo" —el nuevo "dios" que define la "vida buena"— es ahora el derecho de cada individuo a ser sujeto de sí mismo y actor de su vida personal. Más concretamente, la cultura de hoy "dice" a cada individuo: "sé tú mismo", "elige tu vida", "vive con placer y pasión", "sé prudente", "respeta la naturaleza" y "sé tolerante". La clase obrera, sus sindicatos y sus partidos políticos ya no se reconocen en esta tendencia que caracterizan como "individualista", en el sentido de "egoísta". Pero como lo vamos a ver más adelante, la izquierda de hoy no es más egoísta que la de ayer, los valores por los que lucha no son ni mejores ni peores que los que defendía la izquierda de ayer y, en todo caso, la solidaridad de la izquierda de ayer con la de hoy es indispensable.

Saber quién es el adversario

El adversario de la izquierda de ayer era claramente identificado, visible y accesible: el patrón de empresa capitalista, propietario privado de los medios de producción. Explotaba la fuerza de trabajo, la compraba como mercancía en el mercado y le hacía producir un valor de cambio superior al precio que pagaba para comprarla; la plusvalía era la diferencia entre estos dos valores. El patrón capitalista sigue estando aquí y sigue explotando la fuerza de trabajo (sobre todo en países del Sur, donde es más barata), pero ya no es, en tanto tal, aquel que en el mundo de hoy se apropia y gestiona el excedente económico: una nueva "clase G" tomó su lugar, de la cual los patrones no son más que colaboradores.

¿Quién es hoy la "clase G"? La componen tres personajes principales: los prestamistas, los especuladores y los inversionistas, es decir, para designarlos bajo una sola palabra, los financistas. Tienen una sola meta: ¡hacer plata! Exigen una renta anual proporcional a los riesgos que creen enfrentar: muy baja (menos del 1%) cuando están seguros, muy elevada (más del 25%) cuando no lo están. Del dinero que prestan, especulan o invierten depende el buen o mal funcionamiento de la economía mundial. Para ayudarles a alcanzar su meta, disponen de distintos colaboradores fieles y altamente competentes: banqueros, agencias de notación, managers, funcionarios de organizaciones internacionales, agencias de innovación tecnológica y de publicidad. Cada uno cumple un papel muy particular: prestar, especular e invertir el dinero de los financistas, evaluar correctamente los riesgos, gestionar las empresas de manera rentable, presionar los Estados nacionales para que adopten el modelo económico neoliberal, inventar sin cesar nuevos productos para vender, y crear necesidades de consumo. Este "pulpo" de tres cabezas y seis tentáculos tiene bien agarrado el mundo entre sus ventosas.

¿De qué modo este pulpo extrae y se apropia del excedente económico? La rentabilidad que esta "clase G" persigue depende de la existencia de una demanda en los mercados de consumo, es decir, de una clientela, endeudada en la medida de lo posible, obligada a trabajar bajo cualquier condición, para poder comprar bienes y servicios que desea, y reembolsar sus deudas. La manipulación de las necesidades de consumo parece entonces ser el proceso decisivo que permite a la "clase G" generar un excedente económico y apropiárselo: tiene que saber crear en el espíritu de los consumidores una necesidad irresistible de disponer de esos bienes y servicios para existir socialmente. Por supuesto, es preferible que esos clientes tengan plata para pagar, pero si no la tienen, perderán lo que compraron (su casa, su auto, su material), buscarán un trabajo y empezarán de nuevo. Es necesario entonces a la vez manipularlos y endeudarlos para ponerlos en un estado de adicción del cual no podrán escapar. La alienación reside hoy en el consumo.

Defender hoy los logros de ayer

Si existe cierta continuidad entre la izquierda de ayer y la de hoy, se puede encontrar al nivel de sus apuestas:

a. La primera apuesta es el refuerzo de los Estados nacionales y la defensa del Estado de Bienestar (por ende, los logros del movimiento obrero). Es necesario defender el derecho a un empleo estable y la dignidad del salario, en contra de la precarización del trabajo y de la deslocalización de las empresas; defender los "cinco pilares" del seguro social (las jubilaciones, la indemnización por desempleo, el seguro médico y por pérdida de autonomía, las asignaciones familiares y el fondo de vacaciones); defender las políticas sociales de solidaridad con los excluidos; defender las políticas públicas para la educación, la salud, la información, la vivienda, el transporte, la seguridad (bienes que no pueden ser consideradas como mercancías sometidas a las leyes del mercado, porque son indispensables para la igualdad entre todos los ciudadanos). Todos estos logros no pueden defenderse sin haber sido acuñados bajo la forma de leyes, y sin que su funcionamiento concreto esté a cargo de servicios públicos o parapúblicos, bajo responsabilidad del Estado; la izquierda de hoy, tanto como la de ayer, tiene que ser estatal: tiene que reivindicar un "mejor Estado". Ahora, los gastos del Estado solo pueden financiarse gracias a los impuestos, lo que supone que la fiscalidad no sea reducida y que no haya fraude fiscal. Hay que defender esta preciada herencia de la clase obrera porque es la condición sine qua non de la realización de otras apuestas de la izquierda de hoy. Sin embargo, tiene que haber una coordinación al nivel mundial de las intervenciones de los Estados: un Estado, actuando solo, no haría más que endeudarse y, a largo plazo, empeorar la situación de sus propios ciudadanos.

b. La segunda apuesta es la defensa del derecho de cada individuo a disponer de los recursos que necesita para ser sujeto y actor de su vida personal. Gran cantidad de individuos, no solo en las sociedades del Norte, sino también en las del Sur, escuchan esta invitación (repetida sin cesar por los medios de comunicación), pero no disponen de los recursos necesarios para acceder a ella: saben que tienen el derecho, pero también saben que no tienen los medios. Y tienden a menudo a reaccionar a este desfase entre expectativas y realidad replegándose sobre sí mismos, rechazando toda acción social y política, marginalizándose en la contracultura, y hasta en la droga y la delincuencia. Para ser sujeto de sí mismo y actor de su vida personal, hace falta educación y formación profesional, salud y condiciones de vida que la posibiliten, seguridad social y física, tanto en el ámbito humano como en el medioambiente natural. Es también necesario el respeto de las libertades cívicas y de los "derechos humanos" (de los niños, de los jóvenes, de las mujeres, de los adultos mayores, de los homosexuales, de los inmigrantes, de los discapacitados, de los enfermos...) Frente a la ideología neoliberal —que invita cada individuo a ser un consumidor insaciable, un competidor sin piedad y un comunicador conectado en la web (un "individuo ccc —Consumidor, Competidor, Comunicador—", que confunde ser con tener), la izquierda actual defiende la solidaridad del Estado con todos aquellos que no tienen recursos suficientes para ser sujetos y actores de su vida.

Ser ecologista y antiimperialista

Dos otras apuestas se añaden a las que acabamos de listar:

c. La tercera es la preservación del medioambiente natural. Con el advenimiento del modelo cultural subjetivista, cambió la relación con la naturaleza. Ayer, todo el mundo (los científicos en primera línea) querían transformarla, explotarla, dominarla; hoy, todo el mundo (los científicos en primera línea) está convencido de que tiene límites que no pueden ser traspasados. Más que el Progreso, la gente quiere hoy vivir en un medioambiente natural sano, seguro, y legar a las generaciones futuras un planeta habitable. A partir de la década de 1980, la ecología se volvió una causa política, y la izquierda de hoy tiene que ser ecologista, lo que significa entre otras cosas la necesidad de promocionar una limitación voluntaria del crecimiento económico de los países del Norte. Efectivamente, si los siete mil millones de individuos que pueblan actualmente el planeta dispusieran de un PIB per cápita equivalente al que dispone la población de los países más ricos, el planeta se derrumbaría. La solución ecológica no puede proceder entonces más que por un reequilibrio de las riquezas entre países ricos y países más pobres, ya que tal desigualdad de desarrollo no solo es ilegítima e intolerable, sino también, por supuesto, insostenible. Ella se encuentra, de hecho, cuestionada por los países emergentes.

d. La cuarta apuesta es el antiimperialismo. La izquierda de ayer, recordémoslo, no siempre fue antiimperialista: se acomodó a menudo con la colonización y, más adelante, prefirió hacer la vista gorda sobre el imperialismo, sobre todo si era en nombre del socialismo. La izquierda, hoy, debe ser más crítica y tener un análisis más justo de las relaciones de hegemonía. El imperialismo es, en efecto, más antiguo que el capitalismo: por mucho que haya pretendido cristianizar, civilizar, desarrollar, socorrer y aliviar la pobreza, siempre saqueó las riquezas de los países dependientes. Ser antiimperialista hoy es combatir los "métodos" que usan los capitalistas financieros para extraer de la fuerza de trabajo de las poblaciones del Sur buena parte de los excedentes que se apropian y gestionan. Usan hoy tres métodos: instalan sus "talleres" en los países del Sur (deslocalizando para ello empresas instaladas en el Norte); les imponen un modelo económico neoliberal puro sin piedad (ajustes estructurales), y los endeudan para hacerlos dependientes de los mercados financieros privados.

Tales son, a mi modo de ver, las cuatro apuestas de clase, en nombre de las cuales es posible, aquí y hoy, movilizar la mayoría de los movimientos sociales. Podrían resumirse en una sola: es indispensable hoy conquistar de nuevo el control (que hemos perdido) de la actividad económica, sabiendo que el papel de actor económico no se limita al de productor; puede también incluir el de ahorrista, el de quien tiene un crédito, el de defensor de los bienes comunes, el de usuario de los servicios públicos, el de habitante del planeta, el de usuario de redes, el de consumidor de bienes y servicios.

Saber sobre qué identidad basar la construcción de solidaridad

Hay que plantear dos preguntas aquí: ¿quién es la "clase P" del modo de producción capitalista neoliberal mundializado? y ¿cómo construir una solidaridad organizada y duradera entre sus miembros?

Para responder, lo mejor es escuchar el discurso dirigente de la "clase G", que deja siempre ver lo que considera como estratégico para poder reproducirse y ampliarse gracias al modo de producción que controla. Pues bien, ayer ella hablaba de Progreso técnico y social, que justificaba la participación de la clase obrera en la producción y en la acumulación de plusvalía; hoy habla de "protección de los consumidores" (gracias a la competitividad que bajaría los precios y aumentaría la calidad de los bienes y servicios) y de "responsabilidad social y medioambiental de las empresas". En el primer caso, explotar la fuerza de trabajo es lo estratégico para la "clase G"; en el segundo, explotar el apetito de consumo.

¿Quién es, entonces, la nueva "clase P"? La identidad de la "clase P" de ayer era clara. Sus miembros eran ante todo proletarios y, por extensión, el conjunto de los trabajadores: todos aquellos cuya fuerza de trabajo produce riqueza económica. Hoy, la extracción del excedente económico depende de la manipulación de la demanda de una clientela en los mercados de consumo de bienes y servicios. La nueva "clase P" se constituiría así del conjunto de individuos cuyas necesidades se encuentran manipuladas de ese modo, particularmente sus necesidades culturales (educación, salud, información, diversión, bienestar psíquico, libertad de elección, respecto de los derechos individuales, seguridad social y física).

¿Cómo construir la solidaridad de esta nueva "clase P"? Si queremos movilizar sujetos oprimidos en un proyecto de lucha social, es necesario proponerles una identidad que puedan reivindicar con orgullo. Para los obreros de ayer, aquella se fundaba sobre su común contribución a la creación de riqueza colectiva por medio de su trabajo. Tal solidaridad, que tardó un siglo en constituirse, sigue existiendo y es muy importante preservarla. Sin embargo, habiendo cambiado el modo dominante de extracción de excedente, y con ello también la "clase P", es menester reconstruir esta solidaridad con base en otro criterio. ¿Dónde estaría ese criterio que puede fundar el orgullo que solidarice la nueva "clase P"? Se encontraría siempre en su común contribución a la riqueza colectiva, pero esta vez ya no a través de su trabajo, sino por medio de su participación al consumo. Por supuesto, el consumo no produce directamente la plusvalía, pero se volvió, con la evolución del capitalismo, la clave de la acumulación del capital y de su apropiación por parte de la "clase G". Explotar el trabajo dejó de ser el problema central de esta clase —la productividad del trabajo es más fuerte que nunca, y dispone de un "ejército de reserva" de trabajadores sinfín del Sur y del Norte—; su preocupación mayor es más bien cómo vender todos los bienes y servicios que es capaz de producir.

Sin embargo, la formación de una solidaridad tal entre "clientes" se topa al menos con dos escollos, que encuentran su origen en el modelo cultural subjetivista imperante.

El primero proviene de la relación de los individuos con la organización. Quienes conforman esta nueva "clase P" aborrecen el control social de los grupos: tienen la sensación que los grupos los hacen perder su autonomía, los obligan a someterse a la presión de los otros y, más aún a la de los "jefes". No les gusta renunciar a su libertad de pensar lo que quieren, de entrar y salir del grupo, de hacer o no lo que los otros esperan de ellos. Desconfían de los delegados y de los representantes que hablan y actúan en nombre de ellos, pero que pueden también retraerse. Prefieren asambleas libres, en las que participan quienes quieren y donde cualquiera toma la palabra. Detestan los dogmas, las banderas, las "grandes causas", las ideologías y los líderes. Desconfían de las organizaciones políticas y sociales (los partidos, los sindicatos, las iglesias). Son, pues, una pesadilla para los militantes, para quienes pretenden organizar grupos estructurados. Al contrario de lo que se suele decir, no son para nada despolitizados: quieren demostrar solidaridad, están dispuestos a ir a la calle, pero prefieren firmar petitorios (sobre todo en internet); se sienten frustrados por las políticas neoliberales y están prestos a movilizarse, pero detestan la disciplina de las organizaciones. Es entonces necesario encontrar formas de lucha que respeten la voluntad de independencia de los individuos.

El segundo escollo es la dispersión de la izquierda de hoy en un sinnúmero de movimientos distintos. En consecuencia, es muy importante que estos movimientos, hoy dispersos, tomen conciencia de lo que los reúne, para unificar a la izquierda: todos están vinculados a una u otra (o varias) de las cuatro apuestas detalladas anteriormente; es el interés de todos volver a controlar la actividad económica. Por supuesto que están vinculados a la primera apuesta —revalorización de los Estados nacionales y defensa de los logros del Estado de Bienestar— el movimiento obrero y sus sindicatos, el movimiento de defensa de las empresas y de los servicios públicos, y los movimientos del sector no mercantil (por la educación, la salud, la información, la ayuda social). La segunda —reivindicación de los recursos para el desarrollo individual— reúne una miríada de movimientos que solo mantienen entre sí lazos de simpatía recíproca: movimiento de mujeres, movimiento estudiantil, movimiento de defensa de los derechos humanos (entre otros Amnesty International y UNICEF), movimientos de reivindicación de la libre disposición del cuerpo propio (divorcio, aborto, eutanasia, homosexualidad), movimientos de solidaridad con los "sin" (sin empleo, sin papeles, sin vivienda), movimientos de defensa de los adultos mayores y de los discapacitados, movimientos de contracultura juvenil, movimientos de los indignados, anonymus, wikileaks... A la tercera apuesta —defensa de la naturaleza y preservación del medioambiente— corresponden, por supuesto, componentes del movimiento ecologista (entre otros Greenpeace), del movimiento de defensa del consumidor, de opositores al crecimiento económico, a la energía nuclear, al uso de OGM (Organismo Genéticamente Modificado), y los movimientos de denuncia de desviaciones éticas del neoliberalismo (por ejemplo mercantilización del genoma humano, y otras manipulaciones genéticas). Con la cuarta —antiimperialismo y solidaridad con los países del Sur— se relacionan movimientos de lucha contra el racismo y la xenofobia, el sinnúmero de organizaciones de cooperación para el desarrollo, el movimiento altermundialista y claramente todos aquellos que son solidarios de los numerosos movimientos de resistencia al neoliberalismo en los países del Sur.

Como bien se ve, no es exagerado decir que millones de personas en el mundo están en desacuerdo parcial o total con la manera de gestionar que tiene la "clase G" y sus colaboradores: "somos el 99%", dicen los Indignados. El tema de la unificación progresiva de todos estos movimientos atomizados resulta, entonces, vital.

 

Renovar los métodos de lucha

¿Cómo actuar sobre la nueva "clase G"? No me parece muy útil atacar a sus "colaboradores" (que son, sin embargo, los más visibles y accesibles). Hay que alcanzar la cabeza del pulpo. Pero ¿cómo? Tomemos una vez más el ejemplo de la clase obrera, que solo fue eficaz allí donde exigió, por medio de huelgas y organizada por sindicatos, mejoras progresivas de sus condiciones de vida. ¿Cómo encontrar hoy, al nivel mundial, el equivalente de lo que fue, ayer, al nivel nacional, la huelga? Concretamente, esto significa la importancia de construir un amplio movimiento internacional de reapropiación de la economía, lo que supone democratizar la economía a través del compromiso ciudadano. He aquí dos pistas de acción.

La primera consiste en experimentar formas alternativas de producción, de distribución y de consumo de los bienes y servicios. Es el proyecto de la economía social solidaria que se manifiesta sobre varios continentes y distintos campos (comercio justo, servicios solidarios, monedas sociales, redes de intercambios locales, circuitos cortos, consumo crítico, etcétera). Existen hoy en todos los países del mundo decenas de miles de grupos diversos que se niegan a entrar en el "juego" del modelo económico dominante. Promueven intercambios de valores de uso, de monedas locales alternativas, de autogestión por los trabajadores de empresas recuperadas; practican un modo de vida basado en la "simplicidad voluntaria", en el "convivialismo". Buscan, en resumen, un modo de producción alternativo al capitalismo neoliberal. Conviene hacer de estas experiencias no tanto islotes marginales o sectores aparte, sino prácticas que alimenten la reflexión sobre las exigencias sociales y medioambientales que los ciudadanos pueden hacer valer ante las empresas, actuando así para imponerles nuevas regulaciones públicas y discriminaciones positivas, desembocando así en la otra pista de acción.

La segunda es, en efecto, el boicot de ciertos bienes y servicios producidos por ciertas empresas. Del mismo modo que los obreros no dejaron de trabajar, no se trata de dejar de consumir, de comunicar, ni de suprimir por completo la competitividad. Se trata más bien, así como el proletariado exigió mejores condiciones de trabajo, de exigir hoy mejores condiciones de consumo, de competencia y de comunicación, al menos sobre los bienes considerados como esenciales al desarrollo personal de todos, sobre todo en los grupos sociales que no cuentan con los recursos necesarios para ello. Habría que definir las reglas de un contrato de responsabilidad social y medioambiental, que tendrían que respetar las empresas privadas. Estas reglas —que hay que pensar y debatir con cuidado— podrían abarcar por supuesto las condiciones de creación de empleos, de justa contribución al impuesto, de imposición de la especulación financiera, de contribución al seguro social, de localización de las empresas, de protección del medioambiente, de respeto de los derechos de los trabajadores y consumidores, etc. Y se tendría que apelar a la sanción de las empresas que se niegan a someterse a estas reglas. La huelga de consumo se volvería así el equivalente funcional de la huelga de trabajo. Seamos claros, su meta no es hacer desaparecer las empresas (a nadie le interesa esto), sino obligarlas al menos a ocuparse tanto del interés general como de los intereses particulares de sus accionistas. Los defensores de tal movimiento podrían —volviendo así contra la "clase G" sus propias armas— hacer un uso intensivo de las nuevas tecnologías de comunicación. Las grandes manifestaciones de la calle, muchas veces infiltradas por extremistas incontrolables (cómplices o no de las fuerzas represivas) podrían encontrar un relevo en actuaciones en internet, para obtener compromisos sociales y ambientales por parte de un banco o de una empresa, y para boicotearla si no cumple sus promesas.

 

Bibliografía

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Winock, M. (2006), La Gauche en France, Perrin, París.         [ Links ]

 

Nota

Guy Bajoit ha realizado investigaciones en el campo de la sociología del desarrollo (sobre todo en América Latina), de la acción colectiva, de la juventud y del cambio social y cultural. Sus libros publicados se encuentran en la bibliografía de este artículo Este artículo forma parte del libro: Coraggio, José Luis, y Laville, Jean-Louis (Organizadores), Reinventar la izquierda en el siglo XXI. Hacia un diálogo Norte-Sur, Universidad Nacional de General Sarmiento, Los Polvorines (Argentina), 2014; y se publica con autorización de la misma Universidad como institución editora y con el consentimiento de su autor. Para su mejor comprensión, remitimos a otro artículo de Guy Bajoit: "Relaciones de clase y modos de producción: teoría y análisis", publicado en el número 17 de esta misma revista.

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