SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
vol.9 número18El papel de la ascendencia en la idea de "lo británico" y de "lo alemán": más allá de los mitos en torno a la distinción entre naciones cívicas y étnicas¿Qué ha pasado con la teoría crítica?: Problemas, intereses en juego y pistas índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Revista

Articulo

Indicadores

Links relacionados

  • No hay artículos similaresSimilares en SciELO

Compartir


Cultura y representaciones sociales

versión On-line ISSN 2007-8110

Cultura representaciones soc vol.9 no.18 México mar. 2015

 

Artículos

 

Nacionalismo y violencia: una explicación mecanísmica. Con especial referencia a las teorías de Charles Tilly y Michael Mann

 

Andreas Pickel* 1

 

* Director del Centre for the Critical Study of Global Power and Politics, Global Politics Section, Department of Politics, Universidad de Trent, Peterborough, Ontario, Canadá.

 

Resumen

A primera vista, parece evidente la existencia de una fuerte relación entre nacionalismo y violencia. Este artículo se propone mostrar que de hecho no existe una relación directa entre ambos. Nadie pone en duda que el nacionalismo y la violencia frecuentemente coinciden, pero el nacionalismo no causa la violencia. El análisis comienza identificando un conjunto de falacias —semántica, normativa, individualista y esencialista— que suelen acompañar al estudio del nacionalismo en general. En un segundo momento se propone una reconceptualización del nacionalismo, presentando una ontología de lo nacional y una metodología para estudiarlo. De modo particular, este artículo adopta un enfoque explicativo fundado en mecanismos causales, donde se examinan mecanismos nacionalizadores específicos juntamente con mecanismos socio-psicológicos y políticos. Se argumenta que los mecanismos causales fundamentales que conectan el nacionalismo con la violencia son mecanismos políticos. Esta argumentación se apoya en el trabajo de Charles Tilly sobre la violencia y en el de Michael Mann sobre genocidio y limpieza étnica.

Palabras clave: nación, nacionalismo, violencia, mecanismos nacionalizadores, mecanismos políticos.

 

Abstract

A strong relationship between nationalism and violence appears to be self-evident. This paper will show that there is in fact no direct relationship between the two. There is little question that nationalism and violence frequently coincide, but nationalism does not cause violence. The analysis starts by identifying a set of —semantic, normative, individualist, and essentialist— fallacies surrounding the study of nationalism in general. In a second step, a reconceptualization of nationalism is proposed, advancing an ontology of national culture and a methodology of how to study it. In particular, the paper adopts a mechanisms-based approach to explanation in which specific nationalizing mechanisms are examined along with social-psychological and political mechanisms. It will be argued that the crucial mechanisms causally connecting nationalism and violence are political mechanisms. The argument draws on Charles Tilly's work on collective violence and Michael Mann's work on genocide and ethnic cleansing.

Keywords: nation, nationalism, violence, nationalizing mechanisms, political mechanism.

 

1. El problema

Sovereignty is the issue, and political and geopolitical instability is the process
in which things can get really nasty. Without their combination, riot cycles
ensue, not truly murderous ethnic cleansing..
(Mann 2005, 501).

El nacionalismo está implicado en un amplio rango de manifestaciones de violencia —sean éstas directas o indirectas, de pequeña o de gran escala—, que van del genocidio a los actos individuales de Auslanderhass (xenofobia).2 A pesar de que se trata de un hecho indisputable, queda por dilucidar la cuestión de cómo el nacionalismo se relaciona exactamente con la violencia, de modo particular con la violencia colectiva. ¿Cuáles son los mecanismos —políticos, económicos y psicológicos— que dan cuenta de esta relación? ¿Y cuál es la naturaleza de la misma? ¿Se trata de una relación causal, necesaria, histórica o contingente? Apoyándose en la obra de Charles Tilly sobre violencia colectiva y en la de Michael Mann sobre limpieza étnica, este artículo trata de identificar los mecanismos cruciales que vuelven violento al nacionalismo.

A partir de la literatura sobre nacionalismo, son bien conocidas algunas de las sospechas habituales en torno a la relación entre nacionalismo y violencia. El problema de los enfoques convencionales del nacionalismo —perennialismo, primordialismo, varios estructuralismos y etno-simbolismo— radica en que explican simultáneamente tanto las formas violentas como las no violentas del nacionalismo, pero no nos proporcionan herramientas confiables para distinguir entre ambas formas. Existe un problema similar con los diferentes enfoques de la violencia, sea en términos estructurales o psicológicos. Éstos pueden ser útiles como puntos de partida, pero inadecuados para una explicación sistemática de la violencia.3 Para cualquier análisis de la relación entre nacionalismo y violencia que se proponga ir más allá de los casos históricos específicos en busca de generalizaciones aplicables más ampliamente, se plantea de inmediato cierto número de cuestiones básicas. ¿Ciertas formas de nacionalismo son violentas "por naturaleza", mientras que otras son pacíficas? ¿El nacionalismo es una ideología general con variantes locales, como el liberalismo y el conservatismo; o el nacionalismo de cada nación es siempre sui generis, y puede ser más o menos violento? ¿Una nación contiene un solo nacionalismo o varios nacionalismos, cada uno de ellos más o menos violento? ¿El nacionalismo cambia con el tiempo, especialmente con respecto a la violencia? ¿El nacionalismo es una ideología anticuada y propensa a la violencia en la era de la globalización? ¿El nacionalismo se entiende mejor como una ideología, o debe entenderse como una realidad cultural más amplia, internamente inconsistente, diversa, efímera e incluso "banal"? ¿O, al igual que todas las ideologías, resulta irrelevante para propósitos explicativos por ser un mero epifenómeno de las estructuras materiales reales que alimentan la violencia?

Los hallazgos que aquí presentaremos no pueden evadir las cuestiones y problemas mencionados más arriba. Lógicamente hablando, las respuestas a estas cuestiones fundamentales son previas a cualquier teoría del nacionalismo y de su relación con la violencia.

Pero las cuestiones de este tipo raras veces suelen plantearse explícitamente, y las respuestas a las mismas de facto suelen estar contenidas en supuestos implícitos. Por eso el presente análisis de la relación entre nacionalismo y violencia se esfuerza en primer término por ofrecer una clarificación conceptual, con el propósito de colocar el trabajo teórico y empírico sobre fundamentos más firmes —o al menos más explícitos (secciones 2-3). Posteriormente se orientará a una discusión sistemática de la relación entre nacionalismo y violencia (secciones 4-5). Se desarrollarán los siguientes puntos y argumentos teóricos:

1. Los mecanismos4 nacionalizadores nunca operan por sí solos para producir violencia, sino siempre se combinan con otros mecanismos sociales y bio-sociales. Por consiguiente, el nacionalismo como tal y en sí mismo no es ni violento ni no-violento. En cuanto tal, el nacionalismo es banal y su relación con la violencia es en alto grado contingente.

2. a. No existe un mecanismo nacionalizador especial que impida que el nacionalismo se vuelva violento.

2. b. No existe un mecanismo nacionalizador especial que torne violento al nacionalismo.

En ambos casos intervienen mecanismos nacionalizadores normales que se encuentran siempre en operación. Algunas veces se ven envueltos en la producción de la violencia, mientras que otras veces contribuyen al mantenimiento de la paz o son instrumentales para la producción de logros colectivos. Obviamente, los mecanismos nacionalizadores siempre están envueltos por definición en la violencia nacionalista, pero en términos explicativos son secundarios.

3. a. No existen mecanismos socio-psicológicos especiales que impidan que el nacionalismo se vuelva violento.

3. b. No existen mecanismos socio-psicológicos especiales que tornen violento al nacionalismo.

Si bien frecuentemente se hallan envueltos en la expansión o en la contención del nacionalismo, no existen mecanismos sociales o psicológicos particulares que sean responsables de la presencia o ausencia de violencia. En términos explicativos, estos mecanismos son secundarios.

4. a. Existen mecanismos políticos especiales que impiden que el nacionalismo se torne violento.

4. b. Existen mecanismos políticos especiales que hacen que el nacionalismo se vuelva violento.

Los mecanismos políticos siempre están envueltos tanto en la ocurrencia como en la contención de la violencia nacionalista. En términos explicativos, estos mecanismos son primarios.

5. Por lo tanto, decir que el nacionalismo causa la violencia es un falso diagnóstico. La conclusión contra-intuitiva de este análisis es la de que el nacionalismo nunca es la causa principal de la violencia, e incluso puede constituirse en factor principal de su cura.5

Cuando se desencadena una violencia colectiva, el nacionalismo frecuentemente se ve envuelto, pero, juntamente con los demás mecanismos sociales y psicológicos, forma parte de un conjunto secundario de mecanismos que sistemáticamente suelen confundirse con mecanismos primarios. Por el contrario, el verdadero mecanismo primario es el político.

Para explicar y fundamentar este conjunto de tesis se requiere un trabajo preliminar importante. De modo particular, el catálogo exige respuestas a las siguientes cuestiones: ¿Qué es el nacionalismo? ¿Cuáles son los mecanismos nacionalizadores y cómo se combinan con otros mecanismos —políticos, económicos o psicológicos— para producir o prevenir la violencia? Se abordarán estas cuestiones en la sección 3. Pero antes de bosquejar una concepción sistemática del nacionalismo desde el ángulo de los mecanismos nacionalizadores, prepararemos la tarea identificando algunas de las falacias teóricas y conceptuales típicas en los estudios sobre el nacionalismo.

 

2. Las falacias

La falacia semántica

Los significados asociados al concepto de nacionalismo son cruciales tanto para los actores nacionalistas como para los estudiosos del nacionalismo, pero ni los unos ni los otros han logrado llegar a un consenso general sobre cuáles son esos significados. Diferentes comunidades y diferentes discursos confieren significados específicos al nacionalismo. Por ejemplo, después de la II Guerra mundial, en Alemania el nacionalismo siempre ha sido asociado con violencia, y el genocidio bajo el régimen Nazi ha vuelto altamente problemáticos los conceptos mismos de nación y de nacionalismo en el discurso germánico. En esta perspectiva, el nacionalismo es violencia —latente o contenida a bajo nivel por un corto periodo de tiempo, pero siempre lista para irrumpir si no se la controla con todo cuidado continuamente. Por lo tanto, en este caso el nacionalismo es algo que debe ser temido y confrontado. En otros países, como Polonia, el nacionalismo comporta connotaciones fuertemente positivas, y se lo considera como algo bueno que históricamente ha sido fuente de resistencia a la violencia perpetrada por fuerzas extranjeras y sus aliados internos. Por lo tanto debe ser abrazado y practicado con orgullo. No todas las concepciones del nacionalismo son simplemente del tipo pro o contra, ya que para cada individuo el nacionalismo reviste significados directos e irreflexivos plasmados por el discurso de las comunidades a las que pertenece. Ahora bien, la falacia consiste en la asunción implícita de que la concepción particular propia del nacionalismo es la concepción general y constituye el verdadero sentido del concepto. Incluso los académicos, cuyo oficio es después de todo la reflexión, raras veces reflexionan sobre los aspectos semánticos del empleo que hacen de los conceptos claves, y en consecuencia permanecen prisioneros de los supuestos incrustados en sus culturas particulares (Wierzbicka, 2005).

No constituye ninguna sorpresa el hecho de que el contexto cultural más relevante que configura las diferentes semánticas del nacionalismo sea la cultura nacional. En la Alemania posterior a la II Guerra Mundial, el nacionalismo probablemente comporta una semántica opuesta al que tiene en Quebec o en Escocia. Ahora bien, cualquier analista del nacionalismo pertenece a alguna cultura nacional, sea que se identifique con ella o no, y por lo tanto porta consigo las semánticas culturales de su cultura.6 Contrariamente a las pretensiones radicales de la filosofía lingüística, no somos prisioneros vitalicios de nuestra cultura y sus semánticas, aunque tampoco somos los individuos autónomos y fácilmente desenganchables de la filosofía política liberal. El hecho de que esto se aplique a todos los que estudiamos el nacionalismo no constituye una falacia por sí mismo, pero la no conciencia o la negación de nuestras propias semánticas culturales sí lo es.

 

La falacia normativa

El hecho de hallarnos insertos en nuestro contexto cultural constituye una orientación normativa con respecto al nacionalismo. Esto es de particular importancia para los estudiosos del nacionalismo, porque la distinción entre enfoques normativos y empírico-teóricos del mismo es fundamental para mantener una distinción entre el académico, por un lado, y el apologista o el crítico por el otro (Boyer y Lommitz 2005). Nuestras semánticas culturales, empero, no distinguen entre dimensiones normativas y teóricas del nacionalismo. Mientras el nacionalismo como problema normativo es central en algunas culturas, el nacionalismo como problema explicativo no lo es. Más precisamente, ambos están metidos en un problema: una vez establecido lo que significa un nacionalismo particular, éste puede ser considerado bueno o malo7 en diferentes situaciones para nosotros o para otros, y requiere o excluye ciertas acciones. En este sentido, estamos hablando del nacionalismo como una ideología. En efecto, una marca característica de las ideologías es la de contener "falacias normativas", esto es, ellas son diseñadas para responder a (y a veces para reformular) cuestiones morales y políticas concretas basadas en una visión particular de la realidad. En este sentido, las ideologías proveen el brinco normativo necesario del ser al deber ser, y del pensamiento a la acción.8

En contraste, los estudiosos del nacionalismo deberían centrarse en la explicación de las diferentes dimensiones de la realidad que producen o circundan al nacionalismo, evitando así todo salto normativo (Max Weber). Quizás haya sido el significado normativo y político predominante del nacionalismo lo que ha conducido a muchos científicos sociales (incluido Weber9) a ignorar el nacionalismo como un tópico de análisis teoréticamente serio (Spillman & Faeges, 2005; Szacki, 2004). Es así como la falacia normativa tiene dos lados: uno es el estudio del nacionalismo basado en una fuerte agenda normativa (esto es, tratando de demostrar hasta qué punto es bueno o malo, tarea muy propia de ideólogos); y otro es ignorar simplemente el estudio del nacionalismo a causa de su fuerte "contaminación ideológica".

 

La falacia individualista

Dado que la violencia, como cualquier otra acción social, es algo en el que se involucran individuos, tiene sentido preguntarse, cuando se trata de determinar el papel del nacionalismo, por qué los individuos perpetran actos de violencia. La falacia individualista consiste en la creencia de que, en última instancia, las estructuras sociales y las acciones colectivas tienen que ser explicadas en términos individuales (individualismo metodológico). Existen varios enfoques que sostienen este punto de vista, desde el rational choice y los modelos intencionales, hasta los enfoques que apuntan a ideas subjetivas o a impulsos inconscientes. No cabe duda de que en última instancia no son las naciones sino los individuos los que cometen actos de violencia, cualquiera sea su escala. Y por lo tanto, las razones, elecciones e intenciones de tales individuos se basaron en ideas conscientes y / o en impulsos inconscientes que debieron desempeñar un rol explicativo importante. Pero la falacia individualista consiste en el supuesto metodológico de que los factores de nivel individual son primarios, mientras que los factores sistémicos y relacionales son secundarios. Basta con anotar aquí la relevancia de este largo debate metodológico en las ciencias sociales para el problema que tenemos en mano. Pero también existe una correspondiente falacia colectivista u holista que revierte el orden de los factores explicativos (M.A. Bunge, 1998). La posición que asumimos en este trabajo no es ni individualista ni holista, sino sistémica y relacional. La adopción de este enfoque (que se presenta más abajo, en la sección 3) marca una enorme diferencia en la manera en que se examina y se conceptualiza la cuestión del nacionalismo.

Una breve ilustración de la centralidad de la falacia individualista proviene del campo político. El modelo más popular para el control de la violencia en la sociedad asume que los impulsos violentos de los individuos son la raíz del problema, y que su inhibición social es la mayor parte de la solución. Este modelo de tipo impulso-inhibición, empero, puede conducir a conclusiones erróneas en materia de programas políticos si los impulsos violentos no son los factores primarios que dan cuenta de la acción violenta, como argumentaremos en este trabajo en el contexto de la violencia nacionalista.

 

Falacias esencialistas

Un ejemplo bien conocido y ampliamente criticado de falacia esencialista es la consideración del nacionalismo como una ideología política entre otras, como el liberalismo, el conservatismo, el ambientalismo, el feminismo o el marxismo. En efecto, tradicionalmente, en los capítulos que se le dedican en los libros de texto sobre ideologías modernas, el nacionalismo suele presentarse como un sistema de ideas. Existe, por supuesto, variaciones entre las ideologías nacionalistas, pero su esquema básico es siempre el mismo: un sistema de ideas políticas que sustentan el derecho a la autodeterminación de una nación determinada. Es la centralidad de las ideas lo que convierte a este enfoque en un esencialismo idealista. Hay que advertir que para propósitos ideológicos, el esencialismo no constituye una falacia sino una necesidad, desde el momento en que para lograr que un movimiento o un estado sean exitosos, lo que se necesita es precisamente un sistema particular de ideas nacionalistas que sean atractivas y convincentes. Es verdad que el nacionalismo debería ser explicado en parte por las ideas que lo circundan, pero como argumentaré en la próxima sección, el nacionalismo debería ser conceptualizado en términos diferentes y mucho más amplios para propósitos explicativos.

Existen otras falacias esencialistas comunes en el estudio del nacionalismo que sólo podemos mencionar de paso. Una primera forma, frecuentemente ridiculizada en nuestros días, es el esencialismo etnográfico, según el cual es posible identificar rasgos mentales y físicos específicamente nacionales. Una versión contemporánea estrechamente emparentada con la anterior, aunque metodológicamente más sofisticada, es el esencialismo valorativo, que trata de determinar a través de sondeos (surveys) sociales la prevalencia de ciertos valores colectivamente sustentados, pero tal como son conceptualizados por el investigador, y no como son entendidos por los miembros de la cultura en cuestión (Hofstede, 2001; y en términos críticos: Wierzbicka, 1997). Otro esencialismo con una larga historia en la filosofía y en las ciencias sociales es el esencialismo materialista, como la concepción sustentada por Marx y otros autores, según la cual las ideologías como el nacionalismo representan un ejemplo de "falsa conciencia" en el contexto del conflicto de clases. La autodeclarada contraposición contemporánea a todos los esencialismos es el constructivismo radical,10 i.e. la visión según la cual la cultura nacional, la ideología nacionalista y los símbolos nacionales, etc., son meras construcciones sociales antes que realidades independientes y objetivas. Tómese como ejemplo el esencialismo lingüístico, según el cual las naciones son construidas y, en última instancia, sólo existen discursivamente (Dryzck, 2006). Indudablemente todos estos esencialismos capturan dimensiones importantes de la realidad —un punto que el anti-esencialismo radical tiende a negar—, pero siguen siendo parciales, incompletos y frecuentemente reduccionistas cuando conforman las explicaciones del nacionalismo y sus efectos. El nacionalismo en general, y en particular el nacionalismo en su relación con la violencia, requieren una conceptualización más amplia si queremos evitar estas falacias comunes de análisis.

 

3. Nacionalismo

Una conceptualización adecuada del nacionalismo debería cumplir con los siguientes requerimientos.11 En primer lugar, debería ser aplicable transversalmente a las culturas, pero sin universalizar implícitamente rasgos del nacionalismo que de hecho están culturalmente condicionados, tales como la distinción entre nacionalismo "cívico" y nacionalismo "étnico". Desde el momento en que los conceptos claves relativos a la nación y a la auto-determinación no son universales sino semánticamente insertos en culturas nacionales particulares, ellos requieren ser tratados como tales. Necesitamos una ontología de la cultura nacional y una metodología para su estudio. Propongo cuatro dimensiones centrales, aunque parcialmente traslapadas, de la cultura nacional que tomadas en su conjunto proporcionan una concepción abarcadora nacionalmente específica, pero aplicable transversalmente a las culturas: conocimiento, discurso, identidad y habitus.12

• La cultura nacional como repertorio de conocimiento compartido.

La nación como proceso produce y reproduce un conocimiento cultural general que constituye la base de todas las creencias específicas de los grupos, incluidas las ideologías.

Tal conocimiento cultural, o fundamento común cultural, puede ser definido como el conjunto (fluido) de aquellas creencias compartidas por (virtualmente) todos los miembros competentes de una cultura nacional, y consideradas como verdaderas por los mismos en virtud de criterios similares —también compartidos— de verdad. ... [Nosotros] podemos llamarlo simplemente repertorio de "conocimiento común" de una [cultura nacional]. Este conocimiento es lo que todo miembro de una cultura tiene que aprender (e.g. durante la socialización y la educación formal, a través de los media, etc.) para llegar a ser un miembro competente (van Dijk, 1998: 37).

El repertorio de conocimiento común también proporciona un orden epistémico y moral compartido. Todas las creencias específicas de los grupos, así como también la integración, la comunicación y el mutuo entendimiento entre los miembros de los diferentes grupos, presuponen dicho conocimiento cultural. Por lo mismo, éste constituye también la base de todas las creencias evaluativas.

• El discurso nacional como meta-discurso

El proceso nacionalizador se produce en amplia medida como discurso y a través del discurso. El discurso nacional se refiere a todo tipo de texto o habla, o a los discursos de toda una cultura nacional en un periodo histórico particular. Podemos emplear también la noción genérica y verdaderamente abstracta de "discurso" de este periodo, comunidad o cultura —incluyendo todos los géneros posibles de discursos y todos los ámbitos de comunicación. En este sentido, el discurso nacional es un meta-discurso.

• La identidad nacional como representación social y como proceso

Del mismo modo en que puede decirse que los grupos nacionales comparten conocimientos y actitudes, podemos asumir también que comparten una representación que define su identidad o "selbs" colectivo en cuanto grupo nacional. "La identidad nacional como proceso" se refiere a la reproducción y cambio en las cogniciones y representaciones sociales de la nación. De este modo la identidad se vuelve un proceso en el cual una colectividad nacional se halla comprometida, antes que una propiedad de los individuos o de los colectivos.

• El habitus nacional como conjunto de prácticas sociales características

Mientras que la identidad nacional se refiere primariamente al ámbito cognitivo, el habitus nacional puede ser definido en términos de prácticas sociales características de los miembros del grupo, incluyendo las formas típicas de acción colectiva. El habitus nacional se traslapa parcialmente con el discurso nacional, pero se refiere primariamente a los comportamientos sociales inconscientes y no verbalizados (Hassin, Uleman, & Barg, 2005).

Un segundo requisito para una adecuada conceptualización del nacionalismo es el de que éste trate lo nacional como un problema explicativo,13 y no como un problema político o normativo. El poder de las ideologías nacionalistas y la devastación operada por la violencia colectiva en el siglo XX en nombre de la nación, ha vuelto extremadamente difícil para muchos académicos disociar su trabajo de estos contextos ideológicos. De modo semejante, la fe en el poder legitimador y liberador de ciertos nacionalismos particulares (defensivo, anticolonial, etc.) ha vuelto igualmente difícil para muchos otros estudiosos mantener a distancia la ideología y la política en sus obras. Otros simplemente han evadido plantear el nacionalismo como problema teórico. La cuestión central para la ciencia social consiste en inquirir cómo opera el nacionalismo — en términos más generales, en el nivel medio de la teoría y en los casos históricos y periodos específicos. Tomando en cuenta la concepción de la cultura nacional que acabamos de introducir, y equipados con la conciencia crítica de las trampas normativas potenciales que acechan a los estudiosos del nacionalismo, ahora ya es posible formular una metodología más específica.

Ni el individualismo metodológico —según el cual las naciones son simplemente la suma de sus miembros individuales— ni el holismo metodológico —para el cual las naciones constituyen entidades sociales con sus propiedades características que moldean a los individuos— son adecuados para realizar la tarea. En el nivel más general, a comienzos del siglo XXI se ha producido un proceso nacionalizador omnicomprensivo en el sistema global. Políticamente, el sistema global es un sistema de estados en el que tanto en lo interno como en lo externo lo nacional desempeña un papel clave en una miríada de procesos económicos, culturales y psicológicos. La concepción de la cultura nacional introducida más arriba describe algunos de los elementos de este gran proceso nacionalizador que opera globalmente. Lo que generalmente se percibe y se presenta como "nacionalismo" es sólo la parte más visible de un proceso nacionalizador más amplio. Si bien es importante no perder de vista la naturaleza omnicomprensiva y global del proceso nacionalizador producido en las postrimerías del siglo XX, metodológicamente hablando necesitamos herramientas mucho más elaboradas para el estudio de procesos nacionalizadores específicos. Para este propósito, las teorías de nivel medio parecen más prometedoras.14 Ciertamente los niveles a los que éstas se refieren no tienen nada que ver con los niveles territoriales que van de lo global a lo nacional y a lo local, los cuales, como sabemos, sirven como categorías básicas en el análisis social. De hecho, los procesos nacionalizadores específicos operan en todos los niveles. Pero en el contexto de ciertos problemas explicativos tiene sentido hablar de niveles para enfocar niveles específicos —desde el internacional hasta el de un salón de clases en la escuela primaria de una población rural. Mientras los procesos nacionalizadores proporcionan descripciones de los nacionalismos, los mecanismos nacionalizadores van mucho más a fondo —y por lo mismo son cruciales— en su explicación. Por ejemplo, un proceso nacionalizador comúnmente conocido es el que se produce en la escolarización de los niños que ingresan al primer grado, la cual involucra a amplias colectividades de todo tipo en su mayor parte incultas, pero que después de la graduación se vuelven miembros conscientes de una nación. Los mecanismos nacionalizadores específicos incluyen la familiarización de los estudiantes con los valores y la historia de la nación, inculcando la idea de que ellos pertenecen a la nación, mientras que otros no, y mostrando las maneras en que debe comportarse un buen miembro de la nación. Estos mecanismos nacionalizadores explican cómo este particular proceso nacionalizador —la escolarización— opera, poniendo al descubierto cómo se trasmite a otros el conocimiento, el discurso, la identidad y el habitus que componen una cultura nacional.

Es importante anotar dos puntos adicionales de importancia metodológica en este contexto. El primero se refiere a que los mecanismos nacionalizadores siempre se producen en sistemas sociales concretos (y reales), tales como la escuela primaria o secundaria de nuestro ejemplo anterior, por lo que los sistemas sociales relevantes tienen que ser explicitados15 dado que ellos son los que configuran el modo de operar de estos mecanismos. Otros sistemas sociales en los que operan mecanismos nacionalizadores son las familias, así como también los diferentes tipos de organizaciones económicas y políticas. De hecho, muy pocas entidades sociales pueden ser consideradas en nuestros días como "libres de nación". El segundo punto se refiere a que los mecanismos socializadores nunca operan solos, sino siempre en conjunción con otros mecanismos. Volviendo a nuestro ejemplo de la escuela, el mencionado mecanismo nacionalizador sólo opera allí en conjunción con mecanismos pedagógicos. Esto puede parecer obvio, pero también puede llegar a ser problemático, por lo que tal mecanismo debe ser tomado en cuenta explícitamente en la explicación de cómo son trasmitidas las culturas nacionales. Los enfoques pedagógicos pueden desempeñar o no un papel central en la explicación de cómo el proceso nacionalizador opera en las escuelas. En otros contextos explicativos, no se necesita identificar los mecanismos sociales que se combinan con mecanismos nacionalizadores, ya que es la particular combinación de ambos lo que explica cómo operan. Por ejemplo, los mecanismos socializadores que operan en las escuelas de la provincia de Ontario (Canadá) se ven afectados por el tipo particular de sistema escolar con sus mecanismos particulares, tales como las escuelas públicas, privadas o religiosas, en las cuales puede prevalecer la inculcación de la conciencia cívica, de la conciencia de clase o de la fe.

Para poner de relieve una ontología explícita de lo nacional, es útil retornar brevemente a los varios esencialismos discutidos en la sección previa. El nacionalismo es, por supuesto, un tipo de ideología, como sostiene el esencialismo idealista, pero no se asemeja a las demás ideologías políticas. En efecto, el nacionalismo va más allá de lo político, como lo ilustran particularmente bien aquellos países en los que, según suele afirmarse, el nacionalismo no desempeña un papel central —pensemos, por ejemplo, en Inglaterra, Holanda o Suecia.16 Las semánticas del nacionalismo, que lo marcan como una ideología particular como el neoliberalismo o el conservatismo, son engañosas. Existen muchos nacionalismos diferentes, como se refleja en el hecho de que los estudiosos del nacionalismo no han podido ponerse de acuerdo en una definición común. A mi modo de ver, los nacionalismos forman parte de realidades sociales más amplias y más profundas, esto es, son parte de culturas nacionales concretas. La amplitud y profundidad de lo nacional se reflejan en mi concepción de las culturas nacionales como compuestas de conocimiento, discurso, identidad y habitus —de los cuales derivan y en los cuales se insertan firmemente cualquier ideología específica del nacionalismo.

El enfoque valorativo del nacionalismo que se esfuerza por detectar las creencias, actitudes, normas, etc., sustentadas por los individuos en sociedades nacionales particulares, a pesar de que va más lejos que la concepción del "nacionalismo como ideología", sigue siendo problemático por otras razones (McSweeney, 2002). Los términos "colectivismo" o "individualismo", que denominan dos constructos analíticos comúnmente utilizados, no tienen necesariamente el mismo relieve y el mismo sentido en las culturas nacionales que se comparan. Por lo tanto, los datos sobre su relativa fuerza derivados de sondeos (surveys) sociales internacionales, constituyen a lo más indicadores de realidades subyacentes a los que no se puede acceder fácilmente por medio de conceptos analíticos cuasi-universales (sobre este problema general, véase Wierzbicka 2005) La concepción más amplia de la cultura nacional aquí propuesta podría eludir las falacias del enfoque valorativo prestando atención a las estructuras de conocimiento, discurso, identidad y habitus nacionalmente específicas.

Permítaseme observar de paso que cada uno de los demás esencialismos mencionados anteriormente —materialista, socio-biológico, lingüístico-constructivista—, clarifican algunas dimensiones de la realidad simbólica y biológica requeridas como parte de una concepción defendible le lo nacional. El problema con estos, lo mismo que con todos los esencialismos, es el de que tienden a reducir ontológicamente la realidad a una dimensión favorita, obviando así la necesidad de explorar la estructura, el modo de operación y la interacción potencialmente multidireccional entre sistemas y mecanismos de otros tipos.

 

4. Mecanismos

Aunque la violencia colectiva se produce ciertamente en la conquista y en la
revolución, resulta con mayor frecuencia del uso gubernamental de medios violentos
para defender a los beneficiarios de la desigualdad frente a los desafíos
de las víctimas de la desigualdad.

Las víctimas de las guerras y de otras formas de violencia colectiva de
amplia escala, se concentran desproporcionadamente en los países donde la
mayor parte del pueblo también vive miserablemente bajo otros aspectos.
(Tilly,2003)
.

Estas citas sacadas del libro de Tilly sobre violencia colectiva nos recuerdan dos hechos estructurales básicos: el poderoso —trátese de clases, de elites, de países o de organizaciones— controla los medios de violencia, y frecuentemente los esgrime contra los desafíos de la desigualdad inscrita en el status quo. La defensa de los beneficiarios de la desigualdad constituye quizás el más básico mecanismo social para dar cuenta de la violencia, y se refleja en todos los mecanismos específicos —político, económico, cultural y psicológico17— identificados en este artículo.

La concepción de los mecanismos nacionalizadores presentados en la sección 3 enfoca los procesos socioculturales que circundan a los discursos, los conocimientos, las identidades y los habiti nacionales. Si los mecanismos nacionalizadores fueran presentados como explicaciones últimas de los fenómenos nacionalistas, incluyendo la relación entre nacionalismo y violencia, esta visión constituiría otro ejemplo de esencialismo, aunque más amplio y más sofisticado que el esencialismo del "nacionalismo como ideología" discutido en la sección 2. Un nacionalismo o cultura nacional particular en cuanto tal no produce ni previene la violencia. Lo que más bien ocurre es que los mecanismos culturales operan siempre en combinación con otros mecanismos sociales —políticos, económicos o psicológicos. Como argumenta la tesis 1, el nacionalismo como tal es banal y su relación con la violencia es altamente contingente. Pero al mismo tiempo, los mecanismos nacionalizadores proveen oportunidades para combinaciones poderosas con mecanismos políticos. Exploraremos esto a continuación.

 

Mecanismos nacionalizadores

Tesis 1 : Los mecanismos nacionalizadores nunca operan por sí solos para producir violencia, sino siempre se combinan con otros mecanismos sociales y bio-sociales. Por consiguiente, el nacionalismo como tal y en sí mismo no es ni violento ni no-violento. El nacionalismo en cuanto tal es banal y su relación con la violencia es en alto grado contingente.

El mecanismo dominante del nacionalismo es, por cierto, el mecanismo de la soberanía. Éste combina un mecanismo político —el control territorial— con un mecanismo cultural —el derecho percibido de una nación a la autodeterminación en su territorio. El modo de operar de este mecanismo maestro explica en gran medida tanto los nacionalismos violentos como los no violentos. Como se ha reconocido desde hace mucho tiempo, esto ocurre porque los elementos principales de este mecanismo —territorio, control, nación y autodeterminación— son altamente impugnables y potencialmente explosivos en términos políticos. En cierto número de estados esta posible impugnación es mínima, al menos durante ciertos periodos de su historia. Se asume generalmente que allí donde la disputa se ha establecido sólo temporalmente o se ha institucionalizado de manera estable, el mecanismo de la soberanía no amenazará con la violencia.18 Esta asunción, sin embargo, representa una hipersimplificación explicativa y un mito político conveniente. Pensemos en la Gran Bretaña contemporánea, una pieza de escaparate de instituciones democráticas estables, donde la violencia ha sido endémica por largo tiempo, sea internamente (Irlanda del Norte), sea en lo exterior (Las Malvinas, más recientemente Iraq y, por centurias, el colonialismo). En cualquier evento, el solo mecanismo de la soberanía, que opera globalmente, contiene más que suficiente potencial para la contienda violenta. Pero el mecanismo de la soberanía nunca opera solo. Es su combinación con otros mecanismos primariamente políticos lo que conduce a una explicación más satisfactoria de la relación entre nacionalismo y violencia, como argumentaremos más abajo.

2.a. No existe un mecanismo nacionalizador especial que impida que el nacionalismo se vuelva violento.

2. b. No existe un mecanismo nacionalizador especial que torne violento al nacionalismo.

En ambos casos intervienen mecanismos nacionalizadores normales que se encuentran siempre en operación. Algunas veces se ven envueltos en la producción de la violencia, mientras que otras veces contribuyen al mantenimiento de la paz o son instrumentales para la producción de logros colectivos.

Las tesis 2.a. y 2.b. plantean la proposición más específica de que no existen ni mecanismos nacionalizadores especiales que vuelvan violento al nacionalismo, ni mecanismos nacionalizadores especiales que le impidan volverse violento. Consideremos en primer lugar los siguientes mecanismos familiares, ampliamente considerados como salvaguarda contra la violencia, que ponen de manifiesto la naturaleza contra-intuitiva de 2.a:

• Un discurso nacional que defiende consistentemente los derechos humanos, especialmente la no discriminación de las minorías étnicas.

• Memorias nacionales que celebran un pasado de no-agresión externa y de incorporación de las minorías y de los refugiados.

• Una identidad nacional liberal, pluralista y tolerante de las minorías.

• Un habitus nacional de bienvenida a los extranjeros y de respeto a las minorías.

En términos explicativos, todos estos elementos del nacionalismo son considerados frecuentemente como responsables de la ausencia del nacionalismo violento. El argumento es plausible porque los estados libres de violencia contienen efectivamente algunos de estos mecanismos nacionalizadores o todos ellos. Tomemos como ejemplos a Suecia, Holanda o Suiza. Por contraste y consecuentemente, la tesis 2.a., que niega este fuerte vínculo causal, parece poco convincente.

Consideremos ahora ciertos mecanismos nacionalizadores bien conocidos, de los que generalmente se sospecha que son promotores de la violencia, los cuales subrayan el carácter contra-intuitivo de 2.b:

• Un discurso nacional que marca a un grupo minoritario en el estado como enemigo de la nación.

• Una memoria nacional que vincula a un grupo minoritario con las atrocidades cometidas contra miembros de la nación.

• Una identidad nacional de carácter étnico, exclusivista y no democrático.

• Un habitus nacional que es etnocéntrico, autoritario, con exhibiciones de superioridad cultural.

En términos explicativos, todos estos elementos del nacionalismo suelen ser considerados como responsables de la presencia del nacionalismo violento. Una vez más, no existe escasez de casos de violencia nacionalista en los países donde estos mecanismos nacionalizadores de segundo tipo son prevalentes. El argumento es plausible porque los estados con violencia nacionalista contienen efectivamente algunos de estos mecanismos nacionalizadores o a todos ellos. Pensemos, por ejemplo, en la Alemania de antes de la II Guerra Mundial, en Serbia independiente y en Turquía. En contraste y por consiguiente, la tesis 2.b., que niega este estrecho vínculo causal, parece tan poco convincente como 2.a. ¿Qué es lo que fundamentaría entonces mi proposición contra-intuitiva de que ninguno de estos mecanismos nacionalizadores, individualmente o en combinación, desempeña un papel central en la producción de los resultados generalmente anticipados —mantener la paz (2.a.) o causar violencia (2.b.)?

Como Karl Popper ha demostrado, siguiendo a David Hume, el solo cúmulo de evidencias confirmatorias de una hipótesis empírica no puede sellar un caso determinado como válido. Para el caso que tenemos entre manos, esto significa que ninguno de los catálogos de mecanismos nacionalizadores es ni aproximadamente suficiente para proporcionar una explicación causal convincente ni de la ausencia ni de la presencia de violencia nacionalista. ¿Pero existen otras evidencias, además de los argumentos epistemológicamente escépticos, que puedan fundamentar mis implausibles tesis 2.a. y 2.b? Imaginemos un país donde la mayor parte de o todos los mecanismos nacionalizadores contra la violencia identificados en la primera lista de arriba están en operación, pero sin embargo el país está confrontando significativas manifestaciones en curso de violencia nacionalista. Este caso proporcionaría una evidencia indirecta pero convincente en apoyo de la tesis 2.a.: "No existe un mecanismo nacionalizador especial que impida que el nacionalismo se vuelva violento". Los ejemplos empíricos incluyen a países como la India, especialmente desde los años 1980; Gran Bretaña, especialmente en Irlanda del Norte, pero también las guerras desencadenadas en las Malvinas y en Iraq; la España pos-franquista; Venezuela desde los años 1990; y quizás lo más sorprendente, Estados Unidos desde la II Guerra Mundial y especialmente desde los años 1990. A pesar de la presencia de numerosos mecanismos nacionalizadores que, según generalmente se supone, mantienen bajo control la violencia nacionalista, este país exhibe niveles significativos de este tipo de violencia.

A la inversa, imaginemos ahora un país donde la mayor parte de o todos los mecanismos nacionalizadores que favorecen la violencia, que hemos identificado en la segunda lista de arriba, se hallan operando, pero sin embargo el país está libre en amplia medida de manifestaciones de violencia nacionalista. Tal caso proporcionaría evidencia indirecta, pero convincente, en apoyo de la tesis 2.b.: "No existe un mecanismo nacionalizador especial que torne violento al nacionalismo". Los ejemplos incluyen a China desde fines de los años 1970, a Cuba después de 1962, a los países bálticos desde 1991, y a la Ucrania independiente hasta 2013.19 A pesar de abrigar en su seno numerosos mecanismos nacionalizadores supuestamente promotores de violencia, estos países se mantienen sorprendentemente libres de violencia nacionalista.

 

Mecanismos socio-psicológicos

• 3.a. No existen mecanismos socio-psicológicos especiales que impidan que el nacionalismo se torne violento.

• 3.b. No existen mecanismos socio-psicológicos especiales que tornen violento al nacionalismo.

Una vez más, ambas tesis plantean un conjunto de argumentos contra-intuitivos. Podemos aceptar la conclusión de la discusión anterior según la cual los mecanismos nacionalizadores típicos no son suficientemente significativos ni para causar ni para prevenir la violencia. Pero algunos podrían argüir que esto ocurre porque en la violencia nacionalista entran en juego mecanismos socio-psicológicos más poderosos y profundos. En efecto, la mayor parte de estos mecanismos son anteriores a la era del nacionalismo, y podemos esperar que sobrevivan a su desaparición. Algunos de estos mecanismos presuntamente socio-psicológicos son familiares desde la misma literatura sobre el nacionalismo —esto es, factores causales que según algunos estudiosos del nacionalismo subyacen a los fenómenos nacionalistas. Estos tienden a ser de dos tipos: socio-biológicos y etno-simbólicos (Smith, 2001). Siguiendo el mismo formato establecido en la discusión de los mecanismos nacionalizadores, consideremos los siguientes mecanismos socio-biológicos que según la opinión generalizada previenen que el nacionalismo se torne violento.

• Valores y prácticas que no colocan lo colectivo por encima de lo individual (individualismo).

• Ideologías abiertas y posmodernas que acentúan los derechos humanos universales por encima de los derechos de los estados (universalismo).

• Satisfacción o apatía de las masas con respecto al orden social (legitimidad activa o pasiva).

• Multiculturalismo que trasciende las divisiones etno-culturales y sus pasiones concomitantes.

El paralelismo entre este conjunto de mecanismos socio-psicológicos y los mecanismos nacionalizadores enlistados más arriba es evidente y no debería sorprendernos. Los mecanismos nacionalizadores, que son en sí mismos parte de procesos socio-culturales más amplios (i.e. el proceso nacionalizador), constituyen en amplia medida un tipo histórico especial de mecanismo socio-psicológico. En términos explicativos, todos estos mecanismos socio-psicológicos son considerados frecuentemente como responsables de la ausencia del nacionalismo violento. El argumento es plausible, porque los estados libres de violencia nacionalista contienen en efecto algunos de o todos estos mecanismos socio-psicológicos, y a este respecto podemos aducir los mismos ejemplos (Suecia, Holanda o Suiza) anteriormente referidos. En contraste, y por consiguiente, la Tesis 3.a. que niega este fuerte vínculo causal, debe ser considerado como poco convincente.

Consideremos ahora los siguientes mecanismos socio-psicológicos generalmente considerados como causas del nacionalismo violento.

• Valores y prácticas que sitúan lo colectivo por encima de lo individual (colectivismo).

• Ideologías cerradas e inflexibles que acentúan los derechos basados en las culturas particulares por encima de los derechos humanos universales.

• Descontento y movilización masiva que desafían el orden social (retroceso o pérdida de legitimidad).

• Primado de las divisiones etno-culturales y sus pasiones concomitantes (intolerancia).

En términos explicativos, todos estos factores socio-psicológicos son considerados frecuentemente como responsables de la presencia del nacionalismo violento. Y una vez más, de hecho no existe escasez de casos de nacionalismo violento en los países donde estos mecanismos socio-psicológicos son prevalentes. El argumento es plausible porque los estados con violencia nacionalista contienen efectivamente algunos o la totalidad de estos mecanismos (y podríamos citar los mismos ejemplos aducidos anteriormente como evidencia en apoyo de la tesis: Alemania antes de la II Guerra Mundial, Serbia independiente, Croacia y Turquía). En contraste, y por consiguiente, la Tesis 3.b. que niega este fuerte vínculo causal parece tan poco convincente como 3.a. ¿Qué es lo que apoyaría entonces la pretensión contra-intuitiva de que ninguno de estos mecanismos socio-psicológicos, individualmente considerados o en combinación, desempeña una parte central en la producción de los resultados generalmente anticipados —proteger la paz (3.a.) o causar violencia (3.b.)?

Como en los casos de las tesis 2.a. y 2.b. anteriormente referidos, la evidencia empírica indirecta resulta aquí esclarecedora. En apoyo de la tesis 3.a., tal evidencia la proporcionan los países donde se encuentran operando la mayor parte o la totalidad de los mecanismos socio-psicológicos contra la violencia identificados en la primera lista presentada más arriba, pero que sin embargo confrontan significativas manifestaciones de violencia nacionalista en curso. (India, Gran Bretaña, la España pos-franquista; Venezuela desde los años 1990 y los Estados Unidos desde la II Guerra Mundial). Es así como, a pesar de la presencia de numerosos mecanismos socio-psicológicos que, según la opinión ampliamente generalizada, mantienen bajo control la violencia nacionalista, estos países exhiben niveles significativos de tal violencia. En apoyo de la tesis 3.b., la evidencia nos llega de los países donde la mayor parte o la totalidad de los mecanismos pro violencia identificados en la segunda lista presentada más arriba se hallan operando, pero sin embargo dichos países se encuentran libres de manifestaciones de violencia nacionalista en gran medida. (China desde fines de los años 1970, Cuba después de 1962, los países bálticos desde 1991, y Ucrania independiente hasta 2013). A pesar de que abrigan en su seno numerosos mecanismos socio-psicológicos promotores de la violencia, estos países no padecen la violencia nacionalista.

En conclusión, es importante destacar que las cuatro tesis defendidas en esta sección no ponen en cuestión el hecho de que los mecanismos nacionalizadores y los mecanismos socio-psicológicos del tipo que hemos descrito más arriba se hallen involucrados en la explicación de la violencia nacionalista y, por lo tanto, sean significativos para la misma. Y en la medida en que están involucrados, no deberían ser ignorados. Sin embargo, ninguno de estos mecanismos, individualmente o combinados entre sí, tiene suficiente poder social y, por lo tanto, suficiente peso causal para explicar la presencia o la ausencia del nacionalismo violento. Como argumentaremos en la siguiente sección, al parecer sólo existe una especie de mecanismo que posee este alto grado de poder social explicativo.

 

Mecanismos políticos

Tesis 4.a. Existen mecanismos políticos especiales que impiden que el nacionalismo se torne violento.

Tesis 4.b. Existen mecanismos políticos especiales que hacen que el nacionalismo se vuelva violento.

Luego de defender tres catálogos de tesis contra-intuitivas (1-3), la argumentación presente plantea cuatro conjuntos de tesis sobre mecanismos políticos que a primera vista parecen igualmente implausibles. Admito que podría ser más prudente moderar las proposiciones contenidas en las tesis 1-4. Pero para los fines de la argumentación teórica, me parece más útil mantener la formulación aguda y filosa de cada uno de los asertos, al menos por ahora. El lector atento pudo haberse dado cuenta de que el juego de casos de donde he extraído los ejemplos ilustrativos en apoyo de mis tesis contra-intuitivas es más bien escaso. La razón estriba en que el número de ejemplos confirmatorios de la percepción intuitiva es, en efecto, muy elevado, mientras que el número de casos que la refutan, aunque escaso, es suficiente para socavar la validez general de la percepción intuitiva. Pero existe otra razón importante, de carácter histórico. Los nacionalismos cambian, y los episodios de violencia nacionalista llegan y se van. Todos los países parecen ser capaces de tales movimientos, lo que explica por qué la cuestión no tiene que ver primariamente con el carácter de los nacionalismos y de los sistemas dentro de los cuales operan, sino con los mecanismos que dan cuenta acerca de cuándo, cómo y por qué ocurren esos desplazamientos de la no violencia a la violencia. Tales mecanismos son mecanismos políticos.20

Un proceso general, que parece ser parte de todos los episodios de violencia nacionalista, es la polarización. Por supuesto, la polarización es simultáneamente causa y efecto de la violencia, y como tal no es una explicación suficiente de la misma. Pero la polarización es un concepto clave cuya descripción nos ayuda a encontrar mecanismos que explican cuándo, cómo y por qué irrumpe la violencia nacionalista. La cuestión acerca de cuándo (i.e. exactamente en qué coyuntura) se produce la violencia nacionalista no puede ser respondida en términos mecanísmicos generales en el centro de este análisis. Desde el momento en que el timing es siempre una función de las condiciones históricas dentro de las cuales operan mecanismos generales, la temporización representa una contingencia radical que limita severamente y en principio las predicciones científicas y sociales de la ocurrencia del nacionalismo violento, impidiendo al mismo tiempo el cierre definitivo de las reconstrucciones históricas de los episodios violentos. La cuestión de por qué irrumpe la violencia nacionalista es potencialmente engañosa desde la perspectiva de la ciencia social, ya que favorece respuestas en términos de actores y de sus preferencias, motivaciones e intenciones. En contraste, la cuestión del cómo se produce la violencia nacionalista otorga prioridad a la indagación de los procesos y de los mecanismos involucrados.21

El proceso de polarización tiene un carácter relativo, esto es, la polarización de hoy es relativo al grado de polarización de ayer, del último mes y del último año. Un incremento en la polarización incrementa también la probabilidad de la irrupción de la violencia nacionalista, mientras que una disminución en la polarización (i.e. despolarización) produce el efecto contrario. Dicho de otro modo, la despolarización entre dos partidos contendientes reducirá la violencia nacionalista o impedirá que ésta surja, mientras que la polarización tiene el efecto opuesto. La captación de un proceso general que envuelva a un conjunto de fenómenos específicos que necesitan ser explicados, constituye un importante primer paso que puede proporcionar una descripción adecuada de lo que tiene que ser explicado en términos procesuales —pensemos en la industrialización, la democratización, la construcción del estado o el desarrollo económico, por ejemplo. El siguiente paso es la búsqueda de un mecanismo específico que guíe el proceso. Si la "polarización relativa y la despolarización" describen un proceso clave en la irrupción de la violencia nacionalista, ¿cuáles serían entonces los mecanismos más importantes —si es que existen— que incrementan o disminuyen la polarización, dejando de lado cualquier otra característica específica de la situación?

A pesar de que en un proceso de polarización pueden estar implicadas más de dos partes, la polarización se produce por definición entre dos polos opuestos. La cristalización de varios actores colectivos e individuales en torno a dos polos es la primera parte del proceso de polarización. En el caso del nacionalismo, la constelación más común es la oposición entre los que controlan un estado-nación, por una parte, y sus contrincantes domésticos o internacionales, por otra. Tanto las políticas normales como las contenciosas de los estados en el siglo XXI tienen un marco nacional de referencia, esto es, los procesos políticos son canalizados o van acompañados —y por lo tanto codeterminados— por mecanismos nacionalizadores (véase más arriba). Como se ha observado con frecuencia, el nacionalismo crea o refuerza una mentalidad de tipo "nosotros" vs. "ellos", pero actúa de este modo en muy diferentes formas e intensidades. En el plano doméstico e internacional, no todos los estados o grupos de estados forman parte de un acomodo polarizado de mutua confrontación y contienda. En algunas relaciones y estructuras, la polarización puede ser baja e incluso inexistente. En otras, por supuesto, un alto nivel de polarización constituye claramente la parte central de la estructura. Recordemos, por ejemplo, la era de la Guerra Fría o el orden mundial dominado por los Estados Unidos de principios de este siglo, donde la polarización entre este país y algunos otros estados, especialmente en el Medio Oriente, fue creciendo consistentemente hasta llegar a alcanzar un nivel extremadamente alto de violencia nacionalista.22 Para ilustrar el lado doméstico de la polarización, detengámonos por un momento en el ejemplo de los Estados Unidos. Hay muchos contendientes en la política estadounidense, pero los más poderosos son los dos principales partidos políticos y sus aliados más estrechos. Podemos observar aquí tanto la polarización como la despolarización, frecuentemente en el contexto de la dinámica de los mismos procesos en el nivel internacional. Así, al incrementarse la polarización entre el gobierno estadounidense y el de Iraq en las semanas previas al estallamiento de la guerra, simultáneamente la polarización doméstica entre Republicanos y Demócratas decreció drásticamente. Después de cinco años de una catastrófica y costosa guerra de ocupación en Iraq, la polarización entre los dos partidos políticos volvió a incrementarse nuevamente, aunque la violencia nacionalista norteamericana se desplegó exclusivamente en otros países.23 ¿Cuáles son los mecanismos políticos generales que están detrás de estos procesos de polarización?

Recapitulemos el argumento general de este trabajo: si bien es cierto que varios otros mecanismos, solos o combinados entre sí, no pueden ser la causa de la ausencia o de la ocurrencia de la violencia nacionalista, algunos mecanismos políticos sí pueden serlo. Es hora de cumplir con lo prometido respecto a esta ambiciosa proposición. Hay dos mecanismos políticos centrales que, combinados entre sí, pueden explicar la violencia nacionalista: el corretaje (o intermediación) y la activación de fronteras. Ninguno de estos mecanismos se explica por sí mismo, así que se requiere una breve descripción. El corretaje se refiere al establecimiento de vínculos políticos entre actores colectivos previamente desconectados. Por ejemplo, la coalición anti-guerra en los Estados Unidos fue inicialmente minúscula, pero fue creciendo gradualmente en los siguientes cuatro años, y en parte como resultado de las elecciones intermedias al final del 2006, ha llegado a incluir a miembros del Partido Demócrata e incluso a generales norteamericanos retirados. El mecanismo que explica el crecimiento de la coalición anti-guerra es el corretaje, esto es, la intensificación de las conexiones entre un creciente número de actores en torno al polo anti-guerra. El fin de la guerra o, más precisamente, la retirada de las tropas estadounidenses de Iraq, va a ser el resultado del debilitamiento o de la disolución de las conexiones entre los diferentes actores políticos. Por supuesto, existen también otros mecanismos operantes, pero uno de los dos mecanismos cruciales, según mi argumentación, es el mecanismo político del corretaje: la creación de vínculos y alianzas entre actores previamente desconectados, y su subsecuente colapso. El corretaje, a su vez, estimula el segundo mecanismo político clave, la activación de fronteras (Tilly 2003; 2004).

Las fronteras sociales existen por doquier en la vida social; algunas son duras y permanentes, mientras que otras son maleables y temporales. Entre las duraderas están las fronteras categoriales entre hombre y mujer, entre empleadores y trabajadores, entre nacionales y extranjeros, y entre grupos ocupacionales y profesionales (cf. Tilly 1998). Aunque las fronteras "nosotros / ellos", como observa Tilly, siempre están disponibles en ciertos escenarios, "ellas se desplazan desde ser relativamente insignificantes, a ser absolutamente dominantes para las interacciones corrientes". Este desplazamiento en cuanto a su importancia es el mecanismo de la activación de fronteras. Este mecanismo es bien conocido en la literatura sobre nacionalismo bajo el nombre de movilización nacionalista (cf. Deutsch 1953). El corretaje y la activación de fronteras son los dos mecanismos políticos que, combinados entre sí, pueden explicar el desplazamiento del nacionalismo no-violento al nacionalismo violento. (El mecanismo político de la fragmentación / desconexión y de la desactivación de fronteras produciría el efecto contrario a la difusión de la violencia.) En muchos casos, la activación de fronteras y el corretaje conforman un proceso dual por el que ambos mecanismos se combinan y se refuerzan mutuamente. Lo que hace que estos mecanismos gemelos sean potencialmente tan poderosos y centrales en términos causales es su capacidad de anular las relaciones sociales previamente existentes (Tilly, 2003). Esto es lo que ocurre cuando vecinos que previamente coexistían pacíficamente, de la noche a la mañana se convierten en enemigos mortales. Los mecanismos nacionalizadores y algunos otros mecanismos sociales, tales como los mecanismos de desigualdad que estabilizan las relaciones sociales, corren por carriles rutinarios (path dependence) reproduciéndose a sí mismos y reforzándose mutuamente en el proceso. Como resultado, dichos mecanismos cambian por sí mismos sólo muy lentamente, y en conjunto contribuyen a la estabilidad social. Por otro lado, el corretaje y la activación de fronteras cambian de carril y potencialmente trastornan el orden social provocando un rápido cambio de la no violencia a la violencia. Por supuesto, la intensificación de estos mecanismos no siempre desemboca en la violencia, pero siempre la precede.

¿Cuál es la evidencia que sustenta la centralidad de este mecanismo dual en la producción de la violencia? Ya sabemos, a partir de nuestra indagación anterior sobre el papel de otros mecanismos, que los ejemplos confirmatorios no son suficientes para probar su papel central en el proceso. En otras palabras, si bien el corretaje y la activación de fronteras generalmente intensifican la tendencia a la violencia, pueden existir cierto número de casos que cuestionan la tesis del poder social de rebosamiento y del papel explicativo central de estos mecanismos. Sostengo que, contrariamente a lo que anteriormente hemos encontrado con respecto a los mecanismos nacionalizadores y a los socio-psicológicos, no existen casos de violencia nacionalista en los que el corretaje y la activación de fronteras no estén centralmente involucrados. O dicho de manera más simple: el corretaje y la activación de fronteras son los mecanismos causales centrales que explican por qué el nacionalismo desemboca en la violencia colectiva. Se trata de una hipótesis empírica abierta a la discusión.

 

5. Comentarios conclusivos

Las dos contribuciones más importantes del presente artículo son: (1) un enfoque explicativo en términos mecanísmicos del problema del nacionalismo en su relación con la violencia; y (2) una proposición sustantiva acerca del primado de mecanismos políticos específicos en la violencia nacionalista. El trabajo de Charles Tilly sobre mecanismos sociales, nacionalismo y violencia colectiva ha sido una rica fuente para ambos aspectos de este análisis. Los dos mecanismos políticos que él destaca como centrales son el corretaje y la activación de fronteras. El problema que Tilly trata de explicar es la violencia colectiva en general, el cual, obviamente, es más vasto y más general que el problema de la violencia nacionalista que hemos colocado en el centro de este análisis. Me gustaría ahora referirme a otro teórico de la violencia nacionalista, a saber, Michael Mann y su libro The Dark Side of Democracy: Explaining Ethnic Cleansing (2005). Mann se interesa en explicar las peores manifestaciones de la violencia colectiva, esto es, el etnocidio y el genocidio. Él no se pregunta por qué ambos fenómenos ocurren, sino cómo ocurren. Sin utilizar el término, en su lista de seis tesis Mann identifica mecanismos centrales en los procesos conducentes a la limpieza étnica. ¿Cómo podemos comparar los hallazgos de Mann acerca de los mecanismos con las tesis principales de este artículo?

La tesis más fundamental de Mann es de carácter histórico-estructural o sistémico: la limpieza criminal es moderna porque constituye el lado oscuro de la democracia. En la democracia, la unidad política básica es "el pueblo", o más precisamente, "un pueblo". Demos (la dimensión política) y etnos (la dimensión cultural) siempre están entreverados, y por eso las relaciones entre las personas están cargadas de conflictos potenciales. La pintura relativamente acertada de las formas institucionalizadas y por lo general no violentas del conflicto nacionalista en las democracias estables de Occidente, tiende a pasar por alto dos hechos históricos básicos: que algunas de las peores formas de limpieza étnica fueron perpetradas por colonos de las colonias de esos países, y que las mismas democracias liberales fueron construidas a partir de limpiezas étnicas. La tesis contra-intuitiva de Mann apunta a un mecanismo particular, esto es, a la democratización, como crucial en la promoción de la limpieza étnica.

Como he argumentado al comienzo de la sección 4, el mecanismo maestro para el nacionalismo, si es que existe uno, es el mecanismo de la soberanía que combina un mecanismo político — el control territorial —con un mecanismo cultural— el derecho reconocido de una nación a la autodeterminación en su territorio. Creo que ambos mecanismos —el de la democratización y el de la soberanía—, son esencialmente lo mismo, aunque el mecanismo de la soberanía puede tener la ventaja semántica de ser más fácilmente compatible con los regímenes autoritarios violentos (e.g. la Alemania Nazi) —que también pretenden representar al pueblo—, que el normativamente cargado "régimen democratizador". En todo caso, como arguye Mann en su tercera tesis (y en coincidencia con las tesis 2-4 de esta comunicación), la limpieza étnica es primariamente de carácter político, y en menor medida de carácter económico, ideológico o militar, porque se basa en reclamos antagónicos a un mismo estado.

Al igual que Tilly, Mann identifica la etnicidad como fuente de desigualdad duradera, juntamente con la clase, el género y el regionalismo, pero alega que la etnicidad no siempre desplaza a la clase. Sin embargo, los sentimientos clasistas pueden ser canalizados hacia el etnonacionalismo. El mecanismo decisivo es aquí la activación de fronteras (aunque Mann no lo llama con este nombre). Las diferentes combinaciones entre clases, etnicidad, género y región (y podríamos añadir: religión) podrán conducir a un serio conflicto étnico sólo si uno (e.g. clases) es considerado como explotador de otro (ethnicidad). De acuerdo con Mann, la irrupción de la violencia requiere la acción de un mecanismo adicional, que nosotros podemos reconocer fácilmente como corretaje. La parte más débil en el conflicto nacionalista opta por la violencia cuando recibe un apoyo externo o espera recibirlo. La parte más fuerte, en cambio, cree que tiene poder militar abrumador y legitimidad ideológica para imponer por la fuerza un estado limpio con poco riesgo. Y algo muy importante: Mann destaca que el corretaje y la activación de fronteras no desembocan necesariamente en la violencia colectiva: la interacción entre las dos partes en litigio es crucial, como lo es también la opción final por la lucha, antes que por la conciliación.

Avancemos ahora en nuestro afán explicativo más allá de la violencia nacionalista que está en el centro de este trabajo. Para que la violencia nacionalista desborde los límites y provoque la plena eclosión de la limpieza étnica, se requiere que el estado que ejerce la autoridad soberana sobre el territorio en disputa llegue a faccionalizarse o a radicalizarse en un entorno geopolíticamente inestable o en guerra. Obviamente, la faccionalización es el resultado del corretaje (o de su opuesto), mientras que la radicalización es el resultado de la activación de fronteras. Esto no debe confundirse con el colapso del estado, como apunta Mann, porque usualmente son estados los que dirigen la limpieza étnica en sus fases más virulentas, y ésta requiere cierta capacidad y coherencia estatal. La limpieza étnica criminal raramente es resultado de la intención inicial de sus perpetradores, sino más bien la consecuencia no prevista de una serie de interacciones —el mecanismo de la escalada juntamente con las impredecibles combinaciones de violentas presiones de arriba para abajo, de abajo para arriba y laterales, que conducen a las peores atrocidades. El "nacionalismo banal" (Billig 1995) puede ayudarnos a descifrar el enigma de la "banalidad del mal" (Arendt 1963) por la que las estructuras sociales normales indujeron a la gente ordinaria a cometer limpiezas étnica criminales, aunque Mann destaca (de nuevo en la misma línea de las tesis propuestas en este artículo) que "necesitamos una sociología del poder antes que una psicología de los perpetradores". Esta es otra manera de subrayar el primado de los mecanismos políticos sobre los mecanismos nacionalizadores y otros mecanismos socio-psicológicos en la explicación de la relación entre nacionalismo y violencia.

 

Referencias

Arendt, H. (1963). Eichmann in Jerusalem; a report on the banality of evil. New York: Viking Press.         [ Links ]

Beck, U., & Sznaider, N. (2006). Unpacking cosmopolitanism for the social sciences: A research agenda. British Journal of Sociology, 57(1), 1-23.         [ Links ]

Berger, P. L., & Luckmann, T. (1966). The social construction of reality; a treatise in the sociology of knowledge (1st ed.). Garden City, N.Y.: Doubleday.         [ Links ]

Billig, M. (1995). Banal nationalism. London ; Thousand Oaks, Calif.: Sage.         [ Links ]

Boyer, D., & Lomnitz, C. (2005). Intellectuals and nationalism: Anthropological engagements. Annual Review of Anthropology, 34,105-120.         [ Links ]

Bunge, M. (2004). How does it work? the search for explanatory mechanisms. Philosophy of the Social Sciences, 34(2), 182-210.         [ Links ]

----------, (1997). Mechanism and Explanation. Philosophy of the Social Sciences, 27(4), 410-465.         [ Links ]

----------, (1998). Social science under debate : A philosophical perspective. Toronto: University of Toronto Press.         [ Links ]

Chernilo, D. (2006). Social theory's methodological nationalism: Myth and reality. European Journal of Social Theory, 9(1), 5-22.         [ Links ]

Deutsch, K. W (1953). Nationalism and social communication. Cambridge, Mass.: MITPress.         [ Links ]

Dryzek, J. S. (2006). Deliberative global politics. Cambridge: Polity Press.         [ Links ]

Rebecca Former, Chronik der Todesopfer rechtsextremer Gewalt. Amadeu-Antonio-Stiftung, http://www.mut-gegen-rechte-gewalt.de/artikel.php?id=82&kat=82&artikelid=1323, consultado el 8 de Marzo, 2007.         [ Links ]

Hassin, R. R., Uleman, J. S., & Bargh, J. A. (2005). The new unconscious. Oxford ; New York: Oxford University Press.         [ Links ]

Helleiner, E., & Pickel, A. (Eds.). (2005). Economic nationalism in a globalizing world. Ithaca, NY: Cornell University Press.         [ Links ]

Hofstede, G. H. (2001). Culture's consequences : Comparing values, behaviors, institutions, and organizations across nations (2nd ed.). Thousand Oaks, Calif.: Sage Publications.         [ Links ]

Löfgren, O. (2000). The disappearance and return of the national: The swedish experience 1950-2000. In P. Anttonen (Ed.), Folklore, heritage politics and ethnic diversity (pp. 230-252). Botkyrka, Sweden: Multicultural Centre.         [ Links ]

Mann, M. (1993). Sources of social power. the rise of classes and nation-states 1760-1914. Cambridge: Cambridge University Press.         [ Links ]

McSweeney, B. (2002). Hofstede's model of national cultural differences and their consequences: A triumph of faith-A failure of analysis. Human Relations, 55(1), 89-118.         [ Links ]

Norkus, Z. (2004). Max weber on nations and nationalism: Political economy before political sociology. Canadian Journal of Sociology/Cahiers canadiens de sociologie, 29(3), 389-418.         [ Links ]

Pickel, A. (2006). The problem of order in the global age : Systems and mechanisms. New York: Palgrave Macmillan.         [ Links ]

---------- (2004). Systems and mechanisms: A symposium on Mario Bunge's philosophy of social science (Editor's introduction), Philosophy of the Social Sciences, 34(2), 169-181.         [ Links ]

---------- (2003). Explaining, and explaining with economic nationalism. Nations and nationalism, 9(1), 105-127.         [ Links ]

Smith, A. D. (2001). Nationalism : Theory, ideology, history. Malden, Mass.: Polity Press.         [ Links ]

Spillman, L., & Faeges, R. (2005). Nations. In J. Adams, E. S. Clemens & A. S. Orloff (Eds.), Remaking modernity: Politics, history, and culture (). Durham: Duke University Press.         [ Links ]

Szacki, J. (2004). Is there such a thing as the sociology of nations? Polish Sociological Review, (1), 3-14.         [ Links ]

Tilly, C. (2006). Why?. Princeton, N.J.: Princeton University Press.         [ Links ]

---------- (2004). Social boundary mechanisms. Philosophy of the Social Sciences, 34(2), 211-236.         [ Links ]

---------- (2002). Stories, identities, and political change. Lanham, Md.: Rowman & Littlefield.         [ Links ]

---------- (1998). Durable inequality. Berkeley: University of California Press.         [ Links ]

---------- (1996). Mechanisms of inequality. Stockholm University:        [ Links ]

van Dijk, T. A. (1998). Ideology. A multidisciplinary approach. Thousand Oaks, CA: Sage.         [ Links ]

Wierzbicka, A. (2005). In defense of 'culture'. Theory & Psychology, 15(4), 575-597.         [ Links ]

---------- (1997). Understanding cultures through their key words : English, russian, polish, german, and japanese. New York: Oxford University Press.         [ Links ]

Zubrzycki, G. (2001). 'We, the polish nation': Ethnic and civic visions of nationhood in post-communist constitutional debates. Theory and Society, 30, 629-668.         [ Links ]

 

Notas

1 El presente artículo ha sido publicado como working paper por el citado Centro del que es director el autor. El autor manifiesta su gratitud a Gilberto Giménez por haber realizado la traducción de este artículo.

2 El rango de hechos al que puede referirse la expresión "nacionalismo y violencia" puede ilustrarse por dos periodos en la historia alemana de la violencia nacionalista. Bajo el régimen Nazi, 6 millones de personas perdieron la vida en el holocausto, y 60 millones murieron a consecuencias de la II Guerra Mundial, desencadenada y sustentada por el nacionalismo agresivo. Y desde 1990, después de la unificación, 135 personas fueron muertos en Alemania por la violencia de la extrema derecha (Former 2007). Este artículo se interesa primariamente por la relación entre nacionalismo y violencia colectiva, antes que por actos individuales de violencia, y utiliza las expresiones "violencia nacionalista" y "nacionalismo violento" en forma intercambiable para referirse a esa relación.

3 Me apoyo en la conceptualización de la violencia colectiva de Charles Tilly (3003), aunque no puedo presentarla aquí con todo el detalle requerido, dado los propósitos limitados de este artículo.

4 Nota del traductor : según la concepción de Mario Bunge —implícitamente retomada en este artículo por el autor—, el concepto de "mecanismo" forma parte de la teoría de los sistemas y denota los factores que explican el funcionamiento o dinamismo de los mismos. Se define, de modo general, como "un proceso en un sistema concreto que es capaz de producir o impedir un cambio en el sistema como todo o en algunos de sus subsistemas" (Bunge, 2007). Por ejemplo, el conflicto y la cooperación, la participación y la segregación, la institucionalización y la rebelión son conspicuos mecanismos sociales, así como también la imitación y el comercio, la migración y la colonización, la innovación tecnológica y los varios modos de control social. Las explicaciones mediante mecanismos causales se distinguen de las explicaciones nomológicas (por subsunción de hechos concretos bajo principios o leyes generales), de las explicaciones hermenéuticas (Verstehen) y de las funcionalistas (o teleológicas).

5 La pacificación o la instauración de un conflicto nacionalista violento tiene que operar en el contexto de los nacionalismos involucrados, y pueden derivarse de aquí algunos elementos positivos.

6 Por supuesto, los estudiosos del nacionalismo también pertenecen a otras (sub) culturas y comunidades, particularmente a las de su propia profesión, las cuales pueden reforzar, refinar o debilitar las semánticas de su cultura nacional.

7 Desde una perspectiva liberal, "cívico" y "étnico" pueden sustituirse por "bueno" y "malo", una distinción cuyo carácter normativo e ideológico ha sido expuesto. Sin embargo, concuerdo con Zubrzicky (Zubrzicky, 2001) en que, si se los usa con cuidado, los conceptos de "nacionalismo cívico" y de "etno-nacionalismo" pueden ser empleados con propósitos explicativos.

8 Puede encontrarse en Pickel 2006, (Pickel, 2006, cap. 4) una discusión detallada y sistemática sobre las diferencias fundamentales, en cuanto a las formas y los propósitos, de las teorías, las ideologías y las políticas.

9 Véase un intento de extraer material relevante para una teoría del nacionalismo a partir de Weber en (Norkus, 2004).

10 Uno de los textos claves es Berger & Luckmann, 1966.

11 Proporciono una presentación más detallada de esta conceptualización en Pickel(2006), cap. 6.

12 Nota: frecuentemente existe más de un discurso nacional o más de una identidad nacional en un determinado estado; el punto crucial radica en que en tal caso tanto los discursos como las identidades se refieren a un mismo esquema de referencia (y por lo tanto usualmente se relacionan entre sí). Este desglose se apoya en van Dijk, 1998, especialmente en las pp. 37, 39, 120, 126 y 196. El proyecto de Van Dijk es desarrollar un nuevo concepto de ideología "que sirva de interfase entre la estructura social y la cognición social" (ibid. 8). Sin embargo, rechaza el concepto de habitus (ibid., 47) y no habla de cultura nacional.

13 No sólo como explanandum, sino también como explanans (Véase Pickel, 2003).

14 Las "teorías de nivel o alcance medio" (Merton) se relacionan estrechamente con los mecanismos explicativos. Véase Pickel (2004).

15 Obviamente, algunos sistemas sociales que son ampliamente considerados como auto-evidentes, constituyen un nivel primario de análisis. El así llamado "nivel nacional", con "su" estado, su economía, su cultura y su sociedad, adquieren el status de sistemas auto-evidentes en muchas investigaciones de la ciencia social corriente, pero de hecho esta conceptualización asume como dado lo que frecuentemente necesita ser explicado, i.e., la composición, la estructura y el modo de operación de los sistemas concretos. Véase una crítica no satisfactoria del "nacionalismo metodológico" en defensa de una mal definida alternativa "cosmopolita" en (Beck & Sznaider,2006). Para una formulación más equilibrada del "nacionalismo metodológico", ver(Chenilo, 2006).

16 En lo referente al nacionalismo sueco contemporáneo, véase, por ejemplo (Löfgren, 2000).

17 En correspondencia con los principales tipos de poder social. Véase (Mann, 1993).

18 Por supuesto, la violencia colectiva es precisamente el problema que los creadores de la doctrina de la soberanía trataron de resolver en los siglos XVl y XVII. Véase Pickel (2006), cap. 2.

19 El mecanismo político que precedió al estallido de la violencia después del 2013 fue externo: el apoyo de Occidente (U.S., EU) a un golpe de estado por parte de nacionalistas anti-rusos, en el contexto de dos décadas de expansión de la NATO dentro de Europa oriental.. Este mecanismo externo precipitó la violencia nacionalista y la guerra civil, y fue la condición para su continuación.

20 Tilly (2003) ha identificado los mecanismos políticos centrales que respaldan la creación y el mantenimiento de la desigualdad como la explotación, la acumulación de oportunidades, la adaptación y la emulación. Para otros mecanismos políticos, ver (Tilly, 1996; Tilly, 2002).

21 Sobre las dimensiones principales de las cuestiones acerca del por qué en las diferentes esferas de la vida, y la importancia de transformar las cuestiones-por qué en cuestiones-cómo para volverlas manejables en el análisis social científico, véase (Bunge, 2004; Tilly, 2006).

22 Considero la ocupación estadounidense y de sus aliados en Afganistán e Iraq, así como también las variadas formas de resistencia armada, como manifestaciones violentas de nacionalismos antagónicos.

23 De este modo, el "retorno" de los así llamados terroristas en otros lugares fuera de los Estados Unidos para torturar y matar, puede considerarse como un ejemplo de la exportación de la violencia nacionalista.

Creative Commons License Todo el contenido de esta revista, excepto dónde está identificado, está bajo una Licencia Creative Commons