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Cultura y representaciones sociales

versión On-line ISSN 2007-8110

Cultura representaciones soc vol.6 no.11 México sep. 2011

 

Artículos

 

Teorías diversas en el estudio de los movimientos sociales. Una aproximación a partir del análisis de sus categorías fundamentales

 

Guido Galafassi*

 

* Guido Galafassi es investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y docente-investigador en la Universidad Nacional de Quilmes (Argentina). Sus áreas de docencia-investigación versan alrededor de la teoría social y los problemas vinculados al conflicto social y los procesos de desarrollo. Es director de la RED y Revista Theomai, Estudios sobre Sociedad y Desarrollo (http://theomai.unq.edu.ar). Es además docente temporario (en el marco del Programa de Postdoctorado) en la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) y ha sido profesor visitante en las Universidades de Bologna, Padova, Bari y Ancona en Italia y en las Universidades Autónomas de México, Zacatecas y Veracruz (México). ggalafassi@unq.edu.ar

 

Resumen

El objetivo de este artículo es caracterizar el andamiaje teórico utilizado en las últimas tendencias relativas al estudio del conflicto y los movimientos sociales focalizados en el individualismo metodológico, así como realizar un análisis y una comparación crítica con abordajes dialécticos basados en la contradicción social y la diferencia entre clases.

Palabras clave: conflicto; movimiento social; teoría; acción colectiva; Dialéctica.

 

Abstract

Different theories in the study of social movements. An approach based on the analysis of its main components. The aim of this paper is to characterize the latest trends in the study of conflict and social movements which are centered on a methodological individualistic framework, and to carry out a comparison and a critical analysis using dialectic approaches which are based on social contradiction and differences between social classes.

Keywords: Conflict; Social Movement; Theory; Collective action; Dialectic.

 

Introducción

La problemática de la movilización y el cambio social ha sido un tema altamente tratado y estudiado en los medios académicos latinoamericanos, siendo la clase obrera y el movimiento campesino dos sujetos privilegiados en cuanto a la dedicación que han merecido por parte de la academia y la ciencia. Luego de una relativa declinación en los años '80 y parte de los '90, reaparece en estos últimos años un fuerte interés por esta problemática.

Siguiendo las tendencias internacionales surgidas a la luz de la llamada "teoría de la acción colectiva", los últimos estudios apuntan fundamentalmente a intentar desentrañar el cómo y el porqué de los "nuevos movimientos sociales". Así, mientras que los análisis hasta los años '70 centraban el eje precisamente en las luchas y los conflictos generados a partir de la imposición de un determinado modelo de desarrollo capitalista y de la interacción y la puja de intereses entre los diversos sectores o clases sociales, en la actualidad se pone mucho más fuertemente el énfasis en las cuestiones de subjetividad ligada fundamentalmente a la organización de los movimientos, en donde los fenómenos de "identidad", "recursos organizativos" y "exclusión" son las preocupaciones fundamentales. Se siguen así tendencias teóricas aparecidas en las últimas décadas en los países centrales y basadas todas ellas en el resurgir del "individualismo metodológico".

Mientras que en los años '60 y '70 algunas temáticas importantes eran los procesos revolucionarios, el desarrollo, la dependencia, el cambio social, Vietnam, Cuba y otros procesos de liberación nacional y social, mayo del '68 y otras revueltas del '68 a nivel mundial, el Cordobazo en Argentina, etc., de manera tal que ejercían una fuerte influencia en la agenda de la investigación social, en la actualidad aparece con fuerza la figura de "los movimientos sociales" como sujeto colectivo con clara identidad, alrededor del cual se elaboran intensos desarrollos teóricos y empíricos.

Este renovado interés por la movilización social está ahora principalmente focalizado en el estudio de los "actores" y la "acción". Si en los '60 y '70 el eje era la "lucha de clases", en la actualidad lo es el "movimiento social" en tanto sujeto particular y fenoménico.

 

Corrientes dominantes en el estudio actual de los movimientos sociales

Es de hacer notar que el estudio de los movimientos sociales por parte de las actuales teorías dominantes sufrió una larga evolución que fue desde una incomprensión conservadora del fenómeno a un intento más abarcador y comprensivo de las motivaciones que generan el descontento. En el periodo de entreguerras, la ciencia norteamericana consideraba mayoritariamente a la movilización social como portadora de un comportamiento político no institucionalizado, espontáneo e irracional, por lo cual era potencialmente peligrosa al tener la capacidad de amenazar la estabilidad del modo de vida establecido. Según estas corrientes, los cambios estructurales generaban situaciones de colapso o bien de los órganos de control social, o bien en la adecuación de la integración normativa. Las tensiones, descontentos, frustraciones y agresividad resultantes llevan al individuo a participar en el comportamiento colectivo, caracterizado como comportamiento no institucional-colectivo (en contraposición al colectivo institucional, que es el comportamiento "normal" dentro de una sociedad) que de la acción espontánea de masas, avanza a la formación de opinión pública y movimientos sociales. Aparece también por aquellos años una variante basada en la noción (psico-sociológica) de la "privación relativa", que denotaba un proceso por el cual una sensación de frustración provocaba una reacción bajo alguna forma de protesta. Los "sentimientos de privación relativa" surgidos a partir de una situación social o económica relativamente desventajosa, conducían a la violencia política.

Estas corrientes fueron entrando en declive, y ante la serie de revueltas, conflictos, manifestaciones y procesos de movilización social de los años sesenta, se comienza a cuestionar fundamentalmente la idea del comportamiento desviado e irracional y la idea de la aparición de movimientos sociales vistos exclusivamente como reacción a desajustes estructurales. Así aparece una nueva caracterización de los movimientos sociales como actores "racionales" que definen objetivos concretos y estrategias racionalmente calculadas. Surge así el enfoque de la "elección racional" (rational choice) de raíz individualista. Lo que explicaría la acción colectiva sería el interés individual por conseguir beneficios privados, motivando esto la participación política en grandes grupos. Mancur Olson (1965), el principal mentor de esta corriente, elaboró un modelo de interpretación en donde los individuos participan en acciones colectivas siempre que exista una racionalidad básica basada en el hecho de que los "costos" de su acción tienen que ser siempre menores que los "beneficios", y es este cálculo de costos y beneficios lo que confiere un carácter racional al comportamiento. Aparece en este contexto el "problema del gorrón" (free-rider) por el cual cualquier sujeto que incluso coincida y racionalmente vea que sus intereses son los del colectivo, puede tranquilamente no participar, pues obtendría igualmente los beneficios gracias a la participación de los demás.

En este marco surge la teoría de la "movilización de recursos" (ressource mobilization) que es, por mucho, la que ha cosechado la mayor parte de los adeptos y la que se mantiene vigente hasta la actualidad. La diversidad de matices es muy grande, pero podemos mencionar a modo de ejemplo los siguientes autores más o menos afines a esta línea: McAdam (1982), McCarthy (1977), Tarrow (1997), Tilly (1978, 1990), Craig Jenkins (1994), etc. Aquí, la preocupación ya no gira exclusivamente alrededor del individuo egoísta sino alrededor de la "organización" y de cómo los individuos reunidos en organizaciones sociales gestionan los recursos de que disponen (recursos humanos, de conocimiento, económicos, etc.) para alcanzar los objetivos propuestos. Ya no interesa tanto descubrir si existe o no insatisfacción individual, por cuanto se da por sentado su existencia; por lo tanto, lo importante para este cuerpo teórico es ver cómo los movimientos sociales se dan una organización capaz de movilizar y aunar esta insatisfacción individual. El énfasis en la gestión y en lo organizacional los lleva a definir un concepto clave, que es la figura del "empresario movimientista", es decir, aquel sujeto individual o grupal que toma la iniciativa precisamente en la organización del movimiento. Los movimientos sociales surgen como resultado de la acción colectiva en un contexto que admite la existencia de conflictos, y éstos, por sí solos, ya no son vistos como anormalidades del sistema. Una sociedad moderna y capitalista está atravesada por conflictos, que por sí solos no desestabilizan al sistema. Sigue siendo fundamental el concepto de acción colectiva y ya no se establecen diferencias entre una acción colectiva institucional (normal) y otra no institucional (patológica). Esta acción colectiva involucra la búsqueda racional del propio interés por parte de los grupos, es decir que estamos ante una socialización del principio de "elección racional"; no se abandona este supuesto sino que se lo somete a la acción de grupos, en lugar de relacionarlo solamente con una acción individual. El agravio es considerado un motor fundamental de la acción colectiva, entendiendo por tal toda manifestación del sistema que perjudique a individuos o grupos. Pero como los agravios y sus reacciones son resultados permanentes de las relaciones de poder, y por tanto no pueden explicar la formación de movimientos, ésta depende más bien de cambios en los recursos con que cuentan los grupos, la organización y las oportunidades para la acción colectiva. Es decir que dado un agravio, se generará un movimiento social en tanto los individuos y los grupos cuenten con los recursos organizacionales necesarios para su formación. La movilización involucra entonces a organizaciones formales burocráticas de gran escala y con propósitos definidos.

Una categoría clave que se suma a las anteriores es la de "nuevos movimientos sociales". La preocupación fundamental radica en diferenciar los movimientos sociales post '68 de los anteriores, y es así como surgen las "teorías de los nuevos movimientos sociales". Alain Touraine (1978, 1991), Clauss Offe (1985, 1996) y Alberto Melucci (1984, 1994) son tres de sus representantes más conspicuos. Este énfasis en la figura del "nuevo movimiento" lo relacionan con transformaciones fundamentales de las sociedades industriales, siendo sus casos de estudio los movimientos pacifistas, ecologistas, feministas, etc, que emergen con relativa fuerza en la Europa de los años '60 y '70. Mientras los "viejos" movimientos sociales eran organizaciones institucionalizadas centradas casi exclusivamente en los movimientos de la clase obrera, los nuevos movimientos, por oposición, poseen organizaciones más laxas y permeables. Esto lo relacionan estrechamente con la diferenciación entre un viejo y un nuevo paradigma político. Los contenidos del viejo paradigma se relacionan con el crecimiento económico y la distribución, la seguridad militar y social, y el control social; y los del nuevo, con el mantenimiento de la paz, el entorno, los derechos humanos y las formas no alienadas de trabajo. Dentro del viejo paradigma, los valores se orientan hacia la libertad, la seguridad en el consumo privado y el progreso material; y dentro del nuevo paradigma, hacia la autonomía personal y la identidad en oposición al control centralizado. Por último, en lo relativo a los modos de actuar, según el viejo paradigma se daba una organización interna formalizada con asociaciones representativas a gran escala y una intermediación pluralista en lo externo, unida a un corporativismo de intereses basado en la regla de la mayoría, juntamente con la competencia entre partidos políticos; en cambio, según el nuevo paradigma, los movimientos sociales se caracterizan en lo interno por la informalidad, la espontaneidad y el bajo grado de diferenciación horizontal y vertical, y en lo externo, por una política de protesta basada en exigencias formuladas en términos predominantemente negativos (cfr. Corcuff y Mathieu, 2011).

A estos autores también se los llama "teóricos de la identidad", pues esta categoría es clave en sus análisis. Así, mientras para la teoría de la movilización de recursos lo fundamental para definir un movimiento social es la forma de la organización, para estos enfoques europeos la cuestión de la identidad —que se construiría a partir del agregado de individuos en organizaciones sociales—, constituye el foco a ser dilucidado, siendo la identidad equivalente a la organización, en cuanto son los conceptos clave por los cuales se explica un movimiento social. En efecto, para esta corriente, un movimiento social implica un proceso de interacción entre individuos con el objetivo fundamental de encontrar un perfil identitario que les permita ubicarse en el juego de la diversidad social. A partir de asumir una identidad, el movimiento social parecería haber consumado su razón de ser. Esta corriente dice responder así al reduccionismo político de las interpretaciones clasistas dominantes hasta los años '70.

 

Teorías alternativas: la complejidad dialéctica de las relaciones-contradicciones sociales

Frente a esta predominancia de marcos teóricos provenientes del individualismo metodológico, las corrientes críticas, emparentadas mayoritariamente con alguna variante del marxismo, no han desarrollado una tarea sistemática en términos de aportar teorías específicas que aborden la problemática de los llamados movimientos sociales, sean estos nuevos o viejos. La centralidad de la lucha de clases y la visión prioritaria de la clase obrera como la clase emblemática para el cambio social, han provocado que no hayan sido tomados en cuenta mayoritariamente los matices, variantes y nuevas o renovadas expresiones del proceso de movilización social para la explicación de esta realidad.

Pero recientemente, con la caída del socialismo real y la pérdida de importancia que el marxismo había tenido en las décadas de los años '60 y '70, se ha venido produciendo un rico y nutrido debate en el amplio campo de las teorías críticas, en donde la centralidad del "partido" en la estrategia revolucionaria (clásica visión leninista) ha estado perdiendo fuerza, en consonancia con la pérdida relativa de importancia de éste en los procesos de cambio y movilización de las últimas dos décadas; en contraparte, esta situación ha permitido dirigir la mirada hacia otro tipo de organizaciones sociales en proceso de movilización social por el cambio. Para algunos, por ejemplo,

... la emergencia de los movimientos sociales es, de hecho, un resultado de la decreciente capacidad del movimiento obrero y los partidos políticos socialistas o comunistas para representar adecuadamente las demandas de los sectores que se expresan a través de estos movimientos (Vilas, 1995: 75).

A pesar de este desdibujamiento de la clase obrera como componente esencial y casi único del cambio, el concepto de lucha de clases no tiene por qué desaparecer según las renovadas ideas de las teorías críticas. Pero sí, quizás, resignificarse, ampliarse o flexibilizar-se en relación a la dinámica y complejidad de las relaciones sociales. En este sentido, J. Holloway, por ejemplo, considera enfáticamente a la lucha de clases como un proceso y no ya como sólo estáticos sectores sociales:

... el concepto de lucha de clases es esencial para comprender los conflictos actuales y al capitalismo en general; pero solamente si entendemos la clase como polo del antagonismo social, como lucha, y no sociológicamente como grupo de personas (Holloway, 2004: 10).

De esta manera se está apelando, no ya al reconocimiento de la existencia de una lucha entre clases constituidas, sino más bien a entender la lucha de clases como un antagonismo incesante y cotidiano entre alienación y des-alienación, entre fetichización y desfetichización.

La existencia del capital, pues, es la lucha de clases: la repetida separación cotidiana de las personas del flujo social del hacer, la repetida imposición cotidiana de la propiedad privada, la repetida transformación cotidiana del hacer en trabajo. Es lucha de clases, pero no parece serlo (...) Cuanto más exitosa sea la lucha de clases capitalista, más invisible se hace: de hacedores vinculados entre sí por la comunidad de su hacer, las personas se transforman en individuos libres e iguales vinculados entre sí por instituciones externas, como el Estado. La lucha de clases capitalista se realiza a través de formas aparentemente neutrales, como son la propiedad, el dinero y la ley del Estado. Todas ellas son formas a través de las cuales el capitalista se impone en nuestras vidas como una forma de hacer (ibíd: 97).

Esta centralidad de la lucha de clases hace que siga igualmente sin aparecer en la teoría neomarxista una producción importante específicamente dedicada a explicar los movimientos sociales, por cuanto éstos no constituirían un componente ni nuevo ni destacado, ya que son vistos como parte de la puja dialéctica entre intereses y sujetos contradictorios, propias de una sociedad de clases. Sin embargo, existen algunos acercamientos —más o menos sistemáticos—, análisis y líneas críticas que intentan abordar o bien la totalidad del fenómeno o bien algunos movimientos determinados.

Por su nivel de mayor generalidad, me parece válido comenzar con el concepto de "movimiento antisistémico", que adquiere una fuerte centralidad en los trabajos de Immanuel Wallerstein (1999, 2002), y se entronca claramente con su línea histórica y teórica de análisis de la totalidad social, por cuanto es imposible entenderlo aislado de su análisis del sistema-mundo. Por movimiento antisistémico se entiende, en los propios términos de Wallerstein,

... una forma de expresión que pueda incluir en un solo grupo a aquellos que, histórica y analíticamente, habían sido en realidad dos tipos de movimientos populares diferentes, y en muchos sentidos hasta rivales; es decir, por un lado aquellos movimientos que se identificaban con el nombre de "sociales" y por el otro lado los que se autocalificaban como "nacionales". Los movimientos sociales fueron concebidos originalmente bajo la forma de partidos socialistas y de sindicatos; y ellos pelearon para fortalecer las luchas de clases dentro de cada Estado, en contra de la burguesía o de los empresarios. Los movimientos nacionales, en cambio, fueron aquellos que lucharon para la creación de un Estado nacional, ya fuese combinando unidades políticas antes separadas que eran consideradas como parte de una nación —como por ejemplo en el caso de Italia- o escindiéndose de ciertos Estados considerados imperiales y opresivos por la nacionalidad en cuestión— como el caso de algunas colonias en Asia y en África, por ejemplo.

Ambos tipos de movimientos se conformaron como tales ya desde mediados del siglo XIX, convirtiéndose con el tiempo en organizaciones cada vez más poderosas. La cooperación entre ambos fue escasa —y cuando existió fue primordialmente vista como táctica temporal—, pues cada uno privilegiaba fuertemente sus propios objetivos por sobre cualquier otra cosa.

Hasta aquí ya va quedando clara la definición netamente socio-política que está implícita en la caracterización del movimiento antisistema. Para Wallerstein, movimiento antisistema es eminentemente una organización con fines sociopolíticos de cambio social, independientemente del tipo al cual pueda pertenecer. Pero además de esta característica que lo diferencia de las interpretaciones que abrevan en el individualismo metodológico, el propio autor rescata otra serie de puntos compartidos entre ambos tipos de movimientos. La primera es que tanto unos como otros se proclamaron mayoritaria-mente como revolucionarios, es decir, como movimientos que buscaban transformaciones fundamentales en las relaciones sociales. El Estado representó un eje clave en el accionar de estos movimientos, tanto porque era el objetivo a alcanzar/conquistar, como porque buena parte del poder del enemigo residía en el poder del Estado. El Estado como objetivo a conquistar los hacía obrar de acuerdo a lo que el propio Wallerstein llama la "estrategia en dos pasos", como la orientada en primer lugar a "ganar el poder dentro de la estructura estatal; y segundo y sólo después, transformar el mundo" (pp. 78). Pero el ímpetu revolucionario originario se fue matizando con la discusión entre revolución y reforma como estrategia adecuada para llegar a la transformación social. La estrategia en dos pasos llevó a la paradoja por la cual hacia los años '60 del siglo XX casi una tercera parte de los países del planeta estaban en poder de estructuras sociopolíticas que representaban a alguna clase de estos movimientos, pero la tan mentada transformación nunca terminó de completarse, quedándose en todo caso sólo en la etapa uno. Es así como aparece, según el autor, el punto de inflexión a partir de las protestas y movilizaciones de 1968, que introducen un fuerte debate en la estrategia de los dos pasos, dando lugar a la emergencia de los movimientos antisistémicos contemporáneos que se estarían construyendo con base en principios más flexibles y democráticos, y para los cuales la burocratización es también parte del problema, mientras que la solución es ir hacia un mundo más humanitario, concepción que abarca dimensiones no sólo económicas, sino también políticas, ideológicas, culturales y sociales en un sentido integral del cambio. Aparecen así los "nuevos movimientos sociales", aunque Wallerstein reconoce que fueron fundamentalmente un producto pan-europeo, elemento central a la hora de aplicar esta categoría a América Latina. Las características comunes de estos "nuevos movimientos sociales" se basan principalmente en...

... su vigoroso rechazo a la estrategia en dos pasos propia de la vieja izquierda, lo mismo que a la jerarquías internas y a las prioridades de esta última —como la idea de que las necesidades de las mujeres, de la minorías y del medio ambiente eran secundarias y deberían ser consideradas sólo hasta "después de la revolución". Y en segundo lugar, estos nuevos movimientos sociales sospechaban profundamente del Estado, así como de la acción orientada en referencia a ese mismo Estado (pp. 82).

Por su parte, el antropólogo español Andrés Piqueras Infante comienza reconociendo a las teorías de la privación relativa, de la movilización de recursos, de las oportunidades políticas, de los procesos de enmarcamiento, del marco cognitivo, de la acción discursiva y de la identidad colectiva como mayoritariamente sujetas a un análisis de tipo "micro-sociológico", donde lo que prevalece es el realce de factores micro-sociales de la movilización o la acción colectiva.

Frente a esto, el autor —quien se considera implicado tanto en el estudio como en la participación dentro de los movimientos sociales— menciona la necesidad de afirmarse en una perspectiva macro-sociológica (y macropolítica) que pueda dar cuenta de las diferentes dimensiones presentes en el análisis de los movimientos sociales,

... dentro de una estrategia teórica de más largo alcance, atendiendo tanto a la cambiante correlación de fuerzas de actores sociales atravesados por el factor de clase, como a las diferentes manifestaciones históricas del sistema socioeconómico en que se desenvuelven y a las que dan lugar. Todo ello desde la premisa de que la formación de subjetividades, motivos o "intereses" está encastrada (de forma a la vez constituida y constituyente) en las cambiantes ordenaciones de un modo de producción, sus estructuras e instituciones, así como en la correspondientes relaciones y prácticas sociales (Piqueras, 2002: 18).

Por eso Piqueras resalta la clara pertinencia y validez del análisis marxista, en tanto que puede dar cuenta de los movimientos sociales como "polimórficas expresiones de la lucha de clases".

En este sentido, Piqueras propone la combinación de lo que él considera las dos grandes vertientes del marxismo en el estudio de dichas expresiones: la definida como "marxismo sistémico" —más materialista— que focaliza la trayectoria histórica de los movimientos sociales como parte de la propia evolución del sistema capitalista (Wallerstein, Frank, Arrighi, Amin, etc.), junto a la versión —más dialéctica— del "marxismo abierto" o "autónomo" que resalta el movimiento de alternatividad a lo dado como un fenómeno tan imprevisible como inevitable (Negri, Bonefeld, Holloway, Jun, etc.). A esta combinación le suma el enriquecimiento a partir del análisis de los sujetos reales, tal como...

... están constituidos por, y constituyen las estructuras sociales (...) Desde el presupuesto de que tan absurdo resultaría intentar comprender o anticipar la historia en virtud de leyes, dinámicas o ciclos, sin sujetos, como renunciar a la explicación sistemática (y sistémica) de lo sucedido entre los seres humanos en virtud de una supuesta indeterminación dialéctica de todo (op. cit: 19).

Por esto, la estrategia consistirá en repasar los principales sujetos antagonistas tomando como base la formación de las ideologías políticas explícitas, así como también la constitución de la conciencia de clase en interacción con los cambiantes rasgos estructurales del sistema, en el contexto de la madurez o hegemonía mundial del sistema capitalista.

Otro elemento clave a destacar es la visión alternativa respecto a los denominados "nuevos movimientos sociales", por cuanto constituyen, como se dijo anteriormente, un eje clave en las actuales interpretaciones. Los nuevos movimientos sociales surgen, según Piqueras, en el contexto de la fase keynesiana de la etapa del Capitalismo Monopolista de Estado y se consolidan en la etapa siguiente del Capitalismo Monopolista Transnacional. Como vimos, la relación entre sujeto y estructura es clave para este autor. Las principales aportaciones de los nuevos movimientos sociales son las siguientes: politización de la vida cotidiana; dar respuesta a la colonización del mundo de la vida en tanto dinámica de extensión mercantilista a todos los aspectos de la vida; denunciar y desafiar el pacto de clase Capital-Trabajo que dejó incólumes las relaciones de explotación o desigualdad:

a) las relaciones de género o división sexual del trabajo, b) la instrumentalización mercantilista del hábitat humano y de la naturaleza en su conjunto, c) la división internacional del trabajo, d) el militarismo, e) la férrea moralidad sexual de relaciones afectivas y de control sobre el cuerpo (pp. 54).

A las que se añaden otras aportaciones como la de focalizar fundamentalmente las relaciones de dominación y reproducción ideológica; promover la construcción de un concepto extendido de ciudadanía con nuevos derechos sociales, incluyendo la incorporación de los ecológicos; defender las identidades elegidas contra la estandarización y la alienación; y promover la desmercantilización de ciertos consumos esenciales con el propósito de frenar la invasión de la esfera privada por las relaciones sociales de producción capitalista. Es importante hacer notar que esta definición de los nuevos movimientos sociales se basa primordialmente en los procesos socio-históricos de los países del primer mundo.

Para James O'Connor (2001) lo importante es interpretar la movilización social a la luz de las contradicciones del capitalismo, trazando un paralelismo entre el histórico movimiento sindical y los nuevos movimientos sociales. En su momento, el movimiento sindical empujó al capitalismo hacia formas más sociales de fuerzas y relaciones de producción, por ejemplo, con la negociación colectiva. Tal vez, se plantea el autor, el feminismo, los movimientos ambientales y otros nuevos movimientos sociales puedan estar empujando al capital y al Estado hacia formas más sociales de la reproducción de las condiciones de producción. La explotación del trabajo (primera contradicción del capitalismo) generó un movimiento sindical que en determinados momentos y lugares se convirtió en una "barrera social" frente al capital. La explotación de la naturaleza (y de la biología humana) engendra un movimiento ambiental (ecologismos, movimientos por la salud y la seguridad ocupacionales, movimientos feministas organizados en torno a la política del cuerpo, etc.) que también pueden constituir una "barrera social" frente al capital. De hecho, todos los cambios en las legislaciones y técnicas de producción con el argumento de favorecer un desarrollo sustentable (lo que incluye también la incorporación de este debate en los discursos políticos y económico-empresariales, así como su incorporación a la esfera científico-académica), son resultado de esta presión social que se manifiesta en forma creciente y cada vez más articulada.

La categoría clave para O'Connor es entonces la de "condiciones de producción". Para Marx hay tres condiciones de producción capitalista: la externa o natural, la general-comunal y la personal. Hoy hablaríamos de ambiente, de infraestructura, de espacios urbanos, de comunidad y de fuerza de trabajo. Se entiende entonces por condición de producción todo aquello que no se produce como una mercancía de acuerdo a la ley del valor o a las fuerzas del mercado pero es tratado por el capital como si fuese una mercancía. La naturaleza, el espacio urbano, la infraestructura, la comunidad y la fuerza de trabajo son calificados de acuerdo a esta definición. Ninguno de ellos es producido para ser lanzado después al mercado, sin embargo todos son tratados como si fuesen mercancías, o mejor dicho, mercancías ficticias, poseyendo también precios ficticios: renta de la tierra para la naturaleza y el espacio urbano, salarios para la fuerza de trabajo.

Si bien el capital se emplea para tomar decisiones de mercado, "el mercado no decide la cantidad y calidad de las condiciones de producción disponibles para el capital, ni el momento y lugar en que estas condiciones están a disposición del capital" (op. cit: 357). Existe, en cambio, un organismo que efectivamente regula el acceso del capital a estas "mercancías ficticias", y este organismo es el Estado. El papel principal del Estado es precisamente regular el acceso del capital a las condiciones de producción, participando con frecuencia en la producción de estas cosas, por ejemplo bajo la forma de una política para la recuperación del suelo degradado, una política de zonifficación urbana y una de atención a la maternidad y la niñez.1 De este modo se observa un incremento histórico de los organismos estatales, ampliándose la misión de la mayoría de ellos porque,

... por un lado la oferta de condiciones de producción se ha ido volviendo más problemática con el tiempo y, por otro, porque el capital está más organizado y racionalizado. En lo que a la ecología se refiere, hay por una parte una naturaleza menos abundante, y el capital, por otra, tiene más necesidad de un acceso organizado y racionalizado a la misma (op. cit. 357).

Por esto un tratamiento integral del proceso de acumulación capitalista necesita, según O'Connor, no sólo una teoría del Estado, sino también la provisión de condiciones de producción, incluidas las contradicciones de las mismas; por lo que se reconoce una importante laguna en la tradición del pensamiento marxista. Pero la laguna también existiría en la teoría de los movimientos sociales, porque muy pocos habrían advertido la similitud existente entre los tres tipos de condiciones de producción y los tres tipos generales de movimientos sociales.

En otras palabras, los nuevos movimientos sociales parecen tener un referente objetivo en las condiciones de producción: la ecología y el ambientalismo en las condiciones naturales; los movimientos urbanos del tipo que analizaron Manuel Castells y muchos otros en los setenta y principios de los ochenta; la infraestructura y el espacio urbanos, y movimientos tales como el feminismo, que se relaciona (entre otras cosas) con la definición de fuerza de trabajo, la política del cuerpo, la distribución de la atención a los niños en el hogar y cuestiones similares, y en las condiciones personales de producción (O' Connor, 2001: 358).

Esta conceptualización de los nuevos movimientos sociales implica adoptar una estrategia de análisis materialista, en términos de intereses y de la lucha por estos intereses, pues la lucha típica por defender o redefinir las condiciones de producción como condiciones de vida lleva al movimiento hacia el Estado representado por sus múltiples organismos. Como el Estado es precisamente el encargado de regular el acceso del capital hacia las condiciones de producción, los reclamos se dirigen necesariamente al Estado. Y las estrategias para llevar adelante esta lucha pueden ser, por lo menos, de tres tipos. La primera es la estrategia anarquista de rechazar el mercado y crear contra-autoridades locales (como la ecología social de Murray Bookchim o la propuesta de la Democracia Inclusiva de Takis Fotopoulos). La segunda es tratar de reformar el Estado liberal, como lo viene intentando, por ejemplo, el ambientalismo convencional. Y la tercera estrategia podría ser la de democratizar el Estado; y esta última es la que adopta O'Connor pensando que no hay posibilidades de una unidad perdurable entre las fuerzas progresistas si no existe una meta específicamente política (bajo una concepción decididamente de carácter transicional como primera etapa hacia el socialismo ecológico y aprovechando la emergencia de estos nuevos movimientos sociales).

 

De la organización al proceso dialéctico de la movilización social

Sin negar la importancia relativa de las diferentes condiciones y procesos que desde las teorías norteamericanas y europeas se postulan como promotores de la organización de movimientos sociales, se puede observar que las teorías derivadas del individualismo metodológico le asignan escasa importancia al hecho de la existencia de un deseo, en individuos y grupos sociales, de cambiar o transformar la sociedad de modo que se vaya más allá de las reacciones puntuales a agravios puntuales (relacionados con el desajuste social o la identidad). Por esto es fundamental poder combinar la totalidad de las motivaciones que llevan a los individuos a congregarse en movimientos sociales; de este modo las reacciones a agravios puntuales podrán tener una relativa presencia en muchos casos e inclusive agotarse en ello; pero seguramente será relativamente insuficiente para explicar las reiteradas formas de movilización social a todo lo largo de los últimos dos siglos con perspectivas diversas, y muchas de ellas con algún grado de estrategia antisistémica (como en el caso del zapatismo, del MST,2 y de los movimientos sociales que en Bolivia y Venezuela apoyan el proceso de renovación política y social, etc.). La búsqueda del cambio en las clases y grupos sociales puede rastrearse a lo largo de toda la historia, pero constituye sin lugar a dudas un pilar fundamental de los principios modernos sobre los cuales se rigen todas las sociedades contemporáneas alcanzadas por el desarrollo urbano-industrial-capitalista. Sin lugar a dudas, la presencia de los agravios y de los grupos y condiciones que permiten la organización de los recursos generan condiciones favorables para la movilización social, pero sin la presencia de una premisa de cambio social difícilmente se hubieran generado, tanto los movimientos de obreros de principios de siglo XX en la Argentina, como los actuales movimientos campesinos en toda América Latina, o los movimientos de trabajadores desocupados que lentamente fueron confluyendo con el movimiento de trabajadores ocupados, o muchas de las asambleas populares en la crisis Argentina del 2001; o el trayecto que vienen recorriendo varios movimientos ambientalistas o en defensa de los recursos naturales, los cuales, partiendo de posiciones netamente puntuales (agravios), van confluyendo en una crítica diversa y más general al sistema del saqueo de recursos (tal como ellos mismos lo están definiendo), como el caso de las luchas anti-megaminería presentes en varios países de América Latina. Tomando a Melucci, por ejemplo, vemos cómo, al acusar de "reduccionismo político" a las posiciones que se centran en la contradicción y la lucha social, se minimiza de alguna manera la importancia que pudieran tener las relaciones de poder y los proyectos de sociedad enfrentados que soportan desde su base buena parte de los procesos de movilización social.

También existe en las teorías alineadas con el individualismo metodológico una fuerte tendencia a identificar el movimiento social con sólo la satisfacción de expectativas personales o sectoriales, en tanto relaciones del sujeto con su mundo externo a través de la búsqueda de recursos o mejoras con que paliar su privación relativa; o bien con la construcción de una identidad que el actor lograría plasmar gracias a la interacción y la negociación colectiva.

El hecho de ubicar el accionar de los movimientos sociales dentro de un vastísimo espectro de acciones colectivas se sustenta, a su vez, en la necesidad de diferenciar el comportamiento habitual individual del comportamiento ocasional que sería colectivo, identificando el movimiento social con agregación de sujetos. Esta laxitud en la definición de una categoría permite aplicar el concepto de acción colectiva y movimiento social a casi cualquier contexto donde dos o más sujetos entablen algún tipo de relación, preferentemente contenciosa, lo que resta eficacia a la hora de intentar comprender el proceso de movilización social en su complejidad dialéctica.

Otro elemento a destacar es la pregunta principal que subyace a las líneas teóricas dominantes: ¿por qué y cómo aparecen los movimientos sociales? En buena parte la respuesta gira siempre alrededor de las "cuestiones organizacionales", "el entorno de oportunidades" o la "construcción de identidad". Pero lo importante a resaltar aquí no es tanto qué tipo de respuestas se dan, sino la preocupación que presupone el tipo de pregunta. El interesarse en el "por qué" y el "cómo" implica de alguna manera partir de un escenario donde el conflicto social y la contradicción social no representan un eje articulador. Por tanto, cuando el conflicto aparece, amerita estudiar su origen. Así, todo movimiento social implicaría algún grado de tensión y conflicto que rompe con el acuerdo subyacente que debería existir en todo contrato social, y que por lo tanto es necesario explicar. El movimiento social es una fuerza disruptiva, en cierta medida anormal (aunque es cierto que no tan anormal como para considerarlo un caso anómico, como se lo veía originalmente desde el collective behaviour); y por esto resulta tan importante descubrir el origen y las motivaciones que hacen que aparezca. De este modo, las explicaciones van desde la irracionalidad de los sujetos (Collective Behaviour, Blumer), hasta los efectos provocados por el desarrollo desigual de los subsistemas (Parsons, 1949-1951), los procesos de privación relativa individual (Relative Deprivation), o de elección racional (Olson), o la disponibilidad de recursos organizativos y la existencia de oportunidades políticas (movilización de recursos). Los marcos teóricos europeos, en cambio, consideran más normal —desde la lógica de la "acción subjetiva"— las disputas y conflictos, pero siempre como un juego natural de intereses individuales, en un contexto social que se presenta como esencialmente estable (aunque lo que sí varían son las individualidades y las relaciones inter-individuales), estabilidad por lo menos en términos de no someterse a grandes cambios, a cambios sistémicos. Si partiéramos del supuesto de que el proceso histórico se construye a partir de conflictos, antagonismos y relaciones contradictorias entre los sujetos, entonces importaría diferenciar los diferentes tipos de protesta y su vinculación con agravios, grupos de presión o procesos de transformación social más o menos importantes. Vinculado con esto está el hecho del perfil político-ideológico de los procesos de movilización del presente. Offe, por ejemplo, quien sitúa incluso a los movimientos sociales contemporáneos dentro de un nuevo paradigma político, afirma explícitamente la desaparición de la esfera ideológica al caracterizar que...

... es también típica la falta de un armazón coherente de principios ideológicos y de interpretaciones del mundo de la que se pueda derivar la imagen de una estructura deseable de la sociedad y deducir los pasos a dar para su transformación.

Que muchos de los movimientos sociales contemporáneos no tengan un armazón ideológico estructural al estilo de los grandes planteamientos políticos del siglo XX (situación más visible para el caso europeo-norteamericano) no quiere decir que no tengan una teoría acerca del mundo. Vale tomar los ejemplos de movimientos que el mismo Offe menciona para darse cuenta fácilmente de la dificultad de este planteo. Los ecologistas, por ejemplo, desde hace ya largas décadas vienen construyendo una teoría política-ideológica (incluso científica) alternativa que sustente su estrategia de cambio social; lo mismo ocurre con el movimiento feminista, con los movimientos por los derechos humanos y con los de los pacifistas. Negar que todos estos movimientos posean una teoría, o principios ideológicos o interpretaciones del mundo, equivale a poner un freno a la comprensión profunda de los procesos contemporáneos de movilización social.

Ahora bien, si visualizamos la modernidad como un proceso histórico complejo, comprenderemos fácilmente que la misma puede ser interpretada fácilmente como la historia de la movilización social. La modernidad nace o se expresa materialmente a partir de procesos de movilización social. Así, la revolución inglesa y francesa dan forma a los inicios de la modernidad, y luego se van expandiendo por el resto del mundo a través de distintos procesos de movilización social, volviendo a darse también en muchos casos procesos revolucionarios (Berman, 1988). Por lo tanto, el estudio de los procesos de movilización social es en parte el estudio de la modernidad y viceversa. De este modo los movimientos sociales son parte inherente de la modernidad, son producto y productores de la modernidad y son la expresión de las cambiantes condiciones, estructuras y procesos de la modernidad. Los procesos de industrialización, urbanización, acumulación capitalista y desarrollo poscapitalista son el entramado dialéctico con el cual los movimientos sociales interaccionan conformándose y conformándolos. El nacimiento y posterior desarrollo de las ciencias sociales también van de la mano con el análisis de la movilización social: tanto los padres fundadores de la sociología como sus continuadores tuvieron en el estudio de la movilización el eje de su problemática. Lo mismo ha ocurrido en el campo de la economía y de la ciencia política.

Dentro de esta perspectiva, la mirada sobre los movimientos sociales podrá ser más amplia y más compleja, de tal manera que nos permita comprenderlos en el marco del conjunto de la totalidad dialéctica de la realidad (Kosik, 1967); con lo cual la categoría "movilización social" podrá asumir toda su relevancia, pues alude a un proceso complejo de relaciones-contradicciones y no sólo a sujetos más o menos aislados.

En el contexto del desarrollo capitalista de las últimas décadas, los movimientos sociales siguen sosteniéndose sobre los postulados básicos que definieron las protestas, los conflictos y las movilizaciones en el pasado (proceso más claramente visible en América Latina), sin perjuicio de que se los pueda y deba definir clara y contundentemente como movimientos modernos con reclamos modernos (por tierra, trabajo, salarios, precios, democracia, etc.). De este modo se relativizan las interpretaciones que desde posiciones pos-estructuralistas pretenden ver "nuevos" movimientos sociales que rompen la continuidad con los históricos reclamos de los sectores explotados. "Diferentes" y "diversos" no significan "nuevos" como categoría absoluta, en contraposición con los "viejos". Son "nuevos" como categoría relativa, en tanto que la modernidad produce por su propia dinámica manifestaciones renovadas de sus propias contradicciones.

Por consiguiente, es importante diferenciar entre grupos de presión y procesos de movilización social, priorizando, como lo hacen los propios movimientos sociales, la disputa, el conflicto, la lucha entre sujetos, grupos, clases o fracciones de clase y la confrontación entre modelos de sociedad, en la medida en que se trata de movimientos con pretensiones de oposición, reforma, transformación o cambio de las reglas del juego dominantes en el sistema, en mayor o menor medida. Es importante entonces una mirada que ubique a los movimientos sociales como formas diversas de organización de conjuntos sociales con patrones de identidad propia, inmersos en relaciones sociales de antagonismo sociopolítico y cultural —no importa que sea de alto o bajo grado— que por su misma configuración apuntan hacia algún tipo de lucha anti-statu-quo.

Por lo tanto, será indispensable tratar a los movimientos sociales como sujetos colectivos (con organización e identidad propias) que dentro de la dinámica dialéctica de los procesos de movilización social se hallan inscritos en alguna variante de cambio social o de transformación de la sociedad, lo que nos permitirá preguntarnos por la mayor o menor presencia de esta premisa de cambio en dichos procesos. Ello implica que su posición alternativista o antagonista (ya sea parcial o total) con respecto al sistema constituye uno de los ejes a partir del cual habrá que interpretarlos, y no sólo un elemento más de la larga serie de sus características. En efecto, la identidad principal de un movimiento social radica precisamente en su posicionamiento crítico frente a alguna de las características o aspectos de la política vigente, o a toda ella, peticionando algún tipo de transformación, sea esta parcial o casi total.

Entonces, al referirnos específicamente al movimiento social en el contexto de un proceso de movilización social, será importante considerar los siguientes factores que son vistos como ejes clave a la hora de estudiar cualquier movimiento social como resultado de la relación dialéctica entre las condiciones objetivas y subjetivas:

1. la posición estructural del movimiento social en el proceso político-económico regional, lo que implica prestar especial atención a la presencia de puntos de inflexión en las relaciones y contradicciones sociales para visualizar así al sujeto en su relación con las condiciones objetivas;

2. la posición estratégica del movimiento social y los sujetos que lo conforman, lo que implica prestar atención a las condiciones subjetivas que definen un tipo, grado y nivel de acción (de protesta, movilización, organización, identidad, etc.);

3. la configuración histórica del contexto regional y global que define el marco socio-político, cultural y económico con el cual cada movimiento social interactúa, es decir, el proceso socio-histórico de movilización social.

Pero, además, será fundamental tomar como base las siguientes consideraciones que definirán el marco de construcción de las categorías de análisis:

• Que el proceso de movilización social se construye históricamente (es decir, sincrónicamente, y no asincrónicamente como suele analizar la realidad el individualismo metodológico).

• Que los procesos de movilización social mantienen una relación dialéctica con el proceso histórico de transformaciones en la relación Capital-Trabajo y Capital-Condiciones de Producción.

• Que los procesos de movilización social se inscriben en algún contexto y proceso de Cambio Social (cualquiera sea el signo de este cambio).

• Que es fundamental considerar las relaciones de los movimientos y organizaciones socio-políticas tanto con el resto de los sujetos, clases y fracciones de clase como con el Estado.

Para terminar, proponemos los siguientes aspectos para el análisis de los procesos de movilización social (teniendo fundamentalmente en cuenta que todos ellos están dialécticamente relacionados, y ninguno de ellos puede explicar por sí sólo el proceso complejo de la movilización social):

1. Base social del movimiento: cuáles sujetos, sectores, clases y fracciones de clase lo componen.

2. Condiciones objetivas y posición estructural del movimiento y sus integrantes: las relaciones de clase, estamento, sector social en el contexto de la estructura socio-económica y política de la sociedad.

3. Las demandas concretas de los procesos de movilización social y cómo estas demandas se van transformando (o no) en el tiempo.

4. El Programa Político al cual responden las demandas, pu-diendo estar este programa explicitado o no por parte de los movimientos.

5. Métodos, formas de lucha, acciones y actividades desarrolladas.

6. Alianzas, ya sea con otras fuerzas sociales, movimientos, clases o fracciones de clases, que definirán las tácticas y estrategias del movimiento. Su relación con el programa político, el contexto histórico y las formas y métodos de lucha.

7. La organización del movimiento: roles, funciones, recursos, etc.

8. Condiciones subjetivas de la organización del movimiento, los procesos de construcción de identidad, de aceptación de roles, liderazgo, etc

Considerando, de esta manera, las contradicciones que motorizan el proceso socio-histórico, se podrá abarcar mejor la complejidad que implica un proceso de movilización social. Las luchas por la igualdad y la solidaridad, si bien en algunos casos pueden implicar ajustes del sistema, representan fundamentalmente procesos de movilización en vista de algún tipo de transformación social (no importa que éste sea más o menos importante, más o menos radical). Se requiere entonces rescatar el rico historial de las ciencias sociales críticas en el estudio de los procesos de movilización social, para así comprender en profundidad los "nuevos" fenómenos en su contexto dialéctico implícito en toda dinámica social.

 

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Notas

** Se autoriza la copia, distribución y comunicación pública de la obra, reconociendo la autoría, sin fines comerciales y sin autorización para alterar, transformar o generar una obra derivada. Bajo licencia creative commons 2.5 México http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/mx/

1 De aquí se desprende la agudización de las contradicciones y la propia insostenibilidad del proceso económico a partir de la puesta en práctica del credo neoliberal en el sentido de minimizar el accionar del mercado. La crisis argentina es un claro ejemplo de este fenómeno.

2 Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra (El Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra, en Brasil). (N.E.)

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