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Cultura y representaciones sociales

versión On-line ISSN 2007-8110

Cultura representaciones soc vol.5 no.10 México sep. 2011

 

Artículos

 

Partidos y movimientos sociales: de las ilusiones de la "actualidad" a una puesta en perspectiva sociológica

 

Philippe Corcuff * y Lilian Mathieu **

 

* Maître de conférences de ciencia política en el Instituto de Estudios Políticos (IEP) de Lyon; sociólogo en el laboratorio CERLIS (CNRS / Université Paris Descartes; ver http://www.cerlis.fr/pagesperso/permanents/corcuffphilippe.htm) y miembro del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA). Ha publicado en español: Las nuevas sociologías. Construcciones de la realidad social (1998); Los grandes pensadores de la política. Vías críticas en filosofía política (2008); y en esta misma revista, << Figuras de la individualidad: de Marx a las sociologías contemporáneas. Entre clarificaciones científicas y antropologías filosóficas>> (2008a), << Pierre Bourdieu (1930-2002) leído de otra manera. Crítica social post-marxista y el problema de la singularidad individual >> (2009), con Gilberto Giménez, << Los procesos de individualización en las ciencas sociales >> (debate, 2010) y << Libre homenaje a Daniel Bensaïd (1946-2010): travesías melancólicas de "juegos de lenguaje" diversificados >> (2010a).

** Director de investigaciones en Sociología en el CNRS, miembro del laboratorio GRS (CNRS / ENS, Lyon ; ver http://recherche.univ-lyon2.fr/grs/index.php?page=97&id_membre=52). Es autor de las siguientes obras, entre otras: Mobilisations de prostituées (2001), Comment lutter? Sociologie et mouvements sociaux (2004) y Les années 1970, un âge d'or des luttes? (2010). Es miembro del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA).

 

Resumen

Se pueden detectar dos estereotipos contrapuestos en los debates actuales dentro de la izquierda radical y de los movimientos sociales. El primero postula la muerte de los partidos políticos y profetiza el advenimiento de una renovación política activada por los movimientos sociales. El segundo anuncia la resurrección de la forma-partido y considera como residual y secundario el papel de los movimientos sociales. El presente artículo adopta una posición sociológicamente antitética a ambos estereotipos. El trabajo comienza examinando las semejanzas existentes entre partidos políticos y movimientos sociales y, de modo particular, la vulnerabilidad compartida por ambos con respecto a las tendencias generadas por la profesionalización y la monopolización del poder. Los movimientos sociales contemporáneos no son inmunes a tales tendencias, pese a sus alegatos de compromiso con la horizontalidad. El artículo prosigue analizando el proceso de diferenciación que permite a los movimientos sociales establecer un espacio propio y específico, diferente al de la esfera política. Como consecuencia de este proceso, lo político y lo social aparecen como dos universos distintos atravesados por sus propias lógicas específicas, aunque manteniendo al mismo tiempo relaciones cercanas y fluctuantes.

Palabras clave: Partidos Políticos; movimientos sociales; poder político.

 

Abstract

Two competing stereotypes can currently be identified in the debates within the radical left and in social movements. One of these stereotypes postulates the death of political parties and prophesies a political renewal animated by social movements. The other stereotype projects a resurrection of the party-structure and considers the role of social movements to be merely subaltern. The present article adopts a position which is sociologically antithetical regarding this issue: it begins by examining the numerous similarities between political parties and social movements and, more particularly, their shared vulnerability to the traits of professionalisation and the monopolisation of power. Contemporary social movements are not immune to such trends, despite repeated protestations of their commitment to horizontality. The article goes on to examine the process of differentiation which caused social movements to establish a specific space, separate from the political sphere. In the wake of this process, the political and the social appear to constitute two distinct universes, traversed by their own specific logics, while at the same time retaining relations which are both close and fluctuating.

 

Cuando se tienen los ojos muy pegados a la "actualidad", es decir, a una serie de lugares comunes seleccionados del flujo del mundo por los filtros mediáticos, se corre el riesgo de convertirse —creyendo hacer un trabajo intelectual— en marionetas no-conscientes de los conformismos del momento. De aquí la importancia del esfuerzo para...

... constituir en objeto de cuestionamiento lo que parece estar fuera de cuestión, lo que parece evidente con esa evidencia que se impone a la indignación ética, a la simpatía militante o a la convicción racional (Bourdieu, 1986: 2).

En esta perspectiva, hay dos estereotipos concurrentes que parecen estar presentes de modo particular en los debates desatados en el seno de las izquierdas críticas y de los movimientos sociales. El primer estereotipo es el más antiguo y ha acompañado la reactivación de las formas contestatarias en el curso de los años 1990. Se lo podría intitular así: "La forma-partido ha muerto, ¡vivan los movimientos sociales!" El segundo estereotipo es mucho más reciente y aparece asociado a la creación en Francia de nuevas organizaciones políticas (Nuevo Partido Anticapitalista, Partido de Izquierda, La Federación, Partido Obrero Independiente...) Se lo podría resumir así: "¡El Partido ha retornado! ¡Por fin comienzan las cosas serias!"

Estos dos estereotipos tienen la desventaja de asociar demasiado estrechamente el punto de vista analítico y las profecías autocumplidas, confundiendo el conocimiento de una situación con las metas deseadas. Además, parecen muy dependientes de los modelos cognitivos y prácticos que han estado históricamente vigentes en Francia, relativos a la gestión de las relaciones entre partidos y movimientos sociales: el modelo "anarco-sindicalista", que promueve el primado de los movimientos sociales, y el modelo "social-demócrata / leninista", que afirma la supremacía de los partidos.1

Antes de clarificar el orden de lo deseable en este ámbito, quisiéramos proceder a una puesta en distancia de lo que parece evidente, empleando recursos sociológicos e incluyendo una perspectiva histórica con el objeto de someter a un análisis diferente las pretensiones de "novedad" en esta materia. Nos limitaremos aquí al caso francés.

 

Problemas transversales a los partidos y a los movimientos sociales

Una visión excesivamente maniquea, prisionera del clima "movimentalista" en boga, presenta a veces un retrato en blanco y negro de la acción contestataria: una "crisis de la forma-partido", forma a la que estarían asociados todos los malos del "poder", y un "renacimiento de los movimientos", pintados con los colores simpáticos de la "renovación". Vistas desde un ángulo sociológico, las cosas parecen más complicadas y contrastadas. Al margen de la pareja: desencanto (de la forma-partido) / encanto (de los movimientos), se perfilan problemas transversales que los partidarios de los movimientos sociales tienden a eludir cuando se atienen a una visión dicotómica que proyecta lo esencial de las dificultades sobre las instituciones partidistas.

La posición del filósofo Alain Badiou se presenta como una de las más paradójicas y confusas en este plano: 1) aun siendo el dirigente principal e inamovible de un grupúsculo denominado Organización Política, 2) él propone "poner en cuestión (...) la opción de organizarse en forma de partido", lo que tendría el inconveniente de "definirse a partir del Estado" (de aquí el cuestionamiento del NPA [Nuevo Partido Anticapitalista]);2 3) pero aunque fuertemente crítico de lo que Jacques Rancière, más moderado, denomina con justa razón, "Estado de derecho oligárquico" (Rancière, 2005: 81), como es el de Francia, Alain Badiou se manifiesta más conciliador e incluso francamente nostálgico frente a un Estado de no-derecho particularmente autoritario y burocrático como el de la China maoísta,3 mofándose al mismo tiempo de los "antitotalitarios"4 en general (sin establecer distinciones en la diversidad de las críticas a los "totalitarismos"5); 4) y por último convoca a "resistir" a un escollo diferente al de la "forma-partido": un "fetichismo del <<movimiento>>" asociado al "anarquismo". Uno se pregunta qué recurso permitiría entonces a esta dialéctica "tumbar muros": ¿quizás el del filósofo-rey platónico revestido de Mao...? ¿Alain Badiou himself? Maurice Merleau-Ponty ya observaba en su tiempo "una manía política entre los filófosos que no hace ni buena política ni buena filosofía" (Merleau-Ponty, 1960: 10).

Una sociología de la profesionalización política y de las lógicas de monopolización del poder

Las ciencias sociales nos proporcionan herramientas para aprehender la vieja cuestión filosófica del "poder", sin convertirlo, sin embargo, en una "naturaleza" intemporal y homogénea. Esto significa registrar los contextos socio-históricos diferenciados en que se inscriben de manera específica las lógicas tendenciales de monopolización del poder. La expresión "lógicas tendenciales de monopolización del poder" constituye un concepto analógico que hace posible la comparación entre estos diversos contextos, tanto en sus similitudes como en sus diferencias.6

Max Weber y Roberto Michels, que se han influenciado recíprocamente, han captado desde comienzos del siglo XX el inicio del proceso de profesionalización política moderna.

Weber inspiró teóricamente a Michels a través de las ideas expresadas particularmente en su conferencia de 1919 sobre "La profesión y la vocación del hombre político".7 El percibe la aparición de "una nueva forma de <<hombres políticos profesionales>>" (ibíd: 108) en la dinámica de construcción de los Estados modernos. Estos "profesionales de la política" no viven sólo "para la política", sino también "de la política", es decir, ellos la convierten en "su profesión principal" (ibíd: 111). Este proceso generaría, según Weber, intereses específicos y luchas específicas en torno a tales intereses:

En nuestros días, lo que los jefes de los partidos distribuyen entre sus partidarios para recompensar sus buenos y leales servicios son los más diversos puestos dentro de los partidos, en los periódicos, en las cooperativas, en las cajas de seguridad social, en las municipalidades o en la administración del Estado (ibíd: 115).

El libro publicado por Michels en 1911, Les partis politiques. Essai sur les tendences oligarchiques des démocraties (Michels, 1971), consistía en el estudio del primer partido de masa europeo, el Partido Social-demócrata Alemán. Esta obra permitió afinar los vínculos entre división del trabajo, profesionalización y dominación política. Es así como Michels puso de manifiesto cómo la división del trabajo, incluso dentro de una organización con pretensiones democráticas, favorecía la dominación de los especialistas sobre los no-especialistas y, por consiguiente, de los dirigentes sobre los adherentes. Es lo que él mismo denominó "ley de la necesidad histórica de la oligarquía" (ibíd: 295). Esta tendencia oligárquica tendría sus raíces inicialmente en la lógica técnica de división de tareas en el seno de una organización. Posteriormente, y de modo progresivo, las tareas se habrían ido especializando y profesionalizando. Es entonces cuando se habría generado entre los dirigentes "un interés especial" (íbid: 38). De este modo, el partido obrero democrático moderno habría tendido a autonomizarse tanto en relación con sus adherentes como en relación con la clase social a la que pretende representar.

Michels generalizó posteriormente estas evidencias empíricas en el siguiente enunciado: "una representación permanente equivaldrá siempre a una hegemonía de los representantes sobre los representados" (íbid: 38). Pese a esto, Michels no se consideraba completamente pesimista a este respecto. Él pensaba que la "oligarquía" sólo constituía una tendencia contrabalanceada por una tendencia opuesta, la democrática, que tiene por efecto "fortificar y excitar en el individuo la aptitud intelectual a la crítica y al control" (íbid: 301).

Próximo a los sindicalistas revolucionarios y a los anarcosindicalistas franceses, Michels no se daba por satisfecho, sin embargo, con la simple oposición entre partidos burocratizados y sindicatos libertarios (ver Pouthier, 1986). Aunque en menor medida, los sindicalistas revolucionarios son afectados por una lógica análoga a la de los partidos: "el sindicalismo se equivoca cuando atribuye solamente a la democracia parlamentaria los inconvenientes derivados del principio de delegación en general" (Michels, 1971: 255). Según nuestro autor,

... incluso en Francia existe una gran distancia entre la teoría y la práctica. Y en primer lugar, los jefes ejercen allí una fuerte influencia sobre los camaradas organizados, por medio de los periódicos que, como es sabido, no son redactados por las masas (ibíd: 259-260).

Por lo demás, según Michels incluso los anarquistas, que han tenido "el mérito de haber sido los primeros en insistir con energía sobre las consecuencias jerárquicas y oligárquicas de las organizaciones partidistas" (ibíd: 263), no escapan totalmente de ellas. Si bien es cierto que "el anarquismo no dispone de una organización de partido susceptible de ofrecer prebendas, y si bien el sendero que sigue no conduce a los honores del parlamentarismo" (ibíd.), se topa con...

... la ley del autoritarismo desde el momento en que abandona la región del pensamiento puro y desde el momento en que sus prosélitos se unen en asociaciones que tienen por meta el ejercicio de una actividad política cualquiera (ibíd: 266).

En su sociología de los campos políticos contemporáneos, Pierre Bourdieu ha prolongado los análisis de Weber y de Michels (Bourdieu, 2001a). La dominación política, basada en los mecanismos de capitalización política (de apropiación y de monopolización de un capital político), es uno de los modos de dominación propios de nuestras sociedades. Es así como la representación política es analizada por Bourdieu como una desposesión de los profanos en beneficio de los profesionales, de los representados en beneficio de los representantes. De aquí, según él,

... la ambigüedad inherente a la misma lucha política, este combate por las "ideas" y los "ideales" que es también inseparablemente un combate por los poderes y, se lo quiera o no, por privilegios (...), que se encuentra inscripto en el principio de la contradicción que ronda a todas las empresas políticas organizadas en vista de la subversión del orden establecido (ibíd: 257).

Posiblemente haya que tener cuidado con el sesgo demasiado exclusivamente utilitarista de ciertas analogías utilizadas por Bourdieu ("mercado político" en lugar de campo, "empresas políticas", "intereses", "privilegios", "competencia", etc.),8 haciendo la hipótesis de que las mismas se revelan cada vez menos adecuadas en la medida en que uno se aleja de los universos más racionalizados y más profesionalizados, y también en la medida en que se abordan las prácticas militantes ordinarias.

Sin embargo, lo importante aquí es la manera en que Bourdieu señala una tensión en las políticas emancipatorias. Lo que desemboca en el esbozo de una filosofía política basada en un equilibrio inestable entre la crítica libertaria de la representación política y cierta necesidad de la representación para hacer existir a los grupos dominados en los espacios públicos. "Se requiere siempre correr el riesgo de la alienación política para escapar de la alienación política", —añade Bourdieu (2001b: 261). Lo mismo que en el caso de Michels, la lucidez sociológica nutre aquí una política de tensiones desplazables, pero no insuperables.

Escollos e "impensados" contemporáneos

Lejos de las visiones idílicas y dicotómicas de los adeptos —en los medios periodísticos o militantes— a una retórica de la "novedad" de los movimientos sociales actuales, las realidades contemporáneas de estos movimientos y de los partidos tienen elementos comunes, como en la época de Michels. Es verdad que Jacques Ion ha identificado justamente en ciertas formas contemporáneas de acción militante la activación de un espíritu crítico con respecto a la delegación, lo que ha alimentado según él un "compromiso distanciado" (Ion, 1997). Pero se trata sólo de un componente, no excluyente de tendencias contrarias, de una configuración menos homogénea y menos nueva de lo que Ion ha sugerido en un primer momento.9 Por lo demás, posteriormente el propio Ion ha insistido en mayor medida sobre "la coexistencia de formas múltiples de compromisos" en el periodo considerado (Ion, 2001 "Introducción": 11).

¿Ejemplos? ¿Acaso ATTAC France,10 supuesto lugar de "la innovación" altermundista, no ha padecido una grave crisis interna derivada de un fraude electoral? (ver: Wintrebert, 2007). ¿Y acaso el DAL (Derecho al Alojamiento), otra figura de los "nuevos movimientos", no tiene como dirigente al mismo "leader" desde sus orígenes? (ver Pelletier, 2003)/ Y, por último, ¿acaso los grupos anarquistas más locales no tienen igualmente "dirigentes" bastante estables, aun cuando no están sujetos a las mismas restricciones e intereses que las organizaciones más profesionalizadas y/o burocratizadas?... No basta invocar un funcionamiento "horizontal" y "en forma de red" para garantizar el acceso igual de todos a la toma de palabra y a la decisión, sino que existe la probabilidad de que dicho acceso se reserve sólo a los individuos que disponen de suficiente competencia militante para sentirse autorizados a intervenir en los debates, y de este modo producir relaciones de deposesión y de dominación tanto más eficaces cuanto más negadas.11 Las lógicas diversas que guían las prácticas contemporáneas no conducen sólo, posiblemente, a la crítica de la delegación. Las características del objeto complejo llamado "individualismo contemporáneo"12 pueden producir de este modo efectos contrapuestos: por un lado, una crítica de la delegación en nombre de la autonomía individual y de los riesgos del avasallamiento del yo por el nosotros, y por otro, una mayor apreciación de la vida personal y familiar que requieren cierta delegación de las tareas militantes a otros. De aquí la observación de una figura paradójica en los sindicatos y asociaciones: adherentes que piden a sus "jefes" abundantemente criticados que continúen, pese a todo, asumiendo sus funciones. Esta segunda dimensión torna difícil, por ejemplo, en los sindicatos SUD13 la aplicación de las reglas de rotación de las responsabilidades, y lleva a su flexibilización (ver Pernot, 2003). Por lo demás, se puede hacer también la hipótesis suplementaria de que la delegación, en estas condiciones, se efectúa más fácilmente hacia "personalidades", antes que hacia organizaciones.

Hay otro "impensado" subyacente a numerosos discursos contemporáneos: los fantasmas contradictorios de los que frecuentemente es objeto "lo popular". Se tiende a esencializarlo, en negativo o en positivo, privándose de los medios para aprehender las ambivalencias y la diversidad de las prácticas populares.14 En las mitologías elitistas, lo popular es la fuente del "Mal", sometido como está a "pasiones" inaccesibles a la "razón".15 Esto justifica la confiscación del poder por los profesionales y otros "expertos". Pero los proclamadores del fin de la forma-partido y del advenimiento correlativo de los movimientos pueden endosar una mitología inversa: una mitología de "los de abajo" que homogeneíza "lo popular" en sentido positivo, convirtiéndolo en una solución sin fallas antes que en una construcción en movimiento. En ambos casos se olvida que la dominación de los gobernantes sobre los gobernados, de los representantes sobre los representados, supone frecuentemente cierta adhesión de los que les están sometidos, como lo ha puesto en evidencia toda una tradición de la "servidumbre voluntaria" desde La Boétie hasta la "violencia simbólica" de Bourdieu y Passeron. Por lo tanto, antes que considerar los dos polos separadamente (los gobernantes y los gobernados) bajo un ángulo exclusivamente negativo o positivo, no perdamos de vista que si bien los primeros se aprovechan de la situación, lo hacen en el marco de una relación gobernantes/ gobernados que contribuye a modelar ambos polos.

En esta relación tenemos que estar atentos a la diversidad de los mecanismos de capitalización del poder en los diferentes juegos sociales. Es así como el historiador Marc Ferro, distanciándose de estas mitologías elitistas o de "los de abajo", ha podido detectar dos de las fuentes de la burocratización de la Revolución rusa, que él califica como "absolutismo de doble foco": 1) un "absolutismo bolchevique", que constituye una monopolización del poder clásicamente cuestionada por los anarquistas, y 2) un "absolutismo popular" que elimina a los oponentes, incluso dentro de los "soviets", donde no había bolcheviques (presentado por Ferro, 1980: 135-175). Desde el punto de vista sociológico, la democracia se muestra más como un problema complicado que como una panacea idílica.

Sin proceder a reducirlo todo a un mismo plano —pero también sin privarnos de captar los desplazamientos y las innovaciones, de constatar grados de burocratización y de rigidez o, a la inversa, de flexibilidad y de movilidad—, la lucidez sociológica nos obliga a una mayor prudencia en cuanto a las diferencias entre partidos y movimientos. Ella nos invita igualmente a menos maniqueísmo en el análisis de las relaciones entre sus espacios respectivos.

 

El espacio de los movimientos sociales y el campo político

El hecho de que el mundo esté dividido en una multiplicidad de ámbitos de actividad distintos —poco importa aquí que se llamen "campos", "espacios", "sectores" o "mundos"— difícilmente puede considerarse como un descubrimiento sociológico, y de hoy en más es sabido que "no se podrá hacer correr a un filósofo con los estímulos de un geógrafo" (Bourdieu, 1984: 114). Sin embargo, las consecuencias de esta diferenciación social tanto para el análisis como para la conducción de la acción política, son frecuentemente subestimadas o descuidadas, especialmente desde el punto de vista de las semejanzas, pero también de las diferencias entre la conducta de los partidos y la de los movimientos sociales. El concepto de espacio de los movimientos sociales16 ha sido propuesto precisamente para señalar las especificidades del universo que constituyen las movilizaciones protestatarias, así como también el tipo de vínculos, complejos y fluctuantes, que lo unen al de la política institucional y partidista.

Unos universos distintos con lógicas específicas

La teoría bourdieusiana del campo político ha señalado las particularidades de este universo, compuesto de un número limitado de profesionales que viven de y para la política, y que compiten por la obtención o la conservación de esos trofeos (Weber habla de prebendas) que son los puestos de permanente o de dirigente, las investiduras o los puestos electivos. Estos diferentes intereses en juego se obtienen atrayendo sobre un apellido la mayoría de los sufragios, sea los de los adherentes para los puestos de dirección del partido, sea los de los electores para los puestos de elección popular. De igual modo que en el campo religioso, que constituye su modelo, estos profanos de la política que son los electores ocupan una posición tan determinante como dominada. Aunque ellos no tienen legitimidad alguna para intervenir en cuanto tales en la conducción de los asuntos públicos (pueden hacerlo sólo desposeyéndose de sus parcelas de poder en beneficio de un profesional), son objeto de una atención constante —cuya expresión privilegiada es la demagogia— por parte de los elegidos o aspirantes a ser elegidos que dependen de sus sufragios. De este modo el campo político es...

... el lugar de una competencia por el poder que se realiza mediante una competencia por los profanos o, mejor todavía, por el monopolio del derecho de hablar y de actuar en nombre de una parte más o menos extensa de profanos (Bourdieu, 2001a).

Como ámbito reservado a los profesionales, el campo político es objeto de una clausura implícita, que en estos últimos decenios ha tendido a reforzarse: mientras que anteriormente una carrera de militante entregado, particularmente en los partidos de izquierda, podía permitir ascender en la jerarquía y acceder a puestos de responsabilidad, en nuestros días es la posesión de un capital escolar especializado, adquirido en las escuelas del poder (Sciences Po, ENA17), la que prevalece y explica la homogeneización tendencial del reclutamiento del personal político.18

La actividad de los movimientos sociales depende de lógicas sociales que, sin dejar de ser a veces cercanas, son sin embargo distintas de las que estructuran el campo político. El ámbito que ellos constituyen, es decir, el espacio de los movimientos sociales, puede definirse sumariamente como el ámbito de prácticas y sentidos que reúne el conjunto de las movilizaciones colectivas protestatarias de una sociedad. Estas movilizaciones, así como las organizaciones y los militantes que le dan vida, están articulados por dentro por relaciones fluctuantes que pueden ir de la cooperación (entre los diferentes movimientos de los "sin",19 por ejemplo) a la competencia (como la que se da entre las diversas asociaciones de desempleados), e incluso al conflicto abierto (como el que opone a los defensores de la IVG20 y sus oponentes). El campo de los movimientos sociales se distingue del campo político por el hecho de que su "marcha" no está determinada por el calendario electoral, ni orientada a la conquista de puestos electivos. En otros términos, los trofeos que propone el espacio de los movimientos sociales —satisfacción de reivindicaciones, reconocimiento institucional, captación de recursos organizacionales y militantes...— son diferentes de los que son codiciados dentro del campo político.

El movimiento altermundista ofrece una buena ilustración de esta configuración social particular y de los mecanismos o procesos que la atraviesan. Ella está compuesta por diferentes organizaciones que, si bien comparten visiones del mundo cercanas (que en este caso tienen por común denominador la denuncia del neoliberalismo), también están sujetas a relaciones de interdependencia complejas. Así, por ejemplo, ATTAC y la Fundación Copérnico ocupan ciertamente posiciones distintas debido a sus diferencias en cuanto a recursos y tamaño: la primera es una asociación de masa con presencia en el conjunto del territorio nacional, mientras que la segunda sólo cuenta con algunos centenares de adherentes fuertemente dotados de capital intelectual u organizacional. Sin embargo ambas operan en un mismo ámbito de actividad —la producción de trabajos de expertos sobre el capitalismo contemporáneo— lo que las lleva a establecer relaciones que son a la vez de competencia (inicialmente ATTAC se había mantenido al margen del "llamado de los 200" lanzado por Copérnico al comienzo de la campaña en contra del referendum sobre el TCE, el Tratado Constitucional Europeo) y de cooperación (una vez superadas las primeras reservas, esta misma campaña fue ampliamente apoyada por los comités locales de ATTAC). Del mismo modo, el éxito de un movimiento puede ser también la causa de su debilitamiento: así, al rehabilitar y renovar el principio de la educación popular, ATTAC ha inspirado una multiplicidad de iniciativas tendientes a la difusión de herramientas de lectura crítica del mundo que, a la manera de las nuevas universidades populares, han terminado por suplantar en ciertas regiones los debates públicos anteriormente organizados por ATTAC.

El espacio de los movimientos sociales se distingue también del campo político por su carácter informal y su débil institucionalización.21 Es así como las movilizaciones protestatarias son percibidas las más de las veces como una irrupción de los profanos —y por lo mismo, una irrupción profanadora— en la gestión de los asuntos públicos y como un cuestionamiento ilegítimo del monopolio de los profesionales, como lo ilustra la célebre expresión "la calle no es la que gobierna" del primer ministro de la derecha Jean-Pierre Raffarin en ocasión del movimiento contra la ley de François Fillon de 2003 sobre las jubilaciones. Conviene, sin embargo, no dejarse encandilar por la imagen un poco encantada (la revuelta de los dominados que por fin han tomado conciencia de su dominación) que algunos movimientos tienden a proyectar sobre sí mismos. Tal como ocurre en el ámbito de los partidos políticos, el perfil de los líderes y de los militantes de los movimientos sociales por lo general está socialmente muy localizado, en la medida en que dichos movimientos reclutan masivamente sus adherentes en el ámbito del sector público, entre agentes provistos de capital escolar, que disponen de un alto nivel de competencia política y que debido a su trayectoria (familiar, estudiantil, profesional...) están dotados de particular sensibilidad social. Una atenta mirada sobre la consistencia real de los movimientos de los grupos dominados o estigmatizados (sin-papeles, desempleados, sin-techos, prostitutas.) permite detectar rápidamente la presencia de "apoyadores" externos al grupo concernido (sindicalistas junto a los desempleados, feministas junto a las prostitutas, docentes junto a los alumnos sin-papeles, etc.), los cuales, al disponer de los saberes y habilidades requeridos por la acción protestataria, hacen posible su realización.

Una de las expresiones de esta relativa homogeneidad del reclutamiento social y de la inscripción de la acción contestataria en un universo delimitado de prácticas y sentidos, es la vigencia continuada de esquemas cognitivos específicos a través de los cuales se descodifican los intereses en juego de la lucha, las tomas de posición o el estado de las relaciones de fuerza. Se podría calificar como etnocentrismo militante esta propensión a una lectura del mundo a través de esquemas informados y tramados por la práctica de la contestación, y que puede expresarse (en diferentes grados según los agentes y los movimientos) mediante un ánimo a menudo crítico con respecto a los partidos o los media, o también mediante una tendencia a juzgar la actitud del resto de la población en función de criterios militantes. La creencia, muy difundida después del referéndum entre los opositores al TCE, de que el "no" expresaba un claro rechazo del neoliberalismo, y de que ya existía un "electorado antiliberal" dispuesto a votar por el candidato a la elección presidencial que adoptara la misma posición, deriva de este etnocentrismo militante que consiste en atribuir una motivación y un significado político a un voto cuyos resortes obedecen, como los de todo voto, a lógicas mucho más indefinidas y diversas.22

Relaciones coyunturalmente fluctuantes

Estos dos episodios recientes de la campaña por el "no" al TCE de la izquierda, y de la candidatura del campesino altermundista José Bové a las elecciones presidenciales, ilustran por igual las fluctuaciones de las relaciones entre el espacio de los movimientos sociales y el campo político. También aquí sigue siendo útil la sociología bourdieusiana en la medida en que señala que todo campo dispone de una autonomía relativa. Esto equivale a decir que si bien es cierto que cada universo se caracteriza por lógicas y principios de funcionamiento que les son propios, sin embargo siguen sometidos a la influencia más o menos fuerte de otros campos con los cuales mantiene relaciones de interdependencia diversas y variables. Desde este punto de vista, la historia reciente es rica en enseñanzas sobre las recomposiciones de las relaciones entre el campo político y el espacio de los movimientos sociales.

Se puede fechar en los años 1990, en relación a lo que entonces se calificaba como "el retorno de la cuestión social" (Aguiton y Bensaid, 1997), la nueva autonomización del espacio de los movimientos sociales en relación con el campo político. Mientras que la ola contestataria de los años 1970 (impropiamente designada como la de los "nuevos movimientos sociales" por la escuela de Alain Tourraine) fue absorbida en gran medida por el gobierno socialista después de 1981, y dado que los años 1980 estuvieron marcados por una clara atonía militante, la precarización creciente de la sociedad francesa así como las nuevas amenazas que pesaron sobre lo ganado en las luchas anteriores, proporcionaron nuevos temas para la movilización. Es así como los años 1990 estuvieron marcados por las movilizaciones de los desempleados, de los sin-techo, de los sin-papeles, de los enfermos de sida, de las feministas, etc. El amplio movimiento de huelga de la función pública de noviembre-diciembre de 1995 ha desempeñado un papel decisivo en esta nueva autonomización del espacio de los movimientos sociales, principalmente debido al hecho de que el retiro parcial del plan del primer ministro Alain Juppé sobre la seguridad social había mostrado que una movilización de gran amplitud era capaz de hacer recular por sí misma al gobierno, es decir, sin el concurso de los partidos de izquierda. El relativo éxito logrado por este conjunto de movilizaciones ha consolidado la autoreferencia de los movimientos sociales,23 i.e., el sentimiento compartido por un gran número de sus miembros de constituir un universo distinto, y de que, aun situado a distancia del campo partidario, es igualmente capaz de pesar significativamente sobre el curso de la vida política. Constituyen un testimonio de esto iniciativas tales como los "Estados generales del movimiento social" organizados en 1996 con el apoyo de Bourdieu, o la convocatoria "Nosotros somos la izquierda" lanzada por Act Up (activitos sobre el sida) en 1997 con el fin de recordar a los partidos de izquierda que los movimientos sociales constituyen una fuerza de acción y de proposición que los partidos harían mal en desechar.24

Esta dinámica contestataria ha encontrado una suerte de prolongación y de unificación en el movimiento altermundista, como lo comprueba el hecho de que numerosas organizaciones emblemáticas de las luchas de los años 1990 (AC !-Agir ensemble contre le chômage, APEIS-Association pour l'emploi l'information et la solidarité, MNCP,25 CADAC-Coordination des associations pour le droit à l'avortement et à la contraception, DAL, SUD...) forman parte de los miembros fundadores de ATTAC. La considerable visibilidad e influencia rápidamente logradas por el altermundismo han contribuido a exacerbar la cuestión de la preservación de su autonomía con respecto al campo político. Es así como ATTAC prohíbe a sus miembros prevalerse de su pertenencia a la asociación si se comprometen en la competencia electoral, y como la Carta de los foros sociales toma cuidado en definirlos como "un espacio plural y diversificado, no confesional, no gubernamental y no partidista". Cierto descrédito de los partidos, el temor de la "recuperación" de la crítica altermundista para fines electorales, así como la voluntad de preservar un espacio de militancia "desinteresado", ya que desprovisto de la ambición de hacer carrera política, contribuyeron a explicar esta cerrazón con respecto al universo partidario.

Sin embargo, resulta difícil preservar esta autonomía en razón de la porosidad entre espacio de los movimientos sociales y campo político, debido en parte a la multiposicionalidad de numerosos militantes altermundistas que son miembros o individuos surgidos de partidos de izquierda o de extrema izquierda. La dificultad también se relaciona con el hecho de que los partidos no podían permanecer indiferentes por mucho tiempo a los éxitos de las temáticas altermundistas, y han procedido (por lo menos los primeros años para los más moderados de ellos) a conectarse con el movimiento que ha logrado tales éxitos. Ello da testimonio, finalmente y sobre todo, del dilema en que se encontró un movimiento que había llegado a un desarrollo rápido, portador de proposiciones de alternativas al neoliberalismo que ninguna fuerza partidista parecía dispuesta a llevar a la práctica y ni siquiera tenía la capacidad de hacerlo. En consecuencia, apareció entre algunos animadores del movimiento la tentación de transformarlo de instancia de crítica exterior al juego partidista en fuerza electoral capaz de transladar la crítica altermundista en el corazón del debate político —i.e., de desplazarse del espacio de los movimientos sociales al campo político. Esta tentación se ha expresado en el seno de la ATTAC bajo la forma del proyecto de listas "100% altermundistas" en ocasión de las elecciones europeas de 2004,26 y posteriormente por el intento de perennizar la campaña por un "no" de la izquierda al TCE en forma de empresa electoral en ocasión de la elección presidencial de 2007.

Ahora bien, es verdad que la especificidad del voto en ocasión del referendum a favor o en contra del TCE (que no se proponía proveer puestos de poder) permitió una coalición temporal de las fuerzas antiliberales pertenecientes respectivamente al espacio de los movimientos sociales y al campo político, pero no ocurrió lo mismo en el caso de la elección presidencial. El campo político (o más exactamente, sus componentes mayormente comprometidos en la campaña referendaria, a saber, la izquierda del PS, el PCF27 y la LCR28) ha mostrado en esta ocasión que conservaba una fuerte autonomía y que no estaba dispuesto a permitir que nuevos pretendientes llegados del exterior le disputaran el monopolio de la competencia electoral. Por lo demás, del lado de los animadores de movimientos sociales existió la tendencia, bajo el efecto de un etnocentrismo militante, a confundir la popularidad de ciertos portavoces sindicales o asociativos dentro de cuadros militantes restringidos, con la resonancia de un electorado político a escala más amplia. Pero la legitimidad de un leader de movimiento social y el voto por un candidato en una elección no son inmediatamente intercambiables, no sólo debido a las diferencias de tamaño de las poblaciones concernidas, sino también debido a una mayor heterogeneidad de de los públicos electorales en relación con los públicos militantes. Incluso la popularidad mediática (que era, de cierta manera, la de Bové) no se trasvasó automáticamente del espacio de los movimientos sociales al de la política electoral. Estas diversas observaciones confirman que la distinción entre espacio de los movimientos sociales y campo político sigue siendo una característica estructural de la sociedad francesa.

 

A manera de conclusión

Nuestro esbozo de puesta en perspectiva sociológica de la cuestión de las diferencias y de las relaciones entre partidos y movimientos en la Francia de nuestros días, desemboca en exigencias cognitivas con efectos políticos. En primer lugar, se trata de rechazar los maniqueísmos, las afirmaciones unilaterales y las fórmulas mágicas propias de los discursos de desencanto o de encantamiento. Los matices y las complicaciones constituyen, por lo tanto, puntos de referencia del saber que sirven para alimentar una prudencia política, no en el sentido de moderación, sino en el sentido aristotélico de una mejor adaptación a las circunstancias variadas de la acción. Luego, si es verdad que los juicios de hecho tienen relación con el registro de los valores —y admitimos que nuestro propio punto de vista está nutrido por valores—, habrá que esforzarse por disociar mejor el nivel analítico del nivel descriptivo, justamente para conferir a nuestros objetivos ético-políticos el peso de un mejor conocimiento de los constreñimientos y de las posibilidades de los real.

Nuestros valores pluralistas y libertarios, reforzados por los impasses autoritarios de la emancipación en el siglo XX, las insuficiencias históricas y actuales de los modelos antiguos —"anarco-sindicalista" y "social-demócrata/leninista"—, así como la inadecuación de los estereotipos activos de nuestros días con respecto a las realidades observables, nos conducen a privilegiar, en el plano de una filosofía política prescriptiva, un modelo pluridimensional de protesta y de transformaciones sociales que dé lugar a una pluralidad de instituciones autónomas (sindicatos, asociaciones, movimientos, partidos...), no jerarquizadas, con zonas de intervención por una parte comunes y por otra distintas, comprometidas a la vez en tensiones y en cooperaciones, todo ello en el marco de un equilibrio inestable y dinámico. Dentro de esta configuración, formulamos la hipótesis de que el NPA (Nuevo Partido Anticapitalista) tiene un papel importante —aunque no principal ni dominante— que desempeñar.

Sin embargo no se debe olvidar que este registro prescriptivo de la filosofía política, nutrido por argumentos sociológicos, sólo remite a apuestas razonadas en situación de incertidumbre relativa.29

 

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Notas

*** [N.E.] Aunque muy ceñido a la coyuntura política francesa actual, publicamos el presente artículo con la autorización de los autores con la esperanza de estimular la reflexión sociológica sobre el campo político en México. El artículo apareció inicialmente en francés en la revista Actuel Marx (Corcuff, 2009b) —Traducción de Gilberto Giménez y Catherine Héau—.)

1 Sobre estos dos modelos, su historia y su reactivación en los años 1990, ver Aguiton y Corcuff, 1999.

2 Entrevista de A. Badiou con E. Aeschimann y L. Joffrin, Liberation, 27 enero 2009.

3  Ver especialmente: Badiou, 2005.

4 En Liberation, 2009, art. cit.

5 Sobre la diversidad de las críticas al "totalitarismo" y la variedad de usos del término, ver: Traverso, 2001.

6 Sobre la conceptualización analógica de la sociología, ver Passeron, 1982 y 2000.

7 Retomado en Weber, 1963.

8 Sobre los aportes y los límites de estas analogías utilitaristas, ver Corcuff, 2003: 94109.

9 Para una crítica de las tesis de Ion, ver A. Collovald, << Pour une sociologie des carrières morales des dévouements militants >>, en: Collovald, 2002; para una apreciación balanceada de los aportes y de los límites cruzados de los análisis de Ion y de Collovald, ver: Corcuff, 2005.

10 Sigla de la Asociación por la Tasación de las Transacciones y por la Ayuda a los Ciudadanos [Nota de la redacción].

11 Jo Freeman había señalado que la << informalidad >> promovida por los grupos feministas de los años 1970 tendía de hecho a excluir a las mujeres que se sentían menos autorizadas para tomar la palabra, y reproducía las relaciones de poder y de monopolización de la palabra que sin embargo ellos pretendían neutralizar (Freeman, 1973). Ver igualmente, Mathieu, 2008.

12 Ver la contribución de P. Corcuff, en: Corcuff, J. Ion y F. de Singly, 2005, y Le Bart, 2008.

13 Solidarios Unitarios y Democráticos: se refiere a los sindicatos disidentes más radicales en Francia [ Nota de la redacción].

14 Para una crítica equilibrada de estas tendencias contradictorias, ver Grignot y Passeron, 1989.

15 Para una crítica general de esta mitología, ver Rancière, 2005 y sobre el terreno específico del análisis del voto para la extrema derecha, ver Collovald, 2004.

16 Para una presentación de este concepto, ver Mathieu, 2007.

17 Sigla de la Escuela Nacional de Administración, en Francia [Nota de la redacción].

18 Sobre las evoluciones del reclutamiento de los dirigentes del Partido Socialista, ver Lefebvre y F. Sawicki, 2006.

19 Se refiere a los movimientos de los "sin-papeles", "sin-techo", "sin trabajo", etc. [ Nota de la redacción].

20 Interruption Volontaire de la Grossesse, es decir, movimiento en pro del aborto. [Nota de la redacción].

21 Esta es la razón por la que se le niega el título de "campo" en sentido estricto, según la acepción de Bourdieu, y por la que se prefiere el término "espacio".

22 Como es sabido, las motivaciones de un acto político como el voto no son necesariamente políticas, principalmente entre los agentes que no dominan suficientemente los intereses en juego, los temas y los códigos del debate político; ver a este respecto Bourdieu, 1979 y Gaxie, 1978. Sobre los desfases entre espacio de los movimientos sociales y campo político como causa del fracaso de la candidatura del campesino altermundista José Bové, ver Mathieu, 2008a.

23 Tomamos prestado de Luhmann (1982) el concepto de autoreferencia.

24 Sobre esta secuencia histórica, ver Mathieu, 2007; sobre este último episodio, ver Mathieu, 2007a.

25 Sigla del Movimiento Nacional de los Desempleados y Precarios en Francia [Nota de la redacción].

26 Sobre este episodio, ver Wintrebert, 2007.

27 Partido Comunista Francés [Nota de la redacción].

28 Liga Comunista Revolucionaria de Olivier Besancenot y Daniel Bensaid, de inspiración trotskista, que se transforma en el Nuevo Partido Anticapitalista más largo en febrero de 2009 [Nota de la redacción].

29 Sobre la cuestión de las apuestas razonadas, trabajada a partir de M. Merleau-Ponty, ver Corcuff, 2009 y 2009a.

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