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Dilemas contemporáneos: educación, política y valores

versión On-line ISSN 2007-7890

Dilemas contemp. educ. política valores vol.8 no.spe4 Toluca de Lerdo jul. 2021  Epub 20-Sep-2021

https://doi.org/10.46377/dilemas.v8i.2781 

Artículos

Carlos Manuel de Céspedes García Menocal ante la condición de lo cubano en la primera década del siglo XXI

Carlos Manuel de Céspedes García Menocal facing the condition of the Cuban in the first decade of the XXI century

Jéssica Acón Colás1 

1Licenciada en Filosofía Marxista-Leninista y aspirante a Máster en Estudios Sociales y Filosóficos sobre la Religión. Trabaja como Supervisora de Afiliaciones en Privilege Club Bahía Príncipe Tulún, Quintana Roo, México. Correo electrónico: Jessica.acon@gmail.com


Resumen

La importancia y novedad de este trabajo radica en mostrar al pensamiento del presbítero cubano como uno de los más ricos en conceptos, juicios y variedad de análisis entorno al devenir social de nuestro país fuera de las llamadas estructuras oficiales academicistas en Cuba; acierto que se hace aún más evidente, tras el derrumbe socialista. Sus enfoques se mueven desde las circunstancias de la economía nacional hasta las modificaciones en el ámbito de las relaciones sociales e ideoculturales, con puntos de vista que, en ocasiones, disienten de las perspectivas más comunes sobre los mismos acontecimientos. Para su desarrollo se utilizó bibliografía fundamentalmente activa, expresada en los artículos del objeto en cuestión en Palabra Nueva, así como otras publicaciones suyas.

Palabras claves: socialismo; crisis socioeconómica y política; Iglesia Católica

Abstract

The importance and novelty of this work lies in showing the thought of the Cuban priest as one of the richest in concepts, judgments, and variety of analyzes around the social evolution of our country outside of the so-called official academic structures in Cuba; a success that becomes even more evident after the socialist collapse. His approaches move from the circumstances of the national economy to modifications in the field of social and ideocultural relations, with points of view that, at times, differ from the most common perspectives on the same events. Fundamentally active bibliography was used for its development, expressed in the articles of the object in question in Word New, as well as other publications of his.

Key words: socialism; socio-economic and political crisis; Catholic Church

Introducción

La caída del bloque socialista significó una ruptura universal con profundos impactos en la sociedad cubana, al crear junto a factores externos e internos, una situación cismática en los años 90`en la isla. Múltiples y traumáticas han sido sus consecuencias.

Continuidades y quiebras han estado en el centro de las vivencias y acciones de supervivencia durante estos años. Nuevas representaciones colectivas de diferente signo, y nuevas relaciones, unas positivas y otras, a veces distorsionadas o limitantes del desarrollo económico y social, han surgido.

Esto cambios operados en todas las ramas del ordenamiento social, impactaron, a su vez, en las aprehensiones que el pensamiento cubano ha tenido sobre el proceso revolucionario. Actitud vinculada a los trastornos que este estado de cosas que ha generado en todo el espectro social de la Isla. Los estudios sociales realizados pretenden buscarle solución a un sinnúmero de conflictos y contradicciones de los que depende, incluso, la sobrevivencia de la nación.

Las presuntas soluciones hacen un llamado al cuestionamiento, la crítica constructiva, sistemática, científica e integral; al estudio de los problemas concretos dentro y fuera del país, a las transformaciones en todos los órdenes, al crecimiento cultural, a la necesaria unidad de todos los actores sociales; en pro de la edificación real y eficaz del socialismo, así como sus especificidades y viabilidad en nuestro país, o lo que sería lo mismo, a pensar y actuar según las circunstancias y demandas espacio-temporales, pero las miradas no serían legítimas sino se acercasen a todas las visiones de pensamiento, fuera de las ciencias sociales, que en estos años se han ocupado de cómo hemos sido y de que derroteros pudiesen seguirse para superar el umbral de la crisis, entre los que sobresale Mons. Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal, un pensamiento dialéctico y propositivo, independientemente de la Institución que representa.

Desarrollo

1. El pensamiento social cubano frente a la crisis de los 90

1.1 Derrumbe del campo socialista y su repercusión en Cuba

La crisis económica de los años 90 impactó profundamente la subjetividad y cotidianidad cubana, dejando efectos significativos en todos los ámbitos de la vida del país. Esta situación ha movilizado a todo el pensamiento social, incluido el religioso, en la búsqueda de la recuperación nacional.

En este contexto, se distinguen las reflexiones de Mons. Carlos Manuel de Céspedes García Menocal, quien centra su atención en el desarrollo integro de la persona, en el fomento de lo individual, en su más amplia concepción. Para ello, es menester comenzar el análisis desde las causas e impactos de la crisis, hasta las principales propuestas recuperativas, pasando por las actitudes de la religión frente a aquella. Solo así se podrán entender los criterios valorativos del objeto en cuestión.

La historia del llamado “socialismo real” en el mundo evidencia la encarnizada lucha de clases entre dos proyectos históricos: capitalismo-socialismo. Luego de la Segunda Guerra Mundial, esta pugna antagónica adopta la forma de Guerra Fría entre las superpotencias nucleares Estados Unidos (EE.UU)y la URSS, que pasan a configurar el mundo bipolar. El llamado derrumbe es sólo un capítulo de tal contienda irreconciliable, no el episodio final.

El concepto derrumbe designa el proceso de génesis, desarrollo, crisis y consecuencias de la destrucción del “socialismo real” en la URSS y Europa Centro Oriental. Este desenlace abarcó el breve periodo de 1989, con los movimientos de restauración capitalista de Europa Centro Oriental, a 1991 con la disolución de la URSS. Sus raíces penetran en la Revolución de Octubre y en los obstáculos que debió enfrentar la transición socialista desde sus inicios, tanto internos como internacionales, así como los orígenes de los regímenes de Europa Centro Oriental, instaurados de manera general por el victorioso Ejército Rojo tras la derrota del imperialismo nazi-fascista.

El intrincado curso del comunismo de guerra y la Nueva Estrategia Política (NEP), incuban errores y tergiversaciones iniciales que afectan el proyecto socialista original. Lenin ya lo advertía, pero su muerte prematura, unido a la disolución y carácter que asumió la lucha por el poder en el seno del Partido Comunista Bolchevique primero y PCUS después, y el asedio del capital imperial contra el primer Estado de Obreros y Campesinos del Mundo, impiden la superación de las incipientes deformaciones teóricas y políticas que enfrentaba el proceso soviético; todo lo cual se agudizó durante el mandato de Stalin, generando la sepultura del socialismo marxista.

La década del 50` lleva al poder Nikita Jruschov, quien acusa a Stalin por la política de colectivización brutal en el campo, la industrialización a marchas forzadas, de ser el fundador del culto a la personalidad y por la eliminación física de sus adversarios; sin embargo, durante su gobierno se sistematiza el revisionismo, pero ahora de tipo jruschoviano que sirvió para legitimar a los sectores de la casta burocrática en el poder, proceso que acreditó un socialismo con nítidos rasgos imperiales. También se consolida el campo socialista bajo el predominio soviético, teniendo al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) como instrumento de integración económica que permitía ejercicio de hegemonía política. Este proceso de dominio se remonta también al sometimiento ideológico-político al PCUS de la mayoría de los partidos comunistas del mundo y por extensión.

Sus sucesores Brezhnev, Andropov, y Chernenkov, sólo traducen las pugnas de los sectores de la casta burocrática en el poder. Protestas obreras en la República Democrática de Alemania (1953), Hungría (1956), Checoslovaquia (1968) y Polonia (1956 y 1981) evidencian el resquebrajamiento del campo socialista y denotaban la necesidad de un cambio; pero la violenta reacción del poder demostraba la incapacidad de las burocracias gobernantes para resolver las contradicciones del sistema.

Durante los años 60` y 80`se avivan las discusiones en torno a esta situación, motivadas por una serie de denuncias sobre la represión de ideas de escritores como Aleksandr Soljenitsin y científicos como Andrei Zajarov. Del mismo modo comenzaron a salir estudios profundos sobre la situación como los de Bettelheim, Banan, Liebmann, Michael Lowy, Mandel y otros. (Valqui, 1998)

Los cambios realizados a la estructura económica en Cuba, unido al bloqueo de EE. UU, testimonian, junto a otros hechos: la crisis del “socialismo real” y el error histórico de reducir el socialismo a un único modelo; las contradicciones y escisiones ideológico-políticas que sufre el movimiento comunista internacional; así como la guerra global y permanente del capitalismo mundial contra el socialismo marxista y los procesos revolucionarios que lo asumen.

Tras las anteriores administraciones asume la presidencia Mijaíl Gorbachov, quien declara oficialmente a la URSS en el umbral de la crisis y la urgencia de una nueva estrategia para solucionarla. En esa búsqueda nace la perestroika, cuyo objetivo fundamental era cuestionarse la normatividad en el proceso de construcción socialista y entre ello, la necesidad de otorgarle un lugar al mercado en los procesos de construcción económica.

Predicando el regreso a Lenin, acabó desbordando la naturaleza terminal del socialismo real, debido a su lógica interna y su orientación social democrática. Así, termina convirtiéndose en el arma de la desintegración soviética que limpia el camino para la ascensión triunfal del capitalismo.

Todos estos sucesos tuvieron un impacto muy fuerte sobre Cuba teniendo en cuenta que su comercio con la URSS, y a continuación con el resto de los países socialistas europeos, fue una solución para la naciente Revolución cuando muy temprano Estados Unidos suspendió la compra de la cuota azucarera y rompió relaciones diplomáticas.

Desde entonces se estableció un nuevo vínculo ventajoso que aseguraba al gobierno cubano, precios estables para su azúcar y la adquisición de múltiples productos y préstamos para su desarrollo. La integración al CAME fortaleció este tipo de relaciones, aunque, por otra parte, significó la acentuación de la monoproducción y la monoexportación, con el consiguiente retraimiento de la diversificación industrial, a pesar de lo declarado por el discurso político de la época.

Perdidas las posibilidades de comercio regular, Cuba se vió precisada a someterse a las condiciones del mercado mundial regido por las reglas del capitalismo, con la agravante de un mundo unipolar controlado en buena medida por la misma potencia que le impone el bloqueo ahora recrudecido.

Los resultados fueron desastrosos. Se trataba de colocar el azúcar y los demás renglones exportables, pero también de adquirir energéticos, alimentos y demás importaciones sin posibilidades de financiamiento externo. Rápidamente la economía se eclipsó y comenzaron a surgir nuevos problemas sociales y acrecentarse otros. La situación puso en riesgo no sólo los logros sino el propio proyecto y con él hasta la soberanía. Los signos de agotamiento del modelo de crecimiento extensivo vigente, basado en el alto consumo energético, baja eficiencia empresarial, improductividad subsidiada, aparecieron muy pronto a pesar del comercio preferencial y las facilidades crediticias que disfrutaba la Isla; sin embargo, el PIB y la capacidad importadora del país se redujeron a un 38% y 75%, respectivamente. De igual forma, el desequilibrio macroeconómico se agudizó, dejándose sentir en el declive de la eficiencia de las inversiones.

Por otro lado, la demanda comercial desde y hacia la Unión Soviética se redujo rápidamente y la entonces integración al CAME, desapareció. La planta industrial cubana se tornó obsoleta al ritmo de la obsolescencia de la tecnología del CAME, y se hacía imposible la reposición de equipamiento, la adquisición de materias primas e insumos cayeron, mientras los recursos para costear un reemplazo con otra tecnología eran precarios.

En fin, la economía sumergida en lo precario experimentó un desplome rotundo. Los analistas de este sector coinciden en que fue el periodo más crítico que enfrentó el proyecto social cubano en el plano de la subsistencia, y como tal se puede calcular la magnitud de los retos y los riesgos.

Las condiciones de vida se vieron afectadas de manera drástica: se contrajo la canasta básica familiar, se implementaron cortes sistemáticos de electricidad, el transporte público y otros servicios estuvieron limitados por la falta de piezas de repuesto, la construcción de viviendas sufrió severa caída, la infraestructura de los servicios de salud se deterioraron debido a la reducción en la producción de medicamentos y a las dificultades en la sustitución de equipos; de manera general se resintió el mantenimiento de todos los servicios públicos.

Además de los daños materiales, la crisis implicó efectos culturales. Sobre todo, fue una crisis tocada por el fantasma de la incertidumbre, de poder prever o no el futuro, tanto en el plano existencial como en el político, de no saber con certeza si se continuaría habitando en una sociedad capaz de plantearse metas y orientarse hacia ellas, de cumplirlas o incumplirlas y de rectificar rumbos.

Fue extenso el inventario de las medidas adoptadas por el gobierno revolucionario para salir de aquel “horno de los 90”1, cuyos efectos comenzaron a observarse a partir de la segunda mitad de la década. Aunque no incluyeron políticas de shock, que pudieron haber dado lugar al desamparo total de la población, reflejaron la política asumida por el gobierno en su intento de distribuir de manera equitativa las dificultades y carencias impuestas por el desbalance, lo que representa una apreciable virtud social. De igual forma, ellas suponen de conjunto un proceso moderado y regulado de descentralización y liberalización económica.

El escenario del derrumbe, llamado en el vocabulario político oficial “período especial”, tocó las estructuras socioeconómicas y al sistema social en toda su complejidad. Al mismo tiempo dejó un saldo de retención de conquistas, de generación de posibilidades, pero sobre todo de subsistencia y resistencia para una población que tuvo que afrontar de manera repentina la crudeza de la situación y para el proyecto social en general.

Pese a todos los obstáculos y agresiones externas, en sus continuos esfuerzos por socavar la unidad y provocar la asfixia de la nación, las reformas que se tomaron estuvieron orientadas a proteger las principales conquistas sociales de la Revolución y conservar, en la medida posible, las características solidarias del modelo socialista.

Frente a estas realidades, se hizo sentir el pensamiento social cubano, mostrando variedad en criterios de reajustes y propuestas de trabajo a realizar, en el entramado económico, político y social. El siguiente epígrafe abordará en ese tópico.

1.2 Crisis de valores y realidades socio-económicas en Cuba tras la crisis

Los sucesos ocurridos en contexto internacional de fines del pasado siglo, tal como se analizó previamente, hicieron que la estructura económico-social del país sufriera transformaciones. Entre los de mayor impacto pueden mencionarse el rediseño del sistema de propiedad, la reforma empresarial, la potenciación de nuevos sectores económicos como el turismo y la biotecnología, la aprobación del recibo de remesas desde el exterior, la legalización del dólar y la dualidad monetaria, la ampliación del sector privado, y la inversión extranjera o mixta. Todos ellos forman parte de una estrategia de reajuste para enfrentar las nuevas y difíciles condiciones creadas.

Pero esas modificaciones también se produjeron en otros aspectos como en los valores: unos alcanzaran mayor significación y muchos otros quedaran inferiorizados, lo cual constata un desequilibrio en el conjunto de valores proclamados.

La crisis condicionó nuevas actitudes y patrones de vida, y afectó la conducta social. Sus consecuencias inmediatas como las de las medidas adoptadas no obtuvieron el mismo signo. Esta situación estimuló manifestaciones sociales de inequidad, desigualdad y marginalidad. Así, las limitaciones de recursos y la contracción en la satisfacción de necesidades, en mucha gente el “sálvese quien pueda” y el “resolver”, desplazaron la solidaridad y dieron paso a nuevas formas de “apropiación de recursos” y a la re-emergencia de la pobreza.

El deterioro material y espiritual de la población, favoreció la formación de conductas espontáneas de supervivencia, donde se expresan proyectos de vida, “no siempre realizados de manera coherente y muchas veces, como respuesta reactiva o defensiva, con inversión o inadecuación de valores” (D`Angelo, s.f., p.5). Esto a su vez, dio lugar, a las deformaciones valorativas, reflejadas en las justificaciones de comportamientos inmorales e ilegales y en la construcción de nuevas escalas de valores distanciadas u opuestas a las aceptadas por el proyecto social general.

Demostrándose así, cómo la experiencia de los 90`, aunque no en este único sentido, significó penurias y atraso al país, al dañar los valores éticos forjados por la Revolución desde enero del 59`significó penurias al país. Y es que en la sociedad socialista como en otra, la ética tiene un papel tan relevante, por su dependencia, en medida mayor, de los ciudadanos que la integran.

En este contexto fue preciso una recuperación en todos los niveles de desarrollo nacional e individual. El camino para conseguirlo apostó por un proceso de perfeccionamiento social que mantuviera a la política de orientación socialista en elevado nivel, y donde los actores sociales trabajen, simultáneamente, en pro del avance.

La esfera económica centra su atención en articular una estrategia de desarrollo económico, socialista y viable, dentro de un contexto internacional en extremo difícil y en gran medida hostil. Expertos en la materia afirman que la estrategia más adecuada consiste en emprender un proceso de reindustrialización con sustitución de exportaciones, que permita avanzar en trayectorias ascendentes de aprendizaje tecnológico.

Monreal & Carranza (2004), investigadores del Centro de Investigaciones de Economía Internacional (CIEI), así lo expresan: “Lo que Cuba necesita es una reindustrialización con sustitución de exportaciones, es decir, la adopción de un patrón de desarrollo en el cual las exportaciones “tecnológicamente intensivas” reemplacen a las de productos y servicios basados en la utilización intensiva de recursos naturales como la parte dominante de las exportaciones totales del país.” (p.158) Resulta esencial destacar que la reestructuración económica iniciada con las reformas de los años 1993-1994, no ha concluido y que asume el futuro de la nación a largo plazo. En este sentido, han sido tomadas las medidas por el estado cubano durante los últimos tiempos. Sin embargo, continúa generando tensiones; ha sido incipiente y con alto grado de indeterminación. Se trata de un reto pendiente a resolver.

Igualmente, esta reestructuración debe considerarse como parte de un propósito más complejo que incluya la soberanía del país y los intereses de las mayorías, lo cual exige consideraciones de carácter político. Cualquier transformación de la estructura económica en Cuba, para que sea políticamente sustentable, debe efectuarse acorde al consenso, el bienestar, las expectativas, la identidad y cultura de su pueblo.

Por su parte, las reflexiones política-ideológicas apuntan, fundamentalmente, a la construcción del socialismo ajustado a las circunstancias cubanas, como un camino de continuo aprendizaje, que permita un accionar cívico más profundo, y de paso a una cultura política del debate por la vía de la reflexión, el pensamiento crítico, constructivo y problematizador.

La participación y expresión cívicas juegan un papel determinante dentro de la sociedad. De ahí, la urgencia de una ciudadanía culta y comprometida con el orden político, con su entorno económico, social y cultural; en la medida en que pueda realizar su proyecto de vida, sin necesidad de incurrir en la mal llamada “lucha”, al sueño de emigrar, o en apostar por una existencia y mentalidad dependientes de fuentes externas. Ejercer la ciudadanía de manera responsable permite a los sujetos sentirse más conscientes y protagónicos.

Ello implica además la presencia de espacios estables e influyentes de opinión pública donde el debate sea trasparente, y lejos de la espontaneidad planificada, la repetición memorística y la réplica monològica, forme parte de la cultura política promovida oficialmente. Estos espacios serán importantes posibilidades de conectarse a diferentes puntos de vista en el complicado proceso de edificación nacional. Pero el asunto no reside en generar “cierto tipo de debate”, sino en sus alcances sociales. Lo cual abre una extensa agenda de trabajo.

Sobre la situación social Espina (2001), afirma con certeza: “Crisis y reajustes dieron paso a una sociedad con mayor complejidad y más heterogénea, caracterizada por mayor visibilidad de las desigualdades, por procesos de movilidad social ascendente selectiva de grupos que han logrado ubicarse en posiciones más ventajosas y, en contraposición, por una movilidad social descendente donde se hacen usuales la precarización en un conjunto de ocupaciones del sector informal, la desprofesionalización concurrente con el movimiento hacia sectores emergentes de la economía, la concentración de los ingresos, devaluación del salario real, la pobreza y el desempleo” (p.29), aun cuando las políticas sociales se esfuerzan por garantizar niveles de igualdad social.

No es necesario hacer una relación de las implicaciones sociales que tuvo el Periodo Especial. Disimiles son los ejemplos que evidencian deterioro, precariedad e incremento de las dificultades, en múltiples esferas de la vida cotidiana. Baste solo mencionar la crisis de valores, de paradigmas, existencial; la aparición de fenómenos negativos como el alcoholismo, la prostitución, el individualismo; exaltación del consumismo; desvalorización del trabajo y del empleo calificado.

Tales condiciones influyeron también en las formas de manifestarse la cultura. Estando la sociedad inmersa en un proceso de cambios radicales, es evidente que esta se conmocione. De ahí, que las investigaciones al respecto demanden una re-construcción social y, por ende, cultural.

Propuestas de acción ajustan su mirada en situar la alternativa socialista en la perspectiva de un socialismo renovado como fórmula de enfrentamiento y solución a los problemas desatados por la crisis. Al mismo tiempo se impone encauzar el avance social para que los cambios vayan en mejor dirección y en correspondencia al contexto; buscando erigir una sociedad socialista capaz de fomentar nuevas subjetividades y de potenciar una cultura popular en su expresión humana más plena.

Pero eso no brotará de la nada. Ciclos de análisis permitirán el avance creativo y avivarán el desarrollo cultural, político y educacional. Temas sobre comportamientos éticos y morales, relaciones interpersonales, áreas de conflictos en la conformación de identidades y muchos más, tendrán lugar en estos debates.

El enfoque se dirige, además, a determinar las diferencias entre interpretaciones desde el discurso normativo y lo que se expresa en el sentir y el pensar individual, familiar, grupal, para decodificar los mecanismos que están confiriendo determinadas significaciones adversas. Para ello, expresa D`Angelo (s.f.), “es necesario asumir las expresiones del imaginario grupal y social, las contradicciones, temores, retos, atribuciones, preocupaciones, tabúes, arquetipos culturales e ideológicos (…) que conforman el inconsciente colectivo de nuestra identidad nacional y develar el entramado de significaciones y efectos reales en nuestro contexto social actual” (p.32).

Aquí es donde instituciones políticas, culturales, educativas, sociales pueden desempeñar su papel más constructivo en las formas de gestión social; orientando proyectos socioculturales que abarquen una amplia gama de aspectos cotidianos.

Por otra parte, durante años de crisis prevalecieron las insatisfacciones, desorientaciones y sentimientos de desprotección. Fue un periodo donde se acude a lo sobrenatural como explicación, respaldo, ayuda y respuesta ante lo desconocido. Sobrevino, lo que muchos especialistas denominan como “reavivamiento religioso”.

1.3 Reavivamiento religioso en condiciones de crisis

Haciendo un estudio sobre la intensidad religiosa durante los años 90`, Perera & Pérez (2009), ambas investigadoras del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS) entienden: “Como parte de la cultura, la religión es reveladora de las condiciones sociales, pues su universo simbólico, en el cual los actores sociales expresan su existencia, su historia y sus proyectos, tiene por base la experiencia en colectivo de las relaciones políticas y económicas. De este modo, los discursos y las prácticas religiosas, así como sus sentidos y funciones diversas se vinculan a posicionamientos sociales, acceso a los bienes materiales, poder y saber” (p.136).

Contradictorio, dinámico y multideterminado lo religioso puede convertirse en un parámetro valorativo del desarrollo y tensiones al interior de la sociedad, instituciones, grupos e individuos. Así, puede expresar el cómo se vive, piensa y se siente a nivel social.

Los rápidos y profundos cambios sucedidos en la Cuba de los 90`, imprimieron un dinamismo diferente a la vida cultural y en especial a la religión. Este es el momento en que añoranzas, incertidumbres, sueños, esperanzas, cobran fuerza desde la religión; y tanto expresiones como prácticas religiosas se transforman, para producirse a escala social un “reavivamiento religioso”.

Para el caso nuestro, lo religioso pasó a expresar y reflejar los impactos de los cambios, otorgándoles nuevos significados desde la Fe, porque estando la sociedad inmersa en las más disímiles transformaciones en todas sus esferas, signada por la desarticulación de lo cotidiano, la reconstrucción social y los esfuerzos por hallar distintos caminos para entender, explicar y enfrentar la vida; religiones, filosofías, y diversas ofertas espirituales comienzan a ocupar determinados espacios en el cuadro místico cubano.

Ello provee a las organizaciones religiosas, encontrar margen para fortalecerse y ampliar sus funciones reguladoras, aportando en la esfera de la espiritualidad y satisfaciendo búsquedas de nuevos sentidos. A partir de entonces, se observa un gradual desvanecimiento del prejuicio sobre lo religioso y una forma más objetiva de concebirlo y valorarlo.

Respecto a las posibles causas del reactivamiento, hay que considerar que siendo la religión un fenómeno multideterminado, interactuante con diversos aspectos, incidente en muchos campos de la vida social, individual y familiar, sus movimientos no pueden ser explicados por un solo factor o un número reducido de ellos, sino por un conjunto, o más bien un sistema de factores que operan en una relación causal (Ramírez, 2003).

Esto resulta significativo, teniendo en cuenta las absolutizaciones que se hacen del tema, al concebirlo como fruto único de la crisis económica y social por la cual atravesó la nación en esos años; sin embargo, estudios especializados han demostrado que tal reactivamiento implica numerosas razones. Considerando estas razones, resulta imprescindible destacar que Cuba ha sido un país de reconocida religiosidad popular y que los dispositivos sociales de reproducción espiritual han obrado, a lo largo del tiempo, en interacción con la población. Solo después de hecha esta distinción se puede reconocer el peso de los otros dos factores incorporados a las motivaciones de reanimación.

El efecto dramático de la contracción en las condiciones de vida provocada por la aguda caída económica de los 90`, dando lugar a inseguridades y a la pérdida de confianza en las soluciones a las necesidades materiales, que el sistema había parecido estar en posibilidades de asegurar. Además del clima de distensión creado con la progresiva desaparición de concepciones dogmáticas sustentadas oficialmente sobre la base del “ateísmo científico” y con la reducción de innecesarias tensiones en la población, favorables a la exteriorización religiosa y a su aceptación como alternativa posible.

Así, posee peculiar importancia la rectificación explicita de políticas hacia la religión en el IV Congreso del Partido Comunista de Cuba en 1991 y la aceptación de creyentes en esa institución, así como la Reforma Constitucional de 1992, transitando el Estado de su preexistente carácter ateo a condición laica, unido a la desaprobación de discriminaciones por cuestiones religiosas.

Con posterioridad se dieron otros pasos como la adopción del 25 de diciembre, día de navidad, como feriado y cierto acceso de las instituciones cristianas a los medios de comunicación, vinculado inicialmente a la visita del Papa Juan Pablo II en enero de 1998. Todo ello contribuye a matizar de manera favorable a la religión, al concedérsele mayor espacio y posibilidad de actuación a nivel social.

Lo que se identifica como reanimación no constituye exclusivamente un efecto de crecimiento numérico, porque la densidad espiritual, afirman los especialistas, es muy difícil de medir; no obstante, se encuentran manifestaciones de reavivamiento en la esfera de la religiosidad popular donde, asegura Alonso (2001), “la relación devocional tiene lugar de manera directa, y el sincretismo con religiones de origen africano cubre todo el espectro. (…) La religiosidad popular se muestra sobre todo en los últimos 10 años más desinhibida, emerge a la vida cotidiana prácticamente sin trabas. Incluso se abre en muchos casos como un autodescubrimiento, con cierto aire de sorpresa. No como un estrato imperfecto o incompleto de la religiosidad, sino como una expresión legítima en sí misma” (p.2-3).

Otra esfera para tomar en cuenta es la de la pertinencia a las religiones principales, a saber, católica, protestante y de raíz africana. El arco denominacional del protestantismo ha mostrado efectivo crecimiento, teniendo, el despliegue pentecostal, en particular, una inclinación carismática.

Las de raíz africana experimentan también un incremento notorio, representadas por 3 manifestaciones principales: la santería, palo monte y las sociedades abakuá; y en los llamados “cruces” dada la compatibilidad entre esas manifestaciones (se puede ser santero, palero y abakuá al mismo tiempo).

Por su parte, el catolicismo encuentra ampliación, compartiendo presencia con las disposiciones protestantes en términos de extensión social. Pero lo que lo revitaliza es su recuperación institucional, apareciendo paulatinamente organizaciones y agrupaciones del laicado (estudiantil, de periodistas, de mujeres) como el Aula Fray Bartolomé de Las Casas, Movimiento Estudiantil Católico Universitario, el Centro Católico de Formación Cívica-Religiosa, el Equipo Promotor para la Participación Social del Laico, la Casa Laical, Comisión Justicia y Paz y otros.

Con el fortalecimiento institucional, que no es propio del catolicismo, donde las agrupaciones religiosas ganan espacios y otras, no institucionalizadas, muestran una tendencia en esta dirección para alcanzar mayor reconocimiento, se expanden religiones y prácticas poco conocidas hasta ese entonces. Así, se abren camino el islam, la iglesia ortodoxa, espiritualidades basadas en filosofías orientales como el reiki y el budismo, por solo mencionar algunas. Incorporándose, del mismo modo, elementos novedosos a las religiones ya establecidas.

Se evidencian otros indicadores, entre los que sobresalen: mayor utilización de signos religiosos visibles (crucifijos, collares, pulsos, vestimentas, etc.); son más numerosos los vendedores de estos artículos alrededor de los templos y en el comercio cuentapropista; es más notable la presencia de lo religioso en diversas manifestaciones de la cultura (en la música popular, la literatura y la plástica e incluso en programas radiales y televisivos); hay necesidad de conocimiento del tema.

Igualmente, aumenta el número de practicantes religiosos, obispos, arzobispos y la participación social a festividades populares y ceremonias. Crecen los líderes y locales de culto, seminaristas; los vínculos comunitarios, con el exterior, y las solicitudes de servicios (rituales funerarios, bautizos y de iniciación en las distintas religiones).

Analistas del tema consideran que la importancia del incremento se sustenta en que la religión ha alcanzado una mayor intervención en la vida social y en la de los creyentes2. Sus criterios refieren también, un doble impacto del periodo especial sobre la religión: de una parte, el propio incremento, en todas las formas que adquiere, y de otra, un aumento tanto de su capacidad socializadora como de su influencia social.

Paralelamente, se advierten cambios en las representaciones, valor de los símbolos y en la producción religiosa, adquiriendo un contenido más social y espiritual sin que por ello desaparezca la asociación a la práctica cotidiana. Todo ello reafirma su capacidad socializadora, que se puede constatar en dos áreas principales: la ética y, específicamente, lo social. La prédica religiosa acentúa la presentación de valores morales. Al mismo tiempo, intensifica la actividad captativa y educativa, así como su participación directa en problemas materiales.

En resumen, a lo largo del periodo, tuvieron lugar diferentes hechos de gran relevancia en la vida religiosa cubana, destacándose la participación de las iglesias en proyectos sociales concretos, la visita de Juan Pablo II, la comunicación frecuente, a diversos niveles, entre funcionarios gubernamentales y la Iglesia, el nombramiento en 1994 del segundo Cardenal cubano, la creación de nuevas diócesis, celebraciones al aire libre en parques y plazas, de procesiones y fiestas patronales, así como de las celebraciones del Año Santo y del Congreso Eucarístico de La Habana, aumento de publicaciones religiosas, y por último la visita del Papa Benedicto XVI en marzo del 2012.

Se distinguen a este tenor, la propaganda de artículos sobre la temática en revistas oficiales, las caravanas de solidaridad auspiciadas por “Pastores por la Paz” y otros grupos religiosos, la creación de la Sociedad Cultural Yoruba, la constitución de la Organización de Unidad Abakuá; y el resurgir de una intelectualidad católica emergente, reclamando participación en el debate social desarrollado en el país.

Los investigadores concuerdan, que posterior a 1995 y coincidiendo con cierta recuperación nacional, los índices de crecimiento religioso acelerado tomaron ritmos más lentos y hablan de una tendencia a la estabilidad y a la redefinición; sin embargo, la religión se mantiene como recurso relevante en la vida de muchas personas. Continúa mostrando su vitalidad espiritual y adopta rostros novedosos, sin que esto implique un retroceso u estancamiento.

Pero el análisis íntegro del comportamiento religioso conlleva, necesariamente, a un examen de sus funciones sociales. Ello permitirá entender la significación y capacidad de la religión, en la potenciación de nuevos sujetos y nuevas formas de acción social.

1.3.1 Sobre las funciones sociales de la religión

La religión ganó lugar para pensar en la felicidad, para explicar y hacer frente a contrariedades diversas. Además, como alternativa ante la pérdida de valores y carencias en contraposición a algunas instituciones sociales. De esta manera, “comenzó a representar un conjunto de significados metautilitarios frente a lógicas de pensamiento cuestionadas con la crisis, y consciente o inconscientemente, su influencia se extendió a otras esferas sociales” (Pérez & Perera, 1999, citado por Perera & Pérez, 2009, p.143).

Al sufrir serias afectaciones los proyectos de las personas y la posibilidad de alcanzarlos de modo secular, entre los reacomodos se concibió la opción de la fe como sostén y posibilidad de enrumbar los planes, deviniendo factor importante para asumir o evadir la crisis. En esta coyuntura, la funcionalidad religiosa encuentra resonancia.

Numerosas indagaciones reflejan que en 1994 la vida cotidiana se asociaba, en gran medida, solo con términos negativos (recondenación, rutina, desgracia, horrorosa, agonía, insoportable, difícil, entre otros). Sincrónicamente se le otorga a la religión el papel de “escudo protector”, estrategia de sobrevivencia y apoyo ante lo que se desmoronaba.

Con los años, se verificó que aquellos elementos negativos adjudicados a la vida cotidiana fueron perdiendo fuerza, si bien se continuaba vinculando al aburrimiento, problemas y dificultades. No ajena de ello, la religión empieza a desempeñar un rol más profundo, siendo espacio de bienestar para romper con la rutina, la angustia y encontrar satisfacciones espirituales y afectivas. Aunque, fue más dinámico el proceso de movilidad y búsqueda de grupos religiosos de acuerdo a intereses y posiciones diferenciadas.

Los vacíos que fue llenando, condicionaron transformaciones en las características de las membresías de las iglesias y organizaciones religiosas. Según investigaciones, antes de los 90`, asistían a las iglesias una mayoría de adeptos de edades avanzadas, jubilados y amas de casa. Mientras que en tiempos de crisis la situación cambia, pues se contempla una membresía trabajadora, con un porciento elevado de jóvenes y niños. Todo lo cual se traducía en diferentes ideas sobre lo religioso y en formas de concebir la fe.

Así mismo, vinculados al replanteamiento de la identidad, concurren, desde estos espacios, categorías innovadoras para reconstruir lo cubano y entender el compromiso con lo nacional. Por ello, emergen alocuciones sobre la autenticidad de las prácticas religiosas, la conservación de lo tradicional y sobre las raíces e historia de los grupos religiosos. Sobresalen, igualmente, otros donde la cubanidad está indisolublemente ligada a la implementación de proyectos sociales.

De manera general, la situación del país conllevó la renovación de las agendas religiosas. La prédica religiosa tradicional comenzó a dar signos de agotamiento y frente a ella se instituye un discurso transformador. En él suelen encontrarse expresiones tales como “ya no es Dios quien cambia”, “somos nosotros los que debemos cambiar”, “ahora somos nosotros los protagonistas del cambio”, evidentemente ese no es un discurso “desde el más allá”. Este modo de pensarse abre camino tanto en iglesias tradicionales como en nuevas por resultar más atractivo a las personas, quienes pueden verse reflejadas con sus problemas y vicisitudes diarias.

Ante la búsqueda de opciones (en lo personal, familiar, grupal) para sobreponerse a las circunstancias socioeconómicas y la validación de alternativas contrapuestas a los valores formados, sobreviene la necesidad de encontrar referentes éticos. Correspondiendo a la demanda, no pocas organizaciones religiosas redefinieron su rol, extendiendo en sectores de la población representaciones sociales que equiparaban moralidad y religión, a partir del supuesto deber de rescatar los valores, como “antídotos contra la decadencia moral”.

Tal preocupación, se tradujo también en pronunciamientos públicos de actores católicos sobre el modo en que se ejercía el poder político y económico, rebosando lo meramente religioso para adentrase en las problemáticas sociales3. A partir de entonces no ha habido un problema en Cuba, de los que la Jerarquía católica no haya pronunciado su criterio.

Del mismo modo, algunas agrupaciones se hicieron portadoras de conflictos raciales y sociales, mientras otras, se sintieron llamadas a cubrir todas las carencias de la sociedad. Equívocamente, la impronta de ayudar a la población en sus necesidades sirvió de sostén a un “tipo de evangelización” donde lo material adquirió gran connotación. El argot popular la conoce como “evangelización del jabón y del aceite”; apareciendo entremezclados la entrega de artículos de primera necesidad, labor proselitista y prédica religiosa.

Estas observaciones no pueden concluir sin antes aludir al lugar e importancia que han alcanzado las publicaciones religiosas, sirviendo de espacio para la actuación del laicado. En ellas se pueden encontrar los más variados artículos y puntos de vistas, expresados en reproducciones de homilías, discursos papales, enjuiciamientos políticos o axiológicos de la realidad nacional, noticias científico-culturales y otras. Así, revistas como Palabra Nueva, Espacio Laical, Vitrales, en ocasiones suelen tener tiradas más atractivas que muchas publicaciones oficiales.

2.El pensamiento social de Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal expresado en Palabra Nueva entre 2000-2010

2.1 Palabra Nueva. Caracterización de su perfil

Palabra Nueva es la revista de la Arquidiócesis de La Habana, publicada por el Departamento de Medios de Comunicación Social, órgano plural y decisivo para conocer la realidad del cristianismo en Cuba. Fundada en abril de 1992, año del V Centenario de la Evangelización, como respuesta al reclamo del Padre Juan Pablo II para impulsar, en la realidad cubana, una "nueva evangelización".

Sin acceso a los medios de comunicación masiva de propiedad estatal existentes en nuestro país, la Iglesia comprendió la necesidad de desarrollar medios escritos propios, de menor alcance, pero capaces de mantener el diálogo y la comunicación con los fieles católicos. La revista, interesada en todo cuanto acontece en la sociedad, ha estado atenta y abierta a todas las temáticas que interesan hoy a los católicos: economía, cultura, deporte, ciencias sociales..., sin olvidar la religión.

La Unión Católica Internacional de Prensa (UCIP), durante el Congreso Mundial celebrado en la sede de la UNESCO en París 1998, le concedió la Medalla de Oro, el más importante premio de esa organización internacional. Más reciente, en el 2004, le asignó el Premio Internacional a la Excelencia Periodística (Trujillo, 2014).

Su edición impresa es de once números al año y digital comenzó en febrero de 2005.

Un numeroso grupo de intelectuales católicos y laicos enriquece a esta publicación con sus trabajos. Entre ellos se destacan Fray Jesús Espeja, Mons. Ramón Suárez Polcari, Miguel Sabater Reyes, María del Carmen Muzio, Roberto Méndez Martínez, Nelson de la Rosa, Perla Cartaya Cotta, Maikel Rodríguez Calviño, Orlando Márquez Hidalgo (director), Nelson García, y nuestro objeto en cuestión, Mons. Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal.

2.2 Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal. Apuntes sobre su proyección intelectual

Mons. Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal4 es un intelectual católico, cuyo pensar se aproxima, desde sus inicios, a la lógica del discurso establecido por la Revolución. Pensador que no desvincula palabras de actitudes y se compromete con su espacio y tiempo de acción. Las reflexiones cespedianas no solo refieren cuestiones estrictamente eclesiales, también abordan temas vinculados con la vida de la nación; con juicios, que, en ocasiones, discrepan de las perspectivas de la Institución a la que se adscribe.

Su pensamiento indaga en asuntos relativos a la necesidad de una nueva ética moral-cristiana, aumento de las vocaciones sacerdotales, protagonismo y estructura del laicado, misión evangelizadora de la Iglesia, y otros; instando, a esta última, a reconsiderar su papel dentro de la sociedad, para crear una nueva base social y un nuevo marco reflexión pastoral.

Se encuentran otros polémicos análisis relacionados con Cuba, su cultura y su historia; con el conflicto ciencia-religión; la postura de la Iglesia frente a determinados sistemas políticos y económicos; estudios sobre la esencia humana; indagaciones en corrientes y conceptos filosóficos modernos, etc., que evidencian la pluralidad y diversidad de su pensar.

Con recurrencia, insiste en el respeto a la diferencia y el diálogo. Es decir, al respeto al derecho a no profesar ninguna creencia, así como, a los intercambios con otras confesiones cristianas u otras aprehensiones de la religiosidad existentes en la Isla, teniendo en cuenta que son elementos constitutivos de la identidad cultural nacional. Lo que pretende ser necesidad vital para la Iglesia. Razones que lo demuestran un pensamiento receptivo a la dialéctica del entendimiento.

Actitud, también mantenida en torno a la relación Iglesia-Revolución, instando el diálogo entre marxistas y cristianos, y señalando los temas fundamentales donde el debate puede ser propicio. La cuestión no es indagar en el conflicto de años anteriores, sino reflexionar en la posibilidad del debate y en su enriquecimiento; haciendo un lado pugnas y enfrentamientos, renunciando a todo tipo de dogmatismo.

Al decir de su pensar, Trujillo (2011) 5 afirma: “es un pensamiento contradictorio en la expresión de los asuntos que aborda y reflexiona, pero rico en la multiplicidad de temas tratados. Es un pensamiento producto de los tiempos y que se mueve en relación de la lógica de esos tiempos”6.

Todas estas ideas han sido recogidas en poemas, ensayos, artículos, novelas, libros, publicados en diversos países. Entre ellos se encuentran:

  • ✓ Orientaciones actuales de la teología católica (cuaderno, La Habana 1995).

  • ✓ Recuento (antología de artículos periodísticos, Miami 1992), Canciones del atardecer (poemas de 1992, Miami)

  • ✓ Promoción humana, realidad cubana y perspectivas (ensayo, Caracas 1996)

  • ✓ Érase una vez en La Habana (novela, Madrid 1998), Fiesta innombrable (larga entrevista, poemas y ensayos, Holguín 1999)

  • ✓ Pasión por Cuba y por la Iglesia (Biografía del Padre Félix Varela, Madrid 1999)

  • ✓ Cuadernos varelianos (cuatro ensayos sobre temas varelianos, La Habana 1999)

  • ✓ Zarpazos a la memoria (cuatro relatos testimoniales, Madrid 2001) (EcuRed, s.f.)

Luego de haber presentado la revista Palabra Nueva y de presentar el pensamiento de Mons. Carlos Manuel de Céspedes, solo resta adentrarse en sus principales análisis sobre la movilidad social durante la primera década del siglo XX.

2.3 Meditaciones teológico-filosóficas

Las condiciones socioeconómicas de Cuba a fines del siglo XX, unido a la llegada del próximo milenio, fijaron nuevos retos para el ambiente eclesiástico. Retos, que para Céspedes (2000a), apuntan hacia “el empinamiento como personas, la elaboración e implementación de un humanismo tal que nos lleve a crecer: dicho con una sola frase, a promover una genuina cultura de la vida”. Palabras que invitan a la elaboración de un humanismo que permita forjar mejores personas, ayudarlas a “ser más”; tarea de la cual la Iglesia Católica se plantea no estar ajena.

Esta propuesta de humanismo tiene el propósito de sintonizar con preocupaciones providentes de otras visiones acerca del hombre y del mundo. Consecuentemente, debe ser capaz de enriquecer los esfuerzos existenciales comunes sin pretensiones de exclusivismos elitistas, “de no presentar como absoluto lo que no lo es, ni de relativizar lo que sí tiene un valor de Absoluto para un cristiano católico” (Céspedes, 2001); sino de diálogo y construcción.

La reflexión social cristiana en los albores del milenio pretende concebir una mejor aprehensión de la condición humana, tanto en su dimensión individual como en la comunitaria. Del mismo modo, proyectar una evangelización renovada, para así mostrar una Iglesia modificada su proyección social. En sus intenciones de expansión e inserción evangélica, se considera estar llamada a “iluminar” los fenómenos sociales, “con la luz del Evangelio y la verdad de Jesucristo” (Céspedes, 2010). Y aunque esto sea una verdad para algunos, lo cierto es, que la Iglesia no posee recetas mágicas ni la última palabra, porque junto a ella conviven instituciones estatales, culturales, educaciones que persiguen los mismos objetivos.

Tales circunstancias le permiten a Céspedes pensar en un diálogo respetuoso en una sociedad pluralista como la nuestra, frente a cualquier forma de conflictividad religiosa o social. Si bien, su propuesta no es la imposición de juicios cristianos, hace depender la multiplicidad de intercambios y discusiones a los designios de Dios sobre las personas en sociedad.

Pero dialogar no es ignorar las divergencias ni los puntos de contacto de las partes en la cimentación del todo. Supone el convenio de ellas con la cuota de verdad que poseen, así como, evidentemente, la capacidad de escucha, de tomar en cuenta con seriedad el pensamiento del “otro”. Por este camino se puede llegar a un consenso social estable. Con relación a ello asevera: “dialogar es algo mucho más difícil: es intercomunicación personal, es respeto, es confianza recíproca, es escuchar con atención interior al otro, es ponerse en su lugar, es tomarlo en serio” (Céspedes, s.f.a).

Para lograrlo, entiende, se necesita aplicar una ética religiosa acorde a las exigencias sociales. De la misma manera, lo cree requisito indispensable para el logro de una acción pastoral más efectiva. Sin embargo, es consciente de su posibilidad en la medida en que la Institución sea capaz de percibir las limitaciones humanas y reconocer la complicación de algunas situaciones, que muchas veces no pueden resolverse por la vía católica.

Cuando se trata de realizar aspiraciones de tal índole, alega el presbítero, no es permisible olvidar que el hombre, siempre debe estar en el centro de cualquier análisis, proyectos, actividades. Al respecto medita: “Las elaboraciones ideológicas, los sistemas económicos y políticos, las políticas culturales, las relaciones internacionales, etc. son válidos en la medida en que contribuyan, en principio, a que la persona humana sea más persona; a que la persona ocupe el centro, pero como persona, no simplemente como individuo” (Céspedes, 2010), mostrando interés por el fomento de lo humano en toda su grandeza.

Por otro lado, la Iglesia debe hacer conciencia objetiva sobre su capacidad de atraer fieles devotos. Su labor no será fructífera si no comprende el entorno espiritual del país. La realidad es palpable: el pueblo cubano se caracteriza por ser eminentemente creyente y no cristiano ni católico como ella supone. Con sus palabras: Mayoritariamente creyente y minoritariamente católico (…) Minoritariamente no solo como contabilización de los que asisten al templo, sino también como nivel de penetración de lo católico en todos los entresijos de la existencia, en la calidad de la vida personal y comunitaria de nuestra nación (Céspedes, 1995). Una religiosidad sincrética, nacida del sincretismo cultural y étnico entre lo español y lo africano, lo identifica.

En el sentido más abarcador del término somos una población cuyos integrantes afirman una realidad extrahumana de la cual la suya depende, al menos, en cierto grado. Nuestro mapa religioso no puede delinearse con trazos definidos. Sus matrices fundamentales apuntan hacia el cristianismo (en su vertiente católica), el protestantismo y al conjunto de religiones afrocubanas., fenómeno que constituye “una verdadera alquimia de contenido cristiano-católico, pagano-africano y espiritista” (Céspedes, 1995).

En lo que a credo se refiere, el desafío eclesial consiste en la facilidad de creer en cualquier cosa, en ocasiones incoherente e inconsistentes para su razonar. De ahí, que asumir el creciente mestizaje y sus repercusiones en el plano religioso, sea condición inevitable para incrementar su ejercicio pastoral. El que ocupe posiciones distantes a esas realidades, la hacen perder potencia espiritual dinamizadora, en sus intenciones de lograr una evangelización “del aquí y del ahora”.

Así lo expresa el católico: “Que no se considere como una limitación o un anquilosamiento de su dinamismo apostólico, sino el camino más apto de su desarrollo pleno; que no se juzgue una traición al medio social, sino una entrega apostólica al servicio del mismo” (Céspedes, s.f.b). Esta sería situación pre-requerida para que la Iglesia se oriente al compás de los nuevos tiempos.

Su énfasis en centrar el estudio en la persona posee otro criterio valorativo. Vinculado a la construcción y organización de la sociedad, Céspedes le otorga total responsabilidad a los que habitan en el plano terrenal, por tratarse de un asunto racional y humano. Para él, negar o desestimar la responsabilidad humana en tal edificación equivale a contradecir el proceder de Jesucristo “que crea al hombre, precisamente, como una criatura que no es ciega, que ve con los ojos del cuerpo y con los del entendimiento, y que por ello puede colaborar con Él en el gobierno y promoción de la creación en todos sus aspectos, y nada más importante en la creación que la organización de la convivencia humana (Céspedes, 2000b).

La finalidad de sus reflexiones resulta evidente: instar a los hombres a ser protagonistas de su propia historia, porque es consciente de que para erigir una sociedad estable y eficaz se necesitan instrumentos racionales y no trascendentes. Siendo así, no se requieren las manos de Dios o de algún grupo humano, pues concibe que la mejor garantía para evitar los errores o para corregirlos, se encuentran en la persona misma; por tanto, la construcción de la sociedad entra en la voluntad de Dios sobre el hombre, pero también pasa por la mediación humana. Comprender de manera adecuada esta relación supone una valoración filosófico-teológica tanto de lo sobrenatural como de lo natural. Con todas esas observaciones parece ser que el mejor aporte que la Iglesia puede ofrecer a la Nación, durante el período, es la exposición de la enseñanza católica acerca de Dios, el hombre y del mundo, pero con estilo dialogal, incluyendo de la capacidad de escucha y rectificación. Se trata de actuar eclesial y socialmente al modo de Cristo. En este quehacer, Céspedes se apoya en importantes personalidades eclesiales que se destacaron a lo largo de toda la historia del cristianismo.

Dentro de ellos, distingue la figura del Padre Félix Varela, a quien el Papa Juan Pablo II llamó “piedra fundacional de la nacionalidad cubana”, porque “él mismo es, en su persona, la mejor síntesis que podemos encontrar entre la fe cristiana y la cultura cubana” (Céspedes, 2001). En criterio cespediano: “Con sus convicciones, su vastísima cultura y su actitud abarcadora, ecuménica, bien informada y respetuosamente dialogante, el Padre Varela constituye un ejemplo vigente para el cubano cultivado que inicia el siglo XXI y el Tercer Milenio” (Céspedes, 2001).

En el terreno de los principios, el contenido de sus enseñanzas sobre lo religioso y la sociedad, mantiene validez para todos aquellos que tienen la responsabilidad de enseñar, en especial, a los sacerdotes. De esta manera enuncia: “Sin duda, todos los sacerdotes hemos conocido hombres de Dios y servidores de los demás, que nos estimulan a ser mejores sacerdotes, sin dejar de ser hombres y cristianos y cubanos; hombres que nos animan a cultivar uno u otro aspecto de la existencia humana y sacerdotal. Pocas veces, sin embargo, encontramos una persona que reúna armónicamente, en grado tan eminente, las cualidades y el quehacer cotidiano al estilo del Padre Varela”. (Céspedes, 2001)

Estas pretensiones, por demás, responden a las constantes demandas eclesiales, en sus aspiraciones de participar en el sistema educativo, una vez realizada la democratización de la enseñanza por el Estado cubano.

Continuando con el examen, el utilitarismo pedagógico de Varela será fuente nutricia de la nueva acción pastoral, en la búsqueda de la verdad y la práctica de la virtud. Sus instrucciones en el esfuerzo por la cultura, conocimiento, pensamiento filosófico, humanismo, la formación ética, equivalen a batallar por crecer más como personas, principal proposición cespediana para los tiempos venideros. Los Elpidios de ayer y hoy, los que sustentan a Cuba, afirma, deben penetrar en el mundo del Padre y beber de todas sus enseñanzas, si aspiran ser genuinamente humanos.

Pero el pensamiento de Céspedes también se hace rico y variado con análisis no directamente religiosos, sino histórico-sociales, económicos, políticos y culturales. Los últimos años, en materia sociopolítica, han enfrentado al país a discusiones, críticas, opiniones, conformidades e inconformidades, como nunca en su historia reciente, vinculado a los acontecimientos acecidos tras el inicio del llamado Período Especial y que han sido estudiados en las páginas precedentes. Sus juicios, valoraciones tienen mucho que aportar al debate cubano.

2.4 Reflexiones sociopolíticas y económicas

Las reflexiones cespedianas, en este ámbito, reiteran el reto de asumir intercambios y análisis respetuosos entre las personas e instituciones, incluida la Iglesia. Fundamentalmente a partir de la peculiar sustitución presidencial del Líder de la Revolución Fidel Castro por su hermano Raúl Castro; y del discurso pronunciado por este último, el 26 de Julio de 2007, donde abre la posibilidad de sugerir y discutir todos los cambios de la realidad cubana. Con este llamado, apuntaba al enfrentamiento al inmovilismo y el empantanamiento social.

En casi todos los países son frecuentes las conversaciones y disputas sobre posibles cambios, y Cuba no ha sido ni es una excepción. Resulta normal que la ciudadanía no tenga un pensamiento unánime y que en su seno se sostengan variadas discusiones, sobre los más disimiles asuntos entorno al sistema de relaciones sociales.

Esta vitalidad del cuerpo social encuentra su plena realización, con intercambios desplegados en el plano de la racionalidad objetiva, la educación, el respeto recíproco, la escucha atenta y la aceptación de diversidades. Lo anormal y enfermizo lo constituyen, la aparente uniformidad unido a la ausencia de disímiles opiniones. Esa máscara, afirma Céspedes, sí es el enemigo “de la genuina unidad nacional. Mientras Cuba sea una realidad viva y no un fósil, se hablará acerca de eventuales cambios de un tipo u otro, hasta una medida u otra, etc. Y estos diálogos políticos, para que sean tales y no sólo farandulada, deben ser algo más que ejercicios mentales y de oratoria más o menos acertada” (Céspedes, 2017, p. 2), o lo que es lo mismo, deben inscribirse en la realidad y probabilidad de ser llevados a cabo.

En tal dirección, también se dirigen los análisis de los especialistas. Los planos sociopolíticos y económicos, justamente, porque rigen el dominio de la convivencia humana razonable y abarcan el espacio de la vida concreta (individual y comunitaria), la cotidianidad, el de los convenios para que aquella sea lo más fructuosa y placentera posible, son propensos a discusiones.

Las reflexiones del católico se distinguen además por su propuesta a realizar los cambios no simultáneamente, sino de manera ordenada. Ella excluye del análisis, la imprevisión, brusquedad, improvisación y otros modos de actuar, que no suelen dar buenos resultados en la práctica. Además, pretende garantizar la estabilidad de todos los que aspiren a mayores cotas de participación responsable y de bienestar integral, grupo en cual se incluye a sí mismo.

Por tanto, tiene razón Céspedes con estos argumentos. Fijar un orden de precedencias para asuntos de tal índole deriva un caos. Aunque la lógica indique comenzar la búsqueda de soluciones por las cuestiones más importantes, no deja ser cierto los debates se inicien por las temáticas en las que resulte más probable el consenso.

Así, de consenso en consenso, se irá creando un clima de confianza y se podrá llegar a las cuestiones de mayor peso. Asuntos, que, si se hubiesen elegido para comenzar, se habría logrado, “la algarabía y el incremento de las diferencias y enemistades entre los interesados en la cuestión, con puntos de vista muy diversos, difíciles de conciliar en ese momento, pero previsiblemente conciliables en un futuro más o menos cercano” (Céspedes, 2017, p.3).

Cree, además, que las transformaciones realizadas, deben sustentar y animar la convivencia y promoción humana, bien contextuadas, para que no sean una simple copia retocada de lo que ya se tiene. Porque no concibe la palabra “cambio” como sinónimo de “restauración” o “sanación”. Se trata, pues de crear un proyecto que elimine los obstáculos para el desarrollo integral individual y comunitario.

Otro punto en el que conviene con el pensamiento social. Desde otra óptica, los estudiosos plantean que reconocer las exigencias de atraso en la base económica y continuar avanzando de forma creativa, potenciar el desarrollo socio-cultural, educacional y político, según las demandas sociales, son los nuevos ejes de desplazamiento para dirigir los cambios.

Mientras aquellos aseveran que el mejor momento para ejecutarlos es este y no otro, Céspedes solo puede asegurar que si lo es para pensarlos y pensarlos bien. “Lo que sí sé es que es necesario pensar, expresa, pero no deberían tardar mucho tiempo en hacer y, hágase lo que se haga, no debería concentrarse exclusivamente en índices nacionales de inversiones, de capital, etc.” (Céspedes, 2009, p.8); es decir, que en la realización de las transformaciones se vele para una motivación económica no funja como justificante migratoria.

Hace depender, también, el orden y ritmo de realización de los cambios al panorama interno y del mundo, del cual Cuba no puede estar exenta; por tal motivo, cree que el proyecto de cambios, insertado en el entorno internacional, debe ser sumamente realista y eliminar aquellos obstáculos que impiden a la nación emprender una nueva andadura.

Nuevamente el presbítero posee la razón. La reestructuración de la sociedad cubana, en la lógica de una estrategia de desarrollo viable, impone la necesidad de colocar al país en los circuitos internacionales. Ello es afirmado por muchos investigadores, para quienes los cambios no son tales si no apelan a la inclusión de Cuba en el sistema-mundo (restricción que tiende a no variar si se tiene en cuenta el sometimiento de Cuba a la hostilidad de la superpotencia mundial, pero que al menos se intenta), ni encuentran estructuras y mecanismos de progreso acordes a los complejos procesos que tienen lugar tanto en los escenarios internos como en los externos.

Al mismo tiempo, las transformaciones deben provocar confianza en la población y no pueden reducirse meramente a “cosas”, llámense estructuras de poder, reorganización de la economía, sustitución de responsables de algunos sectores de la administración pública, u otros. Todos lo que hubiere de efectuar, deberían hacerse desde una óptica sistemática y totalizadora que integre al pueblo. En la intención cespediana de abordarlos con ese fin, sobresalen enfoques antropológicos, éticos y estéticos. Triple dimensión sobre la cual, haya el camino para que reaviven, construyan y no sean “meros parches”.

Tanto los especialistas como Céspedes, presumen que de poco valen los cambios y no tendrán estabilidad suficiente, si no vienen sustentados por un movimiento de cooperación y conversión general, apoyado en un espíritu de concertación y diálogo. La diferencia consiste en que el católico relaciona esta idea con la adhesión a Dios y a la Iglesia. Al respecto asevera: “resultaría imposible reflexionar acerca de conversión y de cambios de diverso orden, si en el cimiento no se articulan estrechamente el amor a Cristo, a Su Iglesia y al “mundo” en el que la Providencia amorosa de Dios nos ha colocado” (Céspedes, 2007a, p.10).

Ante las dudas generadas por el estado de cambios entorno a la renuncia o no de la orientación socialista o a la llegada de una especie de socialismo con injertos de capitalismo, sus observaciones denotan precisión y dominio del tema. Si bien no habla en términos de “perfeccionamiento social”, ni de “elevado y activo papel de la política en el mantenimiento y desarrollo de una orientación socialista, según su perspectiva, la armazón sociopolítica y económica de nuestro país no dejará de inscribirse en un proyecto socialista, pero revisado en orden a una mayor eficacia: “Para algunos, se trata de cerrar las puertas a todo tipo de socialismo; pero para otros, que creo la mayoría, se trata de establecer un socialismo distinto, más democrático y participativo; más cercano a lo que fue originalmente el proyecto de la social-democracia” (Céspedes, 2017, p.8).

Estas observaciones son análogas a las realizadas por los expertos, quienes intentan colocar la alternativa socialista cubana de un socialismo renovado. Propuesta inspirada en una imagen de socialismo acorde a la situación global y al contexto nacional concreto y en la necesidad de activar los mecanismos que lo hacen viable.

Añádase también, la promoción de la persona, que no se reduce al factor económico ni puede ignorarlo, como algo urgente e imprescindible. Para Céspedes, se torna necesario hacer que todos los cubanos sean personas (aunque parezca una redundancia); es decir, hombres libres y responsables, aunque comprende, es un arduo trabajo.

Exigencia que, para los especialistas, se traduce en la construcción de un ciudadano más culto y de más elevada formación política e individual. González (2003), economista, así expone: “Resulta esencial lograr que en el socialismo no solo se alcancen los efectos sociales positivos de carácter más general; sino también una adecuada apertura de posibilidades para el desarrollo individual” (p. 25).

La sociedad de nuevo cuño requerirá también, una amplia participación amplia de quienes nunca debieron ser receptores pasivos, sino sujetos responsables, como supondrá libertad de expresión y de opinión. Pero esa participación no puede tener lugar sin una sólida Constitución con posibilidades de perdurabilidad, es decir, sin una buena estructura jurídica que brinde apoyo y articule los derechos y deberes de las personas, el Estado y demás actores.

Referido a las cuestiones constitucionales Céspedes declara que el propio texto constitucional, si está bien redactado, prevé el cuándo y cómo de sus eventuales reformas, siempre que la situación cambiante del país lo aconseje. Tales criterios le permiten concluir que un buen examen de la realidad conduce a la mejor elaboración de estos textos, como al acierto en el establecimiento de coincidencias entre aquellos y su entorno, lo cual también funge como prioridad a los ojos de Céspedes, en la posibilidad de ser fiel a la Constitución, y a la vez, pensar en transformaciones estructurales y de concepto. Puesto que no todos los ciudadanos interpretan en igual sentido la realidad, ni aspiran al mismo tipo de sociedad, son los organismos jurídicos los responsables en formular las normas que avalen el mejor consenso nacional.

Respecto a las posibilidades legislativas refiere, en primer lugar, a la vigente Constitución, la de 1976, revisada en 1992; no obstante, sospecha que para los promotores de cambios esta opción no sería la más acertada, pues a pesar de su revisión, fueron muchas las huellas del carácter propio de los Estados socialistas de entonces que la marcaron. En aquel escenario, entiende, en que Cuba se insertaba al CAME y la Unión Soviética, una legislación diferente era impensable. Otras propuestas, que plantea como sustrato jurídico del cambio, lo son la Constitución de 1940 reformada, o en última instancia, la elaboración de una nueva Constitución con todo lo que ello implica.

Con tales alternativas encuentra viabilidad en la Constitución actual, que debería ser modificada según sus propias previsiones; pero no derogada o sustituida por otra que, considera, apenas “llegaría a ser “mejor”, más concertadora, libre, tradicional y renovadora simultáneamente, en las circunstancias actuales del país y en las que podemos prever para un futuro a mediano plazo o largo plazo (Céspedes, 2009). Aunque no la considere instrumento jurídico capaz de dar cimiento a la nueva sociedad, y pese a las limitaciones que le encuentra, la prefiere en oposición al vacío constitucional. Resultan interesantes los anteriores juicios cuando los legalistas cubanos la denotan como obsoleta, una de las peores para el contexto. Entre ellos existen posturas bien encontradas, unos la consideran muy avanzada u otros, muy ideologizante. De cualquier forma, ello demuestra que no todos los legisladores, estudiosos de las leyes en Cuba, coinciden con los criterios de Céspedes.

Esas reflexiones resaltan, además otros asuntos de importancia capital que no pueden eludirse como la articulación de los poderes estatales y de las Fuerzas Armadas, el sistema electoral, el monopartidismo, la estructura del Parlamento, el monopartidismo. La lista para tener en cuenta es muy extensa, pero esto no puede ser excusa a la hora de elegir a la horade elegir la disposición constitucional más conveniente para el proyecto a perseguir. Junto a ello, es preciso destacar que las prisas generadas por los posibles cambios en el sistema socialista cubano, con aras de afinarlo y adecuarlo a las nuevas realidades dentro y fuerza del país, no son el mejor “caldo de cultivo” para elaborar una Constitución que promocione el desarrollo democrático de la sociedad; apta para subsanar lagunas y reparar las distorsiones sociales vigentes.

Finalizando, las reflexiones cespedianas buscan construir una Cuba bien articulada, de la que sabe, no estarán ausentes ciertas carencias y problemas, donde se promueva una genuina cultura del diálogo, junto a la tolerancia intelectual y afectiva, evidentemente, sin excluir el espacio religioso; tolerancia que mostrará si la cultura dialogal ha sido interiorizada y asumida. No deja de ser real que en esta dirección se han dado pasos significativos, pero el tramo por andar es todavía largo.

En definitiva, sus proposiciones del “deber ser” sociopolítico, procuran encauzar la vida de la nación, en consonancia con todos los sujetos que la forman. Con esta misma intensidad se distinguen sus juicios sobre el fomento cultural, pero bajo el tapiz critico-constructivo. Las próximas páginas así lo pondrán en evidencia.

2.5 Análisis ideoculturales

Para Céspedes, el ámbito de la cultura es uno de los que se deben privilegiar en todas las formas de diálogo, pues al ser de naturaleza global, ni el Estado, la Iglesia, o ninguno de los protagonistas de la sociedad civil pueden ser excluidos de tales diálogos.

Además, es aquel espacio, fuera de los marcos teológicos, donde sus reflexiones se muestran más ricas y variadas. De todos los temas posibles, insiste en la falta de seriedad, pero no como sinónimo de adultez, de excesiva severidad, ni mal humor perenne; sino opuesta al choteo sostenido, al relajo existencial. Ella, atestigua, equivale “a la responsabilidad, al discernimiento, a la reflexión previa a la toma de decisiones, a la recta valoración asumida e interiorizada, al sentido de compromiso con la verdad integral, a la actitud de comprensión caritativa ante las personas y las situaciones, a la esperanza generadora de serenidad y de gozo espiritual y a todas las realidades y valores que se inscriban en esta dirección” (Céspedes, 2000, p. 49).

Según el presbítero la falta de seriedad es no tirar todo a relajo. La vida no puede ser una fiesta perpetua, hay situaciones que, en realidad, no constituyen diversión. Y aunque se le considere como un enriquecimiento necesario del ser, reducirlo todo a diversión no es otra cosa que perversión y deterioro de la persona. Como deterioro es convertir toda diversión en grosería o deshonestidad o mal gusto.

De su contrario, el choteo generalizado, mucho se ha escrito y se ha considerado sello de identidad del pueblo cubano, con lo cual Céspedes no concuerda. En tal disyuntiva hurga en la historia del país y concluye que, desde nuestra existencia como grupo humano con características peculiares, no totalmente iguales a los españoles peninsulares, ni a los negros africanos, pero tampoco totalmente diferentes, una buena dosis de choteo ha permeado la vida de la nación; sin embargo, cree que no ha estado presente en aquellos que con su ser y actuar, dieron muestras de henchimiento a la genuina cubanía; por ende, no considera al choteo como parte integrante en la definición de la identidad cubana, porque no la entiende una cuestión de contabilidad, sino de calidad definitoria. “Las definiciones de lo que somos, afirma, antes y ahora, están del lado de la seriedad, no del lado del relajo, aunque éste, numéricamente, sea más abundante o, por lo menos, más visible y más ruidoso” (Céspedes, 2000, p. 50).

De esos exámenes se deduce que, para el católico, el “relajo criollo”, emparentado con la vulgaridad, el mal gusto y las deshonestidades de diversa especie, no tipifican al cubano. Más bien lo juzga como un elemento demasiado habitual en la cotidianidad, una pandemia grave y antigua, que se ha cultivado como si contribuyera a nuestro enriquecimiento. Porque a su entender la palabra “típico” es lo que marca el tipo y no lo más frecuente. Si bien la identidad no heredable sino una construcción, sostiene que lo típico de la cubanía es la seriedad fundacional criolla, cuya lista se prolonga hasta nuestros días.

Asunto en torno al cual se han generado discusiones. En esas polémicas coexisten criterios encontrados a los juicios de Céspedes. Para algunos pensadores el choteo continúa siendo una cualidad extendida porque está directamente vinculado a la idiosincrasia cubana, a la necesidad de la individualidad de explayarse ante cualquier limitación a su libertad. Sin embargo, comprenden que es tiempo de levantarse sobre los “defectos de nuestro carácter” y emplear al choteo como aliciente inteligente, y no como grotesca protesta frente a quien es el otro.

De esta manera, ambas posturas consideran que el “relajo criollo” no puede seguir siendo una actitud del espíritu social porque limita las posibilidades de crecimiento cultural; de ahí las constantes demandas para su superación en la vida individual y social. La evangelización de la cultura, por un lado y la responsabilidad en su correcto fomento por parte de instituciones estatales, eclesiales y demás componentes de la sociedad, por otro, suponen la sanación de este morbo.

La falta de seriedad es también para el presbítero, una arista de la carencia de verdad, es decir, el choteo irresponsable es una forma de mentir. Y cuando se dicen mentiras de manera habitual, asegura, es porque en el mundo interior ya se ha dado cabida a esa posibilidad, con todo lo que éticamente significa. Ello hace notoria su preocupación por la ausencia de verdad, constatable en la mayoría de los cubanos.

Son diversas las razones por las que una persona no sea capaz de acogerse a la verdad y esto hay que tenerlo en cuenta en el momento de emitir algún criterio. A su juicio, son los condicionamientos históricos y educacionales, de un lado y la falta de seriedad responsable, con todos los parientes de estas actitudes, de otro, los que oscurecen el imperio de la verdad integral para enaltecer la mentira en el pensar, el decir, el hacer y el vivir.

Como el choteo puede abarcar, desde el sentido mismo de la vida, la cultura, la religión, la vida familiar y profesional, la política, la economía, hasta las mejores ideas, debido a la “carencia cimentadora” que se padece, entonces todo puede quedar excluido del ámbito de la verdad y entrar en el de la chabacanería, la superficialidad, la simulación, y la falsedad. La situación es tan alarmante que muchos pueden asociar este tipo de males al estilo de sociedad que se vive en Cuba. Esta constatación es preocupante, pero no debería paralizar sino estimular. La cultura nacional encontrará fortalecimiento y progreso en todas sus dimensiones, si y solo si, acepta estos problemas y se sirve de ellos como trampolín hacia la recuperación. Se deben admitir no como fatalidad paralizante, generadora de apatías, sino como punto de partida dinámico y alentador de las mejores creatividades. Sobre referidos asuntos no existe un listado de “remedios eficaces contra esos virus”, pero acierta el católico al plantear que las soluciones solo pueden ser de producción nacional. Para su elaboración se requiere un dialogo profundo, que lejos de conducir a inmediateces, invoque la reflexión. Esta última, a su vez, debe apuntar al examen de conciencia individual y comunitaria, en materia de seriedad, de ejercicio de responsabilidad y de proyección social.

Igualmente, emparenta los anteriores análisis con la desmesura, la manipulación incorrecta del lenguaje y la gestualidad. Por desmesura comprende carencia de medida, desproporción, exageración en los hechos y las palabras. Ella, al igual que el choteo, se aplica a muchas realidades, presentándose en dosis excesiva. Si bien no tenemos la exclusividad en este defecto, una porción significativa de los cubanos llega a tener un rosario de desmesuras y de inversión de valores.

No tomar en serio lo que sí lo es y expresar con el lenguaje y los hechos propios del relajo criollo lo que no merece la mayor atención es, para Céspedes, falta de seriedad, choteo y desmesura. Cada realidad tiene su propia verdad y su propio valor. La actitud y el lenguaje de las personas involucradas en la misma, por tanto, deberían adecuarse a esa verdad y a ese valor. Lo contrario es situarse existencialmente en la mentira.

Con todo, haya que el choteo y la falta de seriedad ante la verdad propia de cada realidad, se encuentran en la raíz de las desmesuras, de las groserías, de los trastrocamientos en la apreciación e interiorización de los valores, así como de las manipulaciones y pobrezas de lenguaje. Percepción que constituye, en sí misma, una convocatoria al esfuerzo común y articulado para salvar ontológicamente a la nación.

Un punto cardinal lo constituye el uso correcto y preciso del lenguaje, así como su adecuada pronunciación. Los asuntos lingüísticos son elementos primordiales en sus reflexiones. Siendo miembro de la Academia Cubana de la Lengua, lamenta la atroz manipulación que de él se hace.

No se explica como tantas personas con responsabilidades sociales y públicas, se expresen de manera inaceptable: utilizan palabras impropias, extranjerismos innecesarios y deformantes, personas y tiempos erróneos en el uso de los verbos, supriman los finales de las palabras; y que a los que lo utilizan bien, con toda su sonoridad y riqueza, sean burla. Nuevamente el choteo inunda. El cubano medio de hoy asevera, se expresa de manera peyorativa. Relacionado con el de hace decenios es más ilustrado, y aunque la educación sigue siendo uno de los pilares fundamentales de la Revolución, gran parte de las personas desconocen su propio lenguaje y como tal lo articulan indebidamente.

Cuestión donde, nuevamente Céspedes posee la razón. A pesar del denodado esfuerzo del gobierno en función de la educación de las masas, el uso correcto del lenguaje continúa siendo una actitud carente entre cubanos de todas las clases, grupos y esferas de la sociedad. Ese pensamiento ilustrado que ha creído y cree ver en la educación la salvación contra estos males, se ha equivocado parcialmente, pues en la mayoría de los casos, la educación ha sido un método paliativo, y no solución concluyente.

Si bien alega estar seguro de que no falta la rectitud en los gestores y realizadores de las políticas educacionales y culturales para tales aspiraciones, se percata que, en alguno de sus espacios o niveles concretos, a veces se ausentan las ideas sólidas y claras al respecto.

Durante este recorrido, los criterios de Céspedes han mostrado una actitud constructiva: promover el desarrollo cultural en todas sus dimensiones, librarla de todos los males que le impidan su progreso. El esfuerzo por lo óptimo y el no empantanamiento de la mediocridad insoportable y estéril, procuran asegurar este designio. Delito social, quizás, es no cuidar debidamente el alma cubana y tolerar las heridas que atentan contra su salud.

En la realización de este propósito, confirma, se debería proceder como en la medicina: si se advierte un malestar (choteo, desmesura, carencia de verdad), hay que esforzarse por curarla; pero lo más sano resultaría ser la medicina preventiva; es decir, tratar de crear las condiciones para que el mal no se produzca, y si es posible, lograr que no llegue a enfermar.

Se trata, pues, “no sólo de sanar socialmente mediante el diálogo transparente sobre el tema en cuestión, que se volvió enfermedad y herida, sino de prevenir el problema mediante la transparencia de ánimo, la limpieza de corazón, el reconocimiento de nuestra pobreza personal entitativa (humildad) y la voluntad de concertación precisamente mediante el diálogo. En estas condiciones el pensamiento y la actitud plural, lejos de crear roñas y ácidos, contribuyen al crecimiento, a la mayor riqueza de la persona, individual y comunitariamente considerada” (Céspedes, 2007b, p. 4).

Conclusiones

Esta investigación confirmó, mediante un análisis de los criterios más significativos, que para los estudios sociales, los cambios ocurridos en el patrón conductual cubano son efectos de la crisis socioeconómica y política enfrentadas, tras el declive económico ocurrido a fines de los años 80; así como de las medidas tomadas por el gobierno, en un forzoso igualamiento de un conjunto de necesidades básicas y de sus satisfactores.

Se evidenció que, en la búsqueda de alternativas al desarrollo social, el pensamiento de Mons. Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal está marcado por la realidad insular, demandante de instrucción e interdependencia a otros contextos. En su compromiso a la progresión del cómo debemos ser, contribuye, con enfoques éticos, a una creciente humanización de la sociedad.

Sus proposiciones, desde el amplio aparato conceptual de la Doctrina Social de la Iglesia, generadores de valores morales, muchas veces coinciden con otras percepciones del pensamiento social contemporáneo en Cuba. Ellas demandan una revisión efectiva, un cambio; pero no solo un simple cambio “de las cosas”, de las situaciones, las estructuras; sino y sobre todo de las personas, del mundo interior de cada individuo.

En conclusión, no se trata de asumir y defender determinadas posturas, sino de reconstruir la nación con la ayuda responsable de todos los que la habitan. Siendo así, los debates e intercambios ayudarán a entender que, en estos momentos, la cuestión más importante es el futuro del país, y lo que se pueda hacer para su beneficio.

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1Concepto definido por el pensamiento social cubano para caracterizar el periodo en cuestión.

2Sirvan de referencia todos los artículos del CIPS, vinculados con el reavivamiento religioso, entre los años 2000-2010.

3Sirvan de ejemplo el documento de la Declaración Permanente de la Conferencia de Obispos de Cuba (1990), y Las Cartas Pastorales de los Obispos, particularmente la de 1993.

4Carlos Manuel de Céspedes García Menocal, Vicario General de La Habana, es una de las figuras más activas de la Iglesia Católica y de la cultura cubana. Doctor en Teología por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma y miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua. Proveniente, tanto por la línea paterna como por la materna, de familias instaladas en el país desde los inicios de la colonización española, e involucradas en la vida política, económica y cultural en diversas etapas de su historia. Es descendiente directo de Carlos Manuel de Céspedes, iniciador de la primera guerra de independencia de Cuba (1868-1878) y de Mario García-Menocal, primer presidente de la República en Armas. Frecuentemente, ha realizado varios cursos de idiomas, literatura, pensamiento filosófico en distintas naciones, como ha participado de cursos de verano en instituciones culturales dentro y fuera del país sobre temas humanísticos y teológicos. Ha sido Rector del Seminario “San Carlos y San Ambrosio”; Director del Secretariado General de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba; Canciller del Arzobispado de La Habana; Presidente de la Comisión Arquidiocesana de Cultura, Director del Centro Arquidiocesano de Estudios y de su revista “Vivarium”; Consultor del Pontificio Consejo para la Cultura en el Vaticano; párroco de las parroquias de Santa Fe, Punta Brava y Guatao, Jesús del Monte, Santo Ángel Custodio (1980-1995) y de San Agustín donde actualmente reside. Desde 1963 es profesor en el Seminario de La Habana, en el que ha enseñado y enseña diversas disciplinas en la Sección de Humanidades y la de Entre los reconocimientos y condecoraciones recibidos se encuentran: distinción Pontificia de Capellán Papal (1976), Premio de la Latinidad (2006), Orden de Isabel la Católica, (2008).

5La Habana, (1964) Doctor en Ciencias Filosóficas y profesor titular de la Universidad de La Habana.

Recibido: 31 de Mayo de 2021; Aprobado: 17 de Junio de 2021

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