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Intersticios sociales

versión On-line ISSN 2007-4964

Intersticios sociales  no.18 Zapopan sep. 2019

 

Reflexión teórica

La globalización y la crisis del estado-centrismo como contexto de los actuales liderazgos políticos

Globalization and the crisis of state-centrism as the context of current political leaderships

Francisco Entrena-Durán1 
http://orcid.org/0000-0001-5717-9564

1 Universidad de Granada, España. fentrena@ugr.es

Resumen

Los actuales modos de globalización originan un inestable e imprevisible contexto socioeconómico, político-institucional y simbólico-cultural. Este contexto constituye una de las causas fundamentales de la crisis del tradicional modelo estado-céntrico de organización sociopolítica, cuyas dinámicas y procedimientos de funcionamiento eran más fáciles de identificar, gestionar y prever cuando tenían lugar dentro de los límites del Estado. Ello, en contraste con la situación de elevada inseguridad e imprevisibilidad de nuestro globalizado tiempo de hoy. Este artículo examina los orígenes, las características y las incertidumbres del presente contexto mundial, el cual se materializa en cada caso específico como un escenario más o menos glocalizado en el que se producen y reproducen los actuales liderazgos políticos. Inspirándose en Bourdieu, el autor considera que ese escenario conforma un entorno o campo social que fomenta la extensión de disposiciones y/o predisposiciones colectivas muy propicias para el desarrollo de habitus de liderazgo marcadamente personalistas y/o populistas. De acuerdo con Bourdieu, dicho ‘entorno o campo’ es visto como un espacio de juego social que configura un entramado sistémico de relaciones, acciones e interacciones sociales, las cuales no pueden ser explicadas separada o aisladamente unas de las otras, sino como parte de la totalidad sistémica que constituye ese entramado.

Palabras clave: globalización; estado-centrismo; producción y reproducción de los liderazgos políticos; Bourdieu

Abstract

Current modes of globalization have given rise to an unstable and unpredictable socioeconomic, political-institutional and symbolic-cultural context that constitutes one of the fundamental causes of the present crisis of the traditional state-centric model of sociopolitical organization. The dynamics and operating procedures inherent in that model were easier to identify, manage and anticipate than in the current situation, in which we face high levels of insecurity and unpredictability. This article examines the origins, characteristics and uncertainties of this worldwide context, which materialize in specific cases as a more-or-less ‘glocalized’ setting in which today's political leaderships are produced and reproduced. Following Bourdieu, the paper considers this setting as a social ‘environment or field’ that fosters a series of particularly suitable collective dispositions and/or predispositions for the extension of different leadership habituses of a markedly personalist and/or populist nature. Bourdieu sees this 'environment or field' as a social game space that shapes a systemic framework of relationships, actions and social interactions that cannot be explained separately,or in isolation, from one another, but only as part of the total system that constitutes that framework.

Keywords: globalization; state-centrism; production and reproduction of political leaderships; Bourdieu

Introducción

La palabra globalización, que se ha difundido mucho a partir de los noventa del siglo XX, es muy polisémica. Cuando la empleamos no aludimos a una definición o expresión, a un paradigma conceptual o a una perspectiva de análisis, sino sobre todo a un fenómeno socioeconómico que ha alcanzado gran fuerza tras el derribo del muro de Berlín y el consiguiente final del periodo de la guerra fría.

Sin embargo, el fenómeno de la globalización viene de bastante atrás. Particularmente, centrándonos en el contexto occidental, puede considerarse que ya se estaba produciendo globalización cuando diferentes Estados europeos pusieron en marcha, a partir del siglo XV, procesos de conquista de América, primero, y, posteriormente, de amplias áreas de África, Asia y Oceanía. Tales procesos conllevaron la expansión, a través del resto del globo, de las pautas socioeconómicas, político-institucionales y simbólico-culturales occidentales, las cuales fueron consideradas etnocéntricamente, hasta los setenta u ochenta del pasado siglo, como los arquetipos de la fase más avanzada del Progreso y de la Civilización de la Humanidad. Se legitimaban así la dominación y la influencia que ejerció el mundo occidental durante siglos sobre la práctica totalidad de los continentes.

Ya en pleno siglo XX, las teorías de la modernización, así como los procesos sociopolíticos experimentados en su nombre (tanto si estos transcurrían por la vía capitalista como por la de la economía planificada o socialista), fueron también formas de globalización, entendida esta como progresiva occidentalización o difusión por el resto del mundo de los modelos y de los patrones socioeconómicos, político-institucionales y simbólico-culturales occidentales. Una occidentalización que, independientemente de que fuera promovida por Occidente o pretendida o deseada por los propios países que aspiraban a ella, daba lugar a una nueva manifestación del etnocentrismo expansivo de la sociedad europeo-occidental, la cual se servía entonces del discurso de la modernización, de la misma manera que en tiempos anteriores había recurrido al argumento de la necesidad de evangelizar a los indígenas (caso de la conquista y la colonización española de América) o, más tarde, al pretexto de civilizar a los salvajes, con ocasión de las colonizaciones llevadas a cabo por Inglaterra, Francia o Alemania, efectuadas ya en el marco de los referentes culturales de la Ilustración y de la Modernidad. Los discursos subyacentes a tal argumento y pretexto fueron empleados para legitimar las conquistas y las colonizaciones, así como para que estas no se redujeran solo al plano político y socioeconómico, sino que también supusieran la dominación cultural y espiritual de los pueblos conquistados.

El ‘torbellino de la globalidad’

Desde el final de la guerra fría la globalización ya no se manifiesta fundamentalmente como una creciente occidentalización del mundo, sino sobre todo como una nueva situación en la que los flujos mundiales de mercancías, de personas y de ideas se han intensificado notablemente en comparación con otros periodos anteriores de la historia, a la vez que esos flujos transcurren en todas las direcciones del globo y no preponderantemente desde Occidente hacia el resto del planeta como ocurrió durante siglos en el pasado.

Esta situación es considerada aquí como el ‘torbellino de la globalidad’, expresión mediante la que se hace referencia a ese estado de gran agitación, incertidumbre e imprevisibilidad que es característico de la etapa de la globalización actualmente en vigor, la cual ha sido tipificada como la era de la globalidad por Martin Albrow.1 Se trata de un tiempo en el que la generalidad de las gentes del mundo forma ya parte de una sola sociedad de ámbito planetario.

Las actuales circunstancias de incertidumbre e imprevisibilidad constituyen los rasgos distintivos de una convulsa y altamente cambiante sociedad que ha sido conceptuada por Ulrich Beck mediante la expresión sociedad del riesgo.2 Esta expresión, que ha alcanzado gran difusión durante las últimas décadas, ha resultado muy adecuada para caracterizar a una situación en la que, a diferencia de los riesgos e imprevistos clásicos (i.e. bancarrotas, enfrentamientos bélicos o desastres naturales), los cuales, según Beck, podían ser previstos sin mucha dificultad, aparecen unos nuevos riesgos que ya no son fácilmente calculables ni imputables a nadie. Unos riesgos que nos sitúan ante un horizonte de daños cuya reparación es una tarea muy ardua, cuando no imposible. Dos casos muy representativos que muestran este tipo de riesgos son los accidentes nucleares acontecidos en Chernobyl (Unión Soviética, 1986) y en Fukushima (Japón, 2011).

Pero, como ya pusiera de manifiesto el propio Beck, los riesgos contemporáneos no se limitan solamente al ámbito más o menos estrictamente ecológico-natural, sino que también se observan en el plano socioeconómico y laboral. Por ejemplo, las grandes crisis sociales y económicas que acarreó la expansión de la globalización neoliberal en América Latina (sobre todo, en Argentina,3 Brasil,4 Chile5 y México6), las cuales se agudizaron especialmente a partir de los ochenta del pasado siglo, constituyen casos especialmente paradigmáticos de esa generalización y/o ampliación del riesgo desde lo más o menos estrictamente ecológico a lo socioeconómico y lo laboral.

A este respecto, Beck hablaba de la brasileñización de Occidente, de tal modo que, en su opinión, el futuro del trabajo en Europa, según él lo anticipaba en el año 2000, se podía observar ya en el Brasil de ese año cuando apareció su libro Un nuevo mundo feliz: la precariedad del trabajo en la era de la globalización.7 Pronosticaba entonces Beck que, en el transcurso de escasos años, solamente uno de cada dos trabajadores tendrían un empleo fijo a jornada completa. La otra mitad debería buscarse la vida en unas condiciones de persistente precariedad ocupacional. Es decir, Beck vaticinaba una situación hacia la que desafortunadamente han transitado y transitan distintos países localizados a uno y otro lado del océano Atlántico.

Esta situación está estrechamente vinculada con las persistentes y continuadas desregulaciones que, desde hace décadas, ha venido experimentando el mercado laboral de numerosos países latinoamericanos y europeos. Primero, a partir de los setenta del siglo XX, en América Latina (donde los muy negativos efectos sociolaborales de ello fueron impuestos, especialmente en el cono sur, mediante el recurso a brutales dictaduras que propugnaban un extremo liberalismo en lo económico simultaneado con la anulación de las libertades ciudadanas básicas y el atropello de los derechos humanos), y más recientemente en los propios países de la Unión Europea, los cuales, desde finales de la Segunda Guerra Mundial, habían sido considerados por muchos como paradigmas de estabilidad en el empleo, de bienestar social y de democracia.

Las antedichas desregulaciones han solido y suelen ser llevadas a cabo en nombre de las exigencias de mayor ‘flexibilización’ de las relaciones laborales propugnadas por los artífices de la globalización neoliberalmente entendida. En muy gran medida, como resultado de ellas se está expandiendo un horizonte de incertidumbre económica, de precariedad laboral y de persistente crisis recaudatoria que suele traducirse en continuados y significativos recortes al Estado de Bienestar, con lo cual los pilares y los propios fundamentos socioeconómicos de dicho modelo de Estado, que tanto ha contribuido a facilitar el tránsito hacia modelos más igualitarios de sociedad y a aumentar la calidad de la propia democracia, se están viendo más o menos cuestionados o amenazados, dependiendo de la intensidad con que son implementadas las políticas socioeconómicas neoliberales y de la magnitud de sus efectos en cada país específico.

La susodicha precariedad laboral y las incertidumbres sociales y políticas inherentes a la misma, junto con la elevada mutabilidad y los horizontes de desconfianza en el futuro que caracterizan a las altamente complejas e inestables sociedades actuales, constituyen algunos de los rasgos definitorios más destacados de los escenarios en los que se desenvuelven nuestras vidas cotidianas, las cuales se desarrollan de manera cada vez más glocalizada, pues están plenamente insertas en esa convulsa e impredecible era de la globalización que antes ha sido conceptualizada como el ‘torbellino de la globalidad’.

En esta situación, Ulrich Beck incluye dentro de la globalización a un conjunto de procesos mediante los cuales los Estados-nación interactúan entre sí a través de distintos actores transnacionales.8 Como consecuencia de ello, se producen hechos tales como continuos contactos entre gentes de orígenes muy diferentes y lejanos, intercambios y cambios culturales y sociales o tendencias hacia la disolución de las identidades. En esta situación, Beck hace referencia también a lo que él denomina el globalismo, concepto con el que alude a una dinámica a través de la cual la lógica de los mercados globales termina por desalojar o reemplazar a la de los propósitos y las actuaciones de la política.

En relación con esto, Sklair focaliza su atención en la gran transformación cualitativa que se experimenta a raíz del tránsito desde un modelo capitalista de carácter internacional a otro de naturaleza o alcance global,9 en el seno del cual las grandes corporaciones mundiales acaban por desvincularse de los territorios concretos, a la vez que las actuaciones económicas de tales corporaciones van más allá de las fronteras de los Estados nacionales y se expanden por ámbitos y a escalas cada vez más transnacionales.

En tales circunstancias, la elevación de los niveles de desempleo y de precariedad laboral a los que ya se ha hecho referencia antes, así como las presentes tendencias hacia el aumento de los niveles de desregulación social y económica que todo ello conlleva, están generando unas condiciones muy propicias para la extensión de los sentimientos y las vivencias de situaciones reales de provisionalidad y de incertidumbre socio-vital.

La precariedad laboral tiende a proliferar, no solo entre las personas menos preparadas que aspiran a los puestos de menor cualificación, sino también entre muchos de aquellos que están en condiciones de optar a las ocupaciones que requieren mayor formación. Un ejemplo de esto último lo constituye la situación de alto desempleo y/o inestabilidad en el trabajo sufrida por muchos jóvenes españoles en posesión de un grado universitario, lo cual empuja a una significativa parte de ellos a emigrar al extranjero en busca de mejores oportunidades sociales y laborales.10

No obstante, las sensaciones de incertidumbre y las vivencias reales de ella, si bien se extienden paralelamente a la generalización de los negativos impactos de las desregulaciones inherentes a la globalización neoliberal sobre una significativa parte de la población mundial, no están relacionadas solo con las actualmente elevadas dificultades de muchos para encontrar empleos estables y adecuadamente remunerados, sino que, en muy gran medida, también se deben a los frecuentes e intensos cambios que conllevan las dinámicas de la globalización en la era del ‘torbellino de la globalidad’. Estos cambios dan lugar a una especial intensificación de la reflexividad social. Al hablar de reflexividad social se hace alusión aquí al hecho de que las personas no actúan como autómatas en el seno de la sociedad de la que forman parte, no ejecutan de manera literal los papeles que esa sociedad les asigna o espera de ellas, sino que tienden a interpretar esos papeles y la realidad social que subyace a ellos con actitudes más o menos creativas y/o críticas, de tal forma que, en mayor o menor medida (según cada caso específico), las personas debaten, se replantean o reflexionan sobre las situaciones en las que se encuentran, así como acerca de sus percepciones de dichos papeles o de su grado de compromiso o implicación con referencia a ellos. Así, como ha escrito Emilio Lamo de Espinosa, los seres humanos son “inteligentes, es decir, poseen la doble capacidad de pensar sobre sí mismos y su situación”.11

Pues bien, como se decía antes, la reflexividad de los seres humanos se acrecienta e intensifica especialmente en las presentes circunstancias de agitación e imprevisibilidad que acarrea la era del ‘torbellino de la globalidad’. Unas circunstancias en las que se producen continuas redefiniciones de los fundamentos y de las fronteras de los órdenes socioeconómicos, político-institucionales y simbólico-culturales. En este contexto sería adecuado conceptuar el mundo actual como un mundo de fronteras difusas que está en permanente mutación, como cambiables y difusas son las formas y las líneas del horizonte de un desierto de arena movediza.

En gran parte, esta situación de indefinición e incertidumbre deriva de las crecientes dificultades con que se topan los gobiernos de los Estados para gestionar y mantener la autonomía de unos marcos y procedimientos político-institucionales propios, mediante los que canalizar y/o satisfacer las aspiraciones individuales y colectivas de muchos de sus ciudadanos. A estas dificultades contribuye fuertemente el hecho de que la interdependencia de los mercados financieros de alcance global reduce cada vez más la capacidad de los gobiernos de los Estados para establecer políticas sociales y/o económicas nacionales, en un contexto en el que la desregulación neoliberal del capitalismo propicia una elevada movilidad planetaria de las inversiones, de tal forma que el capital ya no suele permanecer donde ha sido acumulado. Como consecuencia, las fronteras físicas, socioeconómicas y culturales se desdibujan, a la vez que el alcance y/o los efectos del sistema económico se tornan más difusos y globales. De este modo, el ámbito económico cada vez se corresponde menos con un determinado contorno político circunscrito a un Estado-nación, por lo que, en consecuencia, se plantean obstáculos para vincularlo solo a un poder político gubernamental concreto.

¿Nos encontramos ante el ocaso del Estado-nación?

Pero, ¿estamos ante el ocaso del Estado-nación? Responder tajante y afirmativamente a esta pregunta sería sin duda una simplificación que no contribuye gran cosa a aclarar los grandes interrogantes que se nos plantean, así como los desafiantes retos que han de abordarse hoy por parte de los líderes políticos y demás responsables de afrontar y gestionar las crecientemente complejas, inestables e imprevisibles situaciones socioeconómicas en las que estamos inmersos como consecuencia de la forma en que opera la globalización en el marco del estado de cosas que antes ha sido conceptualizado como el ‘torbellino de la globalidad’.

Así, en las presentes circunstancias, los efectos de la globalización se manifiestan sobre todo como una desestabilizadora penetración, en nuestras más o menos glocalizadas vidas cotidianas, de decisiones y de procesos que tienen un alcance mundial y que, bastante a menudo, provienen de ámbitos exógenos a nuestro mundo más inmediato, a la vez que están considerablemente alejados de él. Como consecuencia de ello, puede asegurarse que está entrando en crisis el modelo estado-céntrico de organización socioeconómica, político-institucional y simbólico-cultural que fue tan decisivo durante las etapas de propagación y consolidación de las sociedades modernas urbano-industriales; especialmente, en el transcurso del siglo XIX y durante la mayor parte del XX, hasta que, en los inicios de la década de los noventa de la pasada centuria, se precipitaron los acontecimientos que conllevaron la finalización de la era conocida como la de la guerra fría. A partir de esa fecha, la globalización, tal y como se manifiesta actualmente, está suponiendo el paso, desde unas sociedades que en su mayoría han venido operando dentro del marco del Estado-nación, a la preponderancia de otras que por lo general se desenvuelven a nivel planetario. Ello da lugar a que se esté experimentando una creciente disminución de la capacidad, la autonomía y las facultades de los Estados nacionales, cuyas actuaciones están siendo entorpecidas, e incluso en ocasiones neutralizadas, por las actuaciones de una serie de empresas, instituciones u otros organismos de naturaleza y alcance trasnacionales.

Pero, esto no significa que los Estados nacionales hayan perdido todo su margen de maniobra ante los impactos que sobre ellos está teniendo el fenómeno de la globalización. De hecho, la valoración del mayor o menor grado de actuación que aún conservan los Estados nacionales ante dicho fenómeno depende del punto de vista que se adopte con referencia a ello. En este sentido, pueden observarse tres posiciones al respecto calificables, respectivamente, como la de los hiperglobalizadores, la de los escépticos y la de los transformacionalistas.12 Dichas posiciones difieren entre ellas por sus particulares percepciones de los efectos de la globalización sobre la autonomía y la capacidad de maniobra de los Estados nacionales.

Primero, los hiperglobalizadores sostienen que la globalización ha propiciado el establecimiento de una nueva era en la historia de la humanidad, caracterizada por la disminución del peso del Estado-nación en la resolución de sus propios problemas y en la gestión de sus funciones, así como por los grandes cambios experimentados en la generalidad del mundo, en el marco de los cuales tienen lugar la producción y la reproducción de tales problemas y dicha gestión. En consonancia con esto, los hiperglobalizadores se refieren a la situación actual como un ‘mundo sin fronteras’ (borderless world),13 en el que predomina lo que ellos conceptualizan como el ‘Estado vacío’ (hollow state).14 Esta situación, que está siendo originada por las exigencias del modelo económico predominante, se afianza al mismo tiempo que se extiende la globalización y, paralelamente a ello, tales exigencias acaban entorpeciendo fuertemente las actuaciones de los Estados. En el lugar de esas actuaciones se imponen cada vez más las lógicas y las dinámicas que determinan el funcionamiento de los mercados mundiales.

En segundo lugar, los escépticos rechazan la tesis según la cual es posible observar unas particularidades distintas y nuevas en las presentes formas de globalización con referencia a la situación que existía en los inicios del pasado siglo. Quizá, la posición que ha llegado a ser más relevante, entre los que comparten este punto de vista, es la sostenida por Hirst y Thompson,15 quienes tratan de rebatir con información estadística la presuposición de que se ha venido experimentando un paulatino acrecentamiento del grado de interdependencia económica a escala global. Contrariamente a ello, sostienen estos autores que dicha interdependencia no era más elevada en la década de los noventa del pasado siglo que la que había en los inicios del mismo.

Sin embargo, a diferencia de lo que dicen los escépticos, lo cierto es que, a partir de los noventa del siglo XX, ha sido tal el aumento de los transportes internacionales de bienes que, en nuestros días, la magnitud y la intensidad de esos transportes están manifiestamente por encima de las que existían en los comienzos del pasado siglo. En gran parte, este importante cambio ha sido facilitado por los avances técnicos en la locomoción, así como por la extensión del empleo de los contenedores de mercancías. Ambos hechos son, sin duda, dos de las principales causas que han hecho posible el alto grado de circulación de bienes que hoy existe a nivel planetario, y esto sin que ello suponga apreciables aumentos en los costes de transporte de los mismos.

De todas formas, puede argüirse, en favor de la perspectiva escéptica de Hirst y Thompson, que la cada vez mayor transnacionalización de la economía no ha logrado todavía destruir a las distintas economías de alcance estatal de las más importantes sociedades avanzadas. En honor a la verdad, no solo es que por el momento parece estar alejada la posibilidad de esa destrucción, sino que ni siquiera resulta adecuado afirmar que conseguirla sea uno de los propósitos conscientes y deliberados de la actual economía crecientemente transnacionalizada.

Finalmente, los transformacionalistas muestran posiciones intermedias entre las dos anteriores. Callinicos16 asimila la perspectiva de los transformacionalistas a la sostenida por los partidarios de la denominada ‘tercera vía’ entre los que destaca el sociólogo británico Anthony Giddens.17 De acuerdo con este punto de vista, los transformacionalistas no comparten el economicismo que caracteriza a las tesis de los hiperglobalizadores, enfatizando, en lugar de la interdependencia económica, la interdependencia entre las relaciones de naturaleza socioinstitucional en el tiempo y en el espacio, a la vez que una serie de tendencias hacia lo que David Harvey conceptualiza como la compresión del tiempo y del espacio.18 Además de David Harvey, otros partidarios de las tesis transformacionalistas son autores como David Held o Saskia Sassen.

Por su parte, Harvey asevera que lo que él califica como la compresión de las dimensiones tiempo y espacio supone un incremento de las incertidumbres sociales y culturales,19 ya que origina un apreciable cambio en las cualidades objetivas de tales dimensiones, dando lugar a fuertes modificaciones en las representaciones sociales que se desarrollan sobre el mundo. Esto conlleva importantes transformaciones en los papeles socioeconómicos y político-institucionales atribuidos a los Estados, las cuales ocurren porque las nuevas tecnologías disponibles posibilitan una paulatina sincronización temporal y distribución espacial de unas nuevas formas de producción y de organización del trabajo, tanto a nivel local o regional como planetario. Se producen de este modo las que se conocen como las deslocalizaciones llevadas a cabo por un creciente número de empresas, al mismo tiempo que se consolidan, cada vez más, las tendencias hacia el fraccionamiento de las cadenas productivas y de valor en distintas fases o eslabones que a menudo se reparten entre diferentes Estados.

Por otro lado, David Held distingue entre la soberanía (la capacidad del Estado para pensar y planear sus propias políticas, así como para aprobar sus leyes) y la autonomía (la capacidad del Estado para lograr implementar sus objetivos políticos).20 En relación con esto, es obvio que la soberanía de los Estados ha sido menguada, pero esto solo de manera reducida y, sobre todo, en las situaciones en las que están integrados en alianzas supraestatales como es el caso de la Unión Europea, en el seno de la que los países que la componen han de supeditarse a ciertas disposiciones políticas y directrices socioeconómicas y fiscales de aplicación obligatoria en la generalidad de ellos. No obstante, lo que sí parece obvio es que ha disminuido, de manera generalizada, la autonomía de los Estados, en una situación en la que una cantidad creciente de poderes socioeconómicos y normativas de alcance globales están entorpeciendo su funcionamiento y sus procesos de toma de decisiones.

La globalización supone el desarrollo de un espacio económico que trasciende el ámbito a donde llega la capacidad de regulación de un solo Estado. Sin embargo, circunscribirse a enfatizar este hecho conlleva tomar en cuenta solamente una parte de un conjunto de fenómenos planetarios bastante complejos que afectan a los Estados. Las respectivas capacidades de influencia de estos manifiestan claras asimetrías y diferencias. Así, como muestra de las desigualdades que presentan los Estados en lo que concierne a su autonomía y capacidad de acción, no es conveniente dejar de tomar en cuenta el alto número de funciones esenciales para la gestión de los territorios nacionales que aglutinan los países más avanzados localizados en la zona geopolítica del Atlántico Norte.21

En otras palabras, la mencionada (y reiterada) reducción de la autonomía y de la capacidad de maniobra de los Estados, como efecto de la globalización, no se muestra con igual fuerza en todos los lugares del mundo. Dicha reducción es considerablemente menor en los países ubicados en tal zona geopolítica, la cual es también el ámbito donde se desarrollan la mayor parte de las transacciones económico-financieras que solemos tipificar como globales. Ello contribuye a producir unas circunstancias muy propicias para la creación y la aplicación de unos marcos reguladores y unas disposiciones normativo-técnicas que operan de acuerdo con las pautas aceptadas en lo que se conoce como el mundo occidental.22

De todos modos, es evidente que las disposiciones que regulan hoy las actividades de tipo económico-empresarial tienen una dimensión y un carácter crecientemente especializado y transfronterizo, razón por la que la mayoría de las regulaciones de los sistemas de los Estados nacionales de la actualidad no logran frenar con facilidad, o afrontar de modo adecuado, las consecuencias negativas que para sus economías y sociedades conllevan muy a menudo dichas disposiciones. Sobre todo, esto acontece así debido a que un conjunto de facultades reguladoras y normativas, que antes eran competencia de los aparatos jurídico-normativos estado-nacionales, están ahora siendo asumidas paulatinamente por parte de instituciones y organismos reguladores, privados o semiautónomos, que conforman redes transfronterizas especializadas, y cuyas reglas o patrones de actuación están sustituyendo a las regulaciones del derecho internacional. No obstante, esto no quiere decir que estemos presenciando el ocaso de los Estados nacionales, sino solo que los Estados no constituyen ya los únicos actores a tomar en consideración en el modelo de orden socioeconómico y político-institucional que se está extendiendo y consolidando a escala global. Así, en nuestros días, incluso los Estados más fuertes están viéndose afectados por considerables amenazas a su autonomía, cuando no experimentan distintas formas de reducción de esta como efecto de su creciente inserción en las dinámicas de la globalización. Ello acontece a la vez que estos Estados están sufriendo algunos de los efectos más negativos de tales dinámicas, como son las deslocalizaciones empresariales y el incremento de los niveles de desempleo, de exclusión y de desigualdad social que ello conlleva. Se explicaría así que en un apreciable número de los Estados, afectados por estos y otros problemas, se estén presentando crecientes manifestaciones de desafección y distanciamiento de su ciudadanía hacia sus respectivos sistemas de partidos y de liderazgos políticos tradicionales.

Estas formas de desafección y distanciamiento, acontecen en el presente contexto de polarización social propiciado por la globalización neoliberal. Un contexto en el que las clases medias se ven seriamente impactadas y se experimenta una creciente brecha entre los de ‘arriba’ y los de ‘abajo’. En estas circunstancias, las desafecciones hacia los sistemas tradicionales de partidos se producen tanto por la derecha como por la izquierda. Así, como ha indicado Josep Fontana:

Tony Blair, que sabía de qué hablaba, dijo que se estaba acabando la capacidad de las élites dirigentes para seguir convenciendo a la gente, y que lo que había por debajo se iba tanto hacia la extrema derecha como hacia la extrema izquierda.23

Casos muy paradigmáticos respecto a lo antedicho los encontramos cuando observamos los actuales procesos de surgimiento o fortalecimiento de nuevos partidos políticos, tanto a la izquierda como a la derecha de los tradicionales sistemas de partidos, en una serie de países como Alemania, Holanda, Francia o España. Incluso, los triunfos de dos líderes de la derecha tan atípicos como son Jair Bolsonaro en Brasil o Donald Trump en los Estados Unidos encajan muy bien dentro de las presentes tendencias hacia la desafección y el desencanto con respecto a los sistemas políticos y de liderazgo tradicionales. En muy gran medida, ello ocurre, ante las dificultades o incapacidades de estos sistemas para dar satisfactoriamente respuestas a los nuevos problemas que causa la globalización para un elevado número de personas. Problemas preocupantes tales como los mencionados aumentos del desempleo, el incremento de la exclusión social, el acrecentamiento de las desigualdades y de la precariedad laboral, la falta de correspondencia entre el nivel de los empleos encontrados (cuando estos se consiguen) y los esfuerzos realizados y el tiempo y los recursos invertidos en formarse, el aumento de la delincuencia y la inseguridad ciudadana, etc.

Los Estados de hoy ante las incertidumbres y los retos de la globalización

Actualmente es muy conveniente que los Estados procuren actuar, en cada caso concreto, buscando los modos más favorables y adecuados de afrontar los retos de la globalización y de reaccionar ante ellos. Sobre todo, en unas circunstancias, en las que, debido a las dinámicas globales de alcance transnacional en las que están insertos, los Estados están viendo cómo se reduce su potencial de maniobra, especialmente entre aquellos Estados que tienen menos capacidad de actuación a escala transnacional.

Los efectos de la globalización son también una de las principales causas del marco de incertidumbres y de riesgos en el que se desenvuelven los presentes Estados. A este respecto, si bien tales incertidumbres y riesgos han estado presentes en todas las sociedades de la historia, el hecho es que hoy se acrecientan de manera preocupante, a la vez que muestran unas características y unas consecuencias que hacen que esta época sea muy diferente de las que la han antecedido. Especialmente, la antes mencionada crisis del modelo estado-céntrico de organización sociopolítica, que es inherente a la cada vez mayor preeminencia y difusión de las presentes dinámicas transnacionales de la globalización, está muy vinculada con las actuales circunstancias planetarias de incertidumbres y riesgos, en el marco de las cuales se encuentra inserta la mayor parte de los cada vez más glocalizados Estados específicos del mundo de hoy.

Pero, como ya se ha indicado antes al hacer referencia a la posibilidad de brasileñización de Occidente de la que hablaba Beck, las incertidumbres y los riesgos contemporáneos no se manifiestan solo en el ámbito más o menos estrictamente ecológico, sino que también se muestran en el plano socioeconómico, y en general en las estructuras sociales altamente complejas e inestables de las sociedades actuales que constituyen los escenarios en los que se desenvuelven nuestras vidas cotidianas en esta convulsa e impredecible era conceptuada aquí como el ‘torbellino de la globalidad’.

En este sentido, hablar del ‘torbellino de la globalidad’ resulta más adecuado para hacer referencia a las presentes circunstancias y aludir a los factores que las producen que otros conceptos no tan apropiados para ello, tal y como puede ser el tan extendido y citado de la ‘modernidad líquida’, elaborado por Zygmunt Bauman.24 Entre tales factores, destacan muy especialmente, aparte de las ya mencionadas alta precariedad laboral e incertidumbres, la inestabilidad y la desintegración inherentes a las dinámicas de la globalización, entendida e implementada de acuerdo con las ideas neoliberales.

No es apropiado el concepto de ‘modernidad líquida’ entre otros motivos debido a que induce a pensar que hubo un periodo en el que la modernidad era ‘sólida’. Dicho de otro modo, un periodo que funcionaba de acuerdo con dinámicas previsibles y claras. Una idea similar está también implícita en las aportaciones de autores como Gilles Lipovetsky25 o Gianni Vattimo26 cuando estos han hablado de la postmodernidad, a la que han presentado como una era imprevisible, desesperanzada y caótica, a la cual han contrapuesto una idea de la modernidad, en la que, según ellos, preponderaba la certidumbre de las personas en las que Jean-François Lyotard tipificaba como esas grandes narraciones o ‘meta-narraciones’ (entre ellas, destacan los relatos inherentes a la arraigada confianza en las ideas del Progreso o de la Revolución), a través de las que se proporcionaba un sentido al devenir de la historia.27

De acuerdo con la referida imagen de la modernidad, se tendía a dar por sentado que en ella las sociedades funcionaban y se modificaban en consonancia con patrones previsibles, explicables y regulables, al mismo tiempo que los anhelos del antropocentrismo consustancial a la modernidad eran vistos por las gentes como posibles y fáciles de poner en práctica con objeto de hacer la vida mejor.

Sin embargo, lo cierto es que nunca se logró la materialización de esa idea tan clara y prometedora de la modernidad a la que se refieren los postmodernos, nunca hemos llegado a ser plenamente modernos.28 Aunque es verdad que, por lo menos en el ámbito europeo y/u occidental, nos acercamos más a la materialización de los ideales de la modernidad durante la que se conoce como ‘edad dorada’ del Estado de Bienestar, en el transcurso de las décadas que sucedieron a la Segunda Guerra Mundial. Este hecho constituye una prueba de que la modernidad ha de ser vista, sobre todo, como un proyecto en curso, como un horizonte deseable, al cual los órdenes sociopolíticos concretos se aproximarán más o menos en función de las políticas socioeconómicas que pongan en marcha y de la mayor o menor efectividad de estas.

Desde luego, la capacidad de implementar políticas socioeconómicas, así como las posibilidades de conseguir que estas fueran más exitosas en la consecución de objetivos sociales encomiables, como los que se lograron durante la etapa de máximo apogeo del Estado de Bienestar, eran mucho mayores que hoy cuando los Estados nacionales se apoyaban sobre unos pilares más fuertes y estaban más claros los fundamentos socioeconómicos y político-institucionales de tales Estados, los cuales básicamente constituían el centro de la vida sociopolítica; de ahí, que aquella época sea generalmente percibida como la de los mayores logros del modelo organizacional que ha sido conceptualizado aquí como el estado-centrismo.

En contraste con lo que sucedía en aquellos tiempos, las presentes incertidumbres y la elevada variabilidad de los sistemas socio-económicos y político-institucionales, en el contexto de los cuales transcurren hoy las cotidianidades vitales de un cada vez mayor número de gentes del mundo entero, están relacionadas, en muy gran medida, con el hecho de que las grandes corporaciones transnacionales y las estructuras de decisiones (con frecuencia de alcance mundial), que en nuestros días determinan la vida de muchas personas, no son fácilmente identificables, o al menos claramente delimitables e imputables, para bien o para mal, sus responsabilidades. Se configura así una circunstancia cuyos elevados grados de indefinición y desorientación colectiva llevan a que, a menudo, resulte bastante difícil cuando no imposible identificar a los autores personales, institucionales o corporativos de muchos de los riesgos que hoy sufrimos.29 Todo ello hace que sea muy adecuada la observación de Néstor García-Canclini cuando ha hecho referencia a las circunstancias actuales de la globalización como un tiempo en el que David ignora dónde se encuentra Goliat.30

A modo de conclusión

Los más o menos glocalizados escenarios (vistos estos aquí desde una perspectiva omnicomprensiva tridimensional que integra lo socioeconómico, lo político-institucional y lo simbólico-cultural), sobre los que actualmente se asientan y desenvuelven los órdenes sociales, en el seno de los cuales transcurren las vidas de una grandísima parte de la población mundial, suelen estar bastante desestructurados y llenos de riesgos e incertidumbres. Con frecuencia, en esta situación no funcionan de manera institucionalizada o relativamente previsible, e incluso en ocasiones pueden llegar a estar seriamente deteriorados, los cauces para el afrontamiento, la resolución de los problemas y los conflictos, así como los procedimientos para la canalización y la atención a muchas de las demandas y los anhelos de la población. Esta circunstancia constituye el escenario o campo en el que acontecen la producción y la reproducción de las actuales formas de liderazgo político.31 Se trata de un campo que fomenta unas condiciones potencialmente muy favorables para el surgimiento y el desarrollo de habitus de liderazgo marcadamente personalistas y/o populistas; es decir, para fomentar un conjunto de disposiciones o predisposiciones colectivas especialmente propicias para la emergencia y la proliferación de este tipo de liderazgos.32

Los rasgos definitorios, los estilos y los comportamientos de estas formas de liderazgo difieren más o menos acentuadamente, según cada caso específico, de los de las formas de liderazgo predominantes cuando estaba en plena vigencia el estado-centrismo, cuando el orden (socioeconómico, político-institucional y simbólico-cultural) se sustentaba en reglas y en limitaciones más claramente definidas, a la vez que sus instituciones operaban en una coyuntura en la que dicho orden funcionaba de acuerdo con dinámicas socioeconómicas y procedimientos más fáciles de identificar, afrontar y prever.

En el párrafo anterior se ha usado la expresión ‘escenario o campo donde acontecen la producción y la reproducción del liderazgo’, mediante la que, tomando como inspiración el concepto de habitus de Bourdieu,33 se ha tratado de hacer referencia a un contexto o campo, visto este también de un modo aproximado a como lo hace Bourdieu,34 como un espacio de juego social en el que tiene lugar esa producción y reproducción. A su vez, dicho contexto o espacio de juego es entendido aquí como un entramado sistémico de relaciones, acciones e interacciones sociales, las cuales no pueden ser explicadas de manera separada y aislada, sino en tanto que forman parte de ese entramado. Ello, de la misma manera que las relaciones, acciones e interacciones sociales que tienen lugar en el escenario donde se representa una obra dramática no pueden ser comprendidas al margen de dicho escenario ni separada o aisladamente unas de otras.

Pues bien, las dificultades para el ejercicio de la actividad política y económica, por parte de los gobiernos de los Estados, son especialmente patentes en contextos caracterizados por desequilibrios estructurales persistentes como es el caso de los países latinoamericanos, en los que las estrategias de globalización neoliberal implementadas a partir del último tercio del siglo XX han conllevado, a menudo, considerables crisis en las formas de gobernanza.35

Situándonos a nivel de la generalidad de los países del mundo, tales crisis tienden a acrecentarse especialmente en los agitados e impredecibles campos o escenarios socioeconómicos de estos tiempos, sobre todo, como consecuencia de las deslocalizaciones de la actividad empresarial y del aumento del desempleo, la precariedad y la incertidumbre que la globalización suele conllevar. En estas circunstancias, de fuerte crisis y desbordamiento del sistema estado-céntrico, son explicables hechos como la elevada desafección hacia los partidos tradicionales que han constituido y constituyen uno de los principales soportes de ese sistema.

Por ejemplo, en el caso de México, el arrollador triunfo en 2018 del Movimiento Regeneración Nacional (MORENA), encabezado por Ángel Manuel López Obrador, se ubica en un contexto de fuerte desafección hacia el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y de consiguiente derrumbe electoral de este, tras haber sido derrotado por el Partido de Acción Nacional (PAN) liderado por Vicente Fox en el 2000 y retornado al gobierno en el 2012 con Enrique Peña Nieto como Presidente de la República. Para un mejor entendimiento de la génesis y las motivaciones de la crisis de un partido de tanta tradición en México como es el PRI se hace seguidamente una breve aproximación a sus orígenes e historia.

El origen del PRI se remonta a la creación del Partido Nacional Revolucionario (PNR) en el año 1928, siendo presidente Plutarco Elías Calles. El PNR consistió básicamente en un partido hecho desde arriba, en una agrupación de generales que habían participado en la Revolución de 1910-17 y que se coaligaron con el propósito de conciliar sus intereses para, de esta manera, tratar de impedir los persistentes alzamientos armados y los asesinatos / magnicidios de presidentes que se venían experimentando en los convulsos años posteriores a la Revolución (i.e., Venustiano Carranza y Álvaro Obregón fueron dos de esos presidentes asesinados). En 1938 el presidente Lázaro Cárdenas (1934-40) modificó el nombre y la composición del PNR, el cual pasó a denominarse a partir de entonces Partido de la Revolución Mexicana (PRM). Este integró en su seno a los obreros, los campesinos y las clases medias, erigiéndose de este modo en un genuino partido de masas cuya estructura corporativa servía para vertebrar a la heterogénea sociedad mexicana de entonces, así como para canalizar y controlar sus demandas ante el Gobierno.36 Finalmente, el presidente Miguel Alemán (1946-52), cuando ya el PRM había llegado a convertirse en una de las columnas básicas para el sostenimiento del régimen y había alcanzado un alto grado de implantación social, procedió a darle al mismo la actual denominación de PRI.

Se destaca aquí que, en realidad, la expresión PRI incluye dos conceptos completamente diferentes y en principio contradictorios entre sí: revolución e institucionalidad.37 Mientras que el primero de esos conceptos remite a la idea de movilización el segundo lo hace a la de orden. Sin embargo, ambas ideas son paradójicamente contradictorias y complementarias a la vez, ya que, si bien el mantenimiento de la capacidad de movilización social resulta fundamental para la legitimación de cualquier partido o régimen político sustentado por el mismo, también es verdad que la instauración de una determinada institucionalidad u orden es un requisito ineludible para lograr cierto grado de materialización de las aspiraciones y los proyectos surgidos en cualquier revolución o movilización. En el caso particular de México, las aspiraciones y los proyectos de construcción de un Estado moderno fuerte, liberado de los vaivenes y los males inherentes a la inestabilidad caudillista y estable, por parte de los herederos del sector constitucionalista que resultó victorioso en la Revolución de 1910-17, no hubieran podido hacerse reales sin la instauración de un orden que canalizara institucionalmente las aspiraciones, las movilizaciones y las demandas de la población e hiciera posible la materialización de estas. El PRI tuvo un papel crucial en el establecimiento de ese orden, así como en la decisiva aportación que el mismo desempeñó en lo relativo a avanzar hacia un mayor grado de modernización del Estado mexicano, enfatizando aquí de la modernización su contribución a la centralización e integración política efectivas, así como a la pacificación y progreso socioeconómico del país.

Pues bien, se podría afirmar que, en muy gran medida, esa capacidad de modernización y de progreso del Estado mexicano, impulsada originariamente por el PRI, comenzó a ser mermada a medida que dicho partido empezó a focalizar su interés hacia la agenda de la globalización neoliberal y a aplicar políticas, en cierto modo, en detrimento de los ‘intereses nacionales’. Dicho en otros términos, cuando las políticas, impulsadas por los dirigentes priistas desde el poder a partir de los ochenta del siglo XX, comenzaron a dejar preponderantemente de orientarse hacia el marco del estado-centrismo y a actuar cada vez más en consonancia con los escenarios de creciente globalización en los que se iban insertando el Estado y la sociedad mexicana. Como resultado de ello, empezó, a partir de aquellos años, un proceso de crisis del régimen político sustentado por el PRI, un partido que, desde su fundación en 1946, había sido un pilar básico para la construcción y la modernización del Estado mexicano, así como para la estabilidad sociopolítica característica de este.

Por otra parte, en cuanto a España, a la vez que han aparecido dos nuevos partidos (Podemos y Ciudadanos), han descendido en número de votos el Partido Popular (PP) y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE); es decir, los dos grandes partidos tradicionales sobre los que sustentó el sistema preponderantemente bipartidista instaurado tras la restauración democrática una vez fallecido el dictador Francisco Franco.

Particularmente en el caso español, pueden resultar chocantes las críticas hacia los más recientes o presentes liderazgos presidenciales de sus respectivos partidos, que han sido efectuadas en los últimos años por parte de dos anteriores presidentes del gobierno como Felipe González o José María Aznar. Tales críticas inducen a pensar que tales presidentes no han entendido la situación actual de globalización en la que se encuentra España. Una situación que, desde luego, es muchísimo más compleja e incierta que la que ellos tuvieron que gestionar, cuando todavía el grueso de las políticas monetarias y socioeconómicas se ideaba e implementaba preponderantemente dentro del marco del estado-centrismo.

Las convulsas circunstancias en las que operan hoy los gobiernos de los Estados se caracterizan por las desregulaciones inherentes a la globalización neoliberal, así como por las crecientes intromisiones por parte de una serie de personas, ideas, mercancías, poderes y decisiones de alcance transnacional, a las que no consiguen frenar los controles de las fronteras estado-nacionales. A esta situación hay que añadir la salida a la luz, en los últimos años, de numerosos escándalos de corrupción, por parte de los partidos políticos. Se conforma así un contexto muy propicio para que proliferen unas formas de liderazgo que en las campañas electorales prometen solucionar todos los problemas, que gobernarán en interés y en ‘verdadera’ representación de las ‘mayorías populares’, a la vez que propugnan la implementación de unas nuevas regulaciones (que los actuales liderazgos más o menos populistas aseguran que serán realmente efectivas) y unos adicionales controles aduaneros-fronterizos o muros que supuestamente pondrán coto a las intromisiones de las dinámicas globales en la vida socioeconómica y política antes regida por el Estado-nación. Todo ello contribuye, en cierto modo, a que se extienda la infundada esperanza de que estos liderazgos propiciarán a una especie de refundación y refortalecimiento de dicho Estado.

En definitiva, fructifican y tienden a expandirse una serie de formas de liderazgo que suscitan entre sus seguidores y votantes la extensión de la idea, más o menos fundada (ello tendrá que dilucidarlo el analista sociopolítico en cada caso de liderazgo específico), de que ‘sí representan’ a las ‘mayorías populares’, de que sabrán recomponer los maltrechos sistemas estado-nacionales; y ello, sobre todo, porque se presupone que tales líderes crearán las condiciones para que puedan resolverse los problemas de la población (¿del pueblo?) y para que esta pueda satisfacer sus ‘justas y legítimas’ aspiraciones laborales y sociales.

En consonancia con ello, estos nuevos tipos de liderazgo se afianzan en la medida en que son percibidos por la gente como capaces de ‘reavivar la esperanza y la ilusión por la política’ entre la población donde se ubican sus potenciales votantes, así como en tanto en cuanto consiguen que esa población los vea como los que van a acertar en la creación de los cauces adecuados para la canalización de las reivindicaciones y las actuaciones colectivas de una ciudadanía que, a menudo, se siente bastante desorientada y perdida en el presente contexto, en el que, puesto que no se sabe muy bien donde estamos, tampoco se sabe con exactitud y seguridad hacia dónde ir ni por dónde ir. Una ciudadanía perdida y desorientada porque, como se ha dicho antes, ‘David no sabe dónde está Goliat’, porque es difícil encontrar a quienes responsabilizar de los males que la aquejan, porque se ha venido abajo el entramado keynesiano-fordista sobre el que se sustentaba el estado-centrismo. Un entramado con prohibiciones e imposiciones, con exclusiones y lugares o espacios socioeconómicamente vedados, pero también con pasillos, ascensores y escaleras claramente señalizadas para moverse por él en el sentido vertical (es decir, de movilidad social ascendente), pero también en el horizontal, tal y como se mostraba a través de la existencia de una circulación relativamente fluida de personas, ideas y mercancías a escala del territorio nacional. Ello, a su vez, favorecía la producción y la reproducción de un mercado de alcance nacional y por ende la persistencia del Estado-nación como eje y centro de la vida sociopolítica.

A diferencia de ello, la modalidad de globalización actual, así como el subsiguiente declive del estado-centrismo, acontecen en un campo o escenario socio-vital en el que el ascensor social se ha parado, en el que muchos se sienten y/o están realmente abandonados, excluidos, perdidos o desorientados. De alguna forma, las sensaciones de confusión y extravío que propicia entre muchos el inquietante e incierto escenario, en el que se desenvuelven las sociedades de nuestros días, llevan a que tales sensaciones pudieran ser asimiladas a las que se producen entre las personas que, sin conocerlo, se adentran en un desolado desierto de arenas movedizas. Así, tales personas, al no poder guiarse tomando como referentes una serie de ondulaciones y colinas fijas claramente diferenciadas entre sí, pueden desorientarse espacialmente. De la misma manera que la carencia de unos marcos normativos y reguladores claros, o los fallos de los procedimientos institucionalizados encaminados a conseguir la satisfacción de muchas expectativas y necesidades esenciales, generados hoy por la globalización neoliberal entre esa considerable proporción de personas propensas a seguir las nuevas formas de liderazgo, puede llevar a dichas personas a sentirse desorientadas, desesperanzadas, confusas y desprovistas de unas metas claras hacia donde caminar.

Desde luego, no ayudan a salir de estas circunstancias los que se limitan a ser relatores o meros descriptores de las catástrofes y de los males que nos aquejan o amenazan (i.e., los posmodernos), sino aquellos que se esfuerzan en buscar las causas y las consecuencias de la presente situación. Una situación cuya explicación hay que buscarla, sobre todo, procurando ubicarla en el contexto de la actual forma de globalización, de la génesis de esta y de sus efectos sociales, entendiendo lo social, como ya se ha dicho antes, de acuerdo con un planteamiento sistémico omnicomprensivo que integra las dimensiones socioeconómicas, políticos-institucional y simbólico-cultural. Al fin y al cabo, sobre estas tres dimensiones o pilares básicos se asientan los escenarios o campos sociales en los que transcurren las vidas cotidianas de cualquier colectividad humana y, en particular, las cotidianeidades de esa considerable parte de la colectividad humana mundial que está siendo más negativamente afectada por los impactos del declive del estado-centrismo.

Referencias

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1Martin Albrow, The Global Age. State and Society Beyond Modernity (Cambridge-UK: Polity Press/Blackwell Publishers, 1996).

2Ulrich Beck, Risk Society. Towards a New Modernity (London: Sage Publications, 1992).

3Edgar Jiménez Cabrera, “El modelo neoliberal en América Latina”, Sociológica 19.7 (mayo-agosto de 1992): 55-77, disponible en http://www.sociologicamexico.azc.uam.mx/index.php/Sociologica/article/view/806 (fecha de acceso: 25 de octubre de 2018).

4Héctor Guillén Romo, “El Neoliberalismo en América Latina”, Investigación Económica 54.209 (julio-septiembre de 1994): 107-144.

5Susana Nudelsman, América Latina en la era de la globalización (Buenos Aires: EDICON/Fondo Editorial Consejo/Consejo Profesional de Ciencias Económicas, 2010).

6Luis Rojas Villagra, Neoliberalismo en América Latina. Crisis, tendencias y alternativas (Asunción: Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales/CLACSO, 2015).

7Ulrich Beck, Un nuevo mundo feliz: la precariedad del trabajo en la era de la globalización (Barcelona: Paidós, 2000).

8Ulrich Beck, ¿Qué es la globalización? (Barcelona: Paidós, 1998).

9Leslie Sklair, Sociología del sistema global: el impacto socioeconómico y político de las corporaciones transnacionales (Barcelona: Gedisa, 2003).

10Rubén Rodríguez-Puertas y Francisco Entrena-Durán, “Un estudio comparativo de los procesos de adaptación en jóvenes españoles emigrados al Reino Unido y a Chile durante el período 2010-2014”, Empiria. Revista de metodología de ciencias sociales 37 (mayo-agosto de 2017): 41-73.

11Emilio Lamo de Espinosa, La sociedad reflexiva. Sujeto y objeto del conocimiento sociológico (Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas/Siglo XXI Editores, 1990), 166.

12David Held, Anthony McGrew, David Goldblatt y Jonathan Perraton, Transformaciones Globales. Política, Economía y Cultura (Oxford: Oxford University Press, 2002).

13Kenichi Ohmae, The Borderless World: Power and Strategy in the International Economy (Londres: Collins, 1994).

14Simon Hoggart, “The hollow state”, The Guardian, 26 de octubre de 1996.

15Paul Hirst y Grahame Thompson, Globalization in Question: The International Economy and the Possibilities of Governance (Cambridge: Polity Press, 1996).

16Alex Callinicos, Contra la tercera vía (Barcelona: Crítica, 2002).

17Anthony Giddens, La tercera vía. La renovación de la socialdemocracia (Madrid: Taurus, 1999).

18David Harvey, The condition of postmodernity: an enquiry into the origins of cultural change (Boston: Blackwell, 1990).

19Ibidem.

20David Held, “The Decline of the Nation State”, en New Times, editores Stuart Hall y Martin Jacques (London: Lawrence & Wishart, 1989): 191-204.

21Saskia Sassen, Una sociología de la globalización (Buenos Aires: Katz Editores, 2007), 83.

22Ibidem, 74, 85, 92.

23Josep Fontana, “‘El sistema, tal como funcionaba, ya no convence a la gente’, Entrevista”, Sin Permiso, 25 de diciembre de 2016, disponible en http://www.sinpermiso.info/textos/el-sistema-tal-como-funcionaba-ya-no-convence-a-la-gente-entrevista (fecha de acceso: 31 de octubre de 2018).

24Zygmunt Bauman, Modernidad líquida (Ciudad de México: FCE, 2003).

25Gilles Lipovetsky, La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo (Barcelona: Anagrama, 1990).

26Gianni Vattimo, El fin de la modernidad. Nihilismo y hermenéutica en la cultura posmoderna (Barcelona: Gedisa, 1986).

27Jean-François Lyotard, La posmodernidad explicada para niños (Barcelona: Gedisa, 1978), 29-32.

28Bruno Latour, Nunca hemos sido modernos (Barcelona: Debate, 1993).

29Ulrich Beck, Risk Society.

30Néstor García-Canclini, La globalización imaginada (Buenos Aires: Paidós, 2000).

31Francisco Collado-Campaña, José Francisco Jiménez-Díaz y Francisco Entrena-Durán, “El liderazgo político en las democracias representativas: propuesta de análisis desde el constructivismo estructuralista”, Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales 61.228 (septiembre-diciembre de 2016): 57-90, disponible en http://www.revistas.unam.mx/index.php/rmcpys/article/view/51051 (fecha de acceso: 25 de octubre de 2018).

32Pierre Bourdieu, El sentido práctico (Madrid, Taurus, 1991).

33Ibidem.

34Pierre Bourdieu, Sociología y cultura (Ciudad de México: Grijalbo, 1990).

35Yolanda Ramos, “Crisis del concepto gobernanza bajo el modelo neoliberal en América Latina”, Cuaderno Jurídico Político 2.5 (julio-septiembre de 2016): 52-63.

36Francisco Entrena Durán, “Del declive del populismo estructural mexicano al neopopulismo personalista de Vicente Fox”, Iberoamericana I.2 (2001): 107-127.

37Francisco Entrena Durán, “Revolución y construcción del Estado en México”, Revista Quinto Centenario 15 (1989): 235-247.

Francisco Entrena-Durán: Doctor en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid, España.

Recibido: 18 de Junio de 2018; Aprobado: 08 de Noviembre de 2018

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