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Intersticios sociales

versión On-line ISSN 2007-4964

Intersticios sociales  no.4 Zapopan sep. 2012

 

Reflexión epistemológica

Los juegos de la regla: Wittgenstein y las ciencias sociales de la acción

Philippe Schaffhauser1 

1Colegio de Michoacán, schaffhauser@colmich.edu.mx

Resumen:

Con el ocaso de los grandes paradigmas en ciencias sociales y con ello el fin de la pretensión de encontrar una teoría que explicase el mundo social en que vivimos, la filosofía de Ludwig Wittgenstein ha venido a ser un nuevo asidero o por lo menos un recurso entre otros para superar este sensación de pérdida. Entre los varios temas que toca el filósofo vienés se encuentra el problema del “seguimiento de una regla”. Con una postura francamente pragmatista, Wittgenstein se pregunta ¿cómo seguimos reglas, es decir qué es lo que implica jugar el juego de la regla? Este problema se delimita por dos extremos sociológicos que son la 1) obediencia completa y absoluta a la regla, como si a ella le delegáramos nuestra voluntad por convertirnos en robots dóciles y sumisos por un lado y 2) la anarquía frente a lo que marca la regla convirtiendo su seguimiento en un capricho nuestro por otro. Con ello Wittgenstein plantea un problema de mucho calado para la reflexión socio-antropológica sumamente atenta para la comprensión de problemas tan añejos y contemporáneos como son los cimientos de los vínculos sociales y la dinámica a través de la cual se expresan, se implementan, se recrean o se reinterpretan. Por tanto este artículo busca entablar un diálogo con este singular filósofo con la ambición de ampliar la mirada sociológica sobre la relación entre regla y acción. El camino que propongo seguir aquí es, a fines de cuenta, otra manera de interrogar la flexibilidad y la rigidez de la regla y la acción, lo que Philippe De Lara (2005: 149) llama la ductilidad de los conceptos: si bien la regla prescribe, también permite enmendar y por tanto cambiar lo que dicta.

Palabras claves: Wittgenstein; seguir una regla; ciencias sociales de la acción; pragmatismo

Abstract:

With the decline of the great paradigms in social sciences and thereby the end of claim to find a theory that explain the social world in which we live, the philosophy of Ludwig Wittgenstein has come to be a new handle or at least one resource among others to overcome this sense of loss. Among the several issues that touch the Viennese philosopher is the problem of the "follow-up of a rule". With a frankly pragmatist attitude, Wittgenstein wondered how follow rules, i.e. What is implying play rule? This problem is anchored by two sociological ends that are 1) obedience complete and absolute rule, as if to it we surrender our desire to become docile and submissive robots on one side and 2) anarchy against what makes the rule making a whim our follow-up on the other. Thus Wittgenstein problem much draught for socio-anthropological reflection extremely attentive to the understanding of problems so vintage and contemporary such as the foundations of social ties and dynamics through which they are expressed, they are, they recreate or they reinterpret. This article therefore seeks to enter into a dialogue with this unique philosopher with the ambition of extending the sociological gaze on the relationship between rule and action. The way that I intend to follow here is, for purposes of account, another way of questioning the flexibility and rigidity of the rule and the action, what Philippe De Lara (2005: 149) calls the ductility of the concepts: Although the rule prescribes, also allows you to amend and therefore change what dictates.

Keywords: Wittgenstein; “follow-up of a rule”; social sciences of action; pragmatism

«Les règles de notre langage imprègnent notre vie.»

( Wittgenstein, 2000: 94)

El filósofo Ludwig Wittgenstein (1889-1951) es conocido en el mundo entero por varias razones. Ha sido considerado como un filósofo revolucionario que abogaba por la desaparición de esta disciplina. Planteaba acabar con la pretensión filosófica de ser una disciplina por encima de las demás y detentora de una verdad propia y necesariamente válida para todo campo de conocimiento. Concebía la filosofía como una disciplina dedicada a describir juegos de lenguaje y deshacer los nudos de confusión que la tradición filosófica había venido construyendo a lo largo de los siglos. Su filosofía en sus dos momentos contribuyó a la destrucción de esta soberbia. También “el judío de Linz”1 es recordado por haber sido un personaje fuera de lo común. Su biografía ilustra sobradamente la excentricidad de su vida: contra la voluntad de su padre fue soldado en el ejército imperial austro-húngaro durante la primera guerra mundial; estudiante en ingeniería aeronáutica en una escuela de Manchester; alumno prodigio y consentido de Bertrand Russell en el Trinity College en Cambridge; maestro de primaria durante varios años (1920-1924), en aldeas remotas de la sierra del Tirol austriaco; jardinero en el convento de Hütteldorf, en Austria; arquitecto en Viena donde construyó en 1928 una casa inspirada del genio de Adolf Loos para su hermana Gretl; catedrático de filosofía en Cambridge en 1939 donde sucede a G. E. Moore y donde se jactaba de no haber nunca leído a Aristóteles2; sus cursos eran en realidad clases particulares de un privat docent donde seleccionaba previamente a un puñado de alumnos que consideraba dignos de recibir su enseñanza; asceta y ermitaño en Noruega e Irlanda donde, con cierta frecuencia, llegaba a apartarse del mundo y de Cambridge en particular; camillero en un hospital de Newcastle durante la segunda guerra mundial, además de haber sido sospechado de formar parte de un grupo de espías infiltrados de la Unión Soviética, en el territorio del Reino Unido.

Con el paso de los años y merced a la labor de sus biógrafos3, el filósofo Wittgenstein se ha vuelto leyenda y culto de admiración para muchos. Se trata de un filósofo sumamente desconcertante y de difícil acceso, ya que contrasta el estilo aforístico de su prosa, directo, sencillo y claro, con lo calado de los temas que toca y la manera tan original cómo los aborda. Su filosofía ha incursionado en varios tópicos de esta disciplina como la relación entre la lógica y las matemáticas, la ética, la estética4 el lenguaje, la filosofía de la psicología (tema de la mente y de las emociones), etc. Sus aportes han cundido por todos los pasillos de los departamentos de ciencias sociales de Europa y América. Autores como David Bloor (1997), Clifford Geertz, Pierre Bourdieu o Peter Winch (2009) por citar tan solo algunos de los más famosos reconocen su adeudo para con la obra fecunda de Wittgenstein. En este sentido, Richard Rorty señala (1993: 90-91) que, al igual que Kant y la impresión que dejó su filosofía en la comunidad filosófica de su época, las dos filosofías de Wittgenstein fueron un acontecimiento muy importante en la historia de la filosofía5, sin que por lo tanto los propios filósofos, con el paso del tiempo, hayan sabido a qué atenerse con este legado y cómo inspirarse de él. Todavía estamos tratando, y su servidor al igual que otros, de entender qué es lo nos quiso decir Wittgenstein, cuando nos pide observar y comprender ciertos fenómenos que depara el lenguaje común que es nuestro hogar sociológico. Wittgenstein ideaba la filosofía como una actividad que consistía en luchar contra el embrujamiento provocado en nuestra mente por nuestro uso erróneo del lenguaje: “En filosofía, un problema se atiende como una enfermedad.” (Wittgenstein, 1961: 214)

Asimismo, las relaciones entre Wittgenstein y las ciencias sociales han sido muy contadas por no decir inexistentes, esto es, por varias razones: 1) porque Wittgenstein menospreciaba el lenguaje positivista y la arrogancia científica con que, según él, marchitaban ambos la capacidad humana por experimentar el pasmo y el extrañamiento y terminaban, al igual que lo que Max Weber opinaba con respecto a la modernidad, por desencantar el mundo contemporáneo vuelto sistema de representaciones explicativas (Wittgenstein, 2002 : 56-57 y Wittgenstein, 1961: 105-106) ; 2) por ende Wittgenstein nunca quiso ser un líder o un gurú y encabezar cualquier escuela de pensamiento filosófico o antropológico y 3) por último y tal vez sea la razón más profunda, porque la antropología, al igual que la filosofía, no era para los ojos del filósofo vienés una actividad determinada correspondiente a un oficio o una herramienta para lograr cierto tipo de conocimiento, sino la expresión de la vida misma y la relación con el otro. El hombre para ser tal tiene que ser fundamentalmente antropólogo cumpliendo tal vez con el cometido de la antropología pragmática de Kant. Cabe aquí toda la propuesta de su segunda filosofía impulsada por Las Investigaciones cuyo fin es cómo “antropologizar” la reflexión filosófica, a través de los conceptos claves de “forma de vida” y “juego de lenguaje”. En este sentido se debe entender sus Comentarios a La Rama dorada de Frazer los cuales, en cierto modo, anticipan el ensayo Raza e historia de Claude Lévi-Strauss y la cruzada que emprendió el padre fundador del estructuralismo contra el etnocentrismo occidental.

Wittgenstein opinaba que para ser un antropólogo bueno y competente había que primero luchar contra el edificio de su propia arrogancia y destruir los prejuicios que la edifican. Es decir par ser antropólogo es necesario darse cuenta de la falta de todo tipo de fundamento sobre la cual descansan todas nuestras creencias, hasta las más íntimas.

En este espacio de difusión centraré mi atención para rescatar el pensamiento del autor del Tractatus sobre el problema de la regla con el objetivo de reflexionar sobre el quehacer de las ciencias sociales enfocado particularmente al eje sociología-antropología. Mi hipótesis es que, partiendo de este tópico, es posible atender una gama importantes de problemas que conciernen dicho quehacer: la interpretación de las acciones sociales, el carácter construido de la realidad, el problema de la creencia y del conocimiento social entre otros. Además, la concepción de la regla en Wittgenstein es un insumo importante para reflexionar en términos epistemológicos sobre los protocolos que usamos en ciencias sociales para echar andar investigaciones y las expectativas que depositamos en ellos.

El problema de la regla en Wittgenstein y sus implicaciones para las ciencias sociales

Hace algunos años (hacia el 2002 ó 2003 si no mal recuerdo), cuando impartía cursos de sociología en la universidad francesa de Perpignan (Via Domitia), propuse a los alumnos del último semestre de licenciatura abordar el tema de Wittgenstein y las ciencias sociales, esto es, principalmente las relaciones que el filósofo vienés guardaba con la sociología y la antropología. Uno de los tópicos que tratamos en esa clase era el problema de la regla6, es decir ¿cómo entendemos la regla y cómo nos comportamos frente a ella o a partir de la misma? El tema de la regla se desprendía de una reflexión sobre cómo la sociología atiende las relaciones entre lenguajes sociológicos y lenguajes sociales y culturales, a partir de los textos sugerentes de Alfred Schütz (1961) quien consideraba que la sociología científica y sus categorías descansaban en la sociología del sentido común, dando pie a una revolución epistemológica, ya que la diferencia entre sociología y sentido común no era asunto de naturaleza sino que tenía que ver con un problema de grado y graduación siendo la sociología una actividad y un oficio que ahondaba la reflexión social que todos los actores sociales llevamos a cabo diariamente. Es claro que, tarde o temprano en el transcurso de este curso, tenía que salir a colación el tema de la regla para permitir acotar mejor diferencias y afianzar la relevancia de cada uno de estos dos tipos de lenguaje.

La pregunta sobre la regla y cómo seguirla no me ha dejado en paz desde ese entonces, tal vez porque mis respuestas para sosegar la intranquilidad que sigue provocándome han sido escasas e insuficientes. Y qué mejor que un artículo para empezar a encontrar el sosiego intelectual. En este espacio de difusión presentaré la concepción wittgensteiniana y sus matices sobre el concepto de “seguimiento de la regla”, para luego contribuir a la reflexión socio-antropológica sobre el concepto de acción tan importante para todos los enfoques microsociológicos derivados del paradigma interaccionista y etnometodológico, correspondiente al segundo soplo de la escuela de Chicago en las décadas de los 50 y 60 del siglo pasado, teniendo a Erving Goffman y Harold Garfinkel como figura de proa teórica. Dicha contribución tendrá, además, implicaciones metodológicas sobre cómo observar el cumplimiento de la regla en una situación determinada.

A partir de Wittgenstein el problema de la regla es decir “el misterio de su cumplimiento”, no puede ser más un asunto nimio. Ha convocado la atención y el esfuerzo intelectual de grandes filósofos del tamaño de Saúl Kripke (1996). Seguir una regla, sea cual sea su contenido, forma y modo de comunicación (oral, escrito, explícito o implícito), es, considero yo, un enigma cuyo fundamento descansa en buena medida en las siguientes consideraciones: si bien toda regla es arbitraria no por ello se desprestigia y pierde su fuerza para ser acatada e implementada dentro de una práctica. Dicho misterio estriba en la coerción de la regla por un lado y la subjetividad para comprender y aplicar cualquier regla por otro. Lo anterior significa que: 1) las reglas son lógicamente la consecuencia del relativismo cultural que caracteriza nuestra manera antropológica de apreciar y comparar los sistemas normativos y los valores que los sustentan y 2) una vez franqueado el umbral de la arbitrariedad y del relativismo cultural, inicia el dominio de la regla y como dice Geertz para criticar a los que critican el relativismo: «Donde fueres haz lo que vieres.» (Geertz, 1999: 124) Ahí no hay vuelta de hoja para atrás, la regla se convierte en la pauta que acompasa nuestra práctica.

Dicho en otras palabras, la regla, como bien lo señala Wittgenstein, tiene esta aparente doble virtud de propiciar la arbitrariedad por necesitar una interpretación de la expectativa que creemos que contiene y por convertir las culturas y el seguimiento de sus normas en la expresión de un necesario capricho de la creatividad humana. Cuando estoy en el juego de la regla no hay vuelta de hoja, tengo que jugar y de algún modo jugármela. Detrás de toda determinación social o cultural se halla una indeterminación universal que se vuelve la condición imprescindible para generar cualquier tipo de determinación cultural. La necesidad nace de la contingencia. La regla es una premisa que tenemos que aceptar como tal a pesar de la falta de fundamentos lógicos o filosóficos en que puede descansar. Superada la arbitrariedad del encuadre de la regla, en tanto que sujeto usuario de ella permanezco atrapado en el territorio de su aplicación. Este problema da pie a une serie de relaciones con otros problemas tales como la cuestión de los fundamentos en que descasan nuestras instituciones sociales o políticas, las estructuras sociales que las traducen en acciones y relaciones colectivas, el conocimiento y el valor de las creencias que los sustentan, etc. Al igual que el tópico del origen de los lazos sociales y los modos de socialización en una sociedad determinada, el problema de la regla es un asunto fundamentalmente sociológico, es decir fundante para la reflexión sociológica.

Otra consecuencia importante que conviene resaltar de esta paradoja, la cual no desmentiría el Emilio Durkheim de Las reglas del método sociológico, es que la legitimidad que otorgamos a la regla y por tanto al juego que estamos jugando gracias a ella no depende de la presencia o ausencia de fundamentos lógicos, de razones explícitas que justifiquen su existencia. La regla es autosuficiente, pues no necesita ser legitimada. En realidad su único campo de justificación es de orden ideológico o cultural. Pero sí necesita que la juguemos. Su legitimidad es práctica y pragmática no racional. De hecho, todos los intentos “fundamentalistas o fundacionalistas” que han apuntado en esa dirección han fracasado, porque la regla no descansa en un argumento último que avale su existencia y la práctica de su existencia. Para jugar fútbol o una partida de ajedrez, no me importa saber si las reglas del balompié o del ajedrez tengan fundamentos lógicos, filosóficos, antropológicos, históricos, religiosos, o políticos. El juego acorde a un reglamento obvia por complemento este tipo de antecedente como condición indispensable para su realización. Para hablar francés o español no importa saber si éstos u otro idioma tengan fundamentos lógicos o lingüísticos, no me importa fundamentar porque la jota se pronuncia tal y no de otra manera. La regla es lo que permite jugar. Traza un encuadre en el interior del cual sé que estoy jugando un determinado juego y no otro. Se trata de una suerte de arbitrariedad asumida desde la postura del usuario de la regla. El fundamento de la regla no viene aquí al caso: “Cuando acato la regla, no elijo. Obedezco a la regla ciegamente.” (Wittgenstein, 1961: 207). Ahí, se asume por completo la arbitrariedad que envuelve la existencia del juego lingüístico correspondiente a la práctica de la lengua castellana o gala. Este argumento puede extenderse y aplicarse a cualquier juego y cualquier regla que oriente la práctica social. Dicho de otra manera, al igual que el signo perfectamente definido tanto por los estructuralistas como por los semióticos de tradición peirciana, si bien la regla es por esencia arbitraria, su uso, en cambio, no lo es. Para jugar el juego que prescribe la regla, es preciso poder interpretarla y convertirla en una orientación práctica. Jugar con las reglas del juego requiere de una socialización y una inserción en una colectividad.

Lo que nos enseña Wittgenstein es, por decirlo así, mirar hacia adelante y no hacia atrás para comprender lo que seguir una regla significa. Este sentido práctico definido por Wittgenstein nos invita a una comparación con la teoría de la práctica social de Pierre Bourdieu donde la realización de la misma no depende, ni tampoco se desprende de justificaciones previas que avalen la existencia de la regla, es decir ésta y no otra de acuerdo a un juego social específico. El imperativo de la regla es pragmático no ontológico. De ahí, la metáfora que asume la relación entre reglas y convenciones. De ahí también la primacía del uso en detrimento de la idea o el argumento. Cuando usamos una palabra para mostrar o decir algo no es indispensable para tal efecto tener presente cuál es su etimología, cual ha sido su evolución semántica con el paso del tiempo. Las palabras se usan punto. Siempre miran hacia el futuro que es la proposición que permite entablar una relación con alguien acerca de algo. En su temprana filosofía del Tractatus Wittgenstein considera que la palabra en la frase se parece a un punto sobre el cual busca apoyo, descansar o rebotar la idea y la proposición se asemeja a un flecha conformada de puntos que indica una dirección a seguir. En este sentido la concepción de Wittgenstein sobre el lenguaje es próxima a varios planteamientos pragmatistas sobre el mismo. Por ende en tanto que usuarios de la regla somos más pragmatistas que esencialistas (etimologistas). Todo lo demás son intentos vanos (y ciertamente ideológicos) por avalar las reglas de un determinado juego, cuando en realidad las reglas están hechas, mediante su uso y la jerarquización del mismo (de acuerdo a las distintas clases de usuarios que no son iguales), para institucionalizar, es decir crear instituciones en el sentido de espacios sociales de juego. Retomando la famosa distinción de John Searle (1998: 44-57), hay reglas que prescriben (indican y regulan sobre lo que se tiene que hacer y cómo debe llevarse a cabo) y otras que instituyen, pues construyen el juego empezando por su espacio de realización (tal como las dimensiones de una cancha de fútbol), los objetos y enseres que su práctica requiere (Schaffhauser, 2008: 41-59).

Volviendo al tema de esta experiencia de docencia en Francia, la pregunta del curso no se dirigía tanto a atender los casos de infracción de la regla y de ahí generar una discusión sobre las desviaciones sociales y los estigmas que conlleva este proceso, sino, al igual que Wittgenstein lo plantea, consistía en entender cómo una regla se sigue conforme aparentemente a lo que ésta prescribe, ordena, indica, permite o limita. Con todo, la infracción es un asunto más sencillo de comprender y resolver, ya que la transgresión de la regla implica el haber franqueado una suerte de umbral de tolerancia que depara el uso de la regla, ley o norma social. Por experiencia y conocimiento directo e indirecto tenemos todos, la capacidad social de representarnos con cierto grado de acierto lo que es dicho umbral. Sabemos en qué momento nuestro actuar está cobijado o no por el respaldo de la regla, porque en realidad el ser jugador de un determinado juego implica conocer las reglas, su abanico de aplicación y por lo tanto este conocimiento nos brinda la posibilidad teórica de que hagamos las veces de árbitro o juez. El problema que quería abordar en ese curso tenía que ver con la descripción e interpretación de las muchas maneras de seguir una misma regla. El acatamiento de cualquier normatividad por un grupo social determinado, como por ejemplo una camada de alumnos, produce una diversidad de expresiones de la aplicación de la regla. Entre cada una de ellas, hay matices, grados de apego a la regla, actitudes un tanto reacias u otras francamente proselitistas y sumisas. Es una pregunta sociológica básica para abordar cualquiera de los tópicos de esta disciplina como los vínculos sociales, los mecanismos de integración y de cohesión social, la acción colectiva, y sobre todo ¿qué es lo que entendemos sociólogos y antropólogos por el concepto de actor?

Wittgenstein coloca en el centro de su segundo filosofía el tema de la regla, a través del concepto pragmatista (que no esencialista) de “seguir una regla”. Cabe insistir una vez más en lo que le importa esclarecer al filósofo vienés: comprender cómo se aplica una regla. ¿Cuáles son los criterios para entender el “misterio de la regla”, esto es, cómo puede una cosa como la regla siendo una abstracción aparentemente desprendida de la esfera directa de la acción tener un efecto sobre ella? ¿Cómo sus agentes, es decir nosotros, logramos convertir en realidad la regla dentro de nuestras prácticas sociales y culturales? ¿Cuáles son las modalidades de esta relación entre la regla y su aplicación? Para atender esta serie de preguntas Wittgenstein advierte contra dos errores o confusiones sobre lo que significa seguir una regla (Kripke, 1996). Ambas son metáforas: la primera consiste en considerar que seguir una regla se emparienta con la imagen de la vía del ferrocarril donde cada nuevo acatamiento viene a unirse con el anterior formando así y de modo inductivo una línea recta e infinita correspondiente a lo que es seguir una regla. Esta interpretación convierte al agente en un robot que aplica ciegamente la regla porque, según esta lectura, lo haría como si fuese una máquina desprovista de voluntad propia e intencionalidad. Esta interpretación, además, confunde lo que es seguir una regla con lo que es acatar una orden. La segunda es el contrapié de la anterior, en el sentido de que otorga la primacía al agente quien tendría entonces toda la libertad para aplicar la regla a su antojo. Se vacía por completo el carácter imperativo y el constreñimiento de la regla a favor del poder de decisión del sujeto. Finalmente esta interpretación conduce a la anarquía y el caos. En términos sociológicos, si fuera el caso no entenderíamos, bien a bien, en que pudiesen descansar la fortaleza y la credibilidad de la regla ante tanta muestra de libertad y por qué siendo totalmente libres deberíamos de plegarnos al mundo exiguo de la regla. Para solventar este problema Wittgenstein opta por construir una vía mediana que rescata parte de lo que plantea cada una de estas interpretaciones, sin temor a construir una paradoja, ya que la regla nos obligaría entonces a hacer algo preciso y al mismo tiempo nos liberaría de su imperio. En realidad la dificultad para entender lo que quiere decir gira en torno al problema señalado párrafos arriba: podemos constatar sin mucho trabajo que existe una brecha entre la regla, su enunciación en tanto que orden o indicación, y su ejecución o aplicación. El problema sociológico radica entonces en la presunta indecidabilidad sobre cómo una regla va a ser seguida por un grupo determinado de sujetos involucrados en un juego preciso. Hay varias y muchas maneras de seguir una misma regla. ¿A qué se debe este hecho? Los instructivos que indican la concatenación de reglas que seguir para la realización de tal o cual actividad o proceso (imaginemos un manual, un recetario de cocina, un plan para ensamblar un mueble, etc.) si bien indican los pasos de la producción de algo, no dicen - porque no es posible llegar a tal grado de precisión, es decir de descripción de una práctica concreta- cómo cada paso tiene que ser llevado a cabo y como se articula con el siguiente y se desprende del anterior. De este hecho es preciso sacar varias consecuencias.

Si bien el lenguaje es, para Wittgenstein, una institución social significa que es entonces y ante todo un sistema de reglas.

  • El lenguaje en tanto que institución y sistema de reglas pone énfasis en el papel de la colectividad para educar al individuo, pues Wittgenstein rechaza la idea de un lenguaje privado y por tanto la posibilidad de reglas hechas solamente para un sujeto o solo comprensibles por él7.

  • Sin embargo, no se trata de un sistema fijo. He ahí el error de los filósofos promotores de la regla que es atribuirle el poder de la probabilidad, cuando la regla es siempre una posibilidad del actuar humano. Este error descansa en la confusión entre leyes que prescriben y forman parte de las normatividades sociales y culturales y reglas de constatación acerca de hechos empíricos8, esto es, el traslape de las nociones del deber ser racional con el “ser” o “ser así” empírico (Cometti, 2011: 26). Como bien lo dice Wittgenstein (1961: 156) la regla se equipara al letrero que encontramos en un crucero: indica un camino a seguir, mas no la necesidad de emprenderlo. El seguimiento de reglas ni es fruto del capricho individual, ni expresión del embrutecimiento de las masas, sino una herramienta para guiar nuestro camino.

  • Wittgenstein establece una distinción entre “reglas causales” y “reglas razonadas”. Las primeras tienen que ver con las constataciones de las ciencias naturales sobre el comportamiento de ciertos fenómenos naturales y obedecen a una lógica inductiva: es con base en la serie de casos que los científicos establecen leyes (nomos), las cuales en este sentido son sinónimas de reglas. Las reglas que suscitan una “explicación por las razones” (como hubiese dicho el propio Max Weber) son, insisto una vez más, de orden prescriptivo y no tienen nada que ver con la inducción, aun cuando, en efecto, hay muchas reglas sociales y culturales que seguimos diariamente como si por inducción positivista acatáramos leyes sociológicas. He aquí la distinción conceptual entre regular, regularidad y arreglar, siendo los dos primeros vocablos o términos de la jerga “constativa” y el último, forma parte de la jerga prescriptiva. Entre ambas el argumento central que evita la confusión de una por otra es que a las reglas prescriptivas nos podemos sustraer y desacatarla porque la idea misma de prescripción implica el concepto de opción, contrario a la idea de constatación que no deja la opción al fenómeno estudiado de seguir o no la regla, porque esta decisión es parte de la observación positivista: ¡o un evento es o no es tal!

  • Por lo anterior, la regla no es autosuficiente, pues la práctica no es por tanto su prolongación empírica: es la realidad siendo externa a ella la que le da vida, es decir eficiencia.

  • Si la regla no es autosuficiente, significa que no es auto-interpretable, sino que requiere una interpretación proporcionada por su usuario.

  • Para ser comprendida, la enseñanza de una regla no puede ser general, sino a través de ejemplos, es decir mediante variedad, infinitas variaciones y singularidades. La generalidad de la regla encalla en el acantilado de la práctica.

  • Finalmente para su aplicación una regla necesita una interpretación y una justificación de la misma, es decir razones que explicitan por qué se usó la regla de esta manera y no de otra y con qué finalidad.

Este último comentario sobre la aplicación de la regla contribuye a humanizar la relación entre la regla y su campo, objetos y sujetos de aplicación. Si la regla fuera autosuficiente, tan clara y nítida que solo cupiera un solo modo para ejecutarla no habría la más mínima diferencia entre el ser humano y el animal o la máquina en tanto que agentes de la regla. Asimismo, si la regla fuera una referencia entre muchas otras al momento de actuar, bien podríamos obviarla repetidamente. Sin embargo, los seres humanos, los sujetos culturalmente situados que somos todos necesitamos reglas para interactuar entre nosotros, pero con un margen de maniobra tal que cada aplicación de ella cobre su propia singularidad. El mejor ejemplo de ello es el lenguaje que consiste en un sistema de reglas y prescripciones y la posibilidad de jugar de distintas maneras con ellas para inventar y crear dentro de sus límites formas de hablar y modos de intercomunicación. Wittgenstein anticipa de alguna manera la sociología alternativa de Anthony Giddens quien busca una reconciliación entre la acción y la estructura, siendo ésta al mismo tiempo un espacio de constreñimiento y habilitación para aquélla: “Para establecer una práctica (social o cultural) las reglas no bastan, son también imprescindibles los ejemplos. Nuestras reglas dejan escapatorias abiertas y la práctica tiene que hablar por sí misma.” (Wittgenstein, 1976: 139)

En resumen, el problema de la regla es un asunto social y por tanto profundamente sociológico. Por lo tanto, hablar de regla coincide con hablar de integración y socialización. Participar de un juego social (ya sea profesional, lúdico, religioso, político o cultural) mediante el uso de determinadas reglas, es muestra de una integración y posibilidad de incidir sobre el propio juego a través de un cierto grado de protagonismo. La regla no inventa lo social, está a la orden de él. Se desprende de valores que la sustentan filosóficamente y jurídicamente y pragmáticamente marcan los linderos del espacio institucional que representa en tanto que normatividad de la práctica social correspondiente. Lo anterior nos invita a pensar en la regla siguiendo los pasos de Wittgenstein, a través del prisma del pragmatismo. Pero antes que nada cabe aclarar a qué tipo de pragmatismo aludimos cuando hablamos de la perspectiva de Wittgenstein sobre el problema de la regla.

El pragmatismo de la regla versus el behaviorismo de la regla

Existen cada vez más estudios dedicados al tema del supuesto pragmatismo de la segunda filosofía de Wittgenstein (Putnam, 1999). Es preciso ser cauteloso con esta hipótesis, ya que el propio Wittgenstein nunca se ha valido de una cualquier relación con el pragmatismo para justificar o apuntalar el segundo momento de su filosofía. Su conocimiento de los protagonistas del pragmatismo que fueron William James (1842-1910), John Dewey (1859-1952) y Charles Sanders Peirce (1839-1914) era respectivamente escaso, sesgado y nulo. Resulta artificial entonces hablar de una influencia de estos filósofos sobre la orientación de la obra de Wittgenstein. Sin embargo, Wittgenstein desarrolló a su manera una suerte de pragmatismo que encontramos en varios de sus escritos y aforismos. Nos dejó varios indicios de su proximidad con el pensamiento pragmatista (Schaffhauser, 2011). A manera de punto de partida solo mencionaré y resumiré algunas de sus ideas relativas a la relación entre lenguaje y significado, tal como cuando un niño de 5 años le pregunta a su papá ¿qué significa la palabra “cultura”? Wittgenstein contestaría: no buscar el significado sino el uso de la palabra, esto es, ¿en qué circunstancias hemos aprendido a usar esta palabra y para decir qué? Esta respuesta introduce de lleno al doble problema tan importante para el segundo momento de la filosofía de Wittgenstein: los juegos de lenguaje y las formas de vida. Pareciera que con este enfoque filosófico se desvaneció por completo el problema de la regla. En realidad conforme a su pensamiento original el problema de la regla se transforma porque la mirada filosófica volteó para observar el problema lingüístico mayor que, tal vez por el predominio del pensamiento estructuralista en esta disciplina, había sido desatendido: la primacía del habla sobre la regla.

Dicho de otra manera, el problema de la regla como se ha dicho párrafos antes no es asunto de fundamentos, sino un tema antropológico sobre usos y costumbres de palabras para decir cosas o como diría John Langshaw Austin “para hacer cosas con palabras” (Austin, 1961 y Bourdieu, 1982). La filosofía no tiene que mirar atrás, hacia los orígenes ideales e ideológicos de la regla ni tampoco explorar y observar la naturaleza para buscar fundamentar su base racional en elementos empíricos, sino le corresponde ahora comprender como se entiende y se aplica la regla dentro de un colectivo determinado: “Chaque signe, isolément, semble mort. Qu’est ce qui lui donne vie ? Il n’est vivant que dans l’usage. A-t-il alors un souffle de vie ? Ou bien l’usage est-il son souffle ?» (Wittgenstein, 1961 : 257).

Partiremos del siguiente comentario de Wittgenstein para ir reconstruyendo el pragmatismo de este filósofo y comprender mejor así su concepción del juego de la regla dentro de las prácticas humanas, sociales y culturales: “La aplicación es un criterio de comprensión de la regla.” (Wittgenstein, 1961: 177). Es claro que nuestra pregunta rectora se transforma con este giro pragmatista: pasamos de “¿qué es la regla?” a “¿cómo se entiende y por tanto cómo se aplica?” Lo anterior significa que, según Wittgenstein y al igual que muchos pragmatistas como Dewey (Rorty, 1993: 85), la primera pregunta no implica una repuesta (que no la hay), sino una reformulación de la misma y por tanto escapar a la actitud compulsiva que consiste en creer que por cada pregunta corresponde una respuesta. En palabras de pragmatistas como John Dewey (Rorty, 1993: 97) hay preguntas que no (deberían) generan expectativas tal como encontrar una respuesta porque, no nos llevan a ninguna parte o mejor dicho no nos aclaran nada. El filósofo austro-británico establece una continuidad conceptual entre las nociones de regla, inteligibilidad y aplicación de la regla. Significa que antes que nada la regla requiere de una interpretación para su implementación en la medida que este proceso de traducción no es unívoco sino sociológico, ya que depende del origen social del intérprete-usuario de la regla y su capacidad para descifrar una normatividad y ponerla en marcha. Wittgenstein con esta concepción sobre el uso de la regla introduce al tema de la competencia de los actores que tanto han explotado, años después, los etnometodólogos. Este punto es importante porque nos permite afirmar que la postura de Wittgenstein se deslinda por mucho de las concepciones behavioristas que consideran que las reglas (tanto como las normas, principios, costumbres, órdenes y leyes) son una suerte de estímulo social que obliga al sujeto, a pesar suyo, a actuar conforme a ellas, como si las reglas tuvieran una voluntad propia o expresaran una razón suprema (De Lara, 2005: 27-28 ). Las reglas son instrumentos desprovistos de cualquier tipo de psicología. No tienen alma, a pesar de que solemos decir que en ellas ha sido plasmado algún espíritu. Su labor consiste en facilitar el ordenamiento y el sentido (i.e. no en el sentido de significación sino de dirección) de las relaciones humanas de acuerdo a hábitos culturales. Una ley sin juez no es nada y cualquier usuario de la ley es de alguna manera juez de la misma.

Aplicar e interpretar son actividades que por mucho coinciden según Wittgenstein. Por lo tanto, interpretar no consiste en dar una significación a la regla, sino “con-prenderla”, esto es, re-significarla de acuerdo a un contexto particular de ejecución, e implementarla para ir construyendo lo que los pragmatistas llaman “creencias”, es decir hábitos de acción. Muchos de los ejemplos que propone Wittgenstein se inspiran, por su formación filosófica, en el mundo formal de la lógica y las matemáticas. Es el caso de la regla de adición que consiste en ir sumando uno más uno y establecer así una serie sumatoria infinita. Wittgenstein plantea que sí es posible equivocarse a partir de un reglamento aparentemente tan sencillo, ya que es plausible imaginar un argumento razonable para justificar dicha equivocación, es decir no por qué alguien haya transgredido la regla en algún momento del proceso de operación, sino más bien porque no pudo percatarse de su confusión y pensó actuar de buena fe todo el tiempo. Este último punto es muy importante por dos razones principales: 1) la regla siempre está en operación, pues una regla inmóvil deja de ser tal y 2) conscientemente es imposible saber que uno se equivoca y continuar equivocándose como si no fuera el caso. El embustero sabe todo el tiempo que está actuando al margen de la regla oscilando entre dos registros: uno que es la verdad que aquí cobra la forma de la conformidad a la regla y otro que es su infracción por perversión de la misma con tal de lograr un beneficio personal9.

De la primera razón podemos inferir lo siguiente: de ser cierto, el problema filosófico y sociológico no está del lado semántico u ontológico de la regla, sino del lado de su uso, su articulación con la acción para intervenir en el medio o sobre de él, tal como cuando me dirijo a alguien en la calle para preguntarle por mi camino, es necesario para ello usar une serie de reglas lingüísticas para convertir en algo inteligible las palabras y su articulación para conformar una pregunta que tenga la posibilidad de una respuesta clara y conforme a la expectativa del transeúnte que soy yo. Necesito usar reglas de la sintaxis, la gramática y la pronunciación para establecer contacto y comunicación con mi potencial interlocutor y pedirle que se convierta en el guía circunstancial que me encaminará. Dicho de otra manera, el hablar consiste en usar reglas y no conocerlas tal como las estudian y las analizan los lingüistas, porque este conocimiento es poco relevante para preguntar por su camino. Hay una consecuencia que podemos sacar a partir de este simple ejemplo la cual convierte en una reflexión válida para otros casos: La regla no trasciende la acción, no la antecede sino que es consustancial a ella, porque interpretar y aplicar una regla se convierte en la misma acción. Si bien analíticamente hablando es posible distinguir estos momentos, pragmáticamente no es tal. El actuar conforme a una normatividad implica una comprensión de la regla, es decir una presencia de ella a lo largo del desarrollo de la acción.

Es más se trata de una comprensión a ciegas que es determinada por el paso de los hábitos de acción. Para Wittgenstein hablar de conformidad o aplicación no es más que hablar de la regla y del seguimiento de la misma. Al igual que el letrero que indica la dirección del pueblo adonde queremos llegar sin demora, esta información nos acompaña durante todo nuestro camino aun cuando el objeto físico que es el rectángulo de madera o metal se quedó kilómetros atrás. En realidad, las reglas son instrumentos para los hombres para convertir nuestros designios en acciones confiables y seguras. El problema del seguimiento de la regla que plantea Wittgenstein no es una ilustración unilateral para la reflexión sociológica de la relación entre reglas y control social donde las socializaciones serían muestra del nivel de sojuzgamiento de individuos determinados a un sistema social total. Las reglas están para facilitar nuestro quehacer. Las reglas nos son prácticas. Nos ayudan a actuar.

No obstante lo anterior, es importante reiterar la idea wittgensteiniana que orienta su concepción de la regla en el juego de la acción y del lenguaje: las reglas no trascienden la acción sino que son inmanentes a ella. Dicho de otra manera, la acción trasciende la regla. La regla es un punto de partida no una meta, como si actuar consistiera tan solo en cumplir reglas. La imitación no consiste en reproducir lo que marca una ley o una norma sino lo que otros hombres producen o llevan a cabo. La concepción pragmatista de la regla en Wittgenstein permite extender la reflexión a otros problemas relacionados con el tema de la regla. Podemos destacar tres principales tópicos que son: 1) la competencia del actor, 2) su capacidad para interpretar la regla y 3) lo que llamaría el pragmatismo de la regla.

Usar reglas presupone para cada actor implementar un nivel de competencia que tiene que ver con su experiencia de la regla, es decir esta regla en específico, y las reglas en general correspondientes a los muchos mundos sociales donde un sujeto puede interactuar. Asimismo, usar reglas requiere de una interpretación, en el entendido de que por interpretación no se considera cualquier traducción de la regla, lo cual nos haría caer en una concepción relativista sobre la comprensión de la regla, sino una incorporación de la regla en la práctica social al grado que interpretación y acción terminan por confundirse en el plano empírico de la experiencia. En este sentido, una interpretación de la regla no es una traducción libre y caprichosa de su contenido, sino una articulación estrecha entre lo que dispone y lo que la acción posibilita. Significa, además, que en cada acción y para que sea tal, tiene que haber una interpretación. Por lo tanto, seguir una regla consiste en comprender y aplicar una regla siendo estas dos últimas operaciones confundidas en un mismo acto a los ojos de cualquier observador. Bajo esta concepción, la regla es lo que permite la posibilidad de la continuidad de la acción humana. La regla es una condición necesaria, pero no suficiente para la acción individual y colectiva10.

En resumen, la concepción pragmatista de Wittgenstein sobre las reglas dice que éstas indican un camino posible para la acción, pero no definen ni la meta a alcanzar, ni las modalidades del recorrido, porque todo esto es del dominio de la experiencia que consiste en construir un conocimiento sobre la interacción en un medio que se convierta en hábitos. Seguir una regla, por tanto, no es un acto arbitrario donde el sujeto solo obedezca a sus caprichos, ni tampoco sea el resultado de una aplicación a ciegas de su contenido, por el sencillo hecho de que una indicación - lo que son en realidad las reglas para Wittgenstein - no es una experiencia. En este sentido la interpretación de una regla no es irrestricta porque su aplicación no es la concatenación infinita de causas, sino la exposición finita de razones y cuya pregunta rectora es ¿con qué razones el sujeto actuó de una determinada manera apegándose a lo que la regla señala? Además, las reglas son algo respetable, porque gracias a ella sabemos por dónde ir y avanzar. Se asemejan de alguna manera a la categoría de una creencia cuyo significado pragmatista es “hábitos de acción”. Las reglas dignifican nuestras prácticas. Edifican nuestros hábitos y habilitan la grandeza del hombre para comportarse tal como un padre de familia, un buen maestro, un buen ciudadano o buen prójimo para cualquier creyente. Las reglas no solo tienen un carácter operativo para orientar la acción humana, sino entrañan una dimensión moral sobre el marco correcto para actuar e interactuar con cualquiera. La distinción entre ambas dimensiones remite a la precesión conceptual que establece el fundador de la semiótica Charles S. Peirce para distinguir facetas del signo según su calidad de tipo (generalidad) o token (caso). En este sentido, la regla cobra una dimensión general y tal vez moral que la tipifica como signo y símbolo cultural por un lado y a la vez se implementa como elemento copartícipe de la acción asumiendo la función de token (el signo en situación o caso), réplica situada y existencial de una generalidad, por otro. Sin embargo no hay que perder de vista que las reglas no opinan, no son inicuas sino más bien inocuas: en tanto que herramienta o bien se usan o bien no se usan.

El juego del juego o el movimiento de las reglas

Wittgenstein señala en las Investigaciones filosóficas (1961: 257) que existe una importante brecha entre la orden y su ejecución. Si bien esta forma imperativa de acatar la regla constituye un caso particular y extremo sobre la aplicación del concepto “seguimiento de una regla”, partiré de esta premisa para subrayar la distancia que separa la regla de su implementación en un contexto determinado. Cuando hablo “de distancia”, en realidad quiero hablar de “misterio”, esto es, una cosa invisible y difícilmente observable y que tiene que ver con la relación entre cómo una situación de enunciación (forma discursiva) o de significación (un letrero que indica lo que marca el reglamento) puede convertirse en una aplicación de la regla y cuáles son los criterios que nos permiten apreciar que la regla propia de un espacio público como “No fumar” se cumpla bajo ciertas modalidades. En otras palabras, ¿qué tipo de movimiento de interpretación-acción posibilita la existencia de la regla y su seguimiento?

Empíricamente, no hay instrumentos de observación o sentidos humanos que permitan matizar y diferenciar una forma de obediencia de la regla en relación a otra. Es muy difícil y hasta cierto punto absurdo decir con base en una observación minuciosa que fulano obedece más a la regla que zutano. Para apuntalar esta afirmación o hipótesis necesitamos echar mano de otros datos que no tienen que ver y, por tanto, no se ven al momento de observar cómo uno u otro sigue una regla, o cree que lo está haciendo. Si retomo el ejemplo arriba señalado sobre la regla (orden de no fumar) y si veo un grupo de personas que no fuma en un espacio público, me es sumamente complicado distinguir entre aquellos que respetan al pie de la letra esta orden y otros que no. El polemista podrá pensar en el caso de un sujeto que tiene en su mano un cigarro no prendido exhibiéndolo ante los demás para insistir en la contradicción psicológica en que se encuentra: tener antojo de un cigarrillo y respetar la regla. Pero la regla dice no fumar, mas no fingir o suscitar las ganas de fumar. Se refiere a un hecho y muchas veces las reglas son la expresión de un positivismo binario: o una cosa es o no es tal, pues no hay punto medio.

Asimismo, esta situación, desde la perspectiva del sujeto que produce esta actitud, puede ser muestra de un esfuerzo extremo por seguir la regla y razones para justificar esta manera de seguirla. Pero si bien podemos ser observadores puntillosos no hay que perder de vista que seguir una regla se convierte casi siempre en una tendencia social, en etnométodos para reconstruir como bien dirían los discípulos de Garfinkel (2006) el orden social. La regla no dice cómo el sujeto tiene que ajustarse a ella para cumplirla, porque las modalidades son infinitas empezando por la distinción entre el universo de los que fuman, no fuman, dejaron de fumar o en poco tiempo se pondrán a fumar cuando sea posible.

Sin embargo, es importante al llegar a estas alturas de la reflexión no confundir el problema metodológico para documentar un problema y la realidad que le corresponde con la existencia de la misma. La observación del seguimiento de la regla es un problema metodológico pero no significa que esta imposibilidad haga desaparecer el problema y sus múltiples ramificaciones para la reflexión socio-antropológica. El problema metodológico de la observación del seguimiento de la regla es sin duda un reto para la construcción del conocimiento en ciencias sociales en general y en socio-antropología en particular. Cobra la siguiente forma: si bien en términos empíricos, el seguimiento de la regla es un acto social que exprime una tendencia, esto es la articulación entre una observancia y un sistema de creencias, planteamos que, puesto que no se trata ni de acatar a ciegas la regla, ni tampoco de usarla a su antojo, existe entre ambos extremos de la acción social, un margen de maniobra, “un juego del juego de las reglas”, que, a pesar de las dificultades metodológicas para observar este espacio de comprensión, decisión y acción, resulta importante tener en cuenta para rescatar el pensamiento antropológico de Wittgenstein sobre lo que significa seguir una regla y procurar entender por qué las reglas son inmanentes a la acción y por qué ésta es, en realidad, el espacio de definición y reelaboración continua de las reglas.

El principal argumento para apuntalar esta tesis pone de relieve la idea que no existe la regla por sí sola y que no plantea ningún modelo para su aplicación. Ninguna ley, regla o norma puede hablar en nombre de la práctica y por lo tanto ninguna ley, regla o norma dispone de un instructivo para su aplicación. El instructivo pende siempre del lado de la práctica.

En otras palabras, el centro de gravedad de la problemática expuesta aquí consiste en voltear el orden vertical con que acostumbran investigadores conceptuar el problema de las normas: éstas no son parte de la superestructura sino son por naturaleza infraestructurales y fruto de la experiencia de los hombres que interactúan con el mundo. Las reglas no son valores. Su ascensión a esa esfera corresponde a la voluntad humana de elevar el encuadre de las conductas sociales y culturales creando así la superioridad de la regla sobre la acción y las instancias de control (los reglamentos y todas las cortes supremas posibles e imaginables) que crean la ilusión de contribuir a la edificación de la conducta humana culturalmente situada.

Para sortear esta dificultad, hay que empezar por extraer la reflexión de las garras de la oposición sociologista entre lo individual y lo colectivo y privilegiar en su lugar el papel de la imitación y de la creación para entender cómo pueden surgir reglas y cómo pueden difundirse entre una colectividad. Hablar de imitación es hacer un guiño a la obra magna de Gabriel de Tarde (2001) cuya relaciones teóricas con el pragmatismo son cada vez más evidentes para la reflexión sociológica contemporánea (Schaffhauser, 2009). Asimismo, este giro permite establecer vínculos con otros autores que han pensado la relación entre lo individual y lo colectiva de manera constructiva y no como proceso de subordinación donde la regla apunta más a ser un instrumento de la acción que un mecanismo de control y coerción de las prácticas sociales. Tal es el caso de Cornelius Castoriadis (1983) quien insiste en las dimensiones de imaginación y creación de los sujetos deseosos de fenecer el estado de enajenación que caracteriza su vida social y cultural.

Hasta ahora, la reflexión ha omitido una dimensión importante de la reflexión socio-antropológica sobre el seguimiento de la regla: la relación entre reglas del juego y jerarquía social. Por un lado esta discusión alude a la sociología crítica de Pierre Bourdieu y gira en torno al concepto de “ilusio” (Costey, 2005) que define tanto el interés por jugar un determinado juego, la capacidad para jugarlo, como las reglas implícitas que sostienen su desarrollo y existencia en tanto que campo social acotado, es decir un mundo social construido como tal y fruto de la división social e ideológica de la producción de bienes materiales y simbólicos. El concepto de ilusio cobra mucha relevancia para descifrar la obra prolija de Bourdieu, aun cuando paradójicamente no aparece dentro de ella como tal. Sin embargo, considero que es la bisagra alrededor de la cual gira su sociología crítica: remitir a los conceptos de capitales, de habitus (hexis), de violencia simbólica, de campos sociales, sin referirse a la ilusio es, en realidad, sesgar la comprensión de esta importante contribución a la reflexión sociológica.

La ilusio cuya etimología, contrario al sentido común, deriva de la palabra latina “ludus”, juego remite al interés que atribuyen agentes a un campo para jugar un determinado juego en él. La ilusio define implícitamente si el juego vale la pena ser jugado, es decir cuáles son los beneficios materiales y simbólicos alcanzables y almacenables. Consecuentemente este concepto refiere también al grado de compromiso que traba el agente para involucrarse fielmente en un determinado campo social, lo cual presupone el despliegue de percepciones orientadas a construir la legitimidad de dicho campo. En suma, la ilusio es interés, compromiso y principios de percepción y adhesión a un campo social, como la academia por ejemplo. Esta noción se relaciona con la jerga crítica de Bourdieu y conceptos como la doxa (creencia ciega), aculturación sociológica a los valores (ethos) a un determinado campo.

A tono con las denuncias de los mecanismos invisibles de dominación, la reflexión de Bourdieu en torno a la ilusio contribuye aquí a ponderar el peso de la observancia de la regla y por tanto a sociologizar aún más el pensamiento de Wittgenstein al introducir un doble plano de análisis que son las reglas explícitas a las que podemos en cualquier momento referirnos o aludir a ellas por un lado y las reglas implícitas que, por el sencillo hecho de decirse en público, pierden su característica como “ilusio” y función en tanto telón de fondo de la acción social situada en un determinado campo social como son el mundo de las artes, la academia o la medicina. La existencia de una “ilusio” en cada campo (el cual también funciona como juego de lenguaje) da pie a una doble observancia, un doble seguimiento: lo que hay que hacer y dependiendo del interés o de la posición ocupada en él, lo que hay que evitar de hacer o aquello que se puede anticipar o esperar de los frutos que produce el juego (Costey, 2005: 16-17 ).

El concepto de ilusio nos permite construir teóricamente la idea trivial de que las reglas no son para todos porque cualquier reglamento posibilita la impunidad. A manera de enmienda al pensamiento de Wittgenstein sobre el seguimiento de la regla, diría yo que, en términos sociológicos, la aplicación de la regla es una ilusión lógica y filosófica, porque a final de cuentas no importa saber cómo seguir la regla, sino quien en realidad la sigue, es decir quién aquí y ahora tiene que aplicarla y quién no.

Yace ahí, el tema de las variaciones de la experiencia (aplicación) de la regla de acuerdo al estatuto del sujeto posicionado en un determinado juego. Si soy profesor titular de un centro de investigación prestigioso, gozando de un alto nivel de reconocimiento social e institucional poseo implícitamente ciertas prerrogativas que me eximen de seguir algunas reglas o de seguir al igual que cualquier otro colega de mi centro. Mi posición y el reconocimiento que la acompaña me permiten tener un trato especial hacia mi persona de parte de la academia y de la institución en la cual me desempeño.

La reflexión de Bourdieu introduce al tema de la impunidad y la jerarquía implícita donde la regla ya no opera y donde su incumplimiento se disimula. Es el simulacro de las reglas comunes y el despliegue de las reglas implícitas o soterradas por la “ilusio”. El espacio de estricta aplicación de las reglas del juego universitario se restringe entonces a aquellos que no tienen la posición social, es decir los capitales social, cultural, simbólico y económico, para poder aspirar a escapar al dominio de la reglamentación y beneficiarse continuamente de indultos y salvoconductos. Los otros, es decir la minoría, gozan de una situación que no tarda en convertirse en un estatuto donde “el seguimiento de la regla” ya no es para ellos un imperativo social sino la expresión de una libertad individual aparentemente natural pero socialmente construida como tal, es decir naturalmente tolerada. Encontramos aquí otra dimensión de la ilusio”, aceptar la prevalencia de las reglas implícitas sobre las explicitas para algunos sujetos culturalmente y socialmente dotados.

El planteamiento de Bourdieu sobre la ilusio, nos permite teóricamente como metodológicamente aterrizar la problemática de Wittgenstein sobre el seguimiento de la regla a campos de lucha material y simbólica de la práctica social. Bourdieu, como se dijo y se reconoce cada vez más en los ámbitos de la sociología profesional, es uno de los principales traductores del pensamiento de Wittgenstein. Mi tarea aquí consiste en señalar esta articulación y sugerir la idea de explorar sus meandros y sus ramificaciones, a través de distintos objetos de estudio.

Desenlace: la regla como experiencia

Afirmar que la regla es una experiencia, es decir no solo una experiencia de la misma sino una experiencia con el mundo mediante ella, coloca una vez más el enfoque dentro de una perspectiva pragmatista. Las reglas se construyen, paso a paso, de acuerdo al curso de la experiencia. Por lo tanto seguir una regla consiste en tener una experiencia y formar parte de un mundo social11 donde dicha regla tenga relevancia. He ahí un vínculo más con lo arriba mencionado acerca de Bourdieu, la ilusio y los campos sociales. En este sentido, tener una experiencia consiste entonces en usar reglas y en ajustar éstas a las necesidades que dicta la interacción con el medio. La regla es como un índice que consiste en marcar el espacio para convertirlo en territorio recorrido, reconocible para otras incursiones en él.

Las reglas funcionan como recordatorio para facilitar el desarrollo de la experiencia y de la práctica. Conforme a Wittgenstein y pensadores pragmatista como William James (2009), dicha experiencia es profundamente colectiva y social, lo cual significa que las reglas son del dominio de todos y asunto público. Al igual que lo que sucede con el lenguaje, no puede haber reglas privadas o íntimas (pero sí reglas para un círculo reducido de privilegiados). La experiencia para pragmatistas como James es otra manera de hablar de continuidad y considerar que lo que une una experiencia a otra no es sino otra experiencia. Bajo esta perspectiva, la relación regla-experiencia también tiene que ser continua y lo que define la regla sería, en este sentido, su permanente actualización, la cual presupone la competencia, un know how, de parte de sus usuarios. Entre líneas, encontramos la magna propuesta pedagógica de John Dewey acerca del aprender-haciendo, ya que para conocer las reglas que gobiernan tal o cual lengua, tengo que empezar a practicar dicho idioma.

El surgimiento de las reglas en la vida del sujeto requiere de un aprendizaje y un continuo proceso de socialización Este acontecimiento significa que el aprendizaje de las reglas canaliza la vida hacia una colectividad y recrea en la mente del aprendiz el orden social en que ésta se sustenta. La experiencia de la regla y la regla como experiencia son del dominio del hacer. Usar una regla no es una percepción, sino una sensación. Por lo tanto usar una regla implica un consenso sobre cómo aplicarla. La razón del “cómo” es antropológica y hace hincapié en argumentos tales como la costumbre y los hábitos y no de orden lógico. Notemos, dicho sea de paso, que ambas nociones conllevan la doble idea de una regla articulada estrechamente con una práctica. Por lo tanto, la justificación de la regla es tautológica y se expresa mediante la trivial fórmula: “así es”. El actor, participante de un determinado juego social, es competente para usar reglas, aunque sea incapaz de proporcionar argumentos lógicos que justifiquen la existencia de las reglas que suele usar. Su conocimiento es empírico.

Sin embargo para seguir una regla no es necesario construir un conocimiento teórico sobre el universo de las reglas. Éstas funcionan sin mayor problema en los múltiples mundos sociales y culturales existentes y las explicaciones sociológicas sobre dicho funcionamiento son muy a nuestro pesar inútiles. Su seguimiento es propio de la práctica social. Lo único que podemos hacer los sociólogos y antropólogos es describir el proceso de su aplicación dentro de la experiencia colectiva, cuyo propósito es construir y reconstruir órdenes sociales de la práctica social. Es precisamente la tarea a que se ha dado la corriente etnometodológica impulsada por Harold Garfinkel (2006). Dicho lo cual y parafraseando al propio Wittgenstein sobre el seguimiento de la regla: “De lo que no se puede hablar hay que callar.” (Wittgenstein, 2010: 132).

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1La familia Wittgenstein tenía orígenes judíos, mismas que el padre de Ludwig, Karl, procuró borrar para adquirir más respetabilidad dentro de la alta sociedad vienesa. Esta expresión caracteriza, además, un momento especial de la vida de Ludwig cuando éste fue enviado a la provinciana ciudad de Linz para ingresar a un internado donde iba a cursar la secundaria. Ahí, Ludwig Wittgenstein tuvo un insólito compañero de salón que la historia mundial nunca olvidará: Adolfo Hitler.

2Wittgenstein decía que poco le importaba que otros relacionaran o derivaran su filosofía de otros autores. El consideraba su trabajo como una semilla arrojada al campo de la discusión filosófica. Tampoco le interesaba ser el fundador de algún movimiento filosófico, porque decía que la filosofía es la vida misma, no una actividad específica.

3Podemos citar entre las muchas y grandes aportaciones al tema, el libro de Ray Monk: Wittgenstein, el deber de un genio (1997).

4Wittgenstein consideraba que ambas eran indisociables y correspondían a dimensiones humanas no empíricas sino cuasi místicas (Wittgenstein, 1961: 103).

5A pesar de las críticas muy duras que le asestó Gilles Deleuze. Sobre esta polémica, escuchar Abécédaire de Gilles Deleuze http://www.youtube.com/watch?v=NgG00VZGP0E.

6Cuando uso aquí en este espacio el concepto de regla incluye las nociones de leyes, normas, directivas y toda forma semejante de autoridad impersonal y semiótica, esto es, todos los signos que fijan un marco para actuar en determinadas circunstancias y en un determinado espacio propicio para la actividad concerniente. Para el efecto de este artículo, la definición de cada uno de estos términos no es esencial y se considera a lo sumo como variaciones acerca del tema general y genérico de la reglamentación.

7Lo cual no significa que las reglas tengan que ser comprendidas por toda la colectividad. Hay reglas cuyo uso y conocimiento requiere una especialización como por ejemplo el derecho con el papel del juez.

8También esta confusión es alimentada por la semántica del tan confuso verbo “regular” (Cometti, 2011: 25).

9Dicho sea de paso es importante señalar que la estrategia del estafador consiste en acatar en parte la regla para luego fingir que la sigue respetando, ya que la infracción completa a la regla pondría de inmediato al descubierto al sujeto infractor. En dado caso, su error se le atribuye muchas veces a su inexperiencia e ingenuidad y no a malas intenciones. La razón de esta magnanimidad tiene que ver con que la regla sirve también de instrumento de comunicación y la característica de todo tipo de comunicación con el otro es atribuirle el beneficio de la duda, en aras de entablar una relación verbal o semiótica, pues pensamos siempre que mi interlocutor, sea quien sea, es tan noble como yo.

10En realidad, la distinción entre acción individual y acción colectiva cuando de reglas se trata sale sobrando, ya que, conforme al pensamiento de Wittgenstein, por más Robinson que sea yo en mi desértica isla tropical por el sencillo hecho de usar reglas, esto me relaciona con una comunidad que utiliza las mismas reglas que yo. Por tanto las reglas son para Wittgenstein y para todos los sociólogos profundamente sociales. Yace ahí su esencia normativa.

11Wittgenstein hubiese dicho tener “una forma de vida” con su respectivo lenguaje.

Recibido: 15 de Junio de 2012; Aprobado: 07 de Agosto de 2012

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