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Intersticios sociales

versión On-line ISSN 2007-4964

Intersticios sociales  no.3 Zapopan mar. 2012

 

Reseñas

Mañana o pasado. El misterio de los mexicanos, Jorge G. Castañeda

Patricia Arias* 

* Universidad de Guadalajara, México.

Castañeda, Jorge G.. Mañana o pasado. El misterio de los mexicanos. ., México: Aguilar, 2011.

Jorge Castañeda es reconocido por múltiples razones, pero en su faceta de intelectual cumple con uno de los principales atributos que don Luis González, quien mucho sabía de ese gremio, consideraba fundamentales: producir obras propias y originales cada dos o tres años; además de tener la habilidad de escribir con claridad de tal manera que sus lectores puedan seguir sus ideas, estar de acuerdo o no con ellas y, por lo menos, entenderlas. Castañeda escribe no sólo para la gente de la tribu intelectual, sino para todas las tribus, para aquellos que cuando compran libros es porque efectivamente los van a leer.

Lo anterior no quiere decir que se trate de una obra de argumentos simples, sino todo lo contrario. La sólida formación académica del autor en Estados Unidos y Francia le ha permitido conocer a autores clásicos y participar de discusiones complejas en el campo de la ciencia política. Tal es el caso de este último libro, escrito originalmente en inglés y para el público norteamericano, que después fue traducido y “tropicalizado” por él mismo, como señala el autor. Se trató de ofrecer a ese lector norteamericano, siempre tan fascinado como intrigado por su vecino del sur, “un intento totalizante y actualizado de comprensión del enigma del México moderno”, y que también les interesará, sin duda, a los lectores de este lado, también preocupados, necesitados en realidad, por explicarse el misterio de los mexicanos en estos momentos en que el tránsito a la modernidad se ha plagado de claroscuros.

En este volumen de 400 páginas, Jorge Castañeda procuró mostrar y demostrar algunas de las principales características del carácter tradicional de los mexicanos que se han convertido en limitaciones a la luz de las exigencias que impone la modernidad contemporánea. Esta obra aborda y se suma a uno de los asuntos que más han interesado, al que más esfuerzo le dedicaron varias de las mejores inteligencias del siglo XX: la indagación acerca del carácter nacional de los mexicanos o de algunos de sus rasgos más distintivos. Ningún país de América Latina puede presumir de una introspección similar acerca de su ethos nacional. Este interés tiene una larga cronología y una distinguida genealogía que se bifurca, por una parte, en los creadores: dramaturgos, ensayistas, novelistas y poetas; y, por otra, en los académicos: antropólogos, historiadores, psicoanalistas, sociólogos. El tema, como señala el autor, ha mantenido su vigencia en los textos recientes de Agustín Basave, Manuel Rodríguez Woo y en diversas encuestas.

El trabajo ofrece una recopilación de abundante y sólida información estadística que permitió al autor ponerle cifras y porcentajes a las intuiciones y teorías de los pensadores clásicos que iniciaron y pautaron la discusión acerca del ethos nacional. Los datos que se manejan alcanzan hasta 2010; es decir, se trata de información cuantitativa actual, la más reciente disponible. Aunque, como dice el autor, 2010 fue un año malo; la verdad es que en vista de cómo sigue el país, resulta una fecha representativa.

El argumento central de Castañeda es que la llegada de México a la modernidad -economía abierta, clase media mayoritaria, democracia representativa-, con todas las limitaciones que puedan tenerse, “choca con la permanencia de los principales rasgos del carácter nacional mexicano”. Esos rasgos que sirvieron para construir el país, argumenta, ahora obstruyen su camino hacia un futuro y una modernidad más sólidos. Se trata desde luego de una selección de rasgos, de acuerdo con los que él considera que más impactan y frenan los cambios que requiere el país.

Para desarrollar sus argumentos, el autor buscó una forma de presentación original y pedagógica. En los capítulos pares presenta los rasgos tradicionales y característicos del ethos mexicano. En los capítulos nones discute, con muchos ejemplos, cómo ese carácter resulta hoy inadecuado, cuando no francamente pernicioso, para un México que quiere y requiere ser efectiva y eficazmente moderno, próspero, democrático y equitativo. A lo largo de nueve capítulos, el autor recurre a encuestas, anécdotas, vivencias juveniles y a sus experiencias como funcionario público para construir un relato creíble y ameno, aunque los escenarios resultantes están muy lejos de serlo.

Jorge Castañeda eludió las discusiones acerca de la identidad y de la cultura política de los mexicanos, donde se ha dicho mucho pero se perciben escasos avances. Prefirió trabajar con la noción de rasgos de carácter, más rastreables de manera empírica, aunque por eso mismo puedan resultar también más incómodos. Así, atributos como el individualismo y el rechazo a cualquier tipo de acción colectiva -tema del capítulo 1-, se confrontan con el surgimiento de una clase media que requiere de empeños colectivos, tema que trata el segundo capítulo. Otros rasgos clásicos del mexicano como la renuencia a todo tipo de conflicto, el respeto reverencial por las formas y las apariencias, el esfuerzo por esconder las emociones, los intereses, las ambiciones y las aspiraciones personales, son los asuntos del capítulo 3. Hoy por hoy, esos rasgos resultan un lastre para una democracia representativa con todo lo rocambolesca que ésta sea, que es el asunto que trata el capítulo 4. El capítulo 5 explora otras de las características del alma mexicana, las más destacadas por autores emblemáticos: la tendencia a la introspección; la fascinación por la historia y el pasado; el rechazo a lo otro, al extranjero, frente a lo que el mexicano se siente, invariablemente, víctima. Rasgos que entran en conflicto con una economía abierta, con un país que busca ser un destino turístico de primer orden, que recibe remesas generosas de sus migrantes en Estados Unidos, es de lo que trata el capítulo 6.

El capítulo 7 incursiona en lo que desde el punto de vista del autor son los asuntos más arraigados y cruciales, siempre mencionados pero nunca enfrentados ni resueltos: el absoluto desprecio por la ley, la visión patrimonial de la función gubernamental y la corrupción que, como se muestra en el capítulo 8, chocan con lo que debe ser un Estado de Derecho con instituciones jurídicas, garantías individuales, derechos de propiedad y su debido proceso; características que forman parte de lo que requieren todas las democracias modernas. El libro concluye con un capítulo 9 donde el autor explora los cambios que experimentan o no los migrantes, los que se han ido y viven en Estados Unidos. De esa manera trata de visualizar si los contextos distintos afectan -a quiénes y en qué sentido- las características que han acompañado y modelado la vida en México durante tantos siglos.

Se debe decir que el autor tomó las debidas precauciones y procuró bajar el tono a los argumentos de los clásicos que han insistido en recurrir a la historia una y otra vez, y han privilegiado los sustratos esencialista y ontológico para explicar los comportamientos individuales y sociales de los mexicanos a lo largo de los tiempos. En un artículo de años atrás, el filósofo Porfirio Miranda mostraba que en la disputa entre académicos y creadores por entender el alma mexicana, habían ganado los creadores. Para Miranda, el análisis científico de Samuel Ramos, aunque es mencionado en todos los trabajos al respecto, a la hora de la verdad queda relegado a un modesto segundo plano frente a los creadores, en especial Octavio Paz, poeta que con su maravillosa prosa tejió un discurso literario mucho más atractivo y persistente que el diagnóstico despiadado de Samuel Ramos. Salir de ese discurso fuerte, denso, es sin duda difícil, y meterse con esos clásicos, en especial con los creadores, constituye una empresa de alto riesgo.

Castañeda lo intenta. Con todo, en el texto persisten guiños con las explicaciones que vienen desde el mundo prehispánico, la Malinche, el largo tiempo colonial como parte de la trama que dio origen a los males que arrastramos. Y hay razones para sostenerlo, pero también para matizarlo; por ejemplo, con respecto a la corrupción, los países de América Latina compartieron el mismo mundo colonial, atravesaron un siglo XIX plagado de altibajos donde las guerras en las que se enfrascaron estuvieron catapultadas por lo corruptos que eran sus gobernantes. Pero con todas las salvedades que se quieran, el grado y la permisividad social ante la corrupción son, hoy por hoy, menores en la mayoría de los países que en México. Cuando se dice esto siempre surge el reclamo, alguna anécdota, una estadística que muestre que comparativamente no se está tan mal. El problema es que sí se está y negarlo de manera sistemática ha hecho cada vez más daño. Los males son, como las medicinas, cuestión de dosis: en una proporción mantiene o alivia, en otra mata. México está en la segunda situación.

Eso simplemente para insistir en el argumento de que el siglo XX, con los muchos años de priísmo a cuestas ha tenido tanto o más que ver con la construcción del carácter nacional que la historia remota. El sistema priísta acuñó patrones, creencias que, ahora sí, se ve con nitidez, forman parte de la memoria colectiva, de las maneras de reaccionar y actuar por todos compartida y enraizada en el alma nacional. Con azoro y desilusión se descubrió que los modos que ha mostrado el PAN no difieren en nada de los viejos esquemas y prácticas priístas que llevaron a la ciudadanía a sacarlos de Los Pinos. Jorge Castañeda ofrece una cantidad notable de dichos nacionales que justifican la corrupción. Ahí sí que parece que nadie le gana a la nación, y el hecho mismo de que existan tantos aparece como uno de los mecanismos que sirven para enseñar, perpetuar, legitimar comportamientos y prácticas corruptas.

En este trabajo el autor buscó discutir las conductas individuales que forman parte del carácter nacional. Pero habría que insistir en que estos rasgos son continua y cotidianamente reforzados por las estructuras de poder que fortalecen o inhiben, premian o castigan, las conductas individuales. Castañeda expresó en su obra -y con razón- que los mexicanos son individualistas, que manifiestan un profundo desprecio por la acción colectiva, que difícilmente se organizan, y sucede que cuando lo hacen -o intentan hacerlo- les va como en feria. Aquellos que intentan sacar adelante alguna iniciativa ciudadana, en el área que sea -laboral, académica, sindical- son acusados en todos los casos de defender intereses ocultos, de representar fuerzas que permanecen en la sombra o, en el mejor de los casos, de estar siendo manipulados por esas fuerzas. Y, cuando no resulta suficiente, existen las represalias que operan como ondas expansivas para aniquilar a los disidentes y los osados que los acompañan. Cada día amanecen con un nuevo ejemplo que convierte en ley absoluta el aforismo juarista: “a los amigos, justicia y gracia, a los enemigos, la ley”.

Así sucede todos los días, en todos los ámbitos. No hay acusación mayor en México que decir que algo “está politizándose”. Nunca se aclara por qué eso sirve para desactivar cualquier movimiento, cualquier lucha, pero sirve. En México, sería impensable. Tiene razón Jorge Castañeda: los mexicanos son individualistas, pero no piensan ni actúan como individuos, sino como parte de corporaciones de cualquier índole. Esa manera de actuar y pensar es la que se acepta y legitima, la que el poder permite; la otra no, por más individualista que se sea. La manera en que el poder enfrenta a los individuos contribuye a perpetuar las actitudes individualistas. Lo que ha sucedido en los últimos meses, cuando este libro estaba ya concluido, da cuenta de que se sigue en la misma o peor dirección. El deterioro creciente y acelerado de la relación del gobierno con los ciudadanos los ha encerrado más aún en el individualismo escéptico de costumbre, en el refugio de siempre.

Por eso resulta pertinente el capítulo 9 de este libro donde el autor incursiona en un tema tradicional de la sociología que empezó a perfilarse y estudiarse en el Chicago de los años veinte, cuando esa ciudad se convirtió en uno de los puntos de atracción de migrantes y en una de las urbes más conflictivas del mundo: el impacto de las sociedades receptoras en la vida de los migrantes o, si se quiere, las formas, mecanismos y velocidades de la integración. Hay que recordar que éste ha sido un proceso muy lento porque los mexicanos, bien lo detectaron los primeros estudios, eran los migrantes más renuentes a permanecer, o a considerar incluso quedarse en Estados Unidos. Esto, como es sabido, ha cambiado a partir de 1990. Así las cosas. ¿Qué le sucede a la idiosincrasia, los rasgos, las prácticas tradicionales de los mexicanos en Estados Unidos, país de individuos por excelencia, donde se ubica ya una décima parte de la población nacional?

Uno de los elementos escogidos por Jorge Castañeda para detectar si ha habido cambios en las actitudes de los mexicanos en “el otro lado” fue el del cumplimiento de las leyes. Castañeda suscribe la reconocida tesis de Rubén Rumbault de que en Estados Unidos, un país donde las leyes se cumplen, los migrantes mexicanos, efectivamente, no las infringen ni violan. Las razones son diversas, pero las cumplen. A principios del siglo XXI la proporción de migrantes mexicanos en prisión representaba apenas 0.6% de la población encarcelada en Estados Unidos. Aunque no les guste, cumplen las leyes y normas porque saben que hay sanciones y no hay escapatoria. Quizá por eso, un argumento reiterado del disgusto y la incomodidad de los migrantes en Estados Unidos es, aunque resulte paradójico, que allá no hay libertad.

Esto no es nada nuevo. En 1930, cuando el investigador Paul Taylor se dirigía a Arandas, en los Altos de Jalisco, visitó el pueblo artesano de Tateposco, en el municipio de Tonalá, donde vivía un migrante al que había conocido cuando éste trabajaba en una fundición en Bethelheim, Pennsylvania. Cuando Taylor le preguntó dónde se sentía mejor, Paulino no dudó en decirle que en Tateposco y le aclaró de inmediato que era porque en Estados Unidos no había libertad. Cuando Taylor le hizo la misma pregunta a la esposa de Paulino la respuesta fue totalmente diferente. Ella se había sentido mucho más libre en Estados Unidos de lo que se sentía en Tateposco. Cuestión de género se diría hoy, y al parecer así es. Se trata de una percepción femenina que se repite y que establece una diferencia importante entre la migración femenina y la masculina. Todos los estudios, de antes y de hoy, han encontrado que las mujeres son más renuentes a regresar a México y, en general, a sus países de origen, que los hombres; que ellas aprenden antes y mejor que sus padres, novios, maridos, hermanos, cuñados, etc., a apreciar y utilizar los mecanismos de ayuda e inserción que ofrece la sociedad norteamericana. Ellas, a pesar de la fragilidad que supone su situación de ilegalidad, se sienten más protegidas como personas, como individuos, que en México.

Esto tiene que ver, sin duda, con que las mujeres, en especial las del campo y más aún las indígenas, carecen de derechos en sus comunidades y familias de México. En esas condiciones, ellas buscan irse y permanecer en “el otro lado”, donde, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, aprenden a moverse, aceptan y se adaptan al diseño institucional de esa sociedad extraña pero que puede no ser tan huraña, porque Estados Unidos cuenta con una larga historia y dispone de mecanismos tan añosos como vigorosos para integrar a los migrantes.

En ese sentido Castañeda ha dado en el clavo. La experiencia de las mexicanas, como el sector más sensible al cambio en Estados Unidos, puede dar cuenta de las maneras, instrumentos, razonamientos, cambios de actitud, prácticas inéditas, rediseño de relaciones sociales que se desencadenan cuando el contexto y la arquitectura institucional son distintos. Como señala el autor al final del libro, por ahí hay esperanza y se abre una agenda para el futuro.

Por lo pronto, tal como va el país, no parece un dilema cercano; el autor deja una duda, lo que puede ser el nuevo misterio de los mexicanos: tal vez México desprendido de sus atavismos será un país mejor, pero ¿se sentirán mejor los mexicanos, en especial, los hombres que gracias a esos rasgos tradicionales han logrado sobrevivir a tantos siglos y tantas penurias? Quizá un próximo libro de Jorge Castañeda, ojalá en un momento mejor, abone al conocimiento de ese pasado mañana distinto que tanto se nos ha escamoteado.

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