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En-claves del pensamiento

versión impresa ISSN 1870-879X

En-clav. pen vol.4 no.8 México jul./dic. 2010

 

Artículos

 

Consideraciones en torno a la construcción maléfica de la alteridad

 

Martín E. Díaz*

 

* Profesor de la Universidad Nacional del Comahue, Neuquén–Argentina, mdiazfilo@hotmail.com

 

Fecha de recepción: 20/11/2008
Fecha de aceptación: 27/07/2010

 

Estamos entonces en guerra los unos contra los
otros: un frente de batalla atraviesa toda
la sociedad, continua y permanentemente,
poniendo a cada uno de nosotros en un campo
o en otro; no existe un sujeto neutral. somos
necesariamente el adversario de alguien.

Michel Foucault

 

Resumen

El artículo que nos convoca procura abordar, desde una dimensión genealógica, los procesos de subjetivación y segregación social, desplegados a partir del paradigma biopolítico moderno, hasta las nuevas formas de construcción de la subjetividad sobre la base de la cartografía global posfordista. En esta dirección, se pretende indagar los procesos de negación de la alteridad y de construcción deficitaria de la misma, a partir de lo cual, se procura interpelar aquellas prácticas y discursividades tendientes a la exclusión y expulsión de la comunidad política de determinadas subjetividades.

Por último, es propósito del siguiente trabajo señalar las construcciones históricas sobre la base de dichas prácticas condenatorias de la alteridad; mediante lo cual se procura contribuir, desde un que hacer filosófico interpelativo del presente, a repensar nuevos modos de socialización y politicidad humanos.

Palabras clave: subjetividad, biopolítica, alteridad, construcción deficitaria, universo político.

 

Abstract

The article we refer to approaches the processes of subjectivization and social segregation from a genealogic point of view based on the modern biopolitic paradigm and the ways of constructing subjectivity from the postfordist global cartography. Thus, we intend to examine the processes of negation and deficitary construction of alterity from which we will scrutinize those practices and discursivities that tend to exclude or expel certain subjectivities from the political community.

Lastly, we aim to point at the historical construction of such alterity condemning practices in an effort to contribute from a philosophical questioning of the present to rethink methods of socialization and human policity.

Key words: subjectivity, biopolitics, alterity, deficitary construction, political universe.

 

Introducción

El siguiente artículo propone una aproximación crítica acerca de los procesos de negación de la alteridad que operan desde el desarrollo del Estado moderno capitalista, a partir de lo cual, se procura mostrar las prácticas de subjetivación y segregación social a los que son sometidos determinados sujetos a lo largo del itinerario histórico en que se desarrolla esta lógica de control, colonización y mercantilización de la realidad humana.

En primer lugar, mediante la recepción del pensamiento de Karl Marx, se parte desde la disociación o separación del sujeto de su trabajo dentro del modo de producción capitalista, con lo cual se pretende significar no sólo la separación del trabajador del producto de su trabajo —la irrupción de una lógica instrumentalizadora y mercantilizadora de la realidad social en detrimento de la capacidad creativa humana— sino además la génesis de un proceso de reconfiguración antropológica desde la cual se opera una inversión que va desde la humanización a la animalización, quedando subvertido el status humano a una cosa–mercancía.

En segundo lugar, desde una lectura deudora del pensamiento de Michel Foucault, se procura mostrar de qué manera, a partir del despliegue de los Estados modernos disciplinarios, se desarrollan estrategias de individualización o anatomización de los cuerpos vivientes dirigidas a la inspección y vigilancia de los mismos y a la delimitación de los cuerpos de acuerdo a la productividad o improductividad de éstos.

A efectos de proseguir con el itinerario propuesto, se pretende evidenciar los procedimientos mediante los cuales la población comienza a ser concebida como un organismo biológico unitario susceptible de regulación y control en pos de convertir a la misma en una 'máquina de producir'. Se trata en este sentido de visualizar el desarrollo a mediados del siglo XVIII de un nuevo arte de gobierno o gubernamentalidad cuyo propósito consiste en gerenciar la vida de la población; esto es, un nuevo arte de gobierno capaz de administrar y gestionar tanto la vida como la muerte.1

De esta manera, a partir de una mirada interpelativa en torno a la deshumanización ejercida mediante la emergencia de este biopoder, se señala la centralidad del mismo en la vida misma, la irrupción y establecimiento de una biopolítica cuyo poder totalizador optimiza la existencia de determinados sujetos a la vez que posibilita estigmatizar, negar o hacer desaparecer la existencia de aquellas subjetividades avizoradas como no funcionales o improductivas desde dicha lógica de poder.2

Por último, frente a la aparición de una novedosa cartografía global centrada en la absolutización de los procesos de mercado —producto de la conjunción dada entre la racionalidad de mercado y la racionalidad tecnológica— se pretende evidenciar las mutaciones de tales estrategias biopolíticas a partir de la desaparición progresiva de los Estados modernos disciplinarios. De tal modo, interesa visualizar las nuevas prácticas condenatorias de la alteridad desarrolladas al interior del capitalismo posfordista y la emergencia de aquellas estrategias discursivas que configuran a ciertos sectores de la población mundial bajo el estigma de lo maléfico.

 

Modernidad, capitalismo y apropiación de los cuerpos

Ya desde la aparición histórica del modo de producción industrial capitalista, el carácter nihilista de dicho sistema se vio cristalizado con la separación del hombre del producto de su trabajo, la cosa producida paso así a formar parte del universo de mercancías existentes reguladas por un modo de producción el cual tiende a cuantificar y mercantilizar todos los órdenes de la realidad.

Dicha separación progresiva de los sujetos de su hacer o del producto de su trabajo, ha despojado de modo continuo a las subjetividades inmersas dentro de esta lógica de producción de su valor intrínseco y las ha reducido, al igual que al resto de las cosas existentes, a mercancía.

Karl Marx, en Manuscritos económicos y filosóficos,3 analizaba, ya en los albores del capitalismo industrial, la perversidad con la que operaba dicho sistema de producción a partir de las condiciones indignas a las que se sometía a los obreros en las factorías industriales; percibía cómo el proletariado era despojado de su humanidad producto de la enajenación y mercantilización a la que era sometido, con lo cual se aplicaba una minusvaloración tanto en una dimensión ontológica como antropológica sobre estos sujetos.4 Y esto es menester de señalar aquí, dado que a partir de esta lectura de Marx, se vuelven inteligibles los procesos de cosificación y alienación puestos en práctica desde el origen del capitalismo moderno, pero aún más, lo relevante aquí es cómo se tornan inteligibles a partir de este momento histórico los procesos por los cuales la existencia humana resulta instrumentalizada.

Dicha asociación entre modernidad y capitalismo emerge en este sentido como el producto histórico de la mentalidad conquistadora moderna tanto de la realidad, mediante la visión técnica y desustancializada del mundo, como del resto de las especies vivientes, a partir de posicionar al macho adulto, blanco y europeo como amo y señor de todo lo existente. Conjuntamente a esta mentalidad de dominio, el modo de producción capitalista mediante la explotación ilimitada de la naturaleza y la constitución de un individuo centrado en una dimensión estrictamente crematística, ha ocasionado la degradación de los ecosistemas naturales al transformarlos en materia prima. A su vez, que ha fragmentado los vínculos humanos al oponer entre sí a la multiplicidad de subjetividades existentes en la contienda por la supervivencia que impulsa el capital.

En tal dirección, la crítica que efectúa Marx a la economía política burguesa de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, fundamentalmente de Adam Smith —quien dentro de la lectura de Marx legitima la naturalización de la propiedad privada— permite al filósofo alemán partir de un hecho económico concreto, a saber: que mientras que la acumulación del capital (Finanzkapital) se concentra en pocas manos —producto del excedente de trabajo— el proletario inmerso en este sistema de producción se encuentra en una situación de pauperización, desvalorizándose en favor del valor de la cosa que produce.5

Esta conexión permite establecer, por consiguiente, la vinculación entre enajenación–pobreza y el sistema dinerativo capitalista, pero aún más, posibilita identificar, a la par de este proceso de pauperización, la construcción por parte de este sistema de sub–humanos, los cuales reducidos a la animalidad más instintiva reciben un mínimo de salario para no morir por inanición y resultar así mano de obra explotable. De esta manera lo describe Marx en Manuscritos económicos:

Cuanto más produce el trabajador, tanto menos ha de consumir; cuanto más valores crea, tanto más sin valor; tanto más indigno es él; cuanto más elaborado su producto, tanto más deforme el trabajador; cuanto más civilizado su objeto, tanto más bárbaro el trabajador; cuanto más rico espiritualmente se hace el trabajo, tanto más desespiritualizado y ligado a la naturaleza queda el trabajador.6

Así, dicho carácter fetichizador y quimérico de la lógica de producción de mercancías genera por una parte modos existenciales deshumanizados y, por el otro, establece una visión apreciativa de la realidad condicionada por el carácter mercantilizado y cósico del mundo. Tal como lo señala Marx en crítica a la economía política:

El carácter misterioso de la forma mercancía estriba, por tanto, pura y simplemente, en que proyecta ante los hombres el carácter social del trabajo de éstos como si fuese un carácter material de los propios productos de su trabajo, un don natural social de estos objetos y como si, por tanto, la relación social que media entre los productores y el trabajo colectivo de la sociedad fuese una relación social establecida entre los mismos objetos, al margen de los productores.7

De tal modo, acudimos desde la génesis misma de los estados modernos —en este caso en relación a los estados modernos capitalistas— al desarrollo de ciertas prácticas tendientes a la construcción y selección de aquellos sujetos aptos para la vida social y, además, a la generación de una voluntad de dominio —subyacente a la racionalidad moderna— la cual constituye una manera de aprehender la realidad mediante una mentalidad de control y conquista de la existencia en su conjunto.

Este modo productivo que emerge con la modernidad europea y, que desde entonces adquiere vigencia universal, no sólo requiere de un proceso de acumulación constante e ilimitado, sino además del desarrollo de subjetividades compatibles con el orden erigido, la generación —siguiendo aquí el planteo efectuado por Michel Foucault— de 'cuerpos dóciles' diseñados para el mundo del trabajo; esto es, el diseño de subjetividades modeladas a partir del disciplinamiento de sus acciones y comportamientos en pos de la eficacia y productividad de estos cuerpos .8

En esta dirección, a diferencia del materialismo histórico —cuyo motor de la historia es la lucha de clases en términos de opresión–emancipación— para Foucault dicha supeditación del poder a la economía (funcionalidad económica del mismo) , resulta una lectura acotada de los mecanismos de poder puestos en práctica a partir del siglo XVII. Las relaciones de poder desplegadas a partir de la modernidad no pueden circunscribirse en este sentido para el filósofo francés a un antagonismo de clases, sino que resulta menester avizorar la presencia de una guerra racial confinada dentro del corpus de la población desde la cual se establecen criterios de demarcación de los sujetos tendientes a delimitar la deseabilidad/indeseabilidad, seguridad/peligrosidad de los mismos para la vida social.

Así, pues, esta sociedad que se apropia de los cuerpos para normalizarlos, disciplinarlos, modificarlos y reubicarlos dentro de un espacio delimitado,9 inaugura un nuevo paradigma de poder basado en una multiplicidad de relaciones de poder, el cual actúa de manera infinitesimal y microscópica, basado para Foucault, en una 'economía política del detalle':10 "La disciplina 'fabrica' individuos; es la técnica específica de un poder que se da a los individuos a la vez como objetos y como instrumentos de su propio ejercicio"; "es un poder modesto, suspicaz, que funciona según el modelo de una economía calculada pero permanente".11

El cuerpo humano, concebido como el campo de batalla donde opera esta red de relaciones de poder, pasa de esta forma a ser articulado, diseñado y encauzado para su utilización como fuerza de trabajo. Pero este acontecimiento histórico constituye además, la emergencia a mediados del siglo XVIII de una tecnología de poder que ya no se encarga de la anatomización del sujeto, sino del desarrollo de un cúmulo de acciones desplegadas sobre el conjunto de la población, cuya finalidad radica en una optimización y regulación de la vida colectiva en pos del crecimiento, organización y salubridad de la misma. Se trata en ese sentido de la entrada de la vida —en tanto sustrato biológico— al campo de lo político; del desarrollo de un gerenciamiento de lo vivo o biopolítica, la cual acude a dar respuesta a los requerimientos por parte de la modernidad capitalista europea en la construcción de una 'población sana' diseñada para el mundo del trabajo.12 En palabras del filósofo francés:

Decir que el poder se apoderó de la vida o por lo menos, que durante el siglo XIX tomó a su cargo la vida, equivale a decir que llegó a ocupar toda la superficie que se extiende de lo orgánico a lo biológico, del cuerpo a la población, a través del doble juego de las tecnologías de la disciplina y de las tecnologías de regulación.13

Dicha distinción entre una anatomopolítica y biopolítica es lo que nos permite, por lo tanto, comprender cómo la población, en cuanto unidad biológica, comienza a ser susceptible de regulaciones y controles tendientes a distinguir los elementos funcionales y disfuncionales a la misma; esto es, los sujetos útiles o aptos para la vida social y las subjetividades consideradas inútiles o degeneradas de la misma. De esta manera, mediante la emergencia de estas políticas de entronización del poder sobre la vida, se desarrolla una voluntad de control, regulación y dominio de la misma por parte de este biopoder, a través de una lógica binaria de la realidad social que funciona mediante un conjunto de dispositivos clasificatorios, a saber: inclusión/exclusión, aptitud/ineptitud, generación/ degeneración, funcionalidad/afuncionalidad, normalidad/anormalidad.14

En tal dirección, lo 'otro' a este orden en cuestión, es avizorado desde dicha lógica de dominación, como el avance de sujetos bestiales cuya intrínseca peligrosidad hay que detectar a tiempo si se pretende guarecer a las subjetividades nobles, puras, ajustadas a la moralidad y las buenas costumbres, de los embates e influencias de estos seres abyectos y cuasi humanos.15 Pero no todo es negación aquí, no todo es negatividad dentro de esta concepción de la alteridad por parte del modelo civilizador, puesto que, tales seres indignos, monstruosos y hasta atávicos, poseen una arista o resquicio de positividad y, éste es, el de ofrecerse como fuerza de producción, como instrumento de trabajo, al servicio de la suntuosidad y holganza de los sectores privilegiados de la sociedad.

Así, la existencia supernumeraria de esta multiplicidad de subjetividades, desde aquí regulada y administrada por estas políticas de la vida, plantea una novedosa rearticulación en torno a la relación entre poder soberano y comunidad política.16 La capacidad de 'dejar vivir o hacer morir' a determinadas subjetividades de acuerdo a un criterio de selección biológico–hereditario, sitúa en manos de este emergente biopoder, la partición entre aquello que debe vivir y lo que debe morir, o bien, entre aquello que es apto para la vida y lo que no lo es.17

De esta manera, la negación de la alteridad, la eliminación u oclusión tanto fáctica como simbólica de la misma, es lo que permite que los sujetos deseables logren vivir haciendo morir: "La muerte del otro, la muerte de la mala raza, de la raza inferior (o del degenerado o del anormal) es lo que hará la vida más sana y más pura".18

La desaparición de estas subjetividades indeseables de la comunidad política —como consecuencia de una sociedad cuya teleología apunta a la optimización de la vida mediante la maximización de las fuerzas productivas— reactualiza de esta forma la capacidad homicida del poder soberano sometiendo, negando o eliminando a todo aquello que representa un peligro para la raza dominante; expresado aquí en aquellos sujetos, que dada su intrínseca bestialidad, constituyen de facto un obstáculo para el progreso de la sociedad.

De tal modo, es posible avizorar cómo en el seno de este discurso que sostiene la existencia de 'anormales sociales' dentro del cuerpo de la población, opera un prejuicio racial basado en un determinismo biológico, desde cuyo universalismo, se pretende leer y jerarquizar los distintos grados de maduración y evolución adquiridos por la humanidad a lo largo de su desarrollo evolutivo. En este sentido, la 'inferioridad' de algunos seres encuentra su explicación en su deforme morfología, en la desviación o estancamiento en el proceso de maduración de la especie.

Resulta interesante señalar en esta dirección la mención efectuada por Stephen Jay Gould en la falsa medida del hombre —desde una línea argumentativa distinta a la propuesta por Foucault— acerca de los prejuicios raciales subyacentes en la gestación de la denominada antropología criminal fundada por el célebre médico italiano Cesare Lombroso. En efecto para Lombroso la 'anormalidad social' —el acto de transgredir o violar las normas sociales— constituye el resultado de la corrupción biológica del llamado Uomo delinquente (Hombre criminal) . Así, los criminales —los anormales— aparecen como el resultado de la herencia de genes inferiores, hecho por el cual, en el proceso de evolución se asemejan más a los primates superiores que a los niños humanos: "Estas personas se ven impulsadas por su constitución innata a comportarse como lo harían un mono o un salvaje, pero en nuestra sociedad civilizada su conducta se considera criminal".19

En virtud de lo expuesto, la emergencia de este discurso eugenésico presente en la racionalidad política moderna, proyecta la eliminación parcial o total de aquellos seres devenidos y percibidos como monstruos vivientes; esto es, alimenta la capitulación formal o fáctica de los 'criminales', 'pobres', 'locos', 'pervertidos'; en definitiva 'los anormales':

El racismo, en efecto, permitirá establecer una relación entre mi vida y la muerte del otro que no es de tipo guerrero, sino de tipo biológico. Esto permite decir: "Cuanto las especies inferiores más tiendan a desaparecer, cuantos más individuos anormales sean eliminados, menos degenerados habrá en la especie, y yo —como individuo—, como especie, viviré, seré fuerte y vigoroso y podré proliferar".20

 

La totalización del biopoder

Ahora bien, ante el desarrollo de una novedosa cartografía global la cual se caracteriza por la desaparición progresiva de los estados modernos disciplinarios y la irrupción de un mercado total como órgano totalizador de los órdenes humanos,21 resulta menester indagar acerca de los procesos de subjetivación acaecidos dentro del nuevo orden mundial, así como poner de manifiesto las discursividades operantes en la construcción de los actuales modos de negación de la alteridad.

En este sentido, Hardt y Negri señalan cómo en la actual sociedad posfordista las instituciones de normalización que constituían la sociedad disciplinaria moderna —la fábrica, la escuela, el hospital psiquiátrico, la prisión— tienden a ser cada vez menos efectivas. La lógica de subjetivación que componían las mismas ha dado paso a una generalización de las redes de poder en la construcción de la subjetividad, esparciéndose éstas de manera desterritorizada e inundando todo el campo social. En efecto, esta modificación en las nuevas formas de construcción de la subjetividad es lo que instaura el paso para los autores mencionados de una 'sociedad de la vigilancia' a una 'sociedad de control'.

De tal modo, la obra de Foucault permite a Hardt y Negri establecer la mutación de una sociedad a la otra. De una sociedad de la vigilancia fundada en los albores de la modernidad a un nuevo modo de organización social a partir de la lógica del mercado neoliberal, el cual representa una mayor flexibilización de los mecanismos de control de las poblaciones a partir de lógicas disciplinarias que actúan simultáneamente. Señalan al respecto los autores en cuestión: "Una subjetividad híbrida producida en la sociedad de control puede no adoptar la identidad de un interno de la prisión o un paciente mental o un obrero fabril, pero estar igualmente constituida en forma simultánea por todas sus lógicas".22

Dicho carácter descentralizado e hibridizado con el que aparecen las nuevas formas de control y segmentación de la población mundial, generan así subjetividades hibridas las cuales atravesadas por lógicas de poder simultáneas, resultan super–disciplinadas en la producción de mercancías y en la asimilación del dinero como valor absoluto e irrebasable. Tal como lo expresan Hardt y Negri: "En la época biopolítica, la vida está hecha de trabajar para la producción y la producción está hecha de trabajar para la vida".23

La expansión del mercado global, conjuntamente con la deificación del aparato tecnológico —en cuanto mecanismos de coacción y control de la mentalidad colectiva de la población— producen de esta forma subjetividades fragmentadas y disociadas, las cuales en la lucha por la supervivencia naturalizan la propensión tanatica a la base del universo político instituido. En tal sentido: "El imperio se define en última instancia como el 'no lugar' de la vida, o la capacidad absoluta de destrucción. El imperio es la forma final del biopoder en tanto es la inversión absoluta del poder de la vida".24

Estas subjetividades escindidas y contradictorias aparecen por lo tanto como producto de la emergencia de una racionalidad manipulativa la cual ha pontificado la eficiencia y la eficacia como valores supremos. Por ello, dicha entronización y universalización de esta intelligentsia crematística hace de las relaciones humanas una contienda por saber cuáles son los sujetos aptos para sobrevivir.

Así, en nuestro presente, sólo lo eficiente tiene valor, sólo la eficacia otorga la posibilidad de no ser expulsado y de esta forma no caer fuera de un sistema que proscribe por la falta de adecuación al mismo o por ineficiencia. El culto al individualismo como clave del triunfalismo personal no hace más que demostrar, según la lógica meritocrática con que se rige la absolutización de los procesos del mercado, la falta de laboriosidad, empeño y capacidad de aquellos sujetos replegados a condiciones materiales indignas y antropológicamente deformantes. La pobreza concebida como el resultado de la inoperancia e incapacidad individual, conduce a estas vidas residuales a la muerte por inanición o por la irrealización de sus sueños o proyectos personales. Señala Zigmunt Bauman en esta dirección: "los pobres e indolentes de alguna manera han elegido su triste suerte; que las alternativas existen y están a su alcance, pero no las adoptan por falta de laboriosidad o decisión. El mensaje subyacente es que los pobres son responsables de su suerte".25

De tal modo, nuestro tiempo histórico representa la flagrante paradoja de la existencia de altísimos niveles de acumulación de riqueza y de desarrollo tecnológico, a la par de la generación de condiciones inhumanas de existencia a la que es confinada esta multiplicidad de subjetividades. Pero aún más, la estigmatización de estas vidas sindicadas como residuales pone de manifiesto los mecanismos de exclusión y de desaparición de la vida comunitaria en las mismas. En otras palabras, la construcción de un sujeto en una paria social revela la creación de un estigma desde el cual parece no haber posibilidad de regreso alguno.26

Por ello, el establecimiento de esta contienda humana por sobrevivir rompe así la inmediatez del vínculo con el otro, erosionando tanto la solidaridad, como la reciprocidad dentro de los lazos comunitarios, imponiendo procesos de negación de la alteridad, como así también, la ferocidad e indiferencia hacia estos seres negados.

En este sentido, la negación de la alteridad dentro del nuevo orden mundial puede entenderse como un conjunto de acciones discriminantes y excluyentes, por parte de la lógica de globalización neoliberal, como respuesta a lo diferente o divergente a este mundo único sustentado por un pensamiento unívoco y forjador de subjetividades compatibles al universo político en cuestión. En esta dirección, lo 'otro negado' no sólo abarca dentro de dicha cartografía global a los pobres y marginados a causa de la explotación o marginación del mundo del trabajo, sino que dicha construcción deficitaria de la alteridad, se extiende a todas aquellas subjetividades percibidas como maléficas o indeseables por el occidentalismo reinante. De este modo, la violencia emerge como un modo de realización humano, un paradigma que podríamos situar dentro de una especie de bioguerra constante e ilimitada. En concomitancia con esta tesitura Loïc Wacquant afirma: "violencia que en este caso resurge súbita, masiva, metódica y con un objetivo preciso, aquéllos a quienes podemos describir como los inútiles o insumisos del nuevo orden económico y etnorracial".27

Los 'desocupados', 'ilegales', 'inmigrantes', 'excluidos' e 'insurrectos', emergen de esta manera desde el statu quo instituido en culpables y punibles producto de su deficitaria morfología. De esta forma, estos seres percibidos como monstruosos, tanatológicos y sub–humanos en relación a los estereotipos de belleza, éxito y goce de la vida proclamados como universalmente válidos, se convierten en los 'enemigos sociales' susceptibles de castigo en aras de proteger la 'normalidad social', con lo cual acontece lo que Wacquant define como una criminalización de la miseria.28

Dicha criminalización constituye la efectuación de prácticas sociales tendientes a la persecución, condena y encierro de aquellos miembros de la población marginados o pauperizados a causa de la precarización laboral o expulsión del mundo del trabajo. En este sentido, la criminalización de la pobreza responde para el sociólogo francés al diseño de medidas represivas tendientes a la penalización de la protesta social. Dicho de otro modo, la oposición a la pauperización y marginalidad impuesta por la globalización posfordista, es asumida por la política represiva del sistema reinante como un indicio de desobediencia civil susceptible de punición. En palabras de Wacquant, asistimos al establecimiento: "de una política de criminalización de la miseria que es el complemento indispensable de la imposición del trabajo asalariado precario".29

Pauperizar, abandonar a su suerte y luego criminalizar a quienes se rebelen de su infausto destino, emergen como características distintivas del orden biopolítico actual y de la construcción de subjetividades que devienen del mismo. Estas políticas de confinamiento, seguimiento, clasificación y exclusión generan así una guetización de la sociedad basada en una lógica de temor y rechazo hacia lo distinto, hacia la otredad. En síntesis, asistimos tal cual lo hemos señalado, al desarrollo de una bioguerra la cual en nombre del futuro armónico de la civilización despliega toda una serie de acciones, la cual impone todo un conjunto de prácticas condenatorias sobre aquellas alteridades consideradas indeseables e improductivas en relación a las nuevas formas de producción global: "guerra contra los integrantes de la población percibidos como los menos útiles y potencialmente lo más peligrosos, desocupados, sin techo, indocumentados, mendigos, vagabundos y otros marginales".30

En virtud de lo expuesto, frente al carácter tanatopolítico desplegado por dicha maquinaria biopolitica, se vuelve desiderativo desnaturalizar los procesos de deshumanización y estigma social que operan sobre los hombres infames del presente31 y, propender además, a la indagación y generación de las condiciones de posibilidad de otro modo experiencial de la subjetividad en relación a sí misma, la alteridad y al mundo.

 

A modo de cierre

Ante la presencia de una multiplicidad de subjetividades atravesadas por condiciones existenciales y materiales deshumanizantes, se vuelve menester desnaturalizar las condenas sociales que pesan históricamente sobre los desposeídos y discriminados; esto es, romper con aquellas discursividades tendientes a construir al otro como portador de fallas sociales.32

La gestación de estos procesos de construcción maléfica de la alteridad —acompañados de los estigmas sociales que devienen de los mismos— constituyen desde la perspectiva aquí asumida construcciones históricas surgidas desde el interior de un modo de realización humano, el cual ha generado de manera progresiva la asimilación y desprecio de lo heterogéneo o diferente al paradigma de la mismidad auspiciado por el occidentalismo reinante. En palabras de Edgar Morin: [...Jvisión occidentalo–céntrica que considera retrasados a los seres humanos de las sociedades no occidentales y casi infantiles a los de las sociedades arcaicas; [...Jcentralismo occidental que niega el estatuto de hombre plenamente adulto y razonable al 'primitivo' y al 'retrasado'.33

Dicha desmitificación de la realidad en curso y del tipo de subjetividades generadas en el seno de la misma, procura tornar inteligible el proceso socio–histórico de dominación y conquista puesto en marcha desde los albores de la racionalidad moderna en combinación con el espíritu crematítisco capitalista. Pero aún más, a diferencia de la pretensión de unidimensionalidad y perpetuidad con que se erige esta lógica del mundo, la desnaturalización de ésta permite aprehender a la realidad establecida como un proceso histórico inacabado, indeterminado y susceptible de transformación.

Romper el cerco ideológico de la visión destructiva de la realidad que impulsa el logos de la mercantilización capitalista en conjunción con el logos instrumental moderno, constituye de esta manera una opción ético–política en aras de la superación y transformación de dicha realidad unidireccional mediante la interpelación y rechazo de los mecanismos de exclusión, confinamiento y expulsión puestos en práctica en la misma. En este sentido, lo 'otro' a este mundo unidimensional irrumpe como una apuesta a favor de la emancipación del género humano y la ruptura de la ficticia visión determinista de la historia que proclama el triunfo del pensamiento único y la capitulación de otros universos políticos al instituido.

Así, pues, indagar acerca de los procesos a partir de los cuales se han desarrollado los mecanismos por los que ciertas subjetividades resultan negadas, estigmatizadas o eliminadas, constituye una ruptura paradigmática en relación a aquellas prácticas de naturalización de las desigualdades sociales basadas en las deficiencias intrínsecas del sujeto.

De este modo, la apelación en nuestro presente a un discurso sustentado en la superioridad innata de determinadas subjetividades a la hora de adaptarse a las exigencias competitivas de la lógica del mercado, pretende legitimar, dentro de la mentalidad colectiva de la población, el darwinismo social subyacente a dicha discursividad. En este sentido, mediante la legitimación de dicha lógica meritocrática, quedan ocultas aquellas prácticas y procesos actuantes en nuestra cultura tendientes a resguardar una sociedad diseñada para el beneficio e impúdica obscenidad de unos pocos.

Rechazar, por lo tanto, la generación de estigmas sociales destinados a encubrir las causas de la discriminación, marginación y castigo de determinadas subjetividades y sectores de la población, conduce en efecto, a una redefinición de los modos de socialización a diferencia de los desplegados por las tecnologías del biopoder. Se trata, en esta dirección, de diseñar formas de resistencia capaces de generar modos humanos emancipatorios tendientes a incidir en la configuración de otros universos políticos al instituido.

En tal sentido, la vigencia de dichas prácticas condenatorias de determinadas alteridades, no hace más que negar a la humanidad en su conjunto, pues ésta no puede garantizar su supervivencia mediante el exterminio o exclusión de algunas de sus partes. Tal como lo señala Franz Hinkelammert: "el ser humano como sujeto no es una instancia individual. La intersubjetividad es condición para que el ser humano llegue a ser sujeto. Se sabe en una red, que incluye la misma naturaleza externa al ser humano: que viva el otro, es condición de la propia vida".34

A modo de cierre, he indagado, a lo largo del itinerario propuesto, la recurrencia de ciertas modalidades en la construcción deficitaria, peligrosa o monstruosa de la alteridad, la cual asume en el actual contexto de producción global, la efectuación de nuevos modos de negación de la misma. En otras palabras, asistimos a la presencia de un universo político frente al cual sus víctimas resultan aquellas subjetividades que producto de su 'inadecuación' o 'ineptitud' han resultado confinadas al olvido o la desaparición dentro del orden social establecido.

Es en virtud de lo expuesto, que nuestro compromiso con el presente requiere de manera desiderativa reorientar la potencialidad del pensamiento, devenido en la actualidad en un mero instrumento dentro de las instituciones del saber oficial, en favor de un decidido rechazo a toda estrategia tendiente a generar una socialización maléfica del otro.35

En última instancia, constituye un desafío ético–político por parte de todo pensamiento que se enuncie en íntima vinculación y referencialidad con el presente histórico, el de contribuir en el diseño de estrategias teórico–prácticas tendientes ha incidir en la construcción de otros modos posibles de sociabilidad y politicidad definitivamente más libres y emancipatorios.

 

Notas

1 Michel Foucault, Seguridad, territorio y población. Curso en el collège de France (1977–1978) . Buenos Aires, FCE, 2006;         [ Links ] también del mismo autor, nacimiento de la biopolítica. curso en el collège de France (1978–1979) . Buenos Aires, FCE, 2007.

2 M. Foucault, Historia de la sexualidad. 1. La voluntad de saber. México, Siglo XXI, 1987.         [ Links ]

3 Karl Marx, Manuscritos económicos y filosóficos. Madrid, Alianza, 1970.         [ Links ]

4 Idem.

5 Idem.

6 Ibid., p. 107.

7 K. Marx, El capital. Crítica a la economía política. México, FCE, 1971, p. 37.         [ Links ] La referencia a este carácter dinerario de la realidad, producto del sistema de producción capitalista, constituye uno de los tópicos centrales dentro de la tradición filosófica marxista, particularmente, en la crítica de György Lukács a la visión del mundo imperante mediante la forma mercancía. Desde la óptica del autor de Historia y conciencia de clases, la dimensión racionalizada y universalmente cósica que adquiere la estructura de la realidad mediante el fetichismo de la forma mercancía, genera la imposibilidad de penetrar la coseidad instituida tanto por vía de la reflexión filosófica como a través del pensamiento crítico en sí mismo. De esta manera, la posibilidad de desconstruir esta realidad dada como única, se torna inverosímil pues tanto la reflexión filosófica, como la crítica al statu quo establecido, han devenido en procedimientos de formalización y cuantificación que reproducen en última instancia el paradigma dominante. (György Lukács, Historia y conciencia de clases. Barcelona, Grijalbo, 1975.         [ Links ])

A diferencia del planteo de Lukács el desarrollo histórico de la mercantilización es asumido aquí como un proceso inacabado y contradictorio antes que un acontecimiento producido desde la génesis misma del capitalismo moderno y que como forma determinante de la realidad acompaña el derrotero del mismo hasta su desaparición. En este sentido, pensar la realidad como una totalidad objetivada imposibilitaría la negación de ésta, pues todo, hasta la crítica misma, estaría también objetivada, con lo cual tanto las posibilidades teóricas como fácticas de generar otros universos posibles se verían cercenadas. Para una ampliación de esta distinción entre fetichismo y fetichización de la mercancía véase Jhon Holloway, Cambiar el mundo sin tomar el poder. El significado de la revolución hoy. Buenos Aires, 2002.         [ Links ]

8 M. Foucault, La vida de los hombres infames. Buenos Aires, Caronte, 1987;         [ Links ] así mismo vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión. México, Siglo XXI, 1987. La introducción en este apartado del análisis efectuado por Foucault acerca del desarrollo de las tecnológicas de individualización y disciplinamiento de los cuerpos al interior de las sociedades disciplinarias europeas, no supone aquí un desconocimiento de las marcadas diferencias en torno a la concepción del poder presente en el planteo de Marx, así como de las consideraciones efectuadas al mismo por Foucault. En este sentido, más que intentar una continuidad metodológica entre el planteo de estos autores, los análisis del filósofo francés posibilitan establecer a los fines de este trabajo, la emergencia histórica de las tecnologías de apropiación y reconfiguración de los cuerpos en el seno de la modernidad capitalista.

9 M. Foucault, Historia de la sexualidad. i. la voluntad de saber.

10 M. Foucault, Microfísica del poder. Madrid, La Piqueta, 1992.         [ Links ]

11 M. Foucault, vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión, p. 175.

12 La referencia explícita a la noción de biopolítica aparece en Foucault en una conferencia dictada el 17 de marzo de 1976 en el Collège de France dedicada a la transformación de la población europea entre los siglos XVIII y XIX. La relevancia del concepto de biopolítica para este artículo radica en mostrar cómo esta centralidad del poder sobre la vida ha generado prácticas manipulativas del género humano, a la par de prácticas eugenésicas y de disgregación social, en pos de seleccionar y optimizar la existencia de determinados sujetos y de negar la existencia de otros. Biopolítica —entendida como un conjunto de técnicas tendientes al control y segmentación de la población en aras de producir cierta homeostasis dentro de la sociedad— y eugenesia social —en cuanto 'práctica depurativa' de los 'efectos indeseados' o 'enemigos internos' en el tramado social— aparecen en este sentido como categorías indisolubles a lo largo de este texto: "La eugenesia, en este sentido, no es más que una de las manifestaciones exacerbadas de la necesidad de control y dominio de la población, que fue adoptando el capitalismo hacia fines del siglo XIX y, sobre todo, en la primera mitad del XX ". Héctor Palma, "Consideraciones historiográficas, epistemológicas y prácticas acerca de la eugenesia". (Marisa Miranda, Gustavo Vallejo, eds., Darwinismo social y eugenesia en el mundo latino. Buenos Aires, Siglo XXI, 2005, p. 129.         [ Links ])

13 M. Foucault, Defender la sociedad. Buenos Aires, FCE, 2000, p. 204;         [ Links ] véase también, Historia de la sexualidad. i. la voluntad de saber.

14 M. Foucault, Los anormales. Curso en el Collège de France (1974–1975) . Buenos Aires, FCE, 2007.         [ Links ]

15 cf. Carlos Skiliar, ¿Y si el otro no estuviera ahí? Notas para una pedagogía (improbable) de la diferencia. Buenos Aires, Miño y Dávila editorial, 2006.         [ Links ]

16 Si bien se ha privilegiado en este trabajo el abordaje propuesto por Foucault en torno al nacimiento de la biopolítica y la relación entre poder soberano y comunidad política, puede verse al respecto las siguientes obras de Roberto Esposito, Comunidad, inmunidad y biopolítica. Madrid, Herder, 2009;         [ Links ] Bios, biopolítica y filosofía. Buenos Aires, Amorrortu, 2007; comunitas: origen y destino de la comunidad. Buenos Aires: Amorrortu, 2003; Inmunitas: protección y negación de la vida. Buenos Aires, Amorrortu, 2005.

17 M. Foucault, Defender la sociedad. Buenos Aires, FCE, 2000, p. 206.

18 Ibid., p. 207.

19 Cesare Lombroso, apud Stephen Jay Gould, La falsa medida del hombre. Buenos Aires, Hispanoamérica Ediciones, 1998, p. 120.         [ Links ] La generación de estos estigmas sociales, a saber: la relación entre criminalidad, 'anormalidad social' y pobreza se abordará a posteriori mediante un análisis más exhaustivo en la actual sociedad posfordista.

20 M. Foucault, Defender la sociedad. Buenos Aires, FCE, 2000, p. 207.

21 Franz Hinkelammert, El nihilismo al desnudo. Los tiempos de la globalización. Santiago de Chile, Escafandra, 2001.         [ Links ]

22 Michael Hardt y Antonio Negri, Empire. Massachussets, Harvard University Press, 2000, p. 283.         [ Links ]

23 Ibid., p. 31.

24 Ibid., p. 293.

25 Zigmunt Bauman, La globalización consecuencias humanas. Buenos Aires, FCE, 1999, p. 98.         [ Links ]

26 Z. Bauman, Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias. Buenos Aires, Paidós, 2006.         [ Links ]

27 Loïc Wacquant, Las cárceles de la miseria. Buenos Aires, Manantial, 2004, p. 106.         [ Links ]

28 Ibid.

29 Ibid., p. 102.

30 Ibid., p. 117.

31 M. Foucault, la vida de los hombres infames.

32 C. Skiliar, op. cit.

33 Edgar Morin y Brigitte Anne Kern, Tierra patria. Barcelona, Kairós, 1993, p. 36.         [ Links ]

34 Franz Hinkelammert, El nihilismo al desnudo. los tiempos de la globalización, p. 249.

35 C. Skiliar, op. cit.