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Península

versión impresa ISSN 1870-5766

Península vol.13 no.2 Mérida jul./dic. 2018

 

Reseñas

Francisca Zalaquett Rock. Estrategia, comunicación y poder. Una perspectiva social del Grupo Norte de Palenque

Rafael Cobos Palma* 

Zalaquett Rock, Francisca. Estrategia, comunicación y poder. Una perspectiva social del Grupo Norte de Palenque. México: UNAM, 2015. 240p.

En este libro, Francisca Zalaquett Rock nos presenta una novedosa y valiosa interpretación de un amplio espacio circundado por construcciones en el centro de Palenque. Se trata de una plaza asociada con el Grupo Norte de esta ciudad prehispánica y, por el título y contenido del libro, esta plaza se analiza poniendo especial atención en las estructuras elaboradas que la rodean y otros elementos arqueológicos que la autora utiliza para interpretar los aspectos de comunicación y poder desde la amplia perspectiva social y que en algún momento del período Clásico imperó en el Grupo Norte. El estudio de Francisca Zalaquett Rock destaca como un trabajo de arqueología cognitiva, es decir, reconoce que aspectos de la cultura antigua son el producto de la mente humana y, por lo tanto, identifica valores por los cuales los miembros que integran sociedades humanas interactúan y esto se relaciona con la ideología; por otro lado, también reconoce las maneras en las cuales aspectos del mundo expresados en el arte se relacionan con la iconografía. Realizar este tipo de interpretación representa un enorme esfuerzo analítico e interpretativo y, como apuntaron Kent Flannery y Joyce Marcus (1998), cuando se estudia ya sea la ideología o la iconografía -o ambas- es fundamental tener un cuerpo de datos lo suficientemente rico para analizarlo, de otra manera, la arqueología cognitiva es un poco más que especulación y nos ubicaría ya en la “Tierra de la Fantasía”. Ahora bien, llevada de manera correcta, la arqueología cognitiva se hace más robusta y más amplia; por lo contrario, un ejercicio incorrecto resultaría en una de las peores arqueologías efectuadas y documentadas (Flannery y Marcus 1998).

En el caso que nos ocupa, es decir, el estudio del Grupo Norte de Palenque, el estudio cumple a cabalidad con lo expresado por Flannery y Marcus (1998): hay abundantes datos arqueológicos. Existe una copiosa literatura histórica y etnográfica, la cual es ampliamente empleada por la autora en sus interpretaciones sobre la plaza y actividades que se realizaron en este espacio creado por los antiguos habitantes de Palenque. Por lo tanto, la lectura que realiza la autora del contexto que analizó exhibe tres cuestiones claras y precisas: a) cómo pensamos sobre el pensamiento de otra gente, b) cómo damos significado a sus significados, c) cómo interpretamos, entendemos y escribimos que esos símbolos del pasado están insertos en las circunstancias históricas particulares en las que nosotros trabajamos.

Para la autora, tanto lo ideológico como lo iconográfico han sobrevivido en el registro arqueológico y la evidencia es muy amplia para analizarlos. Con esto justifica su estudio, es decir, realiza un análisis de un lugar público en donde se pudieron realizar representaciones, ritos o cualquier otro tipo de ceremonia pública. Estas representaciones, ritos y ceremonias públicas existen en todas las sociedades, aunque tienen su particular forma de ser manifestados. En el caso del libro Estrategia, Comunicación y Poder. Una Perspectiva Social del Grupo Norte de Palenque, su contenido nos lleva por otro camino y lejos de las explicaciones tradicionales que se han formulado para estudiar las plazas de las ciudades mayas del período Clásico. Con la propuesta de la autora, podemos afirmar que la plaza del Grupo Norte no fue un lugar utilizado para satisfacer la oferta y la demanda, como se propone constante y excesivamente considerándolas como lugares de mercado, algo así como una especie de “plazitis” recurrente con “mercaditis” (Shaw 2012). Asombra el número de investigadores que sin mayor cuestionamiento o riguroso proceder crítico, sin ser exigentes consigo mismos ni seguir los cánones de la investigación arqueológica, llegan a la sencilla conclusión de que las plazas fueron los lugares físicos en donde se realizaron intercambios económicos. Aquellos investigadores que no comulgan con esta propuesta consideran la posibilidad de que las plazas de los antiguos asentamientos mayas pudieron haber funcionado como áreas o espacios dedicados a la manufactura o elaboración de objetos por hábiles artesanos que abastecieron a una élite que los consumía cotidianamente y que residía cercanamente en las construcciones palaciegas (Aoyama 2005).

Como resultado del trabajo de investigación plasmado en el libro Estrategia, comunicación y poder..., la autora irrumpe de manera atrevida y afirma que la plaza del Grupo Norte fue un espacio que integró un punto de encuentro y un espacio para la reunión. Además, formó y mantuvo la identidad cultural, ya que este gran espacio físico revela parte del orden social local, interacciones entre miembros de la comunidad y la relación entre miembros de la comunidad con la autoridad.

La plaza del Grupo Norte está orientada en un eje este-oeste y abarca un amplio espacio de 5 000 metros cuadrados, definidos por cinco estructuras que se conocen como los templos I, II, III, IV y V y cierran en su parte norte este gran espacio abierto. Hacia el oeste se encuentra el Templo del Conde; hacia el sur hay una pequeña cancha para el juego de pelota, y hacia el este, la plaza está prácticamente abierta. Estas son las construcciones que rodean el espacio analizado y, por sus características morfológicas, podemos decir que todas cumplieron funciones rituales o ceremoniales; de ninguna manera se identifica un palacio o estructura de crujía alargada que haya servido como unidad residencial de un grupo doméstico de élite. La autora reporta que artefactos arqueológicos hallados y que estaban asociados con los templos I a V, el Templo del Conde y la cancha para el juego de pelota, incluyeron carapachos de tortuga y dos silbatos. Estos artefactos se asocian con músicos que con su canto y tocada pudieron haber acompañado a los rituales y ceremonias que se realizaban en la plaza del Grupo Norte y edificios asociados. Por ejemplo, la cancha para el juego de pelota revela la visión ritual de quienes lo utilizaron, es decir, quienes le asignaron un papel mítico y ritual al considerarlo como una revalidación continua de la ley de la contienda entre el día y la noche, entre la luz y la oscuridad; esto también podría entenderse como un símbolo del viaje diario y estacional del Sol y otros cuerpos celestiales, su descenso cíclico al inframundo y su ascenso al cielo. Cabe recordar que en el Popol Vuh se narra un juego de pelota por el Sol y la Luna contra las fuerzas del inframundo. Esa misma cancha desempeña también un papel esencial en la recreación del simbolismo de la mitología de la creación maya, ya que la representación de los ciclos del Sol y de la Luna y el tema de la fertilidad están fuertemente ligados. Una tercera visión desde el punto de vista simbólico relaciona a la cancha del juego de pelota del Grupo Norte con la guerra; esta estructura es la expresión física del sustituto simbólico de la guerra. Como símbolo bélico, el juego pudo haber saciado el instinto socio-emocional de la agresión; igualmente, como sustituto de la guerra el juego puede haber ahorrado valiosos recursos naturales y prevenir inesperadas casualidades militares (Canto 2014). Espectadores y participantes en ceremonias y rituales bien pudieron haber comulgado con el simbolismo de la cancha del juego de pelota, es decir, por unos instantes se pudieron haber sentido como aguerridos guerreros y también como hábiles jugadores de pelota. En otras palabras, el antiguo ocupante de Palenque bien pudo haber dicho: “me identifico con ese otro, el guerrero o el jugador de pelota, ya que yo soy como esa persona”.

El reunirse para celebrar, atestiguar o simplemente mirar los eventos que se realizaban en la plaza del Grupo Norte parece haber ayudado a la formación y reafirmación de una identidad de grupo, con lo que se lograba una cohesión social al participar en un evento significativo en común. La autora del libro echa mano de las representaciones de ceremonias escénicas empleando datos pictográficos para sugerir que estaban imbuidas de un significado social muy profundo. De esta manera, la autora reconoce por medio de vasijas polícromas representaciones de un músico llevando su trompeta; otro más toca una trompeta hecha de caracol univalvo y estos músicos forman parte de una procesión. También se identifica a hombres y mujeres danzando o bailando; hay individuos que participan en las ceremonias de sacrificios humanos y, además, se exhibía a los individuos que eran sacrificados, tal y como quedó plasmado en el cantar 13 de los cantares de Dzibalché cuyo título es “La Canción de la Danza del Arquero Flechador” (Barrera Vázquez 1965). La autora atinadamente nos señala que estas manifestaciones “muchas veces no dejan huellas materiales tan claras en el registro arqueológico”. Entonces, ¿cuál es la huella arqueológica de un numeroso grupo de gentes que realizaron una danza?, ¿cómo se nos revela el contexto arqueológico del espacio utilizado por los danzantes o bailadores? Además, ¿acaso el baile era practicado por parejas o por grupos de individuos de ambos sexos a la usanza de las cortes medievales? Sabemos algo, pero los datos son escasos. Por ejemplo, en su investigación, la autora estima que la plaza pudo haber albergado un poco más de 5 000 personas, pero no sabemos cuántos fueron los actores y actrices participantes en las ceremonias rituales, cuantos bailaron, cuantos miraron o atestiguaron el evento; desconocemos si la plaza se utilizó para un solo tipo de evento y a qué hora del día o de la noche, o bien, si fue el espacio idóneo para albergar diferentes eventos durante las celebraciones tipo ritual, baile o peregrinaciones que se realizaban durante distintas horas y días a lo largo del calendario maya; además, desconocemos si los músicos tocaban de manera continua en la plaza ocupando un lugar específico, o bien, si la plaza era solamente un paso obligado de los músicos, quienes mientras tocaban seguían el protocolo del rito, quizás de manera feliz o a regañadientes. A diferencia de las conocidas plataformas de baile reportadas en varios sitios mayas, donde estas plataformas se materializaron físicamente en estructuras de forma cuadrangular y escalinatas en sus cuatro lados, que conducían a un pequeño espacio en su parte superior, y que pudo haber albergado a un reducido número de individuos, la morfología de las plazas abiertas representa un retro interpretativo cuando las investigamos. Hoy día, a simple vista, las plazas son eso: espacios abiertos que difícilmente guardan o conservan otros elementos arqueológicos.

En cuanto a las fuentes históricas y etnográficas, el libro contiene información importante sobre música, danza y representaciones teatrales fechadas desde la segunda mitad del siglo XVI hasta el siglo XXI. Estas últimas incluyen, por ejemplo, aspectos con contenido cómico, o bien farsas con crítica social. Además, la autora atinadamente indica que hay toda una escenografía en cuanto a decoración de templos asociada con el espacio de las plazas y, a todo esto, cómo interactúan los distintos participantes.

De acuerdo al estudio realizado por la autora, ella estima que el espacio de la plaza pudo haber albergado entre 3120 y 5680 personas, quienes de manera clara escucharon las voces e instrumentos que resonaron en ese espacio de 5000 metros cuadrados. De acuerdo a la autora, el cantar de los hombres, los cantos graves de mujeres, el sonido de silbatos con frecuencias sonoras bajas, los ruidos rítmicos de tambores y trompetas de caracol llenaron de sonido a la plaza. Por lo tanto, un adecuado manejo de rasgos y elementos visuales del paisaje natural y construido, aunado a una ambientación tendiente u orientada a alcanzar una comunicación óptima, demandó un gran conocimiento de la acústica así como de los tiempos en los instrumentos musicales, cantos y demás ritmos sonoros para alcanzar una excelente nota. Quizás nada quedó a la improvisación y tampoco se aceptaron notas de más o de menos durante la realización de la ceremonia o ritual.

La plaza del Grupo Norte es un claro ejemplo del espacio en el que miembros de la sociedad palencana formaron y mantuvieron su identidad cultural; esta plaza fue la expresión de un orden social y hoy día es la huella material de las relaciones que mantuvieron los miembros de la sociedad entre ellos durante el periodo en el que se ocupó. Ya sea por representaciones, bailes o procesiones, la plaza y estructuras del Grupo Norte estaban íntimamente relacionados; este fue el gran escenario para demostrar, mandar, ordenar, rea- firmar, etc. Esta investigación ha cumplido con su cometido y ahora le toca al público en general leer el libro y gozarlo, y a los estudios del pasado maya, retomar la interpretación de Francisca Zalaquett Rock para profundizar aún más en este tipo de estudios arqueológicos.

Bibliografía

Aoyama, Kazuo. 2005. “Classic Maya Lithic Production at Copán, Honduras”. Mexicon XXVII: 30-37. [ Links ]

Barrera Vázquez, Alfredo. 1965. El libro de los cantares de Dzitbalché. México: INAH. [ Links ]

Canto Carrillo, Rodolfo. 2014. “El gran juego de pelota de Chichén Itzá. Interpretaciones de la estructura 2D1”. Tesis de maestría. Facultad de Ciencias Antropológicas, UADY. [ Links ]

Flannery, Kent V. y Joyce Marcus. 1998. “Cognitive archaeology”. En Reader in archaeological theory. Post-processual and cognitive approaches, edición de D.S. Whitley, 35-48. Londres y Nueva York: Routledge. [ Links ]

Shaw, Leslie. 2012. “The Elusive Maya Marketplace: An Archaeological Consideration of the Evidence”. Journal of Archaeological Research 20: 117-155. [ Links ]

*Autor para correspondencia: rafael.cobos@correo.uady.mx

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