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Península

versión impresa ISSN 1870-5766

Península vol.13 no.1 Mérida ene./jun. 2018

 

Reseñas

Eugenia Iturriaga. Las élites de la ciudad blanca. Discursos racistas sobre la otredad

Rubén Torres Martínez* 

Iturriaga, Eugenia. Las élites de la ciudad blanca. Discursos racistas sobre la otredad. Mérida: UNAM, 2016. 356p.


Eugenia Iturriaga nos presenta un trabajo necesario y urgente en un país, y sobre todo en una región, donde el racismo pareciendo invisible está presente en todos lados y a todas horas. La antropóloga se lanza en un estudio fuertemente documentado sobre el racismo en Mérida visto a partir de las élites de la llamada “Ciudad Blanca”. En su trabajo, dividido en prólogo, introducción, siete capítulos y reflexiones finales, Iturriaga nos va develando el problema del racismo local como un fenómeno multidimensional que abarca lo ideológico, lo discursivo y lo práctico de manera y forma cotidiana o “natural”, lo cual lo vuelve invisible a los ojos de la mayoría.

Desde el inicio, Iturriaga presenta un riguroso estado del arte en torno a las escuelas y los estudios que han tratado el racismo desde diversas disciplinas y con múltiples ópticas. Los discursos biológicos, cientificistas y positivistas decimonónicos cedieron el paso a los discursos culturales, antropológicos y relativistas que emergieron a lo largo del siglo XX, muchas veces denunciando pero otras tantas realizando una apología del racismo. México no es excepción, al contrario: la autora muestra cómo desde una política de Estado que buscaba “mejorar la raza”, “blanquearla”, se asumieron discursos y prácticas que continúan hasta nuestros días. La autora recupera a Taguieff (2001) para realizar la distinción entre racismo clásico y neorracismo. Iturriaga entonces se enfoca en el caso de la capital peninsular yucateca: Mérida. Retomando las líneas planteadas por López Santillán (2007, 2011), Wejebe (2007) y Quintal Avilés (2005), el texto plantea cómo el discurso racista elaborado por la antropología a lo largo de los siglos XIX y XX (positivismo e indigenismo, respectivamente) derivó en discursos heterófobos donde el “otro”, el “diferente” -en este caso, el indígena-, es ignorado o invisibilizado.

Apoyándose en un recorrido histórico de las élites meridenses, la autora va mostrando cómo la sociedad peninsular en general, y la meridana en particular, se dividió claramente en dos sectores: blancos (españoles y criollos) e indios, ignorando al resto de la población que no entraba en ninguna de estas dos categorías (mestizos, asiáticos, negros, mulatos, etc.). Una vez superada la Colonia y con el triunfo de la Reforma Liberal, la sociedad yucateca tendió a separarse aún más, dado que la incipiente economía de mercado que comenzaba a darse permitió el enriquecimiento descomunal de los ricos hacendados, descendientes directos de los españoles blancos, a costa de la masa indígena maya. La Guerra de Castas termina por confirmar en el imaginario social de las élites la evidente diferencia entre blancos e indígenas. “La Guerra de Castas… dividió la península en tres: el norte y occidente para los blancos, una franja divisoria en el sur de mayas pacíficos, y el sur y oriente para los mayas rebeldes, los cruzo’ob” (117). Un elemento que la autora remarca a lo largo de la obra es la particularidad de los nombres y apellidos en castellano o en maya, que terminan por determinar en gran medida la posición social del individuo al interior de la sociedad peninsular.

Interesante que a partir del capítulo IV, “Espacios y prácticas de la élite tradicional meridana”, Iturriaga se enfoque en realizar una suerte de etnografía cruzada con estudios urbanos y estudios lingüísticos para mostrar claramente una división territorial al interior de la capital yucateca. El norte con todos sus servicios y diversiones, y el sur abandonado y “peligroso”. El imaginario social meridano ha reproducido por generaciones este tipo de división espacial en relación directa con habitus y capitales sociales (Bourdieu 1979). La autora muestra mediante su trabajo de campo cómo efectivamente las élites han logrado trasladar todos los servicios, y al mismo tiempo crear un cerco simbólico, hacia el norte de la ciudad: escuelas, clubes, gimnasios, centros comerciales, iglesias, restaurantes, cafés, hospitales, antros, e incluso vacaciones o “temporada”. Es en esos espacios donde se adquiere el capital social y simbólico, donde se adquiere el habitus para ser parte de la gente “conocida”, es decir de las élites meridanas. Resulta provocadora la reflexión que realiza la autora en torno a la lengua y el acento “aporreado” de la élite, ya que “Para la élite meridana su entonación marcadamente maya produce una distinción muy importante con el resto de los sectores sociales” (192), pero que se trata de un acento transmitido por la “nana”, personaje mayahablante, ambivalente dado el rol que juega al interior de las familias élites, y al cual desafortunadamente la autora no pudo acceder durante su trabajo de campo.

“La doxa: estereotipos y prejuicios” es el capítulo en el cual Iturriaga acude a ejercicios prácticos con las élites juveniles de nivel bachillerato, para mostrar cómo se crean prejuicios y estereotipos a partir de lo físico, el color de la piel, la manera de vestir, la manera de ser. Así, la tez blanca y la vestimenta conforme a los cánones establecidos siempre están en relación con la riqueza, el triunfo y el poder, mientras que la piel oscura y lo “desarreglado” se vinculan con pobreza, fracaso y problemas sociales (alcoholismo, violencia intrafamiliar, desempleo, etc.). A partir de un ejercicio basado en fotografías la autora muestra el imaginario más profundo de las jóvenes élites meridanas, sus fantasías y temores.

Siguiendo con el ámbito juvenil, Iturriaga realiza un trabajo etnográfico de los llamados “antros” de la Ciudad Blanca; como bien lo señala la autora, el “antro” es el espacio donde la discriminación no solo toma más revuelo y se vuelve más evidente, sino que es una práctica bien vista e incluso deseada. Es ahí donde se reproduce de manera sistémica y sintomática el racismo más recalcitrante de nuestra sociedad, pero además es el espacio donde otras prácticas discriminatorias como el machismo y el clasismo salen a relucir: “Los chavos tienen un código de honor… ‘Todos se cubren para que las novias no se enteren’… Para ellos la otra es alguien que desean y desprecian al mismo tiempo” (237). La antropóloga además observa que dentro de estos espacios se dan círculos aún más cerrados, que determinan quienes están dentro de la élite y quienes no: las zonas vip y las revistas de moda. Estos espacios están sumamente cerrados y son exclusivos de la “gente conocida”, incluidos los apellidos y el cuidado de las imágenes. El cierre de este capítulo es contundente “Soy consciente de que las discotecas no son el espacio donde el racismo tiene sus consecuencias más dramáticas, pero sí donde el discurso de discriminación racial y de clase no se disfraza” (247).

Iturriaga tiene la iniciativa y el cuidado de acudir a los medios de comunicación, en los dos últimos capítulos de la obra, para mostrarnos cómo lo maya puede ser valorado por las élites a condición de que sea visto como “artesanía” o “folclor” y reproducción ideológica al servicio de las mismas élites. Acudiendo a dos programas locales con enfoques diametralmente distintos, uno de comedia y otro cultural, la autora muestra los estereotipos étnicos que reproducen la discriminación hacia lo maya “contemporáneo” y la ambivalencia que ello significa. La televisión continúa siendo el medio de comunicación masivo con mayor penetración, por ello es que la estandarización de la sociedad pasa forzosamente por ahí. La autora analiza la caricatura cómica que representa Los Pech, una familia de verdad, y denuncia tanto la creación de estereotipos de la gente de clases populares, como la reproducción del racismo mediante situaciones y diálogos que hacen parecer “normal” tal situación de burla y discriminación: se acude nuevamente a la doxa, pero para ahora verla desde un medio masivo de comunicación. Es sumamente interesante observar que este programa va dirigido y es observado por el gran público, no así por las élites como bien lo demuestra Iturriaga; se trata -a sus ojos- de un ejercicio de ideologización, donde las prácticas racistas son banalizadas.

El segundo programa analizado por la autora es La cocina es cultura, mismo que va dirigido a los sectores cultivados y pudientes, y es conducido incluso por un individuo perteneciente a la élite meridana. A partir de la revisión de los diálogos reproducidos de este programa, Iturriaga muestra cómo las élites meridanas realizan un doble ejercicio de diferenciación y discriminación hacia lo local (los mayas) como hacia lo externo (los huaches) dentro del territorio nacional, pero siendo condescendientes con lo europeo, lo norteamericano y lo caribeño. Se trata de una lógica aislacionista, que tanto arraigo parece tener en la Península, disfrazado de “conservación de la identidad yucateca”. Como señala la autora, los programas revisitados solo repiten una estructura ideológica largamente afincada entre la sociedad meridana.

En el caso de los periódicos, Iturriaga se concentra en El Diario de Yucatán, dado que es el medio de las élites, heredero directo de los diarios conservadores del siglo xix, momento en que aquellos sectores meridanos favorecidos afianzaban su poder económico, político y social. A partir de dos ejercicios la autora observa que, por un lado, el racismo es prácticamente invisible o algo sumamente lejano para los lectores del Diario de Yucatán; por otro lado, el uso de los apellidos en las noticias, refleja una clara relación entre “buenas noticias” y “buenos apellidos”, y “malas noticias” y apellidos mayas; ello se vuelve extremadamente evidente al observar los pies de fotografías; remarca la autora: “Las representaciones que se hace de las personas con apellidos mayas en el Diario de Yucatán destacan elementos negativos de este grupo […] Estas representaciones pueden inducir a pensar en la gente con apellido maya como personas carentes de educación, de prestigio y de dinero” (321).

A partir de todo el trabajo mostrado a lo largo de la obra, en las “Reflexiones finales”, la autora nos recuerda que el racismo es multidimensional, y que pasa por el aspecto ideológico, el discursivo y el de las prácticas, que se entrelazan y refuerzan mutuamente. Prueba de lo anterior es que en nuestra cotidianidad se habla de razas para mencionar “diferencias fenotípicas y culturales”.

El racismo en Mérida tiene por objeto principal a la población maya, la cual es dominada y subordinada por las élites; sin embargo, y de manera paradójica, lo maya es algo que causa orgullo y valoración entre esas mismas élites, a condición de que se mantengan lejos de sus círculos de poder y en actividades “tradicionales” a su cultura. La mejor manera de ejemplificarlo es mediante la división de trabajo, el mantenimiento de una cocina yucateca y el uso de los apellidos en los medios de comunicación. La discriminación se da entonces de manera “espacial” y no solo de “campo” (Bourdieu 1997). Ahí entra la discriminación al huache, al que fenotípicamente no es tan distinto a las élites, pero que continua siendo “el otro”.

No dudamos que el libro logre rápidamente convertirse en una lectura obligatoria para todos aquellos interesados en conocer tanto fenómenos como el racismo en México, como el ejemplo empírico de la discriminación en una sociedad como la meridana. Por los datos y ejemplos mostrados, el racismo en Mérida tiene tintes de “institución”, dadas su perseverancia, duración y reproducción a lo largo del tiempo. Hoy en día el racismo no es abierto, pero sí visible. Estudios como el que presenta Iturriaga invitan a la reflexión y ponen el dedo en la llaga. Hoy que lo “políticamente correcto” es casi un imperativo categórico, estudios como el aquí presentado no puede sino ser bienvenido, ya que muestra y denuncia una parte del México multicultural contemporáneo y en cierta medida postmoderno que a pesar de ello se reúsa a cambiar.

Bibliografía

Bourdieu, Pierre. 1979. La distinction. Critique sociale du jugement. París: Les Editions de Minuit. [ Links ]

______. 1997. Les usages sociaux de la science. Pour une sociologie clinique du champ scientifique. París: INRA. [ Links ]

López Santillán, Ricardo. 2007. “Fronteras étnicas, formas de minorización y experiencias de violencia simbólica entre los profesionistas mayas yucatecos residentes en Mérida”. Península II (1): 139-157. [ Links ]

______. 2011. Etnicidad y clase media. Los profesionistas mayas residentes en Mérida. México: UNAM-ICY-CONACULTA. [ Links ]

Quintal Avilés, Ella Fanny. 2005. “‘Way Yano’One’: aquí estamos. La fuerza silenciosa de los mayas excluidos”. En Visiones de la diversidad. Relaciones interétnicas e identidades indígenas en el México actual, vol. II, coordinación de Miguel Bartolomé, 289-367. México: INAH. [ Links ]

Taguieff, Pierre André. 2001. “El racismo”. Debate Feminista 12 (24): 3-14. [ Links ]

Wejebe Shanahan, May. 2011. “Rasgos identitarios y estigma: la nueva ruralidad en San José Tzal”. Península VI (1): 111-135. [ Links ]

*Autor para correspondencia: rtm.unam@gmail.com

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