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Península

versión impresa ISSN 1870-5766

Península vol.11 no.2 Mérida jul./dic. 2016

http://dx.doi.org/10.1016/j.pnsla.2016.08.003 

Artículos

Aferrarse o soltar privilegios de género: sobre masculinidades hegemónicas y disidentes

Holding on to or letting go of gender privileges: on hegemonic masculinities and dissidents

Gabriela Bard Wigdor1 

1Centro de Investigaciones en Estudios Culturales y Sociales (CIECS), Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)

RESUMEN

Las investigaciones e intervenciones dirigidas a prevenir la violencia de género y a promover la igualdad han contemplado, de manera predominante, acciones y medidas que tienen como destinatarias a las mujeres. Sin embargo, esta problemática debería abordarse de modo relacional. Si solo trabajamos con una de las partes implicadas, habitualmente las mujeres, dejamos fuera al actor principal del conflicto: el varón. Por eso, en el presente artículo, nos proponemos desarrollar los aspectos más relevantes que constituyen a las masculinidades hegemónicas y a las “nuevas masculinidades”, tanto desde un abordaje teórico como empírico, a partir de autores claves y entrevistas realizadas a varones durante 2015. El objetivo es involucrar no solo a las mujeres sino también a los varones en labores de problematización de su propia posición de privilegio y de prevención de la violencia de género, de manera que contribuyan a la socialización de las nuevas generaciones en valores democráticos de ejercicio del poder y en relaciones igualitarias.

Palabras claves masculinidades hegemónicas; nuevas masculinidades; violencias de género y relaciones igualitarias de género

ABSTRACT

Research and interventions aimed at preventing gender violence and promoting equality, have seen, actions and measures that are designed to predominantly target women. However, gender issues should be addressed in a relational mode. If you only work with one of the involved parties, usually women, we are leaving out the main actor in the conflict: the man. Therefore, in this article, we intend to develop the most relevant aspects that constitute hegemonic masculinities and the “new masculinities”, both from a theoretical and empirical approach, from key authors and interviews with men in 2015. The goal is to involve not only women but also men in process of understanding their roles in the prevention of gender violence, and to involve them in the socialization of new generations with democratic values of power that practice egalitarian gender relations.

Keywords hegemonic masculinities; new masculinities; gender violences and egalitarian gender relations

INTRODUCCIÓN

Habitualmente, cuando reflexionamos sobre problemáticas de género tales como la violencia, las tareas del cuidado o la ocupación de los espacios públicos, entre otras, pensamos en las mujeres, en los múltiples obstáculos y violencias diarias que viven para desarrollar su vida y el lugar que puede ocupar cada una de ellas en la trasformación de la sociedad patriarcal. Pensamos acerca del tiempo no remunerado ni reconocido que las mujeres destinan al cuidado de otros/as, sobre la violencia que sufren en la pareja y las limitaciones para ocupar el espacio público masculinizado y amenazante. Incluso nos preguntamos cómo viven la ciudad los varones no heterosexuales y la violencia a la que se enfrentan las personas transgénero. Diseñamos estrategias de trasformación de la realidad donde las principales protagonistas son las propias víctimas. Queda relegada, en la mayoría de las ocasiones, la reflexión acerca de quienes identificamos como los agresores, victimarios o (re)productores directos de este sistema sexista: generalmente varones blancos, heterosexuales y burgueses.

En ese sentido, vivimos en una sociedad donde el androcentrismo2 permea cada área de la vida social, donde las relaciones de poder asimétricas garantizan la posición social dominante de los hombres y la subordinada de las mujeres y otros géneros. Sin embargo, escasamente reflexionamos sobre el carácter relacional del género y poco nos cuestionamos por la subjetividad de los varones, por sus prácticas, por los modos en que vivencian las relaciones de opresión y cómo se construyen sus masculinidades. Por eso consideramos que investigadores y quienes intervienen en la sociedad en general (organizaciones sociales, trabajadores sociales, psicólogos/as, etc.) no hemos tomado suficiente conciencia sobre la necesidad de trabajar también con los varones, (re)productores de la violencia cotidiana, quienes —de manera directa o indirecta— son cómplices y productores de un sistema machista y patriarcal.

Para diseñar investigaciones e intervenciones dirigidas al trabajo con los varones, así como estrategias políticas que se orienten a instalar en la agenda de las organizaciones sociales e instituciones públicas el tema, la propuesta de trabajo del enfoque en “nuevas masculinidades” es esencial. Nos referimos a las maneras no tradicionales de ser varón, que emergen como respuesta y confrontación de un contexto de desigualdad, donde los hombres ejercen la dominación a través de la fuerza, el autoritarismo y la violencia. Es una propuesta que trabaja sobre otras maneras de ser varones y los modos como se construye la masculinidad dominante para desarticularla. Supone investigaciones e intervenciones políticas en diferentes ámbitos: por un lado, cambiar los enfoques institucionales y organizacionales sobre la cuestión de género, generalmente asociados solamente a las problemáticas de las mujeres, así como modificar las actitudes y prácticas de los varones de manera individual y colectiva, para constituir relaciones más igualitarias en las familias, en las comunidades, instituciones y entre las propias naciones.

El asunto no es sencillo: requiere (de)construir imaginarios, costumbres y privilegios a los que los varones acceden y de los que difícilmente querrán desistir. Como explicaba un joven militante de Varones Antipatriarcales en una entrevista:3 “a veces es difícil poder interpelar a los varones para emprender un camino que cuestione sus privilegios por el solo hecho de ser varón, que pongan en crisis el modelo de masculinidad en el que fueron, fuimos formados como varones y cómo nos constituimos como sujetos sociales” (Aymú 2014). Contribuir a este desafío es el objetivo del presente artículo.

ENFOQUE METODOLÓGICO

Con el fin de comprender las diversas manifestaciones de la masculinidad disponemos del enfoque interseccional, a partir del cual se analizan las diferentes posiciones que ocupan los/as sujetos/as, las cuales condicionan la emergencia de determinadas prácticas y significados. La interseccionalidad es la expresión de un “sistema complejo de estructuras y opresión que son múltiples y simultáneas”. Es la consecuencia de factores de discriminación que interactúan con otros mecanismos de opresión “creando una nueva dimensión de desempoderamiento” (Crenshaw 1993, 359). Nos permite atender cómo interactúan en una misma persona dimensiones como el género, la clase, la religión, la etnia o la nacionalidad, en tanto aspectos que se articulan y se constituyen en sistemas de opresión.

La información con la que trabajamos a lo largo del artículo proviene de diferentes fuentes. Por un lado, exploraciones en estudios sobre masculinidades a nivel internacional, así como entrevistas realizadas durante la tesis de maestría4 y la tesis doctoral,5 con mujeres y varones de sectores populares de la capital de Córdoba (Argentina). Por otro lado, se realizaron entrevistas con militantes de organizaciones de varones Antipatriarcales y grupos por “nuevas paternidades”, así como con varones de sectores profesionales de la Capital de Córdoba, que no participan de este tipo de organizaciones. Estas entrevistas son parte de la investigación “Violencias de género y masculinidades hegemónicas: Emergentes de prácticas y significaciones que varones heterosexuales dan a sus relaciones de género”, que nos proponemos desarrollar durante el periodo 2015-2016/17, financiada por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).

Para el caso particular del artículo, la totalidad de entrevistas con varones durante el año 2015 suman un total de quince, de las cuales cinco fueron en profundidad y 10 semi-dirigidas. Se realizaron con varones de un rango de edad que va de los 20 a los 40 años, de sectores populares6 y profesionales.

LOS HOMBRES NO LLORAN: MASCULINIDADES HEGEMÓNICAS

Por cada mujer cansada de ser calificada como “hembra emocional” hay un hombre que aparenta ser fuerte y frío para mantener sus privilegios

Anónimo

Relacionada con la voluntad de dominio y de control, la masculinidad hegemónica7 es producto de procesos sociohistóricos y de organización social de las relaciones entre los géneros, a partir de una cultura androcéntrica de jerarquización masculina. Es un modelo prescriptivo de cómo deben y no deben actuar los sujetos si quieren detentar la condición de varones.

Para la masculinidad dominante, ser varón es ejercer el poder para imponer el control sobre otras/os y sobre las propias emociones. En sociedades jerárquicas y desiguales como las nuestras, el poder se ejerce como dominación sobre algo o sobre alguien más. Diferentes autores (Cfr. Bonino 2001, Bourdieu, 1990 y Weltzer Lang 2000) sostienen que la masculinidad es un modelo social que impone un modo particular de configuración de la subjetividad, la corporalidad y la posición existencial del común de los varones. Este modelo se sustenta en el ejercicio de la violencia hacia las mujeres y los/as niños/as, mientras combate y aísla otras formas de ejercer la masculinidad que se consideran disidentes (no heterocentradas).

El varón heterosexual debe someterse a pruebas constantes que demuestren su masculinidad como sinónimo de virilidad y hombría. Por ejemplo, la competencia sexual confirma la heterosexualidad, porque el coitocentrismo atraviesa la lógica de la conducta masculina, como parte de una serie de premisas que se deben cumplir. Aunque la heterosexualidad no se expresa ni se vive de manera homogénea, existen diferentes masculinidades hegemónicas que operan privilegiando algunos atributos sobre otros, por ejemplo: la competencia sexual o la fuerza física (entre otras).

Para Bonino (2001) la masculinidad se constituye en un organizador del psiquismo y del cuerpo masculino, donde el varón, en términos generales, se beneficia del ejercicio del poder apoyado en privilegios institucionales. Este modelo es dañino cualitativa y cuantitativamente para las mujeres, niños/as y sujetos disidentes, aunque los varones no dejan de sufrir consecuencias tales como problemas graves de salud, muerte prematura, sobrexplotación física y mental, relaciones emocionalmente vacías, entre otras.

En ese sentido, el poder que detentan los varones redunda en privilegios, aunque también, como sostiene Kauffman (1995), es fuente de experiencias individuales de sufrimiento y alienación. El sufrimiento que experimentan los hombres se desprende de mandatos como la virilidad: “ser machos” como sinónimo de negar las emociones, la sensibilidad y la oportunidad de cuidar de otros y de sí mismos. Ante la percepción de que deben reprimir esos sentimientos, los varones suelen sentir temor que, reprimido, emerge como violencia.

Quien no se adapta al modelo de comportamiento, valores y prácticas propios de las masculinidad hegemónica se encuentra relegado a la invisibilidad y a ser caratulado como “lo otro o lo marginal”, potencial víctima de otras formas de violencia. Es decir: existen relaciones de dominación no solo de los varones hacia las mujeres, sino entre los propios varones. No es lo mismo ser varón heterosexual que homosexual, blanco que de color, todas estas intersecciones producen diferentes procesos de subalternización.

En consecuencia, atendiendo al enfoque interseccional, comprendemos que no todas las masculinidades se manifiestan de la misma manera, porque tampoco se socializan homogéneamente, ni se encuentran condicionadas o poseen las mismas oportunidades de desarrollo. Por ejemplo, refiriéndonos principalmente al cruce entre género y clase, ya que nos encontramos más familiarizadas con este cuestión debido a investigaciones anteriores (Bard Wigdor, 2014 y Bard Wigdor y Echavarría 2015), ser varón de sectores populares supone una serie de disímiles y profundas desigualdades, en relación a varones que pertenecen por ejemplo, a sectores profesionales.

Los varones de sectores populares comparten entre sí las desigualdades de origen respecto a la educación, el empleo formal, la salud y las dificultades que enfrentan para responder ante el modelo hegemónico de masculinidad exitosa, como es ser proveedor de la familia, contar con dinero para trabajar un cuerpo que se parezca al modelo dominante de belleza, etc. Cada estereotipo dominante de ser varón, precisa posibilidades materiales y simbólicas que permitan alcanzarlo. Según la vida de los hombres y las herramientas que tienen a su disposición, son las oportunidades de ejercicio de alguna de las formas de poder que ofrece la masculinidad dominante.

Por tanto, varones que pertenecen a un sector social de menor poder respecto a otros (como los profesionales), cuya masculinidad no alcanza el ideal hegemónico de belleza, que padecen diferentes opresiones sociales como el desempleo, ejercen poder sobre su propia comunidad y sobre las mujeres y niños/as de su misma clase o grupo social, o frente a otros hombres no heterosexuales, como hemos visto en diferentes barrios populares de Córdoba en relación a los travestis. Sin embargo, estos mismos varones de sectores populares, sufren el rechazo, la discriminación y la violencia por parte de varones de sectores más altos, con quienes conviven en una sociedad estratificada y quienes son generalmente sus patrones y los explotan laboralmente.

En este sentido, tal como explicábamos en la tesis de maestría (Bard Wigdor, 2014), los varones de sectores populares ocupan una posición de dominación que les permite ejercer diferentes controles sobre el cuerpo de las mujeres, imponer su poder en la familia y gozar de un uso diferencial del espacio tanto público como privado (Valdés y Olavarría 1998). Sin embargo, esa posición en el sistema de género, como sostiene Kaufman (1997), genera una especie de “extraña combinación de poder y privilegios, dolor y carencia de poder” (Padilla 2001: 311). En el caso de estos varones, el contexto de vulneración y violencia extrema a causa del desempleo o el empleo precario en la construcción y el mercado de frutas, la exclusión social, los riesgos que conlleva el involucramiento en acciones ilegales para sobrevivir (como la venta de droga o la delincuencia) y los mandatos de género que condicionan, entre otras cosas, “a bancársela, ser fuerte, tener guachas y proveer la familia”, atentan, literalmente, contra la reproducción de sus vidas. A su vez, se convierten en objeto de un riesgo potencial y permanente para sus familias a causa de los vínculos de violencia que construyen con otros varones.

Víctimas de la violencia estructural, los varones de sectores populares son excluidos de los trabajos formales e informales, del sistema educativo y de la asistencia directa del Estado. Cuando logran conseguir empleo, es bajo condiciones precarias que ponen en riesgo su salud física y mental, con ingresos mínimos que no llegan a cubrir las necesidades básicas de las familias. Como explica Kaufman (1989), normalmente y más aún, agregaría, en situaciones de desempleo y pérdida de la salud, los varones deben convencerse a sí mismos, al entorno, a su familia y principalmente a otros varones, que son lo suficientemente hombres a pesar de no cumplir con algunos de los requisitos impuestos para el género: ser proveedores, fuertes y superiores físicamente a sus mujeres. Esos atributos, que siempre están en peligro de perderse, se encuentran afectados por la enfermedad y el desempleo, por lo que la expresión de su masculinidad, puede demostrarse a través del ejercicio del poder en un sentido despótico: la violencia física, sexual y psicológica contra la mujer y los/as hijos/as.

A pesar de las múltiples intersecciones y las desigualdades que existen entre los varones, hay condicionamientos y modelos de conducta que atraviesan y que se asumen por todos ellos. Por ejemplo, en el plano de la sexualidad, el modelo de masculinidad hegemónica impone desear y sobre todo poseer a las mujeres. Así, éstas son tratadas como objetos y como parte esencial para la atención y conformación de la familia por parte del total del colectivo de varones.

La extrema expresión del masculinismo dominante que considera a las mujeres como objeto es el feminicidio.8 En el caso de la Argentina, este fenómeno extremo de la violencia de género, se encuentra en la agenda de los temas urgentes a abordar por el Estado. La Asociación Civil La Casa del Encuentro produjo el primer informe de feminicidios en Argentina, basado en datos recopilados de las agencias informativas tales como Télam, DyN y 120 diarios de distribución nacional y/o provincial, como por el seguimiento de cada caso en los medios. El informe destacó que en el año 2013 se cometieron 295 feminicidios vinculados a mujeres y niñas en el territorio argentino. Del total, Buenos Aires es la provincia que registró más casos, con 89 hechos, y en segundo lugar se encuentra Córdoba con 31 asesinatos de mujeres. Solo en 2014 fueron reportados 277 feminicidios y desde 2008 a 2014 contabilizaron 1 808 mujeres asesinadas por cuestiones de género, aunque señalan que también hay muchos casos de violencia y asesinatos que no llegan a conocerse a través de la prensa. En todos los casos, los victimarios eran varones del círculo familiar de la víctima, especialmente parejas o ex parejas.

Además de expresiones radicales de la violencia —como el feminicidio— vivimos inmersos/as en una cultura que tolera la cotidiana agresividad masculina e incluso la estimula, a través de estereotipos masculinos ligados al uso del dominio y la violencia como medio para afirmar o exigir reconocimiento de la propia identidad, así como por los “micromachismos” (o sexismo de “baja intensidad”) que los varones reproducen a diario de modo casi imperceptible.

“SER VARÓN ES NO SER MINORÍA”: VARONES HETEROSEXUALES DE SECTORES PROFESIONALES

Conceptualizar es politizar

Celia Amorós

Les solicitamos a varones blancos, heterosexuales y de sectores profesionales, que respondieran sobre cómo experimentaban la masculinidad y qué implicaba ser varones en su experiencia personal. Sus respuestas fueron que, en primer lugar, nunca se habían preguntado por su condición. Es como si ser varón tuviera un significado único, intemporal y universal, que no debiera cuestionarse. El varón se representa a sí mismo como sujeto universal, quien tiene el derecho de arrogarse funciones de portavoz de toda la especie. Ser hombre “es una obviedad, es no ser minoría” (Juan, 2014).

Asimismo, para la mayoría de los entrevistados, ser varón es detentar fortaleza, es ser activo, proveedor, responsable y autónomo. “Ser varón es un privilegio único”, dice uno de los entrevistados. Así, el modelo hegemónico de masculinidad se experimenta con orgullo y tal como sostienen investigaciones en el tema (Cfr. Abaunza 1995, Bonino 1995, Tajer 1996), los varones se perciben como superiores al resto de los/as sujetos/as y con autoridad para tutelar a los/as otros/ as, a quienes se inferioriza.

Además, lo masculino es definido como lo opuesto a lo femenino. En efecto, la masculinidad es la normalidad, mientras lo femenino es lo enigmático, lo que en muchas ocasiones se considera despreciable y objeto a controlar por la medicina, la religión y la ciencia. Es a partir de la negación y, en varias ocasiones, del desprecio hacia estas y otras características en teoría femeninas, que se construye la identidad masculina tradicional. El varón construye se identidad basada no en sí mismo, sino en “no ser como una mujer”: “Ser varón creo que es el predominio de lo masculino sobre lo femenino en una persona, sobre lo delicado, lo sensible” (Matías, 2015).

Masculinidad para este grupo de varones de sectores profesionales es sinónimo de hombría, de “ser bien macho”, como sinónimo de valiente, energético, fuerte, firme, etc. Es a la vez, ser honorable, “ser recto”, comportarse correctamente y hacer que la palabra tenga valor. Ser varón es ser protector de “los más débiles”, quienes están bajo su dominio, como las y los niñas/ os, mujeres y ancianas/os. Como dice Nacho, es como en el tango, donde hay que dominar pero también proteger: “Ser varón es como en el tango, ser atento, ser compañero, ser fuerte y ablandarse cuando se necesita… saber marcar el paso” (Nacho, 2015).

Otros entrevistados señalaron que ser varon es trabajar y tener empleo. Hay una construcción de la masculinidad donde el trabajo es una fuente de identidad fundamental. De hecho, parte de la masculinidad dominante implica interiorizar que para ser hay que trabajar, y que en caso contrario, se ha fracasado en la vida, principalmente como proveedor de la familia. Por eso, en las entrevistas señalan que ser varón también es una carga, un mandato que impone un modelo de comportamiento, de relacionarse con los demás, de sentir y que se vivencia con sufrimiento. De este modo, el modelo encarnado en una identidad “se transforma en un mandato ineludible, que organiza la vida y las prácticas de los hombres” (Valdés y Olavarría 1998, 15-16). Todo lo cual se opone a características asociadas a las mujeres como la suavidad, la ternura, la delicadeza, y en no pocas ocasiones para la mirada sexista, en cobardía, debilidad o fragilidad.

A su vez, la masculinidad guarda relación con lo estético, con ser “bien viril” y mostrase “bien macho”, asociado a la genitalidad, con estar siempre disponible para el sexo y la seducción: “lo masculino supongo que tiene que ver con una dimensión afectiva, genital y estética, con encarar siempre” (Nico, 2015).

En sintonía con la información que arrojan las entrevistas, Campos y Salas (2001) explican cómo la masculinidad se construye en relación con mandatos que a veces se tornan contradictorios. Por un lado se debe ser conquistador, poseer mujeres, ser sexualmente avasallador e incansable. Por otro lado, se les exige ser buen marido, fiel y amoroso. Toda esta información que se cruza y contradice, decanta en diferentes violencias ejercidas sobre las mujeres, como es la imposibilidad de comprometerse en la pareja, el deber de responder ante las necesidades de afecto de sus familias y pretender sostener una doble vida.

Si bien es muy difícil que los varones encajen con el modelo de masculinidad hegemónico, se esfuerzan día a día por alcanzarlo, no solo por las sanciones a las que se exponen si no lo logran (violencia física, segregación, etc.), sino porque obtienen beneficios9 a medida que se acercan a ese modelo dominante de ser varón. Por eso existe complicidad con el proyecto hegemónico de ser varón, se lucha por conquistarlo y se goza de los beneficios que se obtienen: dominación sobre el resto de los/as sujetos/as.

Los varones construyen sus identidades masculinas en un entorno de violencia histórica y de violencia estructural, donde ejercen distintos modos de dominación sobre las mujeres, contra varones de otras condiciones sociales o de género, en ámbitos públicos como la calle y en lo privado y en lo íntimo de la pareja. Especialmente llamativa es la violencia que se ejerce contra la pareja, una persona a la que en teoría se quiere (Cfr. Bonino 2001).

Por eso, si bien la masculinidad es una construcción social en permanente cambio, muestra aspectos que se tornan persistentes. El ejercicio de la violencia se encuentra tan interiorizado en aquel sujeto que se aprecia varón, a través de valores como la fuerza, la competitividad y lo público sobrevaluado que, como sostiene Bonino (2001), brinda un proyecto de identidad que te dice lo que debes ser desde el nacimiento y que resulta difícil de transformar.

Resulta llamativo cómo los varones que entrevistamos identifican y cuestionan diferentes violencias explícitas que ejercen otros hombres sobre las mujeres y demás géneros: “yo creo que hay varones machistas, son golpeadores, violentos, pero son la minoría” (Edu, 2015), pero no puede visibilizar lo que Bonino (1990) denomina micromachismos. El origen de esta categoría se vincula a los aportes de Foucault (1979), en relación a la idea de lo capilar, lo que no es perceptible, lo que está en los límites de la evidencia, lo micro. Y “machismo” se refiere a los comportamientos de inferiorización hacia la mujer (Bonino 1990).

Los micromachismos se manifiestan en la vida cotidiana de manera casi imperceptible a causa de su naturalización, son prácticas de dominación y violencia masculina hacia los/as otros/as. Son pequeños gestos, actitudes y comportamientos de control, subestimación y abusos de poder, casi invisibles. Ejemplos de estas conductas son los chistes machistas, la anulación de la voz de las mujeres por parte de los varones, alzando su propia voz en contextos de reuniones sociales, subestimaciones expresadas de manera benévola como “sos muy nerviosa o muy histérica”, pequeñas ventajas en el uso del tiempo respecto al cuidado de los/as hijos/as en la pareja, entre otras manifestaciones.

Los varones son socializados como expertos en el ejercicio de estos micromachismos, en parte debido al supuesto de su superioridad y derecho a disponer de las mujeres. Ellos detentan el monopolio de la razón y poseen el poder moral legitimado de ser los inquisidores de las mujeres, quienes siempre están en falta. Aun los varones que poseen formación en estudios de género sostienen hábitos que reproducen estos micromachismos. Con estas conductas los varones detentan el poder a la vez que reafirmar su identidad masculina que, según Bonino (1990), se asienta en la creencia de superioridad y en la necesidad de control sobre las mujeres.

En ese sentido, los micromachismos son estrategias que se implementan para evitar responsabilizarse por otros/as y por tanto, sobrecargar por evitación a las mujeres respecto a las tareas del cuidado. En tal sentido, son estrategias que resultan no por lo que logran hacer sino por lo que evitan y por lo que delegan. Por ejemplo, los varones se niegan a asumir las tareas domésticas, se aprovechan del trabajo de las mujeres, delegan las tareas de cuidado de vínculos y personas cercanas, sostienen paternidades poco comprometidas, entre otras violencias cotidianas. Son violencias que se ejercen en todos los ámbitos donde transcurre la vida de las personas.

Sin embargo, existe una tendencia a considerar los micromachismos o “sexismo de baja intensidad” como menos importantes que aquellos cuyos daños son más evidentes o se producen a mediano y corto plazo (violencia física, explotación sexual, etc). Sucede que este tipo de violencia, que podríamos decir capilar e imperceptible, produce daños a largo plazo, con efectos difíciles de revertir en el tiempo como es la sujeción silenciosa de las mujeres. Trabajar sobre la subjetividad de las mujeres de manera continuada e impune, es infalible para perpetuar el sexismo. Y como el micromachismo es poco percibido como violencia, es aún más efectivo.

RESPONSABILIZARSE POR OTROS/AS: VARONES Y TAREAS DEL CUIDADO

Por cada mujer que no ha tenido acceso a un trabajo o salario satisfactorio, hay un hombre que se aprovecha del trabajo gratuito hecho en casa y que no mueve un dedo para reivindicar la igualdad de derechos laborales de la mujer.

Anónimo

A pesar de la magnitud del conflicto por la violencia de género y la injusta distribución de las tareas del cuidado, son escasas las investigaciones que ponen el foco en el papel del hombre respecto a la violencia y a estas actividades (Alberdi y Escario, 2007; Menéndez e Hidalgo 1997, 1998; Rodríguez, 2014).

En el caso de las tareas del cuidado, tal como señalan autoras como Vega y Rodríguez (2014), son responsabilidad casi exclusiva de las mujeres de diferentes sectores sociales, pero sobre todo populares. Son las mujeres quienes predominan en el cuidado de sus hijos/as, por lo que abandonan sus carreras profesionales, dedican menos tiempo al empleo y al cuidado de sí mismas. Ya mucha bibliografía explica el impacto de esta desigual distribución de las tareas entre hombres y mujeres, siendo estas últimas las que se encuentran afectadas en el desarrollo de una vida plena.

La ausencia de corresponsabilidad entre mujeres y varones en el trabajo doméstico y en las cargas familiares se constituye en una barrera para que las mujeres desarrollen sus proyectos laborales y de vida en general. Entre las dimensiones que afecta el cuidado, el uso del tiempo es un recurso crítico. Según datos obtenidos por la encuesta que realizó el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos10 (INDEC 2014) en Argentina, se observa cómo el 74.4% de la población de 18 años y más, realiza trabajo doméstico no remunerado (tareas de cuidado de ancianas/os y de niños/as). Este trabajo no se encuentra distribuido de manera equitativa, sino que en todas las actividades de cuidado, tanto en participación como en intensidad del trabajo, se observa un claro predominio femenino.

Las mujeres dedican en promedio 2.5 horas diarias más que los varones al trabajo doméstico, incluyendo la crianza, y si se toma el total del tiempo dedicado a estas tareas: el 76% corresponde a las mujeres y el 24% a los varones. La mayor brecha se registra en el tramo de edad de 18 a 29 años, siendo los varones en esta etapa de la vida quienes menos participan en el trabajo doméstico. Entre las mujeres, quienes dedican más tiempo a estas tareas son las que están casadas o conviven con sus parejas. Tanto en mujeres como en varones, la presencia de niños/as aumenta la participación en las tareas de crianza y sostenimiento del hogar. Pero mientras los varones aumentan solo 1.6 horas su tasa de participación, las mujeres lo hacen en 4.4 horas (INDEC 2014).

En tal sentido, los varones que viven en familia generalmente asumen solo parte de la responsabilidad en la manutención económica, el aspecto productivo, lo cual los legitima para apartarse de las responsabilidades reproductivas. La provisión económica y la protección familiar por parte del pater familia es un mandato constitutivo de los modelos de masculinidad dominantes. Cuando se involucran en el hogar, los varones lo hacen generalmente desde la posición de “jefe de familia” y propician malos tratos a los/as niños/as y a las mujeres, como parte de los legados más arraigados del patriarcado. La figura paterna tradicional se sostiene sobre valores como “la ley”, “la autoridad” y “la distancia”, aun estando presente físicamente (Szil 1997).

En tal sentido, Kaufam sostiene que “la adquisición de la masculinidad hegemónica (y la mayor parte de las subordinadas) es un proceso a través del cual los hombres llegan a suprimir toda una gama de emociones, necesidades y posibilidades, tales como el placer de cuidar de otros, la receptividad, la empatía y la compasión, experimentadas como inconsistentes del poder masculino” (1995, 125). Reprimidas sus oportunidades de ocupar un lugar relevante en la organización del cuidado, los varones cuestionan, invisibilizan y desprestigian las tareas reproductivas.

Este desprestigio se expresa en una paternidad11 que escasamente implica la atención de sus hijos/as, en un conjunto de acciones de descompromiso y de descomposición de las solidaridades familiares. La paternidad patriarcal se asume como una función o consecuencia derivada de la biología, de ser varón en edad reproductiva. Es un producto más, una manera de visibilizar la virilidad. En tanto que se asume como parte de la biología de las mujeres, pero también como constitutiva de su papel social: ser madres es constitutivo de su identidad de género.

Estas representaciones contribuyen a la desigual distribución de las tareas y a la caracterización de este tipo de paternidad, como también lo hacen las leyes laborales que promuevan una amplia desigualdad entre las licencias y permisos de maternidad y paternidad. Además, tanto para mujeres como para varones, en el modo de producción del sistema capitalista, estas licencias se constituyen en trabas para el desarrollo profesional, que atenta contra las carreras y las oportunidades de gozar de un buen sueldo, por lo que los varones no se encuentran propensos a tomarlas.

En general, la ausencia en el cuidado de otros/as, va acompañado en los varones del descuido del propio cuerpo, siendo el cuidado de la salud casi inexistente como problema masculino. Al contrario, este es un asunto considerado femenino. “Al perder el hilo de una amplia gama de necesidades y capacidades humanas y al reprimir nuestra necesidad de cuidar y nutrir, los hombres perdemos el sentido común emotivo y la capacidad de cuidarnos” (Kauffman 1995, 3). Por ejemplo, muchos de los varones que entrevistas no van al médico, no previenen enfermedades, tienen conductas de riesgo y adicciones (como el alcohol).

Por otro lado, el hecho de que las tareas del cuidado no sean valorizadas económicamente ni reconocidas como tareas fundamentales para la reproducción de la sociedad, contribuye a la poca dedicación de los varones a las mismas. Los hombres no se encuentran socializados desde la primera infancia para cuidar de otros/as y el Estado no promueve suficientes y adecuadas políticas públicas que logren difundir los beneficios de una paternidad responsable. Sumado al difícil desafío de que los varones se responsabilicen, tal como hace siglos hacen las mujeres, por la crianza de niños/as con protagonismo y responsabilidad, destinando tiempos, sacrificios y renuncias personales.

En tal sentido, las organizaciones que promueven “nuevas paternidades”12 con perspectiva de género, se dirigen a fortalecer el compromiso más afectivo y activo con las necesidades de los/as hijos/as por parte de los varones. No solo proponen involucrarse en las tareas de recreación y ocio, sino participar responsablemente de las tareas de cuidado diarias, sobre todo las domésticas y de crianza.

HARTOS DE LLEVAR LOS PANTALONES: AFLORAN NUEVAS MASCULINIDADES

El gran factor de opresión es estar obligados a ser siempre los mismos13

Federico

Desde diversos colectivos de varones, especialmente en Argentina los colectivos “antipatriarcales”14 y “varones floreciendo,”15 se pretende contribuir a la reformulación de los valores de género, a través de la organización en torno a la construcción de masculinidades con enfoque de género: “Nos proponemos Antipatriarcales como horizonte, como perspectiva y como proceso; es en el desafío de desandar la categoría de varones donde aunamos nuestras prácticas contra el patriarcado y sus opresiones” (Varones Antipatriarcales Rosario).

Con cuestionamientos y críticas a las maneras en que se experimenta y ejerce la masculinidad de manera dominante, y con el desafío de revisar una posición que se considera de privilegio por parte de los varones blancos, heterosexuales y burgueses, estos colectivos se organizan en grupos de reflexión. Se plantean la problematización de todos los tipos de violencia que se ejercen sobre los/as demás y sobre el propio cuerpo, la posibilidad de asumir paternidades responsables y su participación en la promoción de la salud sexual y reproductiva.

Estos varones se preguntan por su condición de hombres: “nosotros partimos de reflexionar acerca de qué es ser varón, qué implicancias tiene para los demás” (Fede, 2015). El solo hecho de preguntarse por la posición que detentan, ser varones, supone un cambio con la definición habitual de la masculinidad, que es un sentido neutro, al decir de Segarra y Carabí (2000), por ser el lado hegemónico del género, el que no se cuestiona en la construcción de las posiciones occidentales.

Estas agrupaciones de varones se encuentran constituidas principalmente por hombres de sectores medios, generalmente con estudios universitarios y con cercanía a las discusiones que plantea el feminismo, no necesariamente heterosexuales. En tal sentido, suelen ser miembros de estos grupos, varones que asumen otras formas de masculinidad, como las homosexuales, que suelen considerarse casos “desviados” respecto al modelo hegemónico de masculinidad o, dicho de otro modo, varones que no son considerados hombres por otros varones, “verdaderos hombres”.

En ese orden, los varones entrevistados señalaron la discriminación y las experiencias de violencia por parte de otros varones que consideran que estos se “están volviendo mujeres” (Alejandro, 2015), como sinónimo de homosexuales. Es difícil para quienes quieren organizarse y cuestionar su propia masculinidad ser respetados y apoyados por sus pares e incluso, por otras mujeres de su entorno: “una amiga me decía que tuviera cuidado, me decía que capaz en esos grupo te das vuelta para el otro lado” (Fede, 2015). Una clara advertencia y sanción social, que dice y amenaza sobre la posibilidad de ser considerado homosexual por participar de estos espacios.

Es necesario destacar que estos grupos de varones se desarrollan con población que se acerca voluntariamente, es decir, que demuestran predisposición al cambio. Diferente es la situación de los grupos de varones que son obligados legalmente a concurrir a espacios terapéuticos de reflexión,16 tema que requiere ser indagado.

Por otro lado, existe otro tipo de agrupamiento de varones que cuestionan su género, específicamente grupos de padres. En Córdoba hemos identificado al menos tres, coordinados por psicólogos sociales, que se reúnen esporádicamente para reflexionar sobre su paternidad.

Las acciones de estos grupos, se dirigen a colaborar en la construcción de paternidades que combatan el modelo de padre occidental, quien se erige como la autoridad y el saber, como el único proveedor de la familia, quien asegura la filiación y otorga un lugar social a su descendencia. Como dice Bonino (2001) la crisis es para ese padre, modelo de la división tradicional del trabajo según el sexo, que se construye como el hombre modelo a seguir por sus hijos varones, a quienes “heredara su fortuna”, y de sus hijas, a quienes guiará para que se casen con alguien similar a él. Estos grupos pretenden generar una crisis en la figura del patriarca y en el estereotipo masculino asociado a ella. Ese estereotipo conlleva implícitas algunas costumbres legitimadas como naturales, por ejemplo, abandonar a los/as más pequeños/as al cuidado exclusivo de la madre, para retomar nuevamente su compromiso paternal en la adolescencia, sobre todo con hijos varones, a quienes ya puede educar para la vida laboral y el dominio de los otros.

Al contrario, “las nuevas paternidades”, que se discuten en los grupos de varones, buscan incorporarse al cuidado de los/as hijos/as, pasar más tiempo con ellos y establecer una relación emocional más profunda. Los nuevos padres se plantean pasar tiempo y ocio compartido con la familia y ocuparse de las tareas de crianza. Implica un paso del padre que solo es proveedor a ser corresponsable de la familia. Lo cual impacta en una nueva forma de convivencia intrafamiliar, que puede ser más equitativa y armoniosa que la tradicional.

En estos espacios con formato de taller, los varones revisan las maneras en que han sido hijos, cómo han sido sus padres y cómo son ellos mismos en ese rol. Manifiestan su deseo de desarrollar cualidades habitualmente consideradas femeninas como la ternura, la escucha y la contención: “Me di cuenta de que quería pasar tiempo con mis hijos, que no quiero perderme esos momentos que antes no registraba, como bañarlos o contarles un cuento… cosas que mi viejo nunca hizo conmigo” (Mario, 2015).

Para muchos de estos varones, intentar ser “padres presentes” implicó negociaciones en sus empleos, para contar con permisos para llevar a sus hijos al médico, pero sobre todo, discusiones con sus amigos y grupos de pares. Son los propios pares quienes más reclaman a estos varones cuando deciden resignar el partido de futbol para quedarse un viernes por la noche en su casa, para pasar más tiempo con sus hijos o acompañarlos en las tareas escolares. “Te dicen que sos puto, que tu mujer te domina, que sos un pollerudo, pero bueno… es como esperable que reaccionen así” (Santi, 2015).

A pesar de los cambios que se vislumbran en relación a cómo los varones están asumiendo su paternidad, tal como señalara Bonino (2001), los hombres continúan comportándose respecto a las tareas domésticas y al espacio íntimo familiar, como quienes “ayudan a sus mujeres”. Es decir, como colaboradores en la crianza y no como pares. El lugar de la casa y de la crianza sigue siendo representado como el espacio de la mujer. Por tanto, aún falta mucho por hacer y por trabajar.

En tal sentido, autores como Moore y Gillette (1993), Restrepo (1994) y Keijzer (1996), concuerdan con que los hombres pueden (de)construir sus masculinidades, experimentar cambios en el plano de los sentimientos y los afectos, y que esto inevitablemente se reflejará en el orden público y en sus relaciones sociales. Las entrevistas demuestran que, al menos discursivamente, cuando los varones trabajan sobre su condición de género, la violencia disminuye así como la competitividad y la agresividad; se mejora la comunicación con otros varones y con el entorno en general; se perciben mejoras en relación a la menor necesidad de controlar la pareja; el lenguaje es menos sexista, y se cuestiona el lugar de objetos en que habitualmente se coloca a las mujeres.

Sin embargo, advertimos que no basta la reflexión teórica, porque acabaría siendo una manifestación más de la racionalidad masculina, se requiere del paso a la acción, la cual verdaderamente colocaría en jaque a la masculinidad patriarcal. En tal sentido, a pesar de la diversidad de grupos y enfoques sobre “nuevas masculinidades”, lo que hace similares a espacios de varones como los Antipatriarcales o los grupos de nuevas paternidades, es el cuestionamiento no solo teórico a la injusticia de género, sino el reconocimiento de la necesidad de responsabilizarse activamente en la no reproducción del patriarcado.

Entre los desafíos más difíciles de llevar adelante, estos grupos de varones organizados señalan la lucha contra la violencia masculina y contra los privilegios de género, porque implica que los varones se predispongan a romper con “la solidaridad de género patriarcal” y repiensen su comportamiento cotidiano. El desafío es responsabilizarse por la propia posición de poder y ceder en privilegios, para conectar con la experiencia de quienes son víctimas de la violencia masculina dominante, que no solo son las mujeres, sino también otros varones y otros géneros. Hay que replantearse la imagen del “macho” proveedor y gozador de las mujeres. Dar espacios a la sensibilidad, reducir las exigencias sexuales, renunciar al modelo económico de éxito y a la imposición del deseo heterosexual. Dejar de gozar de privilegios sobre las mujeres y los/as niños/as, abandonar violencias que son invisibles a los ojos pocos habituados a problematizarla y animarse a ser el compañero de la mujer o de quien sea la pareja, y no su dueño.

Finalmente, tal como sostienen quienes trabajan en la trasformación de las relaciones de género, la labor de cuestionar y rechazar lo que nos viene dado desde que nacemos —como puede ser la masculinidad— no es tarea sencilla. Ser consciente de los privilegios por el solo hecho de nacer varón, implica estar dispuestos a la renuncia y a abrazar la convicción sobre el derecho de todos y todas a una vida plena. Además, es un proceso que los varones no pueden hacer en sole-dad, ya que precisa del empoderamiento de las mujeres, de su apoyo e impulso.

REFLEXIONES EN APERTURA

Si bien no somos responsables de cómo aprendimos a ser, sí somos responsables de lo que hacemos, con lo que aprendimos a ser

Jean-Paul Sartre

Mucho se dice sobre el avance que las mujeres hemos conquistado en materia de derechos, pero poco se habla de lo que aún continúa pendiente y de cómo esos avances son relativos a quien los mira y desde donde. Pero hay hechos que no revisten discusión, como los feminicidios en diferentes partes del país, mujeres que son golpeadas, abortan clandestinamente y poseen menores oportunidades laborales que sus pares varones, entre otras manifestaciones de las desigualdades de género que persisten.

En este escenario se plantean diferentes estrategias políticas para trabajar con las víctimas, tales como desnaturalizar la organización patriarcal de la familia, alentarlas a denunciar cuando son víctimas de violencia o salir al espacio público para reclamar por sus derechos. Les decimos que deben pelear por ellos y salir adelante. Mientras, los varones que viven con ellas, que las rodean diariamente, que las someten y las avasallan en sus derechos, no parecen registrar que hay un cambio de época, que deben ocuparse de sus hijos e hijas, que deben apoyar a sus parejas para que estudien o consigan empleo. No hemos logrado que los varones se involucren y salgan masivamente a pelear por nuestro derecho a decidir sobre el propio cuerpo, ni que se escuchen sus voces para que dejen de matar mujeres por el solo hecho de serlo.

Nos encontramos en una sociedad que en términos de discurso y valores se muestra más igualitaria en asuntos de género, pero que en lo que refiere a prácticas, es aún muy desigual. La escasa redistribución del reconocimiento, el pago por el trabajo cotidiano que realizan las mujeres desde las tareas del cuidado y los permisos de maternidad, entre otros reclamos, siguen estando pendientes. Por tanto, si bien en el mundo contemporáneo “el macho” de antaño aparece cada vez más devaluado, aún hay mucho por hacer, y no solo a través del empoderamiento de las mujeres para que se rebelen contra las ataduras que viven a diario, sino principalmente trabajando con los varones.

El desafío es enorme no solo por lo que ocurre, sino por lo que puede ocurrir, ya que aún persisten en los varones valores, prácticas y creencias del sexismo más primitivo. Lo demuestran las entrevistas que realizamos a profesionales y de sectores populares, que nunca se preguntaron acerca de su masculinidad, ni de las implicancias que tienen en la vida de sus seres queridos las prácticas sexistas que reproducen a diario. Nunca reflexionaron sobre qué es ser varón y cómo se llega a serlo. “Hacerse hombre” parece haber sido el mandato incuestionable que tuvieron de niños y pocas son las oportunidades que se les ofrece para desnaturalizarlo. Por eso, los grupos de varones organizados, los círculos de paternidades responsables, son de una importancia política insoslayable. Enfatizamos que es un gran error no considerar o al menos intentar, trabajar con los varones para que sean potenciales aliados en la lucha contra la violencia y las inequidades de género.

Los colectivos de varones antipatriacarles muestran que es posible pensar otro modo de ser varones, entregándose a la vulnerabilidad de ser humanos, de sentir, de compartir con la otra y el otro, de ser padres, cuidar y cuidarse. Esto debe acompañarse de la voluntad política de renunciar a ciertos privilegios, por eso, tal como señalan, el desafío es permanente y doloroso.

De todas maneras, a pesar del entusiasmo que nos despiertan estos agrupamientos, las organizaciones mismas son un claro ejemplo de los limitantes que el trabajo desde la perspectiva de las “nuevas masculinidades” está encontrando. Sus organizaciones se constituyen principalmente por varones que pertenecen a sectores universitarios, que no integran o no logran integrar a varones de otros estratos sociales como los populares. Tampoco consiguen convocar a amplios sectores de varones heterosexuales porque suelen ser señalados y discriminados como espacios “de homosexuales”.

En tal sentido, se precisa de grandes cambios en el sistema que no solo comprometen las relaciones de género, sino a batallas culturales que deben librarse desde todas las instituciones sociales y que atañen a otras posiciones como las de clase. No podemos aspirar a que varones de sectores privilegiados —tanto en lo económico como en otros aspectos sociales— decidan ceder en sus ventajas o privilegios de género y se arrojen a la incertidumbre de construir vínculos igualitarios “porque sí”. Tampoco se puede esperar que varones de sectores populares, que son arrojados a la intemperie de la desprotección social, al desempleo, al trabajo precarizado o la explotación, puedan obtener tiempo libre para repensarse y repensar sus relaciones de género.

Es de carácter urgente contar con políticas públicas que impulsen la discusión de género desde los primeros años de vida de las personas. Necesitamos transformar las condiciones de vida de amplios sectores sociales, habilitar el involucramiento de los varones en la paternidad a través de la ampliación de licencias de paternidad. Debemos exigir al Estado que proteja a las mujeres frente a las diversas violencias de género, pero que involucre a los varones en su problematización e intervención. Si las instituciones públicas, sobre todo aquellas dedicadas al cuidado de la primera infancia, logran establecer nuevos discursos e instalan valores que fracturan las cadenas de los roles rígidos de género, quizás, solo quizás, podamos visualizar verdaderos cambios en las nuevas generaciones. El gran desafío es que las nuevas generaciones no sean sujetadas a los estereotipos de género y que se convenzan de la necesidad de ser para dejar ser.

Convencer a cada vez más varones de la importancia de construir relaciones igualitarias, es tarea tanto de las organizaciones políticas, las instituciones, las familias, como investigadores y Estados. Es una batalla social, cultural y económica de grandes proporciones, pero cuyos resultados pueden evitar nuevas muertes por violencia o más vidas infelices en medio de agresiones, a causa de una masculinidad que extermina al/la otro/a y acaba fagocitándose a sí misma.

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Recibido: 28 de Mayo de 2015; Aprobado: 01 de Septiembre de 2015

2

El concepto de androcentrismo se encuentra relacionado con el origen y desarrollo posterior en la historia del patriarcado, así como en la discriminación que existe hacia la mujer en el mundo educativo, legal, laboral o personal. Mirada centrada en los intereses masculinos, que margina a las mujeres, hasta el punto de llegar a invisibilizar sus aportaciones o incluso considerarlas ciudadanas de segunda categoría a la hora de tomar decisiones.

3

Entrevista con Sarah Babiker para la fundación Comunicar Igualdad, 2014. Disponible en: http://www.comunicarigualdad.com.ar/el-gran-desafio-es-poner-en-crisis-nuestra-masculinidad/.

4

Tesis de maestría titulada: “Poner la cara por tod@s. Prácticas de participación comunitaria de mujeres de Bajada San José”, para el título de Magister en Trabajo Social con mención en Intervención, Escuela de Trabajo Social, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, Universidad Nacional de Córdoba, 2014. Calificada con 10 (diez). Dirigida por la Dra. María Soledad Segura.

5

Tesis doctoral presentada y a la espera de su defensa en el mes de septiembre del año 2015, titulada “Culturas políticas de mujeres de sectores populares cordobeses: Políticas desde lo cotidiano”. Dirigida por la Dra. Corina Echevarría. Corresponde al Doctorado en Estudios de Género, CEA-UNC.

6

Para conocer sobre la discusión de sectores populares, consultar las diferentes tesis mencionadas anteriormente.

7

La noción gramsciana de hegemonía implica un “acuerdo” social, que funciona cuando el interés del grupo dominante, se presenta y percibe como supeditado al bien común. Es así como los sectores subalternos aceptan e identifican como propios, los intereses del grupo dominante. Cuando la ideología se convierte en parte del sentido común, garantiza cohesión y cooperación.

8

El término feminicidio es político, se utiliza para la denuncia de la naturalización de la sociedad hacia la violencia sexista. El feminicidio es una de las formas más extremas de violencia hacia las mujeres, es el asesinato cometido por un hombre hacia una mujer a quien considera de su propiedad.

9

Los hombres en general gozan de privilegios a causa de su posición de poder. Entre los privilegios que podemos mencionar: mejores oportunidades laborales al no hacerse cargo de los cuidados, ganan más dinero por igual trabajo que las mujeres, llegan a la jubilación con pensiones dignas, no destinan tiempo a las responsabilidades domésticas y gozan de mayor tiempo libre que el de sus parejas mujeres.

10

La encuesta fue realizada como un módulo específico de la Encuesta Anual de Hogares Urbanos (EAHU) durante el tercer trimestre de 2013, y abarca a personas de 18 años y más de edad residentes en hogares particulares de localidades de 2 000 o más habitantes de todo el territorio nacional.

11

La paternidad es “un campo de prácticas y significaciones culturales y sociales en torno a la reproducción, al vínculo que se establece o no con la progenie y al cuidado de los hijos. Este campo de prácticas y significaciones emergen del entrecruzamiento de los discursos sociales que prescriben valores acerca de lo que es ser padre y producen guiones de los comportamientos reproductivos y parentales. Estos últimos varían según el momento del ciclo vital de las personas y según la relación que establezcan con la co-genitora y con los hijos y las hijas. Asimismo, estas relaciones están marcadas por las jerarquías de edad, género, clase, raza y etnia” (Fuller 2000, 37).

12

Las nuevas paternidades se refieren a varones que ejercen su paternidad activamente, que se involucran en la vida de los/as hijos/as y sus parejas. Padres que se permiten ser cariñosos y que comparte las tareas de cuidado con su compañeras, o con la madre de sus hijos/as, intentando conscientemente, contribuir a la construcción de una sociedad con mayor igualdad entre los géneros.

13

Militante de una organización de varones antipatriarcales.

14

Para más información sobre este colectivo, consultar: http://colectivovaronesantipatriarcales.blogspot.com.ar/.

15

Para más información sobre este colectivo, consultar: http://www.eltransformador.org.ar/blog/index.php/generos/180-revista-varones-floreciendo.

16

Generalmente constituidos por varones que fueron procesados penalmente por violencia de género, estos grupos terapéuticos suelen durar poco en el tiempo, porque sus miembros abandonan rápidamente si no se les hace un seguimiento por parte del Estado. Además, son fuertemente cuestionados por los movimientos feministas, que descreen de sus potencialidades como agentes de cambio y exigen que los escasos recursos que se destinan a estos grupos, se dirijan a las víctimas.

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