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Agricultura, sociedad y desarrollo

versión impresa ISSN 1870-5472

agric. soc. desarro vol.15 no.4 Texcoco oct./dic. 2018

 

Artículos

Eficiencia y agricultura familiar: más de un siglo de debate sin suficientes respuestas

Ramiro Rodríguez-Sperat1  * 

Cristian Emanuel-Jara1 

1 Universidad Nacional de Santiago del Estero (Argentina) / Instituto de Estudios para el Desarrollo Social (INDES). (ramirorodriguezsperat@hotmail.com; cristianjara_cl@hotmail.com)

Resumen

La agricultura familiar atraviesa por un momento de creciente legitimidad en América Latina, al punto de que muchos gobiernos han dispuesto una serie de medidas tendientes a visibilizar y potenciar el sector. Sin embargo, la eficiencia productiva de este tipo de agricultura ha sido cuestionada en diversas oportunidades y por parte de distintas corrientes de pensamiento. Consecuentemente, y a la luz de las expectativas que existen sobre el sector desde múltiples vertientes políticas y académicas, resultaría conveniente revisar críticamente los argumentos que le asignan -según sea el caso- una mayor o menor eficiencia en su producción. A partir de recuperar y poner en diálogos los textos clásicos y contemporáneos que abordaron, directa o indirectamente la cuestión, este trabajo intenta demostrar que la discusión no es nueva, que los autores que han tratado el tema han hecho un uso polisémico de los conceptos involucrados, que la evidencia empírica utilizada para construir los distintos argumentos es difusa, y que todos estos elementos han actuado en forma conjunta para en la actualidad el debate siga abierto. Reconstruir y analizar dichos argumentos resulta un prerrequisito básico para poder argumentar a favor del potencial estratégico y la formulación de políticas públicas productivas (y no solo asistenciales) para el sector.

Palabras clave: agricultura capitalista; estudios agrarios; políticas públicas; producción campesina

Introducción

El 2014 fue declarado Año Internacional de la Agricultura Familiar por la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU) en reconocimiento a su aporte en la provisión de alimentos, el mantenimiento de los espacios y culturas rurales, la gestión de la biodiversidad y la superación de la pobreza (ONU, 2012). Este hecho refleja un proceso de reconocimiento de la importancia del sector por parte de la esfera pública, que trajo aparejada la revitalización de viejos debates teóricos respecto a su capacidad productiva en el contexto de las actuales crisis (ecológica, alimentaria y energética) por las que ha venido atravesando el capitalismo a nivel mundial.

Cabe aclarar que la preocupación sobre si la agricultura familiar puede o no ser eficiente en su producción se remonta a finales del siglo XIX, principalmente al interior de los teóricos marxistas como Karl Kautsky y Vladimir Lenin. Es justamente en esa época donde surgieron las dos grandes vertientes teóricas que son parte del objeto de este trabajo: la cuestión agraria (preocupada por la tensión entre el campesinado y el capitalismo) y la teoría de la reforma redistributiva de tierras (como respuesta al histórico problema de la ineficiencia del latifundio1 y las demandas de justicia social). Ambas corrientes abordaron cuestiones tales como: ¿La pequeña producción campesina puede competir contra la gran producción capitalista o va a desaparecer? ¿Es mejor redistribuir la tierra entre una mayor cantidad de pequeños productores o promover la concentración de la misma, buscando las ventajas derivadas de la escala? Esencialmente es en el marco de estos dos grandes interrogantes que el concepto de eficiencia productiva ha sido constantemente utilizado, buscando argumentos sólidos para la política económica.

Este debate se ve reflejado en Latinoamérica no solo en el campo académico, sino también en las esferas gubernamentales, a tal punto que en algunos países como Brasil y Argentina se ha creado una nueva institucionalidad tendiente a promover políticas para el desarrollo productivo del sector y paralelamente se comenzó a dar cabida a las demandas de los movimientos sociales agrarios que históricamente habían sido desatendidas (como el Movimiento de los Trabajadores sin Tierra en Brasil o el Movimiento Nacional Campesino Indígena en Argentina).

Cabe aclarar que el concepto agricultura familiar es una noción relativamente novedosa para los estudios agrarios, ya que la misma se acuñó a mediados del siglo XX en búsqueda de un modelo de desarrollo rural alternativo que garantizara, entre otros aspectos, la permanencia de la población en el espacio rural y el respeto por el medio ambiente (Salcedo, De la O y Guzmán, 2014)2. En este trabajo se utilizará el concepto de agricultura familiar como un concepto amplio que incluye a una diversidad de actores (campesino, chacarero, colono, sin tierra, los trabajadores rurales y pueblos originarios) y a una pluralidad de actividades (productivas, extractivas y de servicios).

Como se observa, comprende un sector heterogéneo que requiere tomar distancia de los supuestos dualistas (tradicional-moderno, competitivo-no competitivo). Dichas simplificaciones hacen perder de vista la variada situación en que las unidades familiares producen y se reproducen: “de adoptarse una visión dualista; de igual modo, serán las propuestas de políticas: para unos habrá políticas compensatorias y para otros, productivas” (Soverna, Tsakoumagkos y Paz, 2008:11).

Teniendo esto en cuenta, este artículo tiene como propósito reconstruir los debates hacia el interior de los estudios agrarios en torno a la eficiencia productiva de la agricultura familiar, para luego intentar realizar consideraciones sobre cómo esto ha influido en el diseño de políticas públicas, en particular para América Latina. La hipótesis de trabajo es que la discusión abordada no es nueva, que los autores que han tratado el tema han hecho un uso polisémico de los conceptos involucrados, que la evidencia empírica utilizada para construir los distintos argumentos es difusa y que todos estos elementos han actuado en forma conjunta para que en la actualidad el debate siga abierto.

En cuanto a la metodología, se trata analizar y poner en diálogo diferentes textos que abordaron, directa o indirectamente, la cuestión de la eficiencia en agricultura familiar. El criterio de selección de aquellos documentos intenta dar cuenta de la continuidad de la discusión desde de los autores pioneros en plantear el tema (siglo XIX) hasta llegar a las investigaciones más actuales. Asimismo, se escogieron autores representativos de diferentes tradiciones (políticas, epistemológicas y teóricas), tanto de la economía neoclásica como del marxismo. Finalmente, otro criterio utilizado es referenciar a autores que anclaron el debate en el contexto latinoamericano.

Realizar un abordaje de estas características constituye un insumo de importancia para analizar los logros, los desaciertos y desafíos de las políticas públicas que promueven alternativas a los modelos de desarrollo rural de la región.

Aportes y limitaciones de la teoría económica clásica para entender el concepto de eficiencia

Los intentos por conceptualizar a la eficiencia pueden ser rastreados hasta el famoso trabajo sobre la fábrica de alfileres de Adam Smith en su libro “La naturaleza y causas de la riqueza de las naciones” (1776) o, incluso, hasta algunos estudios previos3. Sin embargo, la noción que se utilizaba en ese entonces no estaba muy diferenciada del concepto de productividad, siendo por lo general definida como la relación entre la cantidad de productos obtenidos y la cantidad de insumos utilizada para producirlos (Doraio y Silmar, 2007: 14)4.

A pesar de que la eficiencia y la productividad son dos conceptos que cooperan entre sí, las mediciones de eficiencia son consideradas más precisas y completas que las de productividad, en el sentido de que ellas involucran una comparación contra una frontera eficiente (Doraio y Simar, 2007: 15) o, en otras palabras, un estándar de referencia contra el cual comparar las unidades estudiadas.

La idea detrás de los estudios de eficiencia es comparar la actuación real de una unidad productiva con respecto a un óptimo, pero por lo general en la práctica no se dispone de un conocimiento exhaustivo sobre el ámbito en el que se desenvuelven las unidades estudiadas, ni tampoco se conoce con exactitud la tecnología ni las restricciones que pueden afectar a dicha producción en particular (Álvarez Pinilla, 2001).

Por lo tanto, lo más apropiado sería comparar lo que hace la unidad productiva con respecto a otras unidades similares. Esa justamente fue la propuesta de Farrell (1957), cuyo gran aporte fue determinar empíricamente un estándar de referencia -la frontera- contra el cual comparar las unidades y determinar si ellas son eficientes o no. Las medidas de eficiencia calculadas de esa forma definen lo que se conoce como eficiencia relativa, es decir, miden la eficiencia comparando su actuación con la de las “mejores” explotaciones observadas, que son las que definen la frontera eficiente.

Cabe aclarar que, si bien otros economistas habían utilizado el concepto de eficiencia con anterioridad, los estudios específicos sobre el tema son un campo de investigación relativamente novedoso en las ciencias económicas, al punto de que los trabajos que se consideran pioneros en este campo son los de Koopmans (1951) y Debreu (1951)), que fueron aplicados empíricamente por Farrell (1957).

Estos trabajos se consideran pioneros ya que a partir de sus aportes recién se pudo comenzar a tratar a la eficiencia como un concepto relativo (que se mide en función al comportamiento real de otras unidades similares) y diferente al de productividad.

También surgieron distintos tipos de eficiencia5 y diferentes métodos para medirla. En la actualidad se puede hablar de toda una rama de investigación aplicada sobre el tema en el campo de la economía y la econometría6.

Sin embargo, la mayoría de los modelos y mediciones propuestas por la teoría económica han mostrado sus limitaciones para comprender formas de producción que no tienen una lógica de funcionamiento necesariamente capitalista, como por ejemplo la agricultura familiar. Esta última presenta una dinámica propia que requiere tomar en cuenta ciertas dimensiones no mercantiles ni cuantificables en dinero para comprender como funcionan.

La mayoría de los trabajos sobre agricultura familiar sostienen que una de las particularidades de su producción (que la distinguen de las producciones capitalistas) es la configuración de una unidad económica familiar donde el trabajo de sus propios miembros no suele ser asalariado y donde se tornan difusos los límites entre la unidad de producción y la unidad doméstica (Paz y Rodríguez Sperat, 2011).

A su vez se trata de explotaciones que tienen un carácter parcialmente mercantil (Schejtman, 1980). Los agricultores familiares utilizan los recursos que les ofrece la naturaleza como un poderoso correctivo insumo-producto y también pueden obtener buena parte de su ventaja competitiva por el uso que hacen de las relaciones sociales no mercantilizadas (Shanin, 1973; Smith, 1986, Van Der Ploeg, 2006), entre otras características.

Estos elementos se traducen en una dificultad al momento de analizar su estilo de producción desde las categorías económicas tradicionales, ya que dentro de este proceso de trabajo siempre van a existir aspectos que difícilmente puedan ser valorizados apropiadamente desde el punto de vista económico (Rodríguez Sperat, 2012; Van der Ploeg, 2013a).

En efecto, con el pasar de los años han ido surgiendo distintos enfoques conceptuales y metodológicos que intentan hacer visibles ciertos aspectos que la teoría económica clásica no puede ver, medir ni valorar desde los supuestos ontológicos y epistemológicos del capitalismo, que serán comentados más adelante durante el desarrollo de este trabajo.

La eficiencia en los teóricos de la cuestión agraria y en la Escuela de Chayanov

En sus trabajos, Karl Marx le otorgó un carácter sistemático tanto al análisis de la estructura agraria como a la dilucidación de las relaciones de esta con el resto de la sociedad (Murmis y Giarraca, 1999). No obstante, resulta complejo encontrar en la teoría marxista herramientas metodológicas que permitan indagar sobre los métodos utilizados para la obtención de evidencia empírica sobre la eficiencia de la producción agraria (Kervyn, 1987).

En esa línea, en los textos de Marx se puede observar que las palabras superioridad productiva o eficiencia son utilizadas reiteradamente, pero siempre en el sentido de que se supone que las explotaciones capitalistas son superiores a las campesinas debido a la capacidad que las primeras tienen para incorporar grandes superficies a la producción, por los recursos económicos de los que disponen y por la posibilidad de utilizar mejores técnicas de cultivo. Así, en sus obras resulta complejo constatar empíricamente la eficiencia o superioridad asignada a las explotaciones capitalistas.

Recién fue en la década de 1890 que el paradigma de la cuestión agraria emergió al interior del marxismo como un campo de investigación diferenciado (Akram-Lodhi y Kay, 2009), ya que en esa década fueron escritos los tres textos fundacionales que le dieron origen: La cuestión campesina en Francia y Alemania, escrito en 1894 por Friedrich Engels; La Cuestión Agraria, de Kaustky (1899) y el trabajo de Vladimir Lenin El desarrollo del capitalismo en Rusia (1899).

En el trabajo de Engels se argumenta que: “el desarrollo de la forma capitalista de producción ha coartado la forma de vida de la pequeña producción en la agricultura y la pequeña producción irreversiblemente va a desplomarse” (1950: 382). La razón por la cual el autor realizaba esta afirmación era que la producción agrícola europea estaba siendo incapaz de competir contra los granos baratos producidos afuera de Europa, lo cual llevaba a una lenta disolución del campesinado ya que al no poder competir con las importaciones estaba siendo despojado de sus tierras. Desde su perspectiva, solo en Inglaterra y en la Prusia (al este del río Elba) esto no estaba sucediendo, debido a que estos lugares “disponen de grandes extensiones de tierras y agricultura a gran escala” (Engels, 1950: 381).

Para Engels era necesario que el campesinado europeo adopte una respuesta política a esta emergente crisis agraria. Para eso el proletariado, que según su opinión tenía una clara comprensión de los problemas del campo y la ciudad, debía adoptar un programa que reflejara las necesidades políticas de los campesinos y, a través de este, formar una alianza con los trabajadores del campo. Su énfasis estaba puesto claramente en las implicancias políticas de la Cuestión Agraria ya que, de cierta forma, la globalización del sistema alimentario emergente como resultado del imperialismo estaba socavando el estilo de vida campesino en Europa y la cuestión agraria era una problemática sobre el trabajo: “su preocupación no estaba puesta en la temática de la emergencia del capital agrario, la acumulación rural del capital, ni siquiera en el capital en general” (Akram-Lodhi y Kay, 2009: 7).

Esta temática fue más abordada por Kautsky y Lenin, debido a que para ambos las fuerzas detrás de las transformaciones identificadas por Engels, incluyendo las transformaciones políticas y sociales, era el proceso que estaba facilitando la emergencia del capital y, consecuentemente, las relaciones laborales capitalistas bajo la forma de la industrialización capitalista.

La obra de Lenin (1899) fue escrita en vísperas de la revolución rusa. El objetivo central de su trabajo se orientaba a la realización de un análisis de la economía pre-revolucionaria para demostrar que si se desarrollaba un régimen capitalista en el marco de la coyuntura que se estaba viviendo7 iban a existir dos caminos posibles: “o bien la vieja hacienda terrateniente, ligada por millares de lazos al derecho de servidumbre, se conserva, transformándose lentamente en una hacienda puramente capitalista (…) o bien, la revolución rompe la vieja hacienda terrateniente, destruyendo todos los restos de servidumbre y, en primer término, la gran propiedad” (Lenin, 1981: 8).

De esta manera, Lenin brinda los fundamentos para la revolución y da las pautas para la organización de las nuevas bases del Estado. Sus escritos se constituyeron en una suerte de doctrina del partido comunista ruso que proponía la nacionalización de la tierra y, después de una revolución, la socialización de la agricultura.

En relación con sus comentarios sobre la producción campesina y la capitalista, Lenin sostiene que la primera va a estar siempre en inferioridad de condiciones que la segunda. Esto se puede observar con claridad en el siguiente párrafo:

“Es del todo lógico que el campesino acomodado aplique una técnica agrícola considerablemente superior al término medio (mayor dimensión de la tierra, más abundancia de aperos, dinero disponible, etcétera); esto se traduce en que los campesinos acomodados efectúan la siembra con mayor rapidez, aprovechan mejor el tiempo favorable, la semilla cae en una tierra más húmeda, efectúan a tiempo la recolección de cereales, trillan el trigo a la vez que lo transportan a la granja, etcétera. También, como es lógico, la magnitud de los gastos de producción de los productos agrícolas disminuye (por unidad de producto) a medida que aumentan las dimensiones de la hacienda [...] de esta forma, cuanto más se adelanta la producción mercantil en la agricultura [...] con tanta más fuerza debe manifestarse esta ley, que lleva al desplazamiento de los campesinos medios y pobres por la burguesía campesina” (Lenin, 1981: 66-68).

Si bien Lenin expone datos estadísticos provenientes de diversas regiones productivas de Rusia para fundamentar sus argumentos (con base en datos provenientes de censos y trabajos de otros investigadores), solo se limita a tomar como referencia las variables: cantidad de trabajadores, cabezas de ganado de labor, arados y carruajes, dividiendo los valores entre la cantidad de tierra sembrada. De esa manera, concluye en que, con el aumento de las dimensiones de la explotación, disminuye de manera progresiva el gasto de sostenimiento de la fuerza de trabajo, de los hombres y del ganado.

A primera vista se puede observar que los datos utilizados son de una importante generalidad, sin diferenciar por tipo de cultivo, por calidad del suelo, por zona productiva y, lo que llama más la atención, no se consideran los resultados de la siembra, sino que solo se hace referencia a la cantidad de hectáreas trabajadas.

También para Kautsky, la gran propiedad era superior a la pequeña en términos productivos: “Allí donde domina exclusivamente la pequeña propiedad será más difícil que se forme una gran propiedad, a pesar de que la primera se halle en decadencia y a pesar de la superioridad de la segunda” (Kautsky, 1899: 170).

No obstante, Lenin y Kautky diferían en las causas de dicha superioridad. Para el primero, esto se originaba en la facilidad que tenían los grandes productores para incorporar importantes superficies a la producción por los recursos económicos que tenían a su disposición y por la posibilidad de adoptar mejores técnicas de cultivo. En cambio, Kaustky consideraba que esa superioridad productiva no estaba dada por las técnicas aplicadas al cultivo, sino que exclusivamente se debía a una cuestión de disponibilidad de capital y escala, con la consecuente disminución de costos unitarios de producción (Banaji, 1980).

En la Rusia soviética el debate sobre la capacidad productiva de la agricultura familiar también fue abordado por un sector intelectual disidente con el leninismo: la escuela de la organización-producción. Esta corriente de pensamiento proponía la transformación de la organización de la economía campesina con el fin de elevar la producción agrícola. Uno de los principales exponentes de esta escuela fue Alexander Chayanov (1974), cuyo principal aporte consistió en sostener que la economía campesina no puede analizarse con los conceptos de la economía política clásica, por lo que es necesario crear una metodología propia para el estudio del estilo de producción campesino.

Las investigaciones de Chayanov (1974) sostenían que la economía campesina es una forma de producción no capitalista en la que, luego de deducir los costos de producción, no es posible determinar la retribución respectiva de los factores: capital, trabajo, tierra. Es decir, no existe allí ganancia, salario ni renta. Chayanov estableció que el trabajo campesino carece de valor monetario y ello le sirvió de base para intentar desarrollar nuevos andamiajes teóricos y metodológicos para el análisis de las dinámicas de la economía campesina (Bartra, 1976).

Con base en estudios empíricos, el autor introduce importantes argumentos sobre cuáles son los límites posibles de extensión para la unidad doméstica de explotación agraria. Sostiene que la misma se encuentra afectada por la relación entre las necesidades de consumo de la familia y su fuerza de trabajo (la famosa relación brazos-bocas) (Chayanov, 1974: 78).

También cuestiona la validez del concepto de beneficio utilizado por los economistas clásicos para el análisis de la explotación agrícola familiar y demuestra cómo una explotación campesina puede existir en condiciones que llevarían a la ruina segura a una unidad de explotación capitalista (Chayanov, 1974: 90).

Es con base en estos atributos que el autor sostiene (a diferencia de sus antecesores) que el campesino no va a desaparecer en el marco del embate del capitalismo sino que, al contrario, posee cualidades que le permitirían explotar los recursos de mejor manera que los productores capitalistas.

En síntesis, en lo que respecta a la dimensión productiva, de la lectura de los autores marxistas se desprende que la superioridad productiva asignada a la gran producción o el pronóstico de que el campesino iba a desaparecer carecería de una base empírica sólida; se trata más bien de supuestos ideológicos orientados a sostener una concepción progresiva de la historia en la que el capitalismo debía imponerse como etapa superadora y necesaria hacia el socialismo (Akram-Lodhi y Kay, 2016). Chayanov, en cambio, aportó una importante cantidad de evidencia empírica a sus argumentos, aunque le son atribuidas serias limitaciones al momento de explicar la articulación entre la economía campesina y el sistema capitalista (Bartra, 1976). Estos trabajos, sin embargo, dejaron sentadas las bases para intensos debates, cuyas derivaciones siguen vigentes.

Los neoclásicos y la eficiencia de la pequeña producción

La corriente de pensamiento de corte neoclásico se apoya en la consideración de los estímulos económicos a la producción como elemento esencial de interpretación (Astori, 1984). Las teorías neoclásicas han calado a fondo en los gobiernos neoliberales de América Latina durante la década de 1980, particularmente en aquellos del Cono Sur (Jara et al., 2014), y los trabajos de esta corriente han tenido mucha influencia en instituciones internacionales como el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, entre otros.

Uno de sus principales exponentes es Theodore William Schultz, quien en su libro Transforming tradicional agriculture (1964) argumentó sobre lo que deberían haber sido las bases para la transformación de la agricultura campesina.

Su trabajo se orientó a explicar las causas que producen diferencias en rendimientos productivos entre lo que él denomina la agricultura moderna y la agricultura tradicional. Hasta ese entonces los economistas clásicos habían explicado las diferencias de productividad entre los distintos países, utilizando solo las variables: capital y trabajo, atribuyendo el residuo al cambio técnico.

Esto se debía a que se concebía a los agricultores tradicionales8 como reductos del pasado, ligados a costumbres ancestrales y sin ánimos de progreso (Schultz, 1964). Adam Smith o David Ricardo los tildaban de “indolentes por naturaleza y derrochadores por gusto”; Hume hasta difamaba a la población campesina, acusándola de actitudes donde: “un hábito de indolencia prevalece naturalmente, la mayor parte de la tierra está sin cultivar. Lo cultivado no rinde lo que podría por falta de destreza y asiduidad de los labradores” (Hume, 1955).

Sin embargo, con base en trabajos provenientes de la antropología9, Schultz indica que la agricultura tradicional muestra rasgos de un equilibrio económico consolidado, en cuanto al ahorro, la inversión y la producción, logrado a través de generaciones de agricultores. Para Schultz la tierra, el capital material reproducible y el trabajo a disposición de algunos agricultores son utilizados con gran eficiencia, incluso con más eficiencia que la agricultura moderna.

Sobre este esquema entonces el autor desarrolla dos hipótesis que son fundamentales para comprender el “comportamiento” de la agricultura tradicional. La primera se sintetiza en la reconocida frase: “eficiente, pero pobre” (Schultz, 1982: 35), y la segunda que se vincula con el débil incentivo por parte de los agricultores tradicionales para aumentar la producción, como consecuencia de muy bajas tasas de rendimiento sobre la inversión. Señala además que existió una equivocación por parte de las investigaciones anteriores, debido a que se sobrestimaron las posibilidades de producción de la agricultura en los países en vías de desarrollo y, en consecuencia, dedujeron que los agricultores son incompetentes porque producen mucho menos de lo que se supone que sería fácilmente posible.

Uno de los cuestionamientos que se le realiza a la obra de Schultz radica en el criterio unívoco de racionalidad que utiliza, asociado al objetivo de optimizar una función de producción, restringiéndola específicamente a la maximización de las ganancias. En general, las interpretaciones neoclásicas hacen abstracción del contexto social en el que se integra el proceso de producción, así como del trasfondo estructural en que se asienta el problema agrario. De esta manera, el problema es tratado como si solo involucrara un proceso de asignación de recursos. Astori (1984) lo manifiesta claramente al decir que no puede haber un solo tipo de racionalidad; y lo que debería ser una búsqueda del tipo de racionalidad que representa la agricultura tradicional se convierte para Schultz, en saber si esta última es o no racional.

Por otro lado, en su trabajo Schultz distingue lo que él mismo llama la agricultura tradicional y la moderna, realizando un análisis comparativo de las variables que explican el comportamiento de una y otra, pero sin profundizar en la estructura agraria de cada región analizada ni contemplando la posibilidad de encontrar diferentes estilos de producción agrícola, coexistiendo en una misma región o un mismo país.

La teoría de la relación inversa y el debate sobre la reforma redistributiva de tierras

Frente a las limitaciones de las construcciones teóricas mencionadas anteriormente emergen nuevos estudios que intentan aportar bases empíricas más sólidas a la problemática. En esa línea surge el estudio de Berry y Cline (1979)Agrarian Structure and Productivity in Developing Countries y el trabajo de corte transversal de Cornia (1985)Farm Size, Land Yields and the Agricultural Production Function: An Analysis for Fifteen Developing Countries. Ambos trabajos aportan interesantes argumentos sobre la existencia de una relación inversa entre el tamaño y la productividad de las granjas, y tuvieron una gran influencia en la época (Dasgupta, 1993).

Berry y Cline (1979) realizaron un estudio de productividad cruzada, analizando las diferencias que existen en los rendimientos de las granjas de acuerdo con su tamaño, e indagando en los factores que explican esas diferencias. Su análisis busca demostrar que a medida que el tamaño de la granja se incrementa, teniendo en cuenta que la mano de obra es abundante, y la tierra y el capital son relativamente escasos, existirá una relación inversa entre el tamaño y la productividad de la tierra.

Con base en esto, los autores señalan que las pequeñas explotaciones se constituirían en el tamaño ideal para la maximización de la producción global, la absorción del trabajo y una distribución del ingreso más equitativa. Por lo tanto, proponen una redistribución de tierras a los pequeños productores y sugieren que se estudien las formas de proporcionarles mejores condiciones de acceso al crédito y a las nuevas tecnologías.

Por su parte, el trabajo de Cornia (1985) se orientó más específicamente a la obtención de evidencia empírica sobre la existencia de una relación inversa. Mediante un análisis sobre 15 países en vías de desarrollo este autor encuentra que la producción por acre declina sistemáticamente en la mayoría de los países estudiados a medida que el tamaño de la granja se va incrementando.

De esta forma, Cornia (1985) comenta que debido a la superioridad que demuestra la pequeña producción sobre la grande, una redistribución de tierras va a tener efectos benéficos en términos de crecimiento de la producción global y alivio de la pobreza rural. Según este autor, la redistribución de tierra supondría también un uso de los recursos más acordes con la dotación de factores de los países en desarrollo, ya que aumentaría la absorción de mano de obra.

A pesar de la enorme influencia que tuvieron estos estudios en su momento, especialmente el de Berry y Cline, que fue tomado por muchos como la prueba definitiva de la existencia de una relación inversa entre el tamaño y la productividad de las granjas (Ellis, 1988), los abordajes conceptuales y metodológicos que utilizaron fueron muy cuestionados posteriormente. El trabajo de Dyer (2004) resume la mayor parte de estas críticas y, por razones de espacio, las mismas no serán desarrolladas. Solo interesa resaltar que los cuestionamientos que recibieron fueron tan importantes que en la actualidad existen dudas sobre la validez de sus hallazgos.

Sin embargo, estos trabajos, que planteaban la superioridad productiva de la pequeña explotación sobre la grande, inevitablemente dieron origen a un debate sobre la conveniencia de la aplicación de un programa redistributivo de tierras a favor de los pequeños productores.

La discusión se mantuvo viva hasta la actualidad, con mayor o menor intensidad, dependiendo de cada caso y momento histórico. Independientemente de su orientación ideológica, estas discusiones han tomado el concepto de eficiencia como uno de los ejes de análisis, fundamentalmente debido a que en los documentos que dan cuerpo a este debate existe la firme persuasión de que la pequeña producción familiar, en términos productivos, es superior a la gran agricultura capitalista (Kay, 2006).

Cambio de siglo y revitalización del debate sobre la eficiencia de la agricultura familiar

A comienzos del siglo XXI, Griffin, Khan e Ickowitz (2002) publicaron un estudio titulado Poverty and redistribution of land que fue muy influyente en la academia europea y sentó las bases para que el tema vuelva a ser debatido con intensidad. En su trabajo los autores proponen redistribuir la tierra de los grandes terratenientes hacia los pequeños productores familiares pobres o a los trabajadores rurales asalariados y aconsejan que, teniendo en cuenta las distintas experiencias de reformas redistributivas de tierra que se han dado alrededor del mundo, la forma más exitosa de hacerlo sería mediante un alto grado de confiscación, ya que si la misma es efectuada bajo un sistema de compensación total o ‘amigable con el mercado’ tiene una menor probabilidad de ser exitosa.

Este artículo dio lugar a una edición especial de Journal of Agrarian Change, publicada en 2004, con una serie de escritos aportados por los principales referentes del tema que cuestionaron tanto sus elementos metodológicos como conceptuales, ya que Griffin, Khan e Ickowitz hacen sugerencias “…radicales (y seductoras para aquellos estudiosos del desarrollo normalmente hostiles a las aproximaciones neoclásicas) al proponer que la pobreza rural y la eficiencia productiva van a mejorar ‘simplemente’ con las reformas redistributivas propuestas” (Byres, 2004: 7).

Sus implicancias fueron tan notables que incluso en ciertos casos derivaron en consideraciones por parte de diferentes organismos internacionales dentro sus publicaciones periódicas.

Recientemente, Van der Ploeg (2013a y 2013b) presentó dos textos que tienen por objetivo rescatar y reactualizar los escritos de Chayanov, sobre todo aquellos que al no haber sido traducidos no son tan conocidos en el mundo anglosajón. En estos trabajos el autor resalta el potencial productivo de la agricultura campesina por sobre la agricultura capitalista y busca demostrar cómo este tipo de agricultura incrementa constantemente sus rendimientos de forma intrínseca. Para Van der Ploeg esto sucede como consecuencia de un proceso de “…mejora constante de los recursos naturales y sociales que intervienen en el proceso de trabajo agrícola y continuos incrementos en la eficiencia técnica del proceso de producción. Esto último significa que la relación entre los recursos utilizados y la producción obtenida se incrementa, es decir, el ratio insumo-producto es mejorado” (Van del Ploeg, 2013b: 6).

En estos trabajos el autor también describe los mecanismos de intensificación mediante el trabajo de la agricultura campesina y comenta que este tipo de agricultura utiliza “más trabajo y más capital por objeto de trabajo […]. Es utilizado más trabajo por hectárea o por animal y se aplican más herramientas e insumos (el capital en el sentido chayanoviano)” (Van der Ploeg, 2013a: 95).

Al mismo tiempo explica otro mecanismo que ocurre en forma paralela, que consiste en que los productores campesinos van corrigiendo las limitantes de los factores de crecimiento presentes en la producción agrícola con su trabajo diario, proceso al que el autor denomina sintonía fina, que cuando es exitoso “…incrementa la eficiencia técnica del proceso de producción, en el cual la misma cantidad de recursos es utilizada para alcanzar un incremento en el nivel de producción” (Van der Ploeg, 2013a: 98).

Si bien este trabajo es uno de los pocos en el campo de la sociología rural actual que hace el esfuerzo de explicar los conceptos de eficiencia y productividad que utiliza, desde nuestro punto de vista el autor no logra dejar del todo claro la forma en la que los mismos terminan siendo aplicados.

Por un lado, cuando intenta definir la eficiencia técnica, utiliza el concepto de productividad (perdiendo de vista el carácter relativo del concepto de eficiencia, al no considerar ningún parámetro de referencia para su comparación) y, por el otro, en sus consideraciones señala que la agricultura campesina obtiene una mayor cantidad de producción por hectárea o por animal, destacando que lo logra utilizando más cantidad de trabajo y capital por objeto de trabajo. Es decir, su análisis de eficiencia solo toma en cuenta como recurso productivo a los objetos de trabajo (en este caso, la tierra o los animales) y no así al trabajo ni al capital.

Entendemos que esto no resultaría del todo apropiado ya que, como se comentó más arriba, el concepto de eficiencia involucra una frontera o parámetro de referencia contra el cual comparar a las unidades estudiadas y, al mismo tiempo, toma en consideración a la combinación de todos los insumos que intervienen en la producción (en este caso incluyendo el trabajo y el capital, entendiendo este último en el significado amplio del término). En ese marco, consideramos que, en lugar de hablar de eficiencia técnica, lo apropiado hubiera sido utilizar el concepto productividad por unidad de tierra o productividad por animal.

Posteriormente a los trabajos citados es posible encontrar estudios realizados en distintas partes del mundo que buscan aportar evidencia empírica sobre la mayor o menor eficiencia o productividad (según sea el caso) de la pequeña producción campesina en relación con la agricultura capitalista a gran escala. Entre ellos, es posible citar, por ejemplo, a Savastano y Scandizzo (2017) en Etiopía y África Subsahariana, el estudio de Deininger et al. (2016), sobre cómo las imperfecciones en el mercado de trabajo explican gran parte de la relación inversa en la India, o un trabajo muy interesante de Patnaik (2016), que demuestra que la agricultura capitalista no fue a lo largo de la historia ni es en la actualidad necesariamente más productiva que la campesina, entre otros.

Asimismo, en febrero de 2017 existió una conferencia organizada en Washington por la Farm Foundation y el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA, por sus siglas en inglés), titulada “Farm Size and Productivity: a Global Look”, distintos investigadores de Estados Unidos, Australia, la Unión Europea, Ucrania, Brasil, México, China, Vietnam, África y Bangladesh expusieron los resultados de las investigaciones que se están llevando adelante en sus respectivos países.

A los fines de este artículo, lo que interesa resaltar en este punto es que en lo últimos años la academia no ha abierto nuevos campos de debate teórico en torno a la eficiencia o la productividad, sino que la preocupación actual está centrada sobre todo en aportar mayor evidencia empírica al respecto.

La mirada latinoamericana del debate. Eficiencia, agricultura familiar y políticas públicas

Las ciencias sociales latinoamericanas no quedaron ausentes en el debate sobre la eficiencia productiva de la agricultura familiar. Generalmente, los análisis partieron de los problemas socioeconómicos que acarreó el legado de los latifundios, con sus grandes extensiones improductivas y su resistencia a la innovación, deficiencia que intentaba ser suplida mediante las más diversas formas de explotación de los campesinos e indígenas sin tierra (Rouquié, 2000). Uno de los primeros en realizar un estudio sistemático de estas condiciones fue José Carlos Mariátegui. En el tercero de Los 7 Ensayos de la Realidad Peruana (originalmente publicado en 1928), este autor marxista analizó el modo en que las formas de territorialización de la colonia implicaron un conjunto de desigualdades en el acceso y distribución de la tierra. Desde el punto de vista de Mariátegui, los problemas de la improductividad que demostraba el agro requerían de la liquidación de la “feudalidad”, manifestada en el latifundio y en la servidumbre.

A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, diferentes paradigmas de desarrollo rural se disputaron entre sí, buscando realizar un diagnóstico sobre la situación del agro en la región, y diseñando políticas orientadas a sacar de la pobreza al sector de la agricultura familiar. Cabe aclarar que, si bien estos paradigmas no estuvieron diseñados específicamente para el sector, tuvieron un importante correlato en el mismo.

En el trabajo de Jara et al. (2014) se identificaron las continuidades y rupturas en los argumentos sobre las potencialidades productivas de la agricultura familiar que han subyacido a las políticas públicas en la región, a partir de un análisis comparativo entre Colombia y Argentina. Con ese propósito, los autores distinguieron cinco paradigmas de desarrollo rural en pugna que estuvieron presentes en Latinoamérica: modernización, estructuralismo, dependencia, neoliberalismo y neoestructuralismo (Kay, 2011)10.

De manera transversal a la hegemonía de uno u otro paradigma de desarrollo rural a lo largo de las últimas décadas es posible diferenciar dos diagnósticos en torno al campesinado. Por un lado, el grupo de los intelectuales “descampesinistas” que sostiene que la forma campesina de producción atrasada, poco productiva y económicamente inviable a largo plazo y que, por lo tanto, los campesinos están inmersos en un proceso de descomposición que acabará por eliminarlos. Al contrario, los “campesinistas” rechazaban dicha opinión argumentando que el campesinado es eficiente en su producción y que lejos de ser eliminado logró resistir y fue reproduciéndose a partir de estrategias, tales como el trabajo familiar no remunerado (con la consecuente disminución de costos de producción), la no mercantilización, la pluriactividad y fuertes lazos comunitarios (Jara, Rodríguez y Rincón, 2014).

En suma, al repasar los estudios agrarios de América Latina, se observa que la cuestión sobre la mayor o menor eficiencia productiva de la agricultura familiar es un tema de larga data, que ha sido tratado con distintos niveles de intensidad, según sea el caso. En ese marco, en un contexto donde la importancia del sector está siendo reconsiderada, este tema de debate vuelve a emerger constantemente en las esferas académicas y políticas.

Comentarios finales

Hasta este punto se han venido desarrollando y contrastado críticamente distintos fundamentos sobre la eficiencia de la producción familiar con respecto a la producción capitalista. Las opiniones son variadas, pero a grandes rasgos se pueden destacar algunas cuestiones centrales que merecen ser resaltadas.

Como primera medida se observa que el pensamiento fue fluctuando entre la convicción generalizada de una superioridad productiva por parte de la agricultura capitalista, y que aproximadamente a mediados del siglo XX esta tendencia mutó hacia una reivindicación de la agricultura familiar. Por otra parte, en la actualidad se evidencia una suerte de opinión dividida donde existen defensores de la pequeña producción familiar y otras corrientes que plantean importantes dudas al respecto. ¿Por qué estos cambios de perspectiva? Bueno, esta es una gran pregunta cuya respuesta seguramente sería muy compleja como para ser abordada en un acápite. Suponemos que los mismos pueden estar relacionados con las sucesivas crisis del capitalismo, donde se han ido manifestando ciertas limitaciones en términos de inclusión y sustentabilidad, y que se vinculan con intentos de encontrar alternativas de desarrollo más inclusivas o sustentables. En efecto, paralelamente a estos cambios de perspectiva, han ido surgiendo nuevos enfoques y políticas preocupados por suplir dichas falencias.

Otra cuestión llamativa es que en las discusiones abordadas a menudo se da por sentado que existen ciertas características que se presuponen intrínsecas a un determinado estilo de producción. Por ejemplo, que toda agricultura familiar es atrasada y la capitalista moderna. O más vinculado con la línea de este trabajo, que un determinado estilo de producción trae aparejado consigo un determinado grado de eficiencia productiva.

Por el contrario, entendemos que las características particulares y la forma que cada explotación logra combinar y potencializar los recursos que tiene a su alcance y la calidad y cantidad de mano de obra disponible es lo que termina siendo determinante para su grado de eficiencia. En ese marco creemos que lo apropiado sería apartarse del enfoque dicotómico que le asigna una “superioridad productiva” a un determinado estilo de producción solo por el hecho de pertenecer al mismo: seguramente existirá una gran cantidad de agricultores familiares que sean eficientes en su producción y otros que no, y lo mismo aplica para los productores capitalistas.

También resulta llamativa la asiduidad con la que se hizo mención a la eficiencia en la literatura consultada; sin embargo, se observa que en la mayoría de los casos el término ha sido utilizado de forma polisémica y que hoy, a más de 100 años de que se iniciaron estos debates, resulta complicado hablar de evidencia empírica sobre la mayor o menor eficiencia productiva por parte de la agricultura familiar o capitalista (según sea el caso).

Los aspectos discutidos en este artículo resultan de utilidad para las políticas públicas de desarrollo rural en América Latina, que se dirime entre la contradicción de un modelo desarrollista, extractivista y agroexportador, y distintas propuestas emergentes de un desarrollo alternativo o alternativas al desarrollo (Santos, 2006).

Si bien el modelo hegemónico de la región en las últimas décadas se ha basado en la valorización de las commodities y los recursos naturales, lo cual le ha permitido a los estados obtener ingresos que son susceptibles de ser utilizados para fines redistributivos, se requiere avanzar en el diseño de políticas públicas que, además de respetar las particularidades de cada territorio, eviten encasillar a los agricultores como pobre-rico, productivo-improductivo, pequeño-grande, tradicional-moderno, etcétera, solamente como consecuencia de su estilo de producción.

Sin duda, las reflexiones que se han vertido en este trabajo constituyen cuestiones abiertas, ya que solo hemos llegado a esbozar algunas hipótesis sobre un tema que requiere de una mayor cantidad de evidencia empírica. En este contexto creemos que es preciso avanzar en el estudio de experiencias productivas donde están presentes racionalidades que no son necesariamente capitalistas, pero que pueden llegar a contribuir al bienestar de la sociedad en general.

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Este trabajo ha sido realizado en el marco del financiamiento otorgado por la Sección Rural de Latin American Studies Association (LASA), para 2015. Los autores agradecen a la institución por el apoyo recibido.

1En la teoría sociológica se entiende por latifundio a un tipo de finca tradicional de carácter extensivo, incluso insuficientemente explotada, donde solo una parte de las superficies útiles son cultivadas. “Lo que sorprende en las formas tradicionales y arcaicas del latifundio es que se trata menos de una empresa productiva que de una institución social y hasta política, poco sensible a la coyuntura económica” (Rouquié, 2000: 89). En cuanto a las demandas de justicia social en el campo, usualmente han consistido en garantizar en la lucha por el derecho a la tierra por parte de los pobres rurales y la reivindicación de una distribución más equitativa de los recursos productivos.

2Históricamente, la categoría más utilizada en la región fue la de campesino. Más adelante, y con el propósito de resaltar la existencia de una estructura agraria dicotómica y desigual, el concepto de campesino se hizo equivalente al de minifundista (Salcedo, De la O y Guzmán, 2014). También se utilizaron términos más ligados al tamaño de la parcela como por ejemplo pequeños productores. Estos últimos conceptos sobre todo, han suscitado diversas críticas debido a que llevan implícita una visión economicista que recorta sentidos, excluyendo los aspectos culturales y políticos. En esa misma dirección es que resulta significativa la definición cualitativa sobre la agricultura familiar que elaboró el Foro Nacional de Agricultura Familiar en Argentina, señalando que se trata de “una forma de vida y una cuestión cultural” (FONAF, 2006).

3Para más información el lector interesado puede remitirse a Färe, Grosskopf y Lovell (1994: 1-23); o a Kumbhakar y Lovell (2000: 5-7).

4Esta noción se siguió utilizando sobre todo hasta mediados del siglo pasado. Incluso hasta en la actualidad se pueden observar algunos trabajos de economistas que siguen utilizando este mismo criterio, como por ejemplo Sengupta (1995) y Cooper, Seiford y Tone (2000).

5En la bibliografía específica se reconoce que existen, al menos, tres tipos de eficiencia: se habla de eficiencia técnica cuando ante una determinada combinación de insumos se obtiene la máxima cantidad de producción posible, o cuando para obtener la misma cantidad de producción, se utiliza la mínima combinación de insumos posible (en otras palabras, este es el tipo de eficiencia que habitualmente se toma en cuenta al hablar de productividad). La eficiencia de escala en cambio, es un tipo de eficiencia que sucede cuando la explotación está produciendo en una escala óptima dentro de una función de producción. Finalmente, la eficiencia asignativa se presenta cuando de entre todas las combinaciones de insumos posibles que sirven para alcanzar una producción objetivo, la explotación selecciona aquella que minimiza el costo de producción, o bien cuando de entre todas las combinaciones de productos que la explotación pueda obtener, selecciona aquella que le permite maximizar su nivel de ingresos (Álvarez Pinilla, 2001). También existen otros tipos de eficiencia, como por ejemplo la eficiencia estructural (Doraio y Simar, 2007: 15), pero por lo general estos tres tipos de eficiencia son los que se utilizan en la mayoría de los trabajos.

6Por cuestiones de espacio, esta sección ha sido resumida en su extensión. El lector interesado en profundizar sobre la temática puede acudir a Álvarez Pinilla (2001), Daraio y Simar (2007), entre otros autores.

7Rusia era un imperio conducido por el zar, dueño de un poder absoluto; la región, basada en una economía netamente agraria y donde existían muy pocas industrias, estaba pasando por una fuerte crisis económica: los grandes terratenientes dueños de extensas zonas fértiles (junkers) explotaban a los campesinos, que conformaban cerca el 85% de la población; las guerras habían diezmado a la población, generando escasez de comida, combustible, materias primas, etc., dejando a muchos soldados sin trabajo, y habían puesto en duda el poderío militar del imperio; y la burguesía industrial, débil en número y en peso político, mantenía a los obreros trabajando con sueldos de miseria.

8Schultz utiliza el término agricultura tradicional para referirse a la agricultura que se desarrollaba en los países en vías de desarrollo, donde la agricultura no representaba un porcentaje importante del PIB.

9Sol Tax (con su trabajo sobre la comunidad de Panajachel, Guatemala) y David Hopper (que estudió el Pueblo de Senapur, en la India).

10El paradigma de la modernización y el paradigma neoliberal adoptaron una aproximación productivista de la producción agrícola. Es decir, abogan por soluciones tecnológicas a sus problemas, tomando como ejemplo la revolución verde: El modelo a seguir eran los granjeros capitalistas fuertemente integrados al mercado. En cambio, el paradigma estructuralista y el paradigma de la dependencia consideraron que uno de los principales problemas de la agricultura radicaba en la persistencia de la estructura agraria latifundista y dual (fuerte concentración de la tierra). Por lo tanto, alentaron la realización de reformas agrarias. Finalmente, el paradigma neoestructuralista plantea apartarse del modelo de modernización excluyente de la agricultura. Desde esta óptica, se intenta lograr una estrategia de desarrollo rural inclusiva y participativa que apuntase a la reducción del creciente dualismo constatable en el campo.

Recibido: Agosto de 2016; Aprobado: Septiembre de 2017

* Autor responsable: ramirorodriguezsperat@hotmail.com

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