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Agricultura, sociedad y desarrollo

versión impresa ISSN 1870-5472

agric. soc. desarro vol.14 no.3 Texcoco jul./sep. 2017

 

Artículos

Mujeres, empoderamiento y microcrédito. El programa de microempresas sociales de Banmujer en Chiapas

E. Carmen Aguilar-Pinto1 

Esperanza Tuñón-Pablos1  * 

Emma Zapata-Martelo2 

A. Aremy Evangelista-García1 

1 El Colegio de la Frontera Sur (ECOSUR), San Cristóbal de Las Casas-Chiapas. (eaguilar@ecosur.edu.mx) (etunon@ecosur.mx) (aevangel@ecosur.mx)

2 Colegio de Postgraduados, Campus Montecillo (emzapata@colpos.mx)

Resumen:

A partir del modelo tridimensional de empoderamiento de Rowlands (1997), en este trabajo analizamos el programa Microempresas Sociales (MES) de Banmujer en Chiapas, con el objetivo de identificar los elementos que, incluyendo la capacitación recibida, pudieron potenciar y favorecer rasgos de empoderamiento en las beneficiarias del programa en los ámbitos personal, colectivo y de las relaciones cercanas. Se aplicó un cuestionario a un total de 158 mujeres y se realizaron 108 entrevistas semi-estructuradas y diez entrevistas a profundidad a mujeres que mostraron rasgos de empoderamiento, así como a ocho funcionarias encargadas de diseñar y operar el programa durante los tres periodos gubernamentales en que ha tenido vigencia. Entre los principales hallazgos está que la capacitación con perspectiva de género implementada durante la primera y segunda etapa de MES efectivamente contribuyó a desarrollar rasgos de empoderamiento en muchas de las beneficiarias, que estos se muestran más en la dimensión personal que en la colectiva y de las relaciones cercanas, y que se refrenda lo señalado por Rowlands (1997) en el sentido de que el empoderamiento es un proceso que muestra avances y retrocesos y en el que intervienen elementos impulsores e inhibidores de manera paralela.

Palabras clave: Banmujer; empoderamiento; microcrédito; mujeres

Introducción

En la actualidad, el término empoderamiento se ha generalizado y se emplea en el ámbito del desarrollo internacional, políticas de género e intervención social, tanto por agentes financiadores, organismos internacionales, gobiernos, movimientos sociales, académicos e investigadores y diversos sectores de la sociedad civil. El trabajo teórico en torno al mismo es intenso y varias autoras coinciden en que sus orígenes pueden encontrarse en los movimientos feministas de la década de los años sesenta del siglo pasado que buscaban despertar la conciencia femenina, transformar las relaciones de poder y superar las limitaciones y sesgos del enfoque de Mujeres en el Desarrollo (MED) (León, 1997; Batliwala, 1997; Kabeer, 1997; Rowlands, 1997; Hidalgo, 2002; Delgado et al., 2010; Tuñón, 2010). Otras autoras coinciden en considerar al empoderamiento como un proceso donde confluyen elementos que lo favorecen e inhiben en diferentes momentos (Rowlands, 1997; Towsend, 2002; Zapata et al., 2002; Zapata et al., 2004).

Para Batliwala (1997) el empoderamiento se manifiesta ante una redistribución desigual del poder, ya sea entre naciones, clases, razas o géneros. En lo que respecta a las mujeres, señala que constituye una estrategia para desafiar la ideología patriarcal, transformar estructuras e instituciones que refuerzan la discriminación de género y capacitar a las mujeres pobres para que accedan a información y recursos clave para su desarrollo personal. En palabras de León (1997), incluye tanto el cambio individual como la acción colectiva para transformar los procesos y estructuras que reproducen la subordinación de las mujeres. Zapata et al. (2004:18) consideran que “es un proceso de cambio en el que las mujeres van accediendo al poder con el objetivo de lograr trasformaciones en las relaciones desiguales de los géneros”. Para Murguialday (2006), el empoderamiento se encuentra vinculado a la noción de poder de manera tan profunda como a la ausencia de este al desempoderamiento, por lo que se relaciona con los grupos vulnerables y marginados y, en especial, con las mujeres. Al decir de Pérez Villar et al. (2008), el empoderamiento implica una redistribución del poder. García y Zapata (2012) señalan que se trata de un proceso que se inicia dentro de la persona y la capacita para autoevaluarse, cambiar, crecer y buscar mayor autonomía y, en el mismo sentido, Tuñón (2010:88) expresa que este surge del interior de las personas y que son las mismas mujeres quienes se empoderan. En sus palabras, “lo más que pueden hacer los “agentes externos” es contribuir a la operatividad del proceso, simplificando la comunicación de las necesidades y prioridades de las mujeres y fomentando un desempeño más activo de ellas en la promoción de estos intereses y necesidades”.

Diversos estudios de caso realizados en el país muestran las aristas presentes al profundizar en el tema del empoderamiento femenino y dan cuenta de cómo este se expresa. Por ejemplo, al analizar el impacto de los programas de crédito apoyados por FONAES en mujeres de Tabasco, Vázquez et al. (2002) muestran que en seis de nueve grupos estudiados se dan procesos de empoderamiento relacionados con la experiencia acumulada de años previos de organización. Hidalgo (2002) encuentra que las beneficiarias de la caja de ahorro SSS Susana Sawyer en Álamos-Sonora presentan algún grado de empoderamiento que resulta evidente, sobre todo en quienes han recibido capacitación en temas de género. Rosales y Tolentino (2007) destacan que el empoderamiento se exterioriza más allá del papel único de ser gestoras sociales, al transformarse en agentes importantes de desarrollo que fortalecen el capital social y las redes de cooperación entre las y los actores locales, y Pérez, Vázquez y Zapata (2008) al analizar el papel de los fondos regionales de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los pueblos Indígenas (CDI) en el empoderamiento de mujeres indígenas de Tabasco identifican que los aspectos que más lo impulsan son la autogestión, el grado de apropiación de las mujeres del proyecto, el compartir un sentimiento de unidad grupal y el desarrollo personal fruto de talleres de capacitación.

Por su parte, Meza et al. (2002) analizan el papel de las instituciones o programas gubernamentales que no favorecen el empoderamiento de las mujeres, como es el caso del Programa de Educación, Salud y Alimentación (PROGRESA) en la comunidad de Vista Hermosa en Chiapas. Mendieta et al. (2009) analizan el caso del proyecto de desarrollo humano “Mujeres floreciendo”, financiado por la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA), donde el componente de capacitación resulta central en el proceso de empoderamiento. Delgado et al. (2010) encuentran que las actividades realizadas por las beneficiarias en el marco del proyecto “Identidad y empoderamiento en un proyecto de capacitación” en Celaya-Guanajuato repercutieron en la forma de verse a sí mismas, responder ante conflictos y percibir el mundo (identidad), mientras que García y Zapata (2012) ubican que el empoderamiento se expresa en el transitar de la esfera privada a la pública. Diversos estudios coinciden en considerar que, para fomentar el empoderamiento femenino en programas y proyectos sociales, es necesaria la capacitación en temas de género y desarrollo humano (Mendieta et al., 2009), incorporar la perspectiva de género (Vázquez et al., 2013) y propiciar intercambios de experiencias (Pérez et al., 2008).

Empoderamiento y microfinanciamiento

Desde mediados de la década de los años ochenta, agentes de cooperación, organismos internacionales, organizaciones no gubernamentales y gobiernos inspirados por los trabajos de Muhammad Yunus y el Grameen Bank of Bangladesh, así como por la Conferencia Mundial de Nairobi en 1985, difundieron que las microfinanzas tienen potencial para transformar las relaciones de poder y otorgar poder a los pobres, por lo que comenzaron a financiar proyectos de microcrédito en zonas rurales y especialmente para las mujeres (Allen, 2012). Este impulso fue mayor en la década de 1990 con el auge del neoliberalismo ya que, inscritas en la lógica de mercado, las microfinanzas se consideran una herramienta eficaz para reducir la pobreza en tanto proporcionan empleo y la posibilidad de construir microempresas. De esta manera se impulsaron muchos programas de microfinanzas, tanto en el sector privado como a través de los gobiernos (Gutiérrez Pastor, 2012; Mayoux, 2008; Cheston y Kuhn, 2001). Conviene subrayar que en nuestro país este impulso se ha centrado en el microcrédito, dejando de lado otros aspectos de las microfinanzas, como ahorro, seguros y remesas (Tuñón et al., 2007; Valdez e Hidalgo, 2004).

En cuanto a la relación microcréditos y empoderamiento femenino, diversos trabajos dan cuenta de las experiencias femeninas en programas de microfinanciamiento (Vázquez Luna et al., 2013; Castro, 2010; Tuñón et al., 2010; Pérez et al., 2008; Riaño y Okali, 2008; Cardero, 2008; Tuñón et al., 2007; Varela, 2007; Zapata et al., 2004; Zapata et al., 2003; Vázquez et al., 2002; Cheston y Khun, 2001). Al respecto, Zapata et al. (2003:104) señalan que “en el caso de las mujeres que gestionan microcréditos, el empoderamiento debe ser un proceso autogenerado, consciente, respecto de algo, de un interés y una necesidad”. Gutiérrez Pastor (2012:135) apunta que son cuantiosos los estudios que muestran que los programas de microfinanzas contribuyen “a transformar las relaciones de poder y dan poder a los pobres, especialmente a las mujeres”, y Varela (2007) aporta que las mujeres identifican la posibilidad de crear su propio negocio o mejorar el que ya tenían y, con esto, sentirse útiles e independientes, como el principal beneficio que les proporciona el microcrédito.

El modelo tridimensional de empoderamiento de Rowlands

Para Rowlands (1997:224), el empoderamiento es “un conjunto de procesos psicológicos que, cuando se desarrollan, posibilitan al individuo o al grupo para actuar o interactuar con su entorno, de tal forma que incrementa su acceso al poder y su uso en varias formas”. La autora señala que el empoderamiento puede observarse en tres dimensiones: la personal, que se relaciona con los cambios de la mujer como persona y que se expresa en el desarrollo de la confianza y el sentido del ser; la dimensión de las relaciones cercanas, que se representa en los vínculos con la familia y la pareja, y de la que Rowlands expresa que, generalmente, constituye el área de cambio más difícil por ser un espacio que puede ser tanto de apoyo y cuidado como lugar de pugnas y desempoderamiento; y la dimensión colectiva, que abarca los vínculos que se establecen con el grupo, comunidad o contexto para el trabajo en conjunto y lograr un mayor impacto del que se alcanzaría de forma individual.

Rowlands (1997: 225) señala que el empoderamiento es “un proceso personal y diferente pues cada quien tiene su experiencia propia y única de la vida”, y que los procesos varían de acuerdo con el contexto y no se dan de forma lineal en tanto que a veces se avanza en una dimensión, pero se tienen retrocesos en otras y porque en cada dimensión existen factores que impulsan y promueven o inhiben el empoderamiento de las mujeres. En Rowlands el concepto de poder resulta central en el tema del empoderamiento y, en un ejercicio por entenderlo, distingue cuatro tipos en los que se basa: Poder sobre, que representa un poder controlador que implica la habilidad de hacer que otra persona o grupo realicen algo en contra de su voluntad; el Poder para, que es persuasivo y más productivo en tanto que fomenta procesos de liderazgo para que una persona o grupo alcance sus metas; el Poder con, que representa ese poder colaborativo que, basado en relaciones entre iguales, despierta la sensación de que la suma de voluntades individuales tiene un gran efecto en la solución de los problemas; y el Poder desde dentro, que está basado en la aceptación y respeto a sí mismo y que proporciona la confianza para alcanzar metas y establecer relaciones horizontales con otros y otras.

Con Rowlands, entendemos al empoderamiento como un proceso de cambio que inicia dentro de la persona e involucra modificaciones positivas que van de la autoconfianza, el aumento en la capacidad de decisión y el incremento de la seguridad personal, a la habilidad para transformar relaciones desiguales y desarrollar la capacidad colectiva para modificar estructuras de subordinación. Esta última se expresa en la participación en organizaciones y desarrollo del liderazgo donde predomina un sentido más cooperativo que competitivo.

Metodología y técnicas empleadas

Para realizar esta investigación empleamos instrumentos de corte cuantitativo, como el cuestionario individual (Hernández Sampieri et al., 2010), y cualitativos, como la entrevista semiestructurada y en profundidad, así como el diario de campo (Taylor y Bogdan, 2000; Tarrés, 2001). Para su abordaje se diseñó un estudio observacional (no experimental) de tipo transversal por tratarse de un programa estatal de cobertura parcial (Rossi et al., 2004). Tomamos el caso de MES, programa que ha estado vigente durante tres periodos gubernamentales consecutivos, y seleccionamos una muestra integrada por beneficiarias de cada uno de ellos. Nuestro grupo de control contempla a mujeres que ya no reciben financiamiento3 y que corresponden al primer y segundo período de operación del programa.

El universo de estudio lo representan las beneficiarias de MES que viven en seis municipios de la entidad: Berriozábal, Chiapa de Corzo, Cintalapa, Ocozocoautla, Villaflores y Tuxtla Gutiérrez, que son atendidas por la Delegación I Centro de la Secretaría de Empoderamiento de las Mujeres (SEDEM) y que reflejan la composición de mujeres a la que se dirige el programa (contextos urbanos, semiurbanos y rurales). De las 682 mujeres atendidas por el programa MES en estos municipios se consideró una muestra de 158 mujeres que representan 23 % del total de la población atendida. Estas se encuentran integradas en 53 grupos y viven en ocho localidades o ejidos y 21 colonias de los municipios seleccionados. La muestra contempla a 61 beneficiarias de la tercera etapa del programa (2012-2018), 80 mujeres de la segunda (2006-2012) y 17 beneficiarias de la primera (2000-2006).

Se aplicó un cuestionario individual a todas las beneficiarias de la muestra (n=158), con el objetivo de recabar información sobre datos socioeconómicos, laborales, experiencia previa en el proyecto, uso del microcrédito y percepción de las mujeres sobre su impacto en el negocio. Realizamos 108 entrevistas semiestructuradas para conocer la percepción de las beneficiarias sobre el programa en sus vidas y diez entrevistas a profundidad a mujeres seleccionadas por identificar en su discurso rasgos de empoderamiento: confianza en sí misma, capacidad de expresar sus ideas, participación en la toma de decisiones, independencia, autonomía, desarrollo de la autoestima y confianza en el futuro.

Se realizaron también ocho entrevistas semiestructuradas a funcionarias que participaron en el diseño e implementación del programa durante los tres períodos y se consultaron diversas fuentes para obtener información oficial del programa. Se eligió hacer entrevistas porque son flexibles, dinámicas, no estandarizadas y permiten la comprensión que tienen las y los informantes de sus vidas, experiencias o situaciones, tal como las expresan en sus palabras (Taylor y Bogdan, 2000) y porque pueden formular sus experiencias.

En términos éticos el estudio contó con el consentimiento informado de todas las beneficiarias y funcionarias entrevistadas y, por criterio de confidencialidad, todos los nombres que aparecen en el texto son ficticios.

Acerca del programa MES

El programa MES constituye una política estatal de microfinanciamiento que ha estado vigente durante tres períodos gubernamentales sucesivos. Se creó en el sexenio 2000-2006 al interior de la Subsecretaría de Economía Social-Banmujer con la finalidad de dispersar créditos para mujeres pobres a través de dos programas de microcréditos: “Una Semilla para Crecer” (USPC), dirigido a mujeres pobres organizadas en grupos solidarios de 12 a 20 personas y cuyo monto, de $500 hasta $2000, se destinaba a negocios de pequeña escala relacionados con el comercio informal; y “Microempresas Sociales” (MES) que, si bien al inicio financió a grupos de hombres con créditos de $20 000 a $50 000, posteriormente se dirigió a grupos de dos a cinco mujeres y redujo su apoyo a montos de $10 000 y hasta $20 000. El modelo de financiamiento contemplaba que las mujeres que transitaran por todas las fases USPC podrían continuar posteriormente en MES. En este primer período destaca la participación de mujeres con trayectoria en el feminismo y con una visión clara sobre la equidad de género y el empoderamiento en el diseño de estos programas. Entre sus acciones resaltan la realización de talleres para el fortalecimiento de la autoestima, promoción del empoderamiento y liderazgo de las mujeres, así como el énfasis que desplegaron, tanto en la capacitación de cuadros medios, técnicos y beneficiarias de los programas, como en la difusión y elaboración de materiales didácticos accesibles a las mujeres (libros, folletos, láminas, franelógrafos, rotafolios y manuales).

En el período 2006-2012 se dieron importantes cambios estructurales que impactaron en el monto de los financiamientos asignados y en los procesos de capacitación. En 2009 se creó la Secretaría de Empoderamiento de las Mujeres (SEDEM) que, si bien en su decreto de creación establece que tiene el propósito de “llevar a cabo acciones, promoción y fomento para alcanzar el pleno desarrollo de la mujer” (Gobierno del Estado de Chiapas, 2010:3), a través del programa “Mujeres Trabajando Unidas” (MTU) paulatinamente se debilitó la capacitación impartida en el período anterior y se comenzó a ofrecer talleres gratuitos sobre manualidades y cocina. Cabe señalar que en este período muchas de las mujeres fundadoras de MES y que le habían impregnado una clara perspectiva de género a su operación abandonaron esta instancia gubernamental.

El último periodo corresponde al actual sexenio 2012-2018 donde, si bien los programas de microfinanciamiento financiados por la SEDEM siguen siendo USPC y MES, estos ocupan un lugar secundario frente al programa de subsidios para madres solteras “Bienestar de Corazón a Corazón”, que sitúa a las mujeres en un rol pasivo, refuerza una estructura asistencialista y fomenta el clientelismo. El programa de capacitación heredado del periodo previo y ahora conocido como “Mujeres Trabajando Unidas de Corazón” se enfoca a impartir talleres de bordado tradicional, bolsas con bordado de listón, pintura en tela, repostería, elaboración de velas, bordado de fantasía, panadería y visión emprendedora (SEDEM, 2014:9), en una lógica muy distinta a la que se fomentó al inicio de MES.

Resultados

Aspectos sociodemográficos, uso y percepción del microcrédito

Más de la mitad de las beneficiarias de nuestra muestra tiene entre 30 y 50 años de edad (53.8 %). El grupo de mujeres de 51 años en adelante representa 34.9 %, mientras que el de la más jóvenes, de 18 a 29 años, reúne a 6.9 %. El 7.6 % de las beneficiarias no tiene ninguna escolaridad; 23.4 % expresó que tiene primaria inconclusa; 31 % estudió hasta primaria; 20.2 %, secundaria; 6.9 % tiene bachillerato; y 10.8 % estudiaron una carrera técnica o profesional. Sobre el estado civil, ocho de cada diez están casadas o tienen pareja (79.8 %), casi todas tienen dos o tres hijos que aún son dependientes económicos porque no trabajan o son infantes (95.5 %) y 46.2o% viven en hogares integrados por dos a cuatro personas. Sobre las actividades domésticas y la ayuda que reciben, 97.5 % son amas de casa, 72 % de ellas dedican diariamente entre cuatro y ocho horas a las actividades domésticas sin recibir remuneración, y 57 % reciben ayuda para las labores domésticas. Más de la mitad de estas últimas reciben ayuda de sus hijas mujeres (51.1%); 24.2 % contrata a personas para servicio doméstico, pagando hasta $120 diarios; 22.3 % cuenta con la ayuda de alguna otra mujer de su red familiar (mamá, tía, sobrina, nieta, prima, ahijada, nuera o suegra), y solo 2.2 % recibe ayuda de sus hijos varones. Estos datos muestran la reproducción de los roles de género tradicionales dentro de las unidades familiares de las beneficiarias de MES.

Aunque la totalidad de las mujeres recibieron financiamiento de MES, 26 % afirmó que se dedica exclusivamente al hogar y 74 % realiza además alguna otra actividad. De éstas, 64.9 % atiende su negocio (doble jornada), 32.5 % se ocupan de su negocio y además son asalariadas (triple jornada), y 2.6 % se dedican a estudiar y colaboran en las actividades domésticas. Sobre el uso del microcrédito tenemos que, aunque el total de las mujeres de la muestra (n=158) recibieron financiamiento de MES, solo ocho de cada diez afirmaron haber utilizado el microcrédito del programa para establecer una microempresa (77.8o%). Del 22.2 % restante, 21 mujeres lo destinaron al fortalecimiento de un negocio familiar que ejecuta un miembro masculino de su familia (esposo, padre, hermano o hijo); seis guardaron el dinero para cubrir eventualidades, tales como enfermedades, defunciones, graduaciones y viajes; seis más lo utilizaron para pagar deudas y dos para construir o pagar colegiaturas, lo que deja ver la falta de seguimiento institucional real para conocer cómo se usa el microcrédito por parte de las beneficiarias.

Los giros que predominan son los siguientes: 41o% corresponde a venta de abarrotes, verduras, frutas, mariscos, carne y pollo; 19 % a ventas por catálogo; 15 % a elaboración y venta de alimentos; 14o% a servicios tipo estéticas, sastrerías, refaccionarias, vivero, venta de medicamentos, cibercafé y tortillería; 10 % a la elaboración y venta de artesanías; y 1 % a ganadería y agricultura. Cabe señalar que 60 % de los negocios se ubican en el rubro de comercio al menudeo (venta de abarrotes, perecederos y productos por catálogo) y que en 14 % de los negocios de servicios se encuentran aquellos en los que las mujeres son prestanombres o donde familiares masculinos usan el microcrédito.

Acerca de las condiciones físicas desde donde opera el negocio, cabe señalar que más de la mitad de las mujeres lo desarrolla en su casa (58 %), 26 % vende en la calle o de casa en casa, y solo 16.1 % cuenta con un local formal. Un tema a reflexionar es si el tipo de negocios que establecen, en donde los instalan, venden sus productos, les permite o no una clara delimitación entre lo que corresponde al trabajo de reproducción familiar no remunerado y el negocio. Sobre el ámbito de influencia o el alcance que tienen los negocios destaca que 66 % vende sus productos en el barrio o la colonia donde vive, lo que implica que seguramente sus clientes son familiares o vecinos; 20.3 % los vende en el mercado local y localidades cercanas; y 13 % en otros municipios, en la capital del estado y fuera de Chiapas.

En general, los ingresos que reciben las micro-empresarias son pequeños, lo que explica que sean negocios que fundamentalmente contribuyen a la supervivencia diaria y muy pocos generan activos. Así, ocho de cada diez mujeres (77.2 %) declaran recibir ingresos de su negocio y 22.8 % refieren no generar ningún ingreso. De las que sí reciben ingresos de su negocio, en los extremos, encontramos que 65 % dice recibir un ingreso semanal de hasta $500 y solo 5.6 %, hasta $1000 o más. Acerca del destino o uso de los ingresos recibidos en sus microempresas destaca que ocho de cada diez mujeres lo usa para la compra de alimentos de la familia (77.6 %). En menor proporción, los ingresos se destinan a eventualidades como enfermedades, defunciones, viajes, graduaciones y celebraciones familiares (11.9 %), pagar deudas (7 %), y en números absolutos; solo de una a tres mujeres los usa para construir o pagar colegiaturas, comprar algo para sí misma (ropa, zapatos o cosméticos) o comprar artículos para el hogar (muebles y electrodomésticos).

Sobre la percepción que las mujeres tienen del impacto del programa, poco más de la mitad de las beneficiarias considera que el microcrédito le ha servido poco (50.6 %), mientras que 28.5 % y 20.9 % afirman que les ha servido mucho y nada, respectivamente. A pesar de que 50.6 % considera que el microcrédito le ha servido poco, 62.9 % del total señala que el negocio que lograron desarrollar es bueno porque es rentable, 30 % valora que es regular, y 7o% que es malo porque les genera pocas o nulas ganancias. En este punto cabe preguntarse acerca de la no concordancia entre la valoración del monto del microcrédito y la percepción de la utilidad lograda y reportada por las propias mujeres. A continuación mostramos testimonios que valoran positivamente el préstamo recibido y otros que relativizan su efecto:

“Este apoyo de MES es el primero que me dan y sirve mucho. Tengo más de 30 años vendiendo pozol en el mercado; con él compré mi maíz, mi cacao, de mayoreo lo agarré a mejor precio y ya salió un poquito más de mi ganancia” (Julieta, 64 años, Berriozábal, 2014, 3a etapa de MES).

“La verdad, el préstamo no me sirvió mucho, fue poco dinero; lo usé para comprar una cortadora industrial para mi taller pero no me alcanzó. Le tuve que poner de mi bolsa y luego fue muy complicado explicarles lo de la comprobación y las facturas; se armó todo un relajo y ni ganas me quedaron de solicitar de nuevo” (Adriana, 36 años, Tuxtla, 2014, 3a etapa de MES).

Capacitación

Los resultados del cuestionario indican que solo tres de cada diez (29.7 %) del total de las beneficiarias de nuestro estudio recibieron algún tipo de capacitación durante el ciclo de su proyecto. De las 17 beneficiarias (10.8 % de la muestra total) que pudimos localizar y que fueron apoyadas durante la primera etapa de MES, cinco expresaron haber recibido capacitación en temas de autoestima, aspectos organizativos de la empresa, recuperación de créditos y equidad de género. De las 80 beneficiarias de la segunda (50.6o% del total de la muestra), 26 mencionaron haber sido capacitadas en temas de violencia familiar, derechos sexuales y reproductivos, derechos de la mujer, desarrollo humano, liderazgo, aspectos básicos de administración y contabilidad. De la tercera etapa del programa localizamos a 61 beneficiarias (38.6 % del total de la muestra), de las cuáles 16 dijeron recibir cursos de manualidades, repostería, elaboración de velas, bordado de fantasía y visión emprendedora.

Los siguientes fragmentos de entrevistas realizadas a funcionarias del programa en el primer y segundo período dan cuenta de este proceso:

“La parte medular de Banmujer fue la capacitación; el programa USPC fue un gancho para mover a las mujeres de lo privado a lo público y acercarles la información de cómo hacer valer sus derechos, autoestima, hablarles de liderazgo y también facilitarles información sobre manejo del crédito, funcionamiento de las empresas, cosas de contabilidad [ ]. Los resultados fueron buenos, a veces mejor de lo que pensábamos; tuvimos algunos que no esperábamos, como la formación de lideresas y algunos liderazgos genuinos y que repercutieron en cosas buenas, pero hubo otros que aprendieron a ejercer control de forma tradicional, se aliaron con grupos de poder y partidos políticos… hubo hasta beneficiarias participando en los ayuntamientos en la costa que aprendieron otras prácticas” (Elena, Delegada de la región I Centro (2001-2005) y Directora de Capacitación y proyectos productivos (2005-2011), Tuxtla, 2014).

“Sabíamos que con este programa de microcréditos teníamos que iniciar desde abajo; en las capacitaciones fuimos tratando temas muy sencillos de contabilidad, luego otros de autoestima, desarrollo humano, asertividad, nuestra intención era empoderar a las mujeres” (Cinthia, Delegada de la Región Altos, (2001-2006), San Cristóbal, 2016).

”Otra experiencia muy bonita fue hacer que el personal técnico pudiera tener conciencia de género y relacionarse con esos temas para que el trabajo con las mujeres fuera un trabajo más amigable, más humano, así que tuvimos muchos procesos de sensibilización con ellas y ellos; trabajamos mucho la cuestión de entablar relaciones empáticas, desde tocar la puerta, saludarlas y preguntarles sobre su proyecto, hasta ser agentes clave en la resolución de conflictos en los grupos” (Sofía, Jefa del Departamento de Formación y Capacitación de la Dirección de Servicios No Financieros de BANMUJER (2000-2009), Tuxtla, 2014).

Las beneficiarias que recibieron capacitación en estas primeras etapas dan cuenta de sus avances en la dimensión personal del empoderamiento que, según expresaron algunas, consistió en salir del espacio privado a lo público y en hablar en nombre de sus compañeras sobre cuestiones relacionadas con el grupo:

“Los programas de Semilla y Empresas nos ayudaron mucho, nos dieron talleres, cursos, pláticas en Tuxtla [ ] con eso empecé a salir de mi casa con más confianza” (Arsenia 39 años, Berriozábal, 2014, 1 etapa de MES).

“Yo era la que hacía los pagos de mi grupo y llevaba los papeles hasta Tuxtla cada mes y les contaba las inquietudes de mis compañeras a las licenciadas de Banmujer; fui empezando a salir sola. Tal vez por eso, y cómo aproveché lo que nos enseñaron en los talleres, hasta me escogieron y luego yo sola hacía los talleres aquí en la colonia» (Ofelia, 65 años, Colonia Emiliano Zapata, Tuxtla, 2014, 1a etapa de MES).

Durante la segunda etapa de MES, las capacitaciones fueron cada vez más esporádicas y los temas abordados en los talleres se centraron más en la prevención de la violencia hacia las mujeres y las niñas, salud reproductiva y violencia familiar que en fomentar el empoderamiento a partir de su proyecto productivo como en la primera etapa, según lo expresaron funcionarias y beneficiarias:

“Aunque hubo muchos cambios de personal en la estructura de Banmujer y recorte de recursos en el sexenio 2006-2012, en el área de capacitación teníamos muy claro nuestro trabajo. Seguíamos realizando talleres, pero nos empezamos a encontrar con muchas piedras que fueron retos, [ ]; por ejemplo, los temas que debíamos trabajar no fueron los mismos, no teníamos apoyo para ir a las comunidades para supervisar, dar seguimiento y acompañarlas en los procesos. Nos tocó confiar en la capacitación que daban las capacitadoras comunitarias; a ellas las traíamos cada vez menos a capacitarse a Tuxtla” (Sofía, Jefa del Departamento de Formación y Capacitación de la Dirección de Servicios No Financieros de BANMUJER (2000-2009), primer y segundo período, Tuxtla, 2014).

“Las pláticas que nos daban allá en la secretaría en Tuxtla eran sobre los problemas que hay en la familia, todo lo que sufrimos las mujeres cuando el marido toma o nos golpea, también de cómo llevar nuestro negocio y esas cosas, pero menos seguido que cuando empezamos en la Semillita” (Ada, 43 años, ejido Julián Grajales, Chiapa de Corzo, 2014, 2ª etapa de MES).

Por último, los siguientes fragmentos de entrevistas a una funcionaria y a una beneficiaria expresan la situación en la que se encuentra la capacitación en el actual período:

“Ahorita a nadie le interesa la capacitación; para empezar no hay recursos para eso, es más, ya casi no hay dinero para USPC, menos para MES, ya no es como antes que se apoyaba a las mujeres de comunidades. En 2013 solo se apoyaron grupos en la zona metropolitana… Hay pocos recursos y para capacitación nada, hasta el personal de capacitación se fue despidiendo poco a poco, ya no es como antes…” (Rocío, Jefa del Departamento de programas de microfinanciamiento de la Subsecretaría de Economía Social-Banmujer de la SEDEM, (2003-2014), Tuxtla, 2013, Tercer período).

“Nos llamaron porque nos iban a dar cursos, pero nada más fuimos a gastar nuestro pasaje porque nos enseñaron nada. Había una persona que estaba enseñando a bordar, de no sé qué clase de bordado. Como a mí ni me gusta hacer eso, ni lo vi [ ]; por un lado entramos y por otro nos volvimos a salir” (Sofía, 39 años, Col. Plan Chiapas, Chiapa de Corzo, 2014, 3a etapa de MES).

En síntesis, en el primer periodo existió interés institucional por asignar recursos para capacitar en temas de género; en el segundo, los temas se orientaron prioritariamente hacia la violencia familiar, y en el último se perdió el interés en este rubro, incluso para las beneficiarias como muestra el testimonio anterior.

Rasgos de empoderamiento

Dimensión personal

Realizar actividades fuera del hogar como parte del crédito asignado por MES es un elemento que contribuye a fortalecer el empoderamiento en esta dimensión. En algunos casos el crédito les permitió a algunas beneficiarias terminar con el aislamiento en el que se encontraban, desarrollar nuevos conocimientos y así aumentar sus habilidades para expresar ideas o dominar otros espacios, formar parte de un grupo y participar en actividades relacionadas con el mismo, son elementos que han ayudado a impulsar rasgos de empoderamiento en ellas:

“Con el crédito que nos dieron me fue bien, me involucré mucho, me gustó tener mi trabajo y estar ocupada. Yo era la encargada de hacer los pagos de mi grupo cada mes y tenía que salir de aquí, agarraba mi transporte para ir a Tuxtla, de ahí iba a Hacienda a paga” (Meche, 64 años, Berriozábal, 2014, 1a etapa de MES).

“Salí mucho cuando tenía mi grupo. Recuerdo una vez que celebramos el día de la mujer y me llevaron hasta Tuxtla; ahí en la palapa de la feria fui a escuchar a Margarita, la Diosa de la Cumbia. [ ] Nos íbamos a Tuxtla, nos llevaban a donde fueran los eventos, nos daban de comer, escuchábamos las pláticas que nos daban, a veces hasta cantábamos y bailábamos, como ese día que llegó la Margarita [ ]. Cuando regresé a mi casa puro contenta estaba yo, pura risa y risa, hasta bailando con mi escoba me ponía cuando me acordaba de aquella vez” (Ada, 43 años, Julián Grajales, Chiapa de Corzo, 2014, 2 etapa de MES).

“Al principio ni sabía que podía para hablar delante todos, pero luego me di cuenta que sí y me gustó, me sentí otra persona y hasta sentía que mi voz salía más fuerte… Me gustaba ir a los talleres que nos daban en Banmujer; por todo lo que se hablaba ahí, yo entré con muchos miedos, muy insegura, y salí de ahí como que siendo otra persona porque empecé a tener confianza en mí misma” (Alba, 38 años, Berriozábal, 2014, 1a etapa de MES).

Estos testimonios expresan la posibilidad de negociar las salidas explícitamente o no con la pareja; darse permiso para dejar brevemente sus rutinas de trabajo doméstico, disfrutarlo y reírse, establecer interacciones con otras mujeres y con instituciones. Todo ello enriquece su experiencia, contribuye a su crecimiento personal y, si bien son cuestiones que podrían retsultar muy elementales, en su contexto destacan porque no forman parte de sus aprendizajes cotidianos. El último testimonio ejemplifica el empoderamiento en el sentido descrito por García y Zapata (2012), ya que para Alba escuchar su propia voz al dirigirse a otros supone un proceso personal que le permite sentir una fuerza interna al hablar públicamente, lo que contribuye sin duda al desarrollo de su autoestima y confianza en sí misma, otro aspecto que aporta al incremento de la confianza y reconocimiento porque las hace sentir responsables es el ser sujetas de crédito. De acuerdo con las mujeres, las cuestiones que obstaculizan este tipo de empoderamiento son el machismo de la pareja o del padre, la falta de control del tiempo, el cuidado y obligaciones con los hijos, los problemas de salud, y la pobreza y el control masculino de los ingresos que, a diferencia de lo reportado por Hidalgo (2002), no fue difícil detectarlo debido a que lo expresaron de manera libre y sin problema:

“La formación que nos inculcaron en casa fue muy tradicional; los hombres no se meten en la cocina y a mi papá todo hay que servirle. [ ] Cuando platico con mi familia de que quiero estudiar una carrera, mi papá empieza a decirme: para qué vas a estudiar, no te hace falta, tu lugar está en la casa, no necesitas nada más y una gran letanía. [ ] Creo que fue un milagro cómo nació nuestra empresa; para empezar, mi mamá y todas nosotras tuvimos que enfrentar muchos obstáculos, empezando por mi papá que, además de ser un gran pesimista, nos dio una educación, como dicen, muy machista” (Alba, 38 años, Berriozábal, 2014, 3a etapa de MES).

Darse cuenta de su situación y de las relaciones de opresión con que crecieron y han vivido fue posible gracias al conocimiento de sus derechos que, en muchos casos, les posibilitó la capacitación en género impartida por MES. Como se ve en los testimonios, a algunas mujeres les permitió asumir una nueva actitud frente a la vida; el relato de Alba, por ejemplo, muestra una toma de conciencia a partir de reconocer los obstáculos, cuestionarlos y reunir una fuerza interior para encararlos y tener claridad sobre sus aspiraciones. También ilustra cómo el machismo puede ser un importante inhibidor que desvaloriza su capacidad para tener acceso, usar y controlar recursos.

Dimensión de las relaciones cercanas

En palabras de las beneficiarias no hay grandes cambios en las relaciones con su pareja ni en la dinámica de poder en sus hogares, debido fundamentalmente a que se mantiene el machismo, la dependencia de la mujer y el control del ingreso por el hombre, como veremos en los siguientes testimonios:

“Me mato trabajando, pero como si nada porque él sigue con la tomadera. Me vine del rancho para Chanona para que dejara de tomar, pero aquí se puso peor; él ya no ayuda ni con los gastos de mis hijos” (Melina, 44 años, Dr. Domingo Chanona, Villaflores, 2014, 2a etapa de MES).

“No, no tengo dinero mío, lo que se dice mío; lo que recibí del crédito pues todo se lo di al papá de mi hijo y según que lo usó en su negocio, pero no sé. Él es el que compra la comida; a veces me lleva el domingo a comprar las cosas de la casa, la leche del niño y todo lo que vamos a necesitar, pero él lo paga y nunca me da nada [ ], a veces me dan ganas de comprarme algo, pero no tengo ni cómo, a veces mi mamá me da algo de dinero, pero muy de vez en cuando” (Alma, 25 años, colonia Evolución, Tuxtla, 3a etapa de MES).

El primer testimonio muestra una aceptación tácita y cierta resignación del machismo y alcoholismo; en el segundo, dejar que el marido se encargue de todo lo que necesita la familia expresa el reconocimiento de un poder masculino superior. En contraste encontramos otros casos que nos muestran que hay mujeres que reciben ayuda y tienen procesos y avances en la habilidad para dialogar con la pareja y lograr acuerdos:

“Ahora que mis hijas están grandes, mi esposo me ha dejado trabajar; ya se dio cuenta que las cuidé de chicas y que tengo que hacer algo. Cuando ellas eran pequeñas le dije que quería aprender belleza, lo convencí y estudié en las tardes; él se quedaba con las niñas mientras me iba a clases, eran algunos días en la tarde nada más, dos horas, no era mucho, pero él se quedaba con ellas. Hace un tiempo que puse mi papelería y él me ayudó con dinero” (Juana, 35 años, Berriozábal, 2014, 2ª etapa de MES).

“Solo mi marido salía a Tuxtla; antes yo le pedía permiso para todo, siempre me dijo que sí, pero ni pensar que pudiera ir yo sola a Chiapa, ni de aquí salía yo sin él [ ], pero con tanta plática de las licenciadas me di cuenta que también tengo derecho a salir, de venir, de compartir con mi grupo de semilleras (así nos seguimos diciendo porque venimos juntas desde “la semillita”) y dejé de pedirle permiso” (Ada, 43 años, Julián Grajales, Chiapa de Corzo, 2014, 2 etapa de MES).

El testimonio de Alma, una mujer joven y dependiente del esposo, muestra que eventualmente recibe apoyo económico de su mamá, mientras que en el de Juana este apoyo no solo es económico, sino también en la crianza. Si bien ella desarrolló capacidad para negociar con su pareja, en su narrativa se percibe cierta culpa por separarse de sus hijas como producto de la opresión internalizada que socioculturalmente asimiló y que se reproduce de la misma forma. La culpa es una de las emociones más comunes que debilita la autoestima femenina y que explica los altibajos en el proceso de empoderamiento. De aquí que no se trate de algo lineal, sino de una lucha a largo plazo donde la batalla más importante se da al interior de la propia persona al hacerse consiente de las ataduras y limitaciones que tiene y así lograr realizar pequeños cambios y establecer otro tipo de relaciones.

Dimensión colectiva

En torno a esta dimensión del empoderamiento, las beneficiarias señalan el papel de la auto-organización, el desarrollo de liderazgo, el incremento en la capacidad de tomar decisiones y el entrenamiento para la resolución de conflictos que han desarrollado a partir de contar con el financiamiento de MES:

“Armé mi grupo y hasta formé otro, las organicé, les dije que tenían que hacer, cómo lo íbamos a hacer [ ], movía yo a 30 mujeres, ¡era una gran mujerada!, todas me hacían caso [ ] y todas pusieron su negocio” (Ada, 43 años, Julián Grajales, Chiapa de Corzo, 2014, 2 etapa de MES).

“Con tantos cursos que fui en Banmujer aprendí a calmar a mi familia cuando todos discutían porque tuvimos muchos problemas que hicieron que nuestra empresa quebrara, yo les hablaba, los centraba, los ponía a dialogar, todos nos sentábamos en la mesa del comedor y les decía que reflexionáramos sobre los que nos estaba pasando sin echarle la culpa a nadie, todos teníamos la culpa porque no estábamos preparados” (Alba, 38 años, Berriozábal, 2014, 1a etapa de MES).

De acuerdo con lo expresado por ellas, los aspectos que obstaculizan esta dimensión del empoderamiento son principalmente la falta de apoyo técnico, de conocimientos empresariales y de cohesión de grupo, así como la envidia y los conflictos entre las beneficiarias:

“Tuvimos problemas al interior de la empresa y el grupo se disolvió. Nos falló la organización, empezamos a vender en muchas tiendas al mismo tiempo (Irapuato, Hermosillo, mandábamos nuestro mole hasta McAllen, Texas), pero no teníamos control de nuestros inventarios, teníamos existencia en las tiendas de Soriana, pero no podíamos verificar físicamente nuestro producto. Los gerentes de las tiendas nos pagaban solo lo que había en existencia, aunque nuestros inventarios decían que teníamos más. Desconocíamos la parte administrativa, financiera y también nos falló la organización como grupo” (Alba, 38 años, Berriozábal, 2014, 1a etapa de MES)

“El grupo se terminó porque empezaron los pleitos [ ] a unas les iba bien en su negocio y otras pues no veían su ganancia, empezaron las envidias, las que no vendían dejaron de pagar, otras ya no querían devolver el dinero y se fueron saliendo” (Elodia, 44 años, Tuxtla Gutiérrez, 2014, 3a etapa de MES).

Para finalizar esta sección, cabe mencionar que Alba es la única beneficiaria de MES que muestra rasgos de empoderamiento en las tres dimensiones planteadas por Rowlands, si bien con avances y retrocesos en todas ellas.

Conclusiones

Encontramos que, de manera general, el empoderamiento en las beneficiarias de MES se expresa al transitar de la esfera privada a la pública para realizar actividades fuera de la casa y lograr montar un pequeño negocio que les proporcione ingresos o mejorar el que ya tenían lo que, de acuerdo con sus percepciones, las hace sentir independientes y satisfechas de manejar su propio dinero. En este ámbito, nuestros resultados coinciden con Castro (2010); Tuñón et al. (2007); Cardero (2008); Zapata et al. (2003, 2004) Si bien los microcréditos de MES están mejorando su capacidad de gasto y el nivel de consumo en sus hogares, las actividades que realizan las mujeres y el tipo de negocios que instalan tienden a reproducir las labores culturalmente asignadas. Lo anterior refrenda lo expresado por García et al. (2012), Hidalgo (2002) y Mendieta et al. (2009).

De acuerdo con lo referido en las entrevistas observamos que existen logros en el ámbito del empoderamiento personal que pueden atribuirse a las capacitaciones recibidas por las mujeres en el primer y segundo periodo de MES, así como la formación de liderazgos. Resulta claro en sus narrativas el desarrollo de la autoconfianza, el incremento de la autoestima, el desarrollo del sentido del ser y el desarrollo de la capacidad individual, mientras que los cambios que reportaron como más significativos son la habilidad de obtener y controlar recursos. Cabe resaltar que, al asignarles créditos a las beneficiarias y al otorgarles a algunas de ellas capacitación en temáticas de género, MES contribuyó a la autoconfianza, a hacerlas sentir responsables y capaces, al aumento en la capacidad de expresar ideas y opiniones, al sentimiento de que las cosas son posibles, y al desarrollo de conocimientos que les permiten hoy entender y asumir su vida cotidiana desde otra perspectiva y establecer otro tipo de relaciones, tal como lo señalan Rowlands (1997), Hidalgo (2002) y Mendieta et al. (2009).

A diferencia de lo que argumenta Rowlands acerca de que el ámbito de las relaciones cercanas es donde más dificultades existen para el empoderamiento, en nuestro estudio encontramos claros logros y avances en cinco beneficiarias, capacitadas durante el primer período e inicio del segundo, cuyas experiencias muestran que los temas abordados y las estrategias institucionales para realizar talleres y capacitaciones tuvieron impactos positivos en la vida de las mujeres. En sus relatos, más que bonitos recuerdos y gratas experiencias como beneficiaras, se muestra cómo ellas se trazaron metas significativas y cómo, de acuerdo con sus trayectorias personales, las alcanzaron o desarrollaron habilidades que, de forma paulatina, les permiten mayor control sobre sus vidas y sus decisiones. Así, en general, los testimonios de las mujeres muestran cambio, crecimiento y mayor autonomía.

Donde encontramos menos hallazgos en el desarrollo de rasgos de empoderamiento es en el ámbito del empoderamiento colectivo, debido en parte a que, si bien el programa promueve la formación de “grupos solidarios”, cada beneficiaria usa el crédito de forma individual y, con excepción de los negocios familiares, no establecen redes con su grupo ni con otros. La experiencia de la primera y segunda etapa de MES mostró que las capacitaciones y talleres impartidos en espacios distintos a las localidades donde viven las beneficiarias favorecen la participación en grupos, el intercambio de experiencias y el compartir problemas con otras mujeres, aspectos que, de seguirse realizando, podrían fortalecer la auto-organización y la gestión.

Si bien MES fue un programa novedoso por ofrecer microcréditos a mujeres pobres excluidas del sector financiero tradicional y por impulsar el empoderamiento de las beneficiarias a través de una propuesta de capacitación inédita en el país y que caracterizó su primera etapa, desafortunadamente corrió con la misma suerte de muchos programas gubernamentales que carecen de sostenibilidad y dependen de los vaivenes e inestabilidad de la política estatal. Los resultados que presentamos en este documento dan cuenta de que los procesos de capacitación del primer y segundo periodo del programa contribuyeron a detonar rasgos de empoderamiento en algunas de las beneficiarias y que este se expresa en ellas de forma distinta de acuerdo con sus trayectorias personales.

Los testimonios de las beneficiarias presentados aquí muestran que el empoderamiento está matizado y que las mujeres tienen en común el deseo de salir adelante y de cambiar su situación familiar, deseo que en algunos casos puede convertirse en realidad gracias a la asignación del microfinanciamiento de MES pero que, al no contar el programa con un esquema de capacitación sostenido en la temática de género, pierde la oportunidad de servir como una herramienta de transformación social que toma en cuenta las relaciones de poder presentes en la situación y condición de las mujeres.

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3Estudios que retoman el criterio de grupo de control son Arellano et al., (2006) y Pérez Fernández et al. (2003). Otro criterio utilizado en este tipo de estudios es la antigüedad de las socias, destacando si son de reciente ingreso (un ciclo) o cuentan con dos o más ciclos con microfinanciamiento (Zapata et al., 2004; Delalande y Paquette, 2007).

Recibido: Febrero de 2017; Aprobado: Marzo de 2017

* Autor responsable: Esperanza Tuñón-Pablos. etunon@ecosur.mx

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