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Revista pueblos y fronteras digital

versión On-line ISSN 1870-4115

Rev. pueblos front. digit. vol.13  San Cristóbal de Las Casas ene./dic. 2018

http://dx.doi.org/10.22201/cimsur.18704115e.2018.25.361 

Reseñas y notas de investigación

Reseña al libro “La experiencia colonial y transición a la independencia en el occidente de Guatemala. Quetzaltenango: de pueblo indígena a ciudad multiétnica, 1520-1825”

Review of the book “La experiencia colonial y transición a la independencia en el occidente de Guatemala. Quetzaltenango: de pueblo indígena a ciudad multiétnica, 1520-1825”

Óscar Javier Barrera Aguilera1 
http://orcid.org/0000-0002-7704-9596

1UNAM, Becario del Programa de Becas Posdoctorales en la UNAM, Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur, México, Asesorado por el doctor Gabriel Ascencio Franco, cayatano68@yahoo.com

González Alzate, Jorge. 2015. La experiencia colonial y transición a la independencia en el occidente de Guatemala. Quetzaltenango: de pueblo indígena a ciudad multiétnica, 1520-1825. ,, México: CEPHCIS-UNAM, 279p. ISBN: 978-607-02-7246.

Resumen

Estas páginas describen y analizan un libro dedicado al estudio de las transformaciones sociales, políticas y económicas que vivió el pueblo guatemalteco de Quetzaltenango en el tránsito de la experiencia colonial a la vida independiente. Luego de exponer las novedades, alcances, pertinencia y estructura del trabajo, se ofrece una discusión relativa a la precisión de ciertas herramientas metodológicas aplicadas, por ejemplo, la demografía histórica, y a la pertinencia analítica de algunos conceptos empleados, tales como «etnia», «hispano», «mestizaje» y «ladinización», entre otros. Al cierre, son resaltados los principales aportes de la obra y algunas vetas de investigación que emanan de la lectura, principalmente trabajos que procuren articular y comparar la experiencia histórica de Chiapas y Guatemala.

Palabras clave: Antiguo Régimen; historia regional; larga duración; mestizaje; ladinización

Abstract

This review describes and analyzes a book devoted to the study of the social, political, and economic transformation that the Guatemalan village of Quetzaltenango experienced as Guatemala made the transition from being a colony to becoming independent. After presenting the book’s novelty, scope, relevance, and structure, the review discusses the accuracy of the methodological tools applied, like historical demography, as well as the analytical relevance of some of the concepts used, such as “ethnic,” “Hispanic,” “Spanish-indigenous intermixing (mestizaje in Spanish),” and “ladinization (acculturation of the indigenous people into a non-indigenous culture),” among others. The review concludes by highlighting the main contributions that the book makes, as well as some lines of research that issue from it, mainly related to the articulation and comparison of the historical experience of Chiapas State and Guatemala.

Keywords: Old Regime; regional history; long duration; Spanish-indigenous intermixing (mestizaje); ladinization

Introducción

Este libro es una traducción revisada de la tesis que Jorge González Alzate presentó en 1994 para obtener el grado de doctor en historia en Tulane University. El trabajo, titulado A History of Los Altos, Guatemala: A Study of Regional Conflict and National Integration, 1750-1885, en ese entonces contó con la tutoría del profesor Ralph Woodward.

El problema que aborda la investigación es el proceso de crecimiento y transformación que vivió la población originaria de Quetzaltenango desde la llegada de los españoles hasta la liberación del dominio establecido por este último grupo, específicamente lo que el autor denomina el cambio de «pueblo indígena a ciudad multiétnica». Cabe resaltar que este tema continúa siendo de gran interés en la actualidad debido a la notable ausencia de trabajos sobre las tierras altas del occidente de Guatemala, en particular, en el proceso de tránsito de la experiencia colonial a la vida independiente.

Una de las características que hacen original esta obra es que adopta una perspectiva regional que atiende a aspectos sociales, culturales, políticos y económicos. Otra es que, además de abarcar un periodo de más de 200 años, da prioridad al estudio de los «actores populares» como agentes activos que toman decisiones y enfrentan a las elites dominantes.

El argumento ofrece de inicio antecedentes físicos e históricos de la región. En 11 capítulos se explican los principales cambios demográficos y económicos iniciados ahí a finales del siglo XVII; se estudia luego el impacto de las reformas adoptadas por el gobierno de los monarcas Borbones y, por último, las repercusiones que tuvieron tanto la crisis imperial como la declaración de independencia. Todo lo anterior se basa en la consulta de fuentes primarias provenientes de archivos generales (de Centroamérica), locales (de Quetzaltenango), coloniales (de España) y algunos parroquiales (particularmente aquellos recopilados por la Iglesia de los Mormones).

El contenido del libro

Desde el primer capítulo, Quetzaltenango se nos presenta como una región que desde antes de la llegada de los españoles había mantenido un vivo intercambio comercial y cultural con pueblos de las tierras bajas vecinas ubicadas al suroeste del valle, como lo son el piedemonte de la vertiente del Pacífico (Bocacosta) y la llanura costera propiamente dicha. A su vez, una de las especificidades de la zona de estudio es que inicialmente estuvo poblada por mames, kaqchikeles, tz’utujiles y k’iche’s, siendo este último grupo el que estaba en plena expansión hacia las tierras bajas cuando arribaron los españoles. Precisamente, uno de los atractivos que siempre ofreció el valle de Quetzaltenango fue su ubicación estratégica, al encontrarse en un punto intermedio entre las tierras altas y las costeras.

La sociedad resultante del primer siglo y medio de gobierno colonial es esbozada en el segundo capítulo. La propuesta es que, en un principio, los conflictos entre los pueblos de origen mesoamericano fueron capitalizados por los españoles para conseguir su dominio sobre la población india y exigirle el pago de tributo además del cumplimiento de servicios personales. Asimismo, se indica que el colapso demográfico de la población nativa fue el saldo inmediato de los trabajos y traslados forzosos, y de la guerra y las epidemias que trajeron consigo los europeos. Otras generalidades que parece haber compartido Quetzaltenango con otros pueblos de indios de ese entonces es que sus elites nativas, en lugar de una confrontación directa, prefirieron negociar con los españoles. Como ya se ha señalado en algunos trabajos históricos, aquí también surgió una religión híbrida entre el catolicismo y las prácticas prehispánicas, además de que las autoridades peninsulares decidieron otorgar a la población k’iche’ su propio cabildo.

El autor nos muestra que, a pesar de la política de separación entre una república de españoles y otra de indios, ya desde mediados del siglo XVII un pequeño grupo de europeos se había establecido en la cabecera de Quetzaltenango junto a los habitantes k’iche’s. Este último segmento de la población, a su vez, estaba dividido en un grupo de principales y otro del común (o macehuales). Los primeros se distinguían fundamentalmente por su labor de mediadores entre el gobierno de la Corona española y el resto del pueblo, así como por sus actividades comerciales y de compra y venta de tierras. Los macehuales, por su parte, eran básicamente agricultores y artesanos, y otros participaban en el negocio del aguardiente y prestaban sus servicios, ya fuera como jornaleros, o bien como sirvientes. Después de todo, la imagen que se nos transmite del Quetzaltenango de ese entonces es la de una sociedad rural, autosuficiente y relativamente aislada.

El tercer capítulo está dedicado a identificar los cambios demográficos que se produjeron en Quetzaltenango a lo largo del siglo XVIII. El investigador enmarca estas transformaciones en lo que denomina una «revolución vital» que ocurrió en otros lugares del mundo en ese mismo momento. Se nos dice que fueron principalmente tres los cambios acontecidos en el altiplano occidental de Guatemala: la recuperación de la población k’iche’ local, la llegada de indios provenientes de otros lugares y el arribo de inmigrantes no indios.

El historiador sugiere un par de razones por las cuales aumentó la cantidad de no indios en la región de Quetzaltenango. En primer lugar, él propone que la disponibilidad de tierras -tras el descenso de la población india- fue un gran atractivo para los ladinos residentes en Santiago de Guatemala y Ciudad Real (hoy San Cristóbal de Las Casas). Y en conexión con lo anterior, se propone que los terremotos de 1751 y 1773, que afectaron fundamentalmente a la ciudad de Guatemala y sus alrededores, motivaron que muchos indios y ladinos empobrecidos, al igual que dinámicos empresarios españoles, buscaran otras opciones de vida en tierra caliente y también en zonas altas.

En el capítulo cuatro de la investigación se exponen los fundamentos del crecimiento económico luego de las transformaciones experimentadas por la población. En pocas palabras, la propuesta es que de una etapa económica de estancamiento, autosuficiencia y aislamiento se pasó a otra de expansión comercial y productiva. Los motores de esta modificación habrían sido básicamente tres. Por una parte, las reformas adoptadas por los gobiernos borbones habrían fomentado que los indios participaran como productores, jornaleros y consumidores. En segunda instancia, el aumento demográfico experimentado por Quetzaltenango habría provocado una consecuente alza en el consumo de bienes y servicios. En tercer lugar, se supone -si bien no se demuestra- que el alza en la demanda británica de tintas y minerales habría tenido impacto favorable en la economía de la región.

El aguardiente, el trigo y los textiles constituyeron los tres puntales de la bonanza económica en Quetzaltenango. El aguardiente fue un negocio explotado principalmente por españoles y ladinos, que tenían en los indios a sus clientes más fieles. En cambio, la producción de trigo y textiles, tanto de algodón como de lana, fueron actividades dominadas por las familias k’iche’s, mientras que en la comercialización de estos artículos participaron ladinos y españoles, quienes en varias ocasiones practicaron la reventa y la especulación.

Como consecuencia de las actividades económicas descritas, paulatinamente se conformó una red de intercambio comercial que integró a Quetzaltenango no solo con las tierras cálidas circundantes, sino también con otros lugares más apartados de Centroamérica. Del mismo modo, las familias k’iche’s y ladinas desarrollaron por igual una economía diversificada que combinaba la fabricación de textiles con la agricultura de subsistencia. Desde luego, no todas las personas participaron en condiciones similares, ya que sus ingresos variaron según su capacidad de acceder a la tierra, al capital o al crédito. Después de todo, resultaba innegable que gran parte de las ganancias las estaba recibiendo un pequeño grupo de empresarios de origen español.

A través de las detalladas trayectorias y estrategias de los comerciantes esbozadas por el investigador, es posible vislumbrar que muchos de los españoles y ladinos invirtieron sus ganancias en la compra de predios en Quetzaltenango y zonas más cálidas, donde explotaron los productos de la tierra valiéndose de mano de obra india. A su vez, esta expansión de los no indios hacia el espacio comunal de los k’iche’s fue la semilla de crecientes conflictos entre ambos grupos.

Las reacciones que despertó la implementación de las reformas borbónicas en Quetzaltenango es el asunto tratado en el quinto capítulo. Si bien varias de las medidas propuestas por los monarcas fueron rechazadas, otras tuvieron importantes consecuencias. La secularización de las parroquias, la eliminación del sistema de repartimiento de mercancías y la introducción de intendentes en la administración fueron iniciativas que tuvieron alcances bastante limitados.

En cambio, las reformas fiscales y militares tuvieron repercusiones más profundas. La reorganización del sistema fiscal significó un aumento de ganancias para las arcas reales, pero el flujo de caja fue motivo creciente de descontento ocasionado por la agresividad de los métodos de recaudación. A lo anterior se sumó la inquietud que generaron, por una parte, el monopolio estatal del aguardiente y, por otra, la reforma militar que otorgó prerrogativas a los oficiales y soldados, tanto peninsulares como ladinos. A la larga, resultaba claro que uno de los principales objetivos de las reformas consistía en contrarrestar la presencia de criollos y ladinos en algunas actividades económicas, políticas y militares. Esta situación no solo provocó conflictos entre ladinos y peninsulares por el acceso a posiciones de privilegio, sino que, a su vez, acrecentó el descontento de la mayoría k’iche’.

La muestra más elocuente del descontento social aparece en el capítulo seis, con la violenta oposición al estanco del aguardiente. La Corona buscó acaparar el control sobre las actividades de producción, distribución y consumo del licor, operaciones que además delegó en el pequeño grupo de peninsulares recientemente llegados a la región. Además de a los consumidores, esta medida afectó a varios segmentos de la población de Quetzaltenango, entre ellos los comerciantes españoles y criollos, los ladinos productores de panela (azúcar mascabado) -junto con los arrieros que la transportaban- y, ante todo, las familias que vivían de destilar la bebida, actividad que en su mayoría era ejercida por mujeres.

Lo anterior permite comprender el descontento que despertó una medida tan impopular. No obstante, este episodio fue la ocasión precisa no solo para reaccionar contra la intrusión estatal en las prácticas locales y cotidianas de la población, sino también para sentar una posición frente al creciente dominio social y económico que habían adquirido los forasteros, quienes detentaban los principales cargos de la milicia, se habían apoderado (al parecer, en forma ilegal) de una buena porción de las tierras comunales y ahora ejercían un control exclusivo sobre el negocio del aguardiente. El investigador va más allá y propone que lo que estuvo en juego en ese momento fue «la supervivencia de la comunidad k’iche’ de Quetzaltenango y su identidad étnica»; si bien, contradictoriamente, el mismo autor proporciona testimonios de que hubo varios sectores socioeconómicos involucrados.

El orden interpretativo de los acontecimientos sugiere que el malestar provino de la ruptura de un pacto informal preexistente entre indios y ladinos, el cual había permitido que estos últimos vivieran en el pueblo siempre y cuando no rompieran la «armonía local». En este sentido, el enriquecimiento de los forasteros a expensas de los indios y ladinos pobres habría sido una de las principales motivaciones para que estos dos últimos grupos orquestaran el tumulto ocurrido el Sábado de Gloria de 1786, evento que a la postre forzó la expulsión de los monopolistas y la clausura del estanco estatal.

En conclusión, para el académico, el movimiento de 1786 fue una «reacción nativista» que buscó restaurar una «comunidad armoniosa». Sin embargo, y como es ilustrado en el capítulo siete, los peninsulares lograron, a la larga, consolidar su dominio gracias a una alianza con el gobierno borbón, consistente en que los españoles sirvieron como un puente entre la Corona y el resto del pueblo y, a cambio, fueron favorecidos con cargos burocráticos y un ayuntamiento propio. El empoderamiento del grupo de españoles también se benefició con el apoyo que algunos gobernadores k’iche’s ofrecieron a la política de los borbones. Según el investigador, Quetzaltenango se fue polarizando cada vez más entre dos grupos «étnicos», teniendo de un lad, a españoles y ladinos, y del otro a la población k’iche’.

El clima de tensión se recrudeció con la crisis agraria y comercial que sobrevino en Quetzaltenango a finales del periodo colonial. El octavo capítulo del libro expone con claridad la serie de variables que se combinaron para provocar el deterioro de las condiciones de vida: las lluvias, las sequías, las heladas, los terremotos, las epidemias y las plagas de langosta, que pusieron en riesgo los cultivos, los animales y las propias vidas humanas. Y la situación se hizo más compleja por el acaparamiento de antiguas tierras comunales por parte de las elites -ladinas y k’iche’s por igual-, hecho que incrementó los pleitos por la insuficiencia de parcelas para la labranza. Ante tal estado de cosas, cada vez fue más frecuente que los habitantes solicitaran préstamos a la caja de comunidad y a las cofradías, o que acudieran a las habilitaciones (o adelantos) de efectivo a cambio de entregar parte de sus cosechas.

La intensa explotación del trigo y la cría de ovejas -para la obtención de lana- contribuyeron al agotamiento del suelo. Este condicionante, junto a la escasez de alimentos, las recurrentes epidemias y el crecimiento de la población, fueron factores que empujaron a que una parte considerable de los quetzaltecos decidieran buscar nuevas oportunidades en la frontera suroeste. De este modo, las ricas tierras de Suchitepéquez, en un principio, se convirtieron en la válvula de escape que permitió asegurar los cultivos de subsistencia. La Bocacosta también fue una buena alternativa para los comerciantes de Quetzaltenango, quienes, ante la crisis, dejaron de importar mercancías y prefirieron invertir en la tierra caliente y aprovechar sus frutos. Esto, al propio tiempo, fue un imán que atrajo los brazos de muchas personas ya sin posibilidades de obtener parcela y trabajo en las tierras altas. De este modo, como lo muestra Pablo González Alzate, a inicios del siglo XIX, mientras la población de Quetzaltenango se estancó, la de las tierras bajas no paraba de crecer.

Lo más curioso del caso es que, a pesar de las penurias, y mientras el imperio español padecía una tremenda crisis política, la región de Quetzaltenango se mantuvo en relativa tranquilidad. Así se desprende de la lectura del capítulo nueve, donde se analizan las distintas opiniones y repercusiones generadas en Quetzaltenango por la operación de las primeras Cortes de Cádiz y la consecuente Constitución de 1812. Desde luego que hubo opiniones encontradas a raíz de la política emanada de la nueva carta de gobierno. Por una parte, los españoles y ladinos de la región de estudio estuvieron a favor de la eliminación del cabildo indio, así como de la privatización de las tierras comunales de los pueblos. Después de todo, las elites no indias de Quetzaltenango propugnaban la integración de la población k’iche’ a través de la economía, específicamente por medio del sistema del repartimiento de mercancías, que, en última instancia, implicaba que los indios trabajaran para los ladinos.

La población nativa, por su parte, manifestó una férrea oposición al liberalismo consignado en la carta constitucional gaditana. El primer punto en cuestión era el riesgo que correría la autonomía política de la población india con la eliminación de su propio cabildo. Otro asunto que generaba no poca preocupación era la amenaza que se cerniría sobre la subsistencia si llegaban a repartirse las tierras comunales de los pueblos. Y, por paradójico que pueda parecer, buena parte del resquemor emanaba de la proposición de eliminar el tributo pagado por los indios. La población k’iche’ argumentaba que el cumplimiento de esta contribución era la prueba legal del derecho a ciertos privilegios corporativos. Si bien la nueva constitución proponía eximir a los indios de ciertas obligaciones, a la larga los igualaba con los españoles, lo que implicaba tener que pagar todos los impuestos a los que estaba sujeta esta parte de la población. En la práctica, y para fortuna de los nativos, el pago del tributo se mantuvo y, con ello, se refrendó el pacto de obediencia a cambio de protección por parte de la Corona española.

La actitud de los quetzaltecos frente al retorno del monarca español y al segundo periodo constitucional son materia de análisis en el capítulo 10. El autor muestra el descontento que la restauración del absolutismo despertó en españoles y ladinos, pues, por una parte, significó la pérdida de participación política directa y, por otra, la afectación de la economía local, ya que el libre comercio terminó favoreciendo la expansión de las elites de la ciudad de Guatemala. Esta iniciativa económica generó aún más preocupación entre los artesanos y comerciantes quetzaltecos por la introducción de los textiles británicos. La conclusión del investigador es que, si bien se había atacado la autonomía política y económica de la región, ni el movimiento que empezaba a gestarse en la vecina Nueva España ni el experimento de Cádiz despertaron el sentimiento de independencia en Quetzaltenango. No obstante, lo que sí sucedió fue el afianzamiento de las tendencias regionalistas -frente a las elites capitalinas guatemaltecas- que venían incubándose desde mucho antes.

El anhelo de constituir la región de Quetzaltenango en un estado federal independiente determinó las actuaciones de las elites políticas y económicas locales de 1821 a 1825. El último capítulo del libro presenta las motivaciones de los quetzaltecos para tomar la determinación de unirse a México y declararse independientes. Siguiendo la invitación de los vecinos chiapanecos, las elites del altiplano occidental guatemalteco se adhirieron al Plan de Iguala propuesto por Agustín de Iturbide, esperanzadas en las promesas de respeto al fuero eclesiástico, de igualdad jurídica de criollos y peninsulares y de protección a la propiedad privada. Existió una importante razón adicional que pesó en la decisión de los quetzaltecos: su resentimiento contra la prepotencia mostrada por las elites de la ciudad de Guatemala. Así que la unión a México, en el fondo, expresaba el deseo de conseguir autonomía para el altiplano occidental de Guatemala con respecto al gobierno capitalino.

La decisión de los quetzaltecos generó la reacción airada de la ciudad de Guatemala, como también de las regiones vecinas, particularmente Totonicapán y Suchitepéquez, que cuestionaron las aspiraciones autonomistas de los alteños como una muestra de su deseo expansivo. Sin embargo, la unión de Quetzaltenango a México fue pasajera, tanto por los altos costos que representaba pertenecer al imperio, como por la falta de apoyo a la deseada autonomía provincial. En otro intento de conseguir sus objetivos, los alteños decidieron unirse a la Federación Centroamericana y solicitaron su consideración como un sexto estado, a la par de Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica. Una vez más, el sueño de autonomía para el altiplano occidental chocó con la oposición de la elite capitalina guatemalteca.

En las conclusiones de su libro, Jorge González Alzate propone que el movimiento regionalista de Quetzaltenango rindió frutos posteriormente. Primero, cuando el estado de Los Altos fue una efímera realidad en 1838 y 1848. Y, después, la elite ladina probó su liderazgo, cuando inició la explotación del café en la Bocacosta con el apoyo de los gobiernos liberales, convirtiéndose así en un ejemplo de economía exportadora para toda Guatemala. Dentro de este modelo de desarrollo capitalista agrario, los finqueros liberales alteños, de paso, habrían conseguido la integración de la población k’iche’ a través de la ladinización.

Discusión, aportes y propuestas de investigación

Antes de cerrar con los principales aportes y líneas de investigación que se desprenden de la lectura de este libro, resulta pertinente plantear algunos puntos de discusión con la intención de fomentar el debate académico. En primer lugar, el uso de términos como «indígena» y «etnia» para este periodo requiere ser aclarado pues puede prestarse a malentendidos. Otro tanto puede decirse del concepto de «hispanos», que es utilizado en el texto para referirse a un grupo de población que reúne a ladinos y españoles. El inconveniente viene de que ninguna de esas categorías estuvo en uso en el periodo colonial ni aparece en los documentos de esa época.

Por una parte, el concepto de «indígena» -que se refiere a la asimilación jurídica de la población nativa con los ladinos, al considerarlos a todos como ciudadanos con iguales derechos- solo aparece con las constituciones liberales de la primera mitad del siglo XIX (Ramírez, 2011). Por otra, el concepto de «etnia» ha adquirido forma recientemente y está relacionado con el desarrollo de la disciplina antropológica y los movimientos de liberación nacional y defensa de las identidades colectivas producidas luego de las dos guerras mundiales del siglo XX (Taylor, 2010:242-244; y Keyes, 2000:203-206). Finalmente, lo «hispano» adquiere nuevos contenidos como un adjetivo, y principalmente como un apelativo que distingue a un grupo con una identidad particular en oposición a lo anglosajón, a raíz de la expansión de los Estados Unidos de América y la guerra que este país sostuvo con España en 1898 por cuenta de sus intereses en la isla de Cuba (Salisbury, 2000). En este sentido, quizás habría sido conveniente que el autor nos hubiera aclarado desde un inicio qué entiende por cada uno de esos términos y cómo los empleará de acuerdo con el problema y periodo abordados.

En segunda instancia, la forma en que está estructurado el libro muestra que los acontecimientos son analizados dando prioridad al contexto imperial o al provincial, por encima de lo sucedido a nivel local. Este aspecto es una expresión del enfoque adoptado y, a su vez, de las fuentes documentales consultadas. Así, buena parte del texto responde a grandes eventos políticos y económicos, como las fases de crecimiento y decadencia del imperio español o de la economía y la población a nivel general de Europa. En gran medida, esta inclinación hacia lo general y lo imperial responde a la dificultad que existía, hasta hace no mucho tiempo, de consultar el Archivo Arquidiocesano de Guatemala, cuyos documentos quizá permitan acceder a aspectos concretos de la historia de los pueblos.

Ahora bien, varias cosas pueden decirse del apartado dedicado al análisis de los cambios demográficos. El autor acude a factores de conversión que no son fiables, ya que debe atenderse -entre otras cosas- que el tamaño de las familias varía de un pueblo a otro. Adicionalmente, las cifras ofrecidas no están desagregadas por pueblos, ni mucho menos por propiedades rurales. En este sentido, de nueva cuenta, las fuentes de origen parroquial podrían haber ofrecido más información.

Otro de los factores que llama la atención es que no son calculadas las tasas medias de crecimiento anual para la población, como tampoco son ofrecidos los comparativos con otras regiones o con el conjunto de Guatemala. Es recurrente que a lo largo del argumento el autor parafrasee lo que otros investigadores han propuesto para otras regiones, sin necesariamente aportar los elementos probatorios de tales coincidencias. En ese sentido, cabe preguntarse ¿dónde están las diferencias regionales?, ¿qué hace específica a esta región estudiada?

Un aspecto que salta a la vista es el uso de conceptos como «mestizaje» y «raza», que tal vez no muestran claramente la complejidad que albergan los procesos de cambio sociocultural en contextos históricos particulares. En lugar de lo anterior, es transmitida la idea de una supuesta «democracia racial» conseguida a través de la mezcla, un argumento que estuvo muy en boga a partir de la década de 1970 -con los trabajos de Magnus Mörner-pero muy desacreditado, toda vez que la biología ha demostrado la inexistencia de las «razas humanas».1

El principal argumento para explicar el aumento de la población ladina es suponer que se debió exclusivamente a la llegada de ladinos provenientes de otros lugares. No obstante, esta propuesta asume cierta pasividad por parte de la población nativa, pues sostener que la población no india aumenta por la llegada de ladinos o por la mezcla biológica de estos con los k’iche’s es desconocer que los indios también pueden haber decidido ladinizarse, es decir, haber optado por asumir el estilo de vida de la población ladina, lo cual implica, entre otras cosas, hablar la lengua de los españoles.2

El punto anterior tiene que ver con la distinción que el autor parece trazar entre mestizaje y ladinización. Según esto, el mestizaje -entendido como mezcla biológica- habría sido lo dominante en la época colonial, mientras que la ladinización -entendida como integración cultural-, obra de los políticos liberales de la segunda mitad del siglo XIX. En ese orden de ideas, la pregunta sería: ¿acaso la ladinización no venía ocurriendo desde mucho antes?; o sea, ¿la población k’iche’ no pudo haber decidido adoptar el estilo de vida de los ladinos al entrar en contacto con ellos desde la temprana explotación del trigo o la crianza de las ovejas?

Otro aspecto que el autor no tiene en cuenta en el análisis demográfico es la relación entre cantidades absolutas y porcentajes relativos de la población ladina e india, procedimiento que podría ayudar a dilucidar si los cambios respondieron, ya fuera a la llegada de ladinos, o bien a la ladinización de los indios o, por qué no, a una combinación de ambos factores. Así, luego de leer el capítulo dedicado a los aspectos demográficos, uno no puede dejar de preguntarse: ¿qué sucedió con la población india?; y ¿de qué manera se relacionaron los indios y los ladinos?

Un último asunto que despierta curiosidad es la interpretación ofrecida con respecto al levantamiento ocurrido en 1786. Es dudoso que el conflicto en torno al monopolio del aguardiente pueda catalogarse como de tipo «étnico». Como hemos señalado con anterioridad, las ideas de «comunidad» e «identidad étnica» aparecen posteriormente y tienen que ver más con los procesos de conformación de los Estados nacionales y el desarrollo de la disciplina antropológica. De igual modo, cabe preguntarse si el término «multiétnico» es adecuado para referirse a los procesos de cambio sociocultural que estaba experimentando la población de Quetzaltenango a finales del periodo colonial. Adicionalmente, llama la atención que el autor parece equiparar los conceptos de identidad «indígena» y lengua k’iche’, cuando se sabe que no son sinónimos.

De acuerdo con la información proporcionada por el propio autor, tal parece que lo ocurrido fue una confrontación entre grupos económicos que velaban por sus propios intereses. Por una parte, había ladinos que se oponían al monopolio y otros que estaban a favor. De igual modo, muchos ladinos e indios estaban del mismo bando, e incluso el gobernador indio defendía los intereses de ambos grupos.

Otro aspecto que pone en entredicho una supuesta confrontación entre dos grupos étnicos claramente distinguibles son las propias divisiones al interior de los mismos indios. Es más, hubo un grupo de k’iche’s que se vio favorecido con el monopolio del aguardiente, pues eran socios comerciales de los peninsulares. Además de que los bandos en conflicto no pueden entenderse en términos de grupos étnicos homogéneos, muchos de los participantes en las disputas no tenían identidades claramente definidas, como fue el caso de Manuel Silverio, el gobernador indio del momento, quien -según las circunstancias y los intereses en juego- podía pasar por ladino o por k’iche’. Incluso, es bastante llamativo que la oposición violenta del común del pueblo no se dirigiera exclusivamente contra los forasteros sino también contra esa elite india.

También resulta cuestionable la idea de que la rebelión buscara restaurar un antiguo estado de cosas en Quetzaltenango, en particular una supuesta comunidad indígena corporativa y cerrada que convivía en armonía con algunos ladinos, pero que se había convertido en un centro urbano étnica y socialmente estratificado. Frente a este razonamiento, es válido plantear si acaso desde antes no habían diferencias, desigualdades y conflictos sociales. En este sentido, cabe interrogarse si originalmente Quetzaltenango era una sociedad rural, autosuficiente y aislada, la cual habría sido transformada por un grupo de españoles emprendedores. Además de que transmite una imagen idealizada de la «vida comunal» en los pueblos de indios, este argumento es contradictorio, pues el mismo investigador señala que desde tiempos prehispánicos existían migraciones de personas e intercambio de productos entre diferentes pisos térmicos.

Las observaciones anteriores son meras inquietudes que se desprenden de la propia riqueza documental, temática y analítica que se conjuga en este libro. Desde varios puntos de vista, esta investigación plantea la necesidad de entender la historia de Chiapas en el marco más amplio del reino de Guatemala. Por ejemplo, propone que la recuperación demográfica de Quetzaltenango inició a finales del siglo XVIII, coincidiendo con lo sucedido en otros lugares del planeta.

Así que, en términos comparativos, y con respecto al aumento de la población ladina que se produjo a lo largo del siglo XVIII, es importante resaltar que, al parecer, en Quetzaltenango fue un proceso más temprano que lo ocurrido en regiones de Chiapas como las Terrazas de Los Altos. Además, resulta interesante saber que muchos de los ladinos provenían de Ciudad Real y de Santiago de Guatemala. No obstante, cabe aclarar que este grupo de población no solo migró a tierras alejadas, sino que también lo hizo a la depresión central de Chiapas (Obara-Saeki y Viqueira, 2016: 555-665).

Haciendo un burdo ejercicio comparativo de dos pueblos pertenecientes al reino de Guatemala, los casos de Quetzaltenango, en Los Altos guatemaltecos, y, por ejemplo, San Bartolomé de Los Llanos, en la depresión central de Chiapas, resultan sumamente contrastantes. Cada una de las localidades reunía alrededor de 10 000 habitantes a finales del siglo XVIII y, en gran medida, se habían convertido en el granero de Santiago y Ciudad Real, respectivamente. Solo que, a partir de entonces, mientras Quetzaltenango siguió creciendo hasta convertirse en el segundo asentamiento de Guatemala en cuanto a cantidad de habitantes, San Bartolomé entró en franco declive. Quizá buena parte de la explicación de estas trayectorias disímiles provenga de las numerosas muertes provocadas por una larga serie de epidemias en la depresión central de Chiapas, además de la fundación de La Concordia, al otro lado del río Grande, y el posterior traslado de la capital a Tuxtla Gutiérrez (Barrera, 2016).

Los puntos, sugerencias y comparaciones anteriores de ningún modo agotan la variedad de lecturas que provoca esta obra. Quien se acerque a las páginas de este libro se dará cuenta de que se trata de un trabajo muy sólido y original. Hoy en día cada vez es menos común encontrar una investigación que afronte un problema adoptando una perspectiva de larga duración. Este libro de Jorge González nos conduce a través de la historia de Quetzaltenango desde el momento de la llegada de los españoles hasta los primeros años de su vida independiente. Otra importante fortaleza de la argumentación consiste en apelar al uso de un sinnúmero de fuentes -de diverso origen- para mostrar facetas sociales, políticas, económicas y culturales de la localidad.

La lucha de facciones políticas, tanto ladinas como indias, es claramente expuesta a través del examen de diferentes conflictos y negociaciones. A su vez, el autor combina magistralmente el análisis de un microcosmos con la comprensión de aspectos a nivel macro. Por ejemplo, resulta muy didáctico el recorrido a través de las trayectorias de vida de algunos de los comerciantes y políticos locales para acercar al lector a las estrategias que los personajes adoptaban frente a situaciones concretas. Y, acudiendo a una técnica analítica contrastante, el historiador parte de las condiciones generales a nivel imperial para descender hacia Quetzaltenango, mostrando con ello las diferencias y adaptaciones locales. Por todo lo anterior, esta es una lectura que ofrece -al mismo tiempo-la posibilidad de acercarse a las especificidades de Quetzaltenango sin perder de vista sus relaciones con el reino de Guatemala y con otros lugares del imperio español.

Fuentes de consulta

Barrera, Óscar, 2016, «San Bartolo y Cuxtepeques: lengua, tierra y población en la depresión central de Chiapas», Trace, 69, pp. 9-33. [ Links ]

Keyes, Charles, 2000, «Etnicidad, grupos étnicos», en Thomas Barfield (ed.), Diccionario de antropología, México, Siglo XXI Editores. [ Links ]

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1Una visión crítica sobre «raza» y «mestizaje» puede encontrarse en Viqueira, 2010.

2Un trabajo sobre este tema para una región de Chiapas es Obara-Saeki, 2010.

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