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Revista pueblos y fronteras digital

versión On-line ISSN 1870-4115

Rev. pueblos front. digit. vol.13  San Cristóbal de Las Casas ene./dic. 2018

http://dx.doi.org/10.22201/cimsur.18704115e.2018.v13.344 

Artículos

Los imaginarios de la alteridad y la construcción del chivo expiatorio: Trump y el racismo antinmigrante

The imaginaries of alterity and the construction of the scapegoat: Trump and the anti-immigrant racism

1Instituto de Investigaciones Antropológicas-UNAM, cristina.oehmichen@gmail.com

Resumen

La exaltación nacionalista durante la campaña presidencial de Donald Trump tuvo entre sus promesas la de deportar a los inmigrantes, construir un muro en la frontera sur de Estados Unidos, devolver los empleos que las industrias se habían llevado a México, renegociar el Tratado Trilateral de Libre Comercio y expulsar a los musulmanes. Apeló al sentimiento de nostalgia de una era mítica en la que el país había sido «grande». Llamó al electorado a recuperar esa grandeza, que supuestamente se había perdido porque otros se apoderaron del país: los inmigrantes, los afrodescendientes y otras minorías. En este artículo se plantea analizar la construcción de los inmigrantes como un chivo expiatorio, una alteridad a la que se culpa por la precariedad y el desempleo que padecen amplios sectores de la población. Un discurso que se apoya en imaginarios subyacentes y apela a los sentimientos de pérdida para redirigir el enojo provocado por las políticas neoliberales y desviarlo hacia una víctima sacrificial: los migrantes. La metodología se basa en la indagación de fuentes secundarias, tales como comunicados de prensa, reportajes, entrevistas, publicaciones en línea, así como en la consulta sistemática en redes sociales y en entrevistas efectuadas entre noviembre de 2016 y junio de 2017 a miembros de la comunidad mexicana asentada en Estados Unidos.

Palabras clave: xenofobia; racismo; fronteras; nacionalismo; posverdad

Abstract

Nationalist enthusiasm in the Donald Trump's presidential campaign included promises to deport immigrants, build a wall on the southern border of the United States, return jobs that industries had taken to Mexico, renegotiate the Trilateral Free Trade Agreement and expel Muslims. He appealed to the feeling of nostalgia for a mythical era in which the country had been «great». He called the electorate to recover that greatness, which supposedly was lost because others took over the country: immigrants, Afro-descendants and other minorities. This article proposes to analyze the construction of immigrants as a scapegoat, an alterity that is blamed for the precariousness and unemployment suffered by large sectors of the population. The discourse that is based on underlying imaginaries and that appeals to the feeling of loss to redirect the anger provoked by neoliberal policies and divert it towards a sacrificial victim: the migrants. Press releases, reports, interviews, online publications, as well as systematic consultation on social networks. Likewise, it is based on interviews with members of the Mexican community settled in the United States, made between November 2016 and June 2017.

Keywords: xenophobia; racism; borders; nationalism; post-truth

Introducción

La fábula de La Fontaine Los animales con peste nos sirve para abrir la reflexión sobre la persecución y el comportamiento antinmigrante durante la campaña de Donald Trump a la Presidencia de Estados Unidos. Cuenta la fábula que el dios colérico está irritado por una culpa que no es compartida de manera equitativa por todos los animales. Para desviar el azote, había que descubrir al culpable y tratarle en consecuencia, entregándolo a la divinidad como chivo expiatorio. Los primeros en ser interrogados son los animales predadores, quienes describen de manera ingenua su comportamiento predador y, de inmediato, son disculpados. El asno llega en último lugar y él, «el menos sanguinario y, por ello el más débil y el menos protegido de todos, resulta, a fin de cuentas, inculpado» (Girard 2002:10). René Girard (2002) parte de esta fábula para explicar la ceguera colectiva que llevó a la Europa medieval a interpretar la peste negra como un castigo divino y, para desviar el azote, proceder a la matanza de judíos. La culpa de la epidemia les fue atribuida a ellos, los judíos, no por alguna razón objetiva sino por una creencia. Y si bien la matanza de judíos no paró la epidemia, contribuyó a fortalecer la identidad y la cohesión social de los grupos dominantes, a expensas de la vida de personas inocentes. Para Girard (2002:28), en tiempos de crisis las minorías étnicas y religiosas tienden a polarizar en su contra a las mayorías iracundas, cegadas por el miedo y la desesperación, pues la multitud busca la acción para conjurar el peligro. La muchedumbre no puede actuar contra las causas naturales en el caso de la peste y, por tanto, busca «una causa accesible y que satisfaga su apetito de violencia» (Girard, 2002:26).

Esta reflexión nos lleva a considerar la fabricación de un chivo expiatorio como un fenómeno recurrente a lo largo de la historia, pues representa una manera simbólica de conjurar el peligro y redireccionar el miedo ante una amenaza real o potencial. Es construir una causa accesible que satisfaga el apetito de las masas de «hacer algo» contra el mal que se vive o se avecina, aunque no ataquen las causas que lo originan. Es una pauta cultural que surge en contextos de incertidumbre, y en cuya emergencia suelen coincidir elementos de verosimilitud con lo inverosímil; los hechos reales y objetivos con acontecimientos imaginados, pero igualmente creíbles. Esta mezcla ha llevado a crear un neologismo de muy reciente data: el de «posverdad» o «mentira emotiva», el cual se comenzó a utilizar en 2017 para referirse a una noticia donde los hechos objetivos se mezclan con verdades a medias y se apela a las emociones y creencias personales para generar una respuesta en la opinión pública. La posverdad aparece como un acontecimiento de significación en el cual la objetividad y la verificación son menos relevantes que las creencias y las emociones que generan. Las ciencias sociales han buscado explicar por qué la gente está dispuesta a dar crédito a las explicaciones más inverosímiles, a construir enemigos de la noche a la mañana, a apoyar con fervor una causa o a un líder y a generar acciones basadas en el odio y en el miedo a «el otro». En el caso de la posverdad (post-truth), la antropología se pregunta si se trata de un fenómeno mediático que se replica en diferentes contextos, o si se trata de una nueva manera de significar un fenómeno sociocultural que se ha hecho más visible a partir del referéndum por la paz en Colombia, la destitución de Dilma Rousseff en Brasil, la llegada de Macri a la Presidencia de Argentina, la ruptura del Brexit en Reino Unido y la llegada de Trump a la Presidencia de los Estados Unidos (Mair, 2017).

La fobia hacia los migrantes durante el proceso electoral estadounidense y en los meses que le siguieron tuvo elementos de «posverdad», al responsabilizar a los más vulnerables -los inmigrantes indocumentados- de los problemas que vive la sociedad de ese país en cuanto a desempleo, precariedad laboral e inseguridad. La construcción del inmigrante como causante de esos males se enlazó con un discurso nacionalista que alude a un pasado glorioso, a un origen y unos ancestros comunes europeos, donde las minorías no tienen cabida. Se trata de una identidad predatoria (utilizando el concepto de Appadurai, 2007) que descansa en una ideología mayoritarista y define la Otredad como el enemigo a vencer. La identidad nacionalista exaltada por el discurso de Trump necesita forzosamente a las minorías, para construir un enemigo y lograr así la cohesión mayoritarista. Se trata de un nacionalismo étnico que se opone a la nación cívica multicultural defendida por amplios sectores de la sociedad estadounidense.

La exaltación nacionalista de Trump advierte sobre la amenaza que representan los inmigrantes, quienes son criminalizados: «Cuando México envía a su gente, no envían a los mejores. Envían gente que tienen muchos problemas», dijo desde el inicio de su campaña. Señaló que los inmigrantes mexicanos «traen drogas, crimen, son violadores y supongo que algunos son buenas personas». Su fervor antimexicano solo es comparable con la islamofobia que también se expresó en la campaña. Prometió a sus seguidores construir un gran muro en la frontera sur del país y hacer que México pague por él (Univisión, 2015). Su llegada a la Presidencia coincidió con el auge de movimientos ultraconservadores en distintos países en Europa y, en menor medida, en América Latina, cuyas agendas contemplan la expulsión de los migrantes y la fortificación de las fronteras.

Este artículo tiene el propósito de analizar la construcción cultural del chivo expiatorio y la manera en que este fenómeno encaja con los imaginarios de la Otredad. Se trata de imaginarios que operan como representaciones sociales (Moscovici, 1979) cuyo trasfondo no es nuevo: se remonta a la fundación misma de la nación estadounidense y sus guerras, primero contra México y después contra otros países. Las representaciones sobre la Otredad que emergen en el discurso político conservador integran elementos de posverdad, esto es, de creencias muy arraigadas más que en hechos empíricos demostrables. Esta posverdad es posible porque los imaginarios son representaciones sociales compartidas y, de ese modo, tienden a conformar teorías del sentido común basadas en esquemas previos de percepción e interpretación. Constituyen guías potenciales para la acción y cumplen una función de estructuración de las identidades sociales.

Las elecciones y el nacionalismo neoconservador

En las elecciones de noviembre de 2016, en Estados Unidos, el Colegio Electoral otorgó el triunfo al candidato republicano Donald Trump, al lograr 304 votos electorales contra 227 obtenidos por la demócrata Hillary Clinton. Estos resultados pusieron en tela de juicio la democracia electoral estadounidense, pues Trump llegaba a la Presidencia a pesar de estar en minoría, toda vez que la participación popular le dio la victoria a Clinton por más de 2.9 millones de votos.

Según los datos demográficos de las encuestas de salida, Trump conquistó el voto duro de la clase obrera blanca de los estados del noreste que en anteriores ocasiones optaron por los demócratas, pero que se habían visto afectados por la desindustrialización y el desempleo. A nivel nacional obtuvo 58% de los votos de hombres blancos de todas las edades, 30% de los votos de hispanos (a pesar de su discurso antinmigrante), 30% de los asiáticos y 8% de los afrodescendientes. Pese a sus continuas expresiones de misoginia, 42% de las mujeres en general y 53% de las mujeres blancas votaron por él (Montalvo, 2016).

Desde el inicio de su campaña, Trump no se mostró como un político profesional, sino como alguien alejado del establishment que había llevado al país a la crisis. La imagen que buscó proyectar fue la de un outsider que venía de fuera del sistema de partidos políticos y de la corrupción (Page y Heat, 2016); un empresario exitoso con amplia capacidad de negociación, como se había presentado a sí mismo en su libro The Art of the Deal (Trump, 1987). Durante su campaña inauguró un estilo discursivo que rompía con los estándares de lo políticamente correcto: insultaba a los mexicanos, después a los musulmanes, a las mujeres, a los asiáticos, y enarbolaba un discurso racista y antinmigrante. Luego atacaría a la prensa. Su campaña hacia la Casa Blanca tuvo entre sus ofertas la deportación de 11 millones de migrantes indocumentados y la construcción de un muro en la frontera sur de Estados Unidos. En los mítines electorales realizados en estadios deportivos, miles de personas aplaudían con fervor al escuchar sus mensajes y coreaban el estribillo «Build the wall» ‘construyan el muro’. Y cuando él les preguntaba «¿quién va a pagar el muro?», las masas enardecidas respondían: «¡México, México, México!».

El arribo de Trump a la Presidencia fortaleció el entusiasmo nacionalista y, con ello, a los grupos de la extrema derecha más conservadora. El Southern Poverty Law Center (SPLC), organización sin fines de lucro de Estados Unidos que desde hace varios años vigila las actividades de los «grupos de odio» y otros extremistas, para 2017 había detectado 917 de esos grupos en territorio estadounidense. Destacaban entre otros los del Ku Klux Klan, grupos religiosos cristianos, partidos y organizaciones de filiación neonazi, los grupos de neoconfederados, los skinheads, las milicias antigubernamentales y el grupo Identidad Cristiana. En la página web del SPLC se mostraba la distribución geográfica de las agrupaciones: se concentraban en Florida, Alabama, Misisipi, las dos Carolinas, Washington DC, Nueva York, Kentucky y Tennessee (SPLC, 2017).

La llegada de Trump a la Presidencia dio un gran impulso a estas organizaciones ultraconservadoras y a las acciones antinmigrantes. Baste destacar que tan solo en el periodo que va del 9 de noviembre de 2016 al 31 de marzo de 2017 hubo 1863 incidentes de discriminación en el país. De ellos, 387 fueron contra inmigrantes. Estas cifras solo se equiparan con el ambiente de racismo que imperó luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001 (SPLC, 2017).

Al día siguiente de la elección en las escuelas podía escucharse a niños ‘blancos’ insultar a los latinos con el estribillo de «Build the wall» (Vega, 2017). En los centros comerciales, paradas de autobuses, hospitales, restaurantes y en otros lugares públicos hubo personas que fueron agredidas por su apariencia física, su atuendo o su lengua. Se les exigía que regresaran a su país. En marzo de 2017, el Huffington Post publicaba imágenes que exhibían a decenas de jóvenes estadounidenses de vacaciones en Cancún, coreando la consigna de «Build the wall». Para entonces, el diario The Yucatan Times llamaba la atención sobre «el creciente número de quejas por parte de trabajadores del sector turístico que denunciaban que muchos spring breakers habían sido ofensivos, groseros y altaneros» (Huffington Post, 2017) en su comportamiento en México.

La iniciativa de construir el muro suscitó una gran polémica no solo del lado mexicano, sino también en Estados Unidos. En las ciudades fronterizas de California, Arizona, Texas y Nuevo México, empresarios y organizaciones de la sociedad civil, periodistas y ciudadanos opinaban que el muro traería una fuerte afectación económica, ecológica y social, que no iba a lograr contener la migración ni tampoco la acción del crimen globalizado. Se indicaba que en esa zona se habían desmantelado más de 100 túneles subterráneos sin que hubiera visos de que estos dejarían de construirse. Algunos analistas concluían que el muro parecía ser una estructura simbólica dirigida para complacer al electorado, más que por su eficacia para detener al crimen. Así se veía, por ejemplo, en Nogales, Arizona, donde se había edificado en 2011 un muro que no logró contener la acción de grupos criminales, pero sí afectar la economía local en ambos lados de la frontera (Jusionyte, 2017).

Además, Trump propuso la cancelación o renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) entre Estados Unidos, México y Canadá, en vigor desde enero de 1994. Prometió que las fábricas que habían emigrado a México regresarían al país. Las empresas globales habían aprovechado las diferencias salariales imperantes entre el Norte y el Sur, y llevado a cabo operaciones de subcontratación y comercio intrafirma (maquilización), haciendo uso de la barata fuerza de trabajo mexicana (Delgado, 2016).

México, un país vulnerable, fue así exhibido como el destino hacia el cual se estaban yendo las fuentes de empleo que se perdían en Estados Unidos. En enero de 2017, a pocos días de haber tomado posesión como presidente, Trump amenazó a las empresas estadounidenses para que retornaran al país. La cercanía, que durante años había jugado a favor de México para atraer inversiones automotrices, fue vista entonces como la causa del desempleo estadounidense. Trump culpaba a México, pero no a otros países como China, India, República Checa o Brasil que también habían recibido la inversión de las empresas automotrices estadounidenses y de sus proveedores. Con ello logró que, por ejemplo, la Ford Motors Company desistiera de realizar una inversión de 1600 millones de dólares en el estado mexicano de San Luis Potosí, donde iba a instalar una nueva planta armadora que generaría 2 800 empleos (Forbes-México, 2017). Amenazó a Toyota, que había iniciado la construcción de una planta de ensamble de autos Corolla en Guanajuato, con aplicar un impuesto a las importaciones estadounidenses de vehículos producidos por esa compañía japonesa.

Con estas acciones buscaba demostrar que cumplía su promesa de campaña, encaminada a ‘Hacer otra vez grande a América’ (Make America great again), discurso que se refiere a una épica enmarcada en una historia colectiva de la década de 1950 que habla de la grandeza del complejo militar, industrial y económico en la cual creció Trump, con la idea de que Estados Unidos era el líder del mundo, antes de su derrota en la guerra de Vietnam. Este discurso se refiere a los orígenes míticos de la nación, que se vio afectada durante la gestión de Obama (un mandatario afrodescendiente) y la llegada de los inmigrantes. En esta narrativa se articularon sentimientos de pérdida y nostalgia de la población blanca, con imágenes que mostraban el abandono y la pobreza de ciudades industriales otrora prósperas como Detroit, Cleveland o Pittsburgh, ubicadas en el llamado «rust belt» ‘cinturón del óxido’ y otras ciudades de los estados de Michigan, Illinois, Indiana, Maryland, Missouri, Nueva Jersey, Ohio, Pensilvania y Wisconsin afectadas por el desempleo y la precariedad laboral. Para el ciudadano común, esa es la prueba contundente, el hecho palpable de que las fábricas importantes, como la Chrysler, la General Motors o la Ford abandonaron al país y dejaron a los trabajadores en el desempleo, y se reubicaron en otras latitudes donde la mano de obra es mucho más barata.

Auge y crisis de la migración mexicana

Históricamente el capitalismo ha buscado abaratar los costos de producción para contrarrestar la caída tendencial de la tasa de ganancia. Al igual que en Europa, el ingreso de trabajadores inmigrantes había permitido a Estados Unidos abaratar los costos de la fuerza laboral. Por su misma condición, los trabajadores extranjeros han aceptado salarios por debajo de los mínimos establecidos y han carecido de los beneficios de la seguridad social conquistada por la clase obrera industrial, como son: contratación colectiva, estabilidad laboral, seguridad social, pensión en caso de enfermedad e incapacidad, jubilación, vacaciones pagadas y muchas otras que son logros de las luchas sindicales durante el siglo xx.

Los migrantes no europeos no tuvieron acceso a estos beneficios. Por el contrario, durante el periodo fordista (1930- 1980) se les impidió el acceso a las plantas industriales, a las cadenas de montaje y a la gran industria, y con ello a los beneficios de la clase obrera de la posguerra. No fue sino hasta la década de 1990 cuando la migración mexicana y de otros países del sur comenzó a diversificarse y a incorporarse a sectores que no fueran los del trabajo agrícola.

La migración de mexicanos a Estados Unidos benefició a la economía de ese país no solo por lo reducido de los salarios, sino también porque se trataba de una migración circular que hacía posible transferir los costos de la reproducción de la fuerza de trabajo a los lugares de origen de los migrantes. Históricamente, los periodos de incapacidad laboral o de enfermedad, los accidentes de trabajo, los periodos de desempleo y crisis habían hecho que los trabajadores retornaran a sus pueblos y rancherías. De esta manera, las pequeñas comunidades rurales mexicanas terminaban subsidiando al capital, al recaer en ellas los costos de la reproducción de la fuerza de trabajo. Así había ocurrido a lo largo del siglo xx en el caso de los jornaleros agrícolas que efectuaban una migración circular, de ida y vuelta, y que les permitía volver a sus lugares de origen en los tiempos de siembra y/o cosecha.

De 1942 a 1964 el Programa Bracero establecido entre los gobiernos de México y Estados Unidos permitió que miles de mexicanos fueran contratados y emigraran de manera legal para realizar labores agrícolas. Al finalizar dicho programa, los trabajadores continuaron migrando año con año para desempeñarse en los campos agrícolas donde eran contratados, solo que ahora lo hacían como indocumentados. Esta época es conocida como «fase indocumentada», y va de 1964 a 1986 (Durand, 2007). En ella, la migración era sostenida por las redes de sociabilidad construidas entre empleadores y trabajadores, y entre estos últimos y su amplia red de parientes y paisanos que se integraron a la migración internacional. Para la década de 1980, los migrantes mexicanos habían consolidado una gran cantidad de comunidades trasnacionales que vinculaban a las comunidades de origen y de destino (Kearney, 1999; Rouse, 1991; Besserer, 2006).

En 1986 se aprobó la Ley de Reforma y Control de Inmigración (irca, por sus siglas en inglés), mediante la cual se buscaba regular la inmigración. Se obligaba a los empleadores a dar fe del estatus migratorio de sus empleados y hacía ilegal contratar o reclutar a inmigrantes indocumentados. A la vez, esta ley abrió la oportunidad para que quienes hubieran ingresado a Estados Unidos antes del 1 de enero de 1982 y pudieran demostrar su residencia en ese país de manera continua regularizaran su situación. Exigía, además, que supieran hablar inglés y conocieran algunos aspectos de la historia de Estados Unidos. Al año siguiente se promulgó la Ley de reunificación familiar, la cual posibilitó que los migrantes llevaran con ellos a sus familias. A partir de entonces la migración se amplió y se diversificó. Distintos analistas coinciden en hablar de una «nueva era de la migración» caracterizada por un incremento notable en la cantidad de migrantes y la diversificación de sus ocupaciones y lugares de destino (Ariza y Portes, 2007; Durand y Massey, 2003; Durand, 2007). Se calcula que para 2000, alrededor de 800 000 migrantes temporales mexicanos llegaban cada año a Estados Unidos (Tuirán et al., 2001, en Ariza y Portes, 2007).

Las reformas legales fueron acompañadas de un mayor control de la frontera. A finales de la década de 1990 se pusieron en marcha diversas medidas para restringir la migración. La frontera entre México y Estados Unidos tiene una extensión de 3200 kilómetros. En 1991 se comenzó a construir un muro de 22 kilómetros de extensión y tres metros de altura, en el tramo que separa a California de Baja California, partiendo de los bordes del océano Pacífico. En los años siguientes, los sucesivos gobiernos, tanto demócratas como republicanos, ampliaron el muro hasta cubrir poco más de 1000 kilómetros en construcciones de cemento y rejas de acero, lo que equivale a la tercera parte de la frontera. Donde no había muro se incrementó la vigilancia con el uso de tecnología del más alto nivel: sensores electrónicos, iluminación nocturna, empleo de drones y globos aerostáticos, patrullaje aéreo y terrestre realizado por 21 000 agentes. El muro que prometía Trump no era entonces ninguna novedad.

Con estos controles, muchos migrantes ya no regresaron a sus lugares de origen, lo que produjo una ruptura de la circularidad de la migración. Lejos de disminuir la migración, estas medidas provocaron que miles de inmigrantes decidieran ya no volver a su tierra natal y establecerse de manera indefinida en Estados Unidos. Quienes lo pudieron hacer, mandaron traer a sus esposas e hijos. Este fenómeno incrementó de manera significativa el volumen neto de la migración indocumentada (Massey, Pren y Durand, 2009). Y aunque a lo largo del siglo xx la migración mexicana a Estados Unidos fue sobre todo masculina, ya para la década de 1990 se habían incorporado las mujeres, que se integraban para laborar en las áreas de servicios, cuidados personales, fábricas y otras actividades.

A partir de la crisis financiera e inmobiliaria desencadenada en 2008, la economía estadounidense se desaceleró y la migración mexicana disminuyó por falta de oferta de empleo. Aunado a ello, el gobierno de Barack Obama emprendió una campaña de deportaciones masivas, las más altas en la historia de Estados Unidos: en ocho años de gobierno fueron deportadas más de 2.5 millones de personas. Además, se llevó a cabo un endurecimiento de los controles migratorios sin precedentes: si para 2007 se calculaba que cada año cruzaban a Estados Unidos alrededor de 800 000 personas, para 2016 dicha cantidad se había reducido a 86 000.

Con la llegada de Trump a la Presidencia se tomaron medidas más estrictas y generalizadas para contener la migración. Se intensificó la expulsión de migrantes, incluyendo a quienes llevaban varios años residiendo en Estados Unidos. Un caso emblemático para muchos indocumentados fue el de Guadalupe García de Rayos, quien acudió regularmente durante ocho años a la oficina local del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ice, por su sigla en inglés) para una revisión anual de su caso. Estaba obligada a hacerlo debido a que fue descubierta usando un número de seguridad social falso. En febrero de 2017, los agentes migratorios la arrestaron e iniciaron los procesos para deportarla a México, después de residir por dos décadas en Estados Unidos. Otros casos se refieren a la posible deportación de los dreamers, jóvenes indocumentados que llegaron a Estados Unidos cuando eran niños y que en el periodo de Obama fueron sujetos del programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (daca, por sus siglas en inglés). El gobierno de Trump dispuso que se pudiera retirar en cualquier momento el permiso que tienen los dreamers para trabajar y estudiar. Esto, porque el 20 de enero de 2017, recién instalado en su cargo, emitió una orden ejecutiva que amplía las definiciones de quién es un criminal, la cual ahora tipifica como «delitos» ciertas faltas menores como la de haber usado un número de seguridad social falso para trabajar. El Servicio de Inmigración y Aduanas declaró que ser beneficiario del daca no garantizaba una protección legal en esos casos.

El gobierno de Obama había priorizado las deportaciones de aquellos que potencialmente representaran una amenaza para la seguridad pública o nacional, ya fuera por tener vínculos con grupos criminales o por haber cometido crímenes serios o varios delitos menores. Todo eso cambió con Trump. Una de las 18 órdenes ejecutivas que emitió desde el inicio de su gestión prevé que cualquier migrante indocumentado condenado por cualquier tipo de infracción -incluso quienes no hubieran enfrentado cargos, pero se sospechara de su participación en actos que pudieran ser motivo de una infracción- deberían ser deportados. Eso fue lo que ocurrió con Guadalupe.

La incitación al odio

La construcción del migrante y de los mexicanos como un «chivo expiatorio» sobre el cual desviar el enojo provocado por la globalización neoliberal es un hecho social que ha movilizado a las masas estadounidenses y fortalecido a diversas organizaciones de la extrema derecha. El odio hacia los migrantes aparece como una forma discursiva utilizada por Trump desde el inicio de su campaña presidencial, quien profirió una serie de afirmaciones que bien podrían catalogarse como incitaciones al odio. Entre otras cosas, dijo que: «Cuando México envía a su gente, no nos mandan a los mejores. Nos mandan gente con un montón de problemas, que traen drogas, crimen y son violadores»; «Los mexicanos nos están matando en la frontera»; «Nuestros trabajos están dejando el país y se van a México, y a muchos otros países». Respecto a los migrantes dijo que «Tenemos que sacar a los bad hombres». Incluso atacó al cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu, quien recibió el premio Oscar por su película Birdman. En esa ocasión dijo «Fue una gran noche para México, como siempre, están acostumbrados a arrebatarnos lo nuestro más que ninguna otra nación» (Camhaji, 2016).

Estas afirmaciones son un claro ejemplo de incitación al odio y de estigmatización de la nación vecina y de sus ciudadanos. A ello habrá que sumar que Trump utiliza de manera cotidiana las redes sociales (Twitter, sobre todo) para propagar sus ideas. Sus breves afirmaciones son aplaudidas por la masa de seguidores, sin dar explicaciones que las sustenten. Con ello logró conformar una «comunidad emocional» (Klima, 2004) cuyos sujetos comparten elementos simbólicos y, sobre todo, emocionales y afectivos. El propio formato de Twitter no brinda espacio para el dialogo ni para explicar nada. Es una tecnología adecuada para la frase vacía y la expresión emocional, donde el mensaje es completado por los imaginarios de los receptores. López Ortega (2017) llama la atención sobre la facilidad con la que se propagan los sentimientos de odio a través de la web y Facebook, encontrando acciones de incitación a este tipo de delito en España. La diferencia con respecto a las proclamas de los seguidores más radicales de Donald Trump no es mucha, como puede observarse en las denuncias presentadas por el Southern Poverty Law Center (splc, 2017).

La antropología ha demostrado que las emociones y los afectos solo pueden ser entendidos como expresiones ligadas a la cultura y son una dimensión que debe ser considerada en el análisis social (Lutz y White 1986; Lutz, 1988). Existe en la actualidad un debate sobre la distinción entre emociones y sentimientos; entre expresión lingüística y corporal; entre la significación y la emoción; o entre lo fisiológico y lo cultural (Bourdin, 2016). Más allá de las diversas tendencias, los estudiosos coinciden en que las emociones y los sentimientos son modelados por la cultura. A partir de los trabajos pioneros de la antropóloga estadounidense Michelle Rosaldo (1984) se ha mostrado lo erróneo de suponer que las emociones se oponen a los pensamientos. Por el contrario, para Rosaldo las emociones son embodied thoughts ‘pensamientos encarnados’: son ideas e ideologías hechas cuerpo. Las emociones están ligadas al pensamiento y a las formas de percepción, interpretación y acción. Se podría decir que son habitus, en el sentido de Bourdieu, cultura incorporada y, por lo mismo, pertenecen al dominio de lo preinterpretado.

Dado que los sentimientos y las emociones son expresiones de la cultura, son «pensamientos encarnados» aprendidos y compartidos socialmente, no es de extrañar que ciertos sentimientos de odio aparezcan como una epidemia, que se multipliquen por una especie de contagio. En los últimos años ha sido frecuente incitar sentimientos de odio (hacia las mujeres, los homosexuales, las minorías) a través de Twitter, Facebook y páginas web, donde el ciudadano común puede hacer uso de la tecnología para proferir ataques escudado en el anonimato. Gracias a estos medios técnicos, los discursos racistas y xenófobos se pueden amplificar y potenciar. Con ello, el odio se convierte en un mal contagioso.

Judith Butler (2017) se refiere a la campaña presidencial de Trump como una instigación al odio y se pregunta si estamos ante una nueva forma de fascismo, diferente al que se presentó en Europa a mediados del siglo xx, pero fascismo al fin, o si se trata de un fenómeno distinto. Para esta filósofa feminista, aunque la situación es diferente a la que se vivió en la Alemania nazi, existen elementos para afirmar que estamos ante un nuevo tipo de fascismo. Pone como ejemplo que Trump se arrogue el poder de deportar a millones de personas o de encarcelar a Hillary (Clinton) por delitos electorales, romper los acuerdos comerciales a voluntad, insultar al gobierno de China o reintroducir el waterboarding y otras formas de tortura. Señala que, para muchos, la arrogancia del candidato era ridícula, pero sus desplantes «eran francamente emocionantes para muchos que votaron por él» (Butler, 2017).

En la última década, el discurso de odio hacia los migrantes, las mujeres, los homosexuales y las minorías étnicas y religiosas emerge en diversas partes del planeta. Es un fenómeno que en algunos países ha sido ya catalogado como delito. El discurso de odio puede ser entendido como aquellas formas de expresión que incitan, promueven o justifican el odio racial, la xenofobia, la misoginia, la homofobia, el antisemitismo y otras las formas de odio hacia colectividades y grupos humanos que interactúan en calidad de minorías.

En el caso del trumpismo, lo más grave es que las campañas de odio se efectúen desde las más altas esferas del poder. Y estas, además, sean replicadas y amplificadas a través de las páginas web (blogs, juegos on line, música y video, principalmente), redes sociales y mensajes de texto que permiten la difusión masiva.

La conversión de México y de los mexicanos como el enemigo (y se incluye en el paquete a centroamericanos y de otros países de nuestro continente) es el chivo expiatorio del capitalismo neoliberal. La interpretación acerca del origen del «mal» tiene su fuente en políticos poderosos, organizaciones ultraconservadoras y grupos religiosos intolerantes que manejan posverdades. Generan una narrativa creíble y unos imaginarios verosímiles que se conjugan con preceptos falsos e inverosímiles. Todos estos elementos se fusionaron y se condicionaron mutuamente para dar una narrativa de coherencia y un sentido de verosimilitud en el imaginario colectivo. En la construcción de los imaginarios la heterogeneidad va siendo reducida, se logra la hegemonía, pues una de sus características es que los imaginarios instituidos son también matrices de significados (Baeza, 2015).

A partir de su toma de posesión, Trump actuó rápidamente para cumplir con sus principales promesas de campaña, con especial énfasis en aquellas relacionadas con la inmigración. Durante los primeros 100 días encomendó al Departamento de Seguridad Nacional la contratación de 5000 nuevos agentes de la Patrulla Fronteriza; construir nuevas instalaciones de detención cerca de la frontera; dar prioridad a la deportación de inmigrantes indocumentados acusados de «cualquier delito» o «que supongan un riesgo para la seguridad pública o la seguridad nacional», o sea, todos. Si bien durante la gestión de Obama fueron deportados alrededor de dos millones de mexicanos, casi todos de ingreso relativamente reciente, con Trump la antigüedad de residir en Estados Unidos no importa. Son deportables tanto personas recién inmigradas como aquellos que podrían tener dos décadas de radicar en el país. Desde los primeros días de su mandato se expulsó a personas que contaban con familiares -hijos, hermanos- de manera mucho más frecuente que en periodos anteriores. Peor aún: el secretario de Seguridad Nacional, John Kelly, dio instrucciones para deportar a los padres y las madres, quienes ahora pueden ser acusados de participar en el «contrabando» y «tráfico de niños». Asimismo, anunció la contratación de 125 nuevos jueces de inmigración durante los próximos dos años. Ello con el fin de agilizar las deportaciones.

Además de lo anterior, Trump buscó disciplinar a los gobiernos estatales al ordenar retener los fondos federales de las llamadas «ciudades santuario», que se niegan a usar a la policía local para identificar a inmigrantes indocumentados, entre otras cosas. A lo anterior habría que sumar una orden ejecutiva para suspender de forma indefinida la entrada de refugiados sirios y prohibir temporalmente el ingreso de ciudadanos de siete países de mayoría musulmana: Irak, Irán, Libia, Somalia, Sudán, Siria y Yemen. Esta disposición ocasionó grandes movilizaciones en distintas ciudades, pues en ellas se incluía a quienes habían luchado al lado de Estados Unidos en la guerra del Golfo y que, por tal motivo, no podían regresar a su país de origen. La orden fue declarada inconstitucional por la corte, pero volvió a intentarlo con una orden similar que fue bloqueada en la misma instancia.

Desde entonces, todos los días aparecen reportes de personas que se sienten agredidas, ya sea por hablar español o porque su fenotipo denota ascendencia mexicana. Una colega historiadora me comentaba que, en junio de 2017, una prima suya fue bajada del autobús e insultada por hablar en español y no en inglés. No fue en Texas, sino en California, donde en apariencia hay una política de mayor apertura y aceptación hacia los migrantes.

Los imaginarios subyacentes

Decía Moscovici (1979) que las representaciones sociales tienen dos funciones esenciales: la objetivación y el anclaje. La objetivación consiste en representar por medio de esquemas figurativos los elementos abstractos, en tanto que el anclaje consiste en la tendencia a incorporar lo nuevo dentro de esquemas previamente conocidos. En este proceso, los actores sociales seleccionan de manera idiosincrásica aquellos elementos novedosos que les permitan interpretar y dar sentido a lo que está ocurriendo, pero siempre en el marco de su propia cultura y con base en esquemas previos de percepción e interpretación.

El racismo y la violencia contra la población no blanca no son una novedad ni resultado solo del discurso de Trump, sino la concatenación de diferentes factores, entre ellos las representaciones colectivas sobre la nación y la alteridad en un país que tradicionalmente ha establecido fuertes jerarquías étnicas y raciales, que se debaten con tendencias más plurales y cosmopolitas. En Estados Unidos existe una corriente muy importante que acoge y respeta a los inmigrantes, y valora sus contribuciones a la grandeza de ese país. Esta tendencia se expresa en las principales ciudades como Nueva York, Chicago, Los Ángeles. Pero a la vez hay una corriente racista, extremadamente conservadora, ubicada sobre todo en los estados del sur profundo.

El sentimiento antimexicano y antinmigrante en Estados Unidos ha existido desde el siglo xix. Baste recordar que en marzo de 1836, en El Álamo, el ejército mexicano encabezado por el presidente Antonio López de Santa Anna enfrentó una rebelión liderada por grupos de secesionistas y esclavistas texanos que buscaban independizarse de México. La rebelión estuvo motivada por la abolición de la esclavitud en 1829, cuando Vicente Guerrero (abril-diciembre de 1829), líder afroamericano, era presidente de México. Los independentistas texanos fueron derrotados y ejecutados por el ejército mexicano según los preceptos militares de la época y se puso en libertad a los esclavos que tenían a su servicio. Un mes más tarde, en abril de 1836, en San Jacinto, Sam Houston capturó a Santa Anna y logró la independencia de Texas a cambio del indulto al presidente mexicano. A partir de esos acontecimientos se recrea el mito que habla del mexicano violento y salvaje. El mito sería alimentado a lo largo del siglo xx por la industria cultural estadounidense, la cual convertía en héroes a los esclavistas texanos, ocultando sus motivos reales e intereses de perpetuar la esclavitud.

La batalla de El Álamo y la posterior derrota de las tropas mexicanas en San Jacinto es uno de los símbolos más importantes de la identidad nacional y de la cultura popular estadounidenses. Su historia se enseña en las escuelas y aparece en los libros de texto de ese país. El historiador y escritor Paco Ignacio Taibo II (2011) dedica un libro a analizar cómo se construye el mito sobre esa batalla que se erige como símbolo de identidad. Cita un texto publicado en internet sobre el Memorial de El Álamo, el cual dice: «Sin El Álamo no habría habido batalla de San Jacinto, sin esta, Texas no habría existido. Sin Texas, la expansión hacia el oeste de Estados Unidos hubiera sido frustrada, sin el oeste, Estados Unidos se hubiera limitado a ser un poder atlántico, y no se hubiera alzado como un poder mundial. Sin Estados Unidos como poder planetario, el mundo como lo vemos ahora no existiría». Para este autor, la batalla de San Jacinto es una pieza angular de la identidad estadounidense. Texas se crea como estado independiente tomando una parte de los territorios mexicanos de los estados de Coahuila, Tamaulipas, Chihuahua y Nuevo México.

Después de ese episodio vino la invasión de 1846-1847, cuando Estados Unidos se quedó con más de la mitad del territorio mexicano. Los casi 120 000 mexicanos que quedaron del lado estadounidense fueron el blanco de acciones racistas, que en ocasiones extremas llevaron a linchamientos entre 1850 y 1920 (Delgado, 2016). Según el reconocido historiador Enrique Krauze, el presidente estadounidense James Polk tomó como «cordero sacrificial» a México al declararle la guerra, lo cual «desató una euforia nacionalista sin precedentes en Estados Unidos» (Krauze, 2017).

Los ataques contra México se inscribían en el imaginario hegemónico de la época, enmarcado en la noción del destino manifiesto, cuya orientación era abiertamente expansionista (Guerra, 1964).

En los años siguientes, el país y los mexicanos continuaron siendo blanco de los ataques de los racistas sureños. El propio Krauze narra que en febrero de 1913, el primer presidente electo de México, Francisco I. Madero, era visto con desconfianza por el embajador Henry L. Wilson, a quien le preocupaba que la política de Madero afectara los intereses de las empresas estadounidenses. Señala que Wilson «fraguó con los altos militares mexicanos un golpe de Estado que desembocó en el asesinato del presidente y el vicepresidente». Ese hecho se reconoce en México como el detonante de la revolución, que dejó a su paso cientos de miles de muertos. En 1914 los marines de Estados Unidos ocuparon el puerto de Veracruz y en 1916 las tropas ingresaron por el norte buscando al líder revolucionario Francisco Villa, quien había atacado el pueblo de Columbus, en Nuevo México.

Durante la Gran Depresión (1930-1932) se llevaron a cabo deportaciones masivas en fábricas y vecindarios, acción que se repitió en distintas ocasiones, como cuando se anunció el fin del Programa Bracero (1942-1964).

A lo largo del siglo xx, la contratación de trabajadores indocumentados por un lado y las deportaciones por otro han sido cíclicas. Sus momentos de auge y reflujo varían según las épocas de apogeo y crisis en la economía estadounidense, como lo explican Massey, Pren y Durand (2009:105), quienes aseguran que la historia del proceso migratorio entre México y Estados Unidos se ha forjado de manera unilateral por las políticas laborales y de migración de Estados Unidos.

Tampoco es novedosa la construcción de un chivo expiatorio hacia el cual canalizar la frustración de las masas afectadas por las políticas neoliberales. Uno de los casos más recientes de estigmatización hacia los mexicanos se dio con la emergencia sanitaria que en 2009 alarmó a la población mundial, ante la aparición del virus AH1N1. Si bien la epidemia inició en California, donde se dieron a conocer los primeros casos, la alarma cundió por el mundo culpando a México (Oehmichen y Paris, 2010).

Conclusiones

La llegada de Trump a la Presidencia de Estados Unidos nos habla de un fenómeno sociocultural de gran alcance en el que se conjuntan varios factores. Por un lado, el hartazgo en el sistema bipartidista entre las multitudes, que hizo que un hombre de la televisión (estrella conductora de un reality) pudiera acceder a ese cargo. Esta llegada no se logró gracias al voto popular pues, como señalamos, la candidata demócrata Hillary Clinton lo superó por casi tres millones de votos. Esto nos habla de las limitaciones y la obsolescencia del sistema electoral estadounidense y también de la posverdad. Trump afirmó, sin demostrarlo, que el triunfo de Clinton se debía a que más de tres millones de inmigrantes «ilegales» le habían dado su voto.

El proceso electoral estadounidense permite visualizar el paralelismo entre los acontecimientos a los que se refiere Girard (2002), que llevaron a los judíos a ser culpados de la peste en Europa en el siglo xiv, y los males atribuidos a los inmigrantes en el siglo xxi. En ambos casos, la furia es canalizada y redirigida hacia un «chivo expiatorio» en acciones que no lograron contener la peste, como tampoco ahora podrán conjurar los efectos perversos de la crisis ocasionada por las políticas neoliberales. La principal diferencia tal vez consista en que ahora se cuenta con los medios técnicos para difundir los mitos, desviar el enojo y conjurar la incertidumbre. El uso de la televisión y de los medios electrónicos como la web, Facebook, Twitter y otros potencian la capacidad de lograr que las explicaciones más inverosímiles y las acusaciones indemostradas e indemostrables puedan convertirse en «verdades» a fuerza de repetirse por todos los rincones y a través de todos los aparatos de bolsillo.

Las deportaciones han alcanzado a personas que llevan muchos años de radicar en Estados Unidos, incluyendo a los dreamers, jóvenes a quienes se les había otorgado una protección mediante la deportación diferida.

En el contexto del fortalecimiento del trumpismo se rememoran viejas amenazas y hostilidades que se vivieron desde mediados del siglo xix en la relación entre México y Estados Unidos. Y fue casi hasta el final de la segunda guerra mundial cuando México dejó de temer una invasión estadounidense (Krauze, 2017). Pero hoy los miedos se reavivan. Por ejemplo, en 2014 la escritora estadounidense Ann Coulter, autora del libro In Trump we trust dijo en entrevista para el programa de Sean Hannity, de Fox News, sentirse «invadida» por los migrantes de todo el mundo. Propuso que para frenar la migración hacia Estados Unidos deberían bombardear México, como Israel hace en la Franja de Gaza (Proceso, 2014). Eso hizo que se rememorara en México la invasión estadounidense al puerto de Veracruz, que dejó a su paso el asesinato de decenas de personas inocentes.

Para explicar este tipo de persistencias socioculturales acudimos a la teoría de las representaciones sociales, cuyos estudios han demostrado que estas cambian muy lentamente. Las representaciones sociales son constructos sociocognitivos propios del pensamiento ingenuo o del sentido común que constituyen «una forma de conocimiento socialmente elaborado y compartido, que tiene una intencionalidad práctica y contribuye a la construcción de una realidad común a un conjunto social» (Jodelet, 1989: 36). Es por ello que las representaciones no pueden ser consideradas como un simple reflejo de la realidad y sí ser mejor entendidas como «una organización significante de la misma que depende, a su vez, de circunstancias contingentes y de factores más generales como el contexto social e ideológico, el lugar de los actores sociales en la sociedad, la historia del individuo o del grupo, y, en fin, de los intereses en juego» (Giménez, 1999). Quisiera destacar el tema de los intereses en juego pues las persistencias en cuanto a la creación de estereotipos discriminatorios, el repunte de la xenofobia y del odio antinmigrante descansan en representaciones previas, pero a la vez se actualizan a través del uso de los medios de comunicación, la difusión masiva, en una clara muestra de la estrecha relación entre procesos de significación social y relaciones de poder.

Las representaciones sociales son sistemas de disposiciones duraderas de percepción, interpretación y acción. De acuerdo con Moscovici (1979) y Jodelet (1989), las representaciones pueden cambiar, pero lo hacen muy lentamente. Según su propuesta, todas las informaciones, los elementos cognitivos, los acontecimientos novedosos, etc., son incorporados de manera selectiva por los actores sociales dentro de su sistema de representaciones previo. Debido a que las representaciones están estructuradas, se considera que los cambios que ocurren en la vida social -y en el mundo natural- son incorporados desde la periferia, sin que este proceso afecte inicialmente el núcleo de la representación. Los elementos periféricos de una representación están constituidos por estereotipos, creencias e informaciones cuya función principal parece ser la de proteger al núcleo acogiendo, acomodando y absorbiendo en primera instancia las novedades incómodas. Según los teóricos de esta corriente, el sistema central de las representaciones está ligado a condiciones históricas, sociales e ideológicas más profundas y define los valores fundamentales de un grupo. De ahí que la representación de los migrantes como los culpables del desempleo, de los bajos salarios y de la crisis para amplios sectores empobrecidos de Estados Unidos sea una actualización de versiones previas que tienen, al menos, un siglo de vida. Esta es al mismo tiempo una actualización identitaria de una nación étnica que Appadurai (2007) ya veía venir desde las respuestas antiterroristas, ocasionadas por el ataque que en 2001 se produjo contra el World Trade Center (wtc) en Nueva York y el Pentágono en Virginia.

Se trata de un fenómeno social donde el manejo de información se aúna a esa necesidad colectiva de identidad. Se apela al nacionalismo para erigir y fortalecer fronteras, pero también se alude a la raza. Para el sector más conservador, lo que ellos denominan América es la patria forjada por los blancos, anglosajones y cristianos. Los otros americanos no son aceptados como tales. Son ciudadanos, pero no nationals. Son minorías etnizadas que en la actual coyuntura se consideran ajenas a la nación.

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Recibido: 15 de Noviembre de 2017; Aprobado: 05 de Junio de 2018

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