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Región y sociedad

versión impresa ISSN 1870-3925

Región y sociedad vol.31  Hermosillo  2019

https://doi.org/10.22198/rys2019/31/1127 

Artículos

Lugar y sentido de lugar en un camino de la costa atlántica patagónica, 1950-1970

Place and sense of place on a road on the Atlantic coast of Patagonia, 1950-1970

* Autor para correspondencia. Universidad Nacional Autónoma de México. Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental, campus Morelia. Antigua carretera a Pátzcuaro # 8701, colonia Ex-Hacienda de San José de la Huerta. C. P. 58190. Morelia, Michoacán, México. Correo electrónico: gbocco@ciga.unam.mx

** Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Centro para el Estudio de Sistemas Marinos. Bd. Alte. Guillermo Brown 2915 (U9120ACD), Puerto Madryn, Chubut, Argentina. Correo electrónico: cinti@cenpat-conicet.gob.ar

*** Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Instituto Patagónico de Ciencias Sociales y Humanas. Bd. Alte. Guillermo Brown 2915 (U9120ACD), Puerto Madryn, Chubut, Argentina. Correo electrónico: vezub@cenpat-conicet.gob.ar

**** Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Centro para el Estudio de Sistemas Marinos. Bd. Alte. Guillermo Brown 2915 (U9120ACD), Puerto Madryn, Chubut, Argentina. Correo electrónico: noelas@gmail.com

***** Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas. Instituto Patagónico de Ciencias Sociales y Humanas. Bd. Alte. Guillermo Brown 2915 (U9120ACD), Puerto Madryn, Chubut, Argentina. Correo electrónico: chavez@cenpat-conicet.gob.ar


Resumen

El objetivo del trabajo es analizar cómo recolectores de pulpo (pulperos) construyeron lugar, y dieron sentido de lugar a un camino de terracería en un tramo paralelo y lindero a la costa atlántica patagónica de 1950 a 1970. Se utilizó una metodología cualitativa y participativa, basada en estas técnicas etnográficas: entrevistas, entrevistas en profundidad, recorridos de campo y referenciación geográfica de los parajes reconocidos por los pulperos. Como resultado, los informantes identificaron parajes donde se establecían los pulperos, que se cartografiaron, y se les asignó topónimos reconocidos por ellos. La limitante es que no se profundizó en las trasformaciones del camino, aunque la originalidad radica en el uso de los conceptos paraje (lugar), sentido de lugar y paisaje en la reconstrucción del camino, a partir de una actividad productiva artesanal. En conclusión, los afectos que residen en la memoria de los pulperos resultaron centrales en la construcción social del camino y los parajes como lugar, en el sentido geográfico.

Palabras clave: sentido del lugar; identidad social; apego (psicología); pulpero; pulpos; caminos; pesca costera; asentamientos pesqueros; Camino Real, Argentina

Abstract

The purpose of this study is to analyze how octopus collectors (pulperos) built a place and gave a sense of place to a dirt road along a stretch paralleling and bordering the Atlantic coast of Patagonia from 1950 to 1970. A qualitative and participatory methodology was used, based on these ethnographic techniques: interviews, in-depth interviews, field trips and geographical referencing of the places recognized by the pulperos. As a result, informants identified places where pulperos used to settle down; these places were mapped and given toponyms recognized by them. The limitation of the study is that it did not delve into the transformations of the road, although its originality lies in the use of the concepts of paraje (place), sense of place and landscape in the reconstruction of the road on the basis of a artisanal production activity. In conclusion, affections residing in pulperos’ memory were central in the social construction of the road and the parajes as a place in the geographical sense.

Keywords: sense of place; social identity; attachment (psychology); pulpero (octopus collector); octopuses; roads; coastal fishing; fishing settlements; Camino Real, Argentina

Introducción

Los caminos y senderos en América Latina se han estudiado desde varias perspectivas académicas y, por lo tanto, con objetivos y conceptualizaciones muy diversos; destacan las aproximaciones etnoarqueológica y antropológica (patrimonio). Para Botero, estudiar los caminos prehispánicos permite entender “fenómenos culturales, físicos y naturales pero también […] procesos históricos, sociales y económicos de sus constructores y transeúntes” (2007, p. 343). Aldunate, Castro y Varela (2003) analizan, desde la etnoarqueología, rutas de tráfico prehispánico en la zona cordillerana de Antofagasta, Chile, y señalan aspectos de la “reutilización y continuidad en el uso de estas vías tanto en el período prehispánico, como en los períodos Colonial y Republicano” (2003, p. 305). Asimismo, hacen referencia al estudio profundo sobre el camino del inca en los Andes centrales (Hyslop, citado en Aldunate et al., 2003); proponen que una rama de estos caminos conectaban la zona de estudio con el altiplano en la actual Bolivia. Fournier destaca la importancia de caminos, rutas, veredas y senderos, y aporta “evidencias que permiten reconstruir múltiples aspectos relacionados con la interacción cultural” (2006, p. 27). En una dimensión diferente, Porcal (2011) reconoce la importancia del patrimonio rural y en especial del valor patrimonial de vías férreas, vías pecuarias y caminos históricos, en el País Vasco y en Navarra, para su reutilización turística. Estos son algunos ejemplos que sugieren la relevancia del tema, pero una revisión bibliográfica exhaustiva sobre caminos y senderos escapa a los objetivos de este trabajo. Sin embargo, la intención es destacar la amplitud del tópico y la diversidad de las aproximaciones sobre él. En cambio, los estudios desde la geografía y la noción de lugar no son tan comunes.

Aquí se describe cómo recolectores de pulpo (pulperos) construyeron lugar y dieron sentido de lugar a un camino de terracería a lo largo de un tramo paralelo y lindero a la costa atlántica patagónica (véase Figura 1) durante décadas del siglo pasado. Ellos denominan “pulpeo” o “pulpeada” a la actividad, que consiste en la pesca de un pulpo pequeño, el tehuelche (Octopus tehuelchus d' Orbigny, 1834) (véase Figura 2), cuyos hábitats son los sustratos rocosos de la zona entre mareas o intermareal, dentro de las cavidades o irregularidades del fondo o en la superficie inferior de las rocas a donde se adhiere (Iribarne, 1991). Los pulperos se valen de su conocimiento acerca de los hábitos del pulpo para reconocer su presencia, como su alimentación o desplazamientos: visualizan restos de cangrejos, bivalvos fuera de las cuevas, rastros en la arena o el movimiento de agua. El pulpo se extrae con un gancho metálico de entre 60 cm y 1 m de longitud, cuenta con una curvatura específica que aumenta la efectividad de la recolección. El pulpero almacena la captura en un balde de plástico de 20 litros (antes era metálico) a medida que recorre las restingas (zona rocosa del intermareal); al finalizar la marea, él eviscera manualmente el pulpo en uno de los puestos o campamentos temporarios, antes de trasladarlo para su comercialización.

Fuente: Santa Ana et al. (2017).

Figura 1 Mapa de la zona costera del norte patagónico sobre el océano Atlántico, en Argentina. Se indica el sector del Camino Real más utilizado por los pulperos en el periodo de mayor auge de la pesquería, 1930-1980 

Fuente: fotografía tomada por A. Cinti.

Figura 2 Pulpo tehuelche y gancho pulpero utilizado para recolectarlo 

Estos pescadores artesanales utilizaban el camino para sus desplazamientos itinerantes, acceder a la zona intermareal y realizar la pesquería; eran trasladados en grupo por acarreadores (intermediarios) a sitios específicos a lo largo del camino y de la costa (Lefebvre, 1977), que ellos conocían como parajes, donde se establecían entre 15 y 30 familias en campamentos provisionales durante la temporada de pesca (entre octubre y abril) (Juan Carlos Vargas, comunicación personal). En cada paraje se instalaban de una a cinco familias, y conformaban un “rial” compuesto por “ramadas o enramadas” o puestos, refugios construidos con vegetación de la zona (Santa Ana, Bocco y Cinti, 2017).

Aquí se analizan los resultados de la descripción, derivada de un trabajo etnográfico intenso, en el marco de la teoría del lugar y de los paisajes de movimiento. Primero se plantea el marco teórico (lugar, sentido de lugar y paisajes de movimiento); enseguida el método y las técnicas, que incluyen la descripción del sitio; después se presentan los resultados, su análisis y las conclusiones finales.

Lugar

En México y Argentina, el uso del término paraje es relativamente común, significa sitio o lugar, y se identifica con un topónimo. En la Patagonia se utiliza con frecuencia la palabra “paradero”, asociada con paraje, que enfatiza la acción de parar o detenerse, lo que resulta muy apropiado para explicar la relación entre los sitios y la geografía trashumante de las poblaciones originarias, de “hábitat móvil” (Bascopé, 2018). La literatura antropológica y arqueológica fue ampliando esta noción, hasta identificar al “paradero” como sinónimo de campamento, ya sea que se tratara de estaciones permanentes o temporarias. Al reconstruir la historia del término, Rey señaló su valor para la geografía humana de la región, y consideró que la definición aportada por Del Castillo era la mejor y la más sintética, según su uso en la Patagonia: “donde se encuentran reunidos los cuatro elementos principales de la vida en aquellas regiones, esto es, carne, agua, pasto y leña” (citado en Rey, 1964, p.78).

Paraje alude a un sitio rural donde existen hábitats dispersos, reconocidos por sus habitantes y los de zonas vecinas. Puede o no estar habitado, pero el sitio debe tener relevancia y significado, al menos para los pobladores que le asignaron un nombre. Las distancias entre parajes varían, y dependen de la geografía de la región. Un paraje se convierte en lugar, en tanto concepto reconocido en la teoría geográfica, cuando es habitado y el paisaje donde se localiza es construido socialmente. El concepto de lugar es central en la historia del pensamiento geográfico moderno, y tiene tres acepciones: a) localización de sitio (location); b) ámbito en el que se desenvuelven las relaciones sociales en ese sitio (locale) y c) sentido de lugar (sense of place) o pertenencia al lugar (Agnew, 2011). Lugar es un concepto complejo, a veces ambiguo, y alude a un espacio físico imbuido de significado, construido y reconstruido a través de procesos sociales que le adjudican significado (Cheng, Kruger y Daniels, 2003; Cresswell, 2011; Hoelscher, 2011; Ngo y Brklacich, 2014).

La genealogía del concepto arranca con la noción de género de vida (genre de vie) en relación con su espacio, según Vidal de la Blache (Williams, 2015), y con los aportes subsiguientes de la geografía cultural, en especial de la francesa (Fernández, 2016). Se formaliza con la contribución de la geografía humanística de Yi-Fu Tuan, en la década de 1970. Esta perspectiva propone que lugar es mucho más que el medio físico en el que se desenvuelve un género de vida dado; además, es fruto de y construido por la experiencia de la sociedad en su relación con el medio, a lo largo del tiempo (Tuan, 1974).

La noción de experiencia es esencial en la definición de lugar: es un centro de significado dado por la experiencia, misma que construye lugar -centros de significado- a diferentes escalas, desde la sala del hogar, hasta el planeta. Las ligas afectivas se enlazan con el lugar a través de la experiencia; los lugares, además de ser símbolos públicos -como los monumentos-, también son y, en especial, campos de reconocimiento y cuidado (fields of care) (Tuan, 1975). Así, según Tuan (1975), se delinean tres enfoques: a) el geométrico, nomotético, donde el lugar es localización; b) el ideográfico, con el lugar como campo de atención y c) el de la experiencia, con el lugar como construido por una relación entrañable entre la gente y el sitio (1975). Esta distinción entre la dimensión abstracta del espacio y el mundo afectivo y de la experiencia del concepto de lugar es un modelo conceptual robusto para la geografía humana (Hoelscher, 2011).

La visión humanística de la noción de lugar no estuvo exenta de críticas. Massey (1991), entre otros, advirtió sobre los riesgos de caer en visiones nostálgicas acerca de lugares estáticos y, en cambio, sugirió un enfoque translocal de sentidos de lugar, donde se reconocieran las geometrías y asimetrías de poder sobre el espacio. Harvey (2001, citado en Hoelscher, 2011) criticó el particularismo militante ligado a una visión estática y nostálgica, e insistió en que, como el tiempo y el espacio, el lugar es un constructo social. Esta crítica no alcanza a cuestionar las raíces del pensamiento humanístico; se trata en realidad de matices que se pueden incorporar por la visión referida aquí por Tuan (1974, 1975, 1976). Así, Hoelscher (2011) señala que pese a la crítica de la geografía radical, la noción de lugar ha resurgido de manera vigorosa, incluso en un mundo cada vez más globalizado. En síntesis, se trata de un sentimiento compartido, un proceso que permite que un espacio no diferenciado se convierta en lugar en tanto se le reconozca y revista de valor (Tuan, 1976).

Sentido de lugar

Según Agnew (2011), la tercera acepción de lugar es la de enraizamiento, arraigo, sentido de pertenencia o sentido de lugar. Aquí lugar, en cuanto sentido de o identificación con, lo es hacia una comunidad o paisaje únicos. En esta construcción, cada lugar es particular y, por tanto, singular. En general, sentido de lugar describe el grado de conexión que la gente tiene con su lugar, que incluye las redes sociales que se desenvuelven en él (Marshall, Park, Adger, Brown y Howden, 2012). Se trata de las formas mediante las cuales los lugares reconocen sentido y significado a partir de la experiencia personal (Cresswell, 2011; Williams, 2015). Sentido de lugar encierra los sentimientos profundos y a veces poderosos que influyen en cómo la gente percibe, experimenta y valora el medio (Ramos de Robles y Feria Cuevas, 2016). Las conexiones entre gente y lugar son difíciles de definir y medir de manera uniforme, ya que varían en el espacio y el tiempo (Cheng et al., 2003).

Así, un lugar puede tener personalidad pero solo los seres humanos pueden tener un sentido de lugar, cuando aplican su reconocimiento (awareness) moral y estético a sitios o localidades. Según Tuan (1974), tener sentido (de lugar) es conocer, por medio de la vista y también a través de los demás sentidos. Entonces, el sentido de lugar tiene dos significados: uno visual y el que está basado en otros sentidos, lo que requiere un contacto cercano con el medio a lo largo del tiempo, es decir, experiencia.

La personalidad de un lugar es única, y está integrada por sus cualidades y las trasformaciones realizadas por generaciones de seres humanos, a través de una interacción prolongada entre hombre y naturaleza. La personalidad tiene dos aspectos: asombro (awe) y afectividad; el primero ocurre ante algo sublime, independiente de las necesidades y las aspiraciones humanas, como el que despiertan los templos o monumentos (lugares públicos). En cambio, la afectividad está dada por las personas en el marco de una asociación larga con el lugar (campos de reconocimiento y cuidado) (Tuan, 1974).

Para la región en estudio, Ramos (2016) y Sabatella (2017), entre otras antropólogas, se han ocupado de los afectos en relación con los sentidos de lugar y pertenencia entre los mapuches y tehuelches de la Patagonia, en la construcción de sus trayectorias individuales y comunitarias y sus memorias. Baeza (2016), en su estudio sobre comunidades migrantes provenientes de Bolivia en las ciudades de la cuenca del Golfo San Jorge, en Chubut y Santa Cruz, plantea que las mujeres contribuyen de manera sustantiva a la construcción de pertenencia y afecto al territorio al cual se trasladan.

El lugar como paisaje de movimiento

El lugar no es estático sino producido a través de movilidades, flujos y relaciones diferenciales de poder (Williams, 2015). El lugar es un nodo donde convergen actividades humanas; un camino se convierte en un lugar cuando se trasforma en el centro de ellas, en un espacio carente de dirección (Tuan, 1974). Quienes pueden definir los lugares son personas itinerantes, como los nómadas, viajeros o migrantes, que se mueven e interactúan entre los lugares; por tanto, las movilidades son parte inherente de cómo unos lugares se pueden definir y operar como tales (Agnew, 2011).

Los senderos, caminos y carreteras son rasgos básicos del paisaje; salvan distancias y obstáculos, y conectan a las personas con los lugares, y a éstos entre sí. Son paisajes de movimiento, no se pueden reducir a puntos en un mapa (Snead, Erickson y Darling, 2009), son lugares. Los paisajes de movimiento incluyen múltiples formas de moverse, cada una con una estructura, significado y asociaciones diferentes (Snead, 2009); por lo tanto, las carreteras no son más significativas que los senderos o caminos. Observar estas diferencias lleva a entender cómo se estructuran los paisajes por medio de la práctica y las voluntades, y representan narrativas, a veces en conflicto.

Los caminos son algo más que medios para llegar a un fin, están imbuidos en el significado de la actividad que ocurrió a lo largo de ellos; son sinónimos de movimiento y conexión. Así la etnografía sugiere que son lugares en sí mismos. Moverse a través de un paisaje es un compromiso; el usuario de un camino reafirma relaciones con la topografía y el ambiente construido, así como con las asociaciones que de ellas se desprenden, y el conocimiento requerido para interpretar dichas relaciones (Snead, 2009).

Método y técnicas

Descripción de la zona de estudio y una historia breve de la actividad productiva

En la porción norte de la costa patagónica atlántica, las localidades de San Antonio Oeste (provincia de Río Negro) y Puerto Lobos (provincia de Chubut) (véase Figura 1) estaban conectadas por el Camino Real, conocido así por los antiguos pobladores y las fuentes históricas (Dumrauf, 1991). Los antecedentes reconocen que el Camino Real vinculaba los emplazamientos españoles de Carmen de Patagones, en la desembocadura del río Negro (actual provincia de Río Negro) y el Fuerte San José, en Península Valdés (actual provincia de Chubut) (véase Figura 1). Ambos fueron erigidos simultáneamente en 1779 (Bianchi-Villelli, Buscaglia y Sancci, 2013), como vía de comunicación y trasporte de ganado, víveres y otras mercancías. Carmen de Patagones se sostuvo como el enclave principal en la Patagonia, mientras que las instalaciones más precarias de San José en Península Valdés no sobrevivieron a las revoluciones de independencia, y fueron devastadas por los indígenas, en 1810. La evidencia arqueológica muestra que, antes de la fundación de estos enclaves, los cazadores-recolectores usaban los recursos costeros en la zona de estudio desde hacía más de 5 000 años antes del presente (Favier-Dubois, 2009).

Durante la mayor parte del siglo XIX, el camino recorría un territorio controlado por los pueblos originarios: pampas o tehuelches del norte o gününa küne, según el etnónimo con el que se identificaban (Vezub, 2015). Los archivos históricos muestran que durante la década de 1820, los cacicatos pampas abastecían a la ciudad de Carmen de Patagones, en tiempos de escasez, con el ganado cimarrón que había proliferado en Península Valdés desde la caída del Fuerte San José (Bustos, 1993). En contraposición, las autoridades municipales de Carmen de Patagones se quejaban, en 1854, del robo de ganado cuyo destino era la desembocadura del río Chubut. Allí, un comerciante de origen británico instaló una factoría lobera que no prosperaría, también bajo protesta de las autoridades, que advertían que “[…] sin que fuese un hombre bien pagado nadie quería arriesgarse a ir” a ese punto fuera del control de las fronteras.1

La ocupación por parte de Estado nacional del territorio patagónico se produjo durante las décadas de 1870 y 1880, y fue acompañada por acciones de violencia masiva, traslados forzosos de la población que habitaba en la Patagonia y concentración de contingentes desterritorializados en las denominadas “colonias de indios”, como la de General Conesa, ubicada sobre el río Negro (Arias, 2006; Mases, 2002; Ruffini, 2001; Vezub, 2009).

Gracias al recuerdo de los recolectores de pulpo, nacidos alrededor de 1930, se sabe que hay descendientes de las poblaciones sobrevivientes de las campañas militares que al final se asentaron en torno a la ciudad de San Antonio Oeste, y extraían los recursos que encontraban en la zona entre mareas o intermareal, como el pulpo tehuelche (Masera, Lew y Serra, 2005) (véase Figura 2). Antes de esto, un informe presentado por el juez de paz de Carmen de Patagones al jefe de la Oficina de Estadística Nacional, en 1865, documentaba por primera vez la existencia del pulpo, entre otros recursos de la costa patagónica que “no se exportan”, y que habría “varias pesquerías” en la bahía de San Matías, camino a Península Valdés.2

La colonización de fines del siglo XIX generó la apropiación del territorio en estudio (Ruffini, 2001); se establecieron ranchos y estancias privadas con fines ganaderos (Bendini y Sternberg, 2010), principalmente de ovinos productores de lana. El Camino Real se utilizó para trasporte y comercialización de mercaderías por la población migrante de origen europeo y sirio-libanés, y también de las provincias argentinas de más al norte, para acceder a estancias agropecuarias y a las zonas donde se pescaba pulpo.

El Camino Real de principios del siglo XIX perdurará en la memoria, para devenir en "Camino de los Pulperos", a partir de la década de 1920, cuando se configuró como vía de conexión que, asociada con una red de sendas, sirvió para estructurar la pesquería de pulpo (Provincia de Río Negro, 1962). Los compradores y pulperos usaron el camino para trasladarse a otros sitios a lo largo de 160 km de costa, entre San Antonio Oeste y Puerto Lobos (véase Figura 1), desde donde accedían al intermareal para pescar. El uso reciente de la zona costera asociada con el Camino Real obedece a intereses particulares. A finales del siglo XX, Las Grutas (véase Figura 1) se convirtió en un punto turístico importante para la región, con el consecuente desarrollo inmobiliario y hotelero (Davenport y Davenport, 2006). En la última década se empezó a promover el ecoturismo y el acceso al intermareal, como una de las ofertas.3

El entorno físico-geográfico

El entorno físico, que incluye algunas rocas ígneas, está dominado por cordones litorales de naturaleza y edades geológicas diversas. Pueden estar cortados por cursos fluviales efímeros, subparalelos entre sí, y subortogonales en relación con la línea de costa, en su base. Entre los cordones litorales suele haber depresiones en ambientes de mucha evaporación (salitrales). En Bocco, Cinti y Urquijo (2013) se puede consultar una descripción más detallada del entorno físico. El clima de la región es templado semiárido; la temperatura media es de 12 oC y las precipitaciones varían entre 100 y 350 mm anuales. La vegetación dominante es la estepa arbustiva, con jarilla (Larrea spp.), molle (Schinus poligamus) y piquillín (Condalia microphilla). Santa Ana et al., (2017) describen a detalle el clima y la vegetación de la zona de estudio.

Etnografía

Aquí se empleó principalmente el método propuesto por Bocco, Solís, Orozco-Ramírez y Ortega-Iturriaga (2019); fue cualitativo, etnográfico y participativo (Crouch y McKenzie, 2006). Se buscó recabar información sobre la manera en que los recolectores de pulpo construyeron lugar y sentido de lugar durante su actividad productiva, a partir de la cual se generan recuerdos, en especial entre las décadas de 1950 y 1970, con alguna referencia a la situación histórica y a la actualidad. La técnica más importante fue el recorrido del camino con informantes clave, a partir de un guion cuyos ejes de análisis estuvieron definidos por los objetivos del estudio y su marco de referencia (Cuevas, 2016). Los recorridos se complementaron con entrevistas no estructuradas a 17 informantes y tres en profundidad, además con un taller (grupo focal), en mayo de 2015, impartido a 11 pulperos históricos, correspondientes a la tercera generación, con memoria entre las décadas de 1950 y 1970, algunos de los cuales siguen pulpeando en la actualidad.

Se invitó a los pulperos a participar mediante muestreo intencional (purposeful) (Marshall, 1996; Martínez-Salgado, 2012), por su experiencia de vida en la actividad y su capacidad de brindar información detallada sobre el tema de la investigación (Denzin, 2010). El interés no radicó en la medición, sino en la comprensión de la complejidad de los procesos sociales involucrados en la construcción de lugar y su sentido. La preocupación central no fue el tamaño de la muestra, sino la riqueza de la información obtenida y la posibilidad de interpretarla y analizarla desde el marco teórico definido. La conformación de la muestra se fue definiendo según emergían los conceptos clave, y se utilizó la noción de bola de nieve o muestreo en cadena (Marshall, 1996; Martínez-Salgado, 2012); su tamaño fue suficientemente grande, en comparación con el número de pulperos vivos, de tal manera que se satisfizo la crítica al muestreo en cadena planteada por Biernacki y Waldorf (1981), en relación con la posible varianza en los datos obtenidos.

Los resultados de la etnografía se capturaron en forma digital, fueron trascritos y ordenados. Luego se analizaron de manera manual, y se intentó visualizar los temas de la investigación desde la perspectiva de los entrevistados, para comprender los significados que construyen, y vincularlos con el marco teórico del estudio. También se trató de encontrar patrones y convertirlos en categorías significativas para responder a los objetivos de éste (Cuevas, 2016).

El propósito de la etnografía fue hacer un relevamiento de los detalles del camino, como un vector o vía de movimiento, y los nodos o sitios de interés reportados por los informantes como parajes. El camino y los parajes constituyen paisajes de movimiento y, como tales, lugares. Los parajes se reconocieron y plasmaron en mapas de manera participativa; es decir, se localizaron los sitios que fueron ocupados provisionalmente por los recolectores de pulpo, más o menos a partir de 1950. Se construyó un mapa digital con los datos relevados, que fue verificado junto con uno de los informantes.

En diciembre de 2013 y agosto de 2016 se realizaron dos recorridos de prospección con Juan Carlos Vargas y Tomás Hueche, informantes clave; ambos abarcaron el tramo del camino entre Las Grutas y el paraje Fume Negro (véase Figura 1). Juan Carlos tenía 66 años cuando se hizo la primera prospección; sus recuerdos abarcan dos periodos: su infancia, hace casi 65 años, cuando empezó a acompañar a su familia a pulpear, y su juventud temprana, en la década de 1960, cuando regresó al camino con su propia familia. Tomás tenía 67 años cuando se hizo la segunda prospección; también él inició la actividad desde niño, y se mantuvo pulpeando hasta 1979 en la zona de estudio. Los dos, al igual que Natividad Pailemán fueron entrevistados en profundidad.

El recorrido fue de alrededor de 60 km a partir de Las Grutas, en dirección sur, con paradas en cada sitio identificado por los informantes como puestos o lugares de acampe, desde donde accedían a las zonas de pulpeo en el intermareal (véase Figura 3). En cada uno se registró el nombre del lugar adjudicado por los pulperos y su localización mediante un posicionador satelital; se tomaron fotografías que permitían documentar el paisaje y otros detalles de interés. Además, se grabaron los relatos de los informantes, que ofrecían datos sobre el origen del nombre del sitio, quiénes lo utilizaban y en qué época, anécdotas relacionadas y, en particular, sus vivencias y sentimientos de apego al paraje.

De izquierda a derecha, Juan Carlos y Tomás en el lugar donde solía estar la entrada (puerta) de la enramada perteneciente a la familia Hueche (padre e hijos), en las décadas de 1950-1960, paraje La Bañadera. Detrás se observa la formación mesetaria Fuerte Argentino.

Fuente: fotografía tomada por A. Cinti.

Figura 3 Foto tomada durante el recorrido de agosto de 2016 

Ellos describieron los parajes reconocidos y denominados, más o menos a razón de uno cada dos kilómetros; en algunos casos hicieron una referencia breve de la familia y del periodo que los utilizaron, en otros incluyeron comentarios acerca de la calidad de la pesquería en el tramo intermareal al cual accedían los usuarios, y la descripción fue más detallada de los que usaron ellos y sus familias. Se describen los espacios ocupados y para qué fines, así como las actividades realizadas, tanto las productivas como las recreativas, como las fiestas (Chávez, Vezub, Cinti y Bocco, 2018).

Resultados

Del espacio al lugar. Puestos y parajes

Con la colaboración de los informantes se relevaron y cartografiaron 14 parajes (véanse Figuras 4-8 y Tabla 1), correspondientes a los sectores donde los pulperos se establecían durante la temporada estival, entre octubre y abril; ellos identificaron cada uno y le asignaron un nombre, un topónimo reconocido por la comunidad. En un paraje los pulperos construían puestos conformados por ramadas o enramadas utilizadas como habitación, cocina y almacenamiento del producto de la pesquería; cada paraje estaba integrado por varios puestos, es decir, sitios de vivienda y acceso a la zona intermareal de pulpeo. Las enramadas se construían con la vegetación del lugar (zampa Atriplex lampa, jume o fume Suaeda divaricada y jarilla Larrea spp., entre otras).

Fuente: elaboración propia.

Figura 4 Localización y nombre de los parajes utilizados por los pulperos en el tramo costero entre Las Grutas y el paraje Fume Negro 

Fuente: elaboración propia.

Figura 5 Localización de los parajes (sombreado de colores), puestos (triángulos verdes, georeferenciados) y puntos de referencia (círculos azul celeste, georeferenciados) a lo largo del camino de los pulperos (línea roja). Los límites divisorios entre parajes son aproximados 

Fuente: elaboración propia.

Figura 6 Localización de los parajes (sombreado de colores), puestos (triángulos verdes, georeferenciados) y puntos de referencia (círculos azul celeste, georeferenciados) a lo largo del camino de los pulperos (línea roja). Los límites divisorios entre parajes son aproximados 

Fuente: elaboración propia.

Figura 7 Localización de los parajes (sombreado de colores), puestos (triángulos verdes, georeferenciados) y puntos de referencia (círculos azul celeste, georeferenciados) a lo largo del camino de los pulperos (línea roja). Los límites divisorios entre parajes son aproximados 

Fuente: elaboración propia.

Figura 8 Localización de los parajes (sombreado de colores), puestos (triángulos verdes, georeferenciados) y puntos de referencia (círculos azul celeste, georeferenciados) a lo largo del camino de los pulperos (línea roja). Los límites divisorios entre parajes son aproximados 

Tabla 1 Parajes, puestos (de familias o individuos) y puntos de referencia identificados 

Nombre del paraje Significado Puestos y puntos de referencia
Las Grutas Localidad Barrio de los pulperos
Los Chañares Presencia del árbol
(Geoffroea decorticans)
Paraje de los Chañares
Puesto familia Cardozo 1,2
Puesto familia Rolando 1,2
Puesto familia Montecino 1,2
Puesto familia Sandoval 1
El Sótano Antigua excavación
hecha por pescadores
en la playa para
conservar la captura
Bajada a la playa
Primera barranca
Segunda barranca
Puesto familia Vargas (padre) 2
Puestos pulperos 3
Puesto Constancio Espinoza 1
Puesto Atilio Acosta 1
Puesto Mingo Torres 1
Puesto Carlos Ortiz 1
Puesto familia Jerez 1
Puesto familia Cardozo 1
Puesto familia Rolando 1
Puesto familia Montecino 1
El Molino Presencia
de un antiguo molino
Puestos pulperos 3
Molino de agua
Puestos familia Vargas (hijos) 2
Estanque del molino
Puesto familia Gallardo 1,2
La Correntadita Arroyo pequeño
o vertiente estacional
Puesto familia Lorenzo
Puesto familia Modesto Hueche 2
Tranquera campo La Bombilla
Puesto familia Cardozo
El Alambrado
Puesto familia Molina 2
Puesto familia Traba 1
La Enramada Presencia de una enramada
de gran tamaño
perteneciente a la familia
Vargas (padre)
Puesto familia Vargas (padre)
Segundo salitral
Puesto familia Severo
Puesto familia Flores Puesto familia Cejas 2
Puesto familia Canario
Puesto familia Firmapás 2
La Bañadera Oquedad en roca con agua
de mar limpia,
para lavado de ropa
Puesto familia Hueche (padre e hijos)
Puesto familia Alcides Molina
Pozos de agua
Puesto Pedro Olivera 1
Fuerte Argentino Meseta que a la distancia
se asemeja a una
fortificación
La Laguna
Casco del establecimiento Fuerte Argentino
Puesto familia Lucho Fidel
Puesto Castellano
Puesto Miguel Fidel
(Suncho Negro) y Gringo Acosta
Puesto familia Juan Nahuel
Puesto familia Colillán 2
Puesto familia Bernardino Nahuel
Puesto familia Beto Fidel 1
Puesto Juan Vargas 1
La Tranquera Puerta en el alambrado
para paso de personas
Puesto Mingo Cejas
Puesto familia Colillán (1960)
La Correntada/
La Cambicha
Arroyo o vertiente estacional Puesto familia Molina
Puesto familia Paso
Puesto familia Rolando
Puesto familia Firmapás
Palo Blanco Presencia de hueso
de ballena
Puesto familia Molina
Puesto familia Rolando
Puesto familia Carmelo Cholo Paz
Puesto pulpero 3
Puesto familia Cabrera 1
El Chingolo Presencia del ave
(Zonotrichia capensis)
Puesto familia Moisés
Puesto familia Forteti
Fume Blanco Presencia del arbusto
(Suaeda divaricata)
Puesto familia Vargas (padre e hijo) 4
Puesto pulpero 3
Fume Negro Presencia del arbusto
(Allenrolfea vaginata)
Puesto familia Andrés Gallardo
Puesto familia Celestino Chico

Notas: 2. Una sola familia o varios de sus integrantes pueden haber ocupado más de un sitio, en busca de la mejor opción de recolección del pulpo, según el momento de la temporada y entre las temporadas (años). 3. Se trata de rastros de puestos utilizados de manera temporal, y no se pudieron asociar con una familia o un recuerdo específico. 4. Se trata de la familia del señor Vargas (padre, década de 1950) e hijo (Juan Carlos Vargas en su juventud, fines de 1960) (véanse Figuras 4-8, con información georeferenciada).

El orden es de norte a sur, a excepción de los puestos identificados con el superíndice 1, ubicados en esos parajes, pero no fue posible obtener su localización exacta (georeferenciada) durante los recorridos.

Fuente: elaboración propia.

El puesto que hizo mi papá era todo esto, estaba cerrado con fume, que es el más grande, es una planta especial porque se seca pero no se deshilacha. Probamos con la zampa, por el calor y porque tapa toda la luz, entonces hacíamos la ramada con las dos, fume y zampa. Adentro de la ramada el lugar principal era el de la cocina, en un lugar tenía el fogón, después tenía un comedor. Era una ramada alta como de 1,8 a 2 metros. Antes los fumes eran muy grandes, tenían troncos como de 30-40 cm, y esto era como selva (Juan Carlos Vargas, comunicación personal en el paraje La Enramada, durante el recorrido) (véanse Figuras 9 y 10).

Fuente: fotografía cedida por un poblador de San Antonio Oeste, Río Negro, Argentina.

Figura 9 Puesto pulpero con enramadas. En la foto se lee “Vivienda de Pulperos. S.A.O. (San Antonio Oeste). R.N. (Río Negro).” Corresponde a la zona de estudio, segunda mitad del siglo XX; se desconoce el paraje y fecha exactos 

Fuente: fotografía tomada por J. Ferrada.

Figura 10 Restos de una antigua enramada hallada durante el recorrido de agosto de 2016. Paraje La Correntada/La Cambicha, quizá perteneciente a los Firmapás, según los informantes 

Los pulpos se conservaban dentro de las enramadas sobre “camas de pulpo”, como las denominaban los pulperos, construidas con vegetación (pichana Senna aphylla y jarilla, entre otras) y tela de arpillera humedecida con agua de mar, sobre la cual se disponían los pulpos en capas (Santa Ana et al., 2017).

Algunos usábamos ramadas, tejida con la zampa, otros buscaban la mata negra, la calábamos abajo y se hacía, se pilchaba [tejía] todo con el olivo para que no entrara luz y ahí se hacía una camita y tendíamos el pulpo, con esa ramada lo podías tener hasta el otro día y ahí estaba fresquito. En ese tiempo venían las bolsas de arpillera y se ponía una abajo y dos arriba, con estos calores el pulpo se te pudre para la tarde, en cambio con estas ramadas vos venías al otro día, metías la mano y estaba fresquito (Juan Carlos Vargas, comunicación personal, durante el recorrido).

Los puestos eran verdaderos hogares transitorios de los pulperos, donde se refugiaban de las inclemencias del tiempo, ahí trascurría su vida cotidiana y almacenaban el pulpo recolectado, en espera de que un acarreador pasara a recogerlo, así como a abastecerlos de provisiones y agua potable. Todo el movimiento de los pulperos, el acarreador y las mercancías se inició utilizando carretas de tracción animal, y después camiones o camionetas (Chávez et al., 2018).

Lugar y sentido de lugar

En el taller con pulperos históricos (véase Figura 11 ) se corroboró la información obtenida en las prospecciones; además, ellos pudieron expresar libremente y en grupo sus recuerdos, vivencias y sentimientos acerca de la pesquería y de la vida en la costa. Una condición esencial para la trasformación del espacio físico en lugar es el desarrollo de esta actividad. Es decir, los pulperos y sus familias se apropian del espacio, y construyen lugar y paisaje, al estar inmersos en una experiencia de vida, cuyo eje es la recolección de pulpo.

Fuente: fotografía tomada por A. Cinti.

Figura 11 Taller con pulperos históricos en el establecimiento El Jahuel, Las Grutas, en mayo de 2015 

[…] Esto es una historia muy linda, es hermoso. Esto es una tradición y nació de aquellos viejos pero viejos pulperos que de ahí empezó a crecer como crece del monte y salimos todos de esas raíces y después de esas raíces vienen otras raíces, y ya somos la quinta generación que son nuestros nietos (Natividad Pailemán, comunicación personal, durante el taller).

El conocimiento que los pulperos deben de tener para capturar un pulpo es crucial para la pesquería que, aunado al del uso del territorio costero y ligado al entramado de relaciones sociales, generó una cultura.

Ser buen pulpero y conocer el sitio es como cuando sos vos dueño de esta casa, la conocés toda, pero si no soy de acá y soy un extraño no conozco nada, es lo mismo (Jorge Cejas, comunicación personal, derivada de entrevista no estructurada).

La pesca de pulpo viene a ser una tradición para nosotros, que se agarra de uno a otro, y yo sigo, después sigue mi hijo y las familias de pescadores son así (Amelia Rolando, comunicación personal, derivada de entrevista no estructurada).

Los participantes en el taller reconocieron el esfuerzo que significaba la actividad productiva. El pulpeo trascurría en un entorno adverso: clima caluroso, falta de agua dulce, viviendas precarias, ausencia de servicios y poco acceso a centros poblados.

Esto es bueno de recordar, que no se pierda todo esto, que mucha gente ha sufrido como yo he sufrido […] y otra gente se ha ido sin recordatorio de nada, nunca los tuvieron en cuenta a los pulperos (Natividad Pailemán, comunicación personal, derivada de una entrevista durante el taller).

Estoy emocionado de ver a mis compañeros, a mis amigos […] Esta actividad se empezó primeramente acarreando de este lugar donde estamos, a caballo, luego con una jardinera y más tarde con un camión, y ahí empezó la actividad del pulpero y que también muy poco valor le han dado, y hoy por hoy esta actividad tiene mucha historia y mucho sufrimiento, y no se quiere reconocer (Juan Carlos Vargas, comunicación personal, derivada de una entrevista durante el taller).

Sin embargo, los pulperos reconocieron que “la pulpeada” les redituaba un ingreso importante en comparación con lo que recibían fuera de la temporada de pulpeo, cuando se dedicaban a la producción de carbón, el tendido de alambrados o la cría de animales para la subsistencia, que les reportaban ingresos menores (Chávez et al., 2018). Pese al esfuerzo que representaba la recolección, los recuerdos apuntan a momentos de disfrute.

Como yo le digo a cuántos de los periodistas que vienen acá: acá están las patas de pulpo (señala su casa), los pulpitos están puestos en estas paredes que yo tengo; y sí, por mis nietos, que creo que ellos comieron de lo que pulpeé (Natividad Pailemán, comunicación personal, derivada de una entrevista en profundidad).

[…] la pulpeada era una época de mucha importancia porque se va a encargar lo que queríamos comer […] porque teníamos la plata segura como para pagar la mercadería, […] estando ahí todos esos meses pulpeando se encargaba de todo, de todo, y ahí comíamos, ahí nosotros nos dábamos el gusto de vivir porque teníamos la carne, se bajaba de a media res de capón, asado al asador, y se acostumbraba así porque los acarreadores no iban todos los días (Natividad Pailemán, comunicación personal, derivada de una entrevista durante el taller).

Acá estábamos con mi papá y mi mamá. Acá se hacían ramadas, y en el paraje permanecíamos los cuatro meses. El calor que hacía en esos tiempos era mucho más fuerte que ahora. Nosotros (como niños) nos sentíamos felices porque teníamos comida, agua, no nos faltaba nada, éramos peón y patrón, y teníamos donde bañarnos, buscábamos pajaritos, huevos, jugábamos a la pelota, hacíamos una pelota y pateábamos. Mi hermana hacia muñecas con jarilla (Juan Carlos Vargas, comunicación personal, derivada de una entrevista durante el recorrido).

La actividad productiva trascurría en el marco de relaciones interfamiliares que conformaban redes de solidaridad, reciprocidad, confianza y esparcimiento. Existían códigos de respeto, por ejemplo, por las zonas de pulpeo de cada familia en los parajes. Incluso si el acarreador no podía entrar por mal tiempo, y el producto se pudría, igual se les pagaba a los recolectores. Todas estas relaciones se expresaban en la construcción social de parajes y puestos (véanse Figuras 4-8 y Tabla 1).

Antes vivíamos tres, cuatro meses en el campo, en las matas, en carpa; no era como ahora, la gente era más unida, los vecinos eran más unidos, si te faltaba algo, te daban, si tenías que ayudar ayudabas, nos ayudábamos entre todos. De un tambor de agua tomábamos todos, ahora; anda a sacarle el agua a alguno. En San Antonio Oeste, podés preguntar, en La Bañadera, El Fume, Fuerte Argentino, toda la gente era más unida, si te veían tirado te alzaban, si te faltaba algo, te daban, te ayudaban, y la gente de la misma actividad de nosotros, nadie te dejaba sin nada. Si estabas solo en las fiestas te llamaban, te invitaban para que no estés solo (Roberto Hueche, comunicación personal, derivada de una entrevista no estructurada).

Tenían códigos entre pulperos, nadie se metía en la zona de nadie […] Nosotros teníamos códigos, para allá [otro paraje] no cruzábamos (Tomás Hueche, comunicación personal, derivada de una entrevista durante el recorrido).

[…] cuando no podía entrar el acarreador por cuatro o cinco días, el pulpo se echaba a perder [...] [igual] se los pagaban (Tomás Hueche, comunicación personal, derivada de una entrevista durante el recorrido).

[…] y así como había plata todos los días había fiesta! Vos sabés que la temporada [de pulpeo] era la fiesta mayor pa’ todos los pulperos que vivían en el campo. Todos se trasladaban de un lado a otro caminando por la costa o huella nomás, y había cancha de fulbo, se hacía cumpleaños, todo el verano los cumpleaños, y nosotros siempre andábamos con jardinera, con sulky [carros de ruedas], así que era un traslado de un lado a otro, por La Tranquera, por La Cambicha, El Palo Blanco, por El Fume, todo era tremendo, por El Fuerte Argentino […] (Natividad Pailemán, comunicación personal, derivada de una entrevista en profundidad).

Un recuerdo que tengo son los bailes que hacíamos acá, armábamos una pista, prendíamos faroles y se armaban los bailongos (Juan Carlos Vargas, comunicación personal, derivada de una entrevista durante el recorrido).

Un aspecto destacado por varios pulperos fue el temor a que la práctica desapareciera, derivado de las amenazas, por parte del turismo, de que cesara la continuidad de la captura, del cierre de los accesos a la costa y, por lo tanto, al camino y a la pesquería del pulpo, entre otras cosas (Santa Ana et al., 2017; Chávez et al., 2018).

Agradezco a Dios porque me crié a la orilla del mar, y siempre estuve en la orilla del mar […]. Lo único que pido de que esto del pulpo nunca se abandone, yo ya no puedo salir más […], pero esto tiene que quedar (Natividad Pailemán comunicación personal, derivada de una entrevista durante el taller).

Nosotros lo que queremos es que la actividad nuestra no se pierda y que podamos recuperar y continuar con la actividad. Hoy si hay caminos cerrados nosotros tenemos que poner fuerza para que los caminos se vuelvan a abrir, porque esta actividad tiene un valor muy grande, y nosotros tenemos que darle valor a nuestro trabajo porque esto es un sacrificio, lo hicieron nuestros padres […] nuestro camino ha dejado huellas y la herencia de nuestros hijos que han aprendido a pulpear, ellos tienen su trabajo pero en el verano van a la pulpeada. Por eso nosotros no podemos cortarla y hay que seguir adelante (Tomás Hueche, comunicación personal, derivada de una entrevista durante el taller).

También existe la preocupación de que le cambien el nombre a algunos parajes, es decir, de los topónimos acuñados por los pulperos.

Una mañana temprano ensillé […] y salimos para El Sótano. Vinimos a pulpear al Verde, se llamaba El Verde, porque ahora han cambiado los nombres acá en Las Grutas. Toda esa historia se está perdiendo […] (Natividad Pailemán, comunicación personal, derivada de una entrevista en profundidad).

Análisis de resultados

Los informantes vuelcan su experiencia, las vivencias, los recuerdos, los sentimientos y los afectos en el reconocimiento y la asignación del nombre del paraje, y la descripción de los sitios que lo integran, lo cual le confiere la noción de lugar; y el apego y la afectividad que lo enmarcan, le otorga el sentido de lugar, para quienes recuerdan la experiencia vivida. Entonces, la memoria individual y colectiva juega un papel importante. De acuerdo con Jones (2011), la memoria sirve de fundamento para la imaginación, la creatividad y las redes afectivas.

Los recolectores y sus familias, y las redes sociales que construyeron a lo largo del tiempo, establecieron sentido de pertenencia (Agnew, 2011), en relación con el camino y sus parajes; por tanto, se genera la noción y la emoción entrañable de enraizamiento y arraigo, pese a la provisionalidad de la ocupación de ellos; así cada paraje es particular y singular. Los recolectores y sus familias construyeron sentimientos afectivos profundos en su percepción, experimentación, memoria y valoración del medio. Así, el camino y los parajes adquieren personalidad a partir del sentido de lugar que ellos les otorgan, y construyen sentido de lugar visualmente, y también con los otros sentidos, mediante una interacción prolongada con su medio (Tuan, 1974). En este caso, la personalidad está dada por la afectividad que se establece en el marco de una asociación con el lugar, como campo de reconocimiento y cuidado (Tuan, 1974).

Los parajes y el camino también son paisajes de movimiento y de conexión, son lugares, de acuerdo con Snead (2009); no son estáticos, sino producto de movilidades, flujos y relaciones de poder (Williams, 2015), no se reducen a puntos en un mapa; son paisajes estructurados por la práctica y la voluntad de los pescadores y sus familias, y se traducen en narrativas como las de Juan Carlos Vargas, Tomás Hueche y Natividad Pailemán. En efecto, el lenguaje es un vehículo mediante el cual se construye lugar y sentido de lugar (Tuan, 1991). Al nombrar los parajes, y establecer un inventario de ellos, los pulperos construyen lugar en tanto paisaje de movimiento, a partir de los parajes y el camino que los enlaza.

La movilidad de los pescadores y sus familias explica cómo se definieron los parajes y el camino, y la forma en que operaron como lugares (Agnew, 2011). El paraje, en tanto lugar, es un nodo donde convergen las actividades productivas y la vida cotidiana de los pescadores y sus familias (Tuan, 1974) que, al desplazarse a través de este paisaje de movimiento, establecen un compromiso que define las relaciones con la topografía y el ambiente, y en el marco del cual se genera conocimiento para interpretarlas (Snead, 2009).

Lo que fuera un espacio, en el sentido de localización de un objeto, en este caso una vía de comunicación, con la experiencia humana se convierte en un lugar, a lo largo del tiempo, en un espacio vivido, un centro de significado y un campo de reconocimiento y cuidado (Tuan, 1975). Entonces, es un espacio físico que se va trasformando a través de procesos sociales, en este caso el movimiento de los pescadores a lo largo del camino, que le dan significado. Se trata de la aplicación práctica del modelo de lugar sugerido por Hoelscher (2011), donde el mundo afectivo y de la experiencia operan como mecanismos constructores de significado. Los parajes y puestos, definidos así, y el camino que los enlaza son lugares en el sentido más propio del término que, parafraseando a Tuan (1974), fueron creados por humanos para propósitos humanos.

Conclusiones

Este trabajo se concentró en la construcción social del sentido de lugar y paisaje de 1950 a 1970, a lo largo de un camino, en la costa atlántica patagónica, que permitió el desplazamiento de pulperos e intermediarios para recolectar pulpo tehuelche. La actividad productiva permitió el desarrollo de este proceso de reconocimiento y asignación de topónimos a los parajes donde se albergaron los puestos y las enramadas. Se conformaron así paisajes de movimiento que residen en la memoria de los pulperos y sus familias, en tanto centros de significado, que se mantuvieron vigentes en su vida a lo largo de casi cinco décadas. El sentido de pertenencia al lugar y al paisaje es un sentimiento cargado de afecto y emociones y, a la vez, motivo de orgullo para los pulperos. Las emociones se expresaron de manera sustantiva durante el taller y en algunas de las entrevistas. En varias ocasiones los comentarios de los pulperos estuvieron acompañados de llanto, a la par que evocaban recuerdos de las décadas estudiadas.

Sin embargo, el camino, tal como se describió en el trabajo, tiene una historia previa, pero también un devenir actual. Si bien la actividad productiva se mantiene en el presente, el camino ya no juega el papel que cumplió en el pasado, ya que se interrumpe en muchos tramos debido al uso de alambrados o tranqueras (puertas) cerradas con candado en las instalaciones agropecuarias (estancias). El acceso se dificulta porque está en malas condiciones por falta de mantenimiento, solo es apto para vehículos de doble tracción y en buen estado. Los pulperos actuales ya no pernoctan durante meses en los parajes sino que regresan a sus viviendas permanentes, luego de unos pocos días en la costa; la recolección ya no es itinerante. La oferta ecoturística creciente ha contribuido a modificar también las características del camino, le ha asignado otro uso y usuarios.

En este trabajo se recuperó, mediante la vinculación con los pulperos históricos, la memoria del lugar y su sentido, y quedó plasmada en un documento que permitirá establecer un hito relevante para un conjunto de recolectores y su actividad productiva: la pulpeada.

Agradecimientos

A la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de Río Negro, que autorizó esta investigación (Resolución N° 374/2014) y a su personal, Lucas Albornoz y Jonatan Ferrada, por su colaboración. A Constanza Santa Ana, por realizar parte de la etnografía y coordinar el taller con pulperos en las instalaciones de El Jagüel, cedidas muy gentilmente por Anahí Valverde y esposo. A Víctor (Pistusia) Morales y a Guillermo Soria, por el registro audiovisual de testimonios y recorridos. A Hebe Vessuri, Julio Rúa, Florencia del Castillo, Laura y Ricardo, por su acompañamiento. A Adrián Ortega, por su colaboración en la edición final del manuscrito. Agradecemos con admiración y respeto a las familias de pulperos Hueche, Vargas, Pailemán, Cabrera, Fidel (Miguel), Cejas, Rolando, Fidel (Beto), Paso y Molina por brindar sus testimonios, así como a César Galdo y Magdalena Cipriano. A Cacho León y familia, por facilitarnos el acceso al camino a través de su campo y, muy en especial, a Juan Carlos Vargas, Tomás Hueche y la Negra Vargas por sus enseñanzas. Investigación financiada por la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica (PICT 2013-0533), The Rufford Small Grants Foundation, Idea Wild, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas y Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología. Los comentarios de los revisores anónimos contribuyeron a mejorar la calidad del manuscrito. Dedicado a la memoria de José María (Lobo) Orensanz.

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1Libro de Actas de la Comisión Municipal Provisoria, 10 y 23 de agosto de 1854, Archivo del Museo Histórico Regional “Emma Nozzi” de Carmen de Patagones (AHRCP).

2Juzgado de Paz de Carmen de Patagones, 1865, Notas y Oficios Varios Marzo (AHRCP).

Cómo citar: Bocco, G., Cinti, A., Vezub, J., Sánchez-Carnero, N., y Chávez, M. (2019). Lugar y sentido de lugar en un camino de la costa atlántica patagónica, 1950-1970. región y sociedad, 31, e1127. doi: 10.22198/rys2019/31/1127

Recibido: 19 de Septiembre de 2018; Aprobado: 21 de Diciembre de 2018; Publicado: 12 de Junio de 2019

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